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Qubit

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Material Information

Title:
Qubit
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Cubit
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- History and criticism -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

Record Information

Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - Q01-00027-n27-2007-04
usfldc handle - q1.27
System ID:
SFS0024302:00027


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2 ndice: 1. El carcter poltico de la ciencia ficcin uruguaya. Pablo Dobrinin 2. El hombre artificial. Horacio Quiroga. 3. Entrevista: Mario Levrero o el mundo del alma. Alberto Chimal 4. La calle de los mendigos. Mario Levrero 5. Ganadores. Captulo 1, de Tarik Carson. 6. Inferencia probabilstica. Enrique Castillo 7. El regreso del capitn Rayo. Pablo Dobrinin 8. Monstruos. Roberto Bayeto 9. Historia del cine ciberpunk. Captulo 26. Tetsuo II. Body Hammer (1992)

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3 El Carcter Poltico de la Ciencia Ficcin Uruguaya por Pablo Dobrinin Es muy difcil y hasta inoportuno hablar de un proceso. No slo por la cantidad exigua de obras de cf, sino tambin porque algunas de ellas slo tangencialmente pueden considerarse como tales. Adems, para que se d un proceso debe haber una continuidad, y un contagio, que no los hubo. Por varias razones: porque los escritores rara vez se han ledo entre ellos, por la inexistencia de una coleccin especializada, y por el carcter efmero de las revistas del gnero. Pero, si lo que buscamos es tener una idea generalizada, podemos admitir como certeras unas palabras que Bernard Goorden verta en 1980: "la Ciencia Ficcin latinoamericana se centr sobre el hombre, preocupacin fundamental de una literatura progresista". La primer obra de cf es una utopa con mltiples lecturas: El socialismo triunfante Lo que ser mi Pas dentro de 200 aos, de Francisco Piria (Montevideo, 1898). En esta obra, su autor nos da su particular visin de un mundo donde ha triunfado un socialismo fuertemente influido por sus ideales rosacruces. (Sobre esta novela de Piria he escrito un trabajo, medianamente extenso, que estar disponible en marzo del 2006 en el nmero 32 de la revista electrnica Espculo, dependiente del rea de Ciencias de la Informacin de la Universidad Complutense de Madrid). Luego aparece "El Hombre artificial" (Bs. As. 1910), de Horacio Quiroga, que recoge la tradicin de Frankenstein. Debern pasar 66 aos para que otro uruguayo Horacio Terra Arocena edite otra utopa: El Planeta Arreit. De aqu en ms, ya no parece haber ms espacio para la ingenua felicidad y la fe en el progreso, las novelas estarn ms cercanas a las distopas que a las utopas. A partir de 1982, con la publicacin de El ltimo hombre, de Ral Blengio Brito, la caracterstica dominante en las obras es la crtica social, la degradacin humana y la alienacin, an cuando hay espacio para todo tipo de temas: la realidad, la identidad, el conocimiento, etc. Con el retorno a la democracia, en 1985, se abrieron nuevas posibilidades de expresin y los uruguayos, de alguna manera, recuperaron la posibilidad de decir cosas que antes estaban vedadas. Hubo una explosin de publicaciones, motivadas no tanto por una mejora en las condiciones econmicas a nivel de las editoriales, sino ms bien por la oportunidad y la necesidad de manifestarse. El tema poltico fue central, y se advirti tanto en libros como en revistas, semanarios y diarios. En la novela histrica se propone una reivindicacin de los vencidos, la poesa, adems de experimentar un nuevo impulso de libertad formal, adquiere a menudo un alto grado de compromiso social y de replanteo de temas, lo mismo que en los libros testimoniales, histricos, y tambin en la literatura femenina. Ocasionalmente incluso, al decir de Margarita Carriquiri, en la novela policial o negra, "el trasfondo de la dictadura sirve (en Trujillo y en Prego) para el descubrimiento de una ciudad que disimula dramas y crmenes terribles". Lauro Marauda destaca en la literatura fantstica temas como la deshumanizacin, el sexo, la violencia, etc. Pero qu pas en el campo de la cf? La pregunta no es fcil, porque si la dictadura no siempre es trasladada a la ficcin, menos esperable es que lo sea a la cf, que se alimenta de tpicos propios, suele tener un carcter universalista y se sita por lo general en el

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4 futuro. Por lo tanto, el hecho de que no aparezcan demasiadas referencias a la situacin histrica derivada del gobierno de facto no implica una omisin. Sin embargo, como la cf uruguaya se extiende sobre todo a partir de la reinstauracin democrtica, el punto es pertinente. En 1989 surgen las primeras revistas: Diaspar y Smog. Estas publicaciones no se refieren directamente a la dictadura, pero es de resaltar que todo lo que se ve en ellas, de alguna manera, implica un rechazo de la misma. Al tiempo que subrayan la necesidad de expresarse, para superar la realidad cotidiana, se deslizan referentes que implican una toma de posici n. En el editorial de Diaspar, por ejemplo, se menciona al pasar a un ex-presidente de la Repblica, al que comnmente se asocia a la derecha, llamndolo :.."pachequito comecarroa". Tambin se in cluye, como broma, a Fidel Castro en carcter de corresponsal en Cuba. Smog, por su parte, en el editorial imagina un encuentro con un personaje asociado a la libertad de expresin, y contrario a cualquier gobierno que se imponga por la fuerza: el mismsimo John Lennon. Adems, este nmero incluye un relato de Julio Faget, donde con buen oficio e ingenio, se plantea "la lnea divisoria" que puede existir (dentro de un mismo individuo) entre "el sargento" y "el hombre". En 1991 nos encontramos con la primer novela post-dictadura: Ganadores de Tarik Carson, editada por Proyeccin. Aqu hay que hacer algunas precisiones. Carson reside en Buenos Aires desde 1976, y esta novela, ambientada en un escenario futurista de esta misma ciudad, es publicada por primera vez en Argentina por la revista Cusar en 1989, con el ttulo "El estado superior de la materia". La versin de Proyeccin supone una ampliacin. Es decir, que pr obablemente, si hubo una influencia del medio poltico, ms que del lado uruguayo debemos buscarla del argentino, ya que incluso la violencia en este pas fue mayor. De cualquier manera, el hecho conc reto es que Carson se fue de una dictadura para meterse en otra, en un momento de su vida a los 30 aos donde poda tener el suficiente espritu crtico como para hacer una lectura del tiempo que le toc vivir. Como era lgico esperar en este buen escritor, sus vivencias no se trasladan a la novela de forma mecnica, ni panfletaria, lo que le permite sealar que no importa que antes haya habido un gobierno de "emergencia nacional" y ahora estn "los hombres de empresa y sus banderas de libertad". "...Todos nuestros problemas surgen por esta condicin humana" Vemos que en Carson la dictadura deja su huella, pero la lectura no es ingenua. El escritor ha sabido ver ms all. Por eso su narrativa que adems arrastra influencias onettianas y arltianas es cruda y desencantada. l sabe que los sistemas y las instituciones no son nada sin los hombres. Cuando en 1992 aparezca en Axxn Ocanos de Nctar ya no se hablar de gobiernos de "emergencia nacional" ni nada por el estilo, lo que no ser inconveniente para que aparezca la figura del torturador. Este personaje, que es un o de los ms trabajados en la nove la, sirve al "Sistema" y realiza su labor sin emocin, simplemente aplicndose de manera profesional a la tarea que le provee el sustento diario. Aunque la accin se desarrolla en Marte, el narrador nos seala que el funcionario es oriundo de una ciudad de la Tierra que determin su formacin espiritual: Buenos Aires. El gobierno lucha contra los rojos "de la utopa inconformable"; cada cierto tiempo compra a lo s lderes de estos grupos, hasta que sus seguidores advierten la estafa y los derrocan por traidores, entonces suben nuevos lderes que se vuelven a vender...y as hasta las nauseas. En 1993 se publica Zack de Ana Solari. Nuevamente la gente sufre de un gobierno que viola los derechos humanos. Sin embargo, algunos individuos procuran vivir normalmente, buscando eludir el peso de la historia, aferrados a una rutina o inmovilidad que les da cierta seguridad. Podra interpretarse este tiempo congelado como una caracterstica del p odermodernismo, pero tambin es posible reconocer al propio Uruguay, que durante mucho tiempo estu vo instalado en el imagin ario colectivo de sus habitantes como un sitio donde nunca pasaba nada, o donde todo era muy lento. A medida que nos alejamos histricamente de la dictadura, menor es su influencia, pero esto depende tambin de los autores. Los siguientes puntos de inters en este sentido se ubican en el 1999 y en el 2005, con sendas novelas en las que adems de otros temas se plantea el exterminio de los charras por Rivera, uno de los "prceres" de la patria que nunca recibi la crtica del gobierno militar. Me refiero a El Pas Limpio de Mara Ferrer, y a El Reino de Candanga de Domingo Trujillo. Estas obras se toman revancha con el silencio, de forma sim ilar a como ocurri con la novela histrica postdictadura. En materia de revistas, es de resaltar el altsimo gr ado de politizacin que ha tenido la ltima revista de cf; Das Extraos, que adems de encarar una propuesta contracultural, apunta directamen te al gobierno imperialista de Bush.

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5 Roberto Bayeto, el autor uruguayo con mayores posibilidades de proyeccin internacional, hace aparecer en distintos relatos, y en novelas, la figura de Stalin III como mximo representante del "neocomunismo". Hasta ahora este personaje slo lo he mos visto como mera referencia; a veces aparecen citas de l mismo. Seguramente en un futuro no muy lejano se publicarn novelas todava inditas, donde se insiste en esta lnea. Un excelente cuento titulado "Monstruos", ambientado en este peculiar universo, fue el que le permiti a Bayeto asistir a Francia en el 2004 como artista invitado a la convencin Utopiales, y participar de la antologa que se edit en la oportunidad. Este breve repaso nos muestra claramente que la cf uruguaya no ha eludido los contenidos polticos, y que como comprendi Goorden a propsito de la cf latinoamericana ha centrado su preocupacin en el hombre y su problemtica soci al. Naturalmente que hay excepciones pero es lgico. Sera ridculo pretender que siempre se asuma una actitud polticamente comprometida, al fin de cuentas, los problemas individuales o de orden ontolgico, por no mencionar sencillamente a la aventura y el misterio, tambin hacen a la felicidad del hombre. Cronologa de los libros y revistas de cf uruguaya: 1898El Socialismo TriunfanteLo que ser mi Pas dentro de 200 aos (novela, Francisco Piria). 1910El Hombre artificial (novela, Horacio Quiroga). 1976El Planeta Arreit (novela, Horacio Terra Arocena). 1977Ciencipoemas La computadora dijo basta (poesas, Enrique Elissalde). 1982El ltimo hombre (novela, Ral Blengio Brito). 1988Trantor (fanzine de cf). 1989Diaspar nm.1(revista). 1989Smog nm.1 y nm.2 (revista). 1991Ganadores (novela, Tarik Carson). 1992Ocanos de Nctar (novela, Tarik Carson). 1993Zack (novela, Ana Solari). 1993Zack-estaciones (relatos, Ana Solari). 1994Llegar a Khordoora (relatos, Carlos Mara Federici). 1994Atacad, insectos!, dijo El Seor (relatos, Ramiro Sanchz). 1995Diaspar nm.2 y nm.3 (revistas) 1996El sitio donde se ocultan los caballos (novela, Ana Solari) 1997Hackers (novela, Roberto Bayeto). 1997Lavado en Seco (novela, Claudio Pastrana). 1997Cmo se lleg al planeta NEBO (novela, Solano Pastrana). 1998Apuntes encontrados en una vieja Cray (novela, An a Solari). 1999El pas limpio (novela, Mara Ferrer). 1999Evangelio para el fin de los tiempos (novela, Ercole Lissardi). 1999En un mundo de olores distintos (novela, Roberto Bayeto). 2002Rosa del Tercer milenio y otros cuentos (relatos, Juan Grompone). 2003Das extraos 1 y 2 (revista ). 2003El ataque (novela, Eleuterio Fernndez Huidobro). 2004Gua para un universo (novela, Natalia Mardero). 2005El reino del Candanga (novela, Domingo Trujillo). Ilustrado por Valeria Uccelli Axxn 160 marzo de 2006

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6 EL HOMBRE ARTIFICIAL Horacio Quiroga La rata yaca inmvil, patas arriba, entre las blancas manos de Donissoff. Los tres hombres, con la respiracin suspendida, estaban doblados sobre el animal tendido en la mesa. Y...? exclam Ortiz, ansioso. Donissoff tard un rato en contestar. La belleza angelical de su rostro haba adquirido un tono duro, implacable, como si la terrible voluntad que se albergaba dentro de aquella cabeza gentil hubiera traspasado el semblante. Nada, todava respondi al fin; no es tiempo an. De pronto un centelleo fugaz cruz por sus pupilas. La temperatura baja! Qu hacer, Ortiz? El interpelado sali corriendo, y desde el laboratorio se pudo or el golpe seco de las chispas elctricas en los conmutadores. La mirada de Donissoff no se apartaba del termmetro suspendido frente a la mesa. Sube? grit Ortiz desde la pieza contigua. S... 39... 39 10...39 30... Basta! Ortiz volvi enseguida. Entretanto, la rata, preocupacin intensa de los tres hombres, continuaba inmvil. A ambos lados del grupo, dos grandes mesas ostentaban los ms complejos aparatos de qumica, anatoma y bacteriologa. En el laboratorio inmenso y casi todo l en penumbra, a excepcin de las ocho lmparas elctricas con pantalla verde que proyectaban su luz sobre la mesa, los tres experimentadores ofrecan un aspecto poco comn y aun sombro, inclinados y con el alma en suspenso, sobre una simple rata. El calor era asfixiante, pero ellos no parecan darse cuenta. Doblados sobre el animal, el ansia retratada en sus rostros, continuaban devorando con los ojos el inmundo animalucho entre las manos de Donissoff. Sivel, la jeringa! Ya comienza la reaccin! exclam de pronto Donissoff. Sivel dio un salto, recogi de la gran mesa el objeto pedido, y extendindolo al joven sabio, sujet entre sus manos la cabeza de la rata. Fro, seguro, a pesar de la inmensa ebullicin de su alma y la de sus compaeros, Donissoff inyect al animal el rojo lquido de la jeringa. Pasaron diez segundos, quince, veinte, un minuto. Lo que aquellos tres hombres han sentido en ese interminable tiempo no es fcilmente apreciable. Ni uno habl; ni uno se movi; apenas pestaearon. Por eso, cuando en el silencio angustioso son la voz de Donissoff, algo como un inmenso suspiro levant los tres pechos. Se mueve... haba dicho Donissoff, cuya mano, colocada sobre el corazn de la rata, acababa de temblar. Su voz tambin temblaba. Sivel y Ortiz, con el rostro radiante y el cuerpo entero sacudido por la ms violenta emocin, se miraron. Luego era cierto! Ellos, slo ellos haban hecho eso que estaba all! Todos los trabajos, todas las horribles inquietudes de esos tres aos se desvanecan para siempre. Y ellos, nada ms que ellos! Se doblaron de nuevo sobre la rata, y de nuevo quedaron inmviles, mientras la fina mano de Donissoff continuaba sobre el corazn que haba latido. Sigue... murmur Donissoff despus de un largo rato. Esperemos ms...

