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Disparo en Red

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Material Information

Title:
Disparo en Red
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Disparo En Red
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - D42-00045-n44-2008-04
usfldc handle - d42.45
System ID:
SFS0024301:00043


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HOY: 2 de ABRIL del 2008

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DISPARO EN RED: Boletn electrnico de cienciaficcin y fantasa. De frecuencia mensual y totalmente gratis. disparoenred@centro-onelio.cult.cu ------------------------------------------------------Para descargar disparos anteriores: http://www.esquina13.co.nr http://www.cubaunderground.com ------------------------------------------------------El sitio web del Fantstico Cubano http://www.cubaliteraria.cu/guaican/index.html

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Editores: Darthmota. Jartower. Colaboradores: Taller de Creacin ESPIRAL de ciencia ficcin y fantasa. espiral@centro-onelio.cult.cu espiralgrupo@yahoo.es Anabel Enrquez Istvn Bent Juan Pablo Noroa Coghan Leonardo Gala Ral Aguiar Portada: Jimnez. 0. CONTENIDOS: 1. La frase de hoy : William Gibson. 2. Artculo : La ciencia ficcin, en la encrucijada del siglo XXI Julin Diez. 3. Cuento clsico : Los negros fosos de la Luna, Robert Heinlein 4. Cuento made in Cuba: Palabras de guerra sin ti, Michel Encinosa F. 5. Cuento Corto Made in Cuba : Por Contrato I, Abel Ballester Zuaznbar. 6. Cmo contactarnos?

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1. LA FRASE DE HOY : El color del cielo sobre el puerto tena el color de un te levisor sintonizado en un canal muerto. (The sky above the port was the color of television, tuned to a dead channel.) William Gibson Neuromante. Al INDICE

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ARTICULO: La ciencia ficcin, en la encrucij ada del siglo XXI por Julin Dez Tomado de http://www.ccyberdark.net Un repaso a la situacin del gnero de la ciencia ficcin, desde 1990 a la actualidad: las tendencias internas que triunfan, la presencia creciente de las temticas de la ciencia ficcin en los estantes tradicionalmente reservados a la literatura general y el momento de la ciencia ficcin en Espaa, que se pe rfila favorable en algunos sentidos. Nota: Este artculo fue publicado en el nmero 217 de Revi sta de Literatura, correspondiente a Mayo de 2006 ---------------------------------------------------------------------------El futuro ya est aqu. La mayor parte de los sueos de la ciencia fi ccin tradicional se han incorporado al imaginario colectivo, o han sido descartados como imposibles por la ciencia, o incluso se han convertido en r ealidad. El gnero tal y como se le conoci en sus primeros cincuenta aos de vida ha quedado, en cier ta forma, obsoleto. Parte de sus propsitos, aquellos que tom de la literatura utpica anterior a su nacimiento, siguen en pie; pero la cf ha cedido esos intereses a la l iteratura general, que parece habe r recobrado el inters por la prospectiva, por el distopismo. Todo este fenmeno no es bueno ni malo. Desde dentro de la cf se ve en parte como un problema, en parte como una demostracin ms del rechazo del establishment cultural hacia el gnero. Algo que no es del todo ciert o. Es verdad que se acumulan libros que tocan temas caractersticos de la cf pero que en su contraportada aseguran que el texto trasciende la cf, algo que la mayor parte de las veces no es cierto. Pero tambin es verdad que la cf, debido a algunas caractersticas innatas, se ha convertido en un campo a veces difcil de seguir.

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Quiz se deba al concepto de que el gnero de cf es ante todo una literatura de ideas. Si lo importante son las ideas, cad a nueva contribucin al gnero debe dar un nuevo giro sobre las ideas conocidas. Y se ha llega do al punto de que parte de la cf se ha convertido en un giro sobre otros giros, una narracin tan co mplicada y metarreferencial que no es fcil de seguir para un lego. No toda la cf es as, por supuesto; pero uno de sus troncos principales, quiz el ms relacionado con las tradici ones del gnero, camina por esa lnea. Un hecho significativo en este curso de los ac ontecimientos puede ser el aplastante xito de Hyperion, de Dan Simmons, seguramente la ltima novela que ha conseguido de forma ms o menos nnime la etiqueta de clsico pa ra la crtica y el pbl ico. Publicada en 1989, Hyperion recoge las historias de un grupo de peregrinos que van en busca de una especie de mesas oscuro, el Alcaudn. Cada relato es un ho menaje a un subgnero dentro de la cf, y el conjunto pesa ms que la suma de sus partes… si se tienen los referentes necesarios para comprender la ambiciosa labor sumatoria empr endida por Simmons. Hyperion es un libro slo parcialmente disfrutable por los legos, slidamente metarreferencial, y muy hermoso a su manera. El autor, siguiendo otra de las desafortunadas tendencias del gnero en estos momentos, diluy el impacto de su obra orig inal con una sucesin de continuaciones cada vez ms difciles de seguir aunque tambin de calidad. La cf metarreferencial se hace particularme nte fuerte en un campo que siempre ha sido lateral en el gnero, pero que cobr protagonismo en parte de los aos noventa: el hard, es decir, la ciencia ficcin dur a, con especulaciones cientfi cas complejas y slidamente basadas en los conocimientos contemporneos. A mi juicio, Ted Chiang –que slo escribe cuentos cortos–, Stephen Baxter y Kim St anley Robinson son los autores que han conseguido, a partir de esos presupuestos lim itadores, obras de mayor calado en los ltimos aos. Otros escritores notables de esa corr iente, como Robert L. Forward o Gregory Benford, llegan a resultar incomprensibles en bue na parte de sus pginas para el comn de los mortales sin una preparaci n cientfica universitaria.

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De los subgneros tradicionales de la cf, ot ros dos han mantenido energa en los ltimos aos. El primero ha sido el space opera, la av entura espacial. El re fugio natural de este subgnero ha sido lo que se conoce como fra nquicias, es decir, novelas que continan con fenmenos mediticos narrando aventuras de sus protagonistas que no aparecen en las series de cine o televisin. Las de mayores ventas han sido, obviamente, las de Star Wars y Star Trek, aunque las hay tambin de los ju egos de batalla esp acial Warhammer 40.000 o Starcraft. Adems del hecho evidente de que es te tipo de novelas no be nefician a la cf con su imagen infantiloide, hay que sealar que el propio negocio en el que estn basadas hace que jams puedan tener calidad significativa. Por ejemplo, en ellas no pueden desarrollarse avances narrativos que contradigan despus los posibles desarrollos de los productos audiovisuales, con lo que resu ltan siempre pobres. En el comienzo de este fenmeno, se produjo un ejemplo significativo al respecto. La primera continuacin de La guerra de las galaxias, El ojo de la mente, se encarg a un correcto escritor, Alan Dean Foster. La novela, seguramente la mejor de las continuaciones de esta saga, resulta hoy inencontrable al haber sido prohibida su difusin por George Lucas. En ella, entre otras cosas, se inicia un romance entre Luke Skywalker y la princesa Le ia, que en las pelculas resultan ser a la postre hermanos. Tambin dentro del gnero literario el space op era se ha desarrollado de manera importante, con dos escuelas: la estadounidens e y la inglesa, de corte ms ambicioso. La gran dama del space opera norteamericano es Lois McMaster Bujold, una escritora de notable simpleza literaria pero que ha conseguido atrapar a al gunos lectores con la serie que sigue las aventuras de Miles Vorkosigan, un guerrero minusvlido con reiterados guios para la identificacin del lector y que, por supuesto, siempre sale triunfante. Tambin pueden incluirse en este territorio buena parte de las novelas de Orson Scott Card, incluyendo el quiz mayor bestseller de la cf lit eraria en las ltimas dcadas: El juego de Ender. Una historia a la que el autor ha vuelto una y otra vez recont ndola desde diferentes puntos de vista en sucesivas novelas. Card, ad ems de su comercialidad descarada y su tendencia a las lecciones morales de tercera clas e, aprovecha sus obras para publicitar su fe mormona. Sin duda, pese a su popu laridad, Card y Bujold est n bastante por detrs del

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vuelo imaginativo y la capacidad literaria de Vernor Vinge, un auto r de obra poco extensa pero ciertamente memorable, en particular sus novelas Naufragio en tiempo real y Un fuego sobre el abismo. Tambin son interesantes las obras de otros autores como C.J. Cherryh o John C. Wright, cuya triloga La edad de or o es considerada por al gunos crticos como definitiva en este campo. Sin embargo, donde se concentra el mejor sp ace opera es ahora mismo en Inglaterra, donde es un fenmeno relativamente nuevo: apenas se produjo esta clas e de cf en dcadas precedentes. El autor que abri fuego en esa lnea, y que se mantiene en cabeza, es el escocs Iain Banks, un escritor que lleva una doble vida como narra dor general y creador de densas y complejas aventuras espaciales situ adas en el universo de la Cultura: un futuro lejano en el que la abundancia de materias primas y bienes ha llevado a una sociedad vagamente comunista, en la que las mquinas tienen personalidades y derechos equivalentes a los humanos. Tambin tienen intencionalidad poltic a, aunque una calidad sustancialmente menor, las obras de Ken McLe od. Otros autores de esta lnea de trabajo que pueden citarse y resultan ms o menos reco mendables son Alastair Reynolds, Peter F. Hamilton y Paul McAuley. El otro subgnero con vida y salud es el ciberpunk, la aventu ra tecnolgica en un futuro cercano a la manera, para entendernos, de Blad e Runner. Aunque se le ha dado por muerto en diferentes ocasiones, el ciberpunk sigue vivo entre otras cosas porque los autores que le dieron forma en los ochenta son an jvene s y siguen produciendo historias a buen ritmo, como es el caso de los dos padres funda dores del movimiento, William Gibson y Bruce Sterling. A ellos se ha sumado en la csp ide de la popularidad Neal Stephenson, especialmente gracias a dos novelas como Snow Crash y La era del diamante, aunque en rigor hayan tenido mayor xito obras posteriores, ms extens as y un tanto fallidas como Criptonomicn. En los ltimos aos, un nuevo nomb re ha causado impacto: el del ingls Richard Morgan, cuyo Carbono alterado fue se guramente el libro ms llamativo publicado dentro de la cf en Espaa en 2005.

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Con la vitalidad de estos movimientos, no ha surgido ms que uno nuevo en la cf en los aos noventa: el llamado new weird. Determin ar si este subgnero es o no cf resulta complejo, puesto que en rigor se trata de una frmula mestiza. Al hilo de esa sensacin de que el futuro ya est aqu y la cf es t ligada a una visin del futuro demasiado tecnolgica y, por tanto, con fecha de caducid ad, el new weird introduce en su imaginera, con la misma jerarqua que los ci entficos, elementos procedente s de la fantasa pura –algo que ya llevaron a cabo en dcadas previas el estadounidense Gene Wolfe y el ingls M. John Harrison– e incluso exagerac iones bizarras procedentes del cmic, adems de detalles y situaciones puramente surrealistas. La intenc in es mostrar un universo futuro sin la fecha de caducidad inherente a los avances cientficos, y en el que el impacto sensorial prime para ofrecer mundos de imaginacin totalmente desatada, casi sin reglas. La estacin de la calle Perdido, del ingls China Miville –otro autor con una ideologa notoriamente izquierdista–, es la piedra angular de este movimiento, ya anticipado por el estadounidense Jonathan Lethem y que tiene otros practicantes destacados en Jeff Vandermeer o Steph Swainston. Sera injusto terminar este repaso sin mencionar algunos nombres destacados que no pueden inscribirse en ninguna de estas tendenc ias. Connie Willis, por ejemplo, es, cuando se encuentra en forma, la heredera ms dest acable de la cf clsica, aunque funcione mucho mejor en formatos cortos que en novela s largas –con la excep cin de su novela ms conocida, El libro del Da del Juicio Final –. El australiano Greg Egan navega a medio camino entre el hard y el ciberpunk para of recer obras muy persona les y extraas, aunque pierda algo el rumbo cuando se adentra en novelas extensas. Y Harry Turtledove ha liderado una revolucin en el terreno de la uc rona, una rama de la cf tradicionalmente bastante menor que con su obra ha cobrado pujanza, por el momento con resultados ms comerciales que literarios. Este sera un balance en lo que hace al tronco principal tradicional de la ciencia ficcin: es decir, el gnero consciente de s mismo y escrito originalmente en ingls. Sin embargo, el lector atento de literatur a prospectiva va descubriendo pr ogresivamente que buena parte

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de lo mejor de la literatura en cuadrable en lo que se ha conocido tradicionalmente como cf no pertenece a esos parmetros tradicionales. Pa ra empezar, lo que desde el gnero se llam slipstream, es decir, novelas de temtica de cf pero escritas fuera del gnero, ha crecido exponencialmente en los ltimos aos para cons tituirse en una rama sustancial, ms viva y ms cercana al lector medio. Realizar un estudio sobre este tipo de literatura fantstica prospectiva es complejo: est escrita casi siempre por autores que no tienen continuidad en sus esfuerzos en este terreno, y que no siguen una lnea de influencias y temticas coherentes, sino que llegan a esos temas de forma puntual y como respuesta a una preocupacin por determinadas cuestiones de nuestra sociedad. Se trata casi siempre, en resumen, de obras de futuro cercano, que en ocasiones resultan ingenuas al no contar con el marco de referencia y los avances en tcnicas narrativas de la cf, pero que en su s mejores ejemplos ofrecen miradas frescas, ms cercanas a los ojos del lector medio, a temas que la cf ya ha dejado atrs, condicionada por su exigencia de novedades a causa de su lastre como literatura de ideas. Ms que un anlisis al respecto slo cabe hacer una enumeracin de obras puntuales que resultan sobresalientes en este terreno. A mi juicio, sera necesario nombrar Futureland, de Walter Mosley; El cromosoma Calcuta, de Amitav Gosh; Oryx y Crake, de Margaret Atwood; Una investigacin filosfica, de Phil ip Kerr; o Happiness, de Will Ferguson. En Espaa, donde autores como Gonzalo Torrente Ballester, Pedro Salinas, Vicente Blasco Ibez o Miguel de Unamuno ya entraron en el terreno de la ficcin cientfica en el pasado, tambin se ha producido este fenmeno de manera ms reciente, pero las sucesivas obras de autores como Suso de Toro, Ray Lori ga o Luis Racionero slo pueden calificarse como decepcionantes; algo ms de inters tiene n trabajos puntuales de Rafael Reig y, por supuesto, Eduardo Mendoza. Este ltimo ao, el fenmeno se ha intensificado con la publicacin, con gran promocin editorial, de obras del gnero de grandes nombres de la literatura internacional como Michael Cunni ngham, Kazuo Ishiguro, Philip Roth, Michael Houllebecq o Jean-Christophe Ruffin, aunque an no puedo ofrecer un juicio sobre ellas.

