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Disparo en Red

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Material Information

Title:
Disparo en Red
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Disparo En Red
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - D42-00019-n18-2006-02
usfldc handle - d42.19
System ID:
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n No. 18 (February 27, 2006)
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HOY: 27 de FEBRERO del 2006 DISPARO EN RED: Boletn electrnico de ciencia-ficcin y fantasa. De frecuencia quincenal y totalmente gratis.

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Editores: darthmota Jartower Colaboradores: Taller de Creacin ESPIRAL de ciencia ficcin y fantasa. Proyecto de Arte Fantstico Onrica. Anabel Enrquez Pieiro Juan Pablo Noroa Miguel Bonera Miranda Jorge Enrique Lage Coghan Vctor Hugo Prez Gallo Ral Aguiar Portada: ATST

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0. CONTENIDOS: 1. La frase de hoy : Robert A. Heinlein. 2. Artculo : Cine Fantstico en los aos '30?, Dario Lavia. 3. Cuento clsico : Rey Krull. Exilio de Atlantis, Robert E. Howard. 4. Cuento made in Cuba : Desierto, Juan Pablo Noroa. 5. Artculo : Teologa de los dioses lovecraftianos. 6. Cmo contactarnos?

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1. LA FRASE DE HOY: El lenguaje no tiene importancia; era con toda certeza una lengua terrestre. Nadie ha traducido jams “Verdes colinas” al suave idioma venusiano; jams un marciano lo ha croado ni susurrado en los ridos corredores. Es nuestro. Nosotros, los habitantes de la Tierra, lo hemos exportado todo, desde las pelculas de Hollywood a las substancias radiactivas sintticas, pero esto pertenece exclusivamente a la Tierra, y a sus hijos e hijas doquiera que se encuentren. Robert A. Heinlein. Al INDICE 2. ARTICULO: Cine Fantstico en los aos '30? por Dario Lavia Terror Universal A pesar de que usualmente recordamos como clsicos de la ciencia ficcin a las pelculas de los aos '50 tales como LA GUERRA DE LOS MUNDOS (War of the Worlds, 1955Byron Haskin) o bien LA MQUINA DEL TIEMPO (The Time Machine, 1960), hay un cine de ciencia ficcin poco divulgado a lo largo de los aos '30 que es importante sealar como un pequeo hervidero de ideas y creatividad (obviamente mucho menos generoso que la poca de oro a partir de los '50). Como distincin hay que reconocer que el gnero de ciencia ficcin propiamente dicho comenz a partir de 1950 con DESTINATION: THE MOON (1950 George Pal). A qu nos referimos con "propiamente dicho"? Cuando se inici el movimiento de la ciencia ficcin en el campo de la literatura, usualmente el nudo y principal tema de cada obra era elemento fantstico. Como ejemplo tenemos a H.G. Wells, cuyos relatos cortos son un modelo de

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obra de ciencia ficcin en su trmino ms puro, es decir, un relato de ficcin que hace hincapi en elementos cientficos. Tal fue lo que ocurri a partir de los '50, con pelculas como las anteriormente nombradas en las que se enfatizaba el elemento cientfico por sobre todo lo dems. Como ejemplo basta recordar la escena de LA HUMANIDAD EN PELIGRO (Them, 1954-Gordon Douglas) en la que el cientfico de turno (Edmund Gwenn) explica a los militares de turno los peligros de una raza de hormigas mutantes que invaden Los Angeles por medio de un documental entomolgico. Como principales diferencias entre ambas pocas del gnero, tenemos que sealar la ambigedad que hubo en los '30, ambigedad que hacia que usualmente el elemento fantstico brindaba soporte o marco a una historia de otro gnero (a diferencia de las pelculas de los '50, que como sealamos antes, se forjaban a partir del elemento fantstico, siendo este el centro de la pelcula). Para comprender mejor esta aseveracin, demos ahora un vistazo a las pelculas de ciencia ficcin o de otros gneros que tuvieron elementos fantsticos en el cine de los aos '30. Ciencia Ficcin Wellsiana: De las adaptaciones que hubo de la obra de H.G. Wells las ms importantes fueron LA ISLA DE LAS ALMAS PERDIDAS (Island of Lost Souls, 1932-Earle C. Kenton) en la que Charles Laughton interpretaba al demente Doctor Moreau; EL HOMBRE INVISIBLE (The Invisible Man, 1933-James Whale) en la que Claude Rains encarnaba el transparente rol de Jack Griffin; THE MAN WHO COULD WORK MIRACLES (1937-Lothar Mendes) fue la versin britnica de un notable cuento de H.G. acerca de un hombre que de un da para el otro tuvo la facultad de realizar milagros, con Roland Young y Ralph Richardson; y LO QUE VENDR (Things to Come, 1936-William Cameron Menzies) un extrao filme de ciencia ficcin tambin britnico que mostraba los intentos de lo que quedaba de la humanidad por reconstruir la civilizacin que fue borrada de la faz de la Tierra por una terrible guerra (que la pelcula anunciaba para el ao 1940).

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Ciencia Ficcin y el Terror: En muchas pelculas de terror tenemos elemento s de ciencia ficcin, uno de los ms ntidos ejemplos es LA AMENAZA INVISIBLE (The I nvisible Ray, 1936-Lambert Hillyer), en cuya escena inicial Boris Karloff mostraba hechos del espacio sideral a travs de una funcin en su planetario para invitados como Bela Lugosi y otros. Ms tarde en THE MAN WHO LIVED AGAIN (1936-Robert Stevenson) Bo ris Karloff interpret a un cientfico loco que perfeccionaba un mtodo para transpasar su mente a la de los animales. En LA ISLA DE LOS RESUCITADOS (The Man with Nine Lives, 1940-Nick Grinde) Boris interpretaba nuevamente a un sabio demente que buscaba afanosamente una cura para el cncer a travs del congelamiento y desconge lamiento de seres humanos. Por ltimo en DR. CCLOPE (Dr. Cyclops, 1940-Ernest B. Schoedsack) Albert Dekker se aislaba en la selva amaznica para realizar experimentos de reduccin de seres humanos. La tcnica de efectos especiales conseguidas en esta pelcula marc un hito en la evolucin del gnero y an hoy en da es entretenida. Ciencia Ficcin y los Seriales: El serial fue un amplio movimiento que abarc casi toda la primera mitad del siglo XX (los ltimos se filmaron en 1954). Mientras el cine abarc todo tipos de gneros, el serial se centr en solo tres (aventuras, western y policial). Pero dentro de estos los elementos de ciencia ficcin tuvieron amplia cabida. Veamos algunos ejemplos: FLASH GORDON ROCKETSHIP (1936Frederick Stephani) fue el primer serial basado en los inmortales personajes de Alex Raymond. Presentaba a Larry "Buster" Crabbe como Flash Gordon (Crabbe fue un actor clsico en el gnero de los seriales y tuvo una larga trayectoria hasta el final del gnero en 1954, su ltimo papel fue en THE ALIEN DEAD (1980-Fred Olen Ray) una nauseabunda copia de carbnico de LA NOCHE DE LOS MUERTOS VIVIENTES). El serial de 15 episodios mostraba unas naves espaciales con chorritos de fuego que salan por las toberas de escape de gases que hoy en da son clsicas. Continu a travs de FLASH GORDON EN MARTE (Flash Gordon's Trip to Mars, 1938-Ford Beebe y Robert Hill) en la que el tirnico Ming atacaba la Tierra con un plan para drenar el oxgeno de la atmsfera. FLASH

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GORDON CONQUERS THE UNIVERSE (1940-Ford Beebe y Ray Taylor) fue el ltimo serial acerca del mismo personaje. Esta vez en el planeta Mongo, Flash y sus compaeros tenan que luchar contra la Plaga de la Muerte Prpura. Otros personajes cuyas aventuras tuvieron elementos de ciencia ficcin fueron Chand y Buck Rogers. Chand fue una especie de brujo blanco que tuvo continuidad en una pelcula y en un serial. En su primera aparicin, en CHANDU THE MAGICIAN (1932-William Cameron Menzies) el papel del mago fue inte rpretado por Edmund Lowe y el del villano Roxor por Bela Lugosi. En cambio en el serial LOS MISTERIOS DE CHAND (Return of Chandu, 1934-Ray Taylor) Bela fue quien interpret a Chand. En esta presentacin de 12 episodios los malvados lemurianos haban secuestrado a una joven y el mago es quien tiene que rescatarla. El otro personaje, Buck Rogers, tuvo concepcin en el comic, y era un ser humano del siglo XX que quedaba atrapado en animacin suspendida a lo largo de varias centurias hasta que en el siglo XXV era revivido por los cientficos del futuro y viva distintas aventuras en una civilizacin dominada por el malvado Killer Kane, descriptas en el serial de 12 episodios filmado en 1938 y protagonizado por Larry "Buster" Crabbe. La Ciencia Ficcin y el Western: En 1935 el serial THE PHANTOM EMPIRE (1935-Otto Brower y B. Reeves Eason) marc el debut como estrella de Gene Autry, el famoso cowboy cantante, pero tambin el primer hbrido entre el western y la ciencia ficcin. A lo largo de 12 episodios Gene y sus camaradas descubren a 20.000 pies bajo su rancho, la civilizacin perdida de Murania. Al ao siguiente en THE GHOST PATROL (1936-Sam Newfield) el Coronel Tim McCoy

