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Disparo en Red

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Material Information

Title:
Disparo en Red
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Disparo En Red
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - D42-00044-n43-2008-03
usfldc handle - d42.44
System ID:
SFS0024301:00042


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HOY: 10 de MARZO del 2008

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DISPARO EN RED: Boletn electrnico de cienciaficcin y fantasa. De frecuencia mensual y totalmente gratis. disparoenred@centro-onelio.cult.cu -------------------------------------------------------Para descargar d isparos anteriores: http://www.esquina13.co.nr http://www.cubaunderground.com -------------------------------------------------------El sitio web del Fantstico Cubano http://www.cubaliteraria. cu/guaican/index.html

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Editores: Darthmota. Jartower. Colaboradores: Taller de Creacin ESPIRAL de ciencia ficcin y fantasa. espiral@centro-onelio.cult.cu espiralgrupo@yahoo.es Anabel Enrquez Istvn Bent Juan Pablo Noroa Coghan Vctor Hugo Prez Leonardo Gala Eliete Lorenzo Ral Aguiar Anabel Enrquez Istvn Bent Portada: Motoso Kusanagi Universo: Ghost in the Shell. 0. CONTENIDOS: 1. La frase de hoy : Frank Herbert. 2. Artculo : De Asios, Orishas y Ainur: Politesmo en los universos fantsticos, Anabel Enriquez. 3. Cuento clsico : Rock on, Pat Cadigan. 4. Cuento made in Cuba: Pequeo pen escarlata, Juan Pablo Noroa. 5. Cmo contactarnos?

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1. LA FRASE DE HOY : Existe un lmite a la fuerza que ni siquiera los ms poderosos pueden aplicar sin destruirse a s mismos. Juzgar este lmite es el autntico arte de gobernar. Usar mal este poder es un pecado fatal. La ley no puede ser un instrumento de venganza, nunca un rehn, no una fortificacin contra los mrtires que ha creado. Uno no puede amenazar a una individualidad y escapar de las consecuencias. —Muad'dib en la Ley, Comentarios de Stilgar. Frank Herbert. El mesas de Dune. Al INDICE

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ARTICULO: De Asios, Orishas y Ainur: Politesmo en los universos fantsticos. Por Anabel Enrquez Pieiro Politesmo y medioevo: binomio fantstico. La fantasa heroica se sustenta no solo en las tradiciones literarias ms antiguas, la epopeya, los poemas picos y cantares de gestas, la novela de caballera, y el movimiento romntico, si no tambin en conocidas pautas extraliterarias: los modelos sociohistricos de la antigedad y el medioevo europeo principalmente, las expresiones de la cultura de los pueblos del viejo continente y las religiones y mitologas precristianas. En tanto que la fantasa heroica recrea un universo fabular al margen de la continuidad histrica, y tambin al margen de las leyes del mundo real, pues la lgica solo debe responder a la propia interna del relato y del mundo concebido dentro de l, presta un especial inters al proceso de construccin del universo. El modelo feudal es el ms recurrente co mo trasfondo sociocultural del relato. Esa Edad Media que define el periodo de 1000 aos de historia europea entre el 500 y 1500 d. C. iniciado con la cada del Impe rio Romano Occidental, y terminada con el Renacimiento, aportara al gnero las escenas de combate cuerpo a cuerpo, a pie, con lanza, hacha y espada; ms tarde las rdenes de caballera, las justas y los torneos, las mazmorras y los fosos, la divi sin territorial en feudos y el sistema de intercambio; pero poco han bebido los autores de fantasa de la estructura y concepcin religiosas dominantes de la Edad Media, caracterizadas por un marcado monotesmo (judasmo, cristianismo e islamismo) y los frreos instrumentos de supervisin de la fe como es el caso de la Inquisicin. Los trasfondos socioculturales de la mayora de los universos de la fantasa heroica son medievales si, pero casi nunca monotestas. As pasa con las obras de Robert Howard, de Lord Dunsany, de Marion Zimmer Bradley, de Terry Godking, de Domingo Santos en Hacedor De Universos, de Olaf Stapledon en Hacedor De

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Estrellas, y, como no mencionarlo, de J.RR Tolkien, a quien tomaremos ms adelante como centro de nuestro anlisis. Pareciera que el monotesmo no es lo suficientemente pico o suficientemente fantstico. O simplemente lo suficientemente funcional para la literatura de fantasa. De ah a que la creaciones de mitologa, cosmogona y panteones, evoquen los tiempos pretritos de la edad antigua y pongan junto a un rgimen feudal descentralizado una religin igualmente diversificada y politesta, contra toda concepcin feurbacheana. El politesmo, quien lo duda, es ms noble con el drama, permite explotar situaciones trgicas como los conflictos con un dios, la negacin de sus favores o el abierto enfrentamiento, algo que en el monotesmo no resultara tan verosmil. A fin de cuentas la fantasa pica crece sobre races mticas; y los mitos, divinos o heroicos, cuentan los avatares de dioses (en plural) y hombres. Pero ms all de una convencin consciente por parte de los creadores pudiremos estar asistiendo aqu a una revelacin en la literatura moderna de esas estructuras psquicas histricas subyacentes, pertenecientes a la propia especie, o imgenes colectivas a las que Carl Jung nombrara Arquetipos (tipos arcaicos) o Imgenes primordiales. Los mitos arquetpicos. Los autores hacen referencia a que toman prototipos, elementos y atributos de las mitologas grecolatinas, nrdica, hind y celta, como modelos ms recurrentes; no obstante las cosmogonas de estos univ ersos literarios frecuentemente estn emparentadas con homlogos del mundo real que trascienden estos modelos conscientes. Tomemos, por ejemplo, la idea del dios primigenio, creador de dioses y de todo lo que existe, al que solo le anteceda el vaco y la oscuridad. (Recordemos las primeras palabras de El Silmarilion contenidas en el Ainulindal: “En el principio estaba Eru, el nico, que en Arda es llamado Ilvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vstagos de su pensamiento, y estuvieron con l antes que se hiciera alguna otra cosa”. ) No es privativa de las religiones indoeuropeas, sino un arquetipo repetido en casi todas las mitolog as antiguas. As ocurre en el shintoismo

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japons, en la mitologa maya tal como cuenta el Chilam Balam donde “…del abismo naci la tierra, cuando no haba cielos ni tierra. El que es la Divinidad y el Poder, labr la gran Piedra de la Gracia, ( Tun Gracia ) all donde antiguamente no haba cielo.”, o como lo cuenta el Popol Vuh “Este es el relato de cmo todo estaba en suspenso, todo estaba en calma y en sile ncio; todo estaba inmvil, todo tranquilo, y vaca la inmensidad de los cielos. Estaba tambin solo El Creador, El Formador, El Domador, El Serpiente cubierta de Plumas”; para los incas “…En el comienzo, el Seor Con Ticci Viracocha, prncipe y creador de todas las cosas, emergi del vaco y cre la Tierra y los Cielos”, para los tehuelches de la Patagonia “…Hace muchsimo tiempo no haba tierra, ni mar, ni sol… Solamente exista la densa y hmeda oscuridad de las tinieblas. Y en medio de ella viva, eterno Koch.”; y para los yorubas de Nger “Olofi, el dios infinitamente lejano e incomprensible, creo de la nada al universo e hizo a Obatal, Padre y Madre de los Orishas”. Por este camino de la Mitologa Comparada, y tras percibir tales coincidencias, el siguiente impulso ser la tentacin de esta blecer los paralelismos coincidentes entre deidades adoradas por los diferentes pueblos de la antigedad. Hay estudios que intentan homologuizar a dioses olmpicos y nrdicos, a egipcios e hindes, incluso a los grecolatinos, orishas y sus respectivos santos catlicos sincretizados. Como escritor de fantasa uno puede pensar que teniendo estos patrones puede fcilmente crear una mitologa apcrifa para su mundo, que sustentada en esos arquetipos universales contar con mayor verosimilitud. Se poda pensar incluso que es posible establecer un paralelo entre los panteones griegos, nrdicos, yoruba, celta, azteca, shintoista, egipcio, hind, etc. (las posibil idades de fuentes de religiones politestas son casi tantas como pueblos habitan y habitaron la Tierra) y el desarrollado por J.RR Tolkien con sus 8 valares, 7 valier y Eru, el Viracocha, el Odn, el Olorun, el Izanagui, de los Eldar. Pero pronto nos tropezamos con la limitacin del esquema, y la coincidencia ser forzada, incompleta y estril porque los arquetipos se sustentan sobre preceptos ms all de las representaciones de las deidades concretas. Y de este modo, la preponderancia de un arquetipo sobre otro respondern a:

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1La importancia que para cada pueblo haya tenido determinada actividad productiva situacin geogrfica y/o climtica. (P.e: cuntos dioses del mar tendan los escandinavos? Aegir, Njord, Hraesvelgar…cada uno para asumir una cualidad o porcin de esa inmensidad acutica tan presente en su cotidianeidad) 2La jerarqua conferida en regiones concretas a la deidad que determina a su vez la cantidad de “funciones divinas” asignadas. (P.e: Palas Ateneas, para nosotros diosa de la sabidura y las guerras justas era, como diosa tutelas de Atenas, una deidad protectora de prcticamente todas las actividades de la vida social y econmica de la capital helnica ) 3La permuta de las funciones segn van ca mbiando las jerarqua de las funciones asignadas. (P.e. Durante la poca de infl uencia, el dios Quezalcoatl, la serpiente emplumada se transform en Kukulcn, dios del viento) Y hemos de tener esto muy presente al construir la cosmogona y la religin de nuestros universos fantsticos. Si queremos que sean verosmiles y trascendentes. Tal como lo logr Tolkien. La obra de J.R.R. Tolkien, mito o alegora? Como hemos sealado, al referirnos a las diferentes culturas, parece ser una constante que, estando el germen del monotesmo en los mismos inicios de las cosmogonas universales, fuese necesario la creacin de nuevos dioses por la accin del Dios. Pero como esta no es una conferencia sobre teologa o teora de la religin, aunque lo parezca, trasformemos la interrogante en algo ms concreto y literario. Por qu la literatura reproduce estos modelo s? Y ms concretamente, para entrar en el tema ineludible de este encuentro Por qu J.R.R. Tolkien, catlico tradicional y monotesta por conviccin, escoge una cosmogona politesta para su universo literario? Ya habamos esbozado superficialmente que la pica y el drama, quizs por sus orgenes griegos, adquieren ms colorido y riqueza cuando es posible desafiar fuerza sobrenaturales o divinas e implicarlas en las historias (Para no ir allende a los mares, recordemos las hist orias de “El Pastor” y “Hermanas”, ambas

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del libro “Sol Negro. Crnicas de Sotreun” de Michel Encinosa). Pero en el caso de Tolkien, su intencin en la construccin de la cosmogona para Tierra Media va ms all de un trabajo previo de wordlbuilding La obra de Tolkien no ofrece un trazado simple de un panten de dioses, como hara Marion Zimmer Bradley para Darkover o R obert Howard para Conan de Cimeria, o un conjunto de leyendas que apoyaran y complementaran la estructura compleja de la trama como acostumbra a hacer Ursula K. Leguin. Todo un libro dedicado a trazar la cosmogona de un mundo, solo comparable quizs con la creada por H.P. Lovercraft y sus mitos de Cthulu, habla de una intencin ms profunda e incluso extraliteraria. Tolkien, afirm en numerosas entrevistas, que l nunca cre nada, que las leyendas y relatos, simplemente, aparecieron, como si hubieran estado all por siempre en espera de que alguien las descubriese. En la carta enviada a Milton Walkman, Tolkien reitera que “tuve siempre la sensacin de registrar lo que estuvo siempre all, en alguna parte, no de inventar.(…)” No solo la tradicin nrdica y cltica, como se insiste en afirmar, formaron los referentes mitolgicos de la cosmogona tolkeniana. Su pasin manifiesta por el mito y la leyenda heroica le permitieron asimilar, de ese inconsciente colectivo y primigenio, los arquetipos ms universales, sin que este fuera un proceso personalmente consciente. Eru Iluvatar representa al arquetipo del Dios originario, creador de dioses tan reiterado en las mitologas ya citadas. Pero los Ainur, por su parte, los divinos creados por Eru, reproducirn muchos otros smbolos arcaicos: el dominio de la tierra productiva, la activid ad agraria y los cambios climticos, personalizada en Yavanna (Kementari), que es tambin Dmeter, Frigg, Yum Kax, Orisha Oko y Tlaloc; pero distinta del dominio de los bosques y los animales salvajes que pertenece a Orom, como perteneci a Artemisa (que le da tambin un poco a Nessa), a Uller, y a Oshosi. Y as podramos encontrar los antecedentes de todos y cada uno de los valares y valiers, pero creo que los ejemplos son ms que suficientes, y solo me permitir la disgregacin de sealar que los nombres escogidos por Tolkien para sus divinidades estn mucho ms cerca fonticamente de

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los nombres grecolatino e incluso africanos (Ilvatar/Obatala; Aule/Inle; Orom/Oshosi) que de los nrdicos y fineses. Con frecuencia se presta especial atencin en Tolkien al aspecto lingstico de su obra, y se realza el mrito de haber experimentado con la creacin de idiomas de alta complejidad y coherencia, tomndose esto como el valor ms singular de sus libros. Y es cierto esto, pero tal como el mismo Tolkien explica en la carta a Walkman, su inters era “…dar (…) una ilusi n de historicidad a la nomenclatura, o as me lo parece, que faltaba de modo notorio en otras creaciones comparables…” Pero no era la pasin por la lingstica y la experimentacin en este campo lo que ms influy en su obra, sino su pasin por el mito y su amor a la Inglaterra que, como el describiera “no tena historias propias (vinculadas con su lengua y su suelo), no de la cualidad que yo buscaba y encontraba (como ingredientes) en leyendas de otras tierras. Las haba griegas, clticas, en lenguas romances, germnicas, escandinavas y finlandesas (que me impresionaron profundamente); pero nada ingls, salvo un empobrecido material barato. Por supuesto, se dispona y se dispone de todo el mundo arthuriano; pero, aunque poderoso, est imperfectamente naturalizado, asociado con el suelo de Bretaa, pero no con el ingls; y no reemplaza lo que siento ausente. Por empezar, lo ferico es en l demasiado prdigo y fantstico, incoherent e y repetitivo. Pero lo que es an ms importante: est implicado en la religin cristiana y explcitamente la contiene.” Tolkien se propuso entonces dotar a Inglaterra de una mitologa propia. Lo hace explcito en la carta a Walkman “(…)tena intencin de crear un cuerpo de leyendas ms o menos conectadas, desde las amplias cosmogonas hasta el nivel del cuento de hadas romntico –(…)que podra dedicar simplemente a Inglaterra, a mi patria. Deba poseer el tono y la cualidad que yo deseaba, algo fresco y claro, impregnado de nuestro aire y aunque poseyera (si fuera capaz de logr arla) la sutil belleza evasiva que algunos llaman cltica debera ser elevado, purgado de bastedad (…)” El Silmarilion es por tanto, no simplemente una joya literaria de la fantasa heroica, sino la piedra angular de la pretendida cosmogona, estilizada y prolongable, que

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Tolkien deseaba construir para una mitologa inglesa mayor. Su impacto en los diferentes crculos sociales, en su poca y en el presente, hacen pensar que su intencin ha trascendido. Tolkien buscaba generar una historia lo suficientemente atractiva e incompleta para que atrapara nuevas mentes creadoras. Y cito nuevamente la carta a Walkman: “(…)Trazara en plenitud algunos de los grandes cuentos, y muchos los dejara esbozados en el plan general. Los ciclos se vincularan en una totalidad majestuosa, y dejara mrgenes para que otras mentes y manos hicieran uso de la pintura, la msica y el teatro.(…)” Creo que este Concilio afirma por si mismo el xito de su pretenciones. Para comprender mejor como Tolkien articul su obra nos remitiremos a las tradicionales subdivisiones de los mitos expu estas por H. J. Rose de acuerdo con el siguiente modelo: Primer Nivel: El Mito propiamente dicho (Mythos) comprende la cosmogona, teogona y los fenmenos naturales. Todo s los mitos llamados etiolgicos (que establecen las causas y orgenes de las cosas) pertenecen a esta categora. Aqu ubicaramos el Ainulindale y el Valaquenta, los dos primeros captulos de El Silmarilion. Segundo Nivel: La Leyenda (Sage), que incluye las historias de hroes, ocupndose a menudo con aquellos hechos que tienen la apariencia de acontecimientos histricos. Aqu nos encontramos con el Quenta Silmarilion, para decirlo en las palabras de Tolkien “ “La narracin, transfigurada de un modo an semimtico: (…)” “Beren, el mortal proscrito, el que tiene buen xito (con ayuda de Lthien, una mera doncella, si bien perteneciente a la nobleza lfica) all donde los ejrcitos y los guerreros haban fracasado: penetra en la fortaleza del Enemigo y arranca uno de los Silmarilli de la Corona de Hierro. De este modo obtiene la mano de Lthien y se lleva a cabo el primer matrimonio entre mortales e inmortales (…)”

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Un aspecto curioso es como Tolkien concibi a fin de dar una mayor verosimilitud a esta construccin mitolgica el hecho de no dejar fuera ni siquiera una representacin del mito recurrente en mltiples culturas de la Tierra acerca de la raza de hombres blancos, barbados, de conocimiento superiores que visitaron a los pueblos en sus estadios ms primitivos y luego se marcharon por el mar para no regresar. As lo plasmar en Los Anillos del Poder y la Cada de Nmenor “En aquellos das (los numenoreanos) llegaban al encuentro de los Hombres Salvajes casi como benefactores divinos, cargados de obras de arte y conocimientos, que se marchaban luego otra vez y dejaban tras de s muchas leyendas de reyes y dioses salidos del crepsculo.” Tercer Nivel: El Cuento popular (Mrchen) que se ocupa de historias de personas notables que pueden ser de familia, poca y comarca desconocidas. El trmino es tambin utilizado para los cuentos de hadas —con o sin hadas. Y este es el nivel que Tolkien reserva para EL Seor de los Anillos y el Hobbit, de los que mucho hemos hablado aqu. Es esta pues, una perspectiva que intenta comprender la obra tolkeniana y ms que nada su impacto a travs de los aos y las causas de se generen a su alrededor tantas manifestaciones extraliterari as en las cuales se han involucrados diferentes generaciones, de culturas, idiomas y pases diferentes. La fantasa heroica como inventora de cosmogonas y mitologas apcrifas que se incorporen al cuerpo ya existente de las autnticas parece una aseveracin demasiado “fantstica”. Pero as y todo, se podra meditar con calma al respecto y tomar otros ejemplo de impacto similar (la obra de Lovecraft, por ejemplo) para comprender por qu resultan tan atractivas sus cosmogonas, su politesmo y sus intentos de reproducir el mito en los arquetipos universales. Quien sabe, tal ves toda la mitologa autntica llegada hasta hoy no es otra cosa que la obra de arcanos, que no divinos, poetas annimos. Y quien sabe, si 500 aos en el futuro, alguien asista a un encuentro, no ya de literatura fantstica, sino de teologa o de teora de la religin, para analizar los elementos arquetpicos comunes entre la religin yoruba, la nrdica y esa hermosa y coherente mitologa inglesa, que con tan bellas leyendas sobre valares, elfos y

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numenoreanos enriquecen el acervo histrico cultural de los pueblos de la Tierra y tipifican el inconsciente co lectivo de la humanidad. Anabel Enriquez Pieiro Licenciada en Psicologa, cursa el Master en Ciencia de la Comunicacin Trabaja como especialista de Marketing y Publicidad. Miembro de la Asociacin Hermanos Saz. Miembro fundador del Taller de Creacin Literaria Espiral de Ciencia Ficcin y Fantasa, hoy Grupo de Creacin ESPIRAL del gnero Fantstico. Ha cursado el Taller de Narrativa Fantstica Qusar Dragn y el Curso de Tcnicas Narrativas del Centro Onelio Jorge Cardoso (2004-2005). Es ganadorade los premios Calendario de Ciencia Ficcin 2005 y Juventud Tcnica 2005. AL INDICE

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3. CUENTO CLASICO : ROCK ON Por Pat Cadigan Algunas veces, cuando no te vas a la cama, la gente puede saber durante todo el da si tienes un corazn roto. Dej eso de lado, para buscar una cafetera no demasiado concurrida y evitando mirar a cualquiera que me mirara. Pero apareci el impulso de parar a un peatn al azar y decirle: —S, s, es verdad, pero fue el rock and roll el que rompi mi corazn, no una persona, as que no llores por m o te parto la cara. Di un rodeo, sub y baj, fui por todos lados, hasta que me encontr en Tremont Street. Fue el batera de aquel grupo de Detroit Crter; be olvidado su nombre pero la herida segua sangrando, da igual, fue l quien me dijo que Tremont tena las mejores cafeteras del mundo, especialmente cuando sa las de una de esas curdas de las que no recuerdas nada. Cuando los oficinistas comenzaron a marcharse, encontr un sitio; un agujero griego en el muro. Cerramos a las diez y media, lrgate en cuanto acabes, servicio slo en la barra, tmalo o djalo. Me gustan los sitios con carcter. Tom asiento y ped un caf y una tortilla de queso feta. Lo acompaaban patatas fritas caseras de la montaa de patatas que haba junto a la plancha (no basura de microondas, ¡hurra!). Impresionaron mis retinas antes incluso de que me trajeran el caf, y mientras me serva la leche, comprobaron mi crdito. Era una impertinencia? Lo era. Me importaba? No. Nada sofisticado, nada de mquinas cuando un humano poda hacer la tarea, y adems, comida autntica, no ese polister comestible que lo mismo te entra que te sale, gracias a lo cual, cario, puedes acabar pareciendo una vctima de la desnutricin. Llegaron cuando casi haba terminado la tor tilla. Por su aspecto y por el tono de su voz haban estado de pie durante toda la noche, pero no comprob en sus caras si tenan roto el corazn. Me pusieron nerviosa pero pens: bueno, estn cansados, quin se va a fijar en esta vieja dama? Nadie. De nuevo, me equivocaba. Me hice visible para ellos en cuanto abrieron los ojos. Un chico de unos diecisiete aos, con las mejillas tatuadas y una lengua bfida, proyectndola hacia delante, sise como una serpiente. —¡Pecadooooora!1 1 La autora har un juego de palabras entre sinner (pecadora) y synthelizer (sintetizador), que crear el trmino synner (que, adems, es el ttulo de una de las novelas de la autora). De ah el uso, en el texto, de sintetizadora. sintecadora-y-pecadora.