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En cuanto a la expansin de la cf fuera de lo s territorios tradicionale s anglosajones, es algo de lo que los lect ores espaoles vamos teni endo una visin parcial a travs de ocasionales traducciones. El fenmeno, curiosamente, tiene su origen en el xito de los gneros fantsticos en un pas tan poco influyente sobre la cultura espaola como Polonia. De all es el para muchos mejor escritor de cf vivo (1), Stanislaw Lem. Y de all es uno de los autores de fantasa del momento, Andrzej Sapkowski. Su xito editorial ha animado a explorar escritores del Este europeo, donde siempre ha existido un mayor respeto hacia la cf. Adems, este fenmeno se ha visto incentiva do por la organizacin de un evento europeo de cierto relieve, los Utopiales de Nantes, en los que escritores y editores del continente han podido compartir intereses en el contexto de un mercado que, como el francs, lleva ya bastantes aos traduciendo obras europeas en detrimento de las anglosajonas. La novela que posiblemente da arranque a este fenmeno es Los tejedores de cabellos, del alemn Andreas Eschbach. Sin embargo, a su nombre podemos sumar otras de inters similar: los de los italianos Valerio Evange listi y Luca Masali, los franceses Jean-Claude Dunyach y Serge Brussolo, el serbio Zora n Zivkovic, el ruso Se rgei Lukianenko, el portugus Joo Barreiros… A su vez, esta comuni cacin de la cf contin ental ha abierto las puertas al extranjero a varios autores espaoles. En cuanto a la situacin de la cf en Espa a en la actualidad, puede mirarse con un optimismo moderado. Ni es tan mala como gene ralmente lo ha sido, ni tan buena como debera ser a tenor de cmo funcionan las cosa s en mercados vecinos como el francs o el italiano, donde las editoriales impor tantes cuentan con un sello de cf y la crtic a de libros del gnero aparece de forma regular y sin comp lejos en todos los suplementos culturales. Para empezar, la cf espaola cuenta en estos momentos con un ramillete de escritores en activo ms importante de lo que tuvo jams: Ju an Miguel Aguilera, Javier Negrete, Rafael Marn o Rodolfo Martnez se encuentran en pr imera lnea continental, y veteranos como Gabriel Bermdez, Angel Torres Quesada o Do mingo Santos siguen aportando a su vez. Y su trabajo no est aislado: regularmente se van sumando nuevos autores que cubren las bajas de escritores que, como Csar Mall orqu, Len Arsenal o Elia Barcel, estn

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derivando la parte principal de su tarea hacia otros campos. Nombres como los de Vctor Conde, Santiago Eximeno, Eduardo Vaquerizo, Daniel Mares o Jos Antonio Cotrina ofrecen un recambio de calidad. Tradicionalmente, dentro de la cf en Espaa se ha hablado de una seri e de ciclos de ascenso y cada; la llamada teora del pndulo (2), que explicara po r qu hay periodos en los que se publica menos cf. Personalmente, creo que hay elementos que dan que pensar que ese pndulo se detuvo ya, y que aunq ue habr periodos en los que cierre alguna coleccin – actualmente estamos en uno– por pura selecci n natural del mercado, hay motivos para pensar que el suelo comercia l de la cf es mucho ms alto que nunca en el pasado. Para empezar, la masa de lectores es mayor, y adems la comunicacin a travs de internet hace que las noticias sobre publicaciones, premios etc. se difundan rpidamente, manteniendo un mercado cohesionado y fiel. Lu ego estn los avances tecnolgicos, que hacen posible que colecciones con apenas 2.000 ejemplares de tirada sean econmicamente viables con una estructura empresarial mnima: buena parte de lo que se publica de cf en Espaa, con las excepciones de los sellos Mi notauro (Planeta) y Nova (Ediciones B), responde a ese modelo, aprovechando adems xitos puntuales que alcanzan los 10.000 ejemplares de venta para hacer crecer su ta mao. Y, finalmente, est la propia calidad de los autores espaoles y su creciente presencia en mercados exteriores, que tarde o temprano terminar por romper la ltima barrera que par ece sufrir la cf en Espaa: la presencia continuada en los medios de comunicacin, an t odava inseguros de ofre cer lo que para la cultura establecida ms rancia es un subgnero y, por tanto, no mer ecedor de espacio ms que como reflejo de una realidad marginal. La cf se encuentra, por muchas razones, en una encrucijada. Es obvi o, dado el inters del pblico lector general por las obras prospect ivas publicadas recientemente, que tiene un mercado. Tambin est sometido a los peligros que supone un enroque en temticas y una reduccin progresiva de la comunicacin c on el exterior. En suma, est en una interesante poca de cambio, de la que seguramente salgan buenas noticias.

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(1) Este artculo fue escrito unos meses antes de que Stanislaw Lem muriese a finales de marzo de 2006, de ah la referencia. (2) Sobre la denominada teora del pndulo, Juli n Dez escribi en el ao 2002 "Por qu el pndulo dej de oscilar ", artcu lo publicado en Cyberdark.net lunes, 20 de noviembre de 2006 Julin Dez Julin Dez es un experto en la literatura de ciencia ficcion espaola. Ha sido coordinador de Las cien mejores novelas de ciencia ficcin del s.XX ha creado las antologas Visiones de la Asociacin Espaola de Fantasa y Ciencia Ficcin y dirigido la revista Gigamesh. Su ltima aportacin, la Antologa de la ciencia ficcin espaola (1982-2002) AL INDICE

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2. CUENTO CLASICO : LOS NEGROS FOSOS DE LA LUNA Por Robert A. Heinlein El primer domingo despus de nuestra llegad a a la Luna fuimos a Rutherford. Pap y mster Latham –mster Latham es el agente del Harriman Trust, a quien pap vino a ver a la Luna–pap y mster Latham, digo, tenan que ir a sus negocios. Consegu que pap me prometiese que me dejara ir tambin, porque me pareca la nica posibilidad de conocer alguna vez la superficie de la Luna. Luna C ity es bonito, desde luego, pero os reto a que distingis un corredor de Luna City de los subterrneos de Nueva York, salvo que, desde luego, se siente uno los pies ms ligeros. Cuando pap entr en nuestras habitacion es del hotel a decirnos que estbamos a punto de marcha, yo estaba sentado en el suel o jugando al boliche con mi hermanito menor. Mam se haba echado y me haba pedido que no dejase al pequeo que metiese ruido. Haba sentido vrtigo durante t odo el viaje desde la Tierra y creo que no se encontraba muy bien. El mocoso haba estado to do el viaje jugando c on las luces, apagndolas y pasando de penumbra a sol del desierto, y vuelta a empezar. Lo agarr por el cogote y lo sent en el suelo. Desde luego, no juego ya al boliche, pero en la Luna es verdaderamente un buen juego. La bola prcticamente flota y se puede hacer lo que se quiera con ella. Inventamos una serie de nuevas reglas. –Prepralo todo, querida –dijo pap –... No s vamos enseguida a Rutherford. Vamos a preparamos. –¡Oh, Dios me asista! –dijo mam –. No creo tener fuerzas para ir. Ve t y Dicke. Baby Darling y yo nos quedaremos tranquilamente aqu. Baby Darling es el mequetrefe.

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Hubiera podido decir a mi ma dre que era un mal principio. A poco me salta un ojo con el palo, y dijo: –Eh? Cmo? ¡Yo tambin voy! ¡Vmonos! –¡Oh, no, Baby Darling! –dijo mi madre –. No des disgustos a mam. Iremos los dos al cine. El cro tiene siete aos menos que yo, pero no lo llamis Baby Darling si queris sacar algo de l. Comenz a berrear. –¡Dijiste que podra ir! –chillaba. –No, Baby Darling, no te he dicho nada de esto. Te he... –¡Pap dijo que poda ir! –Richard, le has dicho al chico que podra ir? –Pues... no, querida, que yo recuerde, no. Quiz... –Dijiste que poda ir donde fuese Dickie –cort el chiquillo en seco –. ¡Me lo prometiste, me lo prometiste, me lo prome tiste!... –Algunas veces hay que ceder ante el muchacho; los tuvo all, chilla ndo sobre quin se lo haba dicho o no, hasta que cedieron. En todo caso, veinte minutos despus los cuatro nos dirigamos al c ohetepuerto, con mster Latham, y tombamos el cohete de ida y vuelta de Rutherford. El viaje no dura ms que diez minutos y apen as se ve nada; slo una vista de la Tierra mientras el cohete est cerca de Luna City, y aun all ni esto, porque las instalaciones atmicas a las que nos dirigamos se encuentr an en la superficie posterior de la Luna. Eramos aproximadamente unos doce turistas, y la mayora de ellos enfermaron de vrtigo en cuanto emprendimos el vuelo. Mam tambin. Hay gente que no se acostumbra nunca a los cohetes. Pero mam se encontr inmediatamente bien en cuando aterrizamos y nos metimos dentro. Rutherford no es como Luna City; en lugar de tender un tubo hasta la nave, mandan un vehculo a presin que se adapta a la compuerta de aire del cohete y traslada a la entrada

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del subterrneo, situada a poco ms de kilme tro y medio del campo. Aquello me gustaba y al pequeo tambin. Pap tuvo que irse a tratar de negocios, con mster Latham y nos dej a mam, al pequeo y a m que nos juntsemos c on el grupo de turistas para dar una vuelta por los laboratorios. No estaba mal, pero no era nada para entusiasmarse. Pero lo que pude ver, una instalacin atmica se parece mucho a otra ; Rutherford poda muy bien haber sido la instalacin principal de las af ueras de Chicago. Quiero decir que todo lo que tiene algo de particular est fuera de la vista, oculto. Lo nico que se ven son relojes y cuadros de instrumentos y gente que los vigila. Un persona l de control remoto, como en Oak Ridge. El gua explica los experimentos que se estn re alizando y ensean un po co de cine, eso es todo. Me gustaba nuestro gua. Se pareca a To m Jeremy, de Los Patrulleros del Espacio. Le pregunt si era un hombre del espacio, y me mir de una manera extraa y me dijo que no, que no era ms que explorador del Servicio Colonial. Despus me pregunt dnde haba ido a la escuela y si perteneca a los Boy Sc out. Me dijo que era maestro de scouts, Tropa Uno, Rutherford City, Patrulla Moonbat. Me enter de que no haba ms que un Gr upo; no haba muchos scouts en la Luna, por lo visto. Pap y mister Latham se reunieron con nosotros en el preciso momento en que terminbamos nuestra visita, mientras mst er Perrin o sea, nuest ro gua –anunciaba la excursin exterior. –La visita acompaada de Rutherford –dec a, hablando como si se tratase de una leccin –incluye una excursin en traje del esp acio a la superficie de la Luna sin recargo, visitando el Cementerio del Diab lo y el lugar del Gran Desast re de 1984. La excursin –es facultativa. No comporta pe ligro excepcional alguno, ni hemo s tenido nunca ningn herido; pero la comisin exige que firm en ustedes que la realizan ba jo su propia responsabilidad, los que se decidan a tomar parte en ella. El paseo dura cosa de una hora. Los que prefieran renunciar a ella encontrarn cines y refrescos en la sala de caf.