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deba batallar contra un cientfico loco que utilizaba un extrao rayo para derribar aviones en vuelo. La Ciencia Ficcin en Francia: Un cine realmente privilegiado por su calidad artstica y no tanto por su difusin, fue el francs de pre-guerra. Los franceses tuvieron una concepcin muy particular de la ciencia ficcin y para muestra estn filmes como: EL FIN DEL MUNDO (La Fin du Monde, 1930Abel Gance) en el que un cataclismo apocalptico se cerna sobre la humanidad y LE MONDE TEMBLERA (1939-Richard Pottier) en donde un cientfico inventa una mquina que es capaz de predecir la fecha en la que las personas van a morir. La Ciencia Ficcin en Alemania: El cine alemn tampoco se qued atrs en la materia y en 1933 el insigne Fritz Lang dirigi la que fue su ltima pelcula alemana de la dcada, EL TESTAMENTO DEL DR. MABUSE (Das Testament der Dr. Mabuse) en la que Rudolf Klein-Rogge como el diablico Mabuse, contina su dominio malvado sobre el mundo del hampa desde el manicomio en el que est encerrado; F.P. 1 ANTWORTET NICHT (1933-Karl Hartl) fue otro logro en el campo fantstico con Peter Lorre y Hans Albers (actor que en 1943 protagonizase la pica LAS AVENTURAS DEL BARON DE MUNCHHAUSEN). En F.P. 1, una pelcula que tuvo una versin en alemn y otra en ingls, se plante la construccin de una gigantesca isla en el medio del Atlntico que funcionaba como aerdromo (F.P. era abreviatura de "Floating Plataform") y que era amenazada por una conspiracin; GOLD (1934-Karl Hartl) tambin tena en su plantel interpretativo a Hans Albers y narra la odisea de dos cientficos que inventan un ingenio atmico que es capaz de transformar el plomo en oro (una especie de "piedra filosofal"). El filme tiene el curioso mrito de haber sido exhibido luego de la II Guerra Mundial como prueba de que los nazis pudieron haber fabricado un reactor atmico. La Ciencia Ficcin en Gran Bretaa: Aparte de las dos pelculas que revistamos en el prrafo dedicado a H.G. Wells, los estudios ingleses produjeron otros interesantes filmes: THE SECRET OF THE LOCH (1934-Milton Rosmer) es una rareza en la que un cientfico clama haber visto en persona al

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monstruo de Loch Ness, pero nadie le cree; TRANSATLANTIC TUNNEL (1935-Maurice Elvey) fue otro interesante filme que cont con un gran reparto: George Arliss como el Primer Ministro ingls, Walter Houston (el padre de John) como el Presidente de los EE.UU., Richard Dix y C. Aubrey Smith entre otros. Narraba el intento de construir un tnel bajo el ocano Atlntico que proyectaba la unin de los Estados Unidos y Gran Bretaa; THE LIVING DEAD (1936-Thomas Bentley) fue un misterio policaco con toques fantsticos que mostraba a un cientfico que se dedicaba a recolectar los seguros de vida de las personas mediante su muerte y posterior resurreccin; ONCE IN A NEW MOON (1936-Anthony Kimmins) fue una mezcla de ciencia ficcin y crtica social (y en gran parte precursora de la serie COSMOS 1999), con una colisin entre un meteorito y la Luna que provocaba que una aldea inglesa fuera arrojada al espacio. Otros Filmes de Ciencia Ficcin Norteamericanos: An quedan algunos filmes que no han sido cl asificados en los anteriores grupos. DELUGE (1933-Felix Feist) es uno de ellos, el cual podra ser clasificado como un precursor del cine catstrofe (mucho antes de SAN FRANCISCO, la pelcula sobre el terremoto con Clark Gable) ya que un eclipse solar se ve acompaado por una gigantesca ola (tsunami diran los japoneses) que barre con Nueva York y solo deja con vida a una persona. HORIZONTE PERDIDO (Lost Horizon, 1937-Frank Capra) es quizs el mejor de todos los filmes reseados tanto por su calidad cinematogrfica como por la reflexin a la que promueve. Protagonizado por Ronald Colman y basado en el libro de James Hilton, narraba la experiencia de un grupo de pasajeros que se vean obligados a un aterrizaje de emergencia en una oculta zona del Himalaya, el Valle de Shangri-L, en donde el tiempo pareca no pasar. EL DESPERTAR DEL MUNDO (One Millon B.C., 19 40-Hal Roach) es tambin adems de una rareza (filmada por el director de Laurel y Hardy) el primer filme de prehistoria sonoro. Y como cavernarios estn el hercleo Victor Mature en su filme debut y Lon Chaney Jr. Conclusin: Si durante los '30 se produjeron filmes de ciencia ficcin que no han sido reconocidos como tales fue porque los elementos caractersticos del gnero siempre estuvieron inmersos dentro de otros gneros o bien fueron experiencias aisladas que no tuvieron continuidad. Descubrir hoy en da estas pelculas es una experiencia fascinante y quizs verlas en el

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momento de su estreno hubiera sido comparable a ver hoy en da la ltima de Disney o de Spielberg AL INDICE

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3. CUENTO: Rey Krull. Robert E. Howard. Este se trata del primer cuento de la saga del Rey Krull. Una de las primeras obras de Fantasa Heroica y antecesora de Conan el Brbaro. 1 EXILIO DE ATLANTIS Se pona el sol. Un ltimo esplendor carmes llenaba el paisaje y se posaba, como una corona de sangre, sobre los picos moteados de nieve de las montaas. Los tres hombres que contemplaban el agonizar del da respiraron profundamente la fragancia de la brisa que surga desde los distantes bosques, y luego volvieron su atencin hacia una tarea mucho ms material. Uno de ellos se hallaba asando un venado sobre una pequea hoguera; toc con un dedo la carne humeante y se lo llev a la boca, probndolo con el gesto propio de un connoisseur. -Ya est preparado, Kull, Khor-nah; podemos comer. Quien as haba hablado era joven, apenas poco ms que un muchacho, alto de estatura, de cintura delgada y hombros anchos, que se mova con la gracia natural de un leopardo. En cuanto a sus compaeros, uno, el hombre de mayor edad, mostraba una constitucin poderosa y maciza, peludo y con un rostro de expresin agresiva. El otro era el contrapunto del joven que haba hablado, excepto por el hecho de que era ms alto, con un pecho ms ancho y unos hombros algo ms amplios. Daba la impresin, incluso en mayor medida que el primer joven, de poseer una gran velocidad dinmica oculta en sus msculos largos y suaves. -Bien -dijo ste-, ya empiezo a tener hambre. -Y cundo no la tienes, Kull? -brome el primer joven. -Cuando lucho -contest Kull con expresin seria. El mayor de los hombres dirigi una rpida mirada a su amigo, tratando de imaginar qu estara pensando en lo ms recndito de su me nte. Nunca estaba totalmente seguro de lo que pensaba su amigo. -Lo que sientes entonces es sed, pero de sangre -dijo el mayor de los hombres-. Am-ra, termina ya con tus bromas y crtanos algo de carne. Empez a caer la noche y algunas estrellas iniciaron su parpadeo. El viento del anochecer se file extendiendo sobre el paisaje montaoso, envuelto en el crepsculo. A lo lejos. un tigre rugi de repente. Khor-nah efectu un movimiento instintivo hacia la lanza de punta de pedernal que haba dejado en el suelo, a su lado. Kull volvi la cabeza, y una extraa luz parpade en sus fros ojos grises.

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-Los hermanos rayados salen de caza esta noche -dijo. -Adoran a la luna naciente -indic Am-ra sealando hacia el este, donde se pona de manifiesto un resplandor rojizo. -Por qu? -pregunt Kull -. La luna pone al descubierto tanto a sus vctimas como a sus enemigos. -Una vez, hace muchos cientos de aos -dijo Khor-nahun rey tigre, perseguido por los cazadores, invoc a la mujer de la luna, y ella le arroj una parra por la que l subi hacia la seguridad, y habit durante muchos aos en la luna. Desde entonces, los hermanos rayados adoran a la luna. -Eso no me lo creo -dijo Kull con brusquedad-. Por qu iban a adorar a la luna slo por el hecho de que sta ayudara a uno de los de su raza hace ya tanto tiempo? Ms de un tigre ha subido por el Acantila do de la Muerte y ha escapado as de sus perseguidores, a pesar de lo cual no adoran ese acantilado. Cmo iban a saber lo que ocurri hace tantos aos? Khor-nah frunci el ceo. -Poco te favorece mofarte de tus mayores, o burlarte de las leyendas de tu pueblo de adopcin, Kull. Esa historia debe de ser cierta porque ha sido transmitida de una generacin a otra durante ms tiempo del que pueda recordarse. Y lo que siempre fue, siempre ser. -Pues yo no me lo creo -reiter Kull-. Estas montaas siempre han existido y, sin embargo, algn da se desmoronarn y desaparecern. Llegar el da en que el mar inundar todas estas montaas... -¡Ya basta de blasfemias! -exclam Khor-nah con una pasin que era casi expresin de clera-. Kull, somos buenos amigos y tengo paciencia contigo porque eres joven. Pero hay algo que debes aprender: a respetar la tradicin. Te burlas de las costumbres y usos de tu pueblo, precisamente t. a quien ese pueblo rescat de la selva y te ofreci un hogar y una tribu. -No era ms que un mono sin pelo deambulando por los bosques -admiti Kull francamente, sin la menor vergenza-. No saba hablar la lengua de los hombres, y mis nicos amigos eran los tigres y los lobos. No s quin era mi pueblo, ni de qu sangre proceda... -Eso no importa -le interrumpi Khor-nah-. Tienes todo el aspecto de pertenecer a esa tribu fuera de la ley que viva en el valle del Tigre, y que pereci en la Gran Inundacin. Pero eso importa poco. Has demostrado ser un guerrero valiente y un cazador poderoso... -Dnde encontraras a un joven que se le igualara en el lanzamiento de la lanza o en la lucha cuerpo a cuerpo? -pregunt Am-ra con los ojos encendidos. -Muy cierto -asinti Khor-nah-. Es un honor para la tribu de la montaa del mar, pero precisamente por eso debera controlar su lengua y aprender a reverenciar las cosas sagradas del pasado y del presente.

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-Yo no me burlo -dijo Kull sin malicia-, pero s que muchas de las cosas que dicen los sacerdotes son mentiras, pues yo mismo he ido con los tigres y conozco a las bestias salvajes mejor que a los sacerdotes. Los animales no son ni buenos ni malos, pero los hombres, con la lujuria y la avidez que les son propias... -¡Ms blasfemias! -le interrumpi Khor-nah enojado-. ¡El hombre es la creacin ms magnfica de Valka! Am-ra intervino entonces para cambiar de tema. -Esta maana he odo el sonido de los tambores en la costa. Hay guerra en el mar. Valusia lucha contra los piratas lemures. -Slo les deseo mala suerte a ambos -gru Khor-nah. -¡Valusia! -exclam Kull con los ojos nu evamente encendidos-. ¡La tierra de los encantamientos! Algn da ver la gran Ciudad de las Maravillas. -Maldito sea el da en que lo hagas -le espet Khor-nah con dureza-. Te vers cargado de cadenas, y sobre ti se cernir el espectro de la tortura y de la muerte. Ningn hombre de nuestra raza ve jams la Ciudad de las Maravillas, a no ser que sea como esclavo. -Que la mala suerte caiga sobre ella -murmur Am-ra. -¡Que sea una suerte negra y un destino rojo! –exclam Khor-nah esgrimiendo el puo hacia el este-. ¡Que por cada gota de sangre atlante derramada, por cada esclavo que se afana en sus malditas galeras, caiga una plaga negra sobre Valusia ylos Siete Imperios! Am-ra, entusiasmado, se puso en pie de un salto y repiti parte de la maldicin, mientras Kull, tranquilamente, se cortaba un nuevo trozo de carne. -He luchado contra los valusos -dijo-, y debo admitir que se dispusieron valerosamente en orden de batalla, aunque no fueron difciles de matar. Tampoco parecan tan malvados. -Porque slo luchaste contra los dbiles guardias de la costa norte -gru Khor-nah-, o contra las tripulaciones de los barcos mercantes varados en la costa. Espera a que tengas que enfrentarte con la carga de los escuadrones negros de las legiones de Valusia, o contra el Gran Ejrcito, como he hecho yo. ¡Eso s que es bueno! ¡Haba sangre hasta para beber! Junto con Gandaro, el de la lanza, recorr las costas valusas cuando todava era ms joven que t, Kull. Ah, aquellos si que fueron buenos tiempos. Llevamos la antorcha y la espada hasta lo ms profundo del imperio. ramos quinientos hombres, procedentes de todas las tribus ribereas de Atlantis. ¡Y slo regresamos cuatro! El grueso de los escuadrones negros nos diezm en las afueras del pueblo de los Halcones, que antes habamos incendiado y saqueado. All bebieron las espada s y las lanzas saciaron su sed de sangre. Descuartizamos y fuimos descuartizados, pero una vez que termin el fragor de la batalla slo cuatro de nosotros pudimos escapar del campo, y los cuatro estbamos llenos de heridas. -Ascalante me dice que las murallas de la Ciud ad de Cristal tienen diez veces la altura de un hombre -dijo Kull que no deseaba abandonar el tema-. Que el fulgor del oro y de la plata

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sera suficiente para deslumbrarle a uno, y que las mujeres que abarrotan las calles o se asoman a las ventanas van vestidas con extraas tnicas suaves que crujen y brillan al moverse. -Quin mejor podra saberlo que Ascalante -dijo Khor-nah con una mueca-. Fue esclavo entre ellos durante tanto tiempo que basta olvid su buen nombre atlante, y tuvo que conformarse a partir de entonces con el nombre valuso que le pusieron. -Sin embargo, logr escapar -coment Am-ra. -Cierto, pero por cada esclavo que consigue escapar de las cadenas de los Siete Imperios hay por lo menos siete que se pudren en las mazmorras y mueren cada da, pues ningn atlante estuvo destinado nunca a soportar la esclavitud. -Hemos sido enemigos de los Siete Imperios desde el alborear de los tiempos -musit Am-ra. -Y seguiremos sindolo hasta que el mundo se derrumbe -dijo Khor-nah con una salvaje satisfaccinPues Atlantis, gracias a Valka, es enemiga de todos los hombres. Am-ra se incorpor, tom su lanza y se prepar para hacerse cargo de la guardia. Los otros dos se tumbaron sobre la hierba, dispuestos a dormir. Con qu soara Khor-nah? Quizs con una batalla, o con el retumbar de los bfalos, o con una mujer de las cavernas. En cuanto a Kull... A travs de la neblina de su sueo reson dbil y lejana la dorada meloda de las trompetas. Nubes de radiante esplendor flotaban sobre l; entonces, una magnfica visin se abri ante su sueo. Una gran multitud de gente se extenda en la distancia, y hasta ellos llegaba un rugido tormentoso expresado en una lengua extraa. Se perciba un ligero matiz de acero al entrechocar, y grandes ejrcitos negros se extendan a la derecha y a la izquierda; la neblina se disip, y un rostro surgi ntidamente, destac ndose; un rostro por encima del cual flotaba una corona regia. Era un rostro como de halcn, de expresin desapasionada, inmvil, con los ojos del gris del mar fro. Entonces, la multitud volvi a rugir: ¡Viva el rey! ¡Viva el rey! ¡Viva Kull,el rey!. Kull se despert con un sobresalto. El resplandor de la luna iluminaba las distantes montaas, el viento soplaba por entre la alta hierba. Khor-nah dorma a su lado, y Am-ra estaba de pie, como una desnuda estatua de bronce que contrastara con la luz de las estrellas. Kull recorri con la mirada su esca sa vestimenta: una piel de leopardo enrollada sobre sus caderas de pantera. Un brbaro desnudo. Los ojos de Kull refulgieron. ¡Kull, el rey! Volvi a quedarse dormido. Se levantaron por la maana y emprendieron el camino hacia las cavernas de la tribu. El sol todava no se haba elevado mucho cuando distinguieron el ancho ro azul y las cavernas de la tribu aparecieron ante su vista. -¡Mirad! -exclam Am-ra-. ¡E stn quemando a alguien!

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Delante de las cavernas se haba instalado un pesado palo, al que haban atado a una mujer joven. Las gentes que lo rodeaban, co n miradas endurecidas. no mostraban el menor signo de piedad. -Sareeta -dijo Khor-nah con el rostro impertrrito-. Esa lasciva se cas con un pirata lemur. -¡Ah! -exclam una anciana de ojos ptreos-. ¡Mi propia hija! ¡Ha trado la vergenza a Atlantis! ¡Ya ha dejado de ser mi hija! Su hombre muri y ella fue arrastrada a la costa cuando el barco fue asaltado por las embarcaciones de Atlantis. Kull mir a la joven con expresin compasiva. No lo entenda; por qu razn aquellas gentes, que eran de su propia sangre y clase, se enojaban tanto con ella por el simple hecho de haber elegido a un enemigo de su raza? En ninguna de las miradas centradas sobre ella logr distinguir el menor rastro de simpata. Slo en los extraos ojos azules de Am-ra haba tristeza y compasin. No hay forma de saber lo que reflejaba el propio rostro inmvil de Kull. Pero la mirada de la mujer se fij en l. No haba temor en sus ojos; slo una profunda y vibrante llamada. La mirada de Kull se pos sobre los haces de lea apilados a sus pies. El sacerdote, que ahora canturreaba una maldicin, no tardara en inclinarse para prenderles fuego con la antorcha que sostena en la mano izquierda. Kull se dio cuenta de que la mujer se hallaba sujeta al palo mediante una pesada cadena de madera, un objeto muy peculiar que mostraba la tpica manufactura atlante. No poda cortar aquella cadena, aunque lograra llegar hasta ella, abrindose paso entre la multitud. Los ojos de la mujer no dejaban de mirarle, implorantes. Observ de nuevo la lea y se llev la mano a la daga de larga punta de pedernal que le colgaba del cinto. La mujer, al ver su gesto, asinti con un movimiento de cabeza y una expresin de alivio se extendi sobre sus ojos. Kull actu tan repentina e inesperadamente como una cobra. Extrajo la daga del cinto y la arroj con fuerza. Se clav un poco por debajo del corazn de la mujer, matndola instantneamente. Y mientras la multitud pe rmaneca boquiabierta, Kull gir sobre sus talones y se alej corriendo, subiendo varios metros por la escarpadura que caa casi a pico, gil como un felino. La gente continu quieta y en silencio durante un momento ms. Luego, un hombre extrajo arco y flechas y mir hacia la escarpadura por la que Kull segua subiendo, a punto de llegar ya a lo ms alto. El arquero apunt, entrecerrando los ojos, y en ese preciso instante Am-ra, como por accidente, tropez contra l, desplazndole, y la flecha parti hacia un lado. Luego, Kull ya haba desaparecido en lo alto del risco. Oy los gritos que le siguieron. Los miembros de su propia tribu, encendidos por el afn de sangre, parecan vidos por atraparle y asesin arle, por haber violado lo que para l no era sino un extrao y sangriento cdigo moral.

