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Disparo en Red

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Material Information

Title:
Disparo en Red
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Disparo En Red
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - D42-00017-n16-2005-08
usfldc handle - d42.17
System ID:
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n No. 16 (August 24, 2005)
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HOY: 24 de AGOSTO del 2005 DISPARO EN RED: Boletn electrnico de ciencia-ficcin y fantasa. De frecuencia quincenal y totalmente gratis. Editores: darthmota Jartower Colaboradores: Taller de Creacin ESPIRAL de ciencia ficcin y fantasa. Proyecto de Arte Fantstico Onrica. Anabel Enrquez Pieiro Juan Pablo Noroa Miguel Bonera Miranda Jorge Enrique Lage Coghan Vctor Hugo Prez Gallo Ral Aguiar

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0. CONTENIDOS: 1. La frase de hoy : William Gibson. 2. Artculo : Cantos estelares de un viejo koljs. La ciencia-ficcin sovitica de entreguerras, Juan Manuel Santiago. 3. Cuento clsico : Enemigo mo, Barry B. Longyear. 4. Cuento made in Cuba : Shift, Juan Pablo Noroa. 5. Las cosas que vendrn … (o que ya estn), Javier de la Torre 6. Cmo contactarnos?

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1. LA FRASE DE HOY: Si creen que eres un bestia inexperto, acta como un profesional; si creen que eres un profesional, acta como un bestia inexperto. Yo soy muy profesional. As que decid parecer lo ms bestia posible. Jhonny Mnemonic. William Gibson. Al INDICE 2. ARTICULO: Cantos estelares de un viejo koljs. La ciencia-ficcin sovitica de entreguerras. Juan Manuel Santiago Una necesaria introduccin Dentro de lo que podemos denominar la "prehistoria" de la CF no anglosajona, la evolucin del gnero en la Unin Sovitica ocupa un lugar relevante, por una serie de razones que van desde su peculiar carcter hasta la ingente produccin y repercusin que la CF tiene (o tuvo) en los pases del Este, pasando por el hecho de que ha producido algunos de los grandes hitos literarios de la historia del fantstico ( Nosotros de Zamiatin o El Maestro y Margarita de Bulgakov) o, en resumen, a la indiscutible superioridad de la ciencia ficcin europea (y, dentro de ella, la sovitica a la cabeza) sobre la americana. Las peculiaridades y caractersticas de la ciencia-ficcin sovitica se apartan de cualquier otro modelo, casi hasta el punto de considerarla como un mundo diferente del anglosajn, con sus propios puntos de referencia y objetivos. Esta situacin ya se adivinaba en el perodo de entreguerras, en el que confluyen la "prehistoria" del modelo que en los aos 50 y 60 popularizaran por el mundo autores de la talla de Ivn Yefremov, Anatoli Dneprov o los hermanos Strugatski y, por otro lado, la plenitud de una ciencia-ficcin ms vanguardista e interesante pero tristemente abortada como fue la cultivada por los Bulgakov o Zamiatin. Tal contraposicin responde al enfrentamiento entre dos modos opuestos de

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entender la cultura: uno, al que podramos denominar el "oficial", y otro, el "disidente". La cultura "oficial" --tambin conocida como clasicismo de izquierdas, como acertadamente la denomina Manuel Vzquez Montalbn al referirse a la arquitectura del perodo (1)-nace de la desesperada necesidad del rgimen de consolidarse y diferenciarse de los dos grandes peligros que atenazan a la an frgil revolucin: el capitalismo y los incipientes movimientos fascistas. Frente a ellos hay que crear, en un primer momento, prcticamente de la nada, unas seas de identidad en las que reconocerse, un nuevo sistema de valores que ayude a salir del peligro al sistema, nico en el mundo y por tanto sobreexpuesto a cualquier tipo de amenaza exterior. Una vez consolidado el sistema, en los aos 30, se produce un segundo momento, de rigidez, apotesicas exaltaciones del rgimen, gigantismo arquitectnico, estereotipadas defensas del sistema y no menos estereotipados ataques al fascismo y al capitalismo, grandes demostraciones de masas y culto ciego a la persona de Stalin. Es un mundo maniqueo, de buenos y malos, como corresponde a una sociedad en estado preblico. La cultura "disidente", por contra, es ms rica en matices. Evoluciona desde un momentneo apoyo a la Revolucin --gran parte de sus artfices haba padecido la represin del agnico Estado zarista-hasta una postura libre de serviles ataduras que lleva a constituirse en autntica molestia para el rgi men, unas veces de modo consciente, otras por la estrechez de miras de la cultura "oficial". Es una inquieta amalgama en la que se mueven nombres ilustres del arte universal de todos los tiempos como Rodchenko, Kandinski, El Lissitzki, Mayakovski... La mayora de ellos desaparece en los aos 30, bien exiliados, bien muertos en vida, bien forzados al suicidio... Adems de esta dialctica oficialidad-disidencia, hay que valorar otros elementos no menos relevantes que nos ayuden a entender mejor el carcter de la CF sovitica. Muy ligado al carcter "estatal" u "oficial" de la cultura est el hecho del eminente carcter didctico o, si se prefiere, "cientifismo". Y no es por casualidad: el amor a la ciencia es fundamental en un

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pueblo como el que desean las autoridades soviticas, y una buena y amena manera de inculcarlo es a travs de la ciencia-ficcin, que, de este modo, "instruye deleitando". No es extrao leer relatos de CF intercalados en breviarios de astronoma, por poner un ejemplo (2). No hemos de olvidar la particular idiosincra sia de la literatura rusa, sus particulares personalidad e influencias literarias. Tenemos, en primer lugar, una vasta y fructfera tradicin autctona, los "novelones" de unos Dostoievski, Tolstoi o Gogol, especialmente virtuosos en la caracterizacin de personajes. Aadamos otra caracterstica de la cultura rusa: el fortsimo influjo de la cultura francesa, que hace de Julio Verne un autor especialmente querido. Existe tambin una innegable influencia de H.G. Wells, uno de los escasos intelectuales punteros que se atreven a viajar a la Unin Sovitica por estos aos, y de quien se dice que coment a Lenin, en el transcurso de su entrevista del 6 de octubre de 1920: "Electrificar la Rusia arruinada? ¡Usted es an ms fantaseador que yo, Sir!" (3). Por ltimo, destaquemos la querencia, muy rusa, por el teatro: no es por azar que al menos tres dramaturgos --Zamiatin, Mayakovski y Bulgakov-escriban obras de teatro (o con el teatro como protagonista) de temtica fantstica. En pocas palabras: la ciencia-ficcin sovitica de estos aos no recibe la menor influencia de la, por entonces, segundona y atrasada CF norteamericana. Demostrado lo cual, pasaremos a referir de manera muy breve algo acerca de los principales cultivadores del gnero por aquellos aos. La ciencia-ficcin "oficial" Las primeras referencias disponibles de algo parecido a la ciencia-ficcin rusa (y en este punto me siento obligado a agradecer a Agustn Jaureguzar --prestigioso estudioso y memoria viva de la ciencia-ficcin en Espaa-su inestimable ayuda bibliogrfica) datan nada menos que del siglo XVI, con un opsculo titulado La leyenda del Sultn Mahomet al cual supongo emparentado con las utopas y relaciones de viajes a tierras exticas tan en

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boga por aquel entonces. Ya en el siglo XIX, tenemos un Viaje al pas de Ofir (1806), del prncipe Sherbatov, El ao 4338 (1840), del tambin prncipe Odoyevski, o la precursora de la utopa socialista, Qu hacer? (1862), de Nikolai Chernichevski. Domingo Santos menciona asimismo El sueo de un hombre ridculo de Dostoievski, o las fantasas satricas de Gogol. En todo caso, lo ms accesible para conocer el gnero en la Rusia zarista es el reeditadsimo cuento de Chjov "Las islas voladoras" (1885), lograda parodia de Julio Verne. Ya en el siglo XX, los eruditos suelen citar El sol lquido de Alexandr Kuprin (1912), que vaticina la utilizacin de la energa solar; La estrella roja (1908), de Alexandr Bogdanov, utopa socialista desarrollada en Marte; La Icaria rusa de P. Sakulina o, quizs lo ms clebre, las obras de Konstantin Tsiolkovski, el padre de la astronutica. Con el triunfo de la Revolucin de 1917 pr olifera la ciencia-ficcin "oficial" (o "polticamente correcta", como parece que hay que decir ltimamente), aunque an se escriben novelas como Plutonia (1915), de Vladimir Obruchev, mulo de Burroughs, quien, por las referencias de que dispongo, escribe una estimable novela de civilizaciones perdidas, o Los maestros y los aprendices (1923), antologa de relatos fantsticos, de Kavarin. Empero, la regla general viene marcada por obras como Viaje de mi hermano Alexi a los pases de la utopa campesina (1920), prototipo de la CF de tipo social que, sin embargo, no pudo salvar a su autor de la deportacin en los aos 30; El pas de Gonguri (1922), de Vivian Itin; Tiempo adelante de Valentn Kataiev; El trust D.E. del ms oficial de los escritores oficiales soviticos, el siempre interesante Ili Ehrenburg, novela en la que el capitalismo americano conquista Europa... Y un largo etctera, hasta llegar a dos autores de sobra conocidos entre los aficionados espaoles al gnero: Alexi Tolstoi y Alexandr Beliaev. Alexi Tolstoi (1882-1945) es un caso singula r. Fugitivo de la Revolucin en 1918, regresa cinco aos despus, convertido en un entusiasta propagandista del rgimen, un poco como los personajes de Aelita (1922), su novela ms conocida. Progresivamente decantado hacia el realismo y la novela histrica, sus primeras obras son sin embargo de ciencia-ficcin.

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Citemos en primer lugar su Aelita (1922), que sirvi como punto de partida para una clebre pelcula homnima de 1924, dirigida por Protozanov y que merece la pena buscar. Aelita (tambin conocida como El Soviet en Marte ) puede leerse como una inteligente actualizacin y revisin de la serie de Marte de Edgar Rice Burroughs desde una perspectiva ms "cientfica", "madura" o "intelectual", si se desea, pero no por ello menos entretenida. El brillante ingeniero Loss decide reclutar voluntarios para un vuelo tripulado a Marte en una nave de su invencin. Acompaado por el trapacero soldado Gusev, parte hacia su destino en un vuelo cuyos efectos subjetivos son los siguientes: Nuestros amigos no tardan en trabar contacto con los azules y menudos marcianos y son conducidos a su esplndida capital, Sozera, dond e gobierna el soberano Tuscub. Su hija, la hermosa Aelita, no tarda en cautivar el corazn del ingeniero Loss quien, gracias e ella, conoce el increble origen y el trgico destino de esta civilizacin: se trata de un pueblo descendiente de la Atlntida terrestre y la esterilidad est abocando a la raza a una inevitable desaparicin. Marte es un planeta crepuscular y sus habitantes aguardan resignados su fin, como hara un personaje bradburyano, consolados nicamente por una sustancia narctica, la javra. Adems, algo huele mal en Sozera, como descubre el animoso Gusev. En un discurso digno de gob ernante zarista, el ahora implacable Tuscub, no se muestra especialmente comprensivo con el proletariado urbano de la capital: "La fuerza que arruina el orden mundial, es decir, la anarqua, viene de la ciudad, que es un laboratorio en que se fabrican asesinos, bo rrachos, ladrones, alma s vacas. (...) Y el deber del Gobierno es luchar contra los aniquiladores ilusos, oponindoles la voluntad del orden. Tenemos que hacer un llamamiento a las fuerzas sanas del pas y arrojarlas contra la anarqua (...). Es, pues, necesario aniquilar la ciudad, no dejar nada de ella". Exacerbados los nimos, Gusev acaudilla una revolucin socialista en Marte, que es reprimida sin concesiones. Tras vagar por el inframundo subterrneo de Sozera, Loss y

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Gusev logran huir a la Tierra, el primero desolado por la prdida del amor verdadero, el segundo dispuesto a regresar pero esta vez acaudillando una revolucin triunfante. Entre ambas posturas, Tolstoi se decanta inequvocamente por Loss, dejando de lado las heroicidades de la Revolucin en favor de los sentimientos. Para Loss, la novela concluye con un tenue rayo de esperanz a en forma de mensaje de su amada Aelita. Aelita es, pues, una novela romntica ms que poltica, en la que el discurso ideolgico se nos antoja una excusa para conseguir el beneplcito de las autoridades. Es tambin una novela optimista y esperanzada, un canto al Paraso recobrado, Rusia, que tanto Tolstoi como los protagonistas de su libro daban por perdido. En resumen, una de las mejores novelas de ciencia-ficcin de la dcada de los 20 que an hoy resiste una lectura crtica. Ms panfletaria es El hiperboloide del ingeniero Garin (1925-7), en la que nos presenta al poco escrupuloso personaje homnimo, un cientfico loco dispuesto a dominar el mundo con su "hiperboloide", rayo lumnico de efectos devastadores, en cierto modo precursor del lser. Sus colaboradores, forzosos unos, voluntarios otros, son la bellsima Zoia Monroz, femme fatale donde las haya y menos escrupulosa incluso que Garin; el magnate de la industria qumica americana Rolling, tiburn de los negocios dispuesto a colonizar Europa, y el inspector sovitico Shelg, elemento meramente decorativo en la novela hasta que, en las ltimas pginas, se dedica a organizar una revolucin socialista mundial, nada menos. Podramos considerar esta novela como un buen ejemplo de novela popular de accin, misterio y poltica-ficcin, una especie de James Bond puesto del revs. Baste saber que Garin codicia las reservas mundiales de oro, ocultas en la "capa olivnica" de la corteza terrestre, con la intencin de depreciarlo y revalorizarlo a voluntad para as controlar la marcha de la economa mundial. La Europa de la novela est deshecha por la guerra del 14, el revanchismo y el presentimiento de una fu tura conflagracin mundial son evidentes --al igual que en otras novelas de la poca, por ejemplo La Guerra de las Salamandras de Karel apek-y no es muy difcil ver en Garin un smbolo del emergente fascismo, del mismo modo que Rolling lo es del capitalismo in ternacional aliado con el fascismo, Shelg es un trasunto del prometedor futuro comunista y Zoia no es sino la vieja y desorientada Europa, dispuesta a venderse al mejor postor. En un momento dado, Garin expone sus

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delirantes intenciones a Shelg: "... Lo interesante del caso es que no se trata de una utopa... Simplemente soy lgico... Est claro que a Rolling no le he dicho nada, porque no es ms que un bestia... Verdad es que Rolling y todos los Rolling del mundo hacen a ciegas lo que he desarrollado creando un amplio y preciso programa. Pero lo hacen como brbaros, pesada y lentamente. (...) Mi primera amenaza al mundo ser dar al traste con el valor del oro. Obtendr cuanto oro quiera. Despus pasar a la ofensiva. Estallar una guerra ms terrible que la del 14. Mi victoria est asegurada. Luego proceder a la seleccin de la gente que quede viva despus de la contienda y de mi victoria, aniquilar a los indeseables, y la raza por m elegida empezar a vivir como corresponde a dioses, mientras los 'operarios' trabajarn con todo empeo, tan satisfechos de su vida como los primeros habitantes del paraso". (Cap. 86) La novela se lee muy bien, pese a ciertas estridencias y derrapes neuronales hacia el final. Se trata de una obra que an posee cierto encanto, por lo cual recomiendo encarecidamente su bsqueda a los lectores. Ms famoso an fue Alexandr Beliaev (1884-1942), el Julio Verne de la ciencia-ficcin sovitica. Autor de ingente produccin (unos 60 libros), destaca por su agilidad narrativa, que compensa con creces el hecho de no haber envejecido lo que se dice muy bien. Empero, ha sido la influencia principal de todos los autores de CF soviticos posteriores, el equivalente a Heinlein y Asimov juntos en un solo escritor. A todo ello no es ajena su trayectoria humana: pas gran parte de su vida postrado en la cama, a consecuencia de una cada producida a los 14 aos, intentando volar en un aparato de su invencin. Como muy bien se seala en la Enciclopedia de Peter Nicholls, este hecho explica el que los protagonistas de sus obras sean casi siempre seres dotados de superpoderes y habilidades especiales (excepto en El ojo mgico como veremos). Consagrado a la CF desde 1925, gustaba de ambientar sus novelas en pases capitalistas, lo cual permita una crtica feroz, no exenta de ingenio, de su modo de vida, como en el relato "Mster Risus", que narra las andanzas de un estadounidense dedicado al mundo del

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espectculo, cuyo mayor afn es lograr una explicacin cientfica del fenmeno de la risa y vengarse del empresario que se negara a hacerle partcipe de los beneficios que legtimamente le correspondan por sus chistes. Otra de las grandes preocupaciones de Beliaev es la meticulosidad con que maneja los datos cientficos, tal y como demuestra en "L a gravedad ha desaparecido", perteneciente a una serie de relatos protagonizados por el profesor Wagner, quien en esta ocasin utiliza la hipnosis para impartir al lector, en un tono marcadamente "cientifista", una leccin sobre las leyes de la gravedad y la fuerza centrfuga. De toda la obra novelstica de Beliaev, no he podido encontrar en castellano ms que La estrella Ketz Ictiandro (tambin conocida como El hombre anfibio ), El ojo mgico y Ariel. Como tampoco se trata de hacer intermin able este artculo, me referir brevemente a las dos ltimas. De El ojo mgico (1938) sorprende su ingenuo optimismo con respecto a las posibilidades de la ciencia y la tecnologa. El autor desarrolla la idea de la televisin --el "ojo mgico" que da ttulo a la obra-y sus mltiples aplicac iones prcticas, en particular la investigacin subacutica. No menos optimista se muestra con respecto a la energa nuclear: "(...) S, la piedra filosofal. El sueo de lo s alquimistas sobre la transformacin de los elementos... No es solamente una revolucin. ¡Es una nueva poca de la qumica, de la historia de la Humanidad! (...) Los motores atmicos realizarn una completa revolucin en la tcnica y en la vida. Seremo s inmensamente ms fuertes y ricos". (pp. 39-43) En cuanto a los logros de la ciencia sovitica, nos encontramos con perlas propagandsticas como la siguiente: "...El encuentro de la flotilla sovitica en el ocano Atlntico en el lugar de la catstrofe del Leviatn fue un golpe inesperado para Scott. No dudaba de que los bolcheviques en algn modo haban olido el oro... Ellos disponan de tres barcos, excelentes instalaciones

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de televisin y, sobre todo, casi inagotables re cursos materiales y tcnicos... ¡Una potencia que no ahorraba recursos con tal de lograr su objetivo!" (p. 162) El argumento no tiene el menor desperdicio. D. Blasco Jurgs naufraga a bordo del transatlntico Leviatn, llevndose a las profund idades abisales la frmula de la energa atmica. El periodista espaol Blasco Azores (sic) inda ga en Argentina, patria del finado Jurgs, y convence a las autoridades soviticas para organizar una expedicin, capitaneada por el ingeniero Brin y seguida desde su hogar --a travs de la televisin-por el joven Mishka Brin, convaleciente de un accidente. Una vez en el Atlntico, y despus de descubrir nada menos que la Atlntida (total: pillaba de camino...), coinciden con otra expedicin, dirigida por un tal Scott, siempre dispuesto a entorpecerles la tarea. Buscar tambin la frmula? Se saldr con la suya? La solucin, cuando leis la novela. Algo ms floja, pero en todo caso digna, es Ariel (1941), que narra la historia de un joven heredero ingls a quien sus tutores, para desposeerle de su patrimonio, ingresan en una extrasima escuela teosfica de la India. Un tal Dr. Hyde, el cientfico loco de rigor, le ensea a volar. Ariel huye de su internado y sobrevuela toda la India, donde conoce la injusticia del sistema de castas. Es tomado por un dios, sirve de bufn al raj y acaba trabajando en un circo, antes de viajar a Nueva York, ciudad en la que le vemos trabajando de Supermn. Harto de los Estados Unidos, donde "una buena intencin puede devenir un crimen horrible", regresa a la India, junto a sus verdaderos amigos... Pese a su carcter moralizante y una bastante primaria crtica social, la novela demuestra que Beliaev no era en absoluto un mal escritor, que no mereci en absoluto su trgico final --muri, vencido por el hambre, en 1942-y que merece ser ledo, bien es verdad que con una sonrisa en los labios. Pero la CF "oficial" no termina con Beliaev. Se publican obras como Dentro de mil aos (1927), de V. Nikolski, donde se predice una explosin nuclear para ¡1945!; La tierra feliz (1931), de Yan Larri y, para terminar, la muy panfletaria El secreto de los dos ocanos

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(1938), de Georgi Adamov. La ciencia-ficcin "disidente": Yevgueni Zamiatin Los autores aqu incluidos recibe n una cierta influencia de la tradicin utpica europea de finales del siglo XIX, con un marcado carcter de denuncia que les lleva a camuflar sus crticas bajo la apariencia de ciencia-ficcin. Para entendernos, el paradigma Verne es sustituido por un doble paradigma Wells-Bellamy, el mismo que llev en estos aos a ciertos autores a escribir algunas de las novelas ms perdurables del gnero: Un mundo feliz (1926), de Aldous Huxley; La guerra de las salamandras (1936), de apek; 1984 (1949), de Orwell y, por supuesto, Nosotros (1921), de Zamiatin. No deja de ser un chiste de mal gusto que el summum del izquierdismo finisecular (britnico, se entiende; en el resto de Europa las cosas estaban ms radicalizadas) influyera decisivamente en unos autores que ms tarde fu eron purgados por Stalin, algunos de ellos tras haber colaborado con la Revolucin. Como Yevgueni Zamiatin (1884-1937), ingeniero de profesin y gran escritor, a quien de nada sirvi haber militado en el partido bolchevique durante los ltimos aos del zarismo. Su obra literaria y crtica es abultada, aunque poco traducida al castellano. Debe su fama, y no es para menos, a la novela Nosotros (1921). Nosotros que no dudo en calificar como una de las cinco o seis mejores novelas que ha dado la ciencia ficcin, es a un mismo tiempo antecedente de las ms famosas Un mundo feliz y 1984 Escrita entre 1919 y 1921, fue publicada en Pars de modo clandestino, al igual que gran parte de las novelas de exiliados polticos rusos (como Novela con cocana de Agueiev, otro hito de la narrativa rusa de un exilio que Vladimir Nabokov describa a la perfeccin en su deliciosa novela Pnin ), ampliamente conocida por la intelectualidad occidental de la poca —existe constancia de que tanto Huxley como Orwell la haban ledo—, pero nunca editada de modo oficial en Rusia hasta los aos de la perestroika.

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El argumento es sencillo: en el opresiv o y mecanizado Estado nico, frreamente gobernado por el Bienhechor, donde nadie tiene derecho siquiera a la intimidad --las paredes son transparentes y slo puede haber re laciones en los "das sexuales" fijados a tal efecto--, donde toda actividad est regida por la Tabla de las Leyes --no olvidemos que es la poca del taylorismo, de ah las semejanzas con la crtica de Huxley -y el mayor pecado es ser un individuo, vive el ingeniero D-503, constructor de la nave espacial Integral. D-503 conoce a la subversiva I-330, quien hace zo zobrar sus esquemas de orden e inmutabilidad del sistema, en lo que constituye una autntica educacin sentimental. El mismo personaje que al comienzo de la novela afirmaba convencido que "nosotros sabemos que los sueos son una enfermedad psicolgica muy grave" acaba descubriendo, horrorizado, que est enfermo: "Es algo grave. Por lo visto, se le ha formado un alma". Su mente cartesiana llega a la conclusin de que A[el amor] = (f) M [la muerte] y, ms an, "...Qu es la felicidad? Todos los deseos son dolorosos y la felicidad slo puede existir cuando los deseos son satisfechos. ¡Qu error tan grave hemos cometido al poner un signo positivo delante de la felicidad! El signo de la felicidad absoluta es el signo menos, el divino signo menos". Tras un intento de apoderarse de la nave Integral, D-503 es sometido a una operacin de lavado de cerebro. Est curado. Vuelve a la realidad: "...He dejado de delirar, he dejado de hablar con absurdas metforas, he dejado de tener sentimientos". Con lo cual la novela llega a un final feliz, al menos para el ahora rehabilitado protagonista. Las ingenuas ideas revolucionarias han muerto con I-330, "porque no puede haber otra revolucin. Porque nuestra revolucin fue la ltima y no puede haber otra". Resulta totalmente imposible de leer desapasionadamente. A nosotros pone la carne de gallina. El ambiente opresivo, la carencia de esperanzas, la deshumanizacin de la sociedad... Todo ello la hace mucho ms impresionante que la exagerada pirotecnia de 1984 A la casi inaudita firmeza narrativa de Zamiatin se une una capacidad de evocacin

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visual muy viva: el lector "ve" la novela, como si estuviera en presencia de un cuadro de Kandinski o una escenografa teatral preparada por Rodchenko. Zamiatin, adems de vigoroso novelista, ha sido tambin dramaturgo y poeta vanguardista en el inquieto San Petersburgo de primeros de siglo: junto a Bors Pilniak (autor de El ao desnudo, agria revisitacin de la guerra civil que acarre innumerables problemas a su autor), forma parte del grupo literario de los "Hermanos Serapin", y ser una violenta campaa de prensa contra ambos lo que precipite la salida de Zamiatin de la URSS (4). Basta con leer algunas frases entresacadas de su obra para apreciar el poder de su prosa: "¡Con qu placer escuch nuestra msica actual!... ¡Qu regularidad grandiosa e inflexible! ¡Y qu miserable pareca a su lado la msica de los antiguos, libre, absolutamente ilimitada excepto en su fantasa salvaje!", "Cada poeta autntico es un Cristbal Coln. Amrica exista muchos siglos antes de Cristbal Coln, pero ste la descubri" etc... S, Nosotros es ms que una obra maestra: es un libro de una complejidad extrema, imposible de abarcar en una sola pgina de resumen, una novela que gana en matices con cada nueva lectura, una experiencia absolutamente irrepetible y que merece por s sola todo un artculo. Con ser tambin un excelente trabajo, el relato "La caverna" (1920) apenas nos da una ligera idea de las posibilidades reales de Zamiatin como prosista, pese a la conseguida descripcin de un San Petersburgo postcat strofe, anegado por el hielo. Tampoco La pulga (1925) va mucho ms lejos, y se queda en un "juguete cmico en cuatro actos", como apunta el propio subttulo de esta obra teatral. .. No. Por extrao que suene, la otra obra maestra de este escritor es la carta que dirige a Stalin en 1929, recogida en un interesantsimo volumen conjunto con las cartas de Bulgakov a Stalin (5). Tan solo leamos unos fragmentos: "...la crtica ha hecho de m el diablo de la literatura sovitica. Escupir al diablo se considera una buena accin y nadie se priva de hacerlo (...). El cdigo penal sovitico prev una pena an peor que la pena capital: la expulsin del pas. Si realmente soy un criminal y merecedor de una pena, con todo, pienso que no puede ser tan grave como la

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muerte literaria; y por eso pido su sustitucin por la expulsin de la URSS (...) la razn principal de mi peticin... es mi desesperada situacin como escritor dentro de la URSS, debido a la sentencia de muerte que ha sido dictada contra m como escritor". (pp. 80-86) De afortunado podemos tildar a Zamiatin, pues consigui autorizacin para exiliarse a Pars, ciudad en la que falleci en 1937. No oc urre lo mismo con uno de los mejores poetas universales del siglo XX, Vladimir Mayakovski (1893-1930), quien se ve forzado al suicidio, y todo por una obra teatral de gnero fantstico, verdadera culpable de todos sus padecimientos: La chinche, "comedia mgica en nueve cuadros" estrenada en 1929. En ella, Prisipkin, un desagradable y casposo obrero, es congelado durante 50 aos. Despierta en el futuro, donde lleva consigo la epidemia de la holgazanera, convertido en un parsito, una "chinche" que ha de ser exhibida en el parque zoolgico junto con un gran cartel de advertencia: "¡Cuidado! Esto escupe". Por lo visto, la obra no sienta muy bien a St alin (dicho sea de paso, gran aficionado al teatro), quien, despus de haberle calificado "el poeta ms grande de nuestra poca", lanza contra su persona una campaa de acoso y derribo. El antao bardo oficial de la Revolucin se vuela la tapa de los sesos en 1930, agobiado por la presin. Paradojas de la vida, a su muerte se instaura un autntico culto oficial a su obra potica. A Mijail Bulgakov (1891-1940) no se le permite ninguna de las dos formas de evasin fsica (exilio o suicidio) que ya hemos visto, de modo que sus ltimos aos transcurren como un muerto en vida, silenciado, dentro de su mundo. Y, as, produce la mejor novela fustica de todos los tiempos, El Maestro y Margarita as como anteriormente haba escrito dos recomendables incursiones en la ciencia-ficcin a lo H.G. Wells: Los huevos fatales (1924) y Corazn de perro (1925). Vaya por delante de todo que es mi escritor favorito, pero ya publiqu un artculo sobre su obra literaria en Cyber Fantasy n6 y al mismo me remito, si bien merece una reescritura que muy bien podra aparecer en futuras entregas de la recomendable revista electrnica Ad Astra. BIBLIOGRAFA BSICA

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ANTOLOGAS Jacques BERGIER (rec.), Lo mejor de la ciencia ficcin rusa Bruguera, col. Libro Amigo n88. Barcelona, 1968. Domingo SANTOS (rec.), Lo mejor de la ciencia ficcin sovitica Orbis, col. Biblioteca Bsica de Ciencia Ficcin, n 62-64. Barcelona, 1986. V. MAIAKOVSKI y otros, Teatro Cmico Sovitico Contemporneo, Ed. Aguilar. Madrid, 1968. NOVELAS Y RELATOS Alexandr BELIAEV, El ojo mgico, Edhasa, Nebulae 1 poca, n 128. Ariel, Ed. Rduga. Mosc, 1990. Ictiandro, Ed. Rduga. Mosc, 1989. La estrella Ketz, Edhasa, Nebulae 1 poca, n 113. "Mster Risus", en BERGIER, Lo mejor... "La gravedad ha desaparecido", en SANTOS, Lo mejor... "El laboratorio W", en El ojo mgico. Mijail BULGAKOV, Los huevos fatales/ Maleficios, Vald emar. Madrid, 1990. (Otras ediciones de Los huevos... en Ed. Bruguera.) Corazn de perro, Alfaguara. Madrid, 1992. El Maestro y Margarita, Alianza Tres Madrid, 1992 (entre otras muchas). Anton CHJOV, "Las islas vo ladoras", en SANTOS, Lo mejor..., y tambin en SANTOS (rec.), La ciencia ficcin a la luz de gas, Ultramar. Barcelona, 1990. Vladimir MAYAKOVSKI, La chinche, en Teatro... Alexei TOLSTOI, El hiperboloide del ingeniero Garin, Ed. Rduga. Mosc, 1988. El Soviet en Marte, Ed. Ayacucho. Buenos Aires, 1946. Yevgeni ZAMIATIN, Nosotros, Alianza Editorial. Madrid, 1993. "La caverna", en BERGIER, en SANTOS, y en Ciencia Ficcin 18, Ed. Bruguera. Barcelona, 1975. La pulga, en Teatro... NOTAS

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(1) Manuel VZQUEZ MONTALBN, Mosc de la Revolucin, Ed. Planeta, col. Ciudades en la Historia. Barcelona, 1988. Pg. 188. (2) V. KOMROV, Nueva astronoma popular, Ed. Mir, col. Ciencia Popular. Mosc, 1985. (3) Citado en el curiossimo e inencontrable opsculo de E. DOBROVOLSKAIA y Y. MAKAROV, As fue la Revolucin Rusa, Ed. Progreso. Mosc, 1985. (4) Citado en Vitali CHENTALINSKI, De los archivos literarios del KGB, Anaya & Mario Muchnik. Madrid, 1994. Me gustara insistir con este libro, realmente memorable. (5) M. BULGKOV y Y. ZAMIATIN, Cartas a St alin, Grijalbo-Mondadori, col. El Espejo de Tinta. Madrid, 1991 Juan Manuel Santiago : juanma@gigamesh.com Naci en Madrid el 2 de agosto de 1970, ltimo de cuatro hermanos. El fundador del fanzine Ncleo Ubik, fue finalista de la Primera edicin de los Premios Aznar con "Recuerda, aquello, sueos, nosotros tres". En las ediciones siguientes del premio coloc otros tres cuentos entre los finalistas: "Protgete de la onda expansiva de mi cerebro", "El hombre del Quinto Centenario" y "Confesiones de un papanatas de mierda". Luego de esto comienza a colaborar con las publicaciones de la AEFCF y en la Cyber Fantasy de Alberto Santos como articulista. Publica tambin en Ad Astra, donde se perfecciona como escritor de artculos, Artifex y Parsifal, al mismo tiempo que empezaba a tener secciones fijas en Uribe. Con Gigamesh empez publicando artculos sobre crtica literaria y luego se hizo cargo de la seccin Fiawol!, sobre novedades del fandom, a la vez que se dedicaba a recuperar a los clsicos del gnero a nivel mundial. Su ltimo relato, "Tierra de venados", escrit o para una antologa de cf hispano-mexicana que no lleg a aparecer, fue publicado en Artifex. Es coautor, junto a Ramn Muoz, de la antologa "De Profundis. Antologa crtica de literatura fantstica" y colabora con Biblipolis en la seccin Mentidero 5. Al INDICE

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3. CUENTO: Enemigo mo Barry B. Longyear Las manos de tres dedos del dracn se crisparon. En los ojos amarillos de la criatura le el deseo de tener esos dedos en tomo a un arma o a mi cuello. Al contraer mis dedos, supe que el dracn lea lo mismo en mis ojos. -¡Irkrmaan! -escupi la criatura. -Drac, pedazo de mierda. -Puse las manos delante de mi pecho y provoqu a la criatura-. Vamos, drac, drac. Acrcate y tendrs lo tuyo. -¡lrkrmaan vaa, koruum su! -Vas a charlar o a pelear? ¡Vamos! Senta el roco del mar a mi espalda: un manicomio hirviente de olas coronadas de blanco que amenazaban con tragarme como haban hecho con mi avin de combate. Mi aparato haba cado. El dracn se haba lanzado cuando su caza recibi un impacto en la atmsfera superior, pero no sin antes destrozar mis motores. Yo estaba exhausto despus de nadar hasta la griscea y rocosa playa, y ponerme a salvo. Detrs del dracn, entre las rocas de la colina (que aparte de eso estaba pelada), pude ver su cpsula eyectable. Muy por encima de nosotros, su pueblo y el mo seguan enfrentados, pelendose por un rincn inhabitado del quinto infierno. El dracn se qued inmvil y yo recurr a la frase que nos haban enseado en la instruccin, una frase calculada para volver loco a cualquier dracn. -¡Kiz da yuomeen, Shizumaat! Significado: Shizumaat, el filsofo ms venerado de Draco, come excrementos de kiz. Algo parecido a hartar de cerdo a un musulmn. El dracn abri la boca horrorizado, despus la cerr mientras la ira cambiaba literalmente su color de amarillo a castao rojizo. -¡lrkmaan, t estpido Mickey Mouse ser! Yo haba prestado juramento de luchar hasta la muerte por muchas cosas, pero daba la casualidad de que ese venerable roedor no era una de ellas. Me ech a rer, y segu riendo

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hasta que las carcajadas, combinadas con mi agotamiento, me obligaron a ponerme de rodillas. Me esforc en abrir los ojos para no perder de vista a mi enemigo. El dracn estaba corriendo hacia el terreno elevado, lejos de m y del mar. Me volv hacia el ocano y vislumbr un milln de toneladas de agua justo antes de que cayeran sobre m, golpendome y dejndome sin conocimiento. -Kiz da yuomeen, lrkmaan, ne? Mis ojos estaban llenos de arena y me escocan a causa del salitre, pero una parte de mi conciencia me indic: Eh, ests vivo. Quise levantar el brazo para limpiar la arena de mis ojos y descubr que tena las manos atadas. Mis muecas estaban ligadas con mis mangas. Cuando las lgrimas limpiaron la arena de mis ojos, vi al dracn sentado sobre la pulida superficie de una gran roca negra, mirndome. Deba haberme apartado del agua. -Gracias, cara de sapo. Y qu me dices de estas ligaduras? -Ess? Intent agitar los brazos y erguirme dando la impresin de un caza atmosfrico que inclina sus alas. -¡Destame, drac asqueroso! Yo estaba sentado en la arena, adosado a una roca. El dracn sonri, enseando las mandbulas superior e inferior que parecan humanas..., excepto por los dientes, que en lugar de estar separados formaban una masa nica. -Eh, ne, lrkmaan. Se levant, vino hasta m y comprob las ligaduras. -¡Destame! La sonrisa desapareci. -¡Ne! -Me seal con un dedo amarillo-. Kos son va? -No hablo drac, cara de sapo. Hablas esperanto o ingls? El dracn se encogi de hombros como un ser humano y luego seal su pecho. -Kos va son Jeriba Shigan. -Volvi a sealarme-. Kos son va? -Davidge. Me llamo Willis E. Davidge. -Ess? Puse a prueba mi lengua con aquellas slabas nada familiares.