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7 Esperaron an otro interminable minuto. Al fin la mano de Donissoff se apart lentamente del corazn de la rata; alz el rostro transfigurado de emocin, en que los ojos brillaban con el ms alto orgullo que quepa en mirada humana, y con voz clara dijo a sus compaeros: Han pasado dos minutos... Los glbulos viven ya... Ya est viva. Entonces se vio la cosa ms asombrosa, tratndose de un sabio en la ms honda acepcin de la palabra. De un salto trep sobre la mesa prxima y bail all la ms desordenada danza de los mundos posibles e imposibles. Enseguida se arroj al suelo y se envolvi en el linleum, girando sobre s mismo. De all dentro surgi su voz ronca y: Hurra por Donissoff! Hurra por Sivel! Hurra por Ortiz! Al fin se apacigu aquel loco delirio, y Donissoff qued rendido. Entre tanto, Sivel se haba sonredo de aquella chiquillada. Donissoff, sentado en una mesa con las rodillas entre los brazos, se mantena inmvil, la vista perdida. Como suele acontecer a menudo, el formidable prodigio que acababa de realizar, gracias a su genio y con la ayuda de sus compaeros, acas o el triunfo no haca sino record arle todos los fracasos, todas las amarguras de su vida anterior. Adems, sus nervios, capaces de soportar una altsima tensin, estaban tambin expuestos a caer en una extenuacin equivalente, y eso era sin duda lo que le pasaba. Bueno, Donissoff dijo Sivel, ponindole cariosamente la mano en el hombro. Estoy rendido; tengo una sed horrible. Vamos a descansar un rato. Sabe qu hora es? Las cuatro! Y no nos hemos sentado desde las seis de la maana. Y ese personaje aadi volvindose de reojo a la rata tendida de lomo comienza con un buen sueo su iniciacin a la vida... Pero no tengo hambre; s sed. Yo tomara t apoy Ortiz. Pero con la condicin de que lo haga Donissoff. Donissoff...? Vamos repuso simplemente ste, y los tres sujetos que haban asociado su profunda capacidad cientfica, los tres magos a quienes trescientos aos antes la Inquisicin hubiera quemado sin perder un segundo, se dejaron caer quebrantados en los divanes del comedor. Estos tres individuos que acababan de "hacer" un ser vivo se llamaban Nicols Ivanovich Donissoff, Luigi Marco Sivel y Ricardo Ortiz. Donissoff era ruso, y ltimo descendiente de una de las ms nobles familias del imperio. Perdi a sus padres cuando an era muy nio, y fue encargado de su educacin y la administracin de su inmensa fortuna un viejo amigo de la familia, el prncipe Dolgorouky. Donissoff se form en un ambiente de profunda adhe sin al zar. Su familia, desde tiempo inmemorial, haba participado ntimamente en la administracin del imperio moscovita, y entre los baluartes de la reaccin contra las agitaciones de los ltimos tiempos el zarinato contaba al padre de Donissoff. Se explica as la veneracin del nio por todo lo que supona gobierno imperial. Su alma se iba formando tambin en ese ambiente de autocracia, y esto dur hasta que el joven tuvo dieciocho aos. En aquella poca, sus lecturas o, lo que es ms posible, cierto s sentimientos que despertaban en l hacindole ver de otro modo las cosas, transformaron completamente su espritu. Una noche, ya de madrugada, el prncipe Dolgorouky, que volva de una recepcin en palacio, se extra al ver luz en el cuarto de su pupilo. Entr en l y encontr a Donissoff tendido en la cama, vestido an de frac, leyendo uno de esos libros que cuestan el cuello a quien los escribe. Quince das ms tarde Donissoff fu e sorprendido por agentes de po lica secreta en un caf que frecuentaban estudiantes. Si se hubiera tratado de otro noble cualquiera, el joven hubiera concluido sus das en Siberia, pero no era posible ese proceder con el hijo de Alexis Donissoff. No obstante, las reconvenciones llovieron sobre l, y aun el gran duque Ivn se dign detenerle una tarde a su salida de palacio. Mucho cuidado! le dijo sonriendo. Acurdate de otro prncipe como t, que tambin ha escrito libros como el que leas.

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8 El gran duque aluda al prncipe Kropotkin. Ignoro a qu libro se refiere su alteza r espondi Donissoff, ponindose colorado. El gran duque lo mir atentamente. Por qu mientes, prncipe? le dijo. Con perdn de su alteza, yo no miento repuso Donissoff, mientras el r ubor y la indignacin le abrasaban el rostro. Esta vez el gran duque tuvo compasin de l, y con una nueva sonrisa le empuj suavemente del hombro. Bien, Nicols Ivanovich. Si no leste esos libros, no los leas ni vayas a cafs de estudiantes, aunque "no" hayas ido nunca. Sigue en paz. Durante das enteros Donisso ff bebi hasta las heces el remordimiento de su mentira. Se senta envilecido, y en especial porque haba mentido por miedo. "He tenido miedo de decrselo; soy un cobarde se deca, un miserable cobarde. Y esto, que a cualquiera de ellos hubiera costado tanto como ponerse la mano en el bolsillo, ha sido demasi ado para m! He tenido miedo de decir que haba ledo aquel libro!" Al final de esos diez das, Donissoff tuvo una entrevista con su tutor, a quien quera entraablemente. Como consecuencia de la misma, Donissoff renunciaba a las prerrogativas de su posicin y a su inmensa fortuna. Y si un curioso se hubiera asomado, seis meses ms tarde, a una helada buhardilla del ms srdido barrio de San Petersburgo, hubiera visto a un joven, tiritando de hambre y escasez de ropa, de codos sobre sus libros de medicina. Para vivir haba comenzado por cargar bales en la estacin; meses despus limpiaba tubos en un instituto de bacteriologa, y como el genio que deba ms tarde llevarlo adonde sabemos comenzaba ya a flamear en su cabeza, muy pronto pa s a preparador, y muy pronto lleg a ser la cabeza dirigente del clebre instituto. De tarde en tarde iba disfrazado a su ex palacio a reconfortar su alma filial con aquel puro cario. Entre tanto, prosegua sus estudios acadmicos, fr ecuentando al mismo tiempo a los revolucionarios. Los violentos sentimientos de justicia no tardaron en llevarlo a las ms avanzadas filas, y cuando en enero de 1902 el Comit Central de la revolucin rusa discuti la muerte del prncipe Dolgorouky, Donissoff denunci como ms nefasta la influencia de otro prncipe. Nadie ignoraba la veneracin que Donissoff guardaba, pura e inmaculada, para el viejo prncipe. Al orlo, sus compaeros quedaron un momento in mviles; a ninguno escapaba la grandeza de ese sacrificio. Creo dijo alguno despus de un momento que la influencia de Galitzine es mayor. Creo que no repuso Donissoff. Estoy bien informado arguy el primero. Y yo estoy seguro. El otro lo mir largamente. Pero t lo quieres mucho... Inmensamente repuso Donissoff, mortalmente plido. Sus compaeros bajaron la cabeza para no ver dos lgrim as, lgrimas de sangre, lgrimas surgidas de lo ms hondo de un alma abrasada en justicia, que rodaron por las mejillas de Donissoff. Todos recuerdan los cinco tiros asestados en pleno pecho al prncipe Dolgorouky, el 11 de enero de 1903, a la salida del supremo tribunal. Donissoff pas en su cuarto todo el da del atentado, sin querer ver a nadie. Fue inmediatamente arrestado y no quiso responder una palabra, decidido a hundirse para toda su vida en Siberia. Pero sus compaeros lo obligaron a evadirse, basndose para ello en las mismas razones por las cuales l mismo haba hecho el sacrificio de su ms grande afecto en este mundo. Donissoff vivi un ao en Viena entregado con toda su alma a sus experimentos cientficos. De Viena pas a Pars, permaneciendo en esa capital tres aos.

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9 Seguramente su alma no estaba suficientemente templada para el sacrificio que le haba impuesto. Si hubiera tenido ms edad, acaso una nueva explosin de amor a los que sufren hubiera apagado el dolor de aquella herida. Pero a los veintitrs aos falta en la s fibras del corazn espesor suficiente para resistir vibraciones de esa especie, y de ese modo Donissoff qued herido para siempre. Recobr, s, su voluntad, su indomable energa; pero no para ser apli cada a aquello, all en Rusia. Luego, su genio, maduro ya, absorba, o por lo menos diriga, sus dems facultades. Estudi an un ao en Londres, y a fines de 1905 llegaba a Buenos Aires. Stefano Marco Sivel era italiano, de una familia pobrsima. Su padre, ex bandido calabrs, y que haba abandonado su profesin a causa de un brazo roto, ejerca con su hijo los mismos hbitos disciplinarios que tuvo con sus satlites. El pequeo Marco sufri la s ms horrendas palizas que es posible recibir sin morir acto continuo, y conoci lo que es el hambre, encerrado en un stano negro como la noche, empapado de agua y acribillado de ratas. Todo esto, porque era escaso lo que el pequeo obtena pidiendo limosna en pleno invierno y con slo una camisa para excitar ms la compasin. Ms tarde, cuando alcanz la edad suficiente para despertar una lstima lucrativa, su padre le hizo instruir por un viejo bandido como l en la ciencia del cicerone. El pequeo Marco aprendi en dos o tres horas cuanto sobre ruinas e historia romana saba el salteador, y muchsimo ms por su propia cuenta. Pero lo que el minsculo cicerone no aprend i tan bien fue a ejercer su profesin. No peda jams un centavo de retribucin, y se crea el ms feliz de los mortales si algn viajero le regalaba una lira. En estas ocasiones, como en todas, su padre se apoderaba del dinero. Pero, cuando la ganancia era nula, el viejo bandido entraba en sombro furor y los golpes a puo cerrado llovan sobre la boca de la criatura. Como su hijo jams se quejaba, el padre crey que no senta los golpes y, en consecuencia, tom el partido eficaz de mandarle buscar un alambre y, colg ndolo del techo, le cruzaba el cuerpo con aquel horrible ltigo. Cunto? preguntaba el viejo. Una lira. Dame extenda la mano. Al da siguiente: Cunto? Nada. Est bien: anda a buscar el alambre. Siempre era un alambre nuevo que la criatura deba ir a recoger en el arroyo. Volva al rato con el instrumento de tortura y comenzaba a quitarse la ropa sin un suspiro ni una mirada a su padre. Pas as el tiempo, y Marco lleg a tener doce aos Una tarde recomenz el dilogo de siempre. Cunto? Nada. Est bien: anda a buscar el alambre. No repuso el nio. Su padre se volvi sbitamente, como si le hubieran dado una bofetada. Qu dijiste? Nada, que no voy a buscar el alambre. Lentamente, el viejo se levant. Su rostro se puso lvido, mientras un rayo lgubre cruzaba por sus ojos de viejo salteador. Paso a paso, se aproxim a su hijo hasta casi tocarle el rostro. Dices que no vas a buscar el alambre?

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10 No repuso Marco sin moverse, y tan plido como su padre. El viejo lo contempl un rato sin mover un solo msculo. Ya no era un rayo lo que cruzaba por sus ojos, sino un relmpago siniestro que iba en aumento. Anda a buscar el alambre! rugi crdeno ahora de furor. No volvi a responder la criatura. Y cerr los ojos. Cuando volvi a abrirlos, su padre, espantosamente lvido, haba ido a descolgar su gorra. Est bien silb; qudate, ir yo. Y sali. Cuando volvi, la criatura estaba sentada a la mesa, la cabeza echada sobre los brazos. Su padre lo toc ligeramente en el hombro. Desndate! No, padre! repuso Marco sin levantar la cabeza. Madonna! Ligero, ligero! Desndate! explot al fin el viejo, haciendo saltar la mesa de un puetazo. No contest an el nio. Y con los brazos cruzados, cerr los ojos como en el momento de morir, y pens en su madre: "Mam... mam querida...". Pas un momento, otro ms. No se senta el menor ruido. Temblando, Marco levant la cabeza y vio a su padre, an de pie, que lo miraba fijamente. La mano del viejo bandido cay con lentitud sobre el hombro del nio. Est bien le dijo con voz ronca, reseca por la profunda tempestad que bulla en aquel pecho. Est bien, eres mi hijo, reconozco mi sangre. Eres digno hijo mo. Pero aadi ponindose an ms lvido vete de aqu para siempre, porque te aplast ara la cabeza contra la pared. Nadie en el mundo ha hecho delante de m lo que acabas de hacer t. Er es mi hijo, te reconozco. Pero vete enseguida, enseguida! Jams vuelvas a poner los pies aqu! Y lo arroj a la calle. Despus de sus primeros meses de libertad libertad de criatura hambrienta, sin casa y sin cario de ninguna especie, Sivel tuvo la dicha de que un carpintero lo tomara de aprendiz, y entre golpe de cepillo y vuelta de taladro fortific su ansia de estudio. Estudi de noche, mientras coma, an en el taller Su aplicacin despert el cario del maestro y pudo as seguir un curso regular. Ms tarde, ya con otro em pleo, hizo el bachillerato, ingresando con altsimas calificaciones en la Facultad de Medicina. Al cabo de quince aos nadie nombraba a una celebridad mdica sin que el nombre de Sivel surgiera con todo el brillo de su gran aureola. En esta po ca su corazn, hasta entonces dormido, se encendi en vibrante amor por una joven que a su vez le haba entregado su alma entera. El noviazgo corra en la ms grande felicidad, cuando una maana lleg a su clnica en el hospital una joven a quien una intensa hemorragia haba privado de casi toda la sangre. De noche cont el caso a su novia. Es una pobre muchacha que necesita sangre a olead as. Si maana no ha reaccionado ser menester operar una transfusin... Su novia, que le conoca bien, le hizo jurar entre un mar de lgrimas que no le entregara a la muchacha una sola gota de su sangre. No te querr ms, te lo juro! sollozaba. T e juro que si haces eso no te querr ms! Sivel la adoraba, y ese amor querido era la recompensa y la consagracin de sus sufrimientos y de su gloria. Pero a la maana siguiente Sivel entregaba a las ve nas de la agnica oleadas de su propia sangre. Cometi un lamentable descuido en la operacin, y Sivel cay en su lecho, presa de una terrible infeccin general. Esa tarde, su novia, ignorante an del hecho, le escr iba dicindole que si le faltaba una sola gota de sangre le olvidara para siempre. Sivel le respondi: "Hazlo. Adems, me estoy muriendo".

