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Disparo en Red

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Material Information

Title:
Disparo en Red
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Disparo En Red
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - D42-00032-n31-2007-03
usfldc handle - d42.32
System ID:
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HOY: 15 de MARZO del 2007 DISPARO EN RED: Boletn electrnico de ciencia-ficcin y fantasa. De frecuencia mensual y totalmente gratis. Para descargar disparos anteriores: http://www.esquina13.co.nr http://www.cubaunderground.com El sitio web del Fantstico Cubano http://www.cubaliteraria. cu/guaican/index.html

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Editores: Darthmota. Jartower. Colaboradores: Taller de Creacin ESPIRAL de ciencia ficcin y fantasa. espiral@centro-onelio.cult.cu espiralgrupo@yahoo.es Anabel Enrquez Pieiro Istvn Bent Yoss Juan Pablo Noroa Coghan Ral Aguiar Vctor Hugo Prez Gallo Portada: Future Folk. Universo: Elf Quest.

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disparoenred@centro-onelio.cult.cu 0. CONTENIDOS: 1. La frase de hoy : Neal Stephenson. 2. Artculo : Robert Ervin Howard y Conan: El hombre y el mito, Yoss. 3. Cuento clsico : Duelo en Sirte, Poul Anderson. 4. Cuento made in Cuba: El capitn, el piloto y la sirena, Juan Pablo Noroa. 5. Apcrifos : Necrobias: Prlogo, Stanislaw Lem. 6. Las cosas que vendrn (…y que pasan). 7. Cmo contactarnos?

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1. LA FRASE DE HOY: —Fui incapaz de arrancar la prueba de manos de la nia —dijo Chang. —Le he visto matar hombres adultos con las manos —le record el juez Fang (…) —La edad no ha tenido misericordia. Neal Stephenson La era del diamante: Manual ilustrado pa ra jovencitas. Al INDICE

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2. ARTICULO: ROBERT ERVIN HOWARD Y CONAN: EL HOMBRE Y EL MITO Por Yoss Debes saber, ¡oh prncipe! que luego de que los ocanos inundaran Atlantis y las resplandecientes ciudades, y antes del surgimiento de los hijos de Aryas, hubo una edad no soada en la que, como las estrellas en el manto azul del cielo, brillantes reinos ocuparon la Tierra: Nemedia; Ophir; Brythunia; Hyperborea; Zamora, con sus mujeres de cabellos negros y sus torres de terrorfico misterio; Zingara, con sus altivos caballeros; Koth, que colindaba con las infinitas tierras de pastos de Shem; Estigia, con sus milenarias tumbas guardadas por sombras; Hyrkania, cuyos fieros jinetes usaban acero, seda y oro. Pero el ms orgulloso era Aquilonia, que reinaba supremo sobre el dormido occidente. Y all lleg Conan, el cimerio, cabello negro, adustos ojos, espada en mano, ladrn, asaltante, asesino, de grandes tristezas y grandes alegras, dispuesto a pisotear con sus pies calzados con sandalias los enjoyados tronos de la Tierra. Las Crnicas Nemedias (versin del autor) Con estas palabras sobre un mapa de la Tierra tal y como debi ser en la Era Hyboria1 de Conan comienza an hoy cada nmero de La espada salvaje de Conan el brbaro de Comics Forum Editorial Planeta-De Agostini ( con historietas tomadas de The Savage Sword of Conan de la Marvel Group) uno de los comics que por ms tiempo se ha mantenido en venta en el mundo. Si a sus albms dobles ( SuperConan ) le sumamos la publicacin peridic a de otras historietas sobre el Brbaro de Bronce como Conan Rey, Conan el conquistador y Conan el bucanero una desangelada pero larga serie de dibujos animados y dos pelculas y media interpretadas por el forzudo Arnold Schrwarzenegger2, ms un casi innumerable 1 Dibujado por Tony Edwards y Eliot R. Brown inspirados a su vez en un mapa del propio Robert E. Howard. 2 La primera y sin duda la mejor: Conan The Barbarian dirigida por John Milius con guin de Oliver Stone, un potente aunque algo fascista exergo de Nietzche ( Lo que no te destruye te fortalece ), excelente msica original de Basil Poledouris y la actuacin del imponente James Earl Jones como el hechicero malfico Thulsa Doom (originalmente un mago con cabeza de calavera que enfrenta no Conana sino otro brbaro howardiano que tambin llega a ser rey, Kull de Valusia… pero se pueden perdonar ciertas versiones no?) y

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surtido de merchandising de inspiracin “brbara” y la influencia que el mundo Hyborio ha influido sobre la esttica musical y sobre todo visual de grupos de rock como Manowar, Virgen Steel, Armoired Saint, Crom y Rhapsody es fcil llevarse una idea de la avasalladora popularidad de la que goza el personaje creado por Robert E. Howard. Por si alguien no nos conoce o no se ha dado cuenta, somos fans confesos de Conan y de Howard. Desde que a los 11 aos cay en nuestras manos un comicbook ilustrado por el magistral Barry Windsor-Smith, las historias del cimerio no han dejado de acompaarnos y fascinarnos. Pero an as, este no ser uno de los muchos e hipermeticulosos artculos de fancoleccionista, de los que confrontan fechas, personajes, dibujantes y escenarios de los relatos o historietas de sus dolos, tratando de descubrir hasta el ms mnimo gazapo. Ni tampoco, aunque este ao se conmemora el centenario de su natalicio, una ms de las tantas y magnficas biografas escritas sobre el escritor texano. Este es apenas un esbozo para una investigacin sobre el hombre como creador de mitos. Pero de todas maneras habr que decir algo sobre quin fue Robert E. Howard, antes de pasar a ver cmo y por qu en su relativamente corta vida dej una huella tan notable en el imaginario del hombre del siglo XX. EL HOMBRE: UN ESBOZO BIOGRAFICO Robert Ervin Howard naci un 22 de enero de 1906 en Peaster, Texas, y estudi el bachillerato y algunos cursos universitarios en Brownwood, pero vivi la mayor un infantil Jorge Sanz como Conan nio; la segunda, Conan The Destroyer (1984) del algo menos inspirado Richard Fleischer, repiti lamsica de Poledouris y a un Arnold todava ms melenudo y sobre todo ms macizo que en la primera, sumando a una andrgina extravagante Grace Jones interpretando a uno de los tantos compaeros del cimerio que originalmente era masculino, al imponente jugador de baloncesto Wilt Chamberlain como uno de los malos y ala joven y atractiva Olivia Dbo como la princesa encaprichada en perder su virginidad entre los musculitos del austraco, fue mucho menos cuidada y podra haberse llamado “Juanito el de la espada grande” o algo as. Y la dos y media fue la lamentable El guerrero rojo ( Red Sonja) (1985) (por qu “el guerrero” si se trataba de una dama?) con la bella, muy espigada y tetuda danesa y ex chica Stallone Brigitte Nielsen interpretando a la invencible espadachina pelirroja, y un Conan que nunca revela su verdadero nombre, pero que cualquiera que conozca de la difcil relacin entre los dos personajes habra reconocido hasta si no fuese de nuevo el inefable Arnold Negro-Negro (esta vez sin siquiera ensear sus notables pectorales) el que lo interpretara. Ahora se habla de una nueva versin, con efectos especializados digitalizados y el carismtico luchador de wrestling The Rock (que ya fue muy convincente como brbaro forzudo en El Rey Escorpin ) interpretando al enorme cimerio. Pero ya se sabe, corren tantos rumores en Hollywood…

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parte de su vida en Crossplains, pequea localidad de la zona central de Texas, bastante cercana a Abilene. Desde su infancia fue un vido lector. Coinciden sus bigrafos3 en que de pequeo su inteligencia precoz lo convirti en un inadaptado, objeto de los clsicos abusos que suelen padecer por parte de compaeros ms robustos y zafios tantos nios brillantes pero fsicamente dbiles. Abusos que lo marcaron: al crecer y como compensacin se convirti en un fantico de los deportes y de la gimnasia y lleg a ser un consumado boxeador y jinete. Fue el fin de las provocaciones: al alcanzar la madurez meda ms de un metro ochenta de estatura, era musculoso4, pesaba unos noventa kilos y en opinin de uno de sus sparrings habituales en el cuadriltero “habra sido un ms que pasable peso completo” Tambin practic la lucha libre y grecorromana. Era introvertido, poco convencional, caprichoso e irritable, propenso a sentimientos extremos, a atracciones intensas y aversiones violentas5. Pero este “hombre de hierro” en una ocasin tambin escribira: ...una de las principales razones por las que nunca llegar a ser nada es que soy demasiado condenadamente sensible ". Bajo su apariencia de tipo duro lata un corazn vulnerable. Amaba a la naturaleza y a los animales: en varias oportunidades fue de caza con sus amigos, pero sin llegar a ma tar nunca ninguna pieza. Esta sensibilidad llegaba hasta el extremo de que cuando en 1929 el viejo perro de la casa, Patches ( Parches ) enferm de modo incurable, su joven amo se traslad a Brownwood y solo regres en 1930, cuando el animal ya haba muerto. 3 Nuestra fuente principal fue Albert Wildmarth… o sea Alberto Silvn Gutirrez, y L. Sprague de Camp. Ah, y claro, la pgina web oficial de REH. Muy bien hecha, los invitamos a visitarla. 4 O al menos lo que entonces se entenda como tal. Basta con mirar las fotos para darse cuenta de que distaba bastante de parecer un culturista de hoy. Claro, todava Charles Atlas estaba en sus primeros pasos y Joe Weider no haba creado su famoso mtodo de musculacin armnica. Probablemente REH habra protestado contra lo artificialmente hipertrofiada de la musculatura de Arnold, el ms famoso intrprete de Conan. A fin de cuentas, ni siquiera los gladiadores romanos entrenaban cientficamente con pesas. Un brbaro nunca habra sido elegido Mster Olimpia: fuerza s, pero demasiada grasa para ser visualmente hermoso. Pero de todos modos no cabe duda de que personajes como Conan y Kull, descritos como excepcionalmente altos y corpulentos tenan mucho del propio REH, o de su autoimagen. 5 El subrayado es nuestro, claro se nota la similitud con la introduccin de Las Crnicas Nemedias ? Sera interesante saber quin copi a quin. El bigrafo al escritor, o viceversa?

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Segn algunos de sus conciudadanos (no parece haber tenido verdaderos amigos fuera de Lovecraft6 y Clark Ashton Smith, por otro lado geogrficamente muy lejanos, ya que vivan en la Costa Este), padeca de delirio de persecucin, y en su caprichosa paranoia lleg a solicitarle a su sastre que, contraviniendo la moda de entonces, le acortara los bajos del pantaln “para evitar enredarse si alguien lo atacaba” y por si fuera poco, debajo acostumbraba a usar zapatillas altas de luchador “para protegerse los tobillos de cualquier llave o zancadilla”. Hay hasta quien dice que sola usar pistola, pero no hay pruebas que respalden tal afirmacin7. Padeci de sonambulismo desde 1927, y sus convencionalsimos vecinos los Hutler solan quejarse cuando, sobre todo en verano, con las ventanas abiertas, permaneca tecleando enrgicamente en su mquina de escribir hasta altas horas de la noche, y otras veces cantando bajo el porche. Su primer relato apareci8 ya en 1925 en las pginas de la revista Weird Tales donde tambin publicaron H. P. Lovecraft y otros autores del llamado “crculo lovecraftiano” como Clark Ashton Smith, Robert Bloch y August Derleth. Luego vendera decenas de historias a esa y ot ras publicaciones peridicas, pues no solo escribi 21 relatos completos sobre el brbaro cimerio9, dejando incompletos 6 En sus cartas se la pasaban discutiendo de fantasa, concepciones del mundo y las semifascistas teoras raciales sobre las que ambos eran tan dados a especular. El citadino Lovecraft era decidido partidario de los pueblos sedentarios y civilizados, REH de los nmadas y brbaros, por supuesto. Lovecraft le recriminaba el conceder ms importancia a la fuerza bruta que al pensamiento, y l le ripostaba reprochndole haber idealizado el hipcrita y pacato Siglo XVIII. Mientras que el hombre de Providence era autoritario y dogmtico en sus epstolas, REH se mostraba liberal, a veces hasta algo anrquico. Lovecraft era un anglfilo acrrimo, y su corresponsal texano decididamente celtfilo. Si en algo coincidan era la primaca de la raza aria Pero valga la aclaracin de que debe entenderse este trmino solo en el sentido original en que utilizado por prehistoriadores como Gordon Childe, de ideologa totalmente contraria a la de otros que ms tarde se apropiaron del vocablo, como los nazis. 7 Habra sido ms bien extrao, en alguien que no tena corazn para disparar contra animales indefensos y que en numerosas obras lleg al extremo de deplorar el arco y la ballesta como “armas poco viriles” porque mataban a distancia. 8 Spear and Fang Dato para satisfacer a los especialistas puntillosos. 9 Tras el ttulo de cada relato aparece el del volumen en que fueron recopilados, as como el nmero de la revista (mayormente Weird Tales pero no solo) en que fueron originalmente publicados El fnix sobre la espada CONAN EL USURPADOR ( Weird Tales diciembre 1932) La ciudadela escarlata CONAN EL USURPADOR ( Weird Tales, enero 1933) La torre del elefante CONAN ( Weird Tales marzo 1933) El coloso negro CONAN EL PIRATA ( Weird Tales, junio 1933) La sombra deslizante CONAN EL AVENTURERO ( Weird Tales, septiembre 1933) El estanque del negro CONAN EL AVENTURERO ( Weird Tales octubre 1933) Villanos en la casa CONAN ( Weird Tales enero 1934) Sombras a la luz de la luna CONAN EL PIRATA ( Weird Tales, abril 1934)

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algunos que fueron luego terminados en su mayora por L. Sprague de Camp10, sino una larga serie de historias sobre otros caracteres ms o menos de fantasa heroica, como Kull de Valusia11, Bran Mak Morn12 y Turlogh OBrien, y sobre personajes La reina de la costa negra CONAN EL CIMMERIO ( Weird Tales mayo 1934) El diablo de hierro CONAN EL VAGABUNDO ( Weird Tales agosto 1934) El pueblo del crculo negro CONAN EL AVENTURERO ( Weird Tales, septiembre 1934) Nacer una bruja CONAN EL PIRATA ( Weird Tales diciembre 1934) Las joyas de Gwablur CONAN EL GUERRERO ( Weird Tales, marzo 1935) Ms all del ro negro CONAN EL GUERRERO ( Weird Tales mayo y junio 1935) Sombras en Zambula CONAN EL VAGABUNDO ( Weird Tales, noviembre 1935) Conan el conquistador CONAN EL CONQUISTADOR ( Weird Tales diciembre 1935 a Abril 1936) Clavos rojos CONAN EL GUERRERO ( Weird Tales, julio a septiembre 1936) El dios del cuenco CONAN ( Space Science Fiction, septiembre 1952) La hija del gigante helado CONAN EL CIMMERIO ( The Fantasy Fan marzo 1934) El valle de las mujeres perdidas CONAN EL CIMMERIO ( The Magazine of Horror primavera 1967) El tesoro de Tranicos CONAN EL USURPADOR ( Fantasy Magazine, marzo 1953) 10 Es obvio que Sprague de Camp se tom bastantes libertades con las notas de REH. Y la diferencia entre sus relatos “completados” y los originales se nota. A continuacin del ttulo de la historia y sus autores damos algunos datos que podran resultar interesantes para los fans ms empedernidos. El aposento de los muertos CONAN (R. E. Howard y L. S. de Camp) El manuscrito hallado constaba solo de 850 palabras. La mano de Nergal CONAN (R. E. Howard y L. Carter) Fragmento de Howard de tres pginas. El Dios manchado de sangre CONAN EL CIMMERIO (R. E. Howard y L. S. de Camp) L. S. de Camp adapt el relato de REH de su serie de aventuras en el actual Afganistn, titulado The Curse of the Crimsom God (La maldicin del dios rojo) introduciendo algn elemento fantstico. Un hocico en la oscuridad CONAN EL CIMMERIO (R. E. Howard, L. Carter y L. S. de Camp) Fragmento inacabado de REH Halcones sobre Shem CONAN EL PIRATA (R. E. Howard y L. S. de Camp) Se trata de una adaptacin del relato de Howard Hawks over Egypt que trata del califa loco del siglo XI Hakin. El camino del las guilas CONAN EL PIRATA (R. E. Howard y L. S. de Camp) Es una historia de Howard adaptada por L. S. de Camp. Lobos ms all de la frontera CONAN EL USURPADOR (R. E. Howard y L. S. de Camp) Es un relato completado por L. S. de Camp. La daga llameante CONAN EL VAGABUNDO (R. E. Howard y L. S. de Camp) En 1934 Howard escribi una aventura oriental que tiene como protagonista a Francis Xavier Gordon titulada Three Bladed Doom que constaba de 42.000 palabras. Como le pareci demasiado larga la redujo al ao siguiente a 24.500. La adaptacin de de Camp que contiene elementos fantsticos es de 31.000. Los tambores de Tombalko CONAN EL AVENTURERO (R. E. Howard y L. S. de Camp) Relato de Howard que es completado por L. S. de Camp, quien de paso corrige bastantes nombres tnicos de las tribus negras. 11 O mejor sera decir de Atlantis. Es un claro precursor de Conan: un brbaro que llega a sentarse en el trono de la nacin ms civilizada de su tiempo, aqu Valusia en vez de Aquilonia. Kull tena como ttem al tigre, (durante sus andanzas como pirata en la Cosa negra, Conan fue apodado amra “el len de las olas”) prefera usar el hacha de doble hoja (uno de sus mejores relatos se titula Con este hacha reino ) y desconfiaba de brujos y hechiceros lo mismo que el cimerio. Pero, sortilegios mediante, en una ocasin estos dos campeones de pocas diferentes llegan a e encontrarse y reconocerse como almas gemelas. Hay una pelcula relativamente reciente sobre este personaje, Kull el conquistador de bajo presupuesto pero con una interpretacin bastante convincente del alto y forzudo Kevin Sorbo, que se hizo famoso por su personificacin de Hcules en la serie televisiva fantstica homnima. 12 Un caudillo picto descendiente de Brule el de la Lanza, legendario compaero de Kull. Es interesante que en el momento de escribir esta historia casi no se saba nada sobre los pictos, as que Howard simplemente invent la mayor parte de los detalles sobre este primitivo pueblo celtobritano. Las sagas pico-mticas de

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ms cercanos en el tiempo como Red Sonja13 o Solomon Kane14, as como una novela de “fantasa interplanetaria”, Almuric15, cuentos de terror y misterio, aventuras orientales, oestes o sobre boxeo (al que era personalmente muy aficionado) llegando incluso a probar suerte con un relato ertico. Puede decirse que era el prototipo del escritor profesional, que al vivir de su pluma est dispuesto a escribir sobre todo lo que le paguen… y disfrutarlo de paso. Y se dira que al menos por un tiempo no le fue nada mal. En medio del crack financiero tras el 29 lleg a ganar ms dinero por sus relatos que ningn otro habitante de Crossplain, sin exceptuar al banquero local… lo que no significa que fuese mucho. Con los ingresos de la venta de sus historias se mantena a s mismo y a su anciana madre, ya que aunque su padre, tambin de avanzada edad, era mdico rural, la depresin econmica haba afectado de tal modo a la regin que muchos de sus pacientes granjeros le pagaban con pollos y viandas. Cuando la madre enferm de la vescula b iliar las cosas fueron de mal en peor para los Howard. Los gastos mdicos y de hospitalizacin endeudaron hasta el cuello a REH sin que su progenitora diera muestras de mejorar. A principios de junio Weird Tales deba a uno de sus ms apreciados colaboradores una verdadera fortuna, cerca de 800 dlares entre cuentos ya publicados y por publicar: obligados por la falta de fondos, haban adoptado la poltica de fr accionar y demorar sus pagos. Sabedor de que la revista no atravesaba por un momento boyante (como todo el pas, por otra parte) Howard ya ni siquiera aspiraba a poder cobrar todo aquel dinero, pero en una carta a Fansworth Wright, entonces editor de Weird Tales reconoci abiertamente Howard, aunque situadas en pocas diferentes, tendan a enlazarse. El mejor ejemplo es El valle del gusano ciclo de relatos sobre la memoria racial centrados en una bestia ancestral horrible y asquerosa que diferentes generaciones de guerreros deben enfrentar. 13 Aunque muy familiar para los lectores de las historietas de Conan, la bella y habilsima esgrimidora de los cabellos de fuego y el exiguo bikini de cota de malla que solo podr entregarse al hombre que la venza en combate justo, aparece originalmente en un relato histrico de REH, ambientado en el cerco de los turcos a Viena. Su contraparte masculina en dicho texto es un robusto, talludo y bebedor caballero teutn en el que pueden reconocerse muchos rasgos del cimerio, aunque sea rubio y no de negros cabellos. 14 Una verdadera rareza en la obra de REH: un adusto espadachn de la Inglaterra puritana que lucha contra forajidos, hombres-lobos, vampiros y brujos africanos sin probar alcohol ni permitirse mujer, con la pura saa de un paladn. De lectura recomendada.. 15 El forzudo y pasional Esa Cairn, acorralado por la polica, acerta la oferta del clsico cientfico genial y loco para ser transportado a otro planeta, el extrao y primitivo Almuric. Al cabo de unos aos regresa, contra todo pronstico, para contar sus muchas aventuras al sabio. Novela de clara inspiracin burroughsniana (Almuric en vez de Barsoom, Esa Cairn en vez de John Carter) pero con muchos pasajes interesantes.