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-Kos va son Willis Davidge. -Eh. -Jeriba Shigan asinti, despus hizo un gesto con los dedos-. Dasu. Davidge. -Lo mismo digo, Jerry. -¡Dasu, dasu! Jeriba empezaba a mostrarse algo impaciente. Me encog de hombros lo mejor que pude. El dracn se inclin y cogi la parte delantera de mi mono de vuelo con ambas manos y tir de m hasta levantarme. -¡Dasu, dasu, Kizlode! -¡Vale! As que dasu es arriba. Qu es un kizlode? Jerry se ech a rer. -Gavey kiz”? -Si, yo gavey. Jerry seal su cabeza. -Lode. -Seal mi cabeza-. Kizlode, gavey? Lo comprend, y despus gir los brazos, alcanzando a Jerry en la parte superior de su cabeza con la vara metlica. El dracn retrocedi, tambalendose, y tropez con una roca, pareciendo muy sorprendido. Se llev una mano a la cabeza y la retir cubierta de un pus color claro que los dracones creen que es sangre. Me mir con expresin asesina. -¡Gejh! ¡Nu Gejh, Davidge! -¡Acrcate y tendrs lo tuyo, Jerry, kizlode hijo de puta! Jerry se lanz hacia m y yo intent alcanzarlo con la vara otra vez, pero el dracn cogi mi mueca derecha con ambas manos y, aprovechando el ifl1pulso de mi acometida, me hizo girar, aplastando mi espalda contra otra roca. Justo cuando estaba recuperando el aliento, Jerry cogi una piedra y vino hacia m con todas las intenciones de convertir mi meln en pulpa. Con mi espalda contra la roca, levant un pie y le di una patada al dracn en el abdomen, lanzndolo sobre la arena. Me apresur a levantarme, dispuesto a pisotear el meln de Jerry, pero el dracn seal algo detrs de m. Me volv y vi otra marejada reuniendo energas, y dirigindose hacia nosotros. -¡Kiz! Jerry se puso de pie y escap hacia un terreno ms alto; yo le segua a poca distancia. Con el rugido de la ola a nuestras espaldas, serpenteamos entre las piedras negras pulidas por el agua y la arena, hasta que llegamos a la cpsula eyectable de Jerry. El dracn se detuvo, apoy su hombro en el artefacto ovoide y se puso a hacerlo rodar colina arriba.

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Comprend la intencin de Jerry. La cpsula co ntena todo el equipo de supervivencia y alimento que ambos conocamos. -¡Jerry! -grit en medio del retufubar de la ola que se acercaba rpidamente-. ¡Qutame esta vara y te ayudar! -El dracn me mir, con el ceo fruncido. -¡La vara, kizlode, scamela! Inclin la cabeza sealando mi brazo extendido. Jerry puso una roca bajo la cpsula para evitar que rodara hacia abajo, luego desat rpidamente mis muecas y sac la vara. Los dos apoyamos los hombros en la cpsula, y la hicimos rodar a toda prisa hacia un terreno ms alto. La ola rompi y trep con celeridad ladera arriba hasta que lleg a nuestros pechos. La cpsula flot como un corcho, y eso fue todo lo que pudimos hacer para mantenerla controlada, hasta que el agua retrocedi y dejamos inmovilizada la cpsula entre tres grandes peascos. Yo me qued inmvil, resoplando. Jerry cay en la arena, su espalda apoyada en una de las rocas, y contempl el agua, que volva a precipitarse hacia el mar. -¡Magasienna! -Y que lo digas, hermano. Me desplom junto al dracn. Convinimos en una tregua con una mirada, y no tardamos en caer dormidos. Mis ojos se abrieron ante un hirviente cielo de negros y grises. Dej que mi cabeza se recostara en mi hombro izquierdo y examin al dracn. Segua dormido. Primero pens que era la ocasin perfecta de sacarle ventaja a Jerry. Despus pens lo tonta que era nuestra insignificante ria comparada con la locura del mar que nos rodeaba. Por qu no haba llegado el equipo de rescate? Nos haba aniquilado la flota de los dracones? Por qu los dracs no se haban presentado para recoger a Jerry? Se haban aniquilado unos a otros? Yo ni siquiera saba dnde estaba. Una isla. Eso es lo nico que haba visto al llegar. Pero dnde y en relacin a qu? Fyrine IV: el planeta ni tan solo mereca un nombre, pero morir en l era bastante importante. Con esfuerzo, logr ponerme en pie. Jerry abri los ojos y se agazap rpidamente, a la defensiva. Agit una mano e hice un gesto negativo con la cabeza.

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-Clmate, Jerry. Solo voy a echar un vistazo. Di media vuelta y camin trabajosamente en tre las rocas. Anduve colina arriba algunos minutos hasta llegar a un terreno plano. Era una isla, s, y no muy grande. A simple vista, la altura respecto al nivel del mar era slo de ochenta metros, en tanto que la isla en s tena dos kilmetros de longitud y menos de la mitad de anchura. El viento, que fustigaba mi mono de vuelo contra mi cuerpo, estaba secndolo por fin, pero al reparar en lo lisas que eran las piedras, en lo alto de la pendiente, comprend que Jerry y yo podamos esperar ol as an mayores que las que habamos visto por ahora. Una roca reson a mi espalda y me volv para ver a Jerry ascendiendo la ladera. Al llegar a la cima, el dracn mir a su alrededor. Me agach junto a uno de los peascos y pas una mano por encima para indicar su tersura, luego seal el mar. Jerry asinti. -Ae, gavey. -Seal colina abajo, hacia la cpsula, despus al lugar donde se encontraba-. Echey masu, nasesay. Arrugu la frente, despus seal la cpsula. -Nasesay? La cpsula? -Ae cpsula nasesay. Echey masu. Jerry seal sus pies. Yo negu con la cabeza. -Jerry, si t gavey cmo se alisan las rocas... -seal una de ellas-, entonces t gavey que masur la nasesay hasta aqu arriba no nos servir nada. -Hice un movimiento de vaivn de un lado a otro con ambas nos-. Olas. -Seal el mar-. Olas, aqu arriba. -Seal el sitio donde estaba-. Olas, echey. Ae, gavey Jerry examin la parte alta de la pendiente ya continuacin se rasc la cara. El dracn se puso en cuclillas junto a unas piedras pequeas y empez a ponerlas una encima de otra. -Viga, Davidge. Me puse en cuclillas junto a l y contempl sus giles dedos mientras construan un crculo de piedras que rpidamente tom la forma de un ruedo del tamao de una casa de muecas. Jerry puso uno de sus dedos en el centro del crculo.

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-Echey. nasesay. Los das en Fyrine IV parecan ser tres veces ms largos que en cualquier otro planeta habitable. Uso el trmino habitable con reservas. Nos llev buena parte del primer da subir trabajosamente la nasesay de Jerry hasta lo alto de la pendiente. La noche era demasiado oscura para trabajar y tan fra que te congelabas hasta los huesos. Extrajimos el lecho de la cpsula, lo que. dej suficiente espacio para que los dos nos acomodramos en el interior. El calor corporal calent un poco el ambiente; y matamos el tiempo durmiendo, mordisqueando la provisin de tabletas de Jerry (saben un poco a pescado mezclado con queso Cheddar) e intentando llegar a un acuerdo respecto al idioma. -Ojo. -Thuyo. -Dedo. -Zurath. -Cabeza. El dracn ri. -Lode -la, la, muy divertido. -Ja, ja. Al amanecer del segundo da empujamos e hicimos rodar la cpsula hasta el centro de la elevacin y la aseguramos con dos rocas de gran tamao, una de ellas con un saliente que confiamos sujetara la cpsula cuando una de aquellas olas inmensas la alcanzara. Alrededor de las rocas y de la cpsula cons truimos un cimiento de piedras grandes y llenamos las grietas con otras piedras ms pequeas. Cuando la pared lleg a la altura de la rodilla descubrimos que construir con aquella s piedras lisas y redond eadas y sin mortero no iba a dar resultado. Despus de algunos experimentos, averiguamos cmo romper las piedras para obtener caras planas con las que trabajar. Se hace cogiendo una piedra y dejndola caer con fuerza sobre otra. Nos turnamos, uno rompiendo y otro construyendo. La piedra era casi un vidrio volcnico. As que tambin Dos turnamos para extraer astillas de nuestros cuerpos. Nos cost nueve de aquello s das y noches interm inables comp letar las

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paredes, y en ese tiempo las olas llegaron cerca muchas veces y en una ocasin nos mojaron hasta el tobillo. Llovi durante seis de esos nueve das. El e quipo de supervivencia de la cpsula inclua una manta de plstico, que se convirti en nuestro techo. Se combaba en el centro, y el agujero que hicimos all permita que el agua corriera, mantenindonos casi secos y ofrecindonos una provisin de agua dulce. Bastara con una ola mnimamente decidida para que pudiramos decirle adis al techo; pero ambos tenamos confianza en las paredes, que casi tenan dos metros de espeso r en la base y como contorno un metro de grueso en la parte ms alta. Despus de terminar, nos sentamos en el interior y admiramos nuestra obra durante una hora, hasta que nos dimos cuenta de que ya no tenamos nada ms que hacer. -Y ahora qu, Jerry? -Ess? -Qu hacemos ahora? -Ahora esperar, nosotros. -Dijo el drac, indiferente-. Otra cosa qu, ne? Yo asent. -Gavey. Me levant y fui hasta el pasillo que habamos construido. Al no tener madera para hacer una puerta all donde se encont raban las paredes, habamos doblado una de ellas y la habamos extendido tres metros cerca de la otra pared con la abertura en contra de los vientos predominantes. Los vientos incesantes seguan molestndonos, pero la lluvia haba cesado. La choza no era gran cosa, pero contempl arla all, en el centro de una isla desierta, hizo que me sintiera bien. Tal y como haba dicho Slaszun: Vida inteligente enfrentndose al universo. O, al menos, se es el sentido que extraje del ingls chapucero de Jerry. Me encog de hombros, cog una afilada astilla de piedra e hice otra marca en la gran roca vertical que me serva de registro. Haba diez seales y bajo la sptima una pequea x para indicar la gran ola que casi cubr i la parte ms elevada de la isla. Tir a un lado la astilla. -¡Maldita sea, odio este lugar! -Ess? -La cabeza de Jerry se asom por la abertura-. Con quin hablar, Davidge? Mir con rabia al dracn, despus agit la mano. -Con nadie. -Ess va, nadie?

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-Nadie. Nada. -Ne gavey, Davidge. Me seal el pecho con un dedo. -¡Yo! ¡Estoy hablando conmigo mismo! Gavey eso, cara de sapo? Jerry neg con un gesto de cabeza. -Davidge, ahora yo dormir. No hablar tanto con nadie, ne? Y volvi a desaparecer tras la abertura. -¡Tu madre! Di media vuelta y camin ladera abajo. Claro que, hablando en trminos estrictos, cara de sapo, t no tienes madre... ni padre. Si pu dieras elegir, con quin te gustara estar atrapado en una isla desierta? Me pregunt si alguien, alguna vez, elegira un rincn hmedo y glacial del infierno para compartir su vida con un hermafrodita. Cuando llegu a la mitad de la cuesta segu el camino que haba sealado con rocas hasta llegar a la charca de agua salada que haba denominado Rancho Baboso. En tomo a la charca haba muchas rocas pulidas por el agua y debajo de esas rocas, bajo la orilla, habitaban las babosas anaranjadas ms grandes que Jerry y yo habamos visto. Hice el descubrimiento durante un descanso en la construccin de la choza y le ense los bichos a Jerry, que hizo un gesto de indiferencia. -Y qu? -Cmo que y qu? Mira, Jerry, esas tabletas de provisiones no durarn siempre. Qu comeremos cuando no quede ninguna? -Comeremos? .-Jerry observ la cavidad donde se retorcan los insectos e hizo una mueca. Ne, Davidge. Antes entonces recogemos. Buscar, encontrar nosotros, despus recoger. -Y si no nos encuentran? Qu, entonces? Jerry volvi a hacer una mueca y regres a la casa, que ya estaba medio terminada. -Agua beber, hasta recogida. Haba murmurado algo sobre excremento de kiz y mis papilas gustativas antes de perderse a la lejos. Desde entonces yo haba elevado la altura de las paredes de la charca, esperando que una mejor proteccin contra las inclemencias del tiempo aumentara el rebao. Mir debajo de varias rocas, pero no me pareci que su nmero hubiera aumentado. Y, de nuevo, me fue imposible forzarme a tragar uno de esos bichos. Volv a poner en su sitio la roca

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cuya base estaba examinando, me levant y mi r hacia el mar. Aunque la eterna capa de nubes segua negndole a la superficie el calor de los rayos de Fyrine, no llova y la neblina de costumbre se haba dispersado. Ms all del lugar donde yo haba llegado a la playa, el mar continuaba hasta el horizonte. Entre ola yola el agua era tan oscura como el corazn de un prestamista. Lneas paralelas de enormes olas se formaban aproximadamente a ci nco kilmetros de la isla. El centro, segn mi posicin, rompera en la isla, mientras el resto seguira su curso. A mi derecha, en lnea con las olas distingua con dificultad otra pequea isla a unos diez kilmetros de distancia. Siguiendo el curso de las olas, mir a lo lejos ya mi derecha, donde el color gris blanco del mar deba confundirse con el gris claro del cielo, haba una lnea negra en el horizonte. Cuanto ms me esforzaba por recordar los informes sobre las masas terrestres de Fyrine IV, ms se me olvidaba. Jerry tampoco recordaba nada..., al menos nada que pudiera decirme. Por qu bamos a recordar? Se supona que la batalla iba a ser en el espacio, ambos bandos intentaban negarse mutuamente una zona de estacionamiento orbita} en el sistema de Fyrine. Ningn bando deseaba poner los pies en los planetas de Fyrine y mucho menos disputar una batalla all. Sin embargo, se llamara como se llamase, era tierra firme y considerablemente mayor que el banco de arena y roca que estbamos ocupando. El problema era cmo llegar hasta all. Sin madera, fuego, hojas o pieles de animales, Jerry y yo ramos mucho ms pobres que un hombre de las cavernas. El nico objeto capaz de flotar que probamos era la nasesay. La cpsula. Por qu no? El nico problema real a superar era conseguir que Jerry lo aceptara. Aquella tarde, mientras el gris del cielo se converta lentamente en negro, Jerry y yo nos sentamos fuera de la choza, mordisqueando nuestras raciones de un cuarto de tableta. Los ojos amarillos del dracn estudiaron la lne a negra del horizonte, luego Jerry mene la cabeza. -Ne, Davidge. Peligroso ser. Me met en la boca el resto de mi racin y habl mientras masticaba. -Ms peligroso que permanecer aqu? -Pronto recoger nosotros, ne? Estudi aquellos ojos amarillos.

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-Jerry, crees en eso tanto como yo. -Me inclin hacia adelante en la roca y extend las manos-. Mira, nuestras posibilidades sern mucho mejores en una masa terrestre mayor. Proteccin contra las olas grandes, quiz comida... -Quiz no, ne? -Jerry seal el agua-. Cmo gobernar nasesay, Davidge? En eso, cmo gobernar? Ess eh lluvias, olas, despus llegar tierra, gavey? Bresha. -Las manos de Jerry se juntaron de repente-. Ess eh bresha nos lleva contra roca, ne? Entonces nosotros muertos. Me rasqu la cabeza. -Las olas van en esa direccin a partir de aqu, igual que el viento. Si la masa de tierra es lo bastante grande, no tenemos que gobernar, gavey? Jerry resopl. -Ne bastante grande. Entonces? -No he dicho que fuera una cosa segura. -Ess? -Una cosa segura, algo cierto, gavey? -Jerry asinti-. y en cuanto a que nos aplastemos contra las rocas, probablemente habr una playa como esta. -Cosa segura, ne ? Me encog de hombros. -No, no es una cosa segura, pero y si nos quedamos aqu? No sabemos lo enormes que pueden ser esas olas. y si viene una y se traga la isla? Qu pasar entonces? Jerry me mir, con los ojos entornados. -Qu all, Davidge? Una base Irkmaan, ne? Me ech a rer. -Ya te lo he dicho, no tenemos bases en Fyrine IV. -Por qu desear ir, entonces? -Simplemente por lo que he dicho, Jerry. Creo que nuestras posibilidades seran mejores. -Ummm. -El dracn cruz los brazos-. Viga, Davidge, nasesay no mover. Yo s. -Qu sabes? Jerry sonri orgulloso, luego se levant y entr en la choza. Al cabo de un momento volvi y tir a mis pies una vara metlica de dos metros de longitud. Era la que el dracn haba empleado para atar mis brazos.

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-Davidge, yo s. Alc las cejas y me encog de hombros. -En qu ests pensando? Es que eso no sali de tu cpsula? -Ne, Irkmaan. Me agach y cog la vara. Su superficie no estaba oxidada y en un extremo haba nmeros arbigos: un nmero de catlogo. Por un instante un torrente de esperanza me inund, pero se disip cuando comprend que se trataba de un nmero de catlogo civil. Tir la vara sobre la arena. -Es imposible saber cunto tiempo ha estado aqu, Jerry. Es un nmero de catlogo civil y no hubo ninguna misin civil en esta parte de la galaxia desde la guerra. Quiz sea el resto de una antigua operacin de siembra o grupo de exploracin. El dracn toc ligeramente la vara con la punta de la bota. -Nuevo, gavey? Mir a Jerry. -Gavey acero inoxidable? Jerry resopl y se volvi hacia la cabaa. -Yo quedar, nasesay quedar. Cuando t querer, ¡t irte, Davidge! Cuando la negrura de la prolongada noche hubo conquistado el cielo sobre nosotros, el viento se levant, bramando y silbando por los agujeros de las paredes. El techo de plstico se agit, subiendo y bajando con tal violencia que amenazaba con rasgarse o salir flotando en la noche. Jerry estaba sentado en el su elo de arena, su espalda apoyada en la nasesay como para dejar bien claro que dracn y cpsula no se moveran, aunque el modo en que el mar estaba subiendo pareca deb ilitar el argumento de Jerry. -Mar estar agitado ahora, Davidge, ne ? -Est demasiado oscuro para verlo, pero con este viento... Me encog de hombros, ms en mi provecho que en el del dracn, puesto que lo nico visible dentro de la choza era la plida luz que entraba por el techo. En cualquier momento podamos ser arrojados por el agua de aquel banco de arena. -Jerry, ests portndote como un tonto con esa vara. y lo sabes. -Surda.

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El dracn pareca contrito, si no totalmente desgraciado. -Ess? -Ess eh surda? -Ae. Jerry guard silencio un instante. -Davidge, gavey no cierto no es? Descifr las negaciones. -Te refieres a posible, tal vez, quiz? -Ae posibletalvezquiz. Flota dracn lrkmaan naves tiene. Antes guerra comprar, despus guerra capturar. Vara posibletalvezquiz ser dracn. -De modo que, si hay una base secreta en la gran isla, surda sea una base drac? -Posibletalvezquiz, Davidge. -Jerry, significa eso que quieres intentarlo? La nasesay? -Ne. -Ne? Por qu Jerry? Si puede haber una base drac... -¡Ne! ¡Ne hablar! El dracn pareca atragantarse con las palabras -Jerry, vamos a hablar, ¡Y ser mejor que creas que vamos a hablar! Si voy a morir en esta isla, tengo derecho a saber por qu. El dracn guard silencio largo rato. -Davidge... -Ess? -Nasesay, t coger. Mitad tabletas t llevar, Yo quedar. Mov la cabeza para despejarla. -Quieres que me lleva la cpsula yo solo? -Ser lo que t querer, ne? -Ae, pero por qu? Debes comprender que no van a rescatarnos. -Posibletalvezquiz. -Surda, nada. Sabes que no van a rescatamos. De qu se trata? Te da miedo el agua? Si es eso, hay otras posibilidades... -Davidge, t pico cerrar. Nasesay t tener. Yo ne necesitarte, gavey? Asent en la oscuridad. La cpsula estaba a mi disposicin. Para qu necesitaba llevarme a un drac grun..., sobre todo teniendo en cuenta que nuestra tregua poda expirar en

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cualquier momento? La respuesta me hizo sentir insignificante y ridculo..., humano. Quiz las dos cosas sean lo mismo. El dracn era todo lo que se interpona entre Willis Davidge y la soledad extrema. Sin embargo, exista el pequeo problema de seguir vivo. -Debemos ir juntos, Jerry. -Por qu? Not que me sonrojaba. Si los humanos sienten tal necesidad de compaa, por qu les avergenza admitirlo? -Simplemente porque debemos. Nuestras posibilidades sern me jores. -Solo, tus posibilidades mejores ser, Davidge. Yo ser tu enemigo. Asent de nuevo e hice una mueca en la oscuridad. -Jerry, gavey soledad? -Ne gavey. -Solitario. Estar sin compaa, solo. -Gavey t solo... Coger nasesay. Yo quedar. -Vaya... Mira, viga, no quiero. -Querer juntos ir? -Una risa ahogada, lenta y maliciosa, lleg del otro lado de la choza-. Gustar dracones? T quererme muerto, lrkmaan. -Ms risitas-. lrkmaan poorzhab en cabeza, poorzhab. -¡Olvdalo! Me apart de la pared, me dej caer, alis la arena y me encog de espaldas al dracn. El viento dio la impresin de amainar un poco y cerr los ojos para intentar dormir. Enseguida, los chasquidos y los crujidos del techo de plstico se combinaron con el fondo de bramidos y silbidos y not que mi cuerpo flotaba. Entonces mis ojos se abrieron al mximo ante un sonido de pasos en la arena. Me puse en tensin, dispuesto a saltar. -Davidge? -La voz de Jerry era muy sosegada. -Qu? O que el dracn se sentaba en la arena a mi lado. -T solitario, Davidge. Difcil hablar de eso, ne ? -y qu? El dracn murmur algo que se perdi en el viento. -Qu?

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Me volv y vi que Jerry miraba a travs de un agujero de la pared. -Por qu yo quedar aqu. Ahora, yo explicar, ne? -Vale. Por qu no? -contest con indiferencia. Jerry pareci luchar con las palabras, despus abri la boca para hablar. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. -¡Magasienna! -Ess? -dije mientras me ergua. Jerry seal el agujero. -¡Ola enorme! Apart al dracn y mir por el agujero. Una enfurecida montaa de blanca espuma se precipitaba hacia nuestra isla. Era difcil saberlo en la oscuridad, pero la ola que estaba delante pareca ms alta que la que noS haba mojado loS pies algunos das antes. Las olas que la seguan eran an mayores. Jerry puso una mano en mi hombro y yo le mir a loS ojos. NoS separamos y corrimos hacia la cpsula. Escuchamos Como la primera ola retumbaba ladera arriba mientras tantebamos en la oscuridad buscando el pestillo. Acababa de poner mis dedos en l cuando la ola rompi contra la choza, derrumbando el techo. En dcimas de segundo estuvimos bajo el agua, Con las corrientes internas de la choza agitndonos Como calcetines dentro de una lavadora. El agua retrocedi, y pude ver que la pared de la choza que paraba el viento se haba derrumbado. -¡Jerry! A travs de la pared derrumbada de fuera, vi al dracn tambalendose. -lrkmaan? Observ Como la segunda ola cobraba velocidad a espaldas de Jerry. -Kizlode, qu demonios hacer ah fuera? ¡Ven aqu! Me volv hacia la cpsula, an aposentada firmemente entre las dos rocas, y encontr el pestillo. Mientras yo abra la puerta, Jerry atra ves loS restos de la pared dando tumbos y cay sobre m. -Davidge... ¡Olas enormes seguir para siempre! ¡Para siempre! -¡Entra! Ayud al dracn a entrar y no esper a que se apartara. Me ech encima de Jerry y cerr la puerta justo cuando la segunda ola noS alcanzaba. Not que la cpsula se alzaba un poco y resonaba al chocar Con el saliente de una de las rocas.

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-Davidge, nosotros flotar? -No. Las rocas nos sujetan. Estaremos bien en cuanto las olas cesen. -T moverte. -Oh. Me apart del pecho de Jerry y me asegur en un extremo de la cpsula. Al cabo de un rato, la cpsula dej de moverse y el dracn y yo aguardamos la siguiente ola. -Jerry? -Ess? -Qu ibas a decir antes? -Por qu yo quedarme? -S. -Difcil hablar de eso, gavey? -Lo s, lo s. La siguiente ola nos alcanz y not que la cpsula ascenda y golpeaba la roca. -Davidge, gavey vi nessa? -Ne gavey. -Vi nessa... pequeo yo, gavey? La cpsula dej de golpear la roca y qued inmvil. -Qu es eso de pequeo yo? -Pequeo yo..., pequeo dracn. Mo, gavey? -Intentas decirme que ests preado? -Posibletalvezquiz. Mov la cabeza. -Un momento, Jerry. No quiero malentendidos. Preado... Vas a ser padre? -Ae, padre, dos-cero-cero en lnea, muy importante ser, ne? -Soberbio. Qu tiene que ver eso con que no quieras ir a la otra isla? -Antes, yo vi nessa, gavey? Tean muerto. -Tu hijo. Muri? -¡Ae! -El sollozo del dracn pareca haber sido arrancado de los labios de la madre universal-. Hacerme dao en cada. Tean muerto. Nasesay golpearnos en mar. Tean hacerse dao, gavey?

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-Ae, gavey. As que Jerry tena miedo de perder otro hijo. Yo estaba casi convencido de que el trayecto en la cpsula nos iba a costar muchos golpes, pero quedarnos en el banco de arena no mejoraba nuestras posibilidades. La cpsula llevaba quieta bastante rato, y decid arriesgarme a echar un vistazo fuera. Las pequeas ventanas abovedadas parecan estar cubiertas de arena, y abr la puerta. Mir a m alrededor, y todas las paredes haban sido aplastadas. Mir hacia el mar, pero no pude ver nada. -Parece que estamos seguros, Jerry... Levant los ojos hacia el cielo negruzco, y sobre m descollaba el penacho blanco de una ola inmensa que descenda. -¡Maga maldita sienna! -Cerr la compuerta bruscamente. -Ess, Davidge? -¡Agrrate, Jerry! El agua golpe la cpsula con tal fuerza que mis odos fueron incapaces de sentir el estruendo. Golpeamos la roca una vez, dos veces, luego notamos que nos retorcamos, que salamos disparados hacia arriba. Estir el brazo para sujtame, pero no pude porque la cpsula gir locamente hacia abajo. Ca encima de Jerry y despus fui despedido hacia la pared opuesta, donde me golpe la cabeza. Antes de perder el conocimiento, o que Jerry gritaba: -¡Tean! ¡Vi tean! ...El teniente puls su control manual y una silueta alta, humanoide y de color amarillo apareci en la pantalla. -¡Un drac asqueroso! -grit el auditorio de reclutas. El teniente se volvi hacia ellos. -Correcto. Es un drac. Noten que la raza drac es uniforme en cuanto al color: todos estn amarillos... Los reclutas rieron entre dientes con gran educacin. El oficial se puso serio ya continuacin empez a sealar diversos rasgos con un lpiz luminoso. -Las manos de tres dedos son caractersticas, por supuesto, igual que la cara casi sin nariz, que da al drac un aspecto similar al de un sapo. En general, la vista es algo mejor

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que en el ser humano, el odo ms o menos igual, y el olor... -El teniente hizo una pausa-. ¡EI olor es terrible! El oficial reaccion con satisfaccin ante las carcajadas de los reclutas. Cuando stos se hubieron calmado, el teniente seal un pliegue en el vientre de la figura. -Aqu es donde el drac guarda sus joyas familiare s..., todas. -Ms risitas-. S, los dracones son hermafroditas, con los rganos reproductores, tanto masculinos como femeninos, contenidos en el mismo individuo. -El teniente mir a los reclutasSi piensan decirle a un drac que se joda, tengan cuidado... ¡porque puede hacerlo! Las carcajadas cesaron y el teniente seal con su mano hacia la pantalla. -Si ven una de estas cosas, qu harn? -MATARLA... ...Hice que la pantalla y la computadora se centraran nicamente en el siguiente caza dracn, que pareca una x doble en la imagen de la pantalla. El drac gir rpidamente a la izquierda, despus otra vez a la derecha. Sent al piloto automtico tirando de mi nave en pos del caza, seleccionando, ignorando las imgenes falsas, intentando centrar su mira electrnica en el dracn. Vamos, cara de sapo..., un poco ms a la izquierda... La imagen de la x doble entr en los crculos de alcance de la pantalla y not que el proyectil unido al de mi caza sala disparado. ¡Vamos! A travs de la cubierta de mi cabina vi el destello de la detonacin del proyectil. Mi pantalla mostr al caza dracn sin control, cayendo en picado hacia la superficie velada por las nube s de Fyrine IV: Fui tras del drac para confirmar que lo haba derribado... La temper atura exterior aumentaba conforme mi nave rozaba la atmsfera superior. ¡Vamos, maldito, estalla! Cambi los sistemas de la nave a vuelo atmosfrico en cuanto qued claro que deba seguir al drac hasta la superficie. Todava por encima de las nubes, el dracn dej de caer en barrena y vir. Toqu el anulador del piloto automtico y tir de la palanca de mando hacia mi regazo. El caza oscil mientras yo intentaba ascender. Todo el mundo sabe que las naves de los dracones funcionan mejor en la atmsfera..., dirigindose hacia m en un curso de intercepcin... Por qu no abres fuego, sabandija... ? Justo antes de la colisin, el drac es expelido... sin energa; tengo que aterrizar a motor parado. Sigo la cpsula mientras cae a la deriva, intentando encontrar a ese dracn asqueroso y acabar la tarea...

