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Disparo en Red

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Material Information

Title:
Disparo en Red
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Disparo En Red
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - D42-00030-n29-2007-01
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System ID:
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HOY: 31 de ENERO del 2007 DISPARO EN RED: Boletn electrnico de ciencia-ficcin y fantasa. De frecuencia mensual y totalmente gratis. Para descargar disparos anteriores: http://www.esquina13.co.nr ----El sitio web del Fantstico Cubano http://www.cubaliteraria. cu/guaican/index.html

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Editores: Darthmota. Jartower. Colaboradores: Taller de Creacin ESPIRAL de ciencia ficcin y fantasa. espiral@centro-onelio.cult.cu espiralgrupo@yahoo.es Proyecto de Arte Fantstico Onrica. oniricacuba@yahoo.es Anabel Enrquez Pieiro Istvn Bent Yoss Juan Pablo Noroa Miguel Bonera Miranda Ral Aguiar Jorge Enrique Lage Coghan Vctor Hugo Prez Gallo Portada: Future Folk. Universo: Elf Quest.

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0. CONTENIDOS: 1. La frase de hoy : Orson Scot Card. 2. Artculo : La raza maldita o imposible?, Yoss 3. Cuento clsico : Cmo se desangran los expoliadores, Clive Barker. 4. Cuento made in Cuba: Invitacin, Juan Pablo Noroa 5. Cuento Clsico Corto : Los grandes descubrimientos perdidos I, II y III, Fredric Brown. 6. Las cosas que vendrn (…y que pasan) 7. Cmo contactarnos?

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1. LA FRASE DE HOY: Los ms desagradable de los seres humanos es que no experimentan metamorfosis. Tu gente y la ma nacen como larvas, pero nos transformamos en algo superior antes de reproducirnos. Los seres humanos son larvas toda la vida. Orson Scot Card. Ender, el Xenocida. Al INDICE

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ARTICULO: LA RAZA MALDITA O IMPOSIBLE? Por Yoss Para Ana y Andrea, que adoriodian a los orcos. En la Santsima Trinidad de El Hobbit, El Seor de los Anillos y El Silmarillion que compone el universo tolkineano, la lucha del bien contra el mal, de la luz contra las tinieblas, es el motivo de fondo. El tiempo puede pasar, y de la Edad de los Primeros Nacidos, los aristocrticos, hermosos e inmortales elfos, se pasa a la de los Hombres. Los antagonista pueden cambiar: un archimalo, Morgoth, cede su trono oscuro a un malo-no-tanpoderoso-pero-ms-astuto, Sauron, contra cuyas maquinaciones deben luchar primero elfos y enanos, y luego los humanos. Pero hay un enemigo que hasta el final se mantiene. No es la inmensa y venenosa Ungoliath, ni su an peligrosa pero relativamente diminuta descendiente Ella-La-Araa. No es Ancalagon el Negro ni Smaug ni ninguno de los terribles dragones, sino seres mucho menos poderosos que, mil veces vencidos aunque nunca definitivamente exterminados, se mantienen dando guerra hasta el final. Por supuesto, se trata de los orcos. Si superaraas y dragones vendran ser algo as como los campeones del mal, los orcos son los soldados de lnea de las tinieblas, la carne de can oscura, el material gastable, las piezas sacrificables. Poca memoria queda de los nombres de los caudillos orcos, si es que los hubo. Poco o nada dej escrito el propio Tolkien sobre la vida cotidiana de los miembros de esta raza, que solo parecen existir por y para la guerra. Sus orgenes tampoco resultan muy claros. En el Silmarillion se insina vagamente que, tal como los fortsimos y estpidos trolls son una corrupcin maligna de la fortaleza de los ents, los pr imeros orcos surgieron a partir de cautivos elfos torturados hasta la locura en las mazmorras del Seor Oscuro, y probablemente tambin corrompidos por su negra magia. Cualquiera se preguntara: si se dispone de poder taumatrgico suficiente para operar la metamorfosis para qu sirven entonces los tormentos? Por mucho

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que se torture a un lobo nunca se obtendr un perro, sino apenas un lobo loco, magullado y desesperado. Y es que los orcos no son ni mucho menos los siervos ideales del mal. No son creaciones que se enorgullezcan de su propia oscuridad, como los dragones, o depredadores cuya tica egosta los impulse solo ocasionalmente a luchar del lado de las tinieblas, como las araas. Caricaturas torturadas del esplendor lfico, raza maldita desde su aparicin, esclavos pervertidos por, para y de su creador, los orcos viven una eterna crisis de autoestima: se odian y desprecian a s mismos y odian a todas las razas de la Tierra Media… pero especialmente a los elfos porque su existencia les recuerda lo que ellos un da fueron. Su peor pecado, su crimen no es la cada, sino su aceptacin de tal ignominia en vez de buscar la redencin. En vez de morir de vergenza por ser lo que son, los siervos del mal solo tratan de despojar a otros de su condicin. Al precio que sea. No les importa quedar tuertos para dejar ciegos a otros. Su psicologa es la del outsider el forastero, el solitario, el fuera de la ley, el marginal. Se encuentran horribles y quisieran destruir a todos los que les recuerdan su fealdad. Podran ser los soldados perfectos, porque su odio es tan terrible que los hace despreciar la muerte. Pero no es solo la rabia lo que hace a un buen combatiente. Se necesita luchar por algo y no solo contra algo para poder alcanzar la victoria. En cambio, los orcos no tienen aspiraciones propias de grandeza o encumbramiento. Ni iniciativa. Dejados a su aire, se esconderan del sol en oscuras grietas, comiendo alimaas blancuzcas y ciegas1. O al mximo emprenderan depredaciones aisladas y torpes contra los asentamientos de humanos, elfos y enanos, incursiones que terminaran por ser su ruina, cuando los esfuerzos aunados de varios guerreros, cazadores o campesinos indignados lograran sobreponerse al asco y temor que inspiran su figura deforme, y se atrevieran a desafiar su fuerza y ferocidad. 1(Como Gollum)

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No es casualidad que este sea el rol reservado por los cuentos tradicionales a los ogros2: depredadores terribles, pero aislados del mundo que los considera engendros, mundo al que depredan desde los mrgenes sin atreverse a socavar sus mismas bases. Solo en la obra de Tolkien los ogros se renen en ejrcitos e intentan derrocar la hegemona del bien, la normalidad y la luz. Pero no lo hacen por propia decisin; ya hemos visto que el odio no basta para generar iniciativas. Es el miedo el que los hace luchar. No el miedo a la luz, a las antorchas o el acero de los “normales”, sino el miedo a algo ms oscuro y terrible que ellos mismos: el Seor Oscuro, el mal hecho carne… o al menos Ojo. La vida lejos de la luz, despreciados por todos, obligados a asistir a la grandeza de sus antiguos parientes, puede ser horrible, pero hay algo ms horrible todava esperando en las mazmorras a los que desobedezcan y no la afronten. Nacidos en la tortura y el terror, el pnico al Gran Torturador es la nica fuerza capaz de hacerlos olvidar sus recelos ancestrales y colaborar en una empresa conjunta… y mejor an, esta es diseminar la muerte y la destruccin entre los normales que los desprecian y odian. Donde hay un ltigo, hay un camino, y si es de sangre, hierro y fuego, mejor. La historia humana ensea que los es clavos aterrados nunca fueron buen material de ejrcitos. O se les usaba como “tropas auxiliares”3. O si eran realmente fieros y competentes guerreros, se les converta en cuerpo de lite, especie de siervoseores, cautivos pero con privilegios. Aunque por qu obedecer las rdenes de un seor en vez de mandar uno mismo? por qu no rebelarse y hacer la guerra por cuenta propia?4. Pero no hay rebelin posible contra el Gran Rebelde, el Angel Cado, el Opositor de Iluvatar, el Valaar Renegado. Ni tampoco contra su sucesor, Sauron. Estos son poderes de otra liga. Simples elfos transfigurados en orcos estn fuera de 2 (En italiano, la palabra para “ogro” es precisamente “orco” ) 3 (Interesante eufemismo para expresar que se les enviaba adelante a que el enemigo se cansara masacrndolos) 4 (Como hicieron los mamelucos, que de esclavos en la guardia del sultn de Egipto pasaron a ser sus amos hasta que los destron Napolen)

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peso en esta contienda. La pelea sera de mono amarrado contra len. No se rebelan los ratones contra el rey de la selva, ni an siendo cientos. Pero una manada de ratas puede ser un arma terrible en manos astutas e inescrupulosas. Los orcos, siempre pelendose entre s, a duras penas capaces de colaborar, que solo respetan la fuerza, son la hoja oxidada y carcomida, pero terrible de todas maneras, que esgrime el Seor Oscuro contra la Tierra Media. No es un chantaje ni una amenaza. No es un “rndanse o sufrirn el ataque de mis huestes”. El ataque es tan inevitable como la picadura del escorpin. Y no es tampoco este un ejrcito invasor; una tropa que conquista procura ganarse de algn modo al menos el respeto, si no la simpata de los pueblos que vence, porque necesita reinar sobre los nuevos territorios y nadie quiere gobernar un desierto arrasado. A cambio de sometimiento, el contrato no escrito es que los nuevos amos ofrezcan supervivencia y un mejor gobierno5. Pero Sauron no ofrece alternativas reales, no hay que creer en las engaosas palabras que brotan de la boca untuosa de sus heraldos. Es la muerte o la muerte, la destruccin o la destruccin. Ni siquiera sus colaboradores estn seguros; el mismo orgulloso Saruman descubre demasiado tarde que no es un aliado en igualdad de derecho, sino solo un subordinad o ms, otro pen sacrificable. El Seor Oscuro y por extensin sus fieles6 orcos no quieren gobernar a los habitantes de Arda tal como son. Quieren borrarlos, para regir una tierra habitada solo por sus corruptas creaciones. El ejrcito orco no quiere prisioneros, no acepta rendiciones, solo busca la destruccin tota l. Es una legin de exterminio, una horda destructora como no lo fueron las peores incursiones de los caribes o los vikingos ni las columnas del fiero Timurleng devorando Asia, como apenas si se atrevieron a serlo las divisiones de la Wrm acht nazi conquistando Europa. Y, aunque el miedo a su terrible y astuto comandante sea su mayor taln de Aquiles, son de todos modos un ejrcito temible. Su fuerza es que no tienen retaguardia que proteger ni a la que regresar victoriosos o vencidos. No son los hijos escogidos de un pueblo que marchan al frente dejando atrs mujeres, padres e hijos vulnerables. Es un pueblo-ejrcito, la gu erra total convertida en nacin, una cultura 5 (As actuaban los persas, los romanos, los mongoles y todo conquistador con dos dedos de frente)

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sin civiles no combatientes. Un orco pacfico es tan inconcebible como un elfo humilde o un hobbit frugal. Todos y siempre van armados, la armadura es para ellos como una segunda piel, luchar un lenguaje que dominan con mucha ms maestra que la propia y rspida Lengua Negra. La batalla es lo que los define y esclaviza. Se podra decir que desde pequeos llevan armas, que aprenden a combatir antes de gatear… si no fuera porque nunca habla Tolkien de cachorros orcos. Ni de hembras, ni siquiera con la elptica referencia a las enanas “que son pocas y no se distinguen mucho, porque tambin tienen barbas”. Y es ah donde cualquier antroplogo se llevara las manos a la cabeza y aullara: “¡imposible!; un puebloejrcito formado solo por varones es un callejn sin salida demogrfico” En efecto, la historia humana conoce sociedades guerreras similares, formadas solo por varones en edad beligerante, como los Soldados Perros de los cheyennes americanos o las rdenes caballerescas medievales, como Templarios y Teutones… pero aunque muchas poseyeran un rgido y excluyente espritu d casta elegida, todos eran hijos de mujer y sus filas se alimentaban de las de la cultura o etnia a la que pertenecan. Cmo se autoperpeta una raza sin hembras? Por generacin espontnea? An suponiendo que los orcos hayan conservado, si no la inmortalidad de los elfos que fueron, al menos su larga vida, su misma razn de ser es ser carne de can. Y si mueren a racimos bajo las armas de los ejrcitos de la luz… cmo podran las hordas negras reponer sus efectivos? Acaso eran tantos en un principio que todava al final de la Tercera Edad quedaban suficientes como para formar ejrcitos? No, porque con todas las bajas sufridas batallas tras batalla habra que suponer que el contingente inicial era tan numeroso que los defensores del orden de Arda habran perecido arrollados por la simple fuerza de su nmero. Y si algunos hubiesen esperado dormidos, como reservas, tal y como Iluvatar hizo dormir a los siete primeros enanos para que no arrebataran a sus predilectos elfos el honor de ser los Primeros Nacidos? Tampoco parece muy probable Es que tan malos guerreros eran los elfos que Morgoth pudo atrapar vivos 6 (¡Qu remedio no les quedaba sino serlo!)

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a tantos en los das de su esplendor? O sera que por cada elfo torturado surgan dos orcos? Otra teora, planteada por el fan noruego Bjrn Noberg, que toda hembra lfica o humana violada por un orco luego solo para orcos resulta un poco trada por los pelos… y recuerda sospechosamente lo que ocurra con los brbaros rogshkoi en la novela de ciencia ficcin Los valerosos hombres libres segundo tomo de la Triloga del Anomo del imaginativo Jack Vance. Adems de ser genticamente alambicada7 me cuesta imaginar al remilgado profesor siquiera pensando en violaciones masivas como sistema de reproduccin de sus ejrcitos malignos: las damiselas humanas o lficas de su saga temen ser vejadas, golpeadas o devoradas por los orcos… pero raro, no? nunca les preocupa ser violadas. Puritanismo victoriano… o ser que entre las cosas que perdieron los elfos prisioneros durante la tortura no estaba solo la belleza sino tambin la sexualidad y sus atributos corporales? Porque tampoco se insina siquiera un homosexualismo de casta militar, como el que exista entre los hoplitas griegos o los samurais del Japn Feudal. Simplemente no pensaban en eso y ya. El surgimiento de los Uruk-hi, tal vez por ser ms reciente, est, en cambio, bien claro: el renegado Maia los crea con conjuros a partir de la tierra, la sangre humana, la piedra y alguna cosita ms. Son una raza superior de orcos, mestizos de hombre, ms fuertes, ms altos, ms astuto s, y sobre todo, que no temen a la luz. Vigor hbrido? O el equivalente del famoso herrenvolk los superhombres arios de los nazis?8 Soldados surgidos ya adultos de la tierra como Palas Atenea de la frente de Zeus. Entonces resulta que s se trata de generacin espontnea, y aunque el serio antroplogo fruncira el ceo, no cabe duda que, desde el punto de vista puramente logstico, un ejrcito cuyas fila s se nutren de lo inanimado9 tendra asegurada una 7 (Y de que la obra de Vance es muy posterior) 8 (Muchos paralelismos han sealado los estudiosos de izquierda entre las letales hordas hitlerianas y los salvajes ejrcitos oscuros de Sauron… aunque tambin entre los aristocrticos, superiores y rubios -aunque no siempreelfos y los “arios puros” made in Deutschland, as que todava se discute la filiacin poltica de Tolkien y su obra con el mismo encono que la de Robert Heinlein. Como si a algn fan le importara mucho…) 9 (Como los guerreros nacidos de dientes de dragn contra los que combate Jasn en su gesta por el Vellocino de Oro)

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reposicin prcticamente inagotable de fuerzas. Al menos mientras los poderes taumatrgicos de sus lderes no se debiliten. Uno de los recursos argumentales que distinguen a la ciencia ficcin es, partiendo de una premisa irreal, desarrollar luego lgicamente el universo que resultara. Y aunque Tolkien ni escriba ni tena en muy alta estima al gnero, es factible suponer que us el mismo mtodo para esbozar la “sociedad” de sus orcos. Tomando como base el limitado concepto inicial de que ni nacen de vientre ni crecen ni aoran el sexo, modul una cultura mutilada, pero fascinante y riqusima en su retorcimiento. En la Tierra Media no hay mucha religin: los dioses son reales y poderosos: para qu ocuparse de rendirles cultos? Los elfos, por ejemplo, inmortales, orgullosos y cercanos a los Valaa, son virtuales semidioses admirados, pero no adorados por algunas otras razas. Los orcos no tienen nada parecido a un culto porque su cultura es de algn modo una teocracia. Su Seor Oscuro, a la vez PadreCreador Comandante en Jefe y Supremo Ejecutor, fue un ente sobrenatural que se rebel10 contra la hegemona de Iluvatar, generador de Arda con su cancin, negando su saber absoluto y su omnipotencia. No son supersticiosos tampoco, porque las magias a las que temen son perfectamente reales, y de su pasado lfico heredaron una especie de sexto sentido que les avisa cuando las cosas “huelen raro” y que su paranoia de eternos objetos del odio general incrementa ms an. En cuanto a magia… con astuta prudencia, el General Oscuro no puso en manos de los que creara con la tortura poderes similares a los de los Nazgul, por ejemplo. Si los reyes humanos portadores de anillos de poder cayeron hacia la penumbra llevados por su propia ambicin y son por eso los ms fieles servidores del Dueo del Anillo Unico, a los elfos cautivos nadie les pregunt si queran ser degradados a orcos… as que mejor no arriesgarse a que la historia de los mamelucos pasando de esclavos a dueos se repitiera en la Tierra Media. Sobre todo considerando que lo que hace superior a Sauron no es su fuerza fsica ¡en El Seor de los Anillos ni siquiera tiene cuerpo! sino su astucia malvola y sobre todo su condicin de Gran Nigromante ante el que incluso el poderoso 10 (Y cualquier semejanza con el non servam de Luzbel no es pura concidencia)