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11 Su novia rompi, Sivel estuvo dos meses entre la vida y la muerte, y cuando se levant convertido en un espectro, horriblemente desfigurado por los tumores que le haban devorado el rostro, una joven vencida por los sollozos cay de rodillas ante l. Era la joven del hospital, cuya alma romntica y llena de ternuras sinti al saberlo un inmenso agradecimiento hacia el pobre gran hombre que haba sacrificado su felicidad por dar vida a una desconocida. Su agradecimiento haba llegado muy pronto al ms extremado amor. La joven, en una convulsin entera de su cuerpo, oprimi con su boca la mano de Sivel, pero ste la retir vivamente. No, no! Levntese! le dijo, mientras all en el fo ndo de su corazn la gran herida de su amor se reabra ante aquella presencia amargamente evocadora... Perdn! Perdn...! sollozaba la joven, an de rodillas. Si no tengo nada que perdonarle tuvo fuerza Sivel para sonrerse. Pero levntese. No, no... Yo tengo la culpa... Sivel tuvo entonces la sensacin de que una mano indiferente, una mano cualquiera, estaba araando su corazn. Su dolor era suyo y no de aquella extraa. Perdn...! Yo tuve la culpa...! Fue por m... Ah, no! Le pido perdn a mi vez exclam Sivel. No lo hice por usted. Los ojos de la joven se alzaron lentamente hasta Sivel. S; no lo hice por usted; me compadec de su ser, de una existencia condenada a morir, como la suya, de su vida, en fin... pero no de usted. Oh, no! Cuando una esperanza de amor, lgica o no, se quie bra; cuando caemos de lo alto de un sueo de grandeza, como el que consiste en habernos credo inspiradores de un gran sacrificio, la cada es siempre terrible. La joven, fijos los ojos desmesurados en aquel espectro, tambin de su amor, se levant. Retrocedi hasta la puerta y antes de que Sivel pudiera darse plena cuenta de la desesperacin que anegaba aquella alma exaltada, la joven desapareci Media hora despus se haca destrozar bajo un automvil. Sacudido as en las ms hondas fibras de su ser, Sivel consider su vida rota para siempre. Pas quince das encerrado en el laboratorio, vagando en la semioscuridad de un lado para otro. Decidido al fin a olvidarse de aquello, volvi a atrapa rle su pasin por la ciencia, esta vez con inmenso ardor. Pareca que todas sus faculta des hubieran renacido violentamente orientadas hacia los estudios anatmicos. Mas, como a pesar de todo, su rostro desfigurado le tornaba odiosa su permanencia en Roma, abandon la Ciudad Eterna, llegando a Buenos Aires en 1904. Ricardo Ortiz era argentino, y haba nacido en la Capital Federal. Su familia, de cuantiosa fortuna, le dedic a la ingeniera elctrica, para lo cual Ortiz mostraba desde muy pequeo fuerte inclinacin. Hizo sus estudios en Buffalo con brillante xito. Volvi a Buenos Aires, y en vez de ejercer su profes in, se dedic al estudio de pilas elctricas; crea estar en la pista de un nuevo elemento de intensidad y constancia asombrosas. Como no frecuentaba el mundo y sus manos solan estar poco menos que imposib les, su familia consider que muy poca carrera hara, a pesar de su ciencia. En consecuencia, el padre le comunic que, o dejaba sus cidos o le privaba de la mensualidad. Ortiz opt por sus cidos y sb itamente se encontr en la calle. Como no era en absoluto hombre de negocios, se ofreci desde el d a siguiente como profesor de ingls y matemticas. Su familia hall mal esto, y el padre fue a verlo. Qu vas a hacer con eso? Es una vergenza para un ingeniero como t! Tal vez repuso tranquilamente Ortiz. Seguir trabajando. En eso? seal desdeosamente el taller. S, en eso.

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12 Vamos a ver! Si te propongo... No me propongas nada, no aceptar. Y vas a hacer eso toda la vida? Toda la vida. Inventando, eh? S. Pero es que nos vas a deshonrar a todos con estas porqueras! exclam el padre indignado. Oye lo mir fijamente Ortiz: para decirme estas cosas podras no haber venido. Es que me da vergenza! A m tambin, pero no de esto... De qu? De la vergenza de ustedes! Se acab! No les pido un centavo, y quiero que me dejen en paz. Su padre, entonces, profundamente irritado, le lanz sealando el taller: Para tener tanto orgullo podras abandonar tambin esto, que no compraste con tu dinero. Perfectamente repuso Ortiz levantndose, hiciste bien en recordrmelo. Maana me voy de aqu. Muy bien, es lo que debas haber hecho hace tiem po contest el padre, cada vez ms irritado. Pero que no se te ocurra...! Quieres irte, por favor? salt Ortiz, lvido. A la maana siguiente Ortiz enviaba a su padre, junto con las llaves, el inventario de todo el taller. Una semana ms tarde, un primo de Ortiz hallaba por fin el nuevo domicilio de ste. Por fin te encuentro! Ya no tienes el taller, es cierto? S. Y qu vas a hacer? No s todava. Sabes lo que hara yo? Hablara a tu padre... Ortiz, que desde el primer momento haba imaginado que el primo vena enviado por el padre, lo detuvo, ponindole la mano en el hombro: Mira, si fueras otro te habra echado ya. No quiero cuentos de ninguna especie! El primo se irgui altivamente. Eh? Qu...? Esto, si no fueras tambin un idiota, te echara a bofetadas de aqu. Fuera! Un ao despus mora el padre de Ortiz, y el hijo renunci a todos sus derechos: medio milln de pesos. As, estos tres hombres de carcter haban unido su s energas, asocindolas para prestarse mutua fuerza, y en tales circunstancias realizaron la ms alta obra de genio que cabe en la humanidad: hacer un ser organizado. Para el laboratorio, montado con los tipos ms pe rfectos de mquinas e instrumentos que encargaron expresamente a Estados Unidos, Sivel haba entreg ado su fortuna entera, Ortiz cooper en la obra comn con sus conocimientos de qumica, Sivel con los suyos de anatoma y Donissoff con su profunda ciencia enciclopdica y, sobre todo, bacteriolgica. A pesar del magnfico laboratorio y el talento de los tres asociados, la empresa haba sido profundamente desalentadora por su dificultad, y ms de una vez Donissoff, Sivel y Ortiz haban cado por semanas enteras en el ms hondo desaliento.

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13 No se puede, Donissoff, es imposible! clamaba Ortiz, tirando sobre la mesa sus probetas y anlisis. Trabajemos, Ortiz contestaba aqul sin levantar la cabeza. Es que estamos tentando a Dios o al diablo con esto! No vamos a conseguir nada. Si fuera a Dios nada ms no sera mayor trastorno explicaba Sivel. Lo malo sera tentar al diablo. Ortiz volva de nuevo a la tarea. Pero otras veces le tocaba a l dar nimo a alguno de sus compaeros, y as se sostenan mutuamente, hasta que los tres, ante nuevas y al parecer insuperables dificultades, tiraban todo y cerraban el laboratorio. Su obra dur tres aos. Carbono, hidrgeno, oxgeno, todos los elementos primordiales y constitutivos de la clula pasaron sucesivamente por la electrlisis de Ortiz, las disecciones de Sivel y los reactivos de Donissoff. A veces, la conq uista de tres o cuatro elementos funda mentales se realizaba en semanas. Otras, un solo paso adelante les llevaba hasta un ao. De este modo pudieron obtener la sangre y sus glbulos en lo que media de mayo a septiembre, necesitando en cambio para la conquista del bulbo piloso dieciocho meses. Y por este estilo, facilidad es increbles donde no se hubieran sospechado y fracasos abrumadores en cosa s aparentemente nimias. Hasta que el 23 de agosto de 1909, a los tres aos menos doce das de haber empezado la rata, sta su rga a la vida bajo la inyeccin de Donissoff. Y ahora volvamos al comedor, donde los tres asocia dos, muertos de satisfaccin y fatiga, descansaban. Por fin, ya era tiempo gimi Ortiz, echndose cuan largo era en un divn. Si esto demoraba diez das ms, me mora, sencillamente. S; yo tambin estaba cansado, mucho ms de lo que daba a conocer apoy Donissoff, sirviendo a sus compaeros el t que l, en su carct er de ruso, preparaba con gran prolijidad. S, pero hicimos la rata concluy Sivel. Y ahora que recuerdo exclam Ortiz incorporndose en un codo, por qu se me ocurri una rata? Podamos haber hecho otra cosa cualquiera. sas son cosas de Sivel dijo Donissoff. S afirm Sivel, paladeando su t, se me ocurri por la gran analoga de la sangre humana con la rata. Esto lo descubr por casualidad, hace ya muchos aos, en un anlisis. De veras, Sivel? dijo Ortiz, levantando la cabeza. Y por qu no igual a la del mosquito? sa es una pregunta para ser hecha a un mosquito, sa bio electricista. Y usted, que cree que la leche de burra es la ms parecida a la de la mujer, por qu duda de la sangre de la rata? No dudo, profesor; me asombro y me humillo. Est seguro, Sivel, de sus anlisis? interrumpi Donissoff, que desde un momento atrs miraba pensativo los vidrios de la puerta. Completamente, por qu? Porque se me est ocurriendo respondi sin apartar la vista de los vidrios que podramos hacer un hombre. Ortiz se incorpor bruscamente, fijando sus dilatados ojos en Donissoff. Se rasc largo rato una ua. Nos dara ms trabajo prosigui Donissoff, siempre con la voz perdida, pero lo haramos. No veo por qu se admira Ortiz. No, por todos los voltios de mis dnamos! Si de lo que me admiro es del hombre ese que haremos... Hombre o mujer, Donissoff? Hombre, Ortiz. Si usted no fuera tan in teligente, parecera una criatura, a veces. Sivel levant al fin los ojos y su mirada dio un fulg or de sombra severidad a aquel rostro deforme y que antes brillara de belleza varonil. Creo que va a ser difcil murmur. Por qu, si se puede...? le pregunt Orti z, sentndose correctamente esta vez.

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14 No s... pero se nos va a quebrar la obra. Yo haba pensado ya en eso, cua ndo empezamos a hacer la rata. No les dije nada, por el mismo temor que tengo ahora; no vamos a concluir la obra. Respirar, digerir, ver, se mover, pero nada ms. Y usted comprende que hacer eso, nicamente, sera una eterna vergenza para nosotros. Y pensar replic Ortiz. No, eso no. Dele usted todos los sentidos que quiera, buena transmisin de nervios, buen cerebro transformador; y por ms sensaciones que tenga, no tendr una sola percepcin. Cuestin de alma, entonces? profiri socarronamente Ortiz. No, electricista; no es cuestin de alma sino de herencia. Por vivas que sean las sensaciones, le faltar hbito al cerebro para percibir, primero, y para no confundir las sensaciones, despus. Con sus acumuladores pasa lo mismo, creo. Cuando estn r ecin hechos acumulan muy escasa electricidad y no devuelven nada. Toda la corriente se emplea en hacer el acumulador, en afinarlo. Las cargas y descargas sucesivas lo van modificando, hasta que llega a alm acenar electricidad y devolv erla normalmente. Esto pasar con el hombre que hagamos. Pero si forzamos la carga... Tardaramos mil aos. Fjese en el proceso de afinacin de nuestro cerebro; tiene millones de aos, toda la edad de la humanidad. Nuestro hombre se encontrara, en cuanto a la inteligencia o percepcin, como se la llame, en el mismo estado que un recin nacido. Donissoff, que no haba apartado los ojos de los vidrios, se volvi bruscamente a Sivel: Todo esto es perfectamente cierto; y mientras usted hablaba, iba yo haciendo iguales consideraciones. Pero, por lgico que sea su razonamiento, no es ms que una conjetura. Creo qu e sta es justamente la falla de su razonamiento: estamos juzgando como seres creados y no como creadores. Quin puede decir qu facultades tendr un sistema nervioso hecho en todos sus elementos con idntica constitucin a la de un hombre en plena edad viril? Su mi smo argumento de los acumuladores elctricos puede apoyar lo que digo: los fabricantes, desesperados del tiempo que empleaban las lminas de plomo en hacerse, cubrieron las lminas con una capa de xidos los mismos que se form an naturalmente en los acumuladores con el transcurso del tiempo. Es deci r: dan a las lminas recin nacidas el sistema nervioso de un adulto. Por qu nuestro hombre no se hallara en las mismas condiciones, Sivel? Tal vez, pero creo que no. En ese momento Donissoff se levant y coloc los dos puos sobre la mesa, mirando fijamente a sus asociados. Esta actitud de conferenciante, que en otra persona cualquiera hubiera chocado, estuvo lejos de provocar esa impresin tratndose de Donissoff. Sub a a su lmpida mirada el temple de diamante de aquella alma. Su belleza angelical cobraba un tono, no de dureza, mas s de firmeza de mrmol, en que la voluntad trascenda hasta en la ms leve lnea de su rostro, algo, en fin, de la belleza sombra de un arcngel rebelde. iganme les dijo con acentuaci n clara y cortante. Vamos a hacer un hombre. La tentacin es demasiado grande para que no la abordemos. Pero pongo una condicin, sin la cual no me comprometo a nada: que me dejen dirigir el proceso de afinacin, como dice Sivel. No s an qu har, ni mucho menos cmo: consienten? S, Donissoff, consentimos! respondieron a un tiempo Sivel y Ortiz, levantndose. El ardor de un nuevo triunfo haba disipado por completo su cansancio y se hallaban de nuevo dispuestos a luchar con las sombras de la nada. Un momento! les detuvo an Donissoff. Confan en m? Entonces Sivel, que senta por el arcngel profunda ternura y adoracin, le puso la mano en el hombro: Nio sublime! le dijo sonriendo, aunque sin poder ocultar su emocin. Donissoff levant su bella cabeza: Bien! Ahora vamos a ver nuestra obra. Se levantaron frescos y descansados ya, y con sus potentes cerebros vibrando otra vez ante la perspectiva de una nueva lucha.