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Estuve buscando a tientas por entre las tinieblas que me rodeaban durante lo que parecieron ser segundos, o aos. Sent que me tocaban. pero las partes de mi ser que eran tocadas parecan estar lejos. muy lejos. primero escalofros, despus fiebre. luego escalofros otra vez. y mi cabeza refrescada por una mano suave. Mis ojos se abrieron como estrechas rendijas y vi a Jerry movindose a mi lado. s ecando mi cabeza con algo fro. Logr emitir un susurro. -Jerry. El dracn me mir a los ojos y sonri. -Bien ir. Davidge. Bien ir. La luz que daba en la cara de Jerry fluctuaba, y ol humo. -Fuego. Jerry se apart y seal hacia el centro del suelo arenoso de la cabaa. Dej que mi cabeza girara hacia un lado y me di cuenta de que yaca en un lecho de ramas blandas y flexibles. Frente a mi cama haba otro lecho, y entre ambos crepitaba alegremente una hoguera. -Ahora tener fuego, Davidge. Y madera. Jerry seal el techo forrado con varas y grandes hojas. Me volv y mir alrededor. despus dej caer mi palpitante cabeza y cerr los ojos. -Dnde estamos? -Isla grande. Davidge. Ola enorme echarnos de banco de arena. viento y olas traernos aqu. T tener razn. -Yo... no lo entiendo. ne gavey. Si se necesitaban das para llegar a la isla grande desde el banco de arena. Jerry asinti y meti algo que pareca una esponja en una concha llena de agua. -Nueve das. Yo atarte a nasesay. luego aqu en playa desembarcar. -Nueve das? He estado sin conocimiento nueve das? Jerry neg con la cabeza. -Diecisiete. Aqu desembarcar ocho das... El dracn agit la mano a su espalda. -Hace ocho das. -Ae. Diecisiete das en Fyrine IV era bastante ms de un mes en la Tierra. Abr los ojos de nuevo y mir a Jerry. El dracn casi rebosaba de excitacin.

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-Qu tal tean. tu hijo? Jerry dio unos golpecitos a su abultada cintura. -Bien ir. Davdge. T hacerte ms dao en nasesay. Reprim un impulso de asentimiento. -Me alegro por ti. Cerr los ojos y volv la cara hacia la pa red hecha de una mezcla de varas y hojas. -Jerry? -Esss? -Me has salvado la vida. -Ae. -Por qu? Jerry guard silencio largo rato. -Davidge. En banco de arena t hablar. Ahora yo gavey soledad. -El dracn agit mi brazo-. Bien, ahora t comer. Me volv y observ el interior de una concha llena de un lquido humeante. -Qu es, sopa de pollo? -Ess? -Ess va? Seal la concha, notando por primera vez lo dbil que me encontraba. Jerry arrug la frente. -Como babosa, pero largo. -Una anguila? -Ae, pero anguila de tierra, gavey? -Te refieres a una serpiente? -Posibletalvezquiz. Baj la cabeza y puse los labios en el borde de la concha. Sorb un poco de caldo, tragu, y dej que el calorcillo reparador del lquido penetrara en mi cuerpo. -Bueno. -T querer Gusta? -Ess? -Custa.

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Jerry estir el brazo hacia el fuego y cogi un trozo de roca transparente y ms o menos cuadrada. La examin, la ara con la ua del pulgar, despus la toqu con la lengua. -¡Halita! ¡Sal! Jerry sonri. -Querer Gusta? -Todos los lujos. -Me ech a rer-. Claro que s, venga la Gusta.. Jerry cogi la halita, rompi una esquina con una piedra pequea y a continuacin us la piedra para moler los fragmentos encima de otra roca. Extendi la palma de la mano con una montaa minscula de grnulos blancos en el centro. Yo cog dos pellizcos, los ech en mi sopa de serpiente y revolv el lquido con el dedo. Despus tom un largo trago de caldo delicioso. Hice chasquear los labios. -Fantstico. -Bueno, ne? -Mejor que bueno: fantstico. Tom otro trago e hice una gran exhibicin chasqueando los labios y poniendo los ojos en blanco. -Fantstico, Davidge, ne ? -Ae. -Hice un gesto al dracn-. Creo que ya es suficiente. Quiero dormir. -Ae, Davidge, gavey Jerry cogi la concha y la puso junto al fuego. El dracn se levant, camin hasta la puerta y se volvi. Sus ojos amarillos me examinaron un instante, despus baj la cabeza, dio media vuelta y sali. Cerr los ojos y dej que el calor de la hoguera me adormeciera. Al cabo de dos das me levant para estirar las piernas dentro de la cabaa, y al cabo de otros dos das Jerry me ayud a salir fuera. La cabaa estaba situada en la cima de una colina alargada, entre un bosque de rboles (ninguno pasaba de cinco o seis metros). En la base de la pendiente, a ms de ocho kilmetros de la cabaa, se hallaba el mar siempre agitado. El dracn me haba llevado hasta all. Nuestra leal nasesay se haba llenado de agua y fue arrastrada otra vez hasta el mar poco despus de que Jerry me llevara a tierra firme. Con la cpsula se fue el resto de las tabletas de provisiones. Los dracones son muy remilgados con lo que comen, pero el hambre hizo que Jerry probara finalmente la flora y la fauna locales. El hambre y el fardo humano que se debilitaba con rapidez por falta de

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alimentacin. El dracn se haba decidido por un tipo de raz rgida y dulce, una baya verde que una vez seca serva para hacer un t acept able, y carne de serpiente. Explorando, Jerry haba descubierto una salina parcialmente desgastada. En los das que siguieron, me fortalec y mejor nuestra dieta con varias especies de moluscos marinos y una fruta que pareca un cruce de pera y ciruela. Conforme los das iban hacindose ms fros, el dracn y yo nos vimos forzados a admitir que Fyrine IV tena un invierno. Estando as las cosas, tenamos que enfrentarnos a la posibilidad de que el invierno fuera muy riguroso e impidiera la recogida de alimentos... y lea. Una vez secadas junto al fuego, las races y las bayas se conservaban bien, y ensayamos el salado y ahumado de la carne de serpiente. Con tiras de fibra procedente del matorral de bayas, Jerry y yo cosimos las pieles de las serpientes para tener ropa de invierno. Nos decidimos por un diseo que precisaba dos capas de pieles con el vello de las cpsulas de las bayas apretado entre ambas y sujeto mediante el acolchado de las capas. Convinimos en que la cabaa no servira. Nos cost tres das de bsqueda encontrar nuestra primera cueva, y tres ms para encontrar una cueva que nos satisficiera. La entrada permita contemplar el panorama eternamente atormentado del mar, pero estaba situada en un pequeo acantilado y muy por encima del nivel de las aguas. Alrededor de la entrada de la cueva encontramos grandes cantidades de madera seca y piedras sueltas. La madera la almacenamos para asegurarnos calor, y las piedras las usamos para cerrar la entrada, dejando espacio nicamente para una puerta con bisagras. Los goznes estaban hechos con pellejos de serpiente y para la puerta usamos varas unidas con fibra del arbusto de las bayas. La primera noche despus de terminar la puerta, los vientos marinos la destrozaron; y decidimos recurrir otra vez al diseo original que habamos empleado en el banco de arena. Establecimos nuestras habitaciones en una amplia cmara de suelo arenoso, bien dentro de la cueva. An ms adentro, la cueva tena estanques naturales de agua, que era excelente como bebida pero demasiado fra para baarse en ella. Usamos la cmara de los estanques como almacn. Revestimos las paredes de nuestras habitaciones con montones de lea e hicimos nuevas camas con pieles de serpiente y vello de cpsulas vegetales. En el centro de la cmara construimos un hogar respetable con una piedra grande y plana sobre las brasas a

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manera de plancha. La primera noche que pasamos en nuestro nuevo hogar descubr que, por primera vez desde mi cada en aquel condenado planeta, no oa el viento. Durante las largas noches, los dos nos sentbamos junto al hogar, hacamos cosas, guantes, sombreros, bolsas con pellejo de serpiente, y hablbamos. Para romper la monotona alternbamos los das hablando dracn e ingls, y cuando el invierno atac con su primera tormenta de hielo, ambos nos sentamos a gusto hablando en el idioma del otro. Hablamos del hijo de Jerry. -Qu nombre vas a ponerle, Jerry? -Ya tiene un nombre. Mira, la lnea Jeriba tiene cinco nombres. Yo me llamo Shigan. Antes estaba mi padre, Gothig. Antes de Gothig, Haesni. Antes de Haesni, Ty, y antes de Ty, Zammis. El nio se llama Jeriba Zammis. -Por qu slo cinco nombres? Un nio humano puede tener cualquier nombre que sus padres elijan. En realidad, en cuanto un humano se convierte en adulto, puede elegir cualquier nombre que desee. El dracn me mir, sus ojos llenos de pena. -Davidge, qu perdidos debis sentiros. Los humanos..., qu perdidos debis sentiros. -Perdidos? Jerry asinti. -De dnde vienes, Davidge? -Te refieres a mis padres? -S. -Recuerdo a mis padres -contest con indiferencia. -Ya sus padres? -Recuerdo al padre de mi madre. Cuando yo era nio solamos visitarlo. -Davidge, Qu sabes de este abuelo? Me acarici la barbilla. -Es algo vago... Creo que se dedicaba a la agricultura... No la s. - y sus padres? Negu con la cabeza. -Lo nico que recuerdo es que en algn punto de la lnea aparecen ingleses y alemanes. Gavey ingleses y alemanes? Jerry asinti.

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-Davidge, puedo recitar la historia de mi linaje hasta la colonizacin de mi planeta por Jeriba ty, uno de los colonizadores originales, hace ciento noventa y nueve aos. En los archivos de nuestro linaje, en Draco, se halla n los documentos que siguen la lnea a travs del espacio hasta el planeta natal, Sindie, ya partir de aqu otras setenta generaciones hasta Jeriba Ty, el fundador de la lnea Jeriba. -Cmo llega a fundador un individuo? -Slo el primognito conserva la lnea. Los productos de segundos, terceros o cuartos nacimientos deben encontrar sus lneas particulares. Yo asent, impresionado. -Por qu slo cinco nombres? Slo para que sea ms fcil recordarlos? -No. Los nombres son cosas a las que aadimos distinciones; son cinco nombres iguales, comunes, de modo que no oscurezcan los hechos que distinguieron a sus portadores. Mi nombre, Shigan, ha sido utilizado por grandes soldados, eruditos, estudiosos de la filosofa y varios sacerdotes. El nombre que llevar mi hijo ha sido utilizado por cientficos, profesos y exploradores. -Recuerdas todas las ocupaciones de tus antepasados? Jerry asinti. -S, y qu hicieron y dnde lo hicieron. Debes recitar tu linaje ante los archivos genealgicos para ser admitido como adulto, tal como fui admitido yo hace veintids aos. Zammis har lo mismo, pero deber iniciar su narracin... -Jerry sonri con mi nombre, Jeriba Shigan. -Eres capaz de recitar de memoria doscientas biografas? -Exacto. Fui hasta mi cama y me acost. Mientras contemplaba el humo que estaba siendo succionado por la grieta del techo de la cmara empec a comprender a qu se refera Jerry con la expresin sentirse perdido. Un dracn con varias docenas de generaciones en el estmago sabe quin es ya qu debe mantenerse fiel, -Jerry? -S, Davidge? -Querras recitarme las biografas?

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Volv la cabeza y mir al dracn, a tiempo para ver una expresin de extrema sorpresa mezclada con alegra. Slo despus de transcurridos muchos aos supe que le haba hecho un gran honor a Jerry al pedirle que recitara su linaje. Entre los dracones, se trata de una extraa expresin de respeto, no slo hacia el individuo, sino tambin para con su linaje. Jerry puso en la arena el sombrero que estaba cosiendo, se levant y empez. -Ante vosotros me presento, yo, Shigan, del linaje de Jeriba, nacido de Gothig, el maestro de msica, Msico de gran mrito. entre los estudiantes de Gothig estaban Datzizh de la lnea Nem, Perravane de la lnea Tuscor y numerosos msicos menores, Instruido en msica en el Shimuram, Gothig se present ante los archivos en el ao 11.051 y habl de su padre Haesni, el constructor de naves... Mientras escuchaba el envarado cotorreo de Jerry, la serie inversa de biografas -que empezaban con la muerte y acababan en la edad adulta-, experiment una sensacin de estar vinculado al tiempo, de ser capaz de conocer y tocar el pasado. Batallas, imperios erigidos y destruidos, descubrimientos, grandes logros. Un viaje a travs de doce mil aos de historia, pero percibida como un continuo bien definido, vivo. En contrapartida: Ante vosotros me presento, yo, Willis, del linaje Davidge, nacido de Sybil el ama de casa y Nathan el ingeniero civil de segunda categora, uno de ellos nacido del Abuelito, que probablemente tuvo algo que ve r con la agricultura, nacido de nadie en particular... ¡Caramba, qu poca cosa era yo! Mi hermano mayor era el representante de la lnea, no yo. Fui escuchando a Jerry y tom la decisin de memorizar el linaje Jeriba. Hablamos de la guerra: -Fue un truco muy bonito, atraerme a la atmsfera y despus embestirme. Jerry hizo un gesto de indiferencia. -Los pilotos de la flota dracn son mejores. Es algo bien sabido. Levant las cejas. -Por eso te chamusqu las plumas de la cola. eh? Jerry se encogi de hombros. arrug la frente y sigui cosiendo los pedazos de pellejo de serpiente. -Por qu los terrestres invaden esta parte de la galaxia, Davidge? Tuvimos miles de aos de paz antes de que llegarais.

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-¡Ah! Por qu invaden los dracs? Tambin nosotros estbamos en paz. Qu estis haciendo aqu? -Colonizamos estos planetas. Es la tradicin drac. Somos exploradores y fundamos colonias. -Bueno, cara de sapo. Qu piensas que somos nosotros, unos amantes del hogar? Los humanos llevan viajando por el espacio menos de dos siglos, pero hemos colonizado casi el doble de planetas que los dracs... Jerry levant un dedo. -¡Exactamente! Vosotros los humanos os extendis como una enfermedad. ¡Ya basta! ¡No os queremos aqu! -Buenos. estamos aqu, y aqu nos quedaremos. Y qu vais a hacer al respecto? -Ya ves lo que hacemos, lrkmaan. ¡Luchamos! -¡Puf! A esa pequea ria que tuvimos la llamas lucha? ¡Caramba. Jerry, os estbamos echando del cielo a patadas. ¡Pilotos de pacotilla!... -¡Perfecto, Davidge! ¡Por eso ests sentado aqu, tragando serpiente ahumada! Le hice una mueca al dracn. -¡Noto que tu aliento tambin tiene olor a serpiente, drac! Jerry solt un bufido y se apart del fuego. Yo me senta ridculo, primero porque no bamos a aclarar una discusin que haba atormentado a un centenar de mundos por ms de un siglo. y segundo porque quera que Jerry comprobara mi recitacin. Tena ms de un centenar de generaciones memorizadas. El dracn estaba de costado respecto a la hoguera, permitiendo que cayera sobre su regazo la luz suficiente para ver lo que cosa. -En qu ests trabajando, Jerry? -No tenemos nada de que hablar, Davidge. -Vamos, qu es? Jerry volvi la cabeza hacia m, despus mir otra vez su regazo y levant un minsculo vestido de piel de serpiente. -Para Zammis. Jerry sonri y yo mene la cabeza. Despus me ech a rer.

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Hablamos de filosofa: -T estudiaste a Shizumaat, Jerry. Por qu no me explicas sus enseanzas? -No, Davidge. -Jerry arrug la frente. -Es que las enseanzas de Shizumaat son secretas o algo por el estilo? Jerry hizo un gesto negativo con la cabeza. -No. Pero honramos demasiado a Shizumaat para hablar de l. Me rasqu la barbilla. -Te refieres a hablar de l, o a hablar de l con un humano? -No con humanos, Davidge. Simplemente no con vosotros. -Por qu? Jerry irgui la cabeza y entorn sus ojos amarillos. -Sabes perfectamente lo que dijis te... en el banco de arena. Me rasqu la cabeza y record vagamente el insulto que dediqu al dracn respecto a que Shizumaat coma aquello. Extend las manos. -Pero, Jerry, yo estaba frentico, furioso. No puedes hacerme responsable de lo que dije entonces. -S que puedo. -Servira de algo que me disculpe? -En absoluto. Me contuve para no decirle algo desagradable y volv a pensar en aquel momento, cuando Jerry y yo estbamos dispuestos a estrangularnos mutuamente. Record algo especial de aquel encuentro y apret los labios para no sonrer. -Me explicars las enseanzas de Shizumaat si te perdono... por lo que dijiste de Mickey Mouse? Inclin la cabeza para dar impresin de respeto, aunque la finalidad principal era contener una risita. Jerry me mir, su rostro pareca apenado por un sentimiento de culpabilidad. -Me he sentido mal por culpa de eso, Davidge. Si me perdonas, te hablar de Shizumaat. -En ese caso, te perdono, Jerry. -Una cosa ms. -Qu? -Debes hablarme de las enseanzas de Mickey Mouse.

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-Yo..., eh..., lo har tan bien como pueda. Hablamos de Zammis: -Jerry, qu quieres que sea el pequeo Zammy? El Drac se encogi de hombros. -Zammis debe portarse segn su nombre. Quiero que haga eso Con honor. Me conformar con eso. -Zammis elegir su profesin? -S. -Pero no hay nada especial que desees? -S, hay lago -asinti Jerry. -Qu es? -Que Zammis, un da, se encuentre fuera de este miserable planeta. -Amn. -Amn. El invierno se prolong hasta que Jerry y yo empezamos a preguntarnos si habamos llegado al principio de una poca glacial. Fuer a de la cueva, todo estaba cubierto con una espesa capa de hielo, y la baja temperatura, combinada Con los vientos Constantes, haca que aventurarse a salir fuera tentar a la muerte por congelacin o por una cada. Sin embargo, de mutuo acuerdo, ambos salamos para hacer nuestras necesidades corporales. Haba varias cmaras aisladas en la cueva; pero temamos infectar nuestro suministro de agua, por no mencionar el ambiente de la cueva. El principal riesgo en el exterior era bajarse loS calzoncillos Con un viento y una temperatura que helaba el aliento antes de que saliera por los pequeos manguitos faciales que habamos hecho Con nuestra ropa de vuelo. Aprendimos a no perder el tiempo. Una maana Jerry estaba fuera para hacer sus necesidades, mientras yo me haba quedado junto al fuego amasando races secas Con agua para hacer panes a la plancha. O que Jerry llamaba desde la entrada de la cueva. -¡Davidge! -Qu?

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-¡Davidge, ven enseguida! ¡Una nave! ¡Tena que ser eso! Dej la concha-tazn en la arena, me puse el sombrero y loS guantes y corr por el pasadizo. Al llegar cerca de la puerta desat el manguito que llevaba en torno al cuello y lo anud alrededor de mi boca y nariz para proteger mis pulmones. Jerry, con su cabeza arropada de modo similar, miraba al otro lado de la puerta, hacindome gestos. -De qu se trata? Jerry se apart de la puerta para dejarme mirar. -¡Vamos, mira! Sol. Cielo azul y sol. En la lejana, por encima del mar, ms nubes estaban acumulndose. Pero por encima de nosotros el cielo estaba despejado. Ninguno de los dos podamos mirar directamente el sol, pero volvimos nuestros rostros hacia l y sentimos los rayos de Fyrine IV en nuestra piel. La luz destellaba hacien do rutilar las rocas y los rboles cubiertos de nieve. -Maravilloso. -S. -Jerry asi mi manga con una mano enguantada-. Davidge, sabes qu significa esto? -Qu? -Hogueras de seales por la noche. Con una noche despejada, una gran hoguera puede verse en rbita, ne ? Mir a Jerry y luego al cielo. -No lo s. Si la hoguera fuera bastante grande, si tuviramos una noche despejada y si alguien eligiera ese momento para mirar... -Baj la cabeza-. Siempre suponiendo que haya alguien para mirar all arriba. -Not el dolor que empezaba a tener en los dedos-. Ser mejor que volvamos dentro. -Davidge, ¡es una posibilidad! -Qu usaremos como lea, Jerry? -Extend un brazo hacia los rboles que cubran y rodeaban la cueva-. Todo lo que arde tiene un mnimo de quince centmetros de hielo. -En la cueva. -Nuestra lea? -Mene la cabeza-. Cunto va a durar este invierno? Puedes estar seguro de que tenemos suficiente lea para desperdiciarla en hogueras de seales?

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-Es una posibilidad, Davidge. ¡Es una posibilidad! Nuestra supervivencia dependa de una tirada de los dados. Me encog de hombros. -Por qu no? Pasamos las horas que siguieron a rrastrando una cuarta parte de nuestra lea cuidadosamente almacenada y dejndola fuera de la boca de la cueva. Cuando acabamos y mucho antes de que llegara la noche, el cielo era otra vez un slido manto gris. Examinbamos el cielo varias veces cada noche, esperando que aparecieran las estrellas. De da a menudo tenamos que pasar varias horas rompiendo el hielo de la pila de lea. Sin embargo, esto nos dio esperanzas a los dos, hasta que la lea de la cueva se agot y tuvimos que empezar a cogerla prestada de la que habamos separado para hacer seales. Aquella noche, por primera vez, el dracn tena aspecto de sentirse absolutamente derrotado. Jerry estaba sentado ante el hogar, contemplando las llamas. Su mano se meti en la chaqueta de piel de serpiente a la altura del cuello y sac un pequeo cubo dorado colgado de una cadena. Jerry estrech el cubo entre ambas manos, cerr los ojos y empez a murmurar en dracn; le observ desde mi lecho hasta que acab. El drac suspir, baj la cabeza y volvi a poner el objeto dentro de su chaqueta. -Qu es eso? Jerry me mir, arrug la frente y despus toc la parte delantera de su chaqueta. -Esto? Es mi Talman..., lo que vosotros llamis Biblia. -Una Biblia es un libro. Ya sabes, con pginas que lees. Jerry sac el objeto de su chaqueta, musit una frase en dracn, ya continuacin accion un pequeo cierre. Otro cubo dorado cay del primero y el dracn me lo tendi. -Ten mucho cuidado con esto, Davidge. Me sent, cog el objeto y lo examin a la luz de la hoguera. Tres piezas de metal dorado unidas con bisagras formaban la encuadernacin de un libro que tena dos centmetros y medio de grosor. Abr el libro por la mitad y examin las dos columnas paralelas de puntos, lneas y rasgos ondulantes. -Est en drac. -Naturalmente. -Pero yo no s leerlo. Las cejas de Jerry se arquearon. -Hablas drac tan bien que no me acordaba de... Te gustara que te enseara?

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-A leer esto? -Por qu no? Tienes alguna cita urgente a la que acudir? -No. -Acerqu un dedo al libro e intent pasar una de las minsculas pginas. Quiz cincuenta de ellas pasaron a la vez-. No puedo separar las pginas. Jerry seal un pequeo bulto en la parte superior del lomo. -Saca el alfiler. Es para pasar las pginas. Saqu la aguja, la pas por una pgina y sta se liber de su compaera y salt al otro lado. -Quin escribi tu Talman, Jerry? -Muchos dracs. Todos grandes maestros. -Shizumaat? Jerry asinti. -Shizumaat es uno de ellos. Cerr el libro y lo sostuve en la palma de la mano. -Jerry, por qu has sacado esto ahora? -Necesitaba consuelo. -El dracn abri los brazos-. Este lugar. Quiz nos hagamos viejos y muramos aqu. Quiz no nos encuentren nunca. Lo comprend hoy, mientras entrbamos la lea de la hoguera de seales. -Jerry puso las manos en su vientre-. Zammis nacer aqu. El Talman me ayuda a aceptar lo que puedo cambiar. -Zammis. Cunto tiempo? Jerry sonri. -Pronto. Mir el diminuto libro. -Me gustara que me ensearas a leer esto, Jerry. El dracn cogi la cadena y la caja que rodeaban su cuello y me tendi ambas cosas. -Debes conservar el Talman en esto. Sostuve la cadena un instante, despus mov la cabeza. -No puedo quedarme esto, Jerry. Es obvio que tiene un gran valor para ti. Y si lo pierdo? -No lo perders. Consrvalo mientras aprendes. El estudiante debe hacerlo. Puse la cadena alrededor de mi cuello. -Es todo un honor. Jerry hizo un gesto de indiferencia.

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-Mucho menor que el tuyo al aprender de memoria el linaje de los Jeriba. Tu forma de recitarlo es impresionante y muy exacta. Jerry cogi una brasa de la hoguera, se levant y camin hasta el muro de la cmara. Aquella noche aprend las treinta y una letras y sonidos del alfabeto drac, as como los nueve sonidos y letras adicionales usados en los escritos dracones formales. La lea acab agotndose. Jerry estaba muy abatido y muy, muy enfermo, mientras Zammis se preparaba para hacer su aparicin, y todo lo que haca era arrastrarse hasta el exterior con mi ayuda para orinar o defecar. Por tanto, el trabajo de recoger lea, que significaba coger el bastn que nos quedaba y romper el hielo de los rboles muertos que haba en pie, recay en m, igual que cocinar. Un da particularmente ventoso not que el hielo de los rboles era menos grueso. En algn momento habamos doblado la esquina del invierno y nos dirigamos hacia la primavera. Pas el tiempo que dediqu a romper hielo sintindome de buen humor al pensar en la primavera, y saba que Jerry se alegrara con la noticia. El invierno estaba desmoralizando al dracn. Estaba trabajando entre los rboles encima de la cueva, recogiendo lea amontonada y tirndola abajo, cuando o un grito. Me qued parado, despus mir alrededor. No vi nada aparte del mar y el hielo que me rodeaba. Luego, otra vez el grito. -¡Davidge! Era Jerry. Solt la carga que llevaba y corr hacia la grieta del acantilado que serva de senda hasta los rboles ms elevados. Jerry chill de nuevo. y yo resbal y rod hasta llegar al lecho de roca a la misma altura de la entrada de la cueva. Me precipit hacia ella, corr por el pasadizo y llegu a la cmara. Jerry se retorca en su lecho, hundiendo los dedos en la arena. Ca de rodillas junto al dracn. -Estoy aqu, Jerry. Qu pasa? Qu es lo que va mal? -¡Davidge! El dracn tena los ojos en blanco y no vea nada. Su boca se movi en silencio, despus estall en otro grito. -¡Jerry, soy yo! -le agarr por los hombros, sacudindole-. Soy yo Jerry. ¡Davidge! Jerry volvi la cabeza hacia m, hizo una mueca y apret los dedos de una mano en torno a mi mueca izquierda con fuerza.

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-¡Davidge! Zammis... ¡Algo va mal! -Qu? Qu puedo hacer? Jerry chill otra vez; despus su cabeza cay sobre el lecho como si se hubiera desmayado. El dracn luch por recuperar la conciencia y atrajo mi cabeza hacia sus labios. -Davidge, debes jurar. -Qu, Jerry? Qu debo jurar? -Zammis... en Draco. Presentarse ante los archivos del linaje. Hacer esto. -A qu te refieres? Hablas como si estuvieras agonizando. -Estoy agonizando, Davidge. Zammis... la generacin nmero doscientos... muy importante. Presenta a mi hijo, Davidge. ¡Jralo! Enjugu el sudor de mi cara con mi mano libre. -No vas a morir, Jerry. ¡Lucha! -¡Basta! ¡Enfrntate a la verdad, Davidge! ¡Me muero! Debes ensear la lnea Jeriba a Zammis... y el libro, el Talman gavey? -¡Calla! -El pnico me acosaba casi como una presencia fsica-. ¡Deja de hablar as! No vas a morir, Jerry. Vamos, lucha, kislode hijo de puta... Jerry chill. Su respiracin era dbil y el dracn flotaba entre la conciencia y la inconsciencia. -Davidge. -Qu? Me di cuenta de que lloraba como un nio. -Davidge, debes ayudar a salir a Zammis. -Qu? ...Cmo? De qu demonios ests hablando? Jerry volvi su cara hacia el muro de la cueva. -Levanta mi chaqueta. -Qu? -Levanta mi chaqueta, Davidge. ¡Vamos! Sub la chaqueta de piel de serpiente, descubriendo el hinchado vientre de Jerry. El pliegue del centro estaba de un rojo brillante y rezumaba un lquido claro. -Qu..., qu debo hacer? Jerry respir con rapidez; despus, contuvo el aliento. -¡Desgrralo! ¡Debes desgarrarlo, Davidge! -¡No!

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-¡Hazlo! ¡Hazlo, o Zammis morir! -Qu me importa tu maldito hijo, Jerry? Qu puedo hacer para salvarte? -Desgrralo... -murmur el dracn-. Cuida de mi hijo, Irkmaan. Presenta a Zammis ante los archivos Jeriba. Jramelo. -Oh, Jerry... -¡Jralo! Asent. Grandes lgrimas calientes se deslizaron por mis mejillas. -Lo juro. Jerry afloj su presa en mi mueca y cerr los ojos. Me arrodill junto a l, atnito. -No. No, no, no, no. ¡Desgrralo! ¡Debes desgarrarlo, Davidge! Tend una mano y toqu cautelosamente el pliegue del vientre de Jerry. Sent vida que luchaba bajo la piel, intentando escapar a la sofocante presin de la matriz del dracn. Yo la odiaba; odiaba a la maldita criatura como nunca haba odiado ninguna otra cosa. Sus forcejeos se debilitaron y acabaron por cesar. P resenta a Zammis ante los archivos Jeriba. Jramelo... Lo juro... Levant la otra mano, insert mis pulgares en el pliegue y lo abr con suavidad. Aument la fuerza, despus desgarr el vientre de Jerry como un demente. El pliegue estall, humedeciendo la parte delantera de mi chaqueta con el fluido claro. Manteniendo abierto el pliegue, vi el cuerpo tranquilo de Zammis acurrucado en una cavidad llena de fluido, inmvil. Vomit. Cuando no me qued nada que arrojar, met las manos en el fluido y las puse bajo el infante del dracn. Lo alc, enjugu mi boca con la manga izquierda, la apret contra la boca de Zammis y abr los labios de la criatura con mi mano derecha. Tres, cuatro veces, infl los pulmones del nio, y despus ste tosi. Luego llor. At los dos cordones umbilicales con fibra de bayas y despus los cort. Jeriba Zammis se haba liberado de la carne muerta de su padre. Sostuve la roca sobre mi cabeza ya continuacin la descargu con toda mi fuerza sobre el hielo. Saltaron fragmentos all donde haba golpeado, descubriendo el verde oscuro que haba debajo. De nuevo, levant la roca y la de scargu, separando otra roca. La recog, me levant y la llev hasta el cadver medio enterrado del dracn.