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Los otros cuatro se reanimaron al instante. —Dnde? Quin? Aqu? —¡Una pecadooora del rock and roll! La dama me identific. No se pareca a nadie en absoluto: ni siquiera hab a sufrido una ligera taquicardia si es que realmente te na corazn. Con un pecador, seguramente ira de Gran Dama. —Gina —dijo con toda seguridad. A mi ojo izquierdo le entr un tic. ¡Por favor! El queso feta cav en mis pantalones. Qu demonios, pens, asentir con la cabeza, y ellos tambin lo harn, terminar de comer y saldr corriendo. Y entonces, alguien susurr la palabra recompensa. Solt el tenedor y sal corriendo. Cre que funcionara. Iran a cazarme antes de comerse mi desayuno griego? No, no lo liaran. Enviaron a la dama tras de m. Era mucho ms joven que yo y me agarr en medio de un paso de cebra, justo cuando cambiaba el semforo. Un coche se nos ech encima, y fren justo con su parachoques rozando su duro pelo cobrizo. —Vuelve y termnate tu tortilla. O te invitaremos a otra. —No. Me agarr y me sac de la calle. —Vamos —la gente estaba mirando, pero Tremont est lleno de teatros. Se ven este tipo de cosas por aqu; teatro al aire libre; to dava se representa. Puso una esposa en mi mueca y me llev con ella de vuelta a la cafetera, donde los otros haban vendido rebajado el resto de mi tortilla a un vagabundo La dama y su grupo me hicieron un hueco entre ellos y me trajeron otra taza de caf. —Cmo puedes comer o beber con una lengua bfida? —pregunt a Mejillas Tatuadas, y l me lo mostr. Tena un pequeo dispositivo debajo de la lengua, como una cremallera. Pesopluma, a la izquierda del chicarrn y al otro lado de la da ma, se inclin sobre m y me dijo enojado: —Danos una razn por la que no deberamos llevarte para cobrar la recompensa del Hombre—de—Guerra. Sacud la cabeza. —Estoy en ello. Esta pecadora ha sido perdonada. (N. de los T.)

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—Legalmente an ests bajo contrato —dijo la dama—. Pero podramos apaar algo. Deshazte de Hombre—de—Guerra o demndalo t misma por no cumplir el contrato. Somos Malnacida Oley —se seal a s misma— Pidge —el tipo silencioso que haba a su lado—, Percy —el chicarrn—, Krait Seo r Lengua, Gus Pesopluma. Nosotros te cuidaremos. Sacud de nuevo la cabeza. —Si vais a devolverme, hacedlo va y cobrad. El beneficio debera bastaros para comprar al mejor pecador que haya existido. —Podemos serte tiles. —Ya no me queda nada ms. Ha desaparecido. Todos mis pecados de rock and roll han sido perdonados. —Falso —dijo el chicarrn. Automticamente me volv, le mir para pararlo en seco—. Hombre—de—Guerra te habra despedido si hubiera desaparecido del todo. Entonces no tendras por qu correr. —No quise decrselo. Dejadme en paz. Slo busco seguir y no pecar ms, entendis? Decididlo vosotros. No voy a ayudaros —me agarr al taburete con ambas manos. De este modo, qu podan hacer?, arrancarlo y sacarme fuera? Y de hecho, as lo hicieron. Al principio, pens, y el efecto de su eco fue estupendo. En el principio... principio... principio... En el principio, el pecador no era humano. Lo s porque soy lo suficientemente vieja como para acordarme. Estaban todos all, poco ms que fantasmas. Malnacida. De dnde sacarn esos hombres? Soy lo suficientemente vieja como para acordarme. Oingo—Boingo y Bow— Wow—Wow. Tengo cuarenta, lo he mencionado antes? Oooh, slo unos pocos ms, y entonces estar un poco ms cerca de ser una barbaridad. Los viejos rockeros nunca mueren, slo siguen tocando rock. Nunca vi a los Who. Moon estaba muerto mucho antes de que yo naciera. Pero recuerdo, cuando apenas era lo suficientemente mayor como para estar mecindome2 en los brazos de mi madre, mientras miles de individuos gritaban y aplaudan bailando en sus asientos. Start me up... if you start me up, Ill never stop... 763 Cuerdas se rindi a la msica para ascensores y para las salas de espera de los dentistas. Y eso no fue lo peor. 2 To rock tambin significa mecer. To rock the craddle: mecer la cuna. La autora juega con esos significados. (N. de los T.)

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Se agarraron a mis recuerdos, extrayendo ms de m, dndome la vuelta. Tienes experiencia?... Pues s. (Pues s. ) Cinco contra una, no pude quitrmelos de encima. En justicia, puedes llamarlo violacin cuando sabes que te va a gustar? Bueno, como no pude quitrmelos de encima, entonces tuve que darles el momento de su vida. Jerkin' Crocus no me mat pero casi... El chicarrn fue el primero en caer, era grnele y salvaje pero result demasiado jodido para l. Lo saqu, lo mantuve apretado, mostrndole el ritmo de la noche en la lluvia. Se lo di, se lo met hasta el corazn e hice que lo viviera. Luego vino la dama, desplegando el tema para el bajo. Ella se pu so frentica, pero casi siempre en el sitio adecuado. Entonces vino el Krait, deslizndose sinuosamente con el sonido, entrando y saliendo. No importaban sus me jillas tatuadas, no, s lo eran un anzuelo para los tontos. Saba, no lo hubieras imaginado, pero saba. Pesopluma, un tipo silencioso, llevaba la meloda y primera armona. Muy malo. Pesopluma era un desastre, pero no saba qu hacer o a dnde ir cuando se meti en este asunto, estaba huyendo hacia adelante con la meloda, como si fuera el S. S. Suicidio3. ¡Dios! Si me iban a violar, no pod an haberme conseguido a alguien ms adecuado? Los otros cuatro continuaron, negndose a perdrselo, y tuve que hacerlo lo mejor posible para todos nosotros. Algo vulgar, no demasiado original, pues Pesopluma no estaba haciendo rock. Era un crimen, pero todo lo que poda hacer era agarrarlos y sacudirlos. Dioses del rock en manos de una pecadora furiosa. Nunca estuvieron mejor. Un pequeo cambio que les daba un atisbo de lo que sera tener un montn de pasta. Si no hubiera sido por Pesopluma, lo hubieran logrado. Ahora hay ms grupos que nunca, y todos ellos estn seguros de que si tuvieran el pecador adecuado a su lado, derribaran la luna con su rock. Quizs la hicimos vibrar un poco antes del final. ¡Pobre Pesopluma! Les di ms de lo que se merecan, y ellos tambin se dieron cuenta. Por eso, cuando les supliqu, me mostraron respeto y finalmente me dejaron ir. Sus tcnicos fueron amables conmigo, sacando las conexiones de mi pobre cabeza, latiendo por el exceso, con el corazn roto, y cubrieron los implantes. Tena que dormir y me lo permitieron. O a un hombre decir: 3 S. S. es la abreviatura para steam ship. barco de vapor. (N. de los T.)

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—Esto s es una grabacin; va directa. Hay que darse prisa para distribuirla. Dnde diablos encontrasteis a esta pecadora? —Sintetizadora —murmur ya en sueos—. La palabra autntica, chico, es sintetizadora. Viejos y locos sueos. Estaba de vuelta con Hombre-de-Guerra en la gran California, y lo abandonaba de nuevo, que bsicamente era lo que haba pasado, pero ya sabes cmo son los sueos. La mitad de su saln estaba al aire libre, la otra mitad cubierto y todas sus paredes, abombadas. Hombre—de—Guerra estaba casi sin ropa, como si se le hubiera olvidado acabar de vestirse. Oh, pero eso no pasaba nunca. Hombre—de—Guerra olvidando siquiera una lentejuela o un ador no? Le encantaba actuar, como al Krait. —Nunca ms —deca yo, y l contestaba: —Pero t no sabes hacer otra cosa. No la estars cagando? —Chicos, en la gran California nadie la caga, como mucho echan zumo. —Tu contrato dura otros dos aos y tengo la exclusiva, siempre tengo la exclusiva. Y te encanta, Gina, lo sabes, no te sientes bien sin esto. Y luego hubo una vuelta hacia atrs en el tiempo, y estaba de nuevo en el tanque con todos mis implantes enchufados, haciendo rock, mientras Hombre—de—Guerra y sus mquinas lo grababan todo, sonido y visin, para que todos los nios-tv del mundo pudieran tocarlo en sus pantallas siempre que qui sieran. Olvdate de la carretera y olvdate de los espectculos, demasiado folln, y, adems no tienen comparacin con las cintas, nunca son tan excitantes, incluso aunque tengan los mejores efectos especiales de lser, naves espaciales, explosiones; nada tan bueno. Y las cintas a su vez tampoco eran tan buenas como el material en la cabeza, visiones de rock and roll directamente de tu mente. Sin necesidad de horas y ms horas de montaje en el estudio. Pero tenas que hacer que todo el mundo en el grupo soara de la misma manera. Necesitabas una sntesis, y para eso, conseguas un sintetizador, no el antiguo, el instrumento musical, sino algo, alguien, para dirigir el grupo, para golpear en las pequeas almas alimentadas por el tubo de rayos catdicos, para mecerlos y hacerlos rodar4 de tal manera que ellos nunca podran hacerlo por s mismos. Y as cualquiera poda ser un hroe del rock and roll. ¡Cualquiera! Al final, no tenan que tocar instrumentos a no ser que se quisiera, y adems, para qu molestarse? Dejemos que el sintetizador gue su imaginacin y los suba al Monte Olimpo. Sintetizador. Sintecador. Pecador. No todo el mundo puede hacerlo, pecar por el rock and roll. Y yo puedo. Pero no es lo mismo que saltar toda la noche con el tpico grupo de bar que todava nadie conoce... Hombre—de—Guerra apareci de nuevo en su abombado saln y me dijo: 4 Rock and roll, que se puede traducir como mecer y rodar. (N. de los T.)

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—T me has reventado las paredes de mi casa con tu rock. Nunca te dejar ir. Y yo dije: —Me voy. Luego aparec fuera, corriendo al principio, porque l vendra tras de m a toda velocidad. Pero deb de perderlo, y entonces alguien me agarr del tobillo. Pesopluma trajo una bandeja, era una hermanita de la caridad. Se golpe en la rodilla contra una pata de la cama y me incor por despacio. Ella se levanta de su tumba, no puedes acabar con una buena pecadora. —Toma —dej la bandeja en mi regazo y acerc una silla. Medio un cuenco con una especie de sopa espesa, con galletitas inte grales para que las partiera y las pusiera dentro—. Pens que te gustara algo suave y sencillo —cruz su pie izquierdo sobre la pierna derecha y lo estuvo mirando durante un buen rato—. Nunca me haban roqueado, nunca de esa manera. —No te hace falta, no importa quin te roquee en este mundo, sea quien sea. Corta y djalo, convirtete en un representante. El dinero de verdad est en ser representante. Se mordi, el pulgar. —Siempre puedes saberlo? —Si los Stones volvieran maana, no seras capaz ni de llevar el ritmo con el pie. —Qu tal si ocuparas mi lugar? —No soy un payaso. No puedes pecar y hacer la coreografa al mismo tiempo. Ya se ha intentado. — T podras. Si es que hay alguien que puede hacerlo. —No. Su rubio flequillo le cay sobre la cara, y l lo retir de nuevo. —Tmate la sopa. Quieren que vuelvas enseguida. —No —me toqu el labio inferior, hinchado como una salchicha—. No pecar para Hombre—de—Guerra y no lo har para voso tros. Por favor, sacdeme un implante y provcame una afasia. As que se fue pero volvi con todo un ejr cito de tcnicos y es birros, que vertieron la sopa dentro de mi garganta y me dieron una dosis. Luego me llevaron al tanque para conseguir que ste fuera el ao de la explosiva revelacin de Malnacida.

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Supe, tan pronto como sali la primera ci nta, que Hombre-de-Guerra captara mi aroma. Estaban haciendo funcionar la maquinaria para mantenerme lejos de l. Y me cuidaron bien, en la habitacin donde su antiguo pecador haba cumplido su pena, me dijo la dama. Su pecador tambin vino a verme. Pens: veneno goteando de sus colmillos, amenaza de muerte. Pero era slo un tipo de mi edad con un montn de pelo para ocultar sus implantes (a m nunca me import, no me preocupaba que se vieran). Slo vino a presentarme sus respetos, que cmo aprend a hacer rock de la forma en que lo haca? ¡Idiota! Me cuidaron bien en aquella habitacin. Borracheras cuando quera y una dosis para volver a estar sobria, otra dosis de vitaminas, y otra ms para quitarme los malos sueos. Dosis, dosis, dosis, estaba completamente ciega todo el da. Tena marcas como los antiguos B&O y ni siquiera ellos saban qu que ra decir con eso. Se deshicieron de Pesopluma, consiguieron a alguien ms apropiado, alguien con quien pudiera salir y hacer ejercicio, una chica esbelta de diecisis aos con la cara de una mantis religiosa. Y ella rockeaba y yo rockeaba y todos rockebamos ha sta que Hombre-de-Guerra vino y me llev de vuelta a casa. Entr pavonendose en mi habitacin, con todo su plumaje, con su pelo cardado (para ocultar sus implantes), y dijo: —Quieres presentar cargos, Gina querida? Bien, entonces discutieron alrededor de mi cama. Cuando Malnacida dijo que ahora yo era suya, entonces, Hombre-de-Guerra sonri y dijo: —As es, pero resulta que yo te he comprado a ti. Ahora t tambin eres ma del todo. T y tu pecadora. Mi pecadora —era verdad. Hombre—de—Guerra lanz a su compaa a comprar Malnacida, justo despus de que saliera la primera cinta. El trato estaba cerrado para cuando terminamos la tercera, y ellos nunca lo supieron. Las compaas estaban comprando y vendiendo todo el tiempo. Todo el mundo estaba en apuros, excepto Hombre—de—Guerra. Y yo, segn dijo. Hizo que tocios se marcharan y se sent en mi cama para confirmarme mi relanzamiento—, Gina... —has visto alguna vez miel extendida sobre el filo de una cuchilla de diente de sierra? Alguna vez has odo hablar de algo as? l no poda cantar sin hacer dao a alguien, y tampoco poda bailar, pero poda rockear por dentro, slo si yo rockeaba para l. —No quiero ser una pecadora, ni para ti ni para nadie. —Todo te resultar diferente cuando vuelvas a Si Ei5. 5 Es la pronunciacin transcrita en ingls de CA. California. (N. de los T.)

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—Quiero ir a un bar de mala muerte y ag itar mis sesos hasta que se salgan por los implantes. —Nunca ms, querida. Por eso ests aqu, no es as? Todos los bares han desaparecido, y tambin los grupos. Los ltimos, hace aos. Todo estaqu arriba, aqu arriba —se dio unos golpecitos en las sienes—. Eres una anciana dama, no importa cunto me esfuerce en mantener joven tu cuerpo. Acaso no te doy de todo? No te he dicho que tengo de todo? —No es lo mismo. No se supona que me pondras en un tubo catdico para que la gente me mirara. —Pero, amor, esto no significa que el rock duro se haya muerto. —Pero t lo ests matando. —Yo no. T s intentas enterrarlo en vida. Pero te mantendr en activo durante mucho, mucho tiempo. —Pues me escapar otra vez. O bien haces rock and roll por tu cuenta o lo dejas, pero no lo sacar ms de m. Este no es mi estilo, no es mi poca. Como dijo aqul: Yo no vivo en el presente. Hombre—de—Guerra se ri. —Y como dijo aquel otro: El rock and roll nunca olvida. Entonces llam a sus esbirros y me llev a casa. Pat cadigan Nacida en 1953, en Schenectady, Nueva York, y creci en Fitchburg, Massachusetts. Estudi en la Universidad de Massachusetts y la Universidad de Kansas se gradu en 1975. Luego fue a trabajar como escritora de Hallmark Cards. Fue publicada por primera vez en 1981; el xito le anim a escribir a tiempo completo desde 1987. Emigr a Inglaterra en 1996.

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Su primera novela, Mindplayers, introduce lo que se convierte en el tema comn a todas sus obras. Desdibujar la lnea entre la realidad y la percepcin. Su segunda novela, Synners, ampla el mismo tema, y ambos tienen un futuro en el que el acceso directo a la mente es a travs de una tecnologa posible. se enmarca como parte del movimiento cyberpunk. Sus novelas y cuentos comparten un tema comn, el estudio de la relacin entre la mente humana y la tecnologa. Ha ganado varios premios, incluyendo el Premio Arthur C. Clarke en 1992 y 1995 por sus novelas. Al INDICE

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4. CUENTO MADE IN CUBA: Pequeo pen escarlata. Por Juan Pablo Noroa. Este cuento result mencin en la entrega de los premios Calendario 2007 entregados el pasado 17 de febrero en la XI Feria internacional del Libro a A.E. Ellington, por GILDA. …arrastrando a Hull por el suelo del recinto de Justicia, pero mi mente est un minuto atrs, cuando pasamos el umbral de la entrada, pues el pensamiento no se subordina al aqu y ahora ni al antes o despus, sino a una jerarqua emotiva, y el momento en que entr con Hull a rastras fue uno de los ms definitorios de mi vida, mucho ms que estos instantes homogneos. En mi cabeza, doy y vuelvo a dar el tirn que pone a Hull dentro, y con ese recuerdo cada imagen o memoria regresa conjurando otra que a su vez trae otra ms. Hasta que no haya terminado todo el ahora, el antes volver una y otra vez sin orden ni concierto… Hull se ha trabado con el quicio del umbral y el saliente marco de la puerta de entrada. No es casual. A lo largo de la escalera y el pasillo ha hecho lo imposible por estorbar. Intenta zafarse, mete las piernas en rincones, tuerce el tronco. Intilmente, pues le llevo treinta kilogramos de msculo y adems me impulsa una rabia inmensa; sin embargo consigue irritarme sobremanera. Al punto que saco mi Steyr Cinco-Siete con la izquierda y apunto a su muslo. —Un disparo a la cabeza te matar sin dolor —le advierto—. Dos o tres al vientre o a un miembro, de momento slo te debilita, y mi trabajo es ms fcil. Pero duele mucho.

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Hull se queda petrificado por unos segundos, mirndome con espanto. Cuando escucha el primer clic en falso del disparador se echa a llorar. Pero al menos se afloja, ya es una carga fcil y de un tirn lo meto en el pasillo de entrada al recinto. Entonces mi superior inmediato, el capitn Preczik, intenta convencerme de que en el caso Hull se impone un trato especfico por razones de bien general. Estamos los dos solos en su despacho. l se levanta tras su bur, lo rodea para venir hasta m y me pone un brazo paternal sobre los hombros, en esa forma afablemente dominante de los hombres muy grandes y de voz estentrea. —Hortah, debe entender —me dice—. Hull no es cualquier hijo de vecino… esa mente suya tiene mucho que dar, no s si me explico. Hay que castigarlo, pero no podemos tirar ese maravilloso cerebro a la morgue, por ms que sea lo correcto y legal. Yo aprieto los puos y me afirmo en el lugar, negado a caminar segn me empuja el brazo de Preczik tendido sobre mis hombros, en direccin a la ventana que nos ofrece una esplndida vista de Arcoiris. El centro de HiperViena parece hecho a la idea que Dios tendra de una ciudad y cualquiera creera que su grandiosidad no tiene espacio para miserias ni iniquidades. Sin embargo, en algn lugar de esta inmensa ciudad desplegada frente a nosotros est Hull, un tramposo y asesino, esperndome. Quizs solo en una habitacin oscura, quizs rodeado por el silencio incmodo de personas que no se acercan a expresarle simpata pero tampoco tienen el coraje moral de condenarlo hasta las ltimas consecuencias. No puede huir, porque tiene un neutralizador colgado al cuello, y agoniza en la duda. Lo llevar arrestado al Palacio de Justicia, a que otros determinen su castigo, o har uso de mi derecho oficial a matarlo como al asesino de un polica que es? En cualquier caso, Hull sigue vivo all fuera, en algn sitio de esta Viena que por su causa ya no puedo mirar como antes, y Mohacsy est muerto.

