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Disparo en Red

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Material Information

Title:
Disparo en Red
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Disparo En Red
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - D42-00026-n25-2006-09
usfldc handle - d42.26
System ID:
SFS0024301:00024


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HOY: 18 de SEPTIEMBRE del 2006 DISPARO EN RED: Boletn electrnico de ciencia-ficcin y fantasa. De frecuencia mensual y totalmente gratis. Para descargar disparos anteriores: http://www.esq13.host.sk/revistas.html ----El sitio web del Fantstico Cubano http://www.cubaliteraria. cu/guaican/index.html

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Editores: Darthmota. Jartower. Colaboradores: Taller de Creacin ESPIRAL de ciencia ficcin y fantasa. espiral@centro-onelio.cult.cu espiralgrupo@yahoo.es Proyecto de Arte Fantstico Onrica. oniricacuba@yahoo.es Anabel Enrquez Pieiro Juan Pablo Noroa Miguel Bonera Miranda Jorge Enrique Lage Coghan Vctor Hugo Prez Gallo Ral Aguiar Portada: Saitou. Universo: Ghost in the Shell

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0. CONTENIDOS: 0.5 Sobre la rfaga : Darthmota. 1. La frase de hoy : Ursula K. Le Guin. 2. Artculo : Del ngel filsofo vs. el BEM inva sor a los marcianos poetas contra las chinches. La evolucin del extraterrestre en la CF (I): Desde los precursores hasta la edad de oro, Yoss 3. Cuento clsico La condicin inhumana, Clive Barker. 4. Cuento made in Cuba: Hermano csmico, Juan Pablo Noroa 5. Cmo contactarnos?

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0.5 SOBRE LA RFAGA: Pese a que lo explicamos en la seccin El cartero siempre llama dos veces del nmero de julio, los editores de Disparo en Red nos sentimos en la obligacin de explicarles. Bueno, pues resulta que nos cogimos las vacaciones para descansar… (no fue tan difcil decirlo). Pero seguimos trabajando en la edicin del disparo as que para principios de septiembre tenamos completos tres nmeros (julio, agosto y septiembre). Y nos dijimos, por qu no? muchas personas tienen problemas pa ra revisar el correo durante el verano, en especial en las universidades y otros centros de estudio que cierran durante el verano. As que decidimos disparar esta vez no un solo disparo sino una rfaga corta de tres. Espero que lo disfruten porque trabajamos para ustedes. Darthmota. Al INDICE

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1. LA FRASE DE HOY: Cmo poda explicar yo la Edad del Enemigo y sus consecuencias a un pueblo que no tena nombre para la guerra? Ursula K. Le Guin. La mano izquierda de la oscuridad. Al INDICE

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2. ARTICULO: DEL ANGEL FILOSOFO VS. EL BEM INVASOR A LOS MARCIANOS POETAS CONTRA LAS CHINCHES. LA EVOLUCION DEL EXTRATERRESTRE EN LA CF (I): DESDE LOS PRECURSORES HASTA LA EDAD DE ORO Por Yoss Uno de los terrenos ms frtiles para la clase de especulaciones biolgicas y sociolgicas que prefiere la ciencia ficcin es el de la existencia de vida extraterrestre y sus peculiaridades. Es por eso que aunque (al menos hasta ahora) no se conocen especies vivientes fuera de nuestro planeta, miles han sido los tipos que han imaginado los autores del gnero. Si bien en otro trabajo anterior1, y aprovechando nuestra formacin profesional como bilogos, examinamos ms o menos detalladamente a algunas de las caractersticas que debe tener un ser aliengena para resultar convincente, y cules no puede en ningn caso poseer para ser tomado en serio, en este caso nos impulsa ms bien una voluntad sistematizadora, y pretendemos nicamente pasar revista a algunas de las formas de vida2 xenoides3 racionales ms interesantes desarrolladas por la CF a lo largo de su ya no tan breve historia, ejemplificando con ellas la evolucin de paradigma en paradigma que a travs de las pocas ha experimentado la concepcin de lo que podra ser una entidad de este tipo. LOS PRECURSORES: DE LA METAFO RA DE LOS HOMBRES SUPERIORES DE OTROS MUNDOS A LOS PRIMEROS INVASORES (E INVADIDOS). 1 Alien-notion: algunas nociones bsicas de fisiologa y ecologa para aspirantes a escritores de ciencia ficcin. Consultar pgina web del autor: www.cubonet.org/yoss 2 Y al decir formas de vida, dejamos automticamente fuera a los seres cibernticos… incluso si evolucionaron a partir de entidades biolgicas. Lo sentimos por los fans de la serie de los Berserkers de Fred Saberhagen y de los borgs de Star Trek pero hay que reducir el campo. 3 Xenoide en el sentido de producto de una evolucin no terrestre. Misteriosas civilizaciones ocultas bajo el mar tampoco clasifican, aunque si estn bien concebidos y sobre todo surgieron en otros mundos, como los pobladores de la profundidad en el excelente filme Abismo de James Cameron, se pudiera hacer una excepcin…

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Pese a lo cuestionable del desenfrenado afn legitimador de algunos estudiosos que, del mismo modo que el suizo Erick von Daniken quiere ver huellas de la presencia extraterrestre en todas partes, insisten en considerar CF avant-la-lettre a toda leyenda o historia ms o menos fantstica4, hay que reconocer que, si bien el gnero fue ms o menos oficialmente inaugurado por Verne y Wells, antes cont con algunos notables precursores. Se trataba mayormente de autores cuyas pretensiones no eran hacer pasar por verosmiles sus elucubraciones, ni mucho me nos, sino, al mejor estilo de Jonathan Swift y sus Viajes de Gulliver5, satirizar los vicios y defectos de una sociedad hipcrita y afectada empleando el espejo deformante de las costumbres supuestamente ms lgicas y/o eficientes de “seres de otros mundos” para poner en ridculo a los de este. Ejemplo clsico de esto son los habitantes de la Luna con una portezuela en el estmago para introducirse el alimento sin perder tiempo en paladearlo, o los del Sol, capaces de separarse de su cabeza y enviarla a investigar, entre otras muchas absurdas e hilarantes creaciones del ingenio de Cyrano de Bergerac en su Historia cmica de los imperios de la Luna y el Sol O los pobladores igualmente improbables encontrados por el barn Munchasen en su subida a nuestro satlite. Tambin tenemos al gigante siriano de ocho millas de alto del ambicioso Micromegas (1752) de Voltaire, a los pequeos selenitas encontrados por el audaz globonauta de La extraa aventura de un tal Hans Pfall de Edgar Allan Poe y a un largo etc. Ninguno pretenda realmente ser verosmi l. Ms que de entidades probables se trataba de smbolos, abstracciones de super o infra humanidad6 en la que los 4 Como por ejemplo, el cubano Oscar Hurtado, que en el extenso y erudito prlogo a su excelente antologa Cuentos de ciencia ficcin (originalsimo el ttulo eh?) se pas a la grande, considerando CF hasta a narraciones puramente folklricas como los Veinte cuentos del vampiro hindes, que nada tiene que ver. Y por aquello del magster dixit como muchos lectores consideraban a Hurtado un tipo serio, confundi bastante las ideas sobre el gnero de tres generaciones. 5 Un caso de stira poltica que termin siendo inofensiva? y muy apreciada literatura infantil. Cosas veredes, Sancho. 6 No hay que olvidar, aunque no trate de extraterrestres, al cuarto viaje de Gulliver, cuando encuentra una isla donde los hombres (yahoos) son bestias feroces e irracionales mientras que los caballos (houyhinns) son criaturas inteligentes y afables. Grandes relatos de la CF sobre el tema de la relatividad cultural, como Hombres y dragones de Jack Vance, son deudores confesos de esta historia.

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contemporneos de los escritores podan reconocerse ms por oposicin que por analoga. Notable excepcin fueron las serpientes de la luna descritas por el astrnomo Johannes Kepler en su curioso opsculo Somnium seres que se esconden del sol en profundas cavernas durante el trrido “da” selenita de dos semanas, para salir a merodear durante la noche que dura otro tanto. Kepler reconoci estar ms interesado en divulgar las extraas caractersticas de nuestro satlite que en contar una historia. En efecto, para no afrontar el eterno problema de cmo arribar al lugar extico, su texto finge ser la transcripcin de un volumen ledo durante el sueo, convirtindose as de paso tambin en precursor de la lamentablemente larga serie de autores de CF que han recurrido al fcil recurso onrico cuando no pueden explicar cmo arribaron sus protagonistas al escenario de sus incontables aventuras, el verdadero inters de la historia. Si bien buena parte de la extensa obra de Julio Verne es indudablemente CF, el ingenioso francs nunca escribi ni una lnea sobre seres extraterrestres. En cambio Wells convirti a entidades evolucionadas fu era de nuestro planeta en el centro de dos de sus ms famosas novelas. En Los primeros hombres en la Luna los dos protagonistas llegan al satlite con un medio de transporte que, a diferencia de la gran bala de can7 verneana, nadie conoca: la cavorita, una sustancia opaca a la gravedad. Pero lo ms interesante no es el viaje en s, ni siquiera la alternancia en el calendario lunar de “das” trridos y “noches” heladas, ambos con unas dos semanas de duracin, sino la extraa sociedad que se encuentran. Compuesta por individuos fsicamente diferenciados segn su labor, como las castas de obreras y soldados de un hormiguero, a este horrible modelo de sociedad perfecta estilo colmena retornar luego en muchas ocasiones la CF. Y an ms notable es la prefiguracin de Wells de cmo el Gran Lunar, el individuo inteligente de la colonia, comprende muy pronto que la simple noticia de la existencia de seres inteligentes iguales entre s y no coloniales como l 7 Verne lleg a desafiar a Wells a que le mostrara un trozo de su maravillosa sustancia. Si hubiera estado suficientemente fuerte en balstica como para darse cuenta de que ningn ser pluricelular podra sobrevivir a la aceleracin repentino del disparo de una bala quizs habra sido menos altanero. A fin de cuentas, la CF debe solo parecer verosmil… no ser estrictamente real.

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y su raza puede poner en peligro todo su mundo, por lo que, aunque sin causarles dao, trata de retener a ambos exploradores, en un ejemplo de xenofobia protectora muy a lo Sartre de “el infierno son los otros”. Aunque si los selenitas de We lls no eran explcitamente agresivos, sus marcianos de La guerra de los mundos s: huyendo de un mundo fro o moribundo, pretendieron conquistar nuestro floreciente planeta, y cas i lo consiguieron gracias no solo a su superior tecnologa, sino al estar unidos frente a los muchos diferentes gobiernos de la Tierra. Pero un ejrcito de reserva con el que ningn general humano contaba, los microorganismos, frustr su campaa. Con esta novela el reflexivo ingls no solo se convirti en el primer referente de las invasiones interplanetarias, que luego seran uno de los recursos bsicos de toda la CF y especialmente de la space-opera, sino que tambin abord por primera vez la posibilidad de la guerra biolgica. Otras veces no ramos los invadidos sino los invasores… o al menos los visitantes. En su popularsima serie marciana, el norteamericano Edgar Rice Burroughs emplea como hroe a John Carter, un temerario capitn de caballera que luchando contra los indios penetra en una misteriosa caverna donde queda dormido, siendo de algn modo no muy claro “transportado en cuerpo y alma”8 a Barsoom, un mundo fantstico y decadente de inmensos mares secos, imperios poderosos de hombres rojos, guerreros verdes de cuatro brazos que montan “dinosaurios” de ocho patas y tienen “perros” de diez, y toda una larga y fascinante serie de criaturas extraas. Nacido y crecido en un mundo de superior gravedad como es la Tierra respecto a Marte, John Carter posee msculos mu cho ms potentes que los barsoomianos, entre los que pronto se destaca como luchad or, hasta merecer el ttulo honorfico de Guerrero de Marte. Los habitantes del Barsoom de Burroughs constituyen tan abigarrado mosaico de especies humanoides9 que solo encontrar parangn en las del Mongo de historietas visitado por Flash Gordon, algunos aos despus. An hoy, tras tantos aos 8 Teleportado? 9 Que no humanos, por ms que lo parezcan. No hay que olvidar que Dejah Thoris, la amada princesa de Carter, naci de un huevo y poda vivir mil aos. Quizs por eso resulta tan sorprendente cuando al final de la tercera novela del ciclo, El guerrero de Marte, Burroughs menciona el huevo que est incubando la princesa con un hijo suyo y del terrestre. Pero acaso podan cruzarse entre s especies tan distintas? El creador de Tarzn no estaba muy fuerte en biologa, parece, pero su ingenuo planteamiento siempre nos hizo pensar en

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ejercitando el sentido de la maravilla leyendo CF ms reciente, no dejan de sorprender al lector. Hay culturas ms o menos humanas de todo tipo, desde tribus nmadas semisalvajes hasta sofisticadas teocracias con tecnologa de antigravedad y sociedades dominadas por una especie de juego ritual de ajedrez viviente, pero tambin monos blancos de cuatro brazos, que son cuasiinteligentes o quizs restos degenerados de lo que una vez fue una especie racional, y lo ms sorprendente de todo, al menos en nuestra opinin, una raza de seudoaraas racionales cuyo cuerpo es casi totalmente cerebro, por lo que cran una especie de “corceles” humanos sin cabezas sobre cuyo cuello se instalan sus amos para poder deambular10. Burroughs, sin duda alguna, tena una gran fantasa… aunque tal virtud fuese bastante empaada por una carencia casi total de disciplina cientfica y de estilo literario. Aunque todava hoy muchos lectores fans de la aventura pura y dura son capaces de obviar el pobre estilo folletinesco del creador de ese super smbolo racista que es Tarzn de los Monos para disfrutar la incontenible cascada de peripecias de sus personajes. LA EDAD DE ORO DEL PULP: IMPERIOS GALACTICOS Y BEMs. Tras la primera oleada de precursores europeos “serios” la CF lleg a lo que se convertira en su gran templo: los EE. UU. Vencedores de una I Guerra Mundial que nunca toc su territorio nacional y confiados en el progreso, los norteamericanos queran leer sobre un maana de ciencia y tecnologa triunfantes. Un avispado nativo de Luxemburgo, Hugo11Gernsback, comprendi esta demanda, y en 1926, con la mtica Amazing luego Astounding SF Stories cre no solo la primera revista del gnero sino tambin su misma definicin. Y aunque en su inicitica narracin futurista Ralph 12C41+12, pronto las pginas de su revista y de otras se llenaron de textos en los que los extraterrestres eran presencia constante. curiosas convergencias evolutivas a las que valdra la pena dedicar ms de una reflexin. 10 Una prefiguracin de las criaturas neuroparsitas de Amos de Tteres ? Sera interesante sabe si Robert Heinlein ley a Burruoghs… probablemente s. 11 Por si alguien an no lo sabe o no lo h adivinado, es precisamente en su honor que el ms preciado galardn de la ciencia ficcin, entregado en cada convencin anual, se denomina Premio Hugo. Por su parte (para acabar de aclarar las cosas) el Nbula es otro premio casi igual de importante, pero otorgado por un jurado de otros escritores de CF. Se supone que es ms sofisticado… y tambin ms snob por supuesto. 12 Por si alguien tiene la misma curiosidad que yo tuve cuando le esas siglas, aclaro que en ingls suena Oneto-see-for-one-more, o sea, alguien que mira para otro, o que ve el futuro. Un visionario, en otras palabras. Gernsback era casi patolgicamente aficionado a describir nuevos ingenios en sus historias.

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Durante aquellos felices e ingenuos aos 20, 30, 40, 50 e incluso hasta bien entrados los 60, en un elevado porcentaje de las portadas de Astounding, If, Beyond y otros similares aparecan voluptuosas heronas con la ropa rasgada por sitios sospechosamente erticos13 perseguidas o capturadas14 por feroces monstruos llenos de pinzas, colmillos, garras y sobre todo ojos facetados, los bugs eyes monsters que dieron nombre a esta categora de CF ingenua cuyos otros protagonistas solan ser un cientfico loco (padre, to o en caso extremo hermano o primo de la herona) que emprenda un experimento tan osado que resultaba sacrlego y pona en peligro al mudo entero, aunque siempre apareca y actuaba a tiempo un joven Rick o Dick de grandes msculos y protuberante mandbula mascachicles, delantero de ftbol americano y en sus ratos libres chofer o asistente de laboratorio del sabio, menos cerebral que este pero con mucho ms sentido comn. Cierto es que los monstruos de ojos de insecto o BEMs no siempre eran extraterrestres; a menudo se trataba de engendros o mutaciones creadas por los inescrupulosos cientficos en sus laboratorios y que escapaban a su control, o incluso de bestias atvicas de edades olvidadas. Pero, aliengenas o teratolgicos, la dicotoma BEM-cientfico loco simbolizab a los miedos tpicos del norteamericano medio: el terror a lo ajeno (los rusos, los chinos, monstruos todos) y la desconfianza con respecto a sus propios cientficos, entregados a abstrusas cavilaciones en un lenguaje tan tcnico e incomprensible que por fuerza no poda generar nada de bueno. Por suerte, durante estas dcadas de copiosa produccin, junto con las adocenadas historias de BEMs coexistan textos que planteaban una visin menos extremista del ser de otro planeta. Autores tan relevantes como Heinlein, Simak, Clarke, Sturgeon, Asimov, Bradbury, Anderson y un largo etc crearon en sus obras numerosas entidades vivientes de sumo inters. 13 Ver, por ejemplo, toda la obra de Virgil Finlay como portadista e ilustrador. Su estilo hoy puede parecer anticuado, pero no cabe duda de que era un profundo conocedor de luces, sombras… y anatomas femeninas. 14 Probablemente con intereses ms gastronmicos que reproductivos, dada la lejana entre captor y presa. No obstante, la ambigedad venda… y el temor ancestral a la violacin de las madres, hermanas, esposas o hijas por los brbaros extranjeros, tambin.

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Solo mencionaremos, y muy de pasada algunas de las ms originales y/o representativas. No estarn todos los que fueron… pero si fueron todos los que estn. Un curioso y casi anacrnico ejemplo de CF de transicin, a caballo entre el estilo metafrico-filosfico del siglo XIX y la precisin de detalles del XX lo constituye la llamada triloga de Ransom15, del britnico C. S. Lewis16. Compuesta por las novelas Fuera del planeta silencioso, Perelandra y Esa horrible fortaleza esta potica serie protagonizada por el profes or universitario Ramson logra la difcil proeza de compaginar los viajes espaciales con la mitologa cristiana: cada planeta del sistema solar tiene un ngel guardin o inteligencia planetaria regente17 que vela por la armona entre las formas de vida que lo pueblan. Todos sujetos a la autoridad del ngel central o superior Dios? que mora en el sol, todos conversando unos con otros a travs del ter interplanetario. Todos menos la Tierra, Malacandra o el Planeta silencioso, cuyo regente Satans? se rebel y fue por eso segegado, hecho prisionero en su propio mundo y condenado al silencio. En la primera novela de la serie, y no por su voluntad sino secuestrado por colegas inescrupulosos, el profesor Ramson visita Marte y conoce a varias de las amables formas de vida que lo habitan: los sorns, gigantes altos y plidos, fortsimos pero pacficos, el pueblo acutico, formado por seres parecidos a nutrias, y otros, y finalmente se entrevista con el mismsim o regente del planeta, que le revela la historia de la traicin y posterior castigo del ngel de la Tierra. En la segunda novela, Perelandra, o Venus, Ramson lucha largamente con un colega “posedo” por el demonio regente de la Tierra, y logra vencerlo. Es una obra mucho ms filosfica pero menos interesante que la primera, aunque no tan aburrida ni metafsica como la culminacin de la serie, Esa horrible fortaleza, cuando el profesor sostiene un largusimo duelo de argumentos cuasiteolgico con el regente 15 En ingls el trmino significa “rescate” en clara referencia al contenido profundamente religioso y cristiano de la triloga. 16 Bastante ms conocido por su serie de Las Crnicas de Narnia (el primero de cuyos 14 libros ha sido recientemente llevado al cine), un especie de versin para adolescentes de la imaginera fantstico-heroica de la Tierra Media de J. R. R. Tolkien… no por gusto eran colegas en Oxford. 17 Tipo Gaia, diran los adeptos actuales de la New Age.