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Pero en la tribu de la montaa del mar no haba ningn atlante capaz de ganar a Kull corriendo. Al INDICE

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4. CUENTO MADE IN CUBA: DESIERTO. Juan Pablo Noroa. Rojo ardido, seco y solar, hasta el infinito. Ininterrumpido, o quizs terminado en el dudoso borrn azul y verde que poda ser, all en el posible horizonte, la lnea de las Utchbaladis. Rojo muerto, omnipresente y quieto, contrastado pero no negado por las plantas amarillentas, duras, espinosas y de hojas amarronadas. Rojo pedregoso y resquebrajado, de un tono que nada ms en el mundo tena, ni siquiera algo teido por la mano del hombre. Un color maldito, digno del Gran Desierto. Tsuwa lo consideraba ominoso en grado sumo. Tena la sensacin de que anunciaba su prxima muerte. No era que lo asustaran la dureza del Desierto, la sed, el calor, la desorientacin en la planicie montona y perversa. Esas dificultades eran bienvenidas, aceptadas como la suerte en la caza o los cambios del clima. Existan por una razn, probar al hombre y hacerlo mejor, ms digno. Tampoco se encontraba a merced de la gran desolacin ni mucho menos. En su carreta haba todo lo necesario: agua, comida, equipo, medicinas inclusive. Adems no estaba solo. Tendidos cuan largos eran, seis guerreros de su pueblo dorman pesadamente entre los fardos. Y su carreta era slo una de la larga caravana de treinta puestas en una hilera perpendicular al curso vespertino del sol. Sin embargo, Tsuwa senta una pesada amenaza manifiesta de algn extrao modo en el rojo del desierto, y a pesar de todo lo que traa consigo, gente y suministros, tema. Para ahuyentar de su mente al desierto y su color ominoso, Tsuwa volvi la vista al interior

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de la carreta. Los fardos, los diversos objetos y los oficiales que compartan el vehculo con l ofrecan una visin mucho ms agradable y tranquilizadora. Especialmente sus camaradas de armas. Tsuwa consider cun necesaria era para un hombre la existencia de sus semejantes. Incluso si tuviera alguna especie de transporte mgico, un odre al que no se le acabara el agua y una escudilla que en cuanto se vaciara se volviera a llenar de comida, incluso as le sera imprescindible la compaa de su gente. De hecho, prefera un hombro amigo a todas las comodidades posibles. Y ms que uno, tena seis compaeros al alcance de la mano. Qduga, casi un hermano; Dcheban, a quien confiaba sus flechas; el joven Sudta, que lo miraba como a un padre; Tawaji y Deza, chasatis pero de confianza; y finalmente el viejo Kshaqui, de quien aos atrs haba recibido su primer arco de guerra. Tsuwa los recorri co n la vista, recordando cmo y cuando haba conocido a cada uno y las aventuras que haban vivido juntos. Cuando su mirada lleg a Kshaqui, el viejo comenz a removerse y a carraspear. Incluso mientras dorma era imposible sorprenderlo, pens Tsuwa. Al cabo de unos segundos, el veterano guerrero entreabri los ojos, tan enrojecidos por el sueo y la edad que parecan cuchilladas en la correosa piel. —Qu pasa, muchachito? —mascull Kshaqui a la vez que se estiraba como un perro viejo—. Por dnde viene el enemigo? —Por ninguna parte —respondi Tsuwa. —No viene. —Entonces por qu no ests durmiendo? Te dedicas a mirarlo a uno. —Siento haberte molestado. —Bien sabes que cuando alguien me mira, me pi ca la herida. Recuerda la herida que me hicieron cuando joven por la espalda, la primera... —Y ltima vez que te has dejado sorprender —complet Tsuwa.

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Kshaqui lo mir con enfado —Veo que recuerdas eso. Lstima que no recuerdes que a los mayores no se les interrumpe —gru mientras pona las manos tras la cabeza y doblaba las rodillas para acomodar las piernas. Tsuwa hurt el rostro para que no se viera su sonrisa. —Perdona mis modales —dijo—. Es que no consigo dormir bien, y pierdo mis cabales. —Yo tampoco me siento bien en tierras de estas gentes, estos utchabaladis —rezong Kshaqui—. No pelean como uno. Ah, a m denme una batalla como la del puente de Juvla. Te la he contado alguna vez? —Cientos —murmur Tsuwa. —Pues fue una gran batalla. Yo era un joven petchnegui, no me haba ganado el arco an. Yo y cien como yo, armados slo con daga y lanza, tuvimos que romper la lnea de los infantes ansarios en la cabecera del puente, para hacerles espacio a los jinetes. Moramos como hormigas, muchos cayeron al agua. Mientras, las flechas de sus arqueros y los nuestros pasaban sobre nosotros... el zumbido de las cuerdas se oa por sobre los golpes de metal contra metal. Y los ansarios parecan clavados al puente, sabes cmo son de difciles cuando no tienen que moverse. Pero al final cedieron. En esa batalla, los diez petchnegues que hicimos el cuento no slo ganamos arcos sino tambin caballos. El mo fue uno enorme, pareca un xam sin cuernos. Lento, pero me carg a m y a todas mis cosas por aos, sin cansarse. Ahora, claro, est muerto... Tras la ltima frase Kshaqui pareci perderse en algn recuerdo sin conclusin, lo cual Tsuwa aprovech para arrastrarse hasta el borde de la baranda y salirse de la carreta. No quera estar cerca cuando el viejo guerrero recuperase el hilo de su enredada memoria; adems, an disfrutaba hacerle travesuras como dejarlo con la palabra en la boca o marcharse subrepticiamente en un lapso de su atencin. Para bajarse debi pasar sobre el

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lomo del viejo y cachazudo xam que estaba arrimado a la carreta, bajo la sombra de un ala de la cubierta alzada mediante prtigas. La bestia mostr toda la paciencia del mundo y le permiti usarla de escalera. Tsuwa percibi la tibia y vibrante frescura del pelaje del animal y su agrio olor. Eso termin de despejar su mente. Parado junto al xam, se dedic entonces a observar el suave arco que formaba la caravana, mientras rascaba distradamente el amplio testuz del cuadrpedo. Todas las carretas estaban dispuestas como la suya, proporcionando sombra a los xam y tambin a algunos de los guerreros que ya no tenan sueo y andaban fuera de los vehculos en ocupaciones lerdas y sin mucho sentido. El nermik daba pequeos saltitos, erguido en el lugar y con las patas traseras estiradas al mximo. Adems, tena la cola recogida contra la espalda de manera tal que sobresala sobre su cabeza. Con todo, sumaba codo y medio de altura. La bestezuela abra y cerraba la boca, mostrando alternativam ente los agudos colmillos y el hocico fruncido. Tambin extenda de forma amenazante las largas garras de sus patas delanteras. Su postura feroz y los despliegues de agresividad deban ser muy intimidantes para cualquier criatura cuya talla no pasara de la rodilla de un homb re. Los jvenes guerreros, por supuesto, la encontraban muy divertida.

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El chasati camin a pasos largos y nerviosos hasta un poco ms all de donde haba estado el nermik, recogi las flechas y retorn con ellas. Al llegar a donde estaba Tsuwa las present con las puntas en direccin al oficial tadjqu. —Qu significa esto? —exclam Tsuwa—. ¡Dmelas como corresponde! El chasati dio vuelta a las flechas con un giro hbil pero trmulo de la mano. Tsuwa las tom bruscamente, sin dejar de vigilar mientras tanto la expresin reconcentrada y tensa del joven. Slo cuando tuvo bien sujetas las flechas apart su mirada de los ojos del chasati y se puso a observar con detenimiento las puntas. —Ves? —seal airadamente. —Por golpear contra las piedras, el metal ha perdid o filo y ajuste al astil. Una flecha de punta mellada y suelta no es una flecha, es un palill o. Deberas saber eso. Cul es tu nombre? -Uma Azane –contest el joven chasati, remarcando cada slaba. -Azane, entonces. Sabes, Azane, que sucedera si llevases estas flechas, as como estn, a una batalla? Azane sacudi la cabeza con hostil lentitud. -Pues que cuando la dispares sobre un enemigo bien armado –dijo Tsuwa-, esta flecha no lo matar ni lo debilitar. Y despus, cuando algn pobre petchnegui, o quizs un tuktuna, est frente a ese enemigo, lo hallar fuerte y sano, listo para matarlo. Y perderemos la batalla, y la caballera enemiga te perseguir y te matar como a un pichn. -Quizs no –dijo el chasati-. Quizs mi flecha no falle. Quizs nuestros guerreros vencern de todas formas. -Y quizs eres un tonto, Uma Azane –opin Tsuwa-. Nuestros arcos son la nica arma que nos da ventaja. Cuerpo a cuerpo, t y yo no tenemos muchas oportunidades contra un ansario forrado en buen hierro, o un nathez y sus malditas hachas largas, o, los dioses lo