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-El drac -musit. Limtate a llamarlo el drac. Cara de sapo. Reptil. El enemigo. Llmalo como quieras para aislar esos sentimientos del dolor. Contempl el montn de rocas que haba amontonado, decid que bastaba para completar la tarea y despus me arrodill junto a la tumb a. Mientras colocaba las rocas encima, sin pensar en el aguanieve empujado por la ventisca que congelaba mis pieles de serpiente, me esforc en contener las lgrimas. Di palmadas para ayudar a restituir la circulacin. La primavera se acercaba, pero todava resultaba peligroso permanecer fuera demasiado tiempo. y yo haba estado mucho tiempo construyendo la tumba del dracn. Cog otra roca y la puse en su sitio. Cuando el peso de la ro ca cay sobre la cubierta de piel de serpiente, me di cuenta de que ya estaba congelado. Coloqu rpidamente el resto de las rocas y me levant. El viento me hizo tambalear y mis pies casi resbalaron sobre el hielo prximo a la tumba. Mir hacia el mar hirviente, me envolv un poco mejor con mis pieles de serpiente y volv a contemplar la pila de rocas. Hacen falta algunas palabras. No entierras al muerto y despus te vas a comer. Hacen falta algunas palabras. Pero qu palabras? Yo no era demasiado religioso y tampoco lo haba sido el dracn. Su filosofa formal sobre el tema de la muerte era idntica a mi rechazo informal de los deleites islmicos, los Valhala paganos y las promesas para un futuro lejano de lo s judeocristianos. La muerte es la muerte. Finis. El fin. Polvo eres y en polvo te convertirs... Aun as, hacen falta algunas palabras. Met el brazo bajo las pieles de serpiente y apret con mi mano enguantada el cubo dorado del Talman. Not sus puntiagudos cantos a travs de mi guante, cerr los ojos y repas las palabras de los grandes filsofos dracones. Pero en sus escritos no haba nada para este momento. El Talman era un libro sobre la vida. Talman significa vida, y de ella se ocupa la filosofa dracn. No se interesan por la muerte. La muerte es un hecho, el fin de la vida. El Talman no tena palabras que yo pudiera pronunciar. El viento me acuchillaba, hacindome temblar. Mis dedos ya estaban ateridos y los pies empezaban a dolerme. Con todo, hacan

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falta algunas palabras. Pero las nicas palabras en que poda pensar iban a abrir la puerta, llenando de dolor mi ser..., hacindome comprender que el dracn haba muerto. Aun as..., aun as, hacen falta algunas palabras. -Jerry, yo... No tena palabras. Me alej de la tumba, dejando que mis lgrimas se mezclaran con el aguanieve. Con el calor y el silencio de la cueva a m al rededor, me sent en el camastro con la espalda apoyada en el muro. Intent perderme en las sombras y parpadeos de la luz reflejada por la hoguera sobre la pared opuesta. Las imgenes se formaban a medias y despus desaparecan danzando antes de que pudiera forzar mi mente a ver algo en ellas. Siendo nio sola contemplar nubes, y en ellas vea caras, castillos, animales, dragones y gigantes. Era un mundo de evasin y fantasa, algo para inyectar maravilla y aventura en la vida mundana, regularizada, de un chico de clase media que lleva una vida de clase media. Lo nico que vi en la pared de la cueva fue una representacin del infierno: llamas que laman las grotescas y retorcidas imgenes de almas condenadas. Este pensamiento me hizo rer. Concebimos el infierno como fuego, supervisado por un sdico de risa entrecortada con ropa interior roja de una sola pieza. Fyrine IV me haba enseado esto: el infierno es soledad, hambre y fro interminable. O un lloriqueo, y mir entre las sombras hacia el pequeo lecho en la parte trasera de la cueva. Jerry haba fabricado para Zammis un saco de piel de serpiente lleno de pelusa vegetal. Gimote de nuevo, y yo me inclin hacia adelante, preguntndome si necesitaba algo. Una punzada de temor recorri mis entraas. Qu come un nio drac? Los dracones no son mamferos. Lo nico que nos haban enseado en la instruccin era cmo reconocerlos... Eso, y como matarlos. Empec a sentir autntico miedo. -Qu demonios voy a usar como paales? La criatura volvi a lloriquear. Me puse en pie, camin por el suelo arenoso hasta llegar al lado del nio y me arrodill junto a l. En el fardo que era el viejo traje de vuelo de Jerry se agitaban dos brazos regordetes con manos de tres dedos. Levant el fardo, lo llev cerca de la hoguera y me sent en una roca. Puse el bulto en mi regazo y lo desenvolv con mucho cuidado. Vi el brillo amarillo de los ojos de Zammis bajo los prpados entorpecidos por el sueo. Desde la cara, casi desprovista de nariz y los dientes compactos, hasta su color

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amarillo subido, Zammis era en todos los aspectos una miniatura de Jerry, excepto por su gordura. Zammis era un pequeo barril de grasa. Le ech un vistazo y me-alegr descubrir que no haba suciedad. Mir a Zammis a los ojos. .-Quieres algo de comer? -Guh. Sus mandbulas estaban en condiciones de funcionar, y supuse que los dracones deban masticar alimento slido desde el primer da. Tend un brazo hacia la hoguera y cog un trozo de serpiente seca, pasndolo despus por los labios del nio. Zammis apart la cabeza. -Vamos, come. No encontrars nada mejor por aqu. Volv a poner la serpiente en los labios de l nio, y Zammis levant un brazo regordete y apart la carne. Me encog de hombros. -Bien, cuando tengas bastante hambre, aqu estar. -¡Guh meh! Su cabeza oscil de un lado a otro en mi regazo, una mano diminuta de tres dedos estrechaba mi dedo, y la criatura llorique otra vez. -No quieres comer, no necesitas que te limpien. Qu quieres entonces? Kos va nu? La cara de Zammis se arrug, y su mano tir de mi dedo. Su otra mano se agit en direccin a mi pecho. Levant a Zammis para arreglar el traje de vuelo, y las manos diminutas se extendieron, agarraron la parte delantera de mis pieles de serpiente y se aferraron mientras loS brazos regordetes atraa n al nio hacia mi pecho. Lo mantuve cerca de m, Zammis puso la mejilla en mi pecho y no tard en caer dormido. -Bueno... quin lo hubiera credo. Hasta que el dracn muri, jams comprend lo cerca que haba estado de la locura. Mi soledad era un cncer, un tumor que yo alimentaba con odio: odio al planeta con su eterno fro, vientos eternos y aislamiento eterno; odio al indefenso nio amarillo con su desgarradora necesidad de atencin, alimento y un afecto que yo no poda ofrecer; y odio hacia m mismo. Me encontr haciendo cosas que me asustaban y disgustaban. Para romper

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la slida muralla de estar solo, hablaba, gritaba y cantaba para m: maldiciones en voz alta, palabras sin sentido y gritos absurdos. Los ojos de Zammis estaban abiertos, y el nio agit un brazo rechoncho y canturre. Cog una piedra grande, avanc tambaleante hasta ponerme al lado del nio y sostuve el peso sobre el pequeo cuerpo. -Podra dejar caer esto, chico. Qu te pasara entonces? -Not que la risa acuda a mis labios. Tir la roca a un lado-. Por qu ensuciar la cueva? Fuera. Te pongo fuera un momento, ¡Y te mueres! Me oyes? ¡Te mueres! El nio agit sus manos de tres dedos en el aire, y llor. -Por qu no comes? Por qu no cagas? Por qu no haces nada normal, excepto llorar? El nio llor con ms fuerza. -¡Bah! ¡Debera coger esa roca y acabar! Eso es lo que debera... Una oleada de repugnancia contuvo mis palabras. Fui a mi camastro, cog el gorro, los guantes y el manguito, y me encamin hacia afuera. Antes de llegar a la entrada de la cueva, cubierta con rocas, not la fuerza punzante del viento. Una vez fuera me detuve y contempl el mar y el cielo: era un panorama irritante con sus gloriosos tonos blanco y negro, y gris sobre gris. Una rfaga de viento me abofete, hacindome retroceder hasta la entrada. Recuper el equilibrio, anduve hasta el borde del peasco y agit el puo haca el mar. -¡Sigue! ¡Sigue y sopla, kslode hijo de puta! ¡Todava no me has matado! Apret mis prpados quemados por el viento hasta cerrarlos, despus los abr y mir hacia abajo. Una cada de cuarenta metros hasta el prximo saliente, pero si tomaba impulso poda salvar el obstculo. Entonces habra ciento cincuenta metros hasta las rocas que estaban abajo. Saltar. Me apart del borde .del peasco. -¡Saltar! ¡Claro, saltar! -Agit la cabeza en di reccin al mar-. ¡No pienso hacer tu trabajo! ¡Si me quieres muerto, tendrs que conseguirlo t mismo! Me volv y mir arriba, por encima de la entrada de la cueva. El cielo estaba oscurecindose y, al cabo de pocas horas, la noche velara el pa isaje. Me dirig a la grieta del acantilado que conduca al bosque de arbolillos, por encima de la cueva. Me puse en cuclillas junto a la tumba del dr acn y examin las rocas que haba puesto all, ya unidas por una capa de hielo.

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-Jerry. Qu voy a hacer? El dracn se sent junto al fuego. Los dos cosamos. y hablamos: -Mira, Jerry, todo esto... -Alc el Talman-. Todo esto lo haba escuchado ya. Esperaba algo distinto. -El dracn dej su labor sobre su regazo y me contempl durante un instante. Luego movi la cabeza y prosigui su tarea. -No eres una criatura demasiado profunda, Davidge. -Qu pretendes decir con eso? -Jerry tendi su mano de tres dedos. -Un universo, Davidge... Hay un universo ah afuera, un universo de vida, objetos y hechos. Hay diferencias, pero es el mismo universo, y todos debemos obedecer las mismas leyes universales. Nunca has pensado en eso? -No. -A eso me refiero, Davidge, cuando digo que no eres muy profundo. -Puf. Te repito que ya haba odo hablar de ello y supongo que eso demuestra que los humanos son tan profundos como los dracs. Jerry se ech a rer. -Siempre insistes en deducir algo racial de mis observaciones. Lo que he dicho tena aplicacin para ti, no para la raza de los humanos... Escup en el suelo helado. -Los dracs os creis tan rematadamente listos... El viento sopl con ms fuerza, y not que saba a sal. Se aproximaba uno de los ventarrones. El cielo estaba cambiando a esa curiosa tonalidad oscura que se confunda con el color azul de medianoche. Un hilito de agua helada se escurri en mi cuello. -Qu hay de malo en ser uno mismo? ¡No todo el mundo ha de ser un maldito filsofo cara de sapo! Haba millones..., decenas de millones como yo. Ms quiz. -Qu importa que yo me preocupe o no por la existencia? Est aqu, eso es todo cuanto necesito saber. -Davidge, ni siquiera conoces tu genealoga ms all de tus padres, y ahora dices que te niegas a saber de tu universo algo que puedes conocer. Cmo sabrs cul es tu lugar en esta existencia, Davidge? Dnde ests? Quin eres?

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Mov la cabeza y contempl la tumba, despus me volv y mir el mar. Dentro de una hora, o menos, habr demasiada oscuridad para ver romper las olas. -Yo, soy yo. Pero era ese yo el que haba sostenido la roca encima de Zammis, amenazando con la muerte a un nio indefenso? Sent que mi sangre se helaba cuando, la soledad que crea experimentar, se arm de garras y colmillos y empez a roer y desgarrar la poca cordura que me quedaba. Me volv hacia la tumba otra vez, cerr los ojos y volv a abrirlos. -Soy piloto de combate Jerry. Eso no es nada? -Eso es lo que haces, Davidge. No es lo que t eres, eso no es ser t mismo. Me arrodill junto a la tumba y, con mis ma nos ara las rocas cubiertas de hielo. -¡No me hables ahora, drac! ¡Ests muerto! Pero me detuve al comprender que las palabras que haba odo procedan del Talman. Me desmay sobre las rocas, sent el viento y me puse en pie. -Jerry, Zammis no come. Ya hace tres das. Qu hago? Por qu no me explicaste algo sobre los mocosos drac antes de que...? -Me ll ev las manos a la cara-. Tranquilo, chico. Sigue as, y te metern en un manicomio. El viento me empujaba por la espalda. Baj las manos y me alej de la tumba. Estaba sentado en la cueva, mirando fijamente el fuego. Ya no oa el viento ms all de las rocas, y la madera estaba seca, haciendo que la hoguera fuera ardiente y silenciosa. Tamborile con los dedos en mis rodillas, despus me puse a canturrear. El ruido, de cualquier clase, serva para ahuyentar la opresiva soledad. -Hijo de puta. -Re y asent con la cabeza-. S, de verdad, y kizlode va nu, dutschaat. Re entre dientes, intentando recordar todos los insultos y obscenidades en dracn que me haba enseado Jerry. Eran bastantes. La punta de mi bota golpe la arena y mi canturreo empez de nuevo. Me detuve, arrugu la frente, y record la cancin. Altivo Cristo todopoderoso, quin demonios somos? Zim zam. Dios maldito del escuadrn B, somos.

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Me reclin en la pared de la cueva, intentando recordar otros versos. Un piloto tiene una vida podrida. / Nada de pastas con nuestro t / Tenemos que servir a la mujer del general/ y coger pulgas de su rodilla. Y si a l no le gusta te dir lo que haremos: llenaremos su trasero de vidrio roto y con cola se lo pegaremos. La cancin reson en el eco de la cueva. Me levant, extend los brazos y grit: -¡Yaaaaahoooooo! Zammis se puso a llorar. Me mord el labio y me acerqu al bulto que haba en el colchn. -Bueno? Ests listo para comer? -Unh, unh, weh. El nio movi la cabeza de un lado a otro. Me aproxim al fuego y cog un trozo de serpiente. Volv junto a Zammis, me arrodill y acerqu la comida a sus labios. De nuevo, el nio la apart. -Vamos, t. Debes comer. Lo intent otra vez con idnticos resultados. Apart las ropas del nio y observ su cuerpo. Saba que estaba perdiendo peso, aunque Zammis no pareca estar debilitndose. Me encog de hombros, lo tap de nuevo. Me levant y empec a caminar hacia mi colchn. -Guh, weh. Me volv. -Qu? -Ah, guh, guh. Me acerqu otra vez, me agach y cog al nio. Sus ojos estaban abiertos y miraba mi cara; despus sonri. -De qu te res, feo? Va a salir un sapo de tu cara. Zammis emiti una risa breve y luego gorje. Fui hasta mi colchn, me sent y puse a Zammis en mi regazo. -Gumma, buh, buh para ti tambin. Bueno, y ahora qu hacemos? Qu te parece si empiezo a ensearte el linaje de los Jeriba? Tendrs que aprenderlo algn da y ahora

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podra ser el momento adecuado. El linaje de los Jeriba. La nica vez que Jerry me felicit fue cuando recit el linaje. Mir a Zammis a los ojos. -Cuando te lleve a que te presentes ante los ar chivos Jeriba debers decir: Ante vosotros me presento, yo Zammis, de la lnea de Jeriba, nacido de Shigan, el piloto militar. Sonre, pensando en las cejas amarillas que se levantaran de asombro, si Zammis prosiguiera diciendo: y, caramba, Shigan fue tambin un piloto condenadamente bueno. S, una vez me contaron que consigui huir con mucha astucia, despus vir y embisti al kizlode hijo de puta, por todos conocido como Willis E. Davidge.... Mov la cabeza. -No progresars mucho si recitas el linaje en ingls, Zammis. Empec otra vez: -Naatha nu enta va, Zammis zea does Jeriba. Estay va Shigan, asaam naa denvadar... Durante ocho de aquellos largos das y noches tem que el nio muriera. Lo intent todo: races, bayas y ciruelas secas, carne de serpiente seca, hervida, masticada y molida. Zammis lo rechaz todo. Hice frecuentes comprobaciones, pero siempre que miraba entre las ropas del nio las encontraba tan limpias como cuando se las haba puesto. Zammis perda peso, pero pareca hacerse ms fuerte. Al noveno da se arrastr por el suelo de la cueva. Incluso con la hoguera, la cueva no era realmente clida. Yo tena miedo de que el nio enfermara por gatear desnudo, y lo vest con la ropa y el gorro diminuto que Jerry haba hecho para l. Despus de vestirlo levant a Zammis y lo contempl. El nio ya saba sonrer, una sonrisa llena de malicia que, combinada con el guio de sus ojos amarillos con su ropa y su gorro, le daba el aspecto de un diablillo. Lo puse de pie. El nio pareca poder sostenerse solo, y lo solt. Zammis sonri, agit sus brazos cada vez ms delgados, luego ri y dio un paso vacilante hacia m. Cuando cay, lo cog y el pequeo drac chill. Al cabo de dos das ms Zammis caminaba y se meta en cualquier sitio. Pas muchos momentos de angustia buscando al nio en la s cmaras de la parte trasera de la cueva, despus de mis salidas al exterior. Finalmente, cuando lo encontr en la boca de la cueva dirigindose hacia fuera a toda velocidad, ya no pude ms. Hice unos arneses con piel de serpiente, los un a una correa fabricada con piel de serpiente y at el otro extremo a un saliente rocoso ms alto que yo. Zammis sigui metindose por todas partes, pero al menos poda controlarlo.

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Cuatro das despus de que aprendiera a caminar, el nio quiso comer. Los bebs drac son probablemente los nios ms cmodos y considerados del universo. Viven de su grasa durante tres o cuatro semanas terrestres, y durante todo ese tiempo jams se ensucian. Una vez que aprenden a andar quieren ir a todas partes, y quieren comer y empiezan a evacuar sus excrementos. Ense una vez al nio a usar la pequea caja que haba construido con esa finalidad, y no tuve que hacerlo ms. Al cabo de cinco o seis lecciones, Zammis supo vestirse y desvestirse. Viendo aprender y crecer al pequeo drac, empec a comprender a los pilotos de mi escuadrn que solan aburrirse mutuamente y en grupo con incontables fotos de nios deformes acompaando cada instantnea con media hora de charla. Antes de que el hielo se fundiera, Zammis hablaba. Le ense a llamarme to. A falta de un trmino mejor, llam primavera a la estacin en que se funda el hielo. Transcurrira mucho tiempo antes de que el bosquecillo mostrara algn tono verde o las serpientes se aventuraran a salir de sus agujeros invernales. El cielo mantena su eterna cubierta de nubes oscuras y colricas, y el ag uanieve segua presentndose y cubriendo todo con una capa vidriosa, dura y resbaladiza. Pero al da siguiente la capa se funda, y el aire ms clido penetraba otro milmetro en el suelo. Comprend que sta era la poca de recoger lea. Antes de que el invierno atacara y trabajando juntos Jerry y yo, no habamos logrado almacenar lea suficiente. El corto verano tena que emplearse en preparar comida para el siguiente invierno. Yo confiaba en construir una puerta ms recia para la boca de la cueva, y me jur que inventara algn tipo de desages interiores. Bajarse los calzoncillos en pleno invierno era arriesgado. Mi cabeza estaba llena de estas cosas cuando me tend en el camastro y observ el humo que sala en espiral por una grieta del techo de la cueva. Zammis estaba en la parte trasera de la cueva jugando con algunas piedras que haba encontrado, y deb de quedarme dormido. Cuando despert el nio me sacuda el brazo. -To? -Qu, Zammis? -To, mira. Me volv hacia la izquierda y le mir. Zammis sostena ante m su mano derecha con los dedos separados. -Qu ocurre, Zammis?

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-Mira. -Seal uno por uno sus tres dedos-. Uno, dos, tres. -Y? -Mira. -Zammis cogi mi mano derecha y abri los dedos-. Uno, dos tres, ¡cuatro, cinco! Asent. -Ya veo que sabes contar hasta cinco. El dracn se puso muy serio e hizo un gesto de impaciencia con sus minsculos puos. -Mira. Cogi mi mano extendida y coloc la suya encima. Con la otra mano, Zammis seal primero uno de sus dedos, despus uno de los mos. -Uno, uno. Los ojos amarillos del nio me examinaron para ver si comprenda. -S. El nio seal de nuevo. -Dos, dos. -Me mir, luego volvi la vista a mi mano y seal-. Tres, tres. A continuacin cogi mis otros dos dedos. -¡Cuatro, cinco! -Solt mi mano, despus seal al lado de la suya-. Cuatro, cinco? Mene la cabeza. En menos de cuatro meses terrestres, Zammis haba captado parte de la diferencia entre dracones y humanos. Un nio humano tena que poner..., cuntos aos? ..., cinco, seis o siete, antes de formular preguntas como sta. Suspir. -Zammis... -S, to? -Zammis, t eres un dracn. Los dracones slo tienen tres dedos. Yo soy humano. Tengo cinco. Juro que las lgrimas brotaron de los ojos del nio. Zammis alz las manos, se las mir y luego mene la cabeza. -Crece cuatro, cinco? Me sent y mir al chico. Zammis estaba preguntndose dnde se hallaban sus otros cuatro dedos. -Mira, Zammis. T y yo somos diferentes..., seres diferentes, comprendes? Zammis neg con la cabeza.

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-Crece cuatro, cinco? -No te crecern. Eres un drac. -Seal mi pecho-. Yo soy humano. Todo esto no me estaba conduciendo a ningn sitio. -Tu padre, del que saliste, era un drac. Comprendes? Zammis arrug la frente. -Drac. Qu drac? El impulso de recurrir a ese eterno sustitu to y el ya aprender s cuando seas mayor aporreaba mi mente. Mov la cabeza. -Los dracs tienen tres dedos en las manos. Tu padre tena tres dedos en cada mano. -Me rasqu la barba-. Mi padre era humano y tena cinco dedos en cada mano. Por eso yo tengo cinco dedos en cada mano. Zammis se arrodill en la arena y examin su s dedos. Levant los ojos hacia m, volvi a observar sus manos y me mir. -Qu padre? Observ al nio. Deba de estar padeciendo algo as como una crisis de identidad. Yo era la nica persona que l haba visto, y tena cinco dedos en cada mano. -Un padre es... el ser... -Me frot la barba otra vez-. Mira..., todos venimos de algn sitio. Yo tuve madre y padre..., dos tipos distintos de ser humano que me dieron vida..., que me hicieron, comprendes? Zammis me lanz una mirada que poda interpretarse como chico, no te aclaras. Me encog de hombros. -No s si puedo explicarlo. Zammis seal su pecho. -Mi madre? Mi padre? Extend las manos, las dej en mi regazo, frunc los labios, me rasqu la barba y, en resumen, intent ganar tiempo. Zammis mantuvo fijos los ojos en m, sin pestaear, todo el rato. -Mira, Zammis, t no tienes una madre y un padre. Yo soy humano, por eso los tuve. T eres un drac. Tienes un padre..., slo uno, entiendes? Zammis dijo que no con la cabeza. Me mir y despus seal su pecho. -Drac. -Exacto. Zammis seal mi pecho.

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-Humano. -Exacto otra vez. Zammis apart la mano y la dej caer en su regazo. -De dnde sale drac? ¡Santo cielo! Intentar explicar la reproduccin hermafrodita a un nio ¡que ni siquiera deba gatear todava! -Zammis... -Levant las manos, despus las dej caer en mi regazo-. Mira. Ves que soy mucho ms grande que tu? -S, to. -Bien. -Me pas los dedos por el pelo, esforzndome en ganar tiempo e inspirarme-. Tu padre era grande, como yo. Su nombre era... Jeriba Shigan. -Curioso: slo pronunciar su nombre me causa dolor-. Jeriba Shigan era como t. Slo tena tres dedos en cada mano. Te hizo a ti en su barriguita. -Toqu el vientre de Zammis-. Comprendes? Zammis solt una risita y puso las manos en su estmago. -To, cmo se hacen los dracs aqu? Puse las piernas encima del colchn y me tend. Cmo se forman los draconitos? Mir a Zammis y vi que el nio estaba pendiente de cualquier palabra que dijera. Hice una mueca y expliqu la verdad. -Ojal lo supiera. Zammis. Ojal lo supiera. Treinta segundos ms tarde. Zammis haba vuelto a jugar con sus piedras. En verano, le ense a Zammis a capturar y despellejar las largas serpientes grises, y cmo ahumar su carne. El nio se pona en cuclillas en la orilla poco profunda, junto a una charca de barro. Sus ojos amarillos miraban fijamente en los nidos de serpientes de la ribera, aguardando a que una de sus ocupantes asomara la cabeza. El viento soplaba, pero Zammis no se mova. Pasado un tiempo, pareca una cabeza aplastada y triangular, dotada de pequeos ojos azules. La serpiente examinaba la charca, se volva y examinaba la orilla, luego examinaba el cielo. Sala un poco del agujero, despus volva a examinarlo todo. Con frecuencia las serpientes miraban directamente a Zammis, pero el drac habra podido pasar por una estatua de piedra. Zammis no se mova hasta que el reptil estaba tan alejado del agujero que no poda volver a meterse dentro. Entonces Zammis atacaba, cogiendo la serpiente con ambas manos justo por detrs de la cabeza. Los animales no posean dientes y

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no eran venenosos, pero de vez en cuando tenan el vigor suficiente como para arrojar a Zammis dentro de la charca. Las pieles eran extendidas y enrolladas alrededor de unos troncos de rbol y colocadas convenientemente para que se secaran. Los troncos se ponan al aire libre cerca de la entrada de la cueva, protegidos por un saliente alejado del ocano. Slo dos terceras partes de las pieles as dispuestas acababan secndose: el resto se pudra. Al otro lado de la sala de pieles estaba el ahumadero: una cmara cerrada con piedras donde bamos colgando la carne de serpiente. Se preparaba una hoguera con lea verde en un agujero del suelo de la cmara; luego llenbamos la pequea abertura con rocas y tierra. -To, por qu no se pudre la carne despus de ahumarla? Pens en la pregunta. -No estoy seguro. Slo s que no se pudre. -Por qu lo sabes? Me alc de hombros. -Lo s. Le sobre eso, seguramente. -Qu es leer? -Leer. Igual que cuando me siento y leo el Talman. -Dice el Talman por qu no se pudre la carne? -No. Quiero decir que segurame nte lo le en otro libro. -Tenemos ms libros? Negu con la cabeza. -Me refiero a antes de que yo llegara a este planeta. -Por qu viniste a este planeta? -Ya te lo expliqu. Tu padre y yo quedamos atrapados aqu durante la batalla. -Por qu humanos y dracs pelean? -Es muy complicado. Alc las manos, indeciso. La versin humana deca que los dracs eran enemigos que invadan nuestro espacio. La versin drac deca que los humanos eran enemigos que invadan su espacio. La verdad?

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-Zammis, es algo relacionado con la colonizacin de nuevos planetas. Ambas razas estn expandindose y las dos tienen una tradicin de explorar y colonizar nuevos planetas. Supongo que nos invadimos mutuamente. Entiendes? Zammis asinti, despus guard un compasivo silencio y empez a meditar profundamente. Lo ms importante que aprend del pequeo drac fue la cantidad de preguntas para las que yo no tena respuesta. Por lo tanto, me satisfaca enormemente haber logrado que Zammis comprendiera por qu haba guerra. Compensando de paso mi ignorancia en el tema de conservar carne. -To? -S, Zammis. -Qu es un planeta? Cuando el fro y hmedo verano termin, tenamos la cueva atestada de lea y de carne seca. Acabada esa tarea, concentr mis esfuerzos en hacer algn tipo de desages interiores, partiendo de las charcas naturales de las cmaras ms profundas de la cueva. La baera no fue un problema. Metiendo rocas calientes en una de las charcas, el agua poda tener una temperatura soportable, incluso agradable. Despus del bao, los tallos huecos de una planta similar al bamb podan usarse para extraer el agua sucia. A continuacin era posible volver a llenar la baera con el agua de la charca superior. El problema era dnde verter el agua. Varias cmaras tenan agujeros en el suelo. Los primeros tres agujeros que probamos desaguaban en nuestra cmara principal, humedeciendo el corto reborde prximo a la entrada. El invierno anterior, Jerry y yo habamos pensado en usar uno de estos agujeros como retrete, que llenaramos con el agua de las charcas. Puesto que no sabamos dnde brotaran los aromas celestiales, nos decidimos en contra de la idea. El cuarto agujero que Zammis y yo probamos desaguaba bajo la entrada de la cueva en una de las paredes del acantilado. No era ideal, pero s mejor que contestar a la llamada de la naturaleza en medio de una mezcla de tormenta de hielo y ventisca. Preparamos el agujero como desage, tanto para la baera como para el retrete. Zammis y yo nos preparamos para gozar de nuestro primer bao caliente. Me quit las pieles de serpiente, comprob el agua con la punta del pie y despus entr en ella.

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-¡Fabuloso! -Me volv a Zammis, que an estaba medio vestido-. Vamos, Zammis. El agua est deliciosa. Zammis estaba mirndome fijamente con la boca abierta. -Qu ocurre? El nio me mir con los ojos muy abiertos, y despus me seal con su mano de tres dedos. -To... que es eso? Baj la vista. -Oh -Mov la cabeza, luego levant los ojos haca el nio-. Zammis, ya te expliqu todo esto, recuerdas? Soy humano. -Pero para qu es eso? Tom asiento en la baera llena de agua caliente, apartando de la vista el objeto de discusin. -Es para la eliminacin de resi duos lquidos..., entre otras cosas. Bueno, entra y lvate. Zammis se quit sus pieles de serpiente, contempl la piel lisa de su doble sistema reproductor y se meti en la baera. El nio se hundi en el agua hasta el cuello, sus ojos amarillos no dejaban de observarme. -To? -S? -Qu otras cosas? Bien, tuve que darle explicaciones a Zammis: Por primera vez, el drac pareci dudar de la veracidad de mi respuesta, en lugar de conformarse como de costumbre, y aceptar cuanto yo le deca. De hecho, yo estaba seguro de que Zammis pensaba que menta..., probablemente porque era cierto. El invierno se inici con una rociada de copos de nieve transportados por una suave brisa. Llev a Zammis al bosquecillo ms arriba de la cueva. Cog de la mano al nio mientras permanecamos ante el montn de rocas que era la tumba de Jerry. Zammis se apret las pieles de serpiente para protegerse del viento, inclin la cabeza, se volvi y me mir a los ojos. -To, sta es la tumba de mi padre? -S. Zammis volvi a mirar la tumba, luego movi la cabeza.

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-To, cmo tendra que sentirme? -No te comprendo, Zammis. El nio seal la tumba con la cabeza. -Veo que t ests triste aqu. Creo que quieres que yo sienta lo mismo. Verdad? Arrugu la frente y sacud la cabeza. -No. No quiero que ests tr iste. Solo quera que supier as dnde est la tumba. -Puedo irme ya? -Claro. Ests seguro de conocer el camino de vuelta a la cueva? -S. Solo quiero asegurarme de que mi jabn no vuelva a quemarse. Observ al nio mientras daba media vuelta y se escabulla entre los rboles desnudos, luego volv a mirar la tumba. -Bueno, Jerry, qu piensas de tu hijo? Zammis us cenizas para limpiar la grasa de las conchas, despus ha puesto una en el fuego, con agua, para hervir la carne seca. Grasa y cenizas, y hay algo ms, Jerry, estamos haciendo jabn. La primera hornada de Zammis casi nos despellej, pero el chico est mejorando la tcnica... Mir hacia las nubes, despus hacia el mar. En la lejana, empezaban a formarse nubarrones oscuros. -Ves eso? Ya sabes lo que significa, verdad? Tormenta de hielo numero uno. El viento cobr fuerza y me arrodill junto a la tumba para poner en su lugar una roca que haba cado del montn. -Zammis es un buen chico, Jerry. Quise odiarlo..., despus de tu muerte. Quise odiarlo. Puse la roca en su sitio y volv a mirar el mar. -No s cmo vamos a salir del planeta, Jerry... Capt un destello de movimiento por el rabillo del ojo. Me volv hacia la derecha y mir por encima de las copas de los rboles. Con el cielo gris como fondo, una motita negra se alejaba velo zmente. La segu con la vista hasta que subi por encima de las nubes. Prest atencin, esperando or el rugido de los gases de escape, pero mi corazn lata excesivamente y lo nico que pude or fue el viento. Sera una nave? Me levant, di algunos pasos hacia donde estaba aquella manchita, y me detuve. Al volver la cabeza vi que las rocas de la tumba de Jerry ya estaban cubiertas con una fina capa de nieve. Me encog de hombros y me dirig a la cueva. -Probablemente era slo un pjaro.

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Zammis estaba sentado en su colchn, haciendo agujeros en unos trozos de piel de serpiente con una aguja de hueso. Me tend en mi camastro, y contempl el humo que suba en espiral hacia la grieta del techo. Haba sido un pjaro? O una nave? Maldita sea, no lograba quitrmelo de la cabeza. Huir del planeta haba estado fuera de mis pensamientos, enterrado, oculto durante todo aquel verano. Pero aquel problema se planteaba de nuevo en m. Andar por una tierra donde br illara el sol, vestir otra ve z ropa, sentir lo que era una calefaccin central, comer alimentos preparados por un chef, volver a estar entre... personas. Me puse de costado y mir fijamente la pared que haba junto a mi lecho. Personas, seres humanos. Cerr los ojos y tragu saliva. Chicas humanas. Hembras. Las imgenes flotaron ante mis ojos: caras, cuerpos, parejas que rean, el baile despus de la instruccin... Cmo se llamaba? Dolora? Dora? Agit la cabeza, me di la vuelta y me sent de cara al fuego. Por qu tena que recordar todo aquello? Cosas que haba sido capaz de enterrar en el olvido... ahora bullan de nuevo en mi mente. -To? Mir a Zammis. Piel amarilla, ojos amarillos, cara de sapo sin nariz. Mene la cabeza. -Qu? -Algo anda mal? Algo va mal, ah. -No. Solamente pensaba en que haba visto algo hoy. Probablemente no era nada. Extend la mano hacia el fuego y cog un trozo de serpiente seca de la plancha. Sopl y mordisque la correosa tira. -Qu aspecto tena? -No lo s. Por la forma en que se mova, pens que poda ser una nave. Se alej tan de prisa que no puedo estar seguro. Tal vez era un pjaro. -Un pjaro? Observ a Zammis. l nunca haba visto un pjaro, y en Fyrine IV, yo tampoco los haba visto nunca. -Un animal que vuela. Zammis asinti. -To, cuando estbamos recogiendo lea en el bosquecillo, vi algo que volaba. -Cmo? Por qu no me lo dijiste?

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-Quera hacerlo, pero me olvid. -¡Te olvidaste! -Me puse muy serio-. -En qu direccin iba? Zammis seal la parte trasera de la cueva. -Hacia all. Lejos del mar. -Zammis dej lo que estaba cosiendo-. Podemos ir a ver adnde iba? Negu con la cabeza. -El invierno acaba de empezar. No sabes lo que es eso. Moriramos en unos cuantos das. Zammis volvi a su piel de serpiente. Hacer una caminata en pleno invierno nos matara. Pero en primavera las cosas seran distintas. Podramos sobrevivir con pieles de serpiente dobles y pelusa vegetal, y una tienda. Necesitbamos una tienda. -Zammis y yo podamos pasar el invierno hacindola-, y mochilas. Botas. Necesitbamos unas botas para caminar. Haba que pensar en eso... Es curioso cmo llega a prender una chispa de esperanza, propagndose hasta consumir toda la desesperacin. Era una nave? No lo saba. Y si lo era, estara despegando o aterrizando? Tampoco lo saba. Si estaba despegando, nos encaminaramos en la direccin equivocada. Pero la direccin opuesta significara tener que cruzar el mar. Por lo tanto, era lo mismo. La prxima primavera iramos ms all del bosquecillo y veramos qu haba all. El invierno pareci pasar rpidamente: Zammis estaba ocupado con la tienda y yo dedicaba mi tiempo a redescubrir el arte de hacer botas, Dibuj los contornos de nuestros pies en piel de serpiente y, de hacer varios experimentos, descubr que hirviendo el pellejo con el fruto de las bayas, ste quedaba blando y gomoso. Escog varias de estas capas elsticas, y las dej aparte para que secaran; el resultado fue una suela resistente y flexible. Cuando acab las botas de Zammis, el dracn ya necesitaba un par nuevo. -Son demasiado pequeas, to. -Qu significa demasiado pequeas? Zammis seal sus pies. -Hacen dao. Me aprietan mucho los dedos. Me agach y toqu la parte superior del calzado por encima de los dedos del nio. -No lo entiendo. Slo han pasado veinte o veinticinco das desde que tom las medidas. Ests seguro de que no te moviste entonces? Zammis neg con la cabeza.

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-No me mov. Arrugu la frente, y me levant. -Ponte de pie, Zammis. El drac se levant y yo me acerqu ms. La parte superior de la cabeza de Zammis llegaba al centro de mi pecho. Otros sesenta centmetros y sera tan alto como Jerry. -Qutate las botas, Zammis. Har un par ms grande, y procura no crecer tan deprisa. Zammis mont la tienda dentro de la cueva, puso brasas en interior y despus frot la piel con grasa para impermeabilizarla. Haba crecido ms, y yo haba aplazado la confeccin de sus botas hasta asegurarme del tamao que precisaba. Intent planear el crecimiento midiendo los pies de Zammis de diez en diez das y prolongando hasta la primavera. Segn mis clculos cuando la nieve se derritiese el chico tendra unos pies como dos naves de transporte. En primavera, Zammis habra completado el crecimiento. Las viejas botas de vuelo de Jerry estaban destrozadas antes de que Zammis naciera, pero yo haba guardado los trozos. Us las suelas para trazar las medidas de mis pies, y confi en tener xito. Yo estaba ocupado Con las botas nuevas y Zammis vigilaba el revestimiento de la tienda. El dracn se volvi para mirarme. -To? -Qu? -La existencia es el primer su puesto? Me encog de hombros. -Eso dice Shizumaat. No lo s. -Pero, to, cmo sabemos que la existencia es real? Dej mi trabajo, mir a Zammis, sacud la cabeza y segu cosiendo las botas. -Te doy mi palabra. El drac hizo una mueca. -Pero to, eso no es Conocimiento. Eso es fe. Suspir al recordar mi segundo ao en la universidad de las Naciones: un puado de adolescentes que malgastaban el tiempo en un piso barato experimentando Con alcohol, drogas y filosofa. Teniendo poco ms de un ao terrestre, Zammis estaba convirtindose en un intelectual latoso. -Bien, qu hay de malo en la fe? -Vamos, to. -Zammis ri Con disimulo-. Fe?