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rebelde, al que finalmente ¡no poda ser menos! logra llevar por el camino del arrepentimiento que conduce al perdn. Igualmente a medio camino entre los concep tos del siglo XIX y los del XX est la monumental Hacedor de estrellas del tambin britnico Ol af Stapledon. Autntico canto a la creacin, imbuido de un profundo sentido divino, esta es considerada una de las obras de CF que ms vasto panorama csmico recorre. En efecto, en sus pginas pasa revista casi sin detenerse a las distintas etapas de la vida y la inteligencia en el universo: desde las nebulosas racionales para las que la concentracin de la materia en estrella s significa la muerte, hasta las propias estrellas inteligentes y el breve interludio de los seres orgnicos que se desarrollan en sus planetas (entre ellos los humanos) ante de que la inexorable entropa vaya convirtiendo en masivos astros de neutrones a todos los soles, sobre cuya superficie surge an un nuevo tipo de vida adaptada a la supergravedad18. Al final, cuando la muerte trmica del universo parece el destino inevitable, un nuevo universo se prepara a surgir, en eterno ciclo de muerte-renovacin. Despus de que con su novela La Alondra del Espacio inaugurara el subgnero de la space-opera otra de las primeras y ms exitosas series de space-opera fue la de los Hombres de las Lentes de E. E. “Doc” Smith. Las Lentes eran dispositivos amplificadores, pero no pticos, sino telepticos, con los cuales individuos dotados de poderes parapsicolgicos tan extraordinarios como su cdigo tico trataban de mantener la estabilidad de una galaxia siempre amenazada por conflictos entre razas pacficas o belicosas diversas y a cual ms extraa, utilizando por primera vez un concepto que luego sera carsimo a la space-opera en particular y a la CF en general: el de las asociaciones supraespecficas de inteligencias, Ecumenes o Concilios Galcticos, verdadera profesin de fe en el entendimiento pacfico y la colaboracin entre las entidades racionales, por diferentes que sean sus anatomas, fisiologas o culturas. Entre los muchos y muy imaginativos seres del ciclo de Smith, los ms fascinantes son sin duda los Velantianos. Aunque fsicamente resulten horrendos segn los cnones humanos, con sus largos cuerpos de serpiente con seis brazos y otras tantas 18 La saga Cheela de Robert Forward debe tanto a esta obra de Stapledon como a Misin de gravedad de Hal

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piernas, sus ocho ojos y sus alas membranosas plegables, son la especie ticamente ms avanzada, telepticamente ultrapotente, benvola y racional de toda la galaxia, los iniciadores originales de la organizacin supraplanetaria de los Hombres de las Lentes, entendindose por primera vez en la CF Hombre como un ttulo de inteligencia, no como correspondencia a un patrn anatmico ms o menos definidamente humanoide. Los Velantianos lucharon largamente por liberarse de la esclavitud mental impuesta por otra raza teleptica19, los Delgonianos, una cruel especie cuyo exterminio es el objetivo primario de la gran guerra galctica en la que incluso los humanos se ven involucrados en su momento. Adems de en la CF socialista, a la que dedicamos ms adelante todo un tpico, encontramos este paradigma de la colaboracin interespecies en otras obras en su momento tan populares como la serie del Hospital del Espacio de James White cuyos delicados cinruss, una especie insectoide ultrapacfica, de movimientos superprecisos y altamente emptica, por lo que sus miembros actan a menudo como cirujano interraciales, parecen haber sido concebidos para borrar de la mente de los lectores la igualdad insectomonstruo a la que tanto contribuyeron las portadas de aos anteriores. En la obra cumbre de Ray Bradbury, Crnicas marcianas los marcianos son tan humanos que el autor ni siquiera se molesta en ocultarlo. Son melanclicos, antitecnolgicos, pacfi cos… la personificacin de las virtudes rurales que el potico y nostlgico retrgrado20 Bradbury considera en crisis con el auge de la moderna civilizacin norteamericana. No hay imaginacin biolgica aqu: los seres de Bradbury son herederos directos de la tradicin filosfico-metafrica de Voltaire. Aunque John Winston Campbell, Junior es mucho ms famoso en la historia del gnero como editor de Astounding durante las dcadas del 30 y el 40 y por tanto Clement. 19 El tema del imperio teleptico ser luego nuevamente abordado por muchos otros autores del gnero. Como, por ejemplo, Larry Niven en su inquietante El mundo de los Ptavvs novela que luego analizaremos con ms detalle. 20No debe confundirse el desconfiar de los posibles usos de la tecnologa y la ciencia con desconfiar del progreso tecnocientfico mismo. As que, mal que les pese a algunos fans, retrgrado y medio. Y bueno? Eso nunca perjudic sus ventas, como tampoco el supuesto fascismo de Robert Heinlein ha privado nunca a su Tropas del espacio de un solo lector.

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principal protagonista de la llamada “Edad de Oro de la CF”, en su faceta de escritor nos leg al menos un cuento memorable: El enigma de otro mundo o La Cosa (Who goes There?) historia que ha conocido dos excelentes y aterradoras versiones cinematogrficas, gracias a las cuales todo fan conoce a este extrao ser cuya inteligencia no est localizada en una parte especfica del cuerpo, sino dispersa a nivel de sus muy elsticas clulas, por lo que puede dividirse cuantas veces quiera, imitar a la perfeccin a otros organismos (humanos incluidos21) y absorber su masa corporal para incrementar sus propias dimensiones. No obstante lo cual no deja de ser una entidad inteligente: al precipitarse su nave en el polo, las bajas temperaturas la obligan a entrar en anabiosis, pero cuando una expedicin humana recoge sus restos, inmediatamente emprende la ardua tarea de construir una nueva nave con las rudimentarias tecnologas terrestres que estn a su alcance en la base polar. Y lo hace en el mejor etilo de “el fin justifica los medios”: caiga quien caiga, mientras no sea ella misma. Total, si a fin de cuen tas esos pobres humanos ni siquiera son tan inteligentes. Murray Leinster no fue nunca uno de los grandes del gnero, pero s de los precursores. Su cuento Primer contacto se ha vuelto un clsico, no solo por el texto mismo, sino sobre todo por la irnica relectura que hizo el ruso Ivn Efremov en su indudablemente muy superior historia El corazn de la serpiente. El texto original d Leinster, sin embargo, constituye un excelente ejemplo del conflicto entre buenas intenciones de comunicacin y paranoia protectora, as como de progresin dramtica: ocurre lo casi imposible de tan improbable: coinciden en el espacio infinito una nave humana y otra de una raza humanoide casi humana en anatoma y sobre todo en conducta, solo que su vista se extiende solo al infrarrojo del espectro y que usan ondas de radio y no sonidos para comunicarse. Ninguna quiere mostrar demasiado a la otra, empezando por el camino a su sistema madre, por temor a ser atacados. Ningn capitn se atreve a dar vuelta y alejarse por temor a ser seguido o 21Por cierto, para muchos las escenas de pura paranoia entre los miembros de la expedicin, cada uno sospechando que los dems ya no son del todo humanos sino partes de La Cosa, son una clara alegora de la desconfianza contra los posibles comunistas encubiertos tpica de la poca de la cacera de brujas macarthista. Por qu no? Aunque Campbell no era un anticomunista especialmente furibundo, algo del inconsciente colectivo del momento pudo muy bien filtrarse a travs de su pluma.

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ver su nave destruida por la espalda. La situacin parece condenada a tablas, hasta que el Rick de turno encuentra su genial solucin: humanos y extraos intercambiarn naves y as cada uno volver a su civilizacin no solo ilesos y con la noticia de que en el cosmos los aguardan hermanos de intelecto, sino tambin con una muestra de la tecnologa y la ciencia de los posibles socios o rivales? en comercio y expansionismo interestelar. Junto a estos ejemplos de extraterrestre s tan parecidos a los humanos aunque lo bastante distintos como para recordar que no nacieron en la Tierra hay otros cuya semejanza fsica o capacidad de mimetismo les permite pasar perfectamente por homo sapiens Entre estos antecedentes del actual frenes con las abducciones y visitas de OVNIs podemos citar la notable Esta isla la Tierra22, de ? novela en la que uno de los bandos empeados en una guerra interestelar destaca una serie de agentes en nuestro planeta, con la misin de reclutar para su conflicto a los humanos capaces de superar ciertas pruebas. O el cuento Vinieron del espacio exterior, mucho ms conocido por haber inspirado la pelcula Ultimtum a la Tierra23, de la que todos recordarn al humansimo extraterrestre Klatoo que viene a advertir a nuestro planeta que abandonan la carrera armamentista… aunque con un indestructible y letal robot como guardaespaldas, por si las moscas. En una de las dos novelas cumbre24 del prorural y humanista Clifford D. Simak, Estacin de Trnsito un humano elegido como guardin de un nodo interestelar de teleportacin ve su lealtad dividida entre la entidad galctica multirracial que lo ha empleado alargando enormemente su vida por una curiosa paradoja temporal, y cuya grandeza humanista intuye, y su pertenencia al gnero humano. Aparecen numerosas especies extraterrestres, pero la ms interesante es la de la criatura-rata, el malhechor de la historia, que el protagonista tiende a considerar como innatamente perversa hasta que comprende que se trata solo de un delincuente entre 22 Se realiz un film relativamente interesante… hasta el momento en que se desliza en todos los clichs del gnero en la poca: la raza moribunda de supermentes de Metaluna, ansiosas de sangre joven, el inevitable BEM mutante (bastante asqueroso, algo as como un hombre insecto con el cerebro enorme y al aire) sirviente fidelsimo de los superseres hasta que el terror hace que estos pierdan el control sobre l, la destruccin final de Metaluna y de todos sus hijos de la que los terrestres, sin embargo, logran escapar 23 Tambin El da que paralizaron la Tierra. 24 Era un escritor muy prolfico. Su otra obra maestra es Ciudad pero tambin brotaron de su pluma Un anillo alrededor del Sol, El planeta de Shakespeare, Toda la carne es hierba y un largo, largsimo etc de variable

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los suyos, por el cual no puede juzgar a t oda una especie. Nunca antes y pocas veces despus25 ha sido tocado con tanta profundi dad el dilema entre civilizacin e individuo y la responsabilidad de uno frente a todos. En otra novela de Simak, Los hijos de nuestros hijos los lejanos descendientes de la humanidad viajan en el tiempo hasta el presente, huyendo de la amenaza de una especie extraterrestre tan inteligente como depredadora a la que siglos y siglos de vida pacfica los han incapacitado para enfrentar. Estos depredadores enormes, veloces, capaces de camuflar su apariencia interdimensionalmente y empeados en cazar a los humanos por puro deporte constituyen una de las bestias feroces ms inquietantes jams pref iguradas por la CF. Hal Clement adquiri merecida fama como autor de la vertiente ms hard de la CF, pero en su no muy copiosa obra nos dej al menos dos formas de vida absolutamente fascinantes: los mesklinitas de Misin de Gravedad y los abyormenitas de Ciclo de Fuego Son sin duda los primeros los ms famosos: se trata de una especie de orugasciempis inteligentes, pequeas pero perfectamente adaptadas a las inusuales condiciones de su mundo: un planeta enorme y muy achatado por los polos, pero que gira tan rpidamente que la gravedad sobre su superficie oscila de 6 7 veces la terrestre en el ecuador hasta 700 veces26 en las latitudes ms altas. Los mesklinitas poseen un aspecto absolutamente aliengena, tienen 18 pares de patas terminadas en ventosas, un corazn en cada segmento, un par de pinzas delantero con el que manipula objetos, otro trasero que usan para el anclaje, y una boca en forma de mandril de taladro de cuatro secciones, con un ojo en cada parte. Aparentemente evolucionaron a partir de organismos marinos (conservan sifones que ahora usan para comunicarse: sus voces pueden llegar a ser ensordecedoras) y son tremendamente robustos pese a sus pequeas dimensiones, pero tienen autntico calidad imaginativa y literaria. 25 Habr que esperar a Orson Scott Card en su saga de Ender, en plenos 80. 26 El tema del mundo con habitantes que viven en supergravedad ser revisitado por Robert E. Forward en los 80, en su saga Cheela, ( Estrellamoto y Huevo de Dragn )y subiendo la parada: estos son microscpicos y habitan en la superficie de una estrella de neutrones, con gravedades millones de veces ms altas que la terrestre, que ya provocan efectos relativistas como la dilatacin del tiempo.

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pnico a cualquier cada, porque con tan alta gravedad suelen ser fatales, y apenas si se atreven a mirar hacia arriba. Pero, con la ayuda tecnolgica de un humano que los contrata para que recuperen una sonda perdida en latitudes a las que el homo sapiens jams podra acercarse sin ver sus huesos convertidos en compota, un puado de estos seres emprende un periplo que hace palidecer a los de Coln y Magallanes, culminando su aventura con el inicio de los viajes aerostticos, una hazaa que para la s condiciones de su planeta es comparable al primer vuelo espacial humano y que es un verdadero canto al espritu cientfico y a la grandeza de la Humanidad, tengan sus representantes el aspecto que tengan. En cuanto a Ciclo de fuego aborda por primera vez el tema de los habitantes del mundo que gira describiendo una larga elipse en torno a una estrella binaria, con prolongados perodos de fro y calor alternndose en un “gran ao”27. Cuando el planeta Abyormen se aleja de su primaria, dominan sus territorios unos seres bastante humanoides y relativamente primitivos, pero que acuden en busca de consejo a ciertos altares de de llamas dentro de los que sobreviven representantes escogidos de la otra especie inteligente del ecosistema: los Abyormenitas, especie de medusas-moluscos con seis cortos tentculos y sin sexo, pero dueos de una refinada tecnologa y filosofa, que solo pueden vivir libremente cada 65 aos, cuando el planeta se acerca tanto a la compaera de su sol, una ardiente enana azul, que las temperaturas se elevan tan drsticamente que todos los humanoides mueren y la atmsfera de oxgeno se vuelve rica en cido ntrico y xido nitroso. En un hermoso ejemplo de convivencia pacfica e interdependencia, ambas razas necesitan para poder reproducirse que sus esporas permanezcan dentro del cuerpo de miembros de la otra especie, por lo que estn biolgicamente destinadas a la colaboracin y ayuda mutua, lo que el grupo de exploradores terrestres que cuenta la historia solo descubre ca si al final de la novela. 27 Otras obras que tratan el fenmeno son Tiempo de fuego de Poul Anderson y la monumental triloga Heliconia de Brian Aldiss. Los protagonistas de la primera novela son los Ishtarian, especie de centauros leoninos inteligentes sobre los que nos encantara hablar… si solo hubisemos podido leer la obra. Pero an no existe traduccin al espaol e incluso en ingls es ya una rarity En cuanto a Heliconia extraordinaria serie sin duda, adems de los humanos describe otra especie inteligente, as que ya volveremos a ella.

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A Arthur C. Clarke se le recuerda ms bien por sus obras tempranas de hard CF. O por obras ms New Wave como la archifamosa 2001: una odisea espacial la novelizacin de la incomparable pelcula de Stanley Kubrick sobre su cuento El centinela; o Cita con Rama Pero ya en los 50 haba enriquecido el acervo de extraterrestres del gnero con unas impresionantes criaturas xenoides: los superseores de El fin de la infancia una interesante fbula sobre los prejuicios culturales. Criaturas altamente evolucionadas, dueas de refinadas tecnologas y muy benvolas, los superseores asumen la tutela de la humanidad, pero sin nunca mostrarse fsicamente a sus pup ilos. La razn solo se conoce al final de la novela: con sus tres metros de altura, armaduras crneas negrorojizas, larga y fina cola terminada en punta de flecha e inmensas alas membranosas funcionales, a despecho de sus manos de siete dedos (includos dos pulgares)se saben la viva imagen del demonio y por eso siempre prefirieron evitar que un prejuicio ancestral humano sobre su aspecto echara a perder su larga tarea de instruccin a la raza humana. Theodore Sturgeon tampoco fue un autor que incluyese a muchos extraterrestres en sus obras: amaba demasiado al gnero humano para permitrselo. No obstante, en su primera novela, Los cristales soadores se pasa de original planteando cmo podramos comunicarnos con una raza (y poco importa si extraterrestre o no) que no somos capaces de reconocer no ya como dotada de raciocinio, sino ni siquiera como entidades vivientes. Una inteligencia que no compite con nosotros por ningn recurso, y para la que nuestra misma exis tencia resulta tan intrigante como para nosotros la suya. Robert A. Heinlein, por el contrario, s que era casi adicto a las razas aliengenas. En su copiosa produccin aparecen decenas, si bien aqu nos limitaremos a un somero examen de tres de las ms llamativas, por simples razones de espacio. En la patriotera y reconocidamente destinada a hacer ms popular la imagen del ejrcito entre los adolescentes, pero tambin muy bien escrita Tropas del Espacio la Infantera Mvil humana, en sus sofisticados trajes de salto que convierten a cada soldado en un ejrcito de uno, enfrentan a dos razas xenoides de las que Heinlein no da muchos detalles. Los huesudos, ms o menos humanoides, y ms que enemigos irreconciliables, unos pobres “confundidos” contra cuyo planeta madre se efecta

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una incursin “demostrativa” para convencerlos de que enfoquen sus lealtades hacia la humanidad y no hacia sus rivales, las chinches. Las chinches, en cambio son la quintaesencia de la alienidad. Insectoides de inteligencia colonial (de nuevo al paradigma ya abordado por Wells), divididos en castas de obreros y guerreros tcticamente sacrificables y dirigidos por “cerebros” que simplemente no entienden que para los humanos cada individuo es valioso y no una pieza prescindible. No hay entendimiento posible con esta especie: es ellos o nosotros. Chinches y humanos se estn expandiendo por el cosmos… pero hasta el infinito es demasiado pequeo para que dos visiones tan opuestas de la vida coexistan28. Otra clase muy diferente de invasores se describen en Amos de Tteres29. Las chinches al menos atacaban de frente… estos pequeos seres, que tan fsicamente indefensos parecen, parasitan sin embargo los sistemas nerviosos de los humanos, asumiendo el control de sus mentes y cuerpos hasta convertirlos en su propia quinta columna y amenazar con controlar el mundo… hasta que de nuevo la guerra biolgica, esta vez en forma de encefalitis detiene a los invasores. No hay que ser muy perspicaz para establecer un paraleli smo bastante obvio entre tal control y el tan tristemente famoso “lavado de cerebro” que sufrieron algunos soldados norteamericanos tomados prisioneros en Corea y Viet-Nam, ni entre la amenaza de los seres parasitados, que parecen humanos pero ya no lo son, con la de la infiltracin comunista30. 28 Orson Scott Card ha confesado que sus insectores estn directamente inspirados en las chinches heinlenianas, aunque l procur dejar una alternativa, aunque fuera mnima, de entendimiento y cooperacin. Ender vence a la Reina Colmena, pero comprende luego que ha cometido un genocidio y se arrepiente de su crimen. Los marines espaciales de Heinlein se habran redo en la cara de combatiente tan sentimental e idiota. 29 En los 80 se hizo una pelcula de bajo presupuesto, pero de guin excelente, con Donald Sutherland y Val Kilmer en los protagnicos. Hasta el final uno no sabe si los humanos podrn o no con la amenaza del invasor. 30 Tambin de esta poca de paranoia y guerra fra es la cinta Body Snatchers (La invasin de los cuerpos vivientes) ms de terror que de CF, aunque luego en los tardas 80 tendr un remake ms del gnero protagonizado por ¡Leonard Nimoy! (Mister Spock de Star Trek en una de sus escasas apariciones cinematogrficas no relacionadas con la serie de Gene Roddenberry) y… de nuevo Donald Sutherland. Parece que al entonces caractersticamente delgado actor de Nueva Inglaterra le encantaba todo aquello de ser controlado o suplantado… o que le preocupaba. Y ya se sabe: ser paranoico no significa que a uno no lo estn persiguiendo. La KGB realmente tuvo muchos agentes infiltrados dentro de los EE. UU.

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El tercer clsico de Heinlein que queremos mencionar es otra de sus novclas “para adolescentes”. Pero, lo mismo que Tropas del espacio, la ingeniosa Consigue un traje espacial ¡viajars! trascendi mucho ms all de la franja de edades para la que fue concebida. En sus pginas aparecen varios tipos de criaturas, pero la que se lleva la palma es la Madre, un ser oriundo de Vega y altamente emptico pese a su aspecto de zarigeya hipertrofiada, cuya especie funge como polica intergalctica para la Va Lctea y las nubes de Magallanes. Los veganos no tienen prpados, sino membranas nictitantes, son marsupiales, tienen seis dedos mutuamente oponibles en cada mano y aunque son pequeos y delicados, nada fuertes, pueden soportar un considerable castigo fsico. No quisiramos terminar este necesariamente somero e incompleto pase de revista a los aliengenas de la CF hasta los aos 60, sin citar a tres autores con sendas novelas que ejemplifican puntos de vista diametralmente opuestos respecto al fenmeno del ser inteligente extraterrestre. Uno es En la cima del mundo la nica y un tanto montona novela de la casi siempre interesante James Tiptree Junior31, aparecen los Tyreean, una especie inteligente que habita en las corrientes de la atmsfera de un planeta gaseoso y superjoviano. Especie de aeroplanos vivientes que se mueven impulsados por sus sifones musculosos como los calamares terrestres sin nunca tomar tierra, tienen sutiles tentculos manipuladores que pueden plegar para no alterar su aerodinmica, pero sobre todo una capacidad teleptica tan tremenda que son capaces de intercambiar mentes con algunos humanos, en un optimista ejemplo de entendimiento interespecies que mucho se adelant a su poca. El otro es El viaje del “Beagle” espacial del siempre paradjico (cuando no simplemente incomprensible) A. E. Van Vogt32. Novela no muy lograda en base a la 31 No, no es un error de gnero: se trata de un seudnimo masculino adoptado por la antroploga Alice Hasting Sheldon, que revel su identidad solo en 1977, al ganar sus segundos premios Hugo y Nbula. 32 Sus novelas ms conocidas, el dptico El mundo de los No A y Los jugadores del No A han sido, en nuestra opinin, muy sobrevaloradas por algunos fans snobs que creen que oscuro es sinnimo de inteligente. Por el estilo ocurre con otro dptico, Los fabricantes de armas y Las Armeras de Isher El castico David Langford las hace objeto de una trepidante parodia en su Gua del Dragonstopista Galctico, del campo de batalla de Covenant al lmite de Dune: Odisea dos (divertidsimo, como ya indica el farragoso ttulo) Un poco mejor es su historia de mutantes Slan, y sobre todo sus cuentos, como El bosque, La aldea o En estado latente, publicados los dos ltimos en Cuba en sendas antologas del gnero.

