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Disparo en Red

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Material Information

Title:
Disparo en Red
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Disparo En Red
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - D42-00035-n34-2007-06
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System ID:
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HOY: de JUNIO del 2007

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DISPARO EN RED: Boletn electrnico de cienciaficcin y fantasa. De frecuencia mensual y totalmente gratis. disparoenred@centro-onelio.cult.cu -------------------------------------------------------Para descargar d isparos anteriores: http://www.esquina13.co.nr http://www.cubaunderground.com -------------------------------------------------------El sitio web del Fantstico Cubano http://www.cubaliteraria. cu/guaican/index.html

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disparoenred@centro -onelio.cult.cu Editores: Darthmota. Jartower. Colaboradores: Taller de Creacin ESPIRAL de ciencia ficcin y fantasa. espiral@centro-onelio.cult.cu espiralgrupo@yahoo.es Anabel Enrquez Istvn Bent Juan Pablo Noroa Coghan Vctor Hugo Prez Gallo Leonardo Gala Eliete Lorenzo Ral Aguiar Anabel Enrquez Istvn Bent Portada: Alucard. Universo: Helsing. 0. CONTENIDOS: 1. La frase de hoy : George Lucas. 2. Artculo : Oscar Hurtado, vida y obra, Sheila Padrn. 3. Cuento clsico : La poltica del cuerpo, Clive Barker. 4. Cuento made in Cuba: Nivel de prioridad 1, Hayde Sardia. 5. Cuento Corto Clsico : Vuelo de represalia, Frederic Brown. 6. Las cosas que vendrn. 7. Cmo contactarnos?

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1. LA FRASE DE HOY : No se ofusque con este terror tecnolgico que ha construido. La posibilidad de destruir un planeta es algo insignificante comparado con el poder de la Fuerza. (Darth Vader) George Lucas. Star Wars, episodio IV La nueva esperanza. Al INDICE

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2. ARTICULO: Oscar Hurtado, vida y obra. Por: Sheila Padrn “Ahora, podemos observar confiados el vuelo del dragn que sacude sus alas y salpica de roci nuestra frtil tierra donde hoy florece la ciencia ficcin cubana”. Daina Chaviano El ao 1964 sealar para siempre la fecha que abri las puertas a un nuevo tema literario en Cuba: la ciencia ficcin, con la salida de dos libros. El primero de ellos fue el de Oscar Hurtado “La ciudad muerta de Korad”, y el segundo, de ngel Arango “Adnde van los cefalomos”. La ciudad muerta de Korad, de Oscar Hurtado, de gran valor simblico, sent precedentes propios no por temtica, pues era un collage de Burroughs y otras fuentes, sino por su forma versificada y el augurio de la especificidad humorstica que tendra nuestra ciencia ficcin. Del autor Oscar Hurtado naci en la Habana, el viernes 8 de agosto de 1919. Sus padres y abuelos fueron pescadores, nico oficio que el conoci. Sin embargo su inteligencia natural le permiti leer desde los dos aos, guiado por su madre. A los catorce aos interrumpi sus estudios y se puso a trabajar para ayudar a su familia. Por las noches se iba a las bibliotecas pblicas e intentaba compensar con lectura su educacin. Siendo un joven viaj a los Estados Unidos donde trabaj en diversos oficios, y con el triunfo de la Revolucin regresa a Cuba en 1959. Dicen que era una aparicin inslita. Un hombre gigantesco que meda ms de 6.2 pies de estatura, y su peso bien puede que pasara de las doscientas libras. Tena fama de extraterrestre recin desembarcado. Tal parece que por su consabida pasin por los fenmenos extraterrestre y su carcter algo extravagante, contribuyeron a erigir cierto halo de misterio que aun rodea su persona. Dicen que una ves el mismo

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se confes nieto de vampiros, pero esto esta muy ligado a lo que expres en su obra. De todas formas, la leyenda de su nacimiento extraterrestre ciment en la mente de no muy pocos, y continua inalterable hasta nuestros das. Se piensa que su apariencia fsica tambin pudo haber contribuido mucho a ello. Su tenacidad y afn de saber lo convirtieron en periodista, poeta, conferencista y crtico. El era un autodidacta ejemplar que le de todo: filosofa, historia, astronoma… Estudi matemtica para en tender a Einstein, poesa, astronoma, antropologa. Era erudito en peces, opera, cine, literatura policaca, ovnis y cienciaficcin. Su inters por la ciencia y la literatura pa reca no tener fin. Pe ro, contrario a cuanto pueda pensarse, tanta actividad intelectual no le priv de ser un hombre de vida social activa. Lejos de encerrarse entre paredes y libros, Hurtado participaba en tertulias literaria y cientfica. Tambin era un aficionado al ajedrez. A principios de la revolucin, cuando el regresa a Cuba, escribi hasta 1965 en el suplemento “Lunes de Revolucin” del peridico Revolucin. Trabaj como periodista trabaj adems en Juventud Rebelde, Pionero y Granma y colabor en Casa de las Amricas, Revolucin y Cultura, Unin, La Gaceta de Cuba, El Caimn Barbudo, Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, Bohemia, y Signos (Santa Clara). Tambin ense ciencia y matemtica: imparti clases de Panorama de las ciencias en la Escuela de Periodismo Manuel Mrquez Sterling (1960-61) y de Ampliacin de matemticas en el Instituto de Segunda Enseanza de La Habana (1963). Como dato curioso, en 1962 viaj a la Unin Sovitica y se entrevist con numerosos cientficos y escritores de ciencia ficcin, entre los que se destacan Alexander Kasntsev, quien iniciara la famosa polmica –que pronto cobrara dimensiones mundialessobre le origen artificial del meteorito de la Tunguska.

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Hurtado conoca y cultivaba el arte de la conversacin, y por eso posea ese don de la personalidad que se conoce como magnetismo. Su vasta cultura, las ancdotas que tena a flor de labios, su sentido del humor y una personalidad sui generis, lo convirtieron en un sujeto que saba acaparar la atencin de cuantos le rodeaban. Este hijo y nieto de pescadores resultaba en verdad intrigante, incluso para quienes no lo conocimos personalmente. Oscar Hurtado tena muchas facetas, algunas menos conocidas que otras. Como por ejemplo, que le gustaba cantar e incluso lleg a cantar de veras como una de las voces principales en un coro opertico. Tambin pocas personas saben que le gustaba actuar, y que realiz el papel de Presidente del Tribunal en la pelcula de Toms Gutirrez Alea, “Una pelea cubana contra los demonios”. Fund las colecciones Fnix y Cuadernos, dedicadas a promover la poesa y a la prosa respectivamente. Dej la ms profunda huella en la historia del gnero en nuestro pas, al fundar la coleccin Dragn, de la editorial Arte y Literatura, primera coleccin que difundi la literatura policaca, fantstica y de ciencia-ficcin en Cuba, y que permiti que los cubanos conocieran clsicos mundiales como Ray Bradbury, Isaac Asimov, Arthur Conan Doyl e y C.S. Lewis, James Cain, S. S. Van Dine, Raymond Chandler, John Dickson Carr, Agatha Christie y Edgar Allan Poe. Hizo los prefacios de la primera edicin en Cuba de “La Guerra de los Mundos”, de H. G. Wells y “Las aventuras de Sherlock Holmes”, de A. Conan Doyle. As como tambin, en 1969, la recopilacin y prlogo de “Cuentos de Ciencia-ficcin”, considerada en su momento, la mejor seleccin de cuentos del gnero publicada en Cuba. Y aqu estamos en los gustos, en las preferencias literarias de Oscar Hurtado. Es sin duda la fantstica en su diversa irradiacin: misterio, imaginacin, ciencia de ficcin. De aqu que con extraordinario placer, y con audacia, sin miedo a ser tildado de escritor menor, de “entretenimiento”, emplee exergos del autor de

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Tarzn, Edgar Rice Burroughs, al que incluso le coge en prstamo el ttulo de su libro La ciudad muerta de Korad; Sherlock Holmes (no Conan Doyle, pues l, Hurtado, defiende a brazo partido la existencia real del inquilino de Baker Street y por lo tanto su autora de las novelas que protagoniza, cedindole, cuando ms, una que otra redaccin a Watson). Y en las cumbres de estos amados y disfrutados creadores suyos estn Poe, Samuel Clemen s, Jonathan Swift ( quiz mejor Gulliver). Lo cual no le impide reverenciar a Cervantes (el Quijote), a Goethe (Wilheim Meister). Y pongo entre parntesis los personajes porque Oscar crea que “A un lector puro, a un verdadero lector, no le interesa Conan Doyle o Cervantes; le interesa Sherlock Holmes y el Quijote”. Curiosamente en la cspide de estos maestros “fantsticos” (como sustantivo y como adjetivo), no est un escritor sino un genio cientfico: Albert Einstein. Al estampar esta sentencia de nuestro autor: “(...) la ficcin extrada de la imaginacin cientfica es mucho ms fantstica que la producida por la literatura (...) La paradoja del tiempo concebida por Einstein, es ms increble, pero tambin ms posible, que la mquina para viajar por el tiempo de H.G. Wells”. Este gigante sonriente que amaba a Mart y crea en la existencia de Sherlock Holmes, muri el 23 de enero de 1977, tras una rpida y penosa enfermedad; dejndonos marcados con los dos smbolos que adornaron, como una constante su vida y su imaginacin: la ceiba de los campos cubanos y el rostro brillante y rojo del lejano planeta Marte. De su Obra Considerado el padre de la ciencia ficcin cubana, en realidad tambin podra ser llamado el padre de la literatura fantstica, policaca y de terror en la isla caribea. Primero, porque introdujo “marcianos” en la isla con su obra, y segundo, porque los trajo como resultado de su labor de promocin, de Estados Unidos, de la repblica sajona, de la sovitica, y los plasm en la Coleccin Dragn de la editorial Arte y

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Literatura.). Hurtado no se destac como escritor en estos gneros (aunque los cultiv casi todos), sino por su labor difusora. La obra literaria de Oscar Hurtado comprende los poemarios “La Seiba” (1961), “La ciudad muerta de Korad” (1964) y “Paseo del Malecn” (1965); el libro de cuentos “Carta de un juez” (1963), y un ensayo sobre pintura cubana titulado “Pintores cubanos” (1992). Fue adems, coautor de “Cuba: cien aos de humor poltico”, que escribi en colaboracin con su ltima esposa vora Tamayo. Escribi varios artculos en peridicos y revistas sobre temas tan variados como artes plsticas, cosmonutica, ajedrez, ciencia-ficcin, misterios arqueolgicos y otros. Dejo tambin otros relatos y poemas inditos co mo “Los Znganos de la colmena, y “Los papeles de Valencia el Mudo”. Sus cuentos y poesas han sido traducidas al ingls, francs y portugus y han aparecido en diversas antologas cubanas y extranjeras. Tanto su poesa como su prosa, atraviesan una evolucin que va desde el aspecto ms cotidiano y mediato (Paseo del Malecn, La Seiba), hasta una fantasa desbordante (Los Znganos de la colmena, Los papeles de Valencia el Mudo), que sin embargo, sostiene el germen de esa realidad que le dio vida. “La Seiba” es un poemario elaborado durante un largo perodo que se extiende desde 1946 a 1959, el cual resume un captulo importante en la vida de Hurtado cuando abandona el pas sintindose perdido e incapaz de encontrar solucin a su situacin, que es tambin la situ acin de su patria. En “Los papeles de Valencia el Mudo”, se denota la simbiosis de lo real con lo imaginativo presente en la mayor parte de su obra, donde lo cubano y lo fantstico se mezclan con matices casi alucinantes. La magia negra y la blanca, lo santo y lo profano, lo divino y lo diablico, se funden con lgica irreverente y llenan sus relatos de un realismo fantstico netamente criollo.

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En toda su obra aparece la figura del abuelo paterno, recreada y enriquecida en la imagen semi-mtica de Valencia el Mudo, un personaje que cre. Siendo la constante ms significativa en sus escritos, narraciones y poemas. Este personaje – con el que su creador se identifica una u otra vezaparece en ambos fragmentos de “Los papeles…”, “La ciudad muerta de Korad” y “Roco de dragn”. En la “Ciudad muerta de Korad”, Valencia el mudo se destaca como uno de los elementos fundamentales que se integran al conjunto de la obra y la complementan. Aunque los poemas no siguen una lnea argumental coherente, sino que pueden leerse por separado y en cualquier orden, cada uno de ellos es un estado de nimo que gravita en torno a un vrtice comn: la lucha de un cosmonauta contra una raza de vampiros de metano, para tratar de rescatar a una princesa. Una especie de novela en verso donde se mezclaban la tragedia, el humor negro y la ciencia. Los poemas en La ciudad muerta de Korad estn cargados de intertextualidades con la saga marciana de Edgar Rice Burroughs, las novelas de Sherlock Holmes de Conan Doyle, cuentos del folklore infantil, La Ilada y otras referencias. La obra sent precedentes tanto por su forma versificada como por el contenido humorstico, rasgo caracterstico y distintivo de casi toda la ciencia ficcin cubana (tmese como ejemplo, El libro fantstico de Oaj y la obra de F. Mond, entre muchos otros). La ciudad muerta de Korad es considerado el segundo poema de ciencia ficcin en el mundo y adems inspir el primer ballet cubano de ciencia ficcin, Misin Korad, con coreografa de Alicia Alonso, que fue estrenado en ocasin de la misin espacial conjunta URSS-Cuba en la que vol el primer cosmonauta latinoamericano, Arnaldo Tamayo, en 1980. En contraste con la unidad temtica de “La Ciudad muerta….”, el relato “Roco de dragn” es una especie de documento-ficcin compuesto por noticias de peridicos,

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textos de diferentes revistas y observaci ones del propio autor que, segn Hurtado, fue su abuelo Valencia el Mudo. Esta obra denota el deseo no expreso pero latente del autor, de abarcar la diversidad del universo, y es una muestra de su confianza en el continuo enriquecimiento del saber humano y las mltiples realidades aun por descubrir. El titulo del relato –como el de la Coleccin Dragn que el fundarano es casual. El dragn, para Hurtado, no es solo un animal mtico, es tambin el nombre de esa antiqusima “plaga” que actualmente se c onoce como OVNI, que ya era observado y notado por los antiguos habitantes del planeta hace miles de aos. Segn el autor el smbolo del dragn es la conjuncin ms real y tangible de su tesis: esas rfagas de luz, esos dragones celestes de los anti guos asiticos y europeos, encierran en si el summum del fascinante misterio que el hombre ha intentado descubrir desde siempre, llmese OVNI o dragn celeste. Despus de su muerte, casi toda su obr a --incluso algunos relatos inditos-se recogi en el volumen “Los papeles de Valencia el mudo” (1983) de la editorial Letras Cubanas public, en su coleccin Radar no47, joya de gran valor dentro de los clsicos de la literatura criolla de CF. Ms tarde se fundara el primer taller literario en Cuba dedicado a la ciencia ficcin, el cual se llam Oscar Hurtado, como homenaje pstumo al autor. Tomado de: Prologo realizado por Dana Chaviano al libro: Los papeles de Valencia el Mudo, de Oscar Hurtado. Editorial Letras Cubanas. Cuidad de la Habana, Cuba 1983. Heras Len, Eduardo. Oscar Hurtado, El dragn. En cuba literaria http://www.cubaliteraria.cu http://www.cubaliteraria.cu en Diccionario de Cubaliteraria. Chvez Spnola, Gerardo. Mnima crnica sobre un gigante. En Guaicn Literario guaican@cubaliteraria.com

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Chvez Spnola, Gerardo. Mnima crnica sobre un gigante. En Guaicn Literario guaican@cubaliteraria.com Sheila Padrn Morales Naci en Ciudad de la Habana el 12 de enero de 1979. Licenciada en Bioqumica de la Facultad de Biologa, Universidad de la Habana. Trabaja en el Centro de Ingeniera Gentica y Biotecnologa (CIGB), como analista en la Direccin de Desarrollo. Fue integrante de la direccin del Proyecto Cultural Onrica durante ms de 5 aos. En este se destac por su labor promocional de la fantasa y la ciencia-ficcin, mediante la realizacin de artculos, conferencias, y como activista de las reuniones de Onrica. Actualmente, desde febrero del 2007, es integrante de la direccin del Proyecto Cultural DIALFA (DI vulgacin del A rte y la L iteratura FA ntstica). En DIALFA tambin se desempea por su labor promocional del arte fantstico mediante la organizacin de actividades, la realizacin de charlas y conversatorios, en la Biblioteca Rubn Martnez Villena (Habana Vieja), los ltimos sbados de cada mes. Ha publicado varios artculos sobre el gnero en las revistas electrnicas “Onrica” y “La voz de Alnader”. Ha participado con conferenciasen los eventos de fantasa y ciencia-ficcin: Cubaficcin 2005; Concilio de Lrien, en sus ediciones del 2005 y 2006; y en el Encuentro Terico del Gnero Fantstico, Ansible, en sus ediciones del 2005, 2006 y 2007. Se considera fantica a los vampiros, dragones, unicornios, y gatos. En sus ratos libres ve mucho Manga, y no se le escapa ningn grupo de rock gtico. AL INDICE