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impidan, un setur de esos que te lleva dos cabezas de altura. Ah, pero si antes los hemos llenado de miedo y flechas, si estn sangrantes y doloridos, se vuelven mucho ms dbiles, y es slo entonces que nosotros vencemos. Yo te digo, Azane, que quien no cuida su arco o sus flechas nos pone en peligro a todos. A ver, dame tu carcaj. El joven chasati se descolg el carcaj de la espalda y lo entreg a Tsuwa. Era de cuero repujado y fieltro, viejo, pero bien conservado y muy hermoso. Tsuwa lo tom con respeto. –Me quedar con l –anunci. -Cmo? –grit Azane-. Es mi... es mo, de mi padre. O sea, era de mi padre. -De tu padre? Y por qu lo tienes t? -Mi padre muri en Gaisha –murmur Azane alargando el brazo derecho en direccin a su carcaj. Tsuwa puso distancia y llev el carcaj a su espalda. -Dnde dices que muri? -En Gaisha –respondi el chasati con voz entrecortada mientras sus ojos perseguan frenticos la aljaba. Tsuwa frunci el ceo dubitativamente. En Gais ha los errores de un estpido jefe tadjqu haban llevado a la muerte a un gran nmero de veteranos chasatis, lo cual haba causado mucho resentimiento. El joven Azane ya deba odiar bastante a los tadjques; quitarle un recuerdo de su padre muerto, aunque fuese temp oralmente, podra ser demasiado para l. Pero haba una disciplina que considerar y no se poda dejar creer a los chasatis que se tendra alguna consideracin especial con su orgullo o sus obsesiones. Tsuwa decidi ser firme y a la vez mostrar tacto. –Pues de seguro tu padre saba cuidar su equipo –le dijo al joven guerrero-. En consideracin a su memoria, permitir que te ganes el carcaj de vuelta, si cuando regresemos de este viaje no has cometido otra falta. Azane trag en seco y mir al oficial a la cara, sin retirar la mano extendida hacia el carcaj.

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-Qu tengo que hacer? –pregunt. Intentaba infructuosamente mantener un tono fro y seguro en la voz. -Nada –respondi Tsuwa-. Nada en particular. Simplemente, no ms faltas. Entendido? Y desencuerda tu arco ahora mismo, que no haces sino agotarlo. Azane asinti con un slo movimiento de cabeza. Tsuwa volvi la vista hacia los otros guerreros, que seguan sentados bajo la sombra de la carreta y los xams.-Alguien sabe donde est Hasamnik? –pregunt. Uno de los soldados le indic con una mano la gran laja de piedra alzada al final de la caravana, del lado este. Tsuwa se dio la vuel ta y ech a andar, dejando detrs de s un silencio terminante y satisfactorio. Se detuvo por un segundo, considerando si recordar a los dems soldados que nadie deba cederle sus flechas, bajo pena de compartir el castigo; pero eso era disciplina elemental. Incluso, el superior de Azane no le dara saetas si le faltaba el carcaj. Tsuwa se acerc a Hasamnik y se sent ante l. Los chamanes siempre le haban fascinado. Sus prcticas y poderes los distinguan como extraos y misteriosos, aunque en todo lo dems fueran como cualquier hombre normal con esposas peleonas, malas digestiones o humor inconstante. Tener uno en trance delante de s, a entera disposicin de su curiosidad, era una oportunidad indeclinable; tan slo deba actuar con mucho cuidado para no despertarlo, si es que tal cosa fuera posible. Lo primero en llamar su atencin fueron las ristras de cuentas y huesecillos que colgaban quietas del pectoral de Hasa mnik. Tsuwa las observ, fascinado por su inmovilidad, durante un tiempo que pudo medir con su propia respiracin: dos veces cien inhalaciones y exhalaciones. Mientras, el pecho del chamn no haba mostrado la menor seal de

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actividad. Al cabo Tsuwa desenvain su daga, y acercndose al chamn le coloc la bruida hoja justo bajo las fosas nasales. Nin gn aliento empa el acero. Decidido a llevar su experimento al extremo, movi la punta del arma sobre un prpado del inconsciente, e incluso se atrevi a pinchar ligeramente la piel que circundaba la rbita del ojo derecho. No hubo reaccin alguna. Realmente, los chamanes eran especiales. Tsuwa se descubri pensando que en esa situacin Hasamnik estaba por completo a su merced. En ese estado, aun cuando estuviera ejerciendo su incomprensible y tremebundo poder, se encontraba inerme ante cualquier guerrero. Tsuwa consider una circunstancia muy apropiada para el equilibrio del mundo que los chamanes tuviesen momentos de absoluta vulnerabilidad. —Qu te preocupa, Tsuwa? —Necesitamos la proteccin de los espritus ancestrales. Hay presencias malignas atacndonos: parte del agua se est empezando a corromper, y alguna comida tambin. —Y los hombres? Las bestias? —Tambin. La piel se les agrieta, se les abre en llagas y lceras, incluso en lugares donde no sufren roces ni maltrato. Sucede tanto a viejos como a jvenes, sin distincin. Algunos no logran dormir ni siquiera con drogas. —Estamos a merced del Desierto, entonces. Los espritus ancestrales no desean acompaarnos aqu; la resistencia de los espritus del lugar es muy molesta. —Tan pronto nos abandonan? —Ten en cuenta que no estamos bordeando el Desierto, ni lo estamos atravesando por una parte estrecha —respondi Hasamnik—. Nos estamos metiendo en su mismo centro, ms

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adentro cada da. Aqu rigen espritus muy antiguos; dbiles, pero persistentes. Necesitaramos a un ancestro reciente, que an tuviera algo de fuerza vital. —Pero hay algo ms —afirm Hasamnik—. S, hay algo ms que te preocupa, y debes decrmelo. —No se te dijo que slo puede matarte una flecha que ya haya matado ese da? Eso de por s es difcil. Quien te mate deber tomar una flecha clavada en otro hombre, y eso slo puede significar que se le habrn acabado las suyas. En cuntas batallas has estado en que a los arqueros se les acaben las flechas antes del final? Pocas, por supuesto. Ciertamente, slo en una gran batalla debes temer. Tsuwa chasque la lengua. —Cierto, pero an as... —Adems, est la bendicin que te dio Kshuraz —lo interrumpi Hasamnik. —Cmo sabes que...? Hasamnik sonri. —Poco hay que un chamn pueda ocultar a otro. -Tan receloso ests que llevas dos carcajs? —pregunt de repente Hasamnik. Tsuwa no entendi la pregunta de inicio, pero record el carcaj de Azane, pendiente de su montura. —Ah, esto —respondi-; no es mo. Pertenece a un chasati. —Se nota por la labor del cuero: el motivo es un xam sometido, y muy bonito, dicho sea de paso. Y por qu lo tienes t?

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—Es un castigo temporal. El dueo es un jovenzuelo que no slo encord el arco sin autorizacin sino que adems ech a perder flechas nuevas disparando contra un nermik. -Contra un nermik? Tsuwa relat el incidente con la mayor imparcialidad posible. —Qu conducta tan extraa, la de ese nermik —se intrig Hasamnik. —Seguramente estbamos sobre sus tneles. Hasamnik mene la cabeza con escepticismo. —Se hubiera escondido; jamas saldra al exterior —afirm. -Recuerdas bien cmo era ese nermik, cmo actuaba? —Ah, qu ms da –protest Tsuwa-. Si te preocupa, ni una vez le dio. —Cuentan los utchaides — Hasamnik comenz a hablar en un tono grave y preocupado—, que el padre ancestral de todos los utchai se perdi atravesando el desierto y no encontraba agua ni comida, hasta que se le apareci un nermik que le propuso un trato. Le salvara la vida y le mostrara un lugar donde vivir, a cambio de que le permitiera copular con todas sus hijas. El padre de los utchaides acept, y el nermik cumpli su promesa: lo gui hasta las montaas de Utchbalaid. Pero todas las hijas quedaron preadas, y de los hombres que de ellas nacieron provienen todos los hechiceros utchai, quienes son capaces de asumir la forma de su ancestro cuando lo necesitan. —Temes entonces que ese nermik fuese un hechicero utchai disimulado? —inquiri Tsuwa. —Bueno, peores cosas he visto —contest el chamn—. Cualquiera sabe, con los utchaides. El guerrero indic un punto del horizonte en el que se marcaba un bulto de siluetas

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indistinguibles en detalle. Eran jinetes, pero en la esmirriada longitud de los cuerpos y patas de sus bestias se reconoca que no montaban caballos sino bises. —Es un grupo de utchaides —dijo Tsuwa, y tom de su carcaj una flecha que agit en alto con la punta hacia arriba. Al instante todos los oficiales en la caravana repitieron el gesto, tras lo cual los soldados se unieron en parejas para afanarse en encordar sus recios arcos. En segundos todos estuvieron listos. —Djame verlos —. Hasamnik dirigi el rostro hacia las siluetas en el horizonte a la vez que se cubra los ojos con ambas manos. —Son pocos, entre veinte y veinticinco —dijo—. Todos cabalgan bises, ninguno va a caballo, llevan arcos, jabalinas y sables, menos tres, los ms viejos, que no parecen llevar armas. —Parecen agresivos? Hasamnik neg con la cabeza —No, ninguno ha desenvainado. -Cmo llevan los arcos? —insisti Tsuwa. —Encordados, pero eso no importa –contest el chamn—. Sus arcos son diferentes a los nuestros. —Quizs debiramos atacarlos. No podran escapar montando bises. —Tenemos slo cinco caballos —adujo Hasanmik—. Planeas combatirlos a lomo de xam? Adems, no vale la pena. Tsuwa cambi de postura. —No me gusta que nos estn vigilando. —Ha sido mala suerte para todos. De seguro les disgusta tanto como a nosotros que nos hayamos cruzado cerca de la Mano de Piedra. —Crees que vienen de ah? —Es obvio —el chamn se encogi de hombros—. De los tres ms viejos de entre ellos, uno es un hechicero.