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que con aquel nfimo goteo de medios cheques le resultaba imposible no ya pagar sus deudas, sino simplemente vivir. Era un grito desesperado de auxilio que no obtuvo respuesta. Su albacea literario y continuador, L. Sprague de Camp, ha dicho que Howard se suicid “abatido por la muerte de su anciana madre, a quien amaba de modo exagerado16” pero parece ser que ms se trat de una decisin cuidadosa y largamente meditada. Como habran hecho sus personajes, a los que tanto importaba el honor, un desesperado REH decidi abandonar el escenario sin dejar cabos sueltos, y con cierto estilo grandilocuente. El 8 de junio de 1936 Hester Howard Sank entr en coma, y dos das ms tarde su hijo compraba terreno para tres tumbas en el cementerio Brownwood. Ya haba dejado instrucciones a su agente, Otis Klane, sobre qu hacer con sus cuentos en caso de fallecimiento, luego envi todos los textos que tena a Weird Tales con claras instrucciones. Despojado de la pistola que acostumbraba tener en casa por su prudente padre, pidi prestado a un amigo un revlver Colt 38 de accin doble, automtico. Unos das antes haba conversado con un amigo paterno, tambin mdico, el Dr. Dill, sobre la casi segura mort alidad de un disparo en la cabeza. En la maana del 11 de junio visit por ltima vez a su madre, y contra su costumbre, inquiri sobre sus posibilidades de recuperacin. Cuando una enfermera le respondi negativamente, la nica barrera entre Robert Ervin Howard y su decisin de morir se desvaneci. Regres a su casa, escribi cuatro lneas de un poema redactado en su infancia17 y luego sali y dentro de su coche, un Chevy de 1935, se coloc la pistola en la sien y dispar. Pero sus planes estuvieron a punto de fracasar: probablemente debido a su notable vigor fsico, no muri hasta ocho horas despus. Su madre lo sigui al cabo de otras 31 horas, y estn enterrados juntos. 16 Afirmacin de la que muchos psicoanalistas de fin de semana han querido deducir un complejo de Edipo y hasta una posible homosexualidad que la empedernida soltera de REH corroborara, pero en nuestra opinin ya eso es hilar demasiado fino y dejarse llevar por el vicio de pensar lo peor de los dems. Por favor: la mayora de las veces una espada es una espada, y no un smbolo flico. 17 All fled, all done / So lift me on the pyre / The feast is over / And the lamps expire. Nuestra traduccin sera: Todo vol, todo termin / As que alzadme a la pira / La fiesta ha acabado / Y las lmparas expiran. Una cuarteta que no habra desentonado en los funerales de Patroclo, si se pudiera traducir al griego, claro.

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Y con esto basta18. La vida del escritor solo nos interesa en tanto que material para analizar la extraa pero innegablemente poderosa vitalidad que manifiestan sus creaciones. EL MITO: LAS RAZONES DE UNA PRESENCIA. De entre todos los personajes ms o menos picos brotados de la pluma de REH, nos centraremos en la figura de Conan de Cimeria, no solo por ser uno de sus tipos ms logrados, sino sobre todo por tratarse de su carcter ms popular. La primera impresin que se tiene de Conan es que se trata del clsico energmeno, todo msculos y nada de cerebro, acostumbrado a resolverlo todo con la violencia. En efecto, al ser interrogado el mismo REH sobre el por qu de su evidente complacencia con personajes ms bien rudos y poco dados a la reflexin, respondi: Son seres elementales. Cuando los metes en un lo, nadie espera que te devanes los sesos inventando modos sutiles y maneras ingeniosas para hacerles salir del atolladero. Son demasiado estpidos para hacer otra cosa que cortar, golpear o arrastrarse hasta quedar libres Es decir, una fuerza de la naturaleza, elemental e incontenible. Razonando por simple induccin, podra llegarse a la c onclusin de que Conan, con su fe en su espada y sus bceps y su instintiva desconfianza de la hechicera19, expresaba de modo ms o menos metafrico el sentir de un Howard que, como buena parte del pueblo norteamericano, estaba cansado de demagogia y palabras vacas y haba perdido y la fe en sus lderes polticos que parecan incapaces de sacar al pas de la peor crisis econmica y social de su historia hasta el momento. La culpa era de un puado de bribones y aprovechados a los que haba que correr a patadas porque era el nico lenguaje que realmente respetaban, y quin mejor que un Conan para eso? Visto as, se dira que el cimerio es un claro antecedente de Hulk20, todo msculos e ira… pero resulta que, a despecho de lo que pensara su creador (ya se 18 Repetimos que el que quiera convertirse en experto en Howard mejor consulte en Internet alguna de sus muchas y excelentes biografas. 19 Y extindase el concepto de brujera ms o menos a todo saber sofisticado. 20 Enorme y musculoso, pero verde y de origen radiactivo. Y Conan no tena doble personalidad. En lo adelante haremos ms de una comparacin con otros superhroes Marcel o DC. Despus de todo, fue en los duros aos 30 cuando surgieron arquetipos como Superman, Batman y el Capitn Amrica, con el claro propsito de dar esperanzas a un pueblo bastante decepcionado de la realidad.

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sabe que ni siquiera los autores son due os absolutos de su personajes) muchas veces el brbaro de bronce hace gala de notables ingenio y capacidad de reflexin. Y no solo se trata de la elemental astucia del guerrero que, enfrentndose a un oponente fsicamente ms poderoso, trata de aprovechar esa fuerza para destruirlo. Ni de la sofisticada habilidad como esgrimista o luchador de la que hace gala casi constantemente venciendo a enemigos que lo superan en nmero o armamento21… sobre todo sin utilizar ningn complejo o secreto arte marcial como los que practicaban, por ejemplo, los misteriosos guerreros de piel amarilla de Khitai. La cosa va mucho ms all. Luchando con los casi divinos brujos del Crculo Negro, Conan es capaz de descubrir que su punto dbil no est en sus cuerpos, sino en el altar en forma de serpientes entrelazadas que contiene sus almas. Jugando la partida decisiva por el trono de Aquilonia con el tenebroso mago Thulandra Thuu, es capaz de burlar sus negros sortilegios alindose con el pueblo de stiros de los bosques, que soplando sus flautas ultrasnicas infunden el famoso “terror pnico” en las filas enemigas, del que las huestes del general Conan se libran ¡taponndose los odos!22 Y luego, al ocupar el trono aquilonio, no solo gobierna con la ruda justicia que cabra esperarse, sino que es capaz de sortear decenas de intrigas y conspiraciones palaciegas, llegar a viejo sin ser derrocado y hasta legar tranquilamente la realeza a su hijo Conn antes de marcharse al nuevo mundo, ya con unos respetables 60 aos “a buscar nuevas aventuras en sitios donde me respeten como hombre y no como rey” Los ejemplos sobran. El tericamente lerdo e inflexible guerrero no desdea disfrazarse oscureciendo su piel nrdica para poder pasar inadvertido entre los negroides habitantes de Koth. Ni en hacer alianzas con demonios tan implacables como el inmortal Imhotep, el Devastador de Mundos, cuando ambos descubren que tienen al mismo astuto hechicero como enemigo. Y sobre todo, cuando es completamente superado, como durante la invasin bucanera a las pirticas islas Barachas, su primitivo cdigo del honor no le impide huir para salvar la piel, segn 21 Su enfrentamiento con un arquero, armado l solo de espada y daga, en el camino a la Ciudad de los Magos, es uno de los episodios que mejor ilustra su dominio de la tcnica de combate. 22 Y cualquier semejanza con el proceder de Ulises en la Odisea no es pura coincidencia, sospechamos.

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el sabio precepto de que quien escapa hoy vive para luchar maana, y de que la mejor tica es la que mantiene ms tiempo vivo al que la practica. Algunos han querido ver en este casi sabio proceder del que deba ser el bruto por antonomasia la mano de de Camp23, pero analizando lo ocurrido con otros personajes de Howard llegamos a la conc lusin de que REH nunca trat de hacer pasar a su hijo literario por estpido. Como Kull o Solomon Kane, Conan no desprecia la inteligencia y el conocimiento… solo desconfa de ellos, porque pueden servir lo mismo para el bien que para el mal. Las espadas y las hachas tambin, claro, pero esas al menos nadie las maneja y por tanto entiende mejor que l. Y si falla el razonamiento o no funciona la astucia, nada mejor que tener a mano una espada bien afilada, un brazo fuerte para empuarla… y un buen par de piernas para correr, si hiciera falta. Que conste que no proponemos a Conan como una especie de Hombre del Renacimiento, experto en todas las artes de la guerra, la diplomacia y el gobierno. Pero concedmosle que si fue capaz de abandonar su helada y nativa Cimeria en busca de mejores oportunidades, debi te ner una ambicin y una inteligencia un poco mayores que las que tradicionalmente se espera que posean la clase de ser estpido y elemental que REH crey haber creado. Los tontos no se lanzan a correr aventuras, son arrastrados por ellas24… y ni siquiera saben moverse luego en la corriente de los acontecimientos. Lo que nos lleva directamente al meollo de la popularidad del cimerio. La clave no est en sus msculos ni en su falta de razonamiento, ni en su fe en la espada como ultima ratio regu ni siquiera en los exticos escenarios en los que se desarrollan sus peripecias, repletas de ciudades perdidas, monstruos hbridos, razas olvidadas y magia oscura, sino ms bien en un rasgo consustancial al sueo americano: su condicin de self-made -man de hombre que labra su propio destino desdeando todas las adversidades, que se siente nacido para grandes empresas y llega a 23 Puede que tengan algo de razn… como mismo parte de la popularidad de canana podra deberse a los esfuerzos sistematizadotes que de Camp invirti ordenando las ms o menos caticas narraciones originales de REH en una nica lnea temporal coherente. 24 Recuerdan lo que le ocurri al casersimo Bilbo Baggins, convertido de tranquilo vecino en saqueador por obra y gracia del humor de Gandalf? Y eso que el hobbit a la larga demostr estar hecho de una pasta mucho ms recia de la que todos, incluso l mismo, haban credo.

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desdear compartir el trono que le ofrece una princesa por amor con las orgullosas palabras de “Yo tendr mi propio reino”25. Es el paradigma del “otros pueden por qu no puede usted?” de Andrew Dale Carnegie y el Readers Digest, solo que envuelto en pieles, no en traje de seda, y con espada en vez de cartera de hombre de negocios. De brbaro inculto sin antecesores nobles ni ricos a guerrero temido por todos sus adversarios y finalmente a rey. El perfecto arribista social, el trepador arquetpico. Conan el triunfador, el que nunca se rinde. Poda imaginarse mejor smbolo de esperanza para los norteamericanos en plena crisis? Cierto que no viva en el complicado mundo moderno de tecnologa y ciencia, pero las intrigas a las que se enfrentaba nada tenan que envidiarle a las actuales. Y, a diferencia de Superman, no dispona de poderes sobrehumanos y casi infinitos, sino solo de su instinto brbaro y sus msculos, grandes y resistentes, s, pero nada que un buen norteamericano no pudiera lograr con un poco de aficin por el deporte26. La curiosa actitud del brbaro hacia la religin es tambin ejemplar: rezar a los dioses est bien si hay tiempo, pero ha ayudado alguna vez un dios a un humano que no estuviera dispuesto a ayudarse a s mismo? Ni hablar. Crom, el dios herrero cimerio dueo del secreto del acero, se re de los hombres debajo de su montaa, y no tiene mucho sentido implorar su favor y menos con su clemencia27. Un poco por el estilo de los buenos WASP norteamericano s: blasfemar es feo, mejor no hacerlo (por si caso) pero aydate y Dios te ayudar28. Alguien que poda dirigir un ejrcito o un reino o viajar con algn que otro compaero, pero que en ltima instancia saba que solo poda fiarse 100% de sus propias fuerzas: la concrecin del espritu de frontera de la Expansin al Oeste que hizo grandes a los Estados Unidos. Conan roba y mata, es cierto, pero esta ms o 25 Se trata del bocadillo final de la por otro lado lamentable pelcula Conan the Destroyer 26 Volviendo al mundo de los superhroes, los referentes ms cercanos seran el Batman de Bob Kane y el superarquero defensor de la ley, Flecha Verde (aunque este nunca dej de ser un segundn de Linterna Verde y se extingui soando la popularidad del Caballero Oscuro). Grandes gracias a su preparacin fsica y dominio de la tcnica, no a disponer de superfuerza o supervelocidad ni lanzar rayos misteriosos. 27 Sirva como ejemplo el parlamento ms largo de Arnold Schwarznegger en Conan the Barbarian : (cito de memoria) Crom, sabes que no soy bueno en esto de rezar. Pero, por favor, recuerda que somos pocos y ellos muchos. As que aydanos… o si no ¡vete al diablo! 28 Los espaoles en tiempo de la Reconquista tenan una cuarteta perfecta para estos casos: Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos / que Dios ayuda a los malos / cuando son ms que los buenos. Sin

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menos justificado: lo hace luchando contra una ley para la que no contaron con l y que a veces no le deja ms espacio que el crimen. Y otras veces solo ejerce el muy norteamericano y sacrosanto derecho de cada hombre a defenderse o tomarse la justicia por su mano29. En pocas palabras: no es el blando, domesticado y sofisticado habitante de una cultura urbana, sino de un brbaro: el cowboy el cazador-trampero, el motorista o el camionero solitarios que tanto peso tuvi eron y an tienen en el inconsciente colectivo de los EE. UU. El triunfo de la difusa periferia que loa y favorece la individualidad sobre el centro despersonalizador y enemigo de los caracteres no estandarizados. Otro elemento contribuy en no poca medida a la popularidad del personaje de REH: Conan no es solo el superhombre, sino tambin el supermacho de apetito sexual insaciable, con un amor en cada recodo de su vagabundo andar, la verga errabunda y prepotente que no se arredra ni ante verdaderas vboras espadachines acostumbradas a deshacerse acero en mano de cualquier pretendiente molesto, como Red Sonja o Valeria de la Hermandad Roja, aunque pueda respetar como colegas a las mercenarias de la Hermandad de la Espada. Un individuo sin lazos afectivos demasiado duraderos, aunque no inmune al amor30, solo que siempre dispuesto a empezar de nuevo cuando la compaera muere o lo abandona. Un hombre, en fin, que los desocupados norteamericanos de los aos 30, a los que la prdida del rol de abastecedor fundamental del hogar por culpa de la ola de desempleo haca sentirse como eunucos ante sus exigentes esposas, y tambin a menudo obligados a viajar en busca de trabajo, podan tomar orgullosamente como modelo. Enorme y fsicamente poderoso, astuto y solitario, vagabundo de tica elstica pero bsicamente honorable, amigo de sus amigos, mujeriego y bebedor, iracundo a veces y otras pronto a la franca carcajada qu hombre no quisiera ser como l? Lejos estaban an los tiempos del Womens Liberation y de la mojigatera del comentarios. 29 Si la ultrareaccionaria e hipernorteamericana NRA (Asociacin Nacional del Rifle, recuerden el documental Bowling in Columbine ) no h elegido a Conan como uno de sus santos patrones es solo porque el cimerio nuca dispar un buen Winchester… 30 Recuerden su perodo con Belit, la fiera reina pirata de la Costa Negra.

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politically correct31. Los hombres, cuando eran hombres, eran hombres, y si no, no eran hombres. Pese a las tortuosas inte rpretaciones seudofreudianas de muchos estudiosos de la Era Hyboria, el homosexualismo, sobre todo el masculino, parece estar prcticamente ausente del ultraviril universo del brbaro32. Los hombres dbiles huyen, negocian o atacan por la espalda: no tratan de sobrevivir pasando por mujeres de otros hombres. Y con el pasar de los aos, el encanto casi primitivo de Conan y sus aventuras, lejos de disminuir, parece haber aumentado. No importa que, habituados ya a escritores fantsticos que son verdaderos estilistas, a estas alturas el lenguaje de REH parezca burdo o primitivo, sus dilogos esquemticos, sus en un tiempo fascinantemente exticos paisajes poca cosa en comparacin con los escenarios aliengenas que ofrecen la ciencia ficcin y la fantasa modernas, la geografa de su apenas esbozado Mundo Hyborio un refrito de varias copias de uso de universos fantsticos y de lugares de este mnimamente disfrazados. Hasta lo que podra resultar su peor handicap en contra, sus personajes demasiado arquetpicos, se vuelve su principal carta de triunfo. Porque estamos seguros de que es justamente por eso, por ser la concrecin de los sueos, la personificacin de los anhelos de tantos hombres, que Conan, el primordial brbaro cimerio, sigue pisoteando con sus sandalias los enjoyados cenculos de la sofisticada literatura seria para sentarse imbatible en el trono de la duradera popularidad. YOSS (Jos Miguel Snchez Gmez) : La Habana, Cuba (1969). Licenciado en Ciencias Biolgicas por la Universidad de La Habana en 1991. Comenz a escribir a los quince aos, con su incorporacin a los Talleres Literarios. Entre otros a obtenido el Premio de 31 Es difcil imaginar algo menos politically correct que un brbaro eructando y bostezando en la mesa mientas palme prepotente el trasero de una camarera ligera de ropas que le sirve ms vino y ms carne. Pero tambin difcil imaginar algo ms “natural” para el imaginario machista. 32 Aunque la historia est llena de ejemplos de homosexuales “ultraviriles”: Alejandro Magno y sus hetairoi de la caballera, los 400 de la Legin Tebana, los jinetes mongoles, los piratas del Caribe y tanto grupo de hombres solos y en peligro constante de muerte que no alcanzaban a satisfacer su sana necesidad de sexo violando prisioneras o con prostitutas alquiladas. A menudo se contrapone la Era Hyboria de REH a la Tierra media de JRR Tolkien, planteando la primera como ms realista y llena de fango, sangre y traicin contra la idealizacin caballeresca de la segunda, pero resulta curioso que el elemento homoertico mencionado est completamente ausente en ambas fantasas. Un universo fantstico realmente realista, (si es que tl cosa no es

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cuento de ciencia ficcin de la revista cubana Juventud Tcnica 1988, el Premio David de ciencia ficcin 1988 con el libro de cuentos Timshel (publicado por Editorial UNION, 1989), el Premio Plaza de ciencia ficcin, 1990, el Premio Luis Rogelio Nogueras de ciencia-ficcin 1998, con Los pecios y los nafragos (publicado por Ediciones Extramuros, 2000), el Premio Calendario de la AHS en ciencia ficcin 2004 por el libro de cuentos Precio justo (publicado por la Editorial Abril, 2006). Es miembro de la UNEAC desde 1994. Correo electrnico (E-mail): : yoss00@hotmail.com Nota: Los editores de Disparo en Red ofrecemos 5 millones de disculpas por haber puesto reseas bibliogrficas de Yoss que no se correspondan con la realidad. Esta es la resea correcta, aunque muy resumida. AL INDICE un contrasentido total) debera incluir tambin a las minoras sexuales no?

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3. CUENTO CLASICO: Duelo en Sirte Poul Anderson La noche entregaba su mensaje, nacido a muchas millas de aquella soledad, llevado por el viento, repetido por los lquenes y los rboles enanos, transmitido de unas a otras por las pequeas criaturas que se escondan bajo las pe as, en cuevas, o a la sombra de las mviles dunas. Sin palabras, pero despertando un oscuro impulso de miedo que repercuta en el cerebro de Kreega, corra la advertencia: — Estn cazando otra vez Kreega se estremeci ante una sbita rfaga de viento. La noche profunda lo rodeaba por todos lados, desde la frrea amargura de las colinas a las resp landecientes y mviles constelaciones, a aos-luz sobre su cabeza, y advirti que sintonizaba sus temblorosas percepciones con la maleza, con el viento y con las pequeas plantas ocultas a sus pies, al dejar que la noche le hablara. Estaba solo. No haba ningn otro marciano en cien millas a la redonda; nicamente los animalitos y matorrales estremecidos por el agudo y triste soplo del viento. El grito sin voz de la muerte corra por el matorral de planta en planta, encontrando un eco en los aterrados pulsos de los animales y en las rocas que lo reproducan por reflexin. Kreega se cobij bajo un alto risco. Sus ojos, como lunas amarillas, relumbraban en la oscuridad, plenos de terror y de fro aborre cimiento. El exterminio se iba realizando implacablemente en un crculo de diez millas a la redonda, dentro del cual se hallaba, y pronto el cazador vendra tras l. Mir el indiferente relucir de las estrellas y se estremeci. Todo comenz pocos das antes, en la oficina del comerciante Wisby. —Vengo a Marte para llevarme un buhito —explic Riordan. Wisby observ al otro hombre por encima de sus lentes, calibrndolo. Aun en rincones olvidados por Dios, como en aquel Puerto Armstrong, se escuch hablar de Riordan, heredero de una empresa de navegacin area que l extendi por todo el sistema; tambin era famoso como cazador de piezas mayores. Desde los dragones de fuego

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de Mercurio hasta los helados reptiles de Plut n, lo caz todo. Excepto, claro est, un marciano; cuya caza estaba prohibida por entonces. —Ya sabe que es ilegal. Son veinte aos de condena si lo atrapan —advirti Wisby. —¡Bah! El comisionado para Marte est ahora en Ares, a la mitad del ecuador del planeta. Si vamos decididos a nuestro objetivo, quin va a enterarse? —Riordan termin de un sorbo su bebida—. De lo que estoy bien convencido es que, dentro de otro ao, habrn estrechado tanto la vigilancia que ser im posible conseguir algo. Esta es la ltima oportunidad que dispone alguien para adjudicarse un buhito, y por eso estoy aqu. Wisby, indeciso, mir por la ventana. Un terrcola, en traje de vuelo y casco transparente, bajaba la calle, y una pareja de marcianos se recostaba contra la pared. Por lo dems, nada en absoluto. La vida en Marte no era muy grata a los humanos. —No habr cado usted en esa martofilia que hace estragos en la Tierra? —pregunt Riordan, despreciativo. —¡Oh, no! —repuso Wisby—. Pero los tiempos han cambiado. No se puede evitar. —Antes fueron esclavos —gru Riordan. —S, los tiempos cambian —repiti suavemente Wisby—. Cuando los primeros hombres llegaron a Marte, hace cien aos, la Tierra conclua de padecer las Guerras Hemisfricas, las peores que el hombre conoci. Ellas hundier on e hicieron odiosas las viejas ideologas de Libertad e Igualdad. Las personas se volvieron recelosas y rudas. Tenan que existir, que sobrevivir. No fueron capaces de comprender a los marcianos ni pensar en ellos sino como en animales inteligentes. ¡Eran unos esclavos tan tiles! Podan alimentarse con poca comida, calor y oxgeno, y hasta eran capaces de aguantar quince minutos sin respirar. Y la de los marcianos se convirti en una hermosa caza, la de unos seres inteligentes que podan escapar en muchas ocasiones, y an arreglrselas para matar al cazador. —Ya lo s —contest Riordan—. Por eso quiero ca zar uno. Si la pieza no tiene defensa, la caza no es divertida. —Pero ahora es distinto —prosigui Wisby—. La Tierra ha permanecido en paz un largo tiempo. Una de las primeras reformas fue la de terminar con la esclavitud marciana. Riordan lanz un juramento. —No tengo tiempo de filosofar con usted. Si puede conseguir que cace a un marciano, se lo agradecer.