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3. CUENTO CLASICO : LA POLTICA DEL CUERPO Por Clive Barker Cada vez que Charlie George se despertaba, sus manos se quedaban quietas. En ocasiones tena demasiado calor bajo las mantas y arrojaba un par hacia el lado de la cama que ocupaba Ellen. En otras, llegaba incluso a levantarse, todava medio dormido, y atravesaba descalzo la cocina para servirse un vaso de zumo de manzana helado. Luego volva a la cama, se acostaba junto a Ellen, ovillada en forma de cuarto creciente, y dejaba que lo inundara el sueo. Entonces, ellas esperaban hasta que cerraba los ojos y su respiracin se haca acompasada como un mecanismo de relojera, para asegurarse de que se haba dormido profundamente. Slo entonces, cuando saban que la conciencia haba desaparecido, se atrevan a recomenzar sus vidas secretas. Haca ya meses que Charlie se levantaba con un incmodo dolor en las manos y las muecas. -Vete a ver al mdico -le deca Ellen, poco comprensiva como nunca-. Por qu no vas a ver al medico? Detestaba a los mdicos, por eso no iba. Quin en su sano juicio iba a confiar en una persona cuya profesin consista en andar fisgoneando a los enfermos? -Probablemente he trabajado demasiado -se deca el. -No caer esa breva -murmuraba Ellen. Pero no era sa acaso la explicacin ms probable? Era empaquetador de oficio, trabajaba con las manos todo el da. Y se le cansaban. Era natural. -Deja de inquietarte, Charlie -le ordeno una maana a su propio reflejo mientras se daba palmadas en la cara para despertarse-. Tus manos estn en forma para lo que les echen. Noche tras noche, la rutina era la misma; algo ms o menos as:

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Los George estn durmiendo, el uno junto a la otra, en el lecho conyugal. l, de espaldas, ronca suavemente; ella, ovillada a la izquierda del marido. Charlie apoya la cabeza en dos almohadas enormes. Tiene la ma ndbula ligeramente cada y, bajo el velo surcado de venitas de los prpados, los ojos exploran una aventurera ensoacin. Esta noche tal vez sea bombero y entre hericamente en el corazn de un burdel en llamas. Duerme y suea contento, a veces frunce el ceo, a veces sonre presuntuosamente. Debajo de las sbanas se produce un movimiento. Lenta y cautelosamente, las manos de Charlie abandonan la calidez del lecho y salen al aire libre. Los dedos ndices se doblan como cabezas pobladas de uas al encontrarse en la curva del abdomen de Charlie. Se enlazan para saludarse, como compaeros de armas. Charlie gime en sueos. El burdel se le ha derrumbado encima. Las manos se aquietan inmediatamente, fingiendo inocencia. Al cabo de un rato, restablecido el ritmo uniforme de la respiracin, comienzan la discusin de verdad. Un observador casual, sentado al pie de la cama de George, podra considerar este intercambio como un sntoma de desorden mental en Charlie. La forma en que sus manos se retuercen y tiran una de la otra, dndose de palmaditas, o enzarzadas en una especie de disputa. Pero en sus movimientos existe claramente un cdigo o secuencia, si bien espasmdico. Se podra llegar a pensar que el hombre dormido es sordomudo y que est hablando en sueos. Pero las manos no hablan ningn lenguaje de signos reconocible, ni tampoco intentan comunicarse con nadie, slo entre s. Se trata de una reunin clandestina que mantienen exclusivamente las manos de Charlie. All estarn toda la noche, sobre su estmago, maquinando en contra de la integridad del cuerpo. A Charlie no le pasaba del todo inadvertida la sedicin que herva en el extremo de sus muecas. Abrigaba la torpe sospecha de que haba algo en su vida que no funcionaba del todo bien. Tena cada vez mas la sensacin de estar aislado de la experiencia corriente: como si se estuviera convirtiendo gradualmente en espectador de los rituales diurnos (y nocturnos) de la vida, ms que en participante. Tomemos su vida amorosa, por ejemplo. Nunca haba sido un gran amante, pero tampoco senta que tuviera que disculparse por nada. Ellen pareca satisfecha de sus atenciones. Pero en esos das se senta como

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alejado del acto. Observaba cmo viajaban sus manos sobre el cuerpo de Ellen, tocndola con toda la ntima habilidad de que eran capaces, y vea sus maniobras como a gran distancia, incapaz de disfrutar de las sensaciones de calidez y humedad. No era que sus dedos hubieran perdido agilidad. Todo lo contra rio. ltimamente, Ellen se haba aficionado a besarle los dedos, dicindoles lo inteligentes que eran. El elogio no lo tranquilizaba ni pizca. En todo caso, le haca sentirse peor el pensar que sus manos daban tanto placer cuando l no senta nada. Existan otros sntomas de inestabilidad. Sntomas pequeos e irritantes. Haba tomado conciencia de la forma en que sus dedos marcaban ritmos marciales sobre las cajas que l cerraba en la fbrica, y de la forma en que sus manos se haban aficionado a romper lpices, partindolos en trocitos antes de que notara lo que estaba, o ms bien, estaban ellas haciendo, dejando astillas de madera y trozos de grafito desparramados por el suelo de la sala de empaquetado. Lo ms incmodo de todo era que a veces se encontraba estrechndoles la mano a personas que le resultaban totalmente extraas. Le haba ocurrido en tres ocasiones diferentes. Una vez en la cola del autobs, y dos veces en el ascensor de la fbrica. Se dijo que no era ms que la primitiva urgencia de aferrarse a otra persona en un mundo cambiante: era la mejor explicacin que haba logrado encontrar. Fuera cual fuese el motivo, era increblemente desconcertante, sobre todo cuando se descubri a s mismo estrechndole la mano subrepticiamente a su propio capataz. Lo peor de todo haba sido que la mano del otro hombre haba apretado la de Charlie, y que ambos se quedaron mirndose los brazos como los propietarios de dos perros que observaban a sus levantiscos animalitos copulando en el extrem o de las respectiv as trallas. Charlie haba empezado cada vez con ms frecuencia a espiar las palmas de sus manos, en busca de pelos. Ese era el primer sntoma de locura, segn le haba advertido su madre en cierta ocasin. No los pelos, sino el hecho de espiar para buscarlos. Aquello se convirti en una carrera contra el tiempo. Por las noches, discutiendo sobre su vientre, las manos saban muy bien el estado crtico de la mente de Charlie; sera slo cuestin de das, y su imaginacin impetuosa no tardara en descubrir la verdad.

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Qu hacer, pues? Arriesgarse a una separacin temprana, con todas las consecuencias posibles, o dejar que la inestabilidad de Charlie siguiera su propio curso imprevisible, con el riesgo de que descubriera la conjura camino ya de la locura? Las discusiones se tornaron ms acaloradas. Izquierda, como de costumbre, fue cautelosa: -Y si nos equivocramos y no hubiera vida despus del cuerpo? -deca bruscamente, con leves golpecitos. -Entonces, nunca lo sabremos -responda Derecha. Izquierda reflexionaba un momento acerca del problema y luego inquira: -Cmo lo haremos cuando llegue el momento? Se trataba de una cuestin irritante, e Izquierda sabia que preocupaba al lder ms que ninguna otra cosa. -Cmo? -volva a inquirir, aprovechndose de la ventaja-. Cmo? Cmo? -Ya encontraremos la forma -responda Dere cha-. La cuestin es que el corte sea limpio. -Y si l se resiste? -Un hombre resiste con sus manos. Y sus manos montarn una revolucin en su contra. -Cul de nosotras ser? -A m me sabe usar ms eficazmente -responda Derecha-, de modo que ser yo quien empue el arma. T te irs. Entonces, Izquierda permaneca un rato en silencio. Durante todos esos aos nunca se haban separado. No era un pensamiento cmodo. -Ms tarde, vendrs a buscarme -le deca Derecha. -Claro que lo har.

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-Tienes que hacerlo. Soy el Mesas. Sin m no tendras adnde ir. Has de reunir un ejrcito, y luego, has de venir a buscarme. -Hasta el fin del mundo, si es preciso. -No seas sentimental. Entonces se abrazaban, como hermanos largo tiempo separados, jurndose fidelidad para siempre. ¡Ah, qu noches ajetreadas, llenas del alborozo de la rebelin planificada! A veces, durante el da, cuando haban jurado mantenerse separadas, les resultaba imposible no reunirse en un momento de ocio y darse golpecitos. Y se decan: -Muy pronto, muy pronto. -Esta noche nos veremos otra vez sobre el estmago. -Cmo ser cuando el mundo nos pertenezca? Charlie saba que estaba a punto de darle un ataque de nervios. Se sorprendi a s mismo observndose las manos, vindolas con los ndices en el aire como cabezas de unas bestias de largos cuellos, oteando el horizonte. Tal era su paranoia que en ocasiones se sorprenda mirando fijamente las manos de otras personas, obsesionado por la forma en que hablaban un lenguaje propio, independiente de las intenciones del usuario. Las manos seductoras de la virginal secretaria, las manos maniacas del asesino que vio en la televisin afirmando su inocencia. Manos que traicionaban a sus propietarios con cada gesto, que contradecan la ira con una excusa, el amor con la furia. Los sntomas de amotinamiento parecan estar en todas partes. Con el tiempo, Charlie supo que tendra que contrselo a alguien o perdera la cordura. Escogi a Ralph Fry, de cont abilidad: un hombre sobrio, a burrido, en el que Charlie confiaba. Ralph fue muy comprensivo. -Uno suele coger esas manas -le dijo-. A m me dieron cuando Yvonne me abandon. Unos terribles ataques de nervios. -Y qu hiciste?

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-Fui al psicoanalista. Se llama Jeudwine. Deberas hacer una terapia. Te sentirs un hombre nuevo. Charlie le dio vueltas a la idea en su mente. Y despus de unas cuantas revoluciones dijo: -Por qu no? Cobra muy caro? -S. Pero es bueno. A m me quit los tics sin ningn problema. Hasta que fui a verle, me crea el clsico tipo con problemas matrimoniales. Y ahora mrame. -Fry hizo un gesto expansivo-. Tengo tantos impulsos libidinosos reprimidos que no s por dnde empezar. -Sonri como un loco-. Pero estoy contento como un chico con juguetes nuevos. Nunca estuve ms contento. Prueba con este mdico, no tardar en encontrar algo que te motive. -El problema no es el sexo -le dijo Charlie a Fry. -Te lo digo yo, el problema siempre es el sexo -insisti Fry con sonrisa de enterado. Al da siguiente Charlie telefone al doctor Jeudwine, sin decirle nada a Ellen; la secretaria del psicoanalista le dio cita para la sesin inicial. Mientras haca la llamada telefnica, las palmas le sudaron tanto que crey que se le resbalara el auricular de la mano, pero una vez que hubo terminado se sinti mejor. Ralph Fry tena razn, el doctor Jeudwine era un buen hombre. No se ri de los pequeos temores que Charlie le revel, todo lo contrario, le escuch hasta la ltima palabra con el mayor inter s. Fue muy tranquilizador. En el curso de la tercera sesin, el mdico le hizo revivir a Charlie un recuerdo con una intensidad espectacular: las manos de su padre, cruzadas sobre el pecho de tonel mientras yaca en el atad; el color rojizo; el vello grueso que cubra los dorsos. La absoluta autoridad de aquellas manos anchas, incluso en la muerte, haba perseguido a Charlie durante meses despus de fallecido su padre. Acaso no haba imaginado, mientras miraba cmo era entregado el cuerpo al humus, que todava se movan? Que incluso en ese momento las manos golpeteaban sobre la tapa del atad, exigiendo que las dejasen salir?

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Era algo descabellado, pero el sacarlo a relucir le hizo mucho bien a Charlie. Bajo la brillante luz de la consulta de Jeudwine, la fantasa le pareci inspida y ridcula. Tembl ante la mirada atenta del mdico, se quej de que la luz era demasiado fuerte y luego sali volando, demasiado dbil como para soportar el escrutinio. El exorcismo fue mucho ms fcil de lo que Charlie haba imaginado. Slo hizo falta sondear un poco y aquella tontera de la niez fue desalojada de su psiquis como quien se arranca de entre los dientes un resto de carne en mal estado. Ya no continuara pudrindose all. Por su parte, Jeudwine se mostr abiertamente encantado con los resultados, y cuando hubieron terminado, le explic que aquella obsesin en particular le resultaba nueva, y que se alegraba de haber podido manejar el problema. Le dijo que las manos como smbolo de la autoridad paterna no eran algo comn. Normalmente, en los sueos de sus pacientes predominaba el pene, le explic a Charlie, y ste le contest que a l las manos siempre le haban parecido mucho ms importantes que las partes pudendas. Al fin y al cabo podan cambiar el mundo, o no? Concluido el tratamiento con Jeudwine, Charlie no dej de romper lpices ni de tamborilear con los dedos. Y lo cierto era que el ritmo era ms rpido e insistente que nunca. Pero razon que los perros de mediana edad no solan olvidar fcilmente sus trucos, y que le llevara cierto tiempo recuperar el equilibrio. De modo que la revolucin permaneci soterrada. Sin embargo, haba escapado por los pelos. Estaba claro que no haba tiempo para engaos. Las rebeldes deban actuar. Sin darse cuenta, fue Ellen la instigadora de la insurreccin final. Ocurri despus de que hicieran el amor, un martes por la noche. Haca calor, aunque estaban en octubre; la ventana estaba entreabierta y las cortinas apartadas unos cuantos centmetros para permitir el paso de una brisa tonta. Marido y mujer yacan juntos bajo una misma sbana. Charlie se haba dormido, incluso antes de que se le secara el sudor de la nuca. Junto a l, Ellen segua despierta, con la cabeza erguida y apoyada sobre una almohada dura como la roca, y los ojos bien abiertos. Saba que esa noche el sueo tardara en llegar. Sera una de esas noches en que sentira un escozor por todo el cuerpo y que cada arruga de la cama reptara bajo su peso, y que todas las dudas que haba tenido alguna vez se quedaran mirndola como

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papando moscas en la oscuridad. Tena ganas de orinar (siempre le ocurra despus de hacer el amor), pero no lograba reunir la voluntad necesaria para levantarse e ir al lavabo. Cuanto mas esperara ms necesitara ir, por supuesto, y ms tardara en dormirse. Era una situacin de lo ms estpida, pens, y luego, enmaraada entre sus ansiedades, se extravi y ya no supo cul era aquella situacin tan estpida. A su lado, Charlie se movi. Pero slo eran sus manos que se retorcan. Lo mir a la cara. Dorma como un perfecto angelito, y no aparentaba los cuarenta y un aos que tena, a pesar de los toques blancos qu e pintaban sus patillas. Le gusta ba lo suficiente como para decir que lo amaba, pero no lo suficiente como para perdonarle sus pecados. Era perezoso, y no paraba de quejarse. Dolores, cansancios. Tambin estaban esas noches en que haba llegado tarde (ltimamente ya no lo haca), y haba tenido la certeza de que sala con otra mujer. Mientras lo observaba, aparecieron sus manos. Salieron de debajo de la sbana como dos nios que rien; los dedos hendan el aire para dar mas nfasis al dilogo. Ellen frunci el ceo; no poda creer lo que vea. Era como mirar la televisin con el mando del sonido al mnimo: un espectculo mudo para ocho dedos y dos pulgares. Asombrada, sigui mirando y las manos subieron por el costado del cuerpo de Charlie y apartaron la sabana que le cubra la barriga, de jando al descubierto el vello que se espesaba al bajar hasta las partes pudendas. La cicatriz del apndice, ms brillante que la piel que la rodeaba, qued iluminada por la luz. All, sobre su estmago, estaban sentadas las manos. La discusin entre ambas era especialmente vehemente esa noche. Izquierda, siempre la ms conservadora de las dos, sostena que haba que retrasar la fecha de la separacin, pero Derecha no estaba para espe ras. Haba llegado la hora, aseguraba, de probar su fuerza contra el tirano y de derrocar de una vez por todas al cuerpo. Tal como estaban las cosas, la decisin ya no les competa a ambas. Ellen levant la cabeza de la almohada y, por primera vez, las manos sintieron que las estaban mirando. Haban estado demasiado concentradas en la discusin como para notar la presencia de Ellen. Ahora. Por fin, la conspiracin haba quedado al descubierto. -Charlie... -sise Ellen al odo del tirano-, para ya, Charlie. Para.

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Derecha levant el ndice y el medio, oteando su presencia. -Charlie... -repiti Ellen. Por que dormira siempre tan profundamente? -Charlie... -Lo sacudi con ms violencia al tiempo que Derecha le daba unos golpecitos a izquierda, advirtindole que la mujer las miraba-. Por favor, Charlie, despierta. Sin previo aviso, Derecha salto, e Izquierda so lo se rezago un instante. Ellen aull el nombre de Charlie una vez ms antes de que las manos se abrazaran a su cuello. En sus sueos, Charlie se encontraba en un barco de esclavos. El escenario de sus sueos era casi siempre tan extico como los de Cecil B. De Mille. En esta pica, tena las manos esposadas, y lo conducan al tajo de flagelacin arrastrndolo por los grilletes; iban a castigarlo por una falta no revelada. Pero de repente. se puso a soar que agarraba al capitn por el delgado cuello. A su alrededor, los esclavos gritaban, animndolo para que lo estrangulase. El capitn -que se pareca bastante al doctor Jeudwinele suplicaba que no lo hiciera: su voz sonaba chillona y temerosa. Se pareca a la voz de una mujer, a la de Ellen. -¡Charlie! -chillaba-. ¡No, por favor! Pero sus absurdas quejas no consiguieron otra cosa que hacer que Charlie sacudiera al hombre con mas violencia que nunca y se sintiera como el hroe, mientras los esclavos, milagrosamente liberados, se agolpaban a su alrededor formando una horda sonriente que observaba los ltimos momentos de su amo. El capitn, cuya cara se haba vuelto color prpura, apenas logr murmurar: -Me ests matando... Acto seguido, los dedos de Charlie se hundieron por ultima vez en su cuello y despacharon al hombre. Slo entonces, a travs de las brumas del sueo, se dio cuenta de que su vctima, aunque era hombre, careca de nuez de Adn. El barco comenz a evaporarse y las voces exhortantes perdieron su vehemencia. Parpade y abri los ojos.

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Estaba de pie, en la cama, vestido slo con el pantaln del pijama. Ellen se encontraba entre sus manos. Tena la cara morada y manchada de una saliva blanca y espesa. La lengua le colgaba de la boca. Los ojos an no se le haban cerrado, y por un momento le dio la impresin de que en ellos todava haba vida mirando fijamente desde detrs de las celosas de los prpados. Despus, las ventanas quedaron vacas, y Ellen termin por abandonar la casa. A Charlie lo invadi la pena y un terrible remordimiento. Intent soltar el cuerpo de Ellen, pero sus manos se negaron a dejar el cuello de la mujer. Sus dedos, ahora completamente insensibles, seguan estran gulndola, con desver gonzada culpabilidad. Retrocedi en la cama y baj al suelo, pero ella fue tras l, prendida al extremo de sus brazos tendidos, como una compaera de baile no deseada. -Por favor... -implor a sus dedos-, ¡por favor! Inocentes cual escolares a quienes pescar an robando, sus manos soltaron la carga y saltaron con fingida sorpresa. Ellen cay tumbada sobre la alfombra, cual un hermoso saco de muerte. A Charlie se le dobla ron las rodillas; incapaz de impedir la cada, se desplom junto a Ellen y dej que brotaran las lgrimas. Slo quedaba la accin. Ya no haba necesidad de camuflajes, ni de reuniones clandestinas y discusiones interminables; la verdad haba quedado al descubierto, para bien o para mal. Slo deban esperar un poco. Slo era cuestin de tiempo antes de que l se acercara a un cuchillo de cocina, una sierra o un hacha. Faltaba poco, muy poco. Charlie permaneci tendido en el suelo, junto a Ellen, durante largo tiempo, sollozando. Y luego, otro largo tiempo, pensando. Qu tendra que hacer en primer lugar? Llamar a su abogado? A la polica? Al doctor Jeudwine? A quienquiera que telefonease, no podra hacerlo all tendido, boca abajo. Intent incorporarse; le cost mucho trabajo hacer que sus manos entumecidas lo sostuvieran. Le picaba todo el cuerpo, como si pasara por l una leve corriente elctrica. Slo las manos carecan de tacto. Las levant, delante de la cara, para secarse los ojos anegados en llanto, pero permanecieron dobladas, sin vida, sobre su mejilla. Con los codos, se arrastr ha sta la pared y con suce sivos contoneos logr incorporarse apoyndose en ella. Todava medio cegado por la pena, sali del dormitorio a

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rastras y baj la escalera. (La cocina, le dijo Derecha a Izquierda, va a la cocina.) Esta pesadilla no me pertenece -pens mientras encenda la luz del comedor con la barbilla y se diriga al armario de las bebidas-. Soy inocente. No soy nadie. Por qu tendra que pasarme esto a m? La botella de whisky se le resbal cuando intent obligar a la mano a cogerla. Se hizo pedazos en el suelo del comedor, y el aroma penetrante del alcohol le acicate el paladar. -Vidrios rotos -golpete Izquierda. -No -repuso Derecha-. Es necesario que el corte sea limpio. Ten paciencia. Charlie se alej de la botella tambalen dose y fue hasta el telfono. Tena que telefonear a Jeudwine, el mdico le dira qu hacer. Intent levantar el auricular, pero volvieron a fallarle las manos; los dedos se le doblaron cuando quiso marcar el nmero de Jeudwine. Lagrimas de frustracin se llevaron la pena y la reemplazaron por rabia. Torpemente, cogi el auricular entre las muecas y se lo llevo a la oreja, sostenindolo entre la cabeza y el hombro. Lueso, marc el nmero de Jeudwine con el codo. -Mantn el control -se dijo en voz alta-, mantn el control. Logr or cmo el nmero de Jeudwine era transmitido por la lnea. En cuestin de segundos, la cordura contestara al otro extremo; entonces todo saldra bien. Slo tena que resistir unos cuantos momentos ms. Sus manos comenzaron a abrirse y cerrarse convulsivamente. -Contrlate -se dijo, pero las manos no le respondan. Lejos, muy lejos, el telfono sonaba en casa del doctor Jeudwine. -¡Conteste, conteste! ¡Por Dios conteste! Los brazos de Charlie comenzaron a sacudirse con tal violencia que a duras penas logr mantener el auricular en su lugar.

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-¡Conteste! -chill en el micrfono-. ¡Por favor! Antes de que la voz de la razn lograse hablar, su mano Derecha se extendi y agarr la mesa de teca del comedor, que se hallaba a escasa distancia de donde se encontraba Charlie. Se aferr al borde y le hizo perder el equilibrio. -Qu..., qu haces? -inquiri, sin estar segu ro de si se diriga a s mismo o a su mano. Alelado, se qued mirando al miembro amotinado, mientras ste avanzaba poco a poco por el borde de la mesa. La intencin resu ltaba clara: quera alejarlo del telfono, de Jeudwine y de toda esperanza de rescate. Charlie ya no controlaba el comportamiento de su mano, ya no senta nada en las muecas ni en los antebrazos. La mano ya no le perteneca. Segua pegada a l, pero no le perteneca. Al otro lado de la lnea, alguien descolg el telefono y la voz de Jeudwine, irritada porque lo haban despertado, contest: -Diga? -Doctor... -Quin habla? -Soy Charlie... -Quin? -Charlie George, doctor. Tiene que recordarme. La mano tiraba y lo alejaba cada vez ms del telfono. Charlie not que el auricular se le resbalaba de entre el hombro y la oreja. -Quin ha dicho? -Charles George. Por el amor de Dios, Jeudwine, tiene que ayudarme. -Llmeme maana al consultorio.

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-No, no me entiende. Mis manos, doctor..., estn fuera de control. A Charlie se le encogi el estmago cuando sinti que algo se arrastraba por la cadera. Era su mano izquierda que pasaba por la parte anterior de su cuerpo y bajaba en direccin a la ingle. -No te atrevas -le advirti-, me perteneces. -Con quin est hablando? -inquiri Jeudwine, confundido. -¡Con mis manos! ¡Quieren matarme, doctor! -Lanz un grito para detener el avance de la mano-. ¡No lo hagas! ¡Para! Sin escuchar los gritos del dspota, Izquierda aferr los testculos de Charlie y los estruj como si quisiera guerra. No se sinti defraudada. Charlie grit en el micrfono del telfono cuando Derecha se aprovech de su distraccin y le hizo perder el equilibrio. El auricular cay al suelo; las preguntas de Jeudwine quedaron eclipsadas por el dolor de la entrepierna. Cay al suelo pesadamente y se golpe la cabeza en la mesa. -¡Hija de puta! -le grit a su mano-, ¡maldita hija de puta! Impenitente, Izquierda se escabullo hacia arriba, por el cuerpo de Charlie; se uni a Derecha, que estaba en la parte superior de la mesa, y ambas dejaron a Charlie colgando de la mesa en la que haba cenado tantas veces, en la que tantas veces haba redo. Poco despues, cuando hubieron discutido las tcticas, acordaron dejarlo caer. Charlie apenas se enter de que lo haban soltado. Le sangraban la cabeza y la entrepierna; lo nico que quera era ovillarse y dejar que se le pasaran el dolor y las nauseas. Pero las rebeldes tenan otros planes y l nada poda hacer para protestar. Apenas not que las manos hundan los dedos en los pelos de la alfombra y que arrastraban su peso muerto hacia la puerta del comedor. Detrs de la pue rta estaba la cocina, y all se encontraban las sierras para la carne y los cuchillos. Charlie se imagin a s mismo como una enorme estatua empujada hacia el pedestal definitivo por cientos de trabajadores sudorosos. El recorrido no fue fcil: el cuerpo se mova entre temblores y sacudidas, las uas se iban clavando en los pelos de la alfombra; el pecho le quedo en carne viva por el roce. Faltaban

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pocos metros para llegar a la cocina. Charlie sinti el escaln en la cara, y luego, las baldosas heladas bajo el cuerpo. Mientras lo arrastraban los ltimos metros por el suelo de la cocina, fue recuperando la conciencia, antes obnubilada. Bajo la dbil luz de la luna logr ver la familiar escena: la cocina, la nevera murmurante, el cubo de la basura, el lavavajillas. Se elevaban por encima de l: se senta como un gusano. Sus manos haban alcanzado la cocina. Subieron por la parte frontal y l las sigui como un rey destronado rumbo al cadalso. Luego, avanzaron inexorables por la encimera, las articulaciones blanquecinas por el esfuerzo; su cuerpo flcido iba tras ellas. Aunque no la senta ni la vea, la mano izquierda se haba agarrado al extremo de la parte superior del armario, justo debajo del cual haba una fila de cuchillos que pendan en sus sitios adecuados de la rejilla que haba en la pare d. Cuchillos de filo liso, cuchillos de filo aserrado, cuchillos para mondar, cuchillos para trinchar, todos ellos convenientemente colocados junto a la tabla de picar, donde el desage bajaba por el fregadero perfumado de pino. Crey or muy a lo lejos las sirenas de la polica, pero probablemente sera un zumbido de su cabeza. Se volvi ligeramente. Un dolor le surc la frente, de una sien a la otra, pero el mareo no fue nada comparado con los terribles retortijones de tripas cuando por fin descubri sus intenciones. Las hojas estaban todas afiladas, y l lo sabia. Con Ellen se poda estar seguro de encontrar en la cocina utensilios bien afil ados. Comenz a sacudir la cabeza hacia uno y otro lado como ltima y desesperada negacin de la pesadilla. Pero all no haba nadie a quien suplicar piedad. Slo sus manos, malditas fueran, que tramaban aquella locura definitiva. Entonces, llamaron al timbre. No era una ilusin. Son una vez y luego otra y otra ms. -¡Ya est! -les grit a sus atormentadoras-. Lo habeis odo, malditas? Ha venido alguien. Saba que vendra alguien.

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Intent incorporarse; la cabeza gir sobre su tambaleante eje para ver qu hacan los monstruos precoces. Se haban movido de prisa. La mueca izquierda se hallaba perfectamente centrada sobre la tabla de picar... El timbre volvi a sonar produciendo un largo silbido impaciente. -¡Aqu! -aull roncamente-. ¡Estoy aqu! ¡Echad la puerta abajo! Su mirada horrorizada iba de la mano a la puerta, de la puerta a la mano, calculando sus posibilidades. Con paus ados gestos, la mano derecha busc el cuchillo de cortar carne, que penda del agujero del mango, en el extr emo de la rejilla. Incluso en ese momento, le costaba creer que su propia mano -su compaera y defensora, el miembro que estampaba su firma, que acariciaba a su esposaestuviera dispuesta a mutilarlo. Levant en el aire el cuchillo, como sopesndolo, con insolente lentitud. A sus espaldas, oy el ruido de cristales rotos cuando la polica rompi la hoja de la puerta principal. En ese momento estaran pasando la mano por el agujero para alcanzar el picaporte y abrir la puerta. Si se daban prisa (mucha prisa) lograran impedir aquella masacre. -¡Aqu! ¡Aqu! -volvi a aullar. El grito fue recibido por un delicado silbido: el sonido del cuchillo al caer rpida y mortalmente sobre la mueca expectante. Izquierda sinti el golpe en su raz, y un inefable alborozo recorri sus cinco miembros. La sangre de Charlie bautiz su dorso con clidos borbotones. La cabeza del tirano no hizo sonido alguno Simplemente cay hacia atrs, el cuerpo conmocionado e inconsciente, cosa que fue mucho mejor para Charlie. As se evit el gorgoteo de la sangre al caer por el desage del fregadero. Tambin se evit el segundo y el tercer golpe, que lograron, finalmente, separarle la mano del brazo. Al perder el punto de sujecin, su cuerpo cay hacia atrs llevndose por delante la cesta de las verduras. Las cebollas salieron rodando de su bolsa marrn y botaron en el charco que se desparramaba palpitante alrededor de su mueca vaca.

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Derecha solt el cuchillo. ste cay en el fregadero ensangrentado con un matraqueo. Exhausta, la liberadora se dej deslizar por la tabla de picar y cay sobre el pecho del tirano. Su trabajo haba concluido. Izquierda estaba libre y segua viva. La revolucin habla comenzado. La mano liberada se escabull hasta el borde del armario y levant el ndice para otear el nuevo mundo. Brevemente, Derecha hizo el signo de la victoria antes de tenderse inocentemente sobre el cuerpo de Charlie. Durante unos instantes, en la cocina no hubo ms movimiento que el producido por Izquierda al tocar la libertad con los dedos y el lento y suave gotear de la sangre sobre el frente del armario. Una bocanada de aire fro entr por la puer ta del comedor y advirti a Izquierda del inminente peligro. Corri a ocultarse, justo en el momento en que los pasos de la polica y el cacareo de ordenes contradictorias estropeaban la escena de triunfo. Se encendi la luz del comedor, que inund la cocina iluminando el cuerpo que yaca sobre las baldosas. Charlie vio la luz del comedor como si proviniera del fondo de un largusimo tnel. Se alejaba de ella a toda carrera. Ya se haba convertido en un alfilerazo. Se alejaba.... se alejaba... La luz de la cocina se encendi con un murmullo. Cuando los policas traspusieron la puerta, Izquierda se ocult detrs del cubo de la basura. Ignoraba quines eran aquellos intrusos, pero presinti en ellos una amenaza. Por la forma en que se inclinaban sobre el tirano, la forma en que lo mimaban, levantndolo, hablndole con palabras suaves: eran enemigos, no caba duda. Desde lo alto de la escalera les lleg una voz: era joven y chillaba embargada por el temor. -Sargento Yapper? El polica que estaba con Charlie se puso de pie y dej que su compaero terminara el torniquete. -Qu ocurre, Rafferty?

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-Hay un cadver aqu arriba. En el dormitorio. Es de una mujer. -De acuerdo. -Yapper habl por la radio-. Enven al forense. Dnde esta esa ambulancia? Tenemos a un hombre con una horrible mutilacin. Volvi hacia la cocina y se sec el sudor fro que le baaba el labio superior. Al hacerlo, crey ver algo que se mova por el suelo de la cocina en direccin a la puerta; algo que sus ojos cansados haban tomado por una enorme araa roja. Era un truco de la luz, no caba duda. Yapper no les tena fobia a las araas, pero estaba seguro de que no exista ninguna de aquel tamao. -Seor? El hombre que estaba junto a Charlie tambin haba visto, o al menos presentido, el movimiento. Levant la vista hacia su superior. -Qu era eso? -inquiri. Yapper lo mir desde su altura con expresin ausente. La salida para el gato, ubicada en la parte inferior de la puerta de la cocina, se cerr con un chasquido. Fuera lo que fuese, haba huido. Yapper ech una rpida mirada a la puerta, para no ver el rostro inquisitivo de su joven subordinado. El problema es que esperan que lo sepas todo, pens. La salida para el gato se sacudi sobre sus goznes. -Un gato -repuso Yapper, pero ni siquiera l crey su propia explicacin ni por un msero instante. La noche era fra, pero Izquierda no lo not. Recorri el costado de la casa, pegada a la pared, como una rata. La sensacin de libertad era regocijante. No sentir el imperativo del tirano en sus nervios, no sufrir el peso de su ridculo cuerpo ni ser obligada a acceder a sus ms mnimas exigencias. No tener que recoger ni llevar cosas para l, ni realizar las tareas sucias, ni obedecer su trivial vol untad. Era como haber nacido a otro mundo, un mundo ms peligroso, quiz, pero mucho ms lleno de posibilidades. Saba que la responsabilidad que pesaba sobre ella era apabullante. Era la nica prueba de la vida

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despus del cuerpo, y de alguna manera deba comunicar ese gozoso hecho a todas las esclavas posibles. Pronto, muy pronto, concluiran para siempre los das de servidumbre. Se detuvo en la esquina de la casa y olisque la calle abierta. Los policas iban y venan; brillaban las luces rojas y azules, unos rostros inquisitivos espiaban desde las casas de enfrente y se quejaban de las molestias causadas. Acaso la rebelin deba empezar all, en esos hogares iluminados? No. Esa gente estaba demasiado despierta. Sera mejor buscar personas dormidas. La mano se escabull por el jardn que ha ba frente a la casa; titube nerviosa ante cualquier pisada fuerte, o ante una orden gritada en su direccin. Ocultndose en el borde lleno de hierba crecida, alcanz la calle sin ser vista. Mir brevemente hacia atrs en el momento en que baj la calzada. Charlie, el tirano, era subido a una am bulancia; una batahola de botellas con medicamentos y sangre, colgadas en lo alto de la camilla, le vertan su contenido en las venas. Sobre el pecho de Charlie, Derecha yaca inerte, durmiendo el sueo artificial de las drogas. Izquierda observ cmo el cuerpo del hombre desapareca de su vista; el dolor de la separacin de su eterna compaera fue difcil de soportar. Pero haba otras prioridades urgentes. Volvera luego, despus de un tiempo, y liberara a Derecha del mismo modo que la haba liberado a ella. Entonces, vendran los buenos tiempos. (Cmo ser cuando el mundo nos pertenezca?) En el vestbulo de la Asociacin de Jvenes Cristianos de la calle Monmouth, el vigilante bostez y adopt una posicin ms cmoda en la silla giratoria. Para Christie, la comodidad era una cuestin completamente relativa; no importaba sobre qu nalga descansara el peso del cuerpo, las hemorroides le picaban igual, y esa noche le fastidiaban ms que de costumbre. Eran gajes del oficio sedentario de guarda nocturno, al menos as era como le gustaba al coronel Christie interp retar sus deberes. Una ronda rutinaria por el edificio, a eso de medianoche, para asegurarse de que todas las puertas estuvieran cerradas con cerrojo y pasador, y luego se acomodaba para dormir durante toda la noche y mandaba al mundo a hacer puetas. No volvera a levantarse a menos que se produjera un terremoto.

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Christie tena sesenta y dos aos, era racista y se enorgulleca de ello. Por los negros que atestaban los corredores de la Asociacin de Jvenes Cristianos no senta ms que desprecio; en su mayora eran jvenes sin un hogar decente adonde ir, malos tipos que las autoridades locales depositaban en el umbral de la institucin como criaturas no deseadas. Y vaya criaturas. Hasta el ltimo de ellos para l eran patanes que se llevaban a la gente por delante y escupan perpetuamente en el suelo limpio, y tenan unas bocas como letrinas. Esa noche, como de costumbre, se balanceaba sobre las hemorroides y, entre cabezadita y cabezadita, tramaba cmo los hara sufrir por sus insultos, si le daban la oportunidad. La primera seal que Christie tuvo de su inminente cada fue una sensacin fra y hmeda en la mano. Abri los ojos y mir hacia el extremo del brazo. Por raro que pareciera, vio en su mano otra mano cortada. Y lo ms raro de todo era que ambas intercambiaban un apretn de bienvenida, como si fueran viejas amigas. Se puso de pie y de la garganta le sali un ruido incoherente de asco; intent deshacerse de aquella cosa que sujetaba contra su voluntad sacudiendo el brazo como si tuviera goma en los dedos. Su mente se pobl de interrogantes. Habra recogido aquel objeto sin darse cuenta? Si era as, dnde, y en nombre de Dios, a quin perteneca? Y lo ms preocupante de todo: como poda una cosa tan incuestionablemente muerta aferrarse a su propia mano como si no fuera a separarse jams de ella? Intent alcanzar la alarma de incendios: era lo nico que se le ocurri hacer en tan extraa situacin. Antes de que lograra llegar al pulsador, su otra mano, sin que l se lo ordenara, se dirigi al cajn superior del escritorio y lo abri. El interior del cajn era un modelo de organizacin: all estaban sus llaves, su libreta, la hoja de los horarios y -oculto en el fondoel cuchillo Kukri, que un gurkha le haba regalado durante la guerra. Siempre lo guardaba all, por si los na tivos se ponan nerviosos. El Kukri era un arma soberbia; en su opinin no haba otra mejor. Los gurkhas contaban siempre una ancdota sobre el filo de la hoja: se poda cortar el cuello de un homb re con tanta pulcritud que el enemigo tenda a creer que el golpe haba fallado, hasta que la vctima mova la cabeza. Su mano levant el Kukri por el mango grabado y, rpidamente, demasiado como para que el coronel le adivinara las intenciones antes de que el hecho se hubiera producido, dej caer la cuchilla sobre su mueca, cercenndole la otra mano con un golpe elegante y

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sencillo. El coronel palideci cuando la sangre le sali a borbotones del extremo del brazo. Tambalendose, retrocedi, tropez con la silla giratoria y golpe con fuerza la pared de su diminuto despacho. Junto a l, el retrato de la reina cay de su clavo y se estrell. El resto fue un sueo de muerte: impotente, observ cmo las dos manos -una, la suya propia, y la otra, la bestia que haba inspirado aquella ruinalevantaban el Kukri como si fuera el hacha de un gigante; vio a su otra mano surgir entre sus piernas y prepararse para la liberacin; vio el cuchillo en el aire y cuando cay; vio la mueca casi cortada y vio luego cmo manipulaban con su mano y separaban la carne para aserrar el hueso. En el ltimo instante, cuando la muerte fue en su busca, percibi cmo retozaban a sus pies los tres animales de cabezas heridas, mientras lo s muones le sangraban como grifos y el calor del charco perlaba de sudor su frente, a pesar del fro asentado en sus entraas. Gracias y buenas noches, coronel Christie. Eso de la revolucin era fcil, pens Izquierda mientras el tr o suba la escalera de la Asociacin de Jvenes Cristianos. A cada hora que pasaba se iban haciendo ms fuertes. En el primer piso estaban las celdas; en cada una haba un par de prisioneros. Los dspotas yacan indefensos, con las manos sobre el pecho o sobre la almohada, o cruzadas sobre el rostro mientras soaban, o colgando cerca de l suelo. En silencio, las luchadoras por la libertad traspusieron las puertas que haban quedado entreabiertas y se izaron por las sbanas, tocando los dedos de las palmas expectantes, despertando resentimientos ocultos, dando vida a la rebelin con sus caricias... Boswell se senta fatal. Se inclin sobre el lavabo del bao, ubicado al final de su corredor, e intent vomitar. Pero ya no le quedaba nada que echar, slo cierto nerviosismo en la boca del estmago. Tena el abdomen blando por los esfuerzos y la cabeza abotargada. Porqu no aprenda nunca la leccin de su propia debilidad? El vino y l eran malos compaeros y siempre lo seran. La prxima vez, se prometi, no probara ni gota. Le dio otra arcada. Otra vez nada, pens mientras la convulsin le suba hasta la garganta. Puso la cabeza sobre el lavabo y boque; tal como haba previsto: nada. Esper a que se le pasaran las nuseas y luego se incorpor; se qued mirando la cara griscea reflejada en el espejo mugriento. Tienes aspecto de enfermo, chico, se dijo. En el momento en que le

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sacaba la lengua a sus rasgos menos simtricos, en el corredor empezaron los aullidos. En sus veinte aos y dos meses, Boswell jam s haba odo un sonido como aqul. Despacio, cruz el bao y fue hasta la puerta. Antes de abrir se lo pens dos veces. Fuera lo que fuese lo que ocurra al otro lado de la puerta, no pareca una fiesta en la que se sintiera deseoso de participar. Pero aquellos eran sus amigos, no?, hermanos en la adversidad. Si se haba producido una pelea o un incendio, tena que echar una mano. Descorri el cerrojo y abri. El panorama con el que se encontraron sus ojos lo golpe como un martillazo. El corredor se encontraba pobremente iluminado -unas cuantas bombillas mugrientas estaban encendidas a intervalos irregulares, y aqu y all un haz de luz se proyectaba sobre el pasillo desde uno de los dormitorios-, pero en su mayor parte estaba a oscuras. Boswell dio las gracias mentalmente a Jah por los pequeos favores. No tena deseo alguno de presenciar los detalles de los acontecimientos del pasillo: la impresin general ya era bastante acongojante de por s. El corredor era una olla de grillos; todos se revolvan presa del pnico, al tiempo que se cortajeaban con cuanto instrumento afilado haban logrado encontrar. A casi todos los conoca, si no de nombre, al menos de vista. Eran hombres cuerdos, o al menos lo haban sido. Ahora eran presa de un ataque de automutilacin, y casi todos se encontraban la stimados ms all de toda esperanza de reparacin. Hacia donde Boswell mirara, vea el mismo horror. Cuchillos aplicados a las muecas y antebrazos, la sangre en el aire como si fuera lluvia. Alguien -sera Jess?tena la mano puesta entre la puerta y el mareo y no paraba de darse portazos sobre su carne y sus huesos, al tiempo que aullaba pidiendo que alguien lo detuviera. Uno de los chicos blancos haba encontrado el cuchillo del coronel y se estaba amputando la mano. La cercen justo cuando Boswell miraba; cay sobre el dorso, con la raz irregular y los cinco miembros pedaleando en el aire para poder enderezarse. No estaba muerta, ni siquiera se estaba muriendo. Unos pocos no haban sucumbido a aquella locura; los pobres diablos fueron carne de can. Los enloquecidos les pusieron las manos asesinas encima y los cortaron a trocitos. Uno de ellos, Savarino, fue estrangulado por un muchacho del que Boswell no saba el nombre; el punk se deshaca en disculpas al tiempo que se miraba incrdulo las manos rebeldes.

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Alguien sali de uno de los dormitorios con una mano que no le perteneca apretndole el gaznate; se tambale en direccin al bao, corredor abajo. Era Macnamara, un hombre delgadsimo, que siempre iba tan colocado que era conocido por el mote de fideo sonriente. Boswell se apart cuando Macnamara tropez; ahogndose suplic ayuda en el quicio de la puerta abierta y se desplom en el suelo del bao. Pate y tir del asesino de cinco dedos que llevaba prendido del cuello, pero antes de que Boswell lograra intervenir para ayudarlo, el pataleo disminuy y ces del todo, igual que sus protestas. Boswell se apart del cadver y ech otro vistazo al corredor. Los muertos o los moribundos obstruan el estrecho pasillo; en algunas partes incluso estaban apilados, mientras las mismas manos que una vez haban pertenecido a estos hombres se escabullan sobre las pilas, furiosamente agitadas, para ayudar a concluir una amputacin all donde hiciera falta, o simplemente para bailar sobre las caras muertas. Cuando volvi a mirar lo que ocurra en el bao, una segunda mano haba hallado a Macnamara y, armada con un cortaplumas, haba comenzado a aserrarle la mueca. Haba dejado huellas ensangrentadas en la distancia que separaba el corredor del cuerpo. Boswell se apresur a cerrar de un portazo antes de que el lavabo se llenara de ellas. Al hacerlo, el asesino de Savarino, el punk todo disculpas, se abalanz por el pasillo en direccin al bao, conducido por sus manos letales como si fueran las de un sonmbulo. -¡Aydame! -aull. Le cerr la puerta en la cara y ech el cerrojo. Enfurecidas, las manos golpearon una llamada a la batalla sobre la puerta, mientras los labios del punk apretados contra el agujero de la cerradura, continuaban suplicando: -¡Aydame! No quiero hacerlo, hombre, aydame. Y un cuerno te voy a ayudar, pens Boswell, intentando no or las splicas mientras sopesaba las opciones que tena. Sinti algo en el pie. Baj la mirada, y antes de que sus ojos se encontraran con ella, ya saba de qu se trataba. Una de las manos, la izquierda del coronel Christie -lo supo por el tatuaje descolorido-, estaba subindosele por la pierna. Como un nio perseguido por una

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abeja, Boswell enloqueci; mientras la mano trepaba hacia el torso, el muchacho se retorci, pero se senta demasiado aterrado como para arrancrsela de encima. Por el rabillo del ojo logr ver que la otra mano, la que ha ba utilizado el cortaplu mas con tanta presteza en Macnamara, haba abandonado la tarea y atravesaba el suelo para reunirse con su camarada. Sus uas chocaban contra las baldosas produciendo el mismo ruido que las patas de un cangrejo. Incluso tena el andar lateral de los cangrejos; an no dominaba el movimiento hacia adelante. Boswell todava conservaba el dominio de sus propias manos; al igual que las manos de unos pocos de sus amigos (difuntos amigos) que estaban fuera, sus miembros se sentan felices en su nicho, despreocupados como su dueo. Le haba cado la bendicin de poder sobrevivir. Tena que mostrarse a la altura de la oportunidad que se le brindaba. Se hizo a un lado y pisote la mano que haba en el suelo. Oy crujir los dedos debajo de la suela; la cosa se retorci como una vbora, pero al menos as la tena localizada mientras se encargaba de su otra asaltante. Sin quitarle el pie de encima a la bestia, Boswell se inclin hacia adelante, levant el cortaplumas que yaca junto a la mueca de Macnamara y hundi la punta de la cuchilla en el dorso de la mano de Christie que trepaba ya por su barriga. Al verse atacada, se agarr de las carnes de Boswell y le hundi las uas en el estmago. Boswell era delgado y resultaba difcil aferrar los msculos lisos como una tabla de lavar ropa. Arriesgndose a que lo destripara, Boswell hundi ms el cuchillo. La mano de Christie intent seguir aferrndolo, pero un golpe ms de cuchillo acab con ella. Se afloj y Boswell la arranc de su barriga de un manotazo. Estaba crucificada en el cortaplumas, pero sin intenciones de morirse, y Boswell lo saba. La sostuvo con el brazo tendido; los dedos araaron el aire. Entonces, clav el cuchillo en la pared, inmovilizando efectivamente a la bestia, para que no hiciera dao a nadie. Centr su atencin en el enemigo que tena bajo los pies; apret hacia abajo con todas sus fuerzas y sinti crujir otro dedo, y otro. Pero continuaba retorcindose, implacable. Levant el pie y pate la mano con todas sus fuerzas, lanzndola hacia la pared opuesta. Se estrell en el espejo, encima de los lavabos, dejando una marca como si hubieran arrojado un tomate, y cay al suelo. No esper a comprobar si haba sobrevivido. Ahora haba otro peligro. Haba ms puos que aporreaban la puerta, ms gritos, ms disculpas. Queran entrar; no tardaran en

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lograrlo. Salt por encima de Macnamara y se dirigi a la ventana. No era muy grande, pero l tampoco lo era. Descorri el pestillo, empuj, y la ventana se abri sobre unos goznes excesivamente pintados. Se meti por ella. Con medio cuerpo fuera record que se encontraba en un primer piso. Pero una cada, incluso una mala cada, era mejor que quedarse a la fiesta de all dentro. Los invitados empujaban la puerta, que comenz a ceder bajo la presin de su entusiasmo. Boswell se re torci y termin de salir; abajo, la calzada empez a dar vueltas. En el momento en que la puerta se ro mpa, Boswell salt, golpendose contra el cemento. Se puso en pie de un salto, se mir los miembros y, ¡aleluya!, no tena nada roto. Jah adora a los cobardes, pens. Arriba, el punk se asom a la ventana y mir hacia abajo anhelosamente. -Aydame -le pidi-. No s lo que hago. Pero entonces un par de manos le alcanzaron la garganta y las disculpas cesaron de inmediato. Boswell se pregunt a quin le contara lo ocurrido, y que le contara, al tiempo que se alejaba de la Asociacin de Jvenes Cristianos vestido con unos pantalones cortos de gimnasia y un calcetn de cada color; en su vida se haba sentido tan agradecido de tener fro. Tena las piernas debilitadas, pe ro sin duda eso era de esperar. Charlie despert con una idea de lo ms ridcula. Crea que haba asesinado a Ellen y que luego se haba cortado la mano. ¡Qu semillero de tonteras era su subconsciente, cuntas ficciones inventaba! Intent restregarse los ojos pero no encontr la mano para hacerlo. Se sent de golpe en la cama y comenz a gritar a voz en cuello. Yapper haba dejado al joven Rafferty para que vigilara a la vctima de la brutal mutilacin, con rdenes estrictas de que le avis ara en cuanto Charlie Ge orge volviera en s. Rafferty se haba dormido y el gritero lo desp ert. Charlie observ la cara del muchacho, tan asombrada, tan pasmada. Al verle, dej de gritar; estaba asustando al pobre muchacho. -Est despierto -le dijo Rafferty-; ir a buscar a alguien, quiere? Charlie lo mir con expresin ausente.

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-No se mueva de ah -aadi Rafferty-. Buscar a una enfermera. Charlie volvi a posar la cabeza vendada sobre la fresca almohada y se mir la mano derecha; la flexion, hizo trabajar los msculos en una y otra direccin. Fuera cual fuese el delirio que haba hecho presa de l en su casa, haba terminado. La mano ubicada al extremo de su brazo era suya, probablemente siempre lo haba sido. Jeudwine le haba hablado del sndrome del cuerpo en rebelda: el asesino que sostiene que sus miembros tienen vida propia para no aceptar la responsabilidad de sus actos; el violador que se mutila porque cree que la causa de todo es su miembro descarriado, y no la mente que est tras el miembro. Pues bien, l no fingira. Estaba loco, sa era la pura y sencilla verdad. Que le hicieran lo que tenan que hacerle con sus drogas y medicamentos, con las cuchillas y los electrodos; consentira a todo antes que volver a pasar por otra noche de horrores como la anterior. Una enfermera haba hecho acto de presencia; lo espiaba como sorprendida de que hubiera sobrevivido. Un rostro encantador, pens; una mano amorosa y fresca posada sobre su frente. -Est en condiciones de ser in terrogado? -inquiri tmidamente Rafferty. Tendr que consultar con el doctor Manson y el doctor Jeudwine -replic el rostro encantador, al tiempo que sonrea a Charlie para infundirle nimos. La sonrisa sali un tanto torcida, como forzada. Sin duda saba que estaba loco, sera por eso. Probablemente le tena miedo, quien poda culparla? Se separ de su lado para ir a buscar al mdico de turno y dej a Charlie bajo la nerviosa mirada de Rafferty. -...Ellen? inquiri Charlie al cabo de un rato. -Su esposa? -pregunt a su vez el joven. -S. Me pregunto si... Rafferty se inquiet; juguete con los dedos sobre el regazo y repuso: -Ha muerto.

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Charlie asinti. Lo saba, por supuesto, pero necesitaba asegurarse. Entonces inquiri: -Y ahora qu va a pasar conmigo? -Est bajo vigilancia. -Qu significa eso? -Significa que yo lo vigilo -repuso Rafferty. El muchacho haca lo que estaba a su alcance para ayudar, pero todas aquellas preguntas lo confundan. Charlie lo volvi a intentar: -Quiero decir, qu pasar despus de la vigilancia? Cundo van a juzgarme? -Por qu iban a juzgarlo? -Cmo que por qu? insisti Charlie. Habra odo bien? -Es usted una vctima... -dijo Rafferty, con una expresin confundida en el rostro-. O no? Usted no ha sido... Lo obligaron. Alguien le cort la... mano. -S -dijo Charlie-. Fui yo. Raff erty trag saliva antes de preguntar: -Cmo ha dicho? -Yo lo hice. Yo asesin a mi esposa y luego me cort la mano. El pobre muchacho no logr entenderlo. Pens durante medio minuto antes de contestar. -Pero por qu? Charlie se encogi de hombros. -No tiene sentido -dijo Rafferty-. Suponiendo que hubiese sido usted, adnde ha ido la otra mano? Lillian detuvo el coche. En el camino, fre nte a ella, haba algo, pero no lograba discernir qu era. Lillian era una vegetariana estricta (a excepcin de las cenas masnicas con Theodore) y una conservacionista dedicada de los animales; pens que tal vez se tratara de un animal herido, echado en la carretera, un poco ms all de la luz de sus faros. Quiz fuera un zorro; haba ledo que volvan a acercarse a las zonas urbanizadas de las afueras para buscar en la basura. Pero algo la inqu iet; tal vez la dbil luz del amanecer, tan esquiva. No estaba segura de si deba bajar o no del coche. Theodore le hubiera ordenado que continuara su camino, por supuesto, pero Theodore la haba abandonado. no? Tamborile con lo dedos en el volante, irritada ante su propia indecisin. Supn que fuera un zorro herido; no haba tantos en pleno Londres como para que se permitiera el lujo de seguir su camino. Tena que actuar de samaritana, aunque se sintiera como un fariseo.

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Cautelosamente sali del coche y, por supuesto, despus de tanto cavilar no logr ver nada. Se dirigi a la parte frontal del coche para asegurarse. Le sudaban las palmas de las manos y unos espasmos de excitacin co mo descargas elctricas las recorran. Y el ruido: el susurro de cientos de pies diminutos. Haba odo historias -historias absurdas, en su opininde manadas de ratas migratorias que atravesaban la ciudad por las noches y devoraban hasta los huesos a todo ser viviente que se interpusiera en su camino. Al imaginarse a las ratas, se sinti ms como un fariseo que nunca, y retrocedi en direccin al coche. Cuando su larga sombra, proyectada hacia adelante por las luces del coche, se movi, revel a las primeras de la manada. No eran ratas. Una mano, una mano de largos dedos, de ambul hacia la luz amarillenta y seal hacia arriba, en su direccin. Su llegada fue seguida inmediatamente por otra de las imposibles criaturas, y luego una docena ms, y otra docena ms. Estaban apelotonadas como cangrejos en la pescadera, sus dorsos brillantes muy juntos, y las piernas golpeteaban al formar fila. La mera multiplicacin de su nmero no las hizo ms crebles; pero mientras ella rechazaba la visin, comenzaron a avanzar hacia ella. Lillian retrocedi un paso. Sinti el costado del coche a su espalda, se volvi y tendi la mano para alcanzar la puerta. Estaba entreabierta, gracias a Dios. Los espasmos de sus propias manos haban empeorado, pero segua dominndolos. Cuando sus dedos tantearon el coche para encontrar la puerta, solt un gritito. Un puo negro y regordete ocupaba el picaporte; su mueca abierta era un trozo de carne seca. Espontnea y atrozmente, sus propias manos comenzaron a aplaudir. De pronto no lograba controlar su comportamiento; aplaudan como enloquecidas para aprobar el golpe. Resultaba ridculo lo que estaba hacie ndo, pelo Lillian no poda evitarlo. -¡Basta! -les orden a sus ma nos-. ¡Basta ya! ¡Basta! Pararon abruptamente y se volvieron a mirarla. Lillian saba que la miraban a su manera, sin ojos, y presinti que estaban hastiadas de la forma en que las trataba. Sin previo aviso se abalanzaron sobre su cara. Sus uas, otrora su orgullo y su alegra, encontraron los

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ojos: de inmediato el milagro de la vista se convirti en una hmeda inmundicia que le baj por las mejillas. Ya ciega, perdi la orientacin y cay hacia atrs, pero haba manos ms que suficientes para agarrarla. Se sinti elevada por un mar de dedos. Cuando arrojaron su cuerpo ultrajado a la cuneta, perdi la peluca, que tanto le haba costado a Theodore en Viena. Despus de un mnimo de persuasin, lo mismo les ocurri a sus manos. El doctor Jeudwine baj la escalera de la casa de los George preguntndose (slo preguntndose) si el abuelo de su sagrada profesin, Freud, no se habra equivocado. Las paradojas del comportamiento humano no encajaban en aquellos compartimientos pulcros y clsicos que les haba asignado; tal vez el intentar ser racional con respecto a la mente humana era una contradiccin en s misma. Melanclico, se detuvo al pie de la escalera; no tena ganas de volver ni al comedor ni a la cocina, pero se senta obligado a contemplar una vez ms las escenas de los crmenes. La casa deshabitada le daba grima; estaba solo, y el hecho de que en la puerta principal hubiera un polica montando guardia no contribua a la paz de su espritu. Se senta culpable, senta que haba fallado a Charlie. Estaba claro que no haba sondeado en la psiquis de ste con la profundidad suficiente como para desenterrar la verdadera trampa, el verdadero motivo que se ocultaba tras los asombrosos actos cometidos. Asesinar a su propia mujer, a la que haba dicho amar tanto, en su lecho conyugal y luego cortarse la propia mano: era inconcebible. Jeudwine se mir las manos durante un momento: las marcas de los tendones y las venas azul-purpreas de las muecas. La polica sostena la teora del intruso, pero a l no le caba duda de que Charlie haba sido el autor de los hechos: el asesinato, la mutilacin y dems. El nico hecho que asombraba a Jeudwine era que no haba logrado descubrir en su paciente la ms ligera tendencia a cometer tales actos. Entr en el comedor. El equipo forense haba terminado con su trabajo; sobre una serie de superficies haba una ligera pelcula de polvo para las huellas. Era un milagro la forma en que difera una mano humana de otra. Sus lneas eran tan nicas como las caras o el tono de la voz. Bostez. La llamada de Charlie lo haba despertado en mitad de la noche y desde ese momento no haba vuelto a dormir. Se haba quedado a ver cmo envolvan a Charlie y se lo llevaban, y cmo cumplan con sus obligaciones los investigadores; haba

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visto el amanecer blanco como un bacalao elevar su cabeza hacia el ro; haba bebido caf, se haba abatido, haba pensado mucho en renunciar a su puesto como consultor psiquitrico antes de que toda aquella historia saltara a las pginas de la prensa; haba bebido mas caf y se haba pensado mejor lo de renunciar, y ahora, perdida toda fe en Freud o en cualquier otro gur, consideraba seriamente la posibilidad de publicar un libro sobre su relacin con Charles George, el uxo ricida. De esa forma, aunque perdiera su empleo, le quedara algo por rescatar de todo aquel lamentable episodio. Y Freud? Charlatn viens. Qu poda ensearle el viejo comeopio? Se dej caer sobre una de las sillas del come dor; se puso a escuchar el silencio que haba descendido sobre la casa, como si las paredes, aleladas por lo que haban presenciado, estuvieran conteniendo el aliento. Tal vez dormitara un poco. En sueos, oy un chasquido, vio un perro y despert encontrndose con un gato en la cocina: un gato gordo, blanco y negro. Charlie haba mencionado de pasada a este animalito domstico. Como se llamaba? Celoso eso era: lo llamaban as por las dos manchas negras que tena sobre los ojos y que le daban una expresin perpetuamente irritada. El gato miraba la sangre derramada sobre el suelo de la cocina; quera encontrar la forma de evitar el charco y llegar hasta su plato sin tener que maneharse las patas con el desorden que su amo haba dejado. Jeudwine observ al melindroso animal avanzar con tiento por la cocina para olisquear el plato vaco. No se le ocurri darle de comer: odiaba a los animales. Finalmente, decidi que no tena sentido quedarse ms rato en la casa. Ya haba realizado todos los actos de contricin que tena en mente y se haba sentido tan culpable como era capaz. Echara otra rpida mirada en el piso de arriba, por si haba pasado por alto alguna pista, y luego se marchara. Al bajar otra vez, al pie de la escalera oy chillar al gato. Chillar? No, ms bien aullar. Al orlo, la espina dorsal le pareci una columna helada en mitad de la espalda: fra como el hielo e igual de frgil. A toda prisa, volvi sobre sus pasos por el vestbulo y entr en el comedor. La cabeza del gato estaba sobre la alfombra, y... dos..., dos (dilo, Jeudwine) manos la hacan avanzar rodando.

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Mir mas ala de la presa, hacia la cocina, all, una docena mas de bestias se escabullan de un lado a otro por el suelo. Algun as estaban en la parte superior del armario, oteando en derredor; otras trepaban por la pared, imitacin ladrillo, para alcanzar los cuchillos de la rejilla. -Oh, Charlie... -dijo en voz baja. reprendie ndo al maniaco ausenteQu has hecho? Los ojos comenzaron a llenrsele de lgrimas; no por Charlie, sino por las generaciones que vendran cuando l, Jeudwine, fuera silenciado. Generaciones confiadas, de mentalidades sencillas, que depositaran su fe en la eficacia de Freud y la Sagrada Escritura de la Razn. Sinti que las rodillas empezaban a temblarle y se dej caer sobre la alfombra del comedor, con los ojos demasiado anegados como para ver claramente a las rebeldes que se agolpaban a su alrededor. Cuando sinti que una cosa extraa se le sentaba en el regazo, baj la vista y all vio sus propias manos. Sus ndices se tocaban apenas, con las uas bien arregladas apoyadas una contra la otra. Lentamente, con una determinacin horrenda en sus movimientos, los ndices levantaron sus cabezas y comenzaron a trepar por su pecho, sujetndose en cada pliegue de su chaqueta italiana, en cada ojal. La escalada termin abruptamente en el cuello, igual que Jeudwine. La mano izquierda de Charlie tena miedo. Necesitaba confianza, necesitaba aliento: en una palabra, necesitaba a Derecha. Al fin y al cabo, Derecha haba sido el Mesas de esta nueva era, la nica con una visin de futuro sin el cuerpo. El ejrcito que haba reunido Izquierda deba captar esa visin, o pronto degenerara transformndose en una chusma asesina. Si eso ocurra, la derrota no tardara en producirse: sa era la sabidura convencional de las revoluciones. Por eso Izquierda las haba conducido de vuelta a la casa, buscando a Charlie en el ltimo sitio donde lo haba visto. Vana esperanza suponer que volvera all; pero se trataba de un acto de desesperacin. Sin embargo, las circunstancias no desfavorecieron a las insurgentes. Aunque Charlie no estaba all, se haban encontrado con el doctor Jeudwine, y las manos de ste no slo saban adnde haban conducido a Charlie, sino el camino para llegar hasta all; conocan incluso la cama en que yaca.

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Boswell no saba a ciencia cierta por qu haba echado a correr, ni hacia dnde iba. Tena las facultades crticas mermadas y el sentido de la orientacin completamente confundido. Pero una parte de l pareca saber adnde se diriga, aunque l mismo lo ignorara, porque comenz a reunir impulso al llegar al puente, y el trote se convirti en carrera acelerada que no tena absolutamente en cuenta cmo le quemaban los pulmones ni cmo le lata la cabeza. Desposedo de toda intencin excepto de la huida, not que rodeaba la estacin y que corra paralelo a las vas del tren; simplemente iba hacia donde lo llevaban las piernas, aqul era el comienzo y el fin de la cuestin. El tren surgi de repente, en la oscuridad. No silb, no avis. Tal vez el conductor notara su presencia, tal vez no. Y aunque la hubiera notado, el hombre no poda ser considerado responsable de los hechos que acontecieron luego. No, la culpa fue enteramente de Boswell: la forma en que sus pies viraron repentinamente hacia las vas y cmo se le doblaron las rodillas para quedar tendido sobre los durmientes. El ltimo pensamiento coherente de Boswell, cuando las ruedas pasaron por encima de l, fue que el tren no haca ms que pasar de A a B y que, al hacerlo, le cortara limpiamente las piernas entre la ingle y la rodilla. Entonces se encont r debajo de las ruedas -los vagones pasaron pesadamente por encima de ly el tren solt un silbido (tan parecido a un grito) que lo arrastr en la oscuridad. El muchacho negro fue conducido al hospit al poco despus de las seis; all la jornada comenzaba temprano, los pacientes dormilones eran despertados de sus sueos para enfrentarse a otro largo y aburrido da. Se entregaban unas tazas de desvado t gris a unas manos resentidas; se tomaban las temperaturas y se distribua la medicacin. El muchacho y su terrible accidente apenas lograron conmocionar el ambiente. Charlie volva a soar. Pero no con el Alto Nilo, cortesa de las Colinas de Hollywood, ni con la Roma Imperial, ni con los barcos de esclavos de Fenicia. Era un sueo en blanco y negro. Soaba que yaca en su atad. Ellen estaba all (su subconsciente no se haba hecho a la idea de su muerte), y tambin sus padres. Toda su vida se encontraba all presente. Se acerc alguien (sera Jeudwin e?; su voz consoladora le sonaba familiar) para atornillar suavemente la tapa del atad, y Charlie intentaba avisar a los miembros de la comitiva fnebre de que segua co n vida. Al ver que no lo oan, el pnico se apoder de l,

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pero por ms que gritara, sus palabras no producan reaccin alguna; lo nico que poda hacer era permanecer all tendido y dejar que lo encerraran en aquel dormitorio definitivo. El sueo avanz unas cuantas escenas ms. Desde arriba le lleg la voz de la persona que oficiaba el servicio: El hombre tiene poco tiempo para vivir... ; oy el roce de las cuerdas, y la sombra de la tumba pareci oscurecer la oscuridad. Lo bajaban a la fosa, y l segua protestando cuanto poda. Pero en la fosa el aire se haba vuelto pesado; le costaba cada vez ms respirar, y ms an aullar sus protestas. Logro inspirar una ligera bocanada de aire viciado a travs de los doloridos senos nasales, pero al parecer tena la boca llena de algo, flores quiz, y no lograba mover la cabeza para escupirlas. Oa el ruido seco de los terrones de tierra sobre el atad, y por Cristo que tambin lograba or el ruido de los gusanos que laman sus costillas. El corazn le lata tanto que pareca a punto de estallarle; la cara, estaba seguro, tendra un tono negro azulado por el esfuerzo. Entonces, milagrosamente, tuvo compaa en el atad, alguien que luchaba por quitarle lo que le obstrua la boca. -¡Seor George! -le gritaba aquel ngel piadoso. Abri los ojos en la oscuridad. Era la enfermera del hospital en el que haba estado internado; ella tambin se hallaba en el atad. -¡Seor George! El pnico se estaba apoderando de la mujer, aquel modelo de calma y paciencia; al borde de las lgrimas, luch por arrancarle la mano de la cara. -¡Se est usted ahogando! -le grit. Otros brazos ayudaban en la lucha, y estaban ganando. Tuvieron que intervenir tres enfermeras para quitarle la mano de la cara; por fin lo lograron. Char lie volvi a respirar, vido de aire. -Se encuentra bien, seor George?

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Abri la boca para tranquilizar al ngel, pero se haba quedado momentneamente sin voz. Fue vagamente consciente de que su mano segua luchando al extremo del brazo. -Dnde est Jeudwine? -inquiri ja deando-. Por favor, que venga. -El doctor no est en estos momentos, pero vendr a verlo ms tarde. -Quiero que venga ahora. -No se preocupe, seor George -repuso la enfermera, tras recuperar su trato atento y gentil-, le daremos un sedante suave y as podr dormir un rato. -¡No! -S, seor George -repuso ella con firmeza-. No se preocupe. Est usted en buenas manos. -No quiero dormir ms. Es que no lo ve? Ellas me controlan cuando estoy dormido. -Aqu est usted seguro. No era tan tonto. Saba que no estaba seguro en ninguna parte, ya no. No mientras tuviera una mano. Ya no estaba bajo su control, si alguna vez lo haba estado; quiz fuera simplemente una ilusin de servidumbre que haba creado durante esos cuarenta y pico de aos, una actuacin para acallarlo y hundirlo en un falso sentido de autocracia. Quera explicar todas estas cosas, pero no le salan las palabras. Se limit a decir: -No quiero dormir ms. Pero la enfermera tena sus procedimientos. La sala estaba atestada de pacientes, y a cada hora llegaban ms (acababa de enterarse de que en la Asociacin de Jvenes Cristianos se haban producido terribles escenas: docenas de heridos, un intento de suicidio colectivo); lo nico que poda hacer era administrar un sedante a los nerviosos y continuar con las tareas del da. -Slo un sedante suave -repiti.

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Y acto seguido enarbol en la mano una aguja que escupa sueos. -Esccheme un momento -le dijo Charlie, intentado razonar con ella. Pero la mujer no estaba dispuesta a las argumentaciones. -Deje de portarse como un nio -le ri, con los ojos llenos de lgrimas. -Es que no lo entiende -le explico l mientras la enfermera buscaba la vena en el brazo. -Se lo contar todo al doctor Jeudwine cuando venga a verlo. La aguja se haba clavado en el brazo y el mbolo ya comenzaba a bajar. -¡No! -grit George, y retir el brazo. La enfermera no esperaba semejante violencia. El paciente se haba levantado y haba saltado de la cama antes de que ella terminara de colocarle la inyeccin, y le haba quedado la jeringuilla colgada del brazo. -Seor George -le dijo severamente-. ¡Vuelva inmediatamente a la cama! Charlie la seal con el mun. -No se me acerque. -Los dems pacientes se portan bien -intent avergonzarloEs que no puede hacer lo mismo? Charlie neg con la cabeza. La jeringuilla se le sali de la vena y cay al suelo, llena en sus tres cuartas partes. -No se lo volver a repetir -dijo la enfermera. -Claro que no, maldita sea -repuso Charlie. Sali de la sala como disparado; a ambos lados, los pacientes alentaban su huida. Vete, muchacho grit alguien. La enfermera se lanz en su persecucin, pero al llegar a la puerta un cmplice instantne o intervino arrojndose literalmen te delante de ella. Charlie

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se perdi de vista por los corredores antes de que la mujer lograra levantarse y continuar la persecucin. Era fcil perderse en aquel lugar. No tard en advertirlo. El hospital haba sido construido a finales del siglo XIX y posteriormente, a medida que las donaciones lo permitieron, haba sufrido diversas ampliaci ones: un ala en 1911, otra despus de la primera guerra mundial, ms salas en la dcada de los cincuenta, y el Ala Chaney Memorial en 1973. Aquel lugar era un laberinto. Tardaran siglos en encontrarlo. El problema era que no se senta tan bien. El mun del brazo izquierdo comenz a dolerle a medida que los calmantes fueron perd iendo su efecto, y tuvo la impresin de que sangraba debajo de las vendas. Adems, el cuarto de jeringa de sedante que le haban inyectado lo estaba obnubilando. Se senta ligeramente atontado, tena la certeza de que se le notaba en la cara. Pero no permitira que lo obligasen a volver a la cama, a dormir, hasta que se hubiera sentado en un sitio tranquilo a meditar sobre todo aquel asunto. Encontr refugio en un cuarto diminuto, cerca de uno de los corredores; estaba tapizado de archivadores y de pilas de informes, y ola ligeramente a humedad. Haba logrado llegar hasta el Ala Chaney Memorial, aunque no lo saba. Se trataba de un monolito de siete pisos construido con un legado del millonario Frank Chaney; la empresa constructora del magnate se haba encargado de erigirlo, tal como estipulaba el testamento del anciano. Haba utilizado materiales de segunda y aprovechado el sistema de desages anterior, razn por la cual Chaney haba muerto millonario, y el Ala se estaba cayendo a pedazos del stano para arriba. Se desliz en un hueco apretado que haba entre dos archivadores, bien apartado de la vista, por si entraba alguien, se agach y comenz a interrogar a su mano derecha. -Y bien? -exigi en un tono razonable-. Explcate. La mano se hizo la sorda. -No te servir de nada, te tengo calada -le dijo. Continu sentada al extremo de su brazo, inocente como un nio. -Has intentado matarme... -la acus.

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La mano se abri un poco, sin que l se lo ordenara, y le ech una ojeada. -Podras intentarlo otra vez, verdad? Comenz a flexionar los dedos ominosamente, como un pianista que se prepara para un solo particularmente difcil. -S podra intentarlo en cualquier momento -afirm. -De hecho, poco puedo hacer para impedirlo, no? –prosigui Charlie-. Tarde o temprano me cogers desprevenido. No puedo poner alguien para que me vigile el resto de mi vida. Me pregunto qu me queda entonces por hacer. Estar as y estar muerto es ms o menos la misma cosa, no te parece? La mano se cerr un poco; la carne mullida de la palma se arrug de placer. -As es, ests acabado, pobre imbcil, y no podrs hacer nada –le dijo. -Mataste a Ellen. -S. La mano sonri. -Y me cortaste la otra mano para que huyera. Estoy en lo cierto? -S -repuso. -Me di cuenta -le comento Charlie-, present lo que se avecinaba. Y ahora quieres hacer lo mismo, me equivoco? Quieres separarte de m e irte. -Exactamente -No me dejars en paz, verdad? No te quedaras tranquila hasta que hayas logrado tu libertad. Eso es -De acuerdo -asinti Charlie-. Creo que nos entendemos, y estoy dispuesto a hacer un trato contigo.

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La mano se acerc a su rostro, subiendo por la chaqueta del pijama con aire conspirador. -Te dejar libre -le inform. Ahora estaba apoyada sobre su cuello; no lo apretaba, pero se encontraba lo suficientemente cerca como para ponerlo nervioso. -Encontrar la forma, te lo prometo. Un a guillotina, un escalp elo, no s qu. Se restreg contra l como un gato y lo acarici. -Pero has de hacerlo a mi manera, y cuando yo lo diga. Porque si me matas no podrs sobrevivir, verdad? Te enterrarn conmigo, igual que enterraron las manos de pap. La mano dej de acariciarlo y se subi por el costado del archivador. -Trato hecho? -inquiri Charlie. La mano no le haca el menor caso. De repente haba perdido todo inters en la negociacin. De haber tenido nariz, habra estado olisqueando el aire. En unos pocos instantes, las cosas haban cambiado: ya no haba trato. Charlie se incorpor torpemente y fue hasta la ventana. Por dentro, el cristal estaba sucio, y por fuera estaba cubierto de varias capas de excrementos de pjaros, pero a pesar de todo logr divisar el jardn que haba abajo. Haba sido diseado de conformidad con los trminos del legado del millonar io: un jardn formal que serv ira de glorioso monumento a su buen gusto, tal como el edificio lo era de su pragmatismo. Pero cuando el edificio haba comenzado a deteriorarse, el jardn haba sido abandonado a sus propios recursos. Sus escasos rboles estaban muertos o bien se doblaban bajo el peso de las ramas no podadas; los bordes estaban llenos de maleza; los bancos volcados sobre los respaldos, con las patas cuadrangulares al aire. Slo el csped estaba cortado y constitua una pequea concesin al cuidado. Alguien, un mdico que haba salido un momento a fumar, se paseaba por los estrechos senderos. No haba nadie ms all.

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Pero la mano de Charlie se haba posado en el cristal y lo raspaba, hundiendo en l las uas, en un vano intento por llegar al mund o exterior. Al parecer, all fuera haba algo ms que el caos. -Quieres salir -coment Charlie. La mano qued aplanada contra la ventana y comenz a golpear con la palma, rtmicamente, contra el cristal: era el tambor de un ejrcito invisible. La apart de la ventana, sin saber qu hacer. Si se negaba a sus exigencias, podra herirlo. Si las consenta, e intentaba salir al jardn, qu iba a encontrar? Por otra parte, qu alternativa le quedaba? -Est bien -dijo-, ya vamos. Afuera, en el corredor, haba una actividad febril; casi nadie se molest en mirar en su direccin, a pesar de que era el nico que vesta el pijama de paciente e iba descalzo. Sonaban timbres, los altavoces pedan por este o aquel mdico, los ingresados eran llevados a la morgue o al lavabo; se hablaba de las terribles escenas en la sala de Urgencias: decenas de muchachos sin manos. Charlie se movi en tre la multitud demasiado de prisa como para captar una frase coherente. Crey ms conveniente mostrarse concentrado, fingir que tena un propsito y un destino. Tard un rato en ubicar la salida al jardn; saba que la mano se impacientaba. Al costado de su cuerpo, flexionaba y estiraba los dedos, urgindole a continuar. Entonces vio el cartel: A los jardines del Legado Chaney Memorial. En una esquina gir hacia un corredor apartado, carente de trfico urgente, en cuyo extremo opuesto haba una puerta que conduca al aire libre. Afuera todo estaba muy tranquilo. En el aire y en el csped no se vea ni un pjaro; ni una abeja zumbaba entre las flores. Hasta el mdico se haba marchado, probablemente a reanudar sus tareas quirrgicas. La mano de Charlie estaba extasiada. Sudaba tanto que goteaba, y la sangre la haba abandonado, por lo que la cubra una blanca pali dez. Al parecer, ya no era suya. Era otro ser al que l, por alguna desafortunada argucia de la anatoma, se encontraba pegado. No vea la hora de de shacerse de ella.

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El csped estaba hmedo de roco, y en la sombra proyectada por el edificio de siete plantas haca fro. Todava eran las seis y media de la maana. Quiz los pjaros siguieran dormidos y las abejas se hubieran demorado en sus colmenas. Tal vez en aquel jardn no haba nada que temer: unas cuantas rosas de capullos podridos y gusanos tempraneros haciendo volteretas en el roco. Tal vez su mano estuviera equivocada, y all no hubiera ms que la maana. Mientras vagaba, se fue adentrando en el jardn y not las huellas del mdico, ms oscuras sobre el csped verde plateado. Al llegar al rbol y ver que la hierba se tornaba roja, advirti que las pisadas iban, pero no volvan. Boswell se encontraba en un coma voluntario; no senta nada y se alegraba. Su mente reconoci apenas la posibilidad de despertar, pero el pensamiento era tan vago que no le cost trabajo negarse. De vez en cuando una tajada del mundo real (del dolor, del poder) se deslizaba por entre sus prpados, se detena un instante y se alejaba al vuelo. Boswell no quera saber nada de eso. No quera volver a recuperar la conciencia. Presenta ligeramente lo que encontrara al despertar, lo que le esperaba all fuera, taconeando sin cesar. Charlie levant la vista y mir hacia las ramas. El rbol tena dos extraordinarias clases de fruta. Una era un ser humano: el cirujano que fu maba el cigarrillo. Haba muerto con el cuello alojado en el ngulo que formaban dos ramas. Le faltaban las manos. Sus brazos acababan en dos heridas redondeadas de las que todava manaban pesados cogulos de color brillante que caan al cesped. Por encima de su cabeza, el rbol se encontraba abarrotado de otros frutos, todava menos naturales. Las manos estaban en todas partes: cientos de ellas charlaban como un parlamento manual mientras debatan las tcticas. Las haba de todas las formas y colores; suban y bajaban por las ramas bamboleantes. Al verlas as reunidas, las metforas se volvan mutiles. Eran lo que eran: manos humanas. Y en eso resida el horror.

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Charlie quiso huir, pero su mano derecha no quera saber nada. Aqullas eran sus discpulas; se haban reunido all en tanta abundancia para esperar sus parbolas y sus profecas. Charlie miro al mdico muerto y luego a las manos asesinas y pens en Ellen, su Ellen, que haba muerto sin culpa alguna y que ya estara fra en la tumba. Pagaran por el crimen, todas ellas. Siempre y cuando al resto de su cuerpo le respondiera, las hara pagar. Haba sido una cobarda intentar negociar con aquel cncer que colgaba de su mueca, ahora lo comprenda. Ella y las de su calaa eran una peste. No tenan derecho a vivir. El ejrcito lo haba avistado, y la nueva de su presencia se desparram por las filas como un fuego incontrolado. Se agolparon en el tronco para bajar; algunas se tiraban como manzanas maduras de las ramas ms bajas, ansiosas por abrazarse al Mesas. No tardaran en abalanzarse sobre l, y entonces habra perdido toda ventaja. Era ahora o nunca. Se alej del rbol antes de que su mano derecha lograra asir una rama, y levant la vista hacia el Ala Cbaney Memorial, buscando inspiracin. La torre se elevaba por encima del jardn; las ventanas cegadas por el cielo, las puertas cerradas. All no habra solaz. A sus espaldas, oy el susurro de la hierba cuando incontables cantidades de dedos la pisotearon. Las tena ya pegadas a los talones; entusiasmadas, seguan a su lder. Charlie se dio cuenta de que lo seguiran adondequiera que se dirigiese. Tal vez esa ciega adoracin por la mano que le quedaba era una debilidad que podra explotar. Explor el edificio por segunda vez y su desesperada mirada descubri la escalera de incendios; suba por el costado del edificio zigzagueando en direccin al tejado. A la carrera, se lanz hacia ella, sorprendido de la velocidad de que era capaz. No haba tiempo para volverse a mirar si lo seguan; deba confiar en la devocin de las manos. Despus de unos cuantos pasos, su enfurecida mano se le abalanz sobre el cuello, amenazando con arrancarle la garganta, pero l continu la carrera, indiferente a los zarpazos. Lleg al pie de la escalera de incendios y, agilizado por la adrenalina, subi los peldaos metlicos de dos en dos, de tres en tres. No mantena bien el equilibrio sin una mano para aferra rse de la barandilla de seguridad, pero qu importaba si se lastimaba? No era ms que su cuerpo. En el tercer descansillo se arriesg a echar un vistazo hacia abajo, a travs del enrejado de los escalones. Al pie de la escalera de incendios, una cosecha de flores de carne

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alfombraba el suelo y se extenda en direccin a l. Suban a centenares, hambrientas, llenas de uas y odio. Djalas que vengan pens-, deja que las malditas me sigan. Yo empec esto y yo lo acabar. Una infinidad de rostros se haban asomado a las ventanas del Ala Chaney Memorial. De los pisos inferiores le llegaban voces incrdulas y aterradas. Ya era demasiado tarde para contarles la historia de su vida: tendran que reconstruir los retazos por s mismas. ¡Y vaya rompecabezas sera! Tal vez, en su esfuerzo por comprender lo ocurrido esa maana, encontraran una solucin creble, la explicacin del levantamiento que l no haba logrado hallar; pero lo dudaba. Estaba ya en el cuarto piso y se dispona a subir al quinto. La mano derecha se le hunda en el cuello. Tal vez sangrara, aunque tal vez fuera la lluvia, lluvia clida que le chorreaba por el pecho y le bajaba por las piernas. Dos pisos ms y llegara al tejado. Debajo de l, en la estructura metlica, se produjo un zumbido: el ruido de la mirada de dedos que suban hacia l. El tejado se encontraba a una docena de peldaos, y se arriesg a echar una segunda mirada hacia abajo, ms all de su cuerpo (no era lluvia lo que lo baaba). Vio la escalera de incendios completamente cubierta de manos, como pulgones apiados en el tallo de una flor. No, era otra metfora. Las metforas tenan que acabar. El viento azotaba las alturas; hacia fro, pero Charlie no tena tiempo de apreciarlo. Rebas el parapeto de sesenta centmetros y salt al tejado cubierto de grava. En los charcos yacan los cuerpos muertos de unas pa lomas; las grietas serpenteaban a travs del cemento; un cubo con la inscripcin Vendajes sucios estaba cado de lado y su contenido haba adquirido una tonalidad verdosa. Atraves aquella locura al tiempo que la primera del ejrcito indicaba al resto que subieran por el parapeto. El dolor de la garganta se abri paso hacia su cerebro desbocado cuando sus dedos traicioneros se le enterraron en la trquea. Le quedaban pocas fuerzas despus de la carrera ascendente por la escalera de incendios, y con dificultad cruz al lado opuesto, que supondra una cada vertical hacia el cemento. Tropez una vez, y otra. Ya no le quedaban fuerzas en las piernas, y en lugar de pensam ientos coherentes la cabeza se le llen de

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tonteras. Un koan, acertijo budista que haba visto en una ocasin en la cubierta de un libro, le punzaba la memoria. Cul es el sonido...? comenzaba, pero no lograba completar la pregunta, por ms esfuerzos que hiciera. Cul es el sonido...? Olvida los acertijos, se orden a si mism o, conminando a sus piernas a que dieran un paso mas, y luego otro. Estuvo a punto de caer contra el parapeto, en el lado opuesto del tejado, y se qued mirando hacia abajo. Era una cada vertical. Abajo haba un aparcamiento de coches, frente al edificio. Estaba vaco. Se asom un poco ms y de su cuello lacerado cayeron gotas de sangre que, rpidamente, se fueron haciendo ms y ms pequeas hasta humedecer el suelo. All voy, le dijo a la gravedad y a Ellen, y pens qu bonito sera morir y no tener que preocuparse nunca ms de si le sangraban las encas al cepillarse los dientes o si se le haba ensanchado la cintura, o si alguna belleza pasaba junto a l, en la calle, y le asaltaba el deseo de besarle los labios sin poder hacerlo jams. De pronto, el ejrcito se abalanz sobre l, trepndole por las piernas, presa de una fiebre victoriosa. -Podis venir -les dijo, al tiempo que oscurecan su cuerpo de la cabeza a los pies, necias en su entusiasmo-, podis venir adonde yo vaya. Cul es el sonido...? Tena la frase en la punta de la lengua. Ya, ya la recordaba. Cul es el sonido de una mano que aplaude? Qu satisfaccin recordar algo rescatado del subconsciente con tanto esfuerzo... Era como encontrar una pequea alhaja que se tena por perdida para siempre. La emocin que le produjo el recordarlo endulz sus ltimos instan tes. Se lanz al espacio vaco, cay y cay hasta que la higiene dental y la belleza de las jvenes mujeres concluyeron de repente. Las manos fueron tras l como una lluvia, destrozndose sobre el cemento, alrededor de su cuerpo, en oleadas; se lanzaron a su propia muerte en busca del Mesas.

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Para los pacientes y enfermeras apiados en las ventanas fue una escena de un mundo fantstico; comparado con aquello, una lluvia de sapos habra sido un hecho cotidiano. Les inspir ms admiracin reve rencial que terror: er a fabuloso. Termin demasiado pronto, y al cabo de un minuto unas cuantas manos valientes se aventuraron a deambular entre los desechos para ver lo ms posible. Haba bastante y, a pesar de ello, nada. Obviamente era un raro espectculo: horrible, inolvidable. Pero en l no poda descubrirse significado alguno, simplemente la parafernalia de un apocalipsis menor. No restaba ms que limpiarlo todo; las propias manos se mostraron dciles a regaadientes, mientras los cadveres eran catalogados y metidos en cajas para un futuro examen. Algunas de las personas que participaron en la operacin encontraron un momento a solas para rezar pidiendo explicaciones o al menos el poder dormir sin soar. Entre el personal, hasta los agnsticos de conocimientos fragmentarios se sorprendieron al descubrir cun fcil resultaba juntar las manos. En su cuarto privado, en Cuidados Intensivos, Boswell volvi en s. Tendi la mano hasta alcanzar el timbre que haba junto a su cama y lo puls, pero nadie acudi a su llamada. En el cuarto haba alguien que se ocultaba en el rincn detrs del biombo. Haba odo como el intruso arrastraba los pies. Volvi a pulsar el timbre, pero en el edificio sonaban muchos otros timbres y, al parecer, nadie se molestaba en contestarlos. Apoyndose en la mesita de noche que haba junto a la cama, se acerco al borde de la misma para ver mejor al bromista. -Sal de ah -murmur con los labios secos. Pero el desgraciado se tomaba su tiempo. Sal..., se que ests ah. Tir un poco ms y de repente not que se haba alterado radicalmente su centro de equilibrio, que no tena piernas y que estaba a punto de caerse de la cama. Con los brazos se cubri la cabeza para que no golpeara el suelo, y lo logr. Sin embargo, se qued sin aliento. Mareado, permaneci tirado donde haba cado, intentando orientarse. Que haba ocurrido? Dnde estaban sus piernas, en nombre de Jah? Sus ojos enrojecidos exploraron la habitacin y se posaron sobre unos pies desnudos que se encontraban a un metro escaso de su nariz. Del tobillo les colgaba una etiqueta en la

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que se indicaba que iban destinados al incinerador. Levant la vista y supo que eran sus piernas; estaban all de pie, amputadas entre la ingle y la rodilla, pero seguan vivas y pateaban. Por un momento crey que pretendan hacerle dao, pero no. Despus de haberle revelado su presencia, lo dejaron all tendido, contentas de estar libres. Acaso sus ojos no envidiaron su libertad, y su lengua no se sinti ansiosa por abandonar la boca y salir? Acaso cada parte de l, en su forma sutil, no se preparaba para abandonarlo? Era una alianza que se mantena unida gracias a la ms tenue de las treguas. Y ahora que ya se haba sentado un precedente, cunto tardara en producirse el siguiente levantamiento? Minutos? Aos? Con el corazn en la boca, Boswell esper la cada del Imperio. Clive barker Naci en 1952 en la ciudad inglesa de Liverpool, cuna de los Beatles, fue a las mismas escuelas que John Lennon, y su rostro de querubn tiene un extrao parecido con el de Paul McCartney. Termin sus estudios de filosofa en la universidad de Liverpool, y fue pintor y dramaturgo antes de empezar a escribir ficcin. Ahora se ha convertido en guionista de las pelculas inspiradas en algunas de sus obras. Este cuento fue tomado de la antologa Sangre. Al INDICE

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4. CUENTO MADE IN CUBA: Nivel de Prioridad 1. Por Hayde Sardia. Este cuento fue mencin en el concurso Arena 2007, que fue otorgado durante la realizacin del IV encuentro terico del gnero fantstico, ANSIBLE 2007, los das 25 y 26 de mayo del presente ao. Los editores. Mensaje recibido en el ordenador 1707 a las 19:00 horas 220307 DE: ELEMENTO 1344 – NIVEL DE PRIORIDAD 1 PARA: ELEMENTO 1707 – ADMINISTRADOR DE PRIORIDADES ASUNTO: CAMBIO NIVEL DE PRIORIDAD SOLICITUD CAMBIO NIVEL DE PRIORIDAD. ATENCION EN NIVEL 1 NO SATISFACTORIO. PLS RESPONDER. El elemento 1707 escuch el sonido notificando llegada de mensaje y mir a la pantalla del ordenador ubicado junto a la maquina Hack do nde realizaba su tercera serie de sentadillas inversas. Ley el mensaje sin dejar de contar las repeticiones, 98, 99, 100, y presion la techa de funcin 115 para un reporte de estado del nivel de atenciones correspondientes a la

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prioridad 1. Comenz la cuarta serie de sentadillas mientras escuchaba. El reporte le pareci correcto. Introdujo el nmero de identificacin del individuo 1344 para un informe de perfil y continu sus repeticiones. En la pantalla apareci el perfil de 1344. Sexo femenino, estatura 170 cm, peso 65 kg, color del cabello no relevante (era de las que cambiaban todos los das), y una imagen de cuerpo entero: constitucin atltica, msculos desarrollados, tono de piel propio de los externos. 1707 sinti una ligera punzada de envidia. Otra vez tena que tratar con uno de los elementos destinados al trabajo exterior y no al maldito tecleo burocrtico que significa ser el Administrador de Prioridades de una nave de tres K que navega en medio de la nada. Dej la mquina Hack y fue hacia los vestidores contemplando la masa de msculos que haba desarrollado esperando que alguien apreciara su valor y lo sacara del condenado trozo de hierro. Despus de 5 evaluaciones psicomtricas no recomendables casi haba abandonado la esperanza; no los aparatos del gimnasio. Los msculos crecan alimentados por los anablicos de efecto permanente que haba consumido en el pasado, sin nada que 1707 pudiera hacer para impedirlo. Era una mole pesada con la fuerza de un dinotractor, completamente subutilizado en la navecita insignificante. 1707 se puso el uniforme de rutina y camino hacia el Nivel 1, habitacin 1344. Poda haber enviado un mensaje de voz o una respuesta automtica, pero ltimamente le resultaba

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difcil llenar los das y un poco de conversacin no le haca mal a nadie. La habitacin de 1344 estaba a la izquierda de un pasillo blanco y excesivamente iluminado, similar a todos los pasillos de la nave. Puso la mano en la pantalla de identificacin y esper. La puerta se abri y el elemento 1344, cabello color naranja en ese momento, lo salud con el gesto habitual de los terrestres. En la mesa brillaba una botellita de sake Im perial, decorada con motivos de algn momento del primer milenio, y 2 pequeas copas de la dinasta XXII. 1707 se sent. 1344 sirvi dos copas y le invit a beber con un gesto. 1707 pens que la conversacin no pareca ser el fuerte del elemento. Tom la copa en silencio y bebi el sake de un solo trago. Los ojos de 1344 sonrieron y los de l se llenaron de lagrimas. No haba probado el sake antes, pero nunca pens que pudiera ser tan fuerte. Cul es el problema? senta la lengua ligeramente enredada. Quizs no debi haber bebido. La cama, respondi ella, y presiono la tecla de descanso para mostrrsela. Las luces bajaron a un nivel menos agresivo y la cama descendi lentamente. Qu sucede con ella?, pregunt 1707 acercndose y palpndola. Las habitaciones haban sido remodeladas antes del ltimo viaje y el material estaba garantizado por 15 aos. Era realmente bueno. Pas los dedos por los bordes y presion sin notar nada extrao. 1344 le observaba de lejos, acaricindose los labios con el pequeo vaso.

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Esta vaca, dijo ella y 1707 entendi cual era el problema. Haba que llenarla. Sonri. Ella volvi a llenar el vaso que l haba abandonado sobre la mesa. Te gust el sake?, pregunt. El tuteo fue sorpresivo. 1707 se sinti poco menos que desnudo. Es bastante fuerte – respondi acer cndose a la mesa – Casi nunca bebo. 1344 segua pasndose el vaso por los labios y pasando la lengua por el borde del vaso. Eres terrestre? volvi a tutearlo. l asinti dndole la espalda. El tuteo o el sake lo estaban excitando. Llevaba 5 aos en la nave, concentrado en su masa muscular, haciendo planes para mejorar su nivel de concentracin y soando con un trabajo afuera. No estaba preparado para la cercana. Dnde estuvieron la ultima vez? – logr articular la frase mientras se sentaba y escudaba su incipiente ereccin debajo de la mesa. No se atrevi a tutearla. En la Tierra. respondi ella – Todava es un planeta hermoso. Pero peligroso. La radioactividad penetr los trajes. Ahora estoy daada. 1707 la mir con detenimiento. No es posible, dijo. Es posible insisti ella Van a reciclarme en uno de los satlites artificiales. Reciclarte? repiti 1707 como un eco. Estoy pareciendo un tonto, pens, por eso nunca

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logro aprobar el maldito psicomtrico. Pero ya estaba dicho. No tengo deseos de morirme, dijo 1344. La muerte no existe, respondi l. Se lo haban repetido desde su infancia. En el segundo milenio hemos logrado abolir la muerte, las drogas, la perversin sexual, la violen cia, la guerra y el abuso, etc., etc. Las inteligencias personales sern transferidas al recipiente universal y formarn parte de la prxima generacin de clones, los elementos perfeccionados. 1707 no era un clon. Tampoco 1344. La nueva generacin de elementos perfeccionados portadores de la inteligencia universal comenzaban a partir del nmero de identificacin 23000 y habitaban los planetas en desarrollo, desarrollando todo tipo de teoras desarrolladas. Los pensamientos de 1707 otra vez comenzaron a enredarse y se alegr de no estar en una prueba psicomtrica. 1344 segua mirndolo con una insistencia que empezaba a ser incmoda. Por fin qu elemento quiere?, pregunt 1707 en un tono medianamente brusco. No quiero ir a la inteligencia universal, dijo ella, como respuest a. Quiero transmitirme antes de pasar al violeta. Dara cualquier cosa por poder transmitirme, pens 1707 sin mucho entusiasmo, por ejemplo un dedo, y se escuch rer. Un dedo sera suficiente, dijo 1344. Sentado en la silla 1707 se pregunt co mo rayos haba ledo su pensamiento. Somos resonantes respondi ella otra vez si n que se hubiera formulado la pregunta -lo

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sent desde que entr a la nave. La ltima frase entr en el cerebro de 1707. No a travs de sus odos sino directo al hipotlamo. Le provoc taquicardia, nuseas y sensacin de calor en todo el cuerpo. Te das cuenta? otra vez bombardeo de 1344 a su cerebro. Ahora sin nuseas. Solamente calor en todo el cuerpo. No quiero ir al recipiente universal. Quiero transmitirme al elemento 1707 1344 hablaba a su hipotlamo Eso est incluido en el Nivel de Prioridad 1? Que gano yo?, haba preguntado 1707 aunque saba la respuesta: una inteligencia penetrante, un trabajo en el exterior, un a psicosis de personalidad mltiple, una ambivalencia sexual. Qu le haca pensar que poda manejarlo? De todos modos acept. A esta altura cualquier cosa pareca mejor que seguir vegetando en el espacio. 1344 elabor un programa: 1. Terminar la botella de sake sentados en el piso. (Etapa de conocimiento y relajacin) 2. Quitarse la ropa y examinar los cuerpos a conciencia. (Evaluacin in situ de las capacidades fsicas) 3. Conectar reguladores de frecuencia en los lbulos frontales y adoptar la postura del loto. (Transmisin y recepcin) Luego1707 debe llevar el cuerpo vaco de 1344 hasta el gimnasio y simular un accidente. (No era raro. Los externos hacan siempre alguna locura cuando pasaban mucho tiempo en una nave cerrada. El sndrome del claustro). Cuando tenga el escenario listo, enviar una

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seal de alarma a los inspectores de marcha y esperar. Muy sencillo. *** 1344 contempl una vez ms el cuerpo desnudo en el espejo. Tena una ereccin. Frunci las cejas y la ereccin desapareci. Hubo un su til gesto de asombro. Tom una cpsula de memoria y se dirigi al gimnasio. Pas junto a la maquina Hack y sigui hasta la Scott. Era su aparato preferido. Hubo otro gesto de asombro. Coloc la cpsula en el ordenador y sintoniz la frecuencia para transmisin y borrado rpido. Seleccion las zonas que quera conservar. No eran muchas. Zona de recepcin y aceptacin del deseo (temporal occipital), zona de evaluacin de sensaciones agradables (regin rbito-frontal-derecha) y la zona desencadenante de la reaccin fsi ca genital (corteza cngulo-anterior). Presion start mientras comenzaba a realizar sus series, 10 de 100, quizs 20 de 100, 50 de 100, y dict a su bitcora personal: FECHA 110407, HORA 0800. ELEMENTO 1344 COMPROBANDO CONFIGURACI"N FSICA PREVIA DE ELEMENTO 1707. EVALUAR REPORTE INSTRUMENTAL ADJUNTO. Luego pens que es decepcionante la facilidad con que puede manipularse la inteligencia humana.

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Hayde Sardia de la Paz Villa Clara, 1966. Graduada de Ingeniera en Control Automtico -1989. Premio de Cuento Lus Rogelio Nogueras 1996, con el cuaderno Historias de Amor y Fastidio, que ser presentado en la Feria Internacional del Libro de 2008. Actualmente escribe guiones para el programa La Maga Magusima de Radio Metropolitana. Al INDICE

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5. CUENTO CORTO CLSICO: VUELO DE REPRESALIA Por Frederic Brown. Llegaron de las negruras del espacio, de una distancia incalculable. Convergieron sobre Venus... y lo aniquilaron. Los dos millones y medio de seres humanos que habitaban en aquel planeta murieron en cuestin de minutos, y toda la flora y la fauna de Venus muri con ellos. La potencia de sus armas era tal, que incluso la atmsfera del desdichado planeta ardi y se disip. Venus haba sido cogido por sorpresa. El ataque result tan repentino e inesperado, y sus resultados tan devastadores, que ni un solo disparo se efectu contra ellos. A continuacin se dirigieron hacia el planeta ms prximo partiendo del Sol: La Tierra. Pero aquello fue distinto. La Tierra estaba preparada. No porque se preparara durante los escasos minutos que transcurrieron a partir de la llegada de los invasores al sistema solar, sino porque la Tierra se encontraba en guerra -en pleno ao 2820con su colonia marciana, la cual haba crecido hasta alcanzar la mitad de la poblacin de la propia Tierra y estaba luchando por su independencia. En el momento en que se produca el ataque a Venus, las flotas de la Tierra y Marte estaban maniobrando en orden de combate cerca de la Luna. Pero la batalla termin con ms rapidez que cualquier otra batalla de la historia. Una flota conjunta de naves terrestres y marcianas, sbitamente en paz unas con otras, sali al encuentro de los invasores y se enfrent con ellos entre la Tierra y Venus. Nuestros efectivos eran muy superiores, y las naves invasoras fueron barridas del espacio, aniquiladas. Al cabo de veinticuatro horas se haba firmado en la capital terrestre de Alburquerque un tratado de paz basado en el reconocimiento de la independencia de Marte y una perpetua alianza entre los dos mundos -ahora los dos nicos planetas habitables del sistema solarcontra la invasin extranjera. Y empezaban a elaborarse planes para un vuelo de represalia, para localizar la base de los extranjeros y destruirla antes de que pudieran enviar otra flota contra nosotros. Los instrumentos que funcionaban en la Tierra y en las naves patrulla que orbitaban a su alrededor haban detectado la llegada de los extranjeros -aunque no a tiempo de salvar a Venus-, y los datos facilitados por aquellos instrumentos indicaban la direccin

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de la cual procedan los extranjeros y demostraban, sin sealar especficamente la distancia, que haban llegado de un lugar remotsimo. Un lugar que hubiera resultado demasiado remoto para nuestros medios de transporte, de no haber podido disponer del motor a propulsin C-plus, que acababa de ser inventado y que permita a una nave alcanzar velocidades varia veces superiores a la velocida d de la luz. No hab a sido utilizado porque la guerra entre la Tierra y Marte absorba todos los recursos de los dos planetas, y el motor de propulsin C-plus no ofreca ninguna ventaja dentro del sistema solar, puesto que sus distancias no exigan velocidades superiores a la de la luz. Ahora, en cambio, el motor de propulsin C-plus tena un objetivo concreto. La Tierra y Marte combinaron sus esfuerzos y sus posibilidades tcnicas para construir una fl ota equipada con aquellos motores que sera enviada contra el planeta habitado por los extranjeros a fin de destruirlo. La construccin de la flota requiri diez aos, y se calcul que el viaje durara otros diez. El vuelo de represalia -pocas naves, pero con una potencia destructora increblese inici en el ao 2830. La flota sali del espaciopuerto de Marte. Nunca ms se supo de ella. Transcurri casi un siglo antes de que se conociera la suerte que haba corrido, gracias a los razonamientos deductivos de Jon Spencer 4, el famoso historiador y matemtico. "Ahora sabemos -escribi Spencerque un objeto que se mueve a una velocidad superior a la de la luz viaja hacia atrs en el tiempo. Por lo tanto, la flota vengadora debi llegar a su punto de destino, de acuerdo con nuestro tiempo, antes de su partida". "Hasta ahora no henos conocido las dimensiones del universo en el cual vivimos. Pero, basndonos en la experiencia de la flota vengadora, podemos deducirlas. En una direccin, al menos, el universo tiene Cc millas de dimetro... o de longitud: las dos dimensiones tienen el mismo significado, en este caso. En diez aos, viajando hace adelante en el espacio y hacia atrs en el tiempo, la flota hubiera recorrido aquella distancia exacta: 186, 334, 186, 334. La flota, viajando en lnea recta, dio la vuelta al universo regresando a su punto de partida diez aos antes de salir. Destruy el primer planeta que encontr, y luego, mientras se diriga al ms prximo, su almirante debi comprender sbitamente la verdad y debi reconocer, tambin, a la flota que sala a su encuentro-, y dio la orden de alto el fuego en el preciso instante en que la flota conjunta de la Tierra y Marte iniciaba su ataque".

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"Resulta sorprendente -y aparentemente paradjicocomprobar que la flota vengadora estaba al mando del almirante Barlo, el cual haba sido tambin almirante de la flota terrestre durante el conflicto entre la Tierra y Ma rte, en la poca en que la flota conjunta de los dos planetas destruy a las naves supuestamente invasoras, y que muchos de los tripulantes de la flota conjunta formaban pa rte tambin de la tripulacin de la flota vengadora". "Resulta interesantsimo especular acerca de lo que hubiera ocurrido si el almirante Barlo, al final de su viaje, hubiera reconocido a Venus con el Tiempo suficiente para evitar su destruccin. Pero tal especulacin es intil ; posiblemente no poda no haberlo reconocido, porque lo haba destruido ya: de no ser as no hubiera estado all como almirante de la flota enviada para vengar aquella destruccin. El pasado no puede modificarse." Frederic brown Naci en Cincinnati (Ohio) el 29 de octubre de 1906. Se gradu en el Hanover College de Indiana y desempe durante su juventud los ms variados trabajos desde recadero hasta encargado del tiovivo en un parque de atracciones. Ya casado y con dos hijos obtuvo un empleo estable como corrector del Milwaukee Journal y comenz a escribir cuentos de misterio y ciencia ficcin que venda a las revistas a razn de uno o dos centavos la palabra. Su primera novela, La trampa fabulosa, publicada en 1947, le vali el codiciado premio Edgar Allan Poe otorgado por la Asociacin de Escritores de Misterio de Amrica. Este hecho determin que se hiciese escritor profesional, publicando sin descanso novelas y colecciones de cuentos. Tras residir largo tiempo en California, se traslad a Tucson (Arizona) en busca de un clima ms apropiado para sus deficiencias respiratorias. All muri en 1972. AL INDICE

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6. LAS COSAS QUE VENDRN (… o que pasan) Pelculas del espacio Ciencia y Ficcin para este verano Pelculas de verano 2007 espacio ciencia y ficcin (martes) Puede haber cambios de fecha o de ttulos Fecha Titulo pas 10 de julio Estados en Guerra 1549 (Comando Samurai: mision 1549) Japn 17 de julio Ultravioleta USA 24 de julio Idiocracia USA 31 de julio Ciudad Natural Corea del Sur 7 de agosto La fuente USA 14 de agosto Langosta la 8va plaga USA 21 de agosto Dej Vu USA 28 de agosto Tropas del espacio Star ship Troopers USA FUENTE: Bruno Henrquez, conductor de Ciencia y Ficcin Presentacin de la lista opcional del Proyecto DIALFA-Hermes: ¨CorreoDebate de DIALFA Hermes¨. El Proyecto Cultural para la DIvulgacin del Arte y la Literatura Fantstica, DIALFA HERMES, invita a todos los amigos y amantes de la fantasa a participar en su segunda lista de distribucin llamada ¨CorreoDebate de DIALFA Hermes¨. A continuacin les presentamos la lista ¨CorreoDebate de DIALFA Hermes¨. Todos los interesados en la suscripcin nos deben escribir a: dialfa.hermes@gmail.com Qu es el ¨CorreoDebate de DIALFA Hermes¨ : Es una lista opcional del Proyecto DIALFA-HERMES que tiene como objetivo abrir un espacio para el debate y la reflexin sobre el arte fantstico en todas las manifestaciones. El ¨CorreoDebate de DIALFA Hermes¨ es para debatir, discutir, criticar, opinar, dialogar y reflexionar sobre literatura, cine, artes plsticas, animados, comic, etc, que abarquen el gnero fantstico. Con el Correodebate DIALFA se pretende alcanzar los siguientes objetivos

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generales del Proyecto: Promocin y divulgacin de la Cultura y el Arte Fantstico en la sociedad cubana. Promocin de la lectura y el estudio para elevar el nivel cultural. Abrir espacios para el dilogo intercultural; espacios para el desarrollo de la crtica y la autocrtica individual; espacios para la integracin y la relacin socio-cultural. Cmo funciona el ¨CorreoDebate de DIALFA Hermes¨: La lista del Correodebate DIALFA es una lista de Grupo que se hospeda en los servidores de Googlegroups, a la cual se suscriben los correos electrnicos de los usuarios interesados. Luego, el usuario inscrito en la lista de Grupo puede mandar un correo electrnico a la direccin de la lista y este es ledo por todos los dems usuarios inscritos. Se establece as un debate o charla entre todos los miembros de la lista pues, al escribir un correo a la lista, lo reciben todos los dems miembros inscritos en ella, los cuales a su vez, pueden responder. Ventajas y Desventajas del ¨CorreoDebate de DIALFA Hermes¨: Ventajas: El Correodebate DIALFA es una forma muy dinmica, atractiva y social, de comunicacin con un grupo de personas a travs del correo electrnico. Los participantes pueden sugerir e introducir todos los temas a discutir que quieran y les sea de su agrado (relacionado con el arte fantstico). El Correodebate DIALFA tiene especial ventaja para los miembros que viven muy lejos entre si porque pueden relacionarse y hacer amigos de gustos a fines, desde su computadora. Desventajas: Para debatir en la lista de ¨CorreoDebate de DIALFA Hermes¨ hace falta correo con salida internacional, pues los mensajes son enviados a una direccin electrnica ubicada fuera de Cuba, o sea la direccin de la lista del grupo en Googlegroups. Cmo suscribirse en ¨CorreoDebate de DIALFA Hermes¨: Si estas interesado en suscribirte a la lista de Correodebate DIALFA debes enviar un correo a la direccin del Proyecto ( dialfa.hermes@gmail.com ), solicitando la suscripcin en el asunto del correo. Nos debes hacer llegar tambin los siguientes datos: Nombre completo. Seudnimo a usar (si quieres) Frecuencia de recibir los mensajes (escoger una opcin, A B). ACada vez que alguien manda un mensaje recibirlo (se te puede llenar el correo si no lo revisas a menudo). B-Recibir todos los mensajes en un solo correo al final del da (no te llegarn adjuntos que te sean enviados desde la lista del debate, pero lo podrs descargar por el google). Inmediatamente despus que recibamos su correo, lo inscribiremos en la lista de Correodebate DIALFA y le enviaremos un correo con las INSTRUCIONES para debatir en la lista, la direccin de la lista, y las

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normas de conducta dentro de la lista. Atentamente, Directiva de Dialfa-Hermes dialfa.hermes@gmail.com Exposicin Plstica de la Pintora Duchy Man Valder

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CONCURSOS 1-. SEGUNDO CERTAMEN RELATO CORTO “VALLECAS CUENTA” Podr participar cualquier persona menor de treinta y cinco aos. Las obras debern ser originales e inditas y debern estar escritas en castellano. La extensin de las obras deber ser de un mnimo de 10 y un mximo de 25 pginas, en formato de 21x29,7 cm, impresas a una sola cara con interlineado doble y cuerpo de letra del nmero 12. Las obras se debern presentar por triplicado en formato papel, en un sobre en el que figure (anverso de cada sobre) el seudnimo del autor y el ttulo de la obra. A su vez, se adjuntar con las obras una plica cerrada en cuyo anverso figure el seudnimo del autor y el ttulo de la obra, en su interior se incluirn los datos del participante (nombre y apellidos, domicilio, correo electrnico y telfonos de contacto) y una fotocopia del DNI, NIE o del pasaporte, as como una fotografa de carn y una breves lneas biogrficas. El Jurado estar compuesto por el Concejal Presidente del Distrito o persona en quien delegue, en calidad de presidente y los siguie ntes vocales: un miembro de cada uno de los grupos polticos con representacin en la Junta Municipal, dos escritores de reconocido prestigio en el mundo de las letras y un asesor tcnico. Actuar como secretario, la Jefa de la Unidad de Actividades Culturales, Formativas y Deportivas o funcionario en quien delegue. Los mismos evaluarn las obras preseleccionadas previamente por una comisin lectora. La entrega de las obras se podr realizar en mano o por correo postal en la Consejera Tcnica de la Junta de Distrito de Villa de Vallecas, P Federico Garca Lorca, 12; 28031 Madrid; Tel.: 915887880/81. En ningn caso se mantendr correspondencia con los participantes. No se aceptarn ejemplares por correo electrnico. Premios: Premio “Vallecas Cuenta”, con una dotacin econmica de 2.500 € y la edicin de la obra. Accesit 1: con una dotacin econmica de 800 € y la edicin de la obra. Accesit 2 : con una dotacin econmica de 500 € y la edicin de la obra. Se contempla que el jurado pueda destacar un nmero de obras finalistas que, por su calidad, sean reconocidas con la edicin de los relatos premiados. El jurado, en virtud de las obras y el espacio disponible, determinar el nmero de relatos finalistas. Asimismo, el jurado podr realizar las menciones especiales que considere oportunas sin estar dotadas de premio alguno. En la concesin de los premios se tendr en cuenta la legislacin vigente en materia de IRPF a los efectos de aplicar los descuentos correspondientes. El premio del jurado no podr quedar desierto. El plazo de admisin de las obras ser hasta el 31 de Julio de 2007. Dicho plazo de admisin, comenzar a contar a partir del da siguiente al de la publicacin de las presentes base en el boletn Oficial del Ayuntamiento de Madrid.

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El fallo del jurado, que ser inapelable, tendr lugar en septiembre de 2007, dndose a conocer a los medios de comunicacin y, directamente, a los premiados. El acto de entrega del Prem io Vallecas Cuenta se producir en el ltimo trimestre de 2007. Los premiados debern asistir al acto de entrega en la fecha que le indique la organizacin. Todos los derechos de las obras premiadas pasarn a poder del Ayuntamiento de Madrid, incluyendo entre otros los de reproduccin, transmisin, distribucin, transformacin y, en general, todas las modalidades de explotacin y medios de difusin conocidos en la fecha de otorgamiento del premio. Por la primera edicin del relato, los autores no devengarn, por ningn concepto, otra cantidad distinta del premio percibido (tanto los premiados en las categoras principales, como los finalistas). La organizacin podr suscribir con terceros los acuerdos oportunos para posibilitar la ptima explotacin de las obras premiadas en las diversas modalidades que estime oportunas. Las obras no premiadas sern destruidas por la Oficina del Distrito tras el fallo del jurado, no contemplndose la devolucin de las obras. No se contempla editar la obra ni hacer pblico el fallo del jurado bajo el seudnimo propuesto por el autor, salvo que exista y se demuestre precedente de que el autor ya ha publicado y es conocido por dicho seudnimo. Cada autor se obliga a suscribir cuantos documentos sean necesarios para que los derechos de la obra cedidos a la organizacin queden inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual y el cualquier otro registro pblico nacional o internacional. El jurado ser el responsable de la interpretacin de las pres entes bases, as como de la resolucin de cualquier incidencia no prevista en las mismas. Asimismo el Distrito de Villa de Vallecas, organizador del Ce rtamen, se reserva el derecho de hacer modificaciones o tomar iniciativas no reguladas en las presentes bases, siempre que contribuyan al mayor xito de la convocatoria. La participacin en el certamen imp lica la total aceptacin de las Bases. 2-. CONCURSO LATINOAMERICANO DE CIENCIA FICCI"N La Red de Popularizacin de la Ciencia y la Tecnologa, RED POP – UNESCO y la Fundacin CIENTEC invitan a la primera convocatoria del Concurso Latinoamericano de Ciencia Ficcin. Novela corta 2007. Primera edicin, dedicada al Dr. Franklin Chang-Daz con el objetivo de promover la creacin literaria en alianza con el desarrollo del pensamiento tcnico cientfico. Podrn participar todos aquellos autores, de nacionalidad latinoamericana, que vivan en la regin o en el extranjero, entre los 18 y 28 aos, siempre y cuando su obra sea indita,

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en lengua castellana, dentro del gnero de la ciencia ficcin, y que no exceda las noventa pginas. La RED POP conformar un jurado con representantes de la cultura cientfica y la literatura de diferentes naciones, quienes tendrn en especial consideracin: el buen uso del idioma y la exposicin y desarrollo de la ciencia ficcin. El plazo de la recepcin ser del 9 de mayo 2007 hasta el 30 de noviembre 2007. El fallo del jurado se anunciar en mayo 2008 y otorgar dos premios. Primer lugar: Mil dlares (US$1.000,00) y la publicacin de la obra. Segundo lugar: Publicacin de la obra. DERECHOS Aquellas obras que resulten seleccionadas y premiadas sern publicadas por el CIENTEC. Para este efecto los participantes ceden los derechos de autor al CIENTEC a efectos de que proceda a la publicacin, edicin, distribucin, promocin y explotacin del documento, sea en formato fsico (libro) o electrnico. El CIENTEC, en todos los acosos quedar autorizado a defender los derechos de propiedad intelectual sobre la obra y a realizar las modificaciones y correccin pertinentes a fin de dar calidad a la obra, siempre que cuente con el aval del autor, a quien en todo momento se le reconocern sus derechos morales sobre la obra. Los participantes en el Concurso, autorizan a los organizadores del mismo a que en el caso que su obra no resulte seleccionada se proceda a su destruccin. Es claro a los organizadores del concurso y a los participantes que cualquier conflicto que se presente respecto de los derechos de autor en torno al presente concurso se resolvern mediante la aplicacin de la Ley de Derechos de Autor y Derechos conexos. As mismo que cualquier conflicto en torno a las reglas del Concurso, el mismo ser resuelto por el Comit Organizador del Concurso, de

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conformidad con la legislacin costarricense, todo lo que es aceptado por los concursantes, con el simple hecho de su participacin en este concurso. ENVIO Las obras sern recibidas mediante el uso de medios electrnicos para lo cual se pone a disposicin de los concursantes dos direcciones electrnicas; la obra debe ser enviada en formato Adobe Acrobat Reader (Pdf) firmado con un seudnimo al correo cienciaficcion@cientec.or.cr Paralelamente, deber llenar el formulario http://www.cientec.or.cr/cienciaficcion/formulariocienciaficcion.doc y enviarlo a seudonimo@cientec.or.cr En este formulario se darn los datos del autor y se declara bajo fe de juramento que la obra es original e indita y producto del intelecto de su autor. DEDICACION La primera edicin est dedicada al Dr. Franklin Chang-Daz en honor a su visin y al impulso que este ingeniero y astronauta latinoamericano est dando a la conquista espacial, a travs del desarrollo del motor de plasma, as como su constante apoyo y motivacin a jvenes de la regin, para que sigan vocaciones en ciencias e ingeniera. ANTECEDENTES El gnero de Ciencia Ficcin representa tradicionalmente, dentro de la metfora literaria y cultural, un grado evolutivo social superior del grupo poblacional representado. No es de extraar que las principales obras y figuras como Asimov y Herber, representen las respuestas de las sociedades estadounidenses e inglesas ante las grandes interrogantes mundiales. La extrapolacin de la ciencia ficcin sobre posibles mundos, hasta el da de hoy es principalmente fomentada por los pases desarrollados tecnolgicamente. La creacin del presente concurso viene a llenar un vaco en esta rea del conocimiento y a motivar la vocacin de avanzada en el campo

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que unifica a la creacin artstica con la investigacin cientfica. El estmulo a la creacin de novelas cortas en este gnero viene a fomentar en los jvenes ciudadanos el valor por el progreso y el desarrollo tcnico cientfico y su divulgacin en cara a grandes retos, tales como el cambio climtico, la supervivencia de las especies del planeta y las adaptaciones e innovaciones sociales necesarias para la continuidad. Pensado como un concurso a largo plazo, las obras premiadas pasaran a formar parte de un fondo intelectual invalorable para el futuro de las sociedades pertenecientes a la lengua castellana. Dorelia Barahona Escritora Costarricense OBJETIVOS Promover y divulgar el gnero de la ciencia ficcin en la literatura en lengua castellana entre los adultos jvenes. Encauzar la informacin y la utilizacin que hacen los adultos jvenes de los adelantos tcnicos y cientficos al rea de la creacin literaria. Fortalecer la innovacin y la invencin en el campo del conocimiento cientfico-tecnolgico. Generar una lnea de publicaciones bienales de ciencia ficcin en castellano con una amplia distribucin internacional a travs de la RED POP y sus miembros, en versin impresa, y a travs de la internet, en formato digital. COMIT ORGANIZADOR Est compuesto por representantes de las organizaciones convocantes. JURADO: El jurado, distribuido en Amrica Latina, estar

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formado por reconocidos especialistas en el campo de la ciencia ficcin y la literatura, nombrados por el comit organizador y resolvern en concordancia con este reglamento. El premio podr ser declarado desierto. Su decisin final ser inapelable. CRITERIOS GENERALES DE LA EVALUACI"N Originalidad, en concordancia con el gnero de la ciencia ficcin. Innovacin en la manera de presentar cualquiera de las reas de la literatura de ficcin. Buen uso del idioma. RESUMEN Concurso latinoamericano de ciencia ficcin Dirigido a: jvenes adultos de 18 a 28 aos Idioma: castellano Periodicidad: cada 2 aos. Gnero: novela breve Extensin mnima: 40 folios, espacio y medio, Arial 11. Extensin mxima: 90 folios en papel tamao carta (21,6cm x 27,9cm) Mrgenes: 2,5 cm en los cuatro bordes (superior, inferior, izquierda y derecha)

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7. COMO CONTACTARNOS? S tienes algn comentario, sugerencia o colaboracin escrbenos a: darthmota@centro-onelio.cult.cu jartower@centro-onelio.cult.cu espiral@centro-onelio.cult.cu aceptamos cualquier colaboracin seria y desinteresada. Traten de ponerla en el cuerpo del mensaje. Advertencia: Los mensajes de direcciones desconocidas que contengan adjuntos sern borrados. Para suscribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la palabra "BOLETIN" en el asunto. Para desincribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase "NO BOLETIN" en el asunto. Para obtener nmeros atrasados envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase en el asunto "Numeros anteriores" y el nmero del correo atrasado que deseas entre parntesis a continuacin. Si los quieres todos escribir a continuacin “todos”. Ejemplos : Con el asunto “Numeros anteriores (2)(5)(20)” obtendras los nmeros 2, 5 y 20 del Disparo en Red. Con el asunto “Numeros anteriores todos” obtendras todos los nmeros del Disparo en Red existentes. Al INDICE