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-A algunos nos ayuda en esta barahnda fangosa. -Barahnda? Me rasqu la cabeza. -Esta mortal confusin, el tumulto de la vida. Shakespeare, creo. Zammis arrug la frente. -Shakespeare no est en el Talman. -No. Shakespeare era un humano. Zammis se levant, se acerc al fuego y tom asiento frente a m. -Fue un filsofo, igual que Mistan o Shizumaat? -No. Escriba obras de teatro..., historias representadas. Zammis se rasc la barbilla. -Recuerdas alguna cosa de Shakespeare? Levant un dedo. -Ser o no ser. sa es la cuestin. Zammis se qued boquiabierto. A continuacin movi la cabeza de arriba abajo. -S ¡S! Ser o no ser. ¡sa es la cuestin! -Zammis extendi las manos-. Cmo sabemos que el viento sopla fuera de la cueva si no estamos all para verlo? Se agita el mar cuando no estamos all para notarlo? -S. -Pero, to, cmo lo sabemos? Mir de soslayo al drac. -Zammis, tengo una pregunta que hacerte: Dime si la siguiente afirmacin es cierta o falsa: Lo que digo en este momento es falso. Zammis parpade. -Si es falsa, entonces la afirmacin es cierta. Pero... si es cierta..., la afirmacin es falsa, aunque... -Zammis volvi parpadear, se puso de espaldas y sigui frotando la tienda con grasa-. Lo meditar to. -Hazlo, Zammis. El drac pens cerca de diez minutos, luego se volvi. -La afirmacin es falsa. Sonre. -Pero eso es lo que dice la afirmacin, por lo tanto es cierta y en ese caso... Dej en suspenso el acertijo. ¡Oh, presuncin, t alteras incluso a los santos! -No, to. La afirmacin es absurda en su contex to presente. -Hice un gesto de indiferencia-. Mira, to, la afirmacin supone la existencia de valores reales que pueden comentarse sin ninguna otra referencia. Creo que la lgica de Lurrvena en el Talman es muy clara al respecto, y si lo absurdo se iguala a falsedad...

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Suspir. -S, bueno... -Comprendes, to? Primero debes establecer un contexto en el que tu afirmacin tenga un significado. Me inclin hacia adelante, arrugu la frente y me rasqu la barba. -Comprendo. Quieres decir que yo estaba poniendo la carreta delante de los bueyes, y empezando la casa por el tejado? Zammis me mir de un modo extrao, y su asombro aument cuando me dej caer en el colchn, riendo como un loco. -To, por qu el linaje de los Jeriba tiene slo cinco nombres? Dijiste que los linajes humanos tienen muchos nombres. Asent. -A los cinco nombres de este linaje Jeriba, sus portadores deben agregar hazaas. Las hazaas son importantes, no los nombres. -Gothig es el padre de Shigan igual que Shigan es mi padre. -Naturalmente. Lo sabes por tus recitaciones. Zammis se puso muy serio. -Entonces, debo llamar Ty a mi hijo cuando sea padre? -Exacto. Y Ty debe llamar Haesni a su hijo. Ves algo incorrecto en eso? -Me gustara llamar Davidge a mi hijo, igual que t. Sonre y mov la cabeza. -El nombre Ty ha sido, llevado por grandes banqueros, comerciantes, inventores y... bueno, ya sabes tu recitacin. El nombre Davidge no ha sido llevado por gente importante. Piensa en lo que Ty perdera no siendo Ty. Zammis pens un poco, despus asinti. -To, crees que Gothig vivir? -S, por lo que yo s. -Cmo es Gothig? Record la charla de Jerry sobre su padre, Gothig. -Enseaba msica, y era muy fuerte. Jerry... Shigan dijo que su padre poda doblar barras de metal con los dedos. A Gothig tambin le honran mucho. Supongo que Gothig estar muy triste ahora mismo. Debe creer que el linaje de Jeriba ha terminado. Zammis se puso muy serio y su frente amarilla se arrug.

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-To, tenemos que llegar a Draco. Debemos de cirle a Gothig que el linaje contina. -As lo haremos. El hielo invernal empez a hacerse ms delgado y tanto las botas como la tienda y las mochilas estaban listas. Nos encontrbamos da ndo los ltimos toques a nuestras nuevas ropas aislantes. Jerry me haba entregado el Talman para que aprendiera; ahora el cubo dorado penda del cuello de Zammis. El dracn separaba el minsculo libro del cubo y lo estudiaba varias horas seguidas. -To? -Qu? -Por qu los dracs hablan y escriben en un idioma y los humanos en otro? Me ech a rer. -Zammis, los humanos hablan y escriben en muchos idiomas. El ingls es simplemente uno de ellos. -Cmo hablan los humanos entre ellos? Me encog de hombros. -No siempre lo hacen. Cuando lo hacen, usan intrpretes..., gente que sabe hablar ambos idiomas. -T y yo hablamos ingls y drac. Eso nos hace intrpretes? -Supongo que s, en el caso de que encontrramos un drac y un humano que desearan conversar. Recuerda, hay una guerra en medio. -Cmo cesar la guerra si no conversan? -Supongo que acabarn por hablar. Zammis sonri. -Creo que me gustara ser intrprete y contribuir a que termine la guerra. El dracn dej a un lado su labor y se tendi en el nuevo camastro. Zammis haba crecido tanto que ahora usaba el viejo colchn como almohada. -To, crees que encontraremos alguien al otro lado del bosquecillo? -Espero que s. -En ese caso, vendrs conmigo a Draco? -Promet a tu padre que lo hara. -Hablo de despus. Despus de que yo haga mi recitacin, qu hars t? Mir fijamente el fuego.

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-No lo s. -Me encog de hombros-. La guerra podra impedir que furamos a Draco durante bastante tiempo. -Y despus de eso, qu? -Supongo que me reintegrar al servicio. Zammis se irgui apoyndose en un codo. -Volvers a ser un piloto militar? -Naturalmente. Eso es prcticamente lo nico que s hacer. -Y matar dracs? Dej mi labor y examin al dracn. Las cosas haban cambiado desde que Jerry y yo nos peleamos... Haban cambiado ms cosas de las que yo captaba. Mov la cabeza. -No. Es probable que no sea piloto..., no piloto militar. Quiz pueda encontrar trabajo para pilotar naves comerciales. -Hice un gesto de indiferencia-. Quiz el ejrcito no me deje eleccin. Zammis se sent y qued inmvil un instante. Luego se levant, se acerc a mi lecho y se arrodill junto a m en la arena. -To, no quiero abandonarte. -No seas tonto. Vivirs entre los de tu raza. Tu abuelo, Gothig, los hermanos de Shigan, sus hijos... Te olvi dars de m. -Y t, te olvidars de m? Mir aquellos ojos amarillos; despus, extend la mano y toqu la mejilla de Zammis. -No, no te olvidar. Pero recuerda esto, Zammis: t eres un drac y yo soy un humano, y as est dividida esta parte del universo. Zammis apart mi mano de su mejill a, abri los dedos y los examin. -Suceda lo que suceda, to, jams te olvidar. El hielo haba desaparecido, y el dracn y yo nos encontrbamos ante la tumba de Jerry, bajo la lluvia y el viento, con las mochilas a la espalda. Zammis ya era tan alto como yo, es decir, un poco ms alto que Jerry. Con gran alivio por mi parte, las botas le iban bien. Zammis se ajust la mochila, despus se volvi y mir hacia el mar. Segu la mirada del dracn y contempl las olas enormes que cobraban fuerza y rompan en las rocas. Mir al drac. -En qu piensas? Zammis baj los ojos y luego se volvi hacia m.

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-To, no haba pensado en esto antes, pero... echar de menos este lugar. Re. -¡Absurdo! Este lugar? -Di una palmadita en el hombro del drac-. Por qu ibas a echar de menos este lugar? Zammis volvi a mirar el mar. -Aqu he aprendido muchas cosas. Aqu me has enseado muchas cosas, to. Mi vida ha transcurrido aqu. -Solo es el principio, Zammis. Tienes toda una vida por delante. -seal la tumba con la cabeza-. Di adis. Zammis se volvi hacia la tumba y qued inm vil, despus puso una rodilla en el suelo y empez a quitar rocas. Al cabo de unos segundos, haba dejado al descubierto la mano de tres dedos de un esqueleto. Zammis baj la cabeza y llor. -Lo siento, to, pero tena que hacerlo. Esto no era ms que un montn de rocas para m. Ahora es algo ms. Zammis volvi a poner las rocas en su sitio y se levant. Inclin la cabeza hacia el bosquecillo. -Ve t delante. Te alcanzar enseguida. -S, to. Zammis avanz hacia los rboles desnudos, y yo mir la tumba. -Qu te parece Zammis, Jerry? Es ms alto que t. Supongo que al chico le va bien la serpiente. Me agach, cog una piedra y la aad al montn. -Supongo que sta es la cuestin. O llegamos a Draco, o morirnos en el intento. -Me levant y mir hacia el mar-. S, creo que he aprendido algunas cosas aqu. Lo echar de menos, en cierto sentido. Mir la tumba otra vez y recog mi mochila. -Ehdevva sahn, Jeriba Shigan. Adis, Jerry. Di media vuelta y segu a Zammis hacia el bosque. Los das que siguieron estuvieron llenos de mara villas para Zammis. El cielo sigui siendo el mismo, gris apagado, y las escasas variaciones de vida vegetal y animal que encontramos

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no eran nada notable. En cuanto salimos del bosquecillo, trepamos una suave pendiente durante un da, y despus nos encontramos en una interminable llanura sin rboles. Caminamos entre una maleza prpura que tea nuestras botas del mismo color y nos llegaba hasta el tobillo. Las noches seguan siendo demasiado fras para caminar, y nos quedbamos en la tienda. La tienda engrasada y las ropas daban buen resultado, protegindonos de la lluvia que casi nunca paraba de caer. Habran transcurrido quiz dos largas semanas de Fyrine IV cuando vimos aquello. Rugi sobre nuestras cabezas, y desapareci en el horizonte antes de que ninguno de los dos lograra pronunciar una palabra. No me quedaron dudas de que la nave que haba visto estaba a punto de aterrizar. -¡To! Nos habrn visto? Negu con la cabeza. -No, lo dudo. Pero estaban aterrizando. Me entiendes? Estaban a punto de aterrizar en algn punto all delante. -To? -¡Sigamos andando! Qu te ocurre? -Era una nave drac, o una nave humana? Me qued quieto donde estaba. Nunca me haba parado a pensar en ello. Agit la mano. -Vamos. Eso no importa. Sea lo que sea, t irs a Draco. Eres un no combatiente, de manera que las fuerzas terrestres no podrn hacer nada, y si son dracs, volvers a casa sin problemas. Nos pusimos a caminar. -Pero, to, si es una nave drac, qu ser de ti? -Prisionero de guerra. -Hice un gesto de indiferencia-. Los dracs dicen que respetan los acuerdos blicos interplanetarios, as que estar perfectamente. ¡Ests listo!, le dijo una parte de mi mente a la otra. La cuestin principal era si prefera ser un prisionero de guerra drac o un residente a perpetuidad de Fyrine N. y yo haba resuelto ese dilema haca mucho tiempo. -Vamos, ms deprisa. No sabemos cunto nos costar llegar all, ni cunto tiempo estar en tierra la nave.

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Izquierda, derecha, izquierda, derecha... Excepto por algunos descansos breves, no nos detuvimos... ni siquiera cuando lleg la noche. Nuestro esfuerzo nos protegi del fro. El horizonte nunca daba la impresin de acerca rse. Debieron de haber pasado das, con mi mente tan aterida como mis pies, cuando atraves la maleza prpura y ca en un agujero. Inmediatamente todo se hizo oscuro y sent dolor en la pierna derecha. Not el desmayo inminente, y di la bienvenida a su calidez, su descanso, su paz. -To? To? ¡Despierta! ¡Por favor, despierta! Not que me abofeteaban, aunque la sensacin pareca estar muy lejos de m. La agona retumb en mi cerebro, haciendo que me de spertara por completo. Sera muy raro que no me hubiese roto la pierna. Mir hacia arriba y vi los bordes del agujero cubierto de maleza. Tena el trasero en un charco de agua. Zammis estaba en cuclillas a mi lado. -Qu ha sucedido? Zammis seal la parte superior con la mano. -Este agujero slo estaba cubierto con una delgada capa de tierra y plantas. El agua debe de haberse llevado la tierra. Ests bien? -La pierna. Creo que me la he roto. -Apoy la espalda en la pared fangosa-. Zammis, tendrs que seguir solo. -¡No puedo abandonarte, to! -Mira, si les encuentras, puedes mandarlos aqu para que me recojan. -Y si el agua sube? Zammis palp mi pierna hasta que me hizo dar un respingo-. Tengo que sacarte de aqu. Qu debo hacer para la pierna? El chico tena razn. Ahogarme no estaba en mi programa. -Necesitamos algo rgido. Sujetar la pierna para que no se mueva. Zammis se quit la mochila, se arrodill en el agua y el barro y busc en su equipaje, luego en el fardo de la tienda. Usando los palos de sta, envolvi mi pierna en pieles de serpiente arrancadas del toldo. A continuacin, empleando ms pieles, Zammis hizo dos lazos, los desliz en mis piernas, me puso de pie y pas los lazos por sus hombros. Empez a subir, y yo perd el conocimiento. Me encontraba en el suelo, cubierto con los restos de la tienda, y Zammis estaba sacudiendo mi brazo.

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-To? To? -S? -murmur. -To, estoy listo para marchar. -Seal hacia un lado-. Tu comida est aqu, y si llueve, ponte la tienda por encima de la cara. Sealar el camino que siga para poder volver aqu. -Cudate. Zammis mene la cabeza. -To, puedo llevarte. No deberamos separarnos. Negu dbilmente con la cabeza. -Dame un descanso, chico. No puedo seguir. Encuntralos y que vengan aqu. -Mi estmago se contrajo y un sudor fro empap mis pieles de serpiente-. Vete, ponte en marcha. Zammis alarg una mano, cogi la mochila y se levant. Con el bulto a la espalda, Zammis se volvi y empez a correr en la direccin que la nave haba seguido. Lo segu con la mirada hasta perderle de vista. Luego levant el rostro y contempl las nubes. -Casi acabas conmigo esta vez, kizlode hijo de puta, pero no pensabas en el drac... Sigue olvidando... que somos dos... Flot entre la conciencia y la inconsciencia, not la lluvia en la cara, tir de la tienda y me tap la cabeza. Varios segundos despus volv a desmayarme. -Davidge? Teniente Davidge? Abr los ojos y vi algo que no haba visto desde haca cuatro aos terrestres: un rostro humano. -Quin es usted? La cara, joven, alargada y coronada por un cabello rubio y corto, sonri. -Soy el capitn Steerman, el oficial mdico. Cmo se encuentra? Pens en ello y acab sonriendo. -Como si me hubieran inyectado droga de primersima calidad. -As ha sido. Estaba en muy mal estado cuando el equipo de bsqueda le trajo aqu. -Equipo de bsqueda? -Supongo que no lo sabe. Los Estados Unidos de la Tierra y la Cmara de Draco han establecido una comisin conjunta para supervisar la colonizacin de nuevos planetas. La guerra ha terminado. -Terminado?

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-Exacto. Sent que me quitaban un peso de encima. -Dnde est Zammis? -Quin? -Jeriba Zammis, el drac que me acompaaba. El doctor se encogi de hombros. -No s nada al respecto, pero supongo que los reptiles estarn ocupndose de l. Reptiles. En otro tiempo yo mismo haba usado este trmino. Al escucharlo en boca de Steerman, me pareci raro, extrao, repulsivo. -Zammis es un drac, no un reptil. El teniente frunci el ceo y luego hizo un gesto de indiferencia. -Naturalmente. Lo que usted diga. Descanse, volver a examinarle dentro de unas horas. -Puedo ver a Zammis? El doctor sonri. -No, mi querido teniente. Usted va de camino a la base Delphi de los Estados Unidos de la Tierra. El... drac es probable que est volviendo a Draco. Hizo un saludo con la cabeza, se volvi y se fue. ¡Dios mo, me senta perdido! Mir alrededor y vi que me encontraba en la enfermera de una nave. Las camas que me flanqueaban estaban ocupadas. El hombre que haba a mi derecha movi la cabeza y sigui leyendo una revista. El de mi izquierda pareca enfadado. -¡Eres un maldito lameculos de los reptiles! Se puso de costado y me dio la espalda. Otra vez entre humanos, y sin embargo ms solo que nunca. Misnuuram va siddeth, como Mistan observaba en el Talman desde la tranquila perspectiva de hace ochocientos aos. La soledad es una idea, no lo que te hacen los dems. A decir verdad es algo que uno mismo se hace. Jerry mene la cabeza aquella vez, luego me apunt con un dedo amarillo mientras las palabras que deseaba pronunciar iban tomando forma. -Davidge..., la soledad es mole sta para m..., algo insignificante que debe eludirse si es posible, pero no algo temido. Creo que t casi preferas la muerte a estar a solas contigo mismo. Misnuuram yaa va nos misnuuram van dunos: Los que estis solos sin compaa estaris solos siempre en compaa de otros}>. Mistan otra vez. A primera vista, la afirmacin parece ser una contradiccin: pero la realidad demuestra que es cierta. Yo era un extrao entre mi raza por culpa del odio que no comparta, y por culpa del amor que, para ellos, era

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raro, imposible, perverso. La paz del pensamiento en compaa de otros ocurre nicamente en la mente que est en paz consigo misma” Mistan, de nuevo. En innumerables ocasiones durante el viaje a la base Delphi, pasando el tiempo en la enfermera y luego durante el proceso que me dio de baja del ejrcito, me llev la mano al pecho para coger el Talman que ya no colgaba all. Qu habra sido de Zammis? A los Estados Unidos de la Tierra no les importaba, y las autoridades drac..., bueno, no pensaban hacer comentario alguno sobre el caso. Los ex pilotos militares eran un estorbo en el mercado laboral, y no haba empleos comerciales disponibles y, en especial, no los haba para un piloto que no haba volado durante cuatro aos, que tena una pierna li siada, y era un lameculos de los reptiles. Lameculos de los reptiles, como insulto, pose a impacto de reunir en s varios trminos histricos: traidor a la patria, hereje, marica, amante de los negros... Yo dispona de cuarenta y ocho mil crditos gracias al pago de mis atrasos, de manera que el dinero no era un problema. El problema era qu haca conmigo mismo. Despus de dar vueltas por la base Delphi, me embarqu en un transporte a la Tierra y, durante varios meses, una pequea editorial me dio trabajo para traducir manuscritos al drac. Al parecer, haba una gran demanda de novelas del oeste entre los dracones: -¡Manos arriba, naagusaa! -Nu geph, sheriff. ¡Thang, thang! Las pistolas llameaban y el kislode shaddsaat morda el thessa. Renunci al empleo. Finalmente llam a mis padres. Por qu no has llamado antes, Willy? Hemo s estado terriblement e preocupados... Tena algunos asuntos que resolver, pap... No, de ver dad que no... Bueno, lo comprendes, hijo... Debe de haber sido terrible... Pap, me gust ara ir a casa para estar algn tiempo... Incluso antes de pagar el dinero por el Dearman Electric de segunda mano, saba que estaba cometiendo Un error al volver a casa. Senta la necesidad de un hogar, pero el que haba abandonado a loS dieciocho aos no era tal hogar. De todas formas me dirig hacia all porque no haba ot ro sitio adonde ir.

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Era de noche y conduca a solas, tomando siempre las viejas carreteras, sin ms sonido que el leve ronroneo del motor del Dearman. La medianoche de diciembre era clara, y vi las estrellas a travs de la cabina en forma de burbuja del coche. Fyrine IV flotaba en mis pensamientos, el ocano encolerizado, loS vientos eternos. Fren al borde de la carretera y apagu las luces. Al cabo de unos instantes, mis ojos se amoldaron a la oscuridad, sal afuera y cerr la puerta. Kansas tena un cielo enorme, y las estrellas parecan estar al alcance de la mano. La nieve cruji bajo mis pies cuando alc la mirada, intentando localizar a Fyrine entre los millares de estrellas visibles. Fyrine est en la constelacin de Pegaso, pero mis ojos no tenan la prctica necesaria para captar el caballo al lado entre las estrellas que lo rodean. Me encog de hombros, sent un escalofro y decid volver a entrar en el coche. Al poner la mano en el tirador de la puerta, vi una constelacin que reconoc. Hacia el norte; colgado justo por encima del horizonte: Draco. El Dragn, con su cola retorcida rodea ndo a la Osa Menor, penda invertido en el cielo. Eltanin, la nariz del Dragn, era el hogar de Zammis. Los faros de un automvil que se acercaba me cegaron, y me volv hacia el vehculo, que fren hasta detenerse. La ventanilla del lado del conductor se abri y alguien habl en la oscuridad. -Necesita ayuda? Negu con la cabeza. -No, gracias. -Levant una mano-. S lo estaba mirando las estrellas. -Bonita noche, no es cierto? -Por supuesto. -Seguro que no necesita ayuda?-. Volv a negar con la cabeza. -Gracias... Espere. Dnde est el espaciopuerto comercial ms cercano? -A una hora de viaje, en Salina. -Gracias. Vi que una mano se agitaba en la ventanilla, y el otro coche arranc. Ech otra mirada a Eltanin, luego volv a entrar en el coche. Seis meses despus, me encontr delante de una vieja puerta de piedra tallada, preguntndome qu diablos estaba haciendo all. El viaje a Draco, con slo dracs como

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compaeros en la ltima etapa, me demostr la verdad de las palabras de Namvaac: La paz es nicamente la guerra sin combate. Los acuerdos, en teora, me daban derecho a viajar hasta el planeta, pero los burcratas dracones y sus magos del papeleo haban elevado el retraso a la categora de arte mucho antes de que el primer humano se adentrara en el espacio. Fueron precisas amenazas, sobornos, pasar das rellenando impresos. Me examinaron y vuelta a examinarme; me cacheaban en busca de contrabando, me interrogaban con respecto al motivo de mi visita, tuve que contestar a ms impresos, volver a rellenar los impresos que ya haba contestado, ms sobornos, espera, espera, espera... En la nave, pas gran parte del tiempo en mi camarote, pero ya que los camareros dracones se negaban a servirme, fui al comedor para comer y cenar. Me sentaba solo, y escuchaba los comentarios sobre m que hacan en las otras mesas. Haba pensado que el camino ms corto era simular que no entenda su idioma. Ya que se da por supuesto que los humanos no hablan drac. -Tenemos que comer en el mismo compartimiento que el asqueroso lrkmaan? -Mralo, tiene esa piel descolorida llena de ma nchas... y esas greas nauseabundas arriba. ¡Aaj, qu olor! Apret un poco los dientes y mantuve la mirada fija en el plato. -Que las leyes universales sean tan corruptas como para producir una criatura as es algo que desafa al Talman. Me volv y mir a los tres dracones sentados a la mesa que haba al otro lado del pasillo. Y, en drac, repliqu: -Si sus antepasados hubieran enseado al kiz del pueblo a usar anticonceptivos, ustedes ni siquiera existiran. Segu comiendo mientras dos de los dracones se esforzaban por sujetar al tercero. Una vez en Draco, encontrar la hacienda Jeriba no fue problema. El problema fue entrar. Una elevada pared de piedra circundaba la propiedad, y desde la puerta vi la inmensa mansin ptrea que Jerry me haba descrito. Dije al guarda de la puerta que deseaba ver a Jeriba Zammis. El vigilante me mir fijamente, despus entr en una glorieta que haba detrs. Al cabo de pocos momentos, otro drac surgi de la mansin y camin rpidamente

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por el extenso csped en direccin a la puerta. El drac hizo un gesto al guarda, despus se detuvo y me mir. Era la viva imagen de Jerry. -Es usted el lrkmaan que ha pedido ver a Jeriba Zammis? Asent. -Zammis debe haberle hablado de m. Soy Willis Davidge. El dracn me examin. -Sol Estone Nev, hermano de Jeriba Shigan. Mi padre, Jeriba Gothig, desea verle. El drac se volvi bruscamente y camin hacia la mansin. Yo le segu, me senta entusiasmado ante la idea de volver a ver a Zammis. Prest poca atencin a la que me rodeaba hasta que fui introducido en una gran sala con un techo de piedra abovedado. Jerry me haba contado que la casa tena cuatro mil aos de antigedad. Lo cre. Al entrar, otro drac se levant y se aproxim hacia m. Era viejo, pero yo saba quin era. -Usted es Gothig, el padre de Shigan Sus ojos amarillos me examinaron. -Quin es usted, lrkmaan? -Alarg una mano arrugada, de tres dedos-. Qu sabe de Jeriba Zammis y por qu habla la lengua drac con el estilo y acento de mi hijo Shigan? Para qu ha venido aqu? -Hablo drac de este modo porque as me ense a hablarlo Jeriba Shigan. El anciano dracn lade la cabeza entornando sus ojos amarillos. -Conoci a mi hijo? Cmo? -No se lo explic la comisin de bsqueda? -Fui informado de que mi hijo, Shigan, falleci en la batalla de Fyrine IV. Eso fue hace ms de seis aos terrestres. Cul es su nombre, lrkmaan? Desvi la mirada hacia Nev. El dracn ms joven estaba examinndome con la misma mirada de recelo. Volv a mirar a Gothig. -Shigan Do muri en la batalla. Camos juntos en la superficie de Fyrine IV y vivimos all un ao. Shigan muri al dar a luz a Jeriba Zammis. Un ao ms tarde, la comisin conjunta de bsqueda nos encontr y... -¡Ya basta! ¡Ya basta, lrkmaan! Est aqu por dinero, para usar mi influencia para concesiones comerciales? ...Para qu? Arrugu la frente. -Dnde esta Zammis? Lgrimas de ira brotaron de los ojos del anciano drac.

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-¡No existe ningn Zammis, lrkmaan! ¡Nuestro linaje Jeriba finaliz con la muerte de Shigan! Mis ojos se abrieron como platos, al tiempo que mova la cabeza. -Eso no es cierto. Lo s. Me cuid de Zammis. Es que la comisin no le explic nada? -Vaya al punto central de su plan, lrkmaan. No puedo dedicarle todo el da. Contempl a Gothig. El viejo dracn no saba nada de la comisin. Las autoridades drac recogieron a Zammis, y el chico se haba evaporado. A Gothig no le haban dicho nada Por qu? -Yo estuve con Shigan, Gothig. As aprend su idioma. Cuando Shigan muri al dar a luz a Zammis, yo... -lrkmaan, si no habla de su plan, tendr que pedir a Nev que le eche de aqu. Shigan muri en la batalla de Fyrine IV. La flota drac nos lo notific unos das ms tarde. Asent. -Entonces, Gothig, explqueme por qu conozco el linaje Jeriba. Desea que lo recite ante usted? Gothig resopl. -Has dicho que conoces el linaje Jeriba? -S. Gothig extendi la mano hacia m. -En ese caso, recite. Tom aliento y empec. Cuando llegu a la generacin ciento setenta y tres, Gothig se haba arrodillado en el suelo de piedra junto a Nev. Los dracones permanecieron as durante las tres horas de recitacin. Cuando conclu, Gothig inclin la cabeza y llor. -S, lrkmaan, s. Debe de haber conocido a Shigan. S. -El anciano drac me mir a la cara, con sus ojos cargados de esperanza-. Y dice que Shigan continu el linaje..., que Zammis naci? Asent. -No s por qu la comisin no se lo notific. Gothig se levant y se puso muy serio. -Lo averiguaremos, lrkmaan... Cmo se llama? -Davidge. Willis Davidge. -Lo averiguaremos, Davidge.

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Gothig prepar habitacin para m en su casa, la que fue una suerte, puesto que me quedaban poco ms de mil cien crditos. Despus de hacer infinidad de indagaciones, Gothig nos envi a Nev ya m a la delegacin de la Cmara en Sendievu, la ciudad que era la capital de Draco. El linaje Jeriba, por la que averig, era influyente, y el papeleo se redujo al mnimo. Finalmente, nos enviaron ante el representante de la comisin conjunta de bsqueda, un dracn llamado Jozzdn Vrule. Alz los ojos de la carta que Gothig me haba dado y frunci el entrecejo. -Cundo consigui esto, lrkmaan? -Creo que la carta est firmada. El drac mir el documento, despus volvi a mirarme. .-El linaje de los Jeriba es uno de los ms respetados en Draco. Afirma que Jeriba Gothig le dio esto? -Estoy seguro de haberlo dicho. No t que mis labios se movan... -Usted tiene los datos y la informacin relativa a la misin de bsqueda de Fyrine IV intervino Nev-. Queremos saber qu sucedi con Jeriba Zammis. Jozzdn Vrule frunci el ceo y volvi a mirar la carta. -Estone Nev, es usted fundador de su linaje, verdad? -Es cierto. -Querra ver deshonrado su linaje? Por qu estoy vindole en compaa de este lrkmaan? Nev frunci el labio superior y cruz los brazos. -Jozzdn Vrule, si piensa andar por este planeta como un ser libre en un futuro previsible, le aconsejo que deje de mover la lengua y comience a buscar a Jeriba Zammis. Jozzdn Vrule baj la mirada y contempl sus dedos, despus volvi a mirar a Nev. -Muy bien. Estone Nev. Usted me amenaza en caso de que yo no logre poner la verdad a su alcance. Creo que la verdad va a parecerle la mayor amenaza. El dracn garabate algo en un trozo de papel y entreg ste a Nev. -Encontrar a Jeriba Zammis en esta direccin y maldecir el da en que yo le entregu esto. Entrar en la colonia de idiotas fue desagradable. Los dracs nos rodeaban por todas partes, mirndonos con ojos vacuos, chillando, sacando espuma por la boca, o comportndose

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como animales. Despus de llegar, Gothig se reuni con nosotros. El director drac de la colonia me mir con rostro ceudo e inclin la cabeza ante Gothig. -D la vuelta ahora que an est a tiempo, Jeriba Gothig. Ms all de este lugar hay slo dolor y pesadumbre. Gothig cogi al director por la parte delantera de la bata. -Esccheme, insecto. Si Jeriba Zammis est dentro de estas paredes, ¡mustreme a mi nieto! De lo contrario, ¡har que el poder del linaje Jeriba caiga sobre su mismsima cabeza! El director irgui la cabeza, apret los labios y asinti. -Muy bien. ¡Muy bien kazzmidth pomposo! Hemos tratado de proteger la reputacin Jeriba. ¡Hemos tratado de hacerlo! Pero ahora ver. -El director baj la cabeza y apret de nuevo los labios-. S, todopoderoso amante de la distincin, ahora ver. El director garabate algo en un trozo de papel y lo entreg a Nev. -Dndole esto voy a perder mi puesto. ¡Pero cjalo! ¡Si, cjalo! Vean a esa criatura que llaman Jeriba Zammis, ¡Vanla y lloren! Entre rboles y hierba, Jeriba Zammis estaba sentado en un banco de piedra mirando fijamente el suelo. Sus ojos no parpadeaban, sus manos estaban inmviles. Gothig me mir, ceudo, pero yo no poda preocuparme por el padre de Shigan. Me acerqu a Zammis. -Zammis, me conoces? El dracn apart sus pensamientos de un milln de lugares secretos y alz sus ojos amarillos para contemplarme. No vi seal alguna de reconocimiento. -Quin es usted? Me agach, puse mis manos en sus brazos y los sacud. -¡Maldita sea, Zammis! No me reconoces? Soy tu to Lo recuerdas? El to Davidge. El drac se agit en el banco, despus movi la cabeza de un lado a otro. Levant un brazo y llam a un enfermero. -Quiero ir a mi habitacin. Por favor, djenme ir a mi habitacin. Me levant y cog a Zammis por su bata de enfermo. -¡Zammis, soy yo! Los ojos amarillos, apagados y sin vida, me miraron fijamente. El enfermero puso una mano amarilla en mi hombro. -Djelo, lrkmaan. Gothig se acerc. -¡Explique esto!

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El enfermero mir a Gothig, a Nev, a m y luego a Zammis. -Esto... Esta criatura... vino aqu profesando amor, amor, fjese bien, ¡a los humanos! No se trata de una perversin insignificante, Jeriba Gothig. El gobierno le proteger contra este escndalo, Deseara que su linaj e se viera envuelto en ello? Mir a Zammis. -Qu le ha hecho, kizlode hijo de puta? Un pequeo shock? Algunas drogas? Ha corrompido su mente? El enfermero me hizo un gesto despectivo, luego mene la cabeza. -Usted, lrkmaan, no lo comprendo. No sera feliz siendo un lrkmaan vul, un amante de los humanos. Estamos haciendo lo posible para qu e se desenvuelva en la sociedad drac. Cree que cometemos un error intentndolo? Mir a Zammis y mov la cabeza de un lado a otro. Recordaba perfectamente mi tratamiento en manos de mis amigos humanos. -No. No creo que tal cosa sea errnea... No lo s, simplemente. El enfermero se volvi hacia Gothig. -Por favor, Jeriba Gothig, comprndalo. No pod emos mezclar su linaje con esta desgracia. Su nieto est casi bien y pronto iniciar un programa reeducativo. En menos de dos aos tendr un nieto digno de continuar el linaje. Es eso un error? Gothig se limit a sacudir la cabeza. Me puse delante de Zammis y observ sus ojos amarillos. Extend los brazos y cog su mano derecha entre las mas. -Zammis? Zammis me mir, movi su mano izquierda y cogi la ma extendiendo los dedos. De uno en uno, Zammis seal los dedos de mi mano, me mir a los ojos, despus volvi a examinar la mano. -Si... -Zammis seal de nuevo-. Uno, dos, tres, ¡cuatro, cinco! -Zammis me mir a los ojos-. ¡Cuatro, cinco! -S. S. Zammis llev mi mano a su mejilla y la apre t. -To... To... Ya te dije que jams te olvidara.

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Nunca cont los aos que transcurrieron. Mi barba haba vuelto a crecer, y yo estaba arrodillado envuelto en las pieles de serpiente, junto a la tumba de mi amigo, Jeriba Shigan. Cerca del sepulcro estaba la tumba de Gothig, muerto haca cuatro aos. Volv a colocar algunas rocas, despus aad unas cuantas ms. Apretando mis pieles de serpiente para protegerme del viento, me sent junto a la tumba y mir el mar. Las inmensas olas seguan precipitndose hacia la costa bajo la capa de nubes grises y negras. El hielo llegara pronto. Baj la cabeza, observ mis manos arrugadas y llenas de cicatrices y luego mir la tumba otra vez. -No poda quedarme con ellos en la colonia, Je rry. No me interpretes mal. La colonia es muy agradable. Condenadamente agradable. Pero all no dejo de mirar por la ventana, de ver el ocano, de pensar en la cueva. Estoy solo, en cierto sentido. Pero es bueno. S qu y quin soy, Jerry, y eso es todo lo que importa, verdad? O un ruido. Me inclin, puse las manos en mis arrugadas rodillas y me levant. El dracn llegaba del recinto adjunto a la colonia, con un nio en sus brazos. Me rasqu la barba. -Eh, Ty, as que se es tu primer hijo? El drac asinti. -Me sentira complacido, to, si t le ensea ras lo que debe ser enseado: el linaje, el Talman y la vida en Fyrine IV, nuestro planeta, llamado Amistad. Cog el bulto en mis manos. Unos brazos regordetes de tres dedos se agitaron en el aire; luego asieron mis pieles de serpiente. -S, Ty, es un Jeriba. -Mir a TyY cmo est tu padre, Zammis? Ty se encogi de hombros. -Todo lo bien que puede esperarse. Mi padre te enva sus mejores deseos. -Y yo a l, Ty. Zammis debera salir de la cpsula de aire acondicionado y volver a vivir en la cueva. Le hara mucho bien. Ty sonri y baj la cabeza. -Se lo dir a mi padre, to. Clav mi pulgar en mi pecho. -¡Mrame! No me ves enfermo, verdad? -No to. -Dile a Zammis que eche a patadas a ese mdico y que vuelva a la cueva, has odo? -S, to. -Ty sonri-. Necesitas algo?

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Contest afirmativamente con la cabeza y me rasqu la parte posterior del cuello. -Papel higinico. Slo un par de paquetes. Quiz un par de botellas de whisky... no, olvida el whisky. Esperar hasta que Haesni cumpla su primer ao. Slo el papel higinico. Ty inclin la cabeza. -S, to, y que durante muchas estaciones te encuentres bien. Agit la mano con impaciencia. -As ser, as ser. No te olvides del papel higinico. Ty volvi a inclinar la cabeza. -No me olvidar to. Ty dio media vuelta y camin por el bosquecillo en direccin a la colonia. Gothig haba proporcionado el dinero y haba trasladado todo el linaje y todos los linajes afines a Fyrine IV. Viv con ellos un ao, pero los abandon y regres a la cueva. Recoga lea, ahumaba carne de serpiente, y resista el invierno. Zammis me haba entregado al joven Ty para que se criara en la cueva, y ahora Ty me haba entregado a Haesni. Mir al nio. -Tu hijo se llamar Gothig y despus... -Mir el cielo y not como las lgrimas se secaban en mi cara, despus el hijo de Gothig se llamar Shigan. Baj la cabeza y me dirig a la grieta que nos conducira hasta el nivel de la cueva. Al INDICE Barry B. Longyear : Naci en Pennsylvania un 12 de mayo de 1942. Ganador de los premios Nebula, Hugo, y John W. Campbell, concesin para el mejor nuevo escritor, todo en el mismo ao, por su aclamado "Enemigo mo". Dentro de sus trabajos se incluyen la coleccin “Circus World”, las novelas “The tomorrow testament” y “Enemy mine”, ensayos, series de TV, y numerosos relatos cort os. Actualmente escribe relatos de misterio. Al INDICE

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4. CUENTO MADE IN CUBA: SHIFT Juan Pablo Noroa. Los cinco representantes esperaban sentados alrededor de la mesa de reuniones. Esperaban. El de ms edad se inclin sobre la mesa para poder ver en direccin a la puerta. —El chino no viene, y son las nueve —dijo—. Media hora aqu vindonos las caras. —l vendr —dijo el que estaba a la cabecera. —Claro que s, cuando crea que nos ha humillado lo suficiente. Se hizo silencio. El nico negro se limpi la garganta antes de hablar. — Por qu sera tan hijo de puta como eso? —Es slo su estilo de negociar —dijo el anfitrin. —No es un negociador —dijo el ms joven—. La tarjeta dice “Persona de Contacto”. —Eso tambin es parte de su estilo, enviar a alguno de poco nivel. Volvi el silencio. —Es su forma de decirnos que no nos dan opcin —dijo el que no haba hablado antes, un hombre de cabello castao rizado. El negro apoy la cabeza en la mano derecha. — Y de verdad no tenemos opcin? — pregunt—. Siempre podemos seguir con Winux y la arquitectura propietaria. —El software no es el problema —declar el joven–. Y la gente de Winux no nos ofrece nada para resolver nuestras deficiencias. Nada. —Porque no necesitamos nada —dijo el mayor de todos—. Hasta el otro da estbamos muy bien. — Bien? Bien? El cuarenta por ciento de los recursos de la red nacional se van en compatibilizarnos con el mundo. El cua-ren-ta. El de pelo crespo se encogi de hombros. —No vamos a llorar por eso. — ¡Pero el mercado interno est todo regado, con varios estndares a la vez!

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—Exacto —dijo el anfitrin—. Por esa razn los consumidores profesionales y privados estamos bajo un estrs adquisitivo tremendo. Nuestras decisiones de compra son el doble de difciles, e igual tenemos que adquirir adaptadores y emuladores. —Est bien, est bien —convino el negro—. Slo quisiera que tambin nosotros pusiramos condiciones, slo eso. —No tenemos con qu. Saben que estamos necesitados, y est muy claro que ellos no nos necesitan a nosotros: ya tienen a Jamaica y a Mxico. El negro suspir pesadamente. —Tenemos que pasarnos ya a Taisun y la Arquitectura Dinmica, y eso para empezar — dijo el joven—. Y slo los chinos nos darn el dinero para hacer el shift de toda la tecnologa. —Debimos haber entrado en caja hace tres aos —dijo el anfitrin—. Cuando valamos como punta de lanza; ahora slo somos un mercado ms. No esperen que los chinos nos paguen caro y nos vendan barato. Adems, ellos son prcticamente los dueos de este pas, qu carajo, as que saben lo que valemos y lo que no. El lumnico del local de comida rpida anunc iaba “Comida china” en grandes letras rojas cuya tipografa semejaba ideogramas. Sin embargo, inmediatamente debajo, en el men, la casa ofreca tempura, tensuki soba y kitsune udn. Si algo aborreca el joven Mei en este mundo era la tendencia occidental a asociar lo chino con lo japons, y los nativos parecan sufrirla en grado insuperable. Adems, ah no paraba; Mei pudo ver, en la caja abierta de un cliente que sala, que le echaban salsa de tomate a los fideos tensuki. Mei decidi no ordenar nada. Prefera pasar hambre a soportar una comida probablemente mal hecha y de seguro servida con obsequiosidad inepta. Levant la cubierta del pad de control del auto para encenderlo y largarse; pero justo en el ltimo instante antes de que apartara la vista del cartel de comida rpida, un grupo de putas pas frente al local y una de ellas hizo contacto visual con l. Mei baj la vista tan rpido como pudo, maldicindose por haber olvidado oscurecer los cristales del auto; ya era tarde. Las putas, tres, se acercaron gilmente al vehculo. Una de ellas se corri la incalificable pieza superior de su ropa y aplast ambos senos contra la

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ventanilla; otra adhiri la boca abierta contra el vidrio, succionando y moviendo la lengua en crculos; la tercera se subi de un salto a la capota, se subi la falda y se sent sobre el parabrisas. Para asco de Mei, descubri que en primer lugar la puta no llevaba ropa interior, y en segundo, no era ella sino l. El pad de mando estaba abierto como una oportunidad, y Mei encontr el switch de la descarga electrosttica. La/el puta/puto salt tan sbitamente como una mosca de una mesa y cay delante del auto. Mei se ech a rer al momento, y ri con ms ganas cuando vio al travest levantarse quejoso y comenzar a gesticular y manotear con gran aspaviento y bravata, pero eso s, sin tocar el vehculo. Como la insonorizacin del auto haca la escena silente, era doblemente hilarante; Mei se retorci agarrndose el vientre entre carcajadas y lgrimas. Era aun otra muestra de que este era un pas de segunda, se dijo Mei; no slo la gastronoma era de segunda, sino tambin la prostitucin. Rayos, ha sta los europeos tenan mejor ambas cosas. Mei conect el motor a toda potencia sin liberar el embrague, y el travest pas corriendo a la acera, lo cual desat otra escala de risotadas. Recuperando la compostura, Mei tom el volante y mir al frente. Al hacerlo, vio que una de las putas, la pez-limpia dor-de-peceras, sostena un cuchillito amenazador ante el parabrisas. La descarga electrosttica la abra alcanzado en la boca; algo seguramente muy molesto. Curioso y deseando ms diversin, Mei esper. La puta, sin dejar de mirar a Mei a la cara, baj el cuchillo hasta que se perdi de vista en direccin a la rueda. Mei sonri cuando la mujer hizo un gesto de clavar, y volvi a largar la carcajada al verla saltar hacia atrs haciendo ademanes de dolor y tomndose la mano, ya sin arma y con manchas de sangre. Es lo que consigues, pens Mei, si intentas perforar una rueda de alta resistencia con una navajita plegable. Mei liber el embrague y sac el auto de all sin soltar el volante. En cualquier otro lugar hubiera puesto el piloto automtico; con los conductores nativos, eso sera suicida, adems de que tambin deba evitar los baches en la calle. Diversin aparte, estar destinado en este pas era un infierno para Mei. Odiaba tanto el lugar como a sus habitantes. Por esa razn no se dola en lo ms mnimo por quienes iban a morir en las prximas horas.

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El Coco, Cintras y Marquito se haban pasado las ltimas horas de la tarde consiguiendo balas para el arma del ltimo, y la bsqueda los haba llevado a recalar en la casa del Cansao, ya entrada la noche. El Cansao se haba declarado en falta en cuanto le expusieron su necesidad. Sin levantarse de la butaca les dijo rascndose la cabeza —: Hace meses que no se ven balas de calibres raros americanos en La Habana y ms desde que yo no las veo. De balas rusas y normales, todo lo que quieran; pero no hay ese calibre especial de los Malos. —Pago lo que sea, Cansao —dijo Marquito—. Yo s que t lo sacas de abajo de los muertos. —Te podra hacer una mierda y venderte balas rusas refundidas para ese calibre en el patio de mi casa —dijo El Cansao—. Pero yo soy tu hermano. A ver, djame ver la pieza, si la tienes arriba. Marquito se sac el revlver Taurus de la espalda y se lo extendi al Cansao. ste lo tom con parsimonia. —Cuatro cincuenta y cuatro; tremendo hierro —olisque el can y al instante apart el arma de s—. Compadre, si vas a andar sin calzoncillos asegrate de que el can del arma no te caiga entre las nalgas. Coge, anda. Ustedes los jvenes tienen cada moda... — Tienes o no, Cansao? —pregunt impaciente El Coco—. Dilo rpido, que nos vamos a ver a Jorge el de Belascoan, que se nos hace camino adems. El Cansao se repantig an ms en su butaca y abri las manos. —Dale, ve con l. Te va a vender fusibles de electricidad con bao de nquel de pesetas, metidos en cartuchos rellenos de cabecitas de fsforos. —Eso mismo —dijo Cintras—. Vamos, Marquito. Ya me tienes mal con las balitas especiales para tu pistolita especial. Marquito se desasi de la mano de Cintras. —Mi pistolita especial, como t la llamas, me ha salvado la vida ms de una vez, y a ti tambin. —Te creo –intervino El Cansao—. Qu precisin y alcance tiene, Marquito? El joven se dio la vuelta hacia el vendedor. —A una cuadra he matado gente con esto. —Tremendas patadas que mete, verdad? Marquito asinti. —Una vez le di en la cabeza a un tipo, y se la desaparec. Tambin dej cojo a un tipo; le ripi el muslo de uno solo.

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— Y cmo conseguas las balas? —Una reservita que vena con ella cuando la compr. A veces le pongo balas hechas aqu, pero hechas bien y con buena aleacin. Pero ya ni eso aparece, y de la reserva me quedan las puestas y tres ms. El Cansao se llev la mano a la barbilla y pens por unos segundos. —Te dir lo que voy a hacer por ti. Voy a mandar a buscar aleacin de ese plomo de los Malos con un tipo que lleva mercanca para el norte de vez en cuando, y yo mismo te fundo las balas, te les doy el bao de latn y te cargo los cartuchos. —Yo no acabo de entenderlos a ustedes los quemados a las armas —dijo El Coco llevndose las manos a los dreadlocks de las sienes—. Si el hierro es bueno, para qu tanta exquisitez con las balas? Si no se traba, lo disparas y ya est. —La bala es la mitad del tiro, Coco. Una bala mal hecha sale sin puntera, adems de que te hace mierda el can, si es que sale. — Y ese contacto tuyo no me pudiera traer las balas y ya? –pregunt Marquito. —Difcil —contest El Cansao—. Es mucho ms complicado traer balas enteras, sobre todo del norte, de lo s Malos malsimos. —De todas maneras no sirvi. Necesito las balas ahora; no se puede ir al fuego con ocho tiros. Cintras se acomod la panza que le colgaba s obre el cinto y volvi a tomar a Marquito por el antebrazo. —Mi hermano, el tiempo pasa y tenemos cosas que hacer —dijo—. Agarra tu automtica y vamos para all. El Cansao hizo un gesto de aprobacin. —Balas para automtica tengo de todo, Marquito —dijo—. Nueve, nueve del ruso, nueve del ruso especial, tres cincuenta y siete, cuatro coma cinco, cinco siete... lo que los seores quieran. —La automtica es para el diario —protest Marquito-. Para las cosas serias llevo el Taurus. Adems, no tengo la automtica arriba. — ¡Acabramos! –exclam El Coco —. A esta hora y con ese recado? Mira, cmprale un hierro al Cansao y partimos ya pero ya. Tambin tienes armas, Cansao? El Cansao asinti calmosamente. Marquito pareci pensarlo por un rato, y despus pidi con decisin —: Dame algo alemn.

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No haba nadie sentado en la mesa, y en el saln de reuniones quedaban slo el negro y el hombre ms joven, quienes acodados en el pullman de la ventana oeste disfrutaban una excelente vista de la Baha. La Baha era ms negra que la noche, pero su superficie reflejaba las luces de ambos lados con un brillo aceitoso e irisado que no tenan las estrellas. En la parte del oeste, sin embargo, era menos vvida la iluminacin y se quedaba ms cerca de la orilla. —Mira para all —el joven seal hacia la parte vieja de la ciudad, la occidental—. El pas de la ciguaraya; en cada cuadra se est cometiendo ahora al menos un asesinato, un robo, una violacin, una estafa, una pelea. —Eso siempre ha sido as, Fernando —dijo el negro—. Yo nac ah, en Centro Habana. —Pero El Vedado no era as antes —dijo Fernando—. Ni Miramar, ni Boyeros. Todo desde la Baha hasta Jaimanitas es una selva llena de fieras, Samuel. El negro se encogi de hombros. —Bueno, justicia potica. Ya los niitos del Vedado no se pueden hacer los finos con la gente de Alamar, como en mi poca; ahora la gente bien vive aqu en El Este. Mi hijo va a nacer aqu en El Este. — Y t crees que la ciguaraya no sabe cruzar un tnel o no puede coger una lancha? Esto aqu va a terminar como eso all, y dnd e nos vamos a meter yo, t y tu hijo. –Bataban o Alquzar. O Guanabo, para seguir con vista a la costa norte. —Guanabo est lleno de putas y traficantes —dijo Fernando—. Tambin vas a necesitar un ejrcito para quitarle el terreno a las cadenas de turismo, o mucho dinero. Adems, Bataban es un fangal y Alquzar tiene central; nunca has olido un central en zafra? —Pues hasta Matanzas llegamos. El joven mene la cabeza. —Hay que pararlo ya, Samuel, hay que pararlo ya. — Parar qu? —Todo en este pas va siempre a menos. Tenemos que estar empezando cosas para ir tirando antes de que las echemos a perder. El negro se enderez en el asiento y se cruz de brazos mientras el joven segua hablando. —Siempre estamos atrs —dijo el joven—. Y nos enteramos cuando el golpe avisa. Por una vez tenemos que entrar en caja rpido, y entrar bien en algo bueno. — Como la Arquitectura Dinmica, supongo? —dijo Samuel.

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Fernando sonri sardnicamente a la vez que extraa de un bolsillo del saco un objeto cuadrado y plano no ms grande que la palma de la mano. —Toma —le alcanz al negro. Samuel tom el objeto. —brelo —dijo Fernando. Samuel encontr el cierre del aparato y lo abri en dos como una ostra. La parte de arriba era la pantalla, la de abajo tena el pad y los perifricos. —Es como cualquier otra palmtop —dijo—. Los perifricos parecen estar mejor hechos, pero nada ms. —Son mejores —afirm Fernando—. Cada uno es t hecho con la calidad que tendra en un ordenador personal orientado especficamente a su uso. El dispositivo de vdeo y sonido es profesional, el de datos, el Be-jack, las interfases, todo. El negro se encogi de hombros. —Un todo en uno —dijo con desgana mientras le devolva el aparato al joven—. La gente les tiene mana, no se vende. Recuerda, si de algo s, es de ventas. Fernando se guard el artefacto cuidadosamente. —Esto es ms que un todo en uno, es un cualquier cosa en uno. —Yo s, yo s para lo que sirve la Arquitectura Dinmica. Si quiero que este aparato me sirva para procesamiento de sonido, el chipset se convierte en un procesador de sonido, si quiero una interfase total, se convierte en un Be-pad. —Como los mejores del mercado —dijo el joven, apuntando hacia arribe con el dedo ndice—, como los mejores del mercado. Y tambin puede convertirse en un controlador central para varias unidades, similares o diferentes; por ejemplo, puedes integrar un estudio de televisin entero en esta cosa, sin perder ninguna capacidad, es ms, ganando en velocidad y estabilidad. Sin contar que es lo ms escalable que te puedas imaginar; cualquier pastilla virgen sirve para cualquier funcin: procesamiento, memoria, circuitos. — Y qu gano con eso? —pregunt Samuel—. Ni que comprarse las cosas por separado fuera tan difcil, adems de que lo que se hace de fbrica especficamente para algo es siempre, siempre mejor. Eso sin contar que con esta tecnologa los vendedores tendran una sola venta en vez de varias. No veo la ventaja ni para el consumidor ni para el proveedor. El joven hizo un gesto de perplejidad retrica. —Pues mira, el mundo entero se est pasando a esto, como mismo se pasa a Taisun —dijo—. Olvdate, son demasiadas las ventajas de explotacin para los usuarios, y los proveedores no pierden tanto. Les queda la

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venta de pastillas nuevas, licencia s de software propietario, y las refacciones; el ciclo de reposicin es mayor que el ciclo de obsolescencia de las piezas de arquitectura fija. — Y su propio ciclo de obsolescencia? — ¡No tiene! Cmo va a caducar algo que constantemente se cambia? — Y con tanto cambio no se pierde la continui dad del estndar, la compatibilidad entre las generaciones de tecnologa? — Por qu, si ni siquiera hay genera ciones? Para qu modificar el estndar cualitativamente si lo puedes escalar casi hasta el infinito? Samuel descruz los brazos y puso las manos sobre los muslos. —Es la nanotecnologa del futuro —concedi—. Pero sigo sin ver por qu es tan necesario para este pas, como t dices, al punto de correr tanto, y en los zapatos de los chinos nada menos. Fernando levant una pierna y se sostuvo el zapato en alto con una mano, mostrando la suela. —Made in China —dijo—. Los tuyos tambin, seguro. El negro imit el gesto del joven. —No, mi hermano —dijo—. Made in Italy; aqu si hay nivel. Entre risas, ambos soltaron sus respectivas piernas. —Sobre tu pregunta —dijo el joven cuando termin de rer—, es muy sencillo. La Arquitectura Dinmica es, al menos en los ltimos aos, el nico shift tecnolgico que une a las ventajas de la tecnologa en s las de la inercia del estndar. Por tanto, no nos va a pasar lo de siempre, que en cuanto alcanzamos un estndar, el mundo se mueve al siguiente ms rpido de lo que podemos seguirlo. La AD mantendr una continuidad que nos permitir estar a slo un paso detrs del mundo, no a una cuadra como siempre. — Y t crees que realmente eso va a hacer diferencia? Igual nunca estaremos al da. —Cierto, pero ahora no estar al da va a dejar de ser tan malo como antes. La disparidad va a ser de un orden menor. Por ejemplo, tendremos un acceso mucho ms rpido a la web. —Eso te duele, verdad? —Y dilo. El da entero me lo paso leyendo quejas de clientes, inventando cmo compatibilizar las redes y solucionando problemas de conexin; todo es culpa de la multiplicidad y el atraso. Samuel se qued pensando por un rato mientras Fernando lo miraba con intensidad como si esperara algo de l.

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— Cmo va el shift a parar a la ciguaraya? —dijo el negro al cabo de un rato—. En principio, esa era tu idea. —As como el caos genera caos, el orden genera orden —respondi Fernando—, y el orden, por supuesto, niega al caos. —El orden es la famosa Arquitectura Dinmica, supongo. —Y el caos la ciguaraya. —Norinco, Norinco de mierda —dijo Marquito observando su nueva automtica—; no puedo creer que me haya comprado esto. —Mi hermano, la ma es Norinco —dijo Cintras—. No te cuadran? Est bien. Pero no jodas ms. Los tres estaban sentados en cajones plsticos en una esquina, bajo un arquitrabe ruinoso y medio vencido de las columnatas corridas de Belascoan. Marquito apunt a los soportales en penumbras al otro lado de la vaca avenida. —Me cago en el Cansao. Le pido algo alemn, y nada ms que tiene copias chinas. — Y eso es malo? Las pistolas alemanas son mejores por qu? Porque son rubias? —Por el control —dijo Marquito, la cabeza ladeada y un ojo cerrado—. Los alemanes les hacen todas las pruebas a las piezas y los chinos se saltan unas cuantas. — Y eso qu tiene? —pregunt El Coco. —Que una pistola alemana es una garanta de por vida, y una china, un albur. Cintras y El Coco chistaron de fastidio a la misma vez. —chate qu talla —dijo de repente Marquito—. Una vieja trasnochadora. Por los soportales de la acera opuesta caminaba una anciana, despacio y pegada a la pared. Los tringulos de luz definidos por las columnas llegaban apenas con un vrtice hasta sus flacas rodillas; el resto de ella se vea siempre entre sombras imprecisas. —Se sal la vieja —dijo Marquito, y apret el gatillo. El ruido del disparo rebot de acera a acera y cimbr las tapas del alcantarillado antes de morir entre las columnatas. — Qu coo tu ests haciendo, Marquito? —exclam El Coco. —Afino la mira, que debe hacer falta —dijo Marquito, aun apuntando—. Fjate que fall.

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En efecto, la silueta de la anciana se vea en pie, inmvil contra la pared. — ¡Corra, mi vieja! —grit Marquito—. ¡Le doy un chance! El Coco mene la cabeza desaprobadoramente. —Yo la verdad que perd el inters en las viejas el da que descubr a las mujeres. Cintras ech una risotada. —Mtele un tiro de susto —dijo Marquito—, para que se mueva; si no, no tiene gracia. Cintras comenz a sacar la pistola. En ese momento una enorme furgoneta negra fren justo delante de los tres con un estrepitoso chirrido de neumticos. —La recogida, Marquito —dijo El Coco—. Ya deja eso. Los tres caminaron hacia la parte posterior de la furgoneta, cuya portezuela trasera acababa de abrirse. El Coco y Cintras entraron apresuradamente y se acomodaron en uno de los asientos corridos a lo largo del costado del vehculo; Marquito se qued indeciso, un pie en la moqueta y otro en la calle. An tena la pistola en la mano. La alz apurado y volvi a disparar hacia la acera de enfrente. —Mierda, otra vez fall —gru; y con aire de disgusto guard el arma, pas adentro y se sent. Dentro de la furgoneta, al final de los asientos, haba un hombre alto, rubio, con ropa casual de marca. — Y ese tiroteo? —pregunt—. Quin coo es el vaquero este, Coco? —Ese es Marquito —respondi El Coco—, ua y carne conmigo, hombre a todas, y el otro es Cintras, mi suegro, un tipo probado. — Y la balacera que ustedes estaban formando, con quin era? —Marquito estaba probando el hierro, que es nuevo. —Yo no te lo puedo creer, Coco —dijo el hombre de la furgoneta—. Me llamas tarde, te apareces con dos tipos nada ms, y uno de ellos se pone a tirar tiros a los latones de basura. El Coco y Cintras intercambiaron una mirada de entendimiento; Marquito fij la vista en sus zapatos. —Cara, mi hermano —dijo El Coco-, t no ests obligado a nada conmigo, ni yo contigo; si t quieres, nos bajamos y ya. —No te hagas, Coco, t sabes bien que ahora no tengo ms remedio —dijo el hombre y dio un golpe en la carcasa del auto—. ¡Arranca! La furgoneta se puso en movimiento.

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—Para terminar las presentaciones —dijo El Coco—, este es mi socio El Cara. — T, te llamas Marquito, no? —pregunt El Cara sin ms prembulo—. Tu hierro no est alineado? Te lo cambio. Marquito hizo un gesto de afirmacin. El Cara meti la mano en un gran envoltorio que estaba a sus pies, sac un arma y se la tir a Marquito. ste la tom y le dio la vuelta para ver la marca. Al leer, dio un respingo. El Cara hizo un gesto que expresaba curiosidad. —No le gustan las pistolas chinas —explic El Coco. — ¡No jodas! —exclam El Cara—. ¡Aqu todo es chino, mi hermano! Fjate que, si la mujer me pare un chinito, yo no me voy a poner bravo. El Coco y Cintras corearon ruidosamente las risotadas del Cara; Marquito con media boca. El Cara volvi a meter la mano en el envoltorio y comenz a sacar paquetes que despus les tiraba a los dems. —Son todos ajustables —dijo—, pero los hay ms anchos, ms largos, para todos los cuerpos. Busquen el suyo. Los cascos vienen en dos tallas nada ms, gente y cabezones. Los dems comenzaron a manipular los paquetes, y tras descubrir que eran armaduras para tronco y muslos, comenzaron a probrselas. —Hecho en China, mi socio —le dijo El Cara a Marquito con expresin burlona—; lo siento, no tengo otra marca. —l se lo pone, no te preocupes —dijo Cintras, observando cmo Marquito le daba vueltas al chaquetn—. La cabeza es por ah. —No hagan la noche conmigo —mascull Marquito—, que yo no soy maricn de nadie. El Cara larg una carcajada. — ¡No importa, chama! A cualquiera lo vacilan, y no por eso deja de ser hombre; el bugarrn que te meti ese cuento te enga. Tremenda pena me da contigo que te hayan convencido tan fcil. Todos menos Marquito rieron con ganas. —Bueno, el baleiro —anunci El Cara—. Dganme los calibres. —El nueve ruso —dijo Cintras. —Cinco con siete del gordo. Marquito mir la pistola que le acababan de dar y levant nueve dedos. —Del americano —explic.

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El Cara asinti complacido. —Tengo, y bueno —dijo—. Aluminio con acero para todo el mundo, de las rpidas que se pueden disparar en lo que sea. —Comenz a sacar cargadores de pistola, que primero miraba a la luz cenital del techo de la furgoneta y despus reparta o pona en el suelo. El Coco y Cintras se pusieron como nios con juguetes nuevos; Marquito cambi la expresin. —Les voy dando de esto por si se cay un conecto que tenemos —explic El Cara—, para conseguir Aks en el camino all; ms adelante sabremos si hay o no. Ah, los Aks no son chinos, son del tiempo de los rusos, pero estn en talla. De repente El Cara se call y mir por una ventana. — ¡Yuzaima! —grit—. Por dnde t me ests llevando? Desde el asiento del conductor respondi una voz de mujer. —Estoy buscando la autova de Regla, como me dijiste. El Cara agit la cabeza. — ¡No hay tiempo! —dijo—. Vamos por el tnel; coge por el cuarto conducto. — Qu t quieres hacer en El Morro a estas horas? —pregunt la conductora—. Adems, nos van a parar. —En esa carrilera y en este carro, no. Parece de reparticiones. A la salida del tnel nos arreglamos; lo importante es cruzar la baha —El Cara se sumergi de nuevo en su saco de equipo. Mientras, los otros hombres cambiaban sus cargadores por los nuevos. —No me los mezcles, Cintras —pidi El Coco. —Vienen pintados —dijo Marquito—. No hay prdida. El Coco se dio palmetazos en varios puntos del chaquetn, comprobando como por instantes el traje se pona rgido con los golpes, y despus movi los brazos y las piernas. —Cmodo, est cmodo. Cintras, por su parte, apunt con el arma a travs de la ventanilla, persiguiendo en su desplazamiento aparente a los faroles ms le janos de la Avenida del Puerto. —Vamos a partirle la vida a unos cuantos. ¡Pwata, pwata, pwata! Marquito asinti, mirando de reojo al atareado Cara a la vez que acariciaba su pistola.

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El anfitrin le sirvi caf al hombre de cabello crespo en una taza de porcelana azul. — As o ms, Sergio? Sergio neg con la cabeza. —Poquito. De caf ya tengo en vena lo suficiente para una semana; este poquito te lo tomo para no hacerte un feo. —T siempre tan amable –sonri el anfitrin mientras echaba en su taza una generosa cantidad—. Yo s que no puedo resistirme a la segunda mejor exportacin colombiana. — Esta gente no querr? —No, hubieran venido aqu a la cocina. Sergio se apoy contra la meseta del fregadero. — No hay camareras aqu? —No a esta hora. A esta hora no hay nada; grac ias a Dios mi tarjeta me da acceso para todo, hasta para sacar la cafetera del esta nte, y el caf lo guardo en mi oficina. —Qu chino ms atravesado este Mei —dijo Serg io—, mira que poner la reunin para esta hora, y aqu en vez de en la Lonja del Comercio. —Fui yo quien decidi la hora y el lugar. No me pongas esa cara; tengo mis razones. La que te puedo contar es que no conviene an que se sepa de estas negociaciones, y la noche, ya sabes, es la madre del secreto... —... y la hermana del silencio. Yo tambin he odo la cancin —Sergio tom un sorbo de caf. —Entiendes, entonces. —Conmigo no tienes problema, Pedro. Los dos se concentraron en el caf. Sergio puso expresin de xtasis. —Pedro, este caf est bueno. El otro sonri. — Bueno nada ms? —T sabes cmo soy yo —dijo Sergio—, cuando exagero es que estoy siendo amable, y cuando digo las cosas normal, sin inflar, estoy diciendo lo que siento. Y lo que siento es que este caf es el mejor que me he tomado en aos. Pedro se frot las uas de la mano derecha contra su chaqueta y luego se las sopl. —T sabes que yo me muevo en Colombia —dijo. —Yo s como t te mueves en Colombia, y que conste que no le digo nada a tu mujer, ni a la ma, que es lo mismo.

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—Aparte de eso, aparte de eso; t sabes que yo tengo mis negocios all. No te voy a decir nada, pero este caf me lo regala una person alidad colombiana que le pisa los callos al presidente y no le pide perdn. Sergio sonri. —T eres el hombre del negocio. —Y t el de la ciencia —dijo Pedro—, siempre ha sido as. Por eso yo te respeto; por eso y porque s que t me respetas desde los tiempos de la universidad, cuando todo el mundo deca que yo era un intil. Todo el mundo menos t. —Si eso me ha valido tomarme este caf contigo —Sergio puso la mano izquierda sobre el hombro de Pedro—, fue el mejor juicio de carcter que he hecho en mi vida. Pedro levant la mano en un ademn moderador. —La cuestin ahora no es de juicio de carcter —dijo—, pero igual necesito tu confianza; confianza en m y en mi juicio. Sergio suspir. —Y confo, confo. Es slo cuestin de punto de vista. Hay cosas que t simplemente nunca vas a ver. Pedro puso la taza sobre la meseta y se cruz de brazos. — Cmo qu, a ver? — pregunt—. De verdad me interesa saber. —Bueno, t puedes ver todo este asunto del shift a la AD y Taisun, la compatibilidad con el mundo y los chinos, en trminos de poltica y de economa; yo los veo en trminos de resistencia. — Resistencia? Qu es eso de resistencia? —La que t quieras. Cultural, econmica, poltica. — Pero resistencia a qu? —Resistencia a ser una provincia del mundo —dijo Sergio—, en vez de un pas. —No te entiendo –Pedro agit la cabeza nerviosamente—. Qu quieres decir con eso? —Que sera muy bonito ser parte del mundo si el mundo fuera un lugar bonito; pero no lo es. Y no lo digo yo; t tambin lees la pr ensa extranjera. Ahora mismo, hay ms cosas malas que buenas ocurriendo, y precisamente las cosas malas prefieren las redes para moverse. Mucho fraude, mucho negocio incierto y desfavorable, medios de comunicacin de contenido basura. Y a todas esas cosas se les traba el paraguas para entrar aqu; llega despacio, sin ganas. —Tambin a las cosas buenas, sabes —apunt Pedro—, de entrada y de salida.

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—Es idea que te haces. Los turistas no vienen por cable ni por satlite, ni las maquinarias; y los ctricos, el caf, el tabaco, el nquel, los msicos, la mano de obra, todo sale por barco o avin. Pedro dio unos golpecitos con los dedos en el enlosado de la meseta; el material no percuti en lo absoluto. —No es tan simple como t dices. La inferioridad tecnolgica respecto al resto del mundo no es slo un problema de transmisin de datos; tambin tiene efectos econmicos. —Inferioridad en informtica de usuario, Pedro, nada ms, y eso no tiene tanto peso en nuestra economa. No te sigas creyendo esa propaganda de “eleve la eficiencia de su empresa con los nuevos ordenadores Fulano”. A la hora del cuajo, nuestra economa no tiene sectores que dependan de la informtica blanda. La agricultura, el turismo y la minera llevan equipos que usan software integrado, propietario y para tcnicos. Aqu no andamos moviendo de un lado para otro terabytes de marketing, consultoras y servicios en lnea. —S lo movemos —afirm Pedro—. Hay mucho trabajo de oficina, mucho trabajo de gerencia que hacer. No caigas en el error de pensar que no lo hay, o que no es importante. —Eso es comodidad para las secretarias, y eso no da nada —dijo Sergio mientras dejaba la taza en la meseta—. En cambio, tienes idea de cuntos tcnicos viven de hacer emuladores o ensamblando piezas incompatibles? De cuntos talleres hay fabricando piezas multiestndar? De cuntas soluciones tcnicas para problemas extremos generamos aqu y vendemos fuera? Es una industria nacional orientada a un mercado nacional, que da empleo y mueve capital pequeo; eso no lo tiene ningn pas, y lo lloran. T sabes que lo lloran. Todos los economistas dicen que ojal que haya de nuevo economas nacionales, que haya fronteras de nuevo, y este pas es de los pocos que nunca dej de tenerla. Qu es nuestra situacin tecnolgica sino la frontera ms dura del mundo? No, mi hermano, yo no me quiero montar en el carro del mundo, no ahora que hay tanta gente que quiere bajarse—. Sergio levant la taza y palade el ltimo sorbo con expresin reconcentrada, como si estuviera sopesando sus propias palabras. Pedro apur el fondo de su caf. —Ya sali —sonri cmplice mientras sostena la taza entre ambas manos. — Sali qu? —La industria nacional. Tu industria nacional —Pedro marc el “tu” con tono sarcstico.

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Sergio acarici con displicencia el solapn que colgaba del bolsillo superior de su chaqueta. Deca “Investigadores independientes” en austeras letras rojas sobre fondo cobalto. — Bueno, tengo que halar para mi lado, para mi gente no? Oye —dijo en aire de mofa— est bueno este ttulo que inventaste; lo que ms me gusta es la onda de la investigacin. —Tengo que mantener el nombre de mi empresa; no puedo mandar a hacer un solapn que diga “Informticos merolicos y delincuentes a medio tiempo”. Ambos rieron discretamente. —Bien, Sergio —dijo Pedro tomando la cafetera—, en vista de que no te puedo convencer, te voy a dar ms caf, hasta que te vuelvas adicto y te pueda chantajear. —T s sabes cmo. Pero esprate, que este caf se merece mi taza especial—. Sergio se llev la mano a un bolsillo interior del chaleco y sac un objeto compuesto de dos aros plsticos concntricos, de cinco centmetros de dimetro el de afuera y algo menos el de adentro. El exterior era transparente y tena por encima un reborde que cubra al interior; por debajo tena adherida una pe lcula traslcida de un material tenue, casi inexistente, que atrapaba al aro pequeo. —Echa en el medio, sin miedo —dijo presentando el objeto ante la cafetera. Pedro puso cara de fastidio mientras dejaba caer un chorro tmido de caf. Para su sorpresa, en cuanto el lquido toc el material traslcido, este cedi como una tela de araa, sin romperse, y baj llevndose consigo el aro interior hasta separarlo diez centmetros del aro. Pedro se qued boquiabierto observando el jarro en que se haba convertido el artilugio. —Es una macromolcula con memoria de forma —explic Sergio—. La presin hidrosttica la hace cambiar de estructura, y se estira y se tensa; se puede tomar el lquido sin peligro de que se recoja porque no recupera la forma de inicio hasta que la carga no baja de un umbral. Pedro sacudi la cabeza benvolamente. —A ti te encantan los tarequitos. —Me privan —reconoci Sergio—, me vuelven loco. —Y t eres el que no quiere el shift; con la cantidad de tarequitos que no entran por incompatibilidad de estndares. —Precisamente por eso. Si maana todas las pirujitas de secundaria fueran a la escuela con tacitas como sta, me iba a deprimir cantidad. Ahora, yo soy una de las cuatro o cinco personas en esta ciudad que tienen algo como esto. Dale, acaba de echarme el caf.

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Marquito se acomod las cartucheras y pistoleras con ademanes viriles. Tena el Kalashnikov cruzado sobre el hombro, un pie adelantado para adoptar una pose perdonavidas y la barbilla tan levantada que le deba ser incmodo mirar al frente. Llevaba dos fundas, una a la derecha para la nueve milmetros y otra a la izquierda para el revlver, y cananas para las tres armas. Cintras, de pie frente a l, rastrillaba una y otra vez el fusil, profiriendo expletivos y flexionando las rodillas cada vez que terminab a el ciclo del mecanismo. Llevaba el casco puesto con los cierres sueltos y se le balanceaba con cada movimiento brusco. El Coco terminaba un cigarro sentado sobre la herrumbrosa curea de uno de los grandes caones espaoles, con el Kalashnikov en el regazo y cara de estar sacando cuentas; sus labios musitaban nmeros de vez en cuando. Alrededor de ellos, la explanada exterior de la batera costera de tiempos coloniales estaba llena de vehculos y hombres armados o por armar, acompaando a los enormes caones Ordez con un ajetreo guerrero que stos no ve an desde haca un siglo. Por suerte para los hombres no haba luna, y sus preparativos no eran visibles para la gente que estuviera en El Morro o en los primeros edificios de la urbanizacin del Este. Del reparto de la Cabaa y cercanas los tapaban la concavidad del terreno y la vieja muralla espaola; al norte no haba sino el mar vaco, que adems cubra todos los ruidos con su oleaje. El Coco termin de arreglar cuentas y se dedic a observar a los dems. La mayora galleaba, como Cintras y Marquito, o bromeaba peligrosamente. Unos pocos conversaban en grupos pequeos, menos estudiaban sus armas y su equipo. Cmo rayos se haba metido en tamao brete con esta gente? Yunia; Yunia, la muy puta desgraciada, ojal y la mataran. Lo engaaba, se escapaba antes de que pudiera darle lo que se mereca, y lo dejaba sin un peso pero con las deudas de sus caprichos. Tena que salir bien de sta, para encontrar a Yunia donde quiera se hubiera metido y meterla en una baera con cal viva. — Pensando, Coco? El Coco levant la vista. El Cara s que estaba cargado de cosas, y eso que no llevaba AK. —No pienses tanto, Coco. El que piensa mucho se traba.

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—Estoy cogiendo fresco —sonri El Coco—. Y nivelndome un poco; le quedan dos o tres patadas —le ofreci su cigarrillo al Cara. —No, qu va. Me hace falta estar claro. Ves esto? —El Cara levant en la mano derecha una semiesfera metlica del tamao de una cabeza—. Tiene ruedas debajo —volte el aparato—, y se mueve solo, pero yo lo tengo que guiar con un puntero lser. — Qu es, un juguete? El Cara neg con la cabeza. —Una bomba. Es para hacer un paso en un rea negada por microondas. Si no, al que intente pasar lo fren vivo de adentro para fuera. —Tremendo invento. Y a donde vamos va a hacer falta? —Esto y ms. Me consegu tambin lanzagranadas y lanzacohetes. —No me digas que vamos a tumbar al gobierno. El Cara se ech a rer. —No, es ms seri o. Vamos a quemar el edificio de una gran empresa. No tenemos que hacer nada especial, nada ms que dejarlo inhabitable por un largo rato. El Coco dio un respingo. —Contra, mi hermano. Eso es grave. Y se supone que lo hagamos con esta gente? El rubio se dio la vuelta y observ a los hombres. —No importa —dijo volviendo a encarar al Coco—. Slo tienen que hacer bulto. Yo y t somos los que vamos a hacer esto. Yo llevo lo pesado y t me cubres. — Y si se te rajan? —Tengo cuatro tipos haciendo la pala —dijo El Cara—, repartiendo Yerba Negra, coca, hongo, Pata Caimn, Seboruca, pastillas, de todo No se va a rajar nadie. A ti no te ofrezco porque no es lo tuyo. El negro sonri, dio la ltima cachada al cigarrillo y bot el extremo casi inexistente. Cuando la nfima colilla cay entre los matojo s, El Cara se aproxim al otro hombre. — Coco, mi hermano, de dnde t sacaste a estos dos? El Coco se ech hacia atrs con premura, poniendo las manos ante s como si temiera que el rubio fuera a desplomarse sobre l. —No te me pegues tanto, que me parece que me vas a dar un beso o cualquier mariconada. —Yo confiaba en que al menos t me ibas a conseguir gente seria.

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—No se pudo, mi socio —dijo El Coco—. Es que estoy arrancado, no tengo ni para pagar el cuarto. Y as no te respetan, los duros de verdad no te siguen. El Cara puso una mano sobre el hombro del otro. —No hay problema. Cuando esto se acabe, vas a nadar en dinero. Ven —seal hacia atrs con un movimiento de cabeza—, aydame a ponerle el blindaje a los carros. El Coco se cruz el fusil a la espalda y sigui al Cara hasta la parte posterior de una furgoneta, contento de tener algo fsico que hacer. Al llegar junto al vehculo El Cara abri la puerta. —Aydame, que esto pesa –dijo se alando la carga, unos rollos gruesos de un material mate pero perlado de centelleos metlicos a la luz del techo de la furgoneta. El Coco se acomod la correa del Kalashnikov y se inclin para tomar el extremo de un pliego en lo que el rubio entraba y se pona a empujarlo hacia fuera. —Puede tocar el piso, pero no dejes que se arrastre —dijo El Cara. Sacaron trabajosamente seis rollos grandes y seis pequeos. Al terminar, El Coco dijo, secndose la frente —: Mi hermano, con la cantidad de manganzones que hay aqu. —Son capaces de romperlo, y eso que es blindaje —El Cara sali del vehculo cargando una cesta plstica con tubos de spray de varios colores—. Pero para ponerlos s van a tener que ayudar, al menos sostenerlos en lo que t y yo echamos el spray. — Cmo funciona esto? —dijo El Coco acercando una mano curiosa a los tubos de spray. —El rojo es para la parte de adentro, para que pegue; el azul, para la parte de afuera, para que frage. El Coco tom uno de los rojos. — Y con esto se pega en pintura antipolvo? No se supone que no se le pegue nada? —Se pega, se pega. Se pega en cualquier cosa, y si no hay polvo, mejor todava. —Brbaro, entonces —reconoci el negro—. Y el spray amarillo? —Sirve para zafarlo despus; tambin para limpiarle la sangre. El Coco hizo un gesto de sorpresa. — Limpia la sangre? —Una pasada, y ni para el microscopio queda —dijo orgullosamente El Cara—. Ni trazas. El Coco repuso en la canasta el spray rojo y tom uno amarillo que sopes caviloso. —Mi socio —dijo—, si al final te sobra uno de stos, me lo podras pasar?

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El hombre grueso y de mediana edad caminaba de un extremo a otro del pasillo llevndose de vez en cuando una mano al mvil que rodeaba su oreja. A la ensima vuelta, el hombre se detuvo, levant la cabeza y dej la mano fija apretando el aparato contra su crneo. — Ricardo? —dijo—. Soy yo, Julio. S, todava estoy aqu con la gente de la informtica y el chino no ha llegado. No, no me parece que venga —hizo un gesto de impaciencia y clera cuyo objetivo pareca ser su interlocutor—. Para qu carajo...? —Su cara mostr duda. — No hay nada de qu hablar, aqu todo el mundo tiene su idea hecha —dijo exasperado—. Y eso te importa tanto como para tenerme a esta hora dando snsara con esta gente? Adems de que estoy muy cansado y cabrn para tirarle de la lengua a nadie, yo nunca he servido para sacarle cosas a la gente. Cmo? —puso una expresin de incredulidad furiosa— Cmo que para qu yo sirvo? Eso es lo ms desagradecido que me han dicho en aos en la poltica, y mira que me han dicho cada cosa. Oye, yo soy un diputado elegido y no tengo por qu aguantarte esas cosas, ni mu cho menos servirte de espa. No, no, yeme t a m, bien claro: en este pas t no eres el nico que tiene un grupo parlamentario, y yo s que soy el nico que manda en Cienfuegos; a ver qu me dice Cabreras de eso. —El hombre se puso en jarras—. No, yo me pongo como t me pongas —y marc la frase sealando con el ndice un punto culpable del piso—. S, yo s lo que es la informtica en el mundo moderno, estoy en la cabrona comisin nacional de eso. S, aqu se pueden decidir cuestiones muy importantes; mejor dicho, se podan, porque a esta hora ya el chino nos est vacilando, hacindole chistes a alguna puta de que tiene a cinco guanajos desvelados esperndolo. Hablar con la gente? De qu, Ricardo, de qu, dime, de qu que no se pueda hablar en otro momento? Otra re unin se arregla fcil, no jodas. —Escuch con paciencia forzada durante dos minutos enteros—. Est bien, est bien; pero me la debes, buena que me la debes. El hombre llamado Julio toc el mvil con la punta de un dedo, se meti ambas manos en los bolsillos y tom por el corredor hacia la puerta del saln de conferencias. Al asomarse vio a Fernando y a Samuel sentados en extremos opuestos de la mesa. El primero lo invit a entrar con un gesto en tanto el otro mascullaba explosivamente. Julio rode la mesa por el lado de Fernando, rumbo al pullman.

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—El shift es tanto o ms en inters de los chinos que nuestro —dijo Julio, dejndose desplomar en el pullman—. No debiramos hacer ninguna concesin ni pactar condiciones de pago que no nos convengan. — Cmo as? —pregunt Samuel desde la mesa. —El shift nos va a poner maduritos para recoge r. Despus del shift, ser muy fcil para ellos apoderarse del pas entero. Y nos van a comer, fcil, como una galletica de crema; y nos van a comer tan bien, tan bien les vamos a sentar, tan digestivos, que ni van a dar las gracias. — Por qu no van a dar las gracias? —Porque ellos son as de hijos de puta. Samuel ri sardnicamente. — Qu t crees de eso que dice Julio? —dijo girndose hacia Fernando. Fernando baj el brazo en que descansaba la cabeza para poder hablar. —Que a cualquiera se le va la mujer con un chino —mascull desganado. —Qu simptico —gru Julio—. Mi mujer est en mi casa, gracioso, que ella es decente. Adems, yo no s para qu habla de mujeres alguien que no la ha visto pasar en aos. — Y t ests seguro que eso que tienes en casa es una mujer y no una caguama disfrazada? Julio se irgui en el pullman como si fuera a pararse. — A ti qu te pasa, t quieres problemas conmigo? —dijo apoyando el reto con manoteos. —No, qu te pasa a ti? —dijo Fernando, tambin agresivo y gesticulante—. Uno viene aqu a hablar de asuntos serios, y t hablando que si hijos de puta, que si galleticas de crema... El negro dio un manazo en la mesa. — ¡Yo no me creo esto! —dijo colrico—. Un diputado y el administrador de la red nacional metiendo guapera como si fueran un par de muchachitos. —Se levant de un tirn, dejando los puos apoyados en la mesa—. Si se van a entrar a gaznatones o a jalones de pelo, me avisan, que a m no me gusta meterme estos shows. Los otros dos hombres se recogieron, apocados y en vergenza.

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Samuel se sent de nuevo, controlando con sendas miradas la paz que acababa de imponer. —Esto es serio, seores —advirti—, as que hay que tratarlo con seriedad. —Se llev la mano a la frente en un gesto de agobio—. Y el cabrn chino de mierda, que no llega. —Le he puesto un generador de mensajes automticos. —La voz de Fernando era calma y conciliadora—. Cada diez minutos, con un programa de frases. No responde. –No le da la gana —dijo Julio. —O no tiene encima ningn receptor. —O lo tiene metido en los mismsimos... — ¡Cago en diez cabrn! —grit Samuel, derriba ndo la silla para ponerse de pie—. Quin carajo aqu tiene ganas de fajarse de verdad? Quin carajo? –dijo, el rostro descompuesto y los ojos blancos—. ¡Yo s estoy loco por meterle las manos a alguien! —Si te vas a comer a alguien —intervino Sergio desde la puerta—, que sea al chino. En fin de cuentas, l es el culpable de que la gente est como est. —No jodas —dijo Samuel, la cabeza hundida entr e los hombros como si intentara tragarse algo imposible—. El chino no es el que est acabndome la paciencia; son ac el seor poltico y el seor tecniquito. — Qu te hicieron? —Me sacan de quicio. Llevan la noche entera tirndose escupidas y no han empezado la piacera todava, le ronca la berenjena, con la s ganas que le tengo yo al gordo este, que me tiene seco a punta de sobornos. Julio hizo un intento por levantarse del pullm an. —Samuel, yo no te puedo permitir...—dijo luchando por acercar el trasero al borde-...una cuestin de respeto... Sergio se llev el ndice a los labios, mirando fijamente al diputado mientras se acercaba al pullman por el lado de Samuel. Al pasar palme suavemente el hombro del negro. —Esa es la idea —dijo con voz suave—, que nos fajemos entre nosotros y no con l. Todo est pensado. — Pero por qu? —pregunt Fernando—. Por qu tiene que ser el seor Mei un hijo de puta? A ver, es porque todos los chinos lo son? —No, ni remotamente —Sergio se dej caer junto a Julio y le dio una palmada en la rodilla al enrojecido poltico—. Pero te puedo asegurar que nunca has visto nada ms degenerado

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y cruel que un chino con dinero o poder. Les hace peor efecto que a nosotros, por mi madre. — Y por qu? Porque t lo dices? —Bueno, yo los vengo estudiando desde el otro gobierno y algo les s. Yo te digo que son diferentes a nosotros, que piensan cosas muy diferentes de la vida, y esas diferencias se hacen ms evidentes en los negocios. Samuel volte la cabeza hacia Sergio. — Y a ti quin te hizo el experto en chinos?—. Aun tena un tono iracundo. —Yo mismo. Yo leo en chino bastante bien y me he ledo sus libros y sus peridicos, y sus pginas web, todo lo que escriben cuando no hay extranjeros mirando. Y te repito, lo que a nosotros nos vira al revs a ellos los deja fros, y lo que a ellos les da asco a nosotros nos parece natural. —Eso es racismo, mi hermano. T nunca me has dicho nada ni me has hecho una mierda, pero parece que a los chinos no los llevas tan bien como a los negros. —Lo de racismo es relativo; si t vieras lo que ellos dicen de los extranjeros —Sergio se llev las manos a la nuca—. Mira, no digo qu e sean peores ni mejores, ni que haya que tratarlos as ni as, ni mucho menos echarlos a los perros. Es slo que en negocios grandes, donde la gente ni siquiera tiene la decencia o la moral de su cultura, s conserva la mala entraa; y la de ellos es diferente a la nuestra. Quedaron en silencio, cavilosos, como atrapados. Los cuatro estuvieron as por unos minutos, hasta que de repente irrumpi en la sala el anfitrin. —No me lo van a creer —dijo Pedro con azoro—. Hay una gente atacando el edificio. Fernando, Samuel y Julio levantaron simultneamente la vista hacia Pedro; Sergio resopl y se encogi de hombros sin alzar la vista. — Cmo? —pregunt Samuel—. Atacando? — ¡Pero qu es esto! –dijo Fernando—. Adnde va a parar este pas? —Tengan calma —dijo Pedro—, el edificio es imposible de penetrar. Adems, tenemos una nueva sorpresa para intrusos; china, por ms seas.

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El puo izquierdo del saco de Mei emiti un leve zumbido que ms que ruido era cosquilla, sacndolo de su ensimismada observacin de la baha. Mei frot el ndice de la mano derecha en la tela del puo y esta se cubri de cuadros de lneas luminiscentes, que a su vez se llenaron de caracteres alfanumricos formando un mensaje en espaol. “Le ha ocurrido algn percance, seor? Le pudiramos ayudar en algo?”, ley Mei con frustracin. Era el te rcero de los correos del maldito negociador nativo. En el primero se haba interesado por su salud y en el segundo le ofreci un auto. Qu persistencia, qu intil y molesta persistencia. Si tan slo supieran. Mei roz con los dedos el rea de interfase del puo, introduciendo comandos para bloquear al emisor de los mensajes, y finalmente presion el meique sobre el espacio correspondiente al reloj. Ya deba haber empezado. Despus de sacar unos binoculares de la guantera, Mei sali del auto, fue hacia la capota y se sent de frente al fondo de la Baha y la urbanizacin de Regla. Gracias a la altura de la Loma de La Cabaa tena buena perspectiva tanto de la zona vieja, ms cercana, de casitas antiguas y apretadas entre s, como de la moderna, emergente en reas ms abiertas y con algunas recientes construcciones elevadas. Entre estas ltimas estara el edificio de la reunin. Lo hall despus de una breve bsqueda y levant el largavista con un suspiro impaciente. Ah estaban; seis furgonetas en la explanada abierta a un costado del edificio, haciendo una media luna con el seno apuntado hacia la entrada del parqueo interior. Detrs de los vehculos, hombres parapetados hacan fuego sin orden ni coraje aparentes. Mei ri: a su larga lista de defectos, los nativos aadan la cobarda y la ineptitud militar. No obstante, pronto la fuerza del nmero dio a los asaltantes la victoria sobre los guardias de la garita. Comenzaron a acercarse a la puerta, hasta que de repente varios de ellos cayeron al suelo en el intervalo de unos segundos, como figuras de cartn sopladas, y el resto volvi en desorden al refugio de los carros. Mei pens que alguno de los guardias de la garita haba podido activar las armas automticas de la entrada del parqueo antes de caer muerto o herido, tomando a los atacantes por sorpresa. Para entender mejor la situacin, Mei hizo el intento por acercar la imagen, pero se le hizo borrosa e imprecisa. Las sofisticadas lentes de aceite graduables por micro electricidad, corregidas mediante lser y probadas en Indochina y en el rtico, no funcionaban bien en la

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combinacin local de presin, temperatura, humedad y composicin del aire. Un asco de pas, se dijo Mei re enfocando la vista. Algo se poda ver, no obstante, gracias sobre t odo a la iluminacin de la plazoleta. Mei se centr en uno de los hombres, al cual vio saltar de la proteccin de una furgoneta a la de otra, y que cay tirado en el suelo y haciendo grandes aspavientos. Seguramente lo habra herido alguna de las ametralladoras auto apuntadas, as como a los dems que yacan en la explanada. Un par de semanas antes la firma de Mei haba vendido e instalado tecnologa de vigilancia y defensa por armas automti cas a la empresa duea del inmueble, y por supuesto, los asaltantes no haban tenido tiempo de enterarse, o tan siquiera la precaucin de investigar. Por qu todos en este pas tenan que ser tan chapuceros y descuidados? Por qu lo dejaban todo para el final, o incluso para el momento de la verdad, cuando ya nada poda hacerse? Todo al desgano, improvisado. En ese sentido eran an peores que el resto de los occidentales, que ya era mucho decir. Si al menos tuvieran algn rasgo que los redimiera de la desidia, de la incuria rampante ... pero en seis meses entre los naturales Mei no haba hallado tal cosa. La situacin en la explanada no se defina; los hombres permanecan tras los vehculos, blindados al parecer. Dos pobres ametralladoras automticas los mantenan clavados al suelo, sin posibilidad de avanzar o retroceder, como perros callejeros en espera del carro de sanidad urbana. Mei pens en todo cuanto hubiera hecho un equipo de asalto realmente profesional, incluso con muy poco equipo. Desde cegar los sensores pticos con punteros lser como el que le viera a uno de los atacantes, a quemar los neumticos de repuesto y un tanque de gasolina para crear pantallas de calor y humo. Incluso les hubiera ido mejor intentando agujerear la pared exterior con explosivos. De repente un estallido de luz entr por la izqui erda de la visin de Mei, haciendo que los binoculares se ennegrecieran para proteger sus ojos. Mei esper un segundo a recuperar la claridad, y desplaz su perspectiva en busca del origen de la llamarada. Tras un paneo, descubri a un hombre alto y rubio, escudado tras la ltima furgoneta, que llevaba un lanzacohetes. Despus de todo, al menos uno tie ne recursos y agallas, pens Mei; pero no los haba mostrado a tiempo, pues desde la carretera de Guanabacoa se escuchaba el ulular de las sirenas policiales. Los atacantes estaban en la clsica situacin de sitiadores sitiados.

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Mei dirigi los binoculares hacia la gran puerta metlica del parqueo, a los lados de la cual estaban las ametralladoras, y descubri divertido que ambas seguan inclumes. De seguro haban detectado y destruido el cohete en pleno vuelo; la tecnologa se derivaba de un sistema de proteccin de vehculos de combate gracias al cual las fuerzas blindadas chinas haban aplastado al ejrcito indio con prdidas insignificantes. Deban hacer algo mejor los asaltantes, si queran neutralizar a las armas automticas para al menos escapar con calma. Justo entonces Mei escuch un fortsimo estruendo proveniente de la carretera; una explosin tan potente que las plantas de sus pies sintieron la vibracin del suelo. “S que hicieron un plan”, pens Mei, “al menos esto previeron”. Si los atacantes lograban obstruir por completo el paso por la estrecha carretera, habran ganado unos quince minutos, el tiempo que demorara en llegar una compaa del prximo cuartel de la polica especial, en Cojmar. No obstante, aun estaban en una situac in complicada, y cierta mente no le vea la salida. — ¡Dime qu carajo hacemos ahora! —grit El Coco—. ¡T inventa cmo sacarme de aqu! — ¡Cllate, Coco! —dijo El Cara—. ¡Djame pensar, por tu madre! En el suelo detrs del negro Marquito lloraba quejoso, sin casco, con la espalda contra la furgoneta y aferrndose desesperadamente la pierna derecha, sangrante. —Coco, me muero —deca—. Me mataron, Coco. Slvame, mi hermano; slvame que me mataron. — ¡Me cago en tu madre, Marquito! ¡No me jodas ms! Marquito prorrumpi en sollozos. El Cara hizo ademn de descansar el tubo del lanzacohetes contra su hombro, pero en cuanto el metal se acerc a su rostro lo apart de s. —Esta mierda quema —dijo sorprendido—. Debe ser por los guantes que no me doy cuenta, pero est que jode. Furioso, El Coco le arrebat el arma tomndola por el rgano de puntera y la lanz lo ms lejos que pudo. — ¡No comas ms mierda con los coheticos y piensa algo! El Cara desenfund su pistola y la peg al visor del Coco. — A ti que coo te pasa? — ladr—. ¡Yo soy hombre hasta para morirme!

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El can del AK del Coco se peg al pecho del rubio. —Aqu todos somos hombres, Cara —dijo El Coco—, pero nadie quiere morirse. De spus, si t quieres, nos vemos las caras; pero ahora inventa algo, que para algo tienen que servir ustedes los blanquitos. Los otros cuatro hombres que compartan con ellos la proteccin de la furgoneta observaban la escena sin decir palabra. Tras unos segundos de inmovilidad, El Cara guard el arma con movimientos lentos y cautelosos. —Est bien, ya habr tiempo para resolver las cosas —dijo—. Pero haz que se calle el guanajo ese, que no me deja pensar. El Coco baj el arma y se dio la vuelta arrodillndose junto a Marquito, quien segua llorando ruidosamente. La sangre del joven le manchaba toda la pernera derecha y ambos antebrazos, pero pareca brotar lentamente, no a chorros. El Coco hizo el intento de apartar las manos de Marquito del rea encima de la rodilla, lo cual provoc gritos de dolor y ms llanto. — ¡Estate quieto, maricn! —grit El Coco y le dio una bofetada al herido—. ¡Que te calles! —y repiti el manotazo con ms fuerza—. ¡Djame ver! Marquito par de llorar y comenz a jadear roncamente, pero puso las manos a ambos lados del cuerpo, dejando al otro plena libertad. — Dnde es? —pregunt El Coco. Marquito se seal la rodilla con el mentn. — Y por qu hay tanta sangre ms arriba? —se pregunt el negro—. Djame ver —se fij en el faldn de la armadura, que caa sobre el muslo. Justo bajo la cadera, haba un pequeo agujero, circundado por una pequea hinchazn del material, como un nfimo volcn. El Coco levant la pieza y tante el ensangrentado pantaln en la zona debajo del agujero. El herido lanz un grito de dolor. El Coco hizo un gesto de comprensin, y baj la mano hasta cerca de la rodilla. Se vea un desgarro de la tela y mayor profusin de sangre. —Chiflaste, Marquito —dijo—. Una bala loca, te entr por la cadera y te sali por abajo, pero sin tocar el hueso ni las venas gordas. La verdad que no hay dos balazos iguales. Va y te salvas. —Si tuviera un arma de balas pesadas y de mucha puntera —dijo de repente El Cara—, podra intentar darle a las ametralladoras y echarles a perder una pieza; ellas mismas se

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romperan disparando. Puedo apuntarla sin peligro con el mdulo para trincheras del puntero lser. — ¡Brbaro! —El Coco se olvid de Marquito y se volvi hacia El Cara. —Vamos, yo mismo tiro con el aparato ese. —Pero no s con qu —dud El Cara—. Estos AK estn ya viejos, no le daran a nada, sin contar que se calientan tanto que va y les tira n. Y las pistolas que trajimos, dudo que alguna les pueda hacer algo; esas ametralladoras son de tanque, creo, y aguantan golpe. El Coco regres a Marquito, e ignorando las quejas y protestas de ste, le sac el Taurus de la pistolera donde lo tena mal embutido a la fuerza. — Sirve este hierro? —pregunt—. Sirve? Pedro guard el mvil con expresin sombra. —Seores, muy malas noticias. Los atacantes se las ingeniaron para destruir las armas automticas y les estn metiendo explosivos a las puertas. — ¡Chinas tenan que ser! —exclam Julio—. Lo ven? —No jodas con eso ahora —dijo Fernando—. Qu hacemos? —No teman —dijo Pedro-, aun despus de derribar la puerta del parqueo, que no va ser tan fcil, se las vern con la guarnicin interna y todas las puertas interiores. — Cuntos son? —dijo Sergio. —Buena pregunta. Pedro hizo un gesto de anuencia y levant el mvil otra vez. Tras dictar el contacto, les dio la espalda a los dems. Cuando se volvi, dos minutos despus, tena una expresin muerta y los labios cados. —El jefe de la guarnicin dice que ellos son demasiados y tienen armamento pesado. No puede garantizar nuestra seguridad al ciento por ciento. — Y la polica? —No esperamos a la unidad de Cojmar hasta dentro de diez minutos, como mnimo — suspir Pedro—. Pusiramos pedir ayuda a la guarnicin del Complejo Morro Cabaa, pero no me llevo bien con el dueo de la cadena que lo maneja. En mi opinin, debemos tomar el ascensor ejecutivo antes de que tomen el parqueo interior, para poder llegar bien tranquilos al bunker del pnico.

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— Cul pnico? –pregunt Sergio. —Muy gracioso —gru Fernando—. Vmonos ya coo —y se levant de la mesa camino al pasillo; los dems lo siguieron, Sergio de ltimo. En el corredor Pedro tom la delantera. —Yo los guo; vamos a tomar el elevador ejecutivo —anunci—. No tengan miedo, desde que se dio la alarma de ataque y mientras no se declare incendio o derrumbe, ningn elevador llega al primer piso o al garaje, excepto el de la guarnicin. Slo yo puedo cambiar eso, desde el bunker del pnico. No llegarn a nosotros tan fcilmente, — Y las escaleras? —pregunt Fernando. —Colapsaron automticamente algunos tramos y bajaron las rejas. —Esto es una fortaleza, seores —dijo apaciguador Sergio—. Ni les puedo empezar a decir todas las medidas de seguridad que tiene. —S, pero esa gente se tir a pesar de eso —dijo Julio—. Seguro vienen preparados para romper esto como un coco seco. Sergio dio un bufido de impaciencia y le dio un codazo a Samuel, que caminaba a su lado; el negro le respondi con un ademn molesto, sin virar el rostro serio y tenso. —Ah, seores —dijo Sergio—. A ustedes les faltan aventuras en La Habana. —T eres mi hermano, pero si vas a hablar tanta mierda en el bunker —dijo Pedro—, te juro que te dejo fuera, me oste? Sergio? Sergio estaba parado varios pasos ms atrs en el pasillo y se llevaba la mano al bolsillo interior del chaleco, hurgando nerviosamente. —Caramba, se me qued la taza en la cocina. Fernando se gir hacia l sin dejar de caminar. —Por tu madre, Sergio, al ascensor. Sergio sacudi la cabeza. —N, ni loco. Si yo dejo esa taza ah, ms nunca la vuelvo a ver, por hache o por be. Vayan delante, que despus yo bajo solo. —Ni se te ocurra —Samuel se dio la vuelta en el umbral del ascensor-. Bajamos todos juntos. Mientras, el guardia de seguridad haba entrado al ascensor y se colocaba ante el panel de mando. Sergio vio la desesperacin enjaulada en sus ojos. —Bajen, bajen —insisti—. Total, qu puede pasar. —No estoy para esto, te lo juro —protest Julio, apenas visible desde una esquina del ascensor—. Hay gente ah abajo con armas largas, Sergio.

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—Igual que la guarnicin, seores —dijo Sergio—. Y hay muchas barreras, no es verdad, Pedro? —Haz lo que te d la gana —respondi Pedro, que ya estaba con el resto dentro del aparato—. Nosotros bajamos; te vamos a dejar la puerta del bunker abierta por cinco minutos, fjate, cinco minutos —y pasando el brazo por sobre el hombro del guardia, roz el panel de mando. —Cualquier cosa me escondo en el bao —asegur Sergio haciendo un saludo con la mano mientras las puertas se deslizaban; justo antes de que llegaran a cerrarse, escuch a Julio decir algo acerca de un imbcil que no se tomaba nada en serio. Sergio ri para sus adentros y se dio la vuelta para volver a la cocina. Dio tres pasos. De pronto sinti a sus espaldas un fragor como de metales muriendo, mientras un golpe instantneo de viento ardiente y seco le quemaba la nuca. Qued atontado por unos segundos, suspendido en un estupor con la vista nublada y temblores por todo el cuerpo; el instinto le deca que sus sentidos haban sido conmocionados y que la aparente ausencia de sensaciones era una sobrecarga. En breve recuper la percepcin de su piel, agostada e hipersensible como si se hubiera insolado; de sus odos, apelmazados por una presin que ni recordaba; y de la vista, un tanto errtica en los bordes. El equilibrio no quiso reaparecer. Reuniendo fuerzas, se dio la vuelta trabajosamente y mir en direccin a la puerta del ascensor. La humareda, tenue y poca, se deshaca rpidamente, y al fondo las hojas del ascensor estaban entreabiertas, lo suficiente para que una persona pudiera meter los hombros. Sergio se acerc cautelosamente, percibiendo la calidez que emanaba de los metales, y mir por la abertura. El piso de la caja haba desaparecido, al menos en la seccin que l alcanzaba, y all abajo se vean la oscura pared del pozo y los rales de gua. Al subir la vista asustado por la inesperada negrura, descubri algo que no haba notado antes en la mampara del ascensor. Asqueado, se tir contra la pared del pasillo, refugiando la espalda en el frescor del falso mrmol; los ojos cerrados, las manos crispadas, la mente en un ciclo de sangre y colgajos chamuscados.

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Alguien haba planeado muy detalladamente cmo matarlo de la forma ms inevitable posible: destrozado y quemado vivo con una explosin de alto calor primero, y arrojado luego desde un piso dieciocho por el pozo de un ascensor. Probablemente gracias a un sensor de presin calculado para cinco personas en la caja del elevador, que activara cargas de chorro trmico en los soportes del suelo. Cinco personas; todos y cada uno de los invitados a la reunin. El guardia de seguridad haba tomado su lugar. Una tcnica de dim mok. Preparar la bomba, un toque, atacar un punto afuera, el otro; los verdaderos blancos, como el chi, se mueven hacia un punto donde les dan el golpe final, la explosin. Que en vez de simplemente reventarlos les volaran el suelo bajo los pies, podra ser un toque de sadismo, o un mensaje. Y el tal Mei nunca haba llegado a la reunin. Hijos de la gran puta, pe ns Sergio. Solo ellos. Escapar. No haba cmo. Slo desde el bunker o el centro de mando se podra cambiar el status de la alarma de asalto a incendio o algn otro tipo de catstrofe, y slo bajo otro status de alarma podra usar los otros ascensores o las escaleras; el mismo Sergio haba diseado el sistema, por trasmano. El nico medio de moverse a travs del edificio durante un asalto era el elevador ejecutivo, y estaba inutilizado. Lo estaba? Si las cargas trmicas se haban colocado con profesionalidad, el chorro sera muy direccional; si acaso un poco se habra desviado, como evidenciaba la sangre en las paredes. La maquinaria y la electrnica bi en podran haber salido indemnes. Sergio se apart de la pared e hizo el esfuerzo de estudiar el estado del aparato metiendo la cabeza entre las puertas. El panel de controles y el techo estaban intactos, las paredes y puertas no parecan muy daadas, en tanto del suelo incluso quedaban restos triangulares en las esquinas. Sergio apart las puertas, estir un pie para colocarlo en la seccin de placa prxima al panel y se lanz hacia el asidero que iba a lo largo de las paredes. Qued a medias en el vaco, con un pie en una superficie menor que su zapato, otro colgando sobre el pozo, la mano derecha aferrada a la barandilla y todo el cuerpo y la cara contra la pared lateral.

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Sergio estir cuidadoso la ma no izquierda hacia atrs y tante por instinto el panel de control, que vea de reojo. La s puertas se cerraron; con dificultad, pero era una victoria. Sergio sigui presionando la placa sensible hasta que el ascensor se estremeci ligeramente y comenz a bajar. El movimiento lo desequilibr y casi lo hizo caer hacia atrs, pero se recuper tirando del agarradero y apoyando la mano izquierda en el propio panel de mando. Fue una larga bajada. Cuando el ascensor se detuvo y se abrieron las puertas, Sergio maniobr para salir, con extrema cautela. Ms que a la cada en s, que no sera grande, le tema a encontrarse entre los restos de los dems all en el fondo del pozo. Slo de pensarlo le daban escalofros, y ya estaba bastante trastornado. Haba llegado a un nivel del garaje. Por el garaje haban entrado los asaltantes. Sergio mir en todas direcciones sin apartarse mucho de la puerta. Pens que era una suerte que la salida del elevador del piso ejecutivo diera a un rea apartada del parqueo; probablemente ningn asaltante habra llegado hasta ah. Sergio comenz a caminar con sigilo hacia una pequea puerta metlica en la gran pared del fondo; quizs lo llevara a una pequea habitacin donde esconderse o a un corredor de salida. Entonces sali un negro de detrs de una columna. El negro era alto, niltico, fuerte. Llevaba armadura semicompleta, un Kalashnikov y arns militar, pero su equipo era un personaje secundario; los protagonistas eran los ojos, desfachatadamente indiferentes a la muerte propia y la vida ajena. Miraba a Sergio como si fuera el ltimo plato de un buen banquete. Sergio vio la cara del negro y se pregunt por qu no estaba muerto aun. El negro, por su parte, no mova un msculo. Haba algo en los extravagantes dreadlocks que salan bajo el casco como correas de sujecin, algo en aquella fealdad ms all de raza; Sergio crey encontrarlos en algn rincn de su memoria. Negocios, conflictos, mero encuentro? Lo que fuese, valdra clemencia? El negro agit el can del Kalashnikov, apunt ando hacia la puerta metlica del fondo. Sergio comenz a andar despacio, sin darle la espalda. Slo tras unos cuantos pasos se atrevi a caminar de frente: la vista al frente, sin mover los brazos ni dar seales de apuro; apenas respiraba.

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Despus de llegar a la puerta y abrirla sin problemas con su tarjeta universal, Sergio se volte hacia atrs. El negro estaba arrodillado junto a una gran columna y se dedicaba a aplicarle mdulos de explosivo que sacaba de una mochila. Sergio se qued fascinado por la meticulosidad con que el hombre adhera los rectngulos grises a la pared, hasta que una voz lo sac de la contemplacin: — ¡Coco! —grit alguien desde la entrada del garaje—. Ponlo ah al trozo, no seas tan perfecto, que eso es lo de menos ahora. Sergio cerr la puerta tras de s con el mayor cuidado posible para no hacer ruido; no lleg a escuchar respuesta ninguna del negro. Mei vio a los hombres salir de vuelta por la puerta del garaje. Se notaba que se iban por propia voluntad, despus de haber terminado cuanto iban a hacer y sin que nadie los echara. Resopl de asombro; al parecer lo haban l ogrado despus de todo, al menos la parte de tomar el edificio y colocar las bombas. A tiempo, tambin, pues ya se vean las luces de los carros policiales llegando por la carretera ms all de la urbanizacin del Este. Mei se imagin al sooliento jefe del cuartel de Cojmar arreando autos y hombres a medianoche para una salida imprevista, y se ech a rer. Ahora los asaltantes se iran en sus vehculos, haran estallar las bombas a distancia segura, y entonces los representantes quedaran atrapados en una ruina incendiada. Era lo mismo si caan desde un piso dieciocho o si dieciocho pisos les caan encima. Difcil salvarse de algo as, incluso dentro de un bunker. En ltima instancia, no era asunto suyo, ya no ms. No era siquiera su plan decapitar a la informtica local matando a los lderes y coordinadores; l hubiera resuelto el problema con negociaciones de fuerza. Sin embargo, si alguien ms sabio haba decidido tomar este curso de accin, Mei no se consideraba apto para juzgarlo. Adems, era divertido utilizar a los hampones locales contra su propia elite social y tecnolgica; y si l mismo hubiera muerto en el incidente, incluso se volveran locos buscando un culpable entre ellos mismos, aumentando as sus ya profundas divisiones. La divisin era buena. El mejor plan del mundo es usar las debilidades del enemigo contra l mismo, y no hay mayor debilidad que la divi sin. Divisin entre los de arriba y los de

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abajo, y adems divisin entre los de arriba y divisin entre los de abajo. Y en el pas tenan la suficiente de cualquiera de las tres como para manipularlos durante siglos, revolvindolos a unos contra otros como frutas en una licuadora. Mei se imagin a s mismo variando a placer las velocidades de un aparato de esos y visualiz un vaso lleno de mangos con forma y aspecto de caras largas, angulosas, de estpidos ojos redondos y demasiado vello facial. Pero en realidad, l no estaba al control de la licuadora. Desde esta noche ni siquiera estaba en la cocina. Ah, qu noche, pens Mei. Deba dormir lo que quedaba de ella para maana enfrentar fresco al Director General Chiang. Pero no en su casa; un hotel sera mejor. Mei entr al auto, guard los binoculares en la guantera y orden al vehculo cerrar la puerta y partir. — ¡Recojan los muertos y heridos, y las armas! —orden El Cara agitando pesadamente el revlver—. ¡Rpido! Un blanco alto de facciones bastas se encogi de hombros a la vista del Cara. — Para qu los muertos? —dijo con una mueca de despreocupacin. El Cara levant el revlver y le dispar al hombre a la cabeza; el retroceso por poco le hace darse un golpe con el arma en el hombro del otro brazo. —Recjanlo a l tambin —dijo— ; bueno, lo que queda —y mir con asombro el cadver casi descabezado. Los dems se movieron con premura, cargando cuerpos entre tres y hasta cuatro personas, torpemente y sin consideracin con los que an podan quejarse. — ¡Los muertos en el de Yuzaima! —dijo El Cara—. Y que nadie se monte ah. T s, Coco, t vienes conmigo. El negro estaba ensimismado observando al hombre tendido en el suelo, pero hizo un gesto de que haba odo al jefe. — ¡Coo! —grit de repente el rubio—. ¡Somos unos locos! ¡Somos los mejores! ¡Aqu s hay! —y dispar el revlver al aire. Los hombres se movieron ms rpido, en tanto El Cara y El Coco supervisaban al buen tuntn. Cuando la explanada estuvo vaca, en unos minutos, ambos se montaron en la furgoneta donde haban colocado a los muertos, cinco en total.

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—Contra, de verdad hay que llevarse a los muertos? —dijo El Coco mientras intentaba acomodarse; tuvo que poner los pies sobre un cadver, en una parte limpia del cuerpo—. Para qu, para abono? —Para que la polica no busque a los que saben que son amigos de los muertos, cuando los identifiquen —explic El Cara—. Ahora, bueno, se van a demorar un poco ms, van a tener que hacer anlisis de la sangre. El Coco asinti, complacido. —Y hoy llueve —afirm—. No lo sabas? —dijo al ver asombro en el otro—. Pens que lo sabas. —No, no saba —dijo sorprendido el rubio—. Qu suerte, mi socio. Qu suerte hemos tenido—. El Cara baj la vista y comenz a callar. El Coco se palme los muslos. —Cara, nos la vimos cerca —dijo—. Aqu mismo –sostuvo la palma de la mano a centmetros del rostro. Del otro lado del vehculo, El Cara jugueteaba en silencio con el revlver de Marquito. —De madre estuvo aquello —El Coco suspir pesadamente mientras pegaba la espalda a la mampara del auto—. Por momentos me pas mi vida entera por delante. El rubio asinti despacio. El Coco se qued mirando el arma en las manos de su compaero de viaje, pensativo, durante unos minutos. Pero de repente se inclin hacia el otro y dijo—: Cara, por qu a ti te dicen as? El Cara levant la vista. — Cmo dijiste? —Que por qu te dicen “Cara”. No s, la curiosidad —explic El Coco—; es que por poco me muero sin saberlo nunca. Por papi o por feo? Negando con la cabeza, El Cara esboz una sonrisa divertida. —Ni por feo ni por lindo — dijo—. Es que, con la piel de yogurt que tengo y este pelo vikingo, tengo cara de negro. Antes me decan Cara de Negro, ahora me dicen Cara y ya. El Coco se estir, asombrado. — Cara de negro? De negro sueco, no? —Mira bien —dijo El Cara y se seal el rostro—. Fjate en los detalles. El Coco observ los rasgos del otro con detenimiento—. Contra, verdad que s. Usted tiene cara de negro; usted es ms bembn y ms chato de cara que yo —y se ech a rer. El rubio lo acompa en la risa. —S, comp adre —dijo al cabo—, debe ser un bisabuelo mandinga como mnimo, porque esta jeta es pura frica.

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—Y dilo —corrobor El Coco—. Tu familia tena tapado esa mancha en el expediente hasta que naciste t y los echaste para alante. —Qu vergenza —El Cara hizo una mueca falsamente contrita—, por poco mi padre se divorcia. El Coco ech una carcajada. —Este pas est lleno de negros —dijo con seriedad pedante. El Cara mir al otro con sorpresa por unos segundos, y luego se sonri. —Coco, t sabes que t eres negro, no? -Negro yoooooooo...? Entre carcajadas, el rubio dio un culatazo en la pared divisoria. La furgoneta ech a andar enseguida y se vieron obligados a maniobrar para contrarrestar la aceleracin y los giros cerrados, lo cual les cort la risa. —Ya vena la polica —dijo serio El Coco, apoyndose en los brazos extendidos a los lados para no balancearse—. Se oan las sirenas. —Habr que correr —se encogi de hombros El Cara, a quien no pareca importarle el zarandeo—. Cundo no? El negro asinti con expresin de haber reconocido una verdad profunda. — Lo dejaste ir, verdad, Coco? —pregunt de repente el rubio—. Al tipo del garaje. La cara del Coco se volvi ptrea. —Lo dejaste ir —afirm El Cara—. No hay problema, te entiendo. La gente de a pie no puede ser tan sanguinaria como los de arriba; tenemos que tirarnos un cabo unos a otros de vez en cuando. El Coco se encogi de hombros a la que vez que chasqueaba la lengua. —Yo tambin, yo tambin —continu el rubio—; se puede decir que yo tambin le salv la vida a un hombre esta noche. El agradecimiento de ese tipo puede valer mucho, o poco, no s; el caso es que lo perdon, como t perdon aste a ese. Qu t crees, habr valido la pena? Con un suspiro y una mueca de duda, El Coco se declar incapaz de responder. El seor Chiang estaba sentado en sile ncio tras el bur de su oficina. Un largo silencio.

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Mei, que estaba en una silla del lado sumiso del escritorio, saba que no le tocaba a l romper el hielo. El seor Chiang era en extremo rgido en cuanto a las normas de comportamiento entre subordinados y superiores. El Director General Chiang tena el aspecto de inclemente severidad que se vea en los mandarines imperiales de las pinturas antiguas. Incluso bajo el traje occidental, se trasluca la misma vocacin inflexible de servicio a los superiores por encima de cualquier debilidad o sentimentalismo. Y Mei conoca a su jefe el tiempo suficiente como para saber que su continente era apenas un atisbo de cun despiadado e inhumano poda ser, especialmente temprano en la maana. Al cabo, el seor Chiang dijo—: Usted debe asumir la responsabilidad. Mei sinti cmo la sangre se le iba a los pies. —No entiendo, seor Chiang —dijo secamente. — Qu no entiende? —dijo el jefe de Mei—. Su ausencia durante el incidente con los delegados de la industria informtica local nos ha dejado en muy mala posicin. —Fui demorado por imprevistos. El seor Chiang resopl. –No, Mei, usted no fue demorado por imprevistos —afirm—. Usted demor primero y cancel despus su salida para la reunin, con plena voluntad. Hemos hablado con su servicio domstico. Mei arrug la frente. — Qu dijeron? No s qu puede ser, qu mentira... —No persista, Mei. No nos va a convencer. El subordinado baj la cabeza. —Est bien —acept—. Qu debo hacer, seor Director? —Ya se lo he dicho; asumir la responsabilidad. — Pero de qu manera? El Director se inclin hacia delante, y al hacerlo, el sol naciente sali por detrs de su hombro. —Usted ser degradado y expulsado sin recomendaciones —anunci—. La documentacin ya fue expedida, al igual que las notas de prensa. No tema, le daremos un buen paquete de salida: acciones en alguna compaa ajena a nosotros, de su eleccin. Esto ltimo quedar en secreto, por supuesto. Mei alz la vista evitando el sol, molesto aun a pesar de los filtros de la ventana. —Pero eso me har aparecer como nico culpable; las autoridades locales pueden detenerme.

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—Ser su responsabilidad evadirlas, as como fue su voluntad evadir la reunin con los representantes. —Usted sabe muy bien que si yo hubiera ido... —Nosotros no sabemos nada, Mei —dijo el seor Chiang—. No empeore su situacin con infundios. Ya bastante mal ha hecho intentando atemorizar a los negociadores locales. —Yo no... –comenz a decir Mei, pero lo interrumpi el amenazador dedo ndice del seor Chiang. —Si usted hubiera ido a la reunin y hubiera muerto —continu el Director—, hubiramos podido culpar a alguno de los sobrevivientes como instigador de un plan para abortar los contactos y tuviramos ahora una excelente posicin negociadora. Como usted no fue, se ha hecho evidente que fue usted quien plane todo con el fin de intimidar a los representantes y conseguir el cierre de las negociaciones estancadas. Si no estaba obteniendo resultados simplemente debi haberlo informado en vez de forzar las cosas; hubiramos entendido. El joven ejecutivo se mordi los labios con fuerza. Chiang se ech hacia atrs en su asiento y se llev dos dedos a la casi inexistente barbilla. —Por suerte, por lo menos se cumplieron en parte sus objetivos, Mei; al menos dos de las agrupaciones representadas han enviado mensajes explicando que no tuvieron nada que ver en el incidente. Es obvio que estn tan atemorizados que estn dispuestos a no incriminarnos. Podemos seguir negociando el shift de estas personas. Volvi a hacerse el silencio. El seor Chiang cavilaba en tanto Mei dejaba escapar su alteracin en pequeas y controladas dosis. Al rato, el Director hizo un ademn displicente con la mano izquierda. —Puede irse, Mei —dijo—. Piense en cmo evadirse, pero por favor no nos comprometa ms. Mei se levant lentamente e hizo una estudiada reverencia. Despus se detuvo por unos segundos, como si fuera a decir algo; pero enseguida dio la vuelta y se encamin hacia la puerta. —Ah, Mei —escuch el joven a sus espaldas en el momento en que iba a tocar el abridor de la puerta—. Quin cometi la indiscrecin? Mei se sonri, y sin decir nada apoy un dedo en el pad sensible de la puerta. En el perfecto silencio escuch cmo el mecanismo se pona en movimiento y la puerta comenzaba a deslizarse.

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— Mei? El joven ejecutivo dio el paso que lo pona fuera de la oficina y sin darse la vuelta dijo—: No s a qu se refiere, seor. Y si lo supiera, cree usted que yo traicionara a quien me avis lo que usted haba preparado para esa reunin? No hubo respuesta. Mei ech a andar por el pasillo silbando una meloda local. Juan Pablo Noroa : Graduado de Letras en la Universidad de la Habana ha sido incluido en la antologa Reino Eterno, Letras cubanas 1999. La mayor parte de su obra permanece indita. Al INDICE

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5. LAS COSAS QUE VENDRAN Programa para los prximos cuat ro meses del Taller Espiral: Taller Espiral de creacin y crtica literaria del gnero fantstico Qu se hace en Espiral? Lectura y debate de cuentos de los integrantes. Anlisis de tcnicas narrativas. Artculos de inters de determinado tpico o subgnero del fantstico. Lectura de obras de autores cultivadores del tpi co. Debate sobre la lectura, el autor y su obra. Ejercicios literarios. Lugar : Casa de Cultura de 10 de Octubre, Calzada del 10 de Octubre y Carmen. Entrada por Prraga. A partir de las 10:00 de la maana hasta la 1:00 de la tarde. Programa de actividades del 11 de septiembre al 18 de diciembre. Domingo 11 de septiembre Tema: Puntuacin y Gramtica. Por: Lic. Juan Pablo Noroa Lamas Domingo 25 de septiembre Tema: Subgneros: El cuento fantstico latinoamericano. Por: DrC. Jos Miguel Sardias Domingo 9 de octubre Tema: Tcnicas Narrativas: Mudas, salto cualitativo y vasos comunicantes.

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Por: Anabel Enrquez Piero Domingo 23 de octubre Tema: Subgneros: Historia de la Ciencia Ficcin Por: Inv. Miguel Bonera Miranda Domingo 6 de noviembre Tema: Tcnicas Narrativas: La caja china y el dato escondido. Por: Javier de la Torre Rodrguez Domingo 20 de noviembre Tema: Subgneros: Literatura Ferica Por: Sigrid Victoria Dueas Domingo 4 de diciembre Tema: Tcnicas Narrativas: El dilogo, el monlogo interior y la corriente de pensamiento. Por: Michel Encinosa F Domingo 18 de diciembre 2do FESTIVAL DE JUEGOS DE ROL CONCURSOS 1) Premio Calendario 2005 La Asociacin Hermanos Saz, con el auspicio del Instituto Cubano del Libro, La Casa Editora Abril y el Fondo de Desarrollo para la Cultura y la Educacin, convocan al Premio Calendario en su edicin del 2005, con el obje tivo de estimular la creacin literaria entre los ms jvenes. BASES

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1. Podrn participar escritores de hasta 35 aos sean o no miembros de la AHS o de la UNEAC. 2. Se premiarn los mejores libros de Poesa, Cuento, Ensayo, Ciencia Ficcin, Literatura Infantil y Teatro, con 3000.00 MN y la publicacin de la obra en la coleccin Calendario de la AH S y la Casa Editora Abril. 3. Los libros presentados, en original y dos copias, debern tener una extensin de hasta 40 cuartillas. 4. Los cuadernos debern ser inditos. 5. Los participantes debern acogerse al si stema de lema o seudnimo y en sobre aparte (bajo el lema o seudnimo) debern incluir los siguientes datos: nombres y apellidos, nmero del carn de identidad, direccin, telfono y sntesis curricular. 6. El plazo de admisin vence el 30 de septiembre del 2005. 7. Los resultados se harn pblicos en la Feria Internacional del Libro del 2006. 8. Se entregarn tres premios de igual categora en el gnero de Poesa, uno en Cuento, uno en ensayo, UNO EN CIENCIA FICCION, uno en Literatura Infantil y uno en Teatro. 9. El fallo del jurado ser inapelable. 10. Las obras se enviarn a las sedes provincia les de la AHS o a la Direccin Nacional de dicha organizacin sita en: Pabelln Cuba, calle 23, entre M y N, Vedado, Ciudad de La Habana. 2) ANTOLOGA DE RELATOS DE STAR TREK "LTIMAS FRONTERAS 2005" Tipo: Relato Dotacin: Publicacin Fecha Lmite: 1/9/2005 1. Podr enviar su obra cualquier persona, pertenezca o no a una asociacin de Star Trek. 2. Podr presentarse cualquier narracin indita siempre que la historia se desarrolle en el Universo de Star Trek, en cualquiera de sus variantes. Los recopiladores sern quienes

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decidirn, en ltimo trmino, si el relato enviado cumple los requisitos mnimos de ambientacin. 3. No se admitirn narraciones publicadas en formato electrnico; pgina web, cd-rom, etc. 4. Se admitirn nicamente relatos escritos en castellano. 5. Se admitir un slo relato por autor. 6. Los relatos tendrn una longitud mxima de 9.000 palabras, sin incluir el ttulo, o bien 11 folios escritos a un espacio y con un tamao de letra mnimo de 10. (Times New Roman) 7. El plazo de presentacin terminar el 1 de Septiembre del 2005. 8. Las obras se harn llegar por medio de correo electrnico, indicando claramente el nombre y direccin postal del autor, a la direccin de correo electrnico: cag@apdo.com, con asunto ltimas Fronteras 2005. 9. El autor conservar el copyright de su obra. No obstante, conceder el permiso para su publicacin en la recopilacin ltimas Fronteras 2005, cuya edicin ser nica y limitada a 100 ejemplares. En caso de una segunda o posterior edicin, los autores debern dar su conformidad. 10. Dado que la presente edicin se realiza sin nimo de lucro, los autores no percibirn ninguna remuneracin por sus obras. No obstante, cada autor que ceda un relato y sea publicado, tendr derecho a un ejemplar gratuito. Si se producen dos o ms ediciones, cada autor tendr derecho a un ejemplar por cada edicin. 11. Los relatos no publicados en la actual edicin, ltimas Fronteras 2005, podrn serlo en posteriores ediciones, ltimas Fronteras 2006 2007, etc, siempre que los autores den su conformidad. 12. Los derechos de la edicin de ltimas Fronteras 2005 pertenecern al Club Star Trek de Madrid. (C.S.T.M.) 13. El hecho de participar en esta antologa supone la aceptacin de todas y cada una de las bases.

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3) IV PREMIOS LITERARIOS CONSTANT 2005 Tipo: Relato Dotacin: Publicacin Fecha Lmite: 11/9/2005 TEMA. Libre. GNERO. Narrativo (relato, cuento, prosa po tica, memoria, carta, diario, etc.). LENGUA. Castellana o catalana. EXTENSI"N. Relatos inditos de 2 a 6 folios (DINA4 a doble espacio). CATEGORAS. 1) Hasta los 16 aos 2) De los 17 a los 20 aos 3) Adultos PREMIOS. Obras de arte y publicacin en libro de los 30 mejores trabajos. JURADO: Personas del mbito de las letras. PLAZO. Hasta el 11 de setiembre de 2005. Presentar el original del relato con nombre, domicilio, telfono y edad del autor. Slo 1 trabajo por concursante. INFORMACI"N. Silva Editorial. Web: www.silvaequips.es Tel. (+34) 977 248 883 DIRECCI"N. Premios literarios Ay untamiento. C/ Major, 27 43120 Constant (Tarragona Espaa) / o enviar por e-mail: constantirelat@telefonica.net 4) PREMIO UPC DE CIENCIA FICCI"N 2005 Tipo: Novela corta de ciencia ficcin Dotacin: 6.000? Fecha Lmite: 15/9/2005

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1. Pueden optar al Premio las narraciones inditas que se puedan enmarcar dentro del gnero de la ciencia ficcin. 2. Las obras presentadas, escritas en cataln, castellano, ingls o francs, deben ser enviadas por duplicado, mecanografiadas a doble espacio, y tendrn una extensin aproximada entre 70 y 115 hojas de 30 lneas de 70 caracteres (entre 150.000 y 240.000 caracteres). No se devolvern los originales recibidos. 3. El autor debe firmar su narracin con un lema o seudnimo y adjuntar un sobre cerrado que contenga los siguientes datos: Nombre completo, nmero de identificacin personal (DNI o similar), direccin y telfono o fax de contacto. En la parte exterior de este sobre se ha r constar el ttulo de la narracin y el lema o seudnimo de la firma. Los miembros de la UPC sealarn tambin esta condicin con la indicacin: Miembro UPC en el exterior de dicho sobre. 4. Los originales deben dirigirse a: Consell Social de la UPC Edifici NEXUS Gran Capit 2-4 08034Barcelona Tel. 93 401 63 43 Fax: 93 401 77 66 consell.social@upc.edu En el sobre se debe indicar claramente: Premio UPC de Ciencia Ficcin 2005 5. El plazo de presentacin de los originales de la edicin de 2005, acaba el 15 de septiembre de 2005. La decisin del jurado, que ser inapelable, se har pblica antes de finalizar el ao 2005. 6. De acuerdo con la opinin del jurado, se conceder un premio de 6.000 euros y, si el jurado lo cree oportuno, una mencin especial de 1.500 euros. Opcionalmente, se podr conceder tambin una mencin de 1.500 euros a la mejor narracin presentada por un miembro de la UPC. 7. El premio, que se conceder anualmente, podr ser declarado desierto. 8. Los ganadores de los premios y menciones ceden los derechos de la primera edicin en castellano y en cataln a la UPC y renuncian a cualquier otra remuneracin econmica procedente de dichas ediciones. 9. La novela ganadora ser publicada por la UPC si hay acuerdo con alguna editorial. 10. La participacin en el Premio UPC de Ciencia Ficcin 2005, supone la aceptacin de estas bases.

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5) X CERTAMEN LITERARIO VI LLA SAN ESTEBAN DE GORMAZ Tipo: Relato Dotacin: 750? + 450? + 300? Fecha Lmite: 15/9/2005 1.Podrn optar al premio todos los escritor es de cualquier nacionalidad, que remitan sus trabajos -en castellanoal concurso, dentro del plazo sealado y conforme a estas bases. 2.Los textos sern de tema libre, y cada concursante podr presentar todos los originales que desee. 3.El escritor afirma que la obra es original y de su propiedad, y en consecuencia se hace responsable respecto a su propiedad intelectual y patrimonial por cualquier accin por reivindicacin, eviccin, saneamiento y otra clase de reclamaciones que al respecto pudieren sobrevenir. 4.El estilo ser narrativa, tipo cuento o relato corto. 5.La extensin, en todo caso, no tendr que ser superior a los 8 hojas tamao A-4, mecanografiados a dos espacios y por una sola cara. Si se realiza con ordenador, se utilizar letra tipo Arial de 12 puntos. Se presentarn cuatro copias, sin firma ni i ndicacin alguna del autor (slo se admitir un pseudnimo). Se acompaar un sobre cerrado en el que conste el mismo ttulo del trabajo presentado y que contenga en su interior el nombre y apellidos del autor, lugar de residencia, domicilio y telfono del mismo. En caso de que un autor concurra con varias obras, deber repetir el citado procedimiento tantas veces como originales presente a concurso. 6.El plazo de admisin de los originales, a partir de la presente convocatoria, comprende hasta el 15 de septiembre de 2005, y debern ser entregados en mano o remitidos por correo al: Ayuntamiento de San Esteban de Gormaz Plaza Mayor, n 1 42330 San Esteban de Gormaz Soria Espaa

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haciendo constar en el sobre: Para el Certamen Literario "Villa San Esteban de Gormaz". 7.Las personas residentes fuera de Espaa pueden presentar los trabajos por Internet, a la direccin de correo electrnico: certamenliterario@sanesteban.com teniendo en cuenta que la garanta del anonima to est limitada por las caractersticas del citado sistema. No podrn presentar los trabajos por Internet las personas, extranjeras o no, que residan en Espaa. Los trabajos que se presenten por correo electrnico se enviarn en formato Word, con letra Arial de 12 puntos y configurados en tamao de hoja A4 (21 cm x 29,7 cm). En el correo electrnico se adjuntarn dos archivos: en uno se enviar la obra sin ningn tipo de dato personal, y en el otro archivo adjunto los datos personales a los que hemos hecho referencia con anterioridad. Si un mismo autor desea presentar ms de una obra por correo electrnico, deber enviar un correo electrnico de la manera citada anteriormente, por cada obra que desee presentar. 8.Se establecen los siguientes premios, que sern concedidos a los escritos que, segn el criterio del Jurado, se hagan acreedores de ellos, por este orden: a) Un primer premio de 750 euros y trofeo. b) Un segundo premio de 450 euros y trofeo. c) Un tercer premio de 300 euros y trofeo. 9. El ganador del primer premio del certamen ser miembro del Jurado del ao siguiente. 10.Las obras premiadas, as como sus derechos, quedarn de propiedad del Ayuntamiento de San Esteban de Gormaz, quien podr hacer uso de ellas sin autorizacin previa de sus autores. Ser potestativo del Ayuntamiento editar una antologa del certamen, incluyendo en ella los trabajos presentados que estime oportuno -pre miados o noentendindose a estos efectos que sus autores prestan de antemano su conformidad, salvo indicacin expresa en la plica. 11.-Las obras no sern devueltas y podrn ser destruidas. 12.Los premios sern indivisibles y podrn declararse desiertos. 13.La composicin del Jurado se dar a conocer oportunamente.

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14.La presentacin de obras a este certamen supone por parte de los autores la aceptacin de las presentes bases. 15.-Los trabajos que no cumplan alguno de los requisitos especificados en estas bases, no entrarn en concurso. 16.No podrn participar en el certamen los ganadores de la ed icin inmediatamente anterior a la convocada. Al INDICE

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6. COMO CONTACTARNOS? S tienes algn comentario, sugerencia o colaboracin escrbenos a: darthmota@centro-onelio.cult.cu jartower@centro-onelio.cult.cu jartower74@yahoo.es aceptamos cualquier colaboracin seria y desinteresada. Traten de ponerla en el cuerpo del mensaje. Advertencia: Los mensajes de direcciones desconocidas que contengan adjuntos sern borrados. Para suscribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la palabra "BOLETIN" en el asunto. Para desincribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase "NO BOLETIN" en el asunto. Al INDICE