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tcnica del fix-up33 en base a cuatro “encuentros con seres extraos” muy en la tradicin de Simbad el Marino que tiene una nave no casualmente bautizada como el buque a bordo del cual Charles Darwin realiz su periplo cientfico alrededor del mundo, el no muy feliz eje conductor es el de la nueva profesin de nexialista, experto en relacionar campos diversos del conocimiento humano en cuya misma concepcin se atisban rasgos de la diabtica, seudociencia inventada por el tambin escritor Ron Hubbard y a la que pronto Van Voght se adhiri. Pero al menos dos de los seres con los que se encuentra la nave de exploracin merecen una resea: El Ixtl y los Riim. El Ixtl es una entidad cuya ms simple descripcin sera algo as como un gran falo rojo con cuatro brazos y otras tantas piernas radialmente dispuestas. Cada extremidad culmina en ocho finos tentculos dedos. El cuerpo es largo y cilndrico; la cabeza, globular, tiene una gran boca en forma de tajo y dos pequeos ojos tambin rojos. El ser se desplaza a saltos o con un curioso paso giratorio y se reproduce mediante huevos que para desarrollarse requieren de un husped al que parasitar. Pero ms all de su forma fsica, son sus capacidades de control energtico los que lo hacen peculiar: est siempre envuelto en un campo de fuerza que emana de cada tomo de su estructura, y que no solo le permite atravesar obstculos slidos “cambiando de fase” sino vivir en el espacio por perodos de tiempo casi infinitos, y resistir casi cualquier ataque, excepto con armas que daen dicho campo, como explosiones atmicas. Los Ixtl rigieron un vasto imperio interestelar con centro en Glor, su planeta natal, y exigan a sus razas vasallas un constante tributo en individuos a parasitar para que sus huevos y descendientes se desarrollaran, pero su tirana termin cuando Glor fue destruido por un masivo ataque nuclear. Solo uno pudo escapar, y permaneci flotando en el espacio por billones de aos, hasta que la nave espacial Beagle se cruz en su camino. Este nico sobreviviente, cuyo cuerpo albergaba an seis huevos viables, intenta protagonizar un renacer de su raza parsita, pero pese a sus 33 O sea, varios relatos interconectados, un recurso que ha dado al gnero hitos tan interesantes como Ms que humano de Sturgeon, por solo citar uno.

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tremendos poderes fsicos es finalmente destruido por la tecnologa y la inteligencia humanas34. Otro de los peligrosos encuentros del Beagle espacial tiene lugar con los Riim, una raza cuyos tremendos poderes telepticos suplen su debilidad fsica: pese a su aspecto aproximadamente humanoide, tienen pico y plumas: se trata de una raza de aves que han pedido la capacidad de volar, aunque an conservan alas vestigiales. Viven en un planeta de baja gravedad, en ciudades que son un laberinto de grandes plataformas interconectadas por escalas de gato, una arquitectura tpicamente “pajaril”. Todos estos detalles los conocen los humanos por puro contacto mental: su nave nunca llega a posarse en el mundo natal de los Riim, que anan sus esfuerzos primero para neutralizar la posible amenaza d invasin que suponen a los humanos y luego, una vez comprendidas sus intenciones pacficas, para devolver la nave al espacio n un claro “ de acuerdo, son buenos y no los daaremos… por esta vez. Pero en lo adelante mejor dejnnos tranquilos ” La tercera y ltima novela es la extraordinaria Un caso de conciencia de James Blish35. Considerada junto con la triloga de Ramson dc C. S Lewis el mximo exponente de CF de tema religioso, esta obra narra la aventura de un litiano, reptil bpedo inteligente habitante del planeta Lithia, que cuando an es una larva es entregado a exploradores terrestres ara que lo lleven a su planeta y lo eduquen como un humano. Los litianos son la expresin viviente de la vieja (y errnea) mxima de la Embriologa del siglo XIX “La ontogenia recapitula la filogenia”. O, en palabras simples, que su ciclo de vida resume su evolucin. Las hembras llevan los huevos fertilizados en marsupios, pero al eclosionar, los recin nacidos con aspecto de pez son arrojados al mar. Deben entonces crecer desarrollndose y escapando de sus enemigos a travs de los estados sucesivos de anfibio y mamfero seudomarsupial 34Un antecedente del Alien de Ridley Scout? Duro de matar, infinitamente antiguo, huevos parsitos… los paralelismos existen, est claro. Falta solo saber si el guionista del magnfico filme de horror espacial de los 70 se ley la novela de Van Vogt. 35 Un autor poco prolfico, pero singularment slido: an sin Un caso de conciencia ya tendra garantizado su sitio en el SF Hall of Fame gracias a su fix-up sobre la “siembra” de otros planetas con genes humanos, Semillas estelares especialmente por su historia Tensin superficial sobre hombres microscpicos y acuticos luchando con la ayuda de protozoos amigables contra feroces rotferos y las inexorables leyes de la fsica de los fluidos por regresar a las estrellas.

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antes de alcanzar el estado de reptil adulto y consciente, que solo consiguen unos pocos. La gravedad de Lithia es ligeramente menor que la terrestre, pese al mayor tamao del planeta, porque este carece casi por completo de metales pesados. No obstante lo cual sus habitantes han logrado desarrollar una civilizacin altamente tecnolgica, igualando o superando a los humanos en campos como la qumica orgnica, la ptica, la cermica y la electrosttica. Pero, sobre todo, los litianos han elaborado un sofisticado cdigo tico aunque privado de todo trasfondo religioso. Su sociedad altruista y cooperativa se basa solo en la razn y no tienen crmenes, guerras ni conductas antisociales. Son como podra haber sido la humanidad antes de la cada… y por ellos especialmente peligrosos: al no tener idea de lo que es el pecado, ignoran tambin todo concepto de arrepentimiento y redencin. Blish utiliza el punto de visa de uno de estos seres puro pero educado en la impura Tierra para obligarnos a que cuestionemos nuestros propios conceptos de bien y mal. Yoss: Miembro de la Unin de Escritores y Artistas de Cuba. (UNEAC) y de la Asociacin Hermanos Saz. Fue miembro de los talleres literarios "Oscar Hurtado" y "Julio Verne". Obtuvo el Premio "David" en 1988 con Timshel, en la modalidad de Ciencia-ficcin. Tiene publicados los libros: Timshel 1989; W 1998; Los siete pecados nacionales, Ed. Bessa, Italia; la antologa de fantasa Reino eterno, en 1999; la novela Los pecios y los nafragos, publicada a principios del 2000; y la pequea obra El encanto de fin de siglo una noveleta escrita a cuatro manos con el escritor italiano Enilio Manetti, la cual ser publicada en una coleccin en colaboracin italocubana, titulada el Peso Cubano, y el libro Se alquila un planeta, publicado en Espaa en el 2002. AL INDICE

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3. CUENTO CLASICO: LA CONDICI"N INHUMANA por Clive Barker. -Has sido t, eh? -inquiri Red, sujetando al vagabundo por el hombro de la esculida gabardina. -A qu te refieres? -repuso la cara cubierta de mugre. Analizaba al cuarteto de jvenes que lo haban arrinconado con ojos de roedor. El tnel en el que lo haban pescado orinando se encontraba alejado de toda esperanza de ayuda; todos lo saban, y l tambin. -No s de qu me est s hablando -asegur. -Te has estado mostrando a los nios -le dijo Red. El hombre mene la cabeza; un hilillo de baba se le escurrio por el labio y fue a caer a la mata apelotonada de barba. -Yo no he hecho nada -insisti. Brendan se aproxim al hombre; sus pesados pasos resonaron huecos en el tnel. -Cmo te llamas? -le pregunt con engaosa amabilidad. Aunque no posea la actitud imponente de Red y era mas bajo, la cicatriz que marcaba la mejilla de Brendan desde la sien hasta la mandbula sugera que conoca el sufrimiento, tanto por haberlo recibido como por haberlo infligido. -Tu nombre -exigi-. No te lo preguntar otra vez. -Pope -repuso el viejo-. Seor Pope. -Seor Pope? -repiti Brendan con una sonris a-. Bien, nos hemos enterado de que has estado exhibiendo esa polla rancia a nios inocentes. Qu me dices de eso? -No -repuso Pope, meneando otra vez la cabeza-. No es cierto. Jams he hecho una cosa as. Al fruncir el ceo, la mugre que le cubra la cara se cuarte como asfalto enloquecido; era una segunda piel de tizne, resultado de muchos meses. De no haber sido porque despeda una fragancia a alcohol, que cubra lo peor de sus hedores corporales, habra sido poco menos que imposible permanecer a escasos metros de l. Aquel hombre era un desecho humano, una vergenza para su especie. -Para qu te molestas? -p regunt Karney-. Apesta.

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Red ech un vistazo por encima del hombro para acallar la interrupcin. Karney, de diecisiete aos, era el menor de todos, y de acuerdo con la inefable jerarqua del cuarteto, no tena derecho a opinar. Al reconocer su error, cerr la boca y dej que Red concentrara su atencin en el vagabundo. Empuj a Pope contra la pared del tnel. El viejo lanz un grito al golpearse contra el cemento; su eco qued flotando en el tnel. Por la experiencia pasada, Karney ya saba cmo se desarrollara la escena a partir de ese momento, por lo que se alej y se dedic a observar una dorada nube de mosquitos en la boca del tnel. Aunque disfrutaba de la compaa de Red y de los otros dos -la camaradera, las rateras, las borracheras-, aquel juego en particular nunca le haba gustado demasiado. No le encontraba gracia a eso de buscar un borracho perdido como Pope y darle una paliza hasta acabar con la poca cordura que le quedara en la trastornada cabeza. Aquello haca que Karney se sintiera sucio, y no quera saber nada. Red arranc a Pope de la pared y le escupi a la cara una sarta de indecencias, y al no obtener una respuesta adecuada volvi a lanzarlo contra la pared del tnel por segunda vez, pero con ms fuerza que la anterior; fue tras l, agarr de las solapas al hombre sin aliento y lo sacudi hasta hacerlo resonar. Pope lanzo una mirada aterrada hacia las vas. En otra poca haba pasado por all un tren, que atravesaba Highgate y Finsbury Park. Pero ahora haban quitado las vas y el atajo se haba convertido en parque pblico, muy popular entre los corredores maaneros y los enamorados vespertinos. A aquella hora, en mitad de una calurosa tarde, las vas estaban desiertas en ambas direcciones. -Ten cuidado, no le rompas las botellas -sugiri Catso. -Tiene razn, quitmosle la bebida antes de reventarle la cabeza -dijo Brendan. Al or que iban a robarle el licor, Pope come nzo a luchar, pero sus forcejeos no hicieron ms que enfurecer a su captor. Red estaba de un humor de perros. Ese da, al igual que la mayora de aquel veranillo de San Martin, haba sido aburrido y pegajoso. Un da de perros de una estacin desperdiciada, sin nada que hacer ni dinero para gastar. Haca falta un poco de entretenimiento, y le haba tocado a Red como len, y a Pope como cristiano, proporcionarlo. -Te lastimars si te resistes -le dijo Red al viejo-, slo queremos ver lo que llevas en los bolsillos.

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-No es asunto tuyo -le espet Pope, y por un instante habl como un hombre que en alguna ocasin estuvo acostumbrado a ser obedecido. El altercado hizo que Karney se olvidara de los mosquitos y se fijara en la cara demacrada de Pope. Las depravaciones innombrables le haban consumido toda la dignidad y el vigor, pero bajo la mugre an conservaba algo que segua brillando. Karney se pregunt qu habra sido aquel hombre. Un banquero? Un juez, perdido ya para la ley? Catso intervino en la pelea para registrar las ropas de Pope, mientras Red sujetaba al prisionero por el cuello, contra la pared del tnel. Pope se deshizo de las atenciones no deseadas de Catso lo mejor que pudo; sus brazos giraron como molinos de viento y los ojos se le fueron enfureciendo ms y ms. No luches -lo inst Karney mentalmente-, ser peor para ti si lo haces. Pero el viejo estaba al borde del pnico, y lanzaba gruidos de protesta que eran ms animales que humanos. -Que alguien le sujete los brazos -orden Catso, agachndose para esquivar el ataque de Pope. Brendan agarr a Pope de las muecas y le subi los brazos por encima de la cabeza para facilitar la bsqueda. Aunque ya no tena esperanz as de soltarse, Pope sigui retorcindose. Logr darle una fuerte patada a Red en la espinilla izquierda, por lo que recibi un golpe a cambio. Empez a sangrarle la nariz y a caerle por la boca. Karney saba que de la nariz le saldra mucha ms. Haba visto innumerables pelculas de gente destrozada -la brillante espiral de los intestinos; la grasa amarilla y la s luces prpura-; todo ese brillo se encontraba encerrado en el saco gris del cuerpo de Pope. Karney no supo a ciencia cierta por qu se le haba ocurrido pensar en eso. Lo pona nervioso, por lo que intento centrar su atencin en los mosquitos, pero Pope no se lo permiti. Lanz un grito de angustia cuando Catso le abri de un tirn uno de los muchos chalecos hasta alcanzar las capas inferiores. -¡Hijos de puta! -rugi Pope, sin importarle que los insultos le hicieran acreedor inevitable de ms golpes-. ¡Quitadme de encima vuestras asquerosas manos! ¡Os matare! ¡A todos! Red puso fin a las amenazas con un puetazo y hubo ms sangre. Pope la escupi en la cara de su atormentador. -No me provoques -dijo con voz apenas audible-. Os lo advierto... -Hueles a perro muerto -le dijo Brendan-. Es eso lo que cres, un perro muerto?

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Pope no respondi; sus ojos no se apartaron de Catso, quien se dedic sistemticamente a vaciarle los bolsillos de la chaqueta y los chalecos y lanzar al suelo polvoriento del tnel una pattica coleccin de recuerdos. -Karney, quieres revisar todas estas cosas? -orden Red-. Fjate si encuentras algo de valor. Karney mir fijamente las baratijas y los lazos mugrientos, las radas hojas de papel (acaso sera poeta?) y los corchos de las botellas de vino. -No es ms que basura -dijo. -Fjate de todos modos -insisti Red-. En una de sas, entre tanta porquera igual encuentras dinero. -Karney no se movi-. ¡Fjate, maldita sea! A regaadientes, Karney se puso en cuclillas y revolvi la pila de basura que Catso segua depositando en el polvo. A simple vista logr ver que no haba nada de valor, aunque tal vez algunos de los objetos –las viejas fotogr afas, las notas indescifrablespodan ofrecer una pista de lo que haba sido Pope antes de que la bebida y la locura incipiente ahuyentaran los recuerdos. Aunque senta curiosidad, Karney deseaba respetar la intimidad de Pope. Era lo nico que le quedaba al hombre. -Aqu no hay nada -anunci despus de efectuar un rpido examen. Pero Catso no haba concluido su bsqueda; cuanto ms revolva, sus vidas manos descubran ms capas de ropa sucia. Pope tena ms bolsilos que un mago maestro. Karney levant la vista de la pila solitaria de pertenencias y, para su incomodidad, not que Pope lo miraba. El viejo, cansado y golpeado, ya no protestaba. Tena un aspecto lamentable. Karney abri las manos para indicarle que no se haba quedado con nada. Como respuesta, Pope inclin levemente la cabeza. -¡La encontr! -aull Catso con aire triu nfal-. ¡Encontr a la hija de puta! Y sac una botella de vodka de uno de los bolsillos. Demasiado dbil como para notar que le haba sido arrebatado el suministro de alcohol, o bien demasiado cansado para preocuparse, Pope no formul ninguna queja cuando le robaron la bebida. -Algo ms? -quiso saber Brendan. Haba comenzado a rerse tontamente: una risa de tono agudo, indicadora de su creciente excitacin-. Tal vez el muy perro tenga ms de donde le sacamos sta -sugiri, soltndole las manos a Pope y haciendo a un lado a Catso.

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Este ltimo no hizo objecin alguna por el tratamiento; haba conseguido su botella y estaba satisfecho. Rompi el cuello de un golpe, para evitar la contaminacin, y comenz a beber, acuclillado entre la mugr e. Red solt a Pope al ver que Brendan se haba hecho cargo de l. Estaba claro que el juego le aburra. Por otra parte Brendan apena comenzaha a tomarle gusto. Red se dirigi a Karney y, con la punta de la bota, removi la pila formada por las pertenencias de Pope. -Pura basura -dijo, sin demasiada conviccin. -S -asinti Karney, con la esperanza de que la falta de conviccin de Red mareara el final de la humillacion del viejo. Pero Red le haba arrojado el hueso a Brendan y no era tan tonto como para arrebatrselo otra vez. Karney conoca la capacidad de violencia de Brendan y no senta deseo alguno de verlo otra vez en accin. Suspirando, se puso de pie y volvi la espalda a las actividades de Brendan. Sin embargo, los ecos del tnel eran demasiado elocuentes: una mezcla de puetazos y obscenidades susurradas con un hilo de voz. Por experiencias pasadas, saba que nada detendra a Brendan hasta que su furia se hubiera apagado. Si alguien era tan tonto como para interrumpirlo, acababa siendo vctima. Red se pase hasta el extremo ms alejado del tnel, encendi un cigarrillo y observ con inters casual cmo castigaban al viejo. Karney ech un vistazo a Catso. Despus de permanecer acuclillado, se sent en medio de la mugre con la botella de vodka entre las piernas extendidas. Sonrea para s, sordo a la sarta de splicas que provenan de la boca rota de Pope. Karney sinti ganas de vomitar. Para no tener que concentrarse en la paliza, ms que por genuino inters, volvi a observar las porqueras salidas de los bolsillos de Pope, las revolvi, y recogi una de las fotos para examinarla. Era de un nio, aunque resultaba imposible adivinar si haba algn parecido fa miliar, porque la cara de Pope era casi irreconocible. Haba comenzado a cerrrsele un ojo al hincharse la moradura. Karney lanz la foto sobre el resto de los recuerdos. Al hacerlo vio un trozo de cuerda anudada que anteriormente haba pasado por alto. Volvi a mirar a Pope. El ojo hinchado se le haba cerrado y el otro pareca ciego. Contento de que no vigilara, Karney sac la cuerda de donde estaba, enrollada como una serpiente en su nido, entre la basura. Los nudos le

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fascinaban, siempre le haban fascinado. Aunque jams haba tenido habilidad para los acertijos acadmicos (para l las matemticas er an un misterio, y los detalles intrincados del lenguaje, igual), siempre le haban gustado lo s acertijos ms tangibles. Si le daban un nudo, un rompecabezas o el horario de trenes, se desconectaba del mundo durante horas. Conservaba ese inters desde la infancia solitaria. sin padre ni hermanos con quienes entretenerse, qu mejor compaa que un rompecabezas? Le dio vueltas y vueltas a la cuerda, examinando los tres nudos hechos a intervalos de dos o tres centmetros a partir de la mitad de la cuerda. Eran grandes y asimtricos, y no parecan cumplir ninguna finalidad discernible salvo, tal vez, la de infatuar mentes como la suya. Cmo si no poda explicarse su extraa construccin, salvo diciendo que quien hiciera los nudos se las haba visto y deseado para crear un problema prcticamente insoluble? Dej que sus dedos juguetearan con la superficie de los nudos, buscando instintivamente alguna amplitud, pero haban sido pergeados con ta nta brillantez que ninguna aguja, por fina que fuese, podra haber pasado entre los lazos unidos. El reto que presentaban era demasiado atrayente como para pasarlo por alto. Volvi a mirar al anciano. Al parecer, Brendan se haba cansado de sus esfuerzos, y mientras Karney lo observaba, lanz al anciano contra la pared del tnel y dej que su cuerpo cayera al suelo. Una vez all, lo dej tirado. De el eman un inconfundible olor a cloaca. -S que ha estado bien -sentenci Brendan, como si acabara de salir de una vigurizante ducha. El ejercicio le haba cubierto las facciones rubicundas con una capa de sudor; sonrea de oreja a oreja-. Dame un poco de vodka, Catso. -Se ha terminado -farfull ste volviendo la botella boca abajo-. No haba ms que un trago. -Eres un mierda y un mentiroso -le dijo Brendan sin dejar de sonrer. -Y qu? -repuso Catso, y lanz la botella vaca a un lado. Se hizo aicos-. Aydame a levantarme -le pidi a Brendan. ste, sin perder su enorme buen humor, ayud a Catso a ponerse en pie. Red ya haba comenzado a salir del tnel; los dems lo siguieron. -Oye, Karney... -dijo Catso por encima del hombro-, te vienes? -Claro. Se puso de pie, sin despegar los ojos de la figura inerte repantigada sobre el suelo del tnel, intentando encontrar una pizca de conciencia. No logr ver nada. Ech un vistazo a sus