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15 En medio del laboratorio, sobre la mesa de mrmol, y enfocada por la viva luz de las ocho lmparas elctricas con pantalla verde, la ra ta continuaba tendida de espaldas. Ortiz fue el primero en inclinarse sobre ella, y despus de un momento de hondo examen se incorpor plido: Este animal se est muriendo! le di jo a Donissoff, mirndole a los ojos. Donissoff y Sivel se inclinaron bruscamente sobre la rata y observaron a la negra bestia, con los ojos clavados en el corazn del animal, cuyos latidos de rapidez vertiginosa hacan vibrar la piel con una precipitacin de timbre elctrico. La emocin de los tres asociados era demasiado grande para permitirles hablar. All, ante sus ojos, se iba, volva a la nada de que haba salido, llevndose consigo el inmenso orgullo de sus creadores, la rata artificial. Diez largos minutos pasaron as, hasta que la voz de Donissoff son, clara y helada, en aquel silencio de angustia: Este animal se muere envenenado, Sivel, est usted seguro de sus frmulas? La de la sangre, Donissoff? S. Completamente seguro. En el ensayo de prueba no not la ms ligera disociacin de elementos. Recuerdo que dur dos meses el ensayo. Con todo, quiere traer su inventario? Ortiz haba dado el nombre de "Inventario" al cuader no de frmulas que rigier on la creacin de la rata. Todas estaban all, y cuando Sivel vol vi, Donissoff hoje febrilmente el cuaderno y se detuvo en las ecuaciones de la sangre. S... est bien; no, eso no... murmur. Pero esa sangre est envenenada, sin embargo. Mientras Sivel y Ortiz analizaban el aire expelido por los pulmones de la rata, Donissoff extrajo de las venas del animal unas gotas de sangre y se hundi en su anlisis. Durante largo rato no se oy en el laboratorio ms que el golpe de los tubos de vidrio sobre el mrmol. Al fin son la voz de Donissoff. Hay algo ah? Nada repuso Ortiz. El aire est normal. Y ah? Aqu, s. La sangre est enormemente fosfatada. Durante meses y meses los tres asociados haban luchado en la formacin del tejido seo. A pesar del xito de prueba obtenido, siempre haban temido que los fosfatos no estuviesen bien fijados. Ms tarde, nuevos triunfos en nuevos elementos les haban hecho olvidar aquella preocupacin. Pero ahora, ante la confirmacin de sus dudas, la luz surg a clara: los huesos se disolvan; los fosfatos, arrastrados en el torrente circulatorio, estaban matando a la rata. Lentamente, los tres hombres rodearon de nuevo al animal. Tres aos, mil noventa y cinco das de lucha como nunca la haban tenido, de energa como nunca la haban hallado, de pasin como nunca la haban sentido, todos esos das de ardiente esperanza se de smoronaban en trgico silencio, arrastrando con ellos el orgullo, tambin en pedazos, de aquellos hombres de genio. Minuto tras minuto los huesos se disolvan envenenando la sangre. Y cuando a las nueve y media de la noche la rata qued por fin inmvil, reintegrada despus de dos horas de prodigiosa vida con la nada de que haba salido a fuerza de genio humano, los tres asociados no tuvieron ni una sola palabra. Sin mirarse, sin hacer un gesto, quebrantados, abrumados de cansancio y fatiga intelectual, se acostaron. Sera de creer que en el estado de fatiga en que se hallaban, el sueo los rindi apenas recostaron la cabeza. Pero a altas horas de la noche, posiblemente las tres de la maana, son vibrante la voz de Donissoff: Sivel! Dos atomicidades ms de carbn...! Una sola alcanzara, Donissoff! respondi instantneamente la voz de Sivel. Pero disminuyendo el...

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16 Nitrgeno! S haba demasiado! continu Ortiz. Los tres asociados, en vez de dormir, haban pasado la noche resolviendo la frmula del tejido seo. Se durmieron enseguida. El hombre estaba ya hecho: los huesos no se disolveran ms. Y as, recomenzando las ecuaciones, anlisis y ensayos que fueron casi su nica vida durante tres aos, los tres asociados hicieron un hombre. Elemento por elemento, miligramo por miligramo, todo haba sido prolijamente dosifica do, probado y ejecutado. De modo que en la madrugada del 11 de junio de 1909, cuando Donissoff dio su golpe final de mbolo en las venas del prodigioso engendro, el pecho de los asociados se abri en un profundo suspiro, como un gran efluvio de esperanza que esta vez no! no se frustrara. Y no se frustr. La misma decoracin que diez meses atrs haba encuadrado la vivificacin de la rata presida ahora la del maravilloso ser creado. El labora torio en silencio y a media luz: la mesa central mas ahora con gruesas mantas, vivamente iluminada por las ocho lmparas de pantalla verde, el vaho asfixiante de la vez anterior: los tres asociados rodeando el cuerpo en igual tensin de espritu. Donissoff, con el odo sobre el corazn del hombre, pa reca una estatua. Sivel tena los ojos clavados en el termmetro, introducido en la boca de aqul. Ortiz oprima entre sus manos los pies del hombre, observando la temperatura. Durante dos eternos minutos ninguno se movi. Al fin, Donissoff se incorpor, apartando de la frente su cabello rubio. Ya est dijo sencillamente. Retire el termmetro, Sivel: no hace falta. Lo mismo, Ortiz... corte la corriente... Veinticinco grados es suficiente. Tal increble perfeccin haban puesto en los ms insignificantes detalles de su obra; tal mutua fe tenan en el genio inventivo de Donissoff, escudriador de Sivel y aplicador de Ortiz, que los tres asociados no sintieron, ni remotamente, el loco entusiasmo de la otra vez, cuando vivi la rata. El alma les vibraba de gloria, sin duda, pero demasiado alta esa gloria pa ra que se manifestara en turbulencia fsica. Se sentaron en la mesa prxima, las piernas colgantes, mirando en silencio su obra. El ser que yaca de espaldas frente a ellos era un hombre de mediana estatura, de maravillosa proporcin. Representaba veinticinco aos. Las facciones tenan una serenida d sorprendente. Los ojos estaban cerrados y el pecho suba y bajaba rtmicamente. Esto era lo que haban hecho Donissoff, Sivel y Ortiz pasando de aquella rata, que se haba devorado a s misma a las dos horas de existencia, a ese maravilloso ser que yaca desnudo, respirando armoniosamente. Adems tena nombre. Como desde los primeros momentos en que se pusieron a la obra, haban sentido la necesidad de llamar de algn modo a su hom bre en formacin, Ortiz haba propuesto llamarle Bigeno, esto es: Engendro vida. En verdad, quienes la engendraron fueron ellos; pero el nombre les haba gustado. Despus de un largo rato de muda contemplacin de su obra, que condensaba un milln de torturas cerebrales, Sivel levant la voz en aquel silencio: Ya hemos concluido nosotros, Donissoff. Ahora le toca a usted. Si lo despertamos abrir los ojos y mirar, y si lo bajamos quedar de pie donde lo dejemos, porque no se le ocurrir caminar, y si lo hacemos caminar chocar con todo, porque no tiene nocin de los obstculos. Usted no pretender que veamos eso, no? En ese caso ms valdra que nos hubiramos pegado un tiro nosotros. Donissoff, la vista fija en la me sa, pareca no haber odo. Su expres in tena aquel sello de implacable voluntad de las ocasiones decisivas. No! respondi al fin. No hemos hecho eso para deshonra nuestra... Se acuerdan ustedes de la promesa que me hicieron cuando decidimos los trabajos...? Sivel, Ortiz! Necesito que me den plenos poderes para animar eso. Entendido, Donissoff! No necesitaba decrnoslo. S, necesitaba, porque... Por qu, Donissoff?

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17 El rostro de ste se contrajo, y un rayo acerado cruz por su mirada de arcngel. Un momento! Nada ms que un momento! Y sali, atravesando el laboratorio. Un rato despus Donissoff entraba, acompaado de un hombre pobremente vestido, muy flaco y de semblante amarillento. Usaba anteojos oscuros. El sujeto, evidentemente tmido, miraba con gran sorpresa a los tres hombres hasta que su vista se fij en las lmparas elctricas, la mesa refulgente y el hombre tendido sobre ella. Entonces su rostro se demud. Ya le dije se dirigi Donissoff a l que se trata de una operacin. Ese hombre est cloroformizado. Necesitamos su ayud a para... permtame un segundo! Y volvindose a Sivel y Ortiz les dijo rpidamente en ingls: Hay que sujetar enseguida a ese hombre. No perdamos un minuto, porque va a desconfiar. Tan brusca fue la revelacin para los dos asociados que a pesar del dominio que sobre s tenan, se quedaron con los ojos profundamente abiertos. Vamos! No se olviden de lo prometido... Ens eguida! repiti Donissoff con la voz ya casi angustiosa a fuerza de ser imperativa. Donissoff! murmur Ortiz. Ortiz! chirri aqul entre dientes, abrasndolo con la mirada. Y se volvi al hombre. ste, los ojos desmesurados de estupor y de desconfianza, retrocedi un paso. Pero el otro le puso la mano en el hombro: Ortiz...! Sivel...! llam a stos con su voz cl ara y cortante. Y en un segundo el sujeto estuvo ceido entre los brazos, atado y sentado en una silla. Los anteojos se le haban cado en la lucha; estaba lvido, el pelo revuelto y el rostro traspasado de terror. Los tres asociados, jadeantes, no se tomaron la molestia de alejarse para hablar. Y bien...? preguntaban las miradas de Sivel y Ortiz, fijas en la de Donissoff. Y bien! repuso ste. Es el elemento definitivo; ya est hecho. Hable en ingls, Donissoff repuso Sivel. Y agreg: Qu est hecho? Ese hombre...? S. Y vamos a hacer...? Torturarlo. Sivel, que iba a agregar algo, se detuvo y clav su mi rada profunda en Donissoff. l lo miraba tranquilo, pero muy plido. Nosotros, Donissoff! S... Nos es indispensable una intensa produccin de dolor, una sobreaguda corriente de dolor, para provocar en su sistema nervioso una sensibilidad que slo los aos daran. Acurdense de la discusin que tuvimos al principio, comparando nuestra obra a un acumulador... Ha sido fabricado como acumulador; pero ahora ser una bobina, un carrete... la corriente obrar por influencia. Esto exige alguna explicacin, que fue la proporcionada por Ortiz varios das despus, en la instruccin del proceso. Si se enrolla un alambre aislado en un cilindro de hierro y se hace pasar por el alambre una corriente elctrica, el hierro se imanta. Si es e cilindro as dispuesto se introduce en el hueco de un carretel, sobre el cual se ha enrollado tambin otro alambre perfectamente aislado, sin comunicacin alguna con el cilindro, la corriente elctrica del cilindro pasa por influencia a la del carretel, pero centuplicada en energa. Esto es lo que se llama carrete o bobina de Rumkhorff. Y a este fenmeno de corriente o sensibilidad, centuplicada sin contacto, es al que aluda Donissoff. Esta explicacin, necesaria para el juez de instruccin, no lo fue para Sivel y Ortiz. Vieron enseguida, con un estr emecimiento, adond e iba Donissoff.

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18 En sus rostros se reflej la admir acin que les causaba ese audaz golpe de genio o locura. Mas torturar a un hombre! Horrible era sin duda; pero para aquellos tres hombres que haban sacrificado a su ideal, uno su cario de hijo, otro su amor, otro su fortuna, el tormento aplicado a un pobre ser inocente no poda ser obstculo al triunfo de su ideal cientfico. Nada haba ms puro y sencillo que el corazn de aquellos tres hombres, y por eso, a pesar de todo, aunque su inteligencia decida inexorablemente el martirio necesario, sus almas all adentro lloraban de compasin. En Donissoff, sobre todo, haca estremecer el profundo contraste en tre su rostro de arcngel y la te rrible voluntad que se sobrepona a sus sufrimientos, como una sombra bandera de combate clavada vigorosamente en su propio corazn. Y por esto mismo los ojos del pobre diablo lvido de terror se abrieron espantosamente al ver a Donissoff que hablaba, sin darse cuenta, en francs. Decidmonos, Sivel! Cuanto ms tiempo ganemos, mejor. Ortiz: abra un poco la corriente. Para la tortura...? Pero no pudo concluir. Un grito de horror, un alari do desgarrante haba partido de la garganta del pobre diablo al or tortura. Atemorizado ya al infinito con el lazo que le haban tendido, aquel laboratorio con su aspecto de infierno, y los tres demonios devoradores de hombres, su ser todo se haba roto en un alarido al ver lo que le esperaba. Hizo un esfuerzo terrible para romper las ligadur as y rod por el suelo con una convulsin. Lo levantaron, le sentaron de nuevo, y Donissoff, ponindole la mano en el brazo, le dijo framente: Es intil que grite: no se oye absolutamente nada desde la calle. Ahora, si la seguridad de que nosotros sufrimos ms que usted con su propio dolor puede servirle de algo, tngala en un todo. El pobre diablo, los ojos desmesuradamente abiertos y con el rostro surcado por heladas gotas de sudor, qued inmvil, siguiendo a Donissoff con la vista. Desde ese momento no tuvo un gesto, ni se movi, presa de profundo estupor. Entonces unieron una mesa con aquella en que yaca Bigeno y acostaron en ella a la vctima desnuda. Le sujetaron de los pies y las muecas a la mesa; y mientras Ortiz abra ms la corriente de su dnamo para levantar la temperatura del laboratorio, Donissoff fue a buscar al taller mecnico una pequea herramienta: un alicate. El hombre inmovilizado sinti la aproximacin de Donissoff y el contacto de su fina mano en una de las suyas. Durante cinco segundos el corazn del pobre ser lati desordenadamente, muerto de angustiosa expectativa. Y de pronto lanz un grito. Una de sus uas, cogida por el borde con el alicate, acababa de ser arrancada hacia atrs. Fue un solo grito, pero que llevaba consigo un delirante paroxismo de dolor. El laboratorio cay de nuevo en profundo silencio. Los tres asociados, plidos como la muerte y con los ojos fijos en Bigeno, acababan de notar un ligero estremecimiento en su prpados. Ha sentido...murmur Ortiz. Ninguno respondi. S, la corriente haba pasado; el ser recin creado, virginalmente puro de sensaciones, acababa de sentir en su sistema nerv ioso el primer choque del dolor llevado a su culminacin. Un momento despus, otro alarido resonaba, ms desgarrador an que el primero; otra ua echada atrs con el alicate haba desaparecido del dedo. Y con largos intervalos, los alaridos se sucedieron, pero prolongndose cada vez ms en un estertor lamentable. Los tres asociados, fijos los ojos en Bigeno, consta taban el creciente temblor de sus prpados, mientras la expresin de serenidad estatuaria comenzab a a desvanecerse. Iba adquiriendo ese algo cansado, doloroso, serio que caracteriza la expresin del adulto que ha sentido y sufrido, expresin visible aun cuando duerme. El acumulador se iba cargando. Pero, entre tanto, a cada nuevo alarido del pobre ser to rturado, la palidez de los operadores aumentaba. Cuando la sexta ua hubo sido echada hacia atrs, Ortiz puso la mano en el brazo de Donissoff y le mir con profunda angustia: No puedo ms, Donissoff... Me voy. Donissoff evit su mirada y sacudi las ondas de sus cabellos sin responderle.