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—He hablado con mucha gente que apreciaba a Mohacsy —prosigue Preczik—, y todos son de la opinin de que no le gustara una ve nganza irracional, mucho menos si a la larga perjudica al pas. S, as es como ven las cosas la gente que lo quera. No sabra si es cierto o falso que otros opinan lo que aduce Preczik y jams pondra la mano en el fuego por adivinar lo que dira alguien tan complicado como Mohacsy. Por tanto me siento poco o nada convencido de cambiar mis planes. Adems, por encima de toda duda, dentro de m todo es acallado por una voz que pide sangre. —Entonces t eres el compaero de Pepy? Para hablarme Vilia ha abierto la puerta apenas un poco, asomando el rostro por la rendija como si no se decidiera a dejarme entrar. Veo sus rasgos claros como un dibujo que la luz del pasillo hace sobre la penumbra del interior de su apartamento. Me toma dos segundos reaccionar, y no s si es por el apelativo carioso bajo el cual apenas reconozco a Mohacsy u otra cosa que no consigo identificar. Asiento, y ella me hace pasar. Su sala parece pequea. Pero no, es grande. Lo que pasa es que est atiborrada de bastidores, rollos de lienzo, latas de productos qumicos, cuadros montados, a medias y terminados, cajas de tiles. Es un taller ms que una casa. Vilia se para en el centro del rea libre con las manos en las caderas. Su pelo largo y suelto difumina la nica iluminacin, que est tras ella, en tonos clidos de naranja. No veo sus ojos, slo distingo la silueta. —Ten cuidado con tu elevador —le digo en un tono neutro, adecuado para romper el hielo antes de que se forme—. Sube a trompicones. —El elevador? —pregunta ella con incredulidad, como si le hubiera dicho algo totalmente descabellado. —Que el elevador qu?

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—Sube... a trompicones, el elevador... es peligroso, sabes... —Las palabras tropiezan entre s y con mi lengua, mis labios, mis dientes, ms o menos como atropellan los pensamientos en la cabeza. —El voltaje central —explica ella—. Toda la maquinaria pesada del edificio est funcionando mal, ltimamente, por eso. Es esto importante? Niego frenticamente. Vilia me mira fijo durante unos segundos; parece esperar mi prxima metedura de pata. Como no llega, me escupe La Pregunta —:Dnde lo encontraron? —En un jardn de Schnbrunn —respondo presto—. Desnudo, limpio, sin marca alguna excepto las heridas. El asesino lo haba rociado de un lquido inflamable, de seguro para prenderle fuego, pero lo sorprendieron y se dio a la fuga. Su cabeza parece temblar mientras se lleva una mano al rostro, y escucho lo que parece un gemido. —Te sientes mal? —pregunto. Vilia ni me responde ni se mueve durante unos segundos. Despus, separa la mano de la cara y asiente. —S, me siento mal. Acabo de imaginarme a Mohacsy quemado. Yo avanzo hacia ella. —No, gracias —me detiene—. Ya pas. Por favor, sintate. Voy a hacer caf. —No te molestes… —y mientras se marcha en direccin a una puerta que parece la de la cocina, me percato de que no ha preguntado cmo me gusta. Cargado, tibio, con crema baja en dulce. S, lo recuerda. Despus de todo, slo han pasado… cuatro meses. Y cuando lo trae, descubro que no haba olvidado el sabor de su caf. Mi memoria de l es igual a la sensacin que se desliza clidamente sobre mi rida lengua. Con ese recuerdo, vuelven todos, invocados por los reflejos de luz en la superficie del lquido. Para

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ahuyentarlos, compongo una pregunta —:De cunto tiempo conoces a Mohacsy? Ella se demora, mirando a un lado como si intentara hallarle sentido a mi curiosidad. —Un mes despus de que t y yo... —responde sin fuerza en la voz—... un mes despus de que no te viera ms. —Cunto tiempo, entonces…? Vilia junta las manos y se las frota despacio. —Tres meses —responde sin ningn tono en particular—. No saba que ustedes se conocan. Un da todo sali en una conversacin. Mohacsy me pidi que mantuviramos el secreto. Le preocupaban tus sentimientos; dijo algo acerca de que le molestaba cualquier idea de competencia contigo. Nunca me dijo que trabajaban en la misma escuadra. Mohacsy, siempre la figura protectora, avinindose a una relacin reducida por el secreto. De todas maneras me enter, sin embargo. Nunca se lo dije. Nunca le dije lo grande que era. —Te gustan los policas, verdad? —inquiero. Ahora Vilia s me mira de frente. —S, claro —contesta—. Todos, incluso t, son buenos hombres. Algunos pueden ser un poco retorcidos, pero siempre son buenos hombres. Debe ser la psicoscopa. De repente el caf y la taza estn insoportablemente calientes. —T mismo decidiste ser quien viniera a darme el psame a nombre de ellos? Asiento. —Pues bien pudiera drtelo yo a ti. Parece que sientes su muerte tanto como yo. Vuelvo a asentir. —Ustedes tienen el derecho de vengarse. T en particular. Suspiro. —No lo llamamos venganza —explico—. Es el estatuto sindical cincuenta y

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cinco. Si una persona es declarada culpable de la muerte de un polica o algn funcionario de justicia, queda fuera de la ley. Cualquier empleado del ministerio puede entonces castigar al asesino de cualquier manera que estime, sin cargo alguno, siempre y cuando presente una psicoscopa vlida. Y s, el compaero de trabajo ms allegado a la vctima tiene prioridad durante la primera semana, y si ejerce su derecho, nadie ms puede tocar al tipo. Como no s que ms decir quedo en silencio. Vilia tambin. Al cabo de unos minutos, es ella quien habla. —Matars a quien sea que lo haya hecho, por supuesto. Yo lo confirmo con un gesto lento pero firme. —Si no, vivir para recordarte a Mohacsy —ins iste Vilia—, vivir para recordarte que lo traicionaste. Como si hiciera falta, pienso. Siempre recordar a Mohacsy, sonriente y calmo mientras camina hacia m apuntando su pistola reglamentaria. A una distancia de cinco metros, casi nada para su magnfica destreza con armas cortas, se detiene. —No tienes oportunidad —dice—. Mucho menos matando a un polica. Te condenaras a muerte, a la muerte que nos diera la gana. Entrgate y maana a esta hora estaremos conversando. Vamos, que no es nada tan terrible caer por narcotrfico. Ni que fuera un delito ambiental. No habla conmigo. Detrs de m est uno de los ltimos narcos importantes en Hiperviena, Veschio, quien sostiene una pistola contra mi cabeza. Su mano tiembla y la de Mohacsy no. Sigo la lnea que va del agujero del can frente a m, y veo cmo termina dos centmetros a la derecha de mi crneo, probablemente en el entrecejo de Veschio. De verdad no tengo miedo; si algo siento es rabia por haber sido tan torpe de dejarme atrapar. Finalmente Veschio se rinde y me entrega su arma. Para terminar de desmoralizarlo le doy

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dos bofetadas amables con la mano libre, tr as lo cual le pongo el neutralizador. Mohacsy est aparte, estudiando su pistola sin inters real. Ahora su expresin es muy diferente. Est nervioso y preocupado. —Eso estuvo cerca —me comenta—. Te descuidaste. —No pas nada. Veschio no es tonto. Mi amigo hace un gesto de impaciencia y me mira con bronca—. No seas tonto t, Hortah. No te das cuenta? Cuando los tienen casi acorralados, los tipos malos pueden volverse locos y empezar a matar policas, y por supuesto empezarn por los imbciles que tienen que rastrearlos y atraparlos. —Confo en ti, socio —respondo—. Mira, sabes que esto es un equipo. Yo hago las tonteras y t me sacas las castaas del fuego. Alguna vez hemos fallado? Quines son los mejores Judiciales de VaViena Norte? Mohacsy sonre. Est alegre por los chistes de Rukin, que sa be utilizar las ancdotas de la semana como materia de broma y siempre es hilarantemente ingenioso. Como cada vez que nos reunimos a tomar cerveza en la taberna, entre trago y trago Rukin cuenta una versin totalmente distorsionada de algo reciente ocurrido a alguien conocido, de la manera ms irrespetuosa y menos seria posible. Si se cometiera el error de corresponder con una historia protagonizada por l, en dos minutos la vuelve contra uno. No se lo puede desconcertar, ni meter en una situacin a la que no le improvise una salida. A Schwarzthal tambin le parece muy gracioso y se retuerce a carcajadas. Rara vez re, y habla poco. S que prefiere llenar kilomtricos informes y memoranda, estudiar leyes o practicar en el gimnasio. Pero cuando se toma dos o tres jarras se suelta mucho y bien. Compensa su grantico comportamiento, siempre estable, predecible, slido, firme. La

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gente dice que Schwarzthal naci de un huevo de bho; a sus amigos no nos importa que sea introvertido y raro. Preferimos confiar en l. Yo no ro, pues es a mi costa, y de hecho me siento un poco picado. No obstante, como todos somos amigos y el da de maana es libre, termino por rer yo tambin. Despus de todo, yo haba realmente resbalado sobre una pizza abandonada en el suelo. Sin embargo, algo llega a molestarme que me tomen siempre como el novato, el torpe. Soy alocado e inexperto, pero todos cometen errores. No veo por qu los mos han de sonar o verse ms. Mohacsy, mientras tanto, toma las jarras y las hace pasar bajo el dispensador de la mesa. Con el rabillo del ojo observo cmo sirve cantidades adecuadas. A Rukin, mucho, para que se le trabe la lengua antes de llegar a decir algo realmente inapropiado. A Schwarzthal, igual, porque tiene aguante y an puede relajarse ms. A m, poco, pues debo tener mala cara y sera bueno mantenerme sereno. A s mismo, menos, y de eso ya no conozco el motivo. Despus de las risas consigo desviar el tema a los planes de fin de semana. Rukin y Schwarzthal no han sido afortunados como para ligar a alguna residente de GeoViena, y han de volver esta noche a sus hogares si quieren empezar frescos la maana libre. Eso si no cometen el error de intentar divertirse justo despus de un da entero de trabajo agotador. Rukin debe regresar a algn punto en la quinta conexin entre VaNorte y VaNordeste, en tanto Schwarzthal vive cerca de Rukin pero en lo que es HiperViena a secas, y le lleva tiempo llegar a casa. No, no habr velada en Arcoiris para Rukin y Schwarzthal. Yo tambin debo asilarme en un lugar perdido de HiperViena, fuera de las grandes avenidas, pero es un punto prximo al kilmetro cinco del ramal Este, y en realidad me es cmodo viajar de ida y vuelta a Geo. Por eso muchas veces, como ahora, le ofrezco mi sof a Mohacsy, vecino del extremo norte

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de VaViena. Mohacsy rechaza amablemente mi sof, y adems la compaa de Rukin y Schwarzthal para tomar el metro. Tiene asuntos financieros en Geo, dice. No engaa a nadie. Estamos seguros que ha ligado en la zona, pero por alguna razn, no quiere contarnos. Dice que necesita irse ya, y l es ahora el blanco de las bromas; l, sus orejas enrojecidas, su mirada huidiza y su sonrisa forzada. No logramos sacarle nada, por supuesto. Cuando finalmente Mohacsy se marcha le hago una sea a Rukin y a Schwarzthal. —Tengo el nmero de la amante misteriosa. —Y cmo rayos? —se asombra Rukin. —Recuerdan ayer, cuando se cayeron las lneas regulares por segunda vez en la semana? Ambos asienten. —Mohacsy estaba apurado y us una lnea oficial comn para una llamada a un nmero con prefijo domstico. —Y qu estamos esperando? Schwarzthal se enseria de repente. —No est bien —dice. —No me digas? —pregunto con sarcasmo—. Bueno, supongo que debo conectar a travs un nmero irrastreable, sin visual, y no decir quin soy. As te parece mejor? Refunfuos ininteligibles. Yo procedo a dictar el cdigo de lnea especial al mvil, y despus de escuchar el sonido de confirmacin, el nmero pirateado a Mohacsy. El timbre suena durante medio minuto antes de que alguien del otro lado levante el receptor y diga la frase de rigor. La voz en el mvil es conocida. Tanto, que no puedo hablar, no puedo decir ninguna tontera. He escuchado esta voz decir “Hola, mucho gusto”, “Vuelve pronto”, y “Adis para siempre”. Ahora la escucho preguntar quin es cuatro veces, con impaciencia primero,

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despus confusin, enojo, y por ltimo preocupa cin, antes del silencio y el clic del fin. Es Vilia. —Bueno...? —inquiere Rukin, ansioso. Mi cabeza produce una respuesta, algo como “sa li un hombre, quizs la pareja regular de ella”. No estoy seguro de haber pronunciado esa, o de hecho cualquier otra, cuando escucho el gruido de fastidio de Rukin. —Bueno, feliz de que Mohacsy tenga una amiguita, aunque sea compartida —dice despus mi amigo—. En cualquier caso, voy a rondar los bares una o dos horas, a ver si aparece alguna para m. Vamos, Oskar —convida a Schwarzthal mientras se levanta del asiento. Desequilibrados y a trompicones salen ambos del caf. Ya de lejos, Rukin levanta una mano y me grita algo. Por sobre el ruido de la calle, es imposible or, as que le hago un gesto. Rukin vuelve a gritar. —¡Hortah! Ests ah? Yo no lo escucho an. Estoy en una esquina de la tienda de msica, tras el anticuado mostrador de roble, en el suelo y con la espalda contra la pared. Entre mis piernas tengo sentado a Hull, que no ha parado de hacerme ofertas millonarias, motivado por el fro can del arma contra su rostro. No presto atencin a sus palabras, son como ruido blanco para m. Todo lo que escucho es mis pensamientos tropezando por el local primero y por toda GeoViena despus, en busca de va libre entre este lugar y el Palacio de Justicia. No la hay, por supuesto. Por detrs de un anaquel de facsmiles sale Rukin con un arma en las manos. Como por suerte apunta al suelo y su larga silueta es inconfundible, no le disparo. Pero llego a levantar la pistola.

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Rukin mira el negro can de mi arma, y dice: —Hola, novato. Aqu la vieja guardia al rescate. Sus palabras me relajan, tienen tanto la virtud de devolverme la confianza y la seguridad, que me echo a rer como un estpido, a intervalos alternados con espasmos en la respiracin. Y cuando junto al hombro de Rukin aparece la preocupada cara de Schwarzthal, me desato por completo en carcajadas. Uno de ellos se inclina y comienza a manipular el neutralizador de Hull. —¡Eh! Qu haces? —protesto. —Arreglo este aparato. O mejor, lo termino de romper. Es Rukin. —Increble lo que hace la gente —comenta—. Suerte que confiscamo s este invento antes de que saliera al mercado. —Pero qu haces? Rukin se levanta, y desde su altura me deja caer una mano en la cual hay un pequeo objeto de plstico. —Vamos. El neutralizador recibe ahora rdenes de este control. Schwarzthal se acerca, toma a Hull por el cuello de la chaqueta y lo levanta en peso con muy poco esfuerzo. —Es ste, por supuesto. Me pongo en pie. —S, es ste el tipo. Desde detrs de Hull veo como el cuello de su chaqueta se tensa sobre la nuca. —Hey, Schwarzthal —advierte Rukin—. Es de Hortah. La voz de Schwarzthal se vuelve gris y tan inexpresiva como nunca. —Cierto —acepta—. Eso te salva por el momento, desgraciado. Cuando el peso de Hull cae sobre sus propios pies, se queja y mueve los brazos. Est desequilibrado y trastabillea de espaldas, en mi direccin. Instintivamente extiendo las

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manos para sostenerlo, incluso la que tiene la pistola. De repente el hijo de perra se revuelve e intenta darme un codazo. Como es ms bajo que yo me da en el esternn, pero la sorpresa me hace retroceder. l, sin mirar atrs, se lanza a un lado, contra Rukin, le clava el hombro en el pecho y lo aparta lo suficiente para pasar. Entonces queda detenido en seco por una mano muy grande que aferra su chaqueta por detrs. Como estaba lanzado y tena cierta inercia, la s piernas se le salen del rea de apoyo del tronco, y se le doblan. Termina arrodillado en el suelo, cubierto por una gran sombra humana. Schwarzthal, que no es lento ni torpe a pesar de su enorme constitucin, alza a Hull y lo tira contra la pared. Acto seguido se pone a un metro de l, y mirndolo fijo le ordena—: Golpame. Hull se recupera y se asombra a la vez. —Cmo? —pregunta. Schwarzthal repite. —Golpame. Rostro o estmago, como quieras. Hull niega agitadamente y nos mira. —Estn locos —afirma—. Los tres, locos. —Haz lo que dice, o te romper un brazo —dice Rukin—. Verdad, Schwarzthal, que puedes? Con una sola mano, incluso? Yo asiento por Schwarzthal. Hull se aparta de la pared, carga el brazo, gira, y golpea la boca del estmago de Schwarzthal. Rukin hace una burlona mueca de dolor. —Duro, cierto? Quieres una venda elstica para la mueca? Schwarzthal se acerca a Hull hasta que debe doblar el cuello para mirarlo a los ojos. — Mohacsy resista MIS golpes, pendejo.

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Hull traga en seco y hace como si fuera a decir algo, pero de pronto su rostro pierde toda expresin de humanidad. —Desconect al tipo —anuncia Rukin—. Ya aburra. Salimos por fin a la calle. Rukin y Schwarzthal van a los lados. Parecen nuestros guardaespaldas por la forma en que nos acompaan, en lnea diagonal, uno delante y a la derecha y el otro a la izquierda detrs. Cerca, pero sin contacto. El tipo excesivamente elegante se nos aproxima. —Necesita ayuda, seor Hortah? —pregunta. —Para nada —niego—. Qu le hace pensar eso? —No estn sus compaeros ayudndolo? Rukin re. —¡J! Escuchaste, Hortah? —pregunta sin dejar de ser la viva imagen de un borzhoi, vigilante y peligroso—. Este tipo cree que te estoy ayudando. Amigo, usted no quiere verme ayudando. —Y como al descuido desplaza la puntera hacia el figurn, al tiempo que con el pulgar mueve el selector de presin del gatillo al mnimo. Maniqun de sastre guia un ojo. —Y entonces qu pinta aqu? —Recibimos llamadas sobre un compaero en peligro —interviene Schwarzthal. — Vinimos a proteger a Hortah. —Cierto —lo apoya Rukin—. Hortah puede manejar solo su asunto. Nosotros estamos aqu para impedir que se cometa otro delito. La ci udad est de repente llena de asesinos de policas. Te parece, Schwarzthal? No hemos dejado de movernos y ya estamos entrando al auto. El traje que cuesta ms que mi salario anual nos sigue de cerca. —S, la ciudad est llena de gente a la que no le gusta la polica —va diciendo—. Quizs eso quiera decir que hay algn

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problema con la polica. Quizs quiera decir que la polica est cometiendo errores, estpidos errores. Queriendo volar demasiado alto, o pisando demasiadas cabezas. Quizs es tiempo de que alguien les ensee una... Un disparo se clava en la calle ante los zapatos del elegante. Al instante tenemos el arma en alto y apunta ndo, tanto nosotros como los cuatro tipos del desfile de modas que sigue a Maniqun. Slo una pistola humea, la de Schwarzthal. El jefe de ellos observa el suelo ante s. El agujero es respetable, y las grietas y los fragmentos sueltos. Quizs le hagan recordar que los de Judiciales tenemos el derecho, y la costumbre, de usar armas especialmente poderosas. Mientras tanto, entramos al auto. Al marcharnos, estoy seguro de que guiamos las miras de las cinco pistolas como con hilos invisibles. —Bueno, Hortah —dice Rukin desde el volante—. El Palacio de Justicia, supongo. Schwarzthal asiente por m. Rukin y Schwarzthal son buenos compaeros. Destacan incluso en la polica, donde he conocido a algunas de las mejores personas en mi vida. Hay gente realmente magnfica en cualquier divisin de la polica de esta ciudad. —Son excelentes, verdad? Me doy vuelta en direccin a la pregunta. A mi lado est una quinceaera vestida con un pantaln cortado en tiras, una camiseta negra de lino crudo y una chaqueta rada del ejrcito. En la cabeza lleva una banda que muestra un dibujo estilizado del guila de los Habsburgo. Una fantica tpica. —No lo sabra —respondo. —Confe en m, son buenos —insiste ella—. En un principio su productor quiso lanzarlos

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como rock cristiano, con el nombre de “Dios est donde siempre”, pero ya hay seis bandas de esa lnea, y es todo lo que el mercado aguanta de esa payasada. Les cambiaron el nombre a “Tortura”, y les dieron un estilo ms serio. El estilo ms serio de “Tortura” me marea con su exceso. En el escenario saltan de un lado para otro maltratndose tanto entre ellos mismos como a sus instrumentos y al pblico que se pone a mano, su msica es tan intensa que se siente como si tocaran la misma sucesin de notas al derecho y al revs simultneamente, y la letra parece un pedido de clemencia de una hipottica vctima a un verdugo que puede ser el propio pblico, las miradas de energmenos que alrededor de nosotros saltan, se mecen, allan, rugen, patean o corean en una gigantesca coreografa guiada al parecer por lo que ocurre en el escenario. Cmo interpretan las indicaciones, no lo s; yo crec con baladas y bailes folclricos. —Cunto ms hablaremos de msica? —demando a la quinceaera—. Supongo que usted tenga tan poco tiempo como yo. Ella sonre, mostrando una dentadura en mal estado y abundante en metales. —En todas las pelculas el informante comienza con un tema sin importancia —dice—. Slo mantengo la tradicin. Vamos al asunto, entonces. Qu tal la captura de Hull? —No hay captura —respondo—. La seal del neutralizador que le pusieron a Hull justo al terminar la bsqueda forense en su casa est loca. Indica a otro individuo; como si se hubieran trastocado. Lo consideramos desaparecido y tuvimos que emitir una orden de captura para toda Europa. La chica hace un mohn. —No lo encontrarn. No es por ofender, pero ustedes los de Judiciales no tienen capacidad para lidiar con la Guardia Parlamentaria. —Su mensaje misterioso deca que poda ayudarme; con algo ms que crtica constructiva, supongo. Y me dice en serio que la Parlamentaria est metida en esto?