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Saruman se reconoce segundo y al que el mismo Gandalf se sabe incapaz de derrotar frente a frente. Entregar voluntariamente parte de ese enorme poder a esclavos tiles, estpidos y temerosos, pero siempre resentidos y por ellos peligrosos, sera tonto. Y Sauron tena muchos defectos, pero no el de ser escaso de entendederas. Pero qu cultura puede tener un pueblo sin hembras, sin sexo, sin voluntad, sin futuro? Una puramente utilitaria, por supuesto. Qu necesita un pueblo-ejrcito? Armas y armaduras para destruir a sus enemigos, comida y bebida que les den energas para hacerlo, una medicina especializada en curaciones de urgencia sobre el campo de batalla para cuando las cosas van mal, y poco ms. Tolkien, al describir las armas y corazas orcas, dice que no eran hermosas, pero s efectivas y concebidas para infundir temor, as que al menos se les puede conceder cierta retorcida habilidad para la herrera. Aunque primitiva y limitada: no debieron ser muy expertos en aleaciones, porque el mithril lfico les causaba admiracin y rabiosa envidia. Adems, la frecuente mencin de xido recubriendo su armamento y de espadas y lanzas rotas y cascos y escudos abollados en plena refriega traiciona que el templado tampoco era su fuerte. Se tratara acaso de armas de hierro puro, en contraste con los resistentes aceros de enanos, humanos y elfos? Parecen haber posedo tambin cierta s aptitudes rudimentarias para la decoracin: cabe suponer que el ojo de Sauron o la mano blanca de Saruman que usaban como distintivo en sus uniformes no se los bordara, cosera o pintara el mismo Seor Oscuro ni el traicionero mago blanco luego devenido multicolor. El que mientras los ejrcitos lficos y humanos marchaban al combate con rutilantes armaduras y abigarradas sobrevestes los orcos, tropa nocturna por excelencia11 se ataviaran de negro, indica que tal vez la militarmente hablando muy avanzada nocin del camuflaje no les era del todo ajena o quizs su vista habituada a la penumbra habra perdido la se nsibilidad a los colores? Sus cascos rematados por pas o cornamentas de animales dicen bien claro que buscaban un efecto psicolgico de terror. No se lucha tan bien cuando el miedo 11 (O hasta que llegaron los Uruk-hi)

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paraliza los miembros. Y como en varias ocasiones Tolkien hace hincapi en lo irregular del aspecto de las huestes orcas, cabe suponer que las armas, armaduras y decoraciones de cada orco eran dejadas a su propia iniciati va… detalle por otra parte muy acorde con su feroz individualismo. En cuanto a comida, no deban ser muy remilgados. Un ejrcito sin retaguardia, como sabe cualquiera con nociones elementales de estrategia, es un depredador por necesidad. Obligado a subsistir forrajeando las zonas que arrasa no puede estar formado por gourmets sino por omnvoros pragmticos que no le haran ascos a la carroa, a la carne de sus enemigos derrotados… o hasta a la de sus congneres con menos suerte en combate. Un ejrcito tan adaptable gastronmicamente hablando que es capaz de devorar lo mismo a sus propios muertos que a los del enemigo no necesita cargar muchas vituallas en una contienda. Eso no significa que no tuviesen sus preferencias de men. En un hipottico libro de recetas de cocina orca, junto a sapo hervido y filete descompuesto de oso, deberan figurar exquisiteces como la sopa de doncella o el fricas de hobbit. No hay que olvidar Merry y Pippin casi sirven de cena a sus captores antes de que el ataque de los rohirrim les de la oportunidad de huir al bosque de Fangorn. Pero no creo que les preocupara mucho el sabor o el grado de coccin del asado, mientras pudiera comerse, as que su cocina no deba ser muy refinada ni abundante en especias o codimentos sofisticados12. En cuanto a las prcticas mdicas de los orcos, hay que suponer que, como los elfos que antao fueron, y pese a su amplia dieta y desastrosa higiene personal, rara vez enfermaban ni sufran los achaques de la vejez humana13 y que su vida nmada constante no haca muy temible la amenaza de los venenos. Su saber mdico deba consistir casi exclusivamente en la curacin de heridas… pero, aunque fuera por pura prctica, deban ser cirujanos de campaa bastante eficaces, si bien es de sospechar que sus remiendos no seran muy estticos. Y? A fin de 12 (Ni siquiera suponiendo que las naves corsarias de los numenoreanos negros o las caravanas de mumakiles de los hombres del Sur mantuvieran un activo comercio de tales sustancias exticas, a semejanza de lo ocurrido en nuestro medioevo histrico) 13 (Como si, por otro lado, con tanta batalla pudieran realmente hacerse viejos)

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cuentas, si se trata de infundir terror al enemigo hay algo mejor que una buena cicatriz dentada o un queloides bien abultado?14 La artesana orca, si es que existi algo as, deba ser rudimentaria y escasa. Para que perder tempo en construir cantimploras, botas y cosas as si otras razas las fabricaban mejores? Bastaba con golpear o morder al dueo de la que ms gustara y asunto resuelto. Msica, es obvio que no conocan otra que el taido de los olifantes y el retumbar de los tambores de regimiento. Quizs jactanciosas, elementales y rtmicas canciones de marcha15 al rudo estilo del US Marine Corps. Los orcos no eran vikingos ni dejaran sagas llenas de bellas imgenes del combate. Tampoco ninguna oda llorando su hogar perdido o la muerte de los chicos de su batalln, ni glogas cantando el delicioso sabor de la carroa de hobbit en salmuera o lo bien que arde la cabaa de una familia rohirrim… con la familia adentro, por supuesto. Si alguna clase de arte podra esperarse que desarrollaran los orcos, por pura lgica deberan ser las marciales. Pero Tolkien insiste en describirlos una y otra vez como luchadores fuertes y feroces, instintivos y tenaces pero torpes, sin un autntico dominio de las artes del combate aunque llegaran a alcanzar notable y peligrosa habilidad en aquellas modalidades que no implicasen un enfrentamiento directo con la habilidad de otros oponentes, como por ejemplo en la arquera o el uso de la honda. Y confiados en su fuerza bestial, amn de naturalmente armados con garras y colmillos como estaban, no cabe espera r que desarrollaran mtodos complejos de lucha a manos libres como el krate o el kung-fu. Cuando ms, un rudimentario pancracio o lucha libre. Pero ni eso; al mximo que llega Tolkien es a describirlos golpeando toscamente a algn prisionero o enemigo. En realidad, combatientes que desde su primer aliento llevaban armas con ellos y a los que nadie tratara de desarmar porque a nadie le interesaba tomar como prisioneros no deban tener muy a menudo las manos desnudas. 14 (Paralelismos en la historia humana pueden buscarse en la esttica machista de los hunos, que encontraba ms hermoso a un guerrero mientras ms cicatrices mostraba, hasta el punto que llegaban a autoinflingirse heridas a sangre fra. Cicatrices y tatuajes tribales se conocen tambin entre varias etnias negras, como los bantes y masais, o los maores neozelandeses y algunos pieles rojas norteamericanos. Por no hablar de los estudiantes alemanes que hasta fecha reciente exhiban muy orondos sus cicatrices faciales de duelos con sable.)

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Pero aunque no fuesen muy hbiles, los orcos eran extraordinariamente resistentes. Condenados a la infantera16, eran capaces de moverse a paso redoblado o a la carrera con una celeridad que, como Aragorn, Legolas y sobre todo Gimli tuvieron ocasin de comprobar, no era cosa fcil imitar. Esta era una de las caractersticas que debi hacerlos especialmente temibles y tiles para los planes de su Oscuro Seor: pequeos contingentes de orcos, avanzando veloces entre las sombras, podran pasar inadvertidos hasta que se reuniesen en una gran fuerza sitiadora. Los avances de ejrcitos completos, como el de las tropas Uruk-Hi de Saruman contra la fortaleza del Abismo de Helm, debieron ser ms bien excepcionales. Obligados por el Seor Oscuro a una esforzada y vagabunda vida castrense, probablemente los ms despiertos echaran de menos la soledad de su cueva, en la que, an pasando hambre y siempre cuidndose de la furia de los “normales”, al menos ningn ltigo, hierro candente o hechizo los obligaba a marchar jornadas interminables pesadamente armados ni pelear hasta la muerte. Pero qu podan hacer? Acaso declararse en huelga? Los guerreros lficos, humanos o enanos disponan del libre albedro: siempre podan desertar, aunque ello significara cargar para siempre con el estigma de la cobarda. Pero los pobres, malditos orcos ni siquiera tenan esa opcin: siervos desde su origen, esclavos de los oscuros designios de su creador, solo eran orcos mientras lucharan y obedecieran. Un buen trmino contemporneo para resumir su situacin podra ser Servicio Militar Obligatorio Permanente. De scontando la ocasional satisfaccin de devorar a alguien, incendiar algo o vencer alguna escaramuza, su existencia tena muy pocas satisfacciones, y por si fuera poco, penda siempre de un hilo. Con razn se la pasaban gruendo y de mal humor; ¡as no haba quien viviera! 4 de abril de 2005 YOSS (Jos Miguel Snchez Gmez) : La Habana, Cuba (1969). Licenciado en Ciencias Biolgicas por la Universidad de La Habana en 1991. Comenz a escribir a los quince 15 (La Lengua Negra, casi alrgica a las metforas, no deba dar para mucho ms) 16 (Cualquier caballo decente preferira la muerte a servir de montura a un orco. Y, aunque feroces y astutos,

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aos, con su incorporacin a los Talleres Literarios. Entre otros a obtenido el Premio de cuento de ciencia ficcin de la revista cubana Juventud Tcnica 1988, el Premio David de ciencia ficcin 1988 con el libro de cuentos Timshel (publicado por Editorial UNION, 1989), el Premio Plaza de ciencia ficcin, 1990, el Premio Luis Rogelio Nogueras de ciencia-ficcin 1998, con Los pecios y los nafragos (publicado por Ediciones Extramuros, 2000), el Premio Calendario de la AHS en ciencia ficcin 2004 por el libro de cuentos Precio justo (publicado por la Editorial Abril, 2006). Es miembro de la UNEAC desde 1994. Correo electrnico (E-mail): : yoss00@hotmail.com AL INDICE los wargos no eran tantos como para formar escuadrones montados)

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3. CUENTO CLASICO: C"MO SE DESANGRAN LOS EXPOLIADORES. Por Clive Barker. Locke elev la vista hacia los rboles. El viento se agitaba entre las copas, y la conmocin de las ramas cargadas son como el ro en plena creciente. Se trataba de una entre miles de representaciones. La primera vez que haba llegado a la selva, le haba asombrado la multiplicidad de bestias y flores, el implacable desfile de la vida. Pero ya haba aprendido. Esa diversidad germinativa era una impostura: la jungla finga ser un jardn natural. No lo era. All donde el ingenuo intruso vea slo un brillant e despliegue de esplendores naturales, Locke lograba reconocer que se gestaba una sutil conspiracin en la cual cada cosa era el reflejo de alguna otra. Los rboles, el ro; un capullo, un pjaro. En el ala de una mariposa, el ojo de un mono; en los lomos de una lagartija, los rayos del sol sobre las piedras. Vueltas y vueltas en un vertiginoso crculo de representaciones; una galera de espejos que confunda los sentidos y que, con el tiempo, llegaba a carcomer la razn. Fjate en nosotros —pens briamente mientras estaban de pie, alrededor de la tumba de Cherrick—, tambin estamos dentro del mismo juego. Vivimos, pero representamos a los muertos mejor que los muertos mismos. El cuerpo estaba cubierto de costras cuando lo elevaron para meterlo en un saco y conducirlo hasta aquel miserable trozo de terreno, detrs de la casa de Tetelman, para darle sepultura. Haba una media docena de tumbas. Todas de europeos, a juzgar por los nombres rudamente grabados a fuego en las cruces de madera, muertos por el calor, las vboras o la aoranza. Tetelman intent decir una breve plegaria en espaol, pero el rugido de los rboles y la algaraba de los pjaros, que regresaban a sus moradas antes de que cayera la noche, la ahogaron. Al cabo de unos instantes, se dio por vencido y todos regresaron al fresco interior de la casa, donde Stumpf estaba sentado, bebiendo brandy y mirando con expresin vaca la mancha oscurecida de los listones del suelo. En el exterior, dos de los indios domesticados de Tetelman echaban con las palas la frtil tierra de la selva sobre el saco de Cherrick, ansiosos por acabar con el trabajo y

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marcharse antes del anochecer. Locke los observaba desde la ventana. Los sepultureros no hablaban mientras trabajaban; se limitaban a llenar la tumba poco profunda y a aplanar la tierra lo mejor que podan con las planta s de los pies, duras como el cuero. Las patadas asestadas al suelo adquirieron un ritmo. A Locke se le ocurri pensar que quiz fuera el mal efecto del whisky barato; conoca a pocos indios que no bebieran como cosacos. Tambalendose un poco, comenzaron a bailar sobre la tumba de Cherrick. —Locke? Locke se despert. Un cigarrillo brillaba en la oscuridad. Cuando el fumador le dio una calada y la brasa ardi con ms intensidad, de la noche surgieron las facciones gastadas de Stumpf. —Locke, ests despierto? — Qu quieres? —No puedo dormir —repuso la mscara—, he estado pensando. Pasado maana llegar el avin de suministros que viene de Santarm. En unas cuantas horas podramos estar all. Lejos de todo esto. —Claro. —Quiero decir para siempre. Lejos de esto — insisti Stumpf. —Para siempre? Con la colilla del cigarrillo, Stumpf encendi otro antes de comentar: —No creo en las maldiciones. Al menos me parece que no creo en ellas. — Quin ha hablado de maldiciones? —T viste el cuerpo de Cherrick. Lo que le ocurri... —Hay una enfermedad..., cmo se llama...? —dijo Locke—. Ya sabes, esa enfermedad que no permite que la sangre coagule bien. —Hemofilia —contest Stumpf—. No tena hemofilia, y lo sabemos. Lo he visto araarse y cortarse cientos de veces. Y se curaba como t y yo. Locke atrap un mosquito que le haba aterrizado sobre el pecho y lo estruj entre el pulgar y el ndice. —De acuerdo. De qu muri, entonces? —Viste las heridas mejor que yo, pero tengo la impresin de que se le rompa la piel en cuanto lo tocaban.

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—Eso es lo que pareca —asinti Locke. —Tal vez sea algo que se le contagi de los indios. —Yo no he tocado a ninguno —aclar Locke, captando su idea. —Ni yo. Pero l s, te acuerdas? Locke se acordaba, no resultaba fcil olvidar escenas como aqulla, por ms que lo intentara. —Dios —dijo en voz baja—. ¡Qu jodida situacin! —Me vuelvo a Santarm. No quiero que vengan a buscarme. —No van a hacerlo. — Cmo lo sabes? Metimos la pata en ese punto. Pudimos haberlos sobornado. Obligarlos a abandonar esas tierras de otra manera. —Lo dudo. Has odo lo que dijo Tetelman. Son territorios ancestrales. — Puedes quedarte con mi parte del terreno —le dijo Stumpf—. No quiero saber nada ms. —Hablas en serio? Lo abandonas todo? —Me siento sucio. Somos expoliadores, Locke. —Ser tu fin. — Lo digo en serio. No soy como t. En realidad, nunca he tenido estmago para estas cosas. Me comprars el tercio que me corresponde? —Depende del precio. —Lo que quieras darme, te lo dejo por lo que quieras dar. Concluida la confesin, Stumpf volvi a la cama; se recost en la oscuridad y termin el cigarrillo. No tardara en amanecer Otro amanecer en la selva: un intervalo precioso, demasiado breve, antes de que el mundo comenzara a sudar. Cunto odiaba aquel lugar. Al menos no haba tocado a ninguno de los indios, ni siquiera se haba acercado a ellos. Fuera cual fuese la enfermedad que le transmitieran a Cherrick, l no se habra contagiado. En menos de cuarenta y ocho hora s estara en Santarm, y de all se ira a alguna ciudad, cualquier ciudad, a la que la tribu no podra seguirlo. Ya haba cumplido con su penitencia, no?, haba pagado por su codicia y su arrogancia con la peste que llevaba en el vientre y los terrores de los que no volvera a separarse. Que fuera aquello castigo suficiente, rogaba, y antes de que los simios comenzaran a anunciar el da se sumi en el sueo del expoliador.