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Pap se frotaba las manos. –¡Esto est hecho para m! –exclam –. Mister Latham, celebro haber regresado a tiempo. No hubiera querido perder esto por nada del mundo. –Le gustar a usted –asinti mister Lath am –, y a usted tambin, mistress Logan. Estoy tentado de acompaarles tambin. –Y por qu no lo hace usted? –pregunt pap. –No, quiero tener los documentos preparados para que el Dir ector y usted puedan firmarlos antes de regresar a Luna City. –Y por qu se toma usted tanta molestia? –insisti pap –. Si la palabra de un hombre no cuenta, un papel firmado no tien e ms valor. Puede usted mandrmelo por correo a Nueva York. –No, de veras –dijo mster Latham movie ndo la cabeza –. He estado en la superficie docenas de veces. Pero vendr a ayudarles a ustedes a ponerse los trajes del espacio. –¡Ah, Dios mo! –suspir mi madre. No pareca que le gustase ir; consideraba insoportable la idea de verse encerrada en un traje del espacio y, adems, el resplandor cegador del sol le daba siempre jaqueca. –No seas tonta, querida –dijo pap –, es la oportunidad de tu vida. Y mster Latham le explic que los filtros de los cascos impedan que la luz deslumbrase. Mi madre siempre se queja y despus cede. Tengo la impresin de que las mujeres no tienen fuerza de voluntad. Como la noche anterior –la noche terrestre quiero decir, no la del horario de Luna City –se ha ba comprado un traje l unar de fantasa para llevarlo durante la cena en el Belvedere de la Ti erra del hotel, empez a enfriarse. Le dijo a pap que estaba demasiado regordeta para vestirse de aquella forma. La verdad era que el traje deja ba mucha carne al descubierto. –¡Qu tontera, querida! –le dijo pap –. ¡Ests encantadora!

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As, pues, al final se lo puso y pas unas horas deliciosas, especialmente cuando un piloto trat de conquistarla. Lo mismo ocurri esta vez. Vino con nosotros. Entramos en el vestidor y dirig una mirada circular, mientras Perrin ayudaba a to do el mundo a vestirse despus de haberles hecho firmar la declaracin jura da. En el extremo de la sala haba la puerta de la esclusa que daba a la superficie de la Luna, con un ojo de buey en ella y otro similar en la compuerta exterior. A travs de ellos poda vers e el suelo lunar, con un aspecto brillante e imposible de mirar a pesar de los vidrios amba rinos de ambas abertura s. En la habitacin haba una doble hilera de trajes del espaci o, que parecan hombres vacos colgados. Yo anduve escudrindolo todo hasta que m ster Perrin se ocup de nuestro grupo. –Podramos dejar al pequeo al cuidado de la encargada del caf –le estaba diciendo a mi madre. Tendi una mano y acarici el cabello de mi hermano. El rapaz trat de mordera y l la retir tan rpidamente como pudo. –Gracias, mister Perkins –dijo mam –. Creo que es lo mejor, si bien quiz sera conveniente que me quedase yo tambin a cuidar de l. –Me llamo Perrin, seora –dijo mster Pe rrin sonriendo humildemente –. No ser necesario. La encargada se Ocupar de l. Por qu hablar en voz alta la gente mayor delante de los chiquillos, como si stos no entendiesen nada? Hubieran debido limitarse a meterlo en el caf. Ahora el mocoso sabia que lo iban a dejar y miraba a su alrededor en actitud beligerante. –Yo voy tambin dijo –. Me lo habis prometido. –Escucha, Baby Darling –deca mam trat ando de calmarlo –. Mam querida no te ha dicho... –Pero era predicar en el desier to; el chiquillo iba a argumentos ms decisivos. –Dijiste que poda ir donde fuese Dickie, me lo prometiste cuando me sent mal. Me lo prometiste, me lo prometiste –, y as una y otra ve; aumentando progresivamente el tono y volumen de la voz. Mister Perrin pareca embarazado.

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–Richard –dijo mam –, tienes que imponerte con tu hijo. Al fin y al cabo fuiste t quien se lo prometi. –Yo, querida? –exclam pap, al parecer sorprendido –. De todos modos, no veo que la cosa sea tan complicada. Supongamos que le prom etisemos, en efecto, llevarlo donde fuese Dickie; pues con que venga c on nosotros la cosa est arreglada. –Temo que no –dijo mster Perrin despus de carraspear –. Pu edo poner a su hijo mayor un traje de mujer, es bastante alto para su edad; pero para los pequeos no tenemos. En una palabra, nos encontramos metidos en un lo en menos que canta un gallo. El mequetrefe consegua siempre hacer bailar a mam como una peonza. Mam produca el mismo efecto en mi padre. Este se pone colora do y descarga su clera sobre m. Es como una especie de reaccin en cadena sin nadie en quien yo pueda descargar mis iras. Llegamos a una solucin muy sencilla: yo me quedara tambin y cuidara de la monada de mi hermanito, Baby Darling. –¡Pero, pap, me has dicho!... –comenc. –No importa –cort l en seco –. No quiero ver a mi familia sostener una querella en pblico. Ya has odo lo que ha dicho tu madre. –Oye, pap –dije yo, desesperado, tratando de hablar en voz baja –, si regreso a la Tierra sin haber probado un traje del espacio ni haber puesto los pies en la supe rficie de la Luna, tendr que buscarme otro colegio. No qui ero volver a Laurenceville; no quiero ser la mofa de toda la clase. –Ya arreglaremos esto cuando lleguemos a casa. –Pero, pap, me has prometido especialmente... –Basta ya, muchacho. Terminado el incidente. Mster Latham no se habla movido de nuestro lado pero no dijo esta boca es ma. Al llegar a este punto, le gui el ojo a pap y, pausadamente, dijo: –En fin, R. J.... Supongo que su palabra es palabra?

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Todos fingimos no haber odo estas palabr as, porque no es conveniente que pap sepa que sabemos que no tiene razn; no hace ms que empeorar las cosas. Apresuradamente, cambi de tema. –Oye, pap, quiz podramos salir todos. Y aquel traje de all? –dije, sealando un traje colgado de un perchero detrs de la re ja de una puerta. En el perchero haba una docena' de trajes colgados y el del extremo era tan pequeo que los zapatos apenas llegaban al pecho del contiguo. –Eh? –dijo pap, animndose –. ¡Pues claro, exacto! ¡Mister Perrin... un momento! Crea que no tena usted tr ajes pequeos, pero all hay uno que creo servir. Pap accionaba ya el picaporte de la puert a enrejada cuando mster Perrin lo detuvo. –No podemos tocar ese traje, seor. –Eh? Por qu? –Todos los trajes que estn detrs de la verja son de propieda d particular, no se alquilan. –Cmo? ¡Que tontera! Rutherford es una empresa pblica; quier o este traje para mi hijo. –Pues no puede usted utilizarlo. –Hablar con el director. –Temo que se ver usted obligado a ello. Este traje fue confeccionado ex profeso para su hija. Y eso fue lo que hizo. Mster Latham c onect con el Director por el micrfono, pap habl con l, despus el director habl con mister Perrin y vol vi a hablar de nuevo con pap. El director no tenia inconveniente en prestar el tr aje, aunque de todos modos no a pap; pero no dara orden a mster Perrin de qu e sacase a un chiquillo de corta edad a la superficie.

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Mster Perrin se mostraba obstinado y yo no le censuraba. Pero pap le unt las plumas y al poco rato nos estbamos metie ndo todos en nuestros respectivos trajes, introduciendo la presin necesaria y el sumini stro de oxgeno indispensable, y conectando nuestros telfonos visuales porttiles. Mister Perrin estableci la comunicacin por radio, recordndonos que todos estbamos en el mismo circuito y que, por lo tanto, haramos bien en dejarle hablar a l y no hacer observacion es ociosas; de lo contrario, ninguno de nosotros oira nada. Despus nos metimos en la compuerta de aire y nos recomend que estuvisemos muy juntos, y que no intentsemos ver a qu velocidad po damos correr ni a qu altura saltar. Mi corazn lata furiosamente en mi pecho. La puerta exterior de la compuerta se abri y nos encontramos en la superficie de la Luna. Era tan maravilloso como yo haba s oado, pero era tal mi excitacin que de momento no me di cuenta de ello. El resplandor del sol era la cosa ms brillante que haba visto en mi vida, y las sombras tan negras, que era absolutamente im posible ver nada en ellas. Era imposible or otra cosa que las voces de la radio, pero podamos cerrar el interruptor. La piedra pmez era tenue y nuestros pies la levantaban co mo humo, fijndose y volviendo a caer lentamente como copos de niev e. Nada ms se mova. Era el lugar ms muerto que sea posible imaginar. Seguamos como en un sendero, muy junt os para hacernos compaa, salvo dos veces en que tuve que correr detrs del rapaz, que haba descubierto que poda dar saltos de seis metros. Quise abofetearlo, pero han proba do ustedes alguna vez de abofetear a alguien que lleve un traje del espacio? Es intil. Mster Perrin nos dijo que nos detuvisemos y Comenz a hablar. Se encuentran ustedes ahora en el Cement erio del Diablo. Los picos idnticos que tienen ustedes delante estn a mil quinientos metros sobre el nivel de la llanura, y no han sido nunca escalados. Los picos monumentales han sido llamados por los nombres de personajes imaginarios y mitolgicos debido a la semejanza de esta fantstica escena con un cementerio de gigantes; Belceb, Thor, Siva Cain, Set, etc... –Describi un gesto circular. –Los selengrafos no estn de acuerdo sobre el origen de estas extraas formas.

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Unos pretenden ver indicios de la accin del aire y el agua as como de la erupcin volcnica. Si es as, estos pi cos deben de existir desde tiem pos incalculables, porque hoy, como pueden ver, la Luna... Era un discurso como se puede leer cada mes en el Spaceways Magazine, slo que nosotros lo estbamos viendo, y la cosa cambia mucho, permtanme que se lo diga. Aquellas cumbres me recordaban un poco la s rocas que dominan la cueva del Jardn de los Dioses de Colorado Springs, donde es tuvimos el verano pasado, slo que estos picos eran mucho mayores y en lugar de un cielo azul no hay ms que tinieblas y unas estrellas duras y brillantes en todo lo alto. ¡Fantasmagrico! Con nosotros haba venido otro gua con una cmara fotogrfica. Mster Perrin trat de decir algo, pero el rapaz haba empezado a dar berridos y tuvo que cerrar su radio para que pudisemos orle. La mantuve cerrada hasta que mister Perrin hubo terminado de hablar. Quera que nos alinesemos para sacar una fotografa nuestra en aquellos picos y con el cielo negro como fondo. –Adelanten los rostros en el casco a fin de que se vean sus facciones. Todo el mundo quedar bien. ¡Listos! –grit en el mome nto en que el otro disparaba la mquina –. Las copias estarn listas a su regreso a diez dlares cada una. Reflexion. Desde luego, quera una para mi dormitorio del colegio y otra para dar a... bueno, necesitaba otra. De las propinas de mi cumpleaos me quedaban dieciocho dlares, podra sacarle el saldo a ma m. Encargu, pues, dos de ellas. Trepamos por una larga cuesta y nos enc ontramos sbitamente de lante de un crter, el crter del clebre desastre, todo lo que quedaba del primer laboratorio. Se extenda delante de nosotros en una extensin de ms de treinta kilmetros, con el suelo cubierto de un cristal brillante verde e hinchado en lugar de piedra pmez. All se alzaba un monumento, y le: AQUI DESCANSAN LOS RESTOS MORTALES

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DE Kurt Shaeffer Maurice Feinstein Thomas Dooley Hazel Hayahawa G. Washington Slappey Sam Houston Adams MURIERON POR LA VERDAD QUE HACE A LOS HOMBRES UBRES El 11 de agosto de 1984 Experiment una extraa sensacin y, retro cediendo, fui a escuchar a mster Perrin. Pap y algunos otros le es taban haciendo preguntas. –No se sabe exactamente –iba dicie ndo –, no qued nada. Ahora telemetramos todos los datos a Luna City a medida que van apareciendo en los inst rumentos, pero esto ocurri antes de que se instalas e la lnea de relevos pticos. –Qu hubiera ocurrido –pregunt alguien si esta explosin hubiese tenido lugar en la Tierra? –No quiero intentar siquiera decrselo, pero por esto pusie ron la lpida aqu, en la Luna. –Consult su reloj. –E s hora de marcharse, seores. Ibamos todos a dar la vuelta para dirigir nos al sendero, cuando mam lanz un grito. –¡Baby! Dnde est Baby Darling? Qued impresionado, pero no asustado toda va. El mocoso se anda siempre rondando de una parte a otra, pero nunca se aleja mucho, porque necesita siempre tener alguien a quien molestar.