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compaeros: los tres le daban la espalda mientras caminaban por las vas. Rpidamente, Karney se meti los nudos en el bolsillo. El hurto le llev unos instantes. Una vez que la cuerda qued oculta a la vista de todos, se sinti invadido por una ola de triunfo que no guardaba proporcin alguna con la mercanca adquirida. Imaginaba de antemano las horas de diversion que le proporcionaran los nudos. Horas en las que se olvidara de si mismo, de su vaco; olvidara el verano estril y el i nvierno desangelado que le esperaba, olvidara tambin al anciano que yaca sobre sus propios excrementos, a pocos metros de donde l mismo se encontraba. -¡Karney! -grit Catso. Karney le dio la espalda a Pope y comenz a alejarse del cuerpo y de la pila de porquera formada por sus pertenencias. A pocos pasos del final del tnel, el viejo comenz a murmurar en su delirio. Las palabras eran incomprensibles, pero, por algn truco acstico, las paredes del tnel amplificaron el sonido. La voz de Pope viaj por el tunel, llenndolo de murmullos. Karney no tuvo ocasin de estudiar los nudos con toda tranquilidad sino hasta mucho ms tarde, esa misma noche, cuando se encontr sentado en su habitacin a solas, mientras en la habitacin contigua su madre lloraba en sueos. No le haba dicho a Red ni a los otros que haba robado la cuerda; el hurto era tan insignificante que se habran burlado de l por mencionarlo. Adems, los nudos suponan un reto personal, un reto que l enfrentara -y que seguramente perderaa solas. Despus de reflexionar un rato, eligi el nudo que intentarla desatar en primer lugar y se puso a trabajar. Casi de inmediato, perdi toda nocin del tiempo: el problema lo absorbi por completo. Las horas de arrobada frustra cin pasaron sin que las notara mientras analizaba la maraa, en busca de alguna pista que le revelara el sistema oculto de los nudos. No logr encontrar ninguno. Las configuraciones, si es que tenan alguna lgica, lo superaban. Lo nico que le quedaba era analizar el problema a base de ir eliminando errores. El amanecer amenazaba con devolver la luz al mundo cuando finalmente dej la cuerda para dormir un par de horas; en toda una noche de trabajo apenas haba logrado aflojar una pequea porcin del nudo. Durante los cuatro das que siguieron el problema se convirti en una idea fija, una obsesin hermtica a la que volva cada vez que le era posible, cogiendo el nudo con los

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dedos cada vez ms entumecidos. El acertijo lo subyugaba como pocas cosas en su vida adulta; mientras trabajaba en el nudo estaba sordo y ciego al resto del mundo. Por las noches, sentado en su dormitorio iluminado por una lmpara, o en un parque, durante el da, llegaba a sentirse arrastrado hacia el retorcido corazn del nudo, con la mente tan concentrada que poda llegar adonde no alcanzaba la luz. A pesar de su persistencia, el desenmaraar la cuestin resultaba asunto lento. A diferencia de la mayora de los nudos que, una vez aflojados en parte, concedan la solucin total, esta estructura haba sido diseada con tanta precisin que al soltar un elemento no se lograba otra cosa que ajustar otro. Comenz a vislumbrar que el truco consista en trabajar por todos los extremos del nudo a igual ritmo: soltando un poco por una parte, dndole la vuelta para aflojar otra en el mismo grado, y as sucesivamente. Esta rotacin sistemtica, aunque tediosa, gradualmente fue dando resultados. Durante esos das no vio a Red, a Brendan ni a Catso: su silencio sugera que echaban de menos su presencia tanto como l la de ellos. Se sorprendi cuando Catso apareci un viernes por la tarde a preguntar por l. Traa una propuesta. l y Brendan haban encontrado una casa a punto para un atraco y queran que Karney hiciera de centinela. En el pasado, haba desempeado ese papel en dos ocasiones. En ambos casos se haba tratado de atracos con escalamiento, igual que ste; en el primer caso haban logrado reunir unas cuantas alhajas vendibles, y en el segundo, varios cientos de libras. Sin embargo, esta vez se trataba de un trabajo a realizar sin la participacin de Red, porque ste estaba cada vez ms ocupado con Anelisa, y ella, en palabras de Catso, le haba hecho jurar que no se ensuciara las manos con asuntos de poca monta y que deba ahorrar sus talentos para golpes ms ambiciosos. Karney presinti qu e Catso –y con toda probabilidad tambien Brendanse mora por probar su eficacia criminal sin Red. La casa elegida era un objetivo fcil, al menos eso sostena Catso, y Karney seria un tonto redomado si dejaba pasar la oportunidad de hacerse con un botn tan sencillo. Finalmente, cuando Catso concluy con su perorata, Karney acept el trabajo, no por el dinero, sino simplemente porque al decir que s podra volver a sus nudos mucho antes. Mucho ms tarde, esa noche, y siguiendo la sugerencia de Catso, se encontraron para echar un vistazo al lugar del golpe. El sitio resultaba, sin duda, presa fcil. Karney haba pasado con frecuencia por el puente que conduca a Hornsey Lane por encima de Archway Road,

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pero jams haba reparado en el empinado sendero, formado en parte por escalones y en parte por una senda, que bajaba desde un costado del puente hasta el camino de abajo. La entrada era estrecha y difcil de ver, y su sinuoso recorrido se hallaba iluminado por una sola farola; su luz era oscurecida por los rboles de los jardines cuyos fondos daban al sendero mismo. Eran estos jardines, de cercas fcilmente escalables o ya derruidas, los que ofrecan un acceso perfecto a las casas. Un ladrn que utilizara el apartado sendero poda entrar y salir impunemente, sin ser visto por los viandantes que pasaran por el camino superior o el inferior. Lo nico que haca falta era contar con un centinela en el sendero para advertir la presencia de un peatn ocasional que pudiera utilizarlo. Esa sera la misin de Karney. La siguiente fue una noche ideal para ladrones. Fresca sin llegar a ser fra; el cielo estaba nublado pero no llova. Se reunieron en Highgate Hill, junto a los portales de la iglesia de los Hermanos Pasionarios; de sde all bajaron hasta Archway Road. Segn Brendan, si se acercaban al sendero desde arriba llamaran menos la atencin. Los coches patrulla de la polica solan pasar ms por Hornsey Lane, en pa rte porque el puente re sultaba irresistible a los depresivos del barrio. Para el suicida decidido, el lugar ofreca evidentes ventajas: una de las principales era que si la cada de veinticuatro metros no te mataba, lo haran sin duda los colosales camiones que se dirigan al sur por Archway Road. Esa noche Brendan estaba dominado por el entusiasmo, encantado de dirigir a los otros en lugar de desempear el papel de segundo de Red. Estaba dicharachero y en gran parte su conversacin giraba en torno a las mujeres. Karney le dej a Catso el orgullo de ir al lado de Brendan y se mantuvo detrs de ellos, a unos cuantos pasos, sin sacar la mano del bolsillo de la chaqueta, donde le esperaban lo s nudos. En las ltimas horas, fatigado por tantas noches insomnes, la cuerda haba empezado a hacer cosas raras ante sus ojos; en cierta ocasin haba llegado incluso a moverse en sus manos, como si se estuviera desatando desde dentro. Incluso en ese momento, mientras se acercaban al sendero, le parecio sentir que se retorca contra la palma de su mano. -Joder..., fjate en eso. -Catso seal hacia el sendero completamente a oscuras-. Alguien ha roto la farola. -Baja la voz -le orden Brendan, y los condujo hacia el sendero.

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No estaba completamente a oscuras: desd e Arehway Road llegaban vestigios de iluminacion. Pero como se filtraba a travs de la densa mata de arbustos, el sendero quedaba de todos modos sumido en las sombras. A duras penas Karney lograba verse la mano delante de la cara. Sin duda, la oscuridad disuadira hasta al ms confiado de los peatones de utilizar el sendero. Cuando ha ban subido mas de la mitad del trayecto, Brendan hizo detener al grupo. -sta es la casa -anunci. -Estas seguro? -inquiri Catso. -He contado los jardines. Es sta. La cerca que marcaba el final del jardn se encontraba en un estado deplorable; Brendan no tuvo ms que manipularla brevemente -los ruidos quedaron cubiertos por el rugido de un camion rezagado que pasaba por el asfalto de ms abajopara que pudieran entrar sin problemas. Brendan avanz por la maraa de zarzas que crecan exuberantes en el fondo del jardn; Catso fue tras l blasfemando cada vez que se pinchaba. Brendan lo mand callar con otra maldicin y luego regres hasta donde estaba Karney. -Vamos a entrar. Silbaremos dos veces cuando hayamos salido. Te acuerdas de las seales? -No es imbcil. Eh, Karney? Lo har bien. Vamos a entrar o no? Brendan no dijo una palabra ms. Las dos figuras navegaron por las zarzas y subieron hasta alcanzar el jardn propiamente dicho. Cuando llegaron al csped y salieron de las sombras de los rboles, resultaron visibles como dos siluetas grises recortadas contra la casa. Karney los observ mientras avanzaban hacia la puerta trasera, y oy el ruido que hizo sta cuando Catso -el de dedos ms gilesforz la cerradura; luego, el duo entr en la casa. Y Karney se qued solo. No del todo solo. Todava tena a los compaeros de la cuerda. Mir hacia ambos lados del sendero; sus ojos se acostumbraron poco a poco a la penumbra color sodio. No vio ningun peatn. Satisfecho, sac los nudos del bolsillo. Sus manos eran como fantasmas; apenas lograba ver los nudos. Pero prcticamente sin que los guiara la conciencia, sus dedos reanudaron la investigacin, y por raro que pareciera, logr captar mejor el problema en unos segundos de ciega manipulacin que en todas las horas precedentes. Sin poder utilizar la vista, se gui pura mente por el instinto y obr marav illas. De nuevo tuvo la fantstica

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sensacin de que el nudo tena vida propia, como si fuera cada vez ms un agente de su propio desatarse. Animado por la alegra de la victoria, desliz sus dedos por el nudo con una precisin inspirada, encontrando justamente los hilos que deba manipular. Volvi a echar un vistazo al sendero, para asegurarse de que estuviera vaco, y luego mir hacia la casa. La puerta estaba abierta, y no haba seales ni de Catso ni de Brendan. Se concentr otra vez en el problema que tena entre manos; estuvo a punto de echarse a rer al comprobar la facilidad con que de repente se desataba el nudo. Sus ojos, iluminados quiz por el entusiasmo creciente, haban comenzado a jugarle una mala pasada. Unos destellos de color –extraos y de tonos innombrablesse encendieron ante l; se originaban en el corazn del nu do. La luz le ilumin los dedos a medida que trabajaban, y se volvieron translcidos. Vio las terminaciones nerviosas, brillantes con una sensibilidad nueva, los huesecillos de los dedos visibles hasta la mdula. Entonces, tan repentinamente como haban surgido, los colores se apagaron, dejando a sus ojos embrujados en la oscuridad hasta que volvieron a encenderse. El corazn comenz a latirle en los odos. Presinti que solo tardara unos segundos en desatar el nudo. Los hilos entrelazados se iban separando; sus dedos se convirtieron en juguete de la cuerda, y no al revs. Abri unas lazadas para pasar los otros dos nudos, tir y tir; lo hizo todo a instancias de la cuerda. Volvieron los colores, pero esta vez sus dedos eran invisibles y en cambio logr ver una cosa brillar en las dos ltimas vueltas del nudo. La forma se retorca cual pez en la red y aumentaba con cada vuelta que l deshaca. Los latidos de la cabeza redoblaron su ritmo. A su alrededor, la atmsfera se haba vuelto casi pegajosa, como si estuviera hundido en el barro. Alguien silb. Saba que la seal tena un significado, pero no logr recordar cul era. Haba demasiadas distracciones: el aire espeso, la cabeza que le lata, el nudo que se desataba solo en sus manos indefensas mientras la figura de su centro -sinuosa y brillantese hinchaba y se revolva. Hubo otro silbido. Esta vez su urgencia lo sac del trance. Levant la vista. Brendan ya estaba atravesando el jardn y Catso le segua a escasa distancia. Karney slo tuvo un momento para registrar su aparicin antes de que el nudo iniciara la fase final de su resolucin. La ltima lazada se solt, y la forma que se encontraba en su centro salt a la

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cara de Karney, creciendo a un ritmo exponencial. Se apart instintivamente para no perder la cabeza y la cosa pas disparada junto a l. Asombrado, tropez con la maraa de zarzas y cay en un lecho de espinas. Arriba, el follaje se agitaba como si soplara un ventarrn. Le llovieron hojas y ramitas. Mir hacia arriba, a las ramas, e intent divisar la forma, pero se haba perdido de vista. -Por qu no contestaste, idiota? -pregunt Brendan-. Cremos que te habas pirado. Karney apenas se haba percatado de la presencia agitada de Brendan; sigui buscando en el dosel de rboles que tena encima de la cabeza. El hedor de barro helado le llen la nariz. -Ser mejor que te muevas -le sugiri Brendan, trepando a la cerca rota y saltando al sendero. Karney se esforz por ponerse en pie, pero las espinas de las zarzas le impidieron ir de prisa porque se le enganchaban en el pelo y la ropa. -¡Mierda! -oy murmurar a Brendan desde el extremo opuesto de la cerca-. ¡La polica est en el puente! Catso haba llegado al final del jardn. -Qu haces ah abajo? -le pregunt a Karney. -Aydame -dijo ste levantando la mano. Catso le aferr de la mueca y en ese momento Brendan sise: -¡La polica! ¡Moveos! Catso solt a Karney, se agacho y pas por debajo de la cerca para seguir a Biendan, Archway Road abajo. Mareado, Karney tard unos segundos en darse cuenta de que la cuerda con los nudos restantes le haba desaparecido de la mano. No se le haba cado, estaba seguro de eso. Lo ms probable era que lo hubiese abandonado deliberadamente, y su nica oportunidad la haba tenido cuando Ca tso lo aferr de la mueca. Extendi los brazos para agarrarse de la cerca desmoronada y ponerse de pie. Tena que advertirle a Catso de lo que haba hecho la cuerda, hubiera o no polica. En aquel paraje merodeaba algo peor que la ley. Al bajar el sendero a toda carrera, Catso ni siquiera not que los nudos haban logrado abrirse paso hasta su mano; estaba demasiado preocupado por huir. Brendan ya haba huido por Archway Road. Catso ech una mirada por encima del hombro para comprobar si la

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polica lo segua. No haba seales de ellos. Incluso aunque comenzaran a perseguirlo ahora, no lograran cazarlo. Pero quedaba Karney. Catso aminor la marcha y luego se detuvo mirando hacia el sendero para comprobar si el muy idiota daba seales de seguirlo, pero ni siquiera haba lo grado saltar la cerca. -Maldita sea -mascull. Debera volver sobre sus pasos e ir en su busca? Mientras titubeaba en el ensombrecido sendero, advirti que lo que haba tomado por un ventarrn entre los rboles haba desaparecido repentinamente. El silencio lo dej perplejo. Apart la vista del sendero para observar el dosel de ramas; sus ojos asombrados se posaron en la forma que se arrastraba hacia l, llevando consigo el hedor del barro y la descomposicin. Lentamente, como en un sueo, levant las manos para impedir que la criatura lo tocase, pero lo alcanz con sus miembros hmedos y helados y lo levant. Karney, que estaba trepando a la cerca, vio a Catso elevarse y desaparecer entre los rboles. Tambin vio cmo sus piernas pedaleaban en el aire al tiempo que los artculos robados caan de sus bolsillos y saltaban sobre el sendero hacia Archway Road. Entonces, Catso aull, y sus piernas colgantes comenzaron a moverse enloquecidas. En lo alto del sendero, Karney oy gritar a alguien. Un polica que hablaba con otro, supuso. Acto seguido, oy el sonido de una carrera. Levant la vista hacia Hornsey Lane -los oficiales an no haban alcanzado lo alto del senderoy luego volvi a mirar en direccion a Catso, justo a tiempo para ver cmo caa su cuerpo del arbol. Se desplom en el suelo, inmvil, y no tard en ponerse de pie. Catso volvi a mirar hacia el sendero y hacia Karney. La expresion de su rostro, incluso en la oscuridad, era la de un loco. Entonces ech a correr. Contento de que Catso tuviera una ventaja inicial, Karney salt de nuevo la cerca justo cuando dos policas aparecan en lo alto del sendero y comenzaban a perseguir a Catso. Todo aquello -el nudo, los ladrones, la persecucion, el grito y demsocup unos pocos segundos, durante los cuales Karney no haba osado respirar siquiera. Ahora yaca sobre una almohada espinosa de zarzas y boqueaba como un pescado, mientras al otro lado de la cerca la polica bajaba por el sendero gritndole al sospechoso. Catso apenas oy sus rdenes. No hua de la polica, sino de la cosa fangosa que lo haba levantado para mostrarle su cara chancrosa y cortajeada. Al llegar a Archway Road, el temblor se apoder de sus piernas. Si le fallaban las piernas, tena la certeza de que la cosa

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volvera a buscarlo y posara los labios sobre los suyos como antes. Pero esta vez no tendra fuerzas para gritar; le chupara el aliento hasta quitarle de los pulmones la ultima gota de aire. Su nica esperanza era interponer distancia entre l y su atormentador. Sin que la respiracin de la bestia abandonara sus odos, escal la calzada hacia el sur. A medio camino advirti su error. El horror lo haba vuelto ciego a los dems peligros. Un Volvo azul -la boca de su chfer una O perfectalo dej paralizado. Fascinado, qued atrapado ante los faros como un animal; instantes despu s recibi un golpe sbito que lo arroj al otro lado de la calzada, bajo las ruedas de un camin con remolque. El segundo chfer no tuvo ocasin de esquivarlo; el impacto ab ri a Catso y lo lanz bajo las ruedas. En el jardn, all en lo alto, Karney oy el pnico de los frenos y al Polica, en el fondo del sendero, exclamar: -¡Dios me libre y me guarde! Esper unos segundos y luego espi desde su escondite. El sendero estaba desierto tanto en lo alto como en la parte baja. Los rboles estaban en calma. Desde el camino de abajo le lleg el sonido de una sirena y el grito de los oficiales ordenando a los coches que se detuvieran. Algo ms cerca, alguien sollozaba Aguz el odo durante unos instantes, intentando descifrar el origen del llanto, hasta que se dio cuenta de que era l quien lloraba. Con lgrimas o sin ellas, el clamor exiga su atencin. Algo terrible haba ocurrido, y tena que comprobar qu era. Pero tena miedo de pasar por la doble hilera de rboles, porque saba lo que all acechaba; se qued quieto, mi rando hacia las ramas, intentando localizar a la bestia. No haba ruidos ni movimientos; los rboles estaban tan quietos que parecan muertos. Ahogando sus temores, sali de su escondite y comenz a bajar por el sendero sin despegar los ojos del follaje para comprobar hasta la menor seal de la presencia de la bestia. La multitud fue aumentando y oy sus murm ullos. Se le ocurri pensar en un muro de personas; a partir de ese momento tendra que ocultarse. Los hombres que haban visto milagros deban hacerlo. Haba llegado al lugar donde Catso se haba elevado hacia los rboles; un montn de hojas y cosas robadas lo indicaban. Los pies de Karney desearon ser ligeros, recogerlo todo y alejarse a toda velocidad de aquel lugar, pero un instinto perverso lo obligaba a ir despacio. Acaso quera tentar a la criatura del nudo para que le mostrara la cara? Mejor enfrentarse a ella ahora, en toda su asquerosidad, que vivir con el temor a partir de entonces, bordando su

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rostro y sus poderes. Pero la bestia se mantuvo oculta. Si todava segua en el rbol, no movio ni una ua. Algo se retorci debajo de su pie. Karney baj la vista y all, casi perdida entre las hojas, estaba la cuerda. Al parecer Catso no haba si do considerado digno de llevarla. Despus de haber revelado algunos datos de su poder, no hizo esfuerzo alguno por aparentar ser algo natural. Se retorci en la grava como una serpiente en celo, echando hacia atrs la cabeza anudada para llamar la atencin de Karney. Qu iso pasar por alto sus cabriolas, pero le fue imposible. Saba que si l no la recoga, con el tiempo lo hara algn otro: una vctima, como l, de la mana de resolver enigmas. Adnde conducira esa inocencia sino a otra huda ms terrible que la primera? No, lo mejor era que recogiera la cuerda con los nudos. Al menos l conoca su potencial y en consecuencia se encontraba prevenido. Se agach, y al hacerlo, la cuerda salt a sus manos, enroscndose en sus dedos con tanta fuerza que casi le hizo gritar. -Hija de puta. La cuerda se enroll en su mano, enlazndosele entre los dedos, extasiada por la bienvenida. Levant la mano para observar mejor su actuacin. De repente, la inquietud por los acontecimientos de Archway Road haba desaparecido milagrosamente, se haba evaporado. Que importaban esas preocupaciones menores? No eran ms que la vida y la muerte. Sera mejor que huyera ahora que tena ocasin. Por encima de su cabeza se sacudi una rama. Aparto la vista de los nudos y mir al rbol. Recuperada la cuerda, aquella trepidacin, al igual que sus temores, se haba evaporado. -Mustrate -dijo-. No soy como Catso, no tengo miedo. Quiero saber lo que eres. Desde el camuflaje de hojas, la bestia acechante se inclino hacia Karney y exhal una sola bocanada de aire helado. Ola como el ro cuando haba marea baja, a vegetacin putrefacta. Karney se dispona a preguntarle qu era, cuando advirti que la exhalacin era la respuesta de la bestia. Todo lo que poda decir de su condicin estaba contenido en esa bocanada de aire amargo y rancio. Para ser una respuesta no careca de elocuencia. Angustiado por las imgenes que despert, Karney se alej del lugar. Tras sus ojos se movan unas formas heridas y lentas, envueltas por una oleada de mugre. A escasa distancia del rbol se rompi el hechizo del aliento y Karney bebi el aire contaminado del camino como si fuera la brisa clara y limpia de los albores del mundo. Le