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—En cunto? Hubo entre ellos un breve regateo antes de fijar una cifra. Riordan estaba provisto de fusiles y de una lancha cohete, pero Wisby deba suministrar el material radiactivo, un halcn y un perro. El precio final result elevado. —Y ahora, dnde consigo mi marciano? —inquiri Riordan, y sealando con un gesto a los dos que haba en la calle, aadi. —¡Atrape a uno de esos y sultelo en el desierto! Ahora le toc a Wisby mostrarse despreciativo. —A uno de esos? ¡Bah! ¡Vagabundos de ciudad! Un terrcola le dara a usted ms guerra. Los marcianos no parecan impresionantes. De algo ms de un metro de estatura, sus piernas eran flacas y sus pies estaban provistos de garras y sus brazos terminaban en cuatro huesudos y giles dedos. Tenan el pecho amplio y robusto, pero la cintura era ridculamente estrecha. Eran vivparos, de sangre caliente, y amamantaban a sus hijos; pero estaban cubiertos de plumaje gris. Las cabezas redondas estaban armadas de curvados picos, tenan enormes ojos ambarinos y las orejas rematadas por penachos de plumas, que justificaba su apodo de buhitos. Vestan slo cinturones con bolsillos y llevaban agudos puales. Ni siquiera los liberales de la Tierra estaban dispuestos a permitir a los indgenas el uso de armas modernas. Haba demasiados agravios acumulados. —Lo que usted necesita —dijo Wisby— es un marciano de la vieja poca, y yo s dnde hay uno. Extendi un mapa sobre el escritorio, y dijo: —Mire usted aqu, en las colinas de Hraef, a unas cien millas. Estos marcianos tienen una larga vida, quizs de dos siglos, y este sujeto, Kreega, ha merodeado por ah desde que llegaron los primeros terrcolas. Dirigi muchos ataques marcianos en los primeros tiempos, pero desde la paz y amnista general, vive solitario all arriba en una de las torres derruidas. Se trata de un viejo guerrero. Viene por aqu de cuando en cuando y trae pieles y minerales para cambiar; por eso s algo sobre l —y los ojos de Wisby relampaguearon con rencor—. Nos hara usted un favor disparando sobre ese maldito arrogante. Ronda por aqu como si este sitio le perteneciera. Le sacar jugo a su dinero cazndolo. La fuerte cabeza de Riordan asinti, con satisfaccin.

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El cazador tena un halcn y un perro. Aquello era malo para la presa. El perro poda seguir su rastro por el olor y el pjaro, localizarlo desde lo alto. Kreega se sent en una cueva mirando, entre las arenas, matojos requemados por el sol y rocas socavadas por el viento, y a varias millas de all, los destellos metlicos del cohete posado en el suelo. El cazador era una manchita en el enorme paisaje estril, un insecto solitario que se mova bajo el rojo anaranjado del cielo. Un dbil y plido sol se verta sobre las rocas pardas, ocres o rojizas, sobre los bajos y polvorientos matorrales espinosos, los retorcidos arbustos y la arena que se mova dbilmente entre ellos. Solitario o no, el cazador tena un arma, llevaba animales, y hasta un aparato de radio en la nave-cohete con el que llamar a sus compaeros. Y la muerte trazaba en torno a ellos dos un crculo encantado, que Kreega no podra franquear sin atraer sobre s una muerte an peor que la que el rifle podra darle. Pero, haba una muerte an peor que aquella: ser fusilado por un monstruo y que luego ste se llevase su piel disecada como trofeo? El viejo orgullo frreo de su raza se irgui en Kreega, duro, amargo e irreductible. l no le peda mucho a la vida en aquellos das; soledad en su torre para reflexionar sobre la larga evolucin de los marcianos y crear esas pequeas, pero exquisitas obras de arte que amaba, la compaa de los seres de su raza en la Estacin de la Asamblea, grave y antigua ceremonia que le procuraba un spero goce, y la posibilidad de engendrar y dejar tras de s, hijo s; una visita ocasional a los establecimientos de los terrcolas para obtener las mercancas de metal y vino (nicas cosas valiosas que haban trado a Marte); un vago anhelo de llevar a los suyos a un lugar donde pudiesen vivir como iguales ante todo el Universo. Nada ms. Barbot una maldicin contra los humanos y reemprendi su trabajo. Estaba tallando una punta de lanza. El matorral cruji, seca y alarmantemente; pequeos animalillos ocultos chillaron con terror, y el desierto entero le previno que el monstruo se diriga hacia su cueva. Pero ya no poda escapar. Riordan esparci el istopo del metal pesado en un crculo de veinte kilmetros de dimetro alrededor de la torre. El istopo radiactivo que empleaba tena una vida media de unos cuatro das, lo que significaba que no sera seguro acercarse a aquellos lugares al menos en unas tres semanas;

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dos, como mnimo. Haba, pues, tiempo para acosar al marciano en un espacio tan reducido. No exista siquiera el riesgo que ste intentase cruzarlo. Los marcianos haban aprendido lo que significaba la radiactividad, desde los primeros das de su lucha con los terrcolas. Riordan puso en marcha un aparato de alarma en su nave-cohete que, si no volva dentro de dos semanas a desconectarlo, emitira seales, y stas, odas por Wisby, le traeran auxilio. Comprob el resto de su equipo. Tena un traje de vuelo adaptado a las condiciones de vida marciana; un compresor que dara al aire del planeta la necesaria presin para que l pudiera respirarlo y, asimismo, absorbera en anhdrido carbnico de su respiracin. Tambin llevaba un rifle del 45, construido para disparar en Marte. Y, desde luego, brjula, binoculares y catre de campaa. Para un caso extremo, carg tambin un pequeo tanque de suspensina, gas que, mediante el giro de una vlvula, poda mezclarse al aire que respirara, ya que tena la propiedad de paralizar las terminaciones nerviosas locales y retrasar el metabolismo hasta el punto que un hombre pudiese vivir durante semanas con una bocanada de aire. Pero Riordan no esperaba tener que emplearlo. Sera desagradable yacer tendido y con plena conciencia, esperando que funcionara la seal automtica para llamar a Wisby. Silb a sus animales. Eran bestias indgenas, de antao domesticadas por los marcianos y luego por el hombre. El perro era como un lobo; flaco, pero de enorme pecho emplumado. El halcn, en la tenue atmsfera marciana, necesitaba una envergadura de dos metros para poder elevar su pequeo cuerpo. Riordan no haba mirado de cerca la torre. Era un edificio derruido que an se ergua en la cumbre de una colina rojiza. Antiguamente —un ayer acaso diez mil aos atrs—, los marcianos haban alcanzado una civilizacin que cre ciudades, agricultura y una cierta tecnologa de tipo neoltico. Pero, segn sus propias tradiciones, lograron una simbiosis con la vida salvaje del planeta y abandonaron, por intiles, los mecanismos. El perro ladr, y su ladrido pareci caer del fro y tranquilo aire, rebotar contra las rocas y quebrar y morir, a su pesar, bajo el hondo silencio. De pronto, salt; haba descubierto huellas. El mismo Riordan dio otro gran salto que la escasa gravedad le facilitaba, mientras brillaban sus ojos verdes como el hielo herido por el sol. La caza haba comenzado.

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La respiracin en los pulmones de Kreega se hizo rpida, dura y dolorosa. Sinti debilitarse y pesar sus piernas, y el latido del corazn pareci sacudir todo su cuerpo. Pese a ello, corri an, mientras el horroroso clamor y el ruido de pasos se aproximaban. Saltando, retorcindose, rebotando de uno a otro despeadero, deslizndose por profundos precipicios y espesos grupos de rboles, Kreega huy. El perro iba tras l y el halcn aleteaba sobre su cabeza. El desierto luchaba a su favor; las plantas, con su extraa y ciega vida que ningn terrestre podra entender nunca, estaban de su parte. Las espinosas ramas se apartaban cuando l se a rriesgaba entre ellas, y luego volvan a su primitiva posicin para araar los costados del perro y frenarle en su brutal carrera. El terrestre ya llevaba cubiertos un par de kilmetros, pero no daba an seales de cansancio. Kreega continuaba corriendo, pues quera alcanzar el borde rocoso antes que el cazador le apuntara a travs de la mira de su rifle. Corri subiendo la larga cuesta. El halcn revoloteaba en torno suyo, chocando con l, tratando de hundirle el pico y las garras en la cabeza, mientras su perseguido le golpeaba con la lanza. El marciano lleg, con esfuerzo, al borde de la roca aguda y vio el fondo del desfiladero, hundindose en las oscuras profundidades. Ms all, el sol poniente brillaba ante sus ojos. Slo se detuvo un instante; luego salt sobre el borde rocoso. Kreega baj por el otro lado de la roca, temiendo que se derrumbara a su peso. El halcn vol sobre l, muy cerca, agredindole y chillando para llamar la atencin de su amo. Se desliz, de cara al precipicio, hasta la mancha gris-verdosa de un viedo, y sus nervios vibraron ante la atraccin de la antigua simbiosis. El halcn se precipit de nuevo sobre l, que qued inmvil, rgido, como muerto, hasta que el ave se pos sobre su hombro, con un graznido de triunfo, lista para sacarle los ojos. Entonces las parras se agitaron. No eran fuer tes pero sus espinosos zarcillos se hundieron en el pjaro, que no pudo liberarse. Kreega se dirigi con apuro por el desfiladero, mientras las parras retenan al halcn. Riordan asom amenazador, destacndose vivamente contra el oscuro cielo, e hizo dos disparos cuyas balas pasaron silbando, muy cerca, rozando las profundidades que albergaban al marciano. La noche se aproximaba como una cortina. En medio de la oscuridad, Kreega oy rer a su perseguidor, y las rocas se estremecieron ante aquella risa.

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Despus de un rato, Riordan acamp. Se acost mirando la esplndida noche estrellada. Marte era oscuro durante la noche; sus dos sa tlites, Fobos, una simple mancha mvil, y Deimos, slo una estrella, le alumbraban bien poco. Era oscuro, fro y vaco. El perro se haba enterrado en la arena, cerca de all. Las matas, los rboles y los pequeos animales charlaron, murmuraron y chismorrearon, con palabras que l no poda or, sobre el marciano que se calentara trabajosamente. Pero Riordan no poda comprender aquel lenguaje, que no era propiamente lenguaje. Sooliento, Riordan record pasados lances de caza. La caza mayor de la Tierra: leones, tigres, elefantes, bfalos y carneros salvajes en las altas cimas de las Rocosas baadas por el sol. Las hmedas selvas de Venus y el rugido, semejante a una tos, del monstruo miripodo de los pantanos, aplastando los rboles al pasar ha cia el sitio donde l le esperaba emboscado. Primitivos redobles de tambores en una clida y hmeda noche, cantos de batidores que bailan en torno al fuego, algarabas en las infernales llanuras de Mercurio, con un sol agobiante cayendo sobre los mezquinos trajes de aisladores, la grandeza y desolacin de los pantanos de gas lquido en Neptuno y la pujante y ciega vida que gritaba en ellos hasta el atontamiento. Pero aquella era la ms solitaria, extraa y, quizs, peligrosa caza de todas y, por lo mismo, la mejor. Despert a la primera luz de un alba gris, tom un parco desayuno y silb al perro para que le siguiera. El perro se puso en marcha y tard una hora en encontrar el rastro. Entonces lanz un ladrido, sonoro y profundo, y siguieron caminando, ms lentamente ahora, pues el camino era difcil y pedregoso. Todo estaba tranquilo con una tranquilidad pr ofunda, tensa y, en cierto modo, expectante. El perro quebr aquella paz con un ansioso ladrido y sali corriendo. Riordan se lanz tras l, tropezando en la tupida maleza, jadean te, gruendo y maldiciendo de excitacin. De sbito, la maleza se abri a sus pies. Con un aullido de terror, el perro resbal por la inclinada pared del pozo que se vea al descubierto. Riordan se lanz tras el animal, con rapidez de felino, y se ech de bruces, mientras una de sus manos alcanzaba a asir la cola

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del perro. El golpe casi le hizo caer tambin a l en el agujero. Enganch el brazo a una mata que, a su vez, se le clav en el casco, y tir del perro hacia arriba. An estremecido observ la trampa. Estaba bien hecha; unos seis metros de profundidad, con paredes tan rectas y estrechas como lo permita lo arenoso del suelo y astutamente cubierta de rastrojos. Hincadas en el fondo brillaban tres amenazadoras puntas de lanza talladas en pedernal. Ense los dientes con una mueca de lobo, y mir en torno suyo. El buhito deba haber pasado la noche entera haciendo eso, luego no poda estar muy lejos. Adems, deba estar muy cansado. Como en respuesta a sus pensamientos, una pied ra se desprendi de la pared rocosa ms cercana. Riordan se ech a un lado y la vio chocar en el sitio que l ocupaba antes. —¡Adelante! —aull, lanzndose hacia la roca. Durante un momento una forma gris se destac sobre el borde rocoso y le arroj una lanza; Riordan le dispar, y la visin se desvaneci. La lanza roz el spero tejido de sus ropas y l salt a una estrecha cornisa al borde del precipicio. Al marciano no se le vea por parte alguna, pero un dbil rastro de sangre se internaba en la abrupta comarca. Siguieron ese rastro durante dos o tres kilmetros y luego lo perdieron. Riordan inspeccion el panorama de rboles y ramas que ocultaban el horizonte por doquier. Un sudor, que no poda enjugar, baaba su cara y su cuerpo. Senta una intolerable quemazn, y sus pulmones se irritaban al respirar aquel aire enrarecido. Pero, con todo, rea con verdadero deleite. ¡Vaya cacera! Kreega yaca a la sombra de una elevada pea y se estremeca por su debilidad. Ms all, la luz del Sol danzaba en lo que, para l, era un cegador e intolerable deslumbramiento, ardiente, cruel y devorador, duro y brillante como el metal de los conquistadores. Ahora tena hambre, la sed era un tormento salvaje en su boca y garganta, y an le seguan. Ya no estaban lejos. Todo el da le acosaron a travs de la atormentada extensin de piedra y arena, y ahora slo poda esperar el combate. Sinti la extenuacin como una carga frrea sobre s.

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La herida del costado le quemaba. No era profunda, pero le haba producido sangre y dolor. Por un instante, el guerrero Kreega desapareci para convertirse en un solitario y asustado chiquillo que sollozaba en el desierto: Por qu no pueden dejarme solo? Un arbusto bajo, de color verde sucio, cruji. Un correarenas pi en una de las hendiduras. Los seguidores se acercaban. Rpidamente, Kreega se subi a la cima de la roca y se aplast contra ella, de bruces. Le haban seguido la pista y ahora tendra, por fuerza, que acercarse a su torre. Desde all poda verla. Una baja y amarille nta ruina, combatida por los vientos durante milenios. En su huida slo haba tenido tiempo de tomar un arco, unas pocas flechas y un hacha. ¡Mseras armas! Las flechas no podan traspasar las ropas del terrcola, cuando manejaba el arma un dbil marciano, y, aunque el hacha hubiera sido de acero, era siempre algo pequea y poco contundente. Pero era todo lo que tena, eso y sus pocos aliados del desierto, que pugnaban por conservar su soledad. Kreega adapt una flecha a la cuerda y se tendi en silencio bajo la plida luz del Sol, a la espera. Lleg primero el perro, ladrando y aullando. Kreega tendi el arco cuanto pudo. El animal estaba ms all de la roca; el terrcola, casi debajo de ella. Dispar el arco. Estremecindose salvajemente, Kreega vio la flecha atravesar al perro, vio a ste saltar en el aire y luego rodar y rodar, aullando y mordiendo el stil con furia. Como una centella gris, el marciano salt de la roca y se arroj sobre el terrcola. Golpe al hombre y ambos cayeron juntos. Fieramente manej el marciano el hacha, que parti el casco de su enemigo. Sin sitio para revolverse, Riordan rugi y respondi con un puetazo. Kreega rod hacia atrs. Riordan le dispar, Kreega se levant y huy. El otro, rod illa en tierra, apunt con cuidado a la sombra gris que trepaba por la colina ms prxima. Una pequea serpiente de arena mordi la pierna del cazador y luego se enroll en su mueca, lo que bast para desviar el tiro. El marciano vio la breve agona de la serpiente al ser rechazada por el hombre, que la aplast con el pie. Algo ms tarde oy una explosin. El hombre haba volado la torre.

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Kreega haba perdido el hacha y el arco. Estaba completamente inerme; y el cazador no cejara en su intento. Aun sin sus animales le seguira, ms despacio pero tan incansablemente como antes. Kreega descans un momento sobre el saliente de una roca. Sus sollozos sacudan el delgado cuerpo y el viento del crepsculo vespertino sonaba a su comps. El suave rumor de los pasos de un correarenas despert los ecos de la s rocas bajas, batidas por el vientos, y la maleza comenz a hablar murmurando, por doquier, con su antiguo y mudo lenguaje. El desierto, el planeta entero, su arena y su viento, bajo las altas y fras estrellas, la tierra, toda soledad y silencio y destino (un destino que no era el del hombre), le hablaron. La enorme unidad de la vida marciana, sublevada contra el cruel medio ambiente, se estremeci en su sangre. No luchas solo —murmuraba el desierto—; luchas por todo Marte y nosotros estamos a tu lado. Algo se movi en la oscuridad; una pequea forma clida, corriendo sobre su mano; una cosita plumosa, arratonada, que moraba escondida bajo la arena y pasaba su breve vida, fugitiva, contenta con su forma de vivir. Pero era parte de aquel mundo, y Marte no conoce la piedad. An haba ternura en el corazn de Kreega que, suavemente y en su lenguaje articulado, pregunt: — Hars esto por nosotros? Lo hars, pequeo hermano? Riordan estaba demasiado rendido para dormir bien. Haba permanecido despierto mucho rato, pensando. As pues —se acord—, tambin el perro estaba muerto. El incidente le indujo a considerar la inmensidad del desier to. Oa murmullos; el matorral gema en la oscuridad, el viento soplaba con salvaje y fnebre sonido sobre las rocas dbilmente iluminadas por las estrellas; era como si todo aquello tuviera voz, como si el mundo entero le murmurase amenazas en la noche. Vagamente se preguntaba si el hombre dominara alguna vez en Marte, si la raza humana no haba corrido esta vez tras de algo ms grande que ella misma.

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De pronto, algo se estremeci, despertndole de un inquieto sueo, y vio una cosa pequea que se le acercaba. Busc el rifle, junto a su saco, y luego lanz una carcajada. Era un ratn de arena. Al apuntar el alba se levant. Con ojos adiestrados busc la pista del marciano, pero slo hall arena y matorrales por doquier. El medioda le encontr en un terreno ms alto, de informes colinas con delgadas agujas rocosas que se destacaban contra el cielo. Prosegua avanzando confiado en su propia capacidad para descubrir la presa. La huella apareca ya, clara y fresca. Se puso en tensin, convencido que el marcia no no poda estar lejos. Asi el rifle y continu caminando ms despacio. Ascendi a una alta cordillera y contempl el oscuro y fantstico paisaje. Cerca del horizonte vio una raya oscura. Era el lmite de su barrera radiactiva, que el marciano no podra traspasar. Conect el amplificador e hizo resonar su voz en la tranquilidad del ambiente: —Sal, buhito. Voy a atraparte. Podras salir ahora y as terminaramos antes. Los ecos la esparcieron por el espacio entre las desnudas peas, temblorosas y estremecidas bajo la broncnea bveda del cielo: —Sal de ah, sal de ah, sal. Le pareci distinguir al marciano surgiendo como un fantasma gris entre las amontonadas piedras. Qued all, inmvil, a menos de seis metros. Por un instante, la sorpresa fue excesiva; Kreega esperaba, apenas visible, como si fuera un espejismo. Luego el cazador lanz un grito y levant el rifle. Continu all el marciano, como una estatua esculpida en piedra gris; y Riordan, con un poco de desencanto, pens que, despus de todo, el marciano haba decidido entregarse a la muerte inevitable. —¡Hasta nunca! —murmur, y oprimi el gatillo. Como el ratn de arena se haba introducido en el can, el fusil estall. Riordan sinti el estallido y vio el can abierto, como un pltano podrido. No result herido pero, mientras se repona de la sorpresa, Kreega salt sobre l. El marciano meda poco ms de un metro, era flaco y estaba desarmado, pero se lanz sobre el terrcola como un pequeo vendaval. Sus piernas se arrollaron a la cintura del hombre y sus manos se aferraron a la garganta.

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Riordan cay al sentir la acometida. Rugi como un tigre y enganch sus manos en la estrecha garganta del marciano. Kreega le atac intilmente con su pico. Rodaron ambos en una nube de polvo. Los matorrales murmuraban excitados. Riordan trat de romperle el cuello, pero Kreega lo evit revolvindose hacia atrs. Con un estremecimiento de terror, Riordan oy el silbido del aire que se le escapaba cuando el pico y las garras de Kreega abrieron el tubo de oxgeno. Riordan maldijo, y de nuevo trat de agarrar la garganta del marciano. Lo consigui y as se mantuvo a pesar de todos los esfuerzos de Kreega para romper aquel lazo. Riordan sonri cansadamente, sin dejar su presa. Al cabo de unos cinco minutos, Kreega ya no se mova. Sigui apretando otros cinco minutos, para asegurarse bien. Luego lo solt y se palp la espalda, tratando de alcanzar el aparato. El aire que encerraba en su traje era impuro y caliente. No consegua conectar el tubo con la bomba. Mir la ligera y silenciosa forma del marciano Un dbil aliento rizaba las plumas grises. ¡Qu luchador haba sido! Sera el orgullo de su coleccin de trofeos cuando volviese a la Tierra. Desenroll su saco y lo extendi cuidadosamente. De ningn modo podra regresar hasta el cohete con el aire que le quedaba; no haba ms remedio que emplear la suspensina, pero tena que hacerlo cuando estuviera dentro del saco si no quera que las heladas noches le cuajaran la sangre. Se arrastr hasta l, asegurando cuidadosamente las vlvulas de cierre y abriendo la del depsito de suspensina. Se iba a aburrir horriblemente, tumbado all hasta que Wisby captara la seal dentro de unos diez das y viniese a buscarle; pero sobrevivira. Sera otra experiencia que recordar. En aquel aire seco, la piel del marciano se conservara perfectamente. Sinti como la parlisis se apoderaba de l, cmo se atenuaban los latidos del corazn y la actividad de los pulmones. Sus sentidos y su mente estaban vivos, y se daba cuenta que la relajacin completa tambin tiene sus aspectos desagradables. Pero haba vencido. Haba matado con sus propias manos a la presa ms salvaje. En aquel momento, Kreega se incorpor y se palp cuidadosamente. Le pareci que tena una costilla rota. Haba permanecido asfixiado durante diez largos minutos; pero un marciano puede pasar hasta quince sin respirar.