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—Metida hasta el cuello —dice la quinceaera—. Fueron ellos quienes hicieron el trabajo. Mira, Hull no ha salido de Viena ni le han roto el neutralizador, simplemente hicieron que la lectura de su seal se perdiera en la computadora. Parece una falla tcnica perfectamente creble, con lo catica que est la red de infraestructura urbana ltimamente. No se puede probar nada ilegal, y mientras, pasa tu semana de privilegio. —Confan en anularme como problema sin una intervencin manifiesta —concluyo—. No quieren hacer nada susceptible de escndalo. —As mismo —confirma la muchacha. —Y no puedes acusarlos, ni siquiera sealarlos con el dedo. Durante dos minutos rumio la sensacin de impotencia que me invade y siento cmo se une a la irritacin causada por la agresividad del ambiente. Finalmente, me decido a olvidar la discrecin y limito la receptividad total de la realidad virtual a un metro alrededor de mi locacin. El resto lo bajo a un nivel tolerable. Si alguien est pirateando mi lnea, se lo facilito mucho al reducir la densidad de datos. Pero al menos conservar el buen sentido. An no he escuchado lo que esta informante desea decirme. —Llmeme agente Eckmann —dice de repente la chica, mirando al frente y balancendose al ritmo de una meloda melanclica que acaba de comenzar—. Estoy infiltrada en las Pandillas Viejas de Hiperviena como coordinador informtico, y lo que puedo hacer por usted es meterme dentro de la computadora del Ministerio y darle una lnea con la verdadera seal de Hull. Una posibilidad de lograr la captura de Hull. Casi salto a abrazar a la chica. Sin embargo, siempre hay una pregunta. Esa pregunta. —Por qu me ayuda? La agente Eckmann detiene su balanceo y me mira como a una gallina que le hubiera

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hablado de huevos fritos. —Porque soy polica. Qu ms? Y su tono de voz y su expresin me dicen que no hay ms para ella. Bien pudiera haber programado la apariencia de sinceridad en este su avatar de quinceaera fantica de un grupo musical, pero me siento muy inclinado a creerla. Qu gano con no hacerlo, adems? —Mire, yo trabajo cerca de los tipos grandes de las Viejas —explica la agente Eckmann—. Yo estaba por ah cuando se reunieron para sacar conclusiones. De alguna manera, se han enterado de los pormenores de este caso, y esta es la idea que se llevan: la polica se est ablandando. Por la razn que sea, el gobierno quiere negarle a la polica el estatuto cincuenta y cinco, y algunos en la fuerza estn incluso colaborando. Los tipos malos de HiperViena creen que es un buen precedente. Dijeron que hace unos aos los Judiciales hubieran retenido a Hull hasta el veredicto y lo hubieran cepillado en el acto. Que antes esta demora hubiera sido impensable. All mismo comenzaron a pensar en cmo matar policas impunemente, o casi, mediante tratos con el gobierno o con la fuerza. Si Hull sale libre, dejarn de temernos en toda circunstancia. Asiento enrgicamente. —Cierto, el estatuto cincuenta y cinco es muy… —Sabe usted cuntos policas han matado las Pandillas Viejas en los ltimos diez aos? —me interrumpe Eckmann, y noto condescendencia en su voz—. Once. Sabe cuntos eran de Crimen Organizado, mi departamento? Siete. Nuestros son tambin los dos nicos casos en que ha sido imposible probar la culpa de los autores intelectuales. El estatuto cincuenta y cinco es ms nuestro que de nadie, seor Ho rtah. A nosotros nos matan con premeditacin y cuidado, con planes complicados, para quedar sin castigo, y a veces lo logran. “Tortura” comienza entonces a atacar un ritmo violento que captura la atencin de Eckmann. Yo consigo, sin embargo, reflexionar. Legalmente no puedo pedir apoyo para cumplir el estatuto cincuenta y cinco en mi primera semana; decidir la suerte de Hull

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dejara de ser mi prerrogativa y Preczik podra meter a algn ttere. Estoy solo contra la Guardia Parlamentaria. No tengo oportunidad contra hombres mucho mejor entrenados y equipados. Es despus de llegar a esa conclusin, y quizs debido a ella, que descubro que ya no resisto ms el ambiente. —Tienes algo ms, Eckmann, o puedo desconectarme ya? — pregunto con precaria contencin. Siento la necesidad de ventilar a gritos mi ira o de ahogarla en cerveza bvara, ambas cosas en privado. La quinceaera que en el mundo real es una agente encubierta de Crimen Organizado me responde sin mirarme—. Eres un amargado, Hortah, pero igual me agradas. Los hombres no tienen por qu ser de azcar. —Tenemos un trato, entonces —confirmo—. Mantente en contacto. Eckman se vuelve hacia m con una sonrisa serrada—. No te perder pie ni pisada —dice— T y yo contra la Guardia Parlamentaria, qu te parece? Me parece una locura. No tengo ni idea de qu hacer para lidiar con los Parlamentarios, sobre todo en estas circunstancias. Se supon e que sean una elite, los tipos ms duros y mejor entrenados en todo el servicio, fuera de los militares. Son casi leyenda; ningn polica que yo conozca tiene informacin real sobre ellos. Nunca nadie me ha sealado a un tipo y me ha dicho: “se es un Parlamentario”. Si intento formar en mi cabeza la imagen de un Guardia Parlamentario, sera una silueta rellena de sombras y mucho peligro. Podra ponerle detalles slo si alguna vez viera uno ante m. Lo reconocera, sin embargo, por las sombras y el peligro. El Parlamentario est en la acera de enfrente del bulevar. Lleva un traje sastre blanco marfil de corte deportivo y elegante, suelto, muy bien cortado y mejor llevado. Tiene una mano displicente en el bolsillo de la chaqueta, y en la otra

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sostiene una botellita de cristal esmerilado, sin la tapa. Mientras descubre y atrapa mis ojos con su mirada, tres veces gira la mano para voltear el frasco, taponado con la yema del pulgar. Despus aparta el dedo de la boca de cristal, lo lleva a la suya propia y lo desliza suavemente por su labio inferior. Durante todo ese tiempo yo intento planear algo pero slo logro pensar en lo que l va a hacer. Porque luce como un gato de sof a punto de tragarse una rata de alcantarilla. El Parlamentario saca la otra mano del bolsillo y enrosca la tapa de la botellita en dos vueltas. Yo no puedo esperar ms y arrastro a Hull en mi huida. Cualquier persona en este bulevar puede ser un Parlamentario y atontarme, dormirme o paralizarme con un arma inofensiva pero eficaz en suprimir molestias. Me han dejado descubrir a uno de ellos para hacrmelo comprender. No les preocupa si estoy en guardia o no; esperan el error que tarde o temprano cometer. Qu poco prestigio debemos tener los de Judicial. Todo cuanto puedo hacer es emplear el truco ms viejo del mundo. Me pego a Hull, reducido a la categora de zombie gracias al neutralizador, y entre mi cuerpo y el suyo introduzco la mano en el bolsillo donde tengo la pistola. Despus miro alrededor, selecciono la pared de ladrillo de un viejo edificio en la que difcilmente reboten las balas, y rpidamente saco el arma y hago tres disparos en rfaga. Las personas en el bulevar no dan en reaccionar enseguida. Detienen o ralentizan el paso, no ms. Algunos incluso localizan el origen del ruido y me miran con sorpresa. Consecuencias del bajo nivel de criminalidad. As que hago tres disparos ms, y entonces todos se echan a gritar y a correr. No todos, en realidad. Cuatro o quizs cinco que parecen participar de la estampida humana, en realidad la

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cabalgan cual si fueran por el Danubio en kayak. Mediante ligeros cortes y cambios de direccin, que slo al parecer no confluyen en m, van acercndose como al desgano o por casualidad. No son obvios ni torpes, lo hacen con profesionalidad, pero no hay manera de ocultrmelo. Y gracias a eso, hallo un punto blanco en su cerco; la entrada a una tienda de msica. All vamos yo y mi zombie. Entonces descubro mi error. Tiene la forma de un tipo flexible y oscuro que mientras brota tras la entrada en penumbras de la tienda va sacando una mano de bajo la ancha solapa de su sobretodo. El miedo me ha hecho mantener la pistola empuada, y el miedo me hace disparar. Pero gracias a Dios tiro sin puntera, apenas en la direccin general del tipo, ms como un reflejo que como una accin consciente. Le doy en algn lugar entre medio muslo y rodilla. Casi inmediatamente tras el disparo discierno el rostro del individuo, por unos segundos. Primero, sorpresa; luego, fastidio como si de un simple traspi se tratara; por ltimo palidez. Y cae lentamente, mirndome con inquina sostenida hasta el desmayo. Cruzo rpido sobre el Parlamentario herido, tironeando de Hull. Al quinto paso, percibo resistencia. Me volteo. Hull me mira con ojos de voluntad propia que oscilan espantados entre el Parlamentario en el suelo y mi pistola. Por supuesto, han desconectado su neutralizador por seal remota. Cuando levanto mi pistola en su direccin, hace un intento por huir; fallido y quejoso, porque mi mano tiene a la suya tanto como a los huesos propios. Y se encoge de terror a la vista de la Steyr—Mag. No le apunto a l. Detrs de Hull, en el umbral, est el tipo de la botellita, entrando por sobre su compaero.

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Sin siquiera mirarme, sigue adelante, tan rpido que en realidad intuyo ms que veo su silueta borrosa. Otra vez aprieto el gatillo de puro miedo, y el tipo se detiene, pero no en el lugar adonde apuntaba mi pistola, sino un metro ms a la izquierda, como si la bala no hubiera logrado afectar su movimiento al momento del impacto sino algo despus. La sangre mancha el traje blanco del tipo desde la regin clavicular, corriendo lentamente pecho abajo. Y el segundo Guardia Parlamentario herido por m en menos de un minuto va a hacerle compaa al primero. Ahora s le apunto a Hull. Hablando con propiedad, no le apunto; apoyo el can del arma entre sus ojos. Hago esto ignorando a los otros dos Guardias asomados a la puerta. Hull comienza a jadear quejosamente. —Atrs —exijo. Y repito —: ¡Atrs, ahora! El segundo de los Parlamentarios asomados a la puerta lleva el traje ms sofisticado que he visto en mucho tiempo y al avanzar delante del otro se mueve dentro de la ropa con la soltura que yo no tengo en mi propia piel. Observo cmo se desliza hasta dos metros tras la espalda de Hull, y me pregunto qu rayo s tienen en la cabeza sus adiestradores. —Hortah, su empecinamiento es loable —el ms elegante de los Parlamentarios sonre jovialmente—. Sin embargo, no se ha alejado ni doscientos metros del edificio dnde captur al seor Hull, sin hacer unos cuantos disparates. —Si he avanzado tanto es que estoy ganando —gruo—. Mantengan las manos bajas y no hagan movimientos raros. —No dejo de vigilar al segundo Parlamentario mientras arrastra a su compaero del traje blanco hacia la calle. —Nos permitir al menos retirar a nuestros heridos? —pregunta el que parece ser el jefe— Usted entiende nuestro deber como oficiales... Sacudo la cabeza. —No, no entiendo. No me consta que ustedes sean policas de ninguna

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rama. El tipo mira alrededor. Es una tienda de artculos musicales caros, instrumentos y partituras antiguos y valiosos, la clase de cosas no disponible en mercados virtuales. Tiene que haber cmaras. Eso sin contar algn posible dispositivo en mi cuerpo o mi ropa. —Nosotros no cometeremos errores, seor Hortah —afirma el Guardia—. Simplemente, no le permitiremos salir de aqu, y esperaremos que se rinda. —Entonces eliminar a esta escoria aqu mismo —replico. Hull cae de rodillas. —Usted no har nada as —niega el Parlamentario—. La falta de premeditacin del crimen de Hull lo conmina a ejecutarlo humanitariamente, con el neutralizador activado y en el foso del Palacio de Justicia. Usted no faltara a la ley, seor Hortah? Aparto la pistola de la frente de Hull y hago un disparo al techo—. ¡Salgan de aqu, ahora! Ya el otro tipo ha terminado la evacuacin de los heridos. El jefe vuelve a sonrer, me muestra las palmas de sus manos, y da media vuelta. Yo me quedo solo con Hull, en cuyos ojos ha brotado una esperanza que no me gusta, y deseo arrancrsela a patadas. As arda Viena conmigo dentro, l va a morir como est estipulado. Ya fue juzgado y condenado en un tribunal. La sentencia consta en registro y todos los que estamos conectados al juicio somos testigos. En presencia virtual, sentado entre una vampiresa de cabello laqueado y un tipo cuyo avatar parece un Hrcules de playa, veo cmo Hull recibe la confirmacin de su culpabilidad con toda la ecuanimidad que proporciona la existencia digital. Gracias al dcimo mejor abogado del mundo y a unos antecedentes limpios, el asesino de Mohacsy est temporalmente libre bajo fianza y su asistencia a la corte ha sido slo telemtica. Virtual o material, mi mirada no lo ha soltado durante todo el juicio, en la esperanza de que en algn momento mire hacia m, aunque sea po r casualidad, y se encuentre la muerte en

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mis ojos. Pero no ocurre. Tanto no ocurre, tanto parece que me presiente y rehuye, que llego a cansarme de asediarlo en vano y comienzo a deslizar la vista por la sala virtual. Me interesa hacerme una idea, a travs de los avatares, de quines se interesan tanto por este caso como para pagar el acceso pleno. Cuando miro a mi derecha ya no est el tipo con aspecto de superhroe en feriado. En su lugar tengo a un petimetre desvergonzado y andrgino con los mismos ojos gatunos de Robinek. —Hola —me dice—. Qu tal? Sealo a Hull. —Engrasando la soga. Robinek coincide. —Cierto. Y si fuera usted literal, tambin estara de acuerdo. —Me sorprende su ferocidad. Tan bien le caa Mohacsy? —Apenas pude conocerlo —niega el jugador de tetradrez—. Y por qu le sorprende que quiera a Hull muerto? Acaso usted mismo no planea matarlo? —l mat a mi mejor amigo —explico—. Lo que le hizo a usted no llega a tanto. —No, no llega. Pero si l hubiera matado a mi mejor amigo, yo... la muerte sera misericordiosa en comparacin. Sacudo la cabeza. —El tetradrez debe ser muy importante para usted. Tanto como para el mismo Hull, supongo. —Para l no es el juego lo importante, sino su orgullo—. Mi interlocutor aprieta las mandbulas fieramente. —No mat por el juego, sino por mantener su prestigio, su rcord impoluto, su fama. La parte que no entiendo, sin embargo, es por qu lleg a eso, y qu haca su amigo Mohacsy en casa de Hull. —Tambin yo me hago esa pregunta —digo—. Hull no ha dicho. Pero confo en poder sacrselo en cuanto caiga en mis manos.

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—Bueno, eso en realidad no importa —Robinek hace un gesto como descartando el asunto—, no le ponga demasiada cabeza, que no es algo que necesite saber, y quizs no convenga. Lo fundamental es erradicar a este hijo de perra; le juro que si pudiera hacerlo yo mismo... Balanceo la cabeza en silencio, entre asombrado y divertido por la vehemencia de la frase final. —No entiende? —me pregunta el petimetre—. Mire, cuando usted se dedica a algo con el alma, ese algo se vuelve su idea de Dios. Y usted lo trata como a Dios. A la suprema divinidad no se le manipula, utiliza ni engaa. Ni se puede aguantar que otro lo haga. El tetradez es mi Dios. Nunca hara trampas “en” Dios, ni perdonara a quien lo hiciera. Hull hizo trampas “en” Dios. Me entiende? Me ro por lo bajo. —Brlese, brlese —dice Robinek—. Ya ver cuando alguien quiera tener manejos y arreglos con su Dios particular. —Soy ateo —afirmo casi entre risas. El tetradrecista se vuelve hacia m y me mira a los ojos. —Es usted ateo? Ya. Y qu tal la ley? —pregunta—. No es la ley, o la justicia el Dios de los policas de HiperViena? Ese sindicato de ustedes parece una orden religiosa, con esas leyes inauditas, el exclusivismo, la psicoscopa con que prueban a cada rato su dedicacin al ideal, y algunas cosas ms secretas que seguro ni me imagino. Mi boca no puede sostener a la vez una sonrisa y un rictus de disgusto. —Eso es una soberana tontera —contesto—. No es as, usted no entiende, nadie... —Claro, nadie entiende al Dios de otro —me corta Robinek—. Y usted entender mejor al suyo cuando comience el sacrilegio que est por venir.

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—Sacrilegio? Cmo as? —Ahora es ms bien una hereja, un estado de opinin. Sabe, en estos tiempos hay muchas opiniones sobre legalidad, y en este caso en particular, unas cuantas. —Nada que salga en la televisin —mascullo. —Olvdese de los medios de prensa. La opinin se forma en los grupos de discusin de la Red de HiperViena. Y lo que se dice ah es esto: el estatuto cincuenta y cinco no es ms que la Ley del Talin, ojo por ojo y diente por diente. Como usted entender, nada ms ajeno a nuestra moderna jurisprudencia. Es como si hubiera otra Constitucin, otro cuerpo de leyes para los policas. La gente comn ve eso como un privilegio. Y piensa, si ya tienen un privilegio tan sealado, que toleramos, los policas pueden volverse ambiciosos, querer ms, exigir ms, y quin sabe, imponer ms. —¡Es ridculo! A qu degenerado imbcil y desagradecido se le pudo ocurrir? —A montones de ellos, de hecho —responde Robinek—. No me mire as, que yo argumento del otro lado en todos los foros. Pero pocos me creen. La mayora piensa que, incluso si los policas no hacen nada de eso que se teme, no pasara nada malo si se les devolviera, por si acaso, el estatus, el reglamento y las prcticas de tiempo atrs. Claro, nadie recuerda el pobre estado de la seguridad ciudadana hace veinte aos, ni relaciona a fondo la condicin actual con la nueva polica, ni con el hecho de que el crimen est tan bajo que juicios como ste no lleven meses ni aos. El gobierno menos que nadie, por supuesto; el gobierno slo recuerda las ltimas encuestas de opinin. —Deben creer que la paz es gratis —gruo con desdn—. Civiles de mierda... —Cuidado ah, oficial. Est usted en camino de justificarlos. Me sumerjo en negros pensamientos acerca de todos los civiles de HiperViena y las ganas que tienen de una polica ineficaz para as poder violar la ley sin castigo y satisfacer sus

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miserables pasiones. —Hasta hace un rato eso slo me preocupaba en trminos de futuro lejano —comenta Robinek—. El asunto es que creo que tenemos delante el detonante, la piedra que puede comenzar la avalancha. —Hull? Por qu? —Cuando descubr lo que me hizo Hull, lo denunci —explica el tetradrecista—. Como forma de estafa o robo, pues haba un premio en metlico tambin. Bueno, pues para mi sorpresa, enterraron la investigacin. La polica simplemente no trabaj el caso. —Eso es inaudito. —Verdad? Por eso, en vez de arremeter como un ariete por mis derechos, investigu un poco con otros medios. Y descubr algo peor: haba una orden no oficial de dejar a Hull tranquilo. —Pero si ya no es extranjero. Y de todas maneras... —Su nacionalidad no importa —prosigue Robinek. —El asunto es que Hull es algo as como imprescindible en un proyecto gubernamental. De gran beneficio social, secreto y muy importante. No s ms. Me llevo las manos a la cabeza y aprieto tan duro que mis dedos se entierran en la imagen de mi crneo. —El muy hijo de perra tiene carta blanca o algo as, supongo. Robinek menea la cabeza en duda. —No s, quizs lo regaen. —Y cul es la relacin entre Hull y las opiniones sobre la polica, entonces? —Ninguna, en realidad —responde Robinek—. Pero si usted ajusticia a Hull, la habr. La gente ver cmo el fanatismo y el capricho de un polica priv a Centro Europa de una gran mente imprescindible, en vez de simplemente enjaularla donde pudiera seguir trabajando. Y por supuesto, el gobierno ver que s, que es posible que los intereses del estado se vean en

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peligro a causa de sus propias leyes. En resumen, el estatuto cincuenta y cinco va a ser todava ms impopular. Probablemente intenten eliminarlo aprovechando el mismo revuelo sobre Hull. Levanto la vista a los cnicos ojos del tetradrecista. —No va a suceder —niego—. No lo permitiremos. Significara muerte segura para cualquier polica de HiperViena. —No se preocupe —dice Robinek—. Igual no va a darse el caso. —Cmo? —Es obvio que el gobierno no va a permitir que le quiten a su chico dorado. Desea que todo quede en algn castigo no terminal. Despus de todo, usted debiera jugar a esa carta, sabe. Perder su venganza con Hull para preser var las futuras venganzas de todos los dems policas. —Es eso lo que usted hara? —interrogo a Robinek—. Es lo que me aconseja? —No voy a darle consejos que usted nunca seguir. Slo este: comience a buscar a Hull antes de que se lo desaparezcan. Asiento mecnicamente mientras separo las manos de mi cabeza y me pongo recto en la silla. No hay forma de ganar. El estatuto cincuenta y cinco perder autoridad si Hull se libra, peligrar si Hull muere. Mi cabeza bulle buscando una forma de sacar de ese crculo vicioso la venganza de Mohacsy, el honor de la polica y mis otros motivos. Algo s con seguridad, no obstante: no me quedar de brazos cruzados. Pensando en cmo hacerlo pagar sin que tambin paguen otros, no separo mis ojos de Hull, como si con la vista pudiera encadenarlo. De repente l cae en mi direccin mientras el mundo todo se balancea, y un segundo despus soy yo quien termina encima. — ¡Qu rayos fue eso!? —escucho gritar a Rukin.