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dio la espalda a las agonas que presenta, me ti la mano envuelta en la cuerda en el bolsillo, y comenz a subir por el sendero. Detrs de l, los rboles volvieron a quedarse quietos. Varias docenas de espectadores se haban reunido en el puente a observar los procedimientos de ms abajo. Su presencia haba provocado la curiosidad de los camioneros y conductores que pasaban por Hornsey Lane, algunos de los cuales aparcaron sus vehculos, se apearon y se sumaron a la multitud. La escena debajo del puente pareca demasiado remota como para despertar en Karney sentimiento alguno. Permaneci entre la multitud y mir hacia abajo con bastante desapasionamiento. Reconoci el cadver de Catso por las ropas; poco ms quedaba del que fuera su companero. Dentro de unas horas saba que iba a lamentarlo. Pero en ese momento no lograba sentir nada. Al fin y al cabo, Catso estaba muerto, o no? Su dolor y su confusin haban acabado. Karney presinti que sera ms conveniente que se ahorrara las lgrimas para aquellos cuyas agonas acababan de comenzar. Y otra vez los nudos. Esa noche, en su casa, intento guardarlos, pero despus de los acontecimientos de la carretera haban adquirido un encanto nuevo. Los nudos sujetaban a unas bestias. Ignoraba cmo y por qu, y aunque senta curiosidad, no le importaba demasiado. Toda su vida haba aceptado que el mundo estaba plagado de misterios que una mente de sus limitados recursos no poda esperar resolver. Era la nica leccin verdadera que haba aprendido en la escuela: l era ignorante. Ese nuevo imponderable fue uno ms de una larga lista. Slo se le ocurri una explicacin racional, y era que de alguna manera Pope haba dispuesto que l le robara la cuerda, en la plena conciencia de que la bestia liberada se vengara de los atormentadores del anciano; no fue hasta la cremacin de Catso, seis das despues, cuando Karney obtuvo cierta confirmacin de su teora. Mientras tanto, se guard sus temores; decidi que cuanto menos hablara de la noche de los hechos, menos dao le haran. La palabra daba credibilidad a lo fantstico, otorgaba peso a unos fenmenos que si se dejaban estar, esperaba que se debilitaran lo bastante como para lograr sobrevivir. Al da siguiente, cuando la polica fue a su casa a someterle a un interrogatorio de rutina porque era amigo de Catso, declar descono cer las circunstancias que rodearon su muerte. Brendan haba hecho otro tanto, y como pareca no haber testigos que declarasen lo

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contrario, no volvieron a interrogar a Karney. Lo dejaron en paz con sus pensamientos, y con los nudos. En cierta ocasion vio a Brendan. Haba esperado que le reeriminara; Brendan crea que Catso hua de la polica cuando se mat y que haba sido la falta de concentracin de Karney la que haba impedido que les avisara de su presencia. Pero Brendan no formul acusaciones. Haba aceptado la carga de la culpa con una disposicin que ola a apetito: hablaba slo de sus fallos, y no de los de Karney. La aparente arbitrariedad de la muerte de Catso haba despertado en Brendan una ternura no deseada, y Karney se mora por contarle la historia desde el principio hasta el fin. Pero presinti que no era el momento adecuado. Dej que Brendan se desahogara y mantuvo la boca cerrada. Y otra vez los nudos. A veces se despertaba en mitad de la noche y tocaba la cuerda debajo de la almohada. Su presencia era reconfortante, pero la ansiedad de la cuerda misma no despertaba en l un sentimiento similar. Quera tocar los nudos re stantes y examinar los acertijos que ofrecan. Pero saba que al hacerio tentara a la capitulacin; sucumbira a su propia fascinacin y al hambre de los nudos por la libertad. Cuando surga semejante tentacin, se obligaba a recordar el sendero y la bestia de los rboles, para despertar los horripilantes pensamientos que haban acompaado a aquel aliento. Luego, poco a poco, la angustia recordada cancelaba la curiosidad presente y dejaba en paz la cuerda. Sus ojos no la vean, pero su corazn la senta. Aunque saba que los nudos eran peligrosos, no se decidi a quemarlos. Mientras poseyera ese modesto cordel, sera un hombre nico; entregarlo significara volver a su condicin amorfa. No estaba dispuesto a hacerlo, aunque sospechaba que su relacin diaria e ntima con la cuerda debilitaba sistemticamente su capacidad para resistirse a su seduccin. Como no haba visto nada de la cosa del rbol, empez a preguntarse si no se habra imaginado el encuentro. En realidad, si le daban tiempo, sus poderes para racionalizar la verdad y convertirla en algo inexistente habran ganado la partida. Pero los acontecimientos acaecidos despus de la cremacin de Catso pusieron fin a tan conveniente opcin. Karney haba asistido solo a la ceremonia, y a pesar de la presencia de Brendan, Red y Anelisa, se haba sentido solo. No tena deseos de hablar con ninguno de los asistentes. A medida que pasaba el tiempo, le resultaba cada vez ms difcil reinventar las palabras que

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en cierta ocasin poda haber encontrado para describir los acontecimientos. Se alej rpidamente del crematorio antes de que nadie se acercase a hablarle, con la cabeza gacha para evitar el viento polvoriento que, a lo largo del da, haba producido una sucesin de perodos nublados y soleados. Mientras caminaba, sac un paquete de cigarrillos del bolsillo. La cuerda esperaba all, como de costumbre, y le dio la bienvenida a sus dedos con su forma congraciadora de costumbre. La desenrosc y sac los cigarrillos, pero haba mucho viento, las cerillas se apagaban, y sus manos parecan incapaces de efectuar la simple tarea de parapetar la llama. Sigui andando hasta encontrar un callejn, y se meti en l para encender el cigarrillo. All le esperaba Pope. -Has enviado flores? -inquiri el vago. La primera intencin de Karney fue dar media vuelta y echar a correr. Pero el camino soleado se encontraba a unos metros de distancia; no haba peligro. Adems, si hablaba con el anciano, quiz lograra averiguar algo. -Nada de flores? -insisti Pope. -No, nada de flores -repuso Karney Que haces tu aqu? -Lo mismo que t -replic Pope-, vine a ver como quemaban al muchacho. Sonri ironicamente; la expresin de aquel rostro mugriento era sumamente repulsiva. Pope segua delgado y huesudo como haca dos semanas en el tnel, pero ahora mostraba un aire amenazante. Karney se sinti aliviado de que a sus espaldas, no muy lejos, estuviera todo soleado. -Y para verte a ti -aclar Pope. Karney permanecio callado. Saco una cerilla y encendi el cigarrillo. -Tienes algo que me pertenece -le dijo Pope. Karney no se mostro culpable-. Quiero que me devuelvas los nudos, muchacho, antes de que hagas dao en serio. -No s de qu me estas hablando -repuso Karney. Su mirada se concentro sin querer en el rostro inescrutable de Pope. El callejn y sus desechos apilados se sacudieron abruptamente. Una nube deba de haber tapado el sol, porque Karney lo vio todo ligeramente oscurecido, a excepcin de la flgura de Pope. -Fue una tontera que intentases robarme, muchacho. Reconozco que fui presa fcil; el error fue mo y no volver a ocurrir. Es que a veces me siento solo. Seguro que me comprendes. Y cuando me siento solo, me da por beber.

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Aunque haban pasado unos segundos desde que Karney encendiera el cigarrillo, ste se haba quemado hasta el filtro sin que l le hubiera dado una sola chupada. Lo tir, vagamente consciente de que en aquel pequeo callejn, el tiempo, igual que el espacio, se apartaban de la realidad. -No fui yo -mascull, una defensa infantil ante todo tipo de acusaciones. -S fuiste t -repuso Pope con incontestable autoridad-. No perdamos el tiempo con mentiras. Me has robado y tu compaero pag por ello. No puedes reparar el dao que has causado. Pero puedes evitar ms daos si me devuelves ahora lo que me pertenece. Sin darse cuenta, Karney haba metido la ma no en el bolsillo. Quera salir de aquella trampa antes de que se cerrara sobre l; sin d uda, la solucin ms sencilla sera darle a Pope lo que le perteneca por derecho. Sin embargo, sus dedos titubearon. Por qu? Tal vez porque los ojos de aquel matusaln eran implacables? O porque devolverle los nudos a Pope le dara un control total sobre el arma que, en efecto, haba matado a Catso? No obstante, haba algo ms; incluso si estaba en juego su cordura, Karney se senta reacio a devolver el nico fragmento de misterio que se haba cruzado en su camino. Pope presinti en l la falta de disposicin y sus lisonjas arreciaron. -No me tengas miedo -le dijo-. No te har dao a menos que me obligues. Preferira que acabramos este asunto pacficamente. Ms violencia, incluso otra muerte, llamaran la atencin. Karney sc pregunt si aquel viejo tan desharrapado, tan ridculamente dbil, sera un asesino. Sin embargo, lo que oa contradeca a lo que vea; la semilla de la autoridad que Karney haba percibido la vez anterior en la voz de Pope haba florecido por completo. -Quieres dinero? -pregunt Pope-. Es eso? Si te ofreciera algo por tus molestias se sentira tu orgullo mas aplacado? -Karney observ incrdulamente el estado ruinoso de Pope-. Tal vez no parezca un potentado, pero las apariencias suelen engaar. Adems, sa es la regla, y no la excepcin. Fjate en ti, por ejemplo. No pareces hombre muerto, pero te lo digo yo, muchacho, ests prcticamente muerto. Te prometo la muerte si continas desafindome. La perorata -tan medida, tan escrupulosasorprendio a Karney viniendo, como vena, de labios de Pope; estaba claro que su tesis quedaba probada. Haca dos semanas haban pescado a Pope borracho y vulnerable, pero ahora, sobrio, el hombre hablaba como un

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potentado: un rey loco, quiz, mezclado entre el populacho disfrazado de mendigo. Rey? No, ms bien sacerdote. En la naturaleza de su autoridad (incluso en su nombre) haba algo que sugera una persona cuyo poder jamas se haba basado solamente en la poltica. -Te lo repito -dijo Pope-, dame lo que es mo. Dio un paso hacia Karney. El callejn era un tnel estrecho que se cerna sobre sus cabezas. Si all arriba haba un cielo, Pope lo haba oscurecido. -Dame los nudos -insisti. Su voz era suave y tranquilizadora. La oscuridad era completa. Karney slo lograba ver la boca del viejo: sus dientes desiguales, su lengua gris. -Dmelos, ladrn, o sufrirs las consecuencias. -Karney? La voz de Red le llego como de otro mundo. Se encontraba a unos pasos de distancia de la voz, el sol, el viento, pero durante un largo instante Karney lucho por localizarlos. -Karney? Sac a rastras la conciencia que haba quedado atrapada entre los dientes de Pope y se oblig a volver la cara para mirar el camino. Red estaba all, parado en el sol, y Anelisa estaba a su lado. El pelo rubio de la muchacha brillaba. -Qu ocurre? -Djanos en paz -le orden Pope-. l y yo estamos discutiendo un asunto. -Tienes asuntos con ese tipo? -inquiri Red a Karney. Antes de que Karney pudiera contestar, Pope le dijo: -Dselo. Diselo, Karney. Dile que quieres hablar conmigo a solas. Red lanz una mirada al anciano por encima del hombro de Karney, y le pregunt a ste: -Quieres decirme qu est ocurriendo? La lengua de Karney se esforz por encontrar una respuesta, pero no lo logr. La luz del sol estaba tan lejos...; cada vez que la sombra de una nube surcaba la calle, tema que la luz se apagara para siempre. Sus labios se movieron en silencio para expresar su temor. -Te encuentras bien? -le pregunt Red-. Karney... Me oyes? Karney asinti. La oscuridad que lo tena atrapado comenz a desaparecer. -S... -repuso.

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De repente, Pope se abalanz sobre Karney; sus manos buscaron desesperadamente llegar a los bolsillos. El impacto del ataque lanz a Karney, que segua estupefacto, contra la pared del callejn. Cay de lado, sobre una pila de cajas. Todo se vino abajo; Pope agarraba a Karney con tanta fuerza que cay junto con l. La calma precedente -el humor negro, las amenazas circunspectasse evapor; Pope volva a ser el vago idiota que escupa desatinos. Karney sinti que las manos del anciano le rasgaban las ropas y le araaban la piel en busca de los nudos. Las palabras que le gritaba a la cara ya no le resultaban comprensibles. Red entr en el callejn e intent agarrar al viejo de la chaqueta, el cabello o la barba, lo primero que lograra asir, para apartarlo de su vctima. Era ms fcil decirlo que hacerlo; su reaccin tena toda la furia de un ataque. Pero como Red era ms fuerte, a la larga gan la partida. Profiriendo tonteras, Pope fue puesto en pie. Red lo sujet como si fuera un perro rabioso. -Levntate -le orden a Karney-, y aljate de l. Karney se incorpor con dificultad entre las ma deras de las cajas. En los escasos segundos de la agresin, Pope haba causado un dao considerable: Karney sangraba en media docena de sitios. Tena la ropa arrasada; la cami sa estaba hecha jirones. Vacilante, se llev la mano a la cara; los araazos se haban hinchado como cicatrices rituales. Red empuj a Pope contra la pared. El vagabundo segua apopltico, con los ojos fuera de las rbitas. Una andanada de invectivas -mezcla de ingls y galimatascay sobre la cara de Red. Sin interrumpir su perorata, Pope intent atacar otra vez a Karney, pero esta vez Red lo sujet e impidi que sus garras tocaran al muchacho. Red sac a Pope del callejn y lo arrastr hasta el camino. -Te sangra el labio -dijo Anelisa, mirando a Karney con disgusto. Karney sabore la sangre: salada y caliente. Se llev el dorso de la mano a la boca. Al apartarla, qued teida de rojo. -Menos mal que te seguimos -dijo la muchacha. -S -repuso l sin mirarla. Estaba avergonzado de su comportamiento ante el vagabundo, y saba que la muchacha se estara riendo de su incapacidad para defenderse. La familia de Anelisa estaba compuesta por villanos, su padre era un hroe entre los ladrones. Red regres de la calle. Pope se haba ido.

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-A qu vena todo esto? -exigi saber, sacando un peine del bolsillo de la chaqueta y arreglndose el copete. -A nada -respondi Karney. -No me vengas con esas mierdas -rechaz Red-. Dice que le robaste algo. Es cierto? Karney lanz una mirada a Anelisa. De no haber estado ella all, le habra contado todo a Red, en ese mismo instante. La muchacha le devolvi la mirada y pareci leerle el pensamiento. Se encogi de hombros y se apart para no escuchar, pateando las cajas destrozadas a medida que se alejaba. -Nos la tiene jurada a todos, Red -dijo Karney. -De qu ests hablando? Karney baj la vista y se mir la mano ensa ngrentada. Aunque Anelisa se haba alejado, las palabras para explicar sus sospechas tardaron en llegar. -Catso... -comenz a decir. -Qu pasa con l? -Hua, Red. Detras de l, Anelisa lanz un suspiro de irritacin. Aquello tardaba demasiado para su gusto. -Red, llegaremos tarde -dijo. -Espera un momento -le orden Red, cortante, y concentr su atencin en Karney-. Qu quieres decirme sobre Catso? -El viejo no es lo que parece. No es un vagabundo. -No? Y qu es entonces? La voz de Red haba recuperado su tono sarcstico; sin duda, debido a la presencia de Anelisa. La muchacha se haba cansado de la discrecin y haba regresado junto a Red. -Qu es, Karney? -repiti. Karney nego con la cabeza. Qu sentido tena explicar una parte de lo ocurrido? O intentaba relatar toda la historia o se callaba la boca. Lo ms fcil era callarse la boca. -Da igual -dijo con tono montono. Red le lanz una mirada asombrada y al comp robar que no se produc a aclaracin alguna, dijo: -Si tienes algo que contarme sobre Catso, me gustara orlo. Ya sabes dnde vivo.

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-Est bien. -Lo digo en serio -insisti Red. -Gracias. -Sabes? Catso era un buen amigo. Un poco borrachn, pero todos tenemos nuestras cosas, no? No tendra que haber muerto, Karney. Fue una putada. -Red... -Te llama -dijo Karney. Anelisa se haba ido hasta la calle. -Siempre me est llamando. Ya nos veremos. Karney. -Vale. Red le dio una palmadita en la mejilla lastimada y sali al sol, tras Anelisa. Karney no hizo ademn de seguirlos. El ataque de Pope lo haba dejado tembloroso; quera esperar en el callejn hasta recuperar la compostura. Busc la tranquilidad de los nudos y meti la mano en el bolsillo de la chaqueta. Estaba vaco. Registr los dems bolsillos. Todos vacos, y sin embargo estaba seguro de que el viejo no haba llegado a la cuerda. Tal vez se le hubiera cado durante la lucha. Karney comenz a rastrear el callejn, y al ver que la primera bsqueda no daba resultado, revis todo una segunda y una tercera vez, aunque ya la daba por perdida. Pope haba logrado quitrsela despus de todo. A hurtadillas o bien por pura casualidad, haba recuperado los nudos. Con asombrosa claridad, Karney se record a s mismo, de pie en el Salto del Suicida, mirando hacia abajo, hacia Archway Road, el cuerpo despatarrado de Catso, que yaca en el centro de una maraa de luces y vehculos. Se haba sentido tan alejado de la tragedia...; la haba visto con la misma implicacin que un pjaro al vuelo. De repente, le disparaban desde el cielo. Caa al suelo, herido, aguardando sin esperanzas los terrores que le esperaban. Sabore la sangre que le manaba del labio partido y se pregunt, deseando que el pensamiento se desvaneciera incluso antes de formarse, si Catso habra muerto instantneamente, o si l tambin habra sa boreado su sangre mientras yaca sobre el asfalto, mirando a la gente del puente, que todava no se haba enterado de cun cercana estaba la muerte. Regres a su casa por las calles ms transitadas que logr encontrar. Aunque de ese modo su lamentable aspecto atraa las miradas de las matronas y los policas, prefiri su

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desaprobacin a arriesgarse a transitar por calles vacas, alejadas de las arterias principales. Una vez en su casa, se lav las heridas y se cambi de ropa, y luego se sent frente al televisor para permitir que sus miembros dejara n de temblar. Eran las ltimas horas de la tarde, y hacan programas para nios: un ai re de optimismo fcil infectaba todos los canales. Miraba aquellas banalidades con los ojos, pero no con la mente, aprovechando el sosiego para encontrar las palabras que describieran lo que le haba ocurrido. Lo imperioso ahora era advertir a Red y a Brendan. Pope se haba hecho con los nudos, y slo sera cuestin de tiempo antes de que alguna bestia -q uiz peor que la cosa de los rbolesfuera en busca de ellos. Entonces sera demasiado tarde para explicaciones. Saba que los otros dos se mostraran incrdulos, pero hara lo imposible para convencerlos, aunque tuviera que quedar en el peor de los ridculos. Tal vez sus lgrimas y su terror los haran reaccionar, cosa que su empobrecido vocabulario no lograra jams. A eso de las cinco y cinco, antes de que su madre regresara del trabajo, sali de casa y fue en busca de Brendan. Anelisa se sac del bolsillo el trozo de cuer da que haba hallado en el callejn y lo examin. No estaba segura de por qu se haba molestado en recogerlo; en cierto modo la cuerda haba encontrado la forma de llegar hasta su mano. Juguete con uno de los nudos, corriendo el riesgo de estropearse las uas. Tena media docena de cosas mejores para hacer esa tarde. Red haba ido a comprar bebi da y cigarrillos, y ella se haba prometido tomar un bao perfumado y relajante antes de que l volviera. No tardara tanto en desatar el nudo, estaba segura. En realidad, pareca ansioso por ser desatado: tena la extraa sensacion de que se mova. Lo ms intrigante de todo eran los colores que despeda el nudo: Anelisa logr ver tonalidades violeta y rojizas. Al cabo de unos minutos lleg a olvidarse por completo del bao; eso poda espe rar. Se concentr en cambio en el acertijo que tena entre las manos. Pocos minutos despus comenz a ver la luz. Karney le cont la historia a Brendan lo mejor que pudo. En cuanto se lanz a hablar y comenz desde el principio, descubri que tena su propio impulso y fue eso lo que lo hizo cambiar al tiempo presente con escaso titubeo. Y termin diciendo: -S que suena increble, pero es la verdad. Brendan no crey ni una sola palabra, eso qued claro en su mirada ausente. Pero en la cara llena de cicatrices haba algo ms que incredul idad. Karney no logro descifrar de qu se

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trataba hasta que Brendan lo agarr por la camisa. Slo entonces supo el alcance de la furia de Brendan. -No te basta con la muerte de Catso y tienes que venir aqu a contarme esas mierdas. -Es la verdad. -Y dnde carajo estn los nudos? -Ya te lo dije, los tiene el viejo. Me los quit esta tarde. Nos va a matar, Bren. Lo s. Brendan lo solt y le dijo con tono magnnimo: -Te dir lo que voy a hacer. Voy a olvidar que me has contado todo esto. -Pero es que no me entiendes... -He dicho que voy a olvidar que me lo has contado. Vale? Ahora, vete de aqu y llvate tus historias. Karney no se movi. -Me has odo? -grit Brendan. En sus ojos Karney logr apreciar una plenitud delatora. La rabia era slo el camuflaje apenas adecuadode una pena para la que no tena mecanismos de defensa. En su estado de nimo actual ni el temor ni la discusin lo convenceran de la verdad. Karney se puso de pie. -Perdona, ya me voy -le dijo. Brendan mantuvo la cabeza gacha. No volvi a levantarla, y dej que Karney se alejara. Slo quedaba Red, l sera el ltimo tribunal de apelacin. Poda repetir la historia ahora que ya la haba contado. La repeticin le sera fcil. Dej a Brendan a solas con sus lgrimas, y mentalmente comenz a repasar las palabras. Anelisa oy entrar a Red por la puerta principal y lo oy gritar varias veces una palabra. La palabra le resultaba familiar, pero tard varios segundos de ferviente actividad mental en reconocerla como su propio nombre. -¡Anelisa! -volvi a gritar-. Dnde te has metido? En ninguna parte -pens-. Soy la mujer invisible. No me busques, por favor. Dios mo, que me deje en paz. Se llev la mano a la boca para parar el castaeteo de sus dientes. Tena que permanecer absolutamente quieta, y en silencio. Si mova un solo pelo, la oira e ira en su busca. La nica seguridad resida en hacerse un ovillito y taparse la boca con la palma de la mano.