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—Puedes ver algo ms, algo que te diga qu estaban haciendo? —Nada —respondi el anciano y retir las manos de sobre sus ojos—. Maldicin —gru mientras parpadeaba rpidamente—, no estoy acostumbrado a tanto sol. —Que esta noche los caballos estn ensillados, los arcos encordados y la s corazas sobre los guerreros. Tsuwa sinti entonces a su lado un olor rancio, casi fecal. Se gir hacia Kshaqui, y vio a ste frotndose la cara con una sustancia grasienta que sacaba con una mano de un recipiente en su regazo. —Qu haces? —pregunt con asco. —Me unto sebo con medicinas, o no es que no lo hueles —le respondi Kshaqui—. Es por la sequedad y el polvo, sabes. Mi vieja piel se raja como una bota que fuera de mi abuelo. —Maldicin, preferira hacerme pedazos a oler as. —A mi edad uno se preocupa ms por los achaques propios que por lo que los dems huelan. Las mujeres ya no me hacen caso de todas formas, y a los hombres los hago tragarse las quejas. T qu, te quieres quejar? Tsuwa mene la cabeza. —Ver la forma de morir joven, en batalla —dijo mientras escupa con ira hacia fuera—, para no convertirme en un viejo hediondo. Pero desde cundo usas eso? -Lo compr antes de salir, pero se me haba olvidado que lo tena. -Tienes al menos seguridad de que funcione? Porque si adems de apestoso vas a salir estafado, te juro por lo...

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De pronto Kshaqui levant la mano abierta pidiendo silencio. Su rostro entero se frunci de tensin y escucha. Tsuwa no le pregunt nada; de inmediato gir la vista hacia la noche. Tras hallar slo sombras inescrutables se volvi de nuevo hacia el viejo, esperando alguna seal. Kshaqui, mientras tanto, haba cortado con su cuchillo un retazo de su bufanda y lo ensebaba en el cazo. Despus, bajo la mirada atenta de Tsuwa tom una flecha, prestamente enroll la tela en su punta y con ms rapidez an la mont en el arco; entonces prendi la saeta en la llama de la hoguera e hizo un disparo bajo pero poderoso hacia la oscuridad. La flecha sise durante un segundo antes de terminar hundindose como una pequea catarata de chispas dentro de un matorral espinoso. Su luz alcanz a sealar algo que se mova cuatro codos a la derecha de los arbustos, algo de color sospechoso y tamao absurdo en la noche del desierto. Kshaqui infl el pecho, y sin soltar el arco rugi: — ¡Alarma! ¡Por el oeste! Y desde el oeste comenzaron a silbar flechas en busca de Kshaqui, los xams o cualquier cosa, mientras todo el campamento se sacuda entre gritos de alerta. Tsuwa se arrodill en tanto sacaba el arco con una mano y una flecha con la otra, y busc volmenes furtivos que pudieran ser blancos; pero una repentina patada de Kshaqui en su costado lo hizo caer de narices en el suelo. Al instante se recuper de la sorpresa y trmulo de ira levant la vista hacia el veterano para maldecirlo con lo peor. Se qued con la boca abierta, no obstante, al ver que Kshaqui, sin soltar el arco y extendiendo su capa con los brazos bien abiertos, se haba dejado caer de espaldas en la hoguera y pataleaba y manoteaba como un loco sobre esta. Tsuwa volvi los ojos al desierto, y descubri las razones de Kshaqui. Sin la luz del fuego para orientarlas, las flechas volando en su direccin comenzaron a escasear, y sus propios ojos comenzaron a ver ms contrastes en la noche. —Con algo de suerte los descubriremos

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antes de que nos rodeen —susurr para s mismo antes de comenzar a arrastrarse a la penumbra bajo la carreta. Tsuwa dio la vuelta a la cola de la caravana y lanz su caballo por un sendero de polvo entre dos hileras de pedruscos. El animal, pequeo, pero fuerte y vivaz, galopaba afanoso con el cuello recto hacia delante y la cabeza ladeada. Era una montura sabia y bien entrenada; obedeca los talones del jinete tan fielmente como una pluma sigue al viento y dejaba las manos libres para el arco. Mientras cabalgaba, Tsuwa aguz la vista lo ms que pudo hacia la direccin de donde venan las flechas. Como volvi a descubrir sombras ms negras de lo debido en la noche rojiza, gui hacia ellas al caballo con una leve presin de los muslos, a la vez que sacaba una flecha y la colocaba en el arco. Cuando le pareci hallar blanco en un contorno cuyo movimiento se destacaba contra el suelo, se par sobre los estribos, tens el arco levant ndolo sobre su cabeza y dispar. Vio con satisfaccin que la sombra sospechosa quedaba inmvil. Sin detener al caballo ni dejar de escrutar el desierto, Tsuwa sac otra flecha y la mont en el arco; enseguida volvi a hallar donde ponerla, y otras dos adems, pero tras la ltima sinti el silbido de otros proyectiles volando en su direccin. De inmediato se peg al lomo del animal y dej caer la flecha que tena en una mano mientras con un movimiento fluido y completo de la otra devolva el arco a la funda. Entonces escuch lejanamente el sonido sordo de un impacto en el plaqun del pecho del caballo; eso lo decidi a largar a la montura al galope, aunque an hubo dos flechazos ms antes de que los atacantes comenzaran a dispersarse. En segundos Tsuwa estuvo tan cerca que las sombras informes se volvieron inconfundibles siluetas y el sable encontr su mano.

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El caballo estaba tan bien entrenado que sin indicacin alguna persigui a la figura ms prxima, a la cual Tsuwa lanz un tajo rpido reforzado por el galope. El enemigo cay sin hacer ruido, y Tsuwa se dirigi al siguiente, que zigzagueaba locamente mientras blanda algn tipo de arma de asta; fue derribado y pisoteado por el animal. Un tercero muri con tiempo de dar un grito de agona mientras el acero le abra el torso, el cuarto logr salvarse tras un arbusto espeso y el polvo de la noche. Slo el quinto tuvo oportunidad y presencia de nimo para enfrentarlo. Tsuwa vio al enemigo esperndolo inmvil a menos de diez zancadas de su montura, y por instinto se volvi a hundir tras el cuello del caballo. Su sospecha se vio dolorosamente confirmada por un fulminante ardor en el cost ado derecho, donde la ltima costilla llegaba ms abajo. Al momento se encontr sin respiracin y paralizado, lo cual bast para que pasara junto a su contrincante sin propinar golpe. Recuper tanto el control como el aliento a alguna distancia del enemigo, y haciendo caso omiso del dolor forz al caballo a detenerse y girar. Al galopar de vuelta contra el adversario un flechazo rebot en su ancho cinto de placas metlicas, e instantes antes de bajar el sable percibi un sonoro impacto de metal contra su casco; pero el contrario rod por el suelo como un despojo. Enseguida Tsuwa detuvo al caballo y se lle v la mano izquierda a la herida. El astil sobresala casi por entero y estaba suelto. Moverlo le caus dolor, pero resultaba tolerable; tampoco brotaba sangre en exceso. Por tanto, la flecha no estaba hundida en el msculo ni mucho menos en las vsceras. Al parecer la armadura de escamas de cuero endurecido no solo haba debilitado el golpe, sino que lo haba desviado hacia afuera. Una coraza bien hecha, un disparo pobremente apuntado; y con un poco de suerte, la herida no sera sino ms que un desgarrn.