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El auto derrapa a la izquierda y se incrusta en la contencin para peatones. Cuando me recupero del choque con el espaldar del asiento delantero miro instintivamente por el parabrisas posterior. La capota trasera est hundida alrededor de un crter en su centro. Y un segundo antes de escuchar el trueno del segundo disparo veo en cmara lenta que la plancha salta por el aire dando vueltas como si le hubieran dado un puetazo en una esquina. El motor, o lo que queda de l, est al desnudo. Me inclino, pateo la puerta, y aferrando la mano de Hull me escurro hacia la calle. Mi prisionero golpea el suelo a mi tercer paso s obre el asfalto. Al arrodillarme, me doy cuenta que por puro instinto he calculado la direccin de donde vienen los disparos gracias a su efecto sobre la plancha de la capota. Estoy del lado oculto del automvil, la izquierda. Tambin Rukin y Schwarzthal. Nuestro vehculo est en diagonal y traba el trn sito de toda una carrilera de la Va Norte. Los dems autos frenan y se desvan para evitar chocar con nosotros; nadie se detiene a curiosear. Quizs alguien haya llamado a Emergencias, sin embargo. —Hace unos minutos te dejaro n balear impunemente a dos de los suyos, y ahora nos disparan con un arma pesada —dice Rukin—. Deben estar desesperados. —Creo que no disparan a matar —opino—. Al menos, no a nosotros. Fue al auto. —No estn desesperados an, entonces. Pero pronto lo estarn. Quin sabe cun pronto. Su plan inicial de seguro sera muy discreto: impedir que localizara a mi presa, sin intervencin directa de su parte o tan siquiera contacto con el propio Hull. Ahora el plan est deshecho y las cosas se les han ido de las manos. Ya han hecho acto de presencia, hasta han comenzado a disparar. Cambian de perspectiva muy rpido y no quiero imaginar cul ser la prxima reaccin.

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Schwarzthal echa una mirada en derredor nuestro; cuatro tipos arrimados a un auto humeante y pegados al suelo como insectos. —Ahora qu? —dice. Mi mvil suena. —Tan pronto la propuesta de rendicin? —bufa Rukin—. Por lo menos debieran darnos tiempo a asustarnos. La transmisin es de slo voz, y una que reconozco. —Hortah, es Eckmann —dice—. Malas noticias. Las Viejas han decidido meterse de lleno. Acabo de enterarme que dieron autorizacin de actuar hace unos minutos. —Ya lo creo, Eckmann. Alguien acaba de matarnos el auto. —Quin es Eckmann? —pregunta Schwarzthal. —Haz lo siguiente —contina la voz en el mvil—. Activa la traza del neutralizador de Hull e ir a reunirme contigo. —Ests loca? Te dir donde estamo s, t simplemente encuntranos. —Te garantizo que slo yo podr rastrearlos. Y de todas maneras, ahora mismo eres un manchn en los mapas. Crees que los Parlamentarios necesitan ms para seguirte? —Pero... —Pero tienen que seguir movindose, y en movimiento no puedo encontrarlos sin traceador —insiste Eckmann—. Te propongo como punto de encuentro el metro, justo debajo de ustedes. Ahora cuelga, rpido. Ella cuelga por m, de todas maneras. —Este Eckmann es de fiar? —inquiere Schwarzthal. —Ella es de fiar —confirmo—. Me gui hasta Hull. —Y es presentable, tambin? —Rukin guia un ojo. —Bueno, no le gusta el rock cristiano. Ahora tenemos que irnos, al metro.

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—Si podemos. Qu rayos...? Sobre nuestras cabezas zumban poderosamente las aspas de un helicptero de vigilancia urbana, moviendo mucho aire con muy poco ruido. Cuando levantamos la vista hacia el sonido vemos el aparato, justo encima pero a una distancia respetable, el procedimiento estndar para enviar una transmisin direccional a nuestros mviles. Todos nuestros receptores comienzan a timbrar a la vez. Rukin levanta el suyo. —¡Aqu oficial Rukin! —grita—. ¡Identifcame! ¡Estoy con Hortah y el tipo que mat a Mohacsy! —Esos chismes cada vez asustan ms —grue Schwarzthal. —Te sorprenden como una mosca, con todo y el tamao. Yo observo el helicptero haciendo visera con la mano izquierda. Los oficiales de vigilancia urbana no son lo ms brillante de Hi perViena, pero su disciplina y entrenamiento sostienen la primera lnea: la calle. Curiosamente, nunca me haba visto del otro lado de sus filas y no saba cun sigilosos podan ser sus aparatos. Schwarzthal escupe a un lado. —No es que me queje. Pero qu rayos haca este escarabajo con insignias por aqu? —Te escucharon —anuncia Rukin—. Dicen que regulando el trfico; una estacin de control perdi el enlace de datos con el centro. Un caos. —Como si me importara lo... —Quieren una descripcin —lo interrumpe Rukin—. Una descripcin del disparo. —Cmo? —Qu de dnde vino, preguntan. Si los proyectiles que dieron en el motor... entraron o no a la cabina... si hubo dao en algn parabrisas... Niego efusivamente.

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—Slo al motor... claro, nada en el techo —le habla Rukin al mvil—. Darnos proteccin? S, por supuesto. —Qu dicen? Rukin baja el receptor. —Ya extrapolaron el posible origen del disparo y ofrecen el helicptero para que vayamos en su sombra hasta la prxima salida de peatones. —Y si nos lo derriban en cima? —dice Schwarzthal. —No estar encima de nosotros sino en el ngulo de fuego —explica Rukin, y vuelve a pegar el mvil a su boca—. Diez metros tras ellos... y que no los miremos. Empezarn a moverse cuando lo hagamos nosotros. Que no los miremos, repiten. Schwarzthal, que no dejaba de observar el helicptero, baja la vista. —¡Cago en su puta madre...! —exclama mientras se restriega los ojos. —¡Esos chismes son...! La curiosidad me hace olvidar la prevencin y miro lo que ha hecho a Schwarzthal desviar la vista. Donde debiera estar el helicptero no hay sino un enloquecido caleidoscopio de colores, contorno y forma indefinibles. Al segundo mis ojos comienzan a llorar, y los aparto antes de que haya efectos mayores. —¡Conque as es cmo luce! —dice Rukin—. ¡No me extraa que no se pueda apuntar un arma a un vehculo con eso funcionando! ¡Qu rayos, no se puede ni mirar! Schwarzthal termina de intentar borrarse las facciones con las manos y, con la vista cuidadosamente baja, pregunta —: Nos vamos? Yo asiento, pongo a Hull en pie y comienzo a caminar. Voy al encuentro de Vilia, que sale de la cocina con el vaso de agua que le he pedido. Tomo el vaso de sus manos, y al hacerlo mis dedos tocan los suyos. Intento demorar la sensacin, pero es imposible. Sea que ella note mi deseo o no, suelta el vaso casi enseguida. Fijo mis ojos en el agua y la veo bajar, agitada por mis labios.

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—Cmo va todo? S lo que es todo. No tengo valor para alzar la vista. —Ya s quin lo hizo. —Eso no es nada —desecha ella—. Puedes condenarlo? Sostengo el vaso de agua, pensando en que me hara si tuviera que responder con una negativa. —Y…? Suspiro—. S, podemos. No tenemos motivo probado ni arma del crimen, pero estn los reportes del sistema sanitario de la casa de Hull, la evidencia de que el auto de Mohacsy estuvo en la vecindad, el testimonio de un tipo llamado Robinek, y un proyectil del arma de Mohacsy incrustado en un rbol que da a la ventana de la escena del crimen, ventana que tiene un plstico nuevo. Gracias a todo eso autorizaron una bsqueda forense. Deben estarla haciendo mientras hablamos. —No debieras estar ah? —me pregunta. Parece descontenta. —Sera ilegal. —Aun no levanto la vista, pero al menos le extiendo el vaso, que ella toma sin que yo pueda impedirme un ligero temblor y un ansia extraa. —Buen trabajo. El halago me causa una incomprensible alegra. —No tanto —chasqueo la lengua—. El tipo no era un profesional, y poco o nada supo hacer para cubrir sus huellas. Tendremos tanto como para autorizar una psicoscopa de culpabilidad, y lo que de ah salga es definitivo. Atraparlo no fue difcil; el problema es otro. —Cul? —Es una pregunta seca y cortante, de las que en realidad no esperan una respuesta sino retractacin. Me escondo las manos en los bolsillos, miro al techo, y slo al cabo de veinte segundos

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confieso—: Hemos estado recibiendo presiones. —Presiones? Qu es eso de presiones? Tengo que levantar el rostro. Carezco del coraje necesario para huir por ms tiempo—. Presiones de arriba. No quieren que se… inu tilice a Hull —y mientras hablo veo cmo los ojos y puos de Vilia se van cerrando, cada vez ms duro—. No quieren un castigo terminal, ni tan… fuerte, que desestabilice su… psiquis. l es… til. Es un genio de las matemticas. Ella no dice nada. Como podra, con las mandbulas tan apretadas y los labios tan contrados. Y da media vuelta y se va hacia la cocina. No soporto la vergenza de no conseguir verla caminar sin desearla, ahora mismo. Al cabo del rato, cuando ella vuelve, ya he logrado no salir corriendo a matarme. He reunido el suficiente valor, que por desgracia a hora debo utilizar para algo terrible y en el fondo sucio e injusto. Vilia tiene ahora el rostro hmedo y algunas gotitas de agua se escurren por sus sienes. Yo me acerco, no para verla mejor, sino a preguntarle: —Has tenido recientemente una gran necesidad de dinero? Sorprendida, niega con la cabeza. —Deudas, una inversin perdida, grandes gastos imprescindibles? —Qu significa todo esto? —dice ella, molesta. —Ni siquiera una gran oportunidad para alquila r una galera, que no se poda realizar sin un capital o un…? Vilia da un golpe en una caja— ¡Dime qu rayos significa esto! Tengo que decirlo, y lo hago—. Le habas pedido dinero a Mohacsy? —¡Cmo?!

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Hay tanto peligro de irme en esa pregunta, irme y no volver ms, nunca ms verla. Expulsado por cerdo, por estpido, por pensar con mi sucia y podrida cabeza de polica. Lo mismo que una vez nos separ. Pero tengo que continuar, y quizs, con suerte, las circunstancias me perdonarn. —Mohacsy estaba haciendo un trabajo extra. —La miro a los ojos intentando no suplicar; la sinceridad debe bastarme. —Para un tipo a quien otro le hizo un truco sucio. Una investigacin privada. Mucho dinero, por desenmascarar y enjuiciar al otro. Este otro… fue su asesino. Vilia busca a su alrededor. Veo que sus rodillas se doblan, y me acerco a tomarla del codo. Despus de superar el contacto, la conduzco a una silla vaca. Le toma tres minutos enteros recuperarse. Me mira de frente. El odio era la nica emocin que no haba visto en sus ojos. —A esto viniste hoy? —me pregunta—. A decirme primero que no vas a vengarlo, y despus que su muerte es culpa ma? Doy dos pasos atrs, tragando la saliva que de repente mi boca no tiene. Vilia hunde la cabeza entre las manos—. Yo pens que venas a acostarte conmigo. Que se haba antojado consolarme de la falta de Mohacsy —su voz se quiebra de asco al decir esto ltimo—. Y yo te iba a complacer, para asegurarme que ibas a vengarlo. ¡No lleva una semana muerto y yo iba a acostarme contigo! De repente estoy ante la puerta, que a duras penas veo, y hallo el picaporte de alguna manera. No siento nada, no percibo nada del mundo exterior; gracias a Dios, estoy como embotado. Alguien se ha aferrado por de trs a mi chaqueta y llora. No puedo moverme. No mientras duren las lgrimas.

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Es la puerta lo que me sostiene, no mis pi ernas. Que tampoco pueden llevarme de all. —Si crees que en algn momento yo le ped dinero a Mohacsy, no vuelvas nunca —me dice la persona que llora—. Me enter que esta ba en negocios de alquilar una galera en GeoViena un da despus de su muerte. No me imaginaba cmo iba a conseguir ese dinero y mucho menos que fuera un riesgo. Es bueno creer. Me repongo, recupero mis piernas, y sin volverme articulo—: Volver con la cabeza del asesino de Mohacsy. Si eso es lo que basta, puedo conseguirlo. Tambin con el dinero. El tipo, Robinek, me dijo que sera mo si terminaba el trabajo. Las manos que aferran la chaqueta me abandonan. Yo atravieso el umbral. Dentro est Hull, quien se levanta tras su escritorio de caoba autntica y se acerca a darme la mano. Ambas manos. —Qu se le ofrece, seor teniente Hortah? —me pregunta, solcito y sonriente, mientras aprieta mi derecha en forma ansiosa y poltica. No respondo enseguida. Nunca lo hago en estos casos. Prefiero tomarme tiempo para estudiar el entorno, tiempo que tambin sirve para intranquilizar al interrogado. Pues esto es un interrogatorio, aunque Hull no lo sepa. La habitacin tiene piso de madera y paredes de lo mismo hasta un metro del suelo. Buena parte de la superficie est cubierta por una linda alfombra que es menos artificial que yo, y hay tambin estantes llenos de libros en papel. Los plsticos brillan por su ausencia, por aqu y all descubro lo que parecen adornos de cermica o cristalera, incluso un tapiz colgado tras el escritorio. No se parece en nada a mi casa, que de hecho es un poco ms extensa nada ms. Y es slo una habitacin en una residencia con veinte como sta. Es difcil comprender esta habitacin. Ninguno de los objetos me es familiar y por tanto no

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me dicen nada. No obstante, un detalle me llama la atencin: a la derecha del escritorio hay una ventana y uno de los cristales luce nuevo. Como de ayer. Me fijo mejor y veo pintura reluciente en el marco. No tengo nada contra Hull. Ni conexin, ni arma, ni escena del crimen, tan slo un motivo aducido por un enemigo suyo. Si algo hay, me lo deben dar l mismo o sus cosas, en detalles y descuidos. —Entonces...? —insiste Hull. Mientras me acerco a la ventana, respondo—: Hola. Hull me sigue—. Teniente Hortah, si existe algn motivo para su visita... Por la ventana se divisa un amplio jardn semisalvaje poblado con robles, alisos, tejos y muchos arbustos. Los senderos se ven limpios, la hierba no ha sido pisoteada, los arbustos estn todos en pie. Me vuelvo hacia la habitacin. —Teniente, no comprendo —dice Hull—. Adems, su comportamiento... Est siendo amable. Un tipo con esta casa, amable con un funcionario pblico insignificante como yo. Puede ser miedo. —Estoy investigando un asesinato —declaro. Hull me mira de frente. Su rostro muestra genuina sorpresa y un divertido inters. Sin decir ms sigo mirando aqu y all, hasta que algo sobre su bur llama mi atencin. Un juego de artculos de escritorio parecido al ejemplo de la multimedia enciclopdica. Las piezas, lustrosas y agudas, parecen muy nuevas. Reconozco como tal un abrecartas, y su metal luce inmaculado, sin ptina del tiempo. O fue producido hace poco, o tiene el pulido de la tienda. En cualquier caso, tomo nota de cun poco lleva en este lugar. Justo en ese momento me doy la vuelta para por fin decirle algo a Hull.

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l no me ve. Sus ojos estn donde estaban los mos, y con miedo. Miedo o furia. Mi mano derecha busca a la izquierda tras mi espalda, y ambas se encuentran. Se aferran una a la otra con fuerza para impedirse mutuamente saltar al cuello de Hull, para prohibirme una locura. —Conoce usted al teniente Mohacsy Izsaf? —La frase me sale sin un pice de interrogacin; me siento como si le hubiera dicho el color del cielo. Debo evitar cometer alguna tontera por la exaltacin, como dejar escapar algo. Slo debe saber lo mnimo. Hull sacude la cabeza. —No, creo que no tengo el honor— dice—. Tal vez si me dijera a que departamento pertenece. Atencin a Ciudadanos, quizs? Tengo muchas relaciones de trabajo con ese departamento, y no recuerdo a todos los que he conocido. —Polica Judicial —respondo, y al momento me recrimino por haberlo dejado tomar la iniciativa. —Perteneca a la Polica Judicial. Como yo. —Y ahora est en...? —Ahora est muerto. Hull pone cara de circunstancia. —Cunto lo siento. En cumplimiento del deber, supongo. S, muri en cumplimiento del deber. Probablemente aqu mismo. Casi seguro que con el abrecartas anterior al nuevo que est sobre el bur. Y sin duda alguna fue este hijo de perra delante de m. —Y usted est buscando a un sospechoso, supongo? —pregunta Hull—. O un testigo. Porque eso es lo que hacen ustedes los Judiciales. Buscar personas. Ustedes de hecho no investigan; ni siquiera estn autorizados, creo. Tiene razn, el muy hijo de perra. Yo no debiera estar investigando un crimen. No tengo el entrenamiento, la experiencia ni los medios, y mucho menos la autorizacin. Lo mo es rastrear criminales por toda Hiperviena, si acaso presionando a tipos muy poco claros con

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la ley como para quejarse si los sacudo un poco. —En qu puedo ayudarlo, entonces? —dice todava el dueo de la casa—. Si est buscando a alguien y cree que yo pueda servirle de gua, dgamelo. Pero si, como dijo usted, pretende investigar un asesinato, le advierto que no podra colaborar con usted en nada. Ver usted, eso sera ilegal. Dividen nuestro trabajo en pequeos compartimentos estrictamente separados. Unos cuidan el orden, otros investigan, y aun otros son quienes arrestan. Todava existen ms divisiones en la polica, todas creadas por los polticos para disminuir nuestra influencia y estorbar nuestro trabajo. Siempre en el nombre del miedo, no s bien si a nuestra presunta malevolencia, o todo lo contrario, a nuestra integridad. —Si no se le ofrece algo en que pueda ayudarlo, me disculpa que no lo acompae a la salida? —pregunta Hull—. Estoy un poco corto de tiempo. Aceptar irme con el rabo entre las piernas, expulsado por un formalismo? Qu buscaba viniendo aqu, adems de confrontarlo? Mi maldita inexperiencia en investigaciones serias. Hull no tendra en su oficina un pendn con “Yo mat a Mohacsy” escrito, ni un atizador con restos de sangre junto a la chimenea. Estas cosas no se hacen as. Cierto, su mirada me ha dicho que su juego de artculos de escritorio es nuevo porque se deshizo del viejo, cuyo abrecartas fue usado para matar. Con eso y medio euro me puedo tomar un caf. Hull extiende un antebrazo en direccin a la puerta de la habitacin. —Ha sido un gusto — dice. Es un largo camino de vuelta a la entrada de una casa grande como sta. Me da tiempo a recordar los increbles momentos de inspiracin que tena Mohacsy para resolver los casos de tipos especialmente escurridizos. Cun fcil pareca todo despus, cmo me daba manotazos en la frente porque no se me haba ocurrido algo tan sencillo. Y l se rea,

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diciendo: “Cuestin de olfato, Hortah. En algn punto debes detenerte y ventear a tu presa”. Es una forma de hablar, por supuesto. Cuando la criada cierra detrs de m la puerta me encuentro ante el sendero que atraviesa el extenso jardn, bosque o parque de la residencia. Est haciendo tarde, y fresco. Cierro los ojos, olvido mis odos, y aspiro el aire larga y concienzudamente. Olor a muerte. Putrefaccin de la carne. Abro los ojos y no se va. No es una alucinacin olfatoria. Es algo ligero pero material, presente. Es tan real que puedo hasta seguirlo rastrearlo hasta que se vuelve fuerte e incontestable unos diez metros a la izquierda del sendero. El hedor lleva hasta un roble que a la altura de un hombre y medio tiene un hoyo de ardilla alrededor del cual revolotean moscas. Saco un par de guantes y me los pongo, mientras busco alrededor algo en qu treparme. Cerca de un rosedal silvestre hay una escalera de jardn, que tomo y arrimo al roble. No s que espero encontrar. Mohacsy estaba entero cuando lo hallaron. Puede ser cualquier tontera. Pero no puedo desdear el olor de la muerte en un verde jardn bien cuidado mientras busco a un asesino. Subo a la escalera, extiendo un brazo y meto la mano en el hueco. Algo blando. Es la parte delantera de una ardilla muerta. Del diafragma abajo el animalito est como reventado. Parte de la carne cercana a la herida parece mermelada de frambuesa, sin consistencia de fibra y mal adherida a la piel. Aunque el otoo est entrado, pudiera ser slo descomposicin. De todas maneras esto, ms el hecho de que la ardilla est partida en dos, indi ca el impacto de un proyectil de alta energa. Debi haber cado ms que muerta en el lugar. Me bajo y rodeo el rbol por la izquierda. Veo la pequea perforacin, de entre siete y