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Mi padre, que rodeaba a mi madre con un brazo, hizo una sea en direccin a m con el otro. –Dick –grit con voz aguda por el auricu lar –, qu has hecho de tu hermano? –Yo? –dije –. No me mires as. La ltima vez que lo vi, mam lo llevaba de la mano subiendo la colina. –No vengas con excusas, Dick. Mam se sent para descansar y te lo mand a ti. –Pues si lo mand, no vino. Ante mis palabras, mam se ech a llorar, desconsolada. Todo el mundo nos haba odo, desde luego, pues no haba m s que un circuito de onda. Mister Perrin avanz y cerr el micrfono de mam, estableci ndose un sbito silencio. –Ocpese de su esposa mster Logan –or den, aadiendo –: Cundo ha visto usted a su hijo por ltima vez? Pap no poda decrselo; cu ando trataron de conectar nue vamente el circuito de mam, lo volvieron a desconectar en el acto. No poda soportarlo y nos ensordeca. Mster Perrin se dirigi a nosotros. –Ha visto alguien al chiqui llo que vena con el grupo? No contesten si no tienen algo que decir. Lo ha visto alguien alejarse? Nadie lo haba visto. Yo supuse que se habra escondido cuando todo el mundo estaba mirando el crter y le volva la es palda. As se lo dije a mster Perrin. –Parece probable –asinti –. ¡Atencin todo el mundo! Voy en busca del chiquillo. No se muevan de donde estn. No se alejen de este punto. No estar ausente ms de diez minutos. –Por qu no vamos todos? –quiso saber alguien.

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–Porque hasta ahora no hay ms que un desaparecido –dijo mster Perrin –y no quiero que haya una docena. –Se march dando grandes saltos que cubran quince metros cada uno. Papa comenz a irse tras l, pero cambi de parecer, porque mam sbitamente cay de rodillas, deslizndose suavemente al suelo. Todo el mundo empez a hablar a la vez. Un idiota quiso quitarle el casco, pero pap no es ningn imbcil y no lo permiti. Yo conect mi radio de manera que pude or, pe nsar y mirar a mi alrededor sin abandonar el grupo, pero permaneciendo en el borde del cr ter tratando de ver cuanto pudiese. Mir hacia el camino que habamos seguido para llegar, pues de nada serva mirar hacia el crter; si hubiese es tado all, lo hubiramos visto como una mosca en un plato. Fuera del crter la co sa era diferente; de trs de una de las rocas se hubiera podido ocultar un regimiento; eran masas rocosas co mo casas, con enormes agujeros en medio, agujas simas, era un caos. De vez en cua ndo poda ver a mister Perrin, rondando como un perro tras un conejo, empleando mucho tiempo. Prcticamente volaba. Cuando llegaba ante una gran pea la salvaba de un salto mirando hacia abajo, una v ez en el aire, para poder ver mejor. Despus se dirigi nuevamente hacia nos otros y yo volv a cerrar la radio. Se hablaba todava mucho. Alguien deca: Tenemos que encontrarlo antes de la puest a de sol. Y alguien contest: No diga tonteras; el sol no se pondr antes de una se mana. Es su provisin de aire, le digo. Estos trajes slo sirven para cuatro horas. Y la primera voz dijo: ¡Oh –y aadi suavemente –: Como un pez fuera del agua... Entonces fue cuando empec a tener miedo. –¡Pobre, pobre criatura! –dijo la voz de una mujer, compasiva y ahogada. –Tenemos que encontrarlo antes de que se asfixie. Y la voz de mi padre cort en seco: –¡Basta ya de decir estas cosas!

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O que alguien sollozaba. Poda ser mama. Mster Perrin estaba ya casi junto a nosotros e intervino: –¡Silencio! Tengo que llamar a la base. –Y seguidamente dijo –: ¡Aqu, Perrin, llamando a la base... Perrin llamando al control de compuerta de aire!... ¡Perrin llamando al control de compuerta de aire...! –Diga, Perrin –dijo una voz de mujer. l le cont lo que ocurra y aadi: –Mande a Smythe a que acompae este gr upo de regreso; yo me quedo. Necesito a todos los exploradores disponibles y bsqueme voluntarios entre los ms experimentados. D rdenes por radio para que salgan enseguida los primeros. No esper mucho tiempo, porque llegaron brincando como saltamontes. Deban de andar a setenta u ochenta kilme tros por hora. Deba de ser un espectculo digno de verse, si no sintiese aquella congoja en mi estmago. Pap comenz a discutir acerca del re greso, pero Perrin le hizo callar. Si no se hubiese usted empeado en salirs e con la suya, no nos encontraramos metidos en este lo. Si hubiese usted seguido la pista de su hijo no se hubiera extraviado. Tambin yo tengo hijos; no los dejar nunca sali r a la superficie de la Luna mientras no sean lo bastante crecidos para cuidar de si mismos. Usted va a regresar; no puedo asumir la carga de ocuparme, adems, de todos. Creo que pap se hubiera peleado con l si en aquel momento mam no se hubiese desvanecido de nuevo. Regresamos con el grupo. Las dos horas siguientes fueron horribles. La s pasamos sentados fuera del cuarto de control, mientras oamos a mster Perrin diri gir la busca por el alta voz. Al principio pens que en cuanto hiciesen funciona r el radio detector encontraran al chiquillo por el zumbido de su energa, aunque no dijese nada; pero no tuvimos tal suerte; no sacaron nada de l. Y los buscadores no encontraron nada tampoco.

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Lo peor del caso era que ni mam ni pap trataban siquiera de censurarme. Mam lloraba suavemente y pap trataba de consolar la, cuando levant la vista y me mir con una curiosa expresin. Yo creo que ni tan slo me vio, pero cre que estaba pensando que si yo no hubiese insistido en salir tamb in, la cosa no hubiera ocurrido. –No me mires as, pap –dije –. Nadie me d ijo que lo vigilase; cre que estaba con mam. Pap se limit a mover la cabeza sin contestar. Pareca cansado y desfallecido. Pero mam, en lugar de achacarme a m lo ocurrido y gritar, ces en sus lloros y consigui sonrer. –Ven aqu, Dickie –dijo, rodendome con un brazo –. Nadie te censura; no ha sido culpa tuya. Recuerda esto, Dickie. Y as la dej que me besase y me sent co n ellos un rato, pero me senta peor que nunca. Estaba pensando en el chiquillo, que estaba en algn rincn de por all, consumiendo su oxgeno. Quiz no era culpa ma, pero hubiera podido evitarlo y me daba cuenta de ello. No hubiera debido confiar en mam para vigilarlo; no si rve para estas cosas. Es una de aquellas persona s que un da perdera la cabeza si no la llevase bien sujeta a los hombros; era como una especie de adorno. Una madre buena, comprenden, no es prctica. Tomara la cosa muy mal si el chiquillo no regresaba. Y pap tambin... y yo. El chiquillo era una verdadera calamidad, pero nos parecera extrao ahora no tenerlo siempre entre piernas. Estaba pensando en la observacin: como un pez fuera del agua. Una vez romp casualmente una pecera y toda va recuerdo el aspecto que ofrecan los peces. No era bonito. Si el chiquillo tena que morir de aquella manera... Me call y decid buscar alguna forma de ayudar a encontrarlo. Al cabo de un momento estuve convencido de que podra encontrarlo si tan slo queran dejarme ayudar a buscarlo. Pero no querran, desde luego. El doctor Evans, el director apareci de nuevo –nos haba acogido cuando llegamos –y pregunt si poda servirnos en algo y cmo se encontraba mistress Logan.

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–Ya sabe usted que por nada de este mundo hubiera querido que esto ocurriera aadi –. Hacemos cuanto est en nuestra mano. Voy a ordenar que lancen algunos detectores de metal desde Luna City. Podramo s encontrar al chiquillo por el metal de su traje. Mam le pregunt si no podran utilizarse perr os y el director ni tan slo se ri de ella. Pap propuso helicpteros, de spus se corrigi y lo dej en cohetes. El doctor Evans le hizo ver que era prcticamente imposible exam inar de cerca el suelo desde un helicptero. Yo me lo llev aparte e insist en que me dejase tomar parte en la bsqueda. Estuve corts, pero no me hizo caso, de manera que insist. –Qu te hace creer que puedes encontrarl o?–me pregunt –. Tenemos en la tarea los hombres ms experimentados de la Luna. Temo, muchacho, que te perderas o sufriras dao si quisieras equipararte con ellos. En esta s regiones, si pierdes un instante los jalones de vista, puedes considerarte irremisiblemente perdido. –Pero, disclpeme, doctor –le dije –, cono zco a ese granuja... quiero decir a mi hermanito, mejor que nadie. No me perder; es decir, me perder, pero slo como se ha perdido l. Puede mandar seguirme por alguien. El director lo pens. –Vale la pena de intentarlo –dijo sbitamente –. Ir contigo. Vamos a vestirnos. Salimos rpidamente, dando zancadas de diez metros, lo mejor que consegua hacer, incluso agarrndome el doctor Evans por el cinturn para impedirme tropezar. Mster Perrin nos esperaba. Pareci dudar de mi plan. –Quiz el viejo ardid de la mula perdida salga bien –reconoci –, pero seguir manteniendo la busca normal a pesar de todo. Oye, pequeo, coge esta lmpara. La necesitars en la oscuridad. Me detuve al borde del crter y trat de im aginar qu hara el chiquillo, si estuviese aburrido y quiz un poco vejado por la falta de atencin hacia l. Qu hara, entonces?

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Comenc a bajar la pendiente, sin dirigirme a ninguna parte, en la forma como lo hubiera hecho un chiquillo. Entonces me detuve y mire atrs, para ver si pap, mam y Dickie se haban fijado en m. Me seguan, desde luego; el doctor Evans y mster Perrin estaban detrs de m. Fing no darme cuenta y segu adelante. Estaba ya cerca del primer amontonamiento de rocas v me agach detrs de la primera que encontr. No era lo suficientemente alta para ocultarme, pero hubiera ocultado al pequeo. Me pareci que era lo que debi de hacer; adoraba jugar al esc ondite, lo converta en el punto de atraccin. Reflexion. Cuando el pequeo jugaba al escondite, su instinto era siempre esconderse debajo de algo, una cama, un sof o un automvil, incluso bajo la fregadera. Mir a mi alrededor. Haba una gran cantidad de buenos sitios; las rocas estaban llenas de agujeros y cavernas. Comenc a examinarlas. Pareca no haber es peranzas, deba haber centenares de sitios semejant es por aquellos alrededores. Mster Perrin se acerc a m mientras sala a gatas del cuarto escondrijo. –Los hombres han lanzado destellos de lu z a todos estos sitios –me dijo –. Me parece que es intil, pequeo. –O. K. –dije, pero segu mi trabajo. Sab a que poda llegar a rincones a los que no tena acceso un hombre mayor; slo esperaba que el muy granuja no hubiese encontrado un sitio al que yo no pudiese llegar. Prosegu mi trabajo; empezaba a tene r fro y calambres y me encontraba terriblemente cansado. La luz directa del sol es abrasadora en la luna pero al cabo de un segundo en la sombra hace fro. Bajo aquellas rocas jams experiment el menor calor. Los trajes que nos dan a nosotros los turistas estn bastante bien aislados, pero el extraaislamiento reside en los guantes o zapat os y asiento del pantaln, y me pasaba la mayora del tiempo de barriga al suelo, serp enteando para meterme en sitios extraos. Estaba tan entumecido que no poda casi moverme y toda mi parte delantera era como, hielo. Por otra parte, aquello me daba otro motivo de preocupacin: y el chiquillo, no estara fro tambin?

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Si no me hubiese acordado del aspecto de aquellos peces y de que quiz el muchacho estara ya fro antes de que yo pudi ese llegar a l, hubiera abandonado la partida. Estaba vencido. Por otra parte, asusta mu cho meterse en aquellos agujeros, no sabe uno nunca lo que puede en contrar en ellos. El doctor Evans me agarr del brazo, s acndome de uno de ellos, y, juntando su casco al mo, o su voz directamente. –Ser mejor que lo dejes, muchacho, te ests extenuando y no has cubierto ni un acre de terreno. Yo lo apart. El sitio siguien te era una pequea depr esin de menos de un palmo de profundidad. Dirig la luz al fondo, pero estaba vaco y no pareca llevar a ninguna parte. Entonces vi que formaba un r ecodo. Me ech al suelo y lo inspeccion. El recodo se extenda ms lejos, bajando. No cr e til profundizar ms, porque el pequeo no hubiera podido serpentear muy lejos en la oscu ridad, pero me met un poco ms adelante y enfoqu la luz. Vi una bota que sala. Eso fue todo. A poco destrozo mi casco al sa lir, pero arrastraba al muchacho tras de m. Estaba blando como un gato y su expresin era curiosa. Mster Perrin y el doctor Evans me rodearon al salir, dndome palmadas en la espalda y gritando. –Est muerto, mster Perrin? –pregunt cu ando pude recobrar el aliento –. Parece estar muy mal. –No –dijo mster Perrin, moviendo la cabeza –, veo el pulso latir en su garganta. Exposicin y shock; pero su traje estaba es pecialmente construido... vol ver en s pronto. Tom el chiquillo en sus brazos y yo emprend el camino tras l. Diez minutos despus el rapaz estaba envuelto entre mantas, tomando un cacao muy caliente. Yo tom tambin un poco. Todo el mu ndo hablaba a la vez y mam lloraba, pero aquello era normal, y pap se haba largado. Quiso extender un cheque para mster Perr in, pero ste lo rechaz con un gesto.

