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Disparo en Red

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Material Information

Title:
Disparo en Red
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Disparo En Red
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - D42-00012-n11-2005-04
usfldc handle - d42.12
System ID:
SFS0024301:00011


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HOY: 8 de ABRIL del 2005 DISPARO EN RED: Boletn electrnico de ciencia-ficcin y fantasa. De frecuencia quincenal y totalmente gratis. Editores: darthmota Jartower

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Colaboradores: Taller de Creacin ESPIRAL de ciencia ficcin y fantasa. Proyecto de Arte Fantstico Onrica. Anabel Enrquez Pieiro Juan Pablo Noroa Miguel Bonera Miranda Jorge Enrique Lage Coghan Vctor Hugo Prez Gallo Ral Aguiar

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0. CONTENIDOS: 1. La frase de hoy : Frank Herbert. 2. Artculo : Borges y la ciencia ficcin, Alberto Chimal. 3. Cuento clsico : El informe de la minora. Philip K. Dick. 4. Cuento made in Cuba : Letras pequeas, Juan Pablo Noroa. 5. Curiosidades : Mquinas, Alonso Miranda. 6. Las cosas que vendrn : Jartower. 7. Cmo contactarnos? 8. Prximo nmero

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1. LA FRASE DE HOY: — Has odo hablar de los animales que se devoran una pata para escapar de una trampa? —dijo la vieja mujer—. Esa es la astu cia a la que recurrira un animal. Un humano permanecer cogido en la trampa, soportar el dolor y fingir estar muerto para coger por sorpresa al cazador y matarlo, y eliminar as un peligro para su especie. Dune Frank Herbert. Al INDICE 2. ARTCULO: Borges y la ciencia ficcin por: Alberto Chimal 1. La lgica del sueo? Basta ver la televisin para comprobar que las influencias literarias ms importantes de la cultura, en este fin de siglo, son las de dos “subgneros”, despreciados durante dcadas por la crtica “seria”: la que hoy llamamos literatura fantstica, su rgida con las primeras novelas gticas del XIX (y que se ha diversificado hasta abarcar lo mismo a Kafka que a Lovecraft, lo mismo a Tolkien que a todos sus imitadores) y la ciencia ficcin, que comenz, tambin en el siglo pasado, como una apologa de las ideas sobre el progreso de la Ilustracin, en medio de la creciente industrializacin de Europa. Ya en las obras de H. G. Wells y aun en las ltimas de Julio Verne se criticaba la nocin de que la tecnologa iba resolver todas las necesidades y problemas de la humanidad, a terminar con las guerras, etctera. Pero, al ig ual que con lo fantstico (del que se explotan slo los rasgos ms escapistas), la ciencia ficcin es, para la gran mayora del pblico, menos una literatura especulativa como quiso llamarla Harlan Ellison que fantasas de poder adolescente con algn ropaje tecnolgico. No es otra la propuesta de grandes franquicias como Star Wars o Star Trek que tienen y merecen la desconfianza de los lectores y espectadores ms atentos. En Latinoamrica, desde su nombre equvoco (una traduccin literal de science fiction ficcin cientfica ), la CF ha tenido que superar, adems de los obstculos mencionados

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arriba, el absurdo aparente de cualquier examen de la tecnologa en pases que no la producen. Nuestra realidad, se dice con justicia, est lejos de ser la que reflejaban, en sus cuentos y novelas “clsicos”, autores como Hugo Gernsback Isaac Asimov o Robert Heinlein importadores del optimismo europeo a los Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial. Slo a partir de los aos sesenta, cu ando escritores de todo el mundo decidieron aprovechar los elementos y motivos de la CF (pero no sus formalidades) para escribir narraciones de mayores pretensiones literarias, menos interesadas en los detalles de la tecnologa que en su impacto, en sus efectos ltimos sobr e los seres humanos, la CF comenz a ganarse el respeto que mereca desde precursores como Mary Shelley o Villiers de l’Isle Adam Pero los ms grandes autores de CF en este siglo deben, si no un gran conjunto de obras dentro del gnero, s una soberbia interpretacin de sus convenciones y premisas, as como un listado enorme de precursores e influencias, a un escritor que no acostumbramos mencionar al discutir el tema: Jorge Luis Borges 2. La flor y las mquinas La obra de Borges, inspirada siempre en una visin del mundo semejante a la de los filsofos idealistas, y basada en unos pocos temas recurrentes (el sueo, la identidad, el tiempo, los laberintos, la literatura misma), nos parece lejana de la CF y su pretendida elaboracin lgica de las posibilidades de las ciencias. Pero el 27 de noviembre de 1936, en la revista argentina El Hogar, Borges public la siguiente resea: THINGS TO COME, DE H.G. WELLS. El autor de El hombre invisible, de La isla del doctor Moreau de Los primeros hombres en la Luna y de La mquina del tiempo (he mencionado sus mejores novelas, que no son por cierto las ltimas) ha publicado en un volumen de 140 pginas el texto minucioso de su reciente film Lo que vendr. Lo ha hecho tal vez para desentenderse un poco del f ilm, para que no le crean responsable de todo el film? La sospecha no es ilegtima. Por lo pr onto, hay un captulo in icial de instrucciones. Ah est escrito que los hombres del porvenir no se disfrazarn de postes de telgrafo ni corretearn de un lugar a otro, embutidos en armaduras de celofn, en recipientes de cristal o en calderas de aluminio. “Quiero que Oswald Cabal (escribe Wells) parezca un fino caballero, no un gladiador con su panoplia o un demente acolchado. Nada de jazz ni de artefactos de pesadilla. Que todo sea ms grande, pero que no sea nunca monstruoso.” Los

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espectadores recordarn que los personajes del film carecen de calderas de celofn y de armaduras de aluminio, pero recordarn que la impresin general (harto ms importante que los detalles) es de pesadilla y monstruosa. No me refiero a la primera parte, donde lo monstruoso es deliberado; me refiero a la ltima, cuya disciplina deber contrastar con el desorden sangriento de la primera, y que no slo no contrasta, sino que la supera en fealdad. Para juzgar a Wells, para ju zgar las intenciones de Wells, hay que recorrer ese libro. El comentario, adems de mostrar algunas imperfecciones de la pelcula de William Cameron Menzies era parte de un examen mucho ms largo y fructfero: el de la obra entera de H. G. Wells, que Borges haba emprendido desde su primera juventud. De ella le gustaban ms las primeras novelas, las de CF, como Los primeros hombres en la Luna, La guerra de los mundos, La isla del doctor Moreau o El hombre invisible y por las mismas razones por las que le disgustaba la versin flmica de Lo que vendr llena de efectismos y trucos. Borges lo explica as en El primer Wells un ensayo publicado en Otras inquisiciones (1952), despus de poner al escritor ingls por encima de Verne, Cyrano, Luciano de Samosata, Francis Bacon y todos sus maestros: La mayor felicidad de sus argumentos no basta a resolver el problema. En libros no muy breves, el argumento no puede ser ms que un pretexto, o un punto de partida. Es importante para la ejecucin de la obra, no para los goces de la lectura. Ello puede observarse en todos los gneros. “En mi opinin, la precedencia de las primeras novelas de Wells se debe a una razn ms profunda. No slo es ingenioso lo que refieren; es tambin simblico de procesos que de algn modo son inherentes a todos los destinos humanos. Es decir, lo importante no es el artificio de la sustancia antigravitacional, de la transparencia elctricamente inducida, de los vehculos para viajar por la cuarta dimensin. No es el asombro por el asombro (la “esttica de la idea”, la llaman algunos, de manera doblemente absurda), sino la forma en la que esas mquinas y tcnicas dicen algo sobre la condicin de todos los seres humanos. La soleda d del hombre invisible; la animalidad y la humanidad enfrentadas por el doctor Moreau; la vanidad de los hombres hecha trizas por los marcianos; sas son las cosas que importan de Wells y que lo vuelven perdurable: “Es

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un espejo que declara los rasgos del lector”, escribe Borges, “y tambin es un mapa del mundo”. En todos sus textos sobre libros y autores de CF, Borges destaca la preeminencia de Wells, por esta capacidad de ser reled o, interpretado siempre de manera distinta, que se debe a su calidad literaria, y a la forma en la que viste lo s temas centrales de todo arte para reflejar las condiciones de su tiempo. Esto implica, desde luego, una visin de toda la CF como una actualizacin moderna de temas y mitos antiguos envueltos tan slo en la tecnologa que estos ltimos siglos se han encargado de endiosar. La prueba est en otro ensayo de Otras inquisiciones “La flor de Coleridge” que emparenta a Wells con el profeta Isaas, con Virgilio y con otros que han descrito el futuro. Su novela La mquina del tiempo introduce, tan slo, la innovacin de traslada rse “fsicamente al porvenir”, y de unirse con Samuel Taylor Coleridge, el autor de Kubla Kan, mediante una metfora. Como en una nota de Coleridge, el personaje de Wells trae una flor como recuerdo de su viaje inaudito: una flor “cuyos tomos ocupan ahora otros lugares y no se combinaron an”. 3. Marcianos, estrellas, imgenes Otro de los escritores que Borges examin, con este sistema de referencias y conexiones, fue Ray Douglas Bradbury cuya coleccin de cuentos y relatos Crnicas marcianas (1950) fue prologada por aqu en su edicin argentina. En ese prlogo se cita, adems de a Wells, una vez ms a Luciano, cuya Historia Verdadera est llena de maravillas y disparates de supuestos viajeros planetarios, pero tambin a John Wilkins que escribi sobre la posibilidad de crear aeronav es y enviarlas al espacio, y al Somniumastronomicum de Johannes Kepler que describe, por primera vez en la literatura, el vaco y las temperaturas extremas del espacio. Esa mezcla de poesa y plausibilidad cientfica no est en Crnicas marcianas pero s otra equivalente: los cohetes, los marcianos, telpatas, armas extraas, se funden con la vida del medio oeste norteamericano, cuya mentalidad, y su sistema de valores, son los de Bradbury: "Qu ha hecho este hombre de Illinois para qu e episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad? Toda litera tura (me atrevo a conjet urar) es simblica: hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantstico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasin de Blgica

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en agosto de 1914 o a una invasin de Marte. Qu importa la novela, o novelera, de la science-fiction ? En este libro de apariencia fantasmagrica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street." Borges insiste una vez ms en el linaje diverso y antiguo de la CF, por igual contra quienes la desprecian y quienes la alaban como algo esencialmente nuevo, al escribir sobre Olaf Stapledon Este escritor britnico, literariamente in ferior a Bradbury y Wells, es el autor de Hacedor de estrellas (1937), una de las obras ms importantes e influyentes de este siglo. En su prlogo al libro, Borges afirma que la escritura de Stapledon parece la de un naturalista, rida y precisa, sin detalles tan nimios como vidas o emociones individuales, pero que al mismo tiempo, en su descripcin amplsima de la vida de este universo y de todos los concebibles, es de “casi ilimitada imaginacin” y combina dos tradiciones muy diferentes: En un estudio sobre Eureka de Poe Valry ha observado que la cosmogona es el ms antiguo de los gneros literarios. Cabe afirmar que el ms moderno es la fbula o fantasa de carcter cientfico. Es sabido que Poe abord aisladamente los dos gneros y acaso invent el ltimo; Olaf Stapledon los combina en este libro singular. Y en una nota aparte sobre Hacedor de estrellas publicada en El Hogar el 6 de agosto de 1937, Borges agrega: “Baruch Spinoza, gemetra de la divinidad, crea que el universo consta de infinitas cosas en infinitos modos. Olaf Stapledon, novelista, comparte esa abrumadora opinin”. En cuanto a la CF latinoamericana, Borges la trata poco, y menos an cuando los escritores que la cultivaban tomaron abierta di stancia de sus convicci ones polticas Pero su actitud ante ella fue la misma. Su prlogo a La invencin de Morel (1940), de su amigo y colaborador Adolfo Bioy Casares, hace refere ncia una vez ms a Wells (al doctor Moreau, que se parece mucho al Morel de Bioy), y tambin recuerda puntualmente otros precursores: Orgenes, Dante Gabriel Rosetti, Louis Auguste Blanqui. Pero es ms importante su reticencia a contar el argumento, porque es el reverso de su desdn por el efectismo y los asombros gratuitos: su desprecio, no menos grande, por el “verismo” que llena de tedio muchas novelas de su tiempo y del nuestro:

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Bioy Casares, en estas pginas, resuelve con felicidad un problema acaso ms difcil (que los de la novela policial). De spliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinacin o que el smbolo, y plenamente los descifra mediante un solo postulado fantstico pero no sobrenatural. Para Borges, tal vez, una gran virtud de la ciencia ficcin, de su fantasa razonada, era la posibilidad de acercarse a temas muy queridos por l sin que su argumento se contaminara de pretensiones naturalistas. En el mismo pr logo, dice que la novela de aventuras “no se propone como una transcripcin de la realidad: es un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada”. 4. Los mundos imaginados Estos casos nos son los nicos en los que Borges se acerca a la ficcin especulativa y mostr sus fuentes primeras, los sueos antiguos que Bradbury, Wells, Stapledon, Bioy Casares y tantos ms llevaron al futuro. Sus libros de ensayos, sus notas periodsticas y hasta sus poemas tienen todava otras referencias. Pero antes de terminar, es ms importante destacar aqu que en la propia obra narrativa de Borges hay ejemplos de CF. El ms famoso es el cuento que Jorge A. Snchez eligi para Los universos vislumbrados: antologa de ciencia ficcin argentina (1978): titulado “Utopa de un hombre que est cansado” pertenece a El libro de arena (1975). En l, un hombre viaja al futuro y encuentra a otro, representante de toda la especie, que le describe el hartazgo final de la humanidad y su bsqueda de alguna forma rpida y segura de suicidio. Este hombre se dedica a estudios literarios e histricos para matar el tiempo, convencido de la futilidad de todo. Es un reflejo de Borges, ya viejo, que a su vez refleja al viajero del tiempo de Wells, porque su narrador vuelve al presente con un objeto del futuro, un cuadro cuyos tomos, en nuestro tiempo, an estn dispersos en muchos objetos y seres. Y otro cuento ejemplar, y mucho ms importante y asombroso, es “Tlšn, Uqbar, Orbis Tertius” publicado por primera vez en 1940, en la revista Sur y recogido, al cabo, en Ficciones (1944), su libro de narrativa ms celebrado y perfecto. La historia es una de las que consagraron a Borges: la referencia, en una enciclopedia pirtica, a Uqbar un pas inexistente, lleva al descubrimiento de otra enciclopedia, secreta, en la que se describe a Tlšn un mundo que no es la Tierra y al que pertenecen Uqbar y un sinnmero de prodigios. Todo resulta, de acuerdo con una posdata, un engao perpetrado por un grupo de filsofos

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del siglo XVIII, y llevado a trmino por un millonario norteamericano. Pero esa misma posdata est fechada en 1947, despus de su fecha de publicacin original, y refiere cmo, poco a poco, ciertos objetos de Tlšn aparecen en nuestro mundo y comienzan a transformarlo. Al final, se nos dice, el mundo ser Tlšn, y la humanidad entera se rendir con entusiasmo a la invasin. El cuento no es de CF tan slo por el juego de las fechas. Tambin, porque, sin invocar postulados de las ciencias exactas, examina y especula sobre dos temas centrales que luego tocaran, entre muchos otros, Philip K. Dick Ursula K. LeGuin y J. G. Ballard: la naturaleza cambiante de la realidad, y la forma en la que cada ser humano la recrea con el pensamiento. La gente vuelve falsa la historia “verdadera” al desecharla en favor de la de Tlšn (que Borges llama “armoniosa” y “llena de episodios conmovedores”). El pasado, dicen los seres humanos, es lo que creemos que sucedi. Y el que nadie se oponga a la sustitucin se explica porque Tlšn, a pesar de su complejidad, es una obra humana, finita, aprehensible; una obra, por lo tanto, ms fcil de aceptar que el mundo catico que nos proponen la ciencia y el racionalismo, y que est ordenado “de acuerdo a leyes divinas — traduzco: a leyes inhumanas”. Tlšn embelesa porque su apariencia de orden permite imaginar sin miedo el Universo. Toluca, Mxico, febrero de 1999 Alberto Chimal : Nacido en Toluca, Mxico, en 1970, ha desarrollado una obra original y diversa. En ella ha pasado por la narrativa, el teatro y el ensayo, y explorado temas e intereses de una variedad inusual entre los es critores de su pas: desde la literatura de imaginacin hasta la tradicin clsica. Ha publicado El rey bajo el rbol florido (1996), El secreto de Gorco (1997), Gente del mundo (1998), El ejrcito de la luna (1998), El pas de los hablistas (2001), La cmara de las maravillas (2004) y stos son los das ( 2004) que mereci el Premio Nacional de Cuento San Luis Potos 2002. Tambin ha r ecibido los premios nacionales de cuento Nezahualcyotl (1996), Benemrito de Amrica ( 1998) y Kalpa (1999), as como el premio de narrativa Sizigias (2001) y la beca pa ra Jvenes Creadores (1997-1998) del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Desde 1 993, Chimal imparte cursos y talleres literarios en universidades y otras instituciones.

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3. CUENTO: EL INFORME DE LA MINORIA Philip K. Dick Ttulo original: Minority Report (1955) El primer pensamiento que tuvo Anderton al ver al joven fue: Me estoy poniendo calvo, gordo y viejo . Pero no lo expres en voz alta. En su lugar, ech el silln hacia atrs, se incorpor y sali resueltamente al encuentro del recin llegado extendiendo rpidamente la mano en una cordial bienvenida. Sonriendo con forzada amabilidad, estrech la man del joven. — Seor Witwer?— Dijo, tratando de que sus palabras sonaran en el tono ms amistoso posible. —As es— repuso el recin llegado—. Pero mi nombre es Ed para usted, por supuesto. Es decir, si usted comparte mi di sgusto por las formalidades innecesarias. La mirada de su rubio semblante, lleno de confianza en s mismo, mostraba que la cuestin debera quedar as definitivamente resuelta. Seran Ed y John: todo ira sobre ruedas con aquella cooperacin mutua desde el mismo principio. — Tuvo usted dificultad en hallar el edificio? — Pregunt a rengln seguido Anderton, con cierta reserva, ignorando el cordial comienzo de su conversacin instantes atrs. Buen Dios, tena que asirse a algo Se sinti lleno de temor y comenz a sudar. Witwer haba comenzado a moverse por la habitacin como si ya todo le perteneciese, como midiendo mentalmente su tamao. No podra haber esperado un par de das como lapso de tiempo decente para aquello? —Ah, ninguna dificultad—repuso Witwer, con las manos en los bolsillos. Con vivacidad, se puso a examinar los voluminosos archivos que se alineaban en la pared —. No vengo a su agencia a ciegas, querido amigo, ya comprender. Tengo un buen puado de ideas de la forma en que se desenvuelve el Precrimen. Todava un poco nervioso, Anderton encendi su pipa. — Y cmo funciona? Me gustara conocer su opinin. —No mal del todo—repuso Witwer—. De hecho, muy bien. Anderton se le qued mirando.

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— Esa es su opinin particular? —Privada y pblica. El Senado est sa tisfecho con su trabajo. En realidad, est entusiasmado. —Y aadi — Con el entusiasmo con que puede estarlo un anciano. Anderton sinti un desasosiego interior, que supo mantener controlado, permaneciendo impasible. Le cost, no obstante, un gran esfuerzo. Se preguntaba qu era realmente lo que Witwer pensaba, lo que se encerraba en aquella cabeza. El joven tena unos azules y brillantes ojos... turbadoramente inteligentes. Witwer no era ningn tonto. Y sin la menor duda, debera estar dotado de una gran dosis de ambicin. —Segn tengo entendido—dijo Anderton—usted ser mi ayudante hasta que me retire. —As lo tengo entendido yo tambin—replic el otro, sin la menor vacilacin. —Lo que puede ser este ao, el prximo... o dentro de diez. —La pipa tembl en las manos de Anderton—. No tengo prisa por retirarme ni estoy bajo presin alguna en tal sentido. Yo fund el Precrimen y puedo permanecer aqu tanto tiempo como lo desee. Es una decisin puramente ma. Witwer aprob con un gesto de la cabeza, con una expresin absolutamente normal. — Naturalmente. Con cierto esfuerzo Anderton habl con el tono de la voz algo ms fro. —Yo deseo solamente que las cosas discurran correctamente. —Desde el principio—convino Witwer—. Usted es el Jefe. Lo que usted ordene, eso se har. —Y con la mayor evidencia de si nceridad, pregunt—: Tendra la bondad de mostrarme la organizacin? Me gustara famili arizarme con la rutina general, tan pronto como sea posible. Conforme iban caminando entre las oficinas y despachos alumbrados por una luz amarillenta, Anderton dijo: —Le supongo conocedor de la teora del Precrimen, por supuesto. Presumo que es algo que debe darse por descontado. — Conozco la informacin que es pblica —repuso Witwer—. Con la ayuda de sus mutantes premonitores, usted ha abolido con xito el sistema punitivo post-criminal de

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crceles y multas. Y como todos sabemos, el castigo nunca fue disuasorio, ni pudo proporcionar mucho consuelo a cualquier vctima ya muerta. Ya haban llegado hasta el ascensor y mientras descendan hasta niveles inferiores, Anderton dijo: —Tendr usted ya una idea de la disminucin del porcentaje de criminalidad con la metodologa del Precrimen. Lo tomamos de individuos que an no han vulnerado la Ley. —Pero que seguramente lo habran hecho—repuso Witwer convencido. —Felizmente no lo hicieron... porque les detuvimos antes de que pudieran cometer cualquier acto de violencia. As, la comisin del crimen por s mismo es absolutamente una cuestin metafsica. Nosotros afirmamos que son culpables. Y ellos, a su vez, afirman constantemente que son inocentes. Y en cierto sentido, son inocentes. El ascensor se detuvo y salieron nuevamente haca otro corredor alumbrado con igual luz amarillenta. —En nuestra sociedad no tenemos grandes crmenes—continu Anderton—, pero tenemos todo un campo de detencin lleno de criminales en potencia, criminales que lo seran efectivamente. Se abrieron y cerraron una serie de puertas, hasta llegar al ala del edificio que se ocupaba del problema analtico. Frente a ellos surgan unos impresionantes bancos de equipo especializado, receptores de datos, y ordenadores que estudiaban y reestructuraban el material que iba llegando. Y ms all, de la maquinaria, los premonitores sentados, casi perdidos a la vista entre una red inextricable de conexiones y cables. —Ah estn—dijo Anderton—. Qu piensa usted de ellos? A la luz incierta de aquella enorme habitacin, los tres idiotas farfullaban palabras ininteligibles. Cada palabra soltada al azar, murmurada sin ton ni son en apariencia, era analizada, comparada, reajustada en forma de smbolos visuales y transcritos en tarjetas perforadas convencionales que se introducan en las ranuras de los ordenadores. A todo lo largo del da, aquellos idiotas balbuceaban entre s o aisladamente, prisioneros en sus sillas especiales de alto respaldo, sujetados de forma especial en una rgida posicin por bandas de metal, grapas y conexiones. Sus necesidades fsicas eran atendidas automticamente. No tenan necesidades espirituales en ningn sentido. Al igual que vegetales, se movan, se retorcan y existan.

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Sus mentes permanecan nubladas, confusas, perdidas en las sombras. Pero no las sombras del presente. Las tres murmurantes criatu ras con sus enormes cabezas y estropeados cuerpos estaban contemplando el futuro. La ma quinaria analtica regi straba sus profecas y los tres idiotas premonitores hablaban, mientras que las mquinas escuchaban cuidadosamente. Por primera vez, la confiada cara de Witwer pareci perder seguridad. En sus ojos apareci una desmayada expresin de sentirse enfermo, como una mezcla de vergenza y de shock moral. —No es... agradable—murmur—. Nunca pude imaginarme que fueran tan... — Luch con su mente para encontrar la palabra adecuada—. Tan... deformes. —S, deformes y retrasados —convino Anderton al instante—. Especialmente aquella chica, Dona. Tiene cuarenta y cinco aos pero el aspecto de una nia de diez. El talento lo absorbe todo: su facultad especial de premonicin del porvenir altera el equilibrio del rea frontal. Pero, para qu vamos a preocuparnos? Conseguimos sus profecas. Aqu tienen cuanto necesitan. Ellos no comprenden absolutamente nada de esto, pero nosotros s. Algo sobrecogido por el espectculo, Witwer atraves la habitacin y se dirigi hacia la maquinaria. De un recipiente tom un paquete de fichas. — Son stos los nombres que han surgido? —Desde luego que s. —Y frunciendo el ceo, Anderton tom las fichas de manos de Witwert — No he tenido an la oportunidad de examinarlas—explic guardndose para s la preocupacin que aquello le causaba. Fascinado, Witwer observaba cmo la s mquinas de tanto en tanto expulsaban una ficha sobre un recipiente. Despus continuaban con otra y una tercera. De los discos que zumbaban con un murmullo constante, surgan fichas, una tras otra. — Los premonitores ven muy lejos en el futuro? —Pregunt Witwer. —Slo ven una extensin relativamente limitada —le inform Anderton—. Una semana o dos como mucho. Muchos de sus datos son intiles para nuestro trabajo... simplemente sin importancia para nuestra investigacin. Pasamos esas informaciones a otras agencias. Agencias, que a cambio nos pasan otros informes interesantes. Cada agencia importante tiene su subterrneo de monos guardados como un tesoro.

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— Monos?—Dijo Witwer mirndole con desagrado. Oh, s, ya comprendo. Es una curiosa forma de expresarlo. —Muy adecuada— automticamente, Anderton recogi las ltimas fichas expulsadas por los ordenadores—. Algunos de estos nombres, tienen que ser totalmente descartados. Y la mayor parte de los que quedan se refieren a delitos poco importantes, como los de evasin de impuestos, asalto o extorsin. Como estoy seguro que usted ya sabe, el Precrimen ha rebajado las fechoras en un 99 %. Apenas si se dan casos actualmente de traicin o asesinato. Despus de todo, el delincuente sabe que lo confinaremos en un campo de detencin una semana antes de que tenga la oportunidad de cometer el crimen. — En qu ocasin se cometi el ltimo asesinato? —Pregunt Witwer. —Hace cinco aos. — Y cmo ocurri? — El criminal escap de nuestros equipos. Tenamos su nombre…de hecho tenamos todos los detalles del crimen, incluido el nombre de la vctima. Sabamos tambin el momento exacto y el lugar preciso del planeado acto de violencia que iba a cometerse. Pero a despecho nuestro y de todo, el criminal consigui llevarlo a cabo. —Anderton se encogi de hombros —. Despus de todo, resulta imposible cogerlos a todos. — Baraj las fichas con las manos —. Sin embargo, conseguimos evitar la mayora. —Un crimen en cinco aos —murmur Witwer, en cuya voz se adverta que retornaba la confianza perdida —. Es realmente un rcord impresionante... algo para sentirse orgulloso. —Yo me siento orgulloso —repuso con calma —. Hace treinta aos descubr la teora... all en aquellos das cuando los crmenes se producan abundantemente. Vi proyectado hacia el futuro algo de un incalculable valor social. Alarg el paquete de tarjetas a Wally Page, su subordinado a cargo del equipo de monos. —Vea usted cules necesitamos —le dijo —. Utilice su propio criterio. Mientras Page desapareca con las fichas, Witwer dijo pensativamente: — Pues creo que es una gran responsabilidad.

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—S, lo es —convino Anderton —. Si dejamos que un criminal se escape — como ocurri hace cinco aos— tenemos una vida humana en nuestra conciencia. Nosotros somos los nicos responsables. Si fallamos, alguien puede perder la vida. Amargamente, recogi tres nuevas fichas acabadas de surgir del ordenador —Es una cuestin de confianza pblica. — Y no se sienten ustedes tentados a…? —Witwer vacil —. Quiero decir, algunos de los hombres que ustedes detienen por este procedimiento tendrn que ofrecerles muchas posibilidades. — En general enviamos un duplicado de las tarjetas del archivo al Cuartel General Superior del Ejrcito. All se comprueba cuidadosamente. As pueden tambin seguir nuestro trabajo. — Anderton, lanz un vistazo a la parte superior de una de las fichas recin salidas —. As, aunque nosotros desesemos aceptar un… Se detuvo de repente, con los labios apretados. — Ocurre algo? —Pregunt Witwer alarmado. Cuidadosamente, Anderton dobl la ficha y la deposit en uno de sus bolsillos. —Ah... nada —murmur—. No es nada, nada en absoluto. La dureza de la voz de Anderton puso alerta a Witwer. —Con sinceridad, a usted le disgusto yo. —Es cierto —admiti Anderton —. No me gusta. Pero... En realidad no era aqul el motivo. No pareca posible; no era posible. Algo iba mal en todo aquello. Perplejo, trat de aclararse su mente confusa. Sobre aquella ficha estaba escrito su nombre. En la primera lnea. …¡Y acusado de un futuro asesinato! De acuerdo con las seales codificadas, el Comisario del Precrimen John A. Anderton iba a matar a un hombre... y dentro de la prxima semana. Con una absoluta y total conviccin, l no poda creer semejante cosa. * En la oficina exterior, hablando con Page se hallaba la esbelta y atractiva joven esposa de Anderton, Lisa. Estaba enzarzada en una animada y aguda conversacin de poltica y apenas s mir de reojo cuando entr su marido acompaado de Witwer

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—Hola, querida—salud Anderton. Witwer permaneci silencioso. Pero sus plidos ojos se animaron al posar su mirada sobre la cabellera de la mujer vestida de uniforme. Lisa era un oficial ejecutivo del Precrimen, pero una vez haba sido, segn ya conoca Witwer, la secretaria de Anderton. Dndose cuenta del inters que se reflejaba en el rostro de Witwer, Anderton se detuvo reflexionando. Colocar la ficha en las mquinas requerira un cmplice del interior del Servicio, la ayuda de alguien que estuviese ntimamente conectado con el Precrimen y tuviese acceso al equipo analtico. Lisa era un elemento improbable. Pero la posibilidad exista. Por supuesto que la conspiracin podra hacerse en gran escala y de forma muy elaborada, implicando mucho ms que el sencillo hecho de insertar un a cartulina perforada en cualquier lugar del proceso. Los datos originales en s mismos tendran que ser deliberadamente cambiados. Por el momento, no haba forma de decir de qu modo podra llevarse a cabo tal alteracin. Un fro nervioso le recorri la espalda, al comenzar a entrever las posibilidades del asunto. Su impulso original—abrir las mquinas decididamente y suprimir todos los datos—resultaba intilmen te primitivo. Probablemente los registros concordaban con la ficha: no hara sino incriminarse a s mismo en el futuro. Dispona de aproximadamente veinticuatro horas. Despus, la gente del Ejrcito deseara comprobar seguramente las fichas y descubriran la discrepancia. Y encontraran en sus archivos el duplicado de una ficha de la que l se habra apropiado. El slo tena una de las dos copias, lo que significaba que la ficha que se hallaba doblada en su bolsillo estara a aquellas horas sobre la mesa de Page a la vista de todo el mundo. Desde el exterior del edificio le lleg el tronar y los aullidos de una patrulla de coches de la polica. Cuntas horas pasaran antes de que fueran a detenerse en la puerta de su casa? — Qu te ocurre, cario?—Le pregunt Lisa inquieta—. Tienes el aspecto del que ha visto a un fantasma. Te encuentras bien? —Oh, s, perfectamente. Lisa se dio cuenta en el acto del escrutinio admirativo de que estaba siendo objeto por parte de Witwer. — Es este caballero tu nuevo colaborador, querido?—Pregunt.

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Un poco distrado y confuso, Anderton se apresur a presentar a su nuevo colega. Lisa sonri en amistoso saludo. Pas entre ellos como un encubierto entendimiento? No pudo decirlo. Santo Dios, ya estaba emp ezando a sospechar de todo el mundo... no solamente de su esposa y de Witwer sino de una docena de miembros de su personal. — Es usted de Nueva York?, —pregunt Lisa. —No—replico Witwer—. He vivido la mayor parte de mi vida en Chicago. Estoy en un hotel... uno de esos grandes hoteles del centro de la ciudad. — Espere... tengo el nombre escrito en una tarjeta por aqu en cualquier parte. Mientras se rebuscaba por los bolsillos, Lisa sugiri: —Tal vez le gustara cenar con nosotros. Tendremos que trabajar en ntima cooperacin y pienso que realmente deberamos conocernos mejor. Asombrado, Anderton se sinti deprimido. Qu oportunidades seran las que proporcionara la actitud amistosa de su mujer? Profundamente conturbado se dirigi impulsivamente hacia la puerta. — Adnde vas?—Pregunt Lisa asombrada. —Vuelvo con los monos—repuso Anderton—. Quiero hacer una comprobacin relativa a unos datos desconcertantes, antes de que el Ejrcito los vea. Ya estaba fuera en el corredor antes de que ella pudiese pensar en una forma razonable de detenerlo. Rpidamente se dirigi hacia la rampa del extremo opuesto. Estaba ya a punto de desaparecer de la vista cua ndo Lisa apareci jadeante de la carrera emprendida tras l. —Pero, qu es lo que te ocurre, hombre de Dios? — Tomndole por una manga y tirando fuerte hacia ella, se sito a su lado —. Saba que te marchabas—exclamo Lisa bloquendole el camino—. Qu te pasa? Todo el mundo va a pensar que t…... —Se contuvo controlndose para aadir: Quiero decir, que te estas comportando de una forma errtica y extraa. Una multitud de gente les envolvi, la muchedumbre usual de la tarde. Ignorando a todo el mundo, Anderton apret el brazo de su mujer. —Voy a salir fuera—dijo—, mientras que an es tiempo. —Pero, por qu?

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—Estoy siendo tratado de una forma deliberadamente maliciosa. Ese hombre ha venido a quedarse con mi trabajo. El Senado quiere echarme sirvindose de l. Lisa le mir asombrada. —Pero si parece una persona encantadora... —S, encantadora como una serpiente de agua. Lisa reflej en su rostro su desconcierto. —No lo creo. Querido, creo que ests bajo los efectos de un exceso de trabajo. — Sonriendo inciertamente balbuce— No resulta realmente creble que Ed Witwer est tratando de minarte el terreno. Cmo podra hacerlo aunque quisiera? Seguramente que Ed... — Ed? —Ese es su nombre, no es as? Los ojos de Lisa se dilataron de asombro y de desconcierto y brillaron en una muda protesta. —Cielo santo, ests sospechando de t odo el mundo. Parece como si creyeses que yo tambin estoy mezclada en alguna clase de conspiracin contra ti, verdad? Su marido consider un instante la cuestin. —Pues... no estoy muy seguro. Lisa se le aproxim con ojos acusadores. —Eso no es cierto. Ni t mismo lo crees. Tal vez deberas marcharte de vacaciones por un par de semanas. Necesitas desesperadamente un descanso. Toda esta tensin y este trauma producido por la llegada de un joven... Ests actuando como un paranoico. Es que no puedes verlo? Dime, tienes alguna prueba de lo que ests diciendo? : Anderton sac su billetera y extrajo de ella la ficha doblada. —Examina esto cuidadosamente—le dijo a su mujer. El color se escap de las mejillas de Lisa, dejando escapar un sonido entrecortado. —La trama es claramente evidente —le dijo Anderton—. Esto dar a Witwer un claro pretexto, legal al mismo tiempo, para suprimirme de aqu inmediatamente. No tendr

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que esperar a que yo presente mi dimisin. Ellos saben que puedo prestar an unos aos ms de servicio. —Pero... —Y eso acabar con el sistema de equilibrio y de comprobacin. El Precrimen dejar de ser una agencia independiente. El Senado controlar la polica y despus... —Su labios se apretaron en un rictus amargo— Absorbern igualmente al Ejrcito tambin. Bien, eso sera una consecuencia lgica. Naturalmente, siento hostilidad y resentimiento hacia Witwer, y por supuesto que tengo motivos para proceder as. A nadie le gusta ser reemplazado por un joven y puesto en la list a de los intiles. En su da eso resultara totalmente plausible, excepto que no tengo ni la ms remota intencin de matar a Witwer. Pero no puedo probarlo. Y as las cosas Qu es lo que puedo hacer? En silencio, con la cara blanca por una intensa palidez, Lisa sacudi la cabeza. —Pues yo... yo no s, querido. Si solo... —Ahora mismo—declar abruptamente Anderton—. Me voy a casa y empaquetar mis cosas. Creo que es lo mejor que puedo hacer. —Y vas realmente a... Esconderte por ah? —As voy a hacerlo Me ir aunque sea a las colonias lejanas del sistema de Centauro si es preciso. Ya se ha hecho antes con xito y an dispongo de veinticuatro horas para hacerlo. —Se volvi resueltamente—. Vuelve al interior. No hay nada que hablar de que vengas conmigo. — Imaginaste que lo hara?—Pregunt Lisa. Sorprendido, Anderton la mir fijamente. — No lo hubieras hecho? No, ya veo que no me crees. Todava piensas que estoy imaginando todo esto... —Y sacudi ne rviosamente la ficha entre las manos—. Ni incluso con esta evidencia ests convencida. —No—convino rpidamente Lisa—. No lo estoy. Creo que no has considerado bien de cerca la cuestin, querido. El nombre de Ed Witwer no esta en ella. Incrdulo, Anderton tom la ficha de manos de su mujer. —Nadie dice que t tengas que matar a Ed Witwer —continu Lisa rpidamente en un tono vivaz—. La ficha debe ser verdadera, comprendes? Pero nada tiene que ver con Ed Witwer. El no est intrigando contra ti, ni ninguna persona ms tampoco.