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Un escarabajo con el caparazn parecido a una piedra preciosa, atrapado debajo de la red antimosquitos de Stumpf, gir en crculos decrecientes y zumbones buscando una salida. No logr hallarla. Exhausto por la bsqueda, plane sobre el hombre dormido y fue a posarse sobre su frente. Vag sobre ella, bebiendo de los poros. Bajo su paso imperceptible, la piel de Stumpf se abri y se rompi, formando un sendero de diminutas heridas. Haban llegado al casero indio a medioda; el sol era como el ojo de un basilisco. Al principio creyeron que el lugar estaba desierto. Locke y Cherrick se haban internado en el recinto de chozas, dejando en el jeep a Stumpf. que padeca un ataque de disentera, para que no le diera de lleno el calor. Cherrick fue el primero en ver al nio. Era un cro con el vientre hinchado, de unos cuatro o cinco aos, que llevaba la cara cubierta de gruesas bandas pintadas con el tinte rojo sacado de la planta del uruc. Haba salido de su escondite para espiar a los invasores; la curiosidad lo haba vuelto temerario. Cherrick se qued inmvil, igual que Locke. De las chozas y del refugio de los rboles que rodeaban el recinto de moradas fue saliendo el resto de la tribu, de uno en uno, a mirar, igual que el nio, a los recin llegados. Si en sus rostros anchos, de narices chatas, haba algn asomo de sentimiento, Locke no logr captarlo Aquella gente —pensaba en cada indio como parte de una sola y miserable tribu— le resultaba imposible de descifrar; su nica habilidad resida en el engao. —Qu hacis aqu? —inquiri. El sol le quemaba la nuca—. Estos terrenos son nuestros. El nio segua mirndolo a la cara. Sus oj os almendrados se resistan a temerle. —No te entienden —le dijo Cherrick. —Treme al alemn. Y que l se lo explique. —No puede moverse. —Tremelo hasta aqu —dijo Locke — Aunque se haya cagado en los pantalones. Cherrick retrocedi hasta el sendero, dejando a Locke en medio del crculo de chozas. Locke mir de portal en portal, de rbol en rbol, intentando calcular cuntos eran. No habra ms de tres docenas de indios; las dos terceras partes eran mujeres y nios,

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descendientes de los grandes pueblos que en una poca haban vagado a millares por la cuenca del Amazonas. Ahora, aquellas tribus estaban casi diezmadas. Estaban arrasando y quemando la selva en la que antao prosperaran durante generaciones; por sus cotos de caza avanzaban velozmente las autopistas de ocho carriles. Todo lo que consideraban sagrado —lo salvaje \ el lugar que ocupaban en este sistema— era pisoteado y violado: eran exiliados en su propia tierra. Aun as, se nega ban a rendir homenaje a sus nuevos amos, a pesar de los rifles que traan consigo. Slo la muerte los convencera de su derrota, reflexion Locke. Cherrick encontr a Stumpf despatarrado en el asiento delantero del jeep, con sus descoloridas facciones ms decadas que nunca. —Locke quiere que vayas —le dijo, sacudindolo para sacarlo del sopor—. El villorrio sigue ocupado. Tendr s que hablar con ellos. —No puedo moverme —gimi Stumpf—. Me estoy muriendo... —Locke te quiere vivo o muerto —le explic Cherrick. El temor que Locke les inspiraba, temor del que nunca hablaban, era quiz una de las pocas cosas que tenan en comn; eso y la codicia. —Me siento fatal —dijo Stumpf. —Si no te llevo, vendr l mismo a buscarte —le indic Cherrick. Era un argumento irrefutable. Stumpf lanz una desesperada mirada al otro hombre, asinti con la cabeza enorme y dijo: —Est bien, aydame. Cherrick no tena ninguna gana de tocar a Stumpf. El hedor de su enfermedad era insoportable; era como si el contenido de sus tripas le rezumara a travs de los poros; su piel tena el lustre de la carne rancia. A pesar de todo, tom la mano tendida. Sin ayuda, Stumpf habra sido incapaz de recorrer los cientos de metros que separaban el jeep del recinto de chozas. All adelante, Locke gritaba. —Date prisa —le urgi Cherrick, tirando de Stumpf para bajarlo del asiento delantero y conducirlo hasta donde Locke vocif eraba—. Acabemos con todo esto de una vez.

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Cuando los dos hombres llegaron al crculo de chozas, la escena no haba variado mucho. Locke mir a su alrededor en busca de Stumpf. —Tenemos invasores —le dijo. —Eso veo —repuso Stumpf, agobiado. —Diles que se vayan de nuestras tierras. Diles que esto es nuestro territorio, que lo hemos comprado. Sin inquilinos. Stumpf asinti sin mirar a los ojos enfurecidos de Locke. En ocasiones lo odiaba tanto como se odiaba a s mismo. —Vamos... —lo inst Locke. Con un ademn indic a Cherrick que soltara a Stumpf. Cherrick obedeci. El alemn se tambale con la cabeza inclinada. Tard unos segundos en elaborar su discurso, luego alz la cabeza y pronunci unas cuantas palabras mustias en mal portugus. La declaracin fue recibida con las mismas expresiones impasibles que la actuacin de Locke. Stumpf volvi a intentarlo, reordenando su inadecuado vocabulario para despertar una luz de entendimiento entre aquellos salvajes. El nio al que tanto haban divertido las cabriolas de Locke miraba ahora fijamente a este tercer demonio; de su rostro se haba borrado la sonrisa. ste no era tan cmico como el primero; ste estaba enfermo y se le vea macilento: ola a muerte. El nio se tap la nariz para no inhalar la maldad que despeda. Stumpf escrudri a su audiencia con la vista nublada. Si haban entendido y fingan aquella impasible incomprensin, era una actuacin sin mcula. Derrotadas sus limitadas habilidades, aturdido, se volvi hacia Locke. —No me entienden —le dijo. —Vuelve a decrselo. —Creo que no hablan portugus. —Dselo de todos modos. —No tenemos por qu hablar con ellos —coment en voz baja Cherrick, al tiempo que amartillaba el rifle — Estn en nuestras tierras. Y tenemos derecho a... —No —dijo Locke — No hay necesidad de dispararles. No, si podemos convencerlos de que se vayan pacficamente.

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—No saben lo que es el sentido comn —insisti Cherrick—. Mralos. Son animales. Viven en la mugre. Stumpf haba vuelto a intentar comunicarse con ellos; esta vez acompa sus palabras titubeantes con unos ge stos dignos de compasin. —Diles que tenemos que trabajar —le sugiri Locke. —Lo hago lo mejor que puedo —replic Stumpf, irritado. —Tenemos papeles. —No creo que eso pueda llegar a impresionarlos —replic Stumpf con un cauteloso sarcasmo que el otro hombre no capt. —Diles que se vayan. Que busquen otro terreno que ocupar. Observando cmo Stumpf intentaba traducir estos sentimientos en palabras y al lenguaje de los signos, Locke empez a repasar las alternativas que le quedaban. Una de dos: o los indios —los txukahamei o los achual o cualquiera que fuera la maldita tribu— aceptaban sus exigencias y se marchaban, o tendran que echarlos a la fuerza. Como Cherrick haba dicho, estaban en su derecho. Tenan papeles de los organismos de desarrollo; tenan mapas en los que se sealaba la divisin entre un terreno y el siguiente; contaban con todas las autorizaciones, desde las firmas hasta las balas. No tena un vivo deseo de derramar sangre. El mundo segua demasiado lleno de liberales de sangrante corazn y de sentimentalistas de ojos tiernos como para hacer del genocidio la solucin ms conveniente. Pero en anteriores ocasiones se haban utilizado las armas, y volv eran a utilizarse, hasta que el ltimo indio sucio se hubiera puesto un par de pantalones y hubiera dejado de comerse a los simios. A pesar de la batahola de los liberales, las armas tenan su encanto. Eran rpidas, y absolutas. Una vez emitidos su s discursos breves y agudos, no haba peligro de que se produjeran ulteriores protestas, no dejaban lugar a que al cabo de diez aos algn indio mercenario que hubiera encontrado un ejemplar de Marx en alguna cuneta pudiera regresar exigiendo sus territorios tribales, con petrleo, minerales y todo lo dems. Una vez desaparecidos, era para siempre. Slo de pensar en ver muertos a esos salvajes de rostros colorados, a Locke le empez a picar el dedo con el que apretaba el gatillo: sinti una comezn fsica. Stumpf haba terminado de repetir su discurso sin resultados. Gru y se volvi hacia Locke. — Voy a vomitar —dijo.

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Tena la cara plida y brillante; el respland or de su piel haca que sus dientecitos parecieran sucios. —T mismo —repuso Locke. —Por favor. Tengo que acostarme. No quiero que ellos me vean. —No te movers hasta que te hagan caso —le inform Locke, negando con la cabeza—. Si no nos hacen caso, vers algo por lo que merecer la pena que vomites. Mientras hablaba, Locke juguete con la caja del rifle, y pas la ua rota del pulgar por las muescas que llevaba grabadas. Haba por lo menos una docena; cada una representaba la tumba de una persona. La selva ocultaba el asesinato con mucha facilidad, pareca incluso que perdonara el crimen de una forma enigmtica. Stumpf se apart de Locke y volvi a escrutar a los mudos circunstantes. Haba tantos indios, pens; y, aunque llevaba pistola, era un tirador inepto. Suponiendo que arremetieran contra Locke, Cherrick y el mismo, no lograran sobrevivir. Y sin embargo, al mirar a los indios, no lograba encontrar ninguna seal de agresin. Antao haban sido guerreros. Ahora? Eran como nios castigados, enfurruados y obstinadamente estpidos. En una o dos de las mujeres quedaba algn rastro de belleza; su piel, aunque mugrienta, era delicada, y tenan los ojos negros. De haber estado en mejores condiciones de salud, sus desnudeces le habran excitado, se habra sentido tentado de estrujar entre las manos aquellos cuerpos relucientes. Tal como estaban las cosas, su fingida incomprensin no haca ms que irritarlo. En medio del silencio, parecan como de otra especie, misteriosos e indescifrables como mulas o pjaros. Acaso no le haban dicho en Uxituba que muchos de ellos ni siquiera ponan nombre a sus hijos, que cada uno de ellos era como una extremidad de la tribu, annimo y por lo tanto inamovible? Al ver en cada par de ojos la misma mirada oscura, lo crea. Crea que no se estaban enfr entando a tres docenas de individuos, sino a un sistema fluido de odio hecho carne. Se ech a temblar slo de pensarlo. Por primera vez desde que aparecieran los hombres blancos, uno de la tribu se movi. Era un anciano; se notaba que tendra unos treinta aos ms que el resto de la tribu. Iba desnudo, igual que los dems. La carne mustia de sus piernas y sus tetillas pareca cuero bronceado; aunque sus ojos plidos indicaban que estaba ciego, su paso era perfectamente seguro. Cuando estuvo frente a los intrusos, abri la boca —las encas consumidas carecan de dientes— y habl. Lo que sali de su enjuta garganta no era una lengua hecha de palabras, sino de sonidos, una mezcla confusa de sonidos de la selva. Aquella

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manifestacin no presentaba un modelo discernible, era simplemente una muestra — apabullante, a su manera— de personificaci ones. Aquel hombre ruga como un jaguar, chillaba como un papagayo; en su garganta albergaba el sonido de la lluvia al mojar las orqudeas y el aullido de los monos. Los sonidos asquearon a Stumpf. La selva lo haba enfermado, deshidratado, exprimido. Y aquel hombre enjuto de ojos reumticos le estaba vomitando a la cara aquel asqueroso lugar entero. El crudo calor reinante en el crculo de chozas hizo que a Stumpf le latiera la cabeza, y mientras escuchaba el clamor del sabio tuvo la certeza de que el anciano acomodaba el ritmo de su tonta perorata a los la tidos que l mismo senta en las sienes y las muecas. —Qu dice? —inquiri Locke. — A qu te parece que suena? —repuso Stumpf, irritado por la estpida pregunta de Locke —. Son slo ruidos. —El desgraciado nos est maldiciendo —coment Cherrick. Stumpf se volvi para fijarse en el tercer hombre. Cherrick tena los ojos desorbitados. —Es una maldicin —le dijo a Stumpf. Locke se ech a rer, indiferente ante la aprensin de Cherrick. Apart a Stumpf de un empelln y qued encarado con el viejo, cuya perorata cantada baj de tono, hasta hacerse melodiosa. Cantaba el crepsculo, pens Stumpf: aquella breve ambigedad entre el da feroz y la noche sofocante. S, era eso. En la cancin logr captar el ronroneo y el arrullo de un reino somnoliento. Tan persuasivo resultaba que dese tenderse all mismo y ponerse a dormir. Locke rompi el hechizo. — Qu ests diciendo? —escupi casi en la cara tortuosa del indio—. ¡Habla con cordura! Pero los sonidos nocturnos prolongaron su susurro, como un torrente ininterrumpido. —sta es nuestra aldea —intervino otra voz. El hombre hablaba como para traducir las palabras del anciano. Locke se volvi abruptamente para localizar a quien haba hablado. Era un joven delgado, cuya piel pudo haber sido dorada en otra poca. —Nuestra aldea. Nuestra tierra.

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—Hablas ingls —le dijo Locke. —Un poco—repuso el joven. —Por qu no me contestast e antes? —inquiri Locke. Su furia se exacerb al notar el desinters reflejado en el rostro del indio. —No me corresponda —repuso el hombre—. l es el ms viejo. — El jefe, quieres decir? —El jefe est muerto. Toda su familia est muerta. ste es el ms sabio de todos... —Entonces dile... —No hace falta decirle nada —le interrumpi el joven — Te entiende. — Tambin habla ingls? —No — repuso el otro—, pero te entiende. Eres... transparente. Locke capt a medias que el joven intentaba insultarlo, pero no estaba del todo seguro. Lanz una mirada asombrada a Stumpf. El alemn sacudi la cabeza. Locke concentr su atencin en el joven. —De todos modos, dselo. Dselo a todos. Esta tierra es nuestra. La hemos comprado. —La tribu siempre ha vivido aqu —fue la respuesta. —Pues ahora ya no —le dijo Cherrick. —Tenemos papeles... —intervino Stumpf suavemente, con la esperanza de que el enfrentamiento acabara pacficamente — papeles del gobierno. —Nosotros estbamos aqu antes que el gobierno —repuso el muchacho. El viejo haba dejado de hablar como la selva. Tal vez haya llegado al comienzo de un nuevo da y por eso se detiene, pens Stumpf. El anciano se alej, indiferente a la presencia de los inoportunos visitantes. —Dile que vuelva —exigi Locke, apuntando al joven con el rifle. El ademn no ocultaba ambigedad alguna—. Oblgalo a que diga a los dems que tienen que irse. El muchacho no pareci impresionado por la amenaza del rifle, y se mostr claramente reacio a darle rdenes a uno de sus mayores, por ms que existiera un imperativo. Se limit a observar cmo regresaba el anciano a la choza de la que haba salido. En el recinto, los dems comenzaron a retirarse. Al parecer, la retirada del viejo haba sido la seal de que se haba acabado la fiesta.

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— ¡No! —rugi Cherrick — No estis escuchando. El color de sus mejillas haba aumentado un tono, y su voz, una octava. Avanz con el rifle en alto. — ¡Maldita escoria! A pesar de su histeria, perdi audiencia rpidamente. El anciano haba llegado a la puerta de su choza, y dobl la espalda para desaparecer en el interior; los pocos miembros de la tribu que mostraban algn inters por los hechos observaban a los europeos con un aire de lstima por su locura. Aquello enfureci an ms a Cherrick. — ¡Escuchadme! —aull. El sudor le perlaba la frente cuando volvi la cabeza a una de las figuras en retirada, y luego a otra—. ¡Escuchadme, bastardos! —Tranquilo... —le dijo Stumpf. Aquello desat a Cherrick. Sin advertencia alguna, se llev el rifle al hombro, apunt hacia la puerta abierta de la choza en la que haba desaparecido el anciano y dispar. De la copa de los rboles adyacentes salieron volando unos pjaros; los perros pusieron pies en polvorosa. Del interior de la choza sali un gritito, que no se pareca en nada a la voz del anciano. Al orlo, Stumpf cay de rodillas, sostenindose el vientre, abatido por los espasmos. Con la cara sepultada en el suelo, no logr ver la diminuta figura que sali de la choza y trot a la luz. Cuando levant la cabeza para mirar y vio cmo el nio de la cara roja se agarraba el vientre, abrig la esperanza de que sus ojos mintieran. Pero no mintieron. Lo que flua entre los deditos del nio era sangre, y lo que se reflejaba en su cara era la muerte. Cay sobre la tierra batida, ante el umbral de la choza, se retorci y muri. En una de las chozas, una mujer comenz a sollozar calladamente. Por un instante, el mundo gir sobre la cabeza de un alfiler, exquisitamente equilibrado entre el silencio y el grito que deba romperlo, entre la tregua contenida y la atrocidad que iba a desencadenarse. — ¡Maldito bastardo! —murmur Locke diri gindose a Cherrick. Le tembl la voz al emitir la condena—. Aprtate. Stumpf, ponte de pie. No esperaremos. Levntate y sguenos o te quedas aqu. Stumpf continuaba mirando el cuerpo del nio. Conteniendo los sollozos, se incorpor. —Aydame —suplic. Locke le tendi el brazo.