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Red comenz a subir la escalera. Sin duda, Anelisa estara cantando en el bao. Le encantaba el agua como pocas cosas. No era inusual que se pasara horas en la baera, con los pechos rompiendo la superficie como dos islas de ensueo. A cuatro escalones del rellano, oy un ruido en el pasillo de abajo: una tos o algo parecido. Acaso estara jugando con l? Se dio media vuelta y baj, movindose con mayor sigilo. Casi al pie de la escalera, sus ojos se posaron en un trozo de cuerda que yaca sobre uno de los escalones. La levant y, brevemente, se pregunt qu sera aquel nico nudo antes de volver a or el mismo ruido. Esta vez no pens que se tratara de Anelisa. Contuvo el aliento, esperando que se repitiera en el pasillo. Cuando no oy nada, meti la mano en el costado de la bota y sac una navaja automtica, un arma que llevaba encima desde la tierna edad de once aos. Segn el padre de Anelisa era un arma de adolescentes; pero ahora, al avanzar por el pasillo hacia la sala, agradeci al santo patrono de los cuchillos el no haber seguido el consejo del viejo criminal. La habitacin estaba a oscuras. La noche cay sobre la casa, oscureciendo las ventanas. Red permaneci en el vano de la puerta durante largo rato, observando ansiosamente el interior en busca de algn movimiento. Y otra vez el ruido; esta vez no fue uno solo, sino una serie de sonidos. Para su alivio, not que la fuente del mismo no era humana. Con toda probabilidad se tratara de un perro herido en alguna pelea. Y adems, el ruido no provena de la habitacin de enfrente, sino de la co cina, ubicada ms al fondo del pasillo. Recobrado el valor por el simple hecho de pensar que el intruso no era ms que un animal, llev la mano al interruptor y encendi la luz. La rpida sucesin de acontecimientos que puso en marcha al hacerlo se produjo en una secuencia que no ocup ms de una docena de segundos; sin embargo, vivi cada uno de ellos con el mximo de detalles. En el primer segundo, al encenderse la luz, vio moverse una cosa en la cocina; luego, se dirigi hacia ella empuando la navaja. Durante el tercer segundo apareci el animal, que alertado por su agresin, sali de su escondite. Corri hacia l: era una imagen borrosa de carne reluciente. Su repentina proximidad le result sobrecogedora; su tamao, el calor que desped a su cuerpo humeante, la boca enorme que dejaba escapar un aliento podrido. Red emple el cuarto y el quinto segundos para evitar el primer ataque, pero al sexto aquella cosa dio con l. Sus brazos desnudos agarraron a Red. Lanz un navajazo al aire y le abri una herida, pero sta se cerr, al tiempo que la bestia

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aferraba a Red con un abrazo mortal. Ms por accidente que por verdadera intencin, la navaja se clav en la carne de aquella cosa y un calor lquido le salpic la cara a Red. Apenas lo not. Siguieron los ltimos tres segundos, en los qu e el arma, resbaladiza por la sangre, se le escap de la mano y qued clavada en la bestia. Desarmado, intent desasirse de aquel abrazo mortal, pero antes de poder apartarse, la enorme cabeza inconclusa se acerco a l -las fauces enormes como un tnely de un solo golpe se bebi todo el aire de sus pulmones. Era todo el aliento que Red posea. Su cerebro, privado de oxgeno, produjo una serie de fuegos artificiales para celebrar su inminente partida: petardos, estrellas, girndulas. La pirotecnia fue brevsima; pronto se hizo la oscuridad. Arriba, Anelisa escuchaba los caticos sonidos e intentaba reunirlos para encontrarles un sentido, pero le fue imposible. Fuera lo que fuese lo que hubiera ocurrido, haba acabado en silencio. Red no fue en su busca. Pero tampoco la bestia. Tal vez, pens, se habran matado. La simplicidad de la solucin la satisfizo. Esper en su cuarto hasta que el hambre y el aburrimiento calmaron su ansiedad; entonces baj. Red yaca donde el segundo engendro de la cuerda lo haba soltado, con los ojos muy abiertos para observar los fuegos de artificio. La bestia estaba acuclillada en el extremo de la habitacin, hecha una ruina. Al verla, Anelisa se apart del cuerpo de Red y fue hacia la puerta. La bestia no intent acercarse a ella, se limit a seguirla con los ojos hundidos, la respiracin entrecortada y unos poco s movimientos muy entorpecidos. Ira a buscar a su padre, decidi, y abandon la casa, dejando la puerta principal entreabierta. Segua entreabierta cuando, media hora ms tarde, llego Karney. Aunque despus de dejar a Brendan tena la intencin de ir directamente a casa de Red, le haba faltado valor. Haba vagado sin rumbo fijo hacia el puente sobre Archway Road. All haba permanecido durante largo rato, observando el trfico que pasaba debajo y bebiendo de la media botella de vodka que haba comprado en Holloway Road. Se haba quedado sin dinero, pero con el estmago vaco, el licor haba sido potente, y le haba aclarado las ideas. Haba llegado a la conclusin de que moriran todos. Tal vez la culpa la tena l, por robar la cuerda; de todos modos, lo ms probable era que Pope los castigara por los crmenes perpretados contra su persona. Ahora, lo ms que podan esperar -que l podia esperarera una brizna de

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comprensin. Eso le bastara, decidi, obnubilado por el alcohol: simplemente morir un poco menos ignorante de lo que haba nacido. Red lo entendera. Estaba ahora en el umbral de la puerta y llam al muchacho por su nombre. No recibi respuesta alguna. El vodka que haba bebido lo torn osado y, gritando otra vez el nombre de Red, entro en la casa. El pasillo estaba a os curas, pero haba luz en un cuarto del fondo y hacia ella fue. La atmsfera de la casa era bochornosa, como el interior de un invernadero. En la sala hacia todava ms calor, porque all se enfriaba Red, soltando su calor al ambiente. Karney baj la vista y se qued mirndolo el tiempo suficiente como para notar que con la mano izquierda aferraba la cuerda y que en sta slo quedaba un nudo. Tal vez Pope haba estado all y, por algun motivo, haba dejado la cuerda. Fuera como fuese, su presencia en la mano de Red ofreca una posibilidad de vivir. Esta vez, jur mientras se acercaba al cuerpo, destruira la cuerda para siempre. La quemara y esparcira sus cenizas a los cuatro vientos. Se agach para quitrsela de la mano a Red. La cuerda presinti su proximidad y salt, manchada de sangre, de la mano del muerto a la de Karney, y se le enroll entre los dedos, dejando una huella. Asqueado, Karney mir el ltimo nudo. El proceso que tan doloroso esfuerzo le costara iniciar haba cobrado ahora su propio impulso. Desatado el segundo nudo, el tercero comenzaba practicame nte a aflojarse solo. Al parecer, segua necesitando de un agente humano -por qu si no haba saltado con tanta prontitud a su mano?-, pero a pesar de ello, estaba muy cerca de resolver su propio misterio. Era imperioso que destruyera la cuerda rpidamente antes de que el nudo se desatase. Entonces not que no estaba solo. Adems del muerto, haba all cerca otra presencia viva. Apart la vista del nudo retozante cuando alguien le habl. Las palabras no tenan sentido alguno. Ni siquiera eran palabras, sino ms bien una serie de sonidos lastimeros. Karney record el aliento de la cosa del sendero y la ambigedad de los sentimientos que haba despertado en l. En aquel momento experiment la misma ambigedad: junto al temor creciente tuvo la sensacin de que la voz de la bestia hablaba de prdidas, fuera cual fuese su lengua. Se sinti embargado por la piedad. -Mustrate -le dUo, sin saber si entendera o no. Pasaron unos cuantos instantes temblorosos. Entonces sali por la puerta del extremo opuesto. La luz de la sala era buena, y Karney tena buena vista, pero la anatoma de la

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bestia desafi su comprensin. En su silueta deformada y palpitante haba algo simiesco, como si hubiera nacido prematuramente. Su boca se abri para emitir otro sonido; sus ojos, sepultados bajo la frente sangrante, eran inescrutables. Comenz a arrastrarse desde su escondite para atravesar la habitacin y dirigirse hacia l; con cada paso, pona a prueba la cobarda de Karney. Al llegar al cadver de Red, se detuvo, levant un miembro destrozado e indic un lugar en el pliegue del cuello. Karney vio el cuchillo; sera el de Red, supuso. Se pregunt si no estara intentando justificar su muerte. -Que eres? -le pregunt. Mene la pesada cabeza. De su boca sali un gemido prolongado. Y de repente, levant el brazo y seal en direecion a Karney. Al hacerlo, dej que la luz le cayera de lleno en el rostro, y Karney pudo ver los ojos debajo de las pobladas cejas: eran como gemas gemelas atrapadas en la bola herida del crneo. Su brillo y su lucidez le revolvieron el estmago. Y segua sealando en su direccin. -Que quieres? -le pregunt Karn ey-. Dime lo que quieres. Dej caer el miembro pelado e hizo ademn de pasar por encima del cadver en direccin a Karney, pero no tuvo ocasion de revelar sus intenciones. Desde la puerta principal lleg un grito que la detuvo en seco. -Hay alguien? -pregunt una voz. En el rostro de la bestia se dibuj el panico -los ojos demasiado humanos se movieron en sus orbitas-, y se alej, rumbo a la cocina. El visitante, quienquiera que fuese, volvio a gritar; su voz son ms cercana. Karney mir el cadver y luego vio que tena la mano ensangrentada. Sopes sus posibilid ades, se retir de la habitaci n y entro en la cocina. La bestia haba huido: la puerta trasera estaba abierta de par en par. A sus espaldas, Karney oy al visitante encomendarse a Dios cuando vio los restos de Red. Titube en las sombras. Sera correcto huir? No sera mejor quedarse all y tratar de encontrar una forma de llegar a la verdad? El nudo, que segua movindose en su mano, lo decidi: lo prioritario era destruirlo. En la sala, el visitante marcaba el nmero de la polica; utilizando su monlogo aterrado como tapadera, Karney cubri los metros que le quedaban hasta alcanzar la puerta y huy. -Te ha llamado alguien -le grit su madre desde lo alto de la escalera-; ya me ha despertado dos veces. Le dije que no...

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-Lo siento, mam. Quin era? -No me lo quiso decir. Le dije que no volviera a llamar. Si telefonea otra vez dile que no quiero que vuelva a llamar a estas horas de la noche. Que hay gente que tiene que madrugar. -S, mam. Su madre desapareci del rellano, cerr la puert a y se meti en su cama solitaria. Karney se qued temblando en el vestbulo, con la mano en el bolsillo apretada alrededor del nudo. Segua movindose, retorcindose en todas dire cciones, contra los confines de su palma, buscando un sitio, por pequeo que fuera, en el que soltarse. Pero no se lo permita. Busc el vodka que haba comprado horas antes; con una sola mano destap la botella y bebi. Cuando tomaba un segundo sorbo, son el telfono Dej la botella y levant el auricular. -Diga? Llamaban desde una cabina; son un pip, depositaron unas monedas y una voz dijo: -Karney? -S? -Por el amor de Dios, me matar. -Quin habla? -Brendan. -No sonaba como la voz de Brendan, era demasiado chillona, demasiado llorosa-. Me matar si no vienes. -Pope? Es Pope? -Est loco. Tienes que venir al cementerio de coches, en la cima de la colina. Dale... Se cort la comunicacion. Karney colgo. En su mano, la cuerda haca acrobacias. Abri la mano; en la escasa luz que provena del rellano, el nudo restante brill. En su centro, como en el centro de los otros dos nudos, se produjeron chispazos de color. Cerr de nuevo el puo, recogi la botella de vodka y volvi a salir. El cementerio de coches se haba vanagloriado en cierta poca de la presencia de un doberman perpetuamente irascible, pero al perro le haba salido un tumor la primavera anterior y haba atacado salvajemente a su amo. Despus del incidente lo sacrificaron y no volvieron a comprar un sustituto. La pared de hierro corrugado fue, a partir de aquel momento, muy fcil de trasponer. Karney trep a ella y baj al terreno lleno de grava y cenizas. En el portn de entrada, una farola iluminaba la coleccin de vehculos particulares

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y comerciales amontonados all. La mayora estaban desahuciados: eran camiones abiertos y camiones cisterna herrumbrados, un autobs que se haba llevado por delante un puente a toda velocidad, una especie de archivo policial fotogrfico de coches, alineados o apilados, vctimas de accidentes diversos. Comenzando por el portn de entrada, Karney efectu una bsqueda sistemtica por el terreno, intentando andar con cuidado, pero en el extremo noroeste del cementerio no encontr seal alguna de Pope ni de su prisionero. Con el nudo en la mano, comenz a avanzar por el recinto; la luz tranquilizadora del portn temNaba a cada paso que daba. Un poco ms adelante, entre dos de los vehculos. vio unas llamas. Se quedo quieto e intent interpretar el intrincado juego de sombras y fuego. A sus espaldas oy un movimiento; se volvi, previendo a cada latido del corazn un grito, un golpe. No hubo nada. Recorri el cementerio a sus espaldas -la imagen de la llama amarilla le bailaba en la retina-, pero lo que se haba movido permaneca ahora quieto. -Brendan? -susurr, mirando hacia el fuego. En un retazo de sombras, frente a l, se movi una silueta; Brendan sali de la oscuridad tambalendose y cay de rodillas sobre las cenizas, muy cerca de donde se encontraba Karney. Incluso en la engaosa luz, Karney logr ver que Brendan haba sido apaleado salvajemente. Llevaba la camisa llena de manchas demasiado oscuras como para ser otra cosa que sangre; tena el rostro crispado por el dolor presente o el que previsiblemente le llegara. Cuando Karney avanz hacia l, Brendan se escud como un animal maltratado. -Soy yo, Karney -le dijo ste. -Dile que pare -le pidi Brendan, levantando la cabeza machacada. -Todo saldr bien. -Por favor, dile que pare. Brendan se llev las manos al cuello. Un collar de cuerda le rodeaba la garganta, y de l parta una tralla que se internaba en la oscuridad, entre dos vehculos. All, sujetando el otro extremo de la tralla, estaba Pope. Sus ojos brillaban con las sombras, aunque ninguna fuente de luz se reflejara en ellos como para permitir aquel brillo.

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-Ha sido muy sensato por tu parte el haber venido -le dijo Pope-. Lo habria matado. -Sultalo -le ordeno Karney. -Primero dame el nudo -dijo Pope, negando con la cabeza. Sali de su escondite. Karney esperaba que se le hubiese despre ndido el disfraz de vagabundo, revelando su verdadero rostro -cualquiera que este fuese-, pero no fue as. Vesta las mismas ropas harapientas de siempre, pero su control de la situacin era incontestable. Dio un tirn a la cuerda y Brendan se desplom, ahogndose; sus manos aferraron en vano el nudo que le apretaba la garganta. -Basta ya -le orden Karney a Pope-. Tengo el nudo, maldito seas. No lo mates. -Dmelo. Cuando Karney avanzaba hacia el anciano, algo grit en el laberinto del cementerio. Karney reconoci el sonido; Pope tambin. No haba posibilidad de error: era la voz de la bestia desollada que haba matado a Red, y estaba muy cerca. La cara sucia de Pope se ti de una nueva urgencia -¡Date prisa! -apremi-. O lo mato. Haba extrado un cuchillo de desollar de la chaqueta. Tir de la tralla y oblig a Brendan a acercarse. La queja de la bestia aument de tono. -¡El nudo! grit Pope-. ¡Dmelo! Avanz hacia Brendan y le puso la hoja del cuchillo en la cabeza rapada. -No lo hagas -le dijo Karney-, toma el nudo. Antes de que lograra respirar, por el rabillo del ojo not un movimiento y algo caliente le agarr la mueca. Pope lanz un grito de rabia, y Karney se volvi para ver a la bestia escarlata a su lado, mirndolo con ojos fantasmales. Karney forceje para so ltarse, pero la bestia mene su enloquecida cabeza. -¡Mtala! ¡Mtala! -aull Pope. La bestia observ a Pope y, por primera vez, Karney vio en aquellos ojos plidos una mirada inequvoca: un odio muy puro. Brendan lanz un grito agudo y Karney miro en su direccin: el cuchillo de desollar se desliz en su mejilla. Pope retir la hoja y dej que el cadver de Brendan cayera hacia adelante. Antes de que este tocara el suelo, el anciano se

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dirigi hacia Karney; cada una de sus zancadas revelaba unas intenciones asesinas. Atemorizada, la bestia solt a Karney justo a tiempo para que ste evitara el primer ataque de Pope. Hombre y bestia se separaron y echaron a correr. Karney resbal en las cenizas y por un instante sinti cernirse sobre el la sombra de Pope, pero logro esquivar el segundo cuchillazo por milmetros. -No podrs salir -se jacto Pope al verle correr. El viejo se mostraba tan confiado de su trampa que ni siquiera se molest en perseguirlo-. Ests en mi territorio, muchacho. No hay modo de salir. Karney se ocult entre dos vehculos y comenzo a volver sobre sus pasos en direccin al portn, pero sin saber cmo, haba perdido el sentido de la orientacin. Una hilera de mastodontes herrumbrados conduca a otra, tan parecida que no lograba distinguirlas. Ignoraba dnde lo conducira aquella maraa, pero al parecer no haba escapatoria; no volvera a ver la farola del porton, ni el fuego de Pope, en el extremo del cementerio. Aquello se haba convertido en un coto de caza, y l en la presa; adondequiera que lo llevaba el sendero, la voz de Pope lo segua tan de cerca como sus propios latidos. -Entrgame el nudo, muchacho -le deca-, entrgamelo y no te obligar a comerte tus propios ojos. Karney estaba aterrorizado, pero presenta que a Pope le ocurra otro tanto. La cuerda no era una herramienta asesina, como Karney haba credo siempre. Fuera cual fuese la razn de su existencia, el viejo no ejerca sobre ella dominio alguno. En ese hecho basaba las escasas posibilidades de supe rvivencia. Haba llegado el momento de desatar el ltimo nudo; lo desatara y esperara las consecuencias. Podran ser peores que morir a manos de Pope? Karney encontr un refugio adecuado al lado de un camin incendiado; se puso en cuclillas y abri el puo. Incluso en la oscuridad logr sentir que el nudo se mova para deshacerse; lo ayud lo mejor que pudo. -No lo hagas, muchacho -le sugiri Pope, fingiendo una humanidad impropia en l-; s lo que ests pensando, y creme, ser tu fin. Era como si a las manos de Karney les hubieran brotado dedos adicionales: ya no estaban a la altura de solucionar el problema. Su mente era una galera de retratos de muerte: Catso tirado en la calzada del camino; Red en la alfombra, Brendan soltndose de las manos de

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Pope mientras el cuchillo se deslizaba de su cabeza. Se esforz por apartar de si esas imgenes, guiando como poda su sitiado intelecto. Pope haba concluido su monlogo. El nico sonido que se oa en el cementerio de coches era el murmullo lejano del trfico; provena de un mundo que Karney dudaba en volver a ver. Manose desmaadamente el nudo como si fuera un hombre ante una puerta cerrada con un manojo de llaves, probando una, luego la siguiente, y la siguiente, con la certeza de que la noche se cerna sobre su cabeza. De prisa. de prisa. se dijo. Pero su anterior destreza lo haba abandonado por completo. Entonces oy un siseo que cortaba el aire; Pope haba dado con el, vio su cara triunfante al lanzar el golpe asesino. Karney se ech a r odar desde la postura en la que se encontraba, pero la hoja le alcanzo en la parte superior del brazo, abrindole una herida desde el hombro hasta el codo. El dolor le dio velocidad, y el segundo golpe fue a dar contra la cabina del camin, sacando chispas en vez de sangre. Antes de que Pope lograra acuchillarlo otra vez, Karney se alej sangrando copiosamente. El viejo sali en su persecucin. pero Karney fue ms veloz. Se meti detrs de un autocar y, mientras Pope iba tras l resollando, se agach y se ocult debajo del vehculo. Pope paso de largo justo cuando Karney sofocaba un sollozo de dolor. La herida que acababan de infligirle le haba incapacitado la mano izquierda. Apretando el brazo contra el cuerpo para reducir al mnimo el esfuerzo sobre el musculo destrozado, intento concluir el maldito trabajo que haba comenzado en el nudo, utilizando los dientes como segunda mano. Ante l aparecieron destellos de luz blanca: no tardara en desmayarse. Respir profundamente y con regularidad a travs de las fosas nasales, mientras sus dedos tiraban febrilmente del nudo. Ya no vea ni lograba sentir el nudo en la mano. Trabajaba a ciegas, como lo haba hecho en el sendero, y ahora, como entonces, sus instintos empezaron a suplir sus fuerzas. El nudo comenzo a bailar ante sus labios, ansioso por soltarse. Se encontraba a escasos momentos de la solucin. Tan concentrado estaba que no vio el brazo que se tenda hacia l hasta que se sinti arrastrar de su santuario y se quedo mirando hacia arriba los ojos brillantes de Pope. -Basta de juegos -dijo el viejo, y solt a Karney para arrancarle la cuerda de los dientes. Karney intent moverse un poco para evitar que Pope lo agarrara, pero el dolor del brazo era tan agudo que no pudo. Cayo hacia atrs lanzando un grito al tocar el suelo.

