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Disparo en Red

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Material Information

Title:
Disparo en Red
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Disparo En Red
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - D42-00048-n47-2008-07
usfldc handle - d42.48
System ID:
SFS0024301:00046


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HOY: 1 de JULIO del 2008

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DISPARO EN RED: Boletn electrnico de cienciaficcin y fantasa. De frecuencia mensual y totalmente gratis. disparoenred@centro-onelio.cult.cu -------------------------------------------------------Para descargar d isparos anteriores: http://www.esquina13.co.nr http://www.cubaunderground.com -------------------------------------------------------El sitio web del Fantstico Cubano http://www.cubaliteraria. cu/guaican/index.html

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Editores: Darthmota. Jartower. Colaboradores: Taller de Creacin ESPIRAL de ciencia ficcin y fantasa. espiral@centro-onelio.cult.cu espiralgrupo@yahoo.es Anabel Enrquez Istvn Bent Juan Pablo NoroaCoghan Leonardo Gala Ral Aguiar Portada: Eric Silva. 0. CONTENIDOS: 1. La frase de hoy : J.K. Rowling. 2. Artculo : Historia del cuento clsico de terror, Joan Escud Gonzlez. 3. Cuento Clsico : Los inmortales, Amis Martin. 4. Cuento made in Cuba: del canto y la gloria, Michel Encinosa. 5. Entrevista: Liliana Bodoc. 6. Humor: Santa cena en la Estrella de la Muerte. 7. Cmo contactarnos?

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1. LA FRASE DE HOY : Por supuesto que est ocurriendo en tu cabeza, Harry pero por qu demonios tendra que significar eso que no es real? J.K. Rowling. Harry Potter y las reliquias de la muerte. AL INDICE

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ARTICULO: Historia del cuento clsico de terror. Por Joan Escud Gonzlez Este estudio expone el recorrido por la historia del relato breve de terror hasta su poca de mximo esplendor, es decir, el final del siglo XIX y principios del siglo XX. Generalmente se ha organizado segn los gneros o influencias predominantes. Pero, en alguna ocasin, la historia se detiene en un autor especialmente significativo debido a su importancia. Los orgenes del gnero Tal y como bien ilustra la conocida frase de H. P. Lovecraft, La emocin ms antigua y ms intensa de la humanidad es el miedo, y el ms antiguo y ms intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido, y como es lgico esperar de un gnero tan estrechamente relacionado con las emociones primitivas, el cuento de horror es tan viejo como el pensamiento y el lenguaje humanos. Efectivamente, el terror aparece como un ingrediente del folklore ms antiguo de todas las razas, y cristaliza en las narraciones orales y en las canciones, crnicas y textos sagrados ms arcaicos. En efecto, constituy una caracterstica destacada de la magia ceremonial prehistrica y se desarroll ampliamente en todas las cultura antiguas, desde la egipcia hasta la celta, cuyas antiguas leyendas eran un medio para intentar encontrar una explicacin ante las leyes fsicas de un mundo que les resultaba hostil y espantoso. Eran el espejo de las pesa dillas, historias surgidas del inconsciente, de los impulsos de destruccin y deseo que se encuentran ocultos en nuestra ms profunda y escondida consciencia interior. El germen del terror se encuentra no ms all de la misma naturaleza humana, ese es el motivo de las intensas emociones que lo producen y que l mismo hace nacer. Pero a pesar de estos antecedentes, ms o menos remotos, el relato de terror tuvo sus verdaderas referencias en la literatura fantstica que irrumpi con fuerza en el panorama del romanticismo de finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX, tiempo en que los autores

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clsicos del gnero rescataron el cuento de terror de la leyenda y el cuento popular. En estos relatos modernos, los eventos sobrenaturales, a diferencia de las leyendas tradicionales, no ocurren en lugares exticos o ignotos, sino que suceden aqu y ahora, en el entorno cotidiano. An as, no deja de llamar la atencin el hecho, aparentemente contradictorio, de que justamente en uno de los perodos histricos ms racionalistas, en que la ciencia comienza a dar explicacin a algunos de los misterios de la humanidad y el hombre deja de creer en mitos y supersticiones que desde siempre alimentaron su alma de terror, el fantasma comience a poblar una parte no despreciable de la literatura. No es, naturalmente, una obsesin nueva en el hombre, ni tampoco aparece por vez primera en la historia de la literatura, sin embargo, en pocas ocasiones ha despertado tanto inters como en el siglo XIX, y nunca se haba erigido, como entonces, en personaje fundamental de un tipo de literatura que, con los aos, ira creando sus propias pautas hasta adquirir la categora de gnero literario. Pero ya desde su nacimiento, la literatura fa ntstica no presenta las mismas caractersticas en los diferentes pases en que se cultiv. Rafael Llopis, en su Historia natural de los cuentos de miedo1, distingue entre la tradicin anglos ajona y la germnica, denominadas respectivamente de raz negra y blanca, segn la tendencia se encamine hacia el gusto por lo macabro y truculento o hacia lo maravilloso y potico. El desarrollo del gnero en el continente En este apartado se explica el recorrido histrico de la literatura en el continente europeo, es decir, se describe la llamada tradicin blanca. Esta corriente se instaur mayormente en Alemania, ms respetuosa con los muertos, y que sigui su tradicin de cuentos poticos y legendarios de ambiente brumoso y melanclico, basndose en su folklore y su cultura oral, que permanecan vivos en la mente del pueblo y que los escritores romnticos recuperaron en la literatura. Tambin se hace especial hinc api en el autor ms significativo del perodo y la corriente, el alemn Hoffmann. 1 Historia natural de los cuentos de miedo Editor Jcar, Madrid, 1974, pgina 45.

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La tradicin blanca Los relatos fantsticos alemanes suelen evocar ambientes maravillosos mezclados con elementos de la vida diaria. Ludwin Tieck (1773-1853) y Adelbert von Chamisso (17811838) fueron dos de los representantes ms car actersticos de esta tendencia. La maravillosa historia de Peter Schlemihl, novela escrit a por Chamisso el 1814, es considerada por algunos como la mejor novela fantstica jams escrita. En ella conviven elementos de cuentos y leyendas tradicionales junto con otros de la realidad cotidiana, pero el libro se recuerda sobre todo por la sugerente historia del hombre que perdi su sombra. Ernst Theodor Amadeus Hoffmann La figura ms importante de cuento fantstico alemn, la que marcara una fuerte impronta y trascendera las fronteras de su pas, dejando muchos seguidores en la literatura europea de la primera mitad del siglo XIX, fue E. T. A. Hoffmann (1776-1822), cuya obra ms propiamente fantstica es Las minas de Faln, relato ambientado en la revolucin industrial que consigue provocar el efecto fa ntstico y ejemplifica lo que ser el relato fantstico moderno, en el que encontramos indicios de la tecnologa moderna, no como explicacin del fenmeno irracional, si no como parte de un decorado racional. Italo Calvino, en su antologa2 (2) observ y analiz el particular modo de ver la realidad de Hoffmann, que l denomin lo fantstico visionario, una de las tendencias dominantes de este gnero en el siglo XIX. En los primeros decenios de ese siglo, particularmente, abunda este tipo de relato donde un elemento visual extrao es motivo desencadenante del conflicto. En todos los casos, nos hallamos ante algo cuya apariencia ambigua esconde un poder maligno capaz de trastornar totalmente la mente del protagonista, llegando, en algunos casos, a producirle la muerte. Otra de las grandes aportaciones de Hoffmann a la literatura fants tica es la del recurso del doble, que consiste 2 Cuentos fantsticos del siglo XIX Editor Siruela, Madrid, 1987.

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en la presencia de un personaje que, poco a poco, va apropindose de la identidad de otro personaje o bien en el desdoblamiento fsico de un ser humano. El desarrollo del gnero en las islas britnicas Gran Bretaa, con su novela gtica, fue la pionera de la novela negra de terror. A lo largo del siglo XVII, y hasta bien entrado el XVIII, aparece un nmero cada vez mayor de fugaces leyendas y baladas de carcter tenebroso que, no obstante, se conservan bajo el aspecto de literatura aceptada y corts. Se multiplican las coplas de tema horroroso y espectral, y se observa un gr an inters del pueblo por sencillas obras de autores como Daniel Defoe. Pero las clases superiores de la sociedad fueron perdiendo la fe en lo sobrenatural, lo que dio paso a una etapa de racionalismo clsico. Luego, empezando con las traducciones de relatos orientales, y adquiriendo forma definitiva hacia mediados de siglo, acontece el despertar del sentimiento romntico, la era de un goce nuevo de la naturaleza, as como del esplendor de los tiempos pasados, de los escenarios extraos, las acciones valerosas y de las maravillas increbles. Finalmente, tras la tmida aparicin de unas cuantas escenas espectrales en novelas de la poca, el instinto de liberacin dio origen a una nueva escuela narrativa: la escuela gtica de la narracin fantstica y de horror, y su evolucin en relato corto, la denominada generalmente ghost story, es decir, historia de fantasmas. La novela gtica La tendencia ms destacada del relato fantstico surgida en la Gran Bretaa debe su nombre a la presencia casi obligada del castillo medieval, verdadero protagonista de este tipo de literatura, y a su compleja arquitectura repleta de pasadizos secretos, puertas falsas y un sinfn de habitaciones. Esta estructura laberntica se presta a crear ambientes inquietantes de sombras, ruidos extraos y cadveres a discrecin. De hecho, el castillo se perfila en todas estas narraciones como ncleo del suspense y del espanto demonaco. El esquema general incluye, adems, a un noble malvado y tirano que desempeaba el papel de villano; a la inocente y virtuosa doncella, largamente perseguida, que sufre los mayores

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terrores y sirve de punto de vista y centro de las simpatas del lector; al hroe valeroso e inmaculado, de alta cuna pero vestido a menudo con humilde disfraz; y tambin el convencionalismo de rimbombantes nombres ex tranjeros para los personajes, y una serie interminable de elementos escenogrficos, tales como luces extraas, trampas hmedas, lmparas apagadas, manuscritos ocultos y mohosos, goznes chirriantes, tapices que se estremecen y dems. Todo este aparato aparece una y otra vez con divertida invariabilidad, a veces con tremendo efecto, a lo largo de la historia de la novela gtica; y no ha desaparecido hoy, ni mucho menos, aunque una tcnica ms sutil le confiere una forma menos ingenua y evidente. La primera novela gtica donde aparecen todos los elementos que constituyen la esencia del gnero es El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole (171 7-1798). La historia tiene un estilo animado y prosaico cuya vivacidad impide la creacin de una atmsfera autnticamente espectral en ningn momento. Nos habla de Manfredo, prncipe usurpador y sin escrpulos, decidido a fundar una dinasta, el cual, tras la muerte sbita y misteriosa de su nico hijo, intenta casarse con la dama destinada al malogrado hijo, Isabel, que huye ante los designios de Manfredo, y encuentra en las criptas subterrneas del castillo a un noble y joven protector, Teodoro, con aspecto de campesino, aunque tiene un sorprendente parecido con el antiguo seor que gobernaba el dominio antes de la poca de Manfredo. Poco despus, el castillo se ve asediado por fenmenos sobrenaturales de diverso carcter: aqu y all aparecen fragmentos de una armadura gigantesca, un retrato se sale del cuadro y camina, un trueno destruye el edificio, y un espectro colosal y armado surge de las ruinas del castillo. Finalmente se descubre que Teodoro es hijo del anterior seor del castillo y legtimo heredero de las posesiones. La historia creada por Walpole, del que ve mos un retrato en la ilustracin, se considera acartonada, y completamente desprovista del horror que caracteriza a la literatura preternatural. Pero era tal la apetencia que la poca senta por estas pinceladas de extraeza, y por la espectral antigedad reflejada en ellas, que la obra fue acogida con toda seriedad por los lectores ms sesudos, y puesta en un encumbrado pedestal dentro de la historia literaria. Lo que hizo por encima de todo lo dems fue crear un tipo de escenario, de

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personajes y de incidentes enteramente nuevos, los cuales, manejados con habilidad por manos ms diestras daran lugar a grandes novelas de la escuela gtica. Una de las autoras ms importantes del gnero fue Anne Radcliffe (1746-1823), cuyas famosas novelas hicieron del terror y el suspense una moda, e instauraron nuevas pautas en lo que atae a la atmsfera aterradora y macabra. La autora inglesa escribi alrededor de seis novelas, de la que destaca Los misterios de Udolpho (1794). Puede considerarse a esta novela prototipo de la novela gtica del primer perodo. Sin embargo, las obras consideradas culminantes de este gnero son: El monje y Melmoth el errabundo. El monje (1795) de Matthew Gregory Le wis (1775-1818), autor educado en Alemania, saturado de delirantes tradiciones teutonas desconocidas por sus predecesores y del que podemos ver un retrato, dio al terror formas ms violentas de lo que nadie se habra atrevido a pensar; y el resultado fue una obra maestra de viva pesadilla cuyo carcter gtico esta sazonado con cantidades adicionales de elementos macabros. La historia trata de un monje espaol, Ambrosio, a quien hace caer desde su estado de orgullosa virtud al fondo mismo del mal un demonio que adopta la forma de la joven Matilde, el cual, cuando finalmente el desdichado espera la muerte a manos de la Inquisicin, le induce a comprar su huida al Demonio, quien pone como precio su alma, porque, le dice que tanto el cuerpo como el alma los tiene perdidos. Seguidamente, el Demonio lo lleva a un paraje solitario, le dice que ha vendido su alma en vano, ya que estaba a punto de concedrsele el perdn y una posibilidad de salvarse en el momento de su horrenda transaccin, y consuma la sarcstica traicin reprochndole sus crmenes enormes, y arrojndole al precipicio, con lo que hunde su alma en la perdicin eterna. La novela contiene descripciones sobrecogedoras, como los conjuros en la cripta bajo el cementerio del convento, la quema del convento y el fin ltimo del desdichado abad. Sin embargo, El monje es una novela que resulta demasiado larga y difusa, y pierde fuerza a causa de su ligereza, as como por la exagerada reaccin contra aquellos cnones del decoro que Lewis despreciaba al principio por considerarlos mojigatos.

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Las novelas gticas empezaron a aparecer ahora, tanto en Inglaterra como en Alemania, en profusin multitudinaria y mediocre, pero la mayora eran simplemente ridculas a la luz del gusto maduro. La escuela de lo gtico se estaba agotando; sin embargo, antes de su desaparicin surgi su ltima y ms grande figura en la persona de Charles Robert Maturin (1782-1824) que concibi finalmente la obr a maestra del horror, Melmoth el errabundo (1820), en la que la novela gtica alcanza unas alturas de pavor espiritual como jams haba conocido. Melmoth es la historia de un caballero irlands que, en el siglo XVII, consigue prolongar la vida por mediacin del Diablo, a cambio de su alma. Si logra persuadir a otro de que le libere de esta transaccin y asuma su estado, se salvar; pero no consigue llevar a efecto este intercambio, por muy insistentemente que acosa a aquellos a los que la desesperacin vuelve imprudentes y frenticos. La estructura del relato es muy torpe y exageradamente larga, pero en diversos momentos de la novela se siente el pulso de una fuerza inexistente en las obras anteriores de este gnero, una afinidad con la verdad esencial de la naturaleza humana, una comprensin de las fuentes ms hondas del autntico miedo y una abrasadora pasin de simpata por parte del escritor. Real mente, el estilo de Maturin, al que vemos en la ilustracin, merece un elogio especial, pues su forma directa y su vitalidad se elevan por encima de las pomposas artificiosidades de que pecan sus predecesores. La novela gtica cumple finalmente con su ciclo, el que comenz como una rebelin ante la Edad de la Razn y finaliza con la incorporacin de la razn como determinante del terror. La ghost story De la novela gtica, y en plena poca victoriana, derivan los populares relatos de fantasmas o ghost stories que proporcionaran placenteras y aterradoras veladas a los lectores hasta el primer cuarto del siglo XX. Brevedad, humorismo y realismo son sus principales caractersticas. Brevedad, porque era mucho ms sencillo mantener el suspense durante unas pocas pginas que pretender prolongarlo en obras extensas; el lector, adems,

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quera un poco de emocin condensada. Humorismo, porque era la frmula ms idnea para que el lector ingls aceptara los elementos fantsticos e increbles que la historia le propona; de ese modo, si los personajes mantenan una actitud escptica o irnica ante acontecimientos extraos, el lector se identificaba con aqullos y, en el desenlace final, unos y otros no tenan ms remedio que rendirse ante la evidencia. Finalmente, realismo como reaccin a los ambientes gticos del ro manticismo. Ahora los relatos se desarrollan en un escenario cotidiano donde personajes normales y corrientes viven sus das de forma rutinaria, recurso utilizado para desarmar al lector cuando el terror aceche, ya que, por el trasfondo realista, puede identificarse plenamente con la historia y sus protagonistas. La historia de Willie el vagabundo (1 824) y La cmara de los tapices (1829), del novelista escocs Sir Walter Scott (1771-1832), en la ilustracin, son las primeras obras maestras de este gnero. Pero, diez aos ms tarde aparecen los relatos de Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), que crean un terror mister ioso superior al logrado por cualquier otro. Este autor fue el verdadero impulsor del relato de fantasmas y el primero en recurrir, de modo efectivo, a teoras filosficas para hacer verosmiles sus relatos. El pblico victoriano no se contentaba con las argumentaciones pseudofilosficas extradas de creencias populares con que los romnticos fundamentaban sus obras, sino que exiga mayor rigor y coherencia lgica para racionalizar lo sobrenatural y poder creer, durante unos instantes, en ello. Los relatos de fantasmas alcanzan su madurez, sin embargo, con M. R. James (18621936), que se dedic a escribir este tipo de lite ratura para amenizar las veladas navideas de sus compaeros del aristocrtico colegio de Eton, del que era director, y para distraerse de sus aburridas tareas profesionales. Sus relatos tienen el ambiente erudito y acogedor de Cambridge; sus personajes viven rodeados de libros y antigedades y sus preocupaciones giran en torno al saber y la investigacin. En sus cuentos no falta un fino sentido del humor que suele practicar con juegos de palabras y equvocos producidos por diferencias de acento caracterstico de los distintos condados y clases sociales inglesas. La aparicin del fantasma suele ir precedida de una serie de preparativos que van enrareciendo el clima de placentero bienestar que el protagonista disfrutaba. Premoniciones, avisos y sospechas asaltan a los personajes, que ve incluso cmo el espacio y cuanto le rodea, descrito con

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minuciosidad y realismo al principio, se vuelve activo y malicioso. En muchos cuentos adems, para dar mayor verosimilitud a sus re latos y complacer as a su descreda y docta audiencia, James recurra a citas, referencia s, libros y documentos que servan de apoyo a las teoras expuestas y, de paso, ofreca una imagen irnica y a veces autoburlesca. Despus de M. R. James, los relatos de fantasmas inician su decadencia y, al igual que sucedi con la novela gtica, surge una nueva tendencia de la mano de Arthur Machen y Algernon Blackwood, quienes ofrecen al pblico terrores acordes con los nuevos tiempos. Y es que la crisis del racionalismo y las convuls iones polticas y sociales de principios de siglo, por un lado, y el aumento del nmero de los adelantos cientficos, por otro, contribuyen a crear un sentimiento de inseguridad y de cambio de los valores tradicionales; el fantasma, pues, deja de provocar miedo y el cuento fantstico retrocede a pocas primitivas para buscar los terrores ms antiguos de la humanidad. Edgar Allan Poe Captulo aparte merece Edgar Allan Poe, maestro indiscutible del arte de narrar que representar la perfecta sntesis de las tradiciones blanca y negra, lo macabro y lo ferico, lo fantstico visionario y lo fantstico interior; su obra nos muestra con igual intensidad a la ensangrentada muchacha que se levanta de la tumba despus de permanecer varios das enterrada de La cada de la casa Usher como la sugestin de un asesino psicpata que quiere liberar su alma mediante un monlogo cargado de tensin en El corazn delator. Los temas de Poe nacen de forma irreme diable de su mundo interior: obsesiones, alucinaciones, sueos... se transforman en materia literaria que el escritor elabora y ordena creando mundos habitados por extraos personajes, que actan movidos por impulsos ajenos a la mayora de los humanos, a pesar de la tendencia reflexiva y racionalizadora que

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les suele caracterizar. Sin embargo, la fascin acin que los cuentos de Poe ejercen se debe, principalmente, a su capacidad para crear ambientes densos y compactos donde el lector se sumerge de forma irremediable desde el principio hasta el fin. Y es que Poe tena una gran habilidad para expresar con palabras justas lo que quera decir, sin aadir nada que pudiera estorbar el centro de la historia. Este sentido econmico del lenguaje, junto con su capacidad para la creacin de mundos hermtic os donde la intriga se mantiene hasta el final, hacia el que confluye toda la historia, le han dado la justa fama de creador del relato breve moderno. Antes de Poe, los cultivadores del relato preternatural haban trabajado generalmente sin comprender la base psicolgica del atractivo del horror, y obstaculizados por una mayor o menor adecuacin a convencionalismos literarios vacos tales como el final feliz, la virtud recompensada y, en general, una didctica moral huera, una aceptacin de modelos y valores populares y una imposicin a sus propias emociones en el relato, tomando el partido de los defensores de las ideas artificiosas de la mayora. Poe, por otra parte, perciba la impersonalidad esencial del artista verdadero, y saba que la funcin de la ficcin creadora consiste meramente en expresar e interpretar los sucesos y los sentimientos tal como son, sin tener en cuenta hacia dnde tienden o qu demuestran, si el bien o el mal, lo atractivo o lo repulsivo, lo estimulante o lo deprimente, haciendo siempre de cronista vivo e independiente, ms que de maestro, simpatizante o vendedor de opiniones. Vio claramente que, para el artista, todas las fases de la vi da y del pensamiento son igualmente elegibles como tema; y dado que por temperamento se senta inclinado a lo extrao y lo melanclico, decidi hacerse intrprete de esos poderosos sentimientos y sucesos a los que suele acompaar el dolor ms que el placer, la decadencia ms que el esplendor, el terror ms que la serenidad, y que son fundamentalmente adversos o indiferentes a los gustos y sentimientos tradicionales y externos de la humanidad, as como a la salud, la cordura o el bienestar normal y expansivo de la especie. Los espectros de Poe adquieren de este modo una malignidad convincente que no posee ninguno de sus predecesores, e instauran un nuevo modelo de realismo en los anales de la literatura de horror. Su intencin impersonal y artstica estuvo favorecida, adems, por una

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actitud cientfica que no es frecuente encontrar antes de l, por lo que Poe estudia la mente humana ms que los usos de la ficcin gtica, trabaja con unos conocimientos analticos de las verdaderas fuentes del terror que duplican la fuerza de sus relatos y los libran de todos los absurdos inherentes al estremecimiento convencional y estereotipado. Consigui la elevacin de la enfermedad, la perversin y la corrupcin a la categora de motivos artsticamente expresables. De hecho, puede decirse con justicia que Poe invent el relato corto en su forma actual. Herederos de Hoffmann La literatura fantstica no slo prolifer en pases de cultura anglosajona y germnica, como hemos visto, sino que fue cultivada con gran xito en distintos mbitos geogrficos y, particularmente, en Francia. El descubrimiento de Hoffmann y de Poe en este pas origin una serie de imitadores que crearon piezas litera rias de indudable valo r. Entre los autores mas destacados cabe mencionar a Charles Nodier, introductor de la novela gtica en Francia, donde tuvo una gran acogida; a Honor de Balzac, que junto a su conocida obra La comedia humana escribi importantes relatos fantsticos, sobre todo en su primera poca; y, finalmente, Tophile Gautier (1811-1872), principal seguidor de Hoffmann en Francia y autor, entre otros muchos relatos, de La muerte enamorada, obra maestra del gnero que trata sobre el tema del vampirismo. En la segunda mitad del siglo XIX, ya lejos del romanticismo y en pleno movimiento naturalista, surge un escritor, Guy de Maupassant (1850-1893), cuya obra fantstica no pertenece a ninguna escuela y que es ms conocido por sus obras de tinte realista, como sucede con otros autores del gnero. A partir de 1884, cuando ya era un escritor conocido y de prestigio dentro del movimiento naturalista, empezaron a manifestarse en l los sntomas de una enfermedad que, paulatinamente, enajenara su mente y lo arrastrara hasta la locura y la muerte. Fue tambin a partir de entonces cuando empez a escribir relatos fantsticos que surgieron, en parte, como una necesidad de expresar el terror que iba apoderndose de su alma enferma, de ahuyentar las pesadillas que lo acosaban y que l converta, de esta

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manera, en materia artstica. Cuentos como El Horla, Quin sabe?, La mano o Un loco son la expresin desesperada de un enfermo que siente, poco a poco, su desintegracin. El relato materialista de terror del siglo XX Como ya habamos adelantado, a finales del siglo XIX y principios del XX se produjo un cambio bastante radical en las temticas en que se basaban los cuentos de horror. En cierto modo, el fantasma se podra decir que ya no produca terror, el miedo a la muerte haba sido sustituido por el miedo a las atrocidades que podran ocurrir en vida. Estas nuevas temticas que estudiaron los ms profundos miedos del ser humano fueron ampliamente tratados por diversos autores, de los que citaremos los ms importantes y representativos. El gals Arthur Machen (1863-1947) es el primer escritor totalmente desinteresado por los fantasmas y preocupado, en cambio, por lo que Llopis denomina los "arquetipos", es decir, los fenmenos naturales de ahora y de siempre, las constantes de la naturaleza y del hombre vividas desde un nivel primordial de la conciencia que qued acuado para siempre en pocas remotas, modelado por anhelos y terrores ancestrales3 Los personajes de Machen dedican todo su saber secreto y terrible a la bsqueda de las fuerzas ocultas que alguna vez gobernaron el mundo y que hoy permanecen olvidadas para la mayora de los mortales. Sus hroes son seres extraos a los ojos de la sociedad y cumplen de forma irremediable la misin que parece habrseles encomendado: el conocimiento de estas divinidades antiguas, de estas fuerzas espantosas y secretas para las que no existe ningn nombre capaz de designarlas y bajo las cuales las almas de los hombres se marchitan, mueren y ennegrecen, como dice un personaje de El gran dios Pan (1894), obra maestra del autor, que se centra en un terrible y singular experimento y sus consecuencias, y donde encontramos una frase que describe de manera formidable el terror que sus narraciones pueden llegar a provocar. Uno de los personajes hace la siguiente reflexin: Es demasiado increble, demasiado monstruoso; tales cosas no pueden existir en este mundo pacfico... Porque, mire usted, si tal cosa fuese posi ble, nuestra tierra sera una pesadilla. 3 Historia natural de los cuentos de miedo Editor Jcar, Madrid, 1974, pgina 201.

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Al igual que Machen, Algernon Blackwood (1869-1951) pretendi ir un poco ms all del relato de fantasmas tradicional, y, para ello, elige la naturaleza como medio para apelar a los terrores del alma. Sus obras se desarrolla n en solitarios parajes, tanto campestres como urbanos, pero siempre aislados, que nos sobrecogen por su grandiosidad y misterio. Sus personajes buscan, con cierta nostalgia, lo que podramos llamar el paraso perdido, el estado natural y primitivo de la conciencia humana cuando se senta plenamente integrada en la naturaleza y formando parte de ella. Los cambios producidos por Machen y Blackwood, entre otros escritores, confluyen en la obra, plenamente enmarcada ya en el siglo XX, de H. P. Lovecraft, mximo exponente del relato materialista de terror. Howard Philips Lovecraft Lovecraft, un hombre enfermizo y misntropo de Nueva Inglaterra, marcara una nueva revolucin en la literatura de terror. Por ese motivo y por su gran relevancia, exige que se le dedique un apartado de forma ntegra para analizarlo con la profundidad adecuada. Bsicamente, tal y como mantiene en su es tudio terico, consider aba que la literatura fantstica tiene como fundamento el mie do a lo desconocido, elemento que utiliz abundantemente en su obra y que podemos afirmar como su leit motiv. Una de las grandes aportaciones de Lovecraft fue el pequeo mundo creado por y para sus cuentos. El autor cre una mitologa, una geografa y una cultura completamente propias: Lovecraft imagin su propia mitologa, que detallaremos ms adelante, con un panten regido por criaturas ciclpeas sumidas en una muerte-sueo milenaria, esperando volver a este mundo cuando algn hombre recite las invocaciones arcanas. Estos dioses son seres ms poderosos que el hombre y de una dimensin diferente. Criaturas amenazadoras, enemigos de la raza humana, que pretenden aniquilar a los seres humanos y dominar el planeta. Los dioses de Lovecraft simbolizan arquetipos poderosos que pueblan el

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inconsciente colectivo de la humanidad y yacen reprimidos en una enorme ciudad sumergida situada en mitad del Pacfico, esperando la oportunidad para avasallar la conciencia y dominar nuestros actos. Cre tambin una serie de localidades de Nueva Inglaterra en las que localizar sus cuentos. Son claros ejemplos las ciudades imaginarias de Arkham, Dunwich, Innsmouth y la Universidad de Miskatonic, centro del estudio y del culto a los Primigenios. Estos lugares donde tiende a ocurrir lo sobrenatural, a pesar de no existir en la realidad, no dejan de ser realistas pues no presentan ningn aspecto fuera de lo normal. Tambin cre una cultura bibliogrfica ve rosmil, la cual sustentaba sus mitos y era citada en varias de sus obras. El famoso Libro de Al Azif o Necronomicn, escrito por el rabe loco Abdul al Hazred, es el punto de contacto entre el mundo arcano y el real. Destaca El horror de Dunwich como modelo de su obra fantstica, ya que en este relato encontramos elementos propios de este gnero: el contacto con la otra dimensin, las criaturas que la habitan y el Necronomicn como la llave entre nuestro mundo y el otro. Por otra parte, la ciencia y sus limitaciones suelen estar presentes en la literatura fantstica en el enfrentamiento con el fenmeno sobrenatural, en la piel de profesores o cientficos que tratan de resolver las incertidumbres de lo fantstico. Un ejemplo de esto lo tenemos en ese mismo cuento, en el que un profesor de la Universidad de Miskatonic define un monstruo como "una imposibilidad en un mundo normal". Teogona de los dioses Lovecraftianos Lovecraft lleg a crear un verdadero panten de Dioses, comparable casi a las mitologas tradicionales de las culturas humanas o a la cr eada por Tolkien para su Tierra Media. Pero, a pesar que Lovecraft fue el creador de la nueva religin, l nunca intent sistematizar los mitos como lo hiciera Hesodo con los mitos griegos. Solo dej clara la base sobre la cual se inventaran las ms terribles hi storias. Esta idea central era que antes de que apareciera el hombre, la Tierra haba tenido otros amos. El verdadero sistematizador de los mitos fue

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sobre todo August Derleth. l fue el creador de lo benignos Dioses arquetpicos y del sello sagrado de estos: una piedra en forma de estrella de cinco puntas que es el talismn ms eficaz contra los Primordiales. Pero Derleth intent sistematizarlos mediante sus propios relatos mientras que Lin Carter4, erudito, telogo, y bibligrafo de la relacin Lovecraftiana, resume los mitos de la manera siguiente: Estudiando las divinidades y los demonios que aparecen en los mitos de Cthulu se induce que la tesis de Lovecraft, la fuente misma de los mitos, es que, en pocas geolgicas muy remotas nuestro mundo fue habitado y gobernado por grupos de dioses diablicos y de divinidades benvolas mucho antes de que apareciese el hombre en la Tierra, sta era compartida por los primigenios y la Gran Raza de Yith, quienes cayeron en discordia y se alzaron contra sus propios creadores, es decir, contra los misteriosos Dioses Arquetpicos, primeros pobladores de los espacios este lares. La Gran Raza, constituida por seres espirituales e inmateriales que parasitaban cuerpos ajenos, abandon las zonas terrqueas por ella dominadas y huy a travs del tiempo hasta el siglo CC, en el que se apoderaron de los cuerpos de una raza de escarabajos que suceder al hombre, en esa poca remota, como forma de vida dominante en el planeta. Los Primigenios, sin rival ya, quisieron dominar el mundo y en combate con los Dioses Arquetpicos que moraban en Betelgeuse, les robaron ciertos talismanes y sellos y determinadas tab lillas de piedra cubiertas de jeroglficos, que ocultaron en un planeta prximo a la estrella Celaeno. Los Dioses Arquetpicos castigaron esta inoportuna e impropia rebelin. Aunque los Primigenios, bajo la orden de Azathoth, combatieron largamente, por ltimo fueron vencidos y expulsados o apresados. Hastur el In efable fue exiliado al la go de Hali, cerca de Carcosa, en las Hadas prximas a Aldebarn; el Gran Cthulhu fue mantenido en un letargo mgico, similar a la muerte, en la csmica ciudad sumergida de R'lyeh, situada no lejos de Ponap, en el Pacfico; Ithaqua, El Que Camina En el Viento fue desterrado a los helados desiertos rticos, de los que un sello poderoso le impide escapar. Yog-Sothoth fue expulsado de nuestro continuo espacio-tiempo y fue lanzado al Caos junto con Azathoth, a 4 Artculo publicado en The shuttered room Editor Arkham House, Sauk City (Wisconsin), 1966.

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quien, adems por haber sido el cabecilla de la rebelin, los Dioses Arquetpicos privaron de inteligencia y de voluntad. Tsathoggua fue arrojado a una caverna situada bajo el Monte Voormithadreth en Hyperbrea, junto con algunos dioses menores como Abhoth y AtlachNacha. Cthugha fue exiliado en la estrella Fomalhaut. Ghatanothoa, el Dios-Demonio, fue sellado en las criptas que se extienden bajo una arcaica fortaleza construida por los crustceos de Yuggoth en la cima del Monte Yadith-Gho, que domina la primitiva ciudad de Mu. Muchos dioses menores fueron obligados a refugiarse en el negro castillo de nice que corona la ciudad de Kadath, situada en el Desierto de Hielo, en la zona en que el mundo de los sueos penetra en nuestra Ti erra. De los Primigenios Mayores, solo Nyarlathotep parece haber evita do tanto prisin como exilio. Pero, antes de ser derrotados en la primera de las guerras, los Primigenios Mayores haban engendrado una multitud de sicarios infernales que desde entonces se esforzaran por liberarlos de nuevo; sin embargo, ni siquiera los Profundos de R'lyeh, seres martimos y anfibios, pueden levantar ni tocar el Signo Arquetpico, poderoso Sello de estos Dioses, que mantiene a Cthulhu dormido en la muerte. Y, aunque en la pgina 751 de la edicin completa del Necronomicn figura el famoso Noveno Verso que, debidamente entonado, devolver la libertad a Yog-Sothoth y dar origen a su retorno anunciado por los profetas, ninguno de sus adoradores humanos o inhumanos ha conseguido hasta la fecha liberarlo. En ocasiones alguien ha conseguido levantar el Sello Arquetpico, pero siempre ha sido vuelto a colocar en su sitio, bien por intervencin directa de los propios Dioses, bien de sus muchos servidores humanos. Sin embargo, Al Hazred ha profetizado que, por fin, los Primigenios sern liberados y regresarn. Debemos suponer, pues, que, en algn futuro incierto, volvern a disputar una vez ms el Universo a los Dioses Arquetpicos. La bibliografa de Lovecraft. El Necronomicn. La mitologa lovecraftiana no solamente es rica en dioses y lugares sagrados en los cuales ocurrieron hechos trascendentales sino que ta mbin posee multitud de libros proscritos y profanos que no deberan ser ledos. Al parecer, en ellos se alude veladamente, bajo

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parbolas y smbolos y a menudo en forma fragmentaria, a oscuros arcanos que solo los adeptos saben interpretar. Algunos de dichos libros tienen existencia real, como el The saurus Chemicus de Bacon, la Turba Philosophorum, The Witch-Cult in Western Europe de Murray, De Masticatione Mortuorum in tumulis de Raufft, el Libro de Dzyan, la Ars Magna et Ultima de Llull, el Libro de Thoth, el Zohar, la Cryptomensis Patefacta de Falconer o la Polygraphia de Trithemius. Estos libros se citan sobre todo por sus nombres rimbombantes y misteriosos, pero, naturalmente, tienen en realidad muy poco o nada que ver con los Mitos. De los dems, sin embargo, la mayora es puramente inventada y tratan directamente de los Mitos entre otros temas esotricos. Entre ellos, los principales son el Libro de Eibon, El texto R’lyeh, los Fragmentos de Celaeno, los Cultes des Goules del conde d’Erlette, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, las Arcillas de Eltdown, el People of the Monolith de Justin Geoffrey, los Manuscritos Pnakticos, los Siete libros Crpticos de Hsan, los Unaussprechlichen Kulten de Von Junzt y, sobre todo, el Necronomicn de Abdul Al Hazred. Libro este que fue descrito con tal lujo de detalles que mucha gente lleg a creer en su existencia real. De hecho, Derleth relata en un divertido artculo cmo, al principio, algunos lectores engaados empezaron a insertar anuncios, solicitndolo, en las revistas ms serias y respetables. Luego, ya como broma, ya como estafa, el Necronomicn comenz a aparecer en la seccin de ofertas de la prensa y, por fin, hasta en los catlogos de los libreros de viejo. Derleth cita el siguiente anuncio, aparecido en 1962 en el Antiquarian Bookman: Al Hazred, Abdul. Ne cronomicn, Espaa, 1647. Encuadernado en piel algo araada descolorida, por lo dems buen estado. Numerossimos grabaditos madera signos y smbolos msticos. Parece tratado (en latn) de Magia Ceremonial. Ex libris. Sello en guardas indica procede de Biblioteca Universidad Miskatonic. Mejor postor. Asimismo, el libro ha sido a menudo solicitado en las bibliotecas pblicas y, lo que es ms gracioso, incluso ha aparecido en los propios ficheros de stas. En 1960 se descubri, en el archivo de la Biblioteca General de la Universidad de California, una ficha, elaborada sin duda por un estudiante, que detallaba las caractersticas editoriales del Necronomicn, situndolo en la seleccin restringida de la seccin de religiones primitivas.

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Bibliografa Lovecraft, Howard Philips: El horror en la literatura, Editorial A lianza. Madrid, 2002. Varios autores: Los mitos de Cthulhu, Editorial Alianza. Madrid, 1978. Varios autores: Relatos fantsticos, Editorial Vicens Vives. Barcelona, 1999. Lecturas recomendadas (adems de la bibliografa anteriormente citada) Hoffmann, Ernst Theodor Amadeus: Cuentos II, Editorial Alianza. Madrid, 1986. James, Montague Rhodes: Cuentos de fantasmas, Editorial Siruela. Madrid, 1988. Lovecraft, Howard Philips: En la cr ipta, Editorial Alia nza. Madrid, 2001. Lovecraft, Howard Philips: El clrigo malvado y otros relatos, Editorial Alianza. Madrid, 2001. Poe, Edgar Allan: Cuentos, Editorial Planeta. Barcelona, 1983. Scott, Walter: La habitacin tapizada y otros relatos, Editorial Valdemar. Madrid, 2002. Varios autores: Cuentos fantsticos del siglo XIX, Editorial Siruela. Madrid, 1988. Varios autores: El libro de los vampiros, Editorial Fontamara. Barcelona, 1982.

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Varios autores: Los mejores relatos de terror, Editorial Alfaguara. Madrid, 1998. Barcelona 13 de enero del ao 2003 De esta versin: Barcelona 30 de septiembre del ao 2003 Este estudio forma parte del "Treball de re cerca" titulado Los cuentos clsicos de terror, estudio escrito, expuesto y defendido por Joan Escud, alumno del IES Secretari Coloma de Barcelona @2003 Joan Escud Gonz lez para cYbErDaRk.NeT Prohibida la reproduccin sin permiso expreso del autor Tomado por darthmota de cYbErDaRk.NeT para Disparo en Red y sin nimo de lucro. Joan Escud Gonzlez AL INDICE

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3.CUENTO CLASICO: Los Inmortales. Por Amis Martin. Vaya perspectiva. Pronto toda la gente se habr ido y me quedar para siempre solo. Con tanta radiacin solar los seres humanos que an circulan se encuentran en muy mal estado, sin contar los problemas de inmunidad, el rgimen a base de ratas y cucarachas y cosas por el estilo. Son los ltimos; pero no pueden durar mucho (claro que intenta decrselo a ellos). Aqu estn de nuevo; tambaleando, se asoman a mirar el infierno del atardecer. Todos padecen enfermedades y deliri os. Todos se creen que son... Pero dejemos en paz a los pobres hijos de perra. Ahora me siento libre para desnudar mi secreto. Soy el inmortal. Hace un tiempo increblemente largo que estoy por aqu. Si el tiempo es dinero, yo soy el ltimo de los grandes derrochadores. Y, sabis, cuando uno ha estado en circulacin tanto tiempo como yo, la escala diurna, ese nmero de veinticuatro horas, puede empezar a demolerte el nimo. Yo intent buscar un esquema ms amplio. Y tuve mis xitos. Una vez me mantuve despierto siete aos seguidos. Sin siquiera una siesta. Qu mareo, amigo. Por otro lado, esa vez que estuve enfermo en Mongolia dorm durante toda una dcada. Sin nada que hacer, de paseo por un oasis del Sahara, me rasqu el ombligo durante dieciocho meses. En una ocasin –cuando no haba nadie alrededor– me la estuve meneando un verano entero. Hasta los inalterables cocodrilos me envidiaban los baos en los ros sin tiempo. Francamente, no haba mucho ms que hacer. Pero al fin interrump estos experimentos y con mansedumbre me un a la rutina noche-da. Me pareci que necesitaba dormir. Me pareci que necesitaba hacer las cosas que al parecer necesita hacer la gente. Cortarme las uas. Comparecer ante el vaso y la baca de afeitar. Ir a la peluquera. Todas esas distracciones. No me extraa que nunca haya terminado nada. Nac, o aparec o me materialic o despunt, cerca de la ciudad de Kampala, Uganda, en Africa. Claro que Kampala todava no exista, y Uganda tampoco. Africa tampoco, si vamos al caso, porque en aquellos tiempos todas las masas de tierra estaban unidas. (Tuve que esperar hasta el siglo veinte para verificar muchas de estas cosas.) Pienso que debo de haber sido un dios falso o algo as; cabe concebir que llegu de un planeta que

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se rega por un reloj diferente. De todos modos nunca llegu muy lejos. Aunque larga, mi vida ha sido en todos los sentidos ftil. Tuve que parar el carro durante un buen rato antes de que aparecieran seres humanos con los que tratar. El mundo todava se estaba enfriando. Me pas toda la geologa sentado, esperando que llegara la biologa. Sola canturrear junto a esos estanques tibios donde empez la vida sembrada desde el espacio. S, all estaba yo, alentndoos desde la lnea de banda. Pues tena instintos gregarios y me senta terriblemente solo. Y hambriento. Entonces se manifestaron las plantas, lo cual signific un simptico cambio y ciertos tipos rudimentarios de animales. Pasado un tiempo comprend y me hice carnvoro. Me convert en un cazador prodigioso en pa rte por autodefensa. (N o era tanto una cuestin de supervivencia como que a nadie le gusta que lo huelan, lo desgarren y lo mastiquen, todo al mismo tiempo.) No haba animal que pudiera soarse que yo no fuera capaz de matar. Tambin tena mascotas. Era una forma de vida al aire libre muy saludable, aunque no demasiado estimulante. Yo anhelaba... reciprocidad. Pero si pens que el perodo prmico era lo peor, fue slo porque an no me haba tocado vivir el trisico. No puedo deciros lo aburrido que era. Y entonces, antes de que pud iera darme cuenta –esto habr sido alrededor del 6.000.000 a. de C.– vino la primera Edad de Hielo (no oficial) y tuvimos que empezar todos de nuevo, ms o menos desde la lnea de largada. Las Edades de Hielo, admito, fueron golpes considerables a mi moral. Uno saba cundo se acercaban: sola haber una especie de espectculo csmico de luces y luego, con demasiada frecuencia, una espantosa borrasca de impactos retardados; luego polvo, y bellos crepsculos; por fin, la oscuridad. Ocurran regularmente, cada 70.000 aos justos. Guindose por ellas uno poda poner el reloj en hora. La primera Edad de Hielo acab con los dinosaurios; eso al menos dice la teora. Yo s que no fue as. Podran haberse salvado si se hubieran apretado el cinturn y hubiesen sido sensatos. Los trpicos eran bastante calurosos y sombros, cierto, pero perfectamente habitables. No, los dinosaurios se lo buscaron: eran una pandilla lamentable. Son las pelculas de aventuras sobre el mundo perdido las que dicen la verdad sobre su muerte. Increblemente estpidos, increblemente quisquillosos; e increblemente grandes. Y siempre buscando camorra. El lugar pareca un patio de peleas. Yo, por supuesto, ya haba descubierto el fuego, de modo que coma bien. Hamburguesas todas las noches. La primera hornada de hombres-mono fue una carga enorme en lo que a m

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concerna. En cierto modo me agrad verlos, pero en general era un lo. Tanta evolucin para eso? Hubo una poca de brutalidad antes de que llegaran a algo, e incluso entonces siguieron siendo ansiosos y paranoicos. Yo, con mi casita, mis trajes de piel, mi cara bien afeitada y mis barbacoas, sobresala. De vez en cuando me converta en objeto de odio, o de adoracin. Pero ni siquiera los amistosos me servan de algo. Ugh. Ij. Akk Qu nombre se le da a semejante conversacin? Y cuando al fin mejoraron, y me hice unos cuantos amigos y empec a tener relaciones con las mujeres, sobrevino un descubrimiento espantoso. Yo haba pensado que iban a ser diferentes, pero no. Todos envejecan y moran, como mis mascotas. Como estn muriendo ahora. Todos muriendo alrededor de m. Al principio todos aqu nos alegramos cuando el mundo comenz a entibiarse. Nos alegr que las cosas se iluminaran. El invierno siempre es duro; pero de algn modo el invierno nuclear es especialmente sombro. Hasta yo llegu a cansarme de una noche que dur tres aos (y Nueva Zelanda, me parece a m, est bastante muerta incluso en las mejores pocas). Por un tiempo la gran fiebre fue tomar el sol. Pero luego la cosa pas de la raya hacia el otro lado. Empez a ponerse cada vez ms caluroso, o ms bien hubo un cambio en la naturaleza del calor. No daba la sensacin de ser luz de sol. Ms bien pareca un gas o un lquido: pareca lluvia, muy fina, muy caliente. Y los edificios, por lo que se notaba, no la rechazaban de la manera adecuada, ni siquiera aquellos que tenan techo. La gente dej de adorar al sol y se hizo adoradora de la luna. La vida se volvi nocturna. Ellos estn de lo ms animados, teniendo en cuenta la situacin, y se compadecen ms de los otros que de s mismos. Supongo que es una suerte que no puedan predecir lo que se viene. Pobres mortales, me dan pena. No son capaces de hacer nada en absoluto con esa fiera fundida que hay en medio del cielo. Se enfrentaron con la ira, despus se enfrentaron con el fro; y ahora los estn nuclearizando de nuevo. Los est renucleariza ndo, multinuclearizando el lento reactor del sol. El Apocalipsis sucedi en el ao 2045 d. de C. Cuando tuve la certeza de que se acercaba fui directamente al centro de la accin: Tokio. Saldr ahora mismo al paso y dir que me encontraba de lo ms dispuesto a marcharme. No es que estuviera especialmente deprimido o algo as. Sin duda no estaba tan deprimido como ahora. De hecho acababa de emerger de una resaca de cinco aos y el futuro se me apareca luminoso. Pero el planeta

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estaba en un estado desesperante en aquel entonces y yo no quera participar ms. Quera irme. Nada se las haba arreglado nunca para matarme, y comprend que la nica oportunidad radicaba en el impacto directo de un misil. Yo soy csmico (en tiempo), pero tambin lo son las armas nucleares (en poder). Si un misil no consigue borrarme del mapa, me deca, pues bien, nada lo conseguir. Slo tena una seria duda. El despliegue de moda por entonces consista en detonaciones de tapiz en la escala de los cien kilotones. Personalmente yo hubiese preferido algo mayor, digamos algo as como un megatn. Haba perdido el barco. Debera haber aprovechado la oportunidad en los das de las pruebas atmosfricas. Sola morderme los codos pensando en la hija de puta de sesenta megatones que los soviticos haban probado en Siberia. Sesenta millones de toneladas de TNT: est claro que ni siquiera yo me ha bra salvado... Alquil una habi tacin en el ltimo piso del Century Inn, cerca de la torre de Tokio, bien en el centro de la ciudad. Esta vez quera colocarme en primera fila. Me pareci que en el hotel estaban contentos con el cliente. Los negocios no parecan ir viento en popa. Todo el mundo saba que el final comenzara all, igual que un siglo atrs. Y a esa altura, de cualquier modo, las ciudades estaban muriendo en todas partes... Por la noche hice estallar mi dinero. Soborn al guardia del piso y me franque el acceso a la azotea: el sueo final. La ciudad se contorsionaba de pnico. Yo me contorsionaba de esperanza. Si esto suena ego sta, pido excusas Pero a quin? Cuando o las sirenas gimiendo en el aire me puse de pie de un salto y permanec inmvil, desnudo, en puntas de pie, con los brazos extendidos. Y luego ocurri, como si le abrieran la cremallera al universo. En primer lugar debo haber absorbido una buena cantidad de radiacin inmediata, que ms tarde me provocara tremendas jaquecas. En seguida pens que Dionisio me estaba haciendo cosquillas hasta matarme. Al mismo tiempo, me apabullaron la onda electromagntica y la embestida trmica. Por las partculas radiactivas no tenis que preocuparos. Hacedme caso, es la menor de las dificultades. Pero el calor es otra cosa. Son unas temperaturas capaces de convertir a un ser humano en una sombra en la pared. Hasta yo me resequ un poco. Aunque ahora pueda bromear (eso s que era calor, madre ma; uf, vaya bochorno), en el momento confieso que me alarm. Yo no poda respirar y se me nubl la vista –otro detalle importante: no me mor, pero al menos me desmay–. Y por un buen rato, pues cuando me despert haba desaparecido todo. Me haba pasado durmiendo

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todo el estallido, la conflagracin, el tifn mortfero. Fsicamente me senta bien. Fsicamente me encontraba, como se dice, en forma. Mi resaca haba desaparecido por completo. Pero en todos los dems aspectos senta un desacostumbrado decaimiento. S, estaba infinitamente deprimido. Todava lo estoy. Oh, finjo alegra, pongo cara de nimo; pero a menudo pienso que esta depresin no acabar nunca, que me durar hasta el fin de los tiempos. No se me ocurre nada que tenga bu enas posibilidades de levantarme el nimo. Pronto la gente desaparecer y me quedar solo para siempre. Son gente de arena, gente de polvo, gente de polvo. Los aprecio, por supuesto, pero no sirven de gran compaa. Estn profundamente enfermos y profundamente locos. A medida que menguan, que declinan y se marchitan, parecen ir adoptando grandes ideas sobre s mismos. Entre nosotros, yo tampoco me siento como una lechuga. Tengo buen aspecto, el mismo que sola tener; pero sin duda hubo tiempos en que me sent mejor. Mi trato con las enfermedades, dicho sea de paso, es como sigue: las contraigo, me hacen dao y todo eso, y no obstante nunca resultan fatale s. Se van, o yo me adapto. Para daros un ejemplo, hace setenta y tres aos que tengo sida. Sencillamente no me lo puedo sacudir de encima. Falta una hora para que amanezca y las estrellas todava brillan con su nuevo afilado esplendor. Los seres humanos ya vuelve n a las casas. Algunos caern en un sueo tembloroso. Otros se reunirn junto a la artesa contaminada y hablarn todo el da de sus patraas. Yo me demorar afuera un rato ms, solo, bajo el inmortal calendario del cielo. La antigedad clsica fue interesante (calculo que acabo de dar un buen salto, pero no es mucho lo que os perdis). Fue en la Roma de Calgula donde me di cuenta de que tena un problema de alcoholismo. Empec a pasar ms y ms tiempo en Cercano Oriente, donde siempre haba animacin. Le tom la medida a las reglas maestras de la economa y florec como comerciante mediterrneo. Para m las largas excursiones de ida y vuelta a las Indias no eran nada del otro mundo. Me fue bien pero no fabulosamente y hacia el siglo diez haba vuelto a recalar en Europa Central. Juzgndolo ahora, da la impresin de que comet un error Sabis cul fue mi perodo favorito? S: el Renacimiento. Estuvisteis realmente bien. Para ser sincero, me sorprendisteis. Yo me haba pasado bostezando quinientos aos de plagas, religin y talento nulo. La comida era espantosa. Nadie tena buen aspecto. El arte y las artesanas apestaban. Entonces: ¡bum! Y encima todo al mismo tiempo. Me encontraba en Oslo cuando me enter de lo que estaba ocurriendo. Dej todo y

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me sub al primer barco que zarpaba para Italia, aterrorizado de perdrmelo. Ah, era el paraso. Cuando esos tipos pintaban una pared, un techo o lo que fuera, pintado quedaba. All vivamos dentro de una obra maestra. Al mismo tiempo, a mi entender, haba algo de ominoso. Yo adverta que, en todo sentido, erais capaces de cualquier cosa. Y despus del Renacimiento con qu me encuentro? Con el Racionalismo y la Revolucin Industrial. Crecimiento, progreso, la gran estampida petroqumica. Justo cuando pensaba que no poda haber siglo ms tonto que el diecinueve, se presenta el veinte. Os juro, el planeta entero pareca estar representando un certamen de estupidez. Yo ya vea entonces cmo iba a acabar la historia humana. Cualquiera poda verlo. No haba alternativas. Mis intentos de suicidio se remontan a la Edad Media. Me lo pasaba tirndome de las montaas y nmeros as. Piedras al cuello, etctera. Nunca daban resultado. Jess, he hecho de pararrayos ms veces de las que puedo recordar, y he vivido para contarlo. (Una vez me dio un meteorito en plena cara; salir arrastrndome de debajo me cost lo mo, y me sent descompuesto toda la tarde.) Y todo esto sin contar las innumerables guerras en que luch. A lo largo de milenios la milicia fue mi pasin –ya sabis cmo anda el mundo–, pero a comienzos del siglo quince empec a cansarme. Yo, que haba luchado con Alejandro, con los grandes Khanes, de pronto me encontraba en medio de una pesadilla de vagos asquerosos enfrentndose a otra pandilla de vagos asquerosos. Es o fue en Agincourt. Para la guerra de Semana Santa ya estaba harto. Pareca que toda la improvisacin –todo el saber y la capacidad– haba desaparecido. No haba ms que muerte, pura y simple. Y mis experiencias en el teatro nuclear no han se rvido para nada para restaurar la aventura perdida... De veras... lentamente yo iba perdiendo el inters por todo. En general me iba volviendo ms ermitao y neurtico. Y estaba la bebida. De hecho, cuando promediaba el siglo veinte mi problema de alcoholismo se me escap de las manos. Una vez, tuve una borrachera que me dur noventa y cinco aos. Desde 1945 hasta 2039 estuve hecho una cuba. Nmada metropolitano, me ganaba la vi da vendiendo mi pasado, vendiendo historia: baratijas fenicias, rollos hebreos, botines de guerra –algunas de estas cosas bien valan una bomba–. Me derrumb. Perd todo respeto por m mismo. Era como un pasajero de un avin averiado que, con la bolsa del duty-free colgndole de la boca, procura encontrar ese estado en el que nada importa. As pareca estar comportndose el mundo entero. Y ese estado es imposible de encontrar. Porque no existe. Porque las cosas importan. Incluso

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aqu. La visin de Tokio despus del ataque nuclear no era agradable. Un aceitoso pastel negro con pequeos brocados de fuego. Mi vi da haba estado atiborrada de muerte –la muerte es mi vida–, pero ese surco era nuevo. Haba desaparecido todo. No suceda nada. La nica luz, la nica actividad, provena de los haces de plasma y los pequeos cohetes que algn satlite perdido o algn submarino vagabundo seguan disparando. Pero qu hacen?, me pregunt Para qu bombardean este cementerio? No me preguntis cmo me las arregl para llegar aqu, a Nueva Zelanda. Es una larga historia. Y fue un largo viaje. En otros tiempos, desde luego, hubiera podido hacerlo a pie. No tena planes. Me limit a seguir las huellas de la vida. Fui en balsa hasta el continente y all tampoco haba nada. Todo estaba muerto. (Para ser justo, buena parte ya haba muerto antes.) De vez en cuando, mientras me diriga a tientas hacia el sur, vea una mancha de liquen o un hongo deformado, y ms tarde alguna cucaracha con una sola pata, o una rata ciega, cosas as, y eso me levantaba el nimo por un rato. Pasaron unos buenos dieciocho meses antes de que me cruzara con seres humanos dignos de tal nombre; fue en Thailandia. Era una pequea comunidad pesquera protegida por un pico de las montaas costeras y por anmalas condiciones de viento (por entonces no haba otras condiciones de viento ms anmalas). La gente lo pasaba mal, naturalmente, pero an segua sacando algo del mar, si bien no se lo poda llamar exactamente pescado. Les supliqu que me dieran una barca y se negaron, lo cual era comprensible. Como no quera discutir, me qued por all hasta que se murieron. No fue mucho tiempo. Si no recuerdo mal, tuve que esperar unos cuatro aos. Luego cargu mis cosas, me hice a la mar y no me import adnde demonios me llevaban los vientos. Sencillamente me hice a la mar muerta con la esperanza de encontrar vida. Y en cierto modo la encontr aqu, entre la gente del polvo. Los ltimos. Ms me vale aprovecharlos al mximo porque son los ltimos seres humanos que me quedan. Lamento que vayan a irse Qu significa necesitar a los dems, necesitar que los dems sean? Una vez me encontraba en China con mucho dinero y un siglo que perder, compr una elefanta recin nacida y la cuid hasta que se hizo invlida. La llamaba Babalaya. Vivi ciento treinta aos y tuvimos tiempo de llegar a conocernos muy bien. Esa manera

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juguetona que tena de sacudir la cabeza. La silueta graciosa: tanto bulto y nada de culo (desde atrs pareca un pen cado sobre el mostrador de un pub de Dubln). Babalaya, la nica mujer que me import de verdad... No, eso no es cierto. No s por qu lo digo. Pero las relaciones largas siempre me han resultado difciles y he tendido a poner aire de por medio. Slo me he casado ochocientas o novecientas veces –no soy de los que llevan la cuenta–, y no creo que el total de mis hijos llegue a las cuatro cifras. Tambin tuve mis pocas de gay. Estoy seguro, no obstante, que os dais cuenta del problema. Yo estoy acostumbrado a ver cmo se abren paso hacia el cielo montaas enteras, cmo se forman deltas. Eso que se dice sobre que el Atlntico o lo que sea se hunde a un ritmo de una pulgada por siglo; bueno, yo lo noto. Heme all, pues, viviendo con una preciosidad. Un parpadeo... y se ha vuelto una ruina. Mientras que yo permaneca varado en un medioda impecable, daba la impresin de que el tiempo garabateaba el rostro de todo el mundo: se encogan, se ensanchaban, se desflecaban. No es que a m me importase tanto, pero las mujeres no saban cmo manejarlo. Las volv a locas. “Hace veinte aos que estamos juntos”, decan. “Cmo es que yo parezco una mierda y t no?”. Adems, no era muy astuto quedarse mucho en un solo lugar. Veinte aos ya era alargarlo demasiado. Y yo lo alargaba, muchas veces, por los nios. Aparte de eso slo tena aventuras sin importancia. Pensis que los los de una noche son de lo ms insatisfactorios? Pues imaginaos lo que pienso yo. Para m veinte aos son un lo de una noche. No, ni siquiera. Para m veinte aos son un polvo de ascensor... Y haba complicaciones desagradables. Por ejemplo, una vez vi a una nieta ma tosiendo y cojeando por el soukh de Jerusaln. La reconoc porque ella me reconoci a m; dej escapar un alarido spero, mientras me sealaba con un dedo que por cierto llevaba un anillo que yo le haba regalado de pequea. Y ahora era pequea de nuevo. Lamento decir que en los das ms tempranos comet incesto con bastante regularidad. En ese entonces no haba manera de evitarlo. No slo se trataba de m: todo el mundo andabaen lo mismo. Un milln de veces he visto partir a los mos, y un milln de veces ms. Qu dolor he conocido, qu megatones de dolor. A todos los echo de menos; cmo los echo de menos. Echo de menos a mi Babalaya. Pero comprenderis que cualquier clase de relacin ha de resultar bastante te mpestuosa (es imposible eliminar las tensiones) cuando uno de los dos es mortal y el otro no. La nica celebridad que llegu a conocer bien fue Ben Jonson, en el Londres de

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esos tiempos, cuando regres de Italia. Ben y yo ramos compinches de bebida. Cuando se emborrachaba era estridente, y a veces tambi n sentimental; y por supuesto que todo el asunto de Shakespeare lo deprima mucho. Ben sola deshacerse en lgrimas leyendo las cosas de ese hombre. A Shakespeare lo vi una o dos veces por la calle. Nunca nos encontramos, aunque s nuestros ojos. Siempre tuve la sensacin de que juntos habramos llegado lejos. Yo vea el mundo como Shakespeare. Y apuesto a que hubiera podido proporcionarle material interesante. Pronto habr desaparecido toda la gente y me quedar para siempre solo. Hasta Shakespeare habr desaparecido, aunque no del todo, porque sus versos seguirn viviendo en esta vieja cabeza ma. Me acompaar la memoria. Me acompaarn los sueos. Slo faltar la gente. Cierto es que ya viv un montn de aos vacos antes de que los seres humanos llegaran, de modo que estoy acostumbrado a la soledad. Pero esta vez ser distinto, sin la esperanza de que al final aparezca alguien. Ahora no hay ningn clima. Los das son apenas una mscara de fuego, y a m el cielo nocturno me parece siempre un poco igual. Antes, en el vaco temprano, haba animales, haba plantas, haba divagaciones de la naturaleza. Ahora, bueno, no hay mucho sobre lo que divagar. Yo advert lo que le estabais haciendo al lugar Qu sucedi? Era demasiado bonito, o qu? Jess, no estuvisteis aqu ms de diez minutos. Y mirad lo que habis hecho. Reunida alrededor del pozo envenenado, la gente bosteza y masculla. Son los ltimos. Han intentado tener hijos –yo he intentado tener hijos– pero no funciona. Los bebs que consiguen nacer no tienen buen aspecto, y parece que no pueden desarrollar ninguna inmunidad. La verdad sea dicha, la inmunidad no abunda. Todo el mundo anda escaso de ella. Son los ltimos y estn dementes. Sufren de desengao en masa. De veras, es de lo ms loco. Estn todos convencidos de que son... de que son eternos, de que son inmortales. Y no fui yo quien les dio la idea. Yo he mantenido la boca cerrada, como siempre, por hbito adquirido. He sido discreto. No soy de esos pesados que junto al fuego te cuentan cmo conocieron a Tutankamon y sedujeron a la reina de Saba o a Mara Antonieta. Se creen que vivirn siempre. Pobres hijos de perra, si supieran. Yo tambin suelo engaarme. A veces me entra la extraa idea de que slo soy un

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insignificante maestro de escuela neocelands que nunca hizo nada ni fue a ninguna parte y ahora se est muriendo penosa y ruidosamente de radiacin solar junto con todo el mundo. Es raro lo palpable que resulta este pasado fa lso, y qu humano: casi siento que si estiro la mano podr tocarlo. Hubo una mujer, y un hijo. Una mujer. Un hijo... Pero enseguida despierto. Enseguida me rehago. Enseguida me enfrento al hecho trgico de que para m no habr fin, ni siquiera despus de que muera el sol (lo que al menos debera ser bastante espectacular). Yo soy el Inmortal. ltimamente he empezado a quedarme afuera durante el da. Bah, qu demonios. Y me he fijado que lo mismo hacen los seres humanos. Aullamos y bailamos y sacudimos la cabeza. Crujimos de cnceres, chisporroteamos de sinergismos bajo el furioso cielo sin pjaros. Con timidez espiamos el vasto crculo blanco del sol. Claro est que yo puedo permitrmelo, pero para los seres humanos es el suicidio. Esperad, me gustara decirles. Todava no. Cuidado... os haris dao. Por favor. Por favor, tratad de durar un poco ms. Pronto habris desaparecido y yo me quedar solo para siempre. Yo... Yo soy el Inmortal. Amis Martin Novelista britnico, nacido en Oxford en 1949. Tuvo un comienzo brillante con su primer libro, El libro de Rachel (premio Somerset Maugham en 1973). Ha colaborado en revistas como Times Literary Supplement, New Statesman y The Observer. Es considerado como uno de los mejores (y ms exitosos) escritores de su generacin. Actualmente goza de una plaza de profesor en la Universidad de Manchester impartiendo clases sobre "escritura creativa". Al INDICE

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4. CUENTO MADE IN CUBA: DEL CANTO Y LA GLORIA Por: Yaly, Alto Cronista Las luces de la villa palidecen en la niebla a mis espaldas. Son escasas, pequeas. Recuerdo las fiestas de cosecha, las canciones en la noche, los coros que replicaban a otros coros viajando de poblado en poblado, los estandartes de los clanes ondeando sin rdenes de combate. Recuerdo los bailes en los puentes, en los prados, en las calles. Los colores, los nios, los juegos. Pero no es este ya un tiempo de fiestas. Entr a la villa por el portn abierto y sin celadores, ese portn que antes se cerraba al llegar la noche, guardado por los mejores homb res. Ya no hay mejore s hombres en la villa, o la nacin. Recorr las calles sin cruzar con nadie mis ojos. Pas junto a la casa de mi infancia sin mirarla. A nadie pregunt si la cosecha ha sido generosa. S que no lo fue. A nadie ped un sorbo de agua, a nadie salud por la plaza solo prdiga en penumbras y recelo. A nadie. Sal por el portn que da al bosque bajo las colinas, tambin abierto y descuidado. Segu camino por esta vieja vereda de pastores; a juzgar por la maleza que empieza a cubrirla, hace mucho que se ha perdido la esperanza de criar un buen rebao. Y ahora me detengo ante tu verja, la villa ha desaparecido all abajo hundida en la niebla, y me pregunto para qu, en verdad, habr venido. Un caminito empedrado me lleva hasta tu puerta. Compruebo si mi espada corta sale sin

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obstculos de su vaina aceitada. Deshago a medias el nudo que sostiene la hachuela en mi cinto. Extiendo el puo para llamar. Pero, tal como supona que haras, abres antes. Tus ojos son brasas hundidas entre arrugas: —Bienvenida, Aidalai. —Gracias, Elon. Tendrs vino? —De eso nunca me faltar. Tampoco una silla. Me cedes el paso. Casi te rozo al entrar, percibo tu olor a pieles viejas, a telas podridas, a sudores enfermos. Estoy segura de que hueles lo mismo en m. La estancia es pequea. Elijo una silla junto a la ventana. T no te has movido de la puerta, y respiras con levedad. —Adems del vino —dices al fin—, querrs comer algo? —Seguro. —Solo hago guisos y caldos. Me quedan pocos dientes. —Tambin a m. El pan de dos das no puedo tragarlo si no es mojado en leche. Eso, si encuentro pan. Y leche. —As de bien nos tratan los dioses. No s si te refieres a la villa, a la nacin, al mundo. O a nosotras. Cojeas hasta un rincn medio oculto por unas cortinas sucias y oigo el ruido de cazuelas. Coloco la hachuela junto a mis pies, y dejo la empuadura de la espada corta bajo mi mano. —No sent defensa de Esencia alguna cuando entr por tu verja —digo en voz muy alta. —No la pongo desde hache mucho. Ya nadie recuerda que estoy aqu. Nadie vendr a buscarme —replicas—. Benditos los qu e olvidan. Los que saben olvidar.

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—Yo he venido. —T no sabes olvidar —sales con un caldero lleno de viandas secas—. Y de todos modos, ya no soy la de antes. Esa barrera me agotaba mucho... Y qu de ti? Sigues siendo tan rpida con las armas? —Yo tampoco soy la misma —reconozco—. Cada vez pesan ms. Pero las llevar hasta que se me caigan de las manos. Enciendes el fuego con el gesto de un dedo y pones agua a hervir. Sales y regresas con un envoltorio de lienzo sucio de tierra. Lo deshaces. Trozos de carne ahumada. —La guardo enterrada. Ahora lo hacemos as —comentas, mientras olisqueas y separas algunos—. Demasiados merodeadores, y muy desesperados. Son los peores… Lo malo es que hasta los gusanos estn hambrientos en esta comarca. Tiras algunos trozos por la ventana y colocas otros en una escudilla. —No ramos tan finas en las primeras campaas —recuerdo sin alegra—. Ni aun en las de invierno. Cuando buscbamos restos de animales podridos en la nieve. Te encoges de hombros. Tras esas campaas, cuando empezamos a ostentar insignias y a vestir telas mejores, fuiste la primera en olvidarlas. Claro, los magos solan ser mimados como mascotas delicadas. Yo, en cambio, segu en las lneas de lanceros, hundindome en sangre hasta los codos, metiendo la cuchara en la misma papilla que los soldados. Hasta que mis insignias fueron ms grandes, y tambin empec a olvidar. Miro en derredor: —Nunca tuviste buen gusto ni sentido para disponer una casa. —Al menos tengo una casa. —Y desde cundo eso te enorgullece? —Desde que tuve con quin compartirla.

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Y tiras unas viandas al agua aun sin hervir. Empiezo a dudar que llegue a hervir, en verdad. De sbito, la noche es tambin fra aqu, muy fra, entre tus paredes. Trago en seco, y la garganta me duele, porque voy a pronunciar la pregunta que me trajo aqu: —Entonces, l todava est contigo? Revuelves las viandas con un cucharn, pensativa. Luego me encaras, sosteniendo el cucharn entre nosotras como si fuese la espada que nunca supiste usar: —Cambiara algo eso? Que no estuviera? Lo pienso. No mucho. He tenido muchos soles para pensarlo. Muchos caminos, muchas batallas, muchas noches de soledad: —No. No cambiara nada. Asientes mansamente. Siento una brisa de Esencia revolverse a tu alrededor. Cierro la mano sobre el puo de la espada. Pero la brisa se aplaca. —Claro que no cambiara nada —dices, y dejas el cucharn a un lado—. S, est aqu. Conmigo. Aparto la mirada. Te oigo alejarte del fuego, ir al otro lado de la cabaa, mover una cortina. Te oigo llamar: —Nell. Despierta. ¡Nell! Hay visita. Luego vienes y te asomas a la ventana, tras mi espalda. No s qu miras all afuera. No s a dnde quisiera yo mirar. Por el momento, a tu piso sucio de terrones de tierra y briznas de hierba seca. Por el momento, escucho a alguien moverse en la habitacin tras la cortina. La cortina susurra. Mi mano suda sobre la espada. Tu Esencia est en calma. Si alzo los ojos. Si los alzo… —Aidalai.

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Qu voz rota y ahogada es esa que dice mi nombre? No la reconozco. —Aidalai. Eres t? Siento lstima en esa voz. Siempre he odiado la lstima. Por eso alzo los ojos. Nell. Nell? Ese viejo menudo y con barba rala. Eres t, Nell? Ese cuello pellejudo, esas manos como patas de pjaro muerto que se anudan la una a la otra. Nell? Esa boca desdentada, esos labios… Esos ojos… Nell. Te acercas, Nell. Tocas mi hombro con tu mano muerta. —Ests como un cascajo, Aidalai. Ya es tarde para salir corriendo. Me has tocado. Me has reconocido. Y yo a ti. Es tarde para huir, y con estas piernas quebradas, de cual quier forma, no podra correr. Al menos no como antes, como cuando hu de ti, y de Elon, hace ya… Hace ya cunto? Cincuenta primaveras? Cincuenta y dos? Cincuenta y cinco? Que los dioses guarden mi memoria y den sepultura a mi razn, Nell, porque estoy loca y solo quiero olvidar. Ahora, solo quiero olvidar. No haber venido. Pero ya es tarde. Y t, Elon. Que te muerdan el corazn, maldita seas. Por qu me haces esto? T solo miras afuera. Miras algo que yo quisiera mirar tambin. Ni siquiera te has deleitado con mi horror. Siempre tan discreta, Elon. Siempre tan exquisita. Tan victoriosa. Mi hombre, mi ejrcito, mi trono. Todo me lo arrebataste. Y yo hu. De mi hombre, que ya no quera mirarme a los ojos. De mi ejrcito, que me persegua. De mi trono, donde te sentabas. Hu de tu magia violenta, que sembraba trampas en mi sendero, se desplomaba

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sobre m en cleras de llamas, tormentas y bestias. No correras el riesgo de que yo volviese para recuperar lo mo. Sabas mi fuerza, mi voluntad, desde nias, desde que aun nias empezamos a vivir en campamentos de guerra, a decirnos amigas, a decirnos… Hu de tu miedo temible. Y del mo. Y ahora, aqu, los tres, y sigo huyendo. Quiero seguir huyendo. Y ahora, t, Nell, me miras a los ojos. Pero ya no son los mismos ojos. Los de mi hombre. Ya no lo son. —Querrn hablar —dices—. Saldr un rato. S, Nell, sal all afuera, vete de mis ojos. Siempre fuiste as. Y con l ya afuera, t, Elon, abandonas al fin la ventana: —Dirase que nunca va a hervir… Creo que puse demasiada agua. Va a quedar muy flojo. Te importa? —Pienso que es la primera vez que comer algo preparado por ti —replico—. Sola ser yo la de los calderos. —S. La vida del hogar te era ms atractiva que a m. Y bien grande, el hogar que te construiste. —No fue para m… —Lo s. Lo recuerdo. En verdad, lo recuerdas? T, la viciosa del olvidar, lo recuerdas? —Aquel da —suspiras—. Cuando lo viste en el campamento, dijiste; “Quiero ser reina, solo para que l se siente a mi lado, para qu e todos los reyes y los nobles y los oficiales y los soldados y los comunes y los mendigos lo vean all, y lo sepan mo”. Y por eso emprendiste la larga guerra para unir los clanes y te hiciste reina. Y construiste la fortaleza del trono. Y lo sentaste a tu lado. Mucha sangre tuvo que brillar en los campos para eso.

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—Y cuando mi espada no era suficiente, tu poder me ayudaba. Sin ti, nunca habra alzado el trono. —Es cierto. Sin m, imposible. —Y entonces me lo quitaste. —Solo ocurri. De verdad puedes culparme? Quise lo mismo que t… Cierto que hay otras naciones, otros tronos… Pero solo haba un Nell. T mataste a tantos camaradas de armas, a tantos amigos… Y los que yo mat por ti. —T y yo ramos ms que amigas. —S, t y yo… Hasta que l lleg. —Pero no lo maldijiste, ni renegaste de l. Nos lleg a ambas. Mi error fue ganarlo primero. —Ahora le dices error. Fuiste corriendo a sus brazos, porque temas que yo fuese ms rpida. Desde cundo soy esta vieja que se empea en pelear con otra vieja por un viejo al que tan solo besar ahora dara asco? Desde cundo chillo as, desde cundo t lo haces. Elon, qu horrible es todo esto. Qu horrible esta neceda d. Y Nell. Horrible. Pero ya eres necia. Ya eres una vieja necia. Y tambin yo: —Ni en tus sueos ms calientes seras ta n rpida como yo, pedazo de pellejo. —Ten cuidado, Aidalai. Olvidas con quin ests hablando. —Y t? Que te muerdan el corazn, Elon. Que te lo dejen seco. —¡Seca tendrs t la raja, puta de fogata! —¡Raja apestosa, la tuya, bruja ladrona! No s desde cundo, pero la espada tiembla en mis manos, y se balancea como si quisiera

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banquete. Tampoco s desde cundo, pero la Esencia insufla tus ropas, hace flotar tus grises cabellos, y tus dedos parecen dispuestos a recordar conjuros. —Cuidado, Aidalai —repites—. No olvides que soy Elon. Fui la Reina Bruja de Thelesurun. Me llamaron el Castigo Negro, porque obligu a la Dominacin Blanca a pagarme tributos. Forc a mi servicio a los Corsarios de Izanda, y a las tribus del gran desierto del Zandain. Desenterr las ruinas de Vnkula, la Legendaria. Los Conocedores de Dhol, que guardan toda la memoria del mundo, me dedicaron una sala completa de su Gran Biblioteca. —Y yo fui la llamada Brisa de las Nieves —replico—. Mi espada puede ser aun ms rpida que tus hechizos. Fui la Primera Reina de Thelesurun. La que uni los clanes y alz el primer trono thelesurunei. La que venci a los Harei en su propio pas. La nica reina de la Tierra Estrecha que supo abrir como cscaras los tres muros de Lhur-Kowen-Ij, en toda la historia sabida del mundo, y plantar sus estandartes en la Puerta del Pastor. —Espero que recuerdes que somet a una Furia de Altandall. —Y yo venc con solo una lanza a un Gran Grifo Gris de Vandaler. —Un Gran Gris seguro ciego y sin alas. —Y tu Furia, ¡seguro abandonada e indefensa en una playa! —¡Cuidado, Aidalai! —¡Cuidado, t, Elon! ¡Mucho cuidado! Y esto ltimo que suelto es un chillido tan fuerte que cierro los ojos. Cuando los abro, veo que pareces al borde de las lgrimas. Si es que aun guardas lgrimas para malgastar. Esto es ridculo. Qu pensar Nell, all afuera, de estas viejas locas, de estas infelices resentidas y dbiles. Si lanzo un golpe, lo ms seguro es que me falle una pierna y ruede a tus pies, te derribe, caigas sobre m… Si sueltas un hechizo, eres capaz de destrozarte a ti misma.

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Puesto que el hechizo sera ms peligroso, bajo mi espada y la envaino. Igual me da si decides matarme. Todo esto es un vulgar de sperdicio. Esplndidas reinas hemos resultado ser. Merecemos cantos de taberna. O ni siquiera eso. Los cantos de taberna deben ser alegres, mientras que ste… Al parecer, decides que te place dejarme seguir viviendo esta desgracia. Tu Esencia retorna al sosiego. Farfullas algo ininteligible, juntas las manos como una sacerdotisa castigada, y yo vuelvo a sentarme, mientras sigues farfullando. —Y qu hay de ese vino que decamos? —pregunto al fin, tratando de hacer bien evidente mi malhumor. —Ay, qu se hizo de tus criados, mi reina —regaas. Traes el vino y ocupas la otra silla, ante m. —Mis criados… —olisqueo el vino—. T te los quedaste. Y para qu? Qu hiciste de mi reino, vieja bruja? Ya no existe. Se desmoron como… como… —Como una oveja ebria. —S. Eso. —Qu decirte, vieja lancera? Escapaste. Viv con el temor de verte regresar seguida por miles de escudos y estandartes. Te saba capaz. As que hu del reino, con Nell, vagamos por ah… Y no regresaste. —Tem que me esperases con miles de hechizos. —Ya ves… Qu se hizo de ti? —Recorr las tierras del Camino del Pastor, bien lejos de Thelesurun. Fui mercenaria, capitane varias incursiones, conquist muchas villas… —Arrasaste muchas villas. —Bien, s. Y supe un da que mi reino, mi reino careca de unas nalgas en el trono.

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Aunque igual daba. Las tuyas nunca fueron de las prominentes. Qu mal gusto el de Nell. —Una vez dijo que prefera mis perfumes a toda tu peste a sudores de caballos y mantas piojosas… hablo de cuando aun no eras reina, claro. Pero incluso despus, igual mis perfumes eran mejores. —Vieja bruja. Este vino es amargo. —Ah. Se te ha educado el paladar. Qu prodigio, bendita seas. Pero no volviste a por tu trono. —No me interesaba. Ya no. Solo quera… —Lo s. Por eso me ocult bien. Con Nell, en Izanda. Me ganaba la vida en ferias de puerto, con pequeos trucos. —¡La Reina Bruja revela sus artes secretas ¡Vean al Castigo Negro transformar un escarabajo en una mariposa! —Ms vino? —No. Est muy amargo. No s cmo puedes. —Una se habita a todo. —Supongo que tienes razn. Pero volviste a la villa. —Aqu nac. No es mal sitio para morir. Y t? —Me da igual dnde ocurra. Pero el amigo de una amiga de un amigo me dijo que aqu habra de hallarte. As que… —Comprendo. Aunque no s… —Tampoco yo. —Comprendo. Miro por la ventana. La niebla ha subido desde el valle y ahora envuelve la cabaa. No veo el sendero por el que llegu. Creera que es una de tus artimaas, Elon, pero s que no lo

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es. S que ya hemos vivido ms all de eso. Al menos, eso quiero creer. Me siento tan cansada. —T te habras quedado? —pones a un lado tu copa. —No lo s. Pero veo que todo es un desastre La nacin ha vuelto a romperse en clanes. Volvemos a cortarnos las gargantas entre nosotros. Y los de Har, y los dominios de los Mil Estados, se hacen con los restos. —Siempre haba sido as. —Pero nunca tan triste. —Los dioses sabrn lo que se hacen con nosotros. Yo no merezco esa culpa. Tampoco t. —Reina Bruja… Imprudente. Qu soberana abandona este caos a sus espaldas? Si hubieses esperado a dejar a un heredero… —Un heredero, ¡j! Ese maldito bastardo —sealas con leve cario hacia la ventana— no daba hijos. O sera yo. La Esencia seguro me cercen algo por dentro. Suele ocurrir. —No, no creo. Debe ser l —comento—. Porque tampoco me los dio a m. —A m me hubiera gustado… ¡J! Qu importa eso ya. —Sabes, Elon? A veces… Cuando nosotras… Bueno, a veces pensaba que podramos buscar alguna nia… o algn nio, igual me daba, y… —Lindas madres habramos sido. —Esa vida no tena que ser para siempre. En una cabaa como sta… —No te engaes, Aidalai —tiras otro carbn al fuego—. Yo tambin sola pensar… Y bien, lo mismo. Pero ya ves… —Si hubiera sido de otro modo… —Yo digo que tena que ser as. Los dioses tejen el destino. —Lo dices para consolarme. T al menos…

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—S, es verdad. Lo siento. —De verdad lo sientes? —Algo, s. Pero no todo. Y lo siento si lo siento. O no. Ya deja eso, me confundes. A mi edad, es fcil que me confunda. —S. Es fcil. Yo misma… —¡Ya deja eso! ¡Y esa porquera que no hierve, por la caca de Yaly! Si ya empiezas a maldecir del mismsimo Cronista, es tiempo de dejarte sola un rato. Eso tambin lo recuerdo. Por eso salgo afuera. Y ah ests, Nell, en un banco, la espalda apretada a la pared. —No tienes fro aqu? —Fro. Calor —sacudes la cabeza, y me haces temer que tu cuello flaco se rompa—. Es igual, Aidalai. No te pasa igual? —Creo que s. Con mucho trabajo y dolor, me siento en el piso ante de ti, y de sbito el pecho se me aprieta. As solamos sentarnos all, antes, t en el trono, yo sobre la alfombra, y t cantabas. Podrs cantar an, Nell? —Recuerdas sta, Aidalai? Dnde la danza, la sombra del ave, tu pie descalzo en la hierba ? Te busco en el camino que acaso no emprendiste Alzo mi tienda al amparo de un cuento que te olvida Sueo tu prisa de nia buscando el silencio hija de un rbol distinto

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Reverencio tu huella en la piedra que te supo guardar alientos en la colina al sol en los montes reales nombrados de esta tierra y en sus ros todos Y soy ya un hombre sin recuerdos a tu zaga extraviado. S, Nell. Recuerdo. Pero no esa voz de hojara sca esparcida por los cascos sin herrar de un potro perdido. A dnde fue la voz de caverna de hielo abierta al cielo, de nfora bebedora de vientos, de lluvia nocturna sobre el rostro? Sin embargo, me fuerzo a sonrer: —S, Nell. Recuerdo. Callo el resto. No lo merecemos. Te preguntars t tambin a dnde habr ido tu voz? O acaso lo sabes. Te la han devorado, Nell, las tantas primaveras. O la has devorado t mismo, como a tu propia carne. —La cant en tu tienda, Aidalai —insistes—. La primera noche. Eras oficial. Mandabas ya una legin de lanzas. No quiero recordar, Nell. Ni la legin, ni mis insignias, y mucho menos esa primera noche. Por favor. —Y sta, la recuerdas tambin? Vengo a callar al fin mis manos en el lecho de hojas secas sangre de mi tierra Vengo a pedir a un dios que no conozco otro nombre para que en mis huesos crezca

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y pueda el tiempo regalarle un gran olvido Ya no soy un verso en otras bocas Hablo por m mismo y me contemplo Y me concedo un descanso junto al mar vaco Fui venablo en las orgas de mi vientre Y qued rendido a las cortas crines de una potra cuya tnica vest en noches largas Tuve soles en la frente y a la espalda incalculables huestes cuya marcha estremeca mi firmeza Mas retorno ahora a un polvo que recuerdo como el mo A esta tierra donde tuve alguna vez un llanto y una risa sepultadas en la suerte de mi estirpe Tierra buena Donde se erigen de mi altar las alas Y amoroso el abrazo de una muerte bien pagada merecida. —Nunca le cantabas a la gloria, Nell. Odiabas la gloria. Por eso te quise para m. Porque eras capaz de burlarte de lo mismo que yo. De toda esa tontera de escribir nuestros nombres en la historia. —Y para tenerme, Aidalai, quisiste ser gloriosa. —Fue ese mi error, Nell? —Eso crees? No lo s, Aidalai. En verdad, qu iero creer que nadie supo de un error. Que solo ocurri, y eso es todo.

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—Cun conveniente. Para ti. As duermes en paz. As dormiste conmigo. Y despus con ella. Hago ademn de ponerme en pie, pero el dolor de mis huesos me detiene. —Aydame a levantarme —te pido—. Al menos eso. —Escucha otra cancin. —No quiero tus canciones, viejo estpido. No entiendes que…? —Por favor, Aidalai. Hace mucho que no canto. Y Elon… Bien, ella nunca quiso apreciar mis canciones. Nunca me las peda. —Tampoco yo las quiero ahora. —No te ayudar a levantarte, vieja tonta. Escucha. Hoy el tiempo abre sus fauces a un camino prohibido Nuestras voces se han perdido y han ardido nuestros templos Sobre el mar yacen las sombras maldecidas de ciudades que nacieron y murieron en silencio o tempestad Un olvido grande cae rotundo sobre nuestras cabalgatas. En el viento nuestros huesos ya son polvo con el polvo y las huellas que dejamos profanando mil parajes empezaron a borrarse al pasar la ltima crin Los aceros se han dormido arrullados por las arpas Quin recuerda que hace siglos tantos siglos como estrellas nuestra sangre fue de hielo

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nuestros cuerpos de metal ? Nuestros gritos nuestras manos son la ira punta en blanco Aunque muertos y olvidados no podemos olvidar. Quiero golpearte en esa cara de corte za rajada, verte sangrar por la nariz. —As que a la otra vieja no le gustan las canciones —comento—. Siempre la elegante, la delicada… Y sin gusto alguno en las orejas… O el corazn. —Te equivocas. Ella, simplemente, no quera ser t. No quera que fuese igual que contigo. Quizs no quiso robarte eso. —¡J! Djate de tonteras, Nell. —Como quieras. Te observo con descaro, tu calva, tus pantorrillas desastrosas: —S que te conserv con su magia, durante mucho tiempo, tal y como eras. Qu, era mucho poder el que empleaba en eso? Se agot? O se cans de verse cada vez ms vieja, y t tan joven, y por eso…? —Siempre pensabas lo peor de cada quien, Aidalai. An lo haces —escupes a un lado, y el gesto es tan desagradable que aparto la mirada—. Yo se lo ped. Y no me complaci enseguida, claro. Pero lo acept. Yo quera gastarme junto a ella. Eso es todo. —Increble. —De veras? Si hubiramos sido t y yo, no te habra parecido as. Es solo que no te entra en el espritu que yo lo prefiriese de ese modo, que la prefer a ella. —A esa idiota.

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Callamos un rato. Dentro de la cabaa alguien calla tambin. Un silencio difcil de soportar. Creo que merezco una pequea venganza: —Canta otra, Nell. —Con gusto. March una vez colmado de promesas, y con el cansancio por lecho, y mujeres ajenas por descanso, arrebat mis promesas de manos que lloraban. March a la orden del tambor hasta que mis pies fueron de barro, pero he visto la nieve prometida. Sacrifiqu a dioses que a mi madre aterraban con sus nombres, y a la luz de las hogueras olvid el tierno candil, los susurros bajo el techo de arcilla, el rumor de ovejas en el siempre verde prado, y a mi padre, que de mis ojos brillantes ocultaba en la paja del establo sus armas apagadas por el tiempo, temeroso del brillo de mis ojos. Mis ojos son ahora un prado rido. He cobrado mis promesas, un manto cubre mis armas apagadas, diez estandartes, cien lanzas y mil espadas siguen mi paso.

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Pero he visto la nieve y s que es fra. —Hermoso, Nell. Creo que la voz te est regresando. —As, bien. Puedes burlarte. Lo has disfrutado? —Mucho, Nell. —Disfrutas con que ella me escuche cantar para ti? —Nunca sabrs cunto, Nell. Eres feliz aqu? Has sido feliz? Nunca te has preguntado si conmigo…? —Esas preguntas dejaron de tener significado hace mucho, Aidalai. —Recuerdo que tenas una cancin… La hiciste para m. Solo para m. Hablaba de la gloria. La has olvidado? Yo… no estoy segura. Deca algo… Algo sobre el glorioso canto de los aceros desnudos … Era as? —Creo que la recuerdo. —Por favor… Digo adis, padre, a tus ovejas que no he de guardar ms Nada reclamo de tu hacienda o labor, slo que me dejes el cayado hasta que mis manos sepan el peso de la lanza, y me regales una bendicin tan breve como las noches de esta tierra Me voy lejos, padre, a esos horizontes donde las noches son ms largas y los hombres son hroes en canciones No quiero vestir ya la tnica de un tigre florecido

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que guarda cien ovejas ni esperar el nacimiento de mi estrella Yo elijo la estrella que no brilla en este cielo Yo quiero vestir la lana de mil ovejas de hierro. —No era sa, Nell. Sabes que no era sa. —Quin sabe… Puede que la haya olvidado. —T tambin… Otro maestro del olvido. —Fuiste una gran guerrera, Aidalai. Una esplndida oficial, una reina de leyendas. Pero nunca aprendiste lo esencial. —Y eso, qu es? —Olvidarte a ti misma. Extiendes al fin tu mano. Me aferro a ella. Tiramos. Nuestros huesos se quejan. Tus muecas son espantosas, Nell. No quiero saber qu piensas de las mas. Al recordarme como era. No quiero recordarte. Ni bajo el Sol Negro, ni a la luna en las murallas, ni en la vaca sala del trono, ni en el lecho… —Sigue al fro, Nell. Quizs ests duro y muerto a la maana. —Los dioses dispondrn. Ya no me miras. Ya no me recuerdas. Mejor as. Dentro, ya sale vapor del caldero. Y t, Elon, esperas junto a l, y pareces dormir. Pero te conozco mejor: —se intil tuyo, Elon, ya ni sirve para cantar. Lo has odo? —S. Ha sido… Me alegro por ti. Quizs viniste solo para eso. —Ni siquiera recuerda la cancin que escribi para m, y solo para m, puedes creerlo? O ser que usaste tus artes para que la olvidara? Eh, vieja bruja…

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—Espero que tengas sobre m un parecer mejor que ese. —Creo que ya te he hecho conocer mi parecer. Durante todas estas largas primaveras. —S. Eso creo tambin yo… Toma —me das los trozos de carne en la escudilla—. Crtalos en pedazos que se puedan tragar sin masticar mucho. —Qu raro placer hallas en todo esto, Elon? Podras tener dientes. Y Nell, tambin. Podras hacerlo todo con tu Esencia. Un banquete. Sirvientes. Un piso limpio… —Quizs por eso es que Nell me prefiri al final, Aidalai. No se te ha ocurrido, en todas estas largas primaveras? —Ese es un pensamiento extrao, Elon. Propio de ti, no de m. Lo siento. —Yo tambin lo siento. Cojo un cuchillo partido y empiezo a picar la carne. Afuera, alguien calla, alguien parece no estar, fro y solitario, pero satisfecho, contemplando la niebla. No puedo comprenderlo. Pero tendr que aceptarlo. —Ya casi —anuncias desde el fuego—. Has terminado con la carne? Pronto serviremos la mesa, Aidalai. El agua hierve al fin en el caldero. — El glorioso canto de los aceros desnudos … —canturreo—. S… Sabes qu, Elon? Tengo un hambre terrible, de veras. Y por favor, sirve ms de ese vino amargo y horrible que tienes ah. Le llevar a Nell una copa. La noche est fra. Michel Encinosa fu La Habana, 1974. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesa. Miembro de la Asociacin Hermanos Saz (AHS) y la Unin de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

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Premio Calendario de ciencia ficcin 2006 de la AHS. Ha publicado: "Sol Negro" de ediciones Extramuros 2001, "Nios de Nen" Letras Cubanas 2001, “Dioses de nen” Letras Cubanas 2007, “Veredas” Extramuros, 2007 y “Enemigo sin voz” Abril 2008. Cuentos suyos han sido incluidos en las antologas "Polvo en el viento", ICMF, Argentina 1999; "Horizontes Probables", Lectorum, Mexico 1999; "Reino Eterno", Letras Cubanas 1999 y “Secretos del Futuro” Sed de Belleza 2007. Actualmente trabaja como editor en Eds. Extramuros. Al INDICE

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6. ENTREVISTA: Lo fantstico es mi espacio de compromiso y rebelin La argentina Liliana Bodoc con su triloga La saga de los confines, en la que destaca la creacin de un universo cuyos objetos, elementos y lugares estn enraizados con la Amrica aborigen. Esta entrevista es un recorrido por un gnero que cada vez hechiza a ms lectores que buscan territorios ms all de los fundados por Tolkien o Rowling. Por Raquel Garzn. Tomado de BABELIA 19-08-2006 "La pica fantstica se propone la construccin de un mundo paralelo en el que se narran relatos que deben reunir dos elementos esenciales: ser colectivos y de magnitud heroica" La casa de la pica fantstica es un condominio multicolor e inapagable en el que conviven en tierras sin tiempo y embarcados en enfrentamientos tan largos como la edad del agua, hroes que luchan por su honor o por su pueblo, mitologas de los ms diversos orgenes, espadas con poderes sobrenaturales, duendes, apre ndices de brujo... "Son relatos colectivos y heroicos que nos proponen un mundo cerrado y autnomo, en el que el Bien y el Mal se enfrentan categricamente y en el cual interviene la magia, entendida no como lo que no existe sino como aquello que todava no podemos explicar", precisa la escritora argentina Liliana Bodoc (Santa Fe, 1958). Hace seis aos, con la aparicin en Argentina de Los das del Venado, primer libro de su triloga La saga de los confines la hasta entonces indita autora sum a esa familia literaria de cuo anglosajn -donde campean las creaciones de J. R. R. Tolkien, Michael Moorcok, Julliet Marilli er y Robert Carter, entre otraslas leyendas, la naturaleza y los colores americanos en un te rritorio mgico llamad o Tierras Frtiles. Una triloga que en Espaa publica Edhasa. Fenmeno editorial que lleva ms de 120.000 ejemplares vendidos en Amrica Latina y 13 reediciones, Bodoc cruz el Atlntico en 2005 Para entonces contaba con varios premios (menciones especiales de los internacionales Andersen y The White Ravens, entre otros) y la bendicin, llegada por correo electrnico, de la estadounidense Ursula K. Le Guin, pope

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de la literatura fantstica, quien al regresar de unas vacaciones por el Caribe, tras leer sus libros, le escriba: "Vuelvo a casa de dos viaj es. Pero el suyo me llev ms lejos". Editada por Edhasa en Espaa y en proceso de traduccin al alemn, el francs y el italiano, la saga (que consta de Los das del Venado, Los das de la Sombra y Los das del Fuego) sigue sumando lectores, mientras Bodoc espera la publicacin, en Argentina, de su nueva novela Memorias impuras, una historia "fantstica pero no pic a, con una alta carga de erotismo", sobre el tiempo de los virreinatos y las logias americanas. PREGUNTA. En un mundo tan di verso cultural, geogrfica y socialmente, para qu inventar otros? RESPUESTA. La necesidad de imaginar universos alternativos est presente en la literatura oral de las culturas ms diversas. La pica fantstica se propone la construccin de un mundo paralelo en el que se narran relatos que deben reunir dos elementos esenciales. Tienen que ser colectivos -son relatos de pue blos, llenos de gentiliciosy, adems, de magnitud heroica. No se trata de relatos intimistas, aunque en algunos, sobre todo en los modernos, el tema psicolgico o privado aparezca. Tienen la intencin de fijar un modelo a seguir y son, en ese sentido, didcticos. A es to hay que sumarle los tpicos casi necesarios del gnero que son los viajes, de iniciacin o de transformacin, el hroe y el antihroe y la aparicin de dos polos siempre en guerra: el Bien y el Mal. Adems, por supuesto, lo fantstico, cierto enrarecimiento, que suele asociarse a un sistema mgico. Esto no significa que esos mundos no estn referenciados. Toman algn sector de la realidad y lo subliman desde lo fantstico para presentar una mirada singular sobre ese microcosmos. P. No son, pues, sitios desasidos de lo real ... R. No, en absoluto. Son especulaciones sobre la realidad. Que, adems, muchas veces, por ejemplo en Ursula K. Le Guin, tienen mucho de ensayo: la historia funciona casi como un experimento antropolgico que se vale de la ficcin para investigar y reflexionar, en su caso, sobre la problemtica de gnero.

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P. Cul fue su experimento? Qu quera lograr cuando se decidi a escribir La saga de los confines? R. Lo mo es bastante paradigmtico porque se asocia a una caracterstica del gnero pico: existe el deseo de construir en la ficcin un mundo deseado y deseable, utpico. La saga de los confines narra el enfrentamiento blico, pero tambin filosfico, social y econmico, entre dos proyectos de mundo: uno que tiene que ver con la diversidad, la libertad y el respeto por la naturaleza y otro que potencia la uniformidad, la esclavitud y la relacin parsita. En ese contexto se desarrollan amores, traiciones, guerras y toda la temtica mgica caracterstica del gnero, basada aqu en la concepcin de los mapuches, aztecas y mayas y en libros como el Popol Vuh. Hay, tambin, seres fantsticos como las mujeres pez o los lulus, criaturas de cola luminosa. P. Gran parte de esta literatura siente cierta fascinacin por lo medieval: castillos, caballeros, espadas ... Por qu? R. S, en muchos relatos del gnero hay un medievalismo subyacente, una especie de melancola, incluso, que se trasluce al imaginar ropas, alimentos, armas, fortalezas ... Si bien en mi saga no se da, porque el universo de los objetos y elementos se enraza en la Amrica aborigen, es cierto que los ropajes de lo medieval, los largos viajes, las Cruzadas... exaltan la imaginacin. Con visin crtica o vocacin melanclica, la Edad Media es siempre una reserva de climas y temticas para la literatura. Parte de esa nostalgia se explica porque se la asocia con cierta buena lentitud, con una vivencia ms humana y menos ruidosa del tiempo. P. Qu autores le abrieron a usted las puertas de la imaginacin? R. Trazar una historia del gnero no s lleva a picas annimas como la de Gilgamesh, el rey sumerio de la ciudad de Uruk unos 4.600 aos atrs, o al mismo Homero en Grecia, porque en ellos estn los embriones de lo pico y lo fantstico. Pero nombrara a autores clave porque me propusieron universos con reglas propias, novelas-mundo, clsicos infantiles como Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, de 1726, qu e es una gran alegora de la

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situacin sociopoltica de la poca. O Julio Verne, buena escuela a la hora de soar desde la literatura cosas que despus son posibles. Alicia en el pas de las maravillas, de Lewis Carroll, me parece tambin un texto fundamenta l con un apunte lleno de ternura: siempre he credo que el final era innecesario. P. ? R. Es que... es lo olvidable del libro, porque la construccin fantstica de Carroll resulta tan verosmil, que intentar revertirla diciendo que las peripecias de Alicia se explican por un sueo slo se entiende como una obligacin del matemtico que l era, tratando de permanecer fiel a su poca y su formacin. P. Y su encuentro con la pic a fantstica propiamente dicha? R. En forma consciente y apasionada llegu al gnero con Tolkien. Yo tena unos 20 aos y le El Seor de los Anillos. Me encontr habitando un mundo poblado por balrogs o demonios de apariencia semihumana, grandes araas, guilas, elfos, dragones y dems monstruos con ecos de las mitologas celta, germana y nrdica. Un universo del que peligrosamente no me quera ir. Fue casi adictivo para m, que por impronta familiar vena leyendo mucho realismo del boom y el posboom latinoamericano. Segu con El Hobbitt y finalmente con El Silmarillion, su mejor texto, por la belleza de la prosa. P. Tolkien y Le Guin son influencias que recon oce. Qu recogi de cada uno de ellos? R. De Tolkien, la idea de concebir otro mundo y las caractersticas del gnero pico modernizado; de Le Guin, la presencia fuerte de las mujeres y el trabajo lrico con la palabra. Libros como Los magos de Terramar, El nombre del mundo es Bosque, La mano izquierda de la oscuridad fueron puertas muy generosas a la obra de una escritora fundamental. P. Casi estoy tentada a preguntarle si todos escribieron sobre lo mismo ... R. (Se re). En cierto sentido, s, pero como deca Tolkien, aunque se comparta el argumento, lo que define una obra es el colo rido, la atmsfera, los detalles individuales e inclasificables del relato. Otro autor imprescindible es Robe rt E. Howard con su serie

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Conan de Cimmeria. Lo le mucho despus que a Tolkien, aunque Howard escribe antes, durante la Gran Depresin de Estados Unidos. P. Los adolescentes parecen los lectores ms agradecidos del gnero, o slo es un prejuicio? R. Los jvenes reciben mejor estas historias porque son ms generosos, ms claros y ms libres a la hora de no exigirle a la literatura un plus. La literatura vale, para ellos, por s misma. Yo he escuchado a muchos adultos decir: "Leo literatura histrica porque adems aprovecho para aprender sobre tal o cual cosa". Le exigen referencialidad, informacin o una utilidad que la literatura no tiene por qu tener como no tienen por qu aportarlas un cuadro o una sinfona. Cuesta mucho que a los escr itores de este tipo se nos tome en serio. P. Por qu? R. Porque perdura una infravaloracin de la imaginacin que heredamos de prejuicios decimonnicos. Sigue habiendo la idea de que no es literatura seria... P. Jaime Rest, crtico argentino muerto en 1979, afirmaba que el gnero policiaco, la ciencia-ficcin y el terror eran diferentes re spuestas a la dificultad del siglo XIX para conciliar el racionalismo cientfico con los elementos sobrenaturales u oscuros del Romanticismo. R. Coincido y pienso que lo fantstico, tomado en forma amplia, asume la complejidad de aquello para lo cual no tenemos respuestas racionales. Puede tener, tambin, una fuerza transformadora increble y plantarnos en un te rritorio de batalla social comprometida. As, Kalpa imperial, de Angelica Gorodischer, narra en once relatos, fragmentos de la historia del Imperio Ms Vasto que Nunca Existi con un derroche magistral de imaginacin. El libro habla bsicamente de la dictadura argentina y de la represin, desde un universo de ficcin muy complejo. P. Cmo explica el auge que vive este ti po de literatura desde hace una dcada al menos?

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R. Creo que hay una necesidad social de comprensin de diferentes aspectos de lo real. La razn pura no agota las respuestas posibles y la literatura de fantasa propone una mayor apertura. Es un auge que el cine amplifica: Harry Potter, El Seor de los Anillos, ahora las Crnicas de Narnia basadas en los libros de C. S. Lewis... Seguramente este boom pasar y quedar slo lo que valga la pena, pero resta un largo camino hasta juzgar a los escritores del gnero por la calidad de los textos que presentan. P. Qu tipo de relacin existe entre su literatura y el realismo mgico? R. Lo fantstico es una luz con la que me gusta iluminar la razn; por mi historia personal mi padre fue siempre racional hasta el autoritarismoha sido mi espacio de rebelin. Garca Mrquez estableci un puente que yo agradezco entre el mundo de la literatura latinoamericana comprometida, combativa, preo cupada por las injusticias y lo fantstico. En Cien aos de soledad, Remedios, la bella, puede levitar, pero Macondo no deja de ser un pueblo latinoamericano con toda su problemtica. Hasta el realismo mgico, conciliar esos mundos fue imposible para quienes sentan que literatura era compromiso social y pelea revolucionaria y que el resto era de tilingos. P. Le propongo el movimiento inverso: cree que hay temas que slo pueden abordarse desde la pica fantstica? R. No me gustara cometer contra el realismo lo que el realismo cometi contra la fantasa. Que hablen de duendes noms, que hablen de lo que quiera n. A la literatura no hay que ponerle cscaras ni cerrojos. La ficcin debe ser pura libertad. AL INDICE

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6 HUMOR : Santa cena en la Estrella de la Muerte. Para los fan de Star Wars y de Leonardo Da Vinci… AL INDICE

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7. COMO CONTACTARNOS? S tienes algn comentario, sugerencia o colaboracin escrbenos a: darthmota@centro-onelio.cult.cu jartower@centro-onelio.cult.cu espiral@centro-onelio.cult.cu aceptamos cualquier colaboracin seria y desinteresada. Traten de ponerla en el cuerpo del mensaje. Advertencia: Los mensajes de direcciones desconocidas que contengan adjuntos sern borrados. Para suscribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la palabra "BOLETIN" en el asunto. Para desincribirte envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase "NO BOLETIN" en el asunto. Para obtener nmeros atrasados envanos un correo en blanco a: disparoenred@centro-onelio.cult.cu con la frase en el asunto "Numeros anteriores" y el nmero del correo atrasado que deseas entre parntesis a continuacin. Si los quieres todos escribir a continuacin “todos”. Ejemplos : Con el asunto “Numeros anteriores (2)(5)(20)” obtendras los nmeros 2, 5 y 20 del Disparo en Red. Con el asunto “Numeros anteriores todos” obtendras todos los nmeros del Disparo en Red existentes. Al INDICE


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