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—Cbrenos —le orden a Cherrick. El hombre asinti, mortalmente plido. Algunos de los de la tribu se haban vuelto a contemplar la retirada de los europeos; a pesar de la tragedia sus expresiones eran ms inescrutables que nunca. Slo el llanto de la mujer, probablemente la madre del nio muerto, rept entre las figuras s ilenciosas, lamentando su pena. El rifle de Cherrick tembl mientras vigilaba la cabeza de puente Haba echado sus clculos; si se produca una colisin de frente, tenan pocas probabilidades de sobrevivir. Pero incluso ahora que el enemigo se retiraba, entre los indios no se produjo ningn movimiento. Slo quedaban los hechos acusadores: el nio muerto, el rifle caliente. Cherrick se arriesg y mir por encima del hombro. Locke y Stumpf ya estaban cerca del jeep, y los salvajes todava no se haban movido. Entonces, cuando volvi la mirada hacia el recinto de chozas, fue como si la tribu respirara al unsono un nico y slido aliento; al or aquel sonido, Cherrick sinti que la muerte se le encajaba en la garganta como la espina de un pescado, demasiado profunda como para quitrsela con los dedos, demasiado grande como para defecarla. Esperaba ah, alojada en su anatoma, incontestable, inapel able. El movimiento que se produjo ante la puerta de la choza lo distrajo de aquella presencia. Dispuesto a volver a cometer el mismo error, empu el rifle con ms fuerza. El anciano haba vuelto a aparecer. Pas por encima del cadver del nio, que yaca donde haba cado. Cherrick volvi a mirar por encima del hombro. Seguro que haban llegado al jeep? Stumpf haba trastabillado y Locke tiraba de l para que se pusiera en pie. Al ver al anciano avanzar hacia l, Cherrick dio un cauteloso paso atrs, seguido de otro ms. Pero el viejo no tena miedo. Atraves a paso rpido el recinto de chozas y se coloc tan cerca de Cherrick, con el cuerpo vulnerable como siempre, que el can del rifle se le hundi en el vientre arrugado. En sus manos haba sangre, lo bastante fresca como para resbalarle por los brazos cuando exhibi las palmas ante Cherrick. Cherrick se pregunt si habra tocado al nio al salir de la choza. Si lo haba hecho, haba sido gracias a un asombroso juego de prestidigitacin, porque Cherrick no haba visto nada. Truco o no, el significado de la exhibicin resultaba claro: lo estaban acusando de asesinato. Cherrick no estaba dispuesto a amilanarse. Devolvi la mirada al anciano, contestando a su desafo con ms desafo.

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Pero el viejo bastardo no hizo nada, se limit a mostrarle las palmas sangrantes, con los ojos anegados de lgrimas. Cherrick sinti que volva a crecer en l la ira. Hundi un dedo en las carnes del viejo. —No me asustas — le dijo—. Me entiendes? No soy un imbcil. Mientras hablaba, crey ver un cambio en las facciones del viejo. Era un reflejo del sol, o la sombra de un pjaro, no caba duda, pero bajo la corrupcin de la edad se poda ver un parecido con el nio muerto ante la puer ta de la choza: la boca pequeita sonrea incluso. Entonces, con la misma sutileza co n la que haba aparecido, la ilusin se desvaneci. Cherrick retir la mano del pecho del viejo y entrecerr los ojos para protegerse de otros espejismos. Y reemprendi la retirada. Apenas haba dado tres pasos cuando algo, a su izquierda, sali de su escondite. Se dio la vuelta, levant el rifle y dispar. Un cerdo moteado, al huir de una manada que estaba pastando alrededor de las chozas, fue alcanzado en el cogote por la bala. Trastabill sobre s mismo y cay de cabeza en el polvo. Cherrick volvi a apuntar al anciano. Pero ste no se haba movido, excepto para abrir la boca. De su paladar sali el mi smo sonido del cerdo agonizante. Un chillido ahogado, lastimero y ridculo que acompa a Cherrick por el sendero que conduca al jeep. Locke tena el motor encendido. —Sube —le orden. Cherrick no necesit que lo animasen, y se lanz al asiento delantero. En el interior del vehculo haca un calor abrasador y ola a los fluidos corporales de Stumpf, pero era ms parecido a un refugio seguro que el lugar donde haban estado en la ltima hora. —Era un cerdo —le dijo Cherrick—. Mat un cerdo. —Ya lo vi —repuso Locke. —Ese viejo bastardo... Dej la frase sin terminar. Se mir lo s dos dedos con los que haba tocado al anciano. —Lo toqu —murmur, perplejo por lo que vea. Las yemas de sus dedos sangraban, aunque el sitio donde haba tocado al viejo estaba limpio.

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Locke pas por alto la confusin de Cherrick, hizo marcha atrs para dar la vuelta y se alej del villorrio por un sendero en el que, durante la hora que ha ban permanecido all, pareca haber vuelto a crecer la maleza. En el pequeo establecimiento ubicado al sur de Averio no abundaba la civilizacin, pero contaba con la suficiente. All haba caras blancas y agua limpia. Stumpf, cuyo estado haba empeorado durante el viaje de regreso, recibi tratamiento por parte de Dancy, un ingls con los modales de un conde privado de sus privilegios y cara de filete aplanado. Sostena que en sus tiempos sobrios haba sido mdico, y aunque no tena pruebas de su ttulo, nadie puso en duda su derecho a tratar a Stumpf. El alemn deliraba en ocasiones con violencia, pero Dancy, cuyas manos estaban cargadas de pesados anillos de oro, manifestaba un positivo deleite al cuidar a su agitado paciente. Mientras Stumpf desvariaba debajo de la red antimosquitos, Locke y Cherrick permanecieron sentados en la oscuridad iluminada por una lmpara y bebieron. Luego narraron la historia de su encuentro con la tribu. Fue Tetelman, el dueo del almacn, quien tuvo ms que decir cuando la historia hubo concluido. Conoca bien a los indios. —Hace aos que vivo aqu —dijo, dndole nueces al mono sarnoso que saltaba sobre su regazo—. S cmo piensa esta gente. Por sus actos pueden parecer estpidos, incluso cobardes. Pero os aseguro yo, que entiendo de esto, que no son ni lo uno ni lo otro. Cherrick lanz un gruido. El mono azogado lo mir con ojos glaucos. —Ni siquiera intentaron atacarnos —explic Cherrick—, aunque haba diez de ellos por cada uno de nosotros. Si eso no es cobarda, qu es entonces? Tetelman se repantig en la silla chirriante, echando al animal de su regazo. Tena el rostro arrebolado y ajado. Slo sus labios, constantemente humedecidos con la bebida, tenan un cierto color; pareca una vieja prostituta, pens Locke. —Hace treinta aos —dijo Tetelman—, todo este territorio les perteneca. Nadie lo quera; ellos iban adonde queran, hacan lo que les apeteca. En lo que a nosotros, los blancos, respectaba, la jungla era sucia y estaba llena de enfermedades: no queramos saber nada de ella. La verdad es que en cierto sentido tenamos razn. Es sucia y est llena de

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enfermedades; pero tambin cuenta con reservas que codiciamos profundamente: minerales, quiz petrleo, poder. —Pagamos por esas tierras —le explic Locke; los dedos le temblaban en el borde quebrado de la copa—. Es todo lo que tenemos. —Pagaron por ellas? —se burl Tetelman. El mono parloteaba a sus pies, al parecer tan divertido por aquella afirmacin como su dueo—. No. Slo pagaron para que alguien hiciera la vista gorda y ustedes pudieran apropiarse de las tierras por la fuerza. Pagaron por tener derecho a engaar a los indios de la mejor forma que se les ocurriera. Eso es lo que sus dlares han comprado, seor Locke. El gobierno de este pas est contando los meses que faltan para que la ltima tribu del su bcontinente sea borrada de la faz de la tierra por gente como usted. De nada sirve hacerse el inocente ultrajado. Llevo aqu demasiado tiempo... Cherrick lanz un escupitajo al suelo desnudo. Tetelman y su perorata le haban encendido la sangre. —Y para qu vino a parar aqu, si es usted tan listo? —inquiri al comerciante. —Por la misma razn que usted —repuso Tetelman llanamente. Tetelman pos la mirada sobre los rboles que haba ms all del terreno ubicado detrs del almacn. Sus siluetas se agitaban contra el cielo; sera el viento o las aves nocturnas. —Y cul es esa razn? —inquiri Cherrick, controlando a duras penas la hostilidad. —La codicia —respondi Tetelman mansamente, sin dejar de observar los rboles. Algo correte por el bajo tejado de madera. El mono que yaca a los pies de Tetelman escuch con la cabeza erguida. —Cre que aqu me hara rico, igual que usted. Me conced un plazo de dos aos. Como mucho, tres. De eso hace ya veinte largos aos. —Frunci el ceo; fueran cuales fuesen los pensamientos que le surcaron los ojos, no caba duda de que eran amargos—. La selva te devora y luego, tarde o temprano, te escupe. —A m no —dijo Locke. —Claro que s —dijo Tetelman volviendo los ojos hacia l. Estaban hmedos—. La destruccin est en el aire, seor Locke. Puedo olerla.

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Dicho esto, se volvi a mirar por la ventana. Lo que estaba en el tejado tena ahora compaa. —No vendrn aqu, verdad? —dijo Cherrick—. No nos seguirn? La pregunta, formulada casi en un suspiro, suplicaba una respuesta negativa. Aunque se esforzara, Cherrick no lograba apartar de su mente las escenas del da anterior. No era el cadver del nio lo que tanto le persegua, de eso no tardara en aprender a olvidarse. Era el anciano —con su rostro cambiante, iluminado por el sol— y las palmas levantadas como para mostrar un estigma, eso era lo que no lograba olvidar. —No se preocupe —le dijo Tetelman, con un cierto tono de condescendencia—. De vez en cuando viene uno, quiz dos, a venderme algn papagayo, o unos cuantos cacharros, pero nunca han venido en grupos grandes. No les gusta esto. Pa ra ellos es la civilizacin, y los intimida. Adems, seran incapaces de la stimar a mis invitados. Me necesitan. — Lo necesitan? —inquiri Locke. Quin podra necesitar a esta piltrafa de hombre? —Utilizan nuestras medicinas. Dancy se las proporciona. Y de vez en cuando les damos mantas. Como le dije, no son tontos. En la habitacin contigua, Stumpf haba comenzado a aullar. La voz consoladora de Dancy intentaba conjurar el pnico. Era evidente que no lo lograba. —Su amigo est muy mal —dijo Tetelman. —No es mi amigo —repuso Cherrick. —Se pudre —murmur Tetelman para s. —Qu se pudre? —El alma. —Aquella palabra son completa mente fuera de lugar en los labios de Tetelman brillantes por el whisky—. Es como la fruta, sabe? Se pudre. En cierta manera, los gritos de Stumpf le dieron fuerza a la observacin. No era la voz de una persona sana, en ella haba una cierta podredumbre. Para apartar su atencin del alboroto del alemn, ms que por verdadero inters, Cherrick pregunt: —Qu le dan a usted a cambio de las medicinas y las mantas? Mujeres? Aquella posibilidad divirti abiertamente a Tetelman, que se ech a rer; sus dientes de oro brillaron.

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—No me sirven para nada —dijo—, he padecido la sfilis durante demasiados aos. —Chasque los dedos y el mono se encaram a su regazo—. El alma no es lo nico que se pudre. —Qu es lo que saca de ellos a cambio de los suministros? —pregunt Locke. —Chucheras —respondi Tetelman —. Jarras, cuencos, felpudos Los norteamericanos me los compran y los vuelven a vender en Manhattan. Todo el mundo quiere comprar cosas de las tribus extinguidas. Memento mor. —Extinguidas? —dijo Locke. La palabra tena un sonido seductor; a l le sonaba a vida. —Claro —dijo Tetelman—. Ya estn acabados. Si no se los cargan ustedes, ellos lo harn por s mismos. —Suicidndose? —i nquiri Locke. —A su manera. Se desmoralizan. Lo he visto en muchas ocasiones. Una tribu pierde sus tierras, y junto con la tierra se va su ap etito por la vida. Dejan de cuidarse. Las mujeres no quedan preadas; los hombres jvenes se dan a la bebida; los viejos se dejan morir de hambre. En uno o dos aos es como si no hubieran existido nunca. Locke se bebi el resto de la copa, brindando en silencio por la fatal sabidura de esos pueblos. Saban cundo morirse, cosa que no poda decirse de alguna gente que haba conocido. Al pensar en el deseo de muerte de aquellos indios se sinti absuelto de los ltimos vestigios de culpa. Qu eran las armas en sus manos, sino un instrumento de la evolucin? Al cuarto da de haber llegado al almacn, la fiebre de Stumpf disminuy, muy a pesar de Dancy. —Lo peor ha pasado —anunci—. Dejen que de scanse un par de das ms y podrn volver al trabajo. — Cules son sus planes? —quiso saber Tetelman. Locke observaba la lluvia desde el porche. Eran cortinas de agua que descendan de unas nubes tan bajas que rozaban las copas de los rboles. Luego, tan de repente como

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haba llegado, el aguacero desapareci, como si alguien hubiera cerrado un grifo. Asom el sol; la selva lavada volva a humear, a retoar, a prosperar. —No s lo que haremos — repuso Locke —. Quiz consigamos ayuda y volvamos a nuestras tierras. — Hay ciertas formas —dijo Tetelman. Cherrick, que estaba sentado junto a la puerta para beneficiarse de la escasa brisa disponible, tom el vaso que su mano apenas haba abandonado en los ltimos das y volvi a llenarlo. —No ms armas —dijo. No haba tocado el rifle desde el da en que llegaran al almacn; en realidad, slo tena contacto con la botella y la cama. Su piel pareca estar perpetuamente erizada. —No hace falta utilizar armas —murmur Tetelman. La frase qued en el aire como una promesa no cumplida. —Deshacernos de ellos sin armas? —inquiri Locke — Si quiere decir que hemos de esperar a que mueran de muerte natural, no soy tan paciente. —No —replic Tetelman—, podemos ser ms rpidos. —Cmo? —Con ellos me gano la vida —le contest Tetelman echndole una mirada indolente — Al menos en parte. Me est usted pidiendo que provoque mi propia quiebra. No slo parece una vieja prostituta —pens Locke—, sino que piensa como una vieja prostituta. — Cunto cuesta su informacin? —pregunt. —Una participacin en lo que encuentre en sus terrenos —respondi Tetelman. —Qu podemos perder? —inquiri Locke, asintiendo con la cabeza— Cherrick, ests de acuerdo en darle una participacin? Cherrick asinti encogindose de hombros. —De acuerdo —dijo Locke—, hable. —Necesitan medicinas —le explic Tetelman— porque son muy susceptibles a nuestras enfermedades. Una plaga decente puede diezmarlos prcticamente de la noche a la maana. Locke medit al respecto sin mirar a Tetelman.

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—Caeran de un solo golpe —prosigui Tetelman — Prcticamente no tienen defensas contra ciertas bacterias. Como nunca tuvieron que crear resistencias contra ellas... La gonorrea. La viruela. Incluso el sarampin. — Cmo? —inquiri Locke. Otro silencio. Ms all de la escalera de l porche, donde acababa la civilizacin, la selva se hencha para ir en busca del sol. En el calor lquido, las plantas florecan, se pudran y volvan a florecer. —He preguntado que cmo —repiti Locke. —Con mantas —respondi Tetelman —, con las mantas de los muertos. Poco antes del amanecer del da en que Stumpf se recuper, Cherrick se despert de repente, arrancado de su reposo por una pesadilla. Afuera, todo estaba oscuro como la pez; ni la luna ni las estrellas aliviaban la profundidad de la noche. Por el reloj de su cuerpo, que su vida de mercenario haba adiestrado hasta adquirir una exactitud impresionante, supo que no tardara mucho en amanecer, y no tena ganas de volver a apoyar la cabeza y dormir. Porque en sus sueos le esperaba el anciano. Las palmas levantadas, la sangre brillante no era lo nico que acosaban a Cherrick. Eran las palabras que en sueos surgan de la boca desdentada del anciano lo que le producan el sudor fro que ahora le cubra el cuerpo. Qu decan esas palabras? No lograba recordarlas, pero lo deseaba; quera arrastrar los sentimientos hasta conducirlos a la vigilia, para poder diseccionarlos y desecharlos por ridculos. Pero no lograba re cordarlos. Se qued tendido sobre su miserable camastro, la oscuridad lo envolva con demasiada fuerza como para moverse; de repente, las manos ensangrentadas estaban all, frente a l, suspendi das del techo. No hab a ningn rostro, ni cielo, ni tampoco la tribu. Slo las manos. —Estoy soando —se dijo Cherrick, pero no era tan tonto como para aceptarlo. Y entonces, la voz. Su deseo se haba hecho realidad; oa las palabras que haba odo en sueos. Casi ninguna tena sentido. Cherrick yaca en su camastro, como un recin nacido que escucha a sus padres hablar pero incapaz de comprender el significado de la conversacin. Era un ignorante; sabore la acritud de su estupidez por primera vez desde la infancia. La voz le hizo temer las ambigedades de las que nunca haba hecho caso, los

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susurros que su vida gritona haba hecho inaudibles. Se esforz por comprender, y no se sinti del todo frustrado. El hombre hablaba del mundo, y del exilio del mundo; hablaba de cmo destruye lo que uno trata de poseer. Cherrick luch, deseando poder detener aquella voz para pedirle explicaciones. Pero se apagaba ya, escoltada por los gritos salvajes de los papagayos, por las voces roncas y llamativas que surgan de repente, por todas partes. A travs de la malla de su red antimosquitos, Cherrick logr ver el cielo relumbrar tras las ramas de los rboles. Se sent en la cama. Las manos y la voz haban desaparecido, y con ellas todo, excepto un murmullo irritante de lo que casi haba logrado comprender. Mientras dorma, haba arrojado la nica sbana y ahora se miraba el cuerpo con disgusto. Tena la espalda, las nalgas y la parte trasera de los muslos doloridas. Haba sudado demasiado sobre esas sbanas toscas, pens. No era la primera vez en los ltimos das que recordaba una pequea casa en Bristol, la que en algunas poca haba sido su hogar. El ruido de los pjaros le llenaba la cabeza. Se arrastr hasta el borde del camastro y apart la red antimosquitos. Al tocarla, el tosco material de la red le restreg la palma de la mano. La solt y maldijo por lo bajo. Hoy tambin senta en la piel unas ansias de ternura, las mismas ansias que experimentara desde el da en que llegara al almacn. Incluso las plantas de los pies, apretadas contra el suelo por el peso de su cuerpo, parecan sufrir al tocar cada nudo y cada astilla. No vea la hora de alejarse de aquel lugar. Un clido hilillo le surc la mueca y le llam la atencin; se sorprendi de ver un pequeo surco de sangre bajarle por el brazo desde la mano. Tena un corte en la yema del pulgar, donde la red antimosquitos le haba arrancado la carne. Sangraba, aunque no copiosamente. Se chup la herida y volvi a se ntir esa sensibilidad extraa en el tacto que slo la bebida abundante adormilaba. Escupiendo sangre, empez a vestirse. La ropas fueron como latigazos en la espa lda. La camisa, endurecida por el sudor seco, le raspaba los hombros y el cuello; era como si sintiera los hilos aplastarle las terminaciones nerviosas. Por la forma en que lo raspaba, la camisa pareca hecha de tela de saco. Oy a Locke moverse en la habitacin contigua. Termin de vestirse con cuidado y fue a reunirse con l. Locke estaba sentado ante la mesa, junto a la ventana. Estudiaba con atencin un mapa de Tetelman y beba una taza de amargo caf que Dancy gustaba de