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nueve milmetros de dimetro. Alrededor la madera est casi prstina, seal de alta velocidad de penetracin. Vuelvo a treparme e introduzco la punta del meique, con lo cual descubro que en el lugar haba corteza y poco ms. La bala haba entrado con mucha energa remanente, tomando a la pobre ardilla por sorpresa en su hogar. Por el lado opuesto del rbol no hay agujero de salida. La bala est an dentro, como en un cofre. Tanteo la casa de la ardilla en el rea adonde lleva la trayectoria, y encuentro la perforacin interior. En los bordes la madera est un poco hinchada y astillada, pero el dimetro es el mismo de la entrada. Ninguna bala de cermica de las usadas para caza hubiera resistido tanto sin deformarse o fragmentarse. Tampoco una de las que venden para armas autorizadas a particulares. Apost contra m mismo que cuando los forenses trabajaran en el rbol encontraran un proyectil de acero al tungsteno con ncleo de duraluminio, calibre siete milmetros, disparado en una recmara de alta presin, y con las marcas balsticas del arma de Mohacsy. Hull no podra explicar de ninguna manera la presencia de esa bala en su jardn. Su jardn, la bala de Mohacsy; la concurrencia slo se explicara como resultado de la defensa propia. La pregunta es, por qu Mohacsy tendra necesidad de desenfundar su pistola para protegerse de un tipo que lo atacara con un arma tan inofensiva como la que dice Udert, el forense jefe. Si es que tiene razn. Udert no es el tipo de persona a quien siempre se puede tomar en serio. En la puerta de su dependencia pone letreros como: “Bienvenido. Traiga su propia bolsa de vmitos”, “Si quiere trabajar aqu, prubeme que tiene novia”, “Las mejores hamburguesas de Viena”, “Colecta de caladores, cortaplumas y cuchillos de cocina usados”. Cada uno dura una semana o dos, hasta que lo renueva. El de hoy dice: “Silencio, por favor”, y la gracia

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consiste no slo en las palabras en s, sino en que la ta blilla es idntica a las que ponen sobre las puertas de los dorm itorios en los hospitales. La leyenda de Udert dice que siempre te espera sentado en una silla en el pasillo de entrada. Cuando llegas, con un silencio efectista se levanta y echa a andar por sus dominios. No te dice una palabra hasta que no llegan juntos hasta el muerto. Una vez all, se coloca del lado opuesto de la mesa donde descansa el cadver, y te extiende un montn de lminas impresas que se supone debes entender. Yo lo tomo y bajo la vista para hacer como si lo estudiara oficiosamente, pero a la vez pongo la expresin de “No jorobes, Udert”, que dicen consigue resultados con l. —Este asesino trat a Mohacsy como mantel fino, sabes —comenta Udert—. O sea, us el detergente ms caro del mercado. Lo dej como nuevo, sin grasas ni arrugas. No me siento cmodo con los chistes de Udert. l lo llama “humor forense”; yo s que es en serio. Udert ha visto a demasiadas personas reducidas a la categora de tejidos y sustancias. Ya no puede pensar en la gente con el respeto debido a su humanidad y disfraza esa mutilacin emocional fingiendo que la mortalidad humana lo afecta y que por eso re para no llorar. —Apreciara un poco de consideracin con la memoria de un compaero, Udert —y mientras pido con palabras impongo con la mirada—. Dame hechos. Udert frunce el ceo—. Mohacsy era un compaero, s —reconoce—. Hasta se sentaba a mi mesa en el almuerzo. Bueno, al caso. —T oma una lmina de notas y empieza a leerla—. Plata, s… primera de seguro la fatal… con la cuarta se dobl… —Vas a decir algo? —me impaciento. —Te deca que herida fatal, la del hgado —prosigue Udert impertrrito—. El resto, nada serio, al abdomen y al pecho ocho, y una al rostro. Araazos. Slo tres al abdomen le

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hicieron dao, pero no le hubier an causado ni peritonitis, no entraron ms all de la capa muscular porque la hoja se dobl y se mell. —Se dobl y se mell? Qu rayos era el arma? —Te vas a sorprender. —Udert hace una pa usa efectista y se lleva las manos a las solapas—. Plata. Me asombro. —Como lo oyes, plata. En todas las heridas hay trazas en proporciones idnticas de plata, cobre y sulfito, y en la del hgado, como rasp una costilla, fragmentos enteros. Alzo una punta de la sbana que cubre a Mohacsy y observo las feas heridas. Udert contina. —Segn la computadora, la proporcin correspondera a plata de joyero en un objeto expuesto al ambiente. Ahora, segn la penetracin en diversos tejidos y en hueso, era un objeto muy delgado de hierro o acero, recubierto de plata. —Y qu rayos sera? Un cubierto? —No, error. La hoja de un cubierto siempre es toda de acero. Hago un gesto perentorio para que Udert termine de dar vueltas y detalles, a lo que l responde sin prisa en la voz—: La computadora me dio dos opciones. Uno, alguien pens que Mohacsy era un vampiro. Sabes eso, vampiros, plata… Bufo. —S, pero ella lo dio como posibilidad —se justifica l—. Dos, un abrecartas. —Un qu? —Un artculo de escritorio —explica Udert—. Se usa para abrir sobres de cartas, o sea, un envoltorio de papel para un mensaje de correo impreso o escrito a mano, en papel, con tinta por supuesto. Y no me mires con esa cara, que yo haba odo hablar de esto slo en libros y pelculas. La computadora dice que an se usa, no creas. La gente muy fina se manda as

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las invitaciones a fiestas, en sobres, a otra gente fina, que las abre con abrecartas. Vuelvo a mirar el cuerpo de Mohacsy. —As que no es un arma de verdad. Quizs fue algo de ocasin, improvisado —reflexiono—. Las heridas parecen tambin un ataque sin premeditacin ni tcnica. Slo una fue grave. Del otro lado del aparato de autopsias, Udert me apoya. —Exactamente. Adems, el tipo no era muy fuerte de mueca. En buena parte de las heridas la hoja sigue la torsin muscular defensiva natural del cuerpo agredido; el asesino no tena fuerza para presionar una entrada recta de la hoja. Sin embargo, la penetracin fue bastante decente para un abrecartas, que no es una cosa muy rgida. Yo dira un hombre dbil, o una mujer, en un estado alterado. —Tenemos un arma de ocasin, en un crimen que no parece premeditado, por alguien poco profesional —resumo—. El arma debi estar en el lugar del crimen y probablemente Mohacsy fue por propia voluntad al lugar. —Y ese lugar debe ser el estudio de alguien, en su casa —concluye Udert con una sonrisa satisfecha. Yo extiendo una mano en direccin a Udert. —Gracias. l, sorprendido, no sabe dnde meter la lmina de notas, que finalmente deja sobre Mohacsy, y pasa la derecha sobre el cuerpo. Se la estrecho durante cinco segundos. Apenas suelto la mano que sostengo y doy un paso atrs, ya es la de Robinek. Y con esa misma mano que me acaba de dar, Robinek toma algo del tablero dispuesto sobre la mesa y me lo muestra. —Sabe usted que es esto? —pregunta. —Un pen rojo. —Ms o menos —condesciende Robinek y vuelve a colocar la pieza en su lugar—. Pero no

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un sencillo pen rojo. Es un pequeo pen escarlata. Me encojo de hombros—. Nunca he entendido el tetradrez. Robinek se sienta a la mesa y se acoda frente al tablero. Es ms grande que uno comn, pues en vez de ocho por ocho escaques tiene treinta y dos por treinta y dos. —El tetradrez usa un tablero diecisis veces ms extenso y cuatro veces ms piezas — explica Robinek apoyando la descripcin con amplios ademanes—. Cada jugador posee cuatro ejrcitos completos. El negro, por ejemplo, tiene un ejrcito negro principal, de piezas ms fuertes, y uno rojo secundario, de piezas ms dbiles. A su vez, cada color se divide en dos ejrcitos, uno llamado pequeo y otro grande. El secundario del blanco, como usted ve, es azul. Entiende? Miro el tablero, distinguible en la penumbra del despacho gracias a dos anticuadas lmparas de pie. A cada lado, cuatro ejrcitos de piezas. Por banda hay cuatro reyes, cuatro damas, ocho torres, y el nmero correspondiente del resto. Sin embargo, no son todas iguales. Como dice Robinek, se diferencian por color y tamao. —Entiendo. Robinek toma de nuevo el mismo pen. Ahora me doy cuenta que pertenece al grupo de piezas de menor tamao—. Estos ocho peones, pequeos escarlata, como se llaman tcnicamente, son los ms dbiles del ejrcito negro —dice—. Tienen exactamente las mismas propiedades que los del ajedrez original. Sabe usted qu pasa cuando se corona uno de stos, o uno de los azules pequeos? —Se convierte en pequea reina?—aventuro. —No, pero est usted en buen camino. Efectivamente, cada pen slo puede convertirse a piezas de su color y tamao. Pero no es el caso. Un pequeo pen secundario coronado significa victoria automtica.

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Camino hacia la mesa de Robinek y tomo otro pequeo pen escarlata del tablero—. Entonces esta pieza puede hacerte ganar un juego. —Efectivamente —confirma Robinek—. Cualquiera de los ocho. —Ocho oportunidades de ganar. Bastantes. —No lo crea. Es la pieza ms lenta y dbil del juego. Casi insignificante. Si no fuera por la regla de la coronacin, los jugadores los entregar an slo para salir de ellos. Es ms bien un asunto de balance. Levanto el pen hasta cerca de mis ojos y lo estudio. La curiosidad debe verse en mi rostro, porque Robinek comienza a explicar con un tono de voz doctoral, casi pedaggico. —El tetradrez es muy complejo —dice—. No hay un ser humano capaz de jugarlo realmente bien. Por eso usamos computadoras para preparar la estrategia general antes del juego. Y por eso la regla del pequeo pen escarlata, o azul, para permitir al menos una estrategia clara, directa y definitiva de victoria. Siempre, si has cuidado tus piezas pero tampoco te has entortugado, al menos a partir de la jugada treinta y uno tienes una oportunidad, aunque te hayan comido las piezas fuertes. Adems, eso valora la pieza en s y la hace parte del juego y la estrategia general. Pongo la pieza de vuelta a su sitio y me guard o las manos en los bolsillos—. Bueno, gracias por la clase —mascullo—. Dgame ahora qu tiene que ver en el asunto. Robinek coloca l tambin su pen en el tabl ero mientras me mira fijo a los ojos. —Hull mat a mis pequeos peones escarlata —y cuando me habla sus dedos vibran—. Se aprovech de sus privilegios en la red de Hiperviena para entrar en mi computadora a robar mi plan para el match de retadores, y con esa informacin mat en la cuna mi estrategia de coronacin. Desarroll un plan especfico para comerse a todos mis pequeos peones escarlata. Cuando jugamos, yo no tuve oportunidad ninguna.

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—Caramba, eso debi molestarle —considero. Robinek tuerce cidamente la boca. —Con eso mat al tetradrez como sistema de juego. La estrategia de coronacin es una de las cosas que lo hace balanceado. No es lo que me hace a m, seor Hortah, es lo que le hace al juego. Con trampas, con ese tipo de sucias trampas, las reglas ya no funcionan, y son las reglas las que hacen el juego. Puedo entender a Robinek. Yo creo en las reglas, las sigo, y adems las sostengo, como polica que soy. —Como le dije por el telemedia, seor Hortah —contina el tetradrecista—, Hull es el asesino de Mohacsy, estoy seguro. Yo contrat a su compaero para que, con su experiencia y privilegios como polica, demostrara la trampa. Probablemente lleg tan lejos en su investigac in que Hull lo mat. En el tablero, cuya disposicin comienzo a comprender un poco, veo tres pequeos peones escarlata juntos en la fila veintiocho. Frente a ellos hay varios grandes peones blancos. — Lleg tan lejos como stos —sealo—. Igual van a morir. —No lo crea; no todos —dice Robinek, y del otro extremo del tablero trae una gran reina negra con la cual toma uno de los peones blancos. —Y de todas maneras, slo necesito uno. —Y dejar morir al resto? —Por una buena causa. Por el juego. Soy un jugador, y slo sigo las reglas. Mire, Hortah: lo importante es que no se sa lgan con la suya los malos jugadores que quieren eliminar a todos los pequeos peones escarlata slo porque no estn cmodos con la regla de la coronacin. Sin responder, observo los tres pequeos peones escarlata que tan lejos han llegado. Estn cerca de la victoria porque se han apoyado unos a otros, haciendo frente comn ante enemigos poderosos. Quizs el del centro estuvo adelantado y sin apoyo por un tiempo y

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slo al cabo de algunas jugadas los otros se pusieron a su lado, quizs marcharon juntos todo el camino. No es relevante para su estado actual. Lo que importa ahora es cun unidos, cun cerca estn. S, estamos unidos y cerca de nuestro objetivo. —Ya falta poco —dice Schwarzthal. Me sonre primero a m, despus a Rukin. Y de repente se lleva ambas manos al abdomen a la vez que la sonrisa se le agrieta en un rugido de dolor. Rukin lo aferra por un brazo y se lo lleva tras una columna. Por el desierto andn vienen cuatro tipos vestidos con idnticos trajes de color claro. La sbita capacidad de observacin que da la adrenalina me hace notar cmo a unos les queda grande la ropa y a otros pequea; eso me hace decidir enseguida y con una seguridad aplastante que no son Parlamentarios. Apunto y disparo. El segundo tipo a la derecha se detiene en seco mientras su tronco rota bruscamente hacia la izquierda. Pero no cae, no se desequilibra, no se desmadeja. Slo hay un cambio: en su chaqueta aparece un punto oscuro a dos dedos de la clavcula. Lo veo a la perfeccin cuando el tipo se vuelve a poner de frente a m sin mostrar el semblante de un hombre en cuyos pulmones habra cuatro gramos de metal creando desgarramiento, cavitacin y shock hidrosttico. Entonces cada uno de los otros tres me apunta con un objeto azul mate irreconocible como arma, y al instante siento una terrible sensacin de quemaduras en la piel del pecho y en un muslo. El dolor es tan grande que paraliza todo mi cuerpo y me corta la respiracin. A duras penas tengo conciencia an de cmo detrs de m Rukin abre fuego, mientras caigo de rodillas primero y al suelo de spus, sobre un costado. Casi como en una pesadilla veo a los cuatro individuos avanzando contra los disparos, que reciben en diversas partes del

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tronco y los miembros como si fueran golpes muy fuertes, pero nada ms. Al lado mo, Hull es una estatua inmvil. Los cuatro tipos caminan hacia l sin apuro y con sus extraas armas por delante. De pronto una figura alta y oscura aparece tras una columna y de un salto se pone entre los cuatro. Ellos reaccionan slo cuando la tienen justo en medio y ya se mueve gil de uno a otro, dispensando golpes rpidos pero poderosos con unos largos miembros de araa humana. En los extremos vertiginosos de sus brazos brillan hojas metlicas y cada vez que un puo hace contacto con el torso de un tipo, ste se retuerce agnicamente. Los tres primeros quedan fuera de combate en pocos segundos, el cuarto logra alejarse lo suficiente para tomar puntera y hace un nico disparo. Fallido, y enseguida le quitan el arma de una patada y la vida de una pualada en el cuello. Es una mujer pelirroja y joven, vestida con pantaln y suter negro mate ajustado. —Tejido monomol embebido en gel de visc osidad reactiva —dice la mujer—. Detiene cualquier bala que se pueda disparar con arma corta, pero stos... —muestra dos puales de hoja larga y fina—... la agujerean como si fuera una bolsa de yogurt. Intento incorporarme pero ni mis dedos obedecen. —Sshh —me amonesta la mujer mientras limpia sus puales en la ropa de los muertos—. Ests en shock. —Mmigdga... —respondo sin aire apenas. Los pies de Rukin cruzan sobre m. Va hacia la mujer con la pistola en la mano izquierda, y la derecha extendida. Pocos saben que es ambidextro. La mujer toma la mano que se le ofrece y la estrecha con energa. —T debes ser Rukin — dice—. Por desgracia, Hortah no habla mucho de ti. —Y t eres...? —inquiere Rukin. Desde el suelo veo cmo su pulgar se tensa sobre la

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culata del arma. —Eckmann, por supuesto —contesta la pelirroja—. No me esperaban? —Por supuesto que s. Schwarzthal sale de detrs de la columna y se acerca, frotndose la barriga con cuidado. — Cmo rayos sabas de stos tipos y sus ropas gelatinosas? Eckmann se encoge de hombros. —No saba. Simplemente, las armas blancas son mis preferidas. —Y que lo digas —dice Rukin—. Ests infiltrada en las Pandillas Viejas, no? Eckmann asiente. Entonces Rukin apunta a la cabeza de uno de los tipos tendidos en el suelo. El disparo suena extraamente poderoso y nos sobresalta a todos los dems. —Estaba vivo y escuchando —explica Rukin—. Digo, tu cobertu... No puede terminar la frase porque Eckmann le pellizca una mejilla y se la retuerce vigorosamente. —¡Qu lindo! —exclama la pelirroja—. Te debo una salida, cuando termine la misin. —Y dejando de lado al estupefacto Rukin se sit a frente a Hull. —Este es el limn de la discordia, supongo. Bueno, necesitar que desconecten su neutralizador. —Ya no se puede —dice Schwarzthal—. El que tiene ahora es irreversible; si lo desconectamos, no se puede conectar de vuelta. —Pues hay que hacerlo. Miren, no podemos seguir caminando por zonas abiertas, simplemente van a seguir apareciendo tipos, Guardias Parlamentarios o pandilleros. Tengo una va alternativa, pero no podemos llevar un peso muerto. —Se escapar, o se negar a caminar —intervengo mientras voy ponindome en pie—. Es una rata.

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Eckmann sonre. —Bueno, lo de escaparse es algo que tendra que hacer muy bien, porque somos cuatro a vigilarlo —dice—. Adems, si tomamos los microondas de estos tipos, nos ser fcil de controlar sin tener que hacerle dao de verdad. Y de que camine, lo convenzo yo. Vamos, quien apaga este chisme? Rukin se acerca. —Con tu permiso —se mete entre Hull y la pelirroja y comienza a manipular el neutralizador. Al verlos tan prximos me percato de que Eckmann es an ms alta que Rukin, casi por media cabeza. —Ya est —anuncia Rukin y despus se retira a un lado. Hull parpadea. —Bienvenido de vuelta, hijo de puta —dic e Schwarzthal—. Estaba extraando que te doliera cuando te pegara. —Chico listo, te tengo una proposicin —declara Eckmann—. Si echas a caminar con nosotros por tus propios pies, llegars a lugares abiertos donde existe ms probabilidad de que te rescaten. Por donde vamos a ir ahora, no hay ninguna, claro. Tu otra opcin es que te arrastremos por entre las caeras, pero t qu erras morir entero, por supuesto, sin dejar pedazos por aqu y all. —Me parece bueno eso de arrastrarlo —comenta Rukin—. Adems, no confo en l. Es un tipo de mala entraa. La primera vez que Mohacsy va a su casa, lo recibe a pualadas. Hull sacude la cabeza. —No era la primera —balbucea—, era la segunda. En vez de a entregarme las pruebas en mi contra, vino a por ms dinero. —Cmo dices? —Schwarzthal lo aferra por el cuello. —Qu quiere decir eso? —Quera ms dinero —repite Hull—. Dijo que necesitaba ms, que no estaba siendo avaricioso, que incluso me lo devolvera. Pero no tena a donde ms recurrir y no iba a irse sin ms dinero.

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Boquiabiertos todos, incluso Eckmann. Yo, adems, comienzo a sentir un sudor fro que brota de m a raudales como mismo brota la conviccin de que s, es posible, es incluso cierto que Mohacsy haya ido a casa de Hull a extorsionarlo. —Jams quise matarlo, lo juro —contina el asesino—. Pero empezamos a discutir, nos acaloramos, l sac el arma, y yo... No estoy escuchando. Schwarzthal tampoco. Crdeno y convulso, mira a Hull con unos ojos que quieren comrselo, mientras lo presiona contra la pared con ambas manos y le descarga sobre el pecho t oda su enorme fuerza. —Deja... de decir... cosas... acerca de Mohacsy —jadea Schwarzthal a causa del esfuerzo— Murdete la lengua... o te hundo... las costillas... Hull boquea. Sus puos golpean intilmente los brazos y el rostro de Schwarzthal, cada vez con menos fuerza. El resuello sibilante en que se ha convertido su respiracin debe de estar relacionado con ese debilitamiento. Cuando su mandbula desencajada no atrapa ms aire, yo extiendo una mano lenta sobre el codo de mi compaero. Hull cae al suelo, liberado y medio muerto. —No importa —digo—. No importa para nada. Les juro que Mohacsy quera el dinero para una buena causa. Deben creerme. Rukin y Schwarzthal no responden. Tan slo observan a Hull mientras asienten con gesto grave y cara de estar perdidos en alguna reflexin a la cual no querra asomarme. Eckmann, por su parte, sonre sardnicamente. —Ni que eso cambiara lo fundamental —comenta. Hull los mira suplicante desde el suelo y comienza a implorar—. ¡Aydenme —ruega—. ¡Me va a matar! ¡Soy inocente! ¡Soy un genio! ¡Ped clemencia oficial! —No esperes perdn —gruo, y con un amplio ademn le sealo todo el espacio en derredor—, aqu slo hay policas.

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Y decenas de ellos, de todos los grados y ramas. Narcticos, Ecolgicos, Inmigracin, del mismo Judiciales… no puede ser que haya tantos, y de servicios que ni siquiera residen aqu, en el Palacio de Justicia. Entonces comprendo que vienen a verme matar a Hull. Temen manifestarlo o darlo a entender, pero su presencia me dice: “¡Mata, mata al hijo de perra! Ninguno de nosotros te va a detener sin una orden directa”. Saben que sigo las reglas y estoy haciendo lo que hara cualquier polica de Hiperviena. Preczik sale de un elevador y corre hasta m. Tras echarle un vistazo rpido a Hull, quizs para comprobar que no est malherido, me interpela. —Hortah, djate de tonteras. Largo una carcajada seca—. ¡Ja! Mal comienzo, jefe, mal comienzo. Se empieza con coba. O ya se olvid? —Quieres que te detenga yo personalmente? El capitn se ha parado justo en mi camino. Yo lo miro a la cara. l me sostiene la mirada e infla el pecho. Entonces me acerco a l y le digo casi en un susurro—. Hace tiempo que no lo veo por el gimnasio, jefe Preczik, y se le nota. Quiere que lo avergence delante de todos? Tragando saliva, Preczik se quita de en medio. Pero no ceja. —Hortah, yo le ordeno que libere a ese civil o que lo entregue en la guardia. —Y yo le anuncio que lo estoy llevando al foso y que sus rdenes no valen ahora — contesto mientras contino arrastrando a Hull. Preczik se pone lvido, aunque enseguida reacciona y me agarra por un brazo—. Para poder hacer algo como eso tiene que evaluarse con una psicoscopa. —Ps, usted dice algo as como esto. —Y sin detenerme saco de mi bolsillo una lmina de datos con sello oficial y la muestro—. Es de esta semana. Hasta dentro de tres das nadie

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puede poner en duda mi integridad como polica. Ah lo dejan muy claro. Mi prioridad es el cumplimiento de la ley. Me es imposible romperla. Soy ms honesto que un conejo, seor. —¡Esto es una venganza, y usted lo sabe! —me espeta Preczik, y se vuelve hacia los dems policas, que no han perdido detalle. —¡Detnganlo! Nadie se mueve. —Demasiadas razones, capitn —le digo—. No s las suyas o las de sus jefes, pero todos aqu tenemos el estatuto cincuenta y cinco, y yo en particular, tambin otras. Entonces Hull se rebela. Siento su mano fallando en mi ingle, a poco de mis testculos, aunque algo duele. Mando a paseo al dolor y desplomo mi puo sobre su cara. Al percibir la vibracin de su crneo a travs de los nudillos, algo se suelta. Cuando ese algo vuelve a su lugar, Preczik est a dos metros de m, con el traje manchado de sangre, y Hull ya no es reconocible, al menos por el rostro. —Maldicin, Hortah, de todos los lugares donde podas haberle pegado —masculla mi jefe—. Te he dicho una y mil veces lo que vale esa cabeza. El tipo trabaja en cuatro proyectos de alto nivel del gobierno. —Y todava tuvo tiempo para el tetradrez y Mohacsy —aado—. Me comprar el mismo modelo de agenda que l. Prezcik gesticula impaciente—. Vamos, cstralo, desmimbralo, crtale la espina dorsal a la altura del cuello, lo que sea, pero djame su cerebro entero. No te imaginas las presiones que estoy teniendo. —No todos tenemos ambiciones polticas, capitn —digo al reanudar el paso—. Yo slo quiero hacer mi trabajo. Preczik vuelve a arrimarse—. An tienes oportunidad de resolver esto bien por ti mismo, antes de que otros lo hagan. Crees que no hay otros ministerios ms obedientes y

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razonables, que pudieran intervenir ahora mismo? —Ya esos ministerios han intervenido todo cuanto se atrevan, y fue bastante —repongo. No paro de arrastrar a Hull, quien ya ha recu perado algo de conciencia y se queja—. Ms intervencin ninguno de estos compaeros la tole rara, ni siquiera por primera y nica vez. El capitn observa alrededor de nosotros. Debe haber como cien policas de los grados intermedios y bajos. Algo ve en sus miradas silenciosas—. Est bien —acepta—. Ser su voluntad, Hortah. Pero haga lo que le pido. Si no, usted no tendr ascensos nunca en su carrera. A duras penas tendr carrera. —Mi carrera es seguir las reglas —resuelvo—. Seguirlas y ver que otros las sigan. —Y usted siente que para cumplir con las reglas debe matarlo, Hortah? —pregunta Preczik—. El estatuto sindical le da libertad de eleccin. Por qu elige esto? No va a revivir a Mohacsy. De hecho, ha puesto a otros amigos suyos en peligro. Ms cansado de luchar con la voz de Preczik que con el peso de mi arrestado, me detengo, y tras tomar aire le respondo al capitn—. Puedo, debo, quiero y necesito matar a Hull, y nadie tiene el derecho de tan siquiera objetarme nada de eso. —Por Mohacsy? Slo por vengar a Mohacsy? —inquiere mi jefe. No tengo ninguna razn para decir toda la verdad. —Por Mohacsy, seor. Slo por Mohacsy. Y cierro los ojos. En la oscuridad, el mapa virtual se abre. —Dame Geoviena Arcoiris. El centro del mapa sale de s mismo hacia arriba y afuera como la salpicadura de una gota, y se abre sobre el resto en una densa red de nfimas cuadrculas. Tiene seis iconos de captura azul, dieciocho verdes, uno amarillo, tres naranja, y ninguno rojo. Es obvio que en

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sus oficinas y diversiones los ricachones se dedican ms a los delitos contra la propiedad y las buenas costumbres. —Ahora Geoviena Horizonte. Un entramado diferente surge desde abajo y rpidamente crece en la visual hasta superponerse y borrar las retculas anteriores Sigue sin haber rojo. Como nota curiosa percibo la preeminencia de naranjas y amarillos. Las cosas se ponen ms personales y apasionadas en casa, supongo, incluso si la casa es un apartamento de alto octanaje. —VaViena. Las cuadrculas disminuyen de tamao hasta fund irse entre s y se recogen en el centro de la imagen. En compensacin, de la masa sin detalles crecen sesenta y cuatro grandes lneas radiales en ngulos casi simtricos. Ya aparecen algunos marcadores rojos, pero ninguno es el mo. —HiperViena Subdefinida. Entre los grandes ramales de VaViena comienzan a crecer redes conectoras, apretadas y finas. Titilan como hilos de araa a la luz de la luna. Contra la albura, comienzan a destacarse los puntos de color que definen las seales de localizacin emitidas por los neutralizadores de todos los delincuentes que en HiperViena esperan sentencia, arresto o juicio. Todos estn bastante lejos de los conf ines de la ciudad. Temen que el margen de error lleve al aparato a decidir que intentan escapar. Lo cual les costara una represalia proporcional, sea una descarga de dolor, sea la muerte. La interfaz no identifica ninguno de los puntos rojos como el mo, el que indica donde puedo buscar a Hull. Mi irritacin crece mientras cuadrante a cuadrante se me niega el deseado BLIP. Justo cuando estoy al golpear al proyector, la imagen comienza a vibrar, y de pronto se desvanece. Hiperviena entera ha desaparecido en la oscuridad.

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—¡Operador! —grito con fuerza—. ¡Se ha cado el sistema! ¡Operador! Pasos detrs de m. —Y qu e lo diga, amigo —los acompaa una voz. —En las ltimas semanas, eso es todo lo que escucho. Me doy la vuelta mientras la puerta del cub culo se abre a la tenue luz del pasillo. El operador es un hombre mayor, bajo y endeble. —A todos les digo lo mismo, teniente: paciencia, mucha paciencia. —Es algo central, entonces? —Muy central. No tiene nada que ver con su consola ni con la estacin de servicio. Por esos respondo yo —se golpea el pecho con un pulgar presuntuoso. Abrumado por el esfuerzo de controlarme, extiendo los brazos a ambos lados y quedo crucificado entre las paredes del estrecho cubculo. Tampoco soy consciente en el momento de que mi cabeza cae a un lado y de que mis piernas se doblan un poco. —No se preocupe, su martirio ser corto —dice el operador—. Le sirve de algn consuelo si le digo que los datos de su gestin estn en cach local? Me avergenzo al notarme Cristo involuntario, y salgo al pasillo carraspeando mi confusin. —Esto es nuevo, no? —pregunto—. Digo, hace un mes o ms que no busco. Se lo dejaba a... a mi compaero. —Y esta vez no pudo endilgrselo, ya. —No, no es eso —respondo con la voz ms hundida de mi vida—. Mohacsy muri. Busco a su asesino. El operador reacciona con sorpresa apesadumbrada. —Caramba, el teniente de opereta—. Su voz denota tristeza real. —Cmo se lo digo a mi nieta? No ser fcil, ella tiene nueve aos y l era su prncipe azul, su teniente de opereta, como le deca yo para pincharla. Sabe, por encontrrselo a l mi nieta vena a verme muy a menudo. Y ahora... —El viejo sacude

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atribulado la cabeza. Hasta en los lugares ms increbles la gente extraar a Mohacsy, pienso. Habra que ver si a m tambin. —Y a qu se debe la cada? —pregunto, ms por despejar mi cabeza que por verdadero inters. —Es la hora de las duchas. —Cmo? —Al tiempo entre las cinco y las ocho lo llamamos la hora de las duchas —explica el operador—. A estas horas coinciden el cierre y la apertura de muchos negocios, trfico de gente que sale o vuelve de casa, ordenadores dom sticos que se activan, la redistribucin de la carga elctrica por luz o calefaccin, y adems, todo el mundo se da una ducha en algn momento, como si fuera a propsito para cargar al subsistema de demanda hidrulica. Nunca hay tantas conmutaciones ni datos corriendo por las redes como durante esas tres horas. El sistema central de gestin urbana lleg hace poco al punto en que ya no resiste, y como dos veces por semana colapsa momentneamente por la sobrecarga y se lleva abajo a algn subsistema. Esta vez le toc a Bsqueda. Nada personal. Usted mismo no ha notado los problemas que tiene recientemente la infraestructura de la Ciudad? —S, bueno, pero no haba pensado mucho en eso, ni tena una idea de conjunto, as como de toda la ciudad. Y por qu rayos no mejoran las capacidades? —No tenemos tiempo para reemplazar ni el sistema central ni los perifricos antes de que todo reviente en el medio ao que hemos calculado. Es un montn de aparatos, y la mayora funciona por inercia. Y de todas maneras, el software es responsable de la mayor parte del problema. Si lo montamos en una base nueva, tambin colapsar. Por algn punto tenan que reventar las costuras de Hiperviena, pienso. O ms bien,

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revientan por ms de un punto. Primero el control automatizado de la infraestructura; ahora el estatuto cincuenta y cinco y con l la seguridad ciudadana. —Y cun malo se puede poner? —Muy malo — afirma el viejo—. Tan malo co mo que el agua no corra, los trenes del metro choquen entre s, el trfico se desmande, la distribucin de electricidad se vuelva un caos; todo en un minuto. Silbo de asombro. —No tena noticia de esto. —Oh, pero si lo encubren cuanto pueden —el viejo hace un gesto de fastidio—. Que no es mucho; yo mismo me he enterado por rumores. Usted sabe, trabajando aqu. —Y esto que usted me dice simplemente va a pasar y ya? Es un maldito Apocalipsis lo que usted describe. El operador asiente con una sonrisa sardnica. —Y por supuesto, nadie va a decir nada; el pnico, usted sabe. La novedad de que HiperViena pende de algorit mos viciados de una informtica defectuosa es algo realmente difcil de aceptar. —No se puede hacer nada? —pregunto. —Se trabaja. Ahora mismo los mejores matemticos y programadores estn elaborando un sistema nuevo, con algoritmos realistas y ms depurados. HiperViena est en sus manos. Cada vez es peor, sabe usted. La poblacin crece, y con ella la demanda. Pero un nuevo software nos dar tiempo para adaptar a la ciudad. Un destello de sospecha me recuerda algo dicho por Robinek. —Usted no sabr por casualidad los nombres de esos... matemticos? —Imposible. Se esfuerzan mucho en que no se sepan. Si alguien se apodera de cualquiera de esos tipos, tendr una entrada trasera a todo en esta ciudad, y por supuesto, a todo el pas... —el viejo pone de repente una expresin tremebunda, pero enseguida la cambia por

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una mucho ms solcita—. Olvidemos eso. Alguna otra cosa que pueda hacer por usted? Hago un gesto de profundo fastidio. —Nada, con el sistema cado. Mejor me voy. —Espere... —me detiene el operador—. Su amigo lleg a entregar la bitcora de su ltima bsqueda? Lo digo porque si lo mataron, quizs no le dio tiempo a archivar... —No, creo que no. Estar aqu todava? —Claro, no ha pasado tanto tiempo. Supongo que querr llevarse el fichero de la bitcora, para las formalidades de ese ltimo caso. —Sera muy amable de su parte —agradezco—. Nadie ha extraado ese informe, pero sera bueno dejar todos sus asunto s en prefecto estado. —S, me imagino. Se lo mando al servidor de su departamento, o quiere verlo primero en su cubculo? Un fantasma susurra en mi nuca, se mete en mis intuiciones y responde por m. —Lo ver primero en mi cubculo, claro. El viejo operador asiente y se marcha. Yo espero. Poco ms tarde la proyeccin volumtrica se levanta en la oscuridad. Est casi completamente llena por un gran icono que di ce “Bitcora de bsqueda. Oficial Mohacsy I.”, y una fecha reciente. Comienzo a abrir, y se me revelan secretos. La bitcora contiene el proceso de bsqueda de todos los detalles de una intrusin de Hull en la computadora de Robinek, que se prueba con registros de trfico judicialmente vlidos de los servidores nodales de ambos. Ese tipo de reportes es informacin restringida del sistema de HiperViena, sobre todo en el caso de la cuenta de Hull, cuyo acceso era privilegiado. No me imagino cmo pudo Mohacsy, incluso en su condicin de teniente de polica, meterse en sitios donde se guardan datos tan sensibles del sistema central de la ciudad, protegido como nada en el mundo. Probablemente quem favores y recursos casi

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ilegales. En cualquier caso, de haber llegado antes a m esta bitcora, la investigacin y el juicio no hubiesen durado ni una semana. Con esto en la mano hubiera podido exigir una psicoscopa de culpabilidad para Hull sin necesidad de esperar a reunir pruebas forenses. Tambin puedo demostrar que Robinek y sus pequeos peones escarlatas se merecan el trofeo que les fue arrebatado. Esto ltimo valdra adems un montn de dinero. Tanto como para hacer realidad todos los proyec tos que Mohacsy tena para Vilia. Aun hay otra conclusin. En los registros de la cuenta de Hull se detalla el nivel de prioridad de su acceso, y entre otros puntos se le declara autorizado para entrar a los ficheros del mismsimo sistema operativo de la infraestructura de HiperViena, para, literalmente, “fines de evalua cin, anlisis y optimizacin”. Es obvio por qu me han escamoteado a Hull y por qu lo dejaron salirse con la suya en la trampa a Robinek. Hull es uno de los salvadores de HiperViena, uno de los genios que va a hacer el nuevo sistema operativo con el cual la ciudad podr sostener su estado actual, y aun crecer. A lo mejor es el ms importante del equipo; con tanto que se preocupan por l. Definitivamente, HiperViena ne cesita ahora a Hull ms de lo que alguna vez necesit a Mohacsy. Mucho ms que al estatuto cincuenta y cinco, tambin. Sin Hull no habr ciudad en la que aplicar el estatuto. Si l no crea los algoritmos para el nuevo software, quizs nadie pueda hacerlo en su lugar, y la infraestructura colapsar. Cuando eso ocurra y todo empiece a fallar, la gente huir en masa para no volver y habr incendios, vandalismo, escapes de agua, emergencias sanitarias... Ejecutar a Hull y condenar a Hiperviena son una y la misma cosa. Querra yo perdonar a Hiperviena en esas condiciones? Si Hull no muere, si el estatuto cincuenta y cinco no es cumplido hasta las ltimas consecuencias pase lo que pase y dulale a quien le duela, ni siquiera sera la misma ciudad. Sera una Hiperviena menos

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fuerte, limpia y segura, un lugar donde la ley y el orden no podran ser sostenidos, por la sencilla razn de que sus guardianes ya no podran hacer su trabajo con la misma confianza. Pues liberar a Hull puede ser el primer paso hacia la cada, la seal de debilidad policial que polticos, criminales y todos en general espera n para burlar la observancia de las leyes por codicia, amoralidad, ambicin o simple y velei dosa ingratitud. No habra sitio para m en esa Hiperviena, no, ni para Mohacsy si an viviera. E incluso si la muerte de Hull es la seal que todos esperan para lanzarse como lobos sobre el estatuto cincuenta y cinco, prefiero defenderlo a muerte algn da que rendirlo hoy a la conveniencia del estado y a la de los polticos maana. Es una decisin que debo tomar antes de salir del cubculo. Aqu adentro, en esta semipenumbra, las cosas pueden ser difusas y de tonos inciertos. All afuera, en el pasillo, la luz ambiental define lneas cortantes y excluye tanto grises como sombras. As que cuando finalmente salgo del cubculo al corredor es con un curso de accin: mi objetivo es el reservado frente al mo, cru zando el pasillo. Descorro la cortina del modo ms natural posible y paso. Dentro est Hull, con ambas piernas subidas al pullman, un brazo en el respaldar y la cabeza apoyada en la pared del fondo. En la derecha sostiene un vaso casi vaco. Por suerte la botella est an dos tercios llena; no quisiera tener que arrastrar un cuerpo alcoholizado por toda HiperViena. l entreabre los ojos con desgana. —No eres un camarero —dice con suspicacia mientras intenta distinguirme. Parece no haberme recono cido. Gracias a Dios por la penumbra del reservado, la luz del pasillo a mi espalda y su borrachera en ciernes. —Seor Hull, debemos irnos—. Me acerco lentamente a l, con la vista fija en su cuello—. Hemos recibido orden de llevarlo a un lugar seguro. Permtame ayudarlo... —Oh, maldicin —rezonga l—, me gustaba aqu—. Las palabras salen de la boca de Hull

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insultando al alemn de los poetas con su olor y su gramtica de whisky, pero debo aproximarme para ver la placa de interfase de su neutralizador y controlarla manualmente, puesto que por remoto es imposible. Mi cara se acerca a la suya, demasiado, y buscando mejor visin me quito de entre l y la luz del pa sillo, en mala hora. Al instante su rostro cambia la placidez alcohlica por el terror absoluto del perseguido; ahora me har usar ambas manos, quizs hasta se le ocurra pedir auxilio. Sin perder un segundo dejo caer la mano izquierda abierta contra su pecho, y mi brazo, mi hombro y todo mi peso. Hull ahoga un quejido que quizs era una llamada. Tambin muere su intento de levantarse del pullman. En esos segundos ganados a la suerte mi derecha encuentra la interfase del neutralizador y recorro con el ndice toda la superficie de la pequea placa, rezando porque algo bueno suceda. Y sucede. No s en qu forma acta este artilugio, en virtud de qu puede apagar la voluntad de un ser humano de un segundo a otro, pero es bueno que funcione tan bien y tan rpido. Ahora Hull es un saco que ni necesito cargar, pues caminar solo. Lo hago levantarse con cuidado —el neutralizador afecta el equilibrio— y lo hago andar hasta el pasillo, calmosamente. La luz hace falta para lo que voy a hacer ahora. Pongo a Hull con la espalda pegada a la pared mientras saco mi mvil, activo la opcin visual y dicto un nmero inolvidable. Despus apunto el ojo del mvil contra Hull a la distancia necesaria para que su rostro cubra toda la pantalla. Ser la primera imagen que ella vea y valdr ms que mil palabras, como dicen. Tres segundos ms tarde escucho su voz desde la bocina. —Josim? Ests bien? Ha preguntado cmo estoy. Vuelvo el mvil contra m, y all, en la mnima pantalla que sale del aparato, hay una pequea Vilia que s, muestra una expresin preocupada, y es por m.

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—Estoy bien. —Y creo que eso es ms verdad desde hace unos instantes. —No respondas mis llamadas. —Estaba desconectado. No quieres que en medio de un acecho suene mi mvil. —Oh, claro —reconoce ella—. Cmo lo atrapaste? —Un pacto con una rockera que me consigui una buena seal. —Cmo? —No te puedo decir ms. Ahora lo llevar al Palacio de Justicia... si puedo. Algo me dice que en unos minutos me van a vaciar el infierno encima, con todo y demonios. —Tienes que llevarlo? —pregunta ella—. Dnde ests ahora es muy lejos? —Un bloque residencial de VaVie na Este que tena condiciones convenientes para trucar las seales del neutralizador. —Y es imprescindible que te lo lleves de ah? Por qu no lo matas en el lugar? —No puede ser. Dadas las circunstancias del asesinato y la sentencia, sera ilegal de esa forma. —A quin le importa? —grita Vilia—. ¡T e matarn si no sales de l ahora! —No puede ser —repito—, no pued e ser as, tengo que llevarlo. —¡Mtalo ahora! ¡Mohacsy no querra que te jugaras la vida por...! —No entiendes —la interrumpo—. No es una venganza. Las lgrimas no pueden verse en la baja resolucin del mvil. Pero conozco la cara de Vilia, sus ojos, y s cuando est llorando. —No es solamente porque l haya matado a Mohacsy —contino—. Ni por el dinero de Robinek, ni por el estatuto cincuenta y cinco; tampoco por ti, ni por mi conciencia. Es por todo eso, y con todo he de quedar limpio. —Djalo ir, entonces —dice ella, y su voz me describe todas las emociones que la pantalla

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no puede representar—. Djalo ir, o dale la paliza de su vida. ¡Pero que no te maten! No dejes que te maten... La veo triste, muerta de miedo, llorando, e irnicamente eso me llena de euforia y determinacin. —No puedo hacer otra cosa— le respondo, y un segundo antes de cerrar el mvil le dedico mi ltima sonrisa, oscura y fuerte como su caf. Ahora debo hacer un plan. El pa sillo de estos reservados sale directamente al saln del restaurante, donde con seguridad hay uno o ms tipos encubiertos y no me cabe duda de que podran reconocerme hasta por el olor. Ha sido mala fortuna que la nica posibilidad de emboscar a Hull sin nadie junto a l incluyera tambin una situacin sin salida, de la cual slo podr escapar improvisando y con mucha suerte. Pero eso ya lo saba cuando me met en el reservado a esperar a mi presa desde media hora antes del horario de almuerzo. Por desgracia, no se me dan las ideas rpidas. En fin de cuentas, creo que simplemente saldr al saln y pasar la primera lnea del en emigo sin ms arma que la sorpresa. As pues, tomo a Hull por un brazo, lo hago caminar ante m y avanzo con la mayor tranquilidad del mundo hasta un saln lleno en dos tercios de perplejos clientes que deben haber visto pocas o ninguna personas zombificadas por un neutralizador. Todos miran en mi direccin con la misma expresin atnita. Sin embargo, tres tipos resaltan dentro de esa imagen homognea de asombro; son los nicos que no estn paralizados por la sorpresa. Como en una core ografa, cada uno de ellos desliza su mano derecha hacia abajo, donde las respectivas mesas las ocultarn de mi vista. No s que van a hacer y estn repartidos por todo el lugar, bien separados entre s. Por tanto, tengo que actuar rpido. Con la izquierda empujo a Hull contra una mesa vaca, la cual se desplaza tanto por ese impulso y el peso del cuerpo, que a su vez mueve la mesa del tipo ms cercano, clavndole

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el borde contra el diafragma. Acto seguido tomo una botella barrigona de un carrito y la hago girar con un movimiento de codo y mueca que la enva seis metros ms all, al rostro del segundo. El que aun queda comienza a sacar su mano de bajo el mantel. Sin perder de vista al tercero salto sobre la mesa que Hull ha desplazado, me estabilizo de milagro, busco mi pistola en el punto recndito de mi sobaquera donde se ha escondido, y le apunto. El tipo me ignora. Su atencin est puesta en el mvil que sostiene contra su boca. Veo movimiento de labios; debe estar dictando el nmero o activando una seal directa. Mientras, el primer tipo comienza a levantar la mesa que aprisiona sus brazos y todo su cuerpo de la mi tad del tronco abajo. Salto entonces hacia la prxima mesa, la del primer tipo. Todo mi peso y un buen impulso incrustan el tablero de plstico contra su abdomen y sus antebrazos, lo cual frustra su intento de liberarse y pone en su rostro una apropiada agona. El tercero parece haber comunicado ya, a juzgar por su expresin. Su boca se abre ampliamente, va a comenzar a hablar... y entonces el aparato explota contra su rostro como un globo de plstico. La bala, que ha salido de mi pistola como exprimida por la crispacin de mi mano, se clava en la pared, espero que inofensivamente. El tipo y yo comenzamos a movernos en el mismo instante, l en direccin a la puerta y yo hacia l. Voy pasando de mesa en mesa sin evitar las manos de los clientes ni la cristalera o la loza, pero no tengo problemas, por suerte no hay nada que no huya a tiempo o no se rompa mansamente. Paso junto al segundo individuo, que ha comenzado a levantarse desmaadamente, cubrindose el rostro con una mano y tanteando ante s con la otra. Como le dedico una patada por la cabeza al cruzarme con l, me demoro un poco, y el otro ya casi est en el umbral cuando llego a la penltima mesa. No puedo dejarlo escapar. Para el siguiente salto tomo un impulso extra que despus doblo, y me lanzo sobre la espalda del

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hombre con el tacn de mi zapato apuntado a su cintura. Caigo mal, porque una espalda humana es un psimo punto de inflexin para manejar el impulso de un salto como el que acabo de dar. Pero peor cae el tipo, a juzgar por sus quejidos y retorcimientos. O quizs simplemente le da la columna, quien sabe. Me permito desecharlo y trastabillando un poco me dirijo hacia el primer individuo, que est tendido de espaldas en el suelo, quejoso y re spirando mal. Junto a l su mvil; tambin la silla y la mesa, volcadas. Al rato todo el armamento y equipo de comunicacin de los tres tipos queda en mi poder. Despus recupero a Hull, que tan slo est un poco magullado, y salgo del comedor escoltado por el silencio de los clientes. Quiene s, ahora me doy cuenta, no tienen ni idea de que soy un polica. Mejor as. Debo tener poca o ninguna ventaja. Despus de todo, uno de los tipos lleg a comunicarse, y el alboroto no pudo pasar desapercibido. Ya no puedo simplemente salir por la puerta principal y subir a mi auto. Necesito escapar por un rea cuyas salidas de servicio lleven lo ms cerca posible a la seccin de maquinaria del edificio. Hay un lugar as en cualquier complejo residencial que se respete. Interrogo al primer camarero aterrorizado con que me cruzo. —¡T! Por dnde queda la sauna? —Segundo piso, galera oeste —responde el tipo. —Bien. Tiene salida directa a la sala de calderas, no? El camarero asiente tantas veces y tan rpido que casi no reconozco el gesto. —Y el elevador de servicio? Ah, y soy polica—. Le muestro mi identificacin. Ms tranquilo, el tipo seala un pas illo estrecho que empieza a mi izquierda. Pasillo, elevador, pasillo de nuevo, preguntas, ms terror, indicaciones, galera, una puerta

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se abre, la recepcionista chilla, paso al taquille ro, otra puerta deja escapar bocanadas de aire hmedo, espeso y teido por jirones de blanco, y en el umbral una silueta indistinguible... Mohacsy, humeante, vigoroso y vital, entra al ta quillero por la puerta de la sala de vapor — ¡Como nuevo! —ruge. Me quito la toalla de sobre los hombros y la enrollo; Mohacsy se pone en guardia. —No se puede andar desarmado en una sauna —lo sermoneo. l salta como nadie creera posible para alguien tan robusto, se pone dentro del rango de inocuidad de la toalla y me la quita en un pestaazo. Forcejeamos por el trapo durante un minuto o dos. —¡Ya, para! —lo detengo—. Me vas a hacer sudar. —¡J! —se re—. Eres un cobarde. —Ya este es mi tercer bao del da. Otro ms y me gasto. —Tercer bao? Qu, la secretaria esa te dijo lo mal que olas? A m me apenaba decrtelo. Niego con vehemencia. —No tiene que ver con eso. El problema es que acabo de hacerme la psicoscopa. —Y? Me siento en el banco y me dedico concienzudamente a secarme los pies—. Sabes cmo es. Las cosas que te meten en el subconsciente no son las cosas ms agradables del mundo y resulta que mi rechazo es muy fuerte. No s que rayos pasan por mi cabeza mientras me tienen en ese aparato, pero salgo de all con la sensacin de que estoy de mierda hasta las cejas. Mohacsy comprende—. Y por eso tienes que baarte. Yo asiento.

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—Y cmo fue el dictamen, entonces? —Incapaz de hacer algo incorrecto. La sola idea de hacer algo ilegal o inmoral me enferma. No puedo resistir ni imaginarme hacindolo. Ni permitindolo. Mi amigo se sienta junto a m y me palmea la espalda. —Eres un buen chico, Hortah. Todos lo sabemos sin necesidad de psicoscopa. —Ya, ya, ya… eso me dicen siempre que me hacen la maldita cosa, pero igual me lo hacen pasar. Mira, no hablemos ms de eso. Quieres? Mohacsy levanta las manos en gesto de concordia. —A m tampoco me gusta el tema — dice. Yo balanceo la cabeza como hacindome el molesto, y paso a secarme el otro pie. Entonces recuerdo. —¡Mohacsy! Te llamaron a tu mvil. l ya estaba abriendo la taquilla—. S? Quin era? —Cuando se vuelve hacia m puedo ver el inters en su rostro. —Un tal Glotz. Quera saber si por fin te habas decidido a alquilar. Dijo que estaba empezando a tener ofertas del representante de unos tipos de Praga. Mohacsy descuelga presuroso el mvil de la puerta de su taquilla y se va al otro extremo de la habitacin. All, de espaldas a m y en voz baja, se comunica con alguien. Debe ser ese mismo Glotz. Quin es ese tipo y cmo se relaciona con Mohacsy, ser otro de los nuevos secretos. Al terminar, Mohacsy vuelve y pone el mvil de nuevo en el soport e de su taquilla. Se queda de pie junto a la casilla, con la mano an sobre el aparato. Su expresin es tensa. De hecho, todo est tenso aqu, ahora. Para disipar la densidad del aire, hago una pregunta que va en direccin completamente opuesta. —Oye, y a ti qu te dan los dictmenes?

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Mohacsy muestra alivio en las lneas del rostro. —Juh, algo muy divertido —responde—. Soy un paladn. Tengo un enorme sentido de justicia que me lleva a luchar con todas mis fuerzas por los desfavorecidos y las vctimas. No puedo ver algo injusto sin intentar remediarlo. Suena exactamente como es Mohacsy. Generoso, altruista, capaz de darlo todo por los dems. Ajusta a la perfeccin en el Cuerpo. No como otros. Y una sonrisa socarrona delata mis pensamientos. —Qu fue eso? —percibe Mohacsy. —Qu fue qu? —La risilla. Te doy gracia? —No, no. Estaba comparando. —Aj —rezonga mi compaero—. Con quin? —Un superior. Que a su vez tiene superiores, por supuesto, y tal pareciera que lo tiene ms claro que ninguna otra cosa en el mundo. —Me parece que no entiendes a Prezcik —dice Mohacsy mientras mueve la cabeza arriba y abajo, negando a la manera de su tierra natal, lo cual en l es seal de concentracin—. Crees que el Sindicato lo hubiera dejado en trar a la polica de Hiperviena si fuera simplemente un lamebotas? Adems, l tambin pasa la psicoscopa, mes tras mes, como t y yo. Lo que sucede con Prezcik es diferente. —Y qu sucede con Prezcik, entonces? —Prezcik cree en la disciplina, la jerarqua, el bien comn, las prioridades institucionales. l cree honestamente en obedecer a los superiores, que los superiores saben siempre lo que es mejor para el Estado, y que lo que es mejor para el Estado es, incuestionablemente, lo mejor.

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Silbo mi sorpresa—. Pues mira, desde fuera bien parece un lamebotas. Oye, y cmo t sabes eso? Mohacsy chasquea la lengua—. Al principio, yo tambin lo cre una cucaracha. Hasta que un da ped autorizacin, al Sindicato y a l mismo, para observar su psicoscopa. —Se puede hacer? Y Prezcik lo autoriz? —Por supuesto—. Y Mohacsy seala la nimiedad del asunto con la palma de su mano puesta hacia arriba—. An te faltan muchas cosas por aprender, novato. No llevas aqu ni medio ao de traslado desde ese hueco del Tirol donde arrestabas mutiladores de vacas. Esta ciudad es un mundo aparte. En verdad, son muchas las cosas que no conozco an de HiperViena y de su Cuerpo de Polica. —Sabes, Hortah, la gente normal no es as como puedas creer, malvada u obtusa por nada —dice mi amigo—. Lo que en realidad pasa es que todo el mundo posee una idea diferente de lo bueno y lo conveniente. Y cuando resultan ser muy diferentes, bueno, pues empiezan los problemas. —De verdad lo crees as? Todo es una cuestin de opiniones? —Ms o menos. Ms o menos... —contesta Mohacsy y se levanta. Yo sigo sentado en el banco, perdiendo preciosos segundos en pensamientos demasiado enredados, en un silencio inoportuno. Tengo una indescriptible sensacin de que algo muy importante se est volviendo corto en el tiempo. Vidas, destinos, algo as. Como si estuviera a punto de perder a alguien, o de perder a alguien ms, y ahora cada instante de compaa valiera como miles del pasado. En un intento desesperado de que no se escape el momento, hago la primera pregunta tonta que me viene a la cabeza—: Ms ms o ms menos?

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El conductor del vehculo de reparaciones de l metro se da vuelta pausadamente. —Para llegar falta lo que falta, ms o menos —responde—. O cree que puede ir ms rpido, a pie? —Clmate, Hortah —me pide Eckmann, que est sentada a mi lado en el banco —. Lo importante es que no hay un alma que sepa por dnde vamos. No es as, amigo? El conductor asiente, impasible. —Estos ap aratos ni siquiera estn registrados como transporte —afirma—. Para qu? Estn anotados con las herramientas. Rukin mira por encima del barandaje del vehculo. Debajo y a la izquierda acaban de pasar como una exhalacin varios vagones de la lnea verde del metro. —Mantengan todas las partes del cuerpo dentro —advierte el conductor—. Ni siquiera puedo frenar bien esta cosa, si pasa algo. Schwarzthal toma una mano de Hull y la hace salir por entre las barras exteriores. — Quiere decir que esto no se debe hacer? El empleado del metro vuelve a asentir con el mismo aire cansino e imperturbable. Hull, que apenas puede respirar porque Schwarzthal est sentado sobre su espalda, intenta en vano recoger el brazo. En su funcin de cojn ocupa todo el banquillo de enfrente al mo. —Ponga eso dentro, por favor —pide el conductor—. Estamos llegando y van a haber muchas vigas y caeras cerca del vehculo. No obstante la mueca de intenso fastidio en el rostro de Schwarzthal, obedece. Eckmann vuelve el rostro hacia m y me habla. —Debo quedarme aqu. No puedo acompaarlos a la calle. Demasiados civiles. Comprendo. An tiene una vida y un trabajo que llevar. —Gracias —digo, y le tiendo la mano. —¡Llegamos! —grita el conductor.

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El vehculo se detiene junto a una armazn cu yo suelo es de rejilla metlica. Todos menos Eckmann nos levantamos y salimos a la plataforma. Schwarzthal arrastra a Hull tras de s como a una bolsa de basura muy grande. —Ven esa escalerilla? —indica el hombre—. Lleva directo a la superficie, a la estacin de servicio. Se abre desde adentro, para casos de emergencia. En respuesta, yo, Rukin y Schwarzthal le tendemos la mano por sobre la baranda, los tres al mismo tiempo. Nervioso, el conductor esconde la suya. —Estoy hecho una porquera —se excusa mientras cierra la portezuela del transporte—. Grasa y polvo. Adems, era mi deber como ciudadano. En el descanso ante la escalerilla que sube a la estacin de servicio nos paramos los tres a despedir a Eckmann y al trabajador del metro, cuyo nombre nunca conoceremos. El tipo no hace mucho caso, la pelirroja nos devuelve el gesto. Por un segundo tengo la impresin de que sus ojos brillan de humedad. Pero pronto el vehculo se aleja a la distancia a la cual los rostros carecen de emociones. La escalera es larga, empinada y estrecha, pero directa, y la estacin de servicio resulta ser apenas un paol de herramientas con indicadores y conmutadores en una de sus paredes. Su puerta se puede, en efecto, abrir desde adentro. Salimos a un sol mortecino que todava rasca el sombrero de los Crpatos. La gente en la calle nos mira con algo de azoro. No es comn ver a tres policas llevando a un detenido a pie. —Nos dejaron cerca —comenta Rukin—. Dos cuadras recto, una a la derecha. Hull se estremece. —Cierto que da pocas oportunidades de salvarte, amigo —dice Rukin—. Pero mralo desde este punto de vista: vas a morir descansado.

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.Hull empieza a pesar cada vez ms en el brazo con que lo llevo. Siento su codo flcido y tembloroso, a la vez que percibo cun desmaadamente mueve los pies de tropezn en tropezn. Caminamos en silencio. El enorme, cuadrado y feo bloque del Palacio de Justicia surge al doblar una esquina. Vuelve entonces la insoportable sensacin de prdida inminente que tena en el banco del vehculo del metro, ahora acompaada de una necesidad abrumadora de hacer algo al respecto. Sin embargo, tambin siento que estoy haciendo algo muy importante junto a los mejores amigos que me quedan, algo que nos une por siempre, y no s si aprovechar el ltimo momento de camaradera o estropearlo con intiles intentos de alterar el destino. —Oh, mierda —dice de repente Schwarzthal. Delante de la puerta del Palacio de Justicia espera cruzado de brazos el oficial de los Guardias Parlamentarios, quien es, ahora que lo pienso, el tipo ms elegante que he visto en persona. En esa postura y con los pies abiertos su silueta es la de un reloj de arena un poco afectadamente torcido a la derecha. Nos deja llegar hasta el pie de la escalinata monumental antes de hablar. —Seores, soy el hombre ms afortunado, y a la vez ms desafortunado, que ustedes hayan visto en el da de hoy —anuncia el parlamentario. Sin detenernos, empuamos nuestras pistolas los tres. —Cul es el truco ahora? —grue Schwarzthal mientras ostensiblemente leva nta el seguro del arma. Rukin vigila. —No hubo truco —dice el dandy—. Saqu la pajilla ms corta en buena lid. Creo que entiendo su frase. Incluso entendida a medias me inunda de aprensin. —La pajilla ms corta para qu? —Soy parte de esa fuerza que deseando el bien, hace el mal —contesta el tipo. Y sus

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brazos se descruzan, contra el gris perla de la manga derecha se destaca por un segundo un retazo de negro, el pavonado de un arma en su mano izquierda, alzo mi pistola y apunto, su pecho est amplio en la mira, me doy cuenta que bajo ninguna circunstancia puedo disparar primero, l sac la pajilla ms corta y est condenado a cumplir su misin, matndome saca a Hull de mis manos, muerto por m se vuelve un pretexto para eliminarme, no me decido, y la espalda de Schwarzthal ante m me impide ver la muerte de frente cuando suena el disparo. Desde Rukin otra arma responde. Yo estoy hipnotizado por la gran mancha roja en la chaqueta de Schwarzthal, que oscila ante m segn l se tambalea, pierde fuerza y cae. Al caer, me permite ver al parlamentario lleno de sangre y en el suelo. Rukin sostiene el arma en alto y grita —: ¡l dispar primero! ¡Defensa propia! Hull gime. Mi brazo izquierdo se aprieta alrededor de su cuello con demasiada fuerza. Pero eso no importa. A mis pies Schwarzthal boquea, y por un agujero en su espalda borbotea sangre arterial, espesa y oscura. No puedo evitar percibir, gracias a mi entrenamiento, que la bala ha sido desviada por el cuerpo y en vez de atravesarlo recto hacia m ha salido por debajo del omplato hacia mi derecha. Ha costado muerte y suerte que yo siga en pie. —¡Que nadie se acerque! —exige Rukin—. ¡Responder con fuerza mxima! Aseguro a Hull y empiezo a caminar adelante, primero pisando la sangre de Schwarzthal y luego por sobre el exnime Parlamentario. Los pies de Hull golpean contra el escaln, sus rodillas intentan sostenerlo. De trs escucho un disparo, y ms disparos, de los cuales uno zumba contra el cristal blindado de la puerta del Palacio de Justicia. Aprieto el paso, queriendo que no dejen de sonar las balas, porque eso significa que Rukin resiste, que Rukin vive. Al cruzar por fin el umbral me sorprende el silencio.

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Pero sigo adelante. Tengo a Hull por el cuello de su chaqueta y lo arrastro por el pasillo que conduce al recinto interior del Palacio de Justicia. l me ofre ce una resistencia desesperada, intil, pattica e irritante. Esto estaba pa sando hace unos minutos, mas mi mente se adelanta plegndose hasta el ahora, y va an ms all, hacia el inexorable futuro inmediato donde no hay sino mi pistola junto a la sien de Hull, que yace lloriqueante y pidiendo perdn en el suelo de la gran cmara donde la ley nace. No va a ocurrir otra cosa, no puede ocurrir otra cosa. Disparo, disparo, disparo, disparo … clic … Juan Pablo Noroa Graduado de Letras en la Universidad de la Habana. ha sido incluido en la antologa Reino Eterno, Letras cubanas 1999. es colaborador del fanzine de Literatura fantstica MiNatura y la revista digital Axxn. Recientemente fue antologador de Secretos del Futuro, Sed de Belleza 2006. La mayor parte de su obra se encuentra indita. Al INDICE

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Science fiction
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