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Demasiado confuso para responder, Ande rton permaneci sin quitar los ojos de la ficha de cartulina. Ella tena razn. Ed Witwer no estaba catalogado como su vctima. Sobre la lnea quinta, la mquina hab a estampado ntidamente otro nombre: LEOPOLD KAPLAN Aturdido, volvi a guardarse la ficha en el bolsillo. Jams haba odo ese nombre en toda su vida. * La casa se hallaba fra y solitaria y casi inmediatamente Anderton comenz a hacer los preparativos para su viaje. Mientras empaquetaba las cosas, una serie de frenticos pensamientos cruzaban su mente. Posiblemente estaba equivocado respecto a Witwer, pero, cmo poda estar seguro? En cualquier caso, la conspiracin contra l era mucho ms compleja de lo que haba credo a primera vista. Witwer slo podra ser una marioneta animada por cualquier otro personaje, por algn distante y poderoso elemento oculto en la penumbra del fondo Haba sido un error haber mostrado la ficha a Lisa. Sin duda alguna, ella se lo contara con todo con detalle al propio Witw er. Nunca haba salido de la Tierra, ni comprobado qu clase de vida podra llevar en cualquier planeta fronterizo. Mientras se hallaba as preocupado, el piso de madera cruji tras l. Se volvi rpidamente para enfrentarse con el can azulado de una pistola atmica. —No le llevar mucho tiempo—dijo, mirando fijamente al hombretn cuadrado de hombros, de labios apretados, que, vistiendo un abrigo marrn oscuro, le apuntaba con el arma atmica— Ni siquiera dud ella un instante? El rostro del intruso no pareci tener respuesta adecuada. —No s de lo que est usted hablando—dijo— Vamos, venga conmigo. Paralizado, Anderton solt una pesada chaqueta de pieles que sostena en la mano. —Usted no pertenece a mi agencia. Es usted acaso un oficial de la polica? Protestando y a empujones fue llevado a toda prisa hacia un coche cubierto que esperaba en la calle. La puerta se cerr con estrpito al arrancar el coche, habiendo entrado previamente tres hombres armados en el interior junto con l. El automvil sali disparado

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hacia la autopista que sala alejndose de la ciudad. Impasibles y remotos, los rostros que le rodeaban permanecan inalterables con los movimientos del vehculo, al pasar los inmensos campos, oscuros y sombros, que desfilaban rpidamente ante sus ojos. Anderton an trataba intilmente de captar las implicaciones de lo sucedido, cuando de repente, el coche se desvi de la carretera general y descendi a un garaje de aspecto sombro con la entrada semioculta. Alguien grit una orden. La pesada puerta metlica de acceso se descorri y unas luces brillantes iluminaron el recinto. El chofer apag el motor. —Lamentarn ustedes esto—protest Anderton indignado—. Sabe usted quin soy yo? —concluy dirigindose al que pareca ser el jefe de la partida. —Lo sabemos —repuso el hombre del abrigo marrn, A punta de pistola, Anderton fue conducido por unas escaleras y despus, por un corredor alfombrado. Se hallaba, al parecer, en una lujosa residencia privada, construida ocultamente en un rea devastada por la guerra. Al extremo del corredor se abra una habitacin, ms bien un estudio, provisto de gran cantidad de libros y ornamentado, por lo dems, con exquisito gusto. Dentro de un crculo de luz y con el rostro oculto parcialmente por las sombras, un hombre a quien jams haba visto permaneca sentado esperando su llegada. Conforme se aproximaba Anderton, aquel hombre se quit unos lentes sin aros, con cierto nerviosismo, y se humedeci los labios. Era de avanzada edad, tal vez unos setenta, y se apoyaba en un bastn con empuadura de plata. Su cuerpo era delgado y su actitud curiosamente rgida. Sus escasos cabellos grises los llevaba peinados muy pegados al crneo. Sus ojos nicamente denotaban alarma. — Es Anderton? —Pregunt con cierta indiferencia al hombre del abrigo marrn—. Dnde lo encontr usted al fin? —En su casa—replic el otro—. Estaba preparando el equipaje... segn esperbamos. El anciano del silln se estremeci visiblemente —Haciendo el equipaje… Mire—dijo dirigindose a Anderton—. Qu es lo que le ocurre? Es que se ha vuelto loco de remate? Cmo podra usted matar a un hombre a quien no ha conocido nunca?

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Aquel hombre anciano, segn pudo deducir inmediatamente Anderton, era Leopold Kaplan. —Primeramente, har a usted una pregunta —repuso Anderton rpidamente—. Se da usted cuenta de quin soy yo? Soy el Comisario de la Polica General. Puedo encerrarle durante veinte aos por esto Iba a continuar diciendo ms cosas, pero una sbita idea le interrumpi. — Cmo lo descubri usted? — Pregunt. Involuntariamente, su mano se dirigi hacia el bolsillo donde tena escondida la ficha doblada—. No habr sido por otra... —No fui notificado por su agencia—dijo Kaplan interrumpindole, con visible impaciencia. — El hecho de que nunca haya odo hablar de mi no me sorprende demasiado. Leopold Kaplan, general del Ejrcito de la Alianza Federada del Bloque Occidental, est retirado desde el fin de la guerra anglochina y la abolicin de la AFBO. Aquello iba teniendo sentido, pens Anderton, que siempre haba sospechado que el Ejrcito posea inmediatamente los duplicados de las fichas para su propia proteccin. Sintindose ms aliviado, pregunt: —Bien, aqu me tiene usted. Y ahora, qu? —Evidentemente—repuso Kaplan—, no voy a destruirle, para librarme de lo que indica una de esas estpidas fichas. Pero siento curiosidad acerca de usted. Me parece increble que un hombre de su talla pudiese contemplar a sangre fra el asesinato de un extrao por completo a usted. Tiene que haber aqu algo ms implicado en todo esto. Francamente me siento embrollado. Si esto representa alguna clase de estrategia de la Polica... se encogi de hombros—. Seguramente que usted no habra permitido que el duplicado de la ficha hubiera llegado a nosotros. —A menos que tal ficha se haya introducido en los ordenadores deliberadamente —sugiri otro de los hombres. Kaplan escrut con sus brillantes ojos a Anderton. — Qu tiene usted que decir? —Esa es exactamente la cuestin—repuso Anderton—. La prediccin de tal ficha fue deliberadamente fabricada por algn grupo del interior de la agencia de la polica. La ficha ha sido preparada y a mi se me ha tendido una trampa. As, he sido relevado automticamente de toda mi autoridad... Mi asistente interviene entonces y afirma que ha

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prevenido el crimen en la forma usual y eficiente del sistema Precrimen. Ni que decir tiene que no hay crimen ni intento de tal crimen. —Yo estoy por completo de acuerdo con usted en que no habr tal asesinato— afirm Kaplan autoritariamente—. Estar usted bajo custodia de la po lica. Intento hallarme bien seguro de eso. Horrorizado, Anderton protest: — Va usted a devolverme all? Si permanezco detenido, jams estar en condiciones de probar que... —No me preocupa lo que usted intente probar o no—dijo Kaplan interrumpindole—. Todo mi inters radica en tenerle a usted fuera de combate. —Y framente aadi—Para mi propia proteccin. —Ya estaba dispuesto a marcharse—comenta uno de los hombres. —As es—ratifico Anderton sudando—. Tan pronto como me echen el guante ser internado en uno de esos campos de detencin. Witwer se pondr al frente... y ya puedo considerarme perdido. —Su rostro se ensombreci—. Y mi esposa tambin. Estn actuando todos de acuerdo, segn las apariencias. Por un momento Kaplan pareci vacilar. —Es posible—concedi mirando a Anderton severamente. Despus sacudi la cabeza—. No, no puedo correr ningn riesgo. Esto es una conspiracin contra usted y lo lamento, crame. Pero es algo que no me concierne en absoluto. —Y dirigindose a sus hombres les dijo— Llvenlo al edificio de la Polica y entrguenlo a la ms alta autoridad, Y mencion el nombre del comisario en funciones, esperando la reaccin de Anderton. — ¡Witwer!—Repiti Anderton incrdulo como en un eco. Todava sonriendo ligeramente, Kaplan se volvi y conect la radio. —Witwer ya ha asumido el mando. Ni que decir tiene que formar con todo esto un buen tinglado. Se oy un zumbido esttico y despus, de repente, la radio comenz a sonar en la habitacin a bastante volumen. Una voz profesional y bastante ruidosa lea un mensaje informativo.

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—...todos los ciudadanos tienen la or den estricta de no dar refugio por ningn concepto a ese individuo peligrosamente criminal. Las extraordinarias circunstancias de un criminal que ha escapado hacia la libertad en condiciones de cometer un acto de violencia, es un caso nico en estos tiempos. Todos los ciudadanos quedan advertidos mediante este boletn informativo, de que las leyes en vigor implican que tanto individual como colectivamente tienen la obligacin de cooperar totalmente con la polica para aprehender a John Allison Anderton, quien, por medio de la metodologa del sistema precriminal es declarado de ahora en adelante un asesino potencial y por tal motivo ha perdido su derecho a la libertad y a todos sus privilegios. —Se ve que no ha perdido el tiempo—murmur Anderton, abatido. Kaplan toc un botn y la radio enmudeci. —Lisa tiene que haber ido directamente a l —dijo Anderton especulando amargamente. — Por qu tendra que esperar?—Pregunt Kaplan—. Usted expres sus intenciones claramente. El viejo general hizo una seal a sus hombres —Llvenle a la ciudad. Me siento a di sgusto con este hombre en mi proximidad. En ese aspecto, estoy de acuerdo con el Comisario Witwer. Quiero que sea neutralizado lo ms pronto posible. Una lluvia fina y helada se abata sobre las calles mientras el coche atravesaba las oscuras avenidas de Nueva York hacia el edificio de la Polica. —Puede usted ponerse en su lugar—dijo uno de los hombres a Anderton—. Si usted estuviese en su puesto habra actuado de igual forma. Pensativo y resentido Anderton se mantena callado mirando hacia adelante. —De cualquier forma—continuo aquel hombre—usted slo es uno entre muchos ms. Miles de personas han ido a parar a esos campos de detencin. No se encontrar solo. Abrumado por las circunstancias, Anderton miraba a los transentes apresurndose a lo largo de las aceras mojadas por la lluvia. Slo se daba cuenta de la tremenda fatiga que senta. Mecnicamente iba comprobando los nmeros de las casas calculando la proximidad a la estacin de Polica.

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—Ese Witwer se ve que sabe aprovechar las oportunidades y sacar ventaja de cualquiera de ellas—observ uno de los hombres—. Le conoce usted? —Muy poco —Deseaba su puesto... y por eso ha conspirado contra usted. Est usted seguro? — Importa mucho eso ahora?— Repuso Anderton con un gesto. —Era por pura curiosidad. —Y el hombre suspir lnguidamente—. Entonces, ahora es usted el ex Comisario jefe de la Polica. La gente que se encuentra en esos campos estar deseando verle. Y conocer cmo es su cara. —Sin duda. —Witwer seguramente que no perder el tiempo. Kaplan tiene suerte... con un personaje as al frente de la polica. —Y el homb re mir a Anderton casi con lstima—. Pero usted est seguro de que es un complot, verdad? —Por supuesto que s. — No habra usted tocado ni un solo cabello de Kaplan, verdad? Por primera vez en la historia, el Precrimen se ha equivo cado. Un hombre inocente perseguido por culpa de una de esas fichas... Tal vez haya muchas otras personas inocentes, no es verdad? —Es muy posible—repuso Anderton. —Tal vez la totalidad de ese sistema se venga abajo. Seguramente que usted no va a cometer ningn crimen... y tal vez ninguno de los otros tampoco. Es sa la razn por la que dijo a Kaplan que quera marcharse? Deseaba usted probar tal vez que el sistema es falso? Sepa que soy un hombre de amplia mentalidad si quiere hablarme de ello. Otro de los hombres se inclin sobre l y pregunt: —Entre usted y yo, existe realmente algn complot? Ha sido usted falsamente acusado? Anderton suspir. Hasta tal punto va cilaba en su interior Tal vez se hallaba atrapado en un circuito sin salida, sin motivo, sin principio y sin fin De hecho, estaba casi dispuesto a conceder que era la vctima de una fantasa neurtica, excitada por la creciente inseguridad que le rodeaba. Sin lucha, estaba punto de renunciar a todo. Un enorme peso le aplastaba dejndole sofocado y sin energas para nada. Estaba luchando contra algo imposible... y todas las cartas estaban en su contra.

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Un repentino chirrido de los neumticos le llam la atencin. Frenticamente el conductor trataba de controlar el coche en aquel momento, dando golpes de volante y usando el freno, al mismo tiempo que un enorme camin cargado de pan, surgido de la niebla, se le venia encima. De haber acelerado, tal vez habra salvado la situacin. Pero era demasiado tarde para corregir el error. El coche patin, y dio unos bandazos para ir a estrellarse contra la delantera del camin. Bajo Anderton, el asiento actu como un resorte empujndole hacia la puerta. Sinti un dolor sbito e intolerable en el cerebro como si fuera a estallarle, encontrndose de rodillas sobre el pavimento. Cerca de l crey or el crepitar de unas llamas y unas fajas de luz serpentear entre la niebla dirigindose hacia el coche. Unas manos acudieron en su ayuda. Poco a poco se dio cuenta de que iba siendo arrastrado lejos del automvil A lo lejos se oan las sirenas de los coches de patrulla. —Vivir usted—dijo una voz en su odo, en tono quedo y urgente. Era una voz que jams haba odo antes y le resultaba tan extraa como la lluvia que le bata el rostro—. Puede or lo que le estoy diciendo? —S—repuso Anderton. Con la manga acudi en auxilio de un corte que ya le sangraba abundantemente de la mejilla. Confuso, trat de orientarse—. Usted no es... —Deje de hablar y escuche. —El hombre que le hablaba era un tipo fornido, casi obeso. Sus enormes manos le sostenan ahora fuera de la calzada y contra la pared de ladrillo de una calle adyacente, lejos del fuego y del coche—. Tuvimos que hacerlo de esta forma. Era la nica alternativa. No tuvimos mucho tiempo disponible. Cremos que Kaplan le retendra en su residencia por ms tiempo. —Entonces, esto ha sido preparado previamente?—Pregunt Anderton parpadeando en su enorme confusin. —Desde luego. —Y aquel hombretn solt un juramento—. Quiere usted decir que tambin ellos crean…? —Yo pens... —comenz a decir Anderton y se detuvo al darse cuenta de que encontraba dificultades al hablar, uno de los dientes frontales lo haba perdido en el accidente—. La hostilidad hacia Witwer... sentirme reemplazado, y luego mi esposa… el resentimiento natural...

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—Deje de engaarse a s mismo—le interrumpi el desconocido—. Lo sabe usted muy bien. Todo el asunto fue calculado meticulosamente. Tenan cada fase bajo control. La ficha fue colocada el da en que Witwer apareci. Y ya tienen cuanto desean. Witwer comisario y usted un criminal perseguido. — Quin hay detrs de todo eso? —Su esposa. Anderton sacudi la cabeza. — Est usted seguro? Aquel individuo se puso a rer. —Puede apostar por su esposa. —Mir rpidamente a su alrededor—. Aqu viene la polica. Siga por esa calle estrecha, tome un autobs, y vyase al barrio pobre de los suburbios, alquile una habitacin y cmprese un puado de revistas para tener algo en que estar ocupado. Ah, cmprese otras ropas. Es usted lo suficientemente listo como para ocuparse de s mismo. No trate de salir de la Tierra. Controlan todos los sistemas de transporte. Si consigue escapar durante los prximos siete das estar usted salvado. — Quin es usted?—Pregunt Anderton. — Mi nombre es Fleming Aquel hombre se apart y con cuidado comenz a andar por la estrecha calle fuera de las luces. El primer coche de la polica ya haba llegado a la calzada y sus ocupantes se lanzaron sobre el destrozado coche de Kaplan. En el interior, los ocupantes se movan dbilmente comenzando a gemir dolorosamente a travs de la maraa de acero, cristales y plstico bajo la lluvia. —Considrenos como una sociedad protectora —dijo Fleming sin ninguna expresin especial en su rostro mojado por la lluvia—. Una especie de fuerza de polica que vigila a la polica. Queremos que las cosas marchen como deben. Con su enorme manaza le dio un empujn hacia el interior del callejn. Anderton se sinti lanzado lejos de l, estando a punto de caer en medio de las sombras y escombros que medio llenaban aquella callejuela. —Siga y no se detenga—le repiti Fleming—. Y no desprecie este paquete. —Y le arroj un abultado sobre que Anderton recogi—. Estudie eso con cuidado y creo que

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podr sobrevivir. * * La carta de identidad le describa como Ernest Temple, electricista, de paso por Nueva York, con esposa y cuatro hijos en Buffalo. Un carnet manchado de sudor le daba autorizacin para trabajar en sitios distintos, viajando constantemente sin direccin fija. Un hombre que necesita trabajar, debe viajar Mientras cruzaba la ciudad en un autobs casi vaco, Anderton estudi la documentacin de Ernest Temple. Sin duda alguna aquellos documentos de identidad se haban hecho a tanteo por todas las medidas y datos que all aparecan. Tras un rato se pregunt de quin seran las huellas digitales y como habran conseguido la longitud de onda de su cerebro. Sin duda no resistiran una comprobacin rigurosa. Pero al menos era una documentacin como principio. Era algo. Con los documentos, iban mil dlares en billetes. Se guard el dine ro y los documentos y despus se volvi hacia lo escrito claramente en el sobre que haba contenido los carnets. Al principio no le encontr el menor sentido. Durante algn tiempo, lo estuvo considerando, realmente perplejo. La existencia de una mayora implica lgicamente, una minora correspondiente El autobs ya haba entrado en una vasta regin de suburbios pobres de la ciudad en aquella jungla de hoteles baratos y tiendas humildes que haban surgido en aquella rea tras las destrucciones de la guerra. Lleg a una parada y Anderton se prepar a salir. Unos cuantos pasajeros observaron al paso su mejilla herida y sus ropas destrozadas. Ignorando a aquella gente, ech a andar por el borde de la acera bajo la persistente lluvia. El conserje del hotel no le prest la menor atencin, despus de haberle cobrado el dinero de la pensin. Anderton subi la escalera hasta el segundo piso y entr en una habitacin reducida con olor humedad. Era pequea, pero estaba limpia. Tena cama, armario, tocador, un calendario, silla, lmpara y una radio con contador de tiempo mediante monedas.

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Puso en la ranura una moneda de veinticinco centavos y se dej caer pesadamente en la cama. Todas las emisoras importantes es taban transmitiendo el boletn de la polica. Era algo nuevo, excitante, desconocido para las generaciones actuales. ¡Un criminal escapado de la polica! El pblico estaba vidamente interesado. ...este hombre ha usado la ventajosa posicin de la que gozaba para burlar a la polica —estaba diciendo el locutor con una indignacin muy profesional—. Debido a su alto cargo, ha tenido acceso a los datos previos y la confianza depositada en l le ha permitido evadir el proceso normal de detencin y localizacin. Durante el perodo de su mando, ha ejercitado su autoridad para enviar individuos sin cuento, potencialmente culpables, a los campos de confinamiento, desperdiciando as las vidas de esas inocentes vctimas. Este hombre, John Allison Anderton, fue el instrumento de creacin del sistema Precriminal, la prediccin profilctica de la criminalidad a travs del ingenioso uso de los mutantes premonitores, capaces de adivinar el futuro y transferir oralmente esos datos a la maquinaria analtica. Esos tres premonitores en sus funciones vitales... La voz disminuy al entrar en el diminuto cuarto de bao de la habitacin. Una vez all se despoj de la chaqueta y la camisa y dej correr el agua fresca del grifo del lavabo. En la pequea vitrina encontr un poco de yodo, esparadrapo, una mquina de afeitar, peine y cepillo de dientes, amn de otras pequeas cosas que poda necesitar. A la maana siguiente, tendra que procurarse otras ropas de segunda mano y comprar otros objetos necesarios, adecuados a su nueva situacin. Despus de todo, ahora era un obrero electricista en busca de trabajo y no un comisario de polica vctima de un accidente. En la otra habitacin, la radio continuaba sonando. Slo de forma subconsciente atento a ella, permaneci frente al espejo examinndose el diente roto por el choque. ...el sistema de los tres premonitores mutantes tuvo su gnesis a mediados de este siglo. Cmo se comprueban los resultados en un ordenador electrnico? Alimentando la mquina con datos que se insertan en una segunda mquina de idntico diseo. Pero dos ordenadores no son suficientes. Si cada uno ellos llega a una respuesta diferente es imposible decir a priori cul es la correcta. La solucin, basada en un cuidadoso estudio del mtodo estadstico es utilizar un tercer orde nador que compruebe los resultados de los dos primeros. De esta forma, se obtiene lo que se llama el informe de la mayora. Puede presumirse con gran probabilidad que el acuerdo de dos de los tres ordenadores indica cul

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de los resultados de tal alternativa es el correcto. No sera verosmil que dos ordenadores llegasen a idnticas soluciones incorrectas... Anderton arroj la toalla que tena en la mano y corri hacia la otra habitacin, volcndose literalmente sobre el aparato de radio para captar mejor la emisin. ...la unanimidad de los tres premonitores es un fenmeno posible pero muy rara vez conseguido, segn explica el comisario en funciones Mr. Witwer. Es mucho ms corriente obtener un informe de mayora de dos premonitores ms un informe de minora del tercer mutante, con una variacin muy ligera, referida usualmente al tiempo y al lugar. Esto se explica por la teora de los futuros mltiples. Si existiese solamente un sendero del tiempo, la informacin premonitora no tendra importancia, ya que no existira ninguna posibilidad de alterar el futuro. Anderton comenz a recorrer frenticamente la pequea habitacin de un lado a otro. El informe de la mayora... slo dos de los premonitores mutantes haban coincidido en el material anotado en la ficha, Aqul era el significado del mensaje del paquete que le haban entregado. El informe del tercer premonitor, esto es, el informe de la minora, tena tambin su importancia. Por qu? Consult el reloj y vio que era ya pasada la medianoche. Page estara libre de servicio. No estara de vuelta en el bloque de los monos hasta la tarde siguiente. Era una dbil oportunidad pero vala la pena aprovecharla. Tal vez Page quisiera encubrirle, o tal vez no. Tena que arriesgarse a saberlo. Tena que ver el informe de la minora. * * Entre el medioda y la una de la tarde, las calles hormigueaban de gente. Eligi esa hora, en el momento de ms trfago del da, para hacer su llamada. Eligi una cabina telefnica pblica del interior de una tienda, marc el nmero tan familiar de la polica y esper la respuesta. Deliberadamente seleccion slo el canal del sonido, descartando el de la imagen, pues a despecho del cambio sufrido por las ropas y su atuendo general, poda ser reconocido.

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La persona que recibi la llamada era nueva para Anderton. Con precaucin deliberada, le dio la extensin de Page. Si Witwer estaba cambiando todo el personal y poniendo en su lugar a sus satlites, podra hallarse hablando con una persona totalmente extraa. — S?—son la voz de Page, al fin. Sintindose aliviado, Anderton mir a su alrededor. Nadie estaba dedicndole la menor atencin, los clientes de la tienda merodeaban alrededor de las mercancas en su rutina diaria. — Puede usted hablar?—Pregunt—. O hay algo cerca que se lo impide? Se produjo un momento de silencio. Tuvo la certeza de estar viendo al propio Page luchar con la incertidumbre de lo que tena que hacer en aquel momento. Por fin, lleg la respuesta: — Por qu... me llama usted aqu? Ignorando la pregunta, Anderton continu: —No reconoc la voz del recepcionista. Hay nuevo personal? —S, de nueva marca—repuso Page con voz ahogada—. Tenemos un gran maremgnum estos das. —As lo tengo entendido—repuso Anderton—. Y su trabajo? Contina todava en pie? —Espere un momento. —El receptor fue puesto de forma que unos pasos que se aproximaban llegasen claramente a odos de Anderton. Fueron seguidos por el ruido de una puerta que se cerraba. Page volvi al telfono—. Ahora podemos hablar mejor. Dgame. — Cunto mejor? —No mucho. Dnde est usted? —Paseando por Central Park—repuso Anderton —. Disfrutando de la luz del sol. —Por lo que haba supuesto, Page haba ido a asegurarse de que la conversacin se registraba en cinta magnetofnica. En aquel momento, con toda seguridad, una patrulla area estara ya en su busca. Pero no tena ms remedio que aprovechar aquella oportunidad —. Ahora trabajo en un nuevo oficio. Soy electricista. — Ah, s?—repuso Page asombrado.

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—Pens que tendra usted algn trabajo para m. Si puede usted arreglarlo, podra dejarme caer por ah y examinar el equipo bsico de computacin. Especialmente los datos y los bancos analticos del bloque de los monos. Tras una pausa, Page contest: —Pues... creo que podra arreglarse, si es tan importante para usted. — Lo es—le asegur Anderton—. Cundo sera mejor para usted? —Bien—contest Page como luchando consigo mismo—. Espero a un equipo de reparaciones que viene a echar un vistazo al equipo de comunicaciones. El comisario en funciones quiere que sea mejorado, para que pueda operar con mayor rapidez. Podra usted venir entonces. —Lo har. Hacia qu hora? —Digamos a las cuatro de la tarde en punto. Entrada B, nivel 6. All... le encontrar a usted. —Muy bien, gracias—dijo Anderton y comenz ya a colgar—. Espero que todava est usted en su puesto cuando llegue. Colg y sali rpidamente de la cabina. Un momento despus, se hallaba mezclado con la ingente muchedumbre que atestaba las calles y entr en una cafetera prxima. Nadie podra localizarle all. Tena por delante una espera de tres horas y media. Aquello podra ser demasiado tiempo. Sera la espera ms larga de toda su vida. Lo primero que Page le dijo al verlo fue: —Est usted loco de remate. Por qu diablos ha vuelto? —No he vuelto por mucho tiempo. Con cuidado, Anderton comenz a deambular alrededor del bloque de los monos cerrando sistema automticamente una puerta tras otra. —No deje que entre nadie. No puedo correr ningn riesgo intil. —Tendra usted que haberse marchado cuando consigui escapar—le dijo Page, siguindole con el rostro descompuesto y alterado—. Witwer ha revuelto el cielo y la tierra y ha conseguido que todo el pas est sobre su pista como un lobo rabioso. Ignorndole, Anderton abri el contro l principal del banco de la maquinaria analtica.

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— Cul de los tres monos dio el informe de la minora? —No me pregunte a m... Yo me marcho. Page pas junto a l, se detuvo un instante y se march cerrando la puerta de la habitacin. Anderton se qued solo. El de en medio. Lo conoca bien. Era el de figura de enano que permaneca sentado entre cables y conexiones desde haca quince aos. Al aproximarse Anderton, ni siquiera levant los ojos. Con la vista ausente contemplaba un mundo que no exista, ajeno a la realidad fsica que yaca a su alrededor. Jerry tena veinticuatro aos. Originalmente haba sido clasificado como un idiota hidroceflico pero cuando lleg a los se is aos de edad los anlisis psicolgicos determinaron su talento premonitor, enterrado bajo los tejidos alterados de sus circunvoluciones cerebrales. Llevado a la escuela especial de entrenamiento del Gobierno, su talento latente haba sido ampliamente cultivado. A los nueve aos, su talento premonitor haba alcanzado un nivel utilizable. Jerry, sin embargo, continuaba yaciendo en el caos sin meta de su idiotez congnita, su especial facultad premonitora haba absorbido el resto de su personalidad. Agachndose, Anderton comenz a desarmar los escudos protectores que guardaban las cintas grabadas y almacenadas en la maquinaria analtica. Utilizando esquemas, fue siguiendo la pista de los diferentes circuitos de los ordenadores a los que Jerry y su equipo estaban conectados. Consultando el plano, a los pocos instantes estuvo en condiciones de seleccionar la seccin del registro que se refera a su ficha en particular. En sus proximidades, haba montado un aparato magnetofnico. Conteniendo la respiracin, insert la cinta, activ la mquina y escuch. Slo le llev un instante. Desde la primera declaracin del informe, result claro lo ocurrido. Tena lo que deseaba, poda dejar ya de buscar. La visin de Jerry estaba desenfocada, desfasada. A causa de la naturaleza errtica de la premonicin, estaba examinando un rea de tiempo ligeramente diferente de la de sus compaeros. Para l el informe de que Anderton cometera un asesinato era un suceso para ser integrado con todos los dems. Aquella afirmacin—y la reaccin de Anderton—era un dato ms.

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* * * Sin duda alguna, el informe de Jerry reemplazaba al informe de la mayora. Habiendo sido informado de que cometera un crimen, Anderton habra cambiado de parecer y no lo habra hecho. La previsin del crimen haba evitado su comisin. La profilaxis haba ocurrido simplemente al haber sido informado. Y se haba creado un nuevo sendero del tiempo. Temblando, Anderton volvi a rebobinar la cinta y puls el botn correspondiente. A gran velocida d, obtuvo una copia del inform e. All tenia la prueba de que la ficha no era valida. Todo lo que tena que hacer era mostrrselo a Witwer… Su propia estupidez le dej helado. Sin duda alguna, Witwer haba visto el informe y a pesar de ello, haba asumido el papel de comisario y dado ordenes a la polica. Witwer no se volvera atrs y le tendra sin cuidado la inocencia de Anderton. Entonces, qu poda hacer? Quin ms poda estar interesado? — ¡Estpido loco!—Grit con ansiedad una voz a su espalda. Se volvi rpidamente. Su esposa permaneca de pie en una de las puertas, vestida con su uniforme de la polica y reflejando en los ojos una frentica desesperacin. —No te preocupes—repuso l brevemente—. Me voy ya. Con el rostro distorsionado, Lisa se precipit tras l —Page me dijo que estabas aqu pero no poda creerlo. No debi haberte dejado entrar. Es que no comprendes quin eres? — Quin soy?— Pregunt custicamente Anderton —. Antes de responder sera mejor que escucharas este registro. — ¡No quiero escucharlo! ¡Quiero que te marches de aqu! Ed Witwer sabe que alguien anda por aqu. Page est tratando de mantenerlo ocupado... —Ella se interrumpi, moviendo la cabeza de un lado a otro—. ¡Est aqu! Forzar la entrada para llegar hasta aqu. — No has logrado ninguna influencia? Vamos, s graciosa y encantadora. Probablemente se olvide de m. Lisa le mir con un amargo reproche.

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—Hay una nave aparcada en el techo del edificio. Si quieres marcharte lejos... — Su voz se entrecort y qued en silencio. Desp us, aadi— Yo me marchar dentro de un minuto. Si quieres venir… — Ir— dijo Anderton No tena otra eleccin. Se haba asegurado aquel registro, su prueba; pero no haba pensado en la forma de salir de all. Contento, corri tras la esbelta figura de su mujer, sorteando todos los obstculos del bloque de los monos y despus hacia una puerta y un corredor. —Es una nave muy rpida— le dijo ella por encima del hombro—. Est provista de combustible para casos de emergencia… dispuesta a salir en el acto. Yo iba a supervisar algunos de los equipos. * * Tras el volante del crucero ultrarr pido de la polica, Anderton resumi el contenido del informe de la minora obtenido. Lisa escuch sin hacer comentarios, con las facciones contradas y las manos nerviosamente enlazadas en la falda. Bajo la nave discurra el terreno destruido por la guerra, en un vasto panorama de ruinas y desastre. Un espantoso paisaje lleno de crteres, como un mapa lunar, moteado de tanto en tanto por algunas pequeas granjas y fbricas. —Me gustara saber—dijo Lisa, cuando su marido hubo terminado—cuntas veces habr ocurrido esto antes. — Un informe de la minora? Muchsimas veces. — Quiero decir, que uno de esos premonitores se haya desfasado. Usando el informe de los otros como datos..., y reemplazndolo. —Sus ojos se oscurecieron y aadi— Tal vez una enorme cantidad de personas de las que se encuentran en los campos de detencin, estn en tus mismas condiciones. —No—insisti Anderton. Pero ya comenzaba a sentirse incmodo ante tal pensamiento—. Yo estaba en condiciones de ver la ficha, y poder leer el informe. Eso es lo que hice.

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—Pero... —y Lisa hizo un gesto significativo—. Tal vez todos ellos habran reaccionado de la misma forma. Podramos haberles dicho a todos ellos la verdad. —Habra sido un riesgo demasiado grande — repuso Anderton con testarudez. Lisa solt una nerviosa carcajada. — Riesgo? Oportunidad? Incertidumbre? Con los premonitores a mano? Anderton se concentr en la conduccin de la nave. —Este es un caso n ico—repiti—. Y tenemos ahora un problema inmediato. Ya discutiremos los aspectos tericos ms tarde. He de llevar este registro a las personas idneas antes de que tu brillante amigo pueda demolerlo. — Quieres hablar de eso a Kaplan? —Ciertamente que voy a hacerlo. —Y dio unas palmadas sobre el registro que yaca en el asiento entre ambos—. Estar muy interesado. Es la prueba de que su vida no est en peligro y eso debe tener una importancia vital para l. Lisa sac los cigarrillos del bolso. —Y supones que querr ayudarte... —Puede que lo haga... o tal vez no. Es un riesgo que vale la pena correr. — Cmo te las arreglaste para desaparecer tan pronto? Un disfraz tan completo y efectivo es difcil de obtener. —Con dinero se consigue todo—repuso Anderton evasivamente. Mientras fumaba, Lisa insisti: —Probablemente Kaplan te proteger... Es muy influyente. —Yo cre que slo era un general retirado. —Tcnicamente, eso es lo que es. Pero Witwer se hizo con su expediente. Kaplan encabeza una extraa organizacin de veteranos. Actualmente, es como una especie de club, con un nmero restringido de miembros. Altos oficiales solamente... de varias nacionalidades, procedentes de ambos bandos de la guerra. Aqu en Nueva York mantienen una sede en una gran mansin, disponen de tres publicaciones y ocasionalmente de emisiones de televisin, todo lo cual les cuesta una pequea fortuna. — Qu es lo que intentas decir? — Slo esto. Me has convencido de que eres inocente. Es decir, resulta obvio que no cometers ningn asesinato. Pero tienes que darte cuenta ahora de que el informe

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original, el informe de la mayora no era una falsedad. Nadie lo falsific. Ed Witwer no lo cre. No existe complot alguno contra ti y nunca lo hubo. Si aceptas ese informe de la minora como genuino, habrs aceptado tambin el de la mayora. —Pues... supongo que s—admiti Anderton de mala gana. —Ed Witwer—continu Lisa—est actuando con una completa buena fe. l cree realmente que t eres un criminal en potencia... y por qu no? Tiene sobre la mesa de su despacho el informe de la mayora y t tienes la ficha en tu cartera. —La destru—repuso Anderton con calma. Lisa se inclin sobre su marido. —Ed Witwer no ha actuado con la intencin de ocupar tu puesto—dijo—. Ha actuado con la misma buena fe con que siempre actuaste t. l cree en el sistema Precrimen. Y desea que contine. He hablado con l y estoy convencida de que dice la verdad. — Querrs entonces llevar este registro magnetofnico a Witwer?—Pregunt Anderton—. Si lo hiciera yo... lo destruira. —No tiene sentido, eso es absurdo —replic Lisa—. Los originales han estado en sus manos desde el principio. Pudo haberlos destruido en cualquier momento en que lo hubiera deseado. —S, eso es cierto—admiti Anderton—. Es muy posible que no lo supiera. —Por supuesto. Fjate en esto. Si Kaplan consigue hacerse con ese registro, la polica se desacreditar. No puedes ver por qu? Si t demuestras que el informe de la mayora fue un error, el sistema est acabado. Tienes que continuar as... si queremos que el sistema Precrimen sobreviva. T slo piensas en tu propia seguridad. Pero piensa por un momento sobre del sistema en s Qu significa ms para ti, tu propia seguridad personal o la existencia del sistema? —Mi seguridad—repuso Anderton, sin vacilar lo ms mnimo. — Ests seguro? —Si el sistema ha de sobrevivir encerrando a gente inocente, entonces merece ser destruido. Mi seguridad personal es importante porque yo soy un ser humano. Y adems... Del fondo del bolso Lisa sac rpidamente una pistola. ...

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—Tengo—le dijo a su marido huraa—en este momento el dedo puesto en el gatillo. Jams he usado un arma antes de ahor a. Pero tendr que hacerlo si te opones. Tras una pausa, Anderton pregunt: — Quieres que d la vuelta al aparato? Es eso lo que pretendes? —S, hacia el edificio de la polica. Lo siento. Si pones tu propio egosmo por encima del inters general y todo lo bueno del sistema… — Gurdate el sermn—repuso Anderton— Volver. Pero no voy a or la defensa de un cdigo de conducta que ningn hombre inteligente estara dispuesto a suscribir. Los labios de Lisa se contrajeron en una delgada lnea. Sosteniendo la pistola frente a l, no le quitaba la vista de encima. Unos cuantos objetos de la guantera del aparato cayeron esparcindose en el fondo de la cabina al dar la nave una vuelta en redondo para volver a la ciudad. Tanto Anderton como su mujer iban sujetos por los cinturones de seguridad. Pero no as el tercer miembro de la tripulacin. De reojo Anderton vio un cierto movimiento a su espalda. Un ruido le lleg simultneamente, el choque de un hombretn que haba perdido instantneamente su equilibrio y chocaba contra la pared metlica del aparato. Lo que sigui, ocurri rpidamente. Fleming se incorpor con una increble rapidez, desarmando en un abrir y cerrar de ojos a Lisa. Anderton se hallaba demasiado asombrado para reaccionar. Lisa se volvi... vio a aquel hombre y solt un chillido histrico. La pistola le fue arrebatada de un zarpazo, y empuada por el desconocido viajero. —Lo siento—dijo Fleming—. Pens que iba a hablar ms. Eso es lo que yo esperaba. —Entonces, estaba usted aqu cuando... —comenz a decir Anderton, y se detuvo. Fleming y sus hombres le haban vigilado estrechamente. La existencia de la nave de Lisa habla sido anotada a su debido tiempo y tomada en cuenta y cuando Lisa se debata con su marido entre marcharse o no para ponerse a seguro, Fleming haba saltado al departamento posterior de la nave area.

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—Tal vez sea mejor que me entregue usted ese registro —dijo Fleming, mientras que lo tomaba en sus enormes manos—. Tiene usted razn, Witwer lo habra reducido a cenizas — Entonces, Kaplan...? —Kaplan est trabajando directamen te con Witwer. Por eso su nombre aparece en la quinta lnea de la ficha. Cul sea el verdadero jefe actualmente es algo que ignoro. Posiblemente ninguno de los dos. —Fleming tir la pistola a un lado y sac su pesada arma del Ejrcito—. Hizo usted una completa tontera al salir con su mujer. Ya le dije que ella tambin se hallaba tras todo este asunto. —No puedo creerlo—murmur Anderton perplejo—. Si ella... —No lo comprende bien. Esta nave se dispuso por orden de Witwer. Ellos deseaban que se marchase usted lejos del edificio para que nosotros no pudiramos dar con su paradero. Con usted lejos, separado de nosotros, no habra tenido la menor oportunidad. Una extraa mirada brill en los ojos de Lisa. —Eso es incierto—farfull—. Witwer jams vio este aparato. Yo iba a supervisar... —Casi consigue usted huir con l—interrumpi Fleming inexorable—. Tendremos mucha suerte si las patrullas de la polica no se nos vienen encima. No hubo tiempo de comprobarlo. —Y se agach directamente frente al asiento de Lisa—. Lo primero que debemos hacer es deshacernos de esta mujer. Page ha dado cuenta a Witwer de su nuevo disfraz y los detalles habrn sido radiados en todas direcciones. Todava agachado, Fleming agarr a Lisa. Arrojando su arma a Anderton, la cogi por la garganta. Horrorizada, Lisa intent araarle frenticamente. Ignorndola, Fleming cerr sus manazas sobre el delicado cuello de la mujer, comenzando a ahogarla poco a poco. —No habr heridas de bala—explic jadeante—. Tendr que parecer... un accidente. Eso suele ocurrir a menudo. Pero en este caso, habr que romperle el cuello primero. Pareci extrao que Anderton hubiera esperado tanto. Pero conforme se hundan las manos de Fleming cruelmente en la suave piel de su mujer, Anderton cogi la pesada pistola por el can y asest un golpe seco en el crneo de Fleming por detrs de la oreja.

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Las monstruosas manos de Fleming se aflojaron. Abatido fulminantemente, la cabeza de Fleming cay y todo su cuerpo choc contra la pared de la cabina. Trat an de recuperarse, pero Anderton volvi a golpearle y esta vez se desplom como un fardo. Jadeando fatigosamente por recobrar el aliento Lisa permaneci un momento inclinada, con el cuerpo estremecido. Despus, gradualmente, el color volvi a su rostro — Puedes hacerte cargo de los controles?—Pregunt Anderton, sacudindola. —S... creo que s. —Casi mecnicamente se puso al volante—. Creo que lo har bien. No te preocupes por m. —La pistola es un arma de reglamento del Ejrcito — coment Anderton—. Pero no procede de la guerra. Es un ltimo modelo. Creo que tenemos una oportunidad... * * Salt hacia la parte trasera del aparato donde Fleming yaca extendido por el suelo de la cabina. Sin tocar la cabeza del cado, le desabroch la ropa y comenz a registrarle todos los bolsillos. Un momento m s tarde, la cartera manchada de sudor de Fleming estaba en sus manos. Tod Fleming, de acuerdo con su identificacin, era un mayor del Ejrcito agregado al Departamento de Inteligencia Militar. Entre varios otros, apareca un documento firmado por el general Kaplan, estableciendo que Fleming se hallaba bajo la especial proteccin de su propio grupo, la Liga Internacional de Veteranos. Fleming y sus hombres actuaban a las rdenes del general Leopold Kaplan. El camin cargado de pan, el accidente, todo haba sido deliberadamente preparado. Aquello significaba que Kaplan le haba sustrado deliberadamente de las manos de la polica. El plan arrancaba desde el primer contacto en su propia residencia, cuando Kaplan le mand capturar y le encontr preparando su equipaje. Con cierta incredulidad, Anderton comprendi lo que realmente haba sucedido. Desde el principio, todo haba sido una estrategia elaborada para tener la seguridad de que Witwer fracasara en su intento de arrestarle. —Ahora veo que me estabas diciendo la verdad —dijo Anderton a su esposa, al volver al asiento delantero—. Podremos hablar con Witwer?

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Ella hizo un gesto afirmativo, indicando el circuito de comunicaciones del tablero. — Qu... encontraste? —A ver si conseguimos ver a Witwer. Quiero hablar con l tan pronto como pueda. Es muy urgente. Lisa marc rpidamente la llamada en el dial, por el canal privado de la polica y del Cuartel General de Nueva York. Al momento se ilumin la pequea pantalla y las facciones de Ed Witwer aparecieron en ella. — Se acuerda de m?—le pregunt Anderton. Witwer se qued mudo de asombro. — ¡Buen Dios! Qu ha ocurrido? Lisa, le trae usted misma? —Enseguida se fij en el arma que sostena en sus manos y su rostro se endureci. — Mire—grit furioso— ¡No vaya a hacerle dao! Sea lo que sea lo que usted piensa, ella no es responsable de nada. —He descubierto algo importante—le contest Anderton—. Puede ayudarnos? Es posible que necesitemos ayuda a nuestro regreso. — Regreso?— Dijo Witwer mirndole sin dar crdito a lo que oa—. Es que viene usted aqu tal vez? Viene a entregarse por s mismo? —As es, en efecto. —Y hablando rpidamente, Anderton aadi— Hay algo que tiene usted que hacer inmediatamente. Cierre absolutamente el bloque de los monos. Tenga la certeza de que nadie entra, ni Page, ni nadie. Especialmente gente del Ejercito. —Kaplan—repuso la imagen en miniatura. — Qu pasa con l? —Estuvo aqu. Acaba... de marcharse. Anderton crey que se le detena el corazn. — Qu estuvo haciendo? —Recogiendo datos. Transcribiendo duplicados de los premonitores sobre usted. Insisti en que lo necesitaba solamente para su propia proteccin. —Entonces ya lo tiene—dijo Anderton—. Es demasiado tarde. Alarmado, Witwer casi grit: — Qu es lo que quiere decir? Qu est ocurriendo?

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—Se lo dir a usted, cuando est de vuelta en mi oficina. * * Witwer sali a su encuentro en el teja do del edificio de la Polica. Mientras la pequea nave tomaba contacto con la terraza, una escolta de policas mantena una estrecha vigilancia. Anderton se aproxim inmediatamente al joven de cabellos rubios. —Ya tiene lo que deseaba—le dijo—. Ahora puede encerrarme y enviarme a un campo de detencin. Pero creo que no ser suficiente. Los plidos ojos de Witwer parpadearon con incertidumbre. —Me temo que no comprendo. —Es culpa ma. Nunca deb abandonar el edificio de la Polica. Dnde est Wally Page? Ya le echamos el guante y est a buen recaudo—replic Witwer—. No nos molestar ms. —Le ha detenido usted por una razn equivocada. Permitirme entrar en el bloque de los monos no era ningn crimen. Pero pasar informacin al Ejrcito, s que lo es. Ha tenido usted a todo un regimiento trabajando para el Ejrcito. —Y se corrigi a s mismo, aadiendo— Es decir, lo he tenido. —He retirado la orden de captura hacia usted. Ahora los equipos estn tras Kaplan. — Alguna suerte hasta ahora? —Se march de aqu en un camin blindado del Ejrcito. Le seguimos, pero el camin entr en unos barracones militarizados. Ahora tienen una gran cantidad de tanques gigantes R3 del tiempo de la guerra bloqueando la calle. Ser toda una guerra civil el poder abrirse paso. Con lentitud y vacilante, Lisa sali del aparato. An apareca plida y estremecida, mostrando claramente las seales de violencia de Fleming en la garganta. — Qu le ha ocurrido a usted, Lisa?—le pregunt Witwer. Y enseguida advirti la silenciosa e inerte figura de Fleming en el interior—. Bien, ahora supongo que ya habr dejado de creer que yo conspiraba contra usted—concluy mirando fijamente a Anderton.

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—S. —No pensar usted que yo... he intrigado para arrebatarle el puesto. —Seguro que s. Todo el mundo es culpable en este asunto. Y yo estoy conspirando para evitarlo. Pero hay algo ms... de lo que usted no es responsable. — Por qu afirmaba usted que era demasiado tarde al volver para entregarse? Dios mo, tendremos que confinarle en un campo. La semana pasar y Kaplan todava estar vivo. —Estar vivo, s—concedi Anderton—. Pero puede probar que estara vivo aun si yo estuviera paseando por las calles libremente. Tiene la informacin que demuestra que el informe de la mayora no es valido. Puede destruir el sistema Precrimen. S, con las dos caras de la moneda, cara o cruz, l gana... y nosotros perdemos. El Ejrcito nos desacredita, y su estrategia sale triunfante. —Pero, por qu arriesgan tanto? Qu es exactamente lo que quieren? —Despus de la guerra anglochina, el Ejrcito perdi mucha de su autoridad. Ya no era lo que fue en los das de la Alianza del Bloque Occidental, en que lo gobernaban todo, tanto los asuntos militares como los domsticos. Y tenan su propia polica. —Como Fleming—murmur Lisa. —Terminada la guerra, el Bloque Occidental fue desmilitarizado. Los altos oficiales como Kaplan, fueron retirados y apartados del mando. Y a nadie le gusta eso. — Anderton hizo un gesto—. Yo puedo simpatizar con l a ese respecto. No ha sido el nico. —Dice usted que Kaplan ha vencido—dijo entonces Witwer—. Hay algo que pueda hacerse? —No voy a matarle. Nosotros lo sabemos y l tambin lo sabe. Probablemente vendr hacia nosotros con algn arreglo especial. Continuaremos en nuestras funciones pero el Senado abolir nuestra base real de apoyo. No creo que le gustase, verdad? —Pues yo dira que no, francamente—repuso Witwer—. Uno de estos das estar a la cabeza de esta agencia. —Y se sonrojo un tanto—. No inmediatamente, por supuesto. La expresin de Anderton se torn sombra. —Es una lstima que publicase usted a los cuatro vientos el informe de la mayora. Si hubiera permanecido callado, lo hubiramos retirado con cuidado. Pero todo el mundo lo sabe ahora. No podemos retractarnos ya.

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—Supongo que no—contest Witwer—. Tal vez yo... no realic este trabajo tan bien como supona —Lo har, con el tiempo. Ser usted un gran oficial de la Polica. Usted tiene confianza en la bondad del sistema, pero tendr que aprender a tomar las cosas con calma Anderton se apart entonces de su interlocutor—. Voy a estudiar los datos de los registros del informe de la mayora. Quiero descubrir exactamente de qu forma tena que matar a Kaplan. Eso puede proporcionarme ideas interesantes. Los datos de los registros del premonitor Dona y del premonitor Mike estaban separadamente archivados. Operando en la maquinaria responsable de los anlisis de Dona, abri el escudo protector y extrajo el contenido. Como antes, el cdigo le inform de que los registros eran importantes y en un momento, lo pas por la copiadora. Result aproximadamente lo que haba sospechado. Aqul era el material utilizado por Jerry, el desfasado, para hacer su propia premonicin. En l, los agentes de la Inteligencia Militar de Kaplan raptaban a Anderton de su domicilio. Llevado a la villa de Kaplan, donde estaba el Cuartel General de la Liga Internacional de Veteranos, a Anderton se le daba un ultimtum: o desmontar voluntariamente todo el sistema Precrimen o encararse con la hostilidad del Ejercito. En aquella descartada lnea del tiempo, Anderton, como comisario de polica, haba acudido al Senado en busca de apoyo. Pero no lo haba obtenido. Para evitar la guerra civil, el Senado haba ratificado el desmembramiento del sistema de polica y decretado un retorno a la Ley Militar para Situaciones de Urgencia. Al mando de un grupo de policas fanticos, Anderton haba localizado a Kaplan y le haba disparado lo mismo que a otros altos oficiales componentes de la Liga de Veteranos. Slo Kaplan haba muerto. Los otros haban sido detenidos. Y el golpe haba tenido un completo xito. Luego, pas la cinta con el material previsto por Mike. Ambos deban ser iguales, ambos premonitores se habran combinado para presentar una imagen unificada de los acontecimientos. Mike comenz por donde Dona: Anderton se haba dado cuente del complot de Kaplan contra la Polica. Pero algo estaba equivocado. Confuso, rebobin el registro y lo volvi a pasar de nuevo desde el principio. Incomprensiblemente, algo no marchaba bien. De nuevo rebobin el registro y escuch atentamente. El informe de Mike era totalmente di ferente del de Dona.

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Una hora ms tarde haba terminado su comprobacin, dej a un lado los registros y abandon el bloque de los monos Tan pronto como sali de all, le pregunt Witwer: —Bien, qu es lo que ocurre? Parece que hay algo que va mal. —No—repuso lentamente Anderton—. No exactamente mal. —Y se encamin hacia la ventana mirando al exterior. Las calles estaban abarrotadas de gente. Marchando por el centro de la avenida principal, pasaba una masa de tropas uniformadas de cuatro en fondo, con armas automticas, cascos; soldados en son de guerra, con sus uniformes de combate portando los estandartes de la Alianza del Bloque Occidental, que flameaban al fro viento de la tarde. —Un golpe del Ejrcito—explic Witwer con voz dbil—. Yo estaba equivocado. No van a hacer ningn trato con nosotros. Por qu tendran que hacerlo? Kaplan va a hacerlo pblico. — Va a leer el informe de la minora?—dijo Anderton sin sorpresa en la voz. —Aparentemente. Irn a solicitar del Senado que seamos desmantelados y tomar nuestra autoridad. Van a afirmar que hemos estado arrestando a gente inocente, con los procedimientos usuales de la Polica: gobernar con el terror. — Y supone usted que el Senado ceder? —No quisiera suponerlo. —Pues yo s. Lo harn. Lo que estoy viendo concuerda con lo que me haba imaginado, con lo que he sabido. Estamos metidos en una trampa y slo hay una direccin que tomar. Tanto si nos gusta como si no, tendremos que hacerlo. —Y sus ojos relampaguearon vivamente. Witwer se sinti sobrecogido por una repentina aprensin. — Hacer qu? —Una vez que se lo diga, se preguntar que por qu no se le ocurri a usted. Sencillamente, voy a matar a Kaplan. Es la nica salida que nos queda para evitar que nos desacredite. —Pero... —balbuce Witwer—el informe de la mayora ha sido reemplazado. —Yo puedo hacerlo—le inform Anderton. Est usted familiarizado con las leyes que tratan del asesinato en primer grado?

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—Cadena perpetua. —Por lo menos. Probablemente, usted podr influir y conmutarla por el exilio. Yo sera enviado a uno de los planetas alejados de las colonias, a la buena y vieja frontera. — Y prefiere usted eso? — ¡Diablos, no! Pero sera en todo caso, el menor de los males. Y tiene que hacerse. —No veo de qu forma podra usted matar a Kaplan. Anderton sac el imponente revlver atmico de Fleming —Usar esto. — Y supone que no le detendrn antes? — Porqu tendran que hacerlo? Ellos tienen el informe de la minora que dice que yo he cambiado de opinin. —Entonces, el informe de la minora es incorrecto? —No—repuso Anderton—. Es absolutamente correcto. Pero voy a matar a Kaplan de todos modos. * * Nunca haba matado a ningn hombre. Incluso jams haba visto a un hombre asesinado, an habiendo sido comisario de pol ica durante treinta aos. Para aquella generacin, el asesinato deliberado era algo que no exista en la memoria de las gentes. Sencillamente, es que nunca haba ocurrido. Un coche de la polica le llev al bloque en que estaba formado el pelotn del Ejrcito. All, en las sombras, examin con to do cuidado el funcionamiento de su arma, provista por Fleming sin quererlo. Pareca intacta. Ya no tena dudas de cul haba de ser su papel y estaba absolutamente seguro de lo que iba a ocurrir dentro de media hora. Se guard cuidadosamente oculta la pistola y abri la portezuela del coche. Nadie le dedic la menor atencin. Imponentes masas de gente cruzaban en todas direcciones, tratando de ponerse cerca para escuchar lo que el Ejrcito iba a hacer pblico. Los uniformes del Ejrcito predominaban en la zona dispuesta al efecto y una lnea de tanques desplegados pona su formidable nota de fuerza en el ambiente.

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El Ejrcito haba erigido una plataforma con micrfonos, a la que se suba por unas escaleras. Tras el sitial del locutor, flameaban al viento los orgullosos estandartes de la Alianza del Bloque Occidental con el emblema de los poderes combinados que haban tenido en tiempos de guerra. Por una curiosa deformacin del curso del tiempo, la Liga Internacional de Veteranos reuna en su seno a altos oficiales del campo enemigo. Pero un general era un general y las sutiles distinciones se haban desvanecido con el curso de los aos. Ocupando las primeras filas de asientos apareca el Estado Mayor del mando de la Alianza. Tras ellos, venan los ms jvenes elementos de la organizacin militar. Las banderas regimentales ondeaban en una gran variedad de colores y smbolos. De hecho, aquello pareca ms bien una exhibicin festiva. Rodeados por un cordn de policas, ms a distancia, aparecan muchos de paisano, manteniendo el orden, aunque ms bien como informadores. Si el orden tena que ser mantenido, sera el Ejrcito el que se ocupara de hacerlo. Un murmullo atronador rode por todas partes a Anderton mientras se esforzaba por introducirse entre la densa muchedumbre. Un vivo sentimiento de anticipacin le mantena rgido y tenso, a punto de explotar. La multitud pareca presentir que algo muy importante iba a suceder. Con grandes dificultades, Anderton fue pasando una fila tras otra hasta llegar a la parte delantera donde se hallaban sentados los altos oficiales de la Liga. Kaplan estaba entre ellos. Pero, ahora, era de verdad el general Kaplan. El traje, el reloj de oro de bolsillo, el bastn de plata, sus ropas de estilo conservador... todo haba desaparecido. Para la ocasin, Kaplan se haba vestido con su antiguo uniforme de los das de gloria y de poder. Rgido e impresionante, estaba rodeado por todos aquellos otros generales que formaban su Estado Mayor. Sobre su uniforme brillaban un sinnmero de condecoraciones y las estrellas de su rango. Sus botas relucan como espejos y llevaba al cinto su decorativa espada corta, y sobre la cabeza su gorra de dorada visera. Dndose cuenta de la presencia de Anderton, el general Kaplan se apart del grupo de generales y se dirigi hacia l. Su expresin denotaba cun alegremente agradeca all la presencia del comisario de polica. —Esto es una grata sorpresa—dijo saludndole y estrechndole la mano—. Tena la impresin de que haba sido arrestado por el comisario en funciones.

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—Todava estoy fuera de su alcance—coment Anderton, indicando el paquete que le haba sido entregado por Fleming la noche del accidente. A despecho de sus nervios, el general Kaplan pareca de buen humor. —Esta es una gran ocasin para el Ejrcito—le dijo—. Creo que le agradar or lo que voy a manifestar en pblico, al relatar los espurios cargos esgrimidos contra usted. —Me parece magnfico—repuso Anderton. —Quedar bien claramente establecido que fue usted injustamente acusado— continu Kaplan, repitiendo lo que ya sabia Anderton—. Tuvo Fleming la oportunidad de explicarle la situacin? —Hasta cierto punto. Va usted a dar lectura al informe de la minora? —Voy a compararlo con el de la mayora—repuso Kaplan, haciendo una seal a un ayudante que se aproxim en el acto con una cartera—. Todo est aqu... toda la evidencia que necesitbamos. No le importar a usted servir de ejemplo, verdad? Su caso simboliza los arrestos injustos de incontables individuos. —Con cierto nerviosismo, Kaplan se mir al reloj de pulsera—. He de empezar ya. Quiere venir conmigo a la plataforma? — Por qu? Framente, pero con cierta reprimida vehemencia, Kaplan dijo de nuevo —As el pueblo puede ver la prueba viviente. Usted y yo juntos... la vctima y el asesino. Permaneciendo uno junto a otro, demostrando la falsedad del sistema, el enorme fraude con que la polica ha estado actuando. —Bien, con mucho gusto—repuso Anderton—. A qu estamos esperando? Desconcertado, el general Kaplan se dirigi hacia la plataforma. De nuevo, mir algo inquieto a Anderton, como preguntndose en el fondo, por qu haba aparecido por all y qu es lo que sabra. Su incertidumbre aument al subir a lo alto de la plataforma y colocarse en el pdium del locutor. — Comprende usted en su totalidad qu es lo que voy a decir?—le dijo Kaplan—. La exposicin de los hechos tendr unas repercusiones considerables. Har que el Senado reconsidere la validez bsica del sistema Precrimen. —Lo comprendo—afirm Anderton con los brazos cruzados—. Adelante. Un sordo rumor cay sobre la muchedumbre sealando el silencio. Mientras, Kaplan sacaba de la cartera los pa peles y los dispona frente a l.

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—El hombre que est a mi lado—comenz Kaplan—es familiar a todos ustedes. Se hallarn sorprendidos de verle, ya que hasta hace pocas horas la Polica le haba sealado como un criminal peligroso. Los ojos de la multitud se concentraban en Anderton. vidamente, escrutaron a aquel hombre denunciado como asesino potencial, ocupando un lugar tan destacado junto a los generales. —Hace unas pocas horas, sin embar go—continu Kaplan con voz ms fuerte—, la Polica cancel la orden de arresto. Suponen ustedes que ha sido porque el ex comisario Anderton ha querido entregarse por s mismo? No, eso no es exactamente cierto. Est aqu conmigo. No se ha entregado pero la polica tampoco tiene ya inters en su captura. John Allison Anderton es inocente de todo crimen pasado, presente y futuro y las alegaciones contra l fueron fraudes patentes, diablicas distorsiones de un falso sistema penal basado en una falsa premisa, corrompido, absurdo y desacreditado, una vasta e impersonal maquinaria de destruccin que conduce a hombres y mujeres hacia la condenacin. Fascinada, la multitud miraba alte rnativamente a Kaplan y a Anderton. Todos estaban familiarizados con la situacin bsica. —Muchos hombres—continu Kaplan—han sido detenidos y encarcelados bajo la estructura del sistema llamado Precrimen, acusados no de crmenes cometidos, sino de crmenes que habran de cometer. Y se aseguraba como dogma de fe que esos hombres, si se les permita vivir en libertad, cometeran en el futuro las felonas predichas. Pero es mentira que exista ningn conocimiento cierto del futuro. Tan pronto como se obtiene cualquier informacin premonitora, queda cancelada por s misma. La afirmacin de que este hombre iba a cometer un crimen, es una pura paradoja. El simple hecho de poseer l mismo los datos, lo hace totalmente falso. En cualquier caso, sin excepcin, el informe de los tres premonitores ha invalidado sus propios datos. Si no se hubiesen hecho esos arrestos, es seguro que no se habra cometido ningn delito. Anderton escuchaba ociosamente aquella sarta de argumentos, dedicando apenas atencin al discurso del viejo general. La muchedumbre, no obstante, estaba atenta con el mayor inters. El general Kaplan continu haciendo un resumen del informe de la minora, explicando en qu consista y de qu forma se haba obtenido.

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Del interior de la chaqueta Anderton sac la pistola y la empu firmemente. Kaplan estaba ya terminando con el material recogido de Jerry. Con sus delgados dedos, iba a tomar los informes de Dona y despus de Mike. —Este fue el informe de la mayora —explic—. La afirmacin, hecha por el primero de los dos premonitores de que Anderton cometera un asesinato. Y ahora voy a mostrar a ustedes el material automticamente invalidado. —Se detuvo un instante, se afirm las lentes sobre la nariz y come nz lentamente a leer los informes. Una extraa expresin apareci repentinamente en su rostro. Se detuvo, vacil y dej caer los papeles de la mano. Como un animal acorralado, dio media vuelta, se agach y quiso apartarse del lugar del locutor. Por un instante, Anderton observ su faz distorsionada. Levant el arma, dio rpidamente unos pasos hacia adelante e hizo fuego. Los ocupantes de la primera fila se lanzaron sbitamente en socorro de Kaplan, atnitos por lo que estaba sucediendo. Kaplan se estremeci un instante y como un pjaro destrozado, dio vacilante un paso y cay desde la plataforma hasta el suelo. Kaplan, como afirmaba el informe de la mayora, estaba muerto. Su delgado pecho era un espantoso agujero humeante, una terrible cavidad llena de cenizas y vsceras quemadas en un cuerpo que an se retorca en su agona. Anderton, enfermo de angustia, corri entre las paralizadas filas de los altos oficiales. La pistola que an sostena en la mano le garantizaba momentneamente el paso, entre el terrible desconcierto sembrado en la tribuna. Baj rpidamente la plataforma y se mezcl entre la gente, demasiado perpleja para darse cuenta de nada. El incidente ocurrido ante sus mismos ojos resultaba incomprensib le. Les llevara tiempo la comprensin que reemplazara lo que en aquel momento era solamente un terror ciego. En la periferia de la multitud, Anderton fue detenido por la polica. —Tiene suerte de haber escapado—le dijo uno, mientras el coche sala disparado de la zona. —Supongo que s —repuso Anderton, remotamente. Se sent tratando de rehacerse. Estaba tembloroso y agitado. De repente, se inclin hacia adelante sintindose invadido de unas terribles nuseas. —Pobre diablo—murmur con simpata uno de los policas.

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A travs del vrtigo y las nuseas, Anderton fue incapaz de determinar si el comentario del polica iba dirigido a l o a Kaplan. * * Cuatro corpulentos policas atendan a Lisa y a John Anderton en sus preparativos de marcha, empaquetando sus enseres y propiedades. En cincuenta aos, el ex comisario de polica haba acumulado una vasta coleccin de objetos materiales. Sombro y pensativo miraba desfilar el equipaje dirigindose a los camiones que aguardaban. Con los camiones, se fueron directamente al aeropuerto... y desde all iran a Centauro X, por el sistema de transporte interestelar. Un viaje demasiado largo para un hombre ya viejo. Un viaje que jams tendra regreso posible. Lisa se preocup de que cargaran con cuidado todos sus utensilios. —Supongo que podremos hacer uso de todos estos aparatos electrnicos. Todava siguen empleando la electricidad en Centauro X. —Espero que no tengas que preocuparte demasiado—repuso su marido. —Pronto nos acostumbraremos —replic Lisa, dirigindose una leve sonrisa—. No lo crees, querido? —As lo espero. Con toda seguridad no tendrs que lamentarlo. Si yo hubiera pensado… —Nada de lamentaciones —le asegur Lisa—. Bien, aydame a cargar todo esto. En el ltimo instante, Witwer lleg en un coche patrulla. —Antes de que se marche—dijo a Anderton— tendr que darme una explicacin sobre lo ocurrido con los premonitores. El Senado me est pidiendo aclaraciones sobre el particular. Quieren saber si el informe de la minora fue un error... o qu ha sido. —Y confusamente concluy— Todava no puedo explicrmelo. El informe de la minora estaba equivocado, no es cierto? — Qu informe de la minora?—pregunt Anderton, divertido. Witwer parpade confuso. —Vaya, deb habrmelo figurado. Entonces, ah est la cuestin...

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—Hubo tres informes de minora—dijo Anderton al joven, divirtindose con su azoramiento—. Los tres informes fueron consecutivos—sigui explicando—. El primero fue el de Dona. En aquella lnea temporal, Kaplan me dijo lo del complot y segn eso, yo lo habra matado inmediatamente. Jerry en fase ligeramente por detrs de Dona, us su informe como datos. Integr mi conocimiento del informe. En l, en el segundo sendero del tiempo, todo lo que yo deseaba era conservar mi puesto. No era a Kaplan a quien quera matar. Era mi propia posicin y mi vida lo nico que me interesaba. — Y el informe de Mike fue el tercero? Lleg despus del informe minoritario?—Y Witwer se corrigi a s mi smo—. Quiero decir, lleg el ltimo? —S, el de Mike fue el ltimo de los tres. Encarado con el conocimiento del primer informe, yo haba decidido no matar a Kaplan. Eso produjo el informe nmero dos. Pero de cara a ese informe, se produjo la situacin que Kaplan deseaba crear. La consecuencia fue recrear la posicin nmero uno. Yo haba descubierto lo que Kaplan estaba haciendo. El tercer informe invalidaba el segundo en la misma forma que el segundo invalidaba al primero. Aquello nos llevaba a la posicin en que habamos comenzado. —Bien, vamos, todo est dispuesto—dijo Lisa jadeante. —Cada uno de los informes era distinto—concluy Anderton—. Cada uno de ellos era nico. Pero dos de ellos concordaban en un punto. Si se me de jaba en libertad, yo matara a Kaplan. Eso creaba la ilusin de un informe de la mayora. Y eso es ahora... una ilusin. Dona y Mike previeron el mismo acontecimiento pero en dos perodos del tiempo diferentes, ocurriendo bajo situaciones totalmente distintas. Dona y Jerry se equivocaron y el llamado informe de la minora se insert en medio del de la mayora. De los tres, Mike estaba en lo correcto, ya que no se produjo informe despus del suyo para invalidarlo. Eso lo resume todo. Ansiosamente Witwer, en los ltimos momentos, mostr una extremada preocupacin. — Podra ocurrir eso de nuevo? Deb eramos entonces repasar todo el equipo? —Puede ocurrir slo en una circunstancia, explic Anderton—. Mi caso fue nico, puesto que yo tena acceso a los datos. Podra ocurrir de nuevo pero slo al prximo comisario de Polica. Por lo tanto, pise con cuidado. Brevemente se estrecha ron las manos por ltima vez.

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—Ser mejor que mantenga los ojos bien abiertos—inform al joven Witwer—. Recuerde que podra ocurrirle a usted mismo en cualquier ocasin. Philip K. Dick : Philip. K. (Kendred) Dick naci el 16 de diciembre 1928, en Chicago. De muy joven comenz a leer y escribir ciencia ficcin y en su adolescencia public regularmente historias cortas en el Club de Autores Jvenes, una columna del Berkeley Gazette. En 1951, Philip K. Dick toma la decisin de dedicarse al oficio de escritor a tiempo completo. Su primer cuento aparece en la revista pulp, Planet Stories, en 1952 y durante tres aos publica ms de dos docenas de cuentos en otras dos revistas: Galaxy y Fantasy and Science Fiction, incluyendo en estos los mundos psquicos o paralelos, los androides, las deidades mal volas y los seres extraterrestres absurdos. Como escritor de novelas, su primer xito fue Lotera Solar, en 1954. El punto lgido de su carrera fue en 1962 cuando obtuvo el premio Hugo con El hombre en el castillo, la cual es considerada, su obra cumbre. Otras obras como Tiempo de Marte, y Los tres estigmas de Palmer Eldricht (1964), fueron escritas durante aquel periodo. Recibi tambin el John Campbell Memorial por Fluy an mis lgrimas, dijo el polica (1974) Philip. K. Dick muri en 1982, de un fallo cardiaco, a la edad de 53 aos, dejando un libro inacabado y, sin duda, muchas ideas sin desarrollar. Tampoco lleg a ver el estreno de la primera adaptacin de su obra al cine; Blade Runner, basada en su novela Suean Los Androides con Ovejas Elctricas? Al INDICE

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4. CUENTO MADE IN CUBA: Letras pequeas. Por Juan Pablo Noroa. Eran cuatro y estaban muy molestos. Tambin muy armados. Zelezny cargaba lo que hasta 3 das atrs era para l un taladro pulsar minero, Ebukele se vea satisfecho con su cortador de plasma graduado a mucho ms del usual 10% de potencia, y Sobrarbe llevaba su plantador de cargas de exploracin geolgica, magnfico usado de mortero. Hamma iba ms ligero, con slo un generador de campos laminares que haca rodajas de basalto. La puerta al final del pasillo estaba hermticamente cerrada. Los cuatro a la vez levantaron sus armas, pero la voz de la razn se impuso y dejaron a Hamma solo delante. l apunt su equipo, lo gradu tentativamente, y lo conect. Entre la punta de la herramienta y la hoja de la puerta se cre una distorsin ptica. Y una grieta fina pero clara comenz a formarse en el metaloplast, que protestaba co n un siseo rabioso. Hamma manej hbilmente el aparato, y pronto hubo una entrada como no la haba pensado el arquitecto. La oficina no esta hecha para personas. Todos rozaban el techo con las cabezas y el mobiliario era pequeo, con unas formas incmodas y colores molestos. Pero lo mejor estaba sobre el bur. Una criatura entre simiesca y batracioide de unos 1.20 de alto, vestida con ropas azules, hunda su cabeza en un hermoso cubo de cermica pintada. Los ruidos de succin llenaban toda la sala. A los buket les haba dado nombre su forma de comer. El primer hispano parlante enterado de cmo se alimentaban los aliengenas dijo inme diatamente: “comencubo”. Un euroriental que se hallaba a su lado se interes, y se ri mucho al serle traducido. Pronto lleg el chiste a los anglos, y ellos, como siempre, se lo apropiaron. Otras caractersticas interesantes de los buket, como su extrema cortesa, su prudencia rayana en lo enfermizo, y su increble sentido del negocio, no hicieron mella en la imaginacin de la humanidad. Una civilizacin antiqusima, tan vieja que haba evolucionado para adaptarse a sus utensilios y poder comer en recipientes en vez de en corrientes de agua. Podan ostentar inmensas realizaciones tecnolgicas y culturales, una sociedad estabilizada, y una expansin espacial impensable para el hombre.

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Pero en la Tierra, y en las colonias del Contrato, no eran ms que unos tipos muy avanzados que coman en cubos. El buket levant la cabeza del recipiente. Nunca la lleg a tener metida por completo. Sobresalan los haces de tbulos respiratorios de la parte posterior. Visto de frente, no meta miedo. Si se superaban las cuatro rbitas, la ausencia de nariz, las agallas vestigiales y las barbas alimenticias, se lo poda invitar a un cctel. —Alegre encuentro, seores —salud. El habla del buket sonaba como hablar con el bigote metido en la boca. —Alguna queja, sugerencia o pedido que quieran formular a la administracin? —¡sta! —rugi Ebukele, dejando caer el cortador de plasma sobre el bur, peligrosamente cerca del cubo de cermica. —¡No hace mucho piqu en dos con esto a una lagartija en armadura que baj de una nave! —Amiguita de las que horad con esto —i ntervino Zelezny, agitando su martillo de micropulsos gravitatorios. —Debieron haberme dicho antes que serva para ms que abrir tneles. —T lo dijiste. —Ahora hablaba Hamma, quien aun no haba apagado su generador de campos y lo balanceaba como al descuido ante el bur. —Debieron habernos dicho antes. Cunto, est por ver. No, Maestro Sijutif? El aliengena comenz a balancear la cabeza suavemente. Mostraba as su comprensin del asunto. —Suceso digno de historias. Creo que los seores acaban de encontrarse cara a cara con aquellos a quienes nosotros nombramos Jusfug. Puedo, antes que prosigamos a otras consideraciones, preguntarles algo que, les aseguro, posee una relevancia mayor que cualquier investigacin que deseen llevar a cabo con mi ayuda? Todos los humanos miraron a Hamma. Este apag su herramienta, la baj, y se acerc al bur. —Dgame usted, Maestro, qu puede ser para nosotros ms importante que saber quines acaban de matar a 30 de los nuestros. —Por ejemplo... los vencieron? Los humanos se miraron entre s. Sobrarbe respondi por todos. —S, los vencimos. La gente de caza de cometas destruyeron sus naves, y nosotros aqu en tierra derrotamos su

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desembarco. Pero perdimos cuatro naves y 30 personas contra dos naves y 10 tipos de ellos. Si a eso se le puede llamar victoria... —Ah, no se preocupe usted, mi querido amigo —dijo Sijutif—. Ya mejorarn. Les fue de maravilla. Si yo les contara de nuestras batallas. —Un momento, un momento. —Hamma tena un tono muy molesto. —Batallas? Cmo es eso? No hay una confederacin galctica? No hay paz y comercio en todo el universo conocido? Qu significa esto? —Por supuesto, amigos mos. Hay paz y comercio en todo el universo conocido. Ninguna raza ve amenazada su existencia por otra, ni su economa. —¡Pues unos xenos acaban de amenazar mi existencia! ¡Casi la terminan! —Usted la defendi muy bien. Si tuviera el armamento apropiado, lo hubiera hecho incluso mejor. A propsito, su existe ncia no es la de una especie. —No se me vuelva tramposillo. No estamos sacando balances de produccin. Ha habido muertos. Esto es una guerra. —Oh, no. Se equivoca. Usted slo estaba defendiendo nuestra propiedad. Cumpla su parte del contrato. —Mi parte de qu? De qu? —Zelezny enrojeca. —¡Luch por mi pellejo y el de los mos! ¡No por tu maquinaria, Sijutif! —Oh, no, seor Zelezny. Usted no tiene derecho a dejar destruir nuestra propiedad. Usted tiene que defenderla bajo cualquier circunstancia. —Espera, espera —intervino Hamma—. Cmo es eso de nuestra parte del contrato? Yo vine aqu a trabajar, y ahora resulta que vine a pelear con unos Jusfug. —Su contrato de trabajo inclua, en la clusula 328-78, inciso b, acpite 9, la obligacin y la responsabilidad de proteger la propiedad de nuestra Compaa de Contrato. Bajo toda circunstancia, expresaba explcitamente. Haba contaminacin, y era un problema. Haba hambre y enfermedades, y era un problema. Haba crimen, y era un problema. Haba desempleo, y era EL problema. Llegaba a todos los pases por igual, y amenazaba las mismas races de la sociedad. El trabajo hizo al hombre, bien... y si el hombre no tiene trabajo? Entonces aparecieron los bukets, que aun no se llamaban as. No se aparecieron en la onda conquistador imperial, ni mucho menos como

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hermanos csmicos. Lo suyo fue una aproximacin ms natural. Ms cercano a lo que la humanidad conoca. Contratos. Vinieron con una oferta de trabajo. Dijeron que ellos eran pocos para controlar toda su expansin territorial y sus intereses comerciales y no les alcanzaba la mano de obra para explotar sus posibilidades. Necesitaban trabajadores dispuestos y rpidos en aprender que extrajesen su mineral y operasen sus fbricas en el sinnmero de sistemas que haban descubierto y habilitado econmicamente. Suceda que la automatizacin a gran escala haba salido contraproducente y siempre hace falta alguna de las herramientas universales que la madre naturaleza cre para razonar y actuar en consecuencia. Adems, una solucin alternativa como la inteligencia artificial estaba descartada por principio. Prejuicios religiosos, dijeron. Los hombres se miraban entre s, anonadados. Las implicaciones de lo dicho por el bucket eran obvias, pero demasiado fuertes para asimilarse de un tirn. Requera tiempo aceptar que a uno lo haban utilizado mucho ms de cuanto se imaginaba. Zelezny recuper el habla primero. —Lo que quieres decir es que nos contrataron no slo para trabajar, sino tambin para algo as como guardias de seguridad. O sea, dos trabajos por el salario de uno. Chicos, me han jodido bien. Pero no lo disfrut y creo que nunca voy a hacerlo. —Oh, usted se equivoca, seor Zelezny —neg Sijutif—. Nada ms lejos de la intencin de los ejecutivos de la Compaa de Contrato que tener una fantasa reproductiva, por dems intil y aberrante, acerca del hecho de perjudic arlo de algn modo. Creo que eso es lo que usted quiso decir. No estoy completamente familiarizado con el habla humana. —No me hagas quedar como tonto hacindote pasar por uno. T sabes ms de un par de cosas sobre nosotros. T, bicho comencubo sapo culebra de pantano... —¡Basta! —lo interrumpi Hamma. —Hazlo hablar. No vas a conseguir nada insultndolo. —Realmente, seor Zelezny, su actitud no es la ms apropiada para conducir una entrevista si desea obtener alguna informacin de su contraparte. —¡Malditamente seguro que quiero alguna informacin! —explot Ebukele.—Cmo es eso de guardias de seguridad? —Seor Ebukele, eso no es ms que una mala interpretacin que ha hecho el seor Zelezny.

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—¡Lo que sea! ¡Quiero una explicacin ahora! Sobrarbe se aclar la garganta. —Creo que lo tengo, Sijutif. Parte de nuestro trabajo es la proteccin y la conservacin de su propiedad. Pero eso tiene limitaciones. No va ms all de nuestra calificacin. Recuerdo bien que uno de los puntos ms importantes del contrato tena que ver precisamente con la calificacin. A nadie se le iba a pedir un trabajo ms all de su calificacin. —Seor Sobrarbe, es una delicia hablar con un caballero como usted. S, efectivamente, parte de su trabajo es proteger y conservar nuestra propiedad. La de la Compaa, por supuesto. Pero ha de ilustrarme en lo que usted entiende por calificacin. —Es muy sencillo. —Sobrarbe apoy el plantador de cargas en el suelo. —Mire usted, Sijutif. Todos nosotros somos hombres de trabajo. De trabajo duro, pero nada ms que eso. Usted tiene aqu obreros calificados, ingenieros, tcnicos especialistas, algunos cientficos. Tambin maestros para los nios, personal mdico, y hasta burcratas que valen la pena. Me sigue hasta el momento? —Bebo sus palabras —respondi Sijutif. —Sobrarbe, di algo que alguien en esta habitacin no sepa —Zelezny estaba en el borde de su poca paciencia otra vez. —Adnde quieres llegar, eh? —Despacio, vamos por partes. Cuando lleguemos a donde voy te va a gustar el lugar. Sijutif; nos quedamos en una clasificacin del personal. Ahora bien: Me escuchaste decir la palabra “soldado” en algn momento? —He de convenir que no, seor Sobrarbe. Sonriendo satisfecho, Sobrarbe continu.—No s si sabes que para nuestra civilizacin existe una clara separacin entre los conceptos de “soldado” y “trabajador”. Adems existe el concepto de “mercenario”. Es el soldado que combate en beneficio de extraos a cambio de una remuneracin. Sijutif asenta subiendo y bajando los hombros a la vez que se balanceaba ligeramente. —La separacin entre ambos conceptos tambin exista en nuestra civilizacin, mientras el primero estaba en uso comn. Pero hoy en da una especializacin tal como un soldado no es considerada relevante. Preferimos usar el trmino “protector”, y aclaramos ante qu circunstancias se aplica esta proteccin.

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El hombre neg con la cabeza y agit la mano ante el rostro del bucket. —No, Sijutif, la semntica no es relevante aqu. Como quiera que lo enuncies, el concepto es uno. Soldado o protector, es el que usa armas para matar y para impedir ser muerto por otros en un enfrentamiento violento con un objetivo definido. —Eso es muy vago y amplio, Sobrarbe —intervino Hamma—. No creo que esa sea tu intencin. —Esto puede ponerse mejor, muchacho. Mira, el asunto es el siguiente: un soldado es un profesional. Conoce su negocio, cmo moverse en situaciones, cmo reaccionar, tiene un entrenamiento, un equipo adecuado. Ese es su trabajo. Le pagan por eso. Explcitamente por eso y nada ms. —Seor Sobrarbe, me imagino a dnde quiere llegar —dijo Sijutif. —Quiere dejar en claro que ninguno de los trabajadores humanos de este planeta es le galmente un soldado profesional. —Exacto. El Contrato de trabajo se plante muy claramente de inicio. Hubo una sola oferta, que se acept casi ntegramente, luego que algunas manifestaciones de millones de gente en paro laboral barrieran todas las objeciones de quienes pidieron ms tiempo para analizar la documentacin. Los bucket proporcionaran transporte gratis a todos los humanos que quisieran trabajo en sus planetas colonia. A ll los terrcolas aprenderan a manejar y reparar tecnologa minera y fabril de los bucket para hacer funcionar los yacimientos e industrias que los aliengenas no estaban en capacidad de explotar solos. Por supuesto, tambin se les proporcionara sin coste lo necesario para una vida decorosa y sin exposicin a peligros naturales. Todas las colonias estaban bucketformadas, lo cual era perfectamente compatible con las necesidades humanas, y la maquinaria de supervivencia sera la mejor. A los trabajadores se les aseguraba que podran llevar a sus familias tambin sin ningn temor. Por su parte los humanos proveeran trabajadores calificados, o capaces de serlo, por cuotas geogrficas. Se formara una comisin autoriza da responsable por cump lir todo lo relativo a las plazas, los permisos, la categorizacin, segn el Contrato bukets-humanos. Este, que deba regular todas las relaciones de trabajo entre ambas civilizaciones, incluso en letras pequeas

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tena 1026 pginas. Un enorme volumen de informacin cuyos detalles las multitudes desesperadas pasaron por alto. Todos los humanos adoptaron una postura ms relajada y sonrieron. —Bueno, Sijutif —dijo Ebukele—. Piensa en es o mientras levantas el telfono y llamas para que vengan a recogernos. En un transporte muy grande, porque nos vamos todos. Me equivoco, muchachos? —Para nada, amigo, para nada —corrobor Ebukele—. Esas lagartijas pueden volver. —¡Por supuesto que van a hacerlo! —rugi Zelezny—. Tan pronto se digan, all de donde vinieron: “Hey, chicas, me pregunto qu habr pasado con el grupo que enviamos al planetucho XBFG-456-RT-45A. Quizs se encontraron con alguna clase de resistencia de parte de alguna clase de patticos humanoides tirados all en ese agujero de letrina gracias a alguna clase de engao. Vamos a ensearles que con nosotros no se juega, chicas. Muevan sus colas”. No s cmo ni cundo, pero van a venir a por nosotros. —Me temo no poder dar una respuesta positiva a todas sus dudas y necesidades — anunci Sijutif—. En unos casos habr de asumir una postura negativa. —T no vas a asumir nada —neg Sobrarbe—. Aqu ya se han asumido demasiadas cosas. Por ejemplo, que yo y mi familia te vamos a servir de “protectores” para tus fbricas. No me importa siquiera si en tu interpretaci n del puetero Contrato tengo que dejarme matar por unas lagartijas agresivas. —Oh, seor Sobrarbe. Usted est adoptando la misma actitud irracional que sus compaeros. —Para tu informacin, soy un cabrn hijo de perra irracional, Sijutif. —Usted me haba dado siempre la impresin ms contraria posible. —Eso es porque nunca antes haban herido a mi hijo, a mi Gustavo, con un puetero lser. Pero como mismo hice mierda al bicho extrao que lo hizo, har cualquier cosa al que se ponga en mi camino cuando vaya a sacar a mi hijo del peligro. —¡Oh no, seor Sobrarbe!. Usted era mi ltima esperanza de conducir esto como un dilogo civilizado, como una relacin de negocios productiva y mutuamente beneficiosa. Supongo que tendr que llevar los trminos del intercambio a los niveles en los que ustedes parecen hallarse ms cmodos.

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Hamma dio dos pasos, sobre la marcha agarr a Sijutif por el cuello de la tnica, lo levant, y camin con l hasta pegarlo a la pared. —Ah, Sijutuf. Haz precisamente eso. Sijutif trag en seco. Era una sensacin muy desagradable para Hamma, porque el aliengena tena tres gargantas paralelas. Pero no lo solt. El bucket tuvo que continuar hablando desde esa incmoda posicin. —Hamma, seor Hamma. Siempre causando los mayores problemas. Los menos en cuanto al nmero, pero los peores. —Te doy problemas? Feliz de saberlo. Las relaciones entre los humanos y sus patrones bucket nunca haban sido tirantes, pero siempre carecieron de las mejores virtudes. Para empezar, el afecto estaba descartado por principio. Eran bichos extraos, venan a hacer negocios, y eran muy serios al respecto. La transparencia se desgast al cabo de algunos ba lances de produccin, a la hora de calcular eficiencia, ganancias, sobresalarios, pluses, y todas esas cuestiones donde la verdad poda costar dinero, mucho dinero. En cuanto al respeto... fue cayendo bajo, muy bajo. Los bucket no ocultaron que a una especie empleada no le iban a mostrar mucha estima porque, despus de todo, los humanos eran subordinados. Tambin estaban atrasados, eran incivilizados, y no se haban alejado mucho de su pasado animal, en opinin de los aliengenas. En cuanto a los colonos terrcolas, hombres y mujeres de trabajo duro, pronto consideraron a sus jefes tipos trapaceros, marrulleros, melosos y tramposos. No trataban a muchos, porque slo haba un bucket encargado por planeta, pero les bast con esa representacin para hacerse una idea que en el fondo no se alejaba tanto de la realidad. Adems, muchos humanos pensaban secretamente que en el milln de aos de civilizacin de los bucket su especie hubiese llegado ms lejos. Tampoco ayud la existencia de otras especies inteligentes del mismo nivel de desarrollo que los bucket, y aun superior. —A lo que me refera, seor Hamma, es a hablar claramente, poniendo todas las cartas en la mesa. La violencia es un recurso no explotado por mi especie, muchas gracias. —No me importa un carajo. Mi especie s recurre a la violencia. —Esa era una disposicin, y un talento, con el cual contbamos. Ser muy til, tanto para ustedes como para nosotros.

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Sobrarbe se acerc al dilogo. —No est en mis planes serle til a tu especie, Sijutif. Tan pronto regrese a la Tierra voy a gritar a los cu atro vientos, como si me mataran. Se te cay el negocio. Si estn en guerra con esos Jusfug, lbrenla ustedes. O hagan otro Contrato. Hay demasiados profesionales de matar en la Tierra. —Y cmo planea usted regresar a su hermoso planeta natal, seor Sobrarbe? Hamma apret contra la pared las tres garg antas del buket. —T me llevars de vuelta. Personalmente. —No, si usted no est bajo el Contrato —logr articular Sijutif, penosamente, hasta que Hamma liber presin. —Si lo rompe, se acaban nuestras obligaciones. Entre ellas, la de proporcionarles transporte de vuelta. —Nos vas a dejar aqu, a merced de las lagartijas? —No es ese el caso, seor Sobrarbe. Usted luchar. Por su vida o por nuestra propiedad, e incluso mantendr la produccin. —Ya le dijimos que no somos soldados. Adems le suger que en la misma Tierra hay un excedente de personal de ese tipo. —Usted es un soldado, seor Sobrarbe. Est en excelente forma fsica, tiene el instinto guerrero de su especie, que creo se exacerba en su sexo, y tiene un magnfico equipamiento. Todas esas herramientas mineras, las naves cazacometas, la tecnologa de comunicaciones y sensores, todo eso fue tambin diseado para la guerra, como rpidamente descubrieron y aplicaron ustedes. De paso, eso demuestra la innata capacitacin de su especie para ser soldados. Tambin descubrirn que el diez por ciento de la capacidad industrial de todas las colonias es fcilmente reconvertible a propsitos blicos. Pensamos de antemano en prepararles para esta hora difcil. Por cierto, todo el equipamiento es susceptible de mejoras. Y continuando con el concepto que usted mismo us, seor Sobrarbe, usted tiene un propsito definido, que es proteger nuestras instalaciones, y le pagan especficamente por eso, porque ese propsito est explcito en el Contrato. Sobre esto, deben recordar que parte de su salario se realiza como la transferencia de tecnologa y recursos que ahora mismo est comenzando a sacar a la humanidad del hoyo fatal en que se meti ella misma. Y respecto a sus profesionales excedentes, digamos que no cubren requisitos indispensables.

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La presin en el cuello de Sijutif desapareci y el bucket cay estrepitosamente al suelo. Hamma dej caer los brazos a los lados del cuerpo. —Estaba previsto. Alabado sea Al, estaba previsto de antemano. Sijutif se recompuso las ropas y se arregl su extrao calzado. Cuando termin alz la vista, y al hacerlo sus ojos tropezaron con los furiosos e inyectados en sangre de Zelezny. — Por qu no pelean su propia guerra? —gru el centroeuropeo. —Claro que s —intervino Ebukele—. Ustedes tienen una magnfica tecnologa, superior a lo que le vimos a las lagartijas, y por supuesto que mejor que la mierda obsoleta que nos dan. —La tecnologa no lo es todo en una guerra, seor Ebukele. Carecemos de lo ms importante, la disposicin natural que ustedes poseen. Tambin del nmero. Somos solo ocho millones, no ms, porque comprometera nuestr a estabilidad social y fragmentara nuestra cultura. Es insuficiente para contener a una especie tan prolfica como los Jusfug. Y por ltimo, pero no menos importante, solo ponemo s en peligro nuestra existencia como ltimo recurso. —Pero si yo voy a arriesgar el pellejo por ti, Sijutif, bien podras darme lo mejor que tengas. Peleo tu guerra con tus armas. —Nuestros lderes no lo estiman prudente. Yo les aseguro, sin embargo, que con la tecnologa que ahora manejan pueden derrotar a los Jusfug. Adems, les dejar mucha informacin cientfica. Y no es mi guerra. La Tierra est en el camino de los Jusfug. Sobrarbe dio un puetazo en el bur. —¡Mier da! ¡Esto es un chantaje y una estafa, todo junto! —Al contrario —ripost Sijutif—. Es perfectamente legal. Todo el tiempo los bucket se haban mostra do muy preocupados respec to a la legalidad del asunto. No era difcil de imaginar por qu. Presentes en toda conversacin y supervisando cada paso estuvieron delegados de la Confederacin Galctica que supuestamente deban garantizar a los humanos no ser objeto de nada ilegal. Cualquiera se daba cuenta que deban estar mediando cualquier contacto entre especies para impedirles a las especies desarrolladas “exprimirle el jugo” a las subdesarrolladas, y aprovechar esa entrada extra para romper el equilibrio intergalctico. Los representantes, miembros de una especie de posicin al parecer

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preponderante, dejaron eso bien claro. Aun delante de las sonris as conciliadoras de los buckets negociadores y el estupor de los humanos. Gracias a esto los terrcolas comprendieron su caso no era ni remotamente nico. La Confederacin Galctica y las civilizaciones superiores proporcionaban un marco para relaciones en pie de igualdad entre las razas intermedias y las inferiores, y eso no poda desaprovecharse. —Las cartas sobre la mesa, Sijutif —exigi Sobrarbe—. Las cartas sobre la mesa, dijiste. —Muy bien, seor Sobrarbe. Los Jusfug estn bajo contrato de los Zlomf, otra civilizacin de nuestro mismo nivel de desarrollo. Solo que su contrato es ms viejo. Ya consumieron todos los recursos de sus planetas iniciales, y para mantener el Contrato y todas sus ventajas, necesitan mantener el suministro de productos a sus contratadores. Su contrato especificaba en un inicio que la bsqueda y habilitacin de ms sistemas y planetas era asunto suyo. Por eso se mueven de planeta en planeta. Y como la ley de la Confederacin Galctica especifica que la propiedad se ratifica slo manteniendo una explotacin productiva, y no es eterna, cuando encuentran previos ocupantes, ceden a sus instintos y conquistan. Claro que se limitan en el uso de las armas, para no disminuir las potencialidades del planeta. Tienden ms al desembarco armado. —Entonces los Zlomf estn en una especie de guerra comercial con ustedes —afirm Sobrarbe. —No, en lo absoluto. No han amenazado nuestra economa ni nuestra supervivencia. Ni siquiera la de un individuo. Adems, slo lo s Jusfug son responsables. Las leyes sobre Contratos eximen a los Zlomf. —Entonces los Jusfug estn en una guerra colonial con nosotros. —Debo afirmar que eso es un asunto lejano a la incumbencia de la Confederacin Galctica. Son dos especies no miembros. —Y las civilizaciones superiores? Qu dicen de estos enfrentamientos solapados a travs de testaferros involuntarios? —Como ya dije antes, no incumbe en lo ab soluto a la Confederacin Galctica. Las leyes slo se arrogan jurisdiccin sobre las especies inferiores en lo concerniente a los Contratos. Cada miembro es libre de reaccionar como quiera ante la violencia de especies

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como los Jusfug. Nosotros los dejamos a ustedes manejarlo. Y no, seor Sobrarbe, nadie se refiere a la situacin en esos trminos inadecuados. Y ahora, seores, tengo que dejarlos. El agua vino de todas partes y en dos segundos llen la habitacin. No dur ni un momento as, pues enseguida comenz a bajar y a fluir torrencialmente hacia la salida. —¡Atrpalo que se va! ¡Lo tienes!? —¡Dnde est!? —¡Alguien lo tiene?! —¡Quieres decir que no lo tienes t!? —¡Cabrona rana de estercolero! Eran cuatro, y estaban muy molestos. Tambin muy mojados. Sentados a la entrada del tnel, ni se miraban ni se hablaban. Esperaban a la salida del segundo sol, porque el primero no calentaba mucho. Slo Ebukele se mova, revisando su arma. —Caramba —dijo al cabo del rato—. Suerte que esta nena es a prueba de agua. Slo espero que a la larga resulte tan buena para la guerra como dice Siju tiff. Esto, y todo lo dems. Zelezny suspir profundamente. —Al prximo bucket, disparo a vista. Lo juro. —No creo que vayas a ver ninguno en mucho tiempo —le dijo Sobrarbe. —Si viene alguno, ser en un supercarguero, a recoger la produccin y a dejarnos repuestos y cosas. Seguro que no se pondr a mano. Para qu? Ya nos trajeron aqu, engaados, manipulados, y usados en una guerra ajena. Ahora slo nos queda ser buenos en eso, tan buenos que quizs algn da podamos cambiar la situacin. Hamma, eres norafricano. Te suena la palabra mameluco? Mameluco. Mamelik. Hamma se volvi hacia Sobrarbe. Mientras lo haca, el lado izquierdo de su boca se torci en una cida sonrisa de comprensin. Juan Pablo Noroa Lamas (1973) : Graduado de Letras en la Universidad de la Habana ha sido incluido en la antologa Reino Eterno, Letras cubanas 1999. La mayor parte de su obra se encuentra indita. Al INDICE

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5. CURIOSIDADES: Mquinas* Por Alonso Miranda 1 El Golem es un adefesio antropomorfo creado por un rab, animado por la magia y la cbala. El monstruo de Frankenstein es, pr opiamente, la mquina-monstruo: partes de procedencia diversa unidas por ciertas tcnicas de ensamblaje, a las que se agrega un motor, otra mquina. En este caso luego del motor mtico que anima al Golem (siglo XVIII), viene un motor tecnolgico, literalmente un motor elctrico (siglo XIX). Entre lo mstico y lo tecnolgico no haba (no hay) muchas diferencias. Con impulsos elctricos se poda estimular y provocar movimiento en patas de rana. La electricidad hace ciento y tantos aos, da vida, es soplo. An hoy es man, flujo energtico tcnico-mgico. Anima a la mquina, da vida, entre lo explicable y lo inexplicable, entre el proyecto y lo imprevisible, entre el clculo y el accidente, entre el control consciente y el automatismo pulsional natural. Una mquina compleja de dar vida tiene como terminal a la mquina-monstruo de Frankenstein; conexiones y polos lo atan a un complicado ingenio de grandes bobinas, de cajas negras, de interruptores-palanca -todo, finalmente, fluye hacia el techo, hacia el cielo: un pararrayosla otra terminal de la mquina, se estira esperando la descarga. La electricidad, mientras tanto, agita el cielo; dispara sus fogonazos entre truenos y rfagas de viento y lluvia -ayuda a escenificar el gtico, la gran mquina natural desatada, la tormenta. Tormenta del alma: la locura y la psicosis, el desenfreno, la psicodelia y los alucingenos. Tormenta cerebral: la epilepsia, las narco y las catalepsias de Poe; Frankenstein, cientfico loco-posedo, incontenible instinto fustico de experimentacin y bsqueda, hibris, desafo a la mquina trascendente. Cae el rayo. La mquina, acostada en la mesa de disecciones, abre los ojos. 2 El monstruo de Frankenstein tiene un cerebro pero carece de mente. Tiene materia, res extensa pero no espritu. El simulacro tecnolgico no puede sino animar a la mquina

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antropomorfa. Con espritu de poca, Freud siente lo siniestro en el androide, en el autmata y por lo tanto en las repeticiones, las compulsiones y los automatismos, puertas hacia lo otro, pero tambin marcas estilstic as de la locura (psi cosis) -experiencia primordial de la locura: soy una mquina. Esta experiencia se extiende al olvido, al lapsus, al acto fallido, al sueo, al chiste. Todo somos cosa, autmata, mquina -los "sntomas cotidianos" estn ah, para que no lo olvidemos. Esta experiencia maqunica "vive" tambin en la torpeza psicomotriz: monos, nios, ciertos enfermos, estn mucho ms cerca de la mquina que los adultos humanos. Esta torpeza se "coreografiza" en los androides del cine o la Tv. Hipnotceme, doctor, haga de m un autmata: la experiencia siniestra como espectculo, gestionada por las habilidades hipnticas de Tony Kamo o Tu Sam. 3 La enfermedad y la disfuncionalidad orgnica son unos de los momentos ms vvidos de experimentacin de la otredad, como maquinidad, en culturas cartesianas. El cuerpo, como el lenguaje, son mquinas que nuestra cultura h ace desaparecer en un ideal de funcionalidad y obediencia: son mquinas-vehculo, grados cero, no deben verse o notarse -ambos son recipientes eficaces de la res cogitans del soplo espiritual. Un grano en la espalda, un dolor de cabeza, los ruidos y los olores, hacen opaco al cuerpo, lo delatan y al mismo tiempo me arrancan de l, me separan del autmata. Verifico con incomodidad que mi cuerpo hace cosas que yo no he ordenado, o que yo no quiero que haga. Mal funcionamiento, depsito de basura, residuo material (dolor, olor, ruido) de la actividad inmaterial. (Con este dolor de muelas no puedo pensar -concentrarme, leer-; -lo mejor es distraermeautomatizarme, cocinar, hacer crochet). Todo se vuelve cuerpo, gallina cartesiana, el pato de Vaucanson. El espritu, plusvalor inexplicado, agregado a la mquina, desaparece. El monstruo ensamblado empieza a carecer de teoras que lo explican como un continuo unificado y gobernado por la plusvala del espritu. Cuadrapljicos con electroprtesis internas (estmulos a la pata de rana) guiadas desde controles con display y men (provistos de algunos movimientos elementales: pararse, caminar, estirar un brazo), son una experiencia limtrofe de la maquinidad, de la torpeza tecnolgica para producir plusvala inmaterial en un ensamblaje de materia. Pero tambin

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son una experiencia de la posibilidad de inve ntar simulacros cada vez ms perfectos de espiritualidad. Estos simulacros no son simplemente hardware experimental -pequeos impulsos elctricos, enviados por un generador al accionar un interruptor instalado en mi hombro -hacen que mi brazo se levante-, sino tambin software terico. 4 Estos simulacros tericos son en parte, la fabricacin del hombre por la modernidad de la que hablaba Touraine. Descartes lo disea como materia ms espritu (contenidos ideatorios formales). Kant mejora el diseo sustituyendo el espritu por una inteligencia categorial, por un sistema operativo -se trata de la primer a mquina cognitiva. La revolucin industrial le agrega un cuerpo, brazos, piernas, fuerza de produccin (medicina, tratados de anatoma). Las revoluciones polticas le dan ex istencia jurdica, lo ensamblan a mquinas externas de regulacin. Marx le agrega una conciencia histrica y social. Freud, un inconsciente, un pasado y un sexo. La mquina, el monstruo ensamblado, estaba por as decirlo, completo. El problema es que cada uno de estos ensamblajes en cadena reclaman, en algn momento, el lugar de teoras explicativas sobre la unidad. Las fabricaciones parciales tienen que ver con la complejizacin de las distintas partes. La conciencia histrico-social en Marx debe just ificarse y legitimarse dentro de una mquina ms grande: la gran mqu ina narrativa de la historia. El complejo ensamblaje de la mquina social, ms un motor, la lucha de clases. Son mquinas externas. Internas son las mquinas cognitivas (y, ms ta rde, lo afectivo-expresivo, vuelto mquina, al pasar del mbito de rplica romntica al mbito cientfico y clnico). Lo que las ciencias cognitivas actualmente llaman simuladores, aproximaciones y mapeos del funcionamiento de la mente humana desde modelos artificiales, tcnico-computacionales o tericoformales, son una de las ms viejas aventuras culturales de occidente: simular al hombre con las prcticas y el saber tecnolgico disponible y dominante -construir el androide. Simular las "actividades superiores" (cognitivas) resultaba entreverado, digamos, en tiempos de Russell o de Turing: la gigantesca computadora ENEAC, cintas magnticas, tarjetas perforadas, inexistencia de pantallas, la reprogramacin a travs de manipulaciones hechas sobre el hardware entrando literalmente a la mqu ina, sustituyendo circuitos, ajustando y aflojando tornillos. Chafe, de la generacin del personal computer y de la miniaturizacin, puede proponer un simulador bastante simple, compuesto por un scanner

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ms un procesador digital, ms un sistema de archivo en el que la informacin se archiva metafricamente (grafos, dibujos, diagrama s) o metonmicamente (historia, relatos, adicin). El problema clsico de la ciencia cognitiva, es to es, dar una solucin simple y verosmil a la ecuacin mente-cerebro, parece heredar la vieja cuestin cartesiana de resolver la discontinuidad de la res cogitans y del espritu como plusvala inexplicable de la cadena material de montaje -conectar la incesante qu mica cerebral y la tormenta neuronal del crtex, con signos, semiosis, categoras, gramticas: en fin, conectar el espritu y la materia. Los niveles de descripcin se han ido afinando al extremo de que el sistema nervioso central ha desplazado completamente al espritu. 6 Tambin en la produccin de mquinas internas de simulacin ocurren modificaciones (aditivas, de ensamblaje). La mquina cognitiva para Kant -gran materialista modernoera un DOS, un dispositivo que conecta, categoriza, mide, compara, funcionando en un mundo de objetos, provisto de ciertos procedimientos de registro (sentidos y memoria, segn la actitud cognitiva modela en la antigedad clsica: la mirada, la contemplacin, el ocio). Piaget le agrega, a la mquina kantiana, la capacidad de manipular y actuar sobre el mundo de los objetos: la mquina categoriza, te matiza y abstrae no objetos puestos a su contemplacin, sino a sus propias operaciones de manipulacin. Los interaccionistas modifican menos la mquina cognitiva que el mundo en el que le toca operar (esta modificacin alterar radicalmente el ensa mblaje, el funcionamiento y el sentido del movimiento de la propia mquina cognitiva): es e mundo ya no es natural, "objetivo", sino artificial, cultural, propiamiente maqunico. La mquina ya no se enfrenta a objetos sino a vnculos e interacciones -ensamblaje con otras mquinas y con la mquina social. La mquina "externa" social y la mquina "interna" psicocognitiva, luego de esta cadena de montaje, se reconectan, se envuelven, acompasan sus movimientos. El sentido del flujo parecera ser externo-interno de afuera hacia adentro; la mquina social inventa disea y ensambla a la mquina psico, le permite existir en lugares de retiro, de repliegue. Ya nadie concibe la mquina social como la vasta su matoria de las mquinas psicocognitivas -ni siquiera como su composicin y coordinacin a travs de mquinas intermedias, como las instituciones.

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Ya no hay, en definitiva, interno-externo, ad entro-afuera. Crculo de la sociognesis. No mucho es ya lo que recorta la positividad del hombre sobre un fondo de entidades (naturaleza, sociedad, objetos, mundo). La modernidad haba construido y animado al androide. Foucault hablaba de la posibilidad de desaparicin del hombre como un rostro en la arena, borrado por el mar. ltimamente, aunque no puede decirse que se est borrando en el sentido del desvanecimiento, o an deconstruyendo o desensamblando, ocurre que se lo ha descrito y enriquecido tanto como "mquina interna", y se lo ha conectado, ensamblado e hiperensamblado con tantas otras mquinas, otros dispositivos y otros ingenios, parejamente ricos y pormenorizadamente desc ritos, que el diseo-hombre como algo objetivo, provisto de interioridades de exterioridad y lmites, no se reconoce. De verlo all, en la mesa de disecciones, nadi e dira que ese hombre es algo distinto de las mquinas a las que est conectado -nadie dira de hecho, que eso es un hombre conectado a otras mquinas. La mquina de asalto Terminator 101 al igual que el monstruo de Franquenstein, tiene cerebro pero no tiene mente. Simulador: por una cmara-ojo vemos a travs de la mquina en una pantalla sepia o ladrillo se filma el mundo, ordenadas y abscisas grafican y componen el espacio, focos y crculos residuales ayudan a medir y a calcular el movimiento y las posiciones futuras de los objetos. Cuando le toca dialogar e interactuar, la pantalla despliega un set de posibles respuestas; un cursor las recorre ansiosamente hasta seleccionar una, que queda titilando un segundo, antes de ser dicha por el monstruo: ¡Fuck you asshole! Quin lee "dentro" del androide? Quin ve e interpreta grficos, o resuelve problemas complejos de geometra espacial? El monstruo es puramente mquina, pero en el espectador que "mira a travs de l" hay un monto de irreductible espiritualidad (por qu, si no, escribir en la pantalla? por qu graficar, diagramar, seleccionar con un cursor?). Esta curiosa ecuacin es lo que nos permite ver a travs de l, mquina transparente, obediente, funcional -yo no veo lo que ella ve, sino que leo lo que ella hace porque dispongo de registros de su actividad mental. La mquina mimtica Terminator 1000 acrobacia inexplicable de la futura tecnologa del ensamblaje y la animacin, est hecha de metal lquido. Es un polica, una pared, un flujo mercurial, las losanjes de un piso. La cmara no puede mostrarme lo que ve. No podemos meternos y ser la mquina. T-1000 no puede ser simulado -ya no hay animacin

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tecnolgica sino mgica: es el Golem. Se invierte el recorrido: vamos de Frankestain al Golem, del siglo XIX al XVIII. La mquina espiritual Terminator 1000 es otra vez, dualismo; materia y plusvalor de la inmaterialidad que no puede ser explicada sin magia, sin pensamiento religioso. T-1000 no es una mquina -no ha sido ensamblado. Es como hombre: cree no haber sido ensamblado, cree que no hay posibilidad de simularlo tecnolgicamente. Alonso Miranda : Colaborador de las pginas culturales de El popular en los aos 80, y de La Repblica de Platn mientras sta dur, en los 90. *Publicado originalmente en La Repblica de Platn N 41 Al INDICE

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7. LAS COSAS QUE VENDRN CONCILIO DE LORIEN: Festival del Equinoccio de Primavera En su edicin ESPADA Y HECHICERIA: Los das 9 y 10 de abril (maana y pasado maana) en la sede provincial de la AHS, La Madriguera. La direccin es Jess Peregrino (final) e Infanta, Plaza de la Revolucin, Ciudad de La Habana. ACTIVIDADES: 1Conferencias: El sbado 9 desde las 10 de la maana. 2Exposicin Plstica (pinturas, dibujos, cermica, trabajo en piel): Inauguracin el sbado 9 en la tarde. 3Presentacin del Gremio y trovadores: Sbado y Domingo. 4Juegos y competencias para nios: Domingo 10 en la maana. Al INDICE

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Aqu les va el programa completo del CONCILIO DE LORIEN: 10:00 AM Palabras de bienvenida. 10:10-10:30 AM Conferencia: “ Los vampiros: Hijos de la noche descubiertos (historias, leyenda y evolucin) ” por Sheila Padrn. 10:40-11:00 AM Conferencia: “ Pasos en la oscuridad, literatura de horror y misterio para los odos ” por Gerardo Chvez. 11:10-11:30 AM Conferencia: “ Monstruos, criaturas fantsticas y deidades malficas de la mito loga griega y romana ” por Mara Elena Morales. 11:40-12:00 AM Conferencia: “ Rompiendo los arquetipos de la fantasa heroica, la espada y la hechicera ” por Erick Mota. RECESO 1:00-1:20 PM Conferencia: “ Folklore e historia dentro del fantstico” por Eliete Lorenzo Vila. 1:30-1:50 PM Conferencia: “ JKRowing carga junto a los rohirrim en los campos de Pelennor ” por Juan Pablo Noroa. 2:00-2:20 PM Conferencia: “Asios, Orishas y Valares: Politesmo y Medioevo en los universos fantsticos.” por Anabel Enrquez Pieiro. 2:30-3:50 PM Conferencia: “La raza maldita o imposible” por Yoss. 3:00-4:00PM Espectculo artstico e Inauguracin de la Exposicin. 4:005:00PM Concierto del Gremio. 10:00-12:00 AM Jugando con la fantasa. RECESO 3:10 PM Representacin del Essecarm, Ceremonia lfica de imposicin de nombres. Sbado, 9 de abril Domin g o 10 de abril

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8. COMO CONTACTARNOS? S tienes algn comentario, sugerencia o colaboracin escrbenos a: darthmota@centro-onelio.cult.cu jartower@centro-onelio.cult.cu jartower74@yahoo.es aceptamos cualquier colaboracin seria y desinteresada. Traten de ponerla en el cuerpo del mensaje. Advertencia: Los mensajes de direcciones desconocidas que contengan adjuntos sern borrados. Para suscribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la palabra "BOLETIN" en el asunto. Para desincribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase "NO BOLETIN" en el asunto.

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8. PROXIMO NUMERO Vea en nuestro prximo boletn : Los cuentos “El juego de Ender”, de Orson Scott Card y “Nada que declarar”, de Anabel Enriquez Piero. Tambin presentaremos “De la socio-ficc in a la ciencia ficcin: Baudrillard y The Matrix *”, un artculo de Fabin Gimnez Gatto. Al INDICE


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Disparo en Red.
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April 8, 2005
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Science fiction, Latin American
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Science fiction
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t Disparo en Red.
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