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preparar, y que tomaba con una gota de leche condensada. Los dos hombres tenan poco que decirse. Desde el incidente de la aldea haba desaparecido todo intento de simular amistad o respeto. El nico hecho que los mantena unidos era el contrato que haban firmado con Stumpf. En lugar de desayunar con whisky, cosa que Locke haba considerado como un sntoma ms de su declive, Cherrick se sirvi una taza del vomitivo brebaje de Dancy y sali a contemplar la maana. Se senta raro. Haba algo en el amanecer de aquel da que le provocaba una profunda inquietud. Conoca los peligros de cortejar temores infundados, e intent prohibirlos, pero eran incontestables. Sera slo el agotamiento lo que esa maana lo haca tan dolorosamente consciente de sus muchos malestares? Por qu si no iba a sentir con tanta fuerza la presin de sus ropas malolientes? El roce del borde de la bota contra el hueso del tobillo, la rtmica raspadura que le produca el pantaln en la pierna cuando caminaba, incluso el araazo del aire que bulla alrededor de su cara y sus br azos expuestos. El mundo presionaba contra l —al menos era sa la sensacin—, presionaba como si quisiera eliminarlo. Se le acerc una enorme liblula gimiente, con sus alas iridiscentes, y fue a chocar contra su brazo. El dolor de la colisin le hi zo soltar el tazn. No se rompi, pero rod hasta el porche y se perdi en la maleza. Enfadado, Cherrick apart de l al insecto de un manotazo, y una mancha de sangre sobre el antebrazo tatuado seal la defuncin de la liblula. Se limpi. La sangre volvi a manar del mismo sitio, plena y oscura. No era sangre de insecto, sino la suya propia. De algn modo, la liblula le haba provocado un corte, pero no haba sentido nada. Irritado, observ con ms detenimiento la piel perforada. Le herida no era importante, pero s dolorosa. En el interior de la casa, oy hablar a Locke. Vociferaba y le describa a Tetelman lo intiles que eran sus comp aeros de aventuras. —Stumpf no est hecho para este tipo de trabajos —dijo—. Y Cherrick... — Qu tienes que decir de m? Cherrick entr en la miserable estancia, limpindose un nuevo flujo de sangre que le brotaba del brazo. —Eres paranoico —repuso Locke sin molestarse en mirarlo a la cara—. Paranoico, y no eres digno de confianza.

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— Slo porque mat a un indio mocoso —adujo Cherrick. que no estaba de humor para soportar las impertinencias de Locke. Cuanto ms se limpiaba la sangre del brazo lastimado, ms le dola — T no tuviste cojones como para hacerlo por ti mismo. Locke no se molest en apartar la vista del mapa que estaba examinando. Cherrick se acerc a la mesa. — Me has odo? —pregunt. Para aadir fuerza a la pregunta, dio un puetazo en la mesa. Con el impacto, la mano se le abri. La sangre salt en todas direcciones, manchando el mapa. Cherrick aull y se apart de la mesa; la sangre le sala a borbotones de la raja enorme que se le haba abierto en el costado de la mano. Se le vea el hueso. A travs del tumulto del dolor que le bulla en la cabeza, logr or una voz suave. Las palabras eran inaudibles, pero saba de quin eran. — ¡No te escuchar! —grit, sacudiendo la cabeza como un perro con una pulga en la oreja. Retrocedi tambalendose hasta llegar a la pared, pero el ms leve contacto le produjo otra agona —. ¡No voy a escucharte, maldita sea! — De qu rayos est hablando? —inquiri Dancy. apoyado en el marco de la puerta. Los gritos lo haban despertado y sostena todava las Obras completas de Shelley, sin las cuales Tetelman haba confesado no poder dormir. Locke reformul la pregunta a Cherrick. que estaba de pie, con los ojos desmesuradamente abiertos, en un rincn del cu arto; de entre los dedos le manaba la sangre e intentaba vanamente restaar la herida de la mano. — Qu ests diciendo? — El me habl —repuso Cherrick —. El viejo. — Qu viejo? —inquiri Tetelman. —Se refiere al de la aldea —aclar Locke. Y dirigindose a Cherrick. pregunt—: Es a l a quien te refieres? —Quiere echarnos. Exiliados. Igual que ellos. ¡Igual que ellos! El terror de Cherrick escapaba rpidamente al control de cualquiera y. por supuesto, al suyo propio. — Tiene una insolacin —dijo Dancy. sin perder su mana de diagnosticar.

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Locke saba que no era as. —Vamos a vendarte la mano —le dijo, acercndose lentamente a Cherrick. — Lo he odo... —murmur Cherrick. —Te creo. Tranquilzate. Ya saldremos de sta. —No —repuso el otro—. Nos sacarn de aqu. Todo lo que tocamos. Todo lo que tocamos. Daba la impresin de que iba a desmoronarse, y Locke se acerc para sostenerlo. Cuando sus manos tocaron los hombros de Cherrick, la carne se parti debajo de la camisa, y de inmediato las manos de Locke se empaparon de rojo. Las apart, consternado. Cherrick cay de rodillas, y stas se convirtieron en nuevas heridas. Se mir la camisa y los pantalones manchados. —Qu me est pasando? —llorique. —Deja que te ayude —dijo Dancy acercndose a l. — ¡No! ¡No me toques! —suplic Cherrick, pero no se poda rehusar que Dancy prestara su ay uda sanitaria. —Ya, tranquilzate —dijo, en su mejor estilo de enfermero. Al sujetarlo Dancy, que slo pretenda levantarlo para que no estuviera apoyado sobre las rodillas sangrantes, se le abrieron nuevos cortes donde lo tocaba. Dancy sinti cmo brotaba la sangre bajo sus manos y cmo se le arrancaba la carne del hueso. La sensacin super incluso su gusto por la a gona. Al igual que Locke. abandon al hombre perdido. —Se est pudriendo —murmur. El cuerpo de Cherrick se haba roto por una docena de sitios o ms. Intent incorporarse y. tambaleante, volvi a venirse abajo; la carne se le abra cada vez que tocaba la pared, o una silla o el suelo. No haba ayuda posible. Los dems slo podan estar all, como espectadores de una ejecucin, esperando los ltimos estertores. Incluso Stumpf se haba levantado de la cama para ver a qu se deban tantos gritos. Se apoy en el marco de la puerta; la cara, demacrada por la enfermedad, era toda incredulidad. Un minuto ms. y la prdida de sangre derrot a Cherrick. Se desplom y qued boca abajo, despatarrado en el suelo. Dancy se acerc a l, se agach junto a su cabeza. — Est muerto? —pregunt Locke. —Casi —repuso Dancy.

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—Podrido —dijo Tetelman, como si la palabra explicara la atrocidad que acababan de presenciar. En la mano llevaba un crucifijo grande, tallado rudamente. Pareca artesana india, pens Locke. El Mesas crucificado en el rbol tena ojos endrinos y estaba indecentemente desnudo. A pesar de los clavos y las espinas, sonrea. Dancy toc el cuerpo de Cherrick. dejando que brotara la sangre bajo su mano y le dio la vuelta; se inclin hacia la cara aterrada. El hombre agonizante mova los labios de forma apenas perceptible. —Qu ests diciendo? —inquiri Dancy. y se acerc an ms para captar las palabras del hombre. De la boca de Cherrick sala una baba llena de sangre, pero ningn sonido. Locke se acerc, y apart a Dancy. Las moscas ya revoloteaban alrededor del rostro de Cherrick. Locke puso su cabeza con cuello de toro a la vista de Cherrick. ~ Me oyes? —inquiri. El cuerpo gru. —Me reconoces? Otro gruido. —Quieres darme tu parte de la tierra? El gruido fue ms suave esta vez, casi un suspiro. —Tenemos testigos —le inform Locke —. Di simplemente que s Te oirn. Slo di que s. El cuerpo haca lo que poda. Abri la boca un poco ms. —Dancy... —dijo Locke —. Ha odo lo que dijo? Dancy no pudo disimular el horror que le produca la insistencia de Locke, pero asinti. —Eres testigo. —Si no queda remedio —dijo el ingls. En el fondo de su cuerpo, Cherrick sinti la espina de pescado con la que se haba atragantado la primera vez en la aldea; se retorci una ltima vez y acab su vida. —Ha dicho que s, Dancy? —inquiri Tetelman.

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Dancy sinti la proximidad fsica del bruto que estaba arrodillado a su lado. No saba lo que haba dicho el hombre muerto, pero, qu importaba? De todos modos, Locke se quedara con las tierras, o no? —Dijo que s. Locke se puso de pie, y fue a servirse otra taza de caf. Sin pensarlo, Dancy pos los dedos sobre los prpados de Cherrick para sellar su vaca mirada. Bajo la ms ligera de las presiones, los prpados se partieron y la sangre ti las lgrimas que haban manado, all donde antes haban estado los ojos de Cherrick. Lo enterraron hacia el anochecer. Aunque durante el calor del medioda el cuerpo haba estado en la parte ms fresca de la tienda, junto con los comestibles, cuando lo metieron en el interior de una loneta para ser enterrado ya haba empezado a descomponerse. Por la noche. Stumpf le haba ofrecido a Locke el ltimo tercio de los terrenos, que fue a engrosar la parte de Cherrick; Locke, el realista de siempre, haba aceptado. Las condiciones, que eran punitivas, se elaboraron al da siguiente. Al anochecer de aquel da, tal como Stumpf haba esperado. lleg el avin de suministros. Locke, aburrido ya de las desdeosas miradas de Tetelman, tambin haba decidido volver a Santarm, donde se emborrachara para borrarse la selva del cuerpo durante unos das, y volver renovado. Tena la intencin de comprar provisiones frescas y, si poda, contratar a un chfer y un tirador de confianza. El vuelo fue ruidoso, incmodo y aburrido; los dos hombres no intercambiaron palabra durante todo el trayecto. Stumpf mantena los ojos fijos en las zonas de selva que iban sobrevolando y que an seguan en pie, aunque el paisaje vari muy poco de una hora a la siguiente. Un panorama verde oscuro, roto de vez en cuando por la relumbre del agua, o una columna de humo azul que se elevaba aqu y all, donde despejaban el terreno; y poco ms. En Santarm se separaron con un solo apretn de manos, que dej dolorido cada nervio de la mano de Stumpf y que le produjo un corte en la carne tierna entre el pulgar y el ndice. Santarm no era Ro, reflexion Locke mientras se diriga a un bar del sur de la ciudad, dirigido por un veterano de Vietnam al que le gustaban los espectculos ad hoc con animales. Uno de los pocos placeres seguros de Locke, de los que nunca se cansaba,

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consista en observar a una nativa, de rostro muerto como una torta fra de mandioca, entregarse a un perro o un burro a cambio de unos cuantos dlares mugrientos. En su mayora, las mujeres de Santarm eran tan inspidas como la cerveza, pero Locke no tena buen ojo para apreciar la belleza del sexo opuesto: lo nico que le importaba era que sus cuerpos funcionaran razonablemente y no estuvieran enfermos. Encontr el bar y se dispuso a pasar la noche intercambiando indecencias con el americano. Cuando se cans — poco despus de medianoche—, compr una botella de whisky y sali a buscar una cara contra la que apagar su calentura. La mujer estrbica estaba a punto de accede r a determinado pecadillo de Locke, al que se haba negado resueltamente hasta que la embriaguez la persuadi y abandon la escasa esperanza de dignidad que posea, cuando llamaron a la puerta. — ¡Joder! —protest Locke. —S —dijo la mujer—. Joder. Joder. Al parecer, era la nica palabra que saba en ingls. Locke no le prest atencin y, borracho, se arrastr hasta el borde del manchado colchn. Volvieron a llamar a la puerta. —Quin es? —pregunt. —Senhor Locke? —dijo la voz desde el pasillo; al parecer se trataba de un nio. —S? —dijo Locke. Haba perdido los pantalones entre la maraa de sbanas—. S, qu quieres? — Mensagem — repuso el nio—. Urgente. Urgente. —Para m? Haba encontrado los pantalones y empez a ponrselos. La mujer, nada descontenta de la separacin, lo observaba desde el cabezal de la cama, jugueteando con una botella vaca. Locke se abroch al mismo tiempo que iba desde la cama hasta la puerta: una distancia de tres pasos. Abri. A juzgar por la negrura de sus ojos y el lustre peculiar de la piel, el nio que estaba en el oscuro pasillo pareca de ascendencia india. Llevaba una camiseta con la marca Coca-Cola. —Mensagem, senhor Locke... —insisti el nio—, do hospital. El nio mir a la mujer que yaca en la cama. Sonri de oreja a oreja al observar sus cabriolas.

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—Del hospital?—inquiri Locke. —Sim. Hospital Sacrado Coraao de Mara. No poda ser otro que Stumpf, pens Locke. A quin ms conoca en este rincn del infierno, que acudiera a l? A nadie. Desde su altura mir al lascivo nio. — Vem contigo —le dijo el nio—, vem contigo. Urgente. —No —dijo Locke — No voy. Ahora no. M e entiendes? Ms tarde. Ms tarde. — T morrendo — le inform el nio encogindose de hombros. —Se muere? — pregunt Locke. —Sim. T morrendo. —Que se muera. Me entiendes? Vuelve y dile que no ir hasta que est listo. — E meu dinheiro? —inquiri el nio, volviendo a encogerse de hombros, cuando not que Locke iba a cerrar la puerta. —Vete al infierno —repuso Locke, y le cerr la puerta en la cara. Dos horas ms tarde, despus de un desmaado acto sexual exento de pasin, cuando Locke abri la puerta, descubri que, para vengarse. el nio haba defecado en el umbral. El hospital Sacrado Coraao de Mara no era un lugar para caer enfermo; mientras recorra los sucios pasillos, Locke pens que era mejor morirse en la propia cama, en compaa del propio sudor, que ir a parar all. El olor del desinfectante no lograba tapar del todo el hedor del dolor humano. Las paredes estaban impregnadas de l; formaba una capa grasienta sobre las lmparas, daba brillo a los suelos sin lavar. Qu le habra ocurrido a Stumpf para ir a parar all? Una pelea de taberna, una discusin con algn chulo por el precio de una mujer? El alemn era lo bastante idiota como para meterse hasta el cuello por algo tan insignificante. —Senhor Stumpf? —inquiri a la mujer de blanco con la que se encontr en el pasillo—. Busco al senhor Stumpf. La mujer neg con la cabeza y seal en direccin al hombre de aspecto atormentado que se encontraba al fondo del pasillo, y que se haba detenido un momento

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para encender un pequeo cigarro. Le solt el brazo a la enfermera y abord al hombre. Estaba envuelto por una apestosa nube de humo. —Busco al senhor Stumpf —le dijo. El hombre lo observ, interrogante. —Es usted Locke?—pregunt. —S. —Ah —dijo y le dio una chupada al cigarro. La causticidad del humo expelido era capaz de provocar la recada del paciente ms duro—. Soy el doctor Edson Costa —le inform el hombre, tendindole la mano hmeda y fra—. Su amigo ha estado esperndole toda la noche. —Qu le pasa? —Se ha lastimado el ojo —respondi Edson Costa, abiertamente indiferente al estado de Stumpf—. Y tiene unas erosiones menores en las manos y la cara. Pero no quiere que nadie se le acerque. l mismo se ha medicado. —Porqu? —pregunt Locke. El doctor se mostr perplejo. Y repuso: —Paga para que lo pongamos en una habita cin limpia. Paga mucho. De modo que lo meto en una. Quiere verlo? Quiz pueda llevrselo. —Quiz —dijo Locke, sin entusiasmo. —La cabeza... —dijo el doctor—. Tiene delirios. Sin ms explicaciones, el hombre sali a considerable velocidad, dejando tras de s un reguero de humo de tabaco. Despus de dar varias vueltas, sali del edificio principal, atraves un pequeo patio interior y lleg a una habitacin con una mampara de cristal en la puerta. —Aqu est su amigo —le dijo el doctor, y tirando la colilla, agreg—: Dgale que si no me paga ms, maana tendr que irse. Locke espi a travs de la mampara de cristal. La habitacin de color blanco mugriento estaba vaca, excepto por la cama y una mesita, y estaba iluminada por la misma luz mortecina que maldeca cada centmetro de aquel miserable establecimiento. Stumpf no estaba en la cama, sino en cuclillas, en un ri ncn del cuarto. Tena el ojo izquierdo cubierto por una venda abultada, sostenida en su sitio por otra, enrollada alrededor de la cabeza.