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-Te sacare los ojos -dijo Pope, y el cuchillo descendi. Sin embargo, el golpe cegador jams lleg. Una silueta malherida sali de su escondite, detrs del viejo, y tirone de las dos puntas de su gabardina. Pope recuper el equilibrio en pocos momentos y se dio la vuelta. El cuchillo alcanz a su contrincante, y Karney abri los ojos nublados de dolor para ver a la bestia desollada retroceder con la mejilla abierta hasta el hueso. Pope fue tras ella para rematarla, pero Karney no se qued a mirar. Tendi la mano para sujetarse del camin y se in corpor con el nudo apretado an entre los dientes. A sus espaldas, Pope maldeca; Karney supo que haba abandonado la matanza para seguirlo. Saba tambin que lo alcanzara, pero tambalendose sali de entre los dos vehculos. En qu direccin se encontraba el portn? No tena idea. Sus piernas pertenecan a un comediante, y no a l; tenan articulaciones de goma, no servan para otra cosa que para hacerlo caer de nalgas. Avanz dos pasos y las rodillas cedieron. Del suelo se elev un olor de cenizas empapadas de gasolina. Desesperado, se llev la mano sana a la boca. Los dedos encontraron una lazada. Tir con todas sus fuerzas y, milagrosamente, el nudo se deshizo. Escupi la cuerda al sentir que surga un calor que le tostaba lo s labios. La cuerda cay al suelo, roto su sello ultimo, y de su centro se materializ el ltimo de los pr isioneros. Apareci sobre las cenizas como un nio enfermo, con unos vestigios de miembros, la cabeza pelada demasiado grande para el cuerpecito marchito, cuya carne era tan plida que pareca translcida. Agit los brazos paralticos en un vano esfuerzo por enderezarse cuando Pope avanz hacia ella, ansioso por cortarle la indefensa garganta. Evidentemente, aquella incipiente forma de vida no era lo que Karney haba esperado del tercer nudo; le daba asco. Entonces habl. Su voz no era el maullido de un cro sino la de un hombre, aunque provena de la boca de la criatura. -¡Ven a m! ¡Deprisa! -grit. Cuando Pope se inclinaba para asesinar a la criatura, el aire del cementerio de coches se llen de un olor a fango y las sombras liberaron un ser espinoso, de vientre bajo, que se desliz por el suelo, hacia l. Pope retrocedi cuando la criatura -tan inacabada en su estado de reptil como su hermano simiescose cerr sobre el extrao infante. Karney esperaba que devorase aquel montoncito de carne, pero el nio plido levant los brazos, como dndole la bienvenida, al tiempo que la bestia del primer nudo se enroscaba sobre l. Al hacerlo, la

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segunda bestia mostr su rostro fantasmal, gimiendo de placer. Pos sus manos sobre el nio y acun el cuerpo deformado en sus brazos espaciosos, completando la atroz familia de reptil, mono y nio. Sin embargo, la unin no se haba completado a n. Cuando las criaturas se unieron, sus tres cuerpos comenzaron a desintegrarse, transformndose en lazos de una sustancia color pastel; incluso cuando sus anatomas comenzaban a disolverse, los restos iniciaban una nueva configuracin: cada filamento se iba urdiendo con otros. Estaban atando otro nudo, al azar pero, aun as, inevitable, mucho ms complicado que los que Karney haba logrado tener entre sus manos. De las piezas del antiguo rompecabezas surga otro nuevo, quiz insoluble, pero, mientras que los otros haban sido inacabados, ste sera completo y acabado. Qu sera? Mientras la madeja de nerv ios y msculos se mova hacia su condicin final, Pope aprovech la ocasin que se le presentaba. Avanz a toda velocidad, con el rostro enloquecido al ver la unin, y hundi el cuchillo de desollar en el corazn del nudo. Pero el ataque no lleg a tiempo. Un miembro con jirones luminosos se desenrosco del cuerpo y envolvi la mueca de Pope. La gabardina se prendi fuego y las carnes de Pope comenzaron a arder. Aull y dej caer el arma. El miembro lo solto a su vez, para volver al ovillo; dej al hombre tambalendose hacia atrs y acunndose el brazo humeante. Al parecer, Pope estaba perdiendo la cordura; sacuda la cabeza lastimeramente. Por un instante, sus ojos se encontraron con los de Karney y un relumbre astuto los ilumin. Estir el brazo, cogi al muchacho por la herida y lo apret con fuerza. Karney grit, pero sin prestar atencin a su prisionero, Pope lo alej a rastras de la cosa que estaba terminando su formacin y lo meti en el refugio del laberinto. -No me har dao -dijo Pope para s-, no si t estas a mi lado. Siempre tuvo debilidad por los nios. -Empuj a Karney delante de l-. Buscar los papeles..., luego me ire. Karney no saba si estaba vivo o muerto; no le quedaban fuerzas para deshacerse de Pope. Se limit a seguir al viejo, arrastrndose la mitad del trayecto, hasta que llegaron a su destino: un coche sepultado detras de una montaa de vehculos herrumbrados. Le faltaban las ruedas; a travs del chasis le haba crecido un arbusto que ocupaba el asiento del conductor. Pope abri la puerta trasera, murmurando satisfecho, y se inclin hacia el interior, dejando a Karney acurrucado contra la puerta. No tardara en desmayarse; Karney

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lo deseaba vehementemente. Pero Pope lo necesita ba an. Retir un librito de su escondite, debajo del asiento del coche,y susurr: -Ahora nos vamos. Tenemos asuntos que tratar. Karney gimi cuando lo empuj. -Cierra la boca -le dijo Pope abrazndolo-, mi hermano tiene odos. -Tu hermano? -murmur Karney, intentando encontrar algn sentido a lo que se le acababa de escapar a Pope. -Hechizado, hasta que apareciste t -le dijo Pope. -Bestias -mascull Karney, al asaltarle las imgenes mezcladas de reptiles y simios. -Humanos -replic Pope-. La evolucin es el nudo de la cuestin, muchacho. -Humanos. ..-repiti Karney. Y cuando la palabra hubo abandonado sus labios, sus ojos doloridos vieron una forma brillante sobre el coche, a espaldas de su torturador. S, era humano. Todava hmedo por su renacimiento, el cuerpo estaba surcado de las heridas heredadas, pero era triunfalmente humano. Pope vio el reconocimiento reflejado en los ojos de Karney. Lo agarr, y se dispona a utilizar su cuerpo herido como escudo cu ando intervino su hermano. El hombre redescubierto tendi las manos desde lo alto del techo y sujet a Pope por el estrecho cuello. El viejo chill y, retorcindose, se solt , alejndose a toda velocidad por las cenizas. Pero el otro inici una aullante persecucin, alejndolo de Karney. Desde una gran distancia, Karney oy la ltima splica de Pope antes de que su hermano lo venciera; entonces, las palabras se transformaron en grito, un grito que Karney esperaba no volver a or en su vida. Y despus, el silencio. La criatura no regres, por lo que Karney se sintio agradecido, a pesar de la curiosidad. Minutos mas tarde, cuando logr reunir energas suficientes como para salir del cementerio de coches la luz volva a brillar en el portn, como un faro para los extraviados-, encontr a Pope tirado boca abajo en la grava. Aunque hubie ra tenido fuerzas, una pequea fortuna no lo habra persuadido de darle la vuelta al cadaver. Le bastaba con ver cmo las manos del muerto haban cavado la tierra durante el tormento, y cmo las brillantes ristras de intestinos, antes tan prolijamente enrolladas en el abdomen, asomaban por debajo del cuerpo. El libro que Pope se haba tomado tanto trabajo en recuperar estaba a su lado.

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Karney se agach para recogerlo; la cabeza le daba vueltas. Era una pequea recompensa por la noche de horrores que babia soportado. En el futuro prximo se formulara preguntas que jamas podra contestar, acusaciones contra las que tena muy poca defensa. Pero a la luz de la farola del portn, not que aquellas pginas manchadas le recompensaban mucho ms de lo que haba imaginado. Copiados con letra meticulosa, y acompaados de diagramas complicados, all estaban los teoremas de la olvidada ciencia de Pope: los dibujos de nudos para asegurar el amor y ganar fama; lazos para dividir almas y unirlas; para hacer fortunas y nios; para causar la ruina del mundo. Despus de un breve examen, escal el portn y salt a la calle. A esa hora estaba desierta. En el lado opuesto, en el edificio piopiedad del ayuntamiento, haba varias luces; eran habitaciones donde los enfermos esperaban a que amaneciera. En vez de exigir ms a sus miembros exhaustos, Karney decidi esperar donde se encontraba hasta parar un coche que lo llevase adonde pudiera contar su historia. Tena mucho con qu entretenerse. Aunque le daba vueltas la cabeza y senta el cuerpo entumecido, en su interior vibraba una lucidez como jams haba experimentado. Lleg a los misterios contenidos en las pginas del libro prohibido de Pope como a un oasis. Bebiendo profusamente de aquellas pginas, ansiaba con rara excitacin el peregrinaje que le esperaba. Clive Barker : Naci en 1952 en la ciudad inglesa de Liverpool, cuna de los Beatles, fue a las mismas escuelas que John Lennon, y su ro stro de querubn tiene un extrao parecido con el de Paul McCartney. Termin sus estudios de filosofa en la universidad de Liverpool, y fue pintor y dramaturgo antes de empezar a escribir ficcin. Ahora se ha convertido en guionista de las pelculas inspiradas en algunas de sus obras. Este cuento fue tomado de la antologa Sangre. Al INDICE

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4. CUENTO MADE IN CUBA: HERMANO C"SMICO Juan Pablo Noroa Un da no pude resistirlo ms. Me levant de la cama y tom lo que tena ms a mano en la casa, que result ser una tubera de plomo. En contrar dnde usarla no sera difcil; tena grabado a fuego en la cabeza la distribucin de los altares shugs. Comenzara con el del callejn. Slo necesitaba bajar por la escalera de incendios para tropezarme con el maldito engendro. Lo pulveric. Casi rompo mi improvisada arma, pero tuve el placer de ver los cristales y las partes verdes desmenuzados en el suelo. Afortunadamente eran muy frgiles. No se haban preocupado por blindarlos o algo as, supongo que no encajara con su propaganda. Poda usar esa debilidad en mi ventaja. S, su estpido culto a la indefensin trabajara ahora para m; y haba mucha tarea por delante. Tanto como limpiar el mundo. Y no tendra ayuda ninguna. Estaba sola en mi cruzada, que lo era todo menos personal. Me echaba a la calle para salvar a la humanidad. Un ejrcito de una sola mujer contra el resto de su especie. Pues todos estaban paralizados de culpa y arrepentimiento, adormecidos de paz de espritu, y de algn incomprensible modo bobos de felicidad con todo aquello. Inermes como cachorrillos. Y no importa si en verdad no haba peligro y los shugs eran inofensivos y bienintencionados hermanos csmicos dedicados a nuestra redencin. Uno nunca debe estar inerme, ni por la mejor razn del mundo. Es un principio de supervivencia. Y la supervivencia es incuestionable. Fui en busca del siguiente altar. Lo haban puesto en la acera opuesta a la delegacin de Contratos bucket. Tenas de un lado la opcin de trabajar duro para patrones indeseables a cambio de transferencias tecnolgicas imprescindibles a la humanidad, y del otro, el paraso

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gratis al instante. Lo primero no involucraba mi alma. As que levant mi pieza de plomera, convertida ahora en una espada de purificacin forjada por el mismo Thor. Di el primer golpe. Se sinti mucho mejor que con el otro templo, cuya destruccin haba sido un tanto apresurada, como un estallido. Esta vez percib la miserable resistencia del artefacto. Capt una pulsacin tenue, dbil, apropiada en algo construido para refugio espiritual de pusilnimes de mente esculida. Alguien detuvo el arma cuando haca un arco sobre mi cabeza para el segundo golpe. En seco, cual si hubiese topado con una pared. Empuj instintivamente antes de pararme a considerar el hecho y no logr moverla ni un centmetro. Eso me hizo mirar hacia arriba y percatarme de la enorme y musculosa mano que retena el tubo. Segu con la vista el brazo grueso y pleno hasta el hombro, el cuello, el rostro... y casi me desmay de la impresin. Era David "Cosa rabiosa" Yelewitz, el mejor luchador profesional del mundo. No pude impedirme apartar mi mano derecha de la tubera y tocar su mueca. Este nuevo contacto, a pesar de ser ms suave y clido, superaba en reciedumbre al metal. El dueo de aquel antebrazo podra haberme colocado el cilindro de plomo como collar. —Qu haces, hermana? En persona su voz era mejor que en televisin. Una vibracin resonando justo bajo mi ombligo. La modulacin consegua suavizar los msculos abdominales y alertar los pectorales, el timbre abrillantaba mis ojos y humedeca mis labios. La voz de un hombre cien por cien. Tena que ser de los mos. En el cuadriltero era una masa ardiente de furor homicida. Los cnticos shug no podran con l. No podan ablandarlo. El destino haba escrito este encuentro para los dos ltimo s irreductibles. Tan slo reconocer las expectativas me abrumaba. —Y a ti que te importa?

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La historia de mi vida con los hombres. No puedo separar excitacin de exaltacin y eso me causa problemas para situar el tono justo a cada momento. Pero quera manejar bien a David. Sera grandioso si lograba sumarlo a la causa. Los dos haramos un gran equipo. Yo pondra cerebro y l msculo, y qu pedazo de msculo era. Se me aflojaban las piernas mientras mova la cabeza para poder abarcar bien la anchura de sus hombros. Haba que decir algo ms amigable. —O sea, quise decir, porqu me lo pregunt as? —Mi voz brot spera y rasposa. Se me haba secado la garganta, como por una sbita sed. —Porque si es lo que parece, te haces dao a ti misma. Nos haces dao a los dos, de hecho. Si es lo que parece, te pido que no lo hagas. Los contornos de los cosas se difuminaron y se doblaron sobre s mismos. Para no caer, tuve que apoyarme en mi tubera, como en un bastn. —T tambin? —fue lo nico que pude decir. —Hermana, ests hundida en el dolor equivocado —dijo David—. Yo lo estaba, y era un ser daino para m mismo y los dems. Pero la paz es posible, fuera del ciclo de herir y sufrir. Si conviertes el dolor propio que te enloquece en la comprensin del dolor ajeno que has causado, hallars la salida. Sus dedos se insinuaron en la zona bajo mi oreja y en mi nuca. Me sent enferma de repulsin. Un espasmo pulsaba atenazante desde mis rodillas a mis clavculas, clavando los ligamentos en las articulaciones. Lo super reaccionando con un glorioso ataque de furia. Tom mi preciosa tubera de plomo y la revole contra su flanco derecho, en uso de toda la fuerza de mi decepcin. —¡No me toques, mierda! – rug—. ¡Eres un mierda! ¡Te matar! l dio dos o tres vacilantes pasos hacia atrs, busc a su espalda un apoyo imposible, y

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termin con sus huesos en el suelo, exhalando un sordo quejido. Yo avanc hasta hacer mi tubera oscilar sobre sus rodillas y le machaqu una rtula a tiro. l se volvi a quejar. Ver a "Cosa Furiosa" gimiendo como una perrita faldera herida me hizo tan miserable que tuve que arrodillarme. Comenc a sollozar, temblorosa de ira. —Pasa algo, amigos? Voz femenina. No haba escuchado pasos de gente acercndose, pero all estaban. Dos hombres y dos mujeres. —Nada que no se pueda reparar —dijo David, tosiendo y jadeando—. La hermana se arrepiente. —Te hiri? —La mujer se inclin junto a David y le puso una mano sobre el hombro. Una mano clida, acariciante, suave. Maternal, protectora; un gesto tal que slo haba visto en madonnas de cuadros geniales. Esa tipa apenas lo conoca, por Dios. Mientras tanto, los tipos levantaban a David con una solicitud como de padre. —No ms de lo que se hiri a s misma con la propia accin — respondi David a la pregunta de la mujer—. Y no ms, debo reconocer, que lo que yo mismo he herido a otros inocentes. —¡Era un puetero espectculo! —grit—. ¡A ellos les pagaban! ¡A ti te pagaban! ¡Vivan de eso! ¡Y todos se divertan los jueves por la noche! Qu ms hay con eso, hijos de perra? Qu ms? —El dolor —replic David—. El dolor que me volva loco. Estaba furioso conmigo mismo y con todos, inestable, autodestructivo, intratable, insoportable, derrochador, engredo. Y ni siquiera lo supe hasta que me descubr a m mismo en un altar. Descubr cmo me hera a m mismo y a los dems. Cun manchado estaba, cun culpable. —¡Otra palabra ms de esa monserga y te mato como a un perro!— le advert.

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l sonri. Dulcemente, maldicin. Yo lo amenazaba de muerte y l me sonrea dulcemente. Y adems, habl. — No le temo tanto a la muerte. No es tan terrible como vivir en el dolor, o en el recuerdo del dolor. Me liberaras, si lo hicieras. Entonces la segunda mujer se interpuso entre el resto y yo. Instintivamente di un paso atrs y alc la tubera, ante lo cual ella hizo un gesto de encogimiento, cual un perro esperando una patada. Pero no se movi del lugar ni levant una mano para protegerse. Estaba dispuesta a recibir el golpe que fuese. Mas primero deseaba decirme algo. —Amiga —me dijo—. Qu te ocurre? Por qu cometes los mismos errores de antes? No has cambiado en nada? Los altares no te han hecho una mejor persona? —Nunca me he acercado a una de esas pilas de mierda. —Mis mandbulas estaban tan tensas que me costaba trabajo articular. No podra expresarme bien con palabras, de todas formas. Afirm la tubera en mi mano derecha y con la izquierda apart a la mujer. No quera ms entrometidos. Pero ellos se movieron rpido. En un segundo me dieron la vuelta y se situaron entre el altar shug y yo. Se abrazaron a aquel pilar c ilndrico de dos metros de altura como a una tabla de salvacin. Para m era algo obsceno, repugnante; un gigantesco pene con el cual los shugs sodomizaran a la especie humana. En cierto modo as era. Los regalos de tecnologa shug rompan la voluntad, su filosofa blandengue renda las agallas, su moral inerme cortaba los instintos vitales de lucha. Y en solo once meses la humanidad haba primero aceptado y despus asimilado todo aquello. Fcil y pronto, como si lo hubieran estado esperando, necesitando, buscando. Yo entenda que de inicio, apenas hecho el contacto, la gente tomara con agrado a los shugs. Quizs se debiera al efecto causado por contraste entre el angelical y generoso acerca miento shug de un la do, y el mercantilismo legalista buket, junto al distanciamiento desdeoso de las razas superiores de la

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Confederacin Galctica, por el otro. Pero, en tan poco tiempo, o en una eternidad siquiera, no conceba posible tanta entrega, tamao abandono de s mismo a ideas extraas, mucho ms cuando stas eran tan contrarias a la naturaleza propia. Levant el plomo a dos manos. Ellos, todos a la vez, me miraron a los ojos. No me detendran. Entre golpe y golpe les devolva la mirada, para hacrselo entender. Cuando termin, estaban mezclados con los pedazos de su querido altar. Tuve que apartarme hasta un hidrante para poder lavarme. — Te vi, perra. Vi lo que hacas. Salt como un conejo sorprendido y empu la tubera girando en guardia. Deb haberme volteado en el lugar dando un golpe de barrido. Lo hubiera desarmado. Demasiado tarde ya. El dueo de aquella voz tan desagradable estaba dos pasos ms all, y su expresin pareca ms letal que la pistola. —Perra. Suelta ese consolador de bruja. O te voy a dar ms plomo. En pldoras, y no precisamente anticonceptivas. Evalu la situacin. El tipo no era alto ni robusto, pero no lo necesitaba con una Beretta en la mano. Uno de esos individuos pequeos y nervudos, especialmente hechos para el calibre nueve milmetros, con pinta de seor del mal y ojillos de bull terrier. Dej caer la tubera a mis pies. Son profundo, como una piedra lanzada a un pozo en una pelcula de terror. —Patalo —mand el tipo—. Con el taln. Si intentas usar la punta del pie, te lo dejo romo. Balas huecas, si me entiendes. Hice lo que l me orden, tal como me lo dijo. Mi vida estaba en peligro y no era hora de cometer errores. —Quin eres? —pregunt—. Un polica? —Dije cada palabra despacio, claro y suave,