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Tsuwa envain el sable, sostuvo el astil con la mano derecha y lo parti con la izquierda. Despus de soltar el trozo de flecha, ahuec el arns y la camisa que llevaba debajo mientras se contorsionaba para separar su piel de la coraza. Como prevea, la parte delantera de la flecha cay al suelo por el bajo de la ropa. Fue entonces, cuando el fugaz brillo de la punta se hundi en el polvo y la oscuridad, que Tsuwa tuvo la sensacin de que la escaramuza haba sido algo ftil, una distraccin de algo ms importante que ocurra en otra parte. Su instinto no dudaba al respecto. Mir alrededor. Cerca de l no haba ruidos ni movimientos, slo la noche; lejos hacia el este, donde la caravana ocultaba las estrellas prximas al horizonte, se escuchaban gritos de muerte y guerra. Maldiciendo su irreflexin, Tsuwa se lanz al galope hacia donde realmente deba estar. De pronto, justo cuando iba a descargar el sablazo, Tsuwa sinti un golpe quemante y ensordecedor en el centro del pecho, seguido al instante por una apretazn en todo el cuerpo. Inmediatamente despus su plexo, sus piernas y todas sus articulaciones se ablandaron, mientras que la zona alrededor de su esternn se pona rgida y vibrtil. Sin embargo, esas sensaciones duraron poco, pues enseguida Tsuwa no percibi otra cosa que un dolor lacerante y maldito desplomndose sobre su corazn. Ni siquiera not cmo caa de hinojos, mal apoyado en el sable y la mano izquierda; mucho menos fue consciente de cmo el prisionero se pe rda en la noche rojiza. Desesperado, baj la mirada hacia el vrtic e de sufrimiento que retorca su pecho. La ltima mitad de una flecha brotaba de l cual una espina de un insecto muerto. Con una absurda atencin por el detalle, recorri con la vista el astil y descubri mucha sangre en el

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extremo y en lo que quedaba de las plumas. stas parecan maltratadas, como si las hubieran aplastado o estirado antes del disparo, y estaban empapadas en sangre. Entonces todo se vaci de pensamiento y percepciones, excepto la cruz de dolor, y Tsuwa se hundi en un abandono total. Saba una sola cosa: estaba muriendo. Mas, un calor suave y calmo comenz a crecer a partir de un punto justo bajo su cuello. Era a la vez una especie de alegra, de fuerza, de promesa. Le urga, como si tuviera voluntad propia, a librarse de la flecha, nica cosa que lo apartaba de la vida. Tsuwa solt el sable, llev su mano derecha al astil de la flecha y comenz a tirar. No tena ni idea de dnde sacaba las energas, pero poda y deba. Pero no as, no lo estaba haciendo bien; sinti cmo la extraa fuerza lo disuada de tirar de la flecha y lo convenca de empujarla hacia dentro. Despus, distante como en un sueo, percibi el deslizamiento del metal y la madera contra la carne y el hueso, hasta que de su espalda surgi la punta, seguida por el tercio delantero del stil. Cuidadosamente, se llev la mano a la espalda y comenz a tirar hacia afuera, ahora con pleno convencimiento y apoyo. Cuando la flecha sali por completo, fue como si los dioses le hubiesen perdonado todas sus faltas de una vez. Triunfante, Tsuwa puso el cuerpo recto y puso la vista al frente. An estaba de rodillas, pero le pareca que en poco tiempo podra erguirse otra vez. Los negros espritus del desierto volaban sobr e el campo de batalla, cayendo una y otra vez sobre tadjques y chasatis. Tsuwa vea cmo cada ronda de los espritus, cada ataque, debilitaba el valor de los guerreros y los llevaba un paso ms al borde de la desmoralizacin, del pnico.

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Los espritus de los muertos del desierto eran antiguos y estaban esculidos y gastados. No eran oponentes para la furia de Tsuwa, que los persegua como un ltigo al cual nada se escapaba. Kshaqui estaba sentado, con la cabeza y el torso de Tsuwa tendidos sobre su regazo. Pero no miraba el cadver, ni lo tocaban sus manos; observaba el horizonte con ojos vacos, echado hacia atrs, los brazos apoyados en el suelo a sus espaldas. Hasamnik se aproxim hasta dos pasos de distancia de ambos. —Debes dejarme atender su cuerpo —pidi. Kshaqui volvi el marchito rostro hacia el chamn. —Somos un par de viejos, t y yo — dijo—. Un par de viejos malolientes, como l deca. Y estamos vivos. —Nadie muere para siempre. Especialmente si muere en batalla. —Pues Tsuwa ya no tendr ms batallas. Y estoy seguro que l hubiera querido estar en muchas ms despus de sta. Hasamnik dio los dos pasos que faltaban ha sta el cuerpo de Tsuwa y se arrodill trabajosamente. —An tiene la flecha en la mano —descubri. —Tuvo la presencia de nimo necesaria para sacrsela —dijo Kshaqui—. Valiente hasta la muerte. —Es una flecha utchai. Mira —seal Hasamnik—; es corta, de cabeza ancha, y las plumas no son de avezul. Kshaqui mir al chamn con un repunte de ira en los prpados semicerrados. —Qu quieres decir, que es una flecha utchai? ¡Por supuesto que es una flecha utchai!

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Hasamnik mene la cabeza. —No entiendes. Tsuwa slo poda morir por una flecha usada, una flecha que ya hubiese matado. As fue predicho. —Entonces? Alguien sac la flecha de un muerto, la puso en su arco y mat a Tsuwa. Qu hay con eso? —Cuntas flechas se dispararon en esta batalla? —pregunt Hasamnik—. ¡Qu digo batalla! ¡En esta escaramuza! Kshaqui se encogi de hombros. —No s; pocas. A m me quedaron en el carcaj. —Es muy improbable que alguien hubiese disparado tantas flechas como para necesitar una clavada en un cuerpo muerto —razon Hasamnik—. Adems, las flechas utchais deberan estar clavadas en cuerpos tadjques. En algn momento los utchais llegaron tan cerca como para tocar a nuestros muertos o heridos? —No lo creo —opin Kshaqui—. Slo en la carreta del prisionero, y all no haban muertos. El chamn hundi la barbilla en el pecho, absorto. Kshaqui lo mir sin atreverse a interrumpir sus pensamiento. Al cabo de unos minutos, Hasamnik levant la vista. —Ve con los dems, Kshaqui — dijo—. Corta buenos espinos, de tronco grueso, que mantengan bien el fuego. Aunque tengamos que dejar este maldito lugar pelado en una jornada de camino a la redonda, reuniremos suficiente para la pira que merece Tsuwa. Kshaqui coloc suavemente el torso del joven guerrero en el suelo, se ech a un lado y se puso en pie. Antes de marcharse dio una ltima mirada al cadver, en silencio. Su expresin no deca nada; si algo senta, estaba enterrado bajo aos de dolor y arrugas. Cuando el veterano se perdi de vista, el chamn extendi una mano sobre el rostro de Tsuwa y murmur un cntico lento y repetitivo durante unos minutos. Al terminar, se

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inclin sobre el cuerpo para tomar la flecha por un extremo y tir de ella. El astil y la punta salieron dificultosamente de la semicerrada mano de Tsuwa. —T eres Uma Azane —afirm Hasamnik. El chasati asinti. —T no tenas flechas —continu el chamn—. Tsuwa te quit el carcaj. Azane tuvo un ligero temblor de manos, mas sigui en silencio. —En la escaramuza de anoche, t eras el nico sin flechas. Por eso tomaste una flecha del cuerpo de un herido. Esta flecha—. Hasamnik levant la saeta utchai que haba matado a Tsuwa. Hasamnik levant ante s las manos con los dedos entrelazados de una forma indescriptible. Al instante Azane tuvo un vahdo, se puso una mano sobre la boca del estmago y comenz a tambalearse. —Ato tu espritu a tu carne —dijo el chamn con voz profunda y resonante—. Tu espritu quedar prisionero de tu cuerpo cuando mueras y junto a l se corromper y desaparecer. Azane cay de rodillas ante Hasamnik y comenz a vomitar entre espasmos y temblores. El chamn sigui impertrrito su letana—: Tu espritu no volar sobre las llanuras, no retornar a las hogueras, no entrar al sitio reservado, no recibir leche en los das sagrados, no asistir a los jvenes pastores, no ayudar a los cazadores, no cuidar de los guerreros, no aconsejar a los ancianos. Tu espritu se secar en el polvo, se hundir en la tierra, se

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pondr negro, ser comido por las bestias, se r padre de los gusanos que parir tu cuerpo. —Tsuwa muri sobre las huellas del prisionero y con el sable empuado —dijo el chamn—; no me cabe duda que lo hubiera atrapado si t no lo hubieras asesinado a l antes. Juan Pablo Noroa Lamas (1973) : Graduado de Letras en la Universidad de la Habana ha sido incluido en la antol oga Reino Eterno, Letras cubanas 1999. La mayor parte de su obra se encuentra indita. Al INDICE

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5. ARTICULO: TEOGONA DE LOS DIOSES LOVECRAFTIANOS Pese a que Lovecraft fue el profeta de la nueva religin l nunca intent sistematizar los mitos, poniendo orden aqu y all como lo hiciera Hesodo con los mitos griegos. Solo dej clara la base sobre la cual se inventaran las ms horrorosas historias. Esta idea central era que antes de que apareciera el hombre la Tierra haba tenido otros amos. A esta idea aluden determinados libros “aborrecibles”, ciertos grabados “abominables” y algunas esculturas “sacrlegas”. Tambin menciona varios lugares que resultan sagrados y cita la existencia de cultos y de rituales “b lasfemos” que prefiere no detallar. El verdadero sistematizador de los mitos fue sobre todo August Derleth. El fue el creador de lo benignos Dioses arquetpicos y del sello sagrado de estos: una piedra en forma de estrella de cinco puntas que es el talismn ms eficaz contra los Primordiales. Pero Derleth intent sistematizarlos mediante sus propios relatos mientras que Lin Carter, erudito, telogo, y bibligrafo de la relacin Lovecraftiana resume los mitos de la manera siguiente: “Estudiando las divinidades y los demonios que aparecen en los mitos de Chul se induce que la tsis de Lovecraft, la fuente misma de los mitos, es que, en pocas geolgicas remotsimas nuestro mundo fue habitado y gobernado por grupos de dioses diablicos y de divinidades benvolas mucho antes de que apareciese el hombre en la Tierra, sta era compartida por los primigenios y la Gran Raza de Yith, quienes cayeron en discordia y se alzaron contra sus propios creadores, es decir, contra los misteriosos Dioses Arquetpicos, primeros pobladores de los espacios este lares. La Gran Raza, constituida por seres espirituales e inmateriales que parasitaban cuerpos ajenos, abandon las zonas terrqueas por ella dominadas y huy a travs del tiempo hasta el siglo CC, en el que se apoderaron de los cuerpos de una raza de escarabajos que suceder al hombre, en esa poca remota, como forma de vida dominante en el planeta. Los Primigenios, sin rival ya, quisieron dominar el mundo y en combate con los Dioses Arquetpicos que moraban en Betelgeuse, les robaron