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Locke lo observ durante un buen rato antes de que Stumpf se percatara de que lo estaban mirando. Levant la cabeza lentamente. El ojo sano, para compensar la prdida de su compaero, pareca haberse hinchado al doble de su tamao natural. Reflejaba terror suficiente como para l y su hermano gemelo; en realidad, reflejaba terror como para una docena de ojos. Cautelosamente, como un hombre cuyos huesos fueran tan frgiles que temiera que un soplo imprudente fuera a destrozarlos, Stumpf se incorpor apoyndose en la pared y se dirigi a la puerta. No la abri, sino que se dirigi a Locke a travs del cristal. — Por qu no viniste? —inquiri. —Estoy aqu. —Pero antes —dijo Stumpf. Tena la cara despellejada, como si le hubieran dado una paliza—. Antes. —Tena cosas que hacer —replic Locke—. Qu te ha pasado? —Es verdad, Locke —dijo el alemn—, todo es verdad. —De qu ests hablando? —Tetelman me lo dijo. Los desvarios de Ch errick. Eso de que somos exiliados. Es verdad. Quieren echarnos. —Ahora no estamos en la selva —le dijo Locke—. Aqu no tienes nada de qu temer. —Claro que s —dijo Stumpf; el ojo estaba ms abierto que nunca—¡Claro que s! Lo vi... — A quin? — Al anciano de la aldea. Estuvo aqu. —Es ridculo. —Estuvo aqu, maldita sea —insisti Stumpf—. Ah donde ests t ahora. Me miraba a travs del cristal. — Has estado bebiendo demasiado. — Le ocurri a Cherrick y ahora me ocurre a m. Hacen que sea imposible vivir... —Yo no tengo ningn problema —dijo Locke soltanto una risotada. — No dejarn que escapes —le dijo Stumpf—. Ninguno de nosotros escapar. Hasta que les demos una compensacin.

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—Tienes que abandonar la habitacin —le inform Locke. no dispuesto a soportar ms tonteras—. Me han dicho que tienes que irte de aqu maana. — No — repuso Stumpf—. No puedo irme. No puedo. —No tienes nada que temer. — El polvo —dijo el alemn — El polvo que hay en el aire. Me cortar. Me entr una mota en el ojo, slo una mota, y en seguida me empez a sangrar como si no fuera a parar nunca. Apenas puedo acostarme, porque es como si las sbanas estuvieran llenas de clavos. Las plantas de los pies me duelen como si fueran a partrseme. Tienes que ayudarme. —Cmo? —inquiri Locke. — Pgales la habitacin. Pgales para que pueda quedarme hasta que consigas un especialista de Sao Luis. Luego vuelve a la aldea. Locke. Vuelve y dselo. Diles que no quiero las tierras. Diles que ya no me pertenecen. — Volver, pero cuando sea hora. —Tienes que ir de prisa —suplic Stumpf—. Diles que me dejen en paz. De repente, la expresin de la cara parcialmente cubierta cambi. Stumpf mir ms all de Locke. al espectculo que haba en el fondo del corredor. De su boca, laxa por el terror, salieron palabras apenas audibles: — Por favor. Perplejo ante la expresin de aquel hombre. Locke se volvi. El corredor estaba desierto, a excepcin de unas gruesas polillas que hostigaban la bombilla. —No hay nada all —le dijo, regresando a la puerta del cuarto de Stumpf. En el cristal reforzado con alambre de la ventana estaban las huellas claras de dos palmas ensangrentadas. — Est aqu —dijo el alemn, mirando fija mente el milagro del cristal sangrante. Locke no tuvo que preguntar a quin se re fera. Levant la mano para tocar las marcas. Las huellas de las manos, an hmedas, estaban de su lado del cristal, no del de Stumpf. —Dios mo —murmur. Cmo pudo nadie haberse deslizado entre l y la puerta, dejar sus huellas y volver a escaparse otra vez en el breve instante que haba tardado en darse la vuelta? Desafiaba todo razonamiento. Volvi a mira r corredor abajo. Segua desierto. Slo la bombilla, que se

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columpiaba levemente, como embestida por un a brisa pasajera, y las alas de las polillas, susurrantes. — Qu est pasando? —inquiri Locke en un susurro. Embelesado por las huellas de las manos. Stumpf apoy ligeramente la punta de los dedos en el vidrio. Al tocarlo, de sus dedo s man la sangre, y unos hilillos bajaron por el cristal. No apart los dedos, sino que se limit a mirar fijamente a Locke con la desesperacin reflejada en el ojo. —Lo ves? —pregunt con voz muy queda. —A qu ests jugando? —inquiri Locke, tambin con voz muy queda—. Tiene que ser un truco. —No. —No tienes la enfermedad de Cherrick. No es posible. No los tocaste. As lo acordamos, maldita sea —dijo ardientemente—. Cherrick los toc, nosotros no. Stumpf observ a Locke con algo parecido a la pena reflejada en el rostro. —Nos equivocamos —dijo suavemente. Los dedos, que haba apartado del cristal, seguan sangrando, y la sangre le bajaba por el anverso de las manos y los brazos—. Locke, esto no es algo que puedas derrotar o someter. Se nos escapa de las manos. — Levant los dedos ensangrentados y su propio juego de palabras le hizo sonrer—. Lo ves? La calma repentina y fatalista del alemn asust a Locke. Tendi la mano, aferr el picaporte y lo mene. La habitacin estaba cerrada con llave. La llave estaba en el lado de adentro, en el sitio en que Stumpf haba pagado para que estuviera. —No entres —le dijo Stumpf—. No te acerques a m. Su sonrisa se haba desvanecido. Locke apoy el hombro contra la Puerta. —He dicho que no te acerques a m —grit Stumpf con voz chillona. Se alej de la puerta en el momento en que Locke se abalanzaba contra ella. Al ver que no tardara en ceder, dio el grito de alarma. Locke no le prest la menor atencin, sino que continu abalanzndose contra la puerta Se produjo el sonido de la madera al astillarse. En alguna parte, all cerca, Locke oy la voz de una mujer que haba acudido en respuesta a los gritos de Stumpf. Daba igual; agarrara al alemn antes de que llegara algn tipo de ayuda, y entonces, por Dios que le borrara de la cara a aquel bastardo hasta el

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ltimo vestigio de sonrisa. Volvi a lanzarse contra la puerta con renovado fervor, una y otra vez. La puerta cedi. En el interior del antisptico capullo de su habitacin, Stumpf sinti la primera punzada de aire sucio del mundo exterior. No fue ms que una ligera brisa que invadi su santuario provisional, pero llevaba consigo to da la basura del mun do. Holln y semillas, escamas de piel desprendidas de miles de cueros cabelludos, pelusas, arena y pelos, el polvillo brillante del ala de una polilla. Motas tan diminutas que el ojo humano slo alcanzaba a vislumbrar en un haz de blancos rayos de sol; todas ellas, motas diminutas y remolineantes, inocuas para la mayora de los organismo vivos. Pero para Stumpf aquella nube fue letal; en segundos, su cuerpo se convirti en un campo de heridas diminutas y sangrantes. Chill y corri hacia la puerta para volver a cerrarla de un golpe; fue como si se hubiera lanzado a una lluvia de pequeas cuchillas que, una por una, fueron lacerndolo. Empujando contra la puerta para impedir que Locke entrase, las manos heridas se rompieron. Ya era demasiado tarde para impedirle el paso. El hombre haba abierto la puerta de par en par, y haba entrado; con cada uno de sus movimientos levantaba oleadas de aire que cortaban a Stumpf. Locke aferr al alemn por la mueca. Al hacerlo, la piel del alemn se abri como tocado por un cuchillo. Detrs de l, una mujer lanz un grito horrorizado. Locke se dio cuenta de que Stumpf ya no estaba en condiciones de retractarse por haberse redo, y lo solt. Adornado con cortes en todas las partes del cuerpo expuestas al aire y con otras heridas que fueron formndosele. Stumpf retrocedi, enceguecido, y cay junto a la cama. El aire destructor segua despedazndolo cuando cay; cada uno de sus agonizantes estertores despertaban nuevos torrentes que lo hicieron pedazos. Ceniciento, Locke se apart del lugar donde yaca el cuerpo, y sali al corredor tambalendose. Lo bloqueaba un grupo de curiosos; se hicieron a un lado cuando lo vieron acercarse, demasiado intimidados por su corpulencia y por la mirada enloquecida que llevaba en el rostro como para hacerle frente. Volvi sobre sus pasos a travs del laberinto perfumado de enfermedad, atraves el pequeo patio y entr en el edificio principal. Brevemente vio a Edson Costa que sala en su persecucin, pero no se qued para dar explicaciones.

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En el vestbulo, que a pesar de la hora estaba atestado de vctimas de uno u otro tipo, su mirada hostil se pos en un nio pequeo, acunado en el regazo de su madre. Al parecer se haba lastimado en el vientre. La camisa, excesivamente grande, estaba manchada de sangre; tena el rostro empapado de lgrimas. La madre no levant los ojos cuando Locke avanz entre la multitud. Sin embargo, el nio s lo hizo. Alz la cabeza como si hubiera sabido que Locke estaba a punto de pasar y sonri, radiante. En la tienda de Tetelman no haba nadie que Locke conociera; toda la informacin que logr sacar a la fuerza a los obreros contratados, en su mayora tan borrachos que no podan siquiera tenerse en pie, fue que sus amos haban partido hacia la selva el da anterior. Locke persigui al ms sobrio del grupo y lo persuadi con amenazas de que lo acompaara hasta la aldea en calidad de traductor. No tena una idea clara de cmo hara las paces con la tribu. Lo nico de lo que estaba seguro era de que tendra que demostrar su inocencia. Argira que, despus de todo, no haba sido l quien disparara el tiro letal. No caba duda de que haba habido disensiones, pero no le haba causado ningn dao a la gente. Cmo podan ellos, en conciencia, conspirar para hacerle dao? Si deseaban castigarlo, no iba a negarse a sus exigencias. En realidad, acaso no obtendran una satisfaccin en ello? ltimamente haba visto demasiado sufrimiento. Quera que lo liberaran de l. Cualquier cosa que le pidieran, siempre que estuviera dentro de lo razonable, lo cumplira, cualquier cosa con tal de no morir igual que los otros. Incluso estaba dispuesto a devolverles las tierras. El viaje fue muy ajetreado y su arisco acompaante se quejaba con frecuencia y de un modo incoherente. Locke hizo odos sordos. No haba tiempo que perder. Su ruidoso avance —el motor del jeep se quejaba ante cada nueva acrobacia que se le exiga— hizo revivir a la selva por los cuatro costados, y son un repertorio de chillidos, lamentos y aullidos. Era un lugar urgente, hambriento, pens Locke; y por primera vez desde que pusiera el pie en este subcontinente, lo odi con todo su corazn. Aquel lugar no le daba a uno ocasin de encontrarle un sentido a los acontecimientos; a lo ms que se poda aspirar era a que se le concediera a uno un ri ncn donde respirar por un momento entre un esculido florecer y el siguiente. Media hora antes del anochecer, exhaustos por el viaje, llegaron a las afueras de la aldea. El sitio no haba cambiado nada en los escasos das que haban permanecido alejados

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de all, pero el crculo de chozas se nota ba claramente desierto. Las puertas estaban abiertas; los fuegos comunales, siempre encendidos, eran un cmulo de cenizas. No haba ni nios ni cerdos que se volvieran a mirarlo mientras atravesaba el recinto. Al llegar al centro del crculo, se qued inmvil; busc a su alrededor alguna pista de lo ocurrido. No encontr nada. La fatiga lo volvi audaz. Reuniendo sus desperdigadas fuerzas, grit hacia la maleza: —Dnde estis? Dos guacamayos rojo brillante, de alas irregulares, salieron volando y chillando de los rboles, en el extremo opuesto de la aldea. Poco despus, una figura surgi de la espesura de jacarands y balsas. No era uno de la tribu, sino Dancy. Se detuvo antes de dejarse ver del todo; al reconocer a Locke, una amplia sonrisa le surc el rostro, y avanz hacia el recinto. Detrs de l, el follaje tembl cuando los dems se abrieron Paso. Estaba Tetelman, y unos cuantos noruegos dirigidos por un tipo "amado Bj0rnstr0m, a quien Locke haba visto brevemente en el almacn. La cara, bajo un mechn de pelo descolorido por el sol, era igual que la langosta hervida. —Dios mo —dijo Tetelman—, qu est haciendo aqu? —Eso mismo le pregunto yo —repuso Locke, irritado. Con un ademn, Bj0rnstr0m orden a sus tres compaeros que bajaran los rifles y se adelant con una sonrisa conciliatoria. —Seor Locke —dijo el noruego, tendindole la mano enguantada de cuero—, me alegra volver a verle. Locke baj la vista y con disgusto observ el guante manchado; con una mirada de autoadmonicin, Bj0rnstr0m se lo quit. La mano que qued al descubierto era prstina. —Disclpeme —le dijo—. Estuvimos trabajando. —En qu? —pregunt Locke. La acidez estomacal fue subiendo lentamente hasta depositrsele en la garganta. —Esos indios —repuso Tetelman lanzando un escupitajo. —Dnde est la tribu? —pregunt Locke. —Bj0rnstr0m dice que tiene derechos sobre este territorio... —intervino nuevamente Tetelman. — Dnde est la tribu? —insisti Locke.

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El noruego juguete con el guante. —Les dieron dinero para que se fueran? —inquiri Locke. —No exactamente — repuso Bj0rnstr0m. Su ingls era impecable, como su perfil. —Que venga —sugiri Dancy con cierto entusiasmo—. Dejad que lo vea con sus propios ojos. —Por qu no? —dijo Bj0rnstr0m asintiendo con la cabeza—. No toque nada, seor Locke. Dgale a su porteador que se quede donde est. Dancy ya se haba dado media vuelta y se diriga hacia la espesura: Bj0rnstr0m hizo lo mismo, escoltando a Locke por el recinto, hacia un corredor abierto en medio del denso follaje. Locke apenas lograba seguirles; a cada paso, sus piernas se mostraban ms reacias a continuar. A lo largo del sendero, el suelo estaba bien apisonado. Sobre la tierra hmeda haba un mantillo de hojas y fl ores de orqudeas pisoteadas. Haban cavado una fosa en un pequeo claro, a unos cien metros de recinto. La fosa no era profunda, ni tampoco muy grande. Los olores mezclados de la cal y la gasolina tapaban los dems aromas. Tetelman, que haba llegado al claro delante de Locke, se abstuvo de acercarse al borde de la excavacin, pero Dancy no se mostr tan melindroso. A grandes zancadas rode el extremo ms alejado de la fosa y con el dedo le hizo seales a Locke para que se fijara en su contenido. La tribu ya se estaba pudriendo. Yacan donde los haban arrojado, en un amontonamiento de pechos, nalgas, caras y piernas; sus cuerpos salpicados, aqu y all, de manchas negras y prpura. En el aire, encima de los cuerpos, las moscas se agolpaban en una confusa nube. — Una leccin —coment Dancy. Locke no logr apartar la vista, mientras Bj0rnstr0m se dirigi al otro costado de la fosa, para unirse a Dancy. — Son todos? —pregunt Locke. El noruego asinti. —De un solo plumazo —dijo, pronunciando cada palabra con una precisin perturbadora. —Las mantas —dijo Tetelman, indicando el arma asesina.

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—Pero tan de prisa... —murmur Locke. —Es muy eficaz —dijo Dancy—. Y difcil de probar. Incluso en el caso de que alguien pregunte. —Las enfermedades son algo natural —observ Bj0rnstr0m —. Quiz podamos trabajar juntos. Locke ni siquiera intent responder. Los otros miembros del grupo noruego haban apoyado sus rifles en el suelo y se disponan a continuar con el trabajo: del solitario montn, junto a la fosa, sacaron los pocos cuerpos que quedaban por arrojar junto a sus congneres. Entre la maraa, Locke logr ver a un nio y a un viejo al que los enterradores estaban recogiendo. El cadver daba la impres in de carecer de articulaciones cuando lo balancearon por encima del borde del agujero. Cay dando tumbos por la leve pendiente y qued boca arriba, con los brazos estirados a ambos lados de la cabeza, en un gesto de sumisin, o de expulsin. Se trataba del anciano al que Cherrick se haba enfrentado. Las palmas de sus manos todava estaban rojas. En la frente tena un limpio agujero de bala. Al parecer, la enfermedad y la desesperacin no haban sido del todo eficaces. Locke se qued mirando mientras arrojaban el siguiente cuerpo a la fosa comn, y a un tercero que le sigui. Bj0rnstr0m se pase por el extremo ms alej ado de la fosa y en cendi un cigarrillo. Sus ojos se encontraron con los de Locke. —As es la vida —dijo. Detrs de Locke, Tetelman habl. —Cremos que no volvera —dijo, intentando quiz justificar su alianza con Bj0rnstr0m. —Stumpf ha muerto —dijo Locke. —Mejor, menos para dividir —coment Tetelman, acercndose y ponindole una mano sobre el hombro. Locke no respondi; se limit a mirar fijamente los cadveres, a los que estaban cubriendo de cal; lentamente fue advirtiendo el calorcillo que le bajaba por el cuerpo desde el punto en que Tetelman lo haba tocado. Asqueado, el hombre haba quitado la mano, y se qued mirando la creciente mancha de sangre de la camisa de Locke.