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como cuando se quiere calmar a un animal peligroso. —Polica? —El tipo me mostr varios colmillos. —No, no lo soy. Pero en el pasado he deseado tener uno de esos garrotes. Creo que voy a conseguirme uno. —Trabajas para los shugs? —¡Ja! Esa es buena, perra, esa es buena. No trabajo para ellos, no. Ellos trabajan para m. Me hacen mi negocio fcil. —Y ellos saben que tienen esta relacin de negocios contigo? —No te hagas la lista conmigo —dijo l con sarcasmo. — Ponte de cara a la pared, las manos a la espalda, juntas. Y separa las piernas. —No eres polica, pero actas como uno —dije mientras me colocaba en la posicin por l indicada—. Has tenido que ver con ellos. Cu l es tu negocio? Pareces un tipo duro. Quizs me interese hacer negocios contigo. —Vas a ser mi cliente, perra. —Hubo un sonido metlico, un contacto helado en mis muecas, y un clic aterrorizante. Estaba esposada. Inerme. El miedo me doli bajo el diafragma. —Tu cliente? Qu diablos eres t? —Soy un cabrn violador profesional. No temas, trabajo gratis. Tuve un momentneo desfallecimiento del cual me sac un brusco tirn aplicado a las esposas. Los shugs hacan su negocio fcil. No haba policas. Las vctimas no se defendan a muerte ni hacan denuncias. Todas lo perdonaban. Los shugs hacan su negocio fcil. He logrado no recordar demasiado los tres das que siguieron a mi encuentro con el desgraciado aquel. Quiero guardar memoria slo a partir del momento en que me dej

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abandonada en una esquina, rota y extenuada por su maltrato y mi resistencia, mas consciente y sin rendir. Permanec tirada durante aproximadamente veinte minutos. Cuando me encontraron yo no estaba en condiciones ni de expresarme con claridad. Fueron cuatro hombres, que me cargaron amorosamente hasta una gran plaza donde, para mi asco y deseo de morir, me esperaban un templo shug y una gran multitud de adoradores. Dando crculos alrededor del aparato, lo tocaban y acariciaban. Al hacerlo, parecan transportados a otras esferas por breves instantes. Trat de valerme e insultarlos de pie, pero no pude conseguir ningn movimiento y de mi boca slo escap un cuajarn de sangre. Y las lgrimas no vinieron tampoco a mis ojos. Justo entonces la multitud se apart para dejar entrar a alguien desde el otro lado de la plaza. Un ser de tres metros de alto, muy delgado de cuerpo y miembros, con una extraa cabeza de hipocampo. Del cuello al suelo lo cubra una tnica marrn. Era un aliengena shug. El shug se acerc a m, dando pasos cortos y majestuosos. Intent por ltima vez liberarme, y los brazos que me sostenan fueron suaves y firmes. Inevitable el contacto; el extraterrestre estir la mano y sus cuatro largos dedos rozaron mi frente. Al instante mi cuerpo empez a experimentar mejora. En cuanto estuve bien salt, y esa vez nadie hubiera podido impedrmelo. —A qu rayos me han trado aqu? —pregunt en el tono ms retador posible. —Hermana —habl el shug—. He odo hablar de ti, y de las cosas que haces. Destruyes lo que no conoces ni comprendes. Quisiera pedi rte que lo conozcas, y quizs, comprendas. La multitud se alej del altar, dejndome un camino abierto hasta el artefacto. —No tocar esa cosa inmunda —negu retrocediendo—. Ni por mi madre lo hara. El shug acerc su rostro al mo doblando su largo cuerpo en ese remedo de descendimiento,

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tan imponente desde una perspectiva inferior y cercana. —A qu le temes —pregunt con esa voz suave y clida de manipulador—. All slo te encontrars a ti misma. Te temes a ti misma? Cmo puedes vivir temindote a ti misma? — Yo no le tengo miedo a nada en el mundo. Los largos brazos del shug se arquearon girando hasta que las manos tocaron ambos lados de su cabeza. —Comprendo. Entonces es que no te aceptas como eres. Te niegas a conocerte a ti misma. Temes a lo que te pue da llevar el conocimiento de ti misma. —A lo que ms le temo ahora es a tener que soportarte hablando porquera durante una semana. Djame ir, o te vomitar la cara. Mi interlocutor se desliz los dedos por la cabeza. —No te entiendo. Si te entendiera, podra ayudarte. Si te entendieras, podras ayudarte. En realidad, todo es muy simple, aunque t lo hagas difcil. —Oh, maldicin, dame ac. —Me haba llevado al lmite de mi paciencia. —No me hables ms de “ti misma”. Te voy a mostrar “ti misma”. Puedo limpiarme el trasero con tu artefacto. Puedo tocarlo cuantas veces quiera y nunca me va a lavar el cerebro. Ves? —Y me atrev. Lo hice. Retarme es encontrarme. Me aferr al altar, le clav mis uas. —Puedo hacer hasta una danza de regazo sobre l — dije—. Qu diablos, puedo metrmelo completo, y ni as me va a hacer sentir nada. Cuando me golpe fue como el punto ms bajo del bungy. En menos de una centsima de segundo sent la misma afluencia de energa. Y lo que fue, Dios mo. Me lo recordaron todo, desde las miserias ms negras hasta los orgasmos mltiples. Me lo pusieron completo en la cara, a oler, palpar y saborear, y de algn modo tuve tiempo para todo aquello en la mitad de la centsima. Por supuesto eso me dej una insondable amargura que me hizo

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paladear durante la infinita segunda mitad. Despus, hubo como un remanso. Debi ser un respiro destinado a darme confianza, porque entonces comenzaron de verdad. Me mostraron cmo mis cosmticos se convertan en agona de animales de experimentacin, cmo mi cuenta en un restaurante se transmutaba en un buitre devorando a un nio africano semivivo de hambre; y las revistas que lea eran rboles descuartizados, el auto era un anciano muerto en una guerra por petrleo; y mis ropas deportivas contaminaban los ros y envenenaban a miles de millones de peces, el aeropuerto del que part para las Bermudas le cost el hogar a ni s cuntas aves; y mi marihuana y mi coca pagaron el transporte de ms coca para pudrir ms nios en mi ciudad, mis impuestos se fueron en armas y equipo del gobierno para amenazar a quien levantara la cabeza en cualquier lugar del mundo. Lo volvieron entonces como un boomerang contra m. Las agresiones sexuales, las fallidas y la cumplida, el stress citadino, la irritab ilidad y la intolerancia de mis congneres; las humillaciones infligidas por quienes se crean superiores a m, la avaricia y la ambicin ajenas desangrndome para usarme como escaln; los fumadores y los predadores de la noche forzndome a encerrarme en mi casa, los irresponsables atentando contra mi vida con choques, incendios, negligencias mdicas; todos los que tenan algn poder sobre m ejercindolo slo por el placer de hacerlo, todos en general obligndome a vivir a la defensiva, al acecho, con precauciones agotadoras y limitantes. Aun ms. Me pusieron frente a un espejo, y yo era tanto culpable de lo que era vctima como vctima de lo que era culpable. Yo lo haca todo y lo sufra todo. No terminaron. Tuve que comprender que era as, exactamente as, para todos los dems que alguna vez haban tocado un altar shug. Nadie me lo dijo; lo sent. Lo sent durante mucho, mucho tiempo.

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Tambin sus deseos de escapar, de liberarse, de salir. Y la conclusin final: tenan que cerrar el ciclo y cortar el vuelo del boomerang. De cualquier manera. —Lo que has tenido es una comunin de experiencias. —El shug segua inclinado frente a m. El altar estaba tambin all y la multitud. No haba pasado una eternidad suficiente para disolverlos. Haban sido, supongo, algunos minutos. —Una comunin contigo misma, y con todos los dems que han pasado por esa experiencia —continu el shug—. Te servir para comprenderte a ti misma y a tus hermanos. Te servir para juzgarte. Separ lentamente mis manos del altar. Las llev a los costados de mi pantaln y me las restregu con minuciosidad. Di un paso atr s. —Me sirve a m, claro, pero no a ti. —Cmo? —inquiri el shug, agitando cmicamente los dedos—. No entiendo. —Me acabo de dar cuenta de que aun paleando mierda, sigo adelante. Soy una locomotora de supervivencia. —Pero qu tiene que ver eso con...? —Con juzgarme? Nada. No me voy a juzgar. —Quise decir, no entiendo cmo has extrado esa arrogancia de tu experiencia. —Yo arrogante? Soy tan humilde como una cucaracha. Las cucarachas no tienen la pretensin de juzgarse a s mismas. —Eres un ser enfermo, y me temo que ests fuera de redencin. —No necesito redencin. Yo estoy orgullosa de m misma. —Orgullosa de qu, pobre criatura? De tu miseria? —Soy condenadamente maravillosa slo por existir. Comparado con eso, lo dems no vale la pena. —Eres un ser enfermo ms all de toda redencin —insisti el shug.

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—Y un demonio, enferma. Tengo la fuerza suficiente para lidiar con todo lo que me restregaste con el altar y seguir viva sin salir chillando y corriendo. Adems, que hay mierda en la cloaca, y que sala de m, siempre lo supe. No me dijiste nada nuevo. —Esa actitud de autocomplacencia estaba llevando a toda tu especie a la destruccin, junto con el planeta. Pero aun estn a tiempo de salvarse, si se detienen y juzgan su proceder. —Vive y deja morir, hermano csmico. Sal de delante de mi cara. De hecho, he hablado de ms contigo. Juzga esto. —Y con la ltima frase levant el pie y lo dej caer furiosamente contra el altar. Tuve que repetir lo tres o cuatro veces antes de lograr algn dao serio, pero cada vez me sala ms fuerte y ms inspirado el golpe. Despedac ste sin mi preciosa tubera de plomo, con el doble de esfuerzo pero con cuatro veces el placer. De repente, un ramalazo de luz cegadora me separ del shug, y me sent lanzada hacia atrs como si hubiera chocado contra m un colchn de agua a cien por hora. Lo nico en que pude pensar fue que finalmente los shugs se haban decidido a ponerse desagradables conmigo. Creo que qued inconsciente por muy poco tiempo, quizs gracias a que aun tena el efecto del toque del shug. Cuando recuper la vista y toda la conciencia vi una silueta conocida slo por noticieros. Una gran rana rastafari con postura y tamao de simio. Un bucket, de espaldas a m. —Debo, sin dejar nada por dentro, decirte, Uguzda, que estoy muy decepcionado — comenz el bucket sin ms prembulo—. Porque eres Uguzda, no? Con ustedes los shugs sufro confusiones enervantes. Todos se me parecen a un filamento anal de bufu lacustre y nunca s a cul en particular me estoy dirigiendo. El filamento anal de bufu lacustre en partic ular emiti una serie de chasquidos y pitidos.

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—Comprender las tonteras que me digas en cualquier idioma de la galaxia —lo interrumpi el bucket—. Pero me conviene que hables en la lengua de este necesitado auditorio. Por lo tanto, as lo hars, Uguzda-adima-mebidogada. El shug se qued increblemente quieto. —A que has venido? — Al hablar pareca una estatua parlante. —Es necesaria tu presencia aqu? En qu puedes beneficiar a las pobres gentes de este planeta? —El sentido comn debera ser la base sobre la cual yo podra construir en tu crneo el slido convencimiento de que no he recurrido a esta azarosa tecnologa de Deus ex machina, como aqu dicen, con un objetivo diferente al de proteger nuestra reserva laboral. Y me molesta sobremanera que individuos en claras circunstancias de sometimiento intenten arremolinar la situacin manipulando el dilogo. Si persistes, evidenciar mi nimo. —Las amenazas no pueden ahuyentar a la verdad —contest Uguzda—. Ella persiste en mis corazones. Tambin en el de cada una de las vctimas que componen tu reserva laboral. Con un gil salto el bucket llev su rostro a la misma altura que el del shug y le dio una bofetada. El shug se dobl hacia la derecha casi en ngulo recto. Entonces escuch un tremendo clamor. La mu ltitud acuda a salvar a su amado lder espiritual. Me espant. Simplemente caminaran sobre el bucket y yo para alcanzar a Uguzda y envolverlo en un abrazo protector. Pero ni siquiera se acercaron. Apenas entraban a un rea de seis metros de radio alrededor del bucket, caan achicharrados, y a cualquier distancia menor slo llegaban cenizas. Venan y venan, y as mismo se amontonaban como carbn en polvo. No paraban de morir, porque si alguno gritaba o intentaba detenerse ante la zona de muerte, los de atrs lo empujaban.

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—Cuando mil de ellos hayan muerto... —declar el bucket—... se acumular el equivalente necesario para justificar una represalia contra el instigador. Y no seas mrtir compulsivo, pues carezco del generoso impulso de permitrtelo. El shug grit, abriendo los brazos: —¡No ms! ¡No avancen ms, no pueden asistirme! ¡No hagan que l me reproche con razn vuestras muertes! —Y la multitud se detuvo en seco, perdiendo todo impulso en un segundo. Por alguna razn esto molest al bucket hasta el punto de hacerlo volver a proporcionar evidencia de su nimo. Otra bofetada y las siguientes palabras. —T simplemente te arrastrars como un animal faldero y pedirs mucho perdn por haber sido malo. Est claro? Empezaba a gustarme la rana rastafari. —Voy a narrar los acontecimientos de un ao terrestre a esta parte, tal cual los he presenciado —dijo el bucket despus de volverse hacia la multitud. —Yo, un humilde empleado de la Compaa de Contratos con la Tierra, y servidor de ustedes, me dirijo una vez ms a este hermoso y prometedor planeta, pues segn los trminos acordados es la fecha de recoger a los nuevos trabajadores de brazo hbil y mente despierta, y vengo esperando que la hornada sea tan satisfactoria como en anteriores ocasiones. En mi corazn traigo a Paduga III y IV, dos mundos nuevos pletricos de recursos y con prospectos apasionantes e inversiones slidas en marcha. Vislumbro cuantiosos dividendos que acrecentarn la prosperidad general de la galaxia. Pero qu me tropiezo en mi largo camino de la casa matriz a aqu? —pregunt el bucket volvindose al shug—. A los habitantes de Sigaufa II convertidos en vegetales vivientes. Los sigaufas, esa especie tan prometedora por su inteligencia y vitalidad, a la cual estudiamos peridicamente con discrecin y pensbamos contactar para Contrato dentro de diez o doce generaciones. En

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estos momentos consumen casi todo su tiempo en preguntarse si quieren seguir existiendo o no. Han paralizado su desarrollo, su tecnologa, la expansin por su sistema solar, sus investigaciones; no avanzan en absoluto, porque no logran decidir si es tico. Slo estas generalidades llegaron a mi conocimiento, pues como no me estaba permitido arriesgar un Contacto, me march sin investigar otra cosa sino sus escasas comunicaciones radiofnicas. —Ahora enfrent a la gente de nuevo. —Me preocup seriamente. Entonces record a los dolomf, otra especie racional de las cercanas, ms o menos en el mismo status de los sigaufas, y los visit. Al parecer fueron ms su sceptibles: haban cometido suicidio general. Nadie vivo en Dolomf. Abrumado por graves presentimientos, apresur mi paso sin ms. Y qu me tropiezo ahora, que me lo explica todo? ¡Escoria shug! —En este punto comenz a proferir gorgoteos y burbujeos ininteligibles mientras daba saltitos irregulares. No resultaba nada gracioso, pues lo haca dispersando los restos carbonizados de seres humanos. —Pero creo que tienes al menos esta situacin bajo control. — Cre oportuno intervenir para calmar al bucket. Si bien su fama de pacficos era amplia, tampoco dejaba de ser cierto que nunca, nunca, se haba visto a un bucket perd er la compostura, y en esa actitud del todo nueva, su comportamiento se haca impredecible. —El truco ese de fuego desde el cielo, por ejemplo. Wao. El bucket detuvo sus saltos y expresiones. —El concepto del sistema de armamento es por completo humano —me dijo, voltendose para verme de frente. —Slo lo implementamos tecnolgicamente. Se acerc a m y me estudi de cerca. —T eres el ltimo individuo que entr en contacto con el canalizador. Justo antes de intervenir le los datos que envi a la nave madre shug. Ya veo, ya. Es curioso que prcticamente la nica resistencia al adoctrinamiento haya venido de alguien tan poco recomendable squicamente como t.

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—Hago mi mejor esfuerzo. —Y el mejor esfuerzo de tu especie no ha provenido de una perspectiva racional y equilibrada, sino todo lo contrario. Es imprescindible un estudio profundo de las implicaciones. De cualquier manera... —y se dirigi a la atnita y expectante gente—... pronto descubrirn que la tecnologa shug es con mucho inferior a la nuestra, adems de incompatible por completo. Mientras mejor se recuperen de esta soberana tontera, mejor para todos. Esto es especialmente necesario estando el balance de crdito a nuestro favor; no toleraremos incumplimientos de Contrato. En cuanto a ti, Uguzda... —la voz se le torn en extremo desagradable—. Sabes que la frase “genocidio preventivo” revolotea como una brisa entre los asientos de los Diputados de la Confederacin Galctica cada vez que el problema shug es trado a colacin? Por qu crean tantas dificultades, Uguzda, que han acabado todas las paciencias? El shug llev los brazos hacia arriba y los onde lenta y suavemente. —Slo anhelamos extender el conocimiento que a tan duro precio hemos... —Uguzda, en realidad ustedes slo desean decirle a razas inferiores lo que tienen que hacer —corrigi el buket—. Yo s, claro que lo s, que ustedes se creen toda la patraa autodestructiva y automortificante que han elaborado, pero han amenazado la supervivencia de especies enteras, y al menos en un caso con consecuencias fatales. T y los que te acompaan en esa nave vendrn conmigo a la Dependencia de la Confederacin ms prxima, y conocern el rigor de un proceso real. Ahora t y tus compaeros tienen dos opciones. O vienen conmigo en mi nave, prisioneros, y ser con tanta dignidad como no merecen, o eligen permanecer en este planeta, bajo rebelda. Si eligen la rebelda, el peso de la justicia caer con lastres sobre tu especie completa. Uguzda no dijo una palabra, ni se movi un pice. La multitud s comenz a agitarse y

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removerse, en medio de resonantes murmullos. Todos buscaban mejor visin, y en cuanto la conseguan, la comentaban a los otros. Su fe su ltima y preciosa fe, estaba en juego. Yo esper en vilo la decisin del shug durante seis duros minutos, imaginando las ms atroces consecuencias para la humanidad en caso de una negativa. Castigos, acciones policiales, quizs una guerra, que inevitablemente nos involucrara. Uguzda dio un paso, un largo paso, hasta el bucket, y ambos aliengenas desaparecieron bajo una luz cegadora. Qued solo el crculo de cenizas humanas. La gente comenz a abandonar la plaza. Busqu la mirada de alguno, para mostrar mi expresin de triunfo. Sera cruel, pues lucan demasiado destruidos por dentro. Pero era imprescindible. Nadie me permiti sus ojos. Entonces salt y atrap por los hombros a la persona ms prxima, una rubia delgada y alta. La gir y la enfrent con mi victoria. —Entiendes lo que acaba de ocurrir? —la interrogu. Ella quiso desasirse, escapar—. Entiendes lo que acaba de ocurrir? —repet implacablemente. Y sucedi un milagro. Un puo se form en su derecha, y me golpe. Y otro en su izquierda, y tambin me golpe. Y una y otra vez, sin parar, con ambas manos cargadas de furia. Me derrib, me pate en el suelo, se lanz sobre m para machacar mi crneo; podra incluso haberme matado. Por m estaba bien. Los mejores deseos de vivir slo renacen mezclados con unos equivalentes de matar. Cuando empez a llorar, juzgu llegado el mome nto. La noque, me libr de ella, e invert la situacin. —Entiendes lo que acaba de oc urrir? —rug, borboteando sangre por segunda vez en media hora.

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Las lgrimas le impidieron responderme. Mientras tanto, cuantos quedaban cerca nos miraban sin intervenir. —Repite conmigo —le exig a la rubia—. Repite conmigo. No puedo considerar nada superior a mi propia existencia de ser racional. No siento ningn temor ni dolor mayor que dejar, un da, de pensar siendo yo misma. La vida inteligente es uno de los pocos valores absolutos del universo, y sobre esto aseguro que los conceptos del bien y del mal no lo son. Repite conmigo. Y los espectadores comenzaron a decir estas palabras, y los prximos a ellos despus, y aquellos ms atrs tambin, hasta llegar, supongo, a todas partes. A todos los lugares adonde haban llegado los hermanos csmicos. FIN Juan Pablo Noroa(1973): Graduado de Letras en la Universidad de la Habana ha sido incluido en la antologa Reino Eterno, Letras cubanas 1999. Fue antologador de Secretos del Futuro, Sed de belleza, 2005. Es un activo colaborador de sitios web del gnero tales como Axxn y Guaicn. La mayor parte de su obra se encuentra indita. Al INDICE

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Science fiction, Latin American
v Periodicals
Science fiction
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