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–No quiero recompensa alguna; es su hijo quien lo ha encontrado. Slo puede usted hacerme un favor... –Diga –dijo pap, todo almbar. –Abandone la Luna. No pertenece usted a ella; no es usted del tipo aventurero. Pap acept el consejo. –Se lo he prometido ya a mi mujer –d ijo sin pestaear –. No tiene usted que preocuparse por ello. Al marcharse segu a mister Perrin y le dije particularmente: –Mster Perrin, slo quera decirl e que volver, si no le importa. Me estrech las manos con efusin y contest: –Ya lo saba, muchacho. ROBERT a. hEINLEIN Escritor norteamericano de ciencia-ficcin nacido en 1907, en Butler (Missouri). Estudi en la Universidad de Missouri y en la academia Naval de Estados Unidos. Ms tarde estudi Fsica y Matemticas en UCLA. Tras abandonar el ejrcito debido a una enfermedad y desempear varios trabajos consigui publicar su primer relato La lnea de la vida (1939). Fue el primer autor que consigui ganarse la vida exclusivamente escribiendo ciencia-ficcin. Heinlein fue muy influyente en la forma de escribir de muchos autores, siendo uno de los artfices de la llamada "Edad de Oro" de la Ciencia Ficcin. Muchas de las ideas y tecnologas inventadas por l han sido utilizados por otros autores de gran calibre.

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En 1974 obtuvo el primer premio Gran Maestro Nebula concedido por la Sociedad Norteamericana de Escritores de Ciencia Ficcin (SFWA) al trabajo de toda una vida. Falleci el 8 de Mayo de 1988, el mismo ao que en una encuesta del fanzine Locus, se le consider el mejor escritor de ciencia-ficcin de todos los tiempos, por delante de autores como Isaac Asimov o Arthur C. Clarke. Robert Anson Heinlein fue uno de los autores que dej mayor huella en el gnero de la Ciencia Ficcin. Al INDICE

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4. CUENTO MADE IN CUBA: PALABRAS DE LA GUERRA SIN TI Por: Yaly, Alto Cronista Para Liris, por las canciones que nos rompen Ha empezado el asedio. Las columnas mercenarias que vimos acampar en la meseta, en la ribera opuesta del lago, ya estn di spuestas en el valle bajo nuest ra fortaleza, y preparan sus puentes para el cruce del fos o. Sdara, mi maestra, opina que deberamos volver a abrir las claraboyas de los calabozos, cegad as desde el tiempo de sus abue los, porque estn casi al nivel del agua, y serviran a los ballesteros para clavar las piernas de los asaltantes. As se lo dijo al Jefe, pero este no decide an. Las claraboyas son lo suficientemente grandes como para que por ellas pase un hombre sin armadura, y por eso bien podran causar nuestra perdicin. El jefe es de los maestros de la defensa desde lo alto, ya orden demoler los pequeos templos donde los viajeros rezan a sus dioses extraos, para aprovechar sus piedras. Lo cierto es que esta incursin te mprana ha tomado por sorpresa a todos, no lo niegues. All en tus recmaras, seguro escuch as las peleas a gritos del Seor, nuestro digno Seor Tabia de la Primera Montaa, y sus ofic iales. Tus amigos los escribanos deben pasar ratos muy malos. Afortunado t, que solo de bes servirles el vino por las noches en sus aposentos, cuando ya estn muy cansados como para dedicarte su mal humor. Pero bien, no tuvimos tiempo para reunir piedra s en la meseta, y s apenas para llenar a medias las despensas a costa de las villas prximas, y limp iar las vas de agua que nos abastecen desde el lago. Muchos de los nuestros haban pedido permisos este otoo, para ir a las villas de sus familias y ayudar en las cosechas, y el Jefe se los neg. Mereci que le blasfemaran tras

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los dientes en las formaciones, y le dedicaran ma liciosas, si bien peque as, hechiceras, de las que no hizo el menor caso, pero gracias a ello tenemos la guarnicin completa. Sdara preferira haber contado con ms ballesteros, el Jefe con una tropa a caballo ms numerosa para hacer incursiones nocturnas en el campame nto de los sitiadores, y mi parecer, que no he mencionado porque mi voz es pequea, es qu e deberamos traer de las villas ms brujos curadores, mientras nos quedan desfiladeros libres para el movimiento de pequeos grupos de personas en la oscuridad. Ahora anochece, el primer golpe ser en la ma ana. Las pupilas de Sdara pasamos la tarde en los desfiladeros, recogiendo hierbas. Me duelen los hombros y la espalda, pues regresamos muy cargadas. Venenos y antdotos, hi erbas para limpiar heridas, para cerrarlas, para espantar fiebres. Y mucha raz de nfera, esa que prohben en las ciudades, pero que mantienen a un soldado en pie, lanza en mano, durante un arco entero del sol negro sobre su cabeza, mientras no deje de masticarla Estamos agotadas, pero no dormiremos. Tenemos que repasar los libros, no hay tiem po de consultas cuando alguien se desangra delante de ti, cuando ests rodeada por cien boc as que se aguantan los gritos, y cien pares de ojos que no se los aguantan, y suplican, y maldicen. T nunca has visto nada parecido. Yo solo una vez, durante una incursin tras la frontera, y ramos diez pupilas con Sdara, los heridos no fueron ms de veinte, y la peor herida que hubimos de tratar fue un lanzazo envenenado en una ingle. Nunca he cercenado miembros aplastados, ni cosido vientres abiertos tras acomodar las vsceras, ni extr ado puntas de flechas de rostros desgarrados. Nunca, en personas. Y tengo miedo. Miedo de desmayarme, miedo de tartamudear los sortilegios, miedo de mirar a los ojos de un herido de muerte, y no saber sonrerle. As, ya lo sabes, comienza todo. El fin, del fin, al fin. Esta carta ma saldr al alba, junto a tantas otras. No s que le pesar ms al me nsajero en su bolso, si los pergaminos que de

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sbito salen de las manos de aun los iletrados, o los amuletos que parecen lloverle, para su proteccin y la de los mensaj es que porta. Al menos, s que estas palabras te llegarn pronto, porque el hombre tambin lleva misivas para el Seor y sus oficiales. Despus, no s. Debo dejar de escribir. Me llamarn pront o a la sala de prcticas de Sdara. Por favor, espera por mis cartas, espera por m. Y por favor, dime que volveremos a sentarnos junto al mar. Realis, Pupila de Sdara. Fortaleza del Alto, Fronteras del Poniente, Da 79, Cena 320 de la Primavera ****** Leo tus palabras y tiemblo. Por ti, por m, po r todos nosotros. Nuestro Seor no enviar refuerzos a ustedes a la fortaleza del Alto, y es to, si vuestro Jefe no lo ha dicho aun, y creo que no lo dir, debes mantenerlo en secreto. Dud, mucho dud, si decrtelo a ti en esta carta pero recuerdas?, t y yo no nos mentimos. Eso lo juramos aquella tarde junto al mar, recuerdas? Y eso fue solo parte de un jurame nto aun mayor, recuerdas? Mas vale que el Jefe y Sdara sepan mantener sus muros, para que as vuelvas a m, y hundas tu cara en mi pecho. Tabia, nuestro Seor, partir maana con sus oficiales, y yo ir tambin, porque el copero principal ha renunciado al serv icio y partido a las fronteras del poniente, tiene all a su familia. Tabia visitar las fortalezas del ro, po rque se rumora sobre una flotilla que viene bordeando la costa, y son barcos de pobre ca lado y muchos remos, propicios para venir

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corriente arriba. En todo caso, el invierno est al llegar, y el Seor espera que las fortalezas de frontera, como esa donde sirves y aprendes, resistan hasta las primeras nieves. Sabe que el enemigo querr continuar su avance, y enton ces l tendr sus ejrci tos dispuestos en las tierras altas. Quiere vencerles y echarlos del pas en pocos golpes, batallas campales como esas sobre las que se hace leer un da tras otro por sus escribanos, a pesar de que sus oficiales recomiendan aniquilar al oponente en los desfiladeros, tal y como siempre han hecho sus mayores. Sobre estos pormenores t y yo tenemos pareceres, pero no el poder de hacerlos valer. Somos pequeos, y quienes mandan lo hacen porque los dioses as lo quieren. Imagino que podramos hablar sobre esto y mucho ms, sobr e el orgullo y la idio tez de los grandes, tendidos en el lecho de aquella cabaa junto al mar, recuerdas?, con las brasas suaves que corran sobre la lea, y nuestras bocas que, al correr la una sobre la otra, dejaban a veces tiempo a las palabras. Pero no hay cabaa, no hay mar, ahora. No hay brasas, ni bocas. Eres t, muy lejos, y yo sin ti, y todo en derredo r es prisa e inquietud, y tambin tengo miedo. No voy a malgastar palabras en decirte que s eas fuerte. Han pasado das desde que empez el asedio a tu fortaleza, y cuanto temas, ya debes conocerlo bien. Solo espero que hayas sido fuerte, y lo sigas siendo. Cierra heridas, co se vientres, extrae punt as de flecha, alivia las fiebres. Para eso ests all. Para eso quisi ste estar. Para aprender junto a Sdara. Fue tu eleccin, es por eso que estamos lejos, sin mar y sin cabaa, y no quiero creer que esta distancia ha sido en balde. Volveremos a sentarnos junto al mar. Volveremos a decir nuestros nombres, y que el ma r se los lleve, junto a lo que ramos antes de saberlos. S fuerte.

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Te escribir desde la caravan a del Seor. Quiera El Past or que todas lleguen a ti. Chel, copero de Tabia, Fortaleza en la Prim era Montaa, da 86, cena 320 de la Primavera ****** Chel. Chel. Chel. Dame fuerzas. Dondequiera que ests, a la zaga de nuestro Seo r, por los caminos de este pas condenado, dame fuerzas. Djame repetir tu nombre, como si lo dijera sobre tus labios, como si tuviera aqu tus labios, como si tuvi era aqu tus odos. Chel. Chel. Chel. Este pas est condenado, Chel. Condenado. No te dir de estos largos das de sangre. Sa ngre en los campos, sangre en el aire, sangre en mis manos. Resistimos, porque la piedra siem pre ha sido ms dura que la carne, y hasta ahora ni una mano enemiga ha logrado asomar po r sobre los muros. Pero s las saetas, y las rocas, y las bolas de hierro que caen sobre nosotros sin un inst ante de reposo, como si el enemigo se empease en arrojarnos cuanto ex iste en el mundo, hasta que la fortaleza se hinche y reviente como esos peces que ca pturbamos en la arena del mar cuando

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jugbamos de nios. Recuerdas cuando ramos nios, Chel, cuando ya sabamos lo que el otro pensaba con apenas un pestaeo? Pero te dir de lo que vimos anoche, parados sobre las almenas de la torre del Jefe, la principal de la fortaleza. En la oscuridad, era como un ro de fuego que fluyera por los desfiladeros de las montaas ms all del lago. Con que marcharan con solo una antorcha para diez hombres, aquellas legiones bastan para quebrar las rodillas no solo de este pas, sino de todas las tierras del Camino del Pastor. Y con el resplandor dora do del fuego, mezclado con l, el resplandor plateado de las armaduras. Y el tronar de lo s cascos. No eran tropa s del montn, Chel. Era un ro de caballera completamente equipada, pesada, disciplinada. Y marchaban as de noche, de punta en blanco, con la intencin de advertir, de intimidar. Eso era claro. Para que quien los viera saliese corriendo a escarbar con las uas un refugi o bajo cualquier roca. Para estremecer los corazones ocultos tras las rocas de todas las fortalezas de las fronteras. A los pocos instantes de contemplar aquel terrib le desfile, el Jefe blasfem, y dijo que no sera de extraar que las dems fortalezas se ri ndiesen sin presentar resistencia. Sdara, mi maestra, asinti, y dijo que una caballera semejante nunca marchara sola, que vendra acompaada por cuatro veces su nmero en in fantera, arqueros y ballesteros, y ms an en servidores, portadores y acmilas. Y bandidos, hor das de bandidos atrados por los despojos que un ejrcito deja siempre tras su paso. Aquella marcha dur hasta el mismo amanecer. Lu ego, durante el da, pasaron las columnas de vituallas, la infantera y el resto del ej rcito, pero no podamos prestarles atencin, ni siquiera para adivinar su nmero, porque cada soldado tena su puesto en los muros, todos tenamos nuestros puestos, y el asedio em pez con saa tremenda aquella maana. Eso es todo, Chel. No tengo fuerzas para es cribir mucho ms, hace mucho que oscureci,

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los mensajeros estn por salir. Y no quiero gua rdar esta carta hasta la prxima oportunidad de enviarla, porque tal vez no la enve, porque tengo miedo de que sientas mi miedo, de que creas que flaqueo, de creer que acaso tenga s razn al creerlo, y es insoportable. El Jefe ha jurado no rendir la fortaleza. Supon go que eso aliviar a nuestro Seor. Pero dudo que lo salve, dudo que salv e a nadie en este pas. Dame fuerzas, Chel. Di que volver junto a ti. Solo dilo, cada noche antes de dormir, cada da al abrir los ojos. Dilo co mo si rezaras, como una splica, como una orden. Dame las fuerzas para comp lacerte, para obedecerte. Para vivir, regresar y olvidar. Para ser tuya. Chel. Chel. Chel. Dame fuerzas. Realis, Pupila de Sdara. Fortaleza del Alto, Fronteras del Poniente, Da 99, Cena 320 de la Primavera. ****** Realis. Realis.