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Clive Barker : Naci en 1952 en la ciudad inglesa de Liverpool, cuna de los Beatles, fue a las mismas escuelas que John Lennon, y su rostro de querubn tiene un extrao parecido con el de Paul McCartney. Termin sus estudios de filosofa en la universidad de Liverpool, y fue pintor y dramaturgo antes de empezar a escribir ficcin. Ahora se ha convertido en guionista de las pelculas inspiradas en algunas de sus obras. Este cuento fue tomado de la antologa Sangre. Al INDICE

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4. CUENTO MADE IN CUBA: INVITACI"N por Juan Pablo Noroa "Toy like people make me boy like" Massive Attack Era un da increble, de tipo a la puerta. Un hombre alto, moreno, de rasgos afilados. Sus ojos negros me miraron tal como los de un beduino acechando una valiosa caravana. Eso, por supuesto, me gustaba. Tambin me dedicaba un preciso flujo de feromonas, justo lo necesario para mostrarme su inters y motiv arme al mismo tiempo. Todo muy correcto y manejable por ambas partes. —Tu nombre es? l sonri. Lo hizo exactamente cual deba hacerlo para agradarme, abriendo poco los labios y poniendo amabilidad en los ojos. Me tendi su mano con gesto decidido, y al aceptarla me correspondi su apretn firme y clido. Maravilloso. Tena todo lo necesario para atraerme a la primera. —Sven Havel. —No recuerdo dnde te conoc. —El cumpleaos de Hori, anteanoche. El cumpleaos de Hori haba sido la bienvenida formal de mi nueva comunidad. Pas revista a los nombres entreodos. —¡Ah, ya Eras rubio, ms bajo, ms... cltico. —Entonces me recuerdas. —Claro que s. Rompiste rcord de ojos en blanco. —No entiendo. —Su expresin de asombro era cmica e indefensa, como me gusta en un hombre. —Diez segundos despus de comenzar a hablarnos pusiste los ojos en blanco durante ms o menos cinco. Te bajaste todo mi fichero apenas conocerme. l puso cara de excusa. —Siento haberte dejado en lapso. Deb haber actuado con ms cortesa. —Podas haber esperado. Yo no me iba a ninguna parte. —Me comport como un jovenzuelo salvaje. Alguien debi pasarse en el alcohol del ponche.

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Claro que le echara la culpa al etanol y no a su pene ansioso por conocer cmo propiciarse mis agujeros. El pene deba estar siempre bajo frreo control, so pena de denunciar a su humano como un macho irrespetuoso y falcrata. —Todos dicen lo mismo cuando no regulan responsablemente sus hormonas. —Pero yo regulo responsablemente mis hormonas. Mira, en verdad me propas en mi inters por ti slo porque dijiste algo maravilloso sobre la noche, algo muy potico... —Mi poesa est en la red. Pero s upongo que mi cuerpo no. A qu le vas detrs? Se me qued mirando por unos segundos, sorprendido por mi defensa agresiva, hasta que un destello de comprensin ilumin su rostro. —Ah, haces esto para mortificarme. Te gusta hacer bromas. Comienzas tus relaciones con extraos de esa forma. Lo que ms odio de la Red de Socializacin Asistida es la manera en que lo hace todo predecible. Sin errores ni malos entendidos, es cierto, pero tambin sin sorpresas. La informacin contenida en el fichero de datos y anlisis sobre la conducta pblica de un ciudadano le permitira a quien lo accediera manejarse con mapa dentro de una relacin interpersonal con l o ella. Eso sin jams llegar a detalles privados, pues al Sistema Experto de Autoconocimiento le bastaba con estudiar las acciones divulgables y colapsara antes de comprometer la intimidad de ningn individuo. En un final se garantizaba que los contactos humanos fuesen seguros y pacficos. Pero nada ms. —Me atrapaste. Llevas mucho tiempo esperndome aqu afuera? —Yo esperara un da entero. —Es esa tu forma de cortejar a una chica? —Quieres descubrirlo? Me mord la lengua para decirle que no esperaba nada fresco ni novedoso de su galanteo si no lo generaba la I.A de Social izacin Asistida en red. l tena las mejores intenciones del mundo: conversar interminablemente conmigo de temas apropiados y/o proporcionarme cuatro orgasmos diarios. Convena ser amigable con l. —No puedo decirte en pblico lo que me gustara saber de ti. Eso lo puso feliz. Me haba mostrado disponible e interesada y ahora era correcto que l fuese a por todo y ms. —Me alegra mucho que quieras... conocerme mejor. Puedo sugerir un encuentro para facilitrtelo?

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—Y yo puedo aceptar la sugerencia. —Hay un caf, el "Caf Charla", en la esquina norte de la plaza de los Cuatro Mrtires. A la hora que t escojas. —Pues mira, hoy no. Maana, que es feriado. Lo que es hoy creo que terminar demasiado tarde. Maana a las nueve de la maana. Y como no tengo planes para el resto del da, todo queda a las intenciones. Te gusta as? —Por intenciones mas, no faltar nada. Indudablemente todo se desarrollara segn nuestras intenciones. Nuestros autofenos ordenaran a las respectivas bioqumicas corporales la segregacin de las enzimas de ver la vida color de rosa con un ligero tinte de lujuria. Tambin ajustaran la organolepsia a percibir agudamente los placeres y en sordina los desagrados y molestias. Como punto final, al menos yo recurrira a Programacin Neurolgica Asistida por el Sistema Experto en red con el fin de convencerme de que todo ira bien. No haba forma ninguna en que la carne vil o el voluble nimo pudieran estorbar la voluntad de pasarla exactamente como deseramos. —Nos vemos entonces. Te dejo, fora stero. Se me hace tarde para el trabajo. Esa noche tuve la misma pesadilla de aos. Yo entraba en alguna especie de fbrica y caa en manos de dos operarios vestidos con ropas de proteccin ABC. Uno tena una gran I sobre el pecho y otro una A. Sacaban sendas hojas lser y comenzaban a rebanarme pedazos. El dolor era insoportable, pero no poda moverme, en parte por debilidad, en parte por una msica suave que de algn modo se materializaba y me sujetaba. Cuando terminaban de cortarme, comentaban sobre si ajustaba o no, y me introducan por un agujero cuadrado en la pared. A partir de all perda toda sensacin excepto el tacto y me pareca estar incrustada en un espacio exactamente de mi forma. Me despert temblorosa y cubierta de sudor. Estaba muy mal. La regulacin de mi neuroqumica no bastaba para estar bien al otro da. Para no golpearme la cabeza contra las paredes le orden a mi cuerpo dormir como una piedra y ped una sesin matutina con el Sistema Experto de Autoconocimiento. Esta vez incluso lo dejara trabajarme directamente en la memoria orgnica, por Interfase Sinptica Directa, sin

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verbalizacin ni monitoreo consciente. Pero era su ltima oportunidad de probar que era experto en m adems de en todo el mundo. A las nueve de la maana una ligera brisa algo pasada de nudos agitaba los toldos del "Caf Charla". Poda desatarse un huracn, si a mam Naturaleza le daba la gana. Yo estaba all contra demasiados vientos y mareas. Vena a aprovechar las cualidades humanas de Sven y su voluntad de agradarme. Me ordenara a m misma ser feliz junto al nico tipo al cual no haban ahuyentado mis antecedentes excntricos y asociales. Si quedaban grietas en el edificio de mi estabilidad, ah estaba otra vez el Sistema Experto, capaz de poner todos los calzos y rellenos necesarios. —Hola. Siento llegar tarde. —No es nada. Te ves bien. Segn mi gusto estaba para comrselo. —T tambin. Qu bueno que te veo igual que ayer. —Cmo osas decir eso, patn? Esta dama estren este vestido para ti. —No me refiero a eso. Es que muchas mujeres acostumbran ajustarse al gusto de uno. Algunas lo hacen de un da a otro, otras poco a poco. Pero lo hacen. —Bueno, todava no he querido descargar tu fichero, as que mal podra modificarme el busto, la cara, la figura, las medidas de mi vagina, o cualquier otra cosa que no hubieras querido diferente hoy. —Pero no lo habras hecho. T slo cambias tu feno por gusto propio. —No exclusivamente. De cualquier manera, eres contradictorio. —Porque me puse a tu gusto? Vas a protestar por eso? Me re. En efecto, nunca en la vida me quejara del uso tan exquisito de un autofeno. Sven haba moldeado su estructura corporal, sus maneras y lo ms visible de su temperamento en una obra de arte diseada sin ms pblico que yo en mente. —En lo ms mnimo. Pero a ver, por qu esas mujeres se fenoregulan para ti, si no te gusta. —No lo saban. Yo mismo no lo saba hasta que hace dos semanas sali en una sesin de Auto conocimiento. El Sistema Experto me confirm que era un sentimiento vlido, no un capricho ni una pose. —Y por qu no te gusta? No te interesa el fsico?

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—Me importa lo suficiente. Pero muy poco en comparacin con la espiritualidad. Es que cuando una mujer se modifica a mi gusto, parece que pensara que slo me interesa su cuerpo. —Ya. Sabes que eres el primer hombre en mi vida que se toma tantas molestias conmigo? T no sers un algn tipo de caso desesperado? l se qued mirndome fijamente, si n decir una palabra. De seguro Socializacin Asistida le habra advertido de mi sinceridad, pero el hecho manifiesto quizs lo chocaba un poco. —No soy un caso desesperado. Simplemente estoy haciendo mi mejor esfuerzo. Estoy muy interesado en ti. Comenz cuando dijiste aq uello sobre la noche. Adems creo que eres muy... particular. Diferente, especial. Las personas as no necesitan un cuerpo para atraerme. Qu es un cuerpo? En verdad, un cuerpo es nada. Es slo el fenotipo, el cual a su vez es arcilla para las nanomquinas capaces de manipular el ms recndito proceso biolgico segn las rdenes del autofenoregulador. Basta expresar un deseo consciente y articulado y el artilugio maravilla le hace entender a cada una de sus miradas de minsculas subordinadas la parte que le toca en cumplirlo y mantenerlo. ni cas fronteras, la viab ilidad biolgica y el sacrosanto genoma, intocable por ley. —Bueno, si no es el cuerpo, no s qu me encuentras. Verdad que soy diferente, pero la diferencia es que eventualmente todos me declaran insoportable e intratable y me recomiendan terapia. Es que no me cae bien casi nadie, y no consigo ocultarlo ni con Socializacin. —Quizs tengan razn sobre la terapia. —Odio dejarme trastear por el Sistema Experto. Y no estoy segura de que todos deban caerme bien. Me es difcil hacer el esfuerzo de tratar a alguien como esa persona quisiera sin estar segura de que vale la pena. Y como esta forma de ser ahuyenta a la gente, y es tan incorrecto estar con alguien slo por el sexo, no he tenido muchos compaeros. Oye, t no sers algo as como un buen samaritano? —Siempre eres as de suspicaz? Creo recordar otras caractersticas en tu fichero. Ingenio, buen humor, creatividad. Por qu no hablas de ti? De tu poesa? Mi poesa. Hace algn tiempo encontr unos poemas annimos en la Red, y me hicieron

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rer y llorar como nunca en mi vida, as de buenos y prximos a m eran. Pero ms me re y llor cuando los reconoc como mis primeros y olvidados. Mis poemas no los he querido compartir ni con el Sistema experto, y doy gracias a los Cuatro Mrtires por el slogan "privacidad es prioridad". Se necesitara bastante tiempo para que yo leyese mis poemas a Sven. —Por tu silencio veo que no te gusta el tema. Mira, hablando de poesa, un amigo mo, bilogo como yo, hizo un drama sobre la vida de Russell. Est disponible en la Red en forma de guin para holoteatro. Tu terminal o la ma? —Una obra slo sobre Russell? —Los otros tres tambin son reflejados. Est buena, creme. Creacin Asistida se la evalu de sentida, muy personal, y llena de recursos. Se hace eco de nuevas evidencias sobre la personalidad de Russell. Siempre se le ha visto como un improvisado, un tipo de destellos, irregular. Pero eso es una distorsin de sus contemporneos, que adoraban las personalidades desbalanceadas y con capacidades descompensadamente desarrolladas en una nica direccin. Se ha investigado que l no era as. —Y qu pasa en la obra? —Bueno, se le ve yendo cada maana al laboratorio, trabajando con tesn, un paso cada da. Haciendo las cosas en equipo, sacando lo mejor de sus colaboradores. Compartiendo cada xito con su familia. Motivado y consciente acerca de la importancia de sus investigaciones. Magnfico. Ira a ver un bodrio correcto y de correcta factura hecho entre un bilogo con inquietudes dramatrgicas y Creacin Asistida. Sin embargo, vala como excusa de la compaa de Sven y una oportunidad de estar a solas con l. Al irnos pasamos cerca de las estatuas de los Cuatro Mrtires y me aproxim a ver la tarja. Senta curiosidad, pues en cada ciudad ponen algo ligeramente diferente. A Russell, Godaut, Chen, Osmendi. Creadores del Autofenoregulador y la Interfase Sinptica. Brutal e intilmente asesinados por la Iglesia de los Patriarcas Arios y las corporaciones de frmacos y cosmticos para impedir que divulgaran su invento en bien de la humanidad. Desde hace 60 aos vivimos en un mundo feliz gracias a ellos.

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Vimos la obra en mi casa. Era algo sobre el esfuerzo continuado, las buenas intenciones y la calidad de vida como verdaderos motores del desarrollo humano. Redondeaba la idea a travs del nico personaje negativo, un tipo que se autotitulaba genio, a pesar de ser un intil intelectualmente impr oductivo, adems de in tratable, insoportable, insensible, irresponsable e inestable. Resultaba ser vctima de un hogar disfuncional y un terrible complejo a causa de sus piernas y su nariz. Por desgracia, Sven me impidi manipular los rostros de las holofiguras, co n lo cual nos hubisemos redo de lo lindo. —Es una porquera. —Vamos, vamos. No has observado bien los valores. —No tengo ganas de conectarme a Apreciacin Asistida tan temprano en la maana. Y es una porquera porque... no sabra decirte. Gracias a Creacin Asistida, le faltan errores que te salten a la cara. Pero igual lo es. —Eso es muy subjetivo. —Es tan mierdera como todo lo de Creacin Asistida. Dile a tu amigo que a Tespis no le gusta el sexo anal, que no insista en hacrselo. —Si ests tan prejuiciada con Creacin Asistida, mejor no te muestro mi cermica. —No estoy prejuiciada con tu cermica. Quiero verla y tomar t en ella, si sirve. Pero esa obra de tu amigo slo da para burlarse. —l canaliz energas y emociones muy importantes en ese guin. No estaba disfrutando la conversacin, por tanto di los pasos necesarios para ponernos en un estado ms placentero. Lo dej agotado y durmiendo. Despus de dos horas de ejercicio... intenso. Me levant y fui al bao apenas tuve voluntad para apartarme de su cuerpo. Me gusta estar limpia y sin sudor en la piel. Aprovech para admirarme en el espejo. Todos son felices simplemente con tener la apariencia deseada, pero la ma es fruto de mi objetivo buen gusto, exigente como no lo es ningn ego. De vuelta escog alguna ropa masculina para reemplazar la de Sven. Siempre mantengo bastante en el ropero, por si me da por una fenoregulacin radical. Sven ya estaba despierto. —No me gust que cortaras la conversacin de esta manera. —Estabas empeado en hablar de esa porquera. —Era un sujeto de comunicacin tan bueno como cualquier otro, para empezar.

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—Si el sujeto es una mierda, nos comunicamos mierda. —Bueno, olvdate de la obra. Lo que hiciste no estuvo bien. —Vaya una sorpresa. Pues no decas eso. —Liberaste tantas feromonas que me hiciste perder el control. —Podras haber regulado tu receptividad. Sabes, no puedes tener una ereccin como esa completamente contra tu voluntad. —No conviertas el sexo en qumica. No es correcto usar sexualmente a otra persona, menos sin su voluntad expresa. Yo no quera esto tan pronto. Espero una relacin profunda. Ambos lo necesitamos. Me sent en la alfombra dndole la espalda. Era algo molesto encontrar aquella compatibilidad sexual mezclada con tanta seriedad. Tampoco me gustaba la frase "ambos lo necesitamos". —Oye, y si te dijera que no deseaba de ti ms que esto. —Eso es mentira. Si fuera verdad, se ra un intento de reducir a lujuria ocasional tus reprimidos deseos de un compromiso. —No ocasional. Si va a ser as de bueno, mejor dejarlo regular. —No seas infantil. Somos adultos. Ya los dos pasamos la etapa de exploracin sexual. Necesitamos exploracin sentimental. Sven quera ser mi prncipe azul. —Realmente? Con qu propsito? Mira, nos gustamos, y podemos hacernos compaa. Qu ms quieres? —Tienes problemas, Daisy. Graves. Yo quiero ayudarte. Necesito ayudarte, si vamos a ser honestos. —Cmo es eso? —Descubr, por Autoc onocimiento, que no me aporta nada ninguna relacin si yo mismo no aporto algo necesario y fundamental a otra persona. Y t necesitas estabilidad emocional. —Me voy. Ninguno de los dos tiene nada que hacer aqu. Cuando vuelva, no quiero encontrarte. —Adnde vas? A escribir poemas tristes? He visto los pocos que pusiste con tu nombre en la Red. Son realmente buenos. Mucho ms que los holoteatros de Roger o mi

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cermica. Pero son tristes. No te hacen bien Disfrutas demasiado su tristeza. Necesitas algo que te haga bien. Sven quera hacerme el bien. Por supuesto. l nunca hara nada por malo. Nunca haba sufrido ningn dao que no reparase, ni haba sentido miedo o dolor. Rebosaba autoestima y buenas cualidades, la felicidad era su estado natural. Todas esas caractersticas tienden a usar a unas personas para propagarse a otras. Por ejemplo, a m. —Sven, voy a ser honesta contigo. Soy un bicho raro. Como no me gusta el Sistema Experto, nunca sabr por qu ni cmo remediarlo. Como bicho raro, estoy sola. Y t no eres mi prncipe azul, pero hubieras sido buena compaa. Al menos, agradable. Mis planes eran convivir contigo a golpe de autofeno y Redes de Asistencia. Iba a hacer concesiones con tal de no estar sola. Pe ro t quieres demasiado. —No quiero demasiado. No te entiendo. —No pongas los ojos en blanco. Ninguna Red de I.A de Asistencia funciona conmigo. Sven, lo necesario y fundamental que queras aportarme era hacerme ajustada y contenta como todos. Cambiarme por una mejor Daisy. Verdad? —Espera, lo ests malinterpretando. —No me gustan tus planes conmigo. Me gustan mis poemas. Mi nico problema es la soledad. Nadie me entiende, eso es todo. Ahora vete, por favor. l comenz a balbucear su perplejidad. Quizs crea estar herido o adolorido. —Sven, vete. No te va a pasar nada si das la vuelta y te desapareces de mi vida. El Sistema Experto te dar un buen masaje y te pondr en la mejor forma emocional posible. Vas a tener un pico de euforia y deseos de vivir cuando l te suelte. —No sientes ningn respeto por los sentimientos ajenos? —Sven, no seas ridculo. No tengo ningunas ganas de hacerte dao, pero, por favor, vete y no vuelvas a buscarme. Y si le coges gusto a eso de ser rechazado por m y que despus te arregle Autoconocimiento, te acusar. Te sorprender saber cun criminal puede considerarse el instinto de reproduccin en ustedes los hombres. Sven finalmente se fue. Yo me qued, co mo siempre, sola como la una. Hasta el da de hoy no s si hice bien.