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19 Sufro demasiado... continu Ortiz en voz baja. Yo tambin repuso Donissoff, con su rostro blanco y contrado. Pero quiero llegar hasta el fin. Ortiz se retir. Al octavo alarido Sivel estrell cont ra el suelo una pinza de operaciones que conservaba an y se ech de brazos sobre una mesa. Donissoff lo contempl un rato y yendo hacia l le pas suavemente la mano sobre la cabeza. Vyase, Sivel! Yo operar solo. Sivel levant su rostro desfigurado, ms blanco que el mrmol, y clav sus ojos en los de Donissoff. Durante largos segundos se observaron aquellos dos hombres de temple formidable, y durante esos segundos ambos volvieron al pasado lleno de sangre de sus propias almas. Pero esta vez el acero de la voluntad de Sive l se haba quebrado, no poda resistir ms. Vyase, Sivel repiti con dulzura Donissoff. Sivel se fue, y hundido con Ortiz en los divanes del comedor, continuaron oyendo los lamentos desgarradores del torturado. Pas as media hora. Ortiz, con las manos cruzadas detr s de la nuca, tena la vista fija en el techo. Sivel, inmvil tambin, fumaba. Pero el cigarro le duraba apenas unos minutos. Y acabado de tirar el dcimo, los alaridos cesaron. Un momento despus entraba Donissoff, plido como la muerte. Me muero de sed! exclam con la voz ronca Quiere hacer t, Ortiz? Estoy un poco cansado. Se dej a su vez caer en el divn, junto a Ortiz echando la cabeza atrs, con los ojos cerrados. Durante un largo rato no dijeron una palabra. El silencio pareca ahora mucho ms profundo. Concluy? le pregunt Sivel al fin, sin mirarle. S, pero no s... Me mora de sed. Y ese desgraciado? le dijo Ortiz. Un momento, Ortiz! Djenme descansar un momento...! Est desmayado ahora. Cuando hubieron tomado el t, se levantaron y fueron al laboratorio. Sobre las mesas, mesas vivamente iluminadas, yacan los dos cuerpos, uno al lado del otro. El pobre ser torturado pareca ahora de una flacura cadavrica. Tena el vientr e horriblemente hundido y las costillas salientes, proyectadas para arriba por contraste, parecan romperle la piel. Tena el rostro lvido y los ojos hundidos en el fondo de las rbitas. De sus fosas nasales caan dos hilos de sangre que cortaban paralelamente los labios y se perdan en la barba. No conservaba una sola ua en sus dedos. Los tres asociados, despus de pulsarlo y auscultarlo, se inclinaron sobre Bigeno. El temblor de los prpados haba cesado; pero su expresin era otra: la expresin de un hombre que ha vivido, amado, sufrido. S, aquella boca cerrada haba gritado; aquellos ojos haban visto, aquella frente, ya no tersa, haba pensado! A pesar de las emociones de ese da y de los te rribles choques que acababan de sufrir, los tres experimentadores sintieron sus almas refrescadas de glorioso orgullo. El corazn de Bigeno trabajaba con absoluta precisin, los pulmones quemaban su oxgeno hasta el ltimo tomo y el cerebro, ahora, viva. No era ya su sistema nervioso el de un recin nacido: su cerebro haba vivido una existencia entera de sensaciones. Pero para ello haba devorado en dos horas todo cuanto cabe de dolor en un organismo humano. La vista de sus creadores se apart al fin de l, fijndose en la vctima. Ha sufrido horriblemente murmur Ortiz, bajndole el prpado inferior. Urga levantar su depresin; desprendieron las ligaduras con exquisito cuidado y lo llevaron en brazos a la cama de Donissoff. All, gracias a una iny eccin de cafena y a los cuidados qu e le fueron prodigados, el pobre diablo volvi en s. Los ojos dilatados de estupor re corrieron lentamente la pi eza y se fijaron al fin en los tres rostros que lo observaban. De pronto su rostro se contrajo horriblemente. Lanz un grito desesperado en que iba toda la defensa que quedab a al pobre ser ante un nuevo martirio: acababa de reconocer a Donissoff. Retrese! dijo Sivel a ste al odo. Su presencia acabara de enloquecerlo.

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20 Donissoff sali; y entonces Sivel y Ortiz tuvieron el arduo trabajo de tranquilizar al msero torturado, logrndolo al cabo de media hora larga. Luego lo dejaron solo, pero cerrando tras de s la puerta con llave. Los tres asociados se encontraron al fin solos ante su obra. Era tiempo de que concluyramos exclam Ortiz, pasndose la mano por la frente. Tengo la sensacin de que hemos vivido mil aos en este da. S, hemos concluido! observ Sivel. Por qu no? Fjese en esa expresin. Ese hombre tiene ya cuarenta aos de vida cerebral. Duda, Sivel? se volvi a l Donissoff mientras re coga de la mesa prxima su jeringuilla Pravatz. No s... contest Sivel, sacudiendo la cabeza. Temo mucho, al menos... Pero temo otra cosa. Qu? No s bien... Inyecte, Donissoff. Donissoff inyect su suero excitant e en el vientre de Bigeno, y un momento despus ste abra los ojos. Fcil es darse cuenta de la profunda ansiedad con que los tres experimentadores observaron aquella primera manifestacin de vida real. La mirada de Bigeno, clara, lmpida, pero desprovista en un todo de expresin, se fij directamente en el techo. Pas un minuto as, en profundo silencio. Donissoff, Sivel y Ortiz observaban aquella mirada; y la mirada aquella fija en el techo, sin pestaear. Al fin se oy un murmullo. No s haba susurrado Ortiz. Instantneamente, la cabeza de Bigeno se volvi h acia donde haba sonado la voz, y sus ojos, con expresin de profunda inquietud, miraron a los tres hombres. Los tres sintieron al examinar esos ojos un hondo estremecimiento. Donissoff...! Esa mirada! murmur Ortiz. S repuso Donissoff, plido. Yo tambin la conozco. Eso es lo que... iba a agregar Sivel. Pe ro las palabras se cortaron en su boca. Bigeno, con expresin de agudo sufrimiento, acaba de recoger las manos, tocndose las uas. Eso es lo que tema! reanud Sivel, con el ceo contrado. Ha absorbido todas las torturas del otro! Hemos hecho un monstruo de dolor, Donissoff! No! repuso ste, con su plido rostro de arcngel. El dolor est an a flor de nervio... Se reabsorber enseguida. Entonces se oy una voz que no era de ninguno de los tres experimentadores. Ay! Las uas! El primer movimiento de Donissoff, Sivel y Ortiz fue volverse vivamente hacia la puerta del cuarto en que yaca el pobre torturado: haban odo su voz. Era su voz; y sin embargo, haba salido de encima de la mesa: era l quien hablaba. Los tres hombres se estremecieron violentamente. Esa sencilla frase demostraba ya sensacin, percepcin, todo cuanto hace del adulto un ser superior. Pero la mirada era del otro! La voz era del otro! Hemos hecho un horror, Donissoff! clam de nuevo Sivel, pasndose la mano por su frente angustiada. Ese hombre no tiene vida propia. Es un maniqu; le hemos transmitido el alma del otro. Donissoff se irgui; y mientras su mirada tornaba a acerarse, como en todos los casos en que irrumpa de su alma una explosin de voluntad o de genio, puso la mano en el hombro de Sivel. Sivel! Jams le he asegurado yo de antemano una cosa de la cual no estuviera completamente seguro. Ese ser tiene vida propia, o la tendr. La influencia del alma del otro persiste an, y sera imposible que as no fuera. Pero se disipar en cuanto vuelva a despertarse. Y entonces... Entonces qu, Donissoff?

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21 Entonces prosigui Donissoff con un poco de lentitud y mirando a otra parte. Entonces es posible que sufra mucho an. Cuando usted tema esta especie de avatar momentneo, yo tema... Pero no pudo concluir. Bigeno, que despus de aquella frase de sufrimiento haba cado en un profundo sopor, acababa de abrir los ojos y lanzar un grito delirante. Eso es lo que tema! exclam Donissoff, lvido. Ya empieza! Son un nuevo grito y Bigeno se incorpor violentamente. Los tres asociados se lanzaron sobre l y apenas el ser sinti en el cuerpo el contacto de las manos de sus creadores, prorrumpi en alaridos de espantoso dolor. Ortiz levant la cabeza y mir fijamente a Donissoff. Y para comer, Donissoff... ? Se hizo un mortal silencio. Evidentemente el sentido del gusto deba tener la misma espantosa irritabilidad del de la vista, del odo, del tacto... Eso es! dijo Sivel. No podr comer. Preferir la muerte, antes que los terribles dolores que le ocasionara un simple trago de agua.... Donissoff! exclam despus de un rato de silencio, levantndose. Donissoff! repiti mirndolo fijamente: Matemos eso! Ortiz, que a horcajadas en la silla tena la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados en el respaldo, levant lentamente su rostro plido. No se oa sino la respiracin de Bigeno. Hemos hecho un monstruo, Donissoff! repiti Sivel con la voz ronca. Matemos eso! Es ms misericordioso. Donissoff, que hasta ese momento no haba hecho un solo gesto, se levant. Fue a la cama, puls aquellas arterias, auscult aquellos pulmones, y se volvi al fin con los ojos hmedos. Compaeros! Ustedes saben con cunto cario y energa hemos trabajado juntos cuatro aos. Cuatro aos trabajando juntos...! Les pido un da, nada ms que un da de tiempo! Si maana a esta hora su sistema nervioso no est aplacado, destruiremos nuestra obra... Pero un da, por favor, Sivel! Y sentndose al pie de la cama, dej caer la cabeza en el respaldo. Ahora bien; para Sivel y Ortiz, que conocan hasta el fondo el temple de aquel alma, esa exclamacin de un hroe de la voluntad era ms temible que cualquier honda protesta de desaliento. Qu agudas y profundas deban haber sido las emociones de ese da para quebrantar como un diamante los nervios de aquel arcngel! La obra era comn, sin duda, y a ella haban aportado la sustancia ntima de sus almas, transformada en talento y energa. Pero ni Sivel ni Ortiz ignoraban que aquello era obra de Donissoff. Las angustias haban sido, por lo tanto, triples que las de sus compaeros, y ah ese derrumbe de su energa, que, como el de una montaa, arrastra ju nto con lo que halla a su paso a la montaa misma. Ortiz quiso ir hacia Donissoff, pero Sivel lo contuvo con un gesto. Quedaron inmviles. Un momento despus Donissoff se levantaba. No quedaba la ms leve huella del desaliento sufrido. Su frente, sus ojos, su expresin entera tenan la limpidez acostumbrada. Creo que podramos acostarnos dijo sencillamente. Sivel y Ortiz asintieron de muy buena gana. Cerrar on antes hermticamente ventanas y puertas del cuarto a fin de evitar en lo posible impresiones a los sentidos de Bigeno, y salieron. Sivel y Donissoff durmieron en el laboratorio sobre una simple manta. Al da siguiente los tres asociados se levantaron muy temprano. Se sentan molidos, quebrantados por las emociones de las ltimas veinticuatro horas en que haban visto la rea lizacin, el fracaso y el resurgimiento de su sueo de tres aos. Fueron al comedor, pero como no tenan hambre alguna desayunaron con naranjas. El cido jugo fue un gran calmante para sus gargantas resecas; y luego, un poco ms reconfortados ya, pasaron al cuarto de Sivel, donde el torturado, con las dos manos vendadas, dorma an. Slo se despert cuando los tres experimentadores estuvieron a su lado. Sus ojos dilatados en un profundo crculo negro, ojeras de sufrimiento y de terror pasados, vagaron apagados por el techo. Buen da le dijo Sivel ponindole la mano en la cabeza. Cmo se encuentra?

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22 La mirada del msero, que iba pesadamente de uno a otro, concluy por fijarse en la de Sivel. Y lentamente, como una lmpara elctrica que comien za a encenderse poco a poco, aqulla revivi. Bien... bien... repuso al rato, con una voz que surga rota del fondo de su naturaleza, trmula todava por el sufrimiento pasado. Mucho dolor ah? prosigui Sivel. No... nada... no me duele... Cmo...! Pero fjese bien: dol or, no? No le duele nada, nada? El otro cerr los ojos y sus labios temblaron un rato. No, nada... Sivel y Ortiz se miraron intensamente. Donissoff, con la vista fija en los muones vendados, no movi un solo msculo. Entonces Sivel sali, volviendo ense guida con una aguja de coser heridas. Se inclin sobre l y, oprimindole fuerteme nte la mueca, le pregunt: Siente? No. Entonces Sivel hundi la a guja entera en el antebrazo. Siente? No. Sivel, plido, se incorpor. Volvi a cubrir al de svalido y, seguido por sus compaeros, abandon la pieza. Este hombre se muere dijo sencillamente, cuando estuvieron solos en el laboratorio. Donissoff no respondi en los primeros momentos. S contest. Lo hemos matado. Sus nervios estn quebrados para siempre. Son incapaces ya de la menor reaccin sensitiva. Maana no ver ms, pasado no oir y luego no respirar. Hemos descargado demasiado la pila observ sordamente Ortiz. Y el acumulador, en cambio, se ha sobrecargado apoy Sivel, quedando un momento con la vista perdida. Cuando la alz ya no estaba all Donissoff. Y Doni...? iba a preguntar. Y un grito terrible, un verdadero aullido de dolor llevado a su paroxismo, le hel las palabras. Se lanzaron de un salto al cuarto de aqul, pero Donissoff cerraba en ese instante la puerta por fuera. Qu, Donissoff? Qu hay? exclam Ortiz. Nada repuso aqul. Entr y estaba en medio del cuarto... Y ese grito? En cuanto vio la luz... Todava! Otro grito de dolor, efectivamente, acababa de orse. Era Bigeno, a cuyo vibrante sistema nervioso la menor sensacin arrancaba gritos de agudo dolor. Un pequeo rayo de luz le haca el efecto de un deslumbrante fulgor en plena pupila. Si tocaba un objeto reciba una violenta quemadura. Y el gusto, el odo, el olfato, todos los rganos de la sensacin, puestos en un grado de terrible excitabilidad por sus creadores, mantenan a aquel desgraciado en medio de la pieza, tembloroso, angustiado, empapado en fro sudor de tormento. S! Haba robado, absorbiendo hasta la ltima vibracin, toda la potencia nerviosa que surge de una persona a la que se tortura. La absorcin haba sido completa, decisiva y fatal: mientras el uno senta demasiado, hasta aullar de dolor por la impresin de un leve rayo de luz, el otro, con los nervios vaciados y muertos, iba a perder la vida por no sentir nada... Los tres hombres haban quedado inmviles ante la puerta cerrada. Al segundo grito haba seguido un tercero y luego de nuevo el silencio. Quin sabe! murmur Sivel. Tal vez cuando pi erda un poco de exc itabilidad... Entremos de nuevo, Donissoff.

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23 Pero apenas hubieron hecho girar la llave, un angustioso grito les prob que el ligero ruido de la llave haba torturado el tmpano de aqul. Retrocedieron, con sus esperanzas hechas pedazos, mientras en el cuarto los gritos continuaban: es ta vez de mucha ms intensidad y duracin que la primera vez. As, durante dos das enteros, los tres asociados vinieron sintiendo sin la menor tregua el grito aquel que surga del cuarto cerrado. Ya no era menester el chi rriar de una puerta, la luz que entrara por ella: los ruidos apagados de la calle, las casi invisibles filtraciones de luz, el solo contacto de los pies en el suelo eran para aquella naturaleza que haba cobrado vi da por medio de alaridos de dolor un manantial inagotable de tormentos. No haban pretendido los experimentadores someterlo ni por un instante a la tortura de la alimentacin. Aparte del dolor irresis tible que le hubiera ocasionado un simple trago de agua, habra sido menester poner sus manos encima de l, violentarlo, exponindolo por consiguiente a que el sufrimiento paroxstico rompiera de una vez sus nervios, ya tirantes hasta lo indecible. El otro, entre tanto, el msero torturado, se iba extinguiendo en la vaciedad total de su organismo. Ya no vea, ni oa, ni senta nada. Yaca tendido de espaldas, inmvil, muerto en vida. El corazn lata cada vez ms dbilmente. Su respiracin se apagaba, y aquel cuerpo joven, lleno de vida dos das antes, era apenas un organismo vegetal, insensible mquina que se haba vaciado hasta la ltima gota en explosivas cargas de dolor. Y en el cuarto de Donissoff los gritos de tortura continuaban, agudos, incesantes, hasta que, concluido el tercer da, cesaron de golpe. Los tres asociados en traron y hallaron a Bigeno desmayado en el suelo. Lo acostaron, y permanecieron de pie, a su la do, sumidos en tumultuosas reflexiones. Dos das haca que no lo vean, que no haban visto a aquel ser humano pensado, planeado y ejecutado por ellos. Y cuntas esperanzas perdidas! Qu desastre y qu triunfo al mismo tiempo, con aquellos nervios que sangraban vivos por exceso de sensacin! Pero no era eso lo que ellos haban pretendido. All estaba, desmayado de extenuacin nerviosa, por fin, despus de dos das de tortura. Pero pronto volvera en s. Qu le parece, Donissoff? pregunt Sivel. Una gr uesa inyeccin de morfina? La resistira bien. S repuso Donissoff, con la voz perdida. La resistira bien, pero mataramos el alma. Y lo que precisamos es disminuir la sensibilidad exterior, nada ms. Tal vez hubiera algo mejor... Qu? Descargar el acumulador. Es lo que est pasando desde anteayer... S, pero en corto circuito, como dice Ortiz. La descarga sobre s mismo... Y hace falta una mquina receptora. Sivel lo mir intensamente, y su rostro deforme palideci. No quiero ms torturas, Donissoff! repuso con la voz ronca. No torturaremos a nadie, Sivel objet aqul. Pero podramos hipnotizar a alguien. En ese estado es fcil recibir el exceso de carga de Bigeno. Pero a quin? A m. Sivel y Ortiz se volvieron bruscamente a Donissoff. Su belleza de arcngel centelleaba bajo el influjo de su genio y su voluntad. Sivel, que haba vuelto a bajar la vista sobre Bigeno, la alz esta vez completamente contrado: Donissoff! Por lo que ms quiera en este mundo, no haga eso! Por lo que ms quiera... murmur Donissoff, mientras una sonrisa amarga se dibujaba en sus labios. Y su mirada, perdida en el vaco, reconstruy otra escena de comit secreto, all, muy lejos, en que haba sacrificado algo ms que su propia vida. Sacudi la cabeza. Es menester! All en Rusia hice algunos experimentos de hipnotismo... Necesitbamos todos conservar nuestra potencia activa y pasiva en sugestio nes. Como ustedes comprenden, en este estado me ser fcil transformarme a mi vez en acumulad or... pero ser preciso torturar a Bigeno.

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24 No, no, Donissoff! exclam Ortiz. No podra or ni un solo grito de esos! Ni yo, por eso quiero cambiar este insostenible estado de cosas. Hemos puesto en esta miserable mquina de sufrimientos todo cuanto nos une an a la vida. Por lo menos a Sivel y a m... Ortiz no ha sufrido an. Los dolores que pueda sentir no son nada en relacin a la tortura incesante de este pobre ser. Adems, Sivel, dos o tres sacudidas bastan. Mis nervios recogern la corriente, para devolverla apenas cese el estado hipntico... fjese en esto. Y era evidente: el problema hallaba as prodigiosa y elemental solucin. El pecho de Sivel y Ortiz se abri a una nueva oleada de esperanza, que esta v ez los llevara al triunfo, ya demasiado lleno de dolores! Entonces, viva, febrilmente, se dispuso todo. Transportaron a Bigeno al laboratorio y le tendieron fuertemente ligado sobre la mesa donde naciera a su miserable vida. A su lado se tendi Donissoff, oprimiendo fuertemente la mano de Bigeno. La sala de tortura volva a tener el mismo aspecto de la vez primera: el laboratorio oscuro en los rincones; las mesas de mrmol vivamente iluminadas por las lmparas elctricas con pantallas verdes, los experimentadores mudos, y la atmsfera quieta del recinto que pareca esperar angustiada nuevos gritos de tortura. Sivel se inclin sobre Donissoff y fij su mirada prof unda en los ojos de aqul. Ortiz, inmvil, pulsaba a Bigeno. No se senta el menor ruido en el laboratorio. La voluntad de Sivel para que Donissoff durmiera s lo era igualada por la del propio Donissoff para querer dormirse. Qu no hubieran podido obtener aquellas dos energas de acero, puesto todo esfuerzo en un solo pensamiento? Al rato los ojos de Donissoff se cerraron. Sivel coloc el ndice y el pulgar de su mano sobre los prpados de aqul, oprimindole los ojos suavemente. Duerme, Donissoff? Todava no. Pas un largo rato. Se hubiera podido seguir por todo el laboratorio el zumbido de una mosca. Duerme, Donissoff? Esta vez la respuesta se demor. S, estoy dormido. Sivel se volvi entonces a Ortiz. Y eso? pregunt en voz baja. Ya comienza a estremecerse... Empecemos enseguida! No haba tiempo que perder. Sivel se inclin de nuevo sobre Donissoff. Donissoff! le dijo con voz lenta, para insinuar m s firmemente la sugestin. Usted tiene una gran debilidad nerviosa y necesita una fuerte excitacin... Me oye? S. Cuando la impresin que sienta llegue a ser dolorosa, oye bien?, cuando sienta dolor, se despertar enseguida. S. Apenas sienta dolor, Donissoff? S. Sivel se reincorpor entonces, tranquilo. Con esta sugestin perentoria nada haba que temer; sera imposible el menor trastorno. Lo que pas entonces fue tan terrible que ni Sivel ni Ortiz han podido despus reconsiderar el tiempo justo que tard en efectuarse la terrible catstrofe. Sivel haba concluido apenas de enderezarse, cuando Bigeno se agit violentamente. Era menester a toda costa evitar que se despertara normalmente. Rpido, Ortiz! exclam Sivel. Tortrelo! Ortiz se inclin sobre el desgraciado con su instrumento de horror, y un segundo despus, un alarido horrible, sobrehumano, como nunca lo haban odo, una verdadera expresin de dolor llevado a su

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25 paroxismo reson en el lgubre laboratorio. Y tras l, otro grito, pero ronco, de corazn que estalla, enloqueci a los operadores. Donissoff acababa de incorporarse violentamente, con los ojos fuera de las rbitas y la boca espantosamente abierta. Donissoff! gritaron a un tiempo Ortiz y Sivel precipitndose sobre l. Pero Donissoff haba vuelto a caer hacia atrs, con un ronco suspiro, muerto, destrozado por aquella abominable mquina de dolor que haba creado con su genio y que acababa de descargar de golpe todos sus sufrimientos acumulados: haba estallado, matando a Donissoff. Ortiz y Sivel, mudos de horror, quedaron anonadados. Su compaero, el ms grande y noble de todos los hombres, aquella criatura de genio y sacrificio, fulminado para siempre! Estaba all muerto, aquel arcngel de genio que haba creado lo ms grande que es posible crear en este mundo! Y perdido para siempre! Sivel, con un ronco y profundo sollozo, cay sobre el pecho del hroe. Donissoff, nio querido! exclam. Qu hemos hecho de ti? Ortiz no tena fuerzas para secarse las gruesas lgrimas que rodaban por sus mejillas. Todo estaba concluido! Jams, jams volveran a aspirar a nada! Nunca ms entraran en el laboratorio! Su porvenir entero estaba muerto ya, como haba muerto el hombre de las manos vendadas; como haba muerto su creacin abominable; como all criatura sublime, arcngel de genio, voluntad y belleza estaba muerto Donissoff. Horacio Quiroga naci en el Salto uruguayo el 31 de diciembre de 1879 y se suicid ingiriendo cianuro el 19 de febrero de 1937 en Buenos Aires, ante la perspectiva de tener que afrontar una enfermedad incurable. Su carrera literaria se haba iniciado con la publicacin de un libro de poesa, Los arrecifes de coral (1901), antes de trasladarse a Argentina, donde transcurri el resto de su vida. Signado por la tragedia, con la que lleg a establecer una relacin tan estrecha que resulta imposible determinar quien llamaba a quien, desarroll una actividad creativa de rara intensidad. Atrado por la selva, vivi largos perodos de su existencia en Misiones, cerca de las ruinas jesuticas. Sus experiencias en una zona de frontera a la que sus lectores de la ciudad no tenan acceso, el conocimiento de gentes, animales y plantas "exticas" que supo integrar a sus relatos, determin que sus ficciones adquirieran una marca de estilo. Tambin puede pensarse en l como un enfermo, un obsesivo que abandon la vida refinada de la gran urbe para arribar, gracias a fatalidades y decepciones, a esa condicin de escritor excntrico y subversivo. La sntesis de su vida es casi la de su estilo: la selva, la muerte, el dolor. Las relaciones que lo vincularon a otros seres humanos fueron siempre conflictivas. No se salvan de este calificativo padres, esposas, hijos, amigos, todos ellos trgicamente presentes en su obra literaria. Pero descubri que escribir es un oficio, no un rapto de inspiracin y en ese descubrimiento se asienta uno de los hitos bsicos de la literatura argentina. En 1898 conoci a Leopoldo Lugones en Buenos Aires, un escritor que habra de ejercer una importante influencia sobre l. En 1900 fue uno de los promotores de un movimiento literario en Montevideo que recibi el nombre de "Consistorio del Gay Saber". Tambin es posible reconocer el ascendiente que tuvieron sobre Quiroga el italiano Gabrielle DAnnunzio y el norteamericano Edgar Allan Poe. Entre sus obras ms importantes pueden citarse El crimen del otro (1904), Historia de un amor turbio (1908), Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte (1916), El Salvaje (1920), Cuentos de la Selva (1921), Anaconda (1923), El Desierto (1924), Los Desterrados (1926) y Ms All (1934), su ltima obra. Axxn 163 junio de 2006

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26 MARIO LEVRERO O EL MUNDO DEL ALMA texto y entrevista por Alberto Chimal (Tomado de www.fatalespejo.com.mx) Hay unos pocos lectores de excepcin cuyo primer autor uruguayo no fue Benedetti (como ocurre con la mayora de los latinoamericanos de cierta edad) sino otro Mario: Levrero (1940), imaginador extraordinario, autor de libros inclasificables. Unos pocos: la rareza de su obra (pese a que dibuja una trayectoria larga y prestigiosa, incluyendo reconocimientos como la beca Guggenheim, que Levrero obtuvo en 2000) ha hecho que el escritor sea poco conocido y casi siempre malinterpretado. Por ejemplo, muchos lo descubrimos por Caza de conejos, una serie de minificciones que se public en Lo mejor de la ciencia ficcin latinoamericana (1983) una antologa de Bernard Goorden. De ese libro, lo mejor era precisamente lo que no trataba de naves estelares, robots ni las antiutopas de moda. Sin embargo, aun hoy Levrero aparece publicado en colecciones como Reinos imaginarios de Plaza y Jans (orientada a la ciencia ficcin), que reedit La ciudad y El lugar dos de sus novelas ms importantes.En cualquier caso, estas y otras publicaciones demuestran que su obra (de la que destacan adems ttulos como Pars, Dejen todo en mis manos, Todo el tiempo, Fauna y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo ) ha recibido un impulso inusitado en los ltimos aos, tras dcadas de silencio. La conversacin que sigue se efectu por correo electrnico. Cmo llegaste a figurar en aquellas colecciones de ciencia ficcin? Te sientes afn a este subgnero o a algn otro? Mi primer editor, Marcial Souto, quien adems sigui publicando libros mos espordicamente hasta hace muy poco, es un editor de ciencia ficcin, y sus colecciones de libros y sus revistas han sido siempre de ciencia ficcin. No me siento afn con este gnero, o subgnero. Tampoco como lector me entusiasma mucho, salvo algunos autores especiales, como Phillip K. Dick y Alfred Bester. S soy adicto a la novela policial; a esta altura, soy lector compulsivo de alrededor de una novela diaria como promedio, y esto implica relecturas frecuentes (incluso cuando ya las tengo tan grabadas que recuerdo quin es el asesino).Cuando escribo no pienso en trminos de gneros o subgneros; sale lo que sale. Con la excepcin de dos novelas, Fauna y Dejen todo en mis manos, que escrib a partir de un impulso novela policial (aunque sin crmenes). El porqu de mis antipatas y simpatas no lo tengo claro. La ciencia ficcin suele aburrirme, y la novela policial me fascina. Otro rasgo muy llamativo de tus textos es que se apartan con frecuencia de las formas tradicionales de construir tramas e historias. A qu se debe esto? No me doy cuenta de ese apartarse de las formas tradicionales, salvo en algn caso especial que podra considerarse experimental o algo parecido (como la novela si puede llamarse novelaYa que estamos).En mis textos lo que hay es el resultado de experiencias interiores que para m son muy reales; no suele haber invenciones, sino investigacin, exploracin de lo que podramos llamar el mundo del alma. Creo que mis textos son una especie de producto secundario de esas exploraciones, o quizs ms bien una herramienta para esas exploraciones. El texto vendra a ser una traduccin, o puesta en

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27 palabras, de movimientos y aventuras anmicas para los que no hay un lenguaje especfico, de modo que sera ms apropiado hablar de smbolos que de fantasas. Claro que el tema se presta a discusiones, que no rehuyo. Caza de conejos, para m y para muchos lectores mexicanos, fue un texto importantsimo: su forma y sus temas, su imaginacin, nos revelaron posibilidades de escritura que no estaban en lecturas ms temp ranas. Cul fue el origen de este texto, de su estructura y sus personajes? Como siempre, el origen est en el inconsciente. En este caso pude rastrear, tiempo despus, uno de sus posibles puntos de partida: una temporada que haba pasado en un balneario, en casa de unos amigos (a quienes est dedicado); ah recib la influencia de los tres nios de la casa, con quienes haba pasado mucho tiempo, jugando con ellos, observndolos y siendo observado por ellos, escuchando su constante parloteo y divirtindome con sus infinitas ocurrencias. De regreso en mi casa, se me dio por escuchar muy seguido un disco que haba comprado recientemente, La trucha, un quinteto de Schubert; de algn modo esa msica juguetona y movediza se asoci con aquellos nios, aunque en ese momento no me di cuenta. Lo cierto es que al poco tiempo comenc a ver conejos en mi imaginacin, y en cierto momento se desat un torrente que dur tres das. En el propio se texto se explica que si uno se acuesta y se pasa unas horas mirando el techo y acaricindose el bigote, las historias de conejos surgen solas. Es cu rioso que aparecieran ya con las palabras exactas y sin buscarlas. Tambin es curioso que el inconsciente haya organizado el texto en base a un chiste dirigido a m mismo, que slo descubr mucho tiempo despus: el apellido Levrero, segn explicaba mi abuelo cuando yo era nio, significa lebrero o lebrel, perro cazador de liebres. Cmo fue recibido en su da Caza de conejos? En cuanto a la recepcin del texto, al pub licarse, fue ms o menos la misma de todo lo mo: un largo silencio. La primera edicin, uruguaya, la nica hasta ahora en forma de libro independiente, no fue corregida por m y est plagada de erratas. En la versin publicada en una antologa espaola de ciencia ficci n, cambiaron los nmeros romanos [ que encabezaban cada captulo, y sobre los que incluso se bromea en el texto ] por nmeros arbigos, vaya uno a saber por qu. Por ahora no hay publicada ninguna versin fiel al texto original. Te ha sido difcil publicar otros de tus textos? De ser as, la dificultad ha disminuido con el tiempo? Q u opinas de esa situacin? Es todo muy complicado. En realidad durante mucho tiempo no tuve intencin de publicar, y es casi una condicin necesaria qu e cuando escribo no pueda pensar en trminos de publicacin. Digamos que al ser que escribe con mis dedos, no le interesa otra cosa que escribir eso que escribe. El que se puede pl antear la publicacin es ese otro ser ms prximo al yo, que no escribe (no escribe literatura, quiero decir). Despus de tener secuestrada durante tres aos mi primera novela, La ciudad se me ocurri enviarla a un concurso porque la fecha del concurso coincid a con el cumpleaos de mi hija. Obtuve una mencin. No se public de inmediato, y mientras tanto apareci Marcial Souto con un proyecto editorial y me dijo que le haban hablado de esa novela y que le interesaba publicarla. La public l. Casi de inmediato, public tambin un libro de relatos que escrib despus de La ciudad y que haba reunido en un libro llamado La mquina de pensar en Gladys .En ese tiempo, como en la mayor parte del tiempo en [Uruguay], haba un nfasis en la literatura comprometida la poltica habitual y mis libros no se vendieron. La editorial (no Marcial, que slo manejaba una coleccin dentro de la editorial) haba hecho un tiraje demencial: diez mil ejemplares de cada libro. A pesar de que en el contrato figuraban cinco mil. Cuando me enter, un tiempo despus, aprovech esta informacin para rescindir los contratos, mientras casi simultneamente la editorial se mudaba a la Argentina; all, despus de colocar algunos libros en mesas de saldos de la calle Corrientes, vendieron los ejemplares restantes, casi todos, para hacer pulpa de papel. En Montevideo no se haban vendido, entre otras cosas porque la distribuidora no haba ofrecido los libros a

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28 las libreras. Un librero conocido me dijo que le pidi La ciudad a uno de los corredores, y le respondi que no lo conoca. Estas cosas, como el concurso y las conductas de editores y distribuidoras, me ayudaron a situarme en la realidad de ese pequeo mundo, y en general me he mantenido ms bien distante de la pub licacin, o de la intencin de publicar. Pero siempre aparece alguien en algn momento y me pregunta si tengo algo para publicar; si tengo, se lo doy, sea para una revista o para publicar como libro. Muchas de esas revistas y editoriales desaparecen al poco tiempo de nacer. Cuando me llega un paquete con mis ejemplares de un libro nuevo, a veces tardo horas o incluso das en abrirlo. Despus miro la tapa y echo un vistazo al interior, para ver cmo es la letra, pero leerlo me da cierto temor. Regalo algunos ejemplares, me quedo con uno o dos para m, y al tiempo puede ser que lo lea. Algunos los he reledo varias veces, al cabo de los aos.Volviendo a tus preguntas: nunca tuve mayores dificultades para publicar Pocas veces me he acercado a una editorial para ofrecer un libro, y cuando lo he hecho ha sido empujado por alguien interesado en que se publique. Actualmente hay un libro mo muy gordo a consideracin de una editorial; hay dificultades, porque parece que el precio de venta resultara un tanto excesivo para el mercado, especialmente en es ta situacin econmica desastrosa que vive el pas.Los escritores inditos se las ven en figurillas para publicar. Buscando un paliativo, con un grupo de amigos encaramos hace poco un pr oyecto marginal, y logramos milagrosamente, con el trabajo personal y sacrificado de muchos (no el mo) publicar de una sentada quince ttulos de una coleccin especial. Con poco tiraje y venta por suscripcin. Fue un verdadero xito, y oxigen algo el ambiente mi serable en que viven nuestras letras. Debido a la dificultad por encontrar vari os de tus libros, muchas personas te consideran un auto r de culto, secreto Creo que es el resultado de haber cumplido 63 aos, ms de la mitad de ellos dedicados a escribir, en ese juego ambiguo de ocultar y mostrar lo que escribo. texto Mario Levrero y Alberto Chimal, Mxico, 2003

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29 LA CALLE DE LOS MENDIGOS Mario Levrero Extraigo un cigarrillo y lo llevo a los labios; acerco el encendedor y lo hago funcionar, pero no enciende. Me sorprende, porque hace pocos momentos marchaba perfectamente, la llama era buena, y nada indicaba que el combustible estuviera por agotarse; es ms: recuerdo haberle puesto piedra nueva, y una nueva carga de disn, hace apenas unas horas. Acciono, sin resultado, repetidas veces el mecanismo; compruebo que se produce la chispa; entonces, con un cuentagotas, vuelvo a llenar el tanque de disn. Tampoco enciende, ahora. En varios aos nunca haba fallado as. Me propuse buscar el desperfecto. Con una moneda le quito nuevamente el tornillo que cierra el tanque; esto no parece contribuir a desarmarlo. Con la misma moneda, quito luego el tornillo correspondiente al conducto de la piedra; sale tambin un resorte, que est enganchado a la punta del tornillo. En el otro extremo, el resorte lleva una pieza de metal, parecida a la piedra (que tambin sale, junto con algunos filamentos, blancos y del largo del resorte, en los que nunca me haba fijado). El encendedor sigue siendo una pieza entera; en nada he adelantado quitando estos tornillos. Lo examin con ms cuidado, y vi un tercer tornillo: es el que oficia de eje para la palanca que hace girar la rueda y provoca la chispa. Lo quito, pero ya no pude usar la moneda; deb servirme de un pequeo destornillador. Tengo una coleccin de destornilladores, en total son muchos, van de menor a mayor, de uno a otro conservan las proporciones. Utilic el ms pequeo, aunque pude haber obtenido igual resultado con el N 2, o el N 3. Salen algunos elementos: la palanca, el tornillo mismo (que, del otro lado, tiene una tuerca, aunque el aspecto exterior de esta tuerca es igual al de un tornillo; la parte no visible es hueca), dos o tres resortes y la ruedita con muescas; sta rueda alegremente sobre la mesa, cae al suelo, y ya no la encuentro. El encendedor, sin embargo, me sigue pareciendo un todo; hay algo ofensivo en esa solidez, un desafo. Y permanece oculta la falla. Introduzco entonces el destornillador en distintos orificios; en primer trmino atraviesa el conducto de la piedra, y asoma la punta por la parte de arriba; en el receptculo del combustible encuentro algodn, y no sigo explorando; luego investigo los orificios de la parte superior. Hay dos: uno de ellos es el extremo de otro conducto, cuya funcin desconozco; es un tubo acodado, el destornillador no puede seguir ms all. El otro es ms ancho, recto; al final del mismo -a una distancia que, calculo, corresponde aproximadamente a la mitad del encendedorla herramienta, girando, de pronto se detiene, atrapada por la cabeza de un tornillo, que resuelvo quitar; es corto y ancho; entonces, tiro con los dedos de una pequea saliente, mientras con la mano izquierda sujeto la parte exterior del cuerpo del encendedor, y veo, complacido, que algo se desliza.

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30 Queda en mi mano izquierda la delgada capa metlica; con un leve chasquido, en el momento en que termina de salir la parte interior, un pequeo conjunto metlico se expande (me sorprendo, porque el tamao es aproximadamente cuatro veces mayor) y que da en mi mano derecha una rplica, tamao gigante, que apenas conserva las proporciones, y algo del aspecto del encendedor, pero hay muchos huecos y vericuetos; imagino un mecanismo de resortes que, para volver a guardar este conjunto en su capa, debo comprimir (no imagino c mo, aunque intuyo que debe ser difcil); slo un mecanismo de resortes puede explicar este sorprendente crecimiento. Introduciendo el destornillador en varios orificios descubr que hay tornillos insospechados; pero el nmero uno es ya demasiado pequeo para ellos, no hace una fuerza pareja y temo que se estropeen. Elijo otro; el ideal es el N 4, aunqu e bien podra usar el N 3 o el N 5, quizs el N 6, y aun el N 7. Quito algunos tornillos. Caen reso rtes, de un conducto salen una pieza metlica entera, aceitada (parece un mbolo), y un par de ruedas dentadas. Descubro que el conjunto consta tambin de dos part es, una externa y otra inte rna; cuando no encuentro ms tornillos, procedo a separarlas por el mismo procedimiento anterior. El fenmeno se repite con puntualidad, y obtengo una estructura aproximadamente cuatro veces ms grande que la anterior (y diecisis veces ms grande que el encendedor), pero el peso es siempre ms o menos el mismo; incluso dira que esta estructura es ms liviana que el en cendedor entero, lo cual, si a primera vista puede parecer extrao -especialmente cuando se sostiene en la palma de la mano-, es lgico; por ley, el contenido tiene que pesar menos que el encendedor completo, a pesar de que su tamao, mediante el ingenioso mecanismo de reso rtes, pueda aumentar y, por ello, parecer ms pesado. Me decido a quitar el algodn; parece estar muy comp rimido (lo que explica que el disn se conserve tantos das en el interior del tanque -muchos ms que en otros encendedores). El tanque ha crecido proporcionalmente, y ahora el algod n est ms flojo; el contenido, compruebo, equivale a muchos paquetes grandes; no me ha costado trabajo quitarlo, porque mi mano entra entera en el tanque. A esta altura, pienso que me va a ser muy difcil volver a armar el encendedor; quizs ya no pueda volver a usarlo. Pero no me importa; la curiosidad po r el mecanismo me impulsa a seguir trabajando; ya no me interesa averiguar la causa de la falla (y creo que ya no estoy en condiciones de darme cuenta de dnde est esa falla), sino llegar a tener una id ea de la estructura de ciertos encendedores. No uso, ahora, destornillador, para investigar los conductos; mi mano cabe cmodamente en la mayora de ellos. Es curioso el intrincamiento de algunos, semejante a un laberinto; mi mano encuentra a veces varios huecos en un mismo conducto, explora uno -que no es ms que el principio, o el final, de otro conducto, y que a su vez tiene varios huecos que corresponden a otros tantos conductos. Hay menos tornillos, y tambin, en apariencia, acta una menor cantidad de resortes. Siguiendo con la mano, y parte del brazo, uno de los conductos y algunos de sus derivados, llego a un lugar que parece estar prximo al centro de la estructura; all mis dedos palpan unas bolitas metlicas. Tienen la particularidad de estar sueltas a medias, como la punta de un bolgrafo; puedo hacerlas girar empujndolas con el dedo. Presiono con ms fuerza sobre una de ellas, y se desprende de la lmina metlica que la sujeta; comienza a rodar por los conductos y cae fuera de la estructura. Observo que su tamao es como el de una bolita de las que los nios usan para jugar. Caen muchas. Diez o doce, o ms. Tomo una de ellas y me sorprende el peso; parece que fuera una pieza en tera. Pero de ser as, no me explico cmo pudo caber dentro del primitivo tamao de encendedor. Pienso que, probablemente, tambin se hayan expandido mediante un sistema de resortes; me sigue llamando la atencin el peso. De pronto me sent atacado por el su eo. Mir el reloj y vi que eran las dos de la madrugada. Es fascinante cmo uno se olvida del paso del tiempo cuando est entretenido en algo que le interesa. Pens que deba irme a la cama, pero no puedo abandonar el trabajo. Quiero llegar, me propongo, a descubrir la ltima estructura, o a que el encendedor se desarme en su totalid ad, se descomponga en cada uno de sus elementos. Ahora, despus de un par de operaciones, mediante las cuales vuelvo a separar la estructura en dos (una capa, o cscara y una estructura cuadruplicada), el en cendedor ocupa ms de la mitad de la pieza; esta ltima estructura ya no se parece en nada al encen dedor, sus formas son menos rgidas, hay curvas; si tuviera espacio suficiente para mira rla desde cierta distancia, quizs pudiera afirmar que es casi esfrica. Solamente a travs del encendedor pue do pasar de un extremo a otro de la habitacin; lo hago con cierta comodidad, aunque debo arrastrarme. Se me ocu rre que si lo separara nuevamente en dos partes,

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31 obtendra una estructura por la cual podra andar sobre mis piernas. Pero temo, es casi una certeza, que ya no quepa en la habitacin. Hasta ahora he utilizado solamente uno de los conductos, que la atraviesa de lado a lado en forma rectilnea; pero hay otros, y siento tentacin de meterme por ellos. Me atemorizan los laberintos; tomo un cono de hilo, ato el extremo a la manija de un cajn de la cmoda, y me introduzco en un conducto, que pronto tuerce la direccin y me lleva a otros. Son blandos, sin dejar de ser metlicos; ms que blandos, dira muelles; todava se presiente la accin de resortes. Me maldigo: no se me ocurri traer una linterna o, al menos, una caja de fsforos. La oscuridad se hizo total. Llev, trabajosamente, la mano al bolsillo del pantaln, y solt la carcajada. Un movimiento reflejo, buscaba el encendedor en el bolsillo sin recordar que me encuentro dentro de l. Debo regresar a buscar la linterna, pens, y ya me dispona a remontar el hilo, para volver, cuando veo una dbil luz ante mis ojos. Una salida, o quizs el mismo orificio por el que entr -pienso y sigo arrastrndome hacia adelante, hacia la luz; sta se vuelve cada vez ms fuerte. Puedo apreciar entonces cmo es el lugar en que me encuentro; no es exactamente un tnel, en el sentido de conducto tubular cerrado; est compuesto por infinidad de pequeos elementos, aunque hay grandes columnas metlicas, algunas ms anchas que mi cuerpo, que lo atraviesan; pero no puedo ver dnde comienzan ni dnde terminan. Sigo avanzando y no logro llegar al exterior; la luz se va haciendo ms intensa -quiero decir que ahora es un poco ms fuerte que la de una vela-; no logro an localizar su fuente. Descubro que puedo incorporarme, y camino -aunque ligeramente encorvado. Escucho gemidos. Es la calle de los mendigos -pienso-, y doy vuelta la esquina y veo la fuente de luz -un farol-, y por encima las estrellas. En efecto, hay mendigos suplicantes y con ulceraciones en brazos y piernas, la calle es empedrada, y empinada; los comercios estn cerrados, las cortinas metlicas bajas. Debo buscar un bar que est abierto -pienso-. Necesito cigarrillos, y fsforos. Mario Levrero (Montevideo, Uruguay 1940-2004), fue fotgrafo, librero, guionista de cmics, humorista y redactor jefe de revistas de ingenio; public las novelas: La ciudad (1970), Pars (1980), El lugar (1984), Dejen todo en mis manos (1994), El alma de Gardel (1996) y El discurso vaco (1996). Al morir dej indita su ltima obra, La novela luminosa. Tambin public los libros de cuentos: La mquina de pensar en Gladys (1970), Todo el tiempo (1982), Aguas salobres (1983), Los muertos (1986), Espacios libres (1987), El portero y el otro (1992), Ya que estamos (2001), Los carros de fuego (2003), ms dos volmenes de Irrupciones (2001), columna periodstica que realizara entre 1996 y 1998.

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32 Ganadores Tarik Carson Captulo 1 1 Durante una semana hubo suaves vientos del este y la ciudad estuvo cubierta por el tenue polvo blanco canceroso que cubra la tierra. El viernes de maana la gente empez a salir de los abrigos, y a medioda el informativo oficial anunci que no haba peligro y todo poda volver a la normalidad. A la una se vio el sol debilitado en el cielo ceniciento, y los camiones recolectores salieron a las calles a limpiar la ciudad. Leo Shapiro los observaba desde la ventana de su dormitorio, en un tercer piso de un viejo edificio en ruinas parcialmente calcinado. Leo era un hombre regordete y bajo, casi calvo, con facciones aplastadas y sinuosas que daban la impresin de un pan mal levado. Tenia las uas inmensas, espatuladas, pero impecablemente cuidadas para la poca, y su orgullo intimo resida en su boca, carnosa, llena de curvas y tremendamente activa. (Esta era la opinin de unas mujeres a las que haba amado; opinin que al venirle a la mente siempre lo ruborizaba.) Casualmente, parado tras los vidrios sucios, pensaba en ellas, las mujeres, y en el pasado, mientras su mirada se funda melanclicamente sobre la calle fra. Su recuerdo era tan intenso que casi no vea lo que miraba, y por unos instantes senta una mezquina y extraa felicidad a pesar de todo. Nunca poda lograr que esos instantes fueran ms que minutos y ni eso. Y esa vez, cuando sali de ellos, vio abajo, en la calle, el camin y los hombres de blanco. Recogan los cadveres de la semana, y un cuerpo le dio una horrible impresin. Iba en la camilla, y un brazo, como si estuviera desprendido del cuerpo y sostenido solo por la ropa, se caa y balanceaba rozando el sucio. Los camilleros tuvieron que levantar el brazo varias veces y colocarlo sobre el cuerpo, hasta que llegaron al camin para tirarlo adentro. Luego de un rato de profunda angustia, Leo Shapiro levant los ojos, y observ una vez ms el inmenso letrero frente a su edificio. SI SU VECINO TIENE UN AUTOMVIL, USTED NO PUEDE DEJAR DE COMPRARSE EL ULTRAMODERNO ZX100. DEMUESTRE HOY MISMO SU SUPERIORIDAD NO PERMITA QUE LE LLEVEN VENTAJA. Una lgrima se desprendi de un ojo de Shapiro y corri veloz por su mejilla reseca y mal afeitada. Fuertes golpes en la puerta lo sacaron del panorama. Levant el brazo y se pas el dorso de la mano por la mejilla. Apretndose los ojos. casi disgustado por la extraa llamada, demor algo en abrir la puerta. En el oscuro pasillo haba tres hombres. -Leo Shapiro? pregunt el que tena facciones de murcilago y mirada penetrante. Se le acerc demasiado y le mostr una placa oficial. Agreg, mirando hacia adentro de la pieza -: Responder algunas cositasS, que hablar. -Podemos hablar ac dijo Shapiro, abriendo algo ms la puerta, incmodo, tratando de disimularlo -. Si no es nada importante... -Vamos. Vamos repuso el hombre mirndolo firmemente a los ojos. Lo tom de un brazo y con un gesto de impaciencia lo tir hacia afuera. Manifest con rabia -: Vas a hablar como una radio antigua, inmundicia.

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33 Shapiro pudo entornar la puerta mientras el hombre le retorca un brazo empujndolo hacia las escaleras. Shapiro dijo que no llevaba documentos. Uno de los hombres que estaban atrs lo tom de la solapa del saco, y el otro hombre le dio un culatazo en las costillas con un arma larga que haba ocultado dentro del abrigo. Shapiro trat de evitar lo que pudiera cumpliendo rpidamente las mnimas sugerencias de los hombres. Tal vez no fuera nada importante. Pero luego, cuando lo soltaran, tendra que caminar, y si lo encontraba una patrulla, volvera preso hasta que pagara la multa por no llevar identificacin. Eran las leyes, y no se deba escapar al deber de cumplirlas. En la Central lo identificaron por la voz y la mano, y lo trasladaron a una pieza v aca. No le pegaron, lo empujaron de ac para all. Haba una satisfaccin en esto, y cada funcionario que pasaba a su lado lo empujaba con el hombro, o con la mano o hasta con el pie, como si fuera una caja fuera de lugar. Despus lo empujaron a otra pieza qu e tena una mesa y dos sillas. Le dolan los pies, pero si tomaba asiento sin permiso lo podran volver a golpear. Probablemente lo observaban, aunque no imaginaba por qu. Saba de personas, a las que ha ban tenido aos recluidas por eq uivocacin. Si se preocupaba, se perjudicara intilmente, y adems acelerara su ritmo card aco y los pondra sobre aviso tras algo que no exista. Slo la mente era inescrutable para los sistemas de seguridad; con su mente podra contar por el momento. Adems, qu le importaba todo ya. No haba nada que temer realmente, ni mucho que desear o amar. Se presion las sienes con los pulgares y empez a dejar de pensar. Poco a poco se fue aletargando, aunque le dola el cost ado por el golpe. Haba buena ven tilacin, y el piso estaba limpio. Mantena los ojos abiertos, por si lo observaban, pero estaba casi dormido, con la mente quieta. Sus latidos de corazn se tranquilizaron cada vez ms, y lo nico que hizo fue cambiar de pierna de apoyo cuando una empezaba a do rmrsele. La piel de la espalda se le en dureca por la frialdad de la pared, y l trataba de que el fro y el dolo r del golpe se confundieran. Cuando entr el interrogador, ya haba perdido la nocin del tiempo. El hombre se sent y puso dos vasos y una botella de agua sobre la mesa. No dijo nada ni mir a Shapiro, llen los dos vasos y le orden, sin mirarlo, que tomara asiento. -Conoci a Aaron Spitzer dijo el hombre, tan ambiguamente que era difcil saber si estaba preguntando, afirmando o hablndose a si mismo. Leo Shapiro dijo que si, y luego recin se dio cuenta del verbo en pasado. Se qued callado. -Desde cundo? Y cmo? Shapiro habl tratando de hacerlo claramente y sin detalles. No saba ni imaginaba qu ocurra, pero deseaba ser claro para que no le repitieran infinita mente las preguntas. O por lo menos, deseaba no enredarse estpidamente por cansancio, sin tener nada que ocultar. Por qu eran amigos? Conoca a su familia? Desde cundo no lo vea? Qu ideas polticas tena? Y sobre la forma en que funcionaba el Sistema? Qu pensaba sobre la Libertad Total? A qu grupos haba pertenecido? Era resignado o rebelde? Aceptaba los conceptos del Optimismo Liberal? E ra pesimista? Hablaba poco? Era pesimista? Hablaba poco? Era violento? Tenia dinero? Su mujer, haba vivido con otros anteriormente? Donde estaban ahora? Le gustaban las artificiales? Usaba drogas con frecuencia? Qu pensaba del Lder y de su concepto de la Libertad Total? Qu haca con los bonos que esconda? Qu haba inventado ltimamente? Saba manejar armas? Dnde las tena escondidas? Y que opinaba sobre cmo iban las cosas? Tal vez fuera de madrugada cuando el interrogador se retir. Enseguida entr otro. Todos se parecan. Tenan sonrisas amigables a medias y se movan con precisin y movimientos cortos y econmicos. Podan ser mquinas, aunque era posible que lo parecieran intencionadamente. Era, con seguridad, un entrenamiento encomiable, para gente selecta, que se extenda como un lquido entre las articulaciones del poder.

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34 -Muy bien -dijo el hombre-. Usted es un hijo de puta, pero creo que avanzamos. Ahora cunteme la ltima vez que lo vio. Y s que me lo contar. Hablar como un cobarde. El hombre se golpe un puo contra el otro varias veces mirando los ojos de Shapiro. Este, por un momento, tuvo la impresin de que se burlaban de l, y no le sorprenda que ahora lo insultaran. Era una forma casi cariosa de hacerlo y pa saba desapercibido. Evidentemente, pens, cada uno tenia su sello particular. -Hace algunas semanas que lo vi por ltimo -contest, mirando slo durante un segundo los ojos del otro-. Fue en un caf, donde los viernes nos reunamos. Luego de ese encuentro l dejo de concurrir. Supuse que haba muerto. Es lo primero que pensamos siempre. Usted, sabe, estos pensamientos son comunes ahora. En fin, no haba que pensar mucho en ello, por otro lado -. Sonri alzando los hombros, y mir al interrogador con timidez -: hemos comprendido la idea del Optimismo. -Ahrrese el sarcasmo conm igo, imbcil hijo de puta. Hablame de la ltima vez. Qu le oiste decir? Quiero saberlo todo, quiero que vomites todo, entendido? Quiero saber hasta qu medias llevaba. Entendido, rata inmunda? Shapiro se estremeci y sinti una depresin en el pecho. Le gustara responderle al hombre que no era un sarcasmo, sino una forma de seguir vivo. El Gobierno hacia lo posible para proteger la vida de los ciudadanos. Ahora se preocupaban por su amigo Spitzer y estaba bien. -Hablamos poco -dijo-. Haba ido mucha gente, y l se retir temprano. Estaba raramente alegre, y me dijo que todo estaba arreglado. No supe a qu se refer a. Cuando se lo pregunt me dijo que se iba al sur, que tenia un problema que yo poda resolverle sin mayor esfuerzo. Le contest que si no era demasiado, estaba bien. Me dijo que saba que all no se poda hablar, y que lo haba escrito. Me tendi un sobre, pero cuando fui a abrirlo me sujet la mano. No era nada importante, agreg, sera mejor que lo leyera en mi casa. Luego alguien se acerc a nuestra mesa con nuevas fotogr afas y creo que esto lo ayud a irse rpidamente. -As noms? No lo salud? Vamos, vamos. Me est ocultando algo. Quiero detalles. Dijo que nos veramos. Alcanc a preguntarle cundo se iba, y me dijo que todava no. Eso fue todo, No lo volv a ver. -No le parece raro todo esto? pregunt el hombre, mirndolo con fiereza a los ojos-. Me est ocultando algo. Basura inmunda. No lo estar haciendo. no? Sabes a que te expones, cretino? Shapiro sinti nuevamente la sensacin de una br oma absurda. No se senta mal por esto, pues asombrarse an era seal de vida preciosa en el pres ente. Su espritu, anestesiado desde haca tanto, ya no se extraaba con la falta absoluta de racionalidad exterior. -No. No me pareci raro eso -contest casi renuente a explicar algo que era tan obvio. Pero deba hacerlo -: No me asombra nada tan sencillo como no ver ms a alguien estimado. Creo que debo colaborar, y ser positivo. Siempre recuerdo el mensaje: Vivimos en el pas de la Libertad, porque en Dios confiamos. El interrogador lo mir fijamente un largo rato. Pareca dudar sobre la posibilidad del uso de otros mtodos de interrogacin; o buscaba un nuevo insulto que le causara un cosquilleo de humor y que fuera humillante como una bofetada. Era una pena qu e en esto no pudiera crearse algo nuevo. Ya casi nadie se impresionaba con los insultos. No haba humor, la sal de la vida, y tampoco se apreciaba la humanidad de los interrogadores que como l, usaban mtodos suaves y refinados. Quien oyera este pensamiento se reira; sin embargo, l nunca haba tocado a un prisionero. Iba contra su religin, y nadie lo saba. Shapiro, en cambio, algo asustado, no imaginaba qu decir si el hombre lo presionaba an ms. No quera mentir; despus sera peor. Po da arrodillarse, rogar, y hasta llorar autnticamente, y saba que no servira. Vio con alivio que el hombre s acaba una hoja del portafolios.

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35 -Esa esreconoci Shapiro, pensando ahora en las co sas, muy escasas, que restaban en su casa, y que ya podan estar en las casas de aquellos hombres. Por suerte, nadie quera tener un viejo silln de principios del siglo XX, o una mquina de escribir de la Alemania prenaz. Y los bonos? Bueno, los haba ocultado, y nadie saba de ellos-. Esa es la carta repiti con voz dbil. -Y usted cumpli con este pedido? -Claro -dijo Shapiro-. No era demