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Qubit

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Title:
Qubit
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Cubit
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- History and criticism -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
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All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - Q01-00025-n25-2007-02
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System ID:
SFS0024302:00025


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Qubit.
n No. 25 (February 2007)
260
[Havana, Cuba] :
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February 2007
310
Monthly
650
Science fiction, Latin American
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Science fiction
x History and criticism
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Science fiction
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2 ndice: 1. La ciencia ficcin en la literatura argentina. Un gnero en las orillas. Luis Pestarini 2. Horacio Kalibang o los autmatas. Eduardo Ladislao Holmberg. 3. La nueva ecologa de los Mass Media. De la Invencin de Morel a los simulacros de Baudrillard. Adolfo Vsquez Rocca 4. Exterminador y los gusanos. Sergio Gaut vel Hartman. 5. Primera lnea. Carlos Gardini. 6. Sin nombre. Eduardo J. Carletti. 7. Muchacha en pabelln con fondo de volcanes. Ricardo Castrilli 8. Existe un cine ciberpunk argentino? 9. Historia del cine ciberpunk. Captulo 24. Mutronics. The Guyver. Los inmortales II: El desafo.

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3 LA CIENCIA FICCIN EN LA LITERATURA ARGENTINA Un gnero en las orillas por Luis Pestarini Una vez un crtico dijo, en una charla de bar, que la ciencia ficcin argentina era un animal imaginario producto de la mente acalorada de un puado de lectores, editores y escritores. Puestos a discutir la cuestin result que dicho crtico estaba bastante cerca de la verdad. Se ha escrito ciencia ficcin en la Argentina en forma ms o menos regular desde hace 125 aos, pero es un empeo destinado al fracaso el intentar descubrir un hilo conductor que enlace estas obras de generacin en generacin. La ciencia ficcin argentina es muchas veces un producto casual, nada autoconsciente hasta hace escasas dcadas. Y, a pesar de contar en sus filas con autores consagrados, siempre se movi en las orillas de la gran literatura, sin alcanzar a conformar un espacio propio. No obstante, esta ausencia casi total de continuidad tuvo un inesperado efecto positivo: eludi lo que Bradbury ha llamado la 'actitud incestuosa' de los escritores de ciencia ficcin, que slo se leen entre ellos y terminan limitando sus variaciones genticas. La ciencia ficcin argentina es escasa, pero al menos es variada. Advertimos antes de continuar que ste es un trabajo que se limita a realizar un recorrido ms o menos histrico y pretende ser representativo de la literatura de ciencia ficcin argentina. En el cine y fundamentalmente en el cmic, el gnero que nos ocupa ha tenido una difusin importante, pero no nos interesaremos en ellos ms all de alguna mencin insoslayable. Para remontarnos a los orgenes de la ciencia ficcin en la Argentina podemos llegar bastante lejos, al menos si nos referimos a la historia literaria en el Nuevo Mundo. En rigor, el primer antecedente para la ciencia ficcin argentina se produce el 11 de junio de 1816, das antes de la declaracin oficial de la independencia de la corona espaola. En un pequeo peridico de Buenos Aires aparece "Delirio", una crtica de costumbres ambientada en 1880, ms de medio siglo en el futuro, donde un poderoso gigante recorre las calles de la aldea enfurecido por las costumbres y hbitos alejados de la modernidad europea. Publicado annimamente, es altamente probable, segn las prcticas de la poca, que el autor fuera el periodista cubano Antonio Jos Valds. Escrito poco tiempo antes que el Frankenstein de Mary Shelley, considerado habitualmente como el primer texto moderno del gnero, "Delirio" es un curioso ejemplo de proto ciencia ficcin, curioso pero literariamente irrelevante. Hay otros antecedentes que todava no alcanzan a configurar ciencia ficcin en el sentido que hoy conocemos. Argirpolis (1850), de Domingo F. Sarmiento (1811-1888), es una utopa poltica donde su autor desarrolla sus ideales liberales. El primer relato de ciencia ficcin que especula sobre un desarrollo cientfico es "Quien escucha, su mal oye" (1865), de Juana Manuela Gorriti (1818-1892), que gira en torno al mesmerismo (una de las tantas 'ciencias' que no fueron validadas posteriormente) en una tragedia de infidelidades. Influenciada por el romanticismo, Gorriti se movi con soltura en los climas fantsticos. Con los dos volmenes que integran Sueos y realidades (1865) dio inicio a la tradicin fantstica en la literatura argentina, forma que florecera durante el siglo XX. En los diez aos posteriores a la aparicin de los cuentos de Gorriti, el clima poltico y cultural cambi por completo. Se consolid el proceso de integracin territorial bajo una poltica liberal progresista dirigida por la oligarqua ganadera, afectando al mundo cultural que vio aparecer un positivismo iracundo mientras se desvanecan los ltimos trazos del Romanticismo. Se instal la idea de progreso, construccin fundamental para el desarrollo de la ciencia ficcin.

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4 En este medio surge la 'Generacin del '80', un conjunto de jvenes literatos que consagran, en el campo de la literatura, una suerte de legalizacin de las polticas liberales. Entre e llos figura un personaje singular, Eduardo Ladislao Holmberg (1852-1937), mdico de profesin y uno de los mayores naturalistas argentinos. Con poco ms de veinte aos public su primera novela, Dos partidos en lucha: fantasa cientfica (1875), una enconada defensa del darwinismo en tono de parodia. Durante el mismo ao aparece en forma seriada Viaje maravilloso del seor Nic-Nac que relata la visita del protagonista al planeta Marte, luego de una trasmigracin espiritu al. Holmberg utiliza un recurso caracterstico de la ciencia ficcin de ndole social: ex trapolar a una sociedad extraa las costumbres y hbitos de sus contemporneos para lograr un mayor contraste. Las estrategias y el tono general de la historia tienen algunos puntos de contacto con la triloga "Perelandra", de C. S. Lewis. Sealemos, como curiosidad, que Holmberg adelanta uno de los artificios clsicos del gnero al presentar un arma como "un rayo de luz condensado". Su obra ms madura y mejor estructurada es el cuento "Horacio Kalibang o los autmatas" (1879), donde se evidencia la influencia de Hoffman y su s hombres de arena. Planeada como una burla hacia sus adversarios ideolgicos, puede leerse como un relato francamente moderno de ciencia ficcin, con robots y leves distorsiones de la realidad, en un tono ligero. Holmberg escribi, adems, un puado de cuentos de ciencia ficcin, culminando con una curiosa utopa poltica: Olimpio Pitango de Monalia indita hasta una fecha tan reciente como 1994. Junto a Holmberg hubo otros autores que, influenciados por el positivismo y el creciente progreso industrial, escribieron relatos de ciencia ficcin durante este efervescente perodo, destacando la novela En el siglo XXX (1891) de Eduardo de Ezcurra. Tras un par de utopas polticas (una socialista, la otra anarquista) es en Las fuerzas extraas (1906), coleccin de cuentos de Leopoldo Lugones (1874-1 938) publicados originalmente entre fines de siglo y principios del siguiente, donde hallamos otro hito. En estos cuentos, el 'gran poeta nacional' se asoma al mundo de las nuevas ciencias (ocultismo, teosofa parapsicologa, magnetis mo) en una amalgama desordenada y exub erante entremezclada con las ciencias verdaderas. Las id eas expulsan a un segundo plano a los personajes y las tramas, tenues dibujos enmascarados en una prosa desbordante. Durante el mismo perodo, el uruguayo-argentino Horacio Quiroga (1878-1937) incursiona en varias oportunidades en la ciencia ficcin, y muchas veces en lo fantstico. Fuertemente marcado por Poe primero y Maupassant despus, los cuentos de Quiroga respetan a rajatabla la concepcin clsica de la narrativa en formato corto. Sus folletines El hombre artificial (1910), un pastiche en torno a Frankenstein, y El mono que asesin (1909), sobre un viaje metempsquico de miles de aos, son buenos ejemplos de la literatura popular que por entonces tambin se lea por el mundo anglosajn. Las publicaciones populares literarias del perodo, de cadencia semanal, generalmente romnticas, que alcanzaron tiradas contadas en millares pero que mu chas veces se desvanecieron sin dejar rastros, esconden algunos textos del gnero, como La psiquina, de Ricardo Rojas, y Homnculus de Pedro Angelici. Las dos dcadas que siguen a las obras de Lugones y Quiroga presentan escasas muestras de ciencia ficcin, ninguna de ellas de releva ncia. Apenas merecen una mencin Abdicacin de Jehov y otras patraas (1929), un conjunto de stiras ambientadas en el futuro, pergeadas por Enrique Mndez Calzada (1898-1940), y la futurista El camino de los dioses (1926), de Manuel Ugarte. Por entonces, un pretencioso muchacho quinceaero pub licaba el primero de cinco libros a los que ms tarde renunciara. Aconsejado por un escritor entonces ms ilustre y versado, decidi dejar de lado manierismos y excesos y escribi La invencin de Morel (1940), an hoy considerada como la mejor novela de ciencia ficcin argentina y, para parte de la crtica, la mejor novela argentina. Adolfo Bioy Casares (1914-1999) presenta en La invencin de Morel que remite a Wells desde el ttulo una forma de alcanzar la inmortalidad. Narrada con oracion es, dilogos y prrafos cortos, la construccin de la historia parece engaosamente sencilla. El protagonista busca refugio en una isla que supone desierta, escapando de una persecucin cuyo motivo desconoce. Es advertido que quienes arriben a la isla perecern de una misteriosa enfermedad, pero la encuentra habitada por un grupo de personas, entre ellos el misterioso doctor Morel, y una cautivante mujer llamada Faus tine. Su primera preocupacin es que no lo descubran, luego, enamorado de Faustine, que lo adviertan. Pero ellos le son indiferentes. La brillante resolucin, su descubrimiento del secreto de Morel y del misterio merecen el prlogo en el que Borges, llamndola 'imaginacin razona da' califica a la trama de perfecta. Y perfecto, el invento de

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5 Morel o de Bioy, reproduce las infinitas formas de la mquina en la ciencia ficcin y de la persecucin de la trascendencia a la muerte en la literatura. Ganador del Premio Cervantes, Bioy Casares contin u escribiendo obras de ciencia ficcin durante las cinco dcadas que siguieron a La invencin de Morel abordando casi todos los tpicos del gnero con un estilo sencillo y ligeramente irnico. Enumerar ya no todas sino las ms representativas de las obras, nos llevara la mayor parte de este artculo, as que nos conformaremos con mencionar apenas un puado. En Plan de evasin (1945), sobre una estructura muy sim ilar a su novela anterior, cuestiona la percepcin de la realidad de un modo que hubier a hecho estremecer al mismo Dick. En "La trama celeste" (1948), el protagonista descubr e que, tras un viaje en avin, at erriz en un univ erso alternativo al suyo, ligeramente distinto, donde l no existe. Na rrada casi siempre con la estructura de la novela policial, revelando elementos poco a poco para que el conjunto adquiera sentido hacia el final, la obra de Bioy Casares tiene un lugar capital en el estrecho ni cho que nos ocupa, y parece destinada a sobrevivir a la principal guadaa que azota a la ciencia ficcin: el paso del tiempo. Tambin es seguro que la obra de Jorge Luis Borges (1899-1986) va a superar este trance, lo que no es tan seguro es que podamos determinar qu parte de su obra es ciencia ficcin. Borges disfrutaba movindose en las orillas, y esa ambigedad est plasmada en sus cuentos. Sera un ejercicio necio discutir si algunos de sus cuentos ingresaron en el difuso terreno de la ciencia ficcin, pero historias como "Utopa de un hombre que est cansado", "Funes el memorioso" y "El inmortal" se aproximan a la presentacin narrativa de concepciones filosficas. Autor de algunos prlogos de libros del gnero ejercicio que pareca disfrutar, su influencia sobre las generaciones posteriores es imposible de medir. Ahora bien, todos los autores y obras que mencionamos hasta aqu, ms all de su variada calidad, tienen un elemento en comn: no fueron concebidos como parte de un gnero. Hoy pueden ser ledas como ciencia ficcin, pero enton ces no. A pesar de algn tibio intento previo, fue la revista Ms All (1953-1957) la que por primera vez ofreci una fuen te regular para leer o publicar ciencia ficcin. Ms All fue un fenmeno editorial: lleg a vender 25.000 ejem plares, cifra con la que hoy ni siquiera puede soar no una revista de ciencia ficcin, sino una de literatura. Fue fundamental para generar un lector de ciencia ficcin, aunque prcticamente ninguno de los argentinos publicados en sus pginas continu vinculado con el gnero, con la excepcin de dos nombres que, en modos muy distintos, contribuyeron a dar forma al gnero en la Argentina en las dcad as siguientes: Pablo Capanna y H. G. Oesterheld. Oesterheld (1919-1977?) marc profundamente al gnero a travs de sus guiones de El Eternauta y otras historietas. Sin llegar a ser una obra literaria, El Eternauta es insoslayable por su influencia y xito: su primera encarnacin tuvo su bautismo en 1957, mientras que la segunda tuvo lugar dos dcadas despus, y fue truncada por la desaparicin de su autor en manos de la sanguinaria dictadura militar. Con su vigor narrativo, El Eternauta fue efectiva al presentar una invasin extraterrestre en ambientes cotidianos y enfrentada por hombres com unes. Adems de sus guio nes de ciencia ficcin, Oesterheld codirigi Ms All y luego Gminis una revista efmera, y tambin escribi un puado de cuentos y una incompleta novelizacin de El Eternauta, pero por lejos sus mayores logros se dieron en el campo de la literatura dibujada. El nombre de Pablo Capanna (1939) apareci por primera vez firmando un cuento en Ms All cuando era adolescente, pero su obra no se desenvolvi en el campo de la narrativa. En su primer libro, El sentido de la ciencia ficcin (1966), se mostr como un crtico lcido e incisivo, opuesto a los aficionados sin formacin que entonces eran muy hab ituales en el mundo anglosajn. En este ensayo examina al gnero no slo en el habitual recorrido histrico, sino en sus nexos con la utopa, la filosofa, la mitologa y la religin. El texto fue ligeramente actualizado y publicado como El mundo de la ciencia ficcin en 1992. Adems, Capanna public ensayos sobre tres escritores: El seor de la tarde: conjeturas en torno a Cordwainer Smith (1984), Idios Kosmos: claves para Philip K. Dick (1992), Jim G. Ballard: el tiempo desolado (1993), y desarroll una amplia y variada labor crtica en revistas como El Pndulo y Minotauro ; algunos de esos artculos ms tarde fueron extendidos y reunidos en Excursos: grandes relatos de ficcin (1999). La labor de Capanna es extraordinaria por su abordaje e irreprochable desde el punto de vista metodolgico cuando analiza diversos aspectos de la ciencia ficcin. Pero nos dejamos llevar muy adelante en el tiempo. Tras el intento de la revista Pistas del espacio (1957-1958), dirigida por uno de los ms verstiles escritores y guionistas que incursionaron en el gnero, Alfredo J. Grassi (1925), promediando la dcada siguiente se da un efmero florecimiento con la

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6 publicacin de la revista Minotauro en su primera poca (10 nmeros entre 1964 y 1968), una breve serie de libros de la misma editorial dedicada a autores argentinos, y algunas antologas. Entre estas ltimas merece destacarse Los argentinos en la Luna (1968), preparada por Eduardo Goligorsky, con algunos buenos cuentos y un espritu de rebelda hacia el gobierno militar de Ongana. La revista Minotauro contribuy a divulgar grandes nombres extranjeros y aunque hizo poco por el medio nacional, los cuatro pequeos volmenes publicados por el mismo sello fueron el primer intento de mantener una coleccin de gnero con autores argentinos. Ledas a la distancia, Memorias del maana (1966) y Adis al futuro (1967), antologas de cuentos de Eduardo Goligorsky (1931) y Alberto Vanasco (1925-1995), apenas contienen algn cuento redimible: la mayora juegan de manera superficial con ideas que enton ces ya estaban envejecidas. En la misma coleccin apareci Opus dos (1967), el primer libro de ciencia ficcin de Anglica Gorodischer (1928), quien junto a Bioy Casares y Pablo Capanna, constituye la trada fundamental de la ciencia ficcin argentina. Opus dos es una 'novela articulada en nueve partes' que surge de la idea de extrapolar el conflicto blancos-negros en el futuro invirtiendo los roles, pero no se profundiza en los cambios culturales que esto implica. A este libro sigue Las pelucas (1968), una coleccin de cuentos forma que Gorodischer utilizar en adelante para sus obras del gnero, que incluye textos memorables como "Enmiendas a Flavio Josefo". Pero es en Bajo las jbeas en flor (1973) donde alcanza la madurez. Aqu adquiere el tono que luego ser su sello car acterstico, el de un narrador a medias barroco y a medias campechano, que se combina con una torrent e inagotable de ideas y situaciones que vacilan entre la picaresca y la pica. Casta luna electrnica (1977) es una recopilacin de sus mejores cuentos (incluyendo algunos inditos). Trafalgar (1979) es otra coleccin de re latos en torno a un viajero espacial, Trafalgar Medrano, que se rene con sus amigos en un bar en Rosario (ciudad en la que reside Gorodischer desde hace ms de medio siglo y que juega un rol important e en muchas de sus historias), para contar sus inverosmiles aventuras. Aunque ma ntienen las caractersticas del resto de su mejor obra, los relatos se desbordan en su tono coloquial. Kalpa Imperial (2 v., 1983-1984) es el punto culminante de la obra de Gorodischer. A travs de una serie de cuentos presentados por un contador de historias se describen distintas situaciones en el desarrollo de un imperio de caractersticas ambiguas, probablemente ambientado en nuestro futuro lejano. La espontaneidad e informalidad y la maravillosa precisin del lenguaje generan un clima del que es difcil sustraerse, alcanzando momentos brillantes en relatos como en "Acerca de ciudades que crecen desm esuradamente" o "La vieja ruta del incienso". En 2003, el libro fue publicado en ingls, recibiendo crticas muy positivas. La traduccin fue realizada por uno de los grandes nombres de la literatura norteamericana, Ursula K. Le Guin. Despus de Kalpa Imperial Gorodischer comenz a tomar distancia del gnero, publicando algunos cuentos entre novelas de corte policial o histrico, hasta la publicacin de Las Repblicas (1990), una coleccin de relatos que pas desa percibida. Algunos de sus mejores cuentos del gnero estn en este volumen, ambientado en una Amrica del Sur desintegra da en pequeas naciones donde se explica slo lo indispensable. Pero ese futuro no fue idea de Anglica Gorodischer sino de Elvio E. Gandolfo (1947), que comenz su desarrollo en "Llano del sol" En los relatos de Gandolfo vinculados al gnero, se ofrece una situacin de partida sin explicaciones: en "La mosca loca" son las vacas voladoras, en "Llano del sol" es el paisaje, en "En las rocas" es un gordo que vive inmvil en una roca baada por el mar, y desde all se desenvuelven los acontecimientos con lgica implacab le. Los personajes no tienen pasado, lo cotidiano aparece en primer plano mientras que las situaciones extraordinarias son aceptadas sin ms. Gandolfo tiene varios libros publicados, sin embargo ninguno de ellos rene sus cuentos del gnero, hacindose indispensable una recop ilacin con sus historias. Tambin tiene una extensa obra crtica, entre la que se destaca el primer ensayo serio sobre la ciencia ficcin argentina, publicado en Los universos vislumbrados antologa preparada por Jorge A. Snchez en 1978. Ya estamos en plena dcada del '70. Se vive un flor ecimiento editorial al que no es ajeno la ciencia ficcin. Hacen su aparicin varias colecciones y editorial es especializadas. El origen de esta bonanza es una serie de maniobras para recibir beneficios a las exportaciones de libros, pero no viene al caso extendernos sobre el punto. De este furor se bene fician pocos autores argentinos y todo se desvanece en cuanto cambia la legislacin.

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7 Durante la dcada del '80 la ciencia ficcin argentin a alcanza su punto culminante. La mayora de los autores mencionados (Bioy Casares, Gorodischer, Gandolfo, Capanna) escriben regularmente ciencia ficcin, y hay un crecimiento repentino de las publi caciones. A partir de la labor desarrollada por Marcial Souto en El Pndulo y en Minotauro se abren espacios profesi onales para publicar ciencia ficcin. Por otro lado, gracias a un a convocatoria llevada adelante por Sergio Gaut vel Hartman se crea el Crculo Argentino de Ciencia Ficcin y Fantasa y se da un florecimiento del fandom, con decenas de publicaciones no profesionales en un lapso de poco m s de un lustro. El nuevo clima social y cultural tras la guerra de las Malvinas y la cada de la dictadura no son ajenos a este fenmeno. El autor que mejor aprovech este ambiente favorabl e fue Carlos Gardini (1948), que en poco ms de un ao public cuatro libros. El primero de ellos, Primera lnea (1983) presenta a un narrador ya maduro, que navega con comodidad tanto en la ciencia ficcin como en la fantasa. El cuento que da nombre al volumen, ganador de un importante concurso literario con un jurado compuesto, entre otros, por Borges, describe una guerra del futuro donde los soldados mutilados van a combatir mejorados con prtesis artificiales, anticipando en alg unos elementos al ciberpunk. En Mi cerebro animal (1983) el registro se vuelve ms duro, en particular en relatos como "Perro s de la noche" o "Teatro de operaciones", donde la violencia y la represin adquieren una dimensin sobrecogedora. Sinfona cero (1984) est compuesta por una novela corta y algunos cuentos, derivando ms hacia un surrealismo con algunos toques fantsticos. El siguiente libro, Juegos malabares (1984), es una novela fantstica articulada. Gardini continu publicando cuentos y artc ulos con cierta regularidad, pero recin en 1993 apareci un nuevo libro de ciencia ficcin, El Libro de la Tierra Negra hasta entonces la novela de ciencia ficcin argentina que ms respetaba los cnones clsicos del gnero. Sin embargo, la narracin de Gardini se torna demasiado neutra, impersonal, como sucede con "Los ojos de un dios en celo" (1996, Premio UPC). No ocurre lo mismo con cuentos recientes como "Timbuct" (1996, Premio Ignotus), una historia que abreva en el ciberpunk para ir un poco ms all. En El libro de la tribu (2001) conjura brillantemente el mito del vampiro en un entorno oscuro que deviene en ciencia ficcin. En el mismo ao obtuvo nuevamente el premio UPC para novela corta por "El libro de las voces". En los ltimos aos, Gardini public dos nuevas novelas: Vrtice (2002) y Fbulas invernales (2004), esta ltima finalista del Premio Minotauro. Por fuera de las revistas y colecciones visibles de los '80 Marcelo Cohen (1951) comenz a construir una obra que asienta slidamente sus races en la ciencia ficcin pero indaga en temas y formas poco habituales, incluso experimentales. Insomnio (1985) es una antiutopa ambi entada en la Patagonia, en torno a una ciudad que crece desmesuradamente en torno al petrleo hasta que ste se agota, y la poblacin es sitiada para que sus habitantes no huyan a otros lugares de Amrica Latina. Cohen regresa una y otra vez al gnero en El fin de lo mismo (1992), Inolvidables veladas (1996), Hombres amables (1998) y Los acuticos (2001), con textos arriesgados, confirmando que es el ms personal entre los escritores argentinos que actualmente deambulan por la ciencia ficcin. Durante los '80 tambin adquiere gran protagonismo Sergio Gaut vel Hartman (1947), nombre frecuente de las publicaciones desde comienzos de los '70, impulsando las actividades de los aficionados y editando revistas como Sinergia y Parsec. Paralelamente, desarroll una obra escrita sustentada en decenas de cuentos publicados en las fuentes ms diversas. De entre ellos destacan la serie de los 'cuerpos descartables', en torno a distintas situaciones relacionadas con la clonacin de seres humanos; algunos de estos cuentos fueron reunidos en un volumen que lleva el nombre de la serie. Otro de los autores que figuraron repetidament e en las publicaciones de la p oca fue el uruguayo Tarik Carson (1946) que, a diferencia de su compatriota Mario Le vrero, puede asimilarse a la literatura argentina pues lleva casi tres dcadas de residencia en Buenos Ai res. Los relatos de Carson, que se encuentran en volmenes como El hombre olvidado (1973), El corazn reversible (1986) o la novela Ganadores (1991), presentan futuros profundamente pesimistas donde el ser humano ha sido degradado en manos de los grandes poderes econmicos, hasta perder todas las esperanzas de liberacin. Eduardo Abel Gimnez (1954) produjo durante esta dcada relatos qu e, bajo cierta iconograf a de la ciencia ficcin (aliengenas, viajes espaciales, etc.), se su mergen en las aguas de lo fantstico, como El fondo del pozo (1984), Un paseo por Camarjali (1984), y el relato "Quiramir" (1982), narrados con una prosa ligera, ldica, fcil de leer, aunque no profundiza en psicologas o motivaciones. Eduardo Carletti (1951) public varios relatos y una novela, Instante de mximo quebranto (1987), que son considerados ejemplos de ciencia ficcin hard. Su labo r ms importante la realiz a travs de Axxn ( axxon.com.ar ), la primera revista en formato electrnico de ciencia ficcin (1989), y la nica que, junto a Cusar (en papel) han sobrevivido hasta nuestros das. Una buena muestra de los cuentos que se publicaron en los

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8 '80 es Latinoamrica fantstica (1985), una seleccin de Augusto Uribe con dos decenas de textos, casi todos de autores argentinos. Los '90 fueron aos aciagos, a pesar de un prometedor inicio con la organizacin de la primera convencin latinoamericana de cienci a ficcin, con visitantes de varias naciones. La crisis econmica y los vaivenes culturales alejaron a los lectores de la ciencia ficcin y las edito riales fueron dando cada vez menos espacio al gnero. Adems de algunas obras ya mencionadas de Cohen, Gardini, Capanna y Gandolfo, el gnero de produccin argentina asom muy poco por las libreras. Un ltima encarnacin de El Pndulo con dos volmenes en formato libro, un intento de llevar adelante una publicacin con distribucin comercial, Neuromante Inc. que permiti la aparicin espordica de algunos escritores jvenes fuertemente influenciados por el ciberpunk, fueron las manifestaciones ms fuertes a nivel gnero. Por otra parte, hubo una variada produccin de escritores provenientes de la literatura general que incursionaron en la ciencia ficcin, con mayo r o menor suerte, entre los que merecen destacarse Anatoma humana (1993), de Carlos Chernov, una ballardiana visin de un mundo dominado por las mujeres, ganadora del premio Planeta; Cruz diablo (1997) de Eduardo Blaustein, sobre una futura Argentina desintegrada; La muerte como efecto secundario (1997), de Ana Mara Shua, una muy interesante excursin a un Buenos Aires diatpico; Error de clculo (1998), de Daniel Sorn, reinterpretacin de las atrocidades de la di ctadura militar en clave de ciencia ficcin; y En esa poca (2001), una divertida mezcla de relato histrico en torno a la conquista del desierto y ciencia ficcin, con la irrupcin de una nave extraterrestre. Pero son ejemplos dispersos, con escasos nexos temticos. Los primeros aos del nuevo siglo, tras el duro trance del 2001/2002, muestr an una renovacin en la produccin. La obra que mejor reflej a el clima de opresin y abatimiento de los aos de la crisis es Plop (2002, Premio Casa de las Amricas), de Rafael Pinedo, una mirada sin concesiones a un futuro de degradacin. Postales desde Oniris (2004) y La ruta a Trascendencia (2004, incluye la novela corta ganadora del Premio UPC), de Alejandro Alonso, estn ms cerca de la literatura de gnero, donde la narracin gira en torno a una idea especulativa. El punto ms alto del perodo lo encarna El ao del desierto (2005), de Pedro Mairal, una magnfica narracin sobre la inversin del proceso histrico que condujo a la Argentina presente: los pajonales avanzan sobre las ciudades, la tecnologa, los avances cientficos y los cambios sociales estn en retroceso, y atrapados en esta situacin estn los habitantes de la ciudad. La novela es bastante ms que una metfora sobre el ser argentino. La aparicin de la Fundacin Ciudad de Arena en 2003 ha contribuido sustancialmente a la generacin de un espacio para la difusin y el fomento de actividades vinculadas con el gnero, especialmente a travs de los Encuentros de Creadores, que van por la tercera edicin anual, y del prodigioso Viaje al Centro de los Confines, una excursin que llev a ms de cien creadores en un viaje en tren por la Patagonia profunda, en 2004. En el plano de publicaciones, es especi almente destacable la coleccin de diez libros que present conjuntamente con el diario Pgina/12, con obras notables del gnero fantstico y de la ciencia ficcin. Por otro lado, hay una mayor actividad en las publicaciones del gnero (en Axxn aparecen una quincena de cuentos por mes, Cusar publica cuatro nmeros al ao) y en algunos recursos en Internet, como la lista de correo ComunidadCF motorizada por Gaut vel Hartman. Estas acciones tienden tambin a una integracin con los cr eadores de ciencia ficcin de Amrica Latina. Despus de pasar una dcada como la de los '90, cu ya agenda cultural fue mnima, ahora parece que la curva de crecimiento est bien asentada. Tal vez ya sea hora de que la ciencia ficcin argentina deje de moverse por las orillas de la literatura, y busque un protagonismo que, por linaje y presente, merece. (Tomado de http://Axxn.com.ar)

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9 Horacio Kalibang o los autmatas Eduardo Ladislao Holmberg A Jos Mara Ramos Meja Es completamente falso dijo el burgomaestre, llevando a sus labios la copa verde, en la que su sobrino acababa de servirle el delicado vino del Rhin. Y lo creis fuera de los lmites de lo concebible? pregunt Hermann, con malicia. Lo concebible!, lo concebible!, todo es concebible, sobrino, pero no todo es posible. As he odo decir ms de una vez; pero desde que conoc el hecho, con su aterradora realidad, he llegado a comprender que existen fenmenos extraos que la ciencia humana no explica y que tal vez no podr nunca explicar. Tu opinin no es ms que la de un nio de escuela. Mi to! Y qu? Te imaginas, por ventura, que pueda ser otra cosa? Qu, si no un mequetrefe, es el que niega las verdades reveladas al hombre por su contraccin y aplicacin incesantes al estudio de la Naturaleza, aceptando una necedad, como la que acabas de manifestar? Crees acaso, que mis canas son de ayer? Has pretendido sospechar que hablas con un religioso, fantico, que va a admitir tus preocupaciones a ttulo de creencias o de fe? No, Hermann, no; ests muy equivocado. Pero, por qu no sirves al mariscal? Y t, Luisa, has perdido el paladar, despus de lo que has odo? Kasper, psame aquel jamn. Capitn! Rhin? Gracias; estoy servido ya. Mariscal, una tajada de jamn? Excelente, mi mariscal; es del mejor que se fabrica en Pomerania, con pechuga de ganso. El burgomaestre tena razn. Era aqul un bocado exquisito, que todos juzgaron con rigor, sin poder llegar a otro resultado que el de declarar que era exquisito, con lo cual puede afectarse igualmente a una linda mujer y a un rico jamn de Pomerania. Razn tendr el lector, y mucha, para quejarse por la extraa introduccin que me he permitido regalarle, antes de haberle presentado a Horacio Kalibang, con toda la solemnidad que el personaje y el lector merecen; pero no era posible comenzar de otra manera, porque al penetrar en el recinto en que aquella conversacin se desarrollaba, en ese mismo momento, desmenta el burgomaestre Hipknock a su sobrino el teniente Hermann Blagerdorff, y, fiel retratista, no he podido hacer otra cosa que tomar, sin antecedentes, las palabras consignadas.

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10 Aunque hay personas de mala voluntad que sostienen que mi pariente y amigo, el burgomaestre Hipknock, lleva este nombre debido a la circunstancia de haberse atragantado con un hueso uno de sus antepasados, en tiempo de Carlos V, sostengo que es falso, aunque no tengo inters en demostrar lo contrario. Luisa, la hija de mi pariente, cumple hoy quince aos. Es una preciosa criatura, muy parecida a las lindsimas muecas que fabrican en Nremberg, mi ciudad natal. Con es to he dicho todo. Sus ojos de cielo tienen ese candor de la inocencia sin lmites; su cabellera de oro cae en rizos a los lados de sus mejillas, rosadas como una aurora y frescas como la hoja de una lechuga, y sus labios, cual esas guindas de la Selva Negra, no s qu reminiscencia despiertan en el paladar, a tal punto que algo hmedo se estremece y se desliza por el ngulo derecho de la boca. Quince aos! La edad ms deliciosa para una mujer, porque no obstante tener ya en punto ese inconsciente que llamamos corazn humano, su cabeza goza del ms etreo y divino de los vacos. Quince aos! La edad en que no se piensa en nada, so pena de pensar en algo menos y sin embargo, no hay caso que ms preocupe, despus de los veinte. Por qu? Misterios insondables del endurecimiento de aquel inconsciente y de los huesos. A pesar de todo, la hija de mi pariente no es un hongo. Sus manos de algodn saben fabricar unos pastelitos con almbar por fuera, y manzana por dentro, tan ricos y tan incitantes, que hacen honor al hueso que no se trag el antepasado de su padre. Para festejar su natalicio, el burgomaestre ha reunid o una concurrencia de buen apetito. Opina, como yo, que la mesa moderna tiene muchas piruetas y poco jugo; que no hay vino como el del Rhin, y que el jamn es excelente cuando no es de mala calidad. As es que, al entrar en el comedor, me he detenido un momento en el umbral, para observar el cuadro que la familia y los amigos presentan. En la cabecera de la mesa est sentado mi pariente ; a su derecha, Luisa, vestida de blanco, con lazos azules; frente a ella, su primo Hermann, que la mira con toda la ferocidad de un teniente enamorado con consentimiento del mariscal Vogelplatz, sentado junt o a Luisa, y deseando comulgar con el teniente. El mariscal es un personaje tremendo: tiene todo el color y temperatura de un sol poniente, en la nariz, y en el vientre, todas las dimensiones de un elefante bien educado. Engulle como un palmpedo y bebe como una tromba. El capitn Hartz, el prroco de la aldea, Kasper, secretario del burgomaestre, y su esposa, el maestro de escuela, y el director de la parada ms prxima, con su seora, y, frente al dueo de casa, su compaera... he ah el conjunto brillante, reunido en casa del burgomaestre. Mi asiento no ha sido ocupado, y slo consigo que nadie se mueva del suyo, tomando rpidamente aqul. Vamos, Fritz me dice mi pariente, sonriendo con aire burln, al fin, eh? Ya crea que te quedabas rascando miserablemente ese violonchelo infame, que te da todo el aspecto de un sapo sentimental, cuando te sientas a mi lado. Est visto, pariente, que usted se empea en detestar la msica. Djate de msicas, Fritz; la msica no significa nada. Mira, esto es lo positivo, lo slido, lo que puede digerirse bien, y esto!, psame tu copa, esto es Liebfrauenmilch, la mejor marca del Rhin, la gloria de Alemania y de los paladares como los de los dioses. Muy bueno est; pero veo que he interrumpido una conversacin interesante, tal vez, y no quisiera Nada de eso; es una de tantas preocupaciones de mi sobrino. Cmo as? Figrate que pretende convencerme de que un hombre puede perder su centro de gravedad; ja! ja! ja! Y por qu no? Si se lo colocara, por ejemplo, en el punto en que se neutralizan las atracciones de la tierra y de la luna. Ni he pensado en tal cosa interrumpi el teniente Blagerdorff. No conoce usted a Horacio Kalibang? Un personaje de nombre muy parecido figura en La Tempestad de Shakespeare.

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11 Eso es escaparse por la tangente observ el mari scal, tragando con facilidad un enorme bocado. Conoce usted a Horacio Kalibang, el hombre que ha perdido su centro de gravedad? S o no? No, seor mariscal, ni espero conocerle. Es un prodigio de la fantasa de Hermann. Vamos! coliflor y asado; eres un mentecato, sobrino; sirve vino al mariscal. Luisa, atiende, hija ma, al seo r mariscal. Capitn!, quier e usted pasarme ese pollo que, no obstante la accin del fuego, salta en la fuente, como si tambin hubiera perdido la gravedad? Fritz, bebe, hijo, bebe. Gracias, pariente; no quisiera parecerme a Horacio El seor Kalibang! interrumpi uno de los criados entrando, espantado, en el aposento. Adelante, adelante! exclam el burgomaestre, ponindose de pie, como ya lo estbamos todos, y dejndose caer en un silln, cual si una bala le hubiera herido los pulmones. Pero no haba nada de eso. El personaje que se presentaba en escena podra tener cinco pies de altura, es decir, 1 metro, 443 milmetros, y formas proporcionadas. Su rostro careca completamente de expresin y, al verle, se dira que acababa de salir del molde de una fbrica de caretas. Ni un solo movimiento de los prpados revelaba las sensaciones que determina el cambio de luz o la variacin de las imgenes. Sus pupilas no se alteraban con el punto de mira; eran como las de esos retratos que fijan al frente y que tanto pavor causan a los nios que por primera vez los observan. Era la expresin del plano en el relieve. Muy buenos noches, seoras y caballeros dijo mirando simultneamente a todos. Excelentsimas las pase usted, seor Kalibang balbu ce mi pariente, el burgomaestre, al ver que los labios del recin llegado se movan de idntico modo al pronunciar cada una de las slabas de aquellas palabras. Tome usted asiento. Gracias; como carezco de peso, cu alquier posicin me es igual. En aquel momento, slo haba dos rostros que no manifestaron el ms profundo terror: el del teniente Blagerdorff y el de Horacio Kaliban g. El primero brillaba con el relmpago de la victoria; el segundo tena estampada la eterna sombra de la indifere ncia. Yo no me cuento. Kalibang hizo un movimiento con el brazo derecho, y al instante su cuerpo se inclin de tal manera que la lnea de gravedad cay a medio metro de sus pies. Imposible! exclam el burgomaestre. Esto est fuera de todas las leyes fsicas. A no ser que insinu Kasper. Que, que a no ser que seas tan mentecato como mi sobrino. Mi to! Calla, Hermann dijo Luisa, hacindol e un gesto que domin al teniente. A no ser repiti Kasper que el seor Kalibang sea hueco o lleve pies de platino. Qu? Opino as, porque teniendo el platino un peso especfico de 21, puede servir de resistencia a la gravedad del cuerpo, en un a inclinacin de este grado, teniendo las piernas bastante energa para no ceder. No digas tal cosa, Kasper El seor Kalibang nos ha declarado, al ofrecerle asiento, que careciendo de peso, cualquier posicin es igual. Seores y caballeros, muy buenos noches; ya ven ustedes que no soy un mito. Y girando sobre uno de sus talones, el seor Kalibang se retir, inclinado de la misma imposible manera. El mariscal haba perdido el apetito, no obstante tocar a los postres, y los dems concurrentes, excepto Hermann y yo, guardaban el ms extrao silencio y revelaban el ms estpido pavor. Sabes lo que es eso, Hermann? pregunt al teniente.

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12 Si lo s? Vaya si lo s! Es lo ms estupendo que puede verse; la maravilla mayor entre todos los fenmenos: perder la gravedad! Sonre. Y qu indiferencia a toda opinin dijo entre dientes el burgomaestre. Y qu mirada! agreg Luisa. Parece un bho! dijo uno. Dos bhos! insinu otro. Aquel preludio no me desagradaba, porque semejant es a los pajarillos que se despiertan entre s, cuchicheando ocultos por las hojas, al despuntar el alba, los dueos de casa y sus invitados parecan animarse, mutuamente, despus de un instante de terror, que haba durado un minuto tan largo como un siglo. Yo sabr quin es Horacio Kalibang; entre tanto, mariscal, terminemos lo casi terminado. Vino! Vino! Caf! Ea, muchachos, no dormirse! Brille en la copa el vino transparente Y a raudales difunda la alegra Ve usted, pariente, cmo no hay contento posible sin msica? Usted mismo nos da el ejemplo. Son emociones, Fritz, emociones de otro gnero, que se traducen en notas destempladas. No s si me comprendes, pero ya sabes que el exceso de impresin tiene que transformarse de algn modo. Yo canto, aqul re, otro llora Yo tiemblo Yo como Yo bebo vino del Rhin y amo la msica porque s; el bien por bien, la msica por ella Qu significa la msica? No s, ni me importa saberlo Vino aqu! Se canta y se goza Yo miro a Luisa Pero el teniente no se escapa a mi mirada agreg el mariscal, destellando un crepsculo encendido. Las penas mayores, los hondos quejidos, los pechos dolientes, se curan, se acallan, se borran con vino. Bravo! Otra! Bis! Horacio Kalibang! Otra! Bis! El hombre que ha perdido la gravedad Ea! sois todos unos mentecatos. Y tomando el sombrero y el bastn, el burgomaestre sali precipitadamente del comedor. Un momento despus, me retir tambin, pensando que no es necesario llamarse Horacio Kalibang para perder la gravedad Para que el lector pueda apreciar la conducta de mi primo, el burgomaestre Hipknock, es necesario que me permita hacerle su retrato moral en dos plumadas. El burgomaestre es uno de aquellos hombres que siguen con toda su alma los progresos del materialismo en Alemania. No cree en Dios ni en el diablo; est excomulgado hasta la quinta generacin y asegura que nada pierde ni gana su raza con semejante regalo. Es un hereje, un condenado, un miserable, un canalla, un estpido, un ignorante y todo lo que la indignacin irracional puede sugerir a sus enemigos, que tales blasfemias le envan desde las sombras del incgnito.

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13 Pero todos los que hemos tratado al burgomaestre sa bemos que tiene un carcter incomparable insisto tiene un carcter es el mismo en presenci a del Emperador y en presencia de sus amigos. Incapaz de cualquier indignidad, practica el bien en todas sus formas y asegura, no s por qu razn, que su mayor gloria es la de tener tantos enemigos a los que, por cierto, no conoce ni de vista. Pero, en cambio, sus amigos son numerosos, y tanto ms sinceros, cuanto que no necesitan de l, ni l de ellos. Si ataca, lo hace a cara descubierta, porque no es un c obarde, y si alaba, jams lo hace con intencin de lucrar. Lo que ha dicho una vez, lo ha dicho porque ta l era su opinin, y si sta se modifica, es por la fuerza de las razones, jams por un capricho. No aspira a los altos puestos, porque no sabe qu hara en ellos; comprende que en la lucha por la vida, todo sacrificio voluntario reclama r ecompensa doble, y como vive contento y feliz con lo que tiene, su lmite est en ello. Jams dira al pueblo congregado lo que no fuera su opinin, y tendra un verdadero disgusto en tener que decir del pueblo lo que no haba dicho al pueblo. En ninguna de las ceremonias, en que ha tomado la palabra, se ha apartado nunca del centro en que gira todo su anhelo para la humanidad. El trabajo sin descanso dice es el azote de lo s tiranos. Trabajad, pues, y seris libres y felices. Y cuando algn amigo le ha pedido su opinin respecto de gobierno, no ha vacilado en contestar: Los pueblos se forjan su gobierno. No hay ms derecho divino que el del pueblo; los pueblos tienen, pues, el gobierno que quieren o el que merecen. Como la providencia es un mito, no se preocupa de ningn pueblo. Todas las formas de gobierno son buenas, cuando los gobernantes no son unos tontos, pero hay congregaciones que prefieren a tales gobernantes para pantallas de sus maquinaciones. No ama la demolicin cuando no sabe qu construir sobre las ruinas formadas, ni cuando no va a mejorar una situacin. Por eso no ha querido tomar parte, jams, en propaganda alguna de cuestin religiosa. Es materialista por la fatalidad de las razones, pero no cree que exista pueblo alguno ateo, ni que deba o pueda existir. Las sociedades cientficas dice tienen derecho de ser la razn; el pueblo no tiene ms derecho que ser el sentimiento; para el sentimiento, hay Dios; para el sentimiento, hay un alma inmortal. Hipknock figura en las listas de socios de numerosas corporaciones ilustradas de Europa y de Amrica, lo que prueba que sus enemigos se equivocan. Los sabi os que de cuando en cuando pasan por el pueblo, le visitan con placer, porque es ilustrado, y lo que es ms, incansable para resolver una duda. La ataca de mil maneras, la comprime, la estudia, la estruja, y en este combate, que en muchas ocasiones ha dado a otros, como resultado, una triste prdida de tiempo, el burgomaestre sale siempre victorioso. No cuadrar jams el crculo, no porque sea o no cuadrable, sino porque est persuadido de que perdera su tiempo, que puede dedicar a sus obligaciones oficiales, a su familia que ama, o a sus tareas cientficas. En su lenguaje, en el seno de la intimidad, suele morder, pero jams hiere, porque estima, y cuando estima, es franco La franqueza dijo un da a su an tiguo amigo el viejo mariscal es el can del alma. Se puede ser charlatn sin ser franco, como se puede ser callado e indiscreto, o charlatn y discreto. Hablar mucho, o no decir algo; a veces se habla para no decir. ste es, en pocas palabras, mi primo el burgomaestre. El lector puede seguir, de un modo lgico, todo el desenvolvimiento de aquellas ideas fundamentales, ligadas ntimamente para formar su carcter. Ahora comprender tambin por qu razn se retir mi primo del comedor de una manera tan brusca. Iba a resolver una duda. Iba. La noche estaba oscura y una llovizna tenusim a acariciaba el rostro de los transentes. Por la calle de X dos individuos caminaban en direccin a la Plaza de Federico el Grande. Detrs de ellos, y a distancia suficiente para no perd erlos de vista, un hombre de cierta edad se diriga hacia la misma plaza que ellos. Cualquiera, al verle, hubiera dicho que era indiferente a los dos que le precedan; pero un fisonomista habra reconocido en su semblante todos los signos que revelan el observador en observacin. Sus ojos fijos en parte velados por las cejas, los labios apretados, cual si creyera que sus investigaciones podan escaprsele en palabras indiscretas, la cabeza algo inclinada y de cuando en cuando un movimiento convulsivo de los dedos, entre la barba, no podan expresar otra cosa que lo que en realidad haba. De pronto se detuvo, apartndose un tanto para no ser visto, al observar que los que le precedan se acababan de detener. Uno de ellos sac con cautela el sombrero de la cabeza de l otro, lo coloc en uno

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14 de sus bolsillos, y, llevando ambas manos a la cara de l segundo, pareci sacar algo pequeo de ella, y examinndolo con cuidado, prorru mpi en una maldicin formid able, que hizo estremecer al observador. Donnerweter! exclam. Ich habe ihn jetz gefunden (Rayos y centellas, ya lo encontr!) Sac entonces del bolsillo otro objeto pequeo y, colocndolo en el cuello de su dcil acompaante, hizo los movimientos que hubiera hecho al dar cuerda a un reloj. Terminaba la operacin, guard la presunta llave. Llamamos Oscar Baum al de la maldicin y guardemos en silencio, por un momento, el nombre del otro. A los pocos pasos volvieron a detenerse. Oscar Baum dijo algo al odo de su compaero, y ste repuso: Muy buenas noches, seoras y caballeros. El observador oculto dio un salto en la oscuridad. Pero lo que ste no haba observado era que el que acababa de hablar llevaba el cuerpo inclinado hacia delante, de tal modo que cualquiera, al pasar a su lado, le habra adelantado la mano o el brazo para que no cayese, si no hubiera sa bido de quin se trataba. Un nuevo movimiento de Baum arranc al otro estas palabras: Gracias; como carezco de peso, cualquier posicin me es igual. Horacio Kalibang! murmur el observador. Horacio Kalibang, ya s que no eres ms que un autmata! Y satisfecho de aquella observacin, cambi de rumbo y se encamin a su casa. El burgomaestre Hipknock volva vencedor. Ya saba quin era Horacio Kalibang. El burgomaestre acababa de levantarse. El velo de la incertidumbre haba desaparecido de su semblante, ya risueo. Hum! Es hbil el artista. Veamos ahora qu se propone. Y en aquel momento, cual si las circunstancias se reunieran para satisfacer su curiosidad, un criado entr en el aposento trayendo una carta. Hipknock abri el sobre y ley: Seor burgomaestre Hipknock. Establecido en este pueblo, desde hace dos das, co n el objeto de trabajar ms tranquilamente que en Berln, me tomo la libertad de invitar a usted, para las 2 de la tarde, a sta su casa, calle X, donde tendr el honor de hacerle ver mis obras. Fabricante de autmatas, desde hace algunos aos, los ltimos descubrimientos de Edison han herido mi amor propio nacional, estimulndome a dirigir mis investigaciones en un sentido definitivo: estoy en vsperas de fabricar un cerebro con funciones propias. Conociendo, como conozco, las ideas filosficas y la ilustracin del se or burgomaestre, he credo que a nadie mejor que a l podra pedir un ju icio sobre algunos de mis trabajos. Saluda al seor burgomaestre con su ms alta consideracin, OSCAR BAUM Fabricante de autmatas

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15 Hola! Seor Baum, y usted haba sido el desconocido de anoche, eh? Muy bien; veremos sus autmatas. Y Kasper habr salido con la suya? Y qu dir mi sobrino el teniente cuando lo sepa? Dirigindose entonces al criado, le dijo: Corre a casa de Fritz y dile que le espero a almorzar; agrgale, tambin, que es necesario que venga, aunque se est muriendo. El criado sali y el burgomaestre qued solo, entregado a sus reflexiones, las que, por cierto, no eran muy favorables ni a los espiritualistas ni a los clericales. Donnerweter! dijo, repitiendo las palabras que haba odo a Baum en la noche anterior. Ich habe ihn jetz gefunden. He ah lo que vamos a grabar en una lmina de oro, si el fabricante de autmatas dice la verdad. Muy buenos das, pariente dije al ver a Hipknock en el comedor de su casa, momentos despus. Qu acontecimientos motiva esta llamada? Qu acontecimiento? Lee esta carta. Y entregndome la de Baum, la le agradablemente sorprendido, segn juzg mi pariente: primero, por el anuncio de una obra tan grande como era la fabr icacin de un cerebro, y segundo, porque yo bien saba que Horacio Kalibang no era sino un autmata; no pudiendo explicarme, por cierto, cmo haba pasado ello inadvertido para mi primo. Despus del almuerzo, conversamos largamente sobre los ltimos descubrimientos de los fisiologistas y llegamos al resultado siguiente: si Oscar Baum, para muchos, ha emprendido un desatino, para pocos no puede negarse que las probabilidades de xito se encuentran a su favor. A las dos de la tarde, el burgomaestre, a quie n acompaaba yo, entraba en casa de Oscar Baum. Est el seor Baum? pregunt a un individuo alto que sali a recibirnos. Pase usted adelante, seor burgomaestre. sa no deba ser la respuesta dijo Hipknock; somos dos. Pariente, no ve usted que es un autmata? Esa respuesta prueba, por lo menos, que usted era esperado solo. Entonces estoy ciego, porque no he podido reconocerlo. Al entrar en el saln, un individuo rubio, con anteoj os azules, se levant de una silla, en la que estaba sentado, y dirigindose al burgomaestre, le extendi la mano. El seor burgomaestre Hipknock? pregunt. Para servir a usted Es con el seor Baum con quien tengo el honor de hablar? El honor es para m, caballero. Me he tomado la libertad de invitar a usted, porque antes de lanzar al mundo mis obras, deseo conocer la impresin que le causan. Terrible, seor Baum, terrible! Horacio Kalibang me ha producido toda la ilusin de un hombre vivo, y, a no ser por una circunstancia es pecial, an guardara su misterio. Horacio Kalibang es el ms imperfecto de todos, pero llama mucho la atencin porque camina fuera del centro de gravedad. Nada ms que por eso? El seor Baum guard silencio. Sus ojos hicieron una revolucin en las rbitas, su s labios se apretaron, sus brazos cayeron inertes, mientras que una de sus piernas, por no s qu movimiento del resorte, se desprendi de su cuerpo y cay al suelo. El burgomaestre dio un salto sobre su asiento. Por mi parte, prorrump en una carcajada tremenda. Mi pariente no haba reconocido que conversaba con un autmata. Verdad que est ya algo corto de vista.

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16 Donnerweter! dijo una voz en la pieza inmediata, cual si la ira le hubiera arrancado aquella expresin poco amable, y ab rindose la puerta, el burgomaestre vio aparecer otro individuo, idntico al que acababa de deformarse, que acercndose a mi pariente, le dijo: Disculpe usted, seor burgomaestre, esta segunda libertad que me he tomado, de hacerme representar por un autmata; pero no dudo que ya lo estar, porque la excelencia de la obra, rpidamente construida, es una garanta de mi respeto por usted. Est usted disculpado. La mecnica, seor burgomaestre, es una ciencia sin lmites, cuyos principios pueden aplicarse no slo a las construcciones ordinarias y a la inte rpretacin de los cielos, sino tambin a todos los fenmenos de la materia cerebral. Es mi opinin. Qu es el cerebro, sino una mquina, cuyos exquisitos resortes se mueven en virtud de impulsos mil y mil veces transformados? Qu es el alma, sino el conjunto de esas funciones mecnicas? La accin fisicoqumica del estmulo sanguneo, la transmisin nerviosa, la idea, en su carcter imponderable e intangible, no son sino estados diversos de una mi sma materia, una y simple sustancia, inmortal y eternamente indiferente, al obedecer a la fatalidad de sus permutaciones, que pro ducen un infusorio, un hongo, un reptil, un rbol, un hombre, un pensamiento, en fin. Todo est muy bueno, seor Baum; pero yo deseo ver sus autmatas, porque se hace tarde. Soy materialista y sus palabras no me causan espanto ni novedad. El seor Baum se puso de pie y dirigindose a la puerta llam a un criado. Avise usted a los maquinistas que el seor burg omaestre desea que comiencen las manifestaciones. Al instante una de las paredes del aposento se elev como un teln, y vimos frente a nosotros una gran sala, en las que no faltaba nada: caballetes, pi anos, flautas, fusiles, espadas, libros, etc. El seor Baum volvi a tomar asiento. Msica!... Baile! Fritz!, vas a salir t de aut mata me dijo el burgomaestre. Sonre, porque aunque fuera cierto, mi pariente no saba lo que le estaba pasando. Y as fue. Uno de los autmatas, con un violonchelo en la mano izquierda y una silla en la derecha, se sent en medio del saln; pero lo que ms agrad a mi primo fue que su cara y su cuerpo eran mi propio retrato. El msico ejecut con maestra una preciosa introdu ccin, despus de la cual un pianista le acompa de tal modo que no pudimos menos de aplaudir. Un tercer autmata se acerc al piano, y dando vu elta una de las hojas del libro, la msica continu, agregando el canto, y tan hermosa fue la pieza que ejecutaron, que mi to no saba cmo expresar su admiracin al seor Baum, que se mantena callado. Los msicos se retiraron. En su lugar aparecieron dos hermosas nias que, con traje de ilusin y guirnaldas de flores, bailaron con tal gracia y soltura El despertar de las hadas que los msicos invisibles producan, que yo mismo tuve tentaciones de lanzarme en medio de ellas para acompaarlas. Se retiraron. Duelo! dijo el seor Baum. Dos gallardos jvenes entraron al saln, por puertas opuestas, y despus de saludarse, cruzaron sus armas y luego se detuvieron un momento. Era tu destino morir en mis manos. No tal, que la herida no es cierta en tus armas. Cobarde me has dicho? Cobarde? No debes cambiar mis palabras. He dicho y repito: las iras te ahogan, te ciega la rabia.

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17 Defiende tu pecho. Jo! jo!, que en el tuyo te hundo tu espada. Y desarmando a su adversario, al decir estas palabr as, tom el arma que acababa de caer y le cort una oreja. Basta! Basta! exclam el burgomaestre no puedo permitir que contine; primera sangre! Pintura! dijo Baum. Dos maniques desnudos penetraron al taller. Uno de ellos llevaba en la mano, paleta con colores, pinceles y tiento, y sentndose frente al caballete, ya pronto, comenz a copiar a su compaero, con toda la precisin de un artista consumado. Terminado el cuadro salieron del taller. Si estos son autmatas, es necesario confesar que no se diferencian mucho de nosotros dijo Hipknock. Si el seor burgomaestre me permite obser v Baum, yo invertira la proposicin. No cansar a mis lectores con la enumeracin de los diversos cuadros que all presenciamos; batallas, parlamentos, academias, paseos, bailes, escenas amoros as, cuadros msticos, etc., etc., todo se present a nuestra admiracin, con ese tinte especialsimo de ve rdad, que slo revisten las grandes obras de los grandes maestros. Prximos a retirarnos, el burgomaestre, sonriendo de placer, ms por hallar una especie de confirmacin a la Teora del inconsciente de su amigo Hartmann, que por lo que haba presenciado, dijo a Baum: Pero observo que ha faltado un cuadro de familia. Si el seor burgomaestre lo permitiera, la propia suya aparecera al punto. Como usted guste. Y haciendo una sea, el saln se empez a llenar de autmatas que, sentados luego alrededor de una mesa, desarrollaron, ante los ojos estticos del burg omaestre, la mismsima escena de la noche anterior, con los mismos movimientos y las mismas palabras de la discusin sobre Horacio Kalibang, que entr un momento despus, y pronunci las palabras que todos le haban odo. Mi pariente no pudo menos que soltar una carcajada cuando vio a su propio autmata hacer un gesto de espanto, al entrar Kalibang, y llevando la mirada al autmata de Luisa, dijo: Pero observo, seor Baum, que mi hija mira demasiado al teniente Blagerdorff, mi sobrino. El seor burgomaestre notar tambin que su sobrino no paga con moneda falsa. Pero eso... Dejaran de ser autmatas, seor burgomaestre, si alteraran un solo pasaje. El seor burgomaestre se puso de pie, tal vez para manifestar al seor Baum su indignacin, de una manera positiva, cuando ste ech a correr hacia la mesa, y trepndose sobre ella, se desarticul uno de los brazos y lo lanz sobre la cabeza del burgomaestr e autmata, que, irritado ante aquel atrevimiento, pronunci estas palabras: Donnerweter! Ich habe ihn jetz gefunden. He ah lo que vamos a grabar en una lmina de oro, si el fabricante de autmatas dice la verdad; las mismas que haba dicho, en esa misma maana, cuando recibi la carta de Oscar Baum. Una escena terrible tuvo lugar entonces y comprendie ndo mi pariente que era intil luchar con aquellos muecos feroces, me dijo: Fritz, es necesario retirarnos, pues no sabemos hasta dnde puede llegar la habilidad de estos energmenos. Ah quedamos, batindonos en descomunal batalla. Si son ellos los autmatas o si los somos nosotros, no lo s; pero te aseguro que cantan, bailan, gritan, saben y se baten con una habilidad tal, que ms parece natural que de resortes. Y ya nos retirbamos, cuando un autmata, ms alto y fornido que los otros, se acerc a la mesa y grit:

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18 Basta, seores!, soy el ms fuerte y tengo la razn; si alguno de vosotros me la nega, le partir el crneo, aunque la tenga. No soy solamente un autmata, soy la humanidad entera y cuando la humanidad habla con la fuerza, la razn el ms despreciable de los juguetes de los nios. Aquel autmata era un bestia!... pero si era un autmata! La calma rein en el saln. Ahora, seor burgomaestre Hipknock, tiene usted alguna duda respecto de la habilidad de nuestro constructor? pregunt. Ninguna, seor, ninguna. Tiene Usted alguna pregunta que hacer? Oh!, s!... hace mucho tiempo que se han fabricado estos autmatas? Mucho! Y estn todos aqu? No; hay algunos miles de ellos que andan rodando por el mundo. Cuando se les acaba lo que Uds. llaman la cuerda, y que nuestro constructor llama su habilidad, volvern a recibir nueva fuerza y entonces, seor burgomaestre, entonces..., buenas noches. Mi to y yo nos miramos. Era lgico. Entonces... entonces... nos retiramos, complacidos de las maravillas de que habamos sido testigos, y terriblemente desagradados con estos pensamientos: Ser Fritz un autmata? el burgomaestre. Ser el burgomaestre un autmata? yo. Al llegar a casa del primero, me desped de l. No nos acompaas a comer, Fritz? Pero yo ya estaba lejos. Poco tiempo despus, la casa del burgomaestre Hipknock se llenaba de gente, para festejar un gran da de familia. El capitn Herman Blagerdorff una, a sus destinos, los de la seorita Luisa Hipknock. Era muy natural. Haban ledo Werther y se amaban. Cuando dos jvenes alemanes o de cualquier n acionalidad se aman, aunque hayan ledo o no el Werther se casan o no se casan; slo s, que hay que notar esto : cuando se van a casar, nunca se preguntan si son autmatas o no. Todos vienen, menos Fritz, dnde estar Fritz? se preguntaba el burgomaestre, haciendo un gesto de desagrado. Cuando se sentaron a la mesa, Hipknock, de pie an, dijo en tono solemne: Amigos mos! permitidme una pregunta: hay entre vosotros algn autmata? Decdmelo, por favor! Todos se miraron entre s: los unos porque no saban lo que era un autmata; los otros porque lo saban demasiado. Y Fritz? Por qu no ha venido Fritz? Nadie lo saba. Horacio Kalibang entr a los postres y entreg al burgomaestre una carta de Fritz. Deca as: Mi querido primo, burgomaestre Hipknock. Hermann se me ha anticipado en el corazn de Luisa no importa tengo su autmata, que me amar perpetuamente, sin cambio, ni mudanza, porque ser mi amor grabado de un modo indeleble en las respuestas sinceras de sus resortes. Que sean felices sern mis votos. Te he acompaado como autmata

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19 durante la noche en que, reunidos en tu casa, celebramos el natalicio de Luisa; como autmata he ido contigo, al da siguiente, a la fiesta de Oscar Baum. Oscar Baum, soy yo: no te espantes, pariente. Ya que Horacio Kalibang es un autmata, tambin. Cuando Luisa tenga hijos, esa mquina humana les ensear, con mtodos especiales, todo lo que deban aprender. Para ello lo envo, es un regalo de boda. Aunque con forma de hombre, es un libro. Es el nico ser a quien se le debe confianza. Soy bastante grande, noble y rico para que me creas poderoso. T has sido testigo. Tengo el mundo en mis manos, porque lo manejo con mis autmatas. Cuando, sumergido en el torbellino de la poltica, encuentres algn personaje que se aparte de lo que la razn y la conciencia dictan a todo hombre honrado... puedes exclamar: es un autmata. Cuando, sumergido en las grandes batallas del pensamiento, tu adversario cientfico llame en su apoyo los misterios de la fe, puedes exclamar... es un autmata! Cuando veas un poeta que te pinta lo que no siente, un orador que adula al pueblo; un mdico que mata, un abogado que miente, un guerrero que huye, un patriota que engaa, un ilustrado fantico y un sabio que rebuzna... puedes decir de cada uno de ellos es un autmata! S, Hipknock, s: he llenado el mundo con los productos de mi fbrica. Recuerda con frecuencia a Oscar Baum, o si quieres, a tu primo Fritz. Persiste en tus ideas: son la luz del porvenir! Un abrazo a todos. Al leer esta carta, las lgrimas corran por las mejillas del burgomaestre. Cuando su hija Luisa, ya esposa de Blagerdorff, se despeda, le dijo estas palabras al odo: Sers feliz, hija ma, porque hay algo grande y noble que vela por ti. Tendrs hijos, si obedeces, como todo el mundo, al automatismo orgnico; yo ser el ms feliz de los abuelos, ya que soy el ms desgraciado de los primos; y cuando tenga un nieto, que ser mi gloria y encanto, yo sabr decirle, y si muero, dceselo t: Hijo mo, antes de esparcir los aromas que broten de tu corazn, examina con cuidado si no es un autmata la copa que los recibe. El lector tocar los dems resortes. Eduardo Ladislao Holmberg (Buenos Aires 1852 Buenos Aires 1937) fue principalmente un gran cientfico que brill como naturalista, adems de escritor, artista y hombre pblico. En 1812 lleg desde Europa Eduardo Kannitz Barn de Holmberg (abuelo de Eduardo), en la misma fragata que transportaba a San Martn y a otros oficiales que venan, como l, a ofrecer sus servicios al pas. Trajo numerosas colecciones de bulbos de plantas florales que eran desconocidas en la Argentina. Su hijo tambin fue botnico y logr implantar en Buenos Aires colecciones de camelias que fueron la curiosidad de toda la ciudad. En el seno de esta familia de hombres dados a las plantas y las flores naci, en 1852, Eduardo Ladislao, heredero de la pasin botnica de su padre y abuelo, pero que extendera a todas las ciencias naturales. Se recibi de mdico en 1880, profesin que nunca practic por un particular motivo: le repugnaba, segn deca, ganar dinero sobre el dolor ajeno. Se dedic a la botnica, la zoologa, la mineraloga y la geologa, en tiempos en los que, como l mismo recordaba, "era voz corriente, no slo entre los estudiantes, sino tambin en todo el pas, que la zoologa era propia de carniceros, la botnica de verduleros y la mineraloga de picapedreros, cuando ms de los marmoleros." En 1872 inici sus investigaciones cientficas con un viaje por el sur argentino, cuyos resultados public en la obra Viajes por la Patagonia. Tena entonces slo 20 aos. Curiosamente en la misma poca tambin inici una intensa y exitosa actividad literaria. Incluido en la llamada generacin del ; positivista, como la mayor parte de sus contemporneos, inicia en la

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20 Argentina un gnero cuyo desarrollo es incesante: el del cuento fantstico-cientfico, ciencia-ficcin o fanta-ciencia. El romanticismo tuvo su propensin a la fantasa y a los seres de otras naturalezas pero con el aadido cientfico positivista el gnero cobr una nueva potencia, un giro diferente que lo acerca ms a lo actual. Horacio Kalibang es un primer paso en la consolidacin del lenguaje literario nacional. Sus novelas (a veces aparecidas en forma de folletn), ensayos, estudios sobre arte y poemas llenaron incontables pginas. Ttulos como El ruiseor y el artista, Insomnio, Boceto de un alma en pena, Olga, La pipa de Hoffmann, El tipo ms original, Viaje maravilloso del seor Nic-Nac al planeta Marte, La bolsa de huesos, Umbra y La casa endiablada forman parte de la extensa lista de sus creaciones. Su dominio de varios idiomas le permiti adems darse el gusto de traducir los Documentos del Club PickWick, de Dickens, uno de sus autores preferidos. Siendo an un joven estudiante de medicina empezaron a aparecer trabajos suyos sobre los arcnidos en los Anales de la Agricultura Argentina, y en el Peridico Zoolgico, que estaban entre las publicaciones cientficas de mayor importancia en aquella poca. Las investigaciones sobre las araas que ocuparon a Holmberg entre 1876 y 1879 dieron lugar a numerosos artculos en los que describe y clasifica varias especies nuevas y estudia tambin los perjuicios causados por algunas de ellas a la agricultura. En 1877 hizo un viaje a las provincias del norte cuya resea public en el Boletn del Consejo de Educacin y en Mamferos y Aves de Salta. Sus excu rsiones de estudio al sur argentino y a lugares como las sierras de Tandil, Chaco, Mendoza, Misiones, le permitieron un conocimiento personal de vastas regiones de la Argentina que volc en descripciones geolgicas, botnicas y zoolgicas. Algunos de estos trabajos fueron impresos por la Academia de Ciencias de Crdoba, los Anales de la Sociedad Cientfica Argentina y en la revista de la Sociedad Geogrfica Argentina. Public en total ms de 200 obras; su libro Botnica Elemental, con 500 ilustraciones originales, fue un texto de consulta habitual en los colegios nacionales. En 1881, inici expediciones de investigacin a todas las zonas geogrficas argentinas, publicando los resultados de los estudios en libros de gran valor cientfico, en particular sus Resultados cientficos, especialmente zoolgicos y botnicos de los tres viajes llevados a cabo en 1881, 1882 y 1883 a la sierra de Tandil. Inmediatamente tuvo oportunidad de trabajar con Ameghino, durante una importante expedicin al Chaco. La fauna y la flora de Holmberg, compendio de botnica y zoologa de la Argentina, que vio la luz en 1895, se convirti en una obra nica en el pas por ms de 60 aos. Entusiasta impulsor de las ciencias naturales, Holmberg fue el primer profesor de Historia Natural como se denominaba entonces a la biologa que hubo en la Argentina y desarroll esta tarea por 40 aos. Comenz con la docencia en la Escuela Normal de Profesores y la continu en la Facultad de Ciencias Exactas Fsicas y Naturales de Buenos Ai res, donde fue el primer argentino que ocup la ctedra de Ciencias Naturales. Tambin fue profesor de Fsica y Qumica y el creador del Gabinete y Laboratorio de Historia Natural. Eduardo Holmberg muri en 1937. Haba llegado a formar parte de la Sociedad Cientfica Argentina y fue presidente honorario de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Fsicas y Naturales. Su obra no es fcil de encuadrar y es comprensible que sea as, ya que en su poca no exista una tradicin cientfica asentada. Los tiempos en los que actu no le permitieron otras disciplinas ni otra escuela que su propia vocacin. OBRA LITERARIA Y CIENTFICA Viaje maravilloso del seor Nic-Nac (1875) La pipa de Hoffman (1876) Horacio Kalibang o los autmates (1879) Viaje por la Patagonia (1872)

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21 Dos partidos en lucha: fantasa cientfica (1875); hay reedicin: Buenos Aires, Corregidor (Coleccin Voces y Letras del Plata), 2005; intr oduccin y seleccin de apndices de Sandra Gasparini. Resultados cientficos, especialmente zoolgicos y botnicos de los tres viajes llevados a cabo en 1881, 1882 y 1883 a la sierra de Tandil Actas de la Academia de Ciencias de Crdoba (1884-1886) Flora de la Repblica Argentina (1895) La bolsa de huesos Buenos Aires (1896). Olimpio Pitango de Monalia: edicin prncipe (1991). Cuentos fantsticos. Editorial Edicial, Buenos Aires (1994). El ruiseor y el artista Insomnio Boceto de un alma en pena El tipo ms original(1878-1879). Hay edicin en libro: El tipo ms original y otras pginas, Buenos Aires, Simurg, 2001. Edicin, notas y posfacio de Sandra Gasparini y Claudia Roman. Umbra La casa endiablada Botnica Elemental

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22 LA NUEVA ECOLOGA DE LOS MASS MEDIA De la invencin de Morel a los simulacros de Baudrillard, entre imgenes y mundo real Por Adolfo Vsquez Rocca. El presente artculo se ocupa de la novela de Adolfo Bioy Casares La invencin de Morel (1949), novela fundacional de la literatura de anticipacin, en la que a travs de la ficcin cientfica, policaca y amatoria, concurren los tpicos del ingenio tcnico, la reduplicacin de la vida, los periplos de inmortalidad, los archivos de imgenes, los simulacros y finalmente los hologramas, alumbrando el estatuto ontolgico de las imgenes en la nueva ecologa de medios, cuestiones problematizadas por tericos de la imagen como Jean Baudrillard, Paul Virilio o Susan Sontag. Da lugar, finalmente, a una reflexin que sesenta aos despus de la aparicin de la obra sigue siendo muy actual, en torno al complejo paso de lo real a lo virtual en el cual el mundo de las imgenes amenaza con suplantar al mundo real. En su mtica novela La invencin de Morel (Alianza editorial, Madrid, 3 edicin, 1981), publicada originalmente en 1940, Adolfo Bioy Casares narra la aventura de un prfugo que se oculta en una isla aparentemente desierta asolada por extraas enfermedades en la que, sin embargo, descubre una forma peculiar de vida: la de un conjunto de personas cuya actividad a lo largo de un perodo limitado de tiempo es "proyectada" una y otra vez por una mquina alimentada por la energa de las mareas. La invencin de Morel es una ficcin cientfica, policaca y amatoria. Haciendo uso de una geometra implacable que pone en juego hiptesis que se van descartando analticamente; la isla desierta, poblada de imgenes, en la que el narrador de la ficcin se confina, se convierte en la prisin amorosa, en el paisaje filosfico ideal donde se asienta el amor, libre del mundo, entregado a s mismo: isla de libertad, pero tambin isla interior, donde la pasin se va anudando a la mirada. La obra se puede leer tanto como una fbula de amor trgico, como una arriesgada especulacin sobre la relacin entre el mundo real y el de las imgenes. Bioy Casares a travs de esta mquina que se alimenta a travs de turbinas conectadas con las mareas capaz de reproducir todos los sentidos juntos, pone en juego una de las hiptesis ms sugerentes de toda la ciencia ficcin, la coincidencia, en un mismo espacio, de un objeto y su imagen total. Este hecho sugiere la posibilidad de que el mundo est constituido, exclusivamente, por sensaciones. Para ello realiza un trazado elptico de la isla y el museo, as como una radiografa espectral de los personajes proyectados, para concluir en una delirante y anticipatoria reflexin sobre la realidad virtual y los simulacros, anticipando las preocupaciones de Jean Baudrillard y Paul Virilio entre otros tericos de la imagen en torno a los periplos de inmortalidad y la esttica de la desaparicin.

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23 La fotografa, como la caracterizar a Susan Sontag es un modo de certificar la experiencia o de convertirla en coleccin. Par eciera que la fotografa quiere jugar este juego vertiginoso, liberar a lo real de su principio de realidad, liberar al otro del principio de identidad y arrojarlo a la extraeza. El carcter anticipatorio de La invencin de Morel se hace evidente si se considera que Denis Gabor se plante la posibilidad de utilizar los hologramas para reconstruir la imagen del objeto original slo siete aos despus de que Bioy Casares public su novela. Este eco literario que comporta el concepto de holograma es tambin referido en Hombre mirando al sudeste filme tributario a la imaginera de Bioy Casares. Prdida de densidad ontolgica La vida "real", una vez duplicada por la mquina, comienza a perder densidad ontolgica, hasta que su peso de realidad es igual a cero, mientras que la s proyecciones cobran vida propia asumiendo un extrao estatuto de realidad en relacin a la cual el prfugo define sus exp ectativas; ste, finalmente, decide duplicarse y "editarse" dentro de la proyeccin eterna. Se trata de una invencin ciertamente ingeniosa, no slo por su diseo y eficiencia tcnica para proyectar eternamente imgenes que duplican a seres reales, sino por que al decir de su creador, ha permitido perpetuar "una buena semana" compartida por un grupo de amigos. El narrador, en un minucioso y sistemtico ejercicio, nos relata su huida y naufragio. Su actual condicin de asilado, de fugitivo en una persecucin donde mltiples aunque difusas fuerzas de represin lo asedian. Es acorralado por las aduanas, por los documentos tenaces, por las redes de verdugos que entretejen las policas del mundo, por las leyes de una libertad condicionada a los retratos sellados que cubren los pasaportes bajo firmas filisteas de repblicas tiranas. Acorralado tamb in por una bsqueda infinita de parasos en una isla utpica de eterna primavera y soledad pausada. La utopa de la eternidad El narrador desembarca en una isla hacia la que lo ha conducido su destino de perseguido. Encuentra un paraso cuyo espacio ha sido alterado levemente por unas extraas construcciones de orden misteriosamente ceremonial: un museo, una capilla y una pileta (piscina) de natacin. Los 'edificios' de Morel ostentan el orgullo de su gratuidad, exaltan su imaginacin y pretenden su inmortalidad. Morel pretende perpetuar una semana de felicidad ociosa. La isla de Morel es un espacio sagrado donde se ha construido la utopa de la eternidad. La eternidad que Morel sugiere ha encontrado su es pacio y su proyeccin, pero le faltaba la mirada. La mirada recrea la utopa y confirma su existencia en las palabras del manuscrito que la revela. Sin la narracin, la isla sera una utopa sin memoria, un espacio mutilado, un espacio sin ritual, un espacio invisible. El narrador es el testigo de la creacin, es el es pectador ante quien se proyectan las imgenes. La isla lo enfrenta a una naturaleza alterada por duplicaciones, a una naturaleza que desdobla los soles y refleja dos lunas, que yuxtapone extraamente veranos y primaveras y rene peces descompuestos y peces de adorno del acuario, que cal cina los rboles o les da un verdor eterno. Las mareas adelantan el verano e inundan las playas que lo albergan y producen figuras en un espacio antes alterado slo por los edificios. A la persecucin de la naturaleza se a ade la persecucin de los intrusos que asedian al autor del manuscrito. El asedio lo mantiene vivo, aunqu e siempre se aproxime a su muerte Todo ese laborioso aparato refleja una construccin que se habr de llamar 'Defensa ante sobrevivientes' o Elogio a 'Malthus', para demostrar que el mundo [...] es un infierno unnime para los perseguidos. Ese manuscrito que ha llegado a ser una necesidad funda mental para el narrador, que se postula como espejo de una vida que por la palabra habr de s acar a su creador del caos al que lo precipita la persecucin, pero que, en realidad, es el reflejo escrito del universo construido por Morel. As a la duplicacin de fenmenos naturales, a la coincidencia de vida y muerte que se alan imperturbables, se responde con la duplicacin del paraso desdoblado en el laberinto y abismo de la escritura. Soledad reduplicada El narrador se encuentra perplejo al orse interminablemente escoltado por expansivos ecos, reduplicando su soledad. Hay nueve cmaras iguales; otras cinco en un stano ms bajo[...] La multiplicacin de cmaras simtricas reproduce mu ltiplicado el sonido en un edificio destinado a

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24 almacenar la vida en el recuerdo fotografiado. Y el manuscrito del narrador asegura que las lneas que en l escribe "permanecern invariables". El recuerdo se guardar en la fotogr afa y en el libro. La fotografa recoger los instantes y los repetir tambin invariablemente en la imagen reiterada que durante ocho das capt la vida y le devolvi su cuerpo a la memoria. El manuscrito recoge la memoria del naufragio y repite de nuevo los mismos das transcritos por la palabra. Sonido e imagen se sinteti zan en la palabra escrita fo rmando el tercer cuerpo de la memoria. Esta superposicin de memorias recogidas por los diversos mtodos sealados asegura la inmortalidad aparente de un eterno retorno de las imgenes a las que Morel pretendi conservar la vida sin advertir, como el narrador, que perdemos la inmortalidad po rque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionamientos insisten en la primera idea rudimentaria: re tener vivo todo el cuerpo. Morel ha logrado mediante su invento una imagen hologrfica perfecta que engaa a los sentidos; los sentidos son conservados en la imagen, pero los cuerpos que se ofrecieron sin saberlo ante el obturador sacrificial de la cmara, son calcinados en este extr ao holocausto, un paroxista ritual de inmortalidad. Reflejo polivalente de espejos Descifrar el enigma es destruir el laberinto, penetrar siguiendo paso a paso ciertas claves en su secreto y descubrirlo, es advertir que la civilizacin tecnolgica le ha presta do a Morel, el constructor de los edificios, un recurso de eternidad. Inventando la inmortalidad de las imgenes mediante el artificio cinematogrfico perfeccionado, Morel le devuelve al cuerpo una realidad que se reiterar indefinidamente en un reflejo polivalente de espejos. Morel ha fotografiado la vida y la ha conservado en una isla desierta y el flujo y reflujo de las mareas asegura su perfecta conservacin. El genio de Morel erige un monumento, un museo en el que vivirn eternamente algunos hombres y mujeres repitiendo eternamente sus mismas voces, sus mismos gestos, sus mismos olores, sus mismas miradas, en un simulacro donde la nica inmortalidad posible es la de las imgenes en el celuloide. Morel ha retenido todos los utensilios de la humanidad y los ha encerrado en un inmenso sarcfago, reproductor incansable de la misma gesticulacin, de l ademn pattico, mero simulacro que recrea la precaria realidad del mundo. Bioy Casares considera al texto como un homenaje al cine; homenaje, pero de aquellos que exaltan y cuestionan: en la nueva ecologa de medios que el narrador describe, y que no ha hecho ms que intensificarse desde la publicacin de la novela, el mundo de las imgenes termina por cuestionar y suplantar al mundo real. La fascinacin por la tec nologa y la seduccin de las imgenes devoran al narrador. Seduccin y muerte: sugiere la novela, la tecnologa y los medios de masa al individuo, ambivalentes promesas de modernidad para sociedades perifricas. La certeza acerca de la realidad de los veraneantes ir siendo minada. Los hechos extraos que ocurren en torno a ellos dan pie a la duda: por un lado, son capaces de hacerse 'bruscamente presentes'; por otro, parecen no or, ni ver, ni darse cuenta de la presencia del narrador. Adems, sus palabras y movimientos se repiten de manera exacta cada ocho das. El narrador acumula pruebas que indican que su relacin con ellos es como una entre 'seres en distintos pl anos'. Sospecha incluso que son de otra naturaleza. Hroes del esnobismo Los intrusos aparecen de repente en la rbita visual del narrador y son, como hroes del esnobismo o pensionistas de un manicomio; sus apariciones inesperadas ponen en peligro su vida. Sin espectadores o soy el pblico prev isto desde el comienzo para ser originales cruzan el lmite de incomodidad insoportable, desafan la muerte. Esto es verdico, no una invencin de mi rencor [...] En los ojos del narrador se ha proyectado la memoria de Morel y su propia memoria de perseguido refleja sus movimientos interiores proyectndolos a su vez sobre los seres extraordinar ios que parecen desafiar a la muerte y que en realidad viven en un verano ajeno al de la isla, es el verano de la fotografa del recuerdo, el verano de la memoria mecnica y enajenada. La memoria del narrador empieza a transformarse y y uxtapone el recuerdo del perseguido a la imagen del fantasma: No s, todava, si contaban, efectiv amente cuentos de fantasmas, o si los fantasmas aparecieron en la frase para anunciar que ha ba ocurrido algo extrao (mi aparicin) Al jugar con el doble sentido de aparicin que es apariencia pero tambin fantasma, el narrador se desdobla en el que mira a los fantasmas o apariciones (las imgenes de Morel) que lo persiguen y en el perseguidor del fantasma de Faustine. La mirada de l narrador abarca a Faustine, pero la de ella prescinde de l como si yo fuera invisible El cu erpo invisible de la joven proyectada como fantasma por la mquina de Morel vuelve invisible al narrador en el espejo de la memoria enajenada.

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25 La memoria que entra por los ojos, esa memoria qu e ha visto una mirada aumentando el mundo convertir en imagen al narrador y al convertirlo en imagen desapar ecer su cuerpo quedando slo su aparicin, su fantasma, ser invisible. Bioy Casares ha logrado encontrar una simbologa nueva para cristalizar el viejo mito amoroso; el arquetipo platnico se inserta en una nueva forma de enunciar la metfora fabricada a imagen de la s criaturas del tiempo que el cinematgrafo ha preservado en su eternidad precaria. Hologramas tridimensionales Cuando el narrador inserta en la narracin las pginas explicativas de Morel en torno a su invencin, queda claro que los veraneantes son 'imgenes fotogrficas', o mejor, hologramas tridimensionales. La tecnologa es figurada como un artefacto capaz de dar muerte al individuo, y luego, de resucitarlo artificialmente y eternizarlo en su archivo de simulacros: por su fantasa sentimental de querer estar eternamente junto a una mujer que lo desdea Mo rel hace que Faustine y sus amigos mueran, y l muere con ellos. Esta proyeccin no slo se extiende a los personajes sino al museo, a la piscina y a la capilla: un simulacro de realidad que amenaza las nociones mismas de 'identidad' y 'realidad' del narrador. De la mano de la tecnologa, los medios de masa se irn apoderando del narrador. La novela relaciona los medios de masa con la idea del archivo, y a ambos con la muerte y el ms all. Para Virilio el cine es, en el siglo XX, una industria fantasmal en busca de nuevos vectores en el ms all. La fotografa y el cine son archivos cuyo tema central es la supervivencia de los muertos. La invencin de Morel enfoca su reflexin en estos archivos que no slo contrarrestan ausencias, sino que las retienen. Gracias a la imagen fotogrfica, lo que ya no est ms persiste de algn modo. El narrador cree avizorar un futuro en que, gracias a aparatos ms complejos, la vida ser slo 'un depsito de la muerte'. En otras palabras, la novela sugiere que la vida existir para que exista el simulacro. No slo eso: a la larga, no ser posible diferenciar lo real de su simulacro: Ignoro cules son las moscas verdaderas y las artificiales, dice el na rrador, anticipando la obra de Philip K. Dick Suean los Androides con Ovejas Elctricas? (1968). Realidad cuestionada La novela da un paso ms en su reflexin y cuando Morel sugiere que el archivo de imgenes y voces guarda un paralelismo con el destino de los hombres, cuestiona la nocin de la realidad: En dnde yacemos, como un disco de msicas inaudi tas, hasta que Dios nos manda nacer?. El narrador, desde coordenadas kantianas, alude a los lmites del conocimiento y las condiciones de posibilidad de la experiencia, poniendo en cuestin la nocin misma de identidad : El hecho de que no podamos comprender nada fuera del tiempo y del espacio, tal vez est sugiriendo que nuestra vida no sea apreciablemente distinta de la sobrev ivencia a obtenerse con este aparato. El espectculo del eterno retorno de Faustine y sus amigos, le hace ver al narrador que su vida es irreparablemente casual. Rodeado de simulacr os, l tambin se considera como ellos. En este paraso artificial, qu le queda al narra dor? Enamorado de un fantasma, de una mujer muerta, no le queda otra cosa, para estar junto a ella, que dejarse devorar por la pantalla y transformarse l mismo en simulacro. Con su seduccin y muerte, y con su ingreso a la eternidad del archivo, la hegemona de una nueva ecologa de medios en la isla es completa. El triunfo de la ilusin del narrador es el fin de cualquier intento de escapar al triunfo final de la tecnologa. Adolfo Vsquez Rocca es Doctor en Filosofa por la Pontificia Universidad Catlica de Valparaso; Postgrado Universidad Complutense de Madrid, Departamento de Filosofa IV, Teora del Conocimiento y Pensamiento Contemporneo. reas de Especializacin Antropologa y Esttica. Profesor de Postgrado del Instituto de Filosofa de la PUCV, del Magster en Etnopsicologa -Escuela de PsicologaPUCV; Profesor de Antropologa en las Escuelas de Medicina y Periodismo de la UNAB; Director de la Revista Observaciones Filosficas Secretario de Redaccin de PHILOSOPHICA Revista del Instituto de Filosofa de a PUCV, Editor Asociado de Psikeba Revista de Psicoanlisis y Estudios Culturales, Buenos Aires, Miembro del Consejo Consultivo Internacional de Konvergencias, Revista de Filosofa y Culturas en Dilogo. Domingo 17 Septiembre 2006 Adolfo Vsquez Rocca

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26 EXTERMINADOR Y LOS GUSANOS Sergio Gaut vel Hartman Cuntas son? Mi pregunta descendi hacia la cara porcina de Cncer sin obtener una sola mueca. Seis, siete. Puede estar multiplicndose en este mismo momento. El Jefe de Seguridad de Korps hizo una pausa, pero yo saba que no necesitaba darse nimo para escupir el resto. Mtelas a todas. No deje ninguna viva. Me va a llevar mucho tiempo. No trataba de excusarme, pero Cncer reaccion como si esa hubiera sido mi intencin. Aunque le lleve el resto de la vida! grit. De todos modos usted no sirve para otra cosa. Sal sin saludarlo, dando un portazo. No se deben esperar buenos modales entre miserables. Aparento despreocupacin mientras doy los primeros pasos por los callejones que rodean al Nido de Gusanos; los soplones se pondrn en movimiento de inmediato, alborotando como gorriones, impregnando la atmsfera con olores acres. Confo en que eso obligar a mis presas a dispersarse, perdiendo la fuerza del racimo. Dos o tres copias caern a primera hora, ya lo s; si son siete, como afirma Cncer, las ms recientes estarn acurrucadas en los nichos interiores de la Muralla o en las zonas oscuras del Laberinto. Al definir una estrategia estoy sellando el destino de la proliferacin, siempre ocurre de este modo. Y se equivocan al pensar que me perturba parecer pedante. Pateo cada bulto que encuentro en el camino y recibo todo tipo de respuestas; se mezclan aullidos animales con los quejidos lastimeros de los experimentos biolgicos que Korps abandona a su suerte: voces desgarradas de pulmones remendados con placas de metal y PVD, llantos estomacales, arcadas sin garganta. Imposibles de reconocer como humanos, los monstruos que reptan por el Laberinto constituyen una fauna no catalogada por los especialistas. Y dudo mucho que lleguen a hacerlo en el futuro. Todos los das, sin excepcin, Korps aborta cien fallidos, todos diferentes entre s. Tardo casi una hora en tropezar con la primera copia. Es tan nueva, est tan aturdida que ni siquiera tiene la precaucin de salir del cono de luz que la baa de pies a cabeza; no se le ocurri, ni tiene instrucciones precisas del original en cuanto a cmo comportarse frente al Exterminador. Eso posee un significado muy preciso. Piedad! balbucea la copia. Usted no entiende! Entiendo digo apuntando entre los ojos. Es tan fcil que da asco. Soy Pierrot Cafeter Tercero, un hombre de paz: nunca le hice dao a nadie.

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27 Tercero? me hago el sorprendido. No te creo basura. Una tercera copia sabra esconderse mejor. No soy el tercer cuerpo de nadie; soy Pierrot Cafeter, entiende? Mi abuelo fund Korps. Acaso hay alguien en el mundo que no sepa eso? En otras circunstancias una charla superflua como sta me habra llevado a pensar que me estoy arriesgando innecesariamente. Disparo. El Laberinto es una zona endemoniada. La Polica desa parece como arte de magia a las seis de la tarde y las nicas criaturas que se atreven a reptar por esas calles caprichosas son los marginados, los proscritos, los imbciles... y las vctimas de Korps. Nadie sabe por qu eligi Cafeter este lugar para instalar el Nido de Gusanos. A pesar de que entro a cazar una o dos veces por mes no puedo reprimir una sensacin de repulsin mientras recorro una ruta invisible que se dibuja en las sombras slo para mis ojos entrenados, mientras espero el inevitable asalto de la Vieja Bomba. No me equivoco. Aqu est ella, con su risa desdentada y las inevitabl es y absurdas propuestas de placeres. Tengo un agujero hmedo para tu arma, rico dice. No es un fallido de Korps, pero por momentos creo que supera a los mayores fracas os de la ingeniera biolgica. Te reventara las tripas, Viej a respondo invariablemente. No te confundas: no soy una botella que se usa para afinar la puntera, como las que alinea tu amiga. Estoy hecha de carne, rico, cien por cien. Carne de verdad, no basura sinttica. La religin que profeso prohibe comer carne de hipoptamo los martes de madrugada replico levantando la pistola y apuntndole a la cabe za, como si se tratara de una copia ms. Hagamos de cuenta que en esta parte del Laberinto es mircoles, rico dice ella sin turbarse. No me tiene miedo. Sabe que mi licencia no me habilita para liquidar piezas de caza mayor, que mi tarea no tiene nada de clandestina. Tambin sabe, a fin de cuentas, que no me meto con los seres humanos. Yo soy especialista en otra clase de criaturas. Fuera de mi camino, Vieja! Tengo que anular seis gusanos antes de que salga el sol. Seis? Seis es todo un nmero. Hasta ella par ece sorprendida. El Laberinto tiene sus Registros y nadie recuerda una proliferacin semejante. Seis. No te prives de diseminarlo entre la ralea. El nieto de Cafeter entr en fase de proliferacin aguda: algo nunca visto, pero digno de un grandy aburrido. El hasto es como una enfermedad dice la Viej a reflexivamente. Pero nunca pens que una copia clandestina de un Cafeter pudiera merecer el mismo castigo que sufre la de Don Nadie. Eran siete copias. Ya borr una. Al Directorio no le importa el nombre del que transgrede la Ley de Cuerpos, aunque se llame Cafeter. Si admitimos actos aberrantes como proliferaciones y transferencias clandestinas el mundo podra irse al carajo. El mundo se fue al carajo hace rato, rico dice la Vieja riendo mientras se aparta del camino al adivinar mis pensamientos. Embisto sin cortesa, aunque sin xito. Es muy tarde. Slo tengo unas horas para ejecutar la faena, y ya he perdido demasiado tiempo en charlas irrelevantes. Encuentro otra copia en un pliegue de la Muralla, bien escondida. Sin embargo no logra evitar un chillido al descubrir que camino directamente hacia ella. Pura casualidad, aunque la copia no tena por qu saberlo. Un mito muy difundido en el Laberinto es que tengo una vista infalible; hasta yo lo creo a veces. Cafeter debi haber interrogado a algn e xperimento descartado capaz de responder a sus

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28 preguntas antes de meterse de cabeza en esta loca aventura. Pes los pros y los contras y decidi arriesgarse confiando en que no me alcanzara la noche para liquidar todas las copias. Espere! grita cuando nos separan cinco pasos. No cometa un error fatal! No es la primera vez que una copia trata de enredarme con ese truco digo. Levanto la pistola y apunto al bulto. Y si no es un truco? Slo una bestia como usted puede ignorar a lo que se expone por asesinar a un original. S perfectamente cul es la pena. Es la mejor prueba de que jams me equivoqu... Una equivocacin! exclama la copia. Est perdiendo la calma. Basta y sobra con equivocarse una vez y ser su pellejo el que cuelgue del perchero de Cncer! No en este caso digo con calma. Estoy apuntando entre los ojos, como siempre; un reflejo fugaz ha marcado el blanco con absoluta precisin. Cuando enfrente a Pierrot Cafeter Tercero, al original, sabr distinguirlo de las copias sin vacilar, no te preocupes por m. No espero a que el cuerpo termine de caer. Aqu y all, en mil puntos dispersos de la Muralla, en los infinitos brazos del Laberinto se ahogan las exclamaciones de los parias, las copias clandestinas y los desertores. Una sola palabra, fragmentada en ecos redondos y breves como notas de timbal, recorre los callejones y las guaridas. Dos, dos, dos, dos, d-os, d-os, os. Cuando divago, mis pensamientos asumen la forma de un diario ntimo prolijo, ordenado. Archivo docenas de tems, organizndolos por temas y marcndolos con claves para invocarlos cuando el aburrimiento o la curiosidad lo requieren. 293) Pierrot Cafeter Tercero, el original, padece una forma nueva de demencia. Acuo nombres: Proliferosis. Multifrenia. Plurinoia. Hermosos neologismos. Es ms fcil inventar nombres que explicar la perturbacin. En la raz de la personalidad afectada hay un conjunto de factores psicolgicos que alteraron el equilibrio mental del individuo (sobreproteccin, feroz competencia familiar, narcisismo, envidia por el poder, debilidad paterna frente a la descomunal figura del abuelo), aunque no sera descabellado buscar un agente qumico exgeno combinndose con las sustancias que la ciencia ha puesto en manos de Korps y Korps en el torrente sanguneo del infeliz Pierrot. Una simple droga, cocana azcar en el t con leche de los grandys podra estar operando contra los ncleos de duplefrina la sustancia que bacapea las clulas nerviosas descontrolando el sistema que slo debera activarse ante la inminencia de muerte del portador. 294) La Teora General de la Duplicacin no prev floraciones simultneas, por lo que puede suponerse que las copias mltiples deberan observar el mismo vicio del papel carbnico, degradndose con el uso. Si ste es un caso excepcional (y no un salto al vaco ensayado a espaldas de los cientficos de Korps), Cafeter ha gastado su capacidad de multiplicacin y a partir de ahora empezar a contar los minutos que lo separan del alba, progresivamente ms y ms temeroso de la infalible potencia del Exterminador, ms y ms convencido de su propia inutilidad. 295) Cncer se equivoca cuando dice que Cafeter podra continuar multiplicndose durante toda la noche, amontonando una coraza de copias como una barricada entre su delirio y la efectividad de mi arma. Yo, el Exterminador, tengo ltima palabra. Negociemos, Exterminador. La voz, slida y pastosa, inusitadamente firme, cruza el espacio que separa dos secciones de la Muralla. Las copias son ocho, adems de las dos que ya mat insiste mantenindose fuera del alcance de mi vista. Esta vez no se deja traicionar por reflejo alguno y estoy a punto de pensar que efectivamente el que me habla es el original.

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29 Ocho ms? En cuanto pronuncio las dos palabras s que no he logrado disimular cierta vacilacin en mi voz; el tiempo empieza a jugar en contra del cumplimiento de la faena encomendada; las mentiras y ardides, ms que lograr resultados concretos, acta n dilatando el lapso que me separa del ncleo del problema: Pierrot Cafeter Tercero, el original, jugador de banda ancha. Las copias defectuosas e incontroladas han sido apostadas a un solo nmero, en un salto mortal, vaco de esperanzas. Cncer se conformar con siete pellejos dice la voz . Le doy cincuenta mil para que me deje salir del Laberinto con tres copias. Suena como un disparo. Es la propuesta ms absurda que he recibido en toda una vida de Exterminador. Por qu les resulta tan difcil aceptar que el Jefe de Seguridad de Korps tasa en valores intangibles una parte del precio? Lo que se recibe por cada copia liquida da no compensa la tensin ni el asco. Pero ellos no saben, no pueden saber. Son grandys. El disparo de mi arma, limpio, real y efectivo, suen a a continuacin, como un eco de las palabras de la copia. Cafeter Ene cae hacia atrs y su cabeza golpea co ntra las piedras de la Muralla antes de quebrarse sobre el cuello como un zoquete relleno de papeles. Le acierto entre los ojos con tanta precisin que hasta yo, el imperturbable, salto hacia atrs, sorprendido por mi puntera. Soy un profesional. Todos los das, desde hace ms de diez aos, practico disparando a las botellas que Magda coloca en prolijas hileras sobre las cornisas del lado externo de la Muralla, el lado que mira a la Ciudad, no al Nido de Gusanos. Esto es un negocio dijo Cncer el da que me contrat. Y ha repetido esas palabras cada vez que una proliferacin infesta el planeta. Dejar que un demente se multiplique sin control equivale a introducir veneno de serpiente en las caeras de agua de la Ciudad. El viejo Cafeter dot a Korps de una filosofa de vida como condicin esencial para que funcione como empresa. Si permitimos que las copias clandestinas caminen libremente por las ca lles pronto no lograramos distinguirlas de las personas legales. Se imagina una soci edad as? No, no se la imagina. S la imagino. Pero Cncer no tiene por qu sospechar que tengo imaginacin, o sentimientos. Soy el verdugo, o el recolector de residuos, con la salvedad de que recojo los huesos antes de la cena. Salga y mate. Lo que est matando no es una persona. Un cuerpo clandestino es a una persona legal lo que un billete falsificado es a los autnticos. A unque s que a usted la tica no lo desvela, y esos detalles no sirven para detenerlo cuando tiene el dedo sobre el gatillo. Se equivoca repliqu sin entrar en detalles; la ti ca no es un valor absoluto, como la necesidad de la eliminacin de lo superfluo, por ejemplo. Pero Cncer es un funcionario y no est en condiciones de captar esta clase de sutilezas. Cuando usted mata una copia continu Cncer sin re parar en mi disgusto est sacando un billete falsificado de la circulacin; y si bi en no se nos permite eliminar al cr iminal que produjo la falsificacin sonri ante la resistencia del ejemplo; ya iba po r la segunda analoga tiene todo el derecho del mundo de usarlos para encender cigarrillos. Lo hara si las copias fueran combustibles. Usted no tiene sentido del humor, Exterminador, y tampoco lo que yo llamo "el sentido trgico de la existencia". En realidad usted no tiene sentido en nin gn sentido, es el sin sentido en persona. Carroll lo habra convertido en una paradoja sin dudarlo un in stante. Una incongruencia, eso es, Exterminador, una rmora, una especie extinguida. Dej de escuchar. Alguien debe permanecer a salvo de la locura genera lizada. Sin embargo, como si hubiera captado mis pensamientos, el Jefe de Seguridad clav el cuchillo en la lcera. De qu otro modo puede calificarse a un ser humano que se rehsa a tener cuerpos de recambio? Cncer ri sacudiendo las manos sobre el vientre, satisfecho de su ocurrencia. Jams sale de su oficina,

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30 en el cincuentavo piso de la Torre; todo lo que sabe acerca de los parias, los marginados y los experimentos fallidos es producto de la lectura de informes fraudulentos. Todo lo que sabe, o cree saber sobre m, lo ha obtenido de sus soplones, tan fiables como las prostitutas que hormiguean por el Laberinto. No se necesitan cuerpos de recambio para sentirse fuerte dije a la defensiva. La humanidad se ha transformado en un nido de gusanos; blandos, fofos, asustados, slo viven para temer la inminencia de la muerte, y se preparan colocando cuerpos como corazas, uno, dos, los que crean necesarios. Un enfermo que prolifera sin control no es ms que la variante suicida del gusano normal. Salga y mate dijo Cncer cambiando de conversacin, y de humor. Sus lecciones de filosofa barata me hacen doler el intestino. No d un paso ms! grita Cafeter apuntndome con una sofisticada pistola de agujas. Y digo sofisticada en el ms literal de los sentidos. Slo un grandy puede creer que un arma as puede servir para detenerme. De acuerdo. Tiro la pistola falsa que llevo en el bolsillo para resolver situaciones como sta. Celebro haber encontrado por fin al Cafeter original. Dgame en la cara qu virus desencaden la infeccin. Cmo lo hace? Las copias son idnticas al nmero uno... Pero son copias, copias. Cmo lo hago, de todos modos, es un secreto profesional. De acuerdo, usted gana. Estoy enfermo. Djeme salir del Laberinto y le prometo que ir directamente al consultorio de mi terapeuta, me pondr en manos de los bilogos, me dejar destripar por los ingenieros. Ese truco no sirve, Cafeter. Quiere hacerme creer que las copias eran slo tres? Eran tres, crame. Y usted las mat. Cuando muri la tercera cre despertar de una pesadilla. La proliferacin es una enfermedad, lo sabe, lo s. Estoy enfermo, Exterminador; djeme ir y recibir una recompensa. A mi abuelo le encanta poner las manos encima de los casos de reproduccin descontrolada. Cncer detect seis copias digo sin perder de vista el tono irnico que ha usado Cafeter Tercero para hablar del fundador de Korps. Los sensores del piso cincuenta son infalibles. Cuando usted entr en fase generativa seis o siete puntos rojos estallaron en la pantalla. Hubo cuatro copias muertas dice Cafeter secamente. De acuerdo suspiro. Tambin quiero cobrar por sas. No es justo que me perjudique. Cncer tendr sus siete pellejos. Doy un paso hacia l y oigo un murmullo, un roce, un incmodo y torpe crepitar de cuerpos. Espere! dice Cafeter. Djeme ir primero. Juntos o nada. Lo sigo apuntando, Exterminador. Yo tambin lo estoy apuntando digo alzando la pistola sin sacarla del abrigo. Y usted vale mucho ms que yo, aunque muerto, ninguno de los dos valga nada. No le parece? Le aseguro que esta bala es mucho ms rpida y efectiva que las agujas, especialmente si la dispara alguien como yo.

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31 Cien agujas zumban como abejas furiosas por encima de mi cabeza. Pero an antes de que Cafeter accione el gatillo, tras adivinar el instante exacto del disparo, me desplazo hacia la derecha y hago fuego dos veces. A pesar de la velocidad con que me mue vo me cuido de no herir al original. Dos gritos ahogados, poco ms que gemidos, me indican que he dado en el blanco. Asesino! alla Cafeter saliendo de la proteccin de l muro. Ya no piensa en volver a usar la pistola de agujas que cuelga de su mano como un paraguas es trafalario. Cruzo de un salto la mancha de luz y lo golpeo con la culata a un costado de la cabeza. No me detengo a observar como cae, y giro, disparando, disparando. Todas las copias, que se desbandaban chillando como plidos murcilagos, caen alcanzadas por las balas. La Vieja Bomba siempre regresa. Tiene un talento es pecial para descubrir el instante preciso en que termino de trabajar. Ahora que tu arma descansa, rico dice la Vieja, dale una oportunidad a la Bomba. Tengo que recoger los pellejos, Vieja, Cncer no me paga por una declaracin jurada. Quiere los pellejos, est claro? Tanto ruido por unos pellejos... Y ahora que hacen con los pellejos, rico, los rellenan con paja? No estoy de humor para chistes baratos, Vieja. Fuera! Despellejar es una tarea repugnante. No lo resistiras. Yo resisto todo, rico. Soy muy fuerte. Estoy acostum brada a todo. El tono meloso de la Vieja es insoportable, por lo que la aparto de mi camino con brusquedad. Ella no se altera. Nadie sacar los cuerpos si los ponemos en un hueco de la Muralla que slo yo conozco. Podras despellejarlos a las seis, un rato antes del amanecer. Mientras tanto nosotros... Las alimaas del Laberinto limpiaran los huesos hasta la ltima partcula de carne. A Cncer no le gustan los esqueletos. Basta ya, Vieja. Ustedes, los de afuera dice entonces la Viej a con tono admonitorio, creen que aqu vive una manada de bestias salvajes, que el Laberinto es el pozo ciego del mundo. Se miraron al espejo? Cncer manda matar a las copias porque no son personas. Cafeter, el viejo, fabrica gente como quien fabrica Barbies. Cafeter, el joven, juega a enfermarse de algo ms extico que el SIDA. Y el Exterminador, pobre diablo... El Exterminador sufre de un mal que todava no se ha inventado. Para mi archivo mental. 296) La Vieja Bomba y cada uno de los parias que vagan por las calles del laberinto, son residuos de floraciones clandestinas y experimentos fallidos de Korps. Ignoro las razones por las cuales esos cuerpos no fueron destruidos. Probablemente los desgraciados continan siendo objeto de observacin y anlisis, aunque su mera supervivencia constituye un reconocimiento de las atrocidades que Korps ha perpetrado en nombre de la Ciencia. 297) Los errores y omisiones deben ser corregidos, pero jams perdonados. Mi conducta individual, a la luz de la eliminacin fsica de la Vieja Bomba, debe analizarse con independencia de aberraciones del comportamiento, y s, en cambio, como un acto simb lico de reparacin, infinitamente estirado en el tiempo. La Vieja ha vivido veinte miserables aos; corrijo: ha padecido ese tiempo y yo he sido el instrumento elegido para poner fin al suplicio. Voy a disparar contra diez botellas le digo a Magd a mientras cargo la pistola. Las proliferaciones son cada vez ms explosivas. Diez? Magda se re. Es idiota, pero me gusta. E lla es la nica otra persona que ha desdeado tener cuerpos de recambio, adems de m, claro. Magda es hermana de Pierrot Cafeter Tercero, nieta del

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32 fundador de Korps y heredera del imperio. No le importa. Prefiere contribuir a perfeccionar mi puntera alineando botellas sobre las cornisas de la Muralla. Cuando hacemos el amor, Magda pregunta: Qu es un paria? Por qu hay cuerpos a la deriva en el Laberinto? Cncer me llama a su despacho del piso cincuenta de la Torre. Es un cerdo repugnante, pero tambin un paranoico sin remedio. Esta vez son doce dice inflamado de omnipotencia. Es como si l mismo las hubiera producido. No lo voy a hacer digo sacando la pistola del bolsillo. Cncer pega un salto y su barriga golpea contra el borde del escritorio. Cuando advierte que no tengo intenciones de matarlo no por el momento se relaja un poco. Y cundo se produjo esa sbita toma de conciencia, esa... iluminacin? logra decir. Noto que Cncer se esfuerza por no rer, aunque debe sentir dolor por el golpe y miedo ante la posibilidad de que, con un rpido movimiento, cambie la direccin del can del arma. S lo que piensa de m, y no me gusta. No lo voy a hacer y basta. Magda y yo nos vamos a ir a vivir al campo, lejos de toda esta locura. Solos, los dos. Busquen a otro para esta faena inmunda. Siempre pens que usted es ms defectuoso que esos abortos! Reprimo una vez ms el impulso de meterle un tiro entre ceja y ceja. La inutilidad del asesinato pasional es ms fuerte que todos los castigos, ahora que un cuerpo sustituto espera su turno en un depsito de Korps para reemplazarlo en el mismo momento en que su corazn deje de latir. No vuelva nunca ms, qudese con los de su ralea! grita Cncer cuando cierro cuidadosamente la puerta y abandono la oficina de Seguridad de Korps, en el piso cincuenta de la Torre. Magda me est esperando afuera, se cuelga de mi hombro, me besa el cuello. Anoto en mi diario mental. 300) Un hombre sin cuerpos de recambio es prisionero de un puado de maniobras imprevisibles. A duras penas consigo imaginar cmo era el mundo cuando todas las personas eran fras, reaccionarias e insobornables como Magda, y como yo. Sergio Gaut vel Hartman (Buenos Aires, 1947) public su primer relato de ciencia ficcin en 1970, en Nueva Dimensin. Sus cuentos aparecieron en decenas de revistas y antologas, contando tambin con algunas novelas todava inditas. Fue el promotor del fandom argentino de los 80, a travs del Crculo Argentino de Ciencia Ficcin y Fantasa y de Sinergia, la revista que abri la senda para numerosas publicaciones de su tipo, entre ellas Cuasar. Se tom un respiro durante parte de los 90, pero ya hace aos que ha regresado con mpetu a la escritura. "Exterminador y los gusanos" pertenece a su serie de relatos Cuerpos descartables, parte de la cual fue reunida en un volumen homnimo (Minotauro, 1985).

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33 PRIMERA LNEA Carlos Gardini El cielo es un caldo rojo cruzado por tajos blancos. Colores sucios vibran en la nieve sucia. El ruido es una inyeccin en el cerebro. Acurrucado en un pozo de zorro, el soldado Cceres no tiene miedo. Piensa que el espectculo vale la pena aunque el precio sea el miedo. De pronto es como si le sacaran la inyeccin, dejndole un hueco doloroso. Un ruido se desprende del ruido. Un manotazo de tierra y nieve sacude al soldado Cceres. Un silencio gomoso le tapa los odos. Cuando abre los ojos, el cielo es blanco, hiriente, liso. Y el silencio sigue, un silencio puntuado por ruidos goteantes, quebradizos: pasos, voces, instrumentos metlicos. El suelo es blando. El suelo es una cama, una cama en un cuarto de hospital. Un tubo de plstico le llega al brazo. Le duelen las manos. Un mdico joven se le acerca mirndolo de reojo. Quedte tranquilo le dice. Te vas a poner bien. Mis manos dice el soldado Cceres. Cmo estn mis manos? El mdico tuerce la boca. No estn dice, sonrindole a un jarrn con flores marchitas. No estn ms. No era lo nico que haba perdido. Los das en el hospital eran largos, un corredor de sombras perdindose en un hueco negro. El hueco estaba lejos. Inmovilizado en la silla de ruedas, l no poda alcanzarlo. El corredor era opaco como un vidrio de botella, y detrs del vidrio haba sombras. A veces las sombras se le acercaban, y adquiran un perfil borroso. Los rasgos se les deformaban cuando se apoyaban en el vidrio, y las voces sonaban distantes, voces envueltas en algodn. Hoy tens un plato especial, le deca una sombra. Pollo. Quers que te guarde una pata de ms? Y la sombra le guiaba el ojo, le acariciaba el pelo a travs del vidrio opaco. El soldado Cceres miraba la manta que lo cubra de la cintura para abajo. Una pata de ms, repeta estpidamente. O bien la sombra se le acercaba para ofrecerle un cigarrillo. El soldado Cceres alzaba los muones de los brazos, y la sombra, pacientemente, le pona el cigarrillo en la boca, se lo prenda, lo comparta. Poco a poco el vidrio se resquebraj. Alicia, le dijo una sombra un da, me llamo Alicia. Y la voz ya pareca de este

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34 mundo, un mundo donde los relojes sonaban y el tiempo transcurra. Alicia le contaba ancdotas de otros heridos de guerra, y de cmo se haban curado. O de cmo no se haban curado. l no hablaba nunca. Cuando estuvo mejor (o eso le dijeron, que estaba mejor) pasaba el da frente al ventanal. Estaba en un piso alto, y mirando desde el ventanal vea el movimiento de afuera. El movimiento eran camiones militares cargando atades, helicpteros descargando cadveres y heridos en el parque, jeeps que entraban y salan, grupos de mujeres sin uniforme que traan paquetes y flores, pero el movimiento no era movimiento porque le faltaba el ruido. Sin el vidrio del ventanal habra ruido, pero siempre habra ms y ms vidrios aislndolo del ruido verdadero, la inyeccin en el cerebro En medio del parque ondeaba la bandera. Nunca colgaba del mstil. Siempre haba viento, y siempre ondeaba. El soldado Cceres miraba la bandera y buscaba en su memoria, buscaba algo que lo arran cara del sopor, algo que rompiera todos los vidrios. Un da record la letra de Aurora y le caus gracia. Le caus tanta gracia que cuando Alicia pas por el corre dor el soldado Cceres se ech a rer. Veo que ests mejor dijo Alicia, acercndose. Cundo me muero dijo el soldado Cceres, ponindose serio de golpe. No se saba si era una pregunta, o qu. Tena que seguir viviendo. Eso decan, tena que seguir viviendo. Cuando pensaba que tena que seguir viviendo se preguntaba cul era la parte amputada, si l, eso que quedaba de l, puro mun, o las piernas o las manos perdidas. Qu le haban serruchado a qu? Haba descubierto que uno era cosas que podan dejar de ser uno. Esas cosas no eran uno cuando se pudran bajo la lluvia o la nieve en un fangal sanguinolento o entre desechos de hospital. O s eran uno? Cul era la parte mutilada? Cul era l? Que l estuviera vivo y las otras partes muer tas no era suficiente diferencia. Era un misterio, y cuando pensaba en el misterio senta ganas de llora r, y cuando lloraba pensab a en sus piernas, que al menos tendran la suerte de no llorar por lo que les faltaba. A veces recordaba a las mujeres. Vea enfermeras en el corredor, algunas at ractivas, y pensaba en las mujeres. Imaginaba bocas, labios de vulva entreabrindose, superficies hmedas. Un da Alicia le puso un cigarrillo en los labi os, le acarici el pelo traviesamente, le acomod la manta bajo la cintura y por primera vez lo mir a los ojos. Cmo est mi beb? le dijo. Hoy ten s mejor cara. No terminab a nunca de acomodarle la manta. l la mir entre confundido y avergonzado. Perdonme dijo. Perdonme qu? Yo no puedo. No pods qu? dijo ella. De golpe abri la boca como quien recuerda al go, lo mir con severidad, tal vez con asco. Suspir, dio media vuelta y se fue por el corredor. El soldado Cceres la sigui con los ojos, y no supo si l no haba ente ndido. No supo qu no haba entendido. Lloraba, y a travs de las lgrimas vio de nuevo el vidrio, cada vez ms grueso pero menos opaco. Los otros ya no eran sombras. Tenan peso y consistencia, y tenan ms peso y consistencia que l. Quera recordar, pero slo encontraba hilachas de recuerdos humillantes. Un chico roba una revista de un quiosco, y lo sorprenden. El quiosquero no lo castiga, no lo denuncia, slo dice que no te pesque otra vez Cuando el chico vuelve al quiosco para comprar el diario para sus padres, sufre de nuevo la vergenza, pues no sabe que para el quiosquero es slo una travesura olvidada. Cmo purificara esos recuerdos, cmo les dara una forma que coincidiera con el dibujo acabado de una personalidad, algo que fuera slido y no simplemente ridculo? Ahora todos los recuerdos seran as. La mirada de Alicia sera siempre un reproche, un que no te pesque otra vez Ahora siempre se recordara como ridculo, una cosa sin forma rebotando en un mundo de gente slida. Un da estaba acurrucado en su pozo de zorro. Siempre haba tenido miedo, y haba hablado del miedo con sus compaeros, pero ese da no tena miedo, o estaba dispuesto a pagar el precio del miedo, y una bomba lo haba despedazado. Era ridculo y doloroso, y ni siquiera haba herosmo, slo una absurda falta de miedo.

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35 Estaba mirando por el ventanal, viendo cmo los helicpteros aterrizaban en cmara lenta en medio del viento, y pensando nunca ms, y pr eguntndose nunca ms qu, cuando se le acerc un oficial. Al oficial le faltaba una pierna, y la cara era vagamente familiar. El soldado Cceres record que lo haba visto varias veces en el hospital, hablando con otros pacientes. Cmo va eso? dijo el oficial, acercando una silla de metal pintada de blanco y sentndose a su lado. Manejaba la muleta como un arma, como un privilegio. Cmo va qu, pens el soldado Cceres, pero no dijo nada. Sonri vaga mente, como diciendo ah anda. Era un oficial de reclutamie nto de los grupos especiales MUTI L. El soldado Cceres mir la insignia del brazo izquierdo. Entonces not que estaba la manga, pero no el brazo. El oficial le habl pausadamente. Sin duda l haba odo hablar de las unidades MUTIL, aunque no las hubiera visto en combate. El soldado Cceres s las haba visto en combate, pero no lo aclar. Saba que MUTIL era una sigla, dijo. Mvil Unitario Tctico In tegral para Lisiados, explic el oficial, y se lo escribi en un papel. Despus le pr egunt si tena inters. El soldado Cceres no respondi, y el oficial no repiti la pregunta. Sigui hablando. Mientras l hablaba, el soldado Cceres pensaba en el ruido, y tambin pensaba en mujeres. Tambin pensaba que el oficial no le haba preguntado cmo se llamaba, e inexplicablemente eso lo deprimi. Acepto dijo de golpe. El oficial lo mir sorprendido, cortado en medio de una frase. Al fin sonri y se levant. No tuvo el reflejo embarazoso de querer darle la mano. Le palme el hombro. Slo una cosa dijo de pronto, como si acabara de recordarlo. Usted no es judo, verdad? Cmo dijo que se llamaba? El soldado Cceres, aliviado, le dijo cmo se llamaba. Bien, Cceres. Le har llegar los formularios. El mes siguiente ingres en un campo de adiestramiento MUTIL. Lleg en un mnibus militar junto con otra tanda de mutilados dados de alta en el hospital. Todos tenan una franja de tela blanca en el pecho, con el apellido en rojo sobre la tela verde oliva. El rojo los identificaba como miembros de la fuerza especial. Los mandos del mnibus estaban adaptados para lisiados. El chofer era un suboficial con las piernas inutilizadas. Rea constantemente, y tena la radio prendida. Por la radio pasaban un programa preparado especialmente por el enemigo. Una locutora de voz dulzona elogiaba el valor de los soldados que crean combatir por su patria, engaados por un gobierno inescrupuloso. Elogiaba su valor, pero les deca que no vala la pena. Para ellos la guerra estaba perdida. El suboficial suba y bajaba el volumen continuamente, como si quisiera despedazar esa voz. Despus venan segmentos de msica folklrica, y el suboficial tarareaba convulsivamente. Cuando llega ron al campo de adiestramiento, apag la radio. Estamos llegando, chicos anunci, siempre riendo. Y prendi la radio. El soldado Cceres, que viajaba cerca del asiento del conductor, le sonri extraamente. Antes de la guerra era colectivero, despus me enganch le dijo el suboficial, frenando y abriendo las puertas dobles del mnibus. El soldado Cceres sigui sonriendo, pensando que era una broma. El suboficial apag la radio. Vos qu hacas? le pregunt. El soldado Cceres tard en entender la pregunta. La guerra haba durado aos. El antes de la guerra perteneca a un pasado remoto. No me acuerdo dijo. Y era cierto, no se acordaba. Algo haba muerto dentro de l. O quiz el recuerdo estaba en sus piernas o manos perdidas. El suboficial prendi la radio. La locutora describa la habilidad de los grupos comando enemigos. Debe estar bien esa mina dijo el subofici al. Te la imagins con una muleta en el culo? Ese mismo da les dieron la primera clase. Lo s dividieron en grupos, y cada grupo tena un oficial a cargo de la instruccin. El oficial a cargo no los trataba con piedad, ni con respeto, ni con nada. Los trataba como soldados. El oficial instructor del sold ado Cceres era un capitn sin una pierna, y sin una mano, y no lo disimulaba. Exhiba con orgullo las mutilaciones, y l tambin manejaba la muleta como un arma. En lugar de la mano que le faltaba, la derecha, usaba un garfio retrctil de cuatro dedos. Se

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36 plantaba frente al pizarrn, apoyndose con firmeza en la muleta cromada, y tomaba la tiza con el garfio. Trazaba lneas rect as, slidas, puras. Jams le temblaba el pulso. Lo primero que hizo fue describirles en detalle una unidad MUTIL. Cada unidad MUTIL era bsicamente un minihelicptero con autonoma de vuelo limitada que portaba gran cantidad de armamento de corto alcance. Cada unidad bsica er a provista con los accesorios que necesitaba cada soldado. Ninguna era igual a otra, pues cada cual re sponda a un repertorio especfico de mutilaciones. Los accesorios reemplazaban piernas y brazos, pies y manos, caderas y tobillos, y mediante piezas de plstico o metal se conectaban con los mandos: pe dales, palancas o botones accionaban las armas y orientaban los rotores. Utilizaban la ltima tecnologa mdica en materia de prtesis, deca el capitn, y en ese nfasis se notaba la pobreza, la sofisti cacin de la pobreza. Una unidad MUTIL era mucho ms costosa que un infante, pero menos que un blindado; como arma antip ersonal era mucho ms rentable que una bomba de alta potencia, y mucho ms barata que un avin derribado. Una escuadrilla de unidades funcionaba perfectamente como primera lnea de ataque, pero en tierra eran vehculos torpes, enormes y grotescas sillas de cuatro ruedas. Los rotore s eran plegables, para facilitar el transporte. El capitn dibuj y explic todo esto con precisin, y luego les explic por qu estaban all. Estaban all porque los mutilados eran una carga en la paz, una pensin costosa para el Estado, una afliccin para los parientes, muertos en vida. Pero tenan algo ms, mucho ms que los enteros. Tenan temple. Se haban templado como acero en el fuego de la batalla. Templado como acero repeta, como si l hubiera descubierto la frase. Estaban all porque l iba a hacerle s parir al hroe que tenan adentro. No eran la resaca sino la lite. El que no pensara as poda pedir la baja y pudrirse en la vida civil, una vida de llantos, pensiones y recriminaciones sordas. Al da siguiente cada cual recibi su propia un idad adaptada. En la parte frontal tenan un blindaje, con una insignia pintada, un sol militar sin rayos. El entrenamiento empezaba en la madrugada. Estaban lejos del frente, pero a me nudo vean pasar, desde la pista de asfalto donde practicaban, aviones volando rumbo a la zona de combate. Las escuadrillas que volvan eran menos numerosas que las que iban. El so ldado Cceres oa el ruido en el cielo y recordaba ese cielo de ruidos, y cmo le haban sacado la inyeccin del cerebro. Senta re ncor contra el silencio. Crea haber encontrado una solucin, un modo de pur ificar sus recuerdos, y la clave era el ruido. El capitn los haca maniobrar en formacin sobre la pista de asfalto. Hay que destruir despiadadamente al enemigo deca. Como l nos destruy a nosotros Cada pieza de metal cromado, cada pieza de plstico opaco, deba ser una prolongacin del cuerpo del mutila do. El soldado Cceres ahora tena manos, manos de acero. Con las manos de acero impulsaba torpemente las ruedas de su unidad, encenda el motor, y el vi ento del rotor principal le abofet eaba la cara donde no lo cubran los anteojos ni el casco. El capitn los haca desplazar rtmicamente sobre la pista, y era como ensayar para una comedia musical extravagante. Como un ballet deca el capitn. Tiene que salir como un ballet. Los domingos tenan descanso. Era el da de la misa y el descanso y los juegos. Los curas que daban la misa y confesaban estaban enteros, o parecan entero s bajo las sotanas, y eso contribua a aumentar su aura de santidad, o irrealidad, o extraeza. En el campo de adiestramiento no haba ningn entero, y un cuerpo sin mutilaciones empezaba a parecerles una co sa deforme. El soldado Cceres crea notar un destello de reproche en la mirada de los curas, algo parecido a la mirada severa de Alicia. Los curas hablaban de la paz de Cristo, pero la guerra no tena descanso. Las estelas de los jets surcaban el cielo, y el estruendo les llegaba en ol eadas convulsivas aun durante la misa. Ese estruendo evocaba las llamaradas, los gritos, los borbotones de sangre, las mquinas al rojo vivo fundindose con los moribundos. El domingo era da de sermones. Despus del sermn de la misa vena el sermn del jefe del campo, que les hablaba de patriotismo y vocacin de servic io. El que no tiene patriotismo ni vocacin de servicio, deca, se es un discapacitado. A media ma ana vena el sermn informal del capitn. Ese da se mezclaba con ellos como uno ms, pero cuando ha blaba recobraba la autori dad, siempre dispuesto a que cada cual pariera al hroe que llevaba adentro. La guerra no es inhumana, deca. Los animales no saben hacer la guerra. No hay nada ms humano que la guerra. No hay nada ms humano deca con voz acerada, que la guerra. Antes del medioda jugaban al bsquet. Formab an equipos, y usaban las unidades MUTIL para jugar. Hasta el juego formaba parte del adiestramiento: tenan que adiestrar ese cuerpo nuevo para ser soldados. Soldados ms perfectos, deca el capitn. Cu alquier hombre sabe matar, pero slo ellos eran

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37 verdaderos hijos de la guerra. Deban el cu erpo que tenan a la metralla del enemigo. Tenemos este cuerpo deca, gracias a la metralla del enemigo. Y se sealaba el garfio retrctil, con orgullo y con odio. El domingo era da de bromas. Bromeaban entre ellos cuando jugaban. Che paraltico, se decan cuando alguien no se desplazaba co n agilidad. Che manco, se decan cu ando alguien no atajaba un pase. Era da de bromas y de risas. Eran risas nuevas, risas de media boca, risas tuertas, risas con media cara congelada para siempre en un rictus de clera o fa stidio. El soldado Cceres tena la cara entera, y los msculos faciales en buenas condiciones, pero aun as la risa se le haba endurecido. No porque fuera una risa parca, o rencorosa, pero sospechaba que para los enteros pronto sera tan ilegible como la mueca de un simio. Alguna vez haba ledo que en los perros el bostezo significa gratitud hacia el amo. No saba si era cierto, pero s saba que en l un bostezo ya no significaba sueo ni aburrimiento, sino simplemente que la cara se le contraa en un gesto que significaba algo que hasta entonces no haba existido, que naca con ellos. El domingo era da de truco por la tarde. Era un truco diferente. Las seas no siempre servan; estaban pensadas para caras enteras, plsticas, no para mscaras medio quemadas, o medio paralizadas. Los mancos de una sola mano aprendan a barajar con esa sola mano. Los que no tenan ninguna aprendan a usar los garfios, y nadie los ayudaba. Cuando estuvieran bajo el fuego nadie los ayudara; vibraciones nerviosas prolongadas en vibraciones elctricas seran la diferencia entre la vida y la muerte. Eran partidos tranquilos, sin risas ni cantos floridos; los cantos eran como repeticiones mecnicas, una msica de pianola. El domingo era da de camaradera. La camarade ra era aprender a amigarse con uno en la imagen de los dems. Cuando entraran en combate, no habra demasiada coordinacin. Slo rdenes por radio, un blanco, y la voluntad de destruir y sobrevivir. Slo acciones individuales, pero similares. La camaradera era un espejo partido, y ellos eran los pedazos. Las ltimas semanas empezaron las maniobras ms intensas. Muchos haban sido descalificados. Algunos no haban podido acostumbrarse a orinar y defecar regularmente en los tubos de sus unidades: aunque nadie lo notara, se sentan desnudos. Otros queran volver a su hogar o su familia. Muchos ya tenan el suicidio pintado en la cara. Los restantes slo esperaban el momento de matar y mutilar. Cuando hablaban, si hablaban, nunca se preguntaban dnde haban estado antes, cmo los haban herido. Antes no haban existido. Slo ahora se estaban pariendo. Las unidades MUTIL avanzaban como enjambre s sobre las defensas enemigas. El porcentaje de bajas por misin estaba calculado en un cincuenta por ciento. Eso inclua no slo a los derribados por el fuego enemigo, sino a los derribados accidentalmente por sus compaeros, a los que se estrellaban por falta de combustible, a los que caan por fallas mecnicas en el equipo. El secreto era buscar el trayecto ms corto hasta el blanco, aprovechar las municiones para causar el mayor dao posible y contar con mayor seguridad en el momento del descenso. Llevaban poco combustible porque con menos combustible se cargaba ms armamento, y adems se evitaba que la accin conjunta perdiera concentracin por un inoportuno exceso de iniciativa individual. Las unidades MUTIL abran brechas, y en esas brechas penetraban la infantera y los blindados, con prdidas mnimas. Por qu el enemigo no ha adoptado un equivalente? pregunt una vez el soldado Cceres. Lo haba intentado, explic el capitn. No con mutilados de guerra. Haban usado unidades mviles con soldados enteros, pero no haban resultado. Eran costosas, por el gran nmero de bajas, y poco rentables, porque jams tenan el mpetu, el coraje la voluntad de llegar a cualquier precio. Para esto, dijo el capitn, hace falta patriotismo. Para esto hace falta patriotismo repiti. Adems los otros no eran hijos de la guerra. Las maniobras no eran la guerra, pero se parecan bastante. Los que sobrevivieron a las maniobras fueron despedidos por el capitn una maana de lluvia, en una ceremonia sencilla donde fueron felicitados por el jefe del campo de adiestramiento y bendecidos por un capelln que no los miraba a los ojos. En el blindaje de las unidades, junto al sol sin rayos, les pintaron una inscripcin en rojo: LA VIRGEN NOS PROTEGE. Cuando se abrieron las compue rtas del avin de transporte el so ldado Cceres vio la nieve y puntos negros en la nieve. El avin acababa de girar tr azando un arco y ahora daba la cola a las lneas enemigas. Globos de humo negro estallaban en el aire. Las unidades MUTIL se acercaron torpemente a las compuertas. Bajaran en paracadas y en medio de la cada pondran los rotores en funcionamiento.

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38 El soldado Cceres cay girando en el aire, ab ri el paracadas cuando estu vo horizontal, sinti el tirn brusco del cordaje, vio que algunos se enredaban en el cordaje y se estrellaban. Alrededor se multiplicaban las explosiones. Un viento fro le golpeaba la cara, mezclndose con rfagas de aire caliente. Dej de mirar alrededor, pues el secreto era mirar hacia adelante. No se apresur a maniobrar para evitar los proyectiles enemigos, pues saba que el combustible no le permita el lujo de apostar ms al miedo que a la suerte. Esper, y cuando estuvo cerca del suelo despleg los rotores, los puso en marcha y solt el esqueleto metlico donde estaba enganchado el paracadas. Avanz casi a ras del suelo, en lnea recta. A ll adelante la nieve estaba entrecru zada de cicatrices. Las cicatrices eran trincheras, y despus de las trincheras haba un bulto que pareca un depsito de material o una barraca. Apret botones y palancas, moviendo frenticamente todo el cuerpo, reservando los explosivos ms potentes para ltimo momento. A medida que se acerc aba a las posiciones, la cortina de fuego se haca ms densa. Las venas le palpitaban como si tuvieran un exceso de sangre para un cuerpo que ya no necesitaba tanta. Cuando estuvo a poca distancia, de scarg los proyectiles explosivos. Al lado vio pasar las estelas de los proyectiles de otros compaeros de escuadrilla. Un instante antes haba carpas, blindados y redes de camuflaje, al siguiente llamara das y cuerpos viboreando en el aire como cables pelados en la tormenta. Aterriz en la nieve cenagosa y esper. A pocos metros descendieron otros compaeros. Algunos estaban en llamas. Atrs las primeras fuerzas de asalto desembarcaban de los helicpteros y terminaban de limpiar el terreno. Alrededor la nieve sucia estaba manchada por lamparones de sangre. Era como si la tierra menstruara, renovndose. Senta de nuevo la inyeccin en el cerebro. El ruido le taladraba los tmpanos como si su cabeza fuera una caja de resonancia. Una voz ladraba rdenes por la radio del casco. A lo lejos, en el ho rizonte de humo, helicpteros en llamas caan del cielo. Como una lluvia de man, pens el soldado Cceres. Una hora ms tarde los helicpteros descargaron al personal de auxilio. Eran tcnicos ceudos y eficaces, y trabajaban con la rapidez de los mecnicos en las pistas de carrera. Cambiaban el tanque de combustible de cada unidad intacta por uno lleno, ajustaban las piezas flojas, descartaban las intiles, renovaban las municiones, daban el visto bueno y revisaban las unidades derribadas en busca de material rescatable. Despus las unidades MUTIL se remontaban nuevamente desde el terreno consolidado. Avanzaban un centenar de metros, abran nuevos claros en las defensas, hostigaban al enemigo en retirada o reconocan la zona. La nica forma de pararlas er a destruirlas: ninguna retroceda, ni se posaba en la tierra de nadie, donde sera demasiado vulnerable. Si el tripulante mora, casi siempre segua disparando y a menudo se estrellaba contra la s lneas defensivas. Cada etapa de la batalla pronto se volvi rutinaria para el soldado Cceres. Despeg ue, vuelo en lnea recta, descarga del material, comps de espera. Slo en esa ltima fase se daba el lujo de observar la batalla, inmvil como una osamenta fosilizada en medio del fuego de ambos bando s. Y entretanto recordaba, claro que recordaba. Alicia. Mujeres. Pero las caricias tibias, la humed ad salada, los labios entreabiertos, ya no podan compararse con la sangre, el aceite y el humo. Una sensacin nueva le hormigueaba en los garfios de acero, en las piernas cromadas. Poco a poco se iba purificando. A fin de cuentas, el precio del espectculo haba valido la pena. El tiempo ya no se meda en semanas o meses sino en desgarrones y convulsiones, un tiempo de tierra en llamas. Fuerzas gigantescas despedazaban la tie rra, y el soldado Cceres era un Cceres entre muchos. Todos eran hermanos, fragmentos de un espejo partido. Y de pronto hubo un silencio. Era un silencio inmenso que se extenda sobre la tierra calcinada, sobre la nieve ennegrecida de lodo y sangre. El soldado Cceres amaba esos silencios que puntuaban los momentos de gloria. Cesaban los estampidos de la artillera, el paleteo de los helicpteros, el rugido de los jets, el crujido de los blindados. Era como el silencio que sigue a la creacin de un mundo, una paz de domingo. Hace mucho tiempo, pensaba Cceres, la tierra vomit sus vs ceras, manchndose con sus propios excrementos. Despus qued agotada y las vsceras se convirtieron en cosas brillantes y cristalinas, y en algunas vetas de su corteza la tierra guardaba esos recuerdos, capa s geolgicas de paz seguidas por nuevos arranques de violencia. Si uno estudiaba esa corteza, descubrira que la tierra es taba orgullosa de sus mutilaciones. En esos silencios, el cielo era una membrana tensa, y todos esperaban.

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39 Los prisioneros esperaban. Detrs de las al ambradas, las caras desencaj adas por el fro, por el recuerdo del fro, esperaban un traslado, un plato de sopa, un cigarrillo. Los combatientes esperaban. Limpiaban las armas, se paseaban nerviosamente, charlaban. Los heridos esperaban. Los muertos esperaban. La tierra esperaba. Ellos tambin esperaban, pero su espera era diferente. Las unidades MUTIL se movan grotescamente en la nieve blanda, como grandes colepteros, y la espera era un domingo. Nadie se les acercaba, nadie les hablaba. Slo reciban miradas donde el respeto se mezcl aba con el odio. Se les notaba en la cara? En la retina les quedaban grabadas las grandes visiones, la tierra abonada por los muertos, los helicpteros en llamas lloviendo del cielo como man? Pero esta vez el silencio se prolong. Era como un teln. Como un ballet record el soldado Cceres. Los helicpteros llegaron de noche, barriendo la nieve con haces blan cos que de pronto eran crculos rosados y de pronto una luz sucia y polvorienta bajo una mole oscura que eclipsaba las estrellas. Varios integrantes del personal de auxilio bajaron de ellos, con movimientos urgentes, con listas en la mano. Empezaron a llamarlos por el nombre. Era raro, por que a un soldado MUTIL nunca lo llamaban por el nombre, nunca lo llamaban: le dictaban rdenes por radio, pero las rdenes eran voces grabadas, porque ms que rdenes eran exhortaciones rtmicas, msica de ballet. Adems de raro era poco prctico, porque la mayora de los anotados en las listas ya no estaban presentes. La gente del personal de auxilio los hizo form ar frente a los helicpteros. Les plegaron los rotores, y los subieron uno por uno. Despus los helicpteros treparon en la noche y volaron hacia la retaguardia. Dentro de la cabina todos callaban, y haba olor a miedo. Los helicpteros de transporte aterrizaron en una base iluminada por reflectores. Llegaban, descargaban y despegaban enseguida para regresar al frente. Unidades MUTIL de distintas escuadrillas se estaban concentrando en la base. Las hacan esperar en la pista, en medio del ruido y del viento, y despus las conducan a un galpn enorme rodeado por latas con brea encendida. El interior del galpn estaba alumbrado por lmparas desnudas que despedan un fulgor amarillo y sucio. En el fondo haba una tarima con un micrfono. Esperaron un par de horas, mientras el galpn se llenaba de combatientes. Afuera, el paleteo de los he licpteros de transporte era incesante. Varios PM se paseaban en los espacios vacos, jugando con sus cachiporras blancas. No haba ningn oficial MUTIL. Al fin entr un coronel con uniforme de combat e y casco. Era un entero, y tena la cara roja, agitada, como si lo aguardaran asuntos ms urgentes. Subi a la tarima y acomod el micrfono. La patria les est agradecida, dijo, y el so ldado Cceres sinti una punzada en el vientre. Pronto habremos conseguido una paz justa, y la patria les est inmensamente agradecida. Una paz justa, pens el soldado Cceres sin entender. A travs de los ojos empaados an vea los helicpteros en llamas lloviendo del cielo como man. Las ge neraciones venideras, dijo el coronel, conocern las hazaas de hombres como ustedes, y grabarn sus nombres en el libro de la historia grande de nuestro pueblo. Mientras hablaba el coronel, el personal de auxilio entraba empujando sillas de ruedas. Algunos empezaron a separar los cuerpos de los comba tientes de sus piezas cromadas. Trabajaban expeditivamente, como cuando estaban en la zona de combate. Los separaban de las unidades mviles, los instalaban en las sillas, les arrancaban la tela blanca con el apellido en rojo. Otros desmantelaban cada unidad MUTIL desocupada, amontonando las piezas en cajas de embalaje: armas, prtesis, cascos. Otros miembros del personal tendan cables a lo la rgo del costado de galpn, e instalaban bultos que parecan explosivos en las esquinas y entre las vigas. No slo han infligido al enemigo prdidas materiales, dijo el coronel. No slo le han infligido prdidas materiales, repiti, como si no recordara qu decir a continuacin. Le han dado una leccin moral, aadi resueltamente, una leccin de hombra y coraje. Por eso mismo ellos querrn ensaarse con ustedes, utilizando estas unidades que nos enor gullecen como instrumento de propaganda, como una acusacin. Querrn transformar su gloria en ignominia, pero no lo permitiremos, porque ustedes les darn una leccin de amor a la paz. La justa paz que hemos pactado necesita esa leccin de amor. Las palabras retumbaban secamente en el gal pn amarilleado por las lmparas A su turno, el soldado Cceres fue separado de su unidad e instalado en su silla de ruedas. Cada cicatriz del cuerpo le palpitaba.

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40 El discurso termin con una exhortacin que sonaba como un reproche. Cuando los sacaron del galpn, todos tenan la cara desencajada, caras de doblemente mutilados. Sin ceremonias, casi con sigilo, el personal de auxilio los empuj hacia otra pista donde esperaban aviones de transporte. Sobre sus sombras panzonas volaban remolinos de nieve polvorienta, y en los remolinos se enredaban rdenes y gritos. Silla tras silla los subieron en los aviones. Las turbohlices empezaron a girar y el rugido del avin acall el rugido del viento en la mente del soldado Cceres. Mientras el transporte carreteaba por la pista, mir hacia el galpn, que temblaba a la luz de las latas de brea. Los hombres del personal de auxilio seguan desenrollando cables. Qu hacen con las unidades MUTIL? pregunt el soldado Cceres a un suboficial. El suboficial sonri. Nunca hubo unidades MUTIL. Ahora, chicos, volvemos a casa. El avin despeg y vir trazando un arco sobre la pista. All abajo una sombra hizo seas a otra y una secuencia de explosiones despedaz el galpn mientras ellos ascendan. Las llamaradas arrancaron destellos a la nieve arremolinada. En la cabina penumbrosa, el soldado Cceres mir a sus compaeros: un Cceres tras otro, imgenes de un espejo partido. Rezando, preparndose para afrontar la paz. Carlos Gardini naci en Buenos Aires en 1948. Inici su carrera literaria cuando en 1982 un jurado compuesto, entre otros, por Jorge L. Borges y Jos Donoso le otorg el primer premio a su cuento "Primera Lnea" ("una visin fantasmagrica de la guerra de Malvinas", segn el Buenos Aires Herald). Desde entonces ha publicado varios libros, tanto de cuentos como novelas, que han merecido diversos premios y los elogios de la crtica. Gardini es, adems. un conocido traductor. Ha traducido, entre otros, a grandes de la literatura como Robert Graves, W. Shakespeare, Henry James, y la obra completa de uno de los maestros del gnero de ciencia-ficcin: Cordwainer Smith. Carlos Gardini reside actualmente en Buenos Aires. Libros Mi cerebro animal (cuentos). 1983. Primera lnea (cuentos). 1983. Sinfona cero (cuentos). 1984. Juegos malabares (novela). 1984. Cuentos de Vendavalia (cuentos infantiles). 1988. El Libro de la Tierra Negra (novela). 1991. Los ojos de un Dios en celo (novela). 1996. El Libro de las Voces (novela). 2001. El Libro de la Tribu (novela). 2001. Vrtice (novela). 2002. Fbulas invernales (novela). 2004. Cuentos "Cesarn las lluvias" "El canto del lobo" "xtasis" "Fuerza de ocupacin" "Hawksville" "La ltima tormenta"

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41 "Primera lnea" "Timbuct" "Una tarde en familia" "Venecia en llamas" PREMIOS Primer Premio del Crculo de Lect ores por "Primera lnea". 1982. Diploma al Mrito Konex. 1984. Premio Axxn por El Libro de la Tierra Negra 1991. Premio Ms All por El Libro de la Tierra Negra 1992. Premio UPC por Los ojos de un Dios en celo. 1996. Premio Ignotus por "Timbuct". 1998. Premio UPC por El Libro de las Voces 2001.

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42 SIN NOMBRE Eduardo J. Carletti Sin Nombre avanza en silencio, en una noche de bruma cida, entre los olores de la podredumbre y el deterioro. Sin Nombre es uno de los tantos que apenas sobreviven aqu, en este mundo despreciado, rodeado de basura, muerte y soledad. Sin Nombre no es una invencin. No es un extrao. Sin Nombre existe: eres t. No te descuides, ten calma, camina con sigilo. El muelle es viejo, el cemento est decrpito, las baldosas se fueron hace mucho, pedazo a pedazo, y ahora puedes ver el esqueleto de hierro de esa gigantesca construccin que otrora fuera un signo de grandeza. No es que se vaya a derrumbar a tus pies, todava falta mucho para eso. Quiero decir que tengas cuidado de las apariencias. Si miras con cuidado vers que, tal vez en alguna rajadura, o en lo profundo de una grieta, hay alguna zona de brillante metal, o de lmpido plstico, que no encaja para nada con la totalidad. No, no interpretes mal, no hay nada falso en ese muelle. Es viejo de verdad. Tampoco son signos de que se haya intentado reconstruir o reforzar algo. A nadie le importa eso. Lo que veras si te fijaras son unos artefactos casi invisibles, productos ya casi incomprensibles de una tecnologa ajena, que estn ah para espiarnos. Ojos, odos, captores. Y no te confundas, con esto no pretendo que creas que a ellos les importa algo de nosotros. Pero es obvio que nos vigilan, digamos que por seguridad, aunque no todo el tiempo. Los ojos estn ciegos casi siempre y los odos por lo general no le prestan atencin a nada; pero cuando sea necesario podrn verte, estarn a tu espalda y sabrn lo que haces. Por eso ten cuidado. No del xido ni de los cascotes. Ten cuidado de no sobresaltar sensores, de no despertar sospechas, de no llamar la atencin, de no preocuparles. Ellos estn acostumbrados a vernos arrastrar. Arrstrate. Cul es tu nombre? Juan? Jos? Pedro? Daniel?

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43 No tienes nombre. No conviene tener nombre en esta poca y por lo tanto no lo tienes. Digamos entonces que eres el annimo caminante del puerto, la sombra que avanza en la noche neblinosa, agazapada entre herrumbre y destrozos, m scara y guantes, oscura ropa sobre carne y metal, a la bsqueda de algn resquicio de salvacin, de un pequeo madero en medio del naufragio que te permita elevarte un centmetro ms sobre la mierda, antes de que la mierda te ahogue. S que odias las metforas. S que odiaras estas descripciones. No son para ti, realmente. Eres un hombre de accin; es decir, eres un hombre vivo, lo cual es sinnimo de lo anterior, y nunca te detendras a leer dos frases seguidas. Pero esto va di rigido a otros, a esos pocos que, creo, todava leen, o al menos estn en posicin y condiciones de poder hacerlo, y tal vez ellos, si logro conmoverlos, pueden hacer algo para torcer si es posible el curso suicida de este barco. S, otra vez la metfora. Pero no me odies; no odies a alguien porque hace algo distinto a lo tuyo. No soy tu enemigo. S much as cosas sobre ti porque eres, como yo, uno de los condenados. S que odias la muerte, s que odias la muerte incesante de los que te rodean, de quienes amas, de tus amigos, de tus conocidos, de tus vecinos... Hasta odias la muerte de tus enemigos cercanos no, por cierto, la de ellos, los lejanos porque esas muertes se parecen a lo que imaginas para ti. La muerte es slo una. No hay diferencias en la muer te. Y la muerte ronda a tu alrededor. Sin un nombre con que identificarte, avanzas hacia la hecatombe. La oscuridad es la oscuridad total de una noche sin luna, sin estrellas y sin luces. Tienes tus sub/ojos de segunda mano, unos Croock-1.5+ que te envidiara cualquiera. Los conseguiste una noche parecida a sta, all en el abismo del tiempo, cuando eras casi un nio, matando a varios para obte nerlos. Gracias a ellos ves en la oscuridad, aunque slo lo necesario. Tus ojos de plstico no son mu y buenos, al menos no tan buenos como habrn sido hasta que fallaron all, en el otro mundo, y fueron descartados para luego incluirlos en un embarque con destino al ensimo mundo, a aquel que no tiene ni puede pagar ni siquiera puede soar en pagar bioimplantes de nueva tecnologa. Quiz esos ojos costaron una tonelada de trigo (dos?, tres?) o veinte barriles de petrleo. Nadie sabe, porque es imposible saber lo que se negocia entre ste y el otro mundo, cunto valen las cosas. No se sabe simplemente porque es innecesario Esas cosas no se pueden comprar, slo se pueden robar. Y para eso ests aqu. Avanzas con sigilo, sabiendo que habr otros, que no sers el nico en esta noche de piratas, que debers luchar por ese instante mgico de la hecatombe en que puedas manotear un artilugio desconocido, una pieza usada y descartada que le ag regar un grado a tu capacidad de competir, a tu poder de supervivencia. La nave no es un buque, no al menos algo que se pueda llamar buque est flotando quieta a dos metros sobre el agua sucia, sobre la mierda. Su metal impecable brilla bajo tus ojos de plstico, brilla odiosamente. No hay brillo en otras cosas de tu mundo. El brillo viene de afuera. Viene, se burla un momento, y se va. Tambin odias el brillo. Y la limpieza. Y el zumbido de poder que emana de la nave. Eres odio. Odio puro. Hay una confluencia de lneas, un centro atractor en el movimiento de los muchos fantasmas oscuros que brotan de esa noche y de esa niebla cida que cubre las estrellas. Las mquinas mudas que cumplen el trabajo saben que todos ellos, silenciosos pi ratas de negro, estn all y se acercan, pero no se inmutan. Hay desprecio y tranquilidad en sus movimientos suaves y exactos. Esto no es indicativo de lo que son capaces de hacer si se las irrita. Las mquinas reaccionan; cualquier descastado que haya asistido a un loco intento de este tipo y haya sobrevivido para contarlo lo sabe. Lo harn si se sobrepasan sus umbrales preprogramados, si esas alimaas insignificantes que se mueven por all osan acercarse lo suficiente para tener entidad, para adqui rir una etiqueta y un nmero significativo en sus programas. Pero hablamos de las mquinas de ellos, y ninguna alimaa se enfrentara a las mquinas de ellos. Las alimaas, t entre ellas, esperan. Sin Nombre espera en la oscuridad. Los contenedores son descargados con precisin y van quedando ah, sobre el cemento y la mugre, alineados en forma obsesivamente milimtrica por los brazos

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44 gigantescos de las maquinarias de la nave. Sin Nombre tantea sus bolsillos, donde lleva seis granadas Kenyat-Koomey, las nicas capaces de rajar las paredes de los contenedores. Tecnologa de ellos contra tecnologa de ellos. Ninguna otra co mbinacin es posible. Ni en sueos. Su idea y plan primordial es no usarlas. Va a esperar hasta que otro gaste las suyas. Desde ya que no es tan inocente ni tan estpido como para ignorar que los otros querrn hacer la misma jugada. La escena se convertir en un gigantesco arco tensado hasta lo insoportable y la flecha ser disparada en el ltimo momento posible por aquel que tenga un infinitsimo ms de tensin nerviosa. Sin Nombre est tenso, pero procura dominar al mximo su nerviosidad, cosa difcil cuando la supervivencia depende de obtener antes que otros un artefacto que te cambie las capacidades fsicas incluso las mentales lo suficiente para superar a lo s competidores la prxima vez. l tiene el mejor ejemplo en su cuerpo: su brazo derecho es un implante que consigui hace dos aos, durante un ataque, un brazo cuya mano es torpe y temblorosa para cualquier tarea delicada pero es excelente y certero para manejar armas. Su brazo derecho ya ha matado a m s de seiscientos hombres en distintas situaciones, provistos todos ellos a su vez de diversos tipos de bioimplantes, y en cada ocasin, fuera cual fuera el arma que empuaba, pudo salir triunfador gracias a la velocidad impresionant e de los servomecanismos de su implante. Pero las ventajas, en ese mundo de muerte, dolor, degradacin y mierda, no duran para siempre. Si l se duerme una sola vez, un segundo tan solo, si cede un pice en su carrera de pirata, si una sola vez resulta superado por otro u otros, esos otros tendrn implantes similares o mejores a los suyos y ya no podr competir. Eso no es una fantasa. l lo sabe. Le pas a los otros, a los que murieron. Adems, cosa no desdeable, estarn los policas. Sabes que los policas tienen mejores implantes que los que tienes t. Es una cuestin simple: los Seores de aqu, los verdaderos destinatarios de esos contenedores que llegan peridicamente, los nicos que pueden pagar porque pagan con el nico dinero vlido para los del otro mundo, los pocos recursos naturales que quedan en este infierno de solado, se repartirn lo mejor entre ellos y sus familias, pero nunca olvidarn a sus esbirros, a sus ejrcitos personales, ya que para estos Seores, que estn sumergidos en el mismo pantano de mugre que t aunque en el mejor barrio, sin duda, tambin pesa la necesidad de supervivencia y para eso es necesario que los qu e hacen el trabajo sucio estn bien provistos. S que esta circunstancia no te preocupa mucho. Sabes que los policas tienen una desventaja frente a gente como t, frente a los piratas. Ellos viven bien. La desesperacin siempre ha triunfado sobre la prepotencia. Ellos tien en el poder, tienen las mejores armas, pero estn haciendo un trabajo Cuando lo terminan, sea cu al sea el resultado es decir, si no mueren en la lucha, claro, vuelven a sus casas lujosas y protegidas, a sus mujeres y comi das opulentas, hasta que les llega el turno de enfrentar la prxima emergencia. Es obvio que si luchan con demasiada intensidad, si se exponen demasiado, los desesperados, que son muchos, tendrn una mayor posibilidad de enfocar una mira y matarlos. Los policas slo actuarn, lo sabes muy bien, como valla de contencin. Para ellos ser suficiente el logro de dos objetivos: que los piratas se lleven lo menos posible del embarque y salir con vida de la batalla. As que no sern ellos los verdaderos enemigos. Los enemigos peligrosos son tus colegas. Otros como t, que tampoco tienen nombre. Los sistemas de estiba terminan la descarga, se re traen tras sus portillas brillant es y la nave zumba con fuerza. Los policas arman una formacin de honor, saludando a la nave del otro mundo, y mantienen a la vez una hilera inversa, en prot eccin ante el ataque que saben in minente. Hay dos filas de oscuros uniformes, una de cara a la nave que se retira, la otra de cara a la noche del infierno, espalda contra espalda, en tensin, a la espera del transporte automtico que se llevar ese cargamento de valor ambiguo (basura-all/tesoro-ac) y de la conflagracin inminente. La nave emite un silbido que se eleva en tono hasta sobrepasar los umbrales auditivos y se desliza acelerando. Como una burla, como una odiosa burla, se despliegan amplias banderas a cada lado. Centenares de metros de rojo, blanco y azul impecable. Si eso es posible, si eso tiene sentido, odias los colores. Nada rojo, azul o blanco puede ser bueno. Las banderas flamean en su glorioso egosmo. Odias, tambin, esas estrellas. En un momento la nave ya no est. Un transporte terrestre que esperaba, de acuerdo a las reglas de importacin, a unos centenares de metros, rueda hacia ese escenario que es, por un instante, un

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45 escenario esttico. Los policas esperan, congelados en su lugar, a que las sombras se lancen sobre ellos. Tienen confianza en su poder, en los mecanismos de muerte y dest reza que cada uno posee multiplicado diez veces, pero en su interior, si conservan todava algo de humano, han de tener miedo. Tal vez piensen, intilmente, en lo bueno que resultara que esta vez no haya ataque, aunque eso es lo saben pura quimera. Tal vez no piensen en nada. Al instante siguiente, cuando el transporte ya extiende sus garras de metal hacia el primer contenedor, se desata la batalla. Los policas no son, por ahora, el blanco. Se ve una figura negra que brota de la negrura, una figura de movimiento fugaz que se desliza por el borde del muelle, casi imposible de enfocar visualmente aun con la ayuda de la electrnica debido a la velocidad de sus piernas bioimplantadas. La figura pasa como un rayo por delante de los contenedores, suelta algo y se ve un relmpago. Ya hay otras sombras en movimiento. Todo se acelera, se dispara en una secuencia at roz de imgenes relampagueantes. El ataque deja como consecuencia inmediata un contenedor abiert o. Los policas forman una trama de hilos de luz con sus armas, protegiendo la parte del cargamento que permanece intacta. La figura que hizo el primer disparo se enciende en una llamarada, convirtindose en humo. Tocado y hundido. Hay otras figuras que llegan, manotean y corren. Dos, tres, cinco humaredas ms. Te lanzas hacia adelante. Los policas cuidan el brazo robot del transporte, que introduce contenedor tras contenedor en su panza. El contenedor rajado, abandonado e indefendido, es foco de la depredacin. Las figuras saltan, reptan, se deslizan brincan o corren, pasan por la abertura, manotean algo y luego intentan escapar. Mu chos caen. Nubes de humo y olor a fuego humano. Algunos escapan. Sabes que no hay tiempo que perder. Lo ms valioso de la carga estar, lgicamente, en el corazn del contenedor, y las manos rapaces ya se acercan al tesoro. Saltas tus piernas F-Jumpty nunca te han fallado al mismo tiempo que lanzas la granada. Lo inteligente de la operacin es que nadie espera el estallido de una granada en ese preci so momento, cuando el contenedor est abierto y ofreciendo sus mejores tesoro s al que se quiera servir. No logras sorprenderles del todo, sin embargo. Hay un polica que est atento. Un rayo de luz violenta brota de su silueta y da en tu brazo izquier do, que estalla en pedazos. Pero ya es tarde. La granada se prende de la pierna de un uniformado. El hombre estira su mano muy veloz para ser de carne e intenta arrancarla. El garfio se ha prendido con mucha fuerza y al salir arrastra tela y partes metlicas. Tras la mscara inexpres iva del polica no se oye ni un solo sonido. Ni la muerte parece suficiente para inmutarlos. Ten drn algo humano?, te preguntas. El estallido es mucho ms violento de lo acostumbrado, ya que esta vez no hay una pared casi indestructible para absorber el impacto. La mayor parte de los policas vuela en pedazos y algunos, los ms afortunados o los ms artificialmente reforzados, vuelan completos, como muecos de trapo, hacia el ro y hacia la oscuridad de la zona portuaria Varias sombras, varios sin nombre, caen o son despedazados. En esa batalla no hay bandos. Cada uno es un ejrcito, un enemigo ms. Te levantas de tu lugar tras el contenedor abiert o, das la vuelta, abres la grieta del todo con tu mano de acero y te pones a elegir con tranquilidad. El tr ansporte robot no presta atencin a la situacin y sigue cargando contenedores intactos. Ves sombras que se han quedado esperando, quietas, a que termines tu seleccin. No hay ley entre los descastados sin nombre, pe ro un pirata capaz de dejar limpia la zona de saqueo hasta el punto de poder servirse con tranquilidad merece respeto. Cuando te vayas, seguir la batalla. No antes. Tomas embalajes de diversos tipos, todos envueltos en esos papeles brillantes a rayas rojas y blancas y azules o azules con estrellas blancas, los co lores y las formas de tu odio. Los introduces rpidamente en tu bolsa de pirata. Hay cientos de ojos esperando. No sabes de qu sern capaces. Cuando la bolsa ya no puede contener ni un alfiler ms, te detienes. Ya es suficiente, piensas. Conectas tu sistema de carrera y sales del escenario a dosciento s cincuenta kilmetros por hora, arrastrado por un exoesqueleto casi insustancial desplegado bajo tu ropa. El sistema no es perfecto. Las bateras colapsan en tres o cuatro segundos a dos o tres cuadras de distancia. Te arrojas al suelo en las sombras, entre las ruinas, y estudias tu alrededor. Nadie.

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46 Reptas entre los desperdicios, alejndote de la batalla que se reinicia all atrs, entre fogonazos y carreras veloces. Ests fuera. Y lo has logrado. Tu refugio. Enciendes una dbil luz. Te quitas la mscara y curas las llagas que han dejado la atmsfera cida y el roce de la mscara del respirador sobre tus mejillas. Miras lo menos posible tu rostro arruinado. En algn estante de tu cueva tienes guardado un estuche con una cara nueva para implantarte; una ma ravillosa, incorruptible y perfecta cara de facciones perfectas. Pero no puedes usarla: la odias. Es la cara de uno de ellos, la cara de uno de esos hombres de otro mundo que vislumbraste alguna vez en una portilla elevada, mirndote despectivamente desde su imponente nave. Ojos claros, piel bl anca, nariz recta, boca fina, cabello delgado con un increble brillo de oro. Miras un instante tu derruido rostro, la media nariz, los labios partidos en trozos ya irreconciliables, pero alejas la mirada del espejo. No deseas saber ms. Es tu cara, tu cara de siempre, la que recuerdas, la que vale, la nica que puedes ace ptar. No podras llevar la cara de un extranjero. La cara de tu odio. En silencio, como si fuera una noche de fiesta, revisas tus paquetes. Mientras los papeles de envoltorio arden en una fogata improvisada, lees los folletos y haces el inventario actualizado de tus nuevas habilidades. Ves que tu suerte no fue perfecta. No hay nada con qu reponer tu brazo izquierdo destrozado. Aunque eso, claro, no es tan im portante. Ya conseguirs uno para reemplazarlo. Lo primero que te aplicas, con un a sonrisa, es un par de ojos Lynx Mark-XIII el ltimo y maravilloso invento del mes, segn reza el folleto. De jas los viejos en la caja del nuevo par, por si acaso, ya que la etiqueta de exportacin mues tra, por toda explicacin, una sola palabra: INTERMITENT A eso siguen otras partes, cada una de ellas mejor, ms avanzada, ms exacta y poderosa que la que tenas. Ya no necesitas ciruga: tu cuerpo de ca rne fue quedando en la bolsa de basura de varios cirujanos pirata. Los implantes entran con exactitud en sus enchufes. Un miembro aqu, un sensor ms arriba, una placa pectoral ms abajo, un mdulo de energa en aquel costado. Pruebas cada uno con cuidado para ver si, a pesar de ser nuevos modelos, sus fallas resultan tan malas como para empobrecerlos hasta el punto de que no convenga el cambio. Pero la ciencia del otro mundo es maravillosa. Cada parte nueva resulta inevitablemente, mejor que la anterior. Una vez reconstruido, separas lo sobrante, que ya vers de intercambiar si encuentras con quien por algo ms interesante. Un brazo izquierdo nuevo, un par de ojos que no sean intermitentes, quizs hasta una chica para pasar un buen momento. Te recuestas en el cemento para descansar ese rest o de cuerpo que an est ah, bajo el plstico y el metal, sufriendo resabios de tensin. Con el re lax viene lo malo. La realidad que muerde y desgarra. El grito de odio de la verdad. Eres una rata, un gusano, una sabandija de la pe or clase. Acabas de darte una orga de bajeza y suciedad, te has regocijado revolcndote en la basura. Bebes de las letrinas de tus enemigos. Ests en el otro extremo del cao de sus cloacas, esperando que lancen sus excrementos para alimentarte. La imagen es tan dolorosa que aprietas los dientes con fuerza, masticando el odio y la vergenza. No puedes soportar ms. Cierras el puo presionando el micrombolo en la palma de tu mano, y un segundo despus el clido, dulce, placentero y delicioso plax corre por tu venas. Nunca sabrs, Sin Nombre, si ese depsito fue siem pre parte del implante o si lo pusieron para ti, para la rata. Sabes que ellos nunca fueron "seoritas", que siempre se dieron con algo. Pero sospechas que ahora ponen plax en todos los implantes que mandan para ma ntener a las ratas tranquilas, pacficas y contentas. Cierras los ojos para llorar, pero no puedes hacer lo. Maldices en silencio, con toda la fuerza de tu mente. Pero no logras nada. No hay desahogo posible. El universo sigue igual. Sucio, miserable. Mientras la somnolencia de la droga hace presa de tus restos de carne y te va relajando, vuelves a la realidad y piensas en ti, en lo que te espera maana. Debes salir a la caza, matar a alguien y

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47 arrancarle el brazo antes de que una situacin cualquiera de peligro te ponga como vctima en desventaja, con un brazo menos. Un resabio de tu yo, un esbozo de ti mismo que emerge del sopor de la qumica se retuerce furiosamente en tu interior, rechazando la idea. Luego la droga avanza y entonces s, planeas, en medio de la soledad y la inconsciencia, tus prximos movimientos de cazador. Eduardo J. Carletti naci el 17 de abril de 1951 en el barrio de Caballito en Buenos Aires, Capital Federal de Argentina. A los 5 aos sus padres lo llevaron a vivir, junto a sus dos hermanos, a un lugar que para entonces era ms campo que lugar urbano. Su infancia, esa poca de la vida que se cree es la que marca a las personas, estuvo rodeada de la naturaleza y los momentos de intensa tranquilidad de las tardes, el olor a ozono y a tierra mojada de los das de lluvia, el sonido de los pjaros e insectos cuando apretaba el sol. Eduardo est feliz de haber puesto a Axxn en este mundo, un hito importante de su vida, que se completa con cosas no menos trascendentales como haber engendrado dos hijos, haber encontrado a la mujer de su vida y tener el ms magnfico recuerdo de sus padres, pleno de amor y orgullo. Para ms datos, se puede picar el link que lleva a una mini-biobibliografa que se public hace un tiempo en la revista A Quien Corresponda de Mxico, y que fue reproducida en la Enciclopedia de la Ciencia Ficcin argentina.

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48 MUCHACHA EN PABELLN CON FONDO DE VOLCANES Ricardo Castrilli De pronto, record que a esa hora yo no deba estar all sino en Yakarta, con Pamela. Tena que deshacerme de esa estela de aclitos que arrastraba. Estbamos en procesin por el aniversario de la muerte de no s qu personaje, y yo portaba una cosa pendulante que colgaba de tres delgadas cadenas de plata y echaba humos para todos lados y me haca lagrimear. Era mi primera vez en ese sitio, y no acababa de encontrarle la gracia. Los idiotas no me perdan pisada, entre salmos y plegarias; les haca dar vueltas y vueltas entre las columnas de mrmol, desvindome sorpresivamente a uno u otro costado cada vez que estbamos a punto de llegar a donde evidentemente se supona debamos llegar, una especie de monolito de piedra acostado y con un mantelito arriba. Cortaba por alguna de las alas laterales con toda la banda detrs, cantando, la mirada perdida en lo alto, y reiniciaba por una ruta alternativa, bajo la mirada colrica de las ajadas imgenes de los altares secundarios. Un buen detalle. La chusma segua cualquier rumbo que yo tomase, sin sombra de cuestionamiento. Sin embargo, ya no me resultaba divertido, y los detalles no eran tan exclusivos como me los haban pintado. Unos molestos letreros rojos aparecan destellando cada tanto en las paredes, como queriendo atraer mi atencin, en absoluta discordancia con la adusta superficie ptrea. Yo no les daba el gusto. La publicidad estaba invadiendo los mbitos ms privados a un ritmo ofensivo. Mi categora, supuestamente, me inmunizaba contra ese tipo de intromisiones. Para eso pagaba. Presentara una queja a la Empresa, pero luego de mi cita con Pamela. Le pas la fumarola al tipo que me segua, cruc a los saltos por entre varias hileras de bancos de madera y me met en la cabina de teleportacin que estaba afuera, al lado de la entrada de la catedral. Marqu las coordenadas de casa, porque se impona un cambio de indumentaria. El transporte era tan instantneo como puede serlo un guio, pero estaba tan urgido por la hora que, de alguna manera, cuando aparec en la cabina de mi hall de entrada me las haba ingeniado para estar ya a medio desvestir. El encargado del sitio haba insistido en echarme encima varias capas de tnicas blancas que me hacan ver como una especie de querubn sin alas, y el de ngel era el ltimo avatar que yo hubiese elegido encarnar frente a Pamela. Esa chica no era broma. Era una mujer de verdad, y yo no quera hacer el ridculo. Me puse una camisa suelta de colores vivos, unos pantalones cortos y anchos y unas sandalias de cuero, y entr a la cabina, papel en mano. No tena tiempo para despistes, as que ingres las coordenadas muy cuidadosamente. No sera la primera vez que desayunaba en un sitio convencido de estar en otro, y no quera darme cuenta, despus de media hora de bsqueda infructuosa, de que estaba en Vietnam en lugar de Yakarta. Salt. Era como ella me haba contado. Las coordenadas daban a una cabina que se abra a un parque amplio, de vegetacin exuberante pero bien cuidada. Hacia la izquierda naca una larga balaustrada que delimitaba la zona parquizada. Detrs de sta, ms all de una franja de arenas blancas, se vea el mar. De las aguas emergan, a lo lejos, un par de humeantes hermanos menores del Krakatoa. Haba salidas con escalinatas anchas que daban a la playa y pabellones tpicos sembrados aqu y all. A la derecha, un camino tapizado de pedregullo y flanqueado de palmeras ascenda hasta una construccin majestuosa de estilo ms occidental. Pamela estaba, tal como lo haba prometido, esperndome en uno de los pabellones de techos de paja. Los nicos signos visibles de la espera eran una ceja apenas alzada y un par de copas, vaca una y a medio vaciar la otra. El resto era poesa: un fresco contemplado a la distancia, una pintura de sas que haba visto en El Prado o en algn otro de esos museos de vejestorios;

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49 un Gauguin, quizs, algo como: "Muchacha en Pabelln con Fondo de Volcanes" Me acerqu despacio, tratando de no quebrar el hechizo. Bebi apenas un sorbo ms y me pas la copa superviviente. Una de las cosas buenas que tiene el compartir con otro el universo: no podra decir de qu bebida se trataba, pero s que era deliciosa, imprevisible. Algo que no habra elegido yo. Ascendimos, camino al edificio grande; lo ro deamos y nos sumergimos en las estribaciones menores de la fiesta. Entindase, una verdadera fiesta, no esas insignificancias acartonadas que uno est habituado a asociar con la sola mencin de Fiesta Nacional Era el 17 de Agosto, y estbamos en Indonesia. Haba de todo: grupos de acrbatas dando volteretas imposibles, msicos ambulantes arrancando maravillas de unos instrumentos primitivos, magos, animales amaestrados, mendigos sonrientes y adivinos y teatros de sombras a la luz del sol. Un hombre pequeo me tiraba de la manga de la camisa; le di unas monedas y me alej. Entre unos y otros, la gente se demoraba en los puestos que servan bebidas y alimentos a discrecin. Y estaba Pamela, por supuesto, que eclipsaba todo lo dems, con esa forma deliciosa de tomarme de la mano mientras me guiaba de aqu para all por entre la marea, absolutamente diferente de las otras, de cualquiera de las otras que acostumbrab a invocar en mis correras. El solo roce de su mano me estremeca de una manera que ya considerab a extinguida para siempre. Ella estaba viva, maravillosamente viva, y me felicit por haberme atrevido a concertar la cita. La multitud creca. Un hombre se me cruz en el camino tan sorpresivamente que casi me separa de la mano adorada. Seor me dijo, pero yo ya me alejaba en pos de Pame la. Seor! De alguna manera me recordaba al mendigo, un poco ms alto y mejor vestido. Yo no necesitaba sus disculpas, as que segu mi trayectoria entre la gente y lo dej atrs. Por fin, llegamos al sitio que ella buscaba: un parque de diversiones, un Laberinto de Espejos. Uno realmente grande. Me desafi a que la alcanzase y entr, dejando como nicos rastros su risa luminosa y una estela de reflejos mltiples cada vez ms difusos. La hubiese seguido de inmediato, pero algo me lo impidi: un calco gigantesco del mendigo y el otro hombre, un tipo enorme que se me interpuso en el camino, vestido, esta vez, con levita y sombrero de copa. Aparentemente, en RV se estaban quedando escasos de rostros. Otro punto para incluir en mi reclamo. Intent sortear el escollo, pero no hubo caso. El hombre la tena conmigo. Seor me deca, bloqueando uno a uno mis intentos. Insisto. Necesito imperiosamente hablar con usted. ...S, s. Seguro le deca yo. Pero a la sa lida, quiere? Espreme a la salida. Estoy con alguien ms. Precisamente, seor. Le caer bien a la se orita enterarse de que usted est en mora? Cmo dice? ...Quin es usted? La Empresa, seor. Realidad Vi rtual. Hace horas que tratamos de avisarle de que su cuenta expir. Necesita renovarla si desea continuar. Pero usted nos ignora. Ignorar, qu? ...Ah, ya entiendo: el mendi go, los letreros rojos, en la catedral! S. Los letreros rojos. Y all no estaba la seo rita, ni nadie de existencia real; nadie ms que usted; todo sinttico, lo habitual. Podra haber prestado algo de atencin. Lo siento. Tiene razn. Apenas termine este viaj e le hago la transferencia. Simplemente, me olvid. Ahora, djeme pasar, por favor. No. No es posible. Yo estoy aqu slo por co nsideracin a la seorita, tratando de avisarle a usted discretamente. No es habitual que dos seres reales compartan una misma Realidad Virtual. El trmite normal hubiese sido cortar su conexin, pero eso le hubiese afectado tambin a ella. Y ella s est al da. Bueno, est bien. Tome nota de mi nmero de tarjeta, pero aprese, por favor. La voy a perder de vista! No, seor. Recuerde que las transacciones rea lizadas en espacios virtuales no son de curso legal, por lo que usted debe salir de aqu y efectuar el pago. Y pronto, si quiere regresar y encontrar a su acompaante. Hasta aqu lle ga mi comisin. Adis.

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50 Y desapareci. Yo hice un poderoso esfuerzo de voluntad, con una ltima mirada al laberinto, e interrump el contacto. Tena que apurarme, desenchufarme fsicamente de la terminal, conectar la unidad de transacciones y efectuar la estpida tran sferencia de fondos. Lueg o, y en tiempo rcord, tendra que volver a conectarme los electrodos al cuerpo y engancharme a la red. Ya estaba harto de mujeres virtuales. Tena que seguir intimando con Pa mela. Tal vez an estuviese all, y accediese a que nos visemos en persona, alguna vez. Carne sobre carne. Algo chocante, pero necesario. Despus de todo, alguien tena que ser la madre de mis hijos. Era un servicio que la Red an no cubra.

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51 EXISTE UN CINE CIBERPUNK ARGENTINO? Tal vez un precedente lejano de lo que podra ser en el futuro el cine ciberpunk argentino, ms por la atmsfera lograda que por su propia temtica es el filme "Lo que vendr" (1987) de Gustavo Mosquera R., una produccin que seguramente no podra haber prosperado sin el xito de "Hombre mirando al sudeste". "Lo que vendr" parte de una relacin entre un joven (tambin interpretado por Hugo Soto) herido de bala en una manifestacin de protesta en una Buenos Aires futurista, el enfermero que lo cuida y su propio victimario, un oscuro polica. Si bien la trama es realmente confusa y poco clara, el film brilla por su factura visual. Su director se las arregla para mostrar una ciudad absolutamente diferente tan solo con unas locaciones especialmente elegidas y una puesta de cmara arriesgada. "Lo que vendr" fue la primer pelcula argentina en usar steadycam (un sistema de sujecin de la filmadora que permite una "cmara en mano" mucho mas fluida). "Alguien te esta mirando" (1988) es una rareza dentro del cine argentino por su alto contenido gore (alto dentro de su contexto). La pelcula narra las desventuras de unos jvenes que son sometidos a experimentos por unos cientficos norteamericanos. En este experimento los jvenes son llevados a un extrao sueo con unas drogas y gracias a algunos aparatos raros logran conectar los sueos de todos. El problema es que dentro del "sueo" uno de los participantes empieza a asesinar salvajemente a sus compaeros. Como sabemos muy bien, si alguien muere soando tambin muere en la realidad. "Alguien te esta mirando" cont con la participacin de actores desconocidos, salvo la breve aparicin de Stuka guitarrista de la banda punk Los Violadores, grupo que compuso un tema para la ocasin dndole un perfil netamente juvenil a la pelcula. La direccin recay en manos de Gustavo Cova y Horacio Maldonado quien con esta pelcula presento su tesis acadmica en el Instituto de Arte Cinematogrfico de Buenos Aires. Ya en la dcada de los 90 sale a la luz la pelcula Moebius, de 1996, de Gustavo Mosquera R., el mismo director de Lo que vendr Tome una cinta de papel y nala por sus extremos para formar un anillo; eso s, antes de pegarla gire uno de los extremos. La cinta resultante ser la famosa Cinta de Moebius: aunque no ha dejado de ser un objeto material y simple, posee una sola cara, una sola superficie, cosa demostrable por el simple mtodo de trazar sobre ella una lnea, recorriendo toda la longitud del papel sin levantar el lpiz ni una sola vez: la lnea concluir donde empez, mordindose la cola como la serpiente mitolgica. Si ahora uno apela a una tijera y corta la cinta siguiendo el trazo, no se obtendrn, como cualquiera esperara, dos anillos de papel: ser solamente uno. Otra rareza. Si se repite la operacin, el resultado sern dos aros de cinta encadenados. La cinta la ide (o

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52 la descubri) un matemtico llamado Moebius, hace unos cuantos aos, y es uno de los chiches ms amados de la topologa. Inspir los dibujos del holands M.C. Escher y fue, entre otras cosas, el punto de partida para notables relatos fantsticos, debidos a Franz Kafka, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Tambin inspir, junto al no menos famoso y extrao Frasco de Klein, al norteamericano A..J. Deutsch a la hora de escribir "Un tnel llamado Moebius", publicado en 1950, cuando la topologa haca furor en el mundillo de la Ciencia Ficcin. La idea del cuento, magnfica por cierto, atrajo a Gustavo Mosquera R., uno de los pocos hacedores de cine en la Argentina que se anim a incursionar en el gnero. Segn los espectadores que la vieron y opinaron en San Sebastin, en Moebius la metfora es contundente: un tren con ms de treinta pasajeros desaparece en el circuito cerrado de los subterrneos porteos. La tarea de bsqueda queda a cargo de un toplogo, que no consigue dar con el viejo diseador de la Tranway hasta que, con la ayuda de una nia, consigue entrar en carrera hacia la revelacin final. Este filme es un ejemplo ms de esas raras producciones que estn apareciendo en los ltimos aos y cuya digesis est fundamentada en algn concepto matemtico como las norteamericanas Pi, el orden del caos y El cubo, pelculas inclasificables, cuya relacin con el ciberpunk viene dado, precisamente, por la complejidad de los conceptos utilizados. La sonmbula (1998), de Fernando Spiner es una pera prima de extraordinaria madurez. Muestra como una cinematografa nacional puede crear un film de Ciencia Ficcin digno, de muy buena factura, sin recurrir a los excesos de los efectos especiales y basado en una historia inteligente, ya que una buena trama es el sello de las mejores obras del gnero tanto en la literatura como en el cine. La sonmbula se ubica en 2010, en un estado con caractersticas totalitarias. Dicho estado ha efectuado una serie de experimentos que dan por resultado que 300 mil personas tengan amnesia y olviden todo. Ante el desastre, el estado busca rehabilitarlas por medio de terapias. Sin embargo, abajo se oculta un movimiento de resistencia encabezado por un mtico personaje: Gauna. Se llama a descubrir lo que verdaderamente implica la manipulacin teraputica del estado y a abandonar las ciudades en busca de la verdad. El argumento de la cinta puede leerse como una alegora de la resistencia ante los gobiernos militares argentinos, y como una bsqueda de la recuperacin de la memoria de una sociedad. Si se contaba con que el paso natural del tiempo creara el olvido de todo lo que en Argentina ocurri, la cinta muestra que el control de la memoria escapa al estado porque hay un depsito individual incontrolable. En ese sentido, el paso del tiempo va en una direccin y la memoria en otra. El recuerdo trata de recuperar lo que realmente ocurri y de escapar a las versiones oficiales. En ese sentido, es perfectamente vlido leer este film en la clave alegrica de la situacin poltica argentina que se deriv de los regmenes militares. Pero, adems de leerse en esa clave, La Sonmbula tambin es una obra de Ciencia Ficcin con fondo de drama psicolgico. Del gnero, la cinta toma elementos que son clsicos: cientficos manipuladores, agentes del estado, antihroes, viajes iniciticos, ciudades atestadas. Tambin se pueden citar obras como 1984 (Orwell), los cuentos de J. G. Ballard, fragmentos de Silverberg y Sturgeon, etc. Pero el logro de La Sonmbula es usar elementos conocidos del gnero y crear una historia propia, realizada con eficacia. La cinta comienza en blanco y negro, en una ciudad donde una parte de la poblacin ha perdido la memoria, por lo que se implementan terapias para el recuerdo. Pero detrs de los mdicos est el aparato del estado en busca del lder de la subversin. Al instituto va a parar Eva Rey, la sonmbula (Sofa Viruboff). De inmediato se le detectan recuerdos y sueos de una densidad y colorido fuera de lo comn, adems de que sus sueos pueden ser premonitorios y parecen ligados al lder que busca el aparato estatal.

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53 La relacin entre el investigador y la paciente est bien contada, con buen uso de los recursos cinematogrficos como la visualizacin de la comput adora, la mezcla de color y blanco y negro en la pantalla, una edicin adecuada y un magnfico trabajo de fotografa. Los recursos plsticos y los efectos especiales no se usan por s mismos -ni para apantalla r al espectadorsino que se usan para enriquecer la trama y dar un carcter onr ico a esa realidad futura. En la trama se mezcla Ariel Kluhe (Eusebio Poncela), un delator al servicio del estado. Ariel es otro amnsico, que vive con su mujer e hijo, pero que no est seguro de estar relacionado con anterioridad a ellos. Su familia es rehn del estado para que acompae a Eva, ya libre, en la bsqueda del mtico lder Guana. Ariel lleva un dispositivo en el cuerpo para ser rastreado por el aparato policial del estado. Para huir, Ariel localiza a Eva en un barco, pero la fuga que acepta el polica estatal Santos se ve entorpecida por dos policas aduanales mujeres. El gancho de la trampa es el sexo mismo, donde la mujer polica implica una especie de impotencia general masculina que no afecta a Ariel. Una temtica extrada en parte de la Nueva Ola de la CF en sus planteam ientos ms feministas, curiosamente. Del opresivo ambiente de ciudad, Eva y Ariel viajan al mtico Sur argentino, de estancias y grandes extensiones de tierra. Es un viaje en busca del sitio que suea y recuerda Eva: una casa llena de verdor, una pequea ciudad que no aparece en los mapas, de nombre Saavedra. El viaje es inicitico. Los personajes se enamoran mientras el espectador observa los mutuos ajustes psicolgicos al nuevo entorno. Ariel es quien ms cambios sufre por conocer sus rdenes secretas, Eva vuelve a la vida por sus sentimientos. Los cambios ecolgicos son impresionantes. El director Spiner habla de un Sur desolado, sin habitantes, con troncos de rboles que se sumergen en pantanos. Las estancias abandonadas se suceden, los poblados muestran sus calles inundadas. Hay una imagen clave: una bandada de miles de pjaros que sobrevuela a los protagonistas. Esta ltima imagen tiene gran fuerza evocadora. En medio de un paisaje desrtico, en el silencio, los personajes bajan del automvil. De pronto, del horizonte surgen miles y miles de pjaros que pasan por encima. No es una evocacin de Los pjaros de Hitchcock. Es una manifestacin de que la naturaleza ha tomado otro curso distinto, desconocido e incontrolable. La cantidad de animales hace que el espectador intuya la magnitud del cambio. Esta escena refuerza el argumento de que los efectos especiales son utilizados para enriquecer la visualizacin de la historia y no por s mismos. Esta es una de las virtudes evidentes de La sonmbula A lo largo del viaje, donde los personajes descubren su mutuo amor, solo hay una escena de cama. Ambos llegan a un hotel que es la nica construccin en esa zona. La escena de amor est entrecortada con los sueos de Eva, en otra cama, en otra casa. El montaje mezcla elegantemente las dos realidades: el tiempo real y la memoria... Pero el espectador an no tiene la certeza de cual es cual dentro del universo narrativo de los personajes. El momento llega para los amantes en el que tienen que decidir en cual de los dos mundos deben actuar o habitar. En ese sentido, el final de la cinta podr a sentirse como anticlimt ico. Pero el espectador, antes de juzgar, debe recordar que esta es una cint a argentina, y que el gui n tiene otras fuentes de inspiracin ms cercanas que la propia Ciencia Ficcin. El final de La Sonmbula abreva en las races de la literatura ar gentina, en la obra de imaginacin que construyeron Borges y Bioy Casares -juntos y separados-. Las realidades que se viven y se pi ensan se mezclan adecuadamente en La Sonmbula El final evoca cuentos de Borges como, por ejemplo, El otro (en El libro de arena ). El remate de la cinta no es extrao a la Ciencia Ficcin, pero se adentra ms en los laberintos de la mente, del sueo y de la imaginacin que crearon estos dos es critores argentinos. Los juegos de tiempo, memoria, recuerdo y olvido estn plenamente justifi cados. Lo interesante es que La sonmbula pueda evocar sus fuentes y, a la vez, sentirse como una reelab oracin original de las mismas. Cndor Crux (1999, Juan Pablo Buscarini, Swan Glecer, y Pablo Holcer). Primer largometraje de animacin para adultos argentina, de factura internacional, d onde la accin se desarr olla en el ao 2068, en el que el jefe de una corporacin gobierna caticam ente el Cono Sur del continente americano. El Dr. Crux es un viejo cientfico rebelde y su hijo Juan Crux debe transformarse en el hroe esperado para combatir al malvado y sus secuaces. Por varios motivos Cndor Crux es una realizacin poco comn. Es la primera pelcula de animacin digital que se realiza en la Argentina, por lo que el salto en calidad de imagen es notorio. Y tambin su historia y sus personajes van ms all de la aventura infantil, del caballito valiente o el nenito travieso. Cndor Crux no es un dibujo animado para chicos, al estilo de Dibu o Manuelita. Est creado para un pblico adolescente y pensado en una explotacin

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54 latinoamericana. Su protagonista, Juan Crux, viaja en un mundo globalizado de una urbe como Buenos Aires al Amazonas, y de all a Machu Picchu, como una forma de integrar paisajes, pero tambin mercados. La pelcula tiene un comienzo promisorio, en el que aparece Darwin, ciudad futurista techada con un Obelisco en medio, en una visin nocturna mientras la polica busca un foco rebelde entre los edificios. Est tras la guarida del doctor Crux, un cientfico que encabeza la rebelin contra el tirano Phizar, cabeza visible de una malfica corporacin global. Como su hijo Juan Crux es el agente a quien se encarga la captura del revolucionario, la trama se abre a ciertos vericuetos clsicos del cmic (la figura idealizada, en el caso, el padre; la pelea a muerte entre el poderoso y el supuestamente dbil). La pelcula comienza a combinar distintos tipos de persecuciones, las que irn marcando el ritmo del relato. Pero a poco de desandar la trama, la atencin quedar prcticamente circunscrita a la animacin 3D o a la banda de sonido de la pelcula. Los personajes son animados de la manera tradicional, pero se mueven en un mundo en el que gracias al software los paisajes y los fondos parecen reales. Y hay un desfase en Cndor Crux que altera la visin. Los seres humanos se mueven o muy rpido o en ralenti, por lo que la mayora de las veces no se los ve de cuerpo entero. Los desplazamientos de sus cuerpos contrastan con la belleza y la armona de los fondos o los movimientos de las naves espaciales. Si la animacin en 3D es asombrosa, los dibujos que aparecen en primer plano marcan un contraste notorio, y a veces molesto. As, la composicin total de la imagen, en vez de ganar verosimilitud, la pierde. Esto no es Toy Story pero tampoco Manuelita. Parece ser un paso grande para el afianzamiento de una industria de la animacin, que prximas pelculas habrn o no de confirmar. CONDOR CRUX (Argentina/1999), 80. Apta todo pblico Gnero: Animacin Direccin: Juan Pablo Buscarini, Swan Glecer, Pablo Holcer Con las voces de: Damin De Santo, Leticia Bredice, Arturo Maly, Pepe Soriano Salas: Village Recoleta, Santa Fe, Normandie Buena Adis Querida Luna (2003, Fernando Spiner). El filme propone un futuro devastado por feroces inundaciones. La incierta hiptesis de un todava ms incierto cientfico argentino adjudica las frecuentes catstrofes de toda ndole que est padeciendo nuestro planeta en un futuro no tan lejano a la determinante influencia de la Luna en la inclinacin del eje terrestre. De modo que para terminar con maremotos, inundaciones, sequas, tifones y otras calamidades similares no existe procedimiento ms drstico y efectivo que enviar una misin militar al satlite y destruirlo. Se comprende que estamos en el terreno de la ciencia ficcin, no tanto por la complejidad de la gestin que debe emprenderse sino porque Argentina, contrariando la larga tradicin de dejarlo todo para despus, decide tomar el toro por las astas, lanzar una nave propia al espacio, bombardear la Luna y restablecer la normalidad terrquea. Futuro y todo -estamos en 2068-, hay usos, costumbres y estilos autctonos que no se han perdido. Un ejemplo: no se ha consultado (ni siquiera informado) al resto del mundo; la misin es secreta y cuando se la descubre llueven sobre el pas sanciones internacionales. Otro: el nimo poltico local sigue siendo muy impredecible, as que la operacin es cancelada a mitad de camino y los tres astronautas terminan abandonados a su suerte justo cuando ya tenan el ojo puesto en el blanco selenita. La situacin lmite desnuda sus pasiones y sus flaquezas. No queda muy claro el objetivo de esta comedia, luntica en ms de un sentido. Puede sospecharse cierta intencin pardica, sobre todo cuando los pobres nufragos espaciales (felizmente para ellos encerrados en una nave donde todo estar un poco atado con alambre, pero por lo menos rige la ley de gravedad), empiezan a experimentar alteraciones de conducta, al punto de llegar a materializar sus

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55 obsesiones. Puede inferirse que el propsito era pasar revista a ciertos rasgos de la idiosincrasia nacional y tomarlos en solfa cuando se manifiestan sin tapujos por culpa del forzado aislamiento. Puede entenderse, en fin, como un experimento de libre improvisacin propuesto a tres o cuatro actores ocurrentes y bien fogueados en el ejercicio de la comicidad alocada. Pero quiz lo que ms claramente se perciba en los responsables del film es la voluntad de divertirse dando piedra libre al delirio y el absurdo, ya presente desde el propio origen de la historia. Claro que la diversin no es siempre contagiosa y adems, tanto para afrontar la parodia a la ciencia ficcin, como para la broma satrica o el disparate hacen falta ingenio, chispa, agudeza, inspiracin humorstica, elementos que el guin aporta en una dosis bastante exigua. Los bien empleados efectos especiales y la creatividad volcada en la puesta en escena favorecen la pulcritud formal de esta novedad resuelta, en trminos de produccin, con ms ingenio que despliegue de medios. Ultra-Toxic, que recibi una mencin por su montaje en el Buenos Aires Rojo Sangre 2005, es una hipntica superposicin de imgenes y texturas sonoras; tal vez la primera pelcula netamente cyberpunk argentina. Peter Shek es un drogadicto, que luego de escapar de una operacin fallida, en la cual insertan un chip en su cerebro, sufre una crisis aguda debido a la fusin entre el Programa residente en el chip y su adiccin la drogras. Este programa posee personalidad propia (Bradley) la cual lleva a Peter a cometer toda clase de actos violentos y a rebuscar entre la basura de los suburbios para inyectarse tecnologa. Diane, lder de un grupo activista contrario a este tipo de operaciones, encuentra a Peter y le ofrece una solucin sexual a su problema con el Programa, mientras este es perseguido por agentes del gobierno quienes quieren estudiar la falla del programa. El presupuesto de la pelcula, segn su propio director, fue "bastante bajo", alrededor de los 300 pesos. En cuanto a recursos tcnicos para UltraToxic se usaron cmaras de VHS de toda clase (Vhs, Super Vhs, Vhs-C) que le fueron prestando a lo largo del filme. Tambien una cmara de fotos digital para filmar algunos inserts y hacer los Stopmotions, y dos foquitos de 300 Watts, uno de 150, un trpode de foto y algunos cassettes VHS.

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56 HISTORIA DEL CINE CIBERPUNK. (Captulo 24) Mutronics (The Guyver). Los Inmortales II: El Desafo En la oscuridad de la noche, un hombre en bata de laboratorio huye por entre las sombras de un polgono industrial. Lleva consigo un maletn acerado y avanza por el polgono. Abre el maletn y saca algo de l, escondindolo entre la basura y los escombros de una nave industrial abandonada. Se deja caer por un alto terrapln y es cuando sus perseguidores le avistan. Agotado, el hombre de la bata se detiene y es presa fcil para sus aprehensores. Llega un coche. De l sale un siniestro personaje e intercambia palabras con el cautivo. Le arranca el maletn de las manos. Ms palabras. An puede volver, le dice. Como respuesta, el hombre de la bata se transforma en una extraa criatura, de poderosos msculos, afiladas garras y cierto aire a un ser acutico. El hombre siniestro no se inmuta. Sus sicarios tampoco. El hombre siniestro tambin se transforma en criatura, sta de mayor tamao y poder, puesto que vence a la criatura que antes fue el cientfico con facilidad. Luego, festeja la posesin del maletn con sus sicarios... Podra ser un gran prlogo para una buena pelcula de monstruos, mutantes, y dems. Pero es el prlogo de un filme de 1991, producida por Brian Yuzna y dirigida a cuatro manos por Screaming Mad George y Steve Wang. Es el prlogo de..The Guyver. Si juntamos a Mark Hamill (Luke Skywalker), a unas extraas criaturas procedentes de otro mundo que llegan a la Tierra para desarrollar una poderosa arma orgnica y que este poder se desarrolla dentro de los humanos, a quienes convierten en hombres con poderes extraordinarios y gran maldad.... En esta pelcula como personaje principal tenemos al chico que accidentalmente se convierte en el "Guyver", o sea, en el arma mitad humana, mitad aliengena con la que luchar contra los malos. Por lo dems, mucho latex, guin nulo, luchas eternas cada dos minutos, monstruos que salen por todos los sitios, y el monstruo final que da pena... Pero lo peor de esto no es que exista esta pelcula, sino que hay una segunda parte titulada Guyver: Dark Hero Los Inmortales II: El Desafo (1991) (Highlander II: The Quickening) Ao 2024. Tras 600 aos de existencia, Conner McLeod (Christopher Lambert) envejece en la Tierra despus de haber conseguido el volver a ser mortal. Los tiempos son difciles porque la capa de ozono desaparece rpidamente y mueren a diario miles de personas. McLeod pone en marcha el proyecto de un escudo protector que impida la excesiva radiacin solar. El tiempo pasa y el mundo es ahora triste y gris, sin esperanza. En Zeist, el lejano planeta de donde fueron exiliados los Inmortales que llegaron a la tierra, el Tirano Katana (Michael Ironside), ignora que McLeod eligi el ser mortal, y teme que utilice el poder adquirido por la eliminacin del resto de los Inmortales para regresar a Zeist y desbancarle. Katana enva a dos sicarios a la Tierra para terminar con McLeod, pero al fracasar en su empresa, los sicarios provocan que McLeod recupere la inmortalidad y la juventud. Katana se ve obligado entonces a acudir l mismo a buscar a su rival, y acabar con l

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57 personalmente. McLeod vuelve a sentir toda la fuerza y energa concentrada de los Inmortales exiliados a la Tierra pero, sobre todo, la presencia de su gran amigo Juan Ramrez (Sean Connery). As, se dispone al duelo final con Katana porque, al final, slo puede quedar uno. La segunda parte de Los Inmortales vio como su ar gumento se tornaba decididamente hacia la cienciaficcin. En un futuro prximo la capa de ozono a desaparecido por completo y los rayos del sol causan estragos en la poblacin, Connor M acLeod es el encargado de disear un escudo que proteja a la Tierra sumindola en una oscuridad perpetua. La escenografa recuerda vagamente a Blade Runner y tal vez este hecho junto al planteamiento inicial sea lo mejor de la pelcula. A pesar de contar de nuevo con Sean Connery y Christopher Lambert repitiendo pa peles y con la incorporacin de un estupendo Michael Ironside, la pelcula pierde definitivamente la esencia de la original. La historia sobre Zeist, el planeta de origen de los inmortales, es rutinaria y carece de nexos que la acerquen al planteamiento de la primera pelcula, un necio intento de dar respue sta a algo que no requera una explicacin. Ficha Tcnica : Ttulo original: Highlander II: The Quickening Ao: 1991 Compaa: Lamb Bear Entertainment Director: Russell Mulcahy Guin: Gregory Widen, Brian Clemens Actores: Sean Connery .... Juan Snchez Villa-Lobos Ramrez Virginia Madsen .... Louise Marcus Christopher Lambert .... Connor MacLeod Michael Ironside .... General Katana Allan Rich (I) .... Allan Neyman