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Abri el saco y le quit las llaves a Riordan; despus se dirigi lentamente hacia el cohete. Uno o dos das de experimentos le ensearon a manejarlo. Volvera con sus congneres, cerca de Sirte. Ahora tena una mquina terrestre y armas terrestres que copiar... Pero primero haba que atender a otra cosa. Volvi y arrastr al terrcola hasta una cueva, escondindole fuera de toda posibilidad que le encontrase alguna cuadrilla de salvamento. Durante un rato, mir a los ojos de Riordan, sobrecogidos de horror. Luego habl lentamente, en ingls defectuoso: —Por los que has matado y por ser extranjero en un mundo que no te necesita, y en espera del da en que Marte sea libre, te abandono. Antes de irse trajo varios depsitos de oxgeno y los enchuf al aparato del hombre. Con aquello bastaba para que, en aquella hibernacin provocada por la suspensina, se mantuviera vivo durante mil aos. Poul William Anderson : Escritor de ciencia ficcin estadounidense nacido en Bristol, Pensilvania el 25 de noviembre de 1926 y fallecido el 31 de julio de 2001 (debido a una rara y letal forma de cncer de prstata). En algunas de sus historias utiliz el pseudnimo de "A.A. Craig", "Michael Karageorge" y "Winston P. Sanders". De padres escandinavos emigrados a EE.UU., curs estudios universitarios en fsica en la Universidad de Minnesota, gradundose en 1948. Para entonces ya haba publicado varios relatos en la revista Astounding (haba empezado a escribir relatos de ciencia ficcin en 1937 cuando cae convaleciente de una enfermedad), Los beneficios obtenidos de todos estos trabajos le llevaron a tomar la decisin de dedicar "un ao sabtico" consagrado a escribir. El ao sabtico se prolong hasta el ltimo momento de su existencia. Entre sus primeras novelas se encuentra La onda cerebral. Sus libros posteriores pueden agruparse en sagas, como la serie de la "Liga Polesotcnica" protagonizada por Nicholas van Rijn, la "serie Flandry" de Dominic Flandry, o los viajes a travs del tiempo de "La patrulla del tiempo" que comienzan en el relato "Guardianes del tiempo". Otras obras que no tienen nada que ver con las series anteriores, como ocurre con Tau Cero Como autor prolfico que fue, toc muchos de los temas habituales de la ciencia ficcin, desde los viajes en el tiempo a las invasiones extraterrest res, y desde las naves generacionales al posthumanismo. Form parte del crculo de escritores de John W. Campbell que configuraron la llamada edad dorada. Relatos suyos como "El ltimo viaje", "No habr tregua para los Reyes", "Carne compartida", "La reina del Aire y la Oscuridad", "El canto del chivo", "La luna del cazador"' y "El juego de Saturno" han obtenido varios premios Hugo y Nbula en su categora. Al INDICE

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4. CUENTO MADE IN CUBA: EL CAPITN, EL PILOTO Y LA SIRENA por Juan Pablo Noroa. Emergimos a masa real con todos nuestros tomos en el peso justo, y al momento me acerqu al monitor de posicin. —¡Oye, Conto! —grit molesto—. Estamo s a medio camino. Tienes alguna idea? l se inclin sobre su mesa y sigui sacando cuentas sobre una hoja de papel inteligente. Lo mismo estaba haciendo justo antes de convertirnos en una burbuja de prcticamente nada; al saltar nunca tomaba ms precaucin que sentarse quieto. —Chequea la entrada de energa —dijo sin levantar la vista. El indicador de energa absorbida por el Cultivo bajo el casco creca a ojos vistas. En algn lugar cercano algo estaba disparando partculas a chorros. —Debemos estar cerca de un sol, por como entra energa —coment—. Habremos tenido un gatillazo? —Se me olvid decirte —Conto garabate nmeros en el plstico—. En esta ruta es costumbre parar junto al Ferente y chupar de l. —Estamos cerca del Ferente? —me alter. Tras un ao de sociedad ya no me extraaba que Conto dijera las cosas despus; pero que anduviramos cerca del Ferente era un hecho extraordinario y deba habrmelo anunciado. —Es muy larga; si no repostamos energa a medio camino podemos aparecer con deuda de masa. Lo cual es tan peligroso que ni siquiera est cubierto por el seguro. Mir el indicador de energa, e incluso con el rpido incremento se vea muy bajo para ser la mitad del viaje. —No habas comprado suero nuevo para el Cultivo? —pregunt—. Apenas guard

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energa. —Est muy viejo, de todas maneras, y lo sabes. —Y era bueno el suero? —Lo prob. Conto proclamaba que ningn analizador era tan bueno como su estmago. Si el suero estaba adulterado o corrupto en alguna manera, le daba clicos. Los vendedores tienen trucos para engaar a los aparatos, deca l, pero no a su panza. —Estar bien el pasaje? Conto suspir, harto de interrupciones. —Han gritado? Call. A veces Conto tena razn sobre mi obsesin por los detalles, resultado de casi cinco aos como burcrata. No pude conservar el silencio por mucho tiempo. —Sabes, hay software de contabilidad en la computadora de la nave. Por suerte Conto haba terminado y no se tom mis palabras a pecho. —Desconfo de la “Estrelladora” para eso —dijo dando la ltima mirada a su clculo—. Podra falsear datos para parecer rentable y que no la vendamos. Buf. —Caramba, Conto. Es una computadora. —En una nave muy vieja. No tena sentido discutir supersticiones con un tipo que cruzaba la galaxia de lado a lado cuando yo estudiaba en mi pella de fango natal. Adems no me interesaba eso, sino otra cosa. —Conto... —Acaba de poner el huevo, Staro —mi socio puso ambas manos sobre la mesa—. En cualquier lugar de la cabina.

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Me aclar la voz. —La Sirena no vive en el Ferente? Conto me mir a los ojos. —Por esto no te dije que lo cruzbamos —gru—. Al menos hasta ahora me haba ahorrado tu pejiguera. Sin contestarle, di vuelta a la silla para conf rontar el monitor de recepcin. —La podremos captar mejor, amigo. Dicen que jams repite una cancin. —Bueno, en algn momento se le acabar el repertorio —mi socio se encogi de hombros—. Lleva veinte aos T en eso. —Dicen que tiene toda la msica de la historia. —Espero que no, porque si no nunca terminar. Conto era de los hipcritas que deca no escuchar a la Sirena. Pero l la oa en secreto, como tantos, donde nadie lo viera llorar o emoci onarse. Cuando lo atrapaba silbando alguna de sus canciones, me gritaba que ella no tena exclusiva sobre ninguna msica. —Vamos, vamos —mascull mientras observaba cmo el buscador peinaba bandas de transmisin—. Aparece, diosa. —Tienes hasta que el Cultivo se cargue. Despus de eso estamos saltando. —Podemos hacer esta ruta ms veces? —De hecho, debemos —suspir Conto—. Nos propusieron la Seviria-Capisbis fija por medio ao T, porque tenemos la capacidad justa para cubrir sus proyecciones de transporte. Por favor, no hagas ese bailecito. Me frot las manos. Gracias a la esperanza adquirida no me entristec cuando lleg la hora de continuar sin que hubiera hallado la seal. Daba gritos mentales de jbilo mientras la maquinaria nos converta en pura fuerza de color y el universo local, asqueado de nuestra extraeza, intentaba empujarnos fuera de s por la va de menor resistencia. Por supuesto, slo conseguira depositarnos en las cercanas del sistema Capisbis, do nde, para su alivio,

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tornaramos a ser materia metaestable. La “Estrelladora” lleg a m como cancelacin de una deuda que en realidad era un soborno solapado. Me contrari mucho recibir una nave en lugar de efectivo, pues el pago en especie no resulta discreto ni expedito. Adems estaba muy vieja y gastada; me costara salir de ella. Cuando me dieron la documentacin el envoltorio tena una cinta de regalo, como si me dijeran: “Encantados de hacer negocios contigo, bobo”. Pero qu poda hacer? De un lado tena una nota de dbito por supuestas refacciones a la compaa duea de la “Estrelladora”, y del otro esa ruina espacial como compensacin. Las refacciones eran fantasma, as como la firma, de hecho tapadera de una real, muy poderosa, a la cual yo haba favorecido mediante mi cargo burocrtico. Por supuesto, el valor real de la nave no alcanzaba a cubrir la deuda, pero no se puede llevar ante los tribunales a una corporacin para exigirle coimas decentes... se vera algo inapropiado. Como esperaba, nadie quiso comprrmela. Mucha gente me envi mensajes de burla cuando la puse a subasta. Bueno, tuve ofertas casi tentadoras de una firma que hace estudios de devaluacin, fatiga estructural y riesgo por rotura. Pero no daban mucho; me insinuaron que la “Estrelladora” estaba fuera de rango para pruebas y slo la queran para un anlisis de lmite. Entonces algo maligno penetr en mi cerebro, sac chispas de una neurona autodestructiva y me dio ideas de entrar al negocio del transporte informal... eso que llaman boteo Debe haber sido por una obsesin con mi tortuosa juventud, cuando haca uso frecuente del servicio, y en mi mente los boteros eran chupasangres inescrupulosos que se enriquecan tan rpido como para retirarse en meses, pues raramente volva a ver a alguno, incluso en

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las mismas rutas; ahora s que en realidad quebraban o moran. Con hacerme botero imagin convertirme en un tiburn humano, un desalmado explotador de la miseria ajena. Deb seguir como burcrata si quera eso. As que vend mi cargo, junt mis ahorros y llam a Conto. l y yo nos conocemos de mi poca como viajero en botes ; de hecho me haba salvado la vida en una de esas ocasiones. Iba yo en una litera colocada bajo un conducto de circulacin y escucho al capitn de aquel atad volante, histrico, amenazando con asfixiarnos a todos los pasajeros porque el sistema de supervivencia estaba defectuoso y no daba abasto. Justo despus de orinarme, escucho una voz calmada —la de Contoofr ecindose a hacer una reparacin peligrosa y difcil. Cuando ms tarde lo invit a darse un trago en el bar del espaciopuerto, y ya en la barra le dije que haba odo la conversacin entre l y su jefe, y estaba listo para abrazarnos a llorar juntos de alivio, Conto se lanz a darme una explicacin tcnica de cmo arregl el reciclaje. l es as, especial. Le es difcil comunicarse, pues para l las nicas interacciones vlidas son las que dan resultados concreto s o transmiten informacin necesaria e interesante. Asociarse conmigo le provee una nave casi para l solo y hablarme permite un menor manejo de dicha nave; gracias a eso hace un esfuerzo por actuar como una persona normal cuando est conmigo. Quizs hasta le caigo bien. Pero Conto es magnfico con las naves. Por fortuna para m estaba sin empleo cuando lo llam, pues su ltimo bote haba naufragado en trnsito, con l y cien dentro, por supuesto. No fue su culpa; la nave era una ruina que slo su pericia tcnica y la avaricia de la duea mantenan volando. Conto se las ingeni para mantenerlos vivos a todos, emitir un mensaje de auxilio y encerrarse en la cabina con el capitn antes de que el pasaje los linchara. Aunque los rescataron a tiempo, la nave estaba perdida para siempre. Bueno, no del todo; al momento de or mi propuesta de asociacin, Conto me pidi dinero para sacar del derrelicto

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cuanto se pudiera llevar. La duea se haba desentendido de aquello, as que le di luz verde. Mi amigo rent un ridculo carguerito de en lace y carg de vuelta mobiliario, paneles y aparatos, en bodega o amarrado al vehculo. Usamos todo para reconvertir la “Estrelladora” en el astillero de un conocido suyo que puso a punto mi chatarra por un precio de amigo. Creo que Conto slo estaba esperando una inyeccin de capital para florecer como empresario. Tiene talento, calificacin, experiencia, conexiones... todo menos suerte, la cual dicen me sobra a m. Pronto se volvi una rentable rutina. Tocar puerto, untar al sindicato local, reunir pasaje y contrabando de ocasin, persignarse, saltar al destino, llegar en una pieza, darse el trago de la suerte, repetir. Por cada diez saltos, una revisin en el taller elegido por Conto en una rotacin que tena sentido para su instinto de regateo. El negocio iba como la seda; en cien saltos -medio ao Trellen mi cuenta de ahorros y otro tanto Conto, sin incidentes dignos de mencin. Los dems boteros nos miraban brindar en los bares y se rean de nuestro optimismo, insinundonos que la suerte inicial era espacio dejado por el resorte de la desgracia enrollndose lentamente para un da soltarse y hacernos picadillo entre sus espiras. La metfora es cita textual del capitn anterior de Conto, pero todos decan ms o menos lo mismo. Por supuesto que les hacamos la higa. Qu no bamos a creernos, con tanto dinero entrando sin problema alguno? Se poda creer en la astucia de Conto, en la buena alineacin de las estrellas para los saltos, en los ltimos aos de la “Estrelladora” y sobre todo en mi buena fortuna. Pensar otra cosa no hara sino deprimirnos y malear el buen momento, que con esperanza nos saba mejor. No es que nos creyramos indestructibles ni furamos ingenuos respecto a los riesgos. Estbamos conscientes de lo aventurado de tirarse en viajes largos con un cacharro como el

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nuestro, a punto del colapso y anuncindolo todos los das a pesar de los parches. Conocamos los peligrosos eventos del espacio profundo, como cmulos extraos, nubes de gas caliente o chorros de partculas pesadas, ante los cuales eran lo mismo la “Estrelladora” y el ms moderno crucero de guerra, y sabamos que llevar gente sin documentos fiables era una ruleta rusa, pu es podan ser piratas, enfermos, locos o disidentes. Todo eso poda ocurrir, aunque no ocurriera. Quizs era la causa de nuestra alegra al brindar en los bares, y de la envidia ajena; que nos librbamos de lo que poda pasar, lo que deba pasar. Era un alivio. Mas ni el optim ismo antes de un viaje ni su buen fin nos libraban de la preocupacin. La suerte no basta; la supervivencia y xito se deben tanto o ms al cuidado constante, a la alerta, a andar con cuatro ojos y las manos en todas partes a la vez. Todo eso con el conocimiento de que poda ser completamente intil en las circunstancias del negocio. Era un peso en nuestras nucas el espacio afuera, el pasaje adentro, la nave a punto de abrirse para mezclar las amenazas, y nosotros en medio en tensin constante contra todo eso. Para ayudarnos a resistir estaba la Sirena. La escuchbamos casi exclusivamente los tripulantes espaciales, pues tenamos acceso a las antenas abiertas de las naves, aunque algunos oan grabaciones. Su msica llenaba el espacio con ubicuidad alentadora. Casi donde quiera se poda sintonizar su banda y escuchar canciones increblemente hermosas en su magnfica voz suave, clida y familiar. Cantaba en varios idiomas, tanto arcaicos como modernos, pero siempre se poda entender que era sobre nosotros y lo poco bueno en nuestra dura vida. Por ella creamos en un universo humano, capaz de armona y no necesariamente siempre al acecho para acabarnos. En medio de constantes voces de alarma, escucharla nos suavizaba, nos permita seguir cuerdos. Nadie saba dnde se originaban las emisiones, aunque se hablaba del Ferente, y exista disenso sobre cundo haban empezado; no haba informacin, slo montones de

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rumores y leyendas. Que si era una antiqusima seal de Vieja Tierra, un truco del gobierno para apaciguar a los espaciales, cantos de una entidad supernatural o mensajes de otra raza inteligente. Para gente como yo y Conto —aunque l negara su parte—, la Sirena era la diosa de los viajes inciertos. Pagu la cuota al representante del sindicato —un tipo agradable, los matones estn para otras cosas—, y fui a reunirme con mi socio en el bar del espaciopuerto Capisbis. Es lamentable admitir que si no lo conociera preferira abordar al mafioso en vez de a Conto. —Es un da especial, Conto —me sent a su lado tomando la bebida, que l haba pedido doble—. Sabes por qu? Conto se acod en la barra. —Ests obseso con ese asunto de la Sirena —suspir. Me re. —No, no es por eso —protest con aspavientos—. Hoy es tu cumpleaos, y adems se cumplen seis meses T de nuestra sociedad. l me mir extraado. —Tengo cumpleaos? No recuerdo. —Bueno, la fecha la decid yo. Hace cuatro aos me salvaste la vida en aquel bote Pero debes tener una fecha real en el documento de identidad, de cualquier manera; no es que esa me importe, tampoco. Conto se sonri. —Entonces, qu quieres por tu cumpleaos? Mi amigo se concentr, y al cabo del minuto el rostro se le ilumin con una expresin de misterio. Por suerte no pareci notar mi cara de susto cuando me tom por el codo y prcticamente me arrastr hasta la vidriera de una tienda cercana, en el mismo pasillo del bar. All me seal el estereograma de una anti qusima lanzadera maquillada para la venta.

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Le pregunt si no quera algo menos caro o ms til como regalo, y l me dijo que viera el nmero de registro. —Es contempornea con mi abuela —le respond—. Qu, vale como antigedad? —Y estaba, por cierto, bromeando. Conto asinti. Era el vehculo en el cual el fundador de una colonia llamada Cieloverde haba naufragado en el planeta de ese nombre, descubrindolo de paso; algo as como una nave histrica. Esa colonia acababa de alcanzar la independencia y su flamante dictador vitalicio estaba comprando legitimidad y pa triotismo donde lo vendieran, a cualquier precio. Como parte de su campaa, el gober nante haba estado buscando discretamente objetos vinculados a la heroica historia de su mundo natal, entre ellas el vehculo del Padre de la Patria. Los rumores llegaron a Conto me diante sus contactos en los talleres, en los cuales el de Cieloverde pensaba hallar algo. No le haba costado mucho memorizar el registro y caractersticas bsicas de dicha lanzadera por si acaso. Y ahora, caminando tiendas a la caza de oportunidades, haba reconocido al smbolo Patritico y Fundacional. —Quieres que invierta contigo en esto? —le pregunt. Me recit las cuentas. No le alcanzaba el dinero para comprarla por s solo, y me ofreca invertir a la mitad. Tambin necesitaba mi carguero para llevarla y se vera feo no darme participacin; adems, yo era su amuleto de la buena suerte. Aadi que si no le cobraba el transporte, el favor sera mi regalo. Lo abrac y le dije que jams dejara a nadie describirlo como una persona comn y corriente. Entramos a ver al dueo, e hice el papel de minero que se acaba de ganar la lotera y trae un primo conocedor —ese sera Contopara ayudarlo a comprar un vehculo con el cual llevar shongi hasta la rbita, directamente a manos de los contrabandistas. Salimos de all en media hora con los documentos en la mano, haciendo remilgos de haber pagado mucho; la

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tacaera no tuvimos que fingirla, pero s nos cost ocultar el jbilo por el buen negocio. Enseguida fuimos a los almacenes de vaco e hicimos que llevaran la lanzadera hasta la “Estrelladora”, para probar que funcionaba, dijimos. Justo cuando desatracaba llam el tendero para preguntar cmo iba el asunto, y al parecer se asombr al enterarse por el almacenista que ramos boteros Quizs en ese momento sospech que de algn modo habamos salido ganando nosotros y no l; ya era tarde. De inmediato abordamos nuestra nave y nos remos a mandbula batiente sentados en la cabina mientras el piloto parqueador pona nuestra inversin a salvo. Cupo ampliamente en el reducido glibo de la “Estrelladora”; el fundador de Cieloverde era en verdad un hroe del espacio por andar descubriendo planetas en aquella cajita. —Esperamos por pasaje? —le pregunt a Conto mientras revisaba que la computadora de salto reconociera la nueva masa. —Por supuesto. No hay por qu perder el viaje; Seviria est camino a Cieloverde y todas esas colonias nuevas. Me di la vuelta en mi silla. —Por el Ferente? Conto asinti. —Mejor que esperemos pasaje aqu —ech una mirada al grfico de vacantes enviado por el sindicato—. No ser mucho; la gente odia Capisbis. Nos aburrimos por un buen rato mirando panormicas del espaciopuerto, bastante vulgar. O sea, me aburr yo, porque Conto se dedic a grabar correos para sus contactos. Tena maa no slo para regatear y buscar gangas, sino tambin para tantear mercados sin comprometerse. Mir por encima de su ho mbro mientras l examinaba la lista de intermediarios. Por supuesto; no es bueno hacer negocios directamente con dictadores nuevos, salvajes aun. Me pregunt, una vez ms, qu sera de m sin Conto... y de l sin mi suerte.

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Cuando termin de redactar los mensajes extend el brazo y lo toqu en el codo. —Oye, Conto —me preocup—. No es peligroso el Ferente? No es como un gigantesco cable? Mi socio mene la cabeza. —Ms bien un generador —se dio vuelta hacia m, y se le vea el gusto por explicar—. Es una superpartcula lineal que ondea como una cuerda por efecto de las variaciones de gravedad en toda la galaxia, y eso genera energa en ambos puntos de amarre. —Pero es peligroso? Conto se encogi de hombros. —Depende de que mantengas distancia —me dijo sonriendo—. En materia real, muy cerca las radi aciones podran frerte. Tampoco es bueno cruzarlo durante un salto; quizs nos absorba y terminemos rebotando de un extremo a otro hasta el fin de los tiempos, o quizs nos esparzamos a lo largo de todo el Ferente... —se qued mirando la nada, ensimismado en las posibilidades. Carraspe. —Bueno, cun ancho es? Es grande el chance de cruzar? Conto se recobr. —De hecho es adimensional, pero como vibra en supertiempo, en nuestro espacio es un cilindro con el dimetro de un sistema Sol. Por suerte se estrecha en las puntas, que si no... Me ech atrs en mi asiento. —Cmo har la Sirena para vivir en el Ferente? —mir con espritu soador hacia arriba—. No debe ser humana. Dicen que se escucha la misma cancin simultneamente en lugares muy distantes... eso no es normal. —No puede vivir en el Ferente —se molest Conto—. Es una creencia estpida. Sus seales, vengan de donde vengan, parasitan el Ferente y se transmiten a todo lo largo, eso es todo. —Cmo es? —Bueno, en el centro est el Ferente propi amente dicho —Conto utiliz sus manos para

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explicarse mejor—, y vibra con tanta fuerza que slo permite el espacio-tiempo necesario para sostenerlo; el resto lo empuja fuera de s de manera tal que a su alrededor crea una capa de vaco de substrato de unos kilmetros de ancho; despus el espacio se vuelve a condensar. Pues cuando el Ferente oscila mucho, de repente est con todas sus capas donde no estaba antes, y entonces atrapa seales EM como las de la Sirena, que terminan viajando por el lmite de condensacin, un espacio rarificado donde la luz va ms rpida, y adems el Ferente les da energa extra. Vuelven a salir con otra oscilacin del Ferente, dando impresin de simultaneidad. —Sabes qu, amigo? —me balance en la silla, con la vista aun en el techo—. Me lo has puesto mejor. —En qu sentido? —Ahora la Sirena es ms posible. Nos llenamos de pasaje rpido. Era la usual caterva de perdedores y princesas cadas que rondan la galaxia en busca de trabajo u hogar definitivo. Por tradicin o ley tena que recibir a cada uno en la esclusa, ver su rostro y escuchar su nombre de sus propios labios. Como siempre, los enrgicos sonaban falsos o inmaduros y los que parecan ms experimentados tenan un aura de desaliento persistente; Capisbis deba ser un callejn sin salida. Record mi poca de itinerante, cuando me sentaba como vagabundo en una esquina de un astropuerto a contar cunto dinero me quedaba y tomar la decisin ineludible: comprar pasaje a otro lugar o seguir probando suerte donde mismo. La mayora de mis actuales pasajeros pareca haber pasado por esa esquina. Me pregunt cun cados estaran, a qu estaran dispuestos. Cuntos diran “s” a una propuesta de motn, o a ser reclutados

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por m como piratas. Quines venderan a cules, o a s mismos. Cundo alcanzaran el punto ms bajo o si alguno estaba de vuelta. En mi mente les haca esas preguntas a cada uno, y me responda a m mismo juzgando por sus rostros, porque ni en broma seran sinceros con el botero chupasangre que les cobraba un buen trozo de sus ahorros por una litera en un pasillo atestado y el mismo bao para cuarenta. Algunos incluso me odiaran de verdad, como yo haba odiado a aquel capitn del cual me salv Conto, no slo por envidia de la nave sino por mi poder sobre ellos, o por mi libertad, o por mi estpida cara y que no acabo de sacarlos de este desgraciado astropuerto. Todo eso transmitido, oculto y evidente a la vez, en el acto impersonal de recibir su dinero, marcarles la mueca con un ticket y dejarlos pasar a la sala de abordaje. El mismo Conto consider a este pasaje como un grupo especial. —Qu pandilla de pernos sueltos —coment cuando me sent a su lado en la cabina tras haber acomodado a los recin llegados—. Me hicieron pensar en revisar el armero para comprobar que todo funciona bien y lleva carga. —No exageres. —No te descuides. —Con ese carguero de ah —seal el monitor de vista externa—, no te descuides t. —Ya lo recuerdo —Conto hizo una mueca de desagrado—. Ese tipo no puede tener el software adecuado para sacar esa cosa a volar. —Pues parece que est al salir y hacernos un rayn como la otra vez que casi llega al Cultivo. Qu hacemos al respecto? —Cruzar los dedos —dijo echando una ojeada a la lista de despachos—. Tiene prioridad sobre nosotros. —Podemos salir en una patada —dije sonriendo malvolamente—. Si algo bueno tiene la

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“Estrelladora” es el sistema de atraque. Apuesto que podremos estar en trnsito antes de que esa taza de caf empiece a dar tumbos por todo el muelle. Conto frunci las cejas. —No nos han dado telemetra. —No borraste la de llegada? —Estamos del otro lado de Capisbis. —No es precisamente una nova como para ir molestando la salida. Vamos, Conto; otra prueba ms de que eres el mejor timn de la galaxia. Es slo salir a trnsito. —Ests inquieto. No me gusta cuando te pones inquieto. —¡Mira, mira! —exclam sealando al carguero—. Estn apenas probando los motores de posicin y ya casi se llevan un pedazo de muelle. Esto va a ser una carnicera. —Deja el teatro, Staro —Conto dio vuelta a la silla y empez a cargar protocolos de despegue al sistema central—. Enseguida vamos al Ferente a or a tu Sirena. Slo espero que no nos cueste una multa o algo peor. Pretextamos problemas de transmisin para no responder cuando el control de salidas nos inund de improperios por romper la cola; pero cuando inventamos que la interferencia se deba a un escape radioactivo (aunque no tenamos nada ms pesado que tungsteno a bordo), nos mand a volar de ah como los ineptos que ramos. Posteriormente nos anunci que los mentirosos no tenan cabida en su astropuerto. Para entonces ya estbamos abandonando la elptica por encima de ellos. —Djame hacerlo yo —ped abriendo la interfas e por mi terminal—. Le pondr el codo — y en efecto, dobl el brazo y apoy el codo sobre el teclado para confirmar la orden de salida. —Chiquillo —Conto mene la cabeza sin dejar de mirar la pantalla—. No podas hacer nada de esto en tu oficina.

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Las doce horas de trnsito se fueron en bromas, comida y ocasionales cabezadas. El aviso de que habamos alcanzado inercia de salto nos sorprendi espiando pasajeros por las cmaras y burlndonos de ellos. —Seores pasajeros —dije al micrfono—, vamos a dar el salto. Por favor, mantnganse lo ms quietos posible y eviten posiciones inestables as como realizar funciones fisiolgicas —e hice las mmicas adecuadas en beneficio de una ligera sonrisa de Conto. —Salta, “Estrelladora” —dijo l, y me lleg la vieja sensacin de torpor y embotamiento, seguida al instante por la leve euforia indicadora de que mis tejidos reasuman su qumica como si no hubieran cruzado el espacio convertidos en energa sin ms propiedad que el color cuntico. —Ah est —Conto seal la pantalla externa. No haba visto el Ferente en la parada anterior. Era una estrecha franja azul oscuro marcada contra el fondo de estrellas hasta donde alcanzaba la vista, como si alguien hubiera pasado un borrador por un mapa estelar impreso en un textil. Era enorme, a juzgar por cmo cortaba a la mitad la imagen de cmulos y nebulosas. —Oh, mierda. Me di vuelta hacia Conto. —Qu pas? —El Cultivo est muy viejo —explic Cont o—. Cada vez consume ms energa en mantenerse vivo y entrega menos. Ahora simplemente colaps en una sola descarga y no tenemos apenas energa. —Cargar lo suficiente para el resto del salto? —Quiz no. Si llegamos vivos habr que comprar Cultivo nuevo. —Qu fue eso? —seal la pantalla de vista externa, que no haba dejado de mirar—. Se movi de lugar... est un dedo ms abajo.

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—Te haba contado —respondi Conto sin molestarse en mirar—. Pero eso es bueno. Debe haber un incremento en las radiaciones. —Es ahora cuando libera las seales de la Sirena? —S, claro... eso tambin. Di vuelta a la silla para confrontar la computadora de comunicaciones y orden una bsqueda de seales humanas en la banda usual de la Sirena. Aparecieron enseguida. Mir a Conto poniendo una expresin efectista y pas la entrada al altavoz. La Sirena cantaba un aire lento y melanclico en arcaico incomprensible para m. Ped ayuda a la computadora y esta me inform que se trataba de japons. La curiosidad por entender la letra pudo ms que la tentacin de la pura belleza de su voz en un lenguaje extico, con otros timbres y armonas, y solicit la traduccin. Trataba de una mujer vendida como esclava o prostituta para pagar las deudas del esposo y a la cual se le forzaba a despedirse para siempre de su pequeo hijo. Incluso mediando transcripcin era maravillosa... yo realmente quera con toda mi alma ir y pisar la cara del tipo y llevarle el nio a la Sirena. Me di la vuelta hacia Conto, con lgrimas pugnando por brotar y ninguna vergenza por ellas, pero l estaba de espaldas a m, concentrado en el controlador de atraque. De repente se dio vuelta y me mir con extraeza. —Es imposible —dijo levantndose y viniendo hacia m—. No podra entrar as. —Qu ocurre? —me ech a un lado para hacerle espacio a Conto, quien prcticamente se tir sobre la interfase de comunicaciones. —No te quise decir —coment mientras rozaba teclas frenticamente—, pero es imposible que recibamos la seal liberada del Ferente. —Cmo es eso?

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—El Ferente se desvi ms o menos hacia nuestro lado y el nuevo desgarramiento espacio temporal debe apantallar toda propagacin EM hacia aqu. —Entonces no viene del Ferente. Pero la fuente debe ser muy cercana... entra divinamente. —Tan cerca que puedo triangular —anunci Conto—. Cada segundo que nos movemos mejora la lectura. El foco es esttico, parece. —Vamos hacia ella o nos alejamos? —Vamos. La inercia del trnsito nos lleva. Me qued observando la letra de la canc in desarrollndose a la par de la msica. —Es el destino —murmur—. Quien nos lleva. Conto se volvi a su asiento y se acomod reflexivamente. —Es nuestro primer viaje cerca del Ferente —insist—, y acabamos, por casualidad, en el tramo de la Sirena. Es el destino. No crees? —Si tuviera energa —respondi Conto—, ahora mismo dara la vuelta en redondo. — Tena la vista baja y juntaba las manos ante s, cruzando los dedos. Me call mi opinin porque me interesaba mucho ms hacer silencio para seguir escuchando el canto de la Sirena, adems de interpretar las lecturas que marcaban nuestro acercamiento a ella. En dos horas debamos estar en visual. Por desgracia, la recepcin se perdi a los dos minutos. —Qu pas? —abr la interfase de las antenas y recorr bandas como un desesperado—. ¡Conto, aydame con esto! —Me senta como un enfermo terminal a quien acaban de retirarle los analgsicos. Mi socio se encogi de hombros. —No podemos hacer nada. Una de dos —dijo sin siquiera mirar las pantallas—; o nos alcanz el frente de ondas, o ella hizo receso para soltar una buena carga en el sanitario.

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El propio estremecimiento de ira me paraliz por unos segundos y me impidi golpear a Conto. Un segundo despus, ms calmado, imagin que la agresin en la burla a la Sirena era contra s mismo, e intentaba con eso convencerse de que en verdad se opona a buscarla. Por si acaso decid hacer silencio, para evitarnos a ambos una respuesta demasiado sardnica. Sabiamente, l tampoco dijo nada; ni cuando el radar capt una nave cercana a pesar del arrasador frente de ondas, ni cuan do en efecto estuvimos en visual y la computadora nos proyect media imagen en holocubo. —Caramba —Conto se acerc al holocubo, interesado—; aos que no vea una de esas. —Una de cules? —Una sembradora. Antes se viajaba por otra tecnologa muy ineficiente y para arreglar eso mandaban stas a mapear la ruta y a sembrar o mantener singularidades; era la nica manera de tener vuelos comerciales. Se llegaron a hacer con motor de fuerza de color y sta pudiera ser de esas. Claro, enseguida dejaron de usarse, como las dems. —Es grande —dije—; abulta el tercio de un puerto. —Mayormente motor y acumuladores, y por supuesto, la cosa para sembrar singularidades, que creo se puede usar de antena. Met la mano en el estereograma y rode la se mbradora. —Crees que ella est ah? —dije haciendo un puo apretado. La imagen, por supuesto, se escurri entre mis dedos. —Bueno, la telemetra no miente. Los chillido s vienen de ah mismo. Y ahora que tu curiosidad est satisfecha, vmonos, por favor. —Quizs est a la deriva, atrapada en esa antigualla. Esperando la rescaten para hacerse famosa y multimillonaria con su voz. —No me parece. No hay respuesta a nuestro protocolo, as que, o quiere que la dejemos sola, o es una grabacin la voz.

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—Puede ser que haya enloquecido de soledad ah adentro y por eso canta y canta y slo canta. Vamos a ver. Conto mene la cabeza. —Vmonos, Staro. Tenemos pasaje y un negocio. Nadie nos ha llamado. —S que nos ha llamado —disput—. No le dicen Sirena por gusto. Ella nos llama a todos, y quizs haya un premio esperando. Si me voy y pierdo esta oportunidad me volver loco cada vez que vuelva a escucharla y piense en que la tuve cerca y no la toqu con mis manos. —No la escuches ms —Conto se encogi de hombros—. Puedo bloquear sus bandas. —Eso es imposible. Nadie puede dejar a la Sirena. —Ests hablando tonteras —mi socio me apunt con el dedo ndice—. El espacio no es lugar para tonteras. Haces lo que hace falta y slo eso, sino terminas muerto y no hay muerte bonita aqu. Asfixiado, congelado, muerto de hambre o sed, quemado por la radiacin... escoge. Encar a mi amigo. —Es slo una mujer que canta. —¡Eso mismo! —explot Conto—. Djala cantar... slo djala cantar. Me acerqu y puse una mano en su hombro. —Podemos ser los primeros en llegar a ella. Los nicos, si quiere seguir apartada. Los nicos que haremos la historia entera. Ella cantar en persona para nosotros y despus le diremos a todos los dems si es rubia o morena. Conto se apart hasta una esquina de la cabina, de espaldas a m. —Pensaba que eras diferente, Staro —dijo sin mirarme—. Ms sensato. Porqu crees que me un a ti? Eras nuevo, no sabas nada de viajar, pero parec as sensato, no como otros capitanes que he tenido, medio locos de escuchar historias tremebundas. Y ahora quieres llevar demasiado

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lejos esa obsesin con la Sirena, que es muy comn, lo reconozco. —Pero qu pasa? —me asombr—. Demasiado lejos qu? Simplemente estoy curioso. Quiero ver a la Sirena cara a cara, qu hay con eso? Qu podra pasar? —No tengo idea —Conto se removi nervioso—. No me gusta la idea de tenerla frente a frente. Me sent en la silla y observ a mi transformado socio. Era sorprendente verlo abrirse; sus emociones sobre la Sirena deban ser muy intensas si no poda mantenerlas para s. — Pensaba que no la considerabas gran cosa —dije con la vista fija en su temblorosa mano derecha, que tena a la espalda. —No tanto as. Es que no me gusta escucharla; el poder que tiene me asusta, y lo fra que es. Canta perfectamente canciones de cualquier clase como si pudiera cambiar de emociones igual que de peinado, y con cualquiera hace un guiapo de ti y de m. Como si fuera un juego, una prueba de fuerza consigo misma y todos nosotros. Y me hace llorar, primero de gusto y luego de miedo. Simplemente no estoy al control cuando ella canta, Staro. —Vaya, Conto —dije bajando la mirada—; me imagin que querras detenerme, pero por las razones erradas. Eres t quien me as usta. Ni siquiera estoy seguro que quieras detenerme. Conto hundi la cabeza entre los hombros. —Entonces terminemos con esto. Quizs no sea ms que un programa y una base de datos —se dirigi hacia la salida y se detuvo un segundo en el umbral de la puerta abierta—. Despus de todo es demasiado perfecta. Pero vas t —y se fue sin mirar atrs. La puerta eclips silenciosamente la imagen de Conto marchndose por el pasillo.

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Para llegar a la cmara de abordaje deb pa sar por los pasillos llenos de pasajeros que me miraban inquisitivamente, con obvias ganas de preguntarme la razn de nuestra parada. Por suerte todos haban dado suficientes viajes en botes como para saber que a veces uno se detena a mitad de camino por motivos diversos que no les at aan. El dinero del billete slo les daba derecho a un rincn, algo de aire y agua, y a llegar en algn momento de la semana a su destino; si queran mejores garantas, trato o preguntas, deban ahorrar para hacer el viaje en una nave de lnea regular. La cmara de abordaje daba directamente al mdulo de transferencia. Jugaba a que la sembradora no fuera ms vieja que el estndar de esclusas para conexiones en el espacio; si no, tendra que arriesgar la lanzadera del fundador de Cieloverde y rezar porque la sembradora tuviera un hangar funcionando o al menos un puerto universal de atraque. El viaje hasta all era automtico, pero la maniobra de enganche era en parte responsabilidad ma. Cuando encontr la estructura apropiada, del tamao correcto y la disposicin debida, respir aliviado. Atracar y pasar del mdulo a su sala de abordaje fue coser y cantar. Escuch su canto en cuanto la esclusa dej entrar aire de la nave sembradora. Ella tena que saber que yo estaba llegando; quizs era su forma de guiarme. O de atraerme con seguridad, segn como se quisiera ver. Porque en dir ecto su voz era maravillosamente mejor que por radio, y si para escucharla de la segunda forma haba deseado acercarme al Ferente, por la primera lo hubiera atravesado a pie. El pasillo estaba oscuro as que prend mi linterna. No segu su luz, sin embargo. Ni siquiera miraba ante m, slo segua la meloda; me guiaban mis odos, no la vista. Todas las puertas en el camino estaban abiertas, para no estorbar su voz, supongo, y llegu a la

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entrada de la sala de mando sin dar una sola vuelta de ms. Simplemente pas adentro. Ella estaba reclinada en la silla de mand o, y cuando digo reclinada quiero decir lnguidamente, con el brazo a un lado y alzando el busto como las mujeres ya no hacen. La cabecera estaba plegada, permitiendo a su cabello negro y lacio colgar libre sin ocultar los hombros. Poda ver sus hombros porque llevaba un vestido largo sin mangas; no pude ver ms nada porque ella baj la vista y gir la cabeza para mirarme. Por supuesto, todo el tiempo segua cantando en japons, aunque no s si la misma pieza sobre la madre vendida por deudas. Fue un shock cuando se detuvo. —Quin es usted? —me pregunt. Aprovech que hubiera dejado de cantar y la observ. Tena ojos azules, pestaas negras y cejas gruesas. Rostro ms redondo que ovalado, lleno, sin ngulos y regular, excepto por su fina barbilla y el morro leve que hacan sus la bios. La piel era resplandecientemente blanca. A otra mujer con el mismo fsico la hubiera llamado “gordita interesante”, pero esas palabras se me trababan y quera hacerme dao a m mismo por pensar tal cosa de ella. Ella suspir impaciente. —A quin tengo el honor? —e hizo un arco con el brazo para remarcar la pregunta. —Vengo de la “Estrelladora” —respond—. No recibi el protocolo? —No era la respuesta que esperaba. Tiene ms que decir acerca de usted aparte del hecho de provenir de un carguero? O algo ms significativo? —Staro. Me llamo Staro. —Ah. Supongo. Carraspe. —Entonces... qu cantaba usted ahora mismo? —lo de “significativo” estaba grabado a fuego en mis mejillas—. En japons. Cmo se llama?

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—Es un canto de kowakare —dijo tomando aire. Ante mi desconcierto, continu: —No puede ser Sakura todo el tiempo. Tampoco saba de qu estaba hablando, y como la primera forma de no hacer ms el tonto es mostrarse audaz, me arm de valor. —Es usted la Sirena? Me mir con fijeza, divertida e intrigada a la vez. —Entonces es cierto —asinti—. Me llaman as. Qu locura —se sonri deliciosamente—. Soy slo una mujer que canta para pasar el tiempo. Supongo que quieren ponerle encanto al asunto. Di un paso hacia ella, pero me detuve cuando levant una mano. Continu hablando con la palma dirigida hacia m. —Puedo hacer algo ms por usted? —pregunt—. Si no, es mejor que se vaya. O quizs quiera quedarse un rato para hacer ms creble cualquier historia que quiera hacer a su tripulacin. No me preocupan las licencias poticas siempre y cuando no me ponga como una fcil y me quite algunas libras. De acuerdo? Anonadado, di un paso atrs moviendo la mano que sostena la linterna. Como aun estaba encendida, el haz cruz los ojos de la Sirena. Ella retir el rostro y chist con desagrado. Quise esbozar una excusa, pero su mirada no me dej. —Hombre del espacio —canturre ella—, aprtate de m. Hombre del espacio, papi, djame estar. No vengas tocando mi puerta, no quiero ver ms tu sombra. Tu linterna puede cegar, apunta a los ojos de otra. Me march corriendo. Slo se escuchaban mis suelas adhesivas resonando en el silencio de los pasillos. —Cmo fue? —pregunt Conto mientras yo me tiraba en el asiento de mando.

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—La perra se burl de m. Mi amigo se acerc. —Burlarse? —pregunt con asombro. Yo me mord un labio y mir al piso sin decir nada. —Pens que la ibas a traer arrastrada por el cabello o al menos tomada del brazo. Agit la cabeza con malhumor. —No se pudo ha cer nada —murmur entre dientes—. Ella est al control. —Vaya. Quieres que la traiga? —dijo Conto con sorna. —A ti tambin te hara un guiapo, y a los dos juntos. Conto me puso una mano en el hombro. —Entonces nos podemos ir —suplic ms que afirm—. Por favor? —Se burl de m, Conto —di un golpe en el brazo de la silla—. Qui n se cree que es? Est ah sola sin armas ni nada, voy a ofrecerle proteccin, y ella me manda a paseo. Mi socio fue hasta su silla y pidi datos a la nave. —Tenemos dieciocho horas para que se cargue el Cultivo —dijo conciliador—. Quizs puedas convencerla por radio... de lo que sea que quieras convencerla. —Vete al diablo. Me qued rumiando mi frustracin por una buena media hora mientras Conto trazaba y rehaca cursos con tal de no prestarme atencin. —Deben ser muchos hombres —afirm de re pente—. Algunos podrn resistrsele. Y mujeres, claro —me di un puetazo en la mano abierta—. No puede manipular un grupo heterogneo. Conto ignor mis palabras, pero se interes cuando me vio acercarme al micrfono de hablar a los pasajeros. —Su atencin, por favor —dije con la voz ms calmada que pude articular—. Renanse en

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la cmara de abordaje para una comunicacin importante del capitn. Mi socio se par y vino hasta m. —Qu rayos vas a hacer? Sin hacerle caso alguno sal de la cabina y fui por los pasillos colmados de literas y armarios hasta la cmara de abordaje, donde haba tan poca gravedad que prefer activar las suelas. Conto iba detrs dando excusas a los pasajeros que yo simplemente apartaba. Cuando me detuve Conto me interpel con inquietud. —Qu vas a hacer, Staro? Qu locura? Yo cont los pasajeros que se agolpaban en la cmara, nico lugar en la nave donde cuarenta y dos personas podan verse las caras. —Veo que estn todos —conclu—. Muy bien. La razn por la cual los llam es que en la antigualla que est colgando all afuera hay una mujer, una artista de gran talento que, como artista de gran talento, es un poco extravagante. No s si ustedes saben que estamos en las cercanas del Ferente, una zona peligrosa donde no se debe andar si no es por necesidad, y ciertamente no permanecer. Pase la mirada por los rostros de mis pasajeros y constat que les interesaba poco o nada cuanto les deca. La vida de trabajador itinerante te hace insensible a los problemas ajenos. —Como es muy importante rescatar a esta persona y ni yo ni mi socio podemos solos, me veo obligado a ofrecerles un trato —continu—. A aquellos que vayan a esa nave y traigan a dicha mujer a como d lugar, les reintegrar el pasaje. Entonces s pude ver animacin en los rostros de los pasajeros. El dinero del billete podra alcanzarles para sobrevivir un mes en Seviria mientras conseguan trabajo definitivo o reunan suficiente para regresar a Capisbis con la cola entre las piernas. Sin embargo, ninguno dio el paso al frente, aunque varios se vean enganchados. —Adems... adems —dije con efectismo—, anotar los nombres. Si despus alguno

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quiere regresar a Capisbis en esta nave, tiene pasaje gratis. Conto se par delante de m. —Qu carajo significa esto, Staro? —me increp—. Qu es eso de regalar pasajes? Un tercio de ese dinero es mo y no tienes derecho... —Un tercio de nada —lo interrump—. La nave es ma, llevo a quien quiera, como quiera. Est claro. —Pero tenamos un acuerdo... un tercio... —Qu tercio? Hay algo escrito, legal? Segn recuerdo eres mi empleado y te pago como entienda. Un salario base si me da la gana. La nave es ma, Conto; recuerdas? Conto se puso crdeno. —Ests loco —y se march de la cmara. —Bueno —volv a recorrer a los pasajeros con la vista, y ciertamente haba decisiones tomadas—. Alguien? Diez hombres y ocho mujeres alzaron las manos. —Perfecto. Vayan al mdulo de transferencia y digan sus nombres ante la cmara de vigilancia. Asegrense de ponerse bien frente a ella. Ah esperarn mi seal. Alguna duda? —pregunt ya saliendo de la sala—. Me comunicar con ustedes cuando estn en el mdulo. Me dirig a la cabina de mando, donde encontr a Conto andando de un lado para otro. Cuando me vio frente al monitor central par y se puso a mis espaldas. —Qu haces? —Reviso qu probabilidades tenemos de usar un software OR con esa chatarra — respond—. Para dominar sus esclusas y que nuestros pasajeros puedan entrar con el mdulo de trasferencia. —Eso es para rescates, no para un abordaje pirata.

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—Tcnicamente no hay diferencia. —S la hay; la ms mnima resistencia del sistema husped... —¡Ah! —lo interrump—. Ves que no hay resistencia? —seal la pantalla—. La sorpresa es la madre del triunfo. Conto mascull algunas maldiciones mientras yo diriga desde nuestra segura cabina el abordaje exitoso de la nave sembradora. Todo fue de maravillas y tom menos de veinte minutos. Impaciente, esper la vuelta del mdulo en la sala de abordaje. El corazn quera salrseme del pecho mientras vea abrirse la esclusa del amarre, y casi lo logra cuando descubr a la Sirena entre los pasajeros que haban ido por ella. Conto estaba dos pasos detrs de m, sospechosamente impvido. Los pasajeros empujaron suavemente a la Sirena para poder pasar todos por la estrecha entrada. Ella no hizo resistencia, sino que se les escap y avanz resuelta hasta donde yo estaba. —Qu significa este atropello? —la Sirena se cruz de brazos—. ¡No puedo creer que otras mujeres participen de esto! Las ocho pasajeras se miraron entre s pero ni nguna mostr voluntad de actuar a favor de una desconocida. Adems era un poco tarde para el arrepentimiento y estaran en minora numrica si de repente se volva un asunto de hombres contra mujeres. Junt las manos tras la espalda y me par firme ante la Sirena. —No podemos dejarla abandonada en esa nave. Ella puso los ojos como platos. —Qu usted dice? —Su nave es muy antigua —dije—. No es adecuada para el espacio profundo, menos an para la cercana del Ferente.

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—Y a usted qu le importa? —Su vida corre peligro. —Qu le importa, repito? Mi vida es ma. ¡Haga favor de dejarme volver! —No sera correcto —me balance en la punta de los pies—. Sobre todo tratndose de usted. —De m? —se asombr—. Qu hay conmigo? —No puedo dejarla en peligro si puedo rescatarla. Los dems espaciales me lincharan si se enteran que dej a la Sirena en un trasto a la deriva junto al Ferente. Ella se encogi de hombros airadamente. —Diga que yo no quise. Que estoy loca, que me gusta el peligro; y no hay ninguno, dicho sea de paso. —Precisamente —dije con una sonrisa condescendiente—. Su insistencia en permanecer en esa nave a pesar de mi ofrecimiento de rescate indica que puede estar trastornada. Es mi deber llevarla aunque sea a ver un especialista. La Sirena camin hacia m. Su respiracin era agitada y sus labios temblaban de furia carmes, hermoseados al igual que las mejillas. —Me vas a dejar volver, secuestrador de porquera, o te arrepentirs —dijo clavndome el dedo en el pecho. En la gravedad mnima de la sala de abordaje sus cabellos se demoraban en caer sobre los hombros cada vez que stos suban y bajaban, y al dispersarse parecan como un velo de gasa negra ondulando suavemente. —Lo siento mucho si al momento mi decisin la perturba —me excus, sonriendo aun—. Ya atender a razones. Por lo pronto trataremos de darle la mejor acogida. Conto, prepara nuestro camarote para la seora. Conto estaba suficientemente cerca tras de m como para poder susurrar la confirmacin de la orden si no tena nimos de hacerlo en voz alta. Interpret su silencio como duda; decid

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considerarlo insubordinacin slo si le tomaba ms de un minuto. —Est bien —escuch finalmente a mis espaldas—. Venga, por favor. Ya veremos cmo arreglar esto. Por favor. La Sirena apart sus ojos de los mos y mir detrs de m. Su expresin cambi, como si hubiera ganado confianza y seguridad. —Ya veremos —acept—. Si hay vida hay esperanza. Algo se agit dentro de m, algo como un miedo nonato, mientras la Sirena iba pacficamente tras Conto. Esper el tiempo suficiente y me fui a la cabina, donde me acomod a dormitar en la silla de mando, tras asegurarme por las cmaras que la huspeda quedaba bien segura en la habitacin cerrada. El sueo podra ser feliz. Despert entumecido. La silla de mando er a cmoda, anatmicamente moldeable y todo eso, pero no era una cama, ni siquiera en gravedad reducida. Lo primero que vi al abrir los ojos fue a Conto ante el monitor de navegacin. Pareca estar absorto en trazar rutas. En realidad estaba ignorndome, como descubr cuando hundi la cabeza entre los hombros al escuchar mis bostezos y estiramientos. Me par desganadamente y me puse a sus espaldas, sin que l mostrara el menor signo de interesarse por mi existencia. Al parecer aun no estaba listo para reconciliarse conmigo y aceptar mi posicin. Me dirig a la puerta tras comunicarme con l mediante un gruido mezcla de fastidio, preocupacin y reproche. Era mi forma de hacerle entender que necesitaba su apoyo con otra persona mucho ms difcil de tratar y que l debera acompaarme a ver cmo ella se haba instalado; tendra mucha ms autoridad si l me secundaba. No obstante, Conto no

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me sigui ni dio seales de responder mi pedido de compaa. Para no ir solo tom del armario junto a la salida una pistola de polvo con arns y todo. Camin hasta el camarote, me demor alistndome y toqu a la puerta. Al no escuchar respuesta, esper unos segundos para entrar. Ella se par de la cama y me mir con furia. —Debo ponerme en atencin? —dijo en tono agresivo—. En alguna otra postura de su agrado? Alguna que seale su poder sobre m? No le excita ms un poco de resistencia? —y se puso en guardia de boxeo por unos segundos. Llev la mano mecnicamente a la funda, y al seguirla con la vista ella descubri mi pistola. —Para qu es eso? —pregunt burlona. —Para tu proteccin —carraspe—. Hay muchos hombres a bordo y una mujer misteriosa solivianta los nimos. —Caramba, nunca lo imagin —enarc las cejas y frunci los labios—. Entonces por qu no me llevas de vuelta a mi nave y ya? —El Ferente es an ms peligroso. —¡Ja! No hables del Ferente, que lo conozco mejor que t. Estaba ah cuando se hizo. Tomaron un grumo de materia extraa y lo es tiraron hasta que fue una sola partcula de billones de quarks alineados en cadeneta: rojo, verde, azul y de nuevo rojo, verde y azul de un cabo al otro. —Suena bastante antinatural. —Antinaturales somos t, yo y la nave completa. Vamos a cruzar el Ferente a ver quin tiene ms conviccin de su naturalidad. —Por eso mismo es peligroso. Puede querer convencerte del error en que vives. —No ocurrir. Su tiempo contiene al nuestro y para nosotros hace slo lo que hizo y har

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por siempre; no da sorpresas locas. Es ms confiable que los hombres. —Creo que no ests siendo racional —mene la cabeza-. Tu actitud es temeraria, como mnimo. La Sirena se acerc confrontndome. —En otras palabras me vas a tomar a tu cargo —me midi de arriba abajo con los ojos—, con la justificacin que sea. Eso te gusta, no? Me ajust el cinto por donde penda la pistol era y le sostuve la mirada sin responder. —Vamos a ver si ests a la altura —me dijo con la boca torcida en una sonrisa despreciativa e indicando el arma con un gesto—. Es lo mejor que puedes llevarte a la mano? —Es una pistola de polvo —expliqu—. Cuando est en la cpsula el polvo es neutro, pero cuando se dispersa con el disparo o el impact o las partculas se cargan y liberan un buen shock. —Djame verla de cerca —pidi ella—. Vamos, que slo funciona en tu mano. Un inconveniente, no? Le tend el arma con reluctancia. De algn modo me era imposible negarme. Ella le dio vueltas en la mano y la examin. —Aj, ya saba —opin con suficiencia—. No es gran cosa en verdad. Bajo calibre, pocas cpsulas, imagino que baja cadencia. Le quit el arma, airado, y al enfundarla me sent extraamente distendido. —Funciona a la perfeccin —dije con voz impositiva. —No bastara para detenerme. La nica razn por la que no te he dado una paliza es que como has dicho son muchos en esta nave, e igual no podra darle rdenes al sistema. —Tienes mucha confianza en ti misma —y ahora s llev una mano a la funda, a consciencia y con cierto regodeo. —No me crees? Yo sola ser una agente encubierta hasta que tuve que usar uno de esos

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borradores de memoria. Lo recuerdo porque soy la nica persona que logr recuperar parte de su pasado, y por eso me dieron un montn de dinero para que me perdiera. Y una de las cosas que jams olvid es cmo golpear gente. Me encog de hombros. —De cualquier manera, no tienes motivo para volverte violenta — le dije mientras acariciaba suavemente la culata de la pistola—. Todo es por tu bien y algn da me lo agradecers. Millones de seres humanos te escucharn cantar. Tienes idea de cunto dinero y fama te esperan en la civilizacin? —Quieres parte de esa fama y fortuna? —dijo dejndose caer en la litera, tan suavemente cmo slo se puede hacer en una fraccin de gravedad terrestre—. No quieres agradecimiento ahora mismo en especie? O el hecho de haberme raptado y controlarme es suficientemente satisfactorio? La mir con aire de reproche. —Ah, si es por altruismo —continu ella—. Para que no se pierda mi bonita voz. Soy el ruiseor del emperador o algo as. Bueno, pues no soy nada sin mi base de datos. —No la trajiste? —¡Me llevaban a la fuerza! No tuve chance de empacar. Pero podra descargarla desde esta nave. —Cmo? —Con el mismo programa OR con que abriste mi esclusa, pirata. Vamos a tu puente de mando. Vacil. Eso implicaba ponerla cerca de las terminales del sistema de la nave. —Y hago un concierto —insisti ella—. No te gustara? Sabore la idea de ser de los primeros en escuchar en vivo a la Sirena. —Est bien —le mostr la puerta—. Ve t delante.

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Ella se levant con aire cansino y camin c ontonendose delante de m de una forma como si fuera a medias forzada, a medias por su voluntad. De vez en cuando se volteaba para pedirme indicaciones, y al hacerlo su mirada qu era ser la de quien atrae a un incauto a su perdicin. Pero cuando la puse ante una terminal la not insegura por primera vez. —Es perfectamente compatible con tu sistema —le dije al odo—. Quieres ayuda de todas maneras? Ella ri. —No debieras ofrecer ayuda a una mujer as tan de cerca —murmur con la voz enronquecida—. Una no es de hierro. Yo me retir, rojo de vergenza. —Me maravilla que tu antigualla an funcione —dije para cambiar tema—. Cundo fue la ltima vez que repusiste el suero del Cultivo, o el mismo Cultivo? Debe estar al borde del colapso. —No usa ese Cultivo barato de ustedes —tecle tan rpido que no pude ver sus dedos—. Usa Cepa, que es eterna. Adems tu nave no es del ao pasado precisamente. Si no qu haces chupando del Ferente? Intent ver qu sala en el monitor de interfase, pero justo en ese momento ella comenz a cantar. —El viento agita las ramas como soplo de tinieblas —enton con premura suave—; la luna, galen fantasma, surca mares de nube... Me fij nicamente en el movimiento de sus labios, en que acompaaba la letra con la expresin del rostro, en cmo entrecerraba los ojos en las partes ms intensas. Era una balada triste en la cual ambos amantes moran al final, y verla a ella cantar era lo mismo que orla. No atend otra cosa. Cuando termin simultneamente la cancin y la interfase, no pude conjeturar cunto tiempo exacto haba demorado, ni tena recuerdos precisos de sus

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acciones en el sistema. —Ya est —dijo apartndose del teclado—. Deb dejar la programacin original de hace quince aos; por haberla actualizado es que pudiste usar el OR en mi contra. —Quince aos? —me asombr— Hace tanto que tienes esa nave? Ella puso cara de ofendida. —Me vas a pr eguntar la edad? Aunque no te interesa — sacudi un dedo ante mi nariz—, te voy a decir un secreto: el tiempo transcurre de otra manera cuando ests siempre cerca del Ferente. —Ya lo saba —dije ufano—. Tuvimos que adelantar el reloj de a bordo unos cuantos minutos la ltima vez. —Muy bien, genio. Te diste cuenta por ti mism o a la primera; si fueras tan sensato para otras cosas. Pero es mucho pedir. Ahora puedes llevarme al calabozo o al harn, como quieras. —Deseara que no hicieras ms alusiones de esas. No creo haber dado motivos para insinuaciones as. —Por Dios, qu tipo —sacudi la cabeza con furia—. En primer lugar no me importan tus sentimientos, y en segundo, o digo esas cosas o reviento y te hago mucho dao. Elige. Baj los ojos sin saber si entristecerme o airarme. —Ah, tengo hambre —dijo dndome la espalda—. Dame pan y agua para poder cantar. Hablando de eso, debes conseguir bastante bebida y comida ligera. —Estamos provistos, por si hay que entretener a algn consignatario importante — record—. Cunto te cabe? —dije divertido. —No es para m, grosero, sino para la fiesta. La mir tratando de expresar an ms pasmo del que senta. —Para cuarenta personas no puedes hacer un concierto —dijo ella—. Es una petulancia.

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Con cuarenta personas, haces una buena fiesta con msica, y de repente empiezas a cantar. Obviamente no sabes divertirte. A propsito, tienes de esos replicadores de sonido? —Uju... tengo. —Son mejores que cualquier audio energizado. Y por lo que ms quieras, para avisar a tus pasajeros no digas nada como “estn autorizados a divertirse” o “la festividad comenzar en unos minutos”. Slo lleva las cosas: comida, bebida, una terminal sonora y los replicadores. La gente entender sin palabras. Sent la necesidad de negarme, obstaculizar, trabar el mecanismo, pero slo alcanc a proferir un pattico reparo acerca de la dificultad de poner a punto todo cuanto ella quera en cantidades. —Bueno, quizs ni eso puedas hacer —ella se encogi de hombros—. Tu segundo, seguro s puede encontrarlo todo. Levant la mano con la ligereza de quien va a aplastar una mosca, pero mi voluntad se debilit tan rpidamente que no hubiera podido ni matar a un hipottico insecto. La Sirena ni pestae. —Si esa mano me toca —dijo confrontndome sin miedo alguno—, ser lo ltimo que hagas con ella sin sentir mucho dolor. Tal como predijo la Sirena, Conto lo dispuso todo con gran facilidad, y lo peor, gusto. Se le vea en cada movimiento el placer de servir y casi pude sorprender un brillo desconocido en sus ojos. Ella lo tuvo como un recadero, ponien do las cajas y los replicadores por toda la cmara de abordaje. Yo me vi reducido a ser un mudo espectador parado en la puerta, sin ms funcin que contener a los curiosos pasajeros. La maestra de ceremonias estaba junto a m, no s si para tener una mejor perspectiva o para restregarme en la cara las rdenes que

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daba a mi subordinado, indicndole con la misma mano en la cual llevaba el mando del sistema de sonido; pareca que lo manejara por control remoto. —Pareces muy alegre —dije de repente—. No estabas amargada por estar aqu? La Sirena me ech una mirada fiera y fue hasta Conto. — The last thing i need is you — voce sin cuidar la meloda en lo ms mnimo —, pushing me over, making my day worst — insisti mientras pretenda ayudar con la ltima caja de bebida—, what are you, a curse? —¡Yo entiendo arcaico! —ment al borde de la ira. Me senta como un chiquillo constantemente regaado, culpable sin saber por qu. Era una situacin decididamente infantil, tanto por mi causa como de la suya. Estaba a un tris de mandarlo todo al diablo de manera radical: ordenando a la “Estrelladora” que cortara la energa a la cmara de abordaje. Entonces Conto se irgui secndose la frente con el dorso de la mano. —Vamos, Staro, por favor —me pidi en el mismo tono sereno con que cinco aos atrs le haba odo explicar a un capitn histrico cmo pretenda salvar de la asfixia a los pasajeros—. Tengamos una fiesta en paz. Quin sabe si todo mejore despus? La Sirena tambin me mir, por suerte sin decir palabra y con una expresin neutra en el rostro. No dije nada; simplemente golpe el botn de abrir la puerta y me ech a un lado. Los pasajeros entraron en tropel, abalanzndose sobre los paquetes de comida y las cpsulas de bebida. Justo entonces la Sirena alz la mano del mando por sobre la multitud, y la modesta bocina de avisos situada en el techo comenz a emitir msica suave de la que ponen en los transportes areos planetarios, convirtiendo as la cmara de abordaje en un saln de fiestas. Los replicadores distribuidos por todas partes recibieron la msica, filtraron el ruido ambiente y las conversaciones, y devolvieron el sonido uniformemente por toda la sala.

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Los pasajeros comenzaron a desplegarse por la cmara segn se apoderaban de mis existencias de bebida y comida ligera. Algunos a quienes la dispersin llev junto a m me dieron las gracias; otros desconsiderados simplemente me movieron a codazos o pisotones, indoloros por la baja gravedad pero no menos molestos. Fui apartndome, buscando espacio, consciente de la ignominia de verme empujado en mi propia nave, hasta que mi espalda choc con la de alguien, y al darme vuelta me vi frente a la Sirena. —Tu amigo parece un galn triste —dijo ella. Mir dos veces para cerciorarme de que sealaba a Conto, cuya sonrisa desvada no haca sino remarcar su abandono en medio de los pasajeros, los cuales actuaban como si fueran conocidos de siempre. —l es... —carraspe con circunstancia—, un tipo a su manera. Ella lo examin con inters. —Es lindo. Am able, no un caballero andante en brillante armadura —me mir significativamente—, de los que te sacan de tu torre por el pelo, a rastras, aunque gr ites y patalees. Antes de que pudiera protestar, ella se reuni con el pasaje y trab conversacin con tres perfectas desconocidas. De ah en adelante las cosas comenzaron a desarrollarse como nunca he visto. Los pasajeros se relajaron, hablaron, hicieron y deshicieron grupos, chacharearon o callaron para disfrutar la msi ca; en pocas palabras, una fiesta con todas las de la ley. Algunos beban con moderacin y nadie olvidaba llevarse algo a la boca de vez en cuando. Con tal ambiente, de pronto ya no eran perdedores ni cados sino personas tomadas de las manos y reluciendo de felicidad. Y ella estaba en el centro. La observ tejer una telaraa de encanto y bienestar por toda la cmara de abordaje, parte con su propia interaccin, parte con la msica de fondo, que controlaba con un mando remoto proporcionado por su nuevo amiguito, mi segundo. Al cabo de los quince minutos, ella se

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apart, dej de conectar, y se relaj en una esquina, meditando. Pens que era el momento de recomenzar con ella, pens en acercrmele, pero de repente se termin una pieza musical, y al comenzar la siguiente ella la acompa cantando. En la cmara se acallaron todos los sonidos, hacindole espacio a su voz y la msica. Reviv todas las emociones que me haban llevado a traerla a mi nave mientras ella cantaba la endecha de quien no poda conformarse con ser el pasado de otra persona, cuya ilusin de vida fuera un da lejano ya. Mi garganta se cerr como un puo, supongo que para cerrarle el paso a mi corazn desbocado. Con esa pieza yo, como todas las dems estatuas de sal en la cmara, acababa de mirar atrs, a un amor ya pasado que no se deba recordar. Ese era el poder de la Sirena, contar nuestra vida con sus palabras cual si conociera toda nuestra negra desesperacin. Los aplausos no esperaron el final de los acordes, y ella hizo reverencias doblemente graciosas por el vuelo de sus cabellos en la baja gravedad. Por entre las palmas de mis manos pude observar tambin que las lgrimas ms evidentes pertenecan a los que haban incursionado en la sembradora; pero a juzgar por cmo se nublaba mi visin, yo los dejaba atrs. — Esa fue un tanto tristona, lo reconozco —dijo la Sirena—. Pero fueron tan amables de aplaudir, a m que nunca antes me haban aplaudido. Por eso voy a ofrecerles una cancin de agradecimiento, por darme el mejor da de mi vida a pesar de las circunstancias. Es un poco ms feliz... En efecto lo era. Y la siguiente, y la otra; tres pegadas, sin interrumpirse. Tres canciones hermosas, llevadas a la perfeccin por su voz de ngel –o scubo, segn correspondiera–. Ya la cuarta, una sobre marinos pendencieros, totalmente delirante, fue precedida de una breve explicacin sobre qu era un zoot suit y todos nos remos de las modas de la vieja

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Tierra. Al terminar esa no pudo continuar, pu es se vio rodeada por todas las mujeres y su admiracin; entre todos los hombres no reunamos el valor para que se acercara uno solo. Me percat entonces del aura de poder que emanaba de ella y me sent fuera de lugar, redundante. Yo no era ms la figura de autoridad, sino la Sirena. Descans la mano en la pistola, pensando en cun fcil le sera a ella lanzar a los pasajeros a un motn, y lo peor, cun tibia podra ser la reaccin de Conto a juzgar por las miradas de adoracin que le diriga mientras las viajeras la rodeaban como una guardia personal. —¡Lo que dara por tener tu garganta! —exclam una admiradora. —La mitad de tus recuerdos? —pregunt misteriosa la Sirena. Las mujeres murmuraron sofocando risillas nerviosas. —En serio —dijo la Sirena—. No est en la garganta. Al menos no nac con una voz especial; fue un accidente. —¡Ah, vamos! —descrey la que dara cualquier cosa. —Una vez, hace tiempo, tom una droga que deba borrar la memoria; pero funcion de forma extraa en m. Me quit slo parte de mis recuerdos y me dio la capacidad de cantar; me dijeron que modific el centro del habla y por eso mi voz cambi, poco a poco. Me dijeron tambin que esa reaccin es nica, as que no les recomiendo probar. —Entonces eres una freak —dije en voz alta desde mi esquina—. Una especie de mutante. Todos se dieron vuelta y me miraron como si yo fuera una cosa escurrida del techo. —Es cierto —dijo la aludida—. Soy una mutante del espacio profundo; acaso no son monstruos las Sirenas? Pero no esperes que muestre la cola, capitn. Alguien fuera de mi vista se ri, y del extremo opuesto le hicieron eco. Intent determinar quin haba sido para atajar la burla, pero esta salt de uno a otro como un contagio, siempre un paso por delante de mi bsqueda, hasta que ante mis ojos slo vi risa en

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cuarenta variantes, a cul ms obscena en su despliegue de dientes, lenguas, paladares, comisuras y agujeros de nariz. —Ya basta —advirti la Sirena—. El capitn podra pensar que nos estamos burlando de l y eso sera fatal en caso de que tuviera problemas de autoestima. Podra, no s, molestarse mucho y hacer despresurizar la cmara. Aunque la risa se resisti a morir durante u nos segundos ms, al fin fue sustituida por caras graves. Sospecho que no se debi al pedido de ella sino a la extraa mueca con la cual pretend fingir una sonrisa; yo mismo la senta como una mscara tirante sobre mi rostro y difcilmente podra darme aspecto apacible. —No tengo intencin de ver nada escamoso, gracias —brome—. Preferira que siguieras cantando. Mirndome a los ojos la Sirena descubri debilidad, mi frgil equilibrio entre histeria y contemporizacin, y me vir la cara como si quisiera sealar que despreciaba mis preferencias y que si cantaba de nuevo era por su voluntad, no por la ma. —Ya descans, amigos —agit el mando en alto—. Denme aire para cantar. Obedientes, los pasajeros se apartaron lo ms que pudieron, con lo cual una vez ms fui empujado, pisoteado e ignorado. —Tengo mucha msica tradicional del rea nort e del Atlntico de Vieja Tierra —explic la Sirena, de pie sola en el centro de la cmara—, la ms disponible en el momento que reun mi base de datos. La mejor parte consiste en canciones de mujeres contando el sufrimiento de mujeres. Mayormente ocasionados por hombres, por supuesto, aunque hay algunas de mujeres, incluso hermanas, dndose problemas entre s... a causa de un hombre. Y de todas esas canciones de mujeres sufriendo calamidades por causa de hombres, una de mis favoritas es una que tiene final feliz. La traduj e al mixto moderno, as... —y tras tomar aire,

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comenz a cantar: Viva una doncella a la orilla del mar Muy sola una joven doncella Sin nada que la pueda confortar Da paseos a la orilla del mar La joven a orillas del mar La vio el capitn de un velero audaz ¡Que el viento sople alto y bajo! "¡Morir, morir!", exclam el capitn "Sin la joven a orillas del mar La doncella a la orilla del mar" Tengo barras de oro y piezas de plata Joyas, loza y terciopelo Lo dar, lo dar a mi tripulacin Si la traen de la orilla del mar La doncella a la orilla del mar Tras mucha persuasin la trajeron a bordo ¡Que el viento sople alto y bajo! La llevaron debajo del puente con l Se acab el pesar y el dolor

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Dice adis al pesar y al dolor La llevaron a bordo, debajo del puente ¡Que el viento sople alto y bajo! Es tan dulce, tan bella, fragante y sensual Y cantando los hizo dormir al final Y cantando los puso a dormir Le rob todo el oro y toda la plata Las joyas y todo el ropero Con su espada en un bote se fue a navegar Y rem con la espada en el mar Con la espada a la orilla del mar Mis hombres son tontos, o enloquecieron, Son presa de gran desespero Te dejaron marchar de mi velero audaz Y remar con mi espada en el mar Con mi espada a la orilla del mar Tus hombres son tontos y no enloquecieron Son presa de gran desespero Porque los enga, como a ti tambin Porque soy la doncella en el mar

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Otra vez a la orilla del mar Viva una doncella a la orilla del mar Muy sola una joven doncella Sin nada que la pueda confortar Da paseos a la orilla del mar La joven a orillas del mar Cant la letra una vez y luego hizo a los presentes repetirla, a mujeres las partes de la raptada, a hombres las del capitn, como si les hiciera asumir los papeles. A la tercera se acerc a m, esperando que yo cantara la parte en que el capitn promete riquezas a quien le llevara la doncella. Yo permanec mudo. No estaba dispuesto a seguir ese extrao juego. Mi silencio se extendi, pues el sistema automtico detuvo la msica al no escuchar ninguna voz en armona. —Vaya, pues —dijo la Sirena en tono de reproc he—. El capitn de esta nave es un poco plomo. ¡No importa! Su segundo es fiestero, aunque parezca tmido —y se aproxim a Conto. En vez de compartir mi silencio, aquel a quien yo llamaba amigo comenz a cantar. Enrojecido hasta la raz del cabello y enredando ms de lo que pronunciaba, pero cant. Los pasajeros aplaudieron con jbilo, redoblado al escuchar la msica volver segn Conto entraba en meloda. Y cuando termin esa cancin –al fin–, ella orden al sistema pasar a la siguiente msica y retom la palabra con otra letra peor: una en arcaico hispnico que no era sino una lista de insultos a un hombre que se vea ah –donde yo estaba parado, por supuesto–. Me hart de que me llamaran falso, malo y rencoroso; fui hasta la mquina

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reproductora y la apagu. —Es que de pronto slo tienes canciones de brujas rabiosas de hace siglos? —le pregunt irritado mientras mis ojos seguan a Conto, quien se situ junto a ella en silencio—. Creo que no. —Ah, qu quieres que diga. Soy la chica anacronismo —respondi ella dndole vueltas al mando—. Adems canto lo que las circunstanci as me inspiran. Pero para mostrarte que puedo ver la situacin desde ms de un punto de vista, ahora viene otra en hispnico... una sobre un hombre que ama a una mujer que pasa bajo su ventana cada da, cuando suenan las campanas de la iglesia, y suea con ella, contentndose con saber que tambin pasar maana. Como en su caso t hubieras bajado a la calle a importunarla, a lo mejor la cancin tiene un efecto educativo. —Vete al diablo —dije con odio, e hice un ademn que abarcaba a todos los presentes—. Quedan con ella; si hubiera sabido que era tal clase de vbora, no hubiera disfrutado tanto orla cantar. —Te vas porque yo quiero que te vayas —armoniz la Sirena poniendo expresin socarrona—; a la hora que yo quiera te detengo... Cun bien poda expresar los tonos ms diversos, pens mientras hua por el pasillo solitario con el sonsonete prendido a mis orejas. Burla, desprecio, imperiosidad, tal como antes amor, esperanza, ternura. Era verdad lo que me adverta Conto: ella hara un guiapo de cualquiera. l mismo era la prueba viviente y servil. Yo no sala mejor parado, pretendiendo que todo iba bien mientras ella me mostraba al mundo como un tonto. Qu juego perverso hacernos soar con ella, qu maldad hacernos sentir de esta manera con sus canciones. Llegu a la cabina evitando a duras penas que aquella mujer me hiciera llorar dos veces en un da. Lo primero que hice al entrar fue oprimir con ambas manos el respaldo

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de un asiento, y cuando mis nudillos blancos de dolor no bastaron para disipar la ira, se me nubl la vista, perd presa y resbal golpendome la frente con la cabecera, lo cual hizo el milagro de despejar mi mente. No deba permitirle lograr esto de m, ni tampoco complacer su capricho de volver a su ruinosa nave. Deba volver al plan inicial... aunque no recordara exactamente cmo era. Y como obviamente el primer paso era mantenerla vigilada, activ el circuito de vigilancia. Sin sonido, para evitar el efecto de su voz. La fiesta se estaba animando. Al parecer haba puesto una pieza bailable o al menos movida, por la forma en que todos daban palmadas y se mecan en ritmo guiados por ella. Sobrepas la tentacin de escuchar e hice un paneo para cerciorarme de visualizar toda la sala. Ningn rincn deba escapar a mi control. Si supieran todos, incluidos ella y Conto, cun ridculos lucan agitando los brazos y moviendo los pies de aqu para all, o si pudiera hacerlos verse desde mi punto de vista, como montn de marionetas silentes. Quizs poniendo la grabacin de su espectculo en la pantalla del compartimento a la vez que cortaba la energa de su reproductora? Tambin podra cerrar la puerta y despresurizar poco a poco. Qu notaran primero, la falta de aire o el debilitamiento del sonido? Cmo cantars al vaco, Sirena? Formul en la interfase el complicado protocolo para la extraccin del aire y mov la imagen de uno a otro, imaginando sus convulsiones o muecas mientras acariciaba el botn rojo. En ese placer, que me dur unas cuantas piezas, comenc a notar que las caras raleaban y se haca un vaco que no era el de mis planes: cada vez haba menos personas en la cmara. Enfoqu la puerta, y capt a una pareja marchndose. Por supuesto. Bebida, diversin, baile, canciones de amor, y una nave que aunque pequea estaba llena de recovecos. Alguna gente estaba teniendo suerte por los rincones de mi “Estrelladora”, y el mero pensamiento me llen de asco. Habra manchas de fluidos corporales por todas partes, y en las zonas de pesantez nfima –que algn ingenioso

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preferira–, gotitas microscpicas de aquello y sudor flotando en la atmsfera sin llegar a los filtros. No soy ningn pazguato pero me disgusta la falta de higiene, sobre todo si no es en mi beneficio. Una idea aun peor, no obstante, fue la causante de mi mayor alarma: acababa de notar la ausencia tanto de Conto como de la Sirena. “El muy cabrn”, pens mientras degustaba bilis, “hipcrita y mosca muerta”. Por fortuna el soporte vital de la nave tena identificados los parmetros mos y de Conto para tenernos localizables en todo momento. Estaba en el gimnasio con alguien ms; una mujer, deca en su inocencia de mquina el sistema vital. Mientras peda una vista del gimnasio pens amargamente que al menos no habra un aerosol resultante de esfuerzos sexuales: el gimnasio tena tanta gravedad como cualquier otro sitio. Orden enfocar hacia arriba para no tropezarme de golpe con los hechos, y baj lentamente la visual. En cierto sentido, lo que vi fue peor que lo imaginado. Ellos bailaban. Al verlos bailando realmente lento en el gimnasio tuve la sbita corazonada de que mi suerte se haba agotado para siempre. Ambos estaban descalzos y deban haber pateado lejos sus zapatos, que no estaban a la vista. La nocin de sus pies desnudos rozndose mientras casi flotaban me hizo sentir una tristeza insondable. Baj la vista. Segu escuchando, no obstante, y al hacerlo las imgenes inundaban mi mente. No entenda la letra, porque adems de estar en lengua arcaica, ella prcticamente la murmuraba al odo de l; slo capt las palabras “chocolate”, “amor” y “helado”. Era indudablemente tierna. Y la meloda era redonda, de retorno y vueltas como las que ellos daban, haciendo espirales con los pies a milmetros sobre el suelo. Un vals, el baile de las parejas, si algo saba yo de esas cosas. Sal de la cabina y fui corriendo como loco hacia el gimnasio. Quedaba por debajo de la cabina. Al ir por el pozo de acceso me tir con fuerza, agarrndome a los tubos de descenso

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para impulsarme hacia abajo, ganando rabia con el dolor en los pies al aterrizar en cada etapa. Tambin me haca dao en las manos, y me lo mereca, por tonto, por confiado, por iluso, por bien intencionado y magnnimo. Estaba posedo por una buena justa ira cuando empuj a un lado la puerta del gimnasio, que no se abri lo suficientemente rpido como para acompaar mi estado de nimo. La gravedad, pobre incluso en un local favorecido por la topologa gravitatoria de la nave, les permita volar en sus evoluciones, y es o estaban haciendo cuando los vi. Daban vueltas abrazados en el aire, y era casi cmico verlos esforzarse por mantener la vista sobre m mientras los giros les daban una perspectiva de carrusel. Fue Conto quien hizo el esfuerzo por frenar en cuanto sus pies tocaron el suelo de nuevo; ella incluso trat de seguir la inercia. Fue tambin l quien se separ, y el primero en confrontarme apenas el mareo se lo permiti. —Supongo que esta es la parte sorpresa de la fiesta —gru mientras entraba—. Tan sorpresa que es a espaldas del capitn, eh, Conto? Mi segundo al mando no dijo nada; slo se retorci las manos. La Sirena, por su parte, vino hacia m en direccin a la puerta —Creo que mejor me voy — dijo al cruzarse conmigo—. Ustedes estn a punto de tener una de esas conversaciones masculinas y no quisiera estropearla. —Si queras que me arrepintiera de traerte —le dije sin importarme que slo me respondiera el contoneo de su espalda—, lo lograste, desgraciada. ¡Me arrepiento de haberte escuchado alguna vez! ¡Llevas bien puesto el nombre! Conto no tena la frente alta. Cmo hubiera podido? —Por eso no hiciste resistencia a que la trajera —le espet a Conto—. T tambin la queras.

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—No te entiendo —me respondi l. Estaba habituado a sus evasivas; pero no a que me las dijera sin mirarme a la cara. —Oh, lo sabes muy bien, seor bailarn de vals. Conto enrojeci. —No saba bailar, y ella se ofreci a ensearme. —Se supona que ni querras estar cerca de ella. Que le tenas miedo. Yo no vi ningn miedo y s mucha cercana. —Para, por favor. Fue idea de ella. Me re estentreamente, como un mal comedian te de sus propios chistes. —Te oblig? — me acerqu hasta escupirle el rostro—. Te amenaz con dejar de cantarte al odo? —Tena que poner la msica de algn modo —C onto se encogi de hombros e hizo el intento de pasar por mi lado; yo me puse en su camino. —¡Pues yo la traje! —grit dndome un golpe el pecho—. Y la nave con todo adentro es ma. ¡Por tanto, ella es ma! —No seas estpido, ninguna mujer es de nadie —Conto adelant las manos para hacerme a un lado, y yo reaccion empujndolo y dando unos pasos atrs, como buscando espacio para pelear. —Qu dijiste? —lo ret—. Qu sabes t de mujeres? Y quin eres t para decirme estpido? Cuando te recog eras un desempleado, un bicho raro. —Todo eso y ms —Conto apret los puos—; pero sin m no hubieras ido a ninguna parte... fango. La palabra con que los hombres del espacio se burlaban de los planetarios nunca haba sonado tan ofensiva como en labios de Conto. —Me parece que hay una sola manera de arreglar esto —dije—. Ven donde hay ms comodidad.

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—Muy bien —dijo Conto, siguindome a la misma rea donde l y ella haban bailado. Nos atacamos sin mediar aviso. Ambos queramos ventaja y no limpieza, quizs por adivinar que sera una pelea bastante pareja. Yo, criado en un planeta, era ms slido, pero Conto saba cmo mover el cuerpo en gravedad reducida y parado en botas adhesivas. Aunque l golpeaba ms seguido y recobraba m s rpido la vertical, mis puetazos, cuando daban, triplicaban los suyos. No obstante, al cabo del rato mis esfuerzos por enderezarme tras cada fallo empezaron a cansarme y el agotamiento me hizo an ms torpe y lento. En cambio, Conto poda erguirse con gracia despus de mis impactos, balancendose atrs y adelante con los pies pegados al piso como un juguete de equilibrio. Mi orgullo qued salvado por el hecho de que no me noqueara l, sino la esquina de un extensor con la cual choqu por no detener mi giro a tiempo, tras un derechazo bien colocado en la barbilla de mi socio. Debo haber lucido como un pelele, ondeando inconsciente. Me alert la sensacin de alguien registrando mis bolsillos. Al abrir los ojos, era la Sirena. Su rostro estaba ms cerca que nunca. Sent su aliento tibio, su aroma, y si no lo so, sus cabellos rozando mi frente por un segundo. Fuer on unos instantes, porque cuando not mi mirada dio un paso atrs y me apunt al pecho con la pistola de polvo. —No... —susurr. Ella dispar. El impacto fue como siempre lo imagin, parecido a los puados de arena que de nio me arrojaban en las playas de mi planeta. El shock electrosttico, jams podr describirlo apropiadamente. Mientras me sacuda como pez vi cmo ella examinaba su botn. Tena en la mano mi tarjeta general, que daba algunas atribuciones menores en la nave, como abrir compuertas,

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acceso a las antenas, a monitores de vigilanc ia y cosas as. No pareca comprender bien cmo operarla, pero no sera nada del otro mundo que aprendiera sobre la marcha. Me alarm sobremanera, tanto cuanto poda hacerlo entre un retortijn y el subsiguiente ramalazo de dolor, y dese que Conto no es tuviera noqueado aun y pudiera hacer algo, o quisiera. Entonces, cuando mi cuerpo se relaj y slo qued sufriendo debilidad extrema, la vi voltear el rostro a la derecha, alzando de nuevo la pistola, y disparar. Perd las esperanzas. La Sirena se march framente, sin siquiera una mirada de despedida. Su trabajo estaba hecho, pens mientras intentaba luchar contra la propensin de mis miembros a seguir arquendose en direcciones imposibles. Conto y yo estbamos tirados en el aire, chocando entre nosotros y con la maquinaria de ejercicios como contrabando mal estibado, despus de habernos peleado, ofendido, odiado y traicionado. Ya haba hecho un trapo de piso con nosotros, ahora poda hacerle dao a la “Estrelladora”; ese pensamiento me hizo buscar mis ltimas reservas de energa. No fueron suficientes. Conto s logr ponerse en pie, no s si porque ella le haba apuntado a un rea del cuerpo menos limitante o porque el temor por la nave era una motivacin mucho ms fuerte en l. De todas maneras, al caminar pareca un mueco maltratado por una nia malvada, y usaba ms las manos que los pies para equilibrarse o avanzar. Difcilmente podra hacer algo, sobre todo porque la Sirena le llevaba algunos minutos de ventaja, suficientes para parapetarse en la cabina o marcharse a su nave sembradora. Que habra sido, me lo estuve preguntando por un rato ms; el esfuerzo infructuoso haba retrasado mi recuperacin. Cuando finalmente pude repetir la pantomima de Conto –y rec porque ella no me estuviera viendo en cmara–, opt por la cabina. Tuve la desgracia de tropezarme por el camino con una escena entre dos que haban decidido usar las literas, en

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vista de la vaciedad de los pasillos. Me i gnoraron, y yo segu co mo caracol desconchado hasta la cabina. Conto estaba sentado ante el monitor de visin externa. Se vea la enorme nave sembradora de la Sirena, y junto a ella un nfimo puntito. —Pronto... —jade a sus espaldas—. Controla el mdulo y trela de vuelta. —No es el mdulo de transferencia —dijo Conto. —Cmo que no es el mdulo? —y me acerqu a mirar mientras la comprensin erizaba mis cabellos. El cuerpo de Conto me haba c ubierto una esquina de la pantalla donde se vea un agrandamiento del punto. Era la lanzadera del fundador de Cieloverde. —Cmo supo? —dije incrdulo. —Le propuse irnos a vivir a un lugar solitario con un dinero que ganara —explic Conto mesndose los cabellos—. Tuve que contarle cmo esperaba ganar ese dinero. El puntito se fundi con la sembradora. Minutos ms tarde, las lecturas expuestas en la pantalla nos avisaron que la otra nave estaba calentando motores. Haba un buen nmero de cosas que podamos hacer para impedirle entrar en trnsito, como acercarnos y activar nuestro motor cerca de ella, o disparar una mina de frenado por isocroma justo ante su proa. Aun podamos dominarla, sobre todo si Conto, en vista de los hechos, escapaba a su hechizo y me apoyaba. —Djala ir —dijo mi amigo como si me hubiera escuchado pensar—. Nunca debimos haberla molestado. Vencido, observ junto a Conto cmo la nave sembradora se alejaba de nosotros a lo largo del Ferente. Triste irona final, en ese momento tuve la dolorosa necesidad de escuchar una cancin que pusiera palabras a mis emociones. Y para eso, nadie mejor que la Sirena. Conto sentira lo mismo.

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Ella poda abandonarnos, pero nosotros a ella no. Juan Pablo Noroa Lamas (1973) : Graduado de Letras en la Universidad de la Habana. ha sido incluido en la antologa Reino Eterno, Letras cubanas 1999. es colaborador del fanzine de Literatura fantstica MiNatura y la revista digital Axxn. Recientemente fue antologador de Secr etos del Futuro, Sed de Belleza 2006. La mayor parte de su obra se encuentra indita. Al INDICE

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5. AP"CRIFOS: NECROBIAS: PR"LOGO* Por Stanislaw Lem. CEZARY STRZYBISZ NECROBIAS 139 reproducciones Prlogo de Stanislaw Estel Editorial ZODIAK Prlogo No hace muchos aos, los pintores y escultores se aferraron a la muerte como a una tabla de salvacin. Provistos de atlas anatmicos e histricos, empezaron a destripar a los desnudos y revolver en las panzas, sacando a sus telas la maltrecha fealdad de nuestras vergonzosas interioridades, recubiertas normalmente, y con cunto acierto, por la piel. No obstante, los conciertos que la podredumbre revestida de todos los colores del arco iris, empez a dar en las salas de exposiciones, no fueron una revel acin. La cosa hubiera sido obscena si alguno de los espectadores se hubiese sentido afectado, u horrenda si alguien hubiese temblado; pero qu le vamos a hacer?: ni siquiera nuest ras tas se indignaron. Midas converta en oro todo lo que tocaba, y la plstica actual, bajo la maldicin de unsigno contrario, liquida con un toque de pincel toda la seriedad de lascosas. Como quien se ahoga, quiere asirse a lo que pueda, y se hunde junto con lo asido... ante la desengaada pasividad de los espectadores. Quiere apoderarse de todo. Incluso de la muerte? Por qu no nos escandaliza su antimajestad? No nos hubiera debido hacer reflexionar (por lo menos) el horror de esas lminas embadurnadas de rojo sangre, cual ampliadas ilustraciones de un manual de medicina forense? Pero ni siquiera ese poder tenan..., porque eran demasiado forzadas. La misma idea era ya infantil: asustar a los adultos... ¡Eso no poda tener seriedad! En vez de un memento mori recibimos unos cadveres cuidadosamente descompuestos; el secreto de las tumbas, expuesto a la luz del da con demasiada insistencia, tema el aspecto de una cloaca viscosa. La muerte as mostrada no nos dice nada, porque es demasiado ostentosa. Unos pobres pintores a quienes no bastaba ya la naturaleza, emprendieron la escalada del Gran Guiol, y el tiro les sali por la culata. Pero, despus de un descrdito semejante, despus del chasco recibido de la muerte, qu hizo Strzybisz?, cmo logr rehabilitarla? Qu son, en realidad, sus "necrobias"? En todo caso, no son pintura. Strzybisz no pinta, y al parecer nunca tuvo un pincel en la mano. Tampoco son grabados, porque l no dibuja ni graba en ninguna materia, no esculpe.

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Strzybisz es fotgrafo. Hay que decir que es un fotgrafo singular, puesto que, en lugar de la luz, usa los rayos de Roentgen. Este anatomista atraviesa el cuerpo de lado a lado con su ojo prolongado por los hocicos de los aparatos radiogrficos. As y todo, no cabe duda de que unas pelculas en blanco y negro, vistas en todos los consultorios mdicos, nos dejaran indiferentes. Por eso, l vivific sus desnudos. Por eso sus esqueletos andan con paso tan elstico y decidido en sus gabardinas-mortaja, con espectros de carteras en la mano; bastante malicioso y extravagante, hay que reconocerlo, pero nada ms. Sin embargo, esas instantneas eran solamente unas pruebas, unos experimentos, no haba aprendido todava. El revuelo surgi slo cuando Strzybisz se atrevi a una cosa horrenda (aunque ya no deba haber cosas horrendas): pasar por rayos X, y as nos lo mostr nuestro sexo. Ese ciclo de trabajos de Strzybisz se abre con sus "Pornogramas", muy humorsticos, pero de un humor bastante cruel. Strzybisz enfoc las lentes de sus objetivos sobre la sexualidad ms desenfrenada descarada e insolente: la del grupo humano. Los crticos dijeron que quera burlarse de la pornomana, que le haba dado una leccin capital llevndola hasta el mismo hueso, que su intencin haba tenido xito, puesto que aquellos huesos, imbricados unos en otros, dispuestos en unos rompecabezas geomtricos y que parecen, a primera vista, mezclados inocentemente, se transforman ante los ojos del espectador, repentina y singularmente, en un moderno Totentanz en una cpula de esqueletos saltarines. Se coment que Strzybisz buscaba ultrajar y ridiculizar el sexo y que haba conseguido su propsito. Es cierto eso? Por supuesto, pero... podemos ver en las "necrobias" algo ms todava. Una caricatura? S, pero no s1o esto, porque hay en los "Pornogramas". una cierta seriedad implcita. En primer lugar, Strzybisz "dice la verdad" y slo la verdad, verdad que hoy da, si no sufre una deformacin artstica~, pasa por una simpleza; en realidad Strzybisz no es ms que un testigo, una mirada penetrante pero no transformadora. No hay modo de defendernos de ese testimonio ni rechazarlo a ttulo de ficcin de truco, de pequeo juego premeditado, porque l tiene razn. Una caricatura? Una malignidad? ¡Si esos esqueletos son casi estticos en su dibujo abstracto! Strzybisz actu sabiamente al descubrir los huesos, al despojarlos de su cobertura de carne, los liber, buscando honradamente su propio sentido, que ya no se refiere a nosotros. Al buscar su propia geometra, los hizo soberanos. Aquellos esqueletos viven—si as puede decirse— a su manera. El les otorg la libertad evaporando sus cuerpos, o sea a travs de la muerte, aunque precisamente los cuerpos desempean un papel importante, a pesar de no ser inmediatamente perceptible, en las necrobias. No podemos entrar aqu en los detalles de la tcnica radiolgica; sin embargo, es imprescindible una breve explicacin. Si Strzybisz se hubiera servido de rayos X cortos, en sus fotos apareceran solamente los huesos, en forma de unos trazos claramente dibujados y segmentados por las hendiduras; ms oscuras, de las articulaciones. En tal caso, se obtendra una abstraccin osteolgica demasiado ceida. Mas l nunca procede as: en sus fotografas aparecen, penetrados por los rayos largos, los cuerpos humanos levemente

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insinuados, esfumados como cmulos de luz lctea, lo cual aporta el efecto adecuado. La apariencia y la realidad confunden ah sus fronteras. Strzybisz acierta a mostrar, y lo hace como sin proponrselo, como por casualidad, el medieval Totentanz holbeiniano que permanece dentro de nosotros intacto, idntico, no afectado por el tumulto de nuestra civilizacin relumbrante: la comunin de la muerte con la vida. Encontramos en su obra el mismo desenfado saltarn, el vigor jovial y la frivolidad apasionada que Holbein haba dado a sus esqueletos. S10 que nuestro artista contemporneo les confiere una gama de significados ms amplia, ya que aplica la ms nueva de las tcnicas a la funcin ms antigua de los organismos. Strzybisz nos propone la imagen verdadera de la muerte en medio de la vida, y la mecnica (puesta de manifiesto hasta la recndita trama de los huesos) de la multiplicacin del gnero humano, a la que asisten los plidos espectros de los cuerpos. De acuerdo —dicen algunos— admitamos que se a esa la filosofa que se desprende de la obra; pero acaso el artista no ha "rizado el rizo" hacie ndo popular a los cadveres? No se ha acogido al tema de moda para conseguir efectos sensacionalistas? No sera eso un procedimiento vulgar? Y si los "Pornogramas". fueran, senci llamente, el truco de un listo? Hubo incluso quien no vacil en tacharle de timador. Prefiero no disparar contra esa clase de juicios los caones de una retrica de calibre pesado. En vez de esto, les propongo que miren con detenimiento el pornograma 22, titulado "Triolistas". Es una escena de una indecencia muy especial. Si la comparamos con una foto normal de las mismas personas, es decir, con un producto de la pornografa comercial, veremos al instante cun inocente re sulta esta ltima al lado de un roentgenograma. Y es que la pornografa no es directamente lasciva: excita tan slo mientras en el espectador perdura todava la lucha de la libido con el ngel de la cultura. Cuando a este ngel se lo llevan los demonios, cuando a causa de la tolerancia general se manifiesta la debilidad de la prohibicin sexual y su total ineficacia, cuando los tabes se van al cubo de basura, con que rapidez muestra entonces la pornografa su carcter inocente o, en el caso de que tratamos, vano. Y digo vano porque promete un paraso de la carne, anuncia lo que en realidad no cumple. Es un fruto prohibido: la fuerza de su tentacin es igual a la fuerza de la prohibicin. As pues, cuando nuestra vista, una vez acostumbrada, se vuelve ms fria y slo capta a unas personas en cueros, muy forzadas, muy aplicadas a obededecer las rdenes del fotgrafo, ¡qu pobre resulta el espectculo!. En el que lo mira no provoca sonrojo, sino un sentimiento de la solidaridad humana zaherida, ya que esa gente en cueros se manosea con tanto ahnco, que nos hacen pensar en unos nios obstinados en hacer una cosa horrible ,monstruosa, para que a los adultos se les pongan los pelos de punta; pero en realidad no lo consiguen, simplemente no dan para tanto, y su inventiva, exasperada ya tan slo por la furia que les despista su impotencia, no se dirige hacia el Pecado y la Cada, sino ha cia una tonta y lamentable hartadura. De modo que en los esforzados trabajos de aquellos grandes mamferos desnudos se esconde un

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infantilismo obtuso; no hay en ello ni infierno ni paraso, sino una esfera tibia: el aburrimiento, las amarguras de una labor mal pagada... En Strzybisz, en cambio, el sexo es rapaz, terrorfico y ridculo como en los viejos cuadros de flamencos e italianos esas cadas de los condenados en el abismo. Aboliendo el Ms All nos es posible sentirnos distanciados de los pecadores que se precipitan hacia el Juicio Supremo dando volteretas; pero qu clase de defensa tenemos contra un roentngrama? Son trgicamente cmicos esos esqueletos, a los que el cuerpo impide juntarse. Que no son ms que osamentas? No, no es as: precisamente vemos en ellos unos seres unidos en un abrazo encarnizado y torpe. La cosa seria simplemente lamentable si no fuese tan cruelmente cmica. De dnde procede la comicidad? De nosotros mismos, ya que reconocemos la verdad. La razn de esas uniones desaparece junto con la corporeidad; los abrazos son estriles y abstractos, aunque terriblemente concretos, faltos de esperanza como llamas heladas y blancas. Hay ah, adems, una especie de santidad (o bien una burla de ella, o una alusin), no aadida artificialmente ni trucada y bien visible: un halo rodea cada cabeza. Es el pelo, convertido en una plida aureola redonda, brillante como en las imgenes sagradas. Por otra parte, s muy bien lo difcil que es la tarea de desembrollar y designar los impulsos que componen el conjunto de impresiones del espe ctador. Para unos, la obra de Strzybisz es, literalmente, Holbein redivivus ; en efecto, es muy singular ese retorno, por la va de la radiacin electromagntica, al mundo de los esqueletos: es como si volviramos al medievo oculto dentro de nosotros. A otros les chocan los cuerpos convertidos en fantasmas impotentes, obligados a asistir a los difciles ejercicios del sexo invisible. Hay tambin quien compara a los esqueletos con instrumentos sacados de sus estuches para la celebracin de una iniciacin misteriosa, y habla de la "matemtica", de la "geometra. de aquella sexualidad. Todo esto es muy posible, pero la tristeza que inspira el arte de Strzybisz no procede de la especulacin. La Simb1ica, alimentada por lo s siglos y durante siglos transmitida, ha continuado vegetando en nosotros aunque hayamos renegado de ella y, como vemos, no ha sido destruida. La hemos transformado en sealizaciones (calaveras en los postes de alta tensin y en los frascos de veneno en las farm acias), y en material escolar para ciencias naturales (esqueletos articulados con alambre fino de las aulas). La hemos condenado a xodo, la expulsamos de la vida, pero no nos liberamos de ella por entero. As pues, nuestra mente, incapaz de distinguir lo que constituye en el esqueleto su ms proba materialidad, igual a la esencia de un tronco de rbol o de una viga incapaz de ver lo que expresa en l el silencio del destino, o sea el smbolo, cae en una perplejidad peculiar de la cual huye buscando la salvacin en la risa. Sabemos, sin embargo, que es una alegra un tanto forzada, que nos refugiamos en ella para no entregarnos demasiado a Strzybisz. La ertica, interpretada como la vanidad sin esperanza de toda intencin, y el sexo como ejercicios de geometra del espacio, son los dos extremos de los "Pornogramas". Por lo dems, no estoy de acuerdo con quienes afirman que el arte de Strzybisz empieza y termina con los "Pornogramas". Si tuviera que decir cul de sus desnudos me parece ms notable, sealara sin vacilar La Embarazada (pg. 128), una futura madre con su criatura encerrada en el seno. Esos dos esqueletos, uno dentro del otro, constituyen una imagen bastante cruel y muy ceida a la verdad. El vientre voluminoso de la madre, enmarcado por las dos alas

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blancas de la pelvis (la radiografa muestra el destino del sexo ms rotundamente que el desnudo convencional), cobija a un esqueletito mucho ms frgil y transparente, porque ms tierno, vuelto cabeza abajo y protegido por esas alas, ya entreabiertas para el parto. ¡Qu mal describen la escena estas palabras, y en qu imagen de dignidad y pureza se funden los claroscuros del roentgenograma! Una mujer encinta en la plenitud de su vida (y de su muerte) y un feto todava no nacido que empieza a morir ya desde su concepcin. Hay en ese cuadro un reto tranquilo, una afirmacin determinada. Qu pasar dentro de un ao? Las Necrobias caern en el olvido, se impondrn nuevas tcnicas y modas (¡pobre Strzybisz, cuntos imitadores tiene ya ahora, desde que ha alcanzado el xito!). No es cierto esto? S, no cabe duda, pero no se puede evitar. Sea como fuere, y aunque esta velocidad de los cambios nos ahogue y nos condene a continuas renuncias y separaciones, en el momento actual, Strzybisz nos ha hecho un don generoso. El artista no se precipit al fondo de la materia, no intent penetrar en los tejidos de los musgos y de los licopodios, no se inmiscuy en el exotismo de escudriar las perfecciones intile s de la naturaleza, en esas investigaciones que la ciencia habia inoculado al arte, sino que nos gui hacia los confines de nuestros cuerpos tal como son, sin exageraciones ni cambios, nuestros cuerpos reales. Actuando as, cre puentes entre la actualidad y lo futuro y devolvi la vida a la seriedad, olvidada ya por el arte. Y no es culpa suya el que esa resurreccin slo pueda durar unos momentos. *Nota de Letras Perdidas: La obra "Necrobias", no existe, por lo que la editorial, el prlogo y los autores consigna dos son ficticios. Stanislaw Lem (1921-2006): Naci en 1921 en Lvov, ciudad de Ucrania que hasta 1939 perteneci a Polonia. Hijo nico. Comenz sus estudios de medicina en 1939, que quedaron interrumpidos durante la ocupacin nazi. Durante la guerra fue miembro de la resistencia. Su familia, catlica pero de ascendencia juda, se salvar del Holocausto en parte por suerte. Con el inicio de la gran guerra empieza a trabajar de soldador y mecnico, desde donde realizaba algunas acciones de sabotaje. Sobre esto, l mismo argumentaba que su cualidad de soldador era ms bien psima, por lo cual no le supona realmente ningn esfuerzo el sabotaje. Adems colabora con trfico de armas y municiones para la resistencia polaca. Durante 1942 se salva su familia de las cmara s de gas de Belzec, gracias a documentacin falsa y por huir justo a tiempo del ghetto de la ciudad. Dos aos despus, el ejrcito de la URSS toma la ciudad y Stan islaw es "repatriado" en 1946 a Cracovia retomando sus estudios de medicina en la especialidad de Psicologa. Ese mismo ao publica su primera obra, Hombre de Marte en una revista juvenil.

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En 1948 abandona la carrera de Medicina por sus discrepancias ideolgicas, adems de tambin evitar la orden para los mdicos de la incorporacin a filas, como mdico militar. A pesar de ser socialista, disenta de las ideas de Trofim Lysenko, favorecidas por el dogma oficial, acerca de la herederabilidad de los rasgos adquiridos. Slo recibi un certificado de finalizacin de estudios. En 1951 publica su primera novela; LOS ASTRONAUTAS, principalmente utpica, lo que contribuy a que pasase la censura sin muchos problemas. Sobre esta poca la Ciberntica, una de las pasiones de Lem es prohibida en todo el bloque socialista por ser considerada una mala influencia del capitalismo. En 1957 publica DIARIOS DE LAS ESTRELLAS. En 1959 se publica EDN. Es sta la primera novela, en retrospectiva, con la que Lem estaba complacido (o al menos "no estaba avergonzado"). En 1961 publica SOLARIS. Que Andrei Tarkovsky convirti en pelcula, siendo galardonada con el Premio Especial de Jurado en el Festival de Cannes de 1972. En 1964 publica EL INVENCIBLE, en 1965 CIBERIADA: FBULAS PARA UNA ERA CIBERNTICA, en 1968 LA VOZ DE SU AMO, RELATOS DEL PILOTO PRIX, en 1971 dos ttulos ven la luz: UN VACO PERFECTO y CONGRESO DE FUTUROLOGA. En 1973 escribe UN VALOR IMAGINARIO, una coleccin de prlogos de libros no escritos, mezcla entre experimento y stira. En 1976 se publica LA INVESTIGACI"N, y LA FIEBRE DEL HENO, en 1979 MEMORIAS ENCONTRADAS EN UNA BAERA, y en 1986 publica UN MINUTO HUMANO, revisin de tres libros que no ex isten. Tambin publica FIASCO, novela seria en la que retorna al problema del contacto c on inteligencias extraterrestres. Quizs la ms madura de todas sus novelas. Lem fue miembro honorario de la SFWA (escritores norteamericanos de ciencia ficcin y fantasa) en 1973, pero fue expulsado en 1976 tras describir que la ciencia-ficcin estadounidense era de baja calidad literaria y estaba ms interesada en aventuras que en desarrollar nuevas ideas o formas literarias. En 1977 fue reconocido como ciudadano honorario de Cracovia. Con el colapso del comunismo en 1989, abandona en cierto modo la ciencia ficcin y se dedica a escribir informes de anlisis para algunos gobiernos y organizaciones sobre el

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futuro ms cercano. Sus ltimos aos fue mi embro fundador de la Sociedad Polaca de Astronutica. Desde 1973 hasta sus ltimos aos ense literatura pola ca en la Universidad de Cracovia. Falleci el 27 de marzo de 2006 en Cracovia a los 84 aos de edad, despus de una larga enfermedad coronaria. AL INDICE

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6. LAS COSAS QUE VENDRAN (…y que pasan) Conmemorando el centenario del natalicio de Robert Heinlein y los 30 aos de la desaparicin fsica de Oscar Hurtado Por cuarto ao consecutivo el ANSIBLE, un encuentro abierto y de participacin gratuita, convoca a crticos, escritores, investigadores, artistas, promotores y aficionados cubanos a las ms amplias manifestaciones del arte y la literatura del gnero fantstico para intercambiar opiniones y conocimientos sobre el estado del arte del gnero en Cuba y el mundo, los das 25 y 26 de Mayo de 10:00AM a 5:00PM, en la sede habitual del Centro Onelio Los temas centrales de este VI Encuentro girarn en torno a: Espacios alternativos de difusin del arte y la literatura fantstica. (clubes, e-zines, fanzines) La literatura fantstica femenina en Cuba Literatura fantstica para nios y adolescentes Espacios editoriales y espacios narrativos del fantstico en Cuba Las tendencias nacionales en la literatura del gnero. Encuentro terico: conferencias, paneles y carteles IV Concurso de Creacin Literaria ARENA 2007 Muestra Cinematogrfica del gnero Fantstico. Lanzamiento de libros y publicaciones afines. Homenajes a creadores. Las formas de participacin sern las ya habituales: Los interesados en participar en el Evento terico con ponencias, posters o paneles deben contactar al COMIT ORGANIZADOR antes del 30 de abril de 2007 a travs del telfono: 206-5366/67 ext 107 E-mails: espiral@centro-onelio.cult.cu y espiralgrupo@yahoo.es El Grupo de Creacin Artstica ESPIRAL del Gnero Fantstico y el Centro de formacin literaria Onelio Jorge Cardoso convocan al IV ENCUENTRO TE"RICO DEL GNERO FANTSTICO A NSIBLE 200 7

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AL INDICE El Grupo de Creacin Artstica ESPIRAL del Gnero Fantstico y el Centro de formacin literaria Onelio Jorge Cardoso convocan al IV Concurso de Creacin Literaria del Gnero Fantstico ARENA 2007. 1. Podrn concursar todos l@s escritor@s in teresad@s, sin lmite de edad, residentes en Cuba y que no posean libros publicados dentro del gnero. 2. Se convoca en la modalidad de Cuento corto de hasta 5 cuartillas a 1,5 espacios en formato carta (81/2 x 11 pulg.), tipografa Time New Roman o Arial, puntaje 12. Las obras se entregarn en original y dos copias. 3. Las obras, escritas en castellano, reflejar n temticas del gnero fantstico (ciencia ficcin, fantasa, cuento fantstico terror fantstico y absurdo) y no deben haber sido publicadas con anterioridad (impresa o digitalmente). Podr n concursar hasta tres obras por autor. 4. Las obras debern entregarse en sobre cerr ado identificado con el nombre del concurso y el seudnimo del autor e ir acompaadas, en sobre aparte con igual identificacin, de los datos generales del autor: nombre y apellidos, edad, dire ccin particular, telfono, e-mail (si posee). 5. Las obras se entregarn o enviarn por correo postal a la direccin : Concurso ARENA 2007 -Centro de formacin literaria Onelio Jorge Cardoso Ave. 5ta. N 2002 esq. a 20, Mira mar, Playa, Ciudad Habana, CP 11300 6. Se otorgar un Premio nico consistente en 500,00 pesos MN y diploma, as como libros y otras sorpresas relacionadas con el gnero; y dos Menciones de igual categora. El jurado estar integrado por reconocidos investigadores y escritores del gnero. 7. El veredicto del jurado ser inapelable y se dar a conocer en la sesin de clausura del IV Encuentro Terico del Gnero Fantstico ANSIBLE 2007. 8. Las obras participantes no se devolvern. 9. No se aceptar la participacin por correo electrnico. 10. La participacin en el concurso supone la total aceptacin de sus bases. 11. El plazo de admisin vence el 15 de mayo del 2007. El matasellos de correo dar fe de la fecha de envo. Centro de formacin literaria Onelio Jorge Cardoso Ave. 5ta. N 2002 esq. a 20, Miramar, Playa, Ciudad de La Habana Telfonos: 206-5366/67

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7. COMO CONTACTARNOS? S tienes algn comentario, sugerencia o colaboracin escrbenos a: darthmota@centro-onelio.cult.cu jartower@centro-onelio.cult.cu espiral@centro-onelio.cult.cu aceptamos cualquier colaboracin seria y desinteresada. Traten de ponerla en el cuerpo del mensaje. Advertencia: Los mensajes de direcciones desconocidas que contengan adjuntos sern borrados. Para suscribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la palabra "BOLETIN" en el asunto. Para desincribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase "NO BOLETIN" en el asunto. Para obtener nmeros atrasados envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase en el asunto "Numeros anteriores" y el nmero del correo atrasado que deseas entre parntesis a continuacin. Si los quieres todos escribir a continuacin “todos”. Ejemplos : Con el asunto “Numeros anteriores (2)(5)(20)” obtendras los nmeros 2, 5 y 20 del Disparo en Red. Con el asunto “Num eros anteriores todos” obtendras todos los nmeros del Disparo en Red existentes. Al INDICE