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ciertos talismanes y sellos y determinadas tab lillas de piedra cubiertas de jeroglficos, que ocultaron en un planeta prximo a la estrella Celaeno.” “Los Dioses Arquetpicos castigaron esta inoportuna e impropia rebelin. Aunque los Primigenios, bajo la orden de Azathoth combatieron largamente, por ltimo fueron vencidos y expulsados o apresados. Hastur el Inefable fue exiliado al lago de Hali, cerca de Carcosa, en las Hadas prximas a Aldebarn; el Gran Cthulhu fue mantenido en un letargo mgico, similar a la muerte, en la csmica ciudad sumergida de R’lyeh, situada no lejos de Ponap, en el Pacfico; Ithaqua El Que Camina En el Viento fue desterrado a los helados desiertos rticos, de los que un sello poderoso le impide escapar. Yog-Sothoth fue expulsado de nuestro continuo espacio-tiempo y fue lanzado al Caos junto con Azathoth a quien, adems por haber sido el cabecilla de la rebelin, los Dioses Arquetpicos privaron de inteligencia y de voluntad. Tsathoggua fue aherrojado en una caverna situada bajo el Monte Voormithadreth en Hyperbrea, junto con algunos dioses menores como Abhoth y Atlach-Nacha Cthugha fue exiliado en la estrella Fomalhaut. Ghatanothoa el DiosDemonio, fue sellado en las criptas que se extienden bajo una arcaica fortaleza construida por los crustceos de Yuggoth en la cima del Monte Yadith-Gho, que domina la primitiva ciudad de Mu. Muchos dioses menores fueron obligados a refugiarse en el negro castillo de nice que corona la ciudad de Kadath, situada en el Desierto de Hielo, en la zona en que el mundo de los sueos penetra en nuestra Tierra. De los Primignios Mayores, solo Nyarlathotep parece haber evitado tanto prisin como exilio.” “Pero, antes de ser derrotados en la primera de las guerras, los Primignios Mayores haban engendrado una multitud de sicarios infernales que desde entonces se esforzaran por liberarlos de nuevo; sin embargo, ni siquiera los Profundos de R’lyeh seres martimos y anfibios, pueden levantar ni tocar el Signo Arquetpico, poderoso Sello de estos Dioses, que mantiene a Cthulhu dormido en la muerte. Y, aunque en la pgina 751 de la edicin completa del Necronomicon figura el famoso Noveno Verso que, debidamente entonado, devolver la libertad a Yog-Sothoth y dar origen a su retorno anunciado por los profetas, ninguno de sus adoradores humanos o inhumanos ha conseguido hasta la fecha liberarlo. En ocasiones alguien ha conseguido levantar el Sello Arquetpico, pero siempre ha sido vuelto a colocar en su sitio, bien por intervencin directa de los propios Dioses, bien de sus muchos servidores humanos. Sin embargo, Alhazred ha profetizado que, por fin, los

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Primigenios sern liberados y regresarn. Debemos suponer, pues, que, en algn futuro incierto, volvern a disputar una vez ms el Universo a los Dioses Arquetpicos.” Derleth, sin embargo refiere que entre los mismos Primigenios hay rencillas. Por ejemplo, Hastur es enemigo irreconciliable de Cthulhu y a veces acta como salvador de los perseguidos por este. Esto est en relacin con la procedencia original de los Primigenios, algunos de los cuales son espritus de los elementos y mantienen entre s las oposiciones que entre estos existen. As, Cthulhu simboliza en cierto modo el agua; Cthugha, el fuego; Ithaqua y Hastur, el aire; Shub-Niggurath, la tierra. Tampoco hay mucho orden en lo que se refiere a los dioses, diosecillos y semidioses de la mitologa lovecraftiana. Incluso no est totalmente claro si los Primigenios y los Primordiales son los mismos o distintos. Por su parte, Lovecraft no especifica ni quienes ni que sn, pero Derleth, en su afan sistem atizador, seala que los Primordiales son “manifestaciones de los Primigenios el plano terreno”. Sea como fuere, Lvy divide el panten lovecraftiano en tres grandes catego ras: los monstruos de las Altas Tierras del Sueo, los monstruos del mundo vigil y los Primordiales. Corresponden a la primera categora los ngeles descarnados de la Noch e –gomosos, cornudos, sin cara, con alas de murcilago–, los vampiros en su doble variedad –vampiros a secas, que son como perros, y Vampiros de Pies Rojos–, los Dholes –que muer en al ser expuestos a la luz–, los enormes Gugs de boca vertical, los Shantaks –enormes, alados, de cuerpo escamoso y cabeza de caballo– y las entidades lunares con cuerpo de sapo, amorfas, gelatinosas y con tentaculos. Entre los monstruos del mundo vigil, Lvy seala los hbridos diversos, los Profundos, los Mi-Go, los Shoggoths, etc. Lin Carter, por su parte, cl asifica los dioses lovecraftianos en dos categoras: los Primordiales (“tambin llamados Primigenios, Malignos, Los-Que-Llegan y Arcaicos”) y los Dioses de la Tierra. A la primera categora pertenecen los antiguos dominadores de nuestro planeta, aunque Carter no hace grandes distinciones entre los Mayores –Cthulhu, Yog-Sothoth, Shub-Niggurath, Azathoth, Nyarlathothep, Lloigor, Hastur, Ubbo-Sathla, etc.– y los Menores –Dagon, Hydra, Nug, Gnoph-Keh, Yig, etc.– En su segunda categora incluye a algunos diosecillos citados por Lovecraft y tambin un poco por no saber donde ponerlos si no, al propio Nodens. Para mayor confusion Carter seala la posibilidad de que algunos de los Primordiales no sean sino avatares o emanaciones de otros. Byagoona, dios

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menor, por ejemplo, se caracteriza por no poseer rostro, lo que hace pensar que acaso no sea sino una transposicin de Nyarlathothep, el Gran Dios Sin Cara. La mitologa lovecraftiana no solamente es rica en dioses y lugares sagrados en los cuales ocurrieron hechos trascendentales sino que tambin posee multitud de libros proscritos y profanos que no deberan ser ledos los cuales, segn Carter, “contribuyen a apoyar numerosos detalles de los Mitos a lo s que dan un aire de autenticidad y de erudicin”. Pero tampoco en tales libros se sist ematizan los Mitos. Al parecer, en ellos se alude veladamente, bajo parbolas y smbolos y a menudo en forma fragmentaria, a oscuros arcanos que solo los adeptos saben interpretar. Algunos de dichos libros tienen existencia real, como el The saurus Chemicus de Bacon, la Turba Philosophorum, The Witch-Cult in Western Europe de Murray, De Masticatione Mortuorum in tumulis de Raufft, el Libro de Dzyan, la Ars Magna et Ultima de Lulio, el Libro de Thoth, el Zohar, la Cryptomensis Patefacta de Falconer o la Polygraphia de Trithemius. Estos libros se citan sobre todo por sus nombres rimbombantes y misteriosos, pero, naturalmente, tienen en realidad muy poco o nada que ver con los Mitos. De los dems, sin embargo, la mayora es puramente inventada y tratan directamente de los Mitos entre otros temas esotricos Entre ellos, los principales son el Libro de Eibon, el El texto R’lyeh, los Fragmentos de Celaeno los Cultes des Goules del conde d’Erlette, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, las Arcillas de Eltdown, el People of the Monolith de Justin Geoffrey, los Manuscritos Pnakticos, los Siete libros Crpticos de Hsan, los Unaussprechlichen Kulten de Von Junzt y, sobre todo, el Necronomicon de Abdul Alhazred. Libro este que fue descrito con tal lujo de detalles que mucha gente lleg a creer que exista de verdad aunque... quien sabe. Tal vez algn da todos sepamos la verdad. Informacion extrada de: Los mitos de Cthulhu de Alianza Editorial coleccin El libro de bolsillo, 1978 Madrid. (En concreto del estudio preliminar de Rafael Llopis. Informacion extrada por: Vctor Garca. Tambin llamado “El Emisario de la Muerte” Antoniov.gwcia@telefonica.es Informacion extrada para: La pgina del Necronomicon y todos aquellos que quieran saber ms sobre estos temas que se remontan ms all de la noche de los tiempos. AL INDICE

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