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Juan Pablo Noroa Lamas : Naci en Ciudad Habana en 1973. Es redactorcorrector emisora Radio Reloj. Ha realizado estudios que le han permitido alcanzar una licenciatura en Filologa. Obras p ublicadas: Cuento en la antologa Reino Eterno Letras Cubanas, 2000; varias colaboraciones en el fanzine de Literatura fantstica MiNatura "Hermano csmico" en La Guayaba Mecnica y ms recientemente fue antologador de Secretos del futuro Sed de Belleza, 2006. Al INDICE

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5. CUENTO CLASICO CORTO: LOS GRANDES DESCUBRIMIENTOS PERDIDOS I, II y III por Fredric Brown. Nota: En realidad no es un cuento corto sino tres. ¡Est bien, Est bien, hicimos trampa! Los editores. LOS GRANDES DESCUBRIMIENTOS PERDIDOS I LA INVISIBILIDAD Tres grandes descubrimientos se llevaron a cabo, y se perdieron trgicamente, durante el siglo XX. El primero de ellos fue el secreto de la invisibilidad. Fue descubierto en 1909 por Archibald Praeter, embajador de la corte de Eduardo VII en la del sultn Abd-el-Krim, regente de un pequeo Estado aliado en cierto modo con el Imperio Otomano. Praeter, un bilogo amateur pero entusiasmado autodidacta, inyectaba a ratones diversos sueros, con el propsito de encontrar una sustancia reactiva que ocasionara mutaciones. Cuando inoculaba a su ratn nmer o 3019, ste desapareci. An estaba all; poda sentirlo bajo su mano, pero no lograba verle ni un pelo. Lo coloc cuidadosamente en su jaula y, dos horas ms tarde, el animalito reapareci sin sufrir dao alguno. Continu experimentando con dosis cada vez mayores y observ que poda hacer invisible al ratn durante un perodo de veinticuatro horas. Las dosis mayores lo enfermaban o le producan torpeza en sus movimientos. Tambin advirti que un ratn que mora durante un periodo de invisibilidad, apareca de nuevo en el momento mismo de la muerte. Dndose cuenta de la importancia de su descubrimiento, envi telegrficamente su renuncia a Inglaterra, despidi a sus sirvientes y se encerr en sus habitaciones, para experimentar con l mismo. Empez con pequeas inyecciones que lo hacan invisible durante unos cuantos minutos y la aument hasta verificar de que su tolerancia era igual

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que la de los ratones; la dosis que le haca invisible ms de veinticuatro horas, lo enfermaban. Tambin descubri que, aunque nada de su cuerpo era visible, la desnudez era esencial; la ropa no desapareca con el preparado. Praeter era un hombre honesto y de bastantes recursos econmicos, as que no pens en el crimen. Decidi volver a Inglaterra y ofrecer su descubrimiento al gobierno de su Majestad, para ser empleado en el servicio de espionaje o en acciones blicas. Pero antes decidi permitirse un capricho. Siempre haba sentido curiosidad por el celosamente guardado harn del Sultn en cuya corte estuvo destinado. Por qu no echarle un vistazo desde el interior? Por otra parte, algo que no poda precis ar con exactitud le preocupaba de su descubrimiento. Quiz hubiese alguna circunstancia en la cual... Pero no poda pasar de ese punto en sus pensamientos. El experimento estaba definitivamente concluido. Se desnud y se hizo invisible inyectndose la mxima dosis tolerable. Fue muy sencillo pasar entre los guardianes eunucos e in troducirse en el harn. Pas una tarde muy entretenida e interesante admirando a las cincuenta y tantas beldades en las ocupaciones diurnas de mantenerse bellas, bandose y ungiendo sus cuerpos con aceites aromticos y perfumes. Una de ellas, una circasiana, lo atrajo extremadamente. Se le ocurri, como a cualquier otro hombre en su lugar, que si se quedaba durante toda la noche, perfectamente a salvo ya que permanecera invisible hasta la ta rde siguiente, podra averiguar cul era la habitacin de la belleza y, despus de que las luces se hubiesen apagado, seducirla; ella se imaginara que el sultn le haca una visita. La vigil hasta ver a qu cuarto se retiraba. Un eunuco armado ocup su puesto junto al cortinaje del prtico y los dems se distribuyeron en cada una de las entradas a los diversos aposentos. Archibald esper hast a que estuvo seguro de que ella dorma, y entonces, en el momento en que el eunuco miraba hacia otro lado y no poda percibir el movimiento de la cortina, se desliz a su interior. Aqu la oscuridad era completamente absoluta, aunque andando a tientas pudo encontrar el lecho. Con cuidado extendi una mano y acarici a la mujer dormida. Ella se despert y grit aterrorizada. (Lo que l no saba era que el sultn nunca visitaba el harn por la noche, sino que enviaba a por una o algunas de sus esposas para que lo acompaasen en sus propias habitaciones).

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De pronto, el eunuco que estaba de guardia en la puerta entr y lo agarr opresivamente de un brazo. Lo primero que pens fue que ahora saba con precisin cul era la circunstancia ms desdichada de la invi sibilidad: que era completamente intil en la oscuridad absoluta. Y lo ltimo que escuch fue el siseo de la cimitarra bajando hacia su cuello desnudo. LOS GRANDES DESCUBRIMIENTOS PERDIDOS II LA INVULNERABILIDAD El segundo gran descubrimiento perdido fue el secreto de la invulnerabilidad. Fue descubierto en 1952 por un oficial de radar de la Marina de los Estados Unidos de Amrica, el teniente Paul Hickendorf. El aparato era electrnico y consista en una pequea caja que poda llevarse incluso en el bolsillo; cuando se accionaba cierto dispositivo de la caja, la persona que la llevaba se vea rodeada de un campo de fuerza cuyo poder, en funcin de lo que poda medirse mediante las excelentes matemticas de Hickendorf, era virtualmente infinito. El campo tambin resultaba completamente impermeable a cualquier grado de calor y a cualquier cantidad de radiacin. El teniente Hickendorf lleg a la conclusin de que cualquier hombre mujer, nio o perro encerrado en dicho campo de fuerza, podra resistir la explosin de una bomba de hidrgeno a bocajarro, sin resultar afectado en modo alguno. No se hacan explotar bombas de hidrgeno en aquellas fechas, pero mientras terminaba de ajustar su artefacto, el teniente se encontraba en un barco, un crucero, que navegaba por el Ocano Pacfico en ruta hacia un atoln llamado Eniwetok, y se rumoreaba que tendran que presenciar la detonacin de la primera bomba de tales caractersticas. El teniente Hickendorf decidi esconderse en la isla que serva de blanco y permanecer all hasta el momento del estallido de la bomba, para despus salir ileso; demostrando de este modo, fuera de cualquier gnero de duda, que su descubrimiento era operativo: una defensa infalible contra el arma ms poderosa de todos los tiempos. Fue difcil, pero pudo ocultarse con xito y all estaba, a unos cuantos metros de la bomba H, despus de haberse acercado lo ms que pudo al lugar de la explosin.

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Sus clculos fueron absolutamente correctos y no sufri ni la menor lesin, ni un rasguo, ni una quemadura. Pero el teniente Hickendorf no previ la posibilidad de que sucediera algo imprevisto, y eso fue lo que ocurri. Sali disparado de la superficie terrestre, con una velocidad de aceleracin mayor que la de escape, en lnea recta, ni siquiera en rbita. Cuarenta y nueve das ms tarde cay en el sol, an sin lesin alguna pero, desdichadamente, muerto haca ya bastante tiempo, puesto que el campo de fuerza admita slo el aire suficiente para respirar unas cuan tas horas, y as su descubrimiento se perdi para la humanidad, por lo menos durante el transcurso del siglo XX. LOS GRANDES DESCUBRIMIENTOS PERDIDOS III LA INMORTALIDAD El tercer gran descubrimiento que se perdi en el siglo XX fue el secreto de la inmortalidad, descubierto por un oscuro qumico de Mosc llamado Ivan Ivanovitch Smetakovsky, en 1978. Smetakovsky no dej registrado cmo hizo su descubrimiento o cmo supo que tendra xito antes de probarlo, por dos razones. Tena miedo de revelarlo al mundo porque saba que una vez que lo ofreciera, aun a su propio gobierno, el secreto se filtrara a tr avs del Teln de Acero y causara el caos. La U.R.S.S. podra manejarlo, pero en las naciones brbaras e indisciplinadas el resultado inevitable de una droga para inmortalidad sera una explosin demogrfica que con toda seguridad conducira a una agresin a los pases comunistas. Y tema emplearla en s mismo, porque no tena la seguridad de querer ser inmortal. Tal como estaban las cosas, incluso en la U.R.S.S., por no mencionar el resto del mundo, vala la pena vivir para siempre? Se comprometi a no drsela a nadie ni a tomarla, hasta que adoptase una decisin al respecto. Durante ese tiempo llev consigo la nica dosis de la droga que obtuvo. Era solamente una pequea cantidad envasada en una cpsula insoluble que poda ser escondida

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incluso en la boca. La sujet a una de sus piezas dentales postizas, hacindola descansar entre sta y la mejilla para no correr el peligro de tragrsela inadvertidamente. De esta forma tena la posibilidad de decidir en cualquier momento, pues no tendra ms que sacar la cpsula de la boca, romperla con la ua y tragar su contenido para ser inmortal. As lo decidi un da cuando, despus de enfermar de neumona y ser llevado a un hospital de Mosc, comprendi, tras escuch ar una conversacin entre el doctor y una enfermera que pensaban errneamente que dorma, que esperaban su muerte en un plazo de horas. El temor a la muerte demostr ser mayor que el de la inmortalidad, cualquiera que fuesen los riesgos que sta trajera, as es que, tan pronto como el doctor y la enfermera abandonaron la habitacin, rompi la cpsula y trag el contenido. Esperaba, ya que la muerte pareca tan inminente, que la droga actuase a tiempo para salvarle la vida. Y la droga dio resultado, pero cuando hizo su efecto l ya haba cado en un estado de semicoma y delirio. Tres aos ms tarde, en 1981, todava permaneca en el mismo estado y los mdicos rusos diagnosticaron finalmente el caso y dejaron de sentirse intrigados por l. Obviamente, Smetakovsky haba tomado alguna especie de droga para hacerse inmortal, una droga que les era imposible analizar o aislar, y que le impeda morir. No caba duda de que el efecto se prolongara indefinidamente, si es que no era eterno. Pero, por desgracia, la droga tambin hi zo inmortales a los neumococos de su cuerpo, las bacterias (diplococcipneumoniae) que le causaron originalmente la neumona y que ahora continuaran viviendo para siempre mantenindolo en estado de coma. Por tanto, los mdicos, siendo realistas y no viendo ninguna razn para prestarle atencin y cuidados a perpetuidad, simplemente lo enterraron. Fredric Brown: Naci en Cincinnati (Ohio) el 29 de octubre de 1906. Se gradu en el Hanover College de Indiana y desempe durante su juventud los ms variados trabajos desde recadero hasta encargado del tiovivo en un parque de atracciones. Ya casado y con dos hijos obtuvo un empleo estable como corrector del Milwaukee Journal y comenz a

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escribir cuentos de misterio y ciencia ficcin que venda a las revistas a razn de uno o dos centavos la palabra. Su primera novela, La trampa fabulosa, publicada en 1947, le vali el codiciado premio Edgar Allan Poe otorgado por la Asociacin de Escritores de Misterio de Amrica. Este hecho determin que se hiciese escritor profesional, publicando sin descanso novelas y colecciones de cuentos. Tras residi r largo tiempo en California, se traslad a Tucson (Arizona) en busca de un clima ms apropiado para sus deficiencias respiratorias. All muri en 1972. Es considerado por muchos, el maestro indiscutido del relato supercorto, inimitable en su habilidad para crear en una o dos pginas todo un mundo lleno de sugerencias e implicaciones. Su humor endiablado, su imaginacin portentosa y su dominio del idioma son los tres factores que sitan a Brown a la altura de un Bierce o un Salinger como autor de relatos breves y hacen de l una figura singularsima en el campo de la ciencia ficcin. AL INDICE

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6. LAS COSAS QUE VENDRAN (…y que pasan) FERIA DEL LIBRO: Durante la Feria del Libro que se avecina tendremos varias actividades de inters: Lanzamiento de: “La casa hechizada” de H.P. Lovecraft (Arte y Literatura) “Los dioses de Pegana” de Lord Dunsany (Arte y Literatura) “El Bosque” de Roberto Estrada Burgeois (Gente Nueva) “El diablo embotellado” de Louis Stevenson (Gente Nueva) “Mary Poppins” de Pamela L. Travers (Gente Nueva) “Ulrico y la flecha de cristal” de Carlos Fabretti (Gente Nueva) “Onoloria y otros relatos” de Miguel Collazo (Letras Cubanas) “Brujas, hechizos y otros disparates” de Nelson Simn (Editorial Oriente) “Cucho y sus amigos” de Virgilio (Historietas) (Pablo de la Torriente) “Kukuy, el guije del charco azul” de Angel Velazco (Hist. Pablo de la Torriente) “Brujitas en apuros” de Enrque Prez Daz (Editorial Cauce) “Veredas” de Michel Encinosa (Extramuros) “Nada que declarar” de Anabel Enrquez (Editorial Abril) (Premio Calendario) 3er nmero de la Revista “El Cuentero” dedicado al Fantstico.

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PROGRAMA DEL TALLER ESPIRAL PARA LOS MESES DE ENERO A ABRIL DEL 2007 Horario: Primeros y terceros sbados de cada mes desde la 1:30 hasta la 4:30 de la tarde. Lugar: Casa de Cultura de 10 de Octubre, sita en Ca lzada del 10 de Octubre y Carmen, Municipio 10 de Octubre. Sbado 6 de enero Tema: Teora del gnero: Fantstico sucio? Por: Eliete Lorenzo Vila Sbado 20 de enero Tema: Los Padres del Fantstico: Edgar Allan Poe Por: Juan Pabl o Noroa Lamas Sbado 3 de febrero Tema: Subgneros: Realismo Mgico Por: Sergio Cevedo Sosa Sbado 17 de febrero Tema: Teora del gnero: El juego como forma de definir universos en la literatura. Por: Gabriel Gil Sbado 3 de marzo Tema: Subgneros: El absurdo Por: Sergio Cevedo Sosa Sbado 17 de marzo Tema: Subgneros: Ucronas Por: Javier de la Torre Rodrguez

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Sbado 7 de abril Tema: Teora del gnero: Estereotipos ps icolgicos de algunos seres fantsticos. Por: Anabel Enrquez Pieiro Sbado 21 de abril VI Festival de Juegos de Rol fant sticos (a partir de las 10 AM) LOS ESPERAMOS Jartower. AL INDICE

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7. COMO CONTACTARNOS? S tienes algn comentario, sugerencia o colaboracin escrbenos a: darthmota@centro-onelio.cult.cu jartower@centro-onelio.cult.cu espiral@centro-onelio.cult.cu aceptamos cualquier colaboracin seria y desinteresada. Traten de ponerla en el cuerpo del mensaje. Advertencia: Los mensajes de direcciones desconocidas que contengan adjuntos sern borrados. Para suscribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la palabra "BOLETI N" en el asunto. Para desincribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase "NO BOLETIN" en el asunto. Para obtener nmeros atrasados envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase en el asunto "Numeros anteriores" y el nmero del correo atrasado que deseas entre parntesis a continuacin. Si los quieres todos escribir a continuacin “todos”. Ejemplos : Con el asunto “Numeros anteriores (2)(5)(20)” obtendras los nmeros 2, 5 y 20 del Disparo en Red. Con el asunto “Num eros anteriores todos” obtendras todos los nmeros del Disparo en Red existentes. Al INDICE