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Realis. Lo he rezado cada noche, cada da. Lo he sup licado, lo he ordenado. Pero las noches pasan, tambin los das, y la esperanza se me deshilacha como un tapiz viejo. Quiero creer que estas lneas ll egarn a tu fortaleza, que esta rs all para recibirlas. O mejor, en secreto, quiero creer que ests de regreso, tras abandonar la fortaleza rendida, y que podramos entonces huir hasta el mar, ha sta aquella cabaa nuestra, y esperar a ser perdonados por los invasores y los dioses. S qu e una sola fortaleza en las fronteras, ahora, no es ms que una piedra pequea en el centr o de un torrente que fluye por sus lados y sigue adelante, internndose en el pas. Tambi n s que tu Jefe y Sdara no la rendirn, porque les he conocido a travs de otras bocas, y sus corazones estn muy forjados. Demasiado, acaso. Y tambin s que a cada jornad a que transcurre, el territorio tras la fortaleza es ms y ms del inva sor, y por eso con cada jornada el regreso a casa sera ms y ms imposible. Pero qu hago? Estas palabras no te darn esperanza. Escucha. El Seor ya no se hace leer sus libros antiguos. Viaja ceudo en su silla de manos, y llama a todos sus capitanes, y pregunta por los hombres reunidos, por las villas fortificadas, por el avance del enemigo. Ahora nos movemos sin cesar por el bajo pas, porque el Seor cree que su presencia ser favorable para reclutar ms lanzas y escudos. Ha consultado con sus tesoreros y est dispuesto a dar buena paga. Quie re esperar con sus huest es en el bajo pas, hasta saber cul ser la ruta del invasor, y entonces encararlo. Sabe que un ejrcito tal no podr demorar su marcha, porque el avituall amiento empezar a mermar, y el invierno empieza a soplar sus primeros vientos fros. Sabe que en cuestin de pocos das ya sabr dnde plantar batalla. Si se arrepiente o no de sus deseos de una gran victoria en las

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planicies, no lo s. Tampoco importa. Solo impor ta que tras una victoria de Tabia, nuestro Seor, los sitiadores de tu fortaleza tendrn que re tirarse, pues el asedio les ser difcil con la helada y las nieves, y puesto que son mercenar ios, tratarn de asegurar la paga adeudada por sus derrotados amos. Eso es lo que importa, lo nico que importa. No s si creer en esa victoria, pero debo creer. Tambin t. Realis. Realis. Realis. Lo seguir rezando, suplicando, or denando, cada da, cada noche. S fuerte. Chel, copero de Tabia, El Bajo Pas, da 112, cena 320 de la Primavera. ****** Perdona si mi letra es algo confusa, pero te ngo los dedos muy fros. La nieve est sobre nosotros. Escribo en los muros, a la luz de la luna, porque el Jefe ha ordenado economizar la lea y los aceites, y por eso nuestra fortale za est a oscuras, cada paso de los centinelas sobre la piedra helada resuena como desde la garganta de un dios, y el Jefe y su consejo hacen sus planes en una recmara a la luz de so lo dos velas, cubiertos con mantas y pieles, soltando por las bocas ms vapor que palabras. El mensajero que entreg a nuestro Jefe la noticia de la derrota del ejrcito de nuestro Seor en las planicies no tena nimos para alzar la cabeza. Tambin estaba herido de flecha en un

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brazo, porque se tropez con una patrulla mercen aria en los desfiladero s. Yo le cur, y por l supe detalles, y cre vislumbrar el treme ndo desastre que t seguro viste con tus propios ojos. Supe del sacrificio intil de nuestra cab allera, al cae r en los fosos que el enemigo haba preparado de antemano. Supe de la de sbandada de nuestros arqueros, cuando los magos del enemigo les devolvieron sus flechas. Supe de nuestra infantera pisoteada por una ola de caballos y hachas largas. El me nsajero descansa ahora, y partir maana, llevando, entre otras, esta carta. Est dbil por la sa ngre perdida, y por el miedo. S que me perdonars si le doy aquel amuleto que me rega laste cuando ramos nios, el que era de tu madre. S que tambin daras hasta los huesos de tu padre para que estas palabras llegasen a ti. Yo tambin los dara. El Jefe supo de unos soldados que planeaban su fuga de la fortaleza. Los hizo ejecutar en los muros. Eran cinco. Yo no conoca a ningun o. Tampoco vi la ejecucin. La helada es cruel con los heridos, y algunos que podran vivi r, pues sus heridas no son tan graves, la fiebre, en cambio, los consume y se los lleva. Colocamos los cuerpos en un rincn del patio principal, en un montn, porque necesitaramos aceites para que el fuego prendiese, y la tierra est demasiado dura, y los soldados dema siado agotados, para que sean enterrados. Y claro est, con los soldados tan agotados, somos las pupila s de Sdara, junto a varios hombres muy viejos o muy jvenes para ser de utilidad en los muros, quienes nos encargamos de reunir los cadveres y apilarlos, tr as ocuparnos de los heridos, y de preparar las comidas. Las despensas se mantienen, por fortuna. Partimos y raspamos el hielo en las vas de agua. Tambin aprovechamos los trozos que nos lanzan lo s sitiadores. El asedio es menos violento, aunque no cesa. El enemigo ha destinado varios destacamentos a forrajear, a cazar, a romper el hielo del lago para buscar peces. Hace poco

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les lleg una caravana de barrile s de vino y licor. Tambin r ecibieron una caravana de pan. Vimos tambin pasar ms tropas por los desf iladeros tras el lago. Ya no era un desfile ostentoso, pero igual contamos una gran caballe ra, seguida por una columna de sillas de manos. Sdara sostiene que se trata de magos, ac aso reclutados en los puertos de las Tierras Estrechas. El Jefe nada comenta sobre eso, pe ro s que siente alivio al saber que los mercenarios que nos asedian no cuentan con muchos artesanos de la esencia entre sus filas. Supimos que las guarniciones de las otras fortalezas han sido hechas cautivas y esclavas. Dudo que a nosotros, la nica tropa invicta, nos aguarde semejante misericordia. Por eso solo nos queda sostenernos, y confiar en la sa bidura de nuestro Seor y sus oficiales. Ojal pudieran beber mucha de esa sabidura en el vino que les sirves. Ese vino que sirves caliente, especiado, mientras yacen sobre esos cojines que ni an en retirada arrojan al sendero. Ese vino que deseo beber contigo, sentados sobre un peasco cualquiera, salpicados por el sacrif icio de tantas olas. No, perdona. Por favor, no me dejes pensar en eso. No me dejes que te haga pensar. Es injusto. Nuestros centinelas llaman al cambio de gua rdia. Tambin esos, los de afuera, piden el relevo. Y yo debo dormir algo, por eso me despido. Pondr esta carta en la bolsa del mensajero dormido, junto a las que son para Tabia, nuestro Seor. Si alguien te pregunta, di que resistimos, que seguimos con vi da, que la nica razn por la que seguimos resistiendo es porque queremos se guir vivos. Para regresar. Maana. El da despus. Algn da. Ayer, un da antes, ojal. Quiero sentir tus labios. Los mos estn tan fros.

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Realis, Pupila de Sdara. Fortaleza del Alt o, Fronteras del Poniente, Da 131, Cena 320 de la Primavera. ****** Cabalgo en la retaguardia de la columna. Nadi e re, slo chasquea la nieve bajo los cascos de los caballos, y yo pienso en ti. Son duros das de marcha, cruzando un pas oscuro y asustado, y tu cara viaja por delante de m, y tu cuerpo, y tu sombra. Escribo estas lneas a la montura. Acamparemos cerca de alguna villa o poblado, y tendr que salir a buscar vinos, licores, cervezas, cu alquier jarra que apla que la rabia de los oficiales de nuestro Seor. Tabia no bebe. Sus sirvientes apenas logran obligarlo a comer algunos mendrugos de pan untado en miel. Tabia parece no ver nada, va en su silla de manos con los ojos y los labios apretados. Para cuando leas estas palabras, seguro sabrs ya de la derrota. No he querido esperar por tu siguiente carta para escribir. Me parece tris te, que siempre parezcamos aguardar por la seguridad de que el otro aun vive, para entonces dar una respuesta. Yo serva el vino para Tabia, mientras l co ntemplaba la batalla. Mientras nuestras filas se desmoronaban. Mientras nuestros hombres hua n. Yo solo serva el vino. No dej de hacerlo ni siquiera al final, cuando Ta bia orden la retirada. Orden intil. El mando tratar de reagrupar las tropas a lo la rgo del ro, en la ribera pas adentro. La corriente no se ha congelado aun, y quizs tengamos una oportunidad de evitar que el enemigo llegue a las montaas. La Fortaleza de la Primera Montaa no est preparada para un asedio, y si cae la capital, ser el fin de la guerra. Todos lo saben. Todos lo temen. Yo solo temo por ti.

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Pienso en cunto durar el coraje de esos so ldados que te separan del enemigo. En cunto habr aun de alimento en vuestras despensas. En las muchas flechas perdidas que vuelan sobre los muros. No te expongas, por favor. No demasiado. Yo seguir escribiendo sin esperar por tus ca rtas. Tanto hay que no digo, y quisiera decir, pero temo que son palabras que en nada a yudan. Sabes mi corazn, mis anhelos, y sabes que el uno y los otros saben hablar a travs del sonido de tu nombre, del aire en tu boca, del calor entre tus dedos. Nada quiero ms que tene r tus manos cerradas dentro de las mas, es como si mi propio corazn se c obijara en mis manos. Quiero da rte cobijo, alej arte de all, tenerte a salvo. Pero ya dije; estas pa labras no ayudan. Son solo palabras. Los dioses nos guarden, amor. Quiera el Pastor que los dioses nos amen lo suficiente como para no negarnos lo que merecemos. Acaso no lo merecen todos? Quisiera ser un dios, amor De veras, quisiera. Chel, copero de Tabia, El Bajo Pas, da 131, cena 320 de la Primavera. ****** Es bueno saber que no soy la nica loca sobre es tos muros. Somos ms de diez a la luz de la luna, escribiendo. Tres pupilas de Sdara, varios soldados. Algunos esperan, para luego dictar a los que saben escribir. Soy de tu mismo parecer, tampoco yo esperar por tus cartas. Todo cuanto tenemos son estas palabras. Sin embargo, poco aliento podemos esperar de ellas. Nuestros muertos ya no estn en el patio, apilados en un montn de carne helada. Ahora

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estn repartidos entre la s rocas, sobre los campos bajo la fortaleza. Fue la orden del Jefe. Despedazados y desnudos, porque se nos orden quitarles las ropas y las armaduras, si las tenan, para vestir a los muy viejos y a lo s muy jvenes. Nuestras filas en los muros menguan da tras da. La fiebre debilita a muchos que no han recibido aun ni un rasguo. Sdara vio trozos de carne entre los proyect iles del enemigo. Carne enferma, dijo, tras recoger algunos y examinarlos. Nadie comi de e llos, pero su enfermedad ya est aqu. En los pasillos. En los cuarteles. En las despensa s. Las carnes secas han sido arrojadas. Incluso el agua es un peligro. Y el Jefe dispuso nuestros muertos como proyectiles, pues suponan un riesgo de enfermedad que no podamos pe rmitirnos. Pero yo sospecho que tema ms a las muecas de esos muertos, a lo que esas caras heladas nos decan sin voz a los vivos. Han sido das de hambre, Chel. Los guerreros ms viejos se lo toman con calma, nos dicen que el cuerpo se acostumbra, que lo mejor es descansar en cada momento posible. Los sitiadores han asomado en ocasiones sobr e los muros. Sin el obstculo del foso, hace tiempo congelado, arriman sus escaleras, lanzan sus garfios bajo la proteccin de los mismos muros, y sabemos que los invade el deseo de que esto se acabe tanto como nosotros. Pero nuestra eleccin es ms difcil. Varios soldados se llevaron un cadver a los calabozos. Fue Sdara quien los encontr, colocando ya al fuego un caldero lleno de hi elo, eligiendo con la punta de sus puales los mejores sitios donde cortar. Se les juzg por el gasto de lea y aceite s, fueron castigados con una guardia larga. El Jefe no quiere perder ms hombres, ni siquiera por la fiebre causada por unos azotes. Sdara discuti con l durante casi toda la noche, pero l no quiere escucharla. Hay que mantener la fortaleza, y sin hombres no pue de hacerse, eso es de razn comn. Sdara le dice que entonces los sold ados perdern el re speto al mando, pues no habr castigos que temer, y eso tambin es de razn comn. Sin embargo, yo trato de no

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pensar ni en esas ni en ot ras razones. Pienso que la razn es algo que hace mucho ya empez a escasear en las despensas de nuestros espritus. No dir ms esta noche. Perdona. Si aun tie nes esperanzas, si aun quieres esperar mi regreso, si no decides que es en vano y pone s tus ojos en alguien que sea capaz de dormir sin gritos, que no tenga horrores que olvidar, que no dejar tu lado por aprender cmo se sanan heridas y fiebres sin saber que todo eso no es ms que un engao absurdo y una demora intil del gran silencio que llegar al fin, si quieres a alguien con las manos limpias de una sangre que ningn mar podr lavar, hazme saber de tu destino. Perdona. Perdona, por favor. Pero no dir ms. No esta noche. Realis, Pupila de Sdara. Fortaleza del Alt o, Fronteras del Poniente, Da 147, Cena 320 de la Primavera. ****** Recuerdas a aquel viejo pescador del ro que nos acogi una noche? Venamos perdidos en la barca de tu padre, con la corriente crecida, y aquel viejo nos sac de ella a golpes de remo, atando nuestra barca a la suya. Dormimos en su cabaa, mientras l remendaba sus redes sentado en la ribera. Aquella noche fue nuestro primer beso recuerdas?, y t no eras aun una mujer, ni yo un hombre. Fue la prim era vez que dormimos juntos, t con la cara bajo mi brazo, yo con una mano en tu espalda de snuda. Nuestras ropas se secaban afuera, al viento de la noche. Te confie so ahora que no dorm, ni por un instante, era imposible, y

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saba que tampoco dormas. Yo solo senta tu respiracin bajo mi brazo, y tu espalda bajo mi mano, y era como si el techo se abriese, y saliramos flotando hacia arriba, cruzando los techos del cielo y los dioses, y ardisem os sin dolor all en lo ms alto. He estado en la cabaa del viejo, ayer. La encontr vaca, mugrienta. La tumba est cubierta por arbustos. Nunca sabremos qu manos amigas o ajenas le dieron sepultura. Nunca le preguntamos su nombre. El campamento se extiende por la ribera, en el centro est la tienda del Seor, y desde ella no se percibe hasta donde llegan las fortificaciones a cada lado. La extensin de estas obras defensivas anima a los oficiales y a los soldad os. Tal parece que ni un dios podra, en su arrebato ms iracundo, cruzar por aqu. No obstante, yo miro no a los lados, sino hacia atrs, y noto que la profundidad de la lnea puede alcanza rse a pie en un paseo muy breve. Esta defensa es tan extensa como delgada. No s mucho de artes de guerra, pero pienso que no resistiramos una simple carga de caballera. La esperanza es el ro. El enemigo tendra que cruzarlo, y solo ento nces dara con nuestras ln eas. El golpe, as, sera ms bien dbil. Quizs resulte. No s. No soy quien para juzg arlo. Pero temo a los magos que vienen en las tropas invasoras. Son ms numerosos y fuertes qu e los nuestros. Y ya he visto la diferencia que sus poderes pueden si gnificar en una batalla. Tabia, nuestro Seor, parece haberse recuperado. Su primera orden fue reunir a cien de los soldados de quienes se saba huyeron entre los pr imeros en la anterior batalla. La ejecucin fue cruel, no dir de ella. Su segunda orden fue formar filas tres veces al da, y una durante la noche, para contar y recontar. Los dese rtores sern cazados, trados de vuelta al campamento y ejecutados. Ahora, todos vigila n a todos. Es fcil acu sar a cualquiera de intento de desercin. A cualqui era que te deba unas monedas o unas bravatas. Su tercera orden fue racionar los alimentos. La muerte amenaza a quienes sean sorprendidos rondando

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por las tiendas de vituallas. Y a quienes ab andonen la guardia. A qui enes cambien armas o licor por comida a los campesinos del lugar. Llegar con retraso a las filas tambin implica castigos. Tal vez maana me castiguen por respir ar demasiado aire. O por mirar a los ojos a un oficial. Por orinar ms de dos veces durante el da. Por mi cara triste. Por escribir. Cmo resistes? Quiero que seas fuerte, para as serlo yo. Me dieron un escudo y una lanza. En estas lneas, ni aun los sirvientes sern di spensados del combate. Bien es cierto que mi tarea ser proteger la tienda del Seor, pero esta se alza a pocos pasos de la corriente misma. No s si podr atravesa r a un hombre con esta lanza, no s si sabr evitar que me atraviesen. La lanza aun tiene los amuletos de su anterior dueo. No deben haberle servido de mucho, si ahora su arma est en mis ma nos, pero acaso haya sido solo herido, o huido a su casa, a su familia, a esperar por el fin de todo. En todo caso, los dejar. Quizs me sirvan, y como quiera, los amuletos en nuest ro ejrcito pueden ya solo encontrarse a un precio que pocos pueden permitirse. Nunca he sido rico. Apenas he posedo unas prendas, unas monedas. Y a ti. De todo cuanto ha sido mo, eres cuanto necesito para confiar en que saldr con vida de esto. As que, por favor, vive t. Que esa br isa que sopla, que viene y va entre nuestros corazones, siga soplando. Vive. Vive, Realis, y mantenme vivo. No pido ms. Maana llegan emisarios de las fronteras del poniente. Beso los amuletos de la lanza, y pido unas palabras tuyas. Solo unas palabras Bastarn. Tendrn que bastar. Dame esa fortuna.

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Chel, copero de Tabia, El Bajo Pas, da 148, cena 320 de la Primavera. ****** Tengo poco tiempo, el mensajero se va apenas lle gar, ha dejado su caballo a dos jornadas de la fortaleza, porque para llegar aqu debe escurrirse entre las rocas como una bestia, y me ha confesado que solo cumple su misin por que la paga es altsima. Como no tenemos nada que ofrecerle, se contenta con unos sorbos de vino aguado. Si nuestros soldados se levantan a la primera seal de un ataque, es solo por el deseo de vivir. No necesitan rdenes, ni amenazas. Cr eo que pelean mejor que nunca. Allan como animales al repartir golpes en los muros, los oj os se les desbordan de fiebre, tras los asaltos juegan a patear cabezas cercenadas, ya sean de atacantes, o de sus propios amigos. Despus caen en el sitio, en un sopor intranquilo bajo la nieve, y esperan a que se reparta algo de pan o licor. El Jefe ha puesto los pocos alimentos que nos quedan bajo la custodia de cinco magos de quienes todos sospechan que se benefi cian de ello para mantener calmados sus vientres. Pero nadie protesta. Qu importa un mendrugo ms o menos. Las pupilas de Sdara dormimos juntas, abraza das para tener menos fro, en un rincn del cuartel de los capitanes. Anoche una empez a contar sobre lo que los invasores hacan con las mujeres de las villas, con las ancianas, co n las nias, y la alejamos con golpes de nosotras. Se fue hacia los muros. Esta maana la encontramos muerta y dura entre la nieve, con las ropas desgarradas. No solo los invasore s son de temer. El Jefe pretendi ignorarlo. Sdara recorre la fortaleza con una cara ex traa, pero tampoco dice nada. Nosotras decidimos andar siempre en grupos, sin separa rnos nunca. Aquella pup ila era de las ms jvenes. Su cuerpo no haba h echo correr la primera sangre por sus muslos aun. Otros lo

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hicieron por ella. Otros, que a hora se sientan all arriba, en los muros, y al defender sus vidas, tambin defienden las nuestras. El Past or me perdone por los pensamientos que me abruman. Que la perdone tambin a ella. Y a ellos. A todos. El mensajero me mira impaciente, ya ha termin ado su vino. No quiero que se vaya sin estas palabras mas. Quiero decir tanto, Chel, no tengo tiempo. Quiero verte, quiero que ests conmigo, qui ero besarte, quiero am arte, Chel, quiero regresar. Tu Realis, sabes dnde, no s ya qu da. ****** A lo lejos veo el perfil de las montaas donde ests, y ojal encendierais fuegos de noche, para saber dnde ests, Realis, mi Realis. Para saber que sigues all. Las defensas resistieron en la ribera. A un a lto precio, pero resistieron. El primer golpe. Solo el primer golpe. El siguiente ser maana. No tuve que usar la lanza. Gracias al Pastor, el enemigo que ms se acerc a la tienda del Seor fue detenido por uno de nuestros magos. Su lanza se clav cerca de m. La hice ma tambin. Es menos pesada. Tambin est llena de amuletos. Esas dos razones me bastan. Esta maana Tabia reuni a su s capitanes. Estos trajeron ante su tienda a lo s soldados que, a sus ojos, haban vacilado entre las lneas. Ms ejecuciones. T odos, incluidos algunos oficiales, miran al Seor con ojos enfermos Tabia hizo que hoy un sirviente probase los platos antes de llevar un bocado a su boca. Sabe que es odiado. Y que muchos preferiran

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entregar sus armas, a cambio de sus vidas y un salario en otras monedas. El invasor necesitar guerreros del pas pa ra poder gobernarlo. Y oficiales conocedores de la regin, y escribientes, y recaudadore s. Es de todos sabido. La resistencia de maana ser decisiva, lo s pero no s qu decidir. Si aguantamos, los nimos podran ir de un parecer a otro. Ms n imos para combatir y seguir resistiendo con la esperanza de la victoria. O ms odio haci a el Seor, y el deseo de acabar con esta contienda. Yo soy un simple copero. S cmo servir si n ser notado, adivinar cundo una copa est vaca, cundo un oficial necesita ayuda para le vantarse. No he herido a nadie. Nadie repara en m. Por eso solo espero vivir, y reunirme contigo algn da. Nada me conforta ms que saber que t deseas lo mismo. Estos tiempos terribles no pueden ser para siempre, Realis, mi Realis. Tendrem os otros tiempos, ya lo vers. Tiempos que sern nuestros. Creme. Por favor. Cree en estas palabras mas, en este corazn mo. Debo ir a servir, ya alistan la cena para el Se or y sus oficiales. So lo ruego porque no me ordenen probar los platos. Pero yo no escribo nuestros destinos. Ojal pudiera escribirlos, Realis, ojal pudiera. Chel, copero de Tabia, El Bajo Pas, da 155, cena 320 de la Primavera. ****** Desde hace das no llega mensajero alguno. Esta carta viajar en el bolso de un mago que

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ha elegido desertar, y a quien he regalado parte de mi provisin de hier bas y races y frutos secos, para sus fiebres y su alimento, a cambi o de llevar mis palabras hasta alguna posta de vigilancia que encuentre en su camino. Me ha jurado cumplir. Le creo un hombre forjado, y eso debe bastarme. Quieran los dioses que, donde quiera que ests, como quiera que ests, sepas perdonar. Desde hace das, los magos que custodian las despensas tambin son los guardias personales del Jefe. Solo as logra mantener su autoridad. Solo as logra mantener la fortaleza. Los sitiadores se han retirado una buena distancia, y enviado parlamentarios. Ofrecen paso seguro hasta la villa ms cercana a cambio de todas las armas. Sdara, que habl con ellos, asegura que son honestos, que estn verdaderamen te cansados de tanta sangre, y que daran cualquier cosa a cambio de pasar las noches ba jo techos verdaderos, con comidas tranquilas y abundantes. S que Sdara tiene razn, porqu e las artes de magia que conoce la hacen capaz de tocar los corazones. Pero el Jefe no la escucha. El Jefe no quiere rendir la fortaleza. No le es igual que a los soldados, eso lo entiendo. Volver sin honor, ser despojado de sus rangos y ventajas. Sin la proteccin de sus magos, cualquier momento sera el ltimo de su vida en tre estos muros, eso dicen las caras de todos los guerreros. Sdara sospecha que el Jefe abandonar la fort aleza en el ltimo instan te antes de caer los muros, con las artes de los magos que le sirven, para as regresar a la Primera Montaa como hroes que resistieron hasta el final. Su honor quedar manchado, pero no destruido. Por eso, mi maestra vino a m anoche, y se sent a mi lado, y me dijo que unas pocas hierbas haran lo que sera imposible a una es pada o una lanza. Me pidi que la ayudara, porque yo era su pupila ms fiel. Porque en tre ambas podramos burlar los sentidos de

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esencia de los magos, que al ser magos guerrer os, solo se inquietan por las amenazas de hierro fraguado. Una sencilla lmpara de ace ite encendida cerca del hombre que reposa, y una pizca bien medida de hierbas machacadas dejadas junto a la llam a. La propia Sdara har eso, pues los magos suelen verla cerca del Jefe, y la creen, si no de su lado, al menos s obediente. Mi tarea ser otra. Mi tarea ser avisar a las otras pupilas, en el momento adecuado, para que algunas atraigan a los cen tinelas, y las dems abriremos el portn. Con el Jefe agonizando, y los sitiadores entrando, los magos tendrn que aceptar el destino. S que es traicin, Chel. Pero no es una traici n que me importe. Creo saber ms que eso. Creo saber, s, lo que de cierto mi corazn quiere. Y t eres la tierra, el mar y el cielo en ese anhelo. Cuanto crezca sobr e esa tierra, cuanto navegue por ese mar, cuanto vuele por ese cielo, ser asunto de ambos, una vez junt os. S tambin que me ayudars a soportar estos das crueles transformados en recuer dos. Perdona, Chel, porque ser una asesina, aunque no sea mi mano la que aseste el golpe. Pero sabe que mato en pos de la vida, y quiero esa vida contigo, y para siempre. Ser en pocos das. La mezcla de hierbas tendr que hacerse despacio y en lo oculto, porque es delicada. El mago que portar estas palabras mas ya me pide prisa, porque reunido las fuerzas que necesita para burlar la vigilancia de sus iguale s, salir a los desfiladeros y cruzarlos evitando al enemigo, y no quiere perderlas. As pues, el fin est cercano. Acaso lo s dioses nos amen, verdaderamente. Hasta pronto, Chel. Esprame, o ven en mi busca. Siempre sabremos encontrarnos, imposible creer otra cosa. Insoportable creer que no ser as. Realis, Pupila de Sdara. Fortaleza del Alt o, Fronteras del Poniente, Da 158, Cena 320 de

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la Primavera. ****** Amada. Lejana. Ma. Sin saber de ti, sin mensajeros que corran haci a una fortaleza que todos dan ya por perdida, confo en que los dioses te hayan protegido. Victoria ha sido, si victoria puede llamarse a tanta sangre que fluye ro abajo, a tantos cadveres que empiezan a pudrirse. El enemigo pide pactos, un gran trozo del pas, a cambio de la paz. El Seor insiste, en su tienda cerrada, entre sus oficia les, que volvern a atacar ta n pronto ideen alguna artimaa, porque siguen siendo ms fuerte s y numerosos, en armas y arte s de magia, y los oficiales piden una tregua para descanso de los hombr es, y el Seor amenaza con ejecutarlos, y los oficiales gritan planes descabellados para cont raatacar tras un reposo, y yo les sirvo el vino que escupen todos mientras gritan, y callo, y pien so si todo esto puede significar algo en tu suerte. Estas discusiones duran de la maana a la ta rde. Por las noches, algunos oficiales vienen a m, con ofertas de dinero y ventajas, y me susurran nombres de venenos que poseen, que son inadvertidos en una copa de vino. El Se or siempre ha confiado en ti, me dicen, nunca hace probar lo que le sirves. Y yo les pregunt o por la Fortaleza del Alto, pero ellos se encogen de hombros, y me dicen que el Seor quiere continuar la guerra, pero ellos no, y tan pronto la paz se firme, y otro poder se a duee de la Fortaleza en la Primera Montaa, todas las peleas cesarn, y si el Alto aun sigue en pie, si a un quedan defensores, estos sern perdonados con toda seguridad, para evitar m s matanzas y que el odio hacia los nuevos

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amos deje de acrecentarse. Todo esto me dicen, y yo pienso en tu suerte. Si el Seor sale victorioso en un contraataque, significara el fin del asedio que sufres, pero tal fortuna podra tardar das. Incluso, temo que los mercen arios, temerosos por no recibir ms paga de unos amos derrotados, quieran tomar venganza en la fortaleza, y asesten un golpe con los corazones llenos de clera, y tales golpes suelen ser irresistibles. Si la paz se logra, bastar que un mensaje llegue a sitiados y sitiadores, y todo terminar. Todo esto pienso en las noches, cuando los oficiales me dejan, y pienso y pienso hasta el alba, cuando sirvo a nuestro Seor su primera copa del da. S que me ayudaras a tomar resolucin, si estuvieras conmigo. Tambin s que si estuvieras conmigo, eso sera innecesario. De bo tomarla justamente porque no ests, porque quiero que ests, y cada noche que dejo pasar, entre pensamientos, es una noche ms que te acerca a tu destino, una noche ms en que tu de stino se me va de las manos. No s si los dioses dedican sus noches a pensamientos tales, pero si es as, feliz soy de no ser un dios, de no saber el fin de todo. No obstante, s que puedo propiciar ese fin, y lo temo, porque nadie es capaz de jura r si los mercenarios no asesinarn a una guarnicin rendida, si quedar guarnicin alguna aun, si t quedars. S que sigues all, solo porque quiero que sigas all. Y este de seo me har tomar resolucin en los pocos instantes que demorar en escribir las prximas lneas. Te quiero viva, te quiero ahora. No puedo espe rar. La suerte podr ser cualquiera, est ms all de mi eleccin. Mi sola el eccin es propiciar esa suerte. As pues, que sea. Que sea lo antes posible. Esta noche Tabia tendr su ltimo vino servido. Quizs algunos oficiales leales a l descubran mis actos, y esta sea tambin mi ltima noche. Qu ms puedo hacer? Quizs tu ltima noc he haya transcurrido ya. Si es as, al menos no habr sangre en este ro que supo de nuestro primer abrazo como la mujer y el

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hombre que aun no ramos, ni llegar en su corriente ms sangre a ese mar junto al que hubiera deseado transcurrir contigo los ltimos momentos de cualquie r fortuna elegida por los dioses. Tristes los dioses, condenados a es tas decisiones. Mi ltima plegaria antes de servir ese vino ser por ellos mi smos, tal vez mi piedad hacia ellos los haga amarnos ms, y nos quieran salvar, si es que no hemos ya cruzado los umbrales del destino que nos niegan la salvacin. Guardar esta carta entre mis pocas pertenencias, y las dar a algn conocido que recuerde tu rostro para que te las entregue si no puedo entregarme yo mismo a ti, si tu camino y el suyo se cruzan, ojal aun sobr e el espinazo cansado de este mundo, y no sobre cualquiera de los otros. Luego ir a la ti enda del Seor. Servir su vino. Y callar, como callar siempre he sabido, y aceptar cuando haya de cumplirse. Dentro de un rato o en pocos das sabr si he aguardado en vano, si tendr o no el premio de tu aliento bajo mi brazo, de mi mano sobre tu espalda, una vez ms, muchas veces ms, para siempre, o si un oficial clavar su espada en mi garganta, o si habr de soportar el castigo de un mar sin ti durante los das que lo s dioses me concedan, o con los que elijan castigarme. Por ti, Realis, mi Realis, esos polvos que verter en la jarra, esa trai cin que con la muerte acaso me devuelva la vida. El sol negro se esconde ya. Unos soldados cantan junto a mi pequea tienda. Tambin oigo canciones en la otra ribera. No compre ndo lo que dicen, ya no comprendo nada. Solo que te volver a ver. Dnde, aun no lo s. Pero s, quiero saber, que pronto. Ten fe, Realis, mi Realis. El fin est a qu, tambin el principio, sea cual sea.

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Chel, sin ti, Realis, El Bajo Pas da 164, cena 320 de la Primavera. ****** Un cuero rascado es cuanto tengo para deja r estas lneas. No alcanza para decir mucho. Tampoco es necesario. Mi maestra Sdara est muerta. Los magos la hallaron machacando hierbas que bien saban que ella no necesitaba preparar. Hurgaron en su s pensamientos. La mataron en el acto. Yo no estaba con ella. Andaba por los muros, mi rando hacia esas lejanas llanuras donde ests, donde quiero creer que aun ests. Donde puedo ad ivinar el cauce del ro, donde veo fuegos de campamentos por las noches, sin saber cul es nuestros, cules de l invasor. Nosotros, ellos. Ya me es igual. Desde hace mucho. Puesto que el Jefe sufre de fiebres, y los magos estn agotados por la constante vigilia, me han encomendado su cuidado. Perdname, Chel, pe ro ya no lo soporto. He preparado un remedio, que no requiere de tanta delicadeza. Me ha bastado una tarde. Lo arrojar al rostro del Jefe, y ser rpido. Des pus me hincar de rodillas ante los magos y suplicar su misericordia. Confo en que al ver al Jefe mu erto, preferirn dar fin a todo. Si vivo, saldr corriendo, arrastrndome, como sea, hacia ese ro tan nuestro como el mar y tan lejano, y no me detendr hasta alcanzarlo, hasta saber si mi esperanza ha merecido homenaje, hasta saber si ests. Si el capricho de los magos es adverso, este pedazo de cuero estar oculto entre dos piedras del muro, del lado que da al mar, porque te conozco como me conozco, s que vendrs a buscarme si aun respiras y mi no mbre vive en tu aire, y que subirs aqu porque el mar te llama la mirada tanto como a la ma, porque querrs preguntarle a ese mar nuestro dnde estoy, y aqu ha llars la respuesta. Entonces sabrs, y confo en que si no

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habitas ya la paz de otros parajes ms cercanos a los dioses, tendrs la paz de saber que te he esperado, y he hecho jirones de mi espritu para que tu injusta espera haya sido ms breve. Bien saben los dioses que siempre quise el ms dichoso de los finales, y que con difcil fe acepto el que sobrevenga. Pero lo aceptar. Ya no hay razn en mi espritu, ya no hay fuerza, ya no hay fortuna. Solo t lo ll enas, y no quiero vivir un solo momento ms temiendo que incluso de mi espritu empieces a marcharte. Ojal no tengas que leer nunca este pedazo de cuero seco. Ojal pueda lertelo yo misma, aunque solo sea para que eso signi fique que tuvimos un maana. Con estas palabras, mi corazn, siempre. Realis, sin ti, Chel, Fortaleza del Alto, Fronteras del Ponien te, Da 164, Cena 320 de la Primavera. Michel encinosa fu La Habana, 1974. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesa. Miembro de la Asociacin Hermanos Saz (AHS) y la Unin de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Premio Calendario de ciencia ficcin 2006 de la AHS. Ha publicado: "Sol Negro" de ediciones Extramuros 2001, "Nios de Nen" Letras Cubanas 2001, “Dioses de nen” Letras Cubanas 2007, “Veredas”Extramuros, 2007 y “Enemigo sin voz” Abril 2008.

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Cuentos suyos han sido incluidos en las antologas "Polvo en el viento", ICMF, Argentina 1999; "Horizontes Probables", Lectorum, Mexico 1999; "Reino Eterno", Letras Cubanas 1999 y “Secretos del Futuro” Sed de Belleza 2007. Actualmente trabaja como editor en Eds. Extramuros. Al INDICE

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5. CUENTO CORTO MADE IN CUBA: Por contrato I Por Abel Ballester Zuaznbar. Cazar unicornios no es una tarea sencilla, esos maldito s bichos o bien terminan aguijonendote el trasero o bien patendote. Como quiera, no son esas criaturitas adorables que muchos pintan, no, ni lo piensen. Su ter nura slo la expresan con algunos y no vale un comino. Su carne apesta, se corrompe volvindos e incomible en cuanto deja de latir su corazn. Su cuerno, por si quieren saberlo, ni siquiera es de marfil y no he logrado que me den un real por uno al menos. Los tengo amontonados en mi patio. Su pelo blanco no tiene magia alguna y en materia de atraer todo tipo de bichos molestos es el mejor. De solo recordar el peluqun que me hice con es te me empieza una comezn... Una vez logr venderle un ojo a una familia de brujos por muy buena suma, pero me lo regresaron al rato; molestos y exigindome el dinero, o sera sapo por siempre. Lo haban comparado con los ojos de una yegua y eran idnticos. ¡Lgico Pero ni modo, no creyeron mis palabras. Es un negocio al que no se le puede sacar lasca. El Seor de las Tinieblas me paga bien por eliminarlos, pero no es lo mismo. Ya casi se a caban y lo nico que puedo hacer es dejarlos tirados all en el bosque sin pode r sacarles un dinerito de ms. Abel Ballester Zuaznbar Coln, 1975. Graduado de Ingeniera Qumica. Trabaja en el rea de Control de la Calidad. Ilustrador y pintor autodidacta. Ha expuesto sus obras en las galeras de la Universidad de Matanzas y en la sede de la AHSCiudad Habana. Es miembro del Taller Espiral de Creacin de Ciencia Ficcin y Fantasa. Cuentos suyos han sido incluidos en la antologa “Secretos del Futuro” Sed de Belleza 2007 AL INDICE

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6. COMO CONTACTARNOS? S tienes algn comentario, sugerencia o colaboracin escrbenos a: darthmota@centro-onelio.cult.cu jartower@centro-onelio.cult.cu espiral@centro-onelio.cult.cu aceptamos cualquier colaboracin seria y desinteresada. Traten de ponerla en el cuerpo del mensaje. Advertencia: Los mensajes de direcciones desconocidas que contengan adjuntos sern borrados. Para suscribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la palabra "BOLETIN" en el asunto. Para desincribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase "NO BOLETIN" en el asunto. Para obtener nmeros atrasados envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase en el asunto "Numeros anteriores" y el nmero del correo atrasado que deseas entre parntesis a continuacin. Si los quieres todos escribir a continuacin “todos”. Ejemplos : Con el asunto “Numeros anteriores (2)(5)(20)” obtendras los nmeros 2, 5 y 20 del Disparo en Red. Con el asunto “Numeros anteriores todos” obtendras todos los nmeros del Disparo en Red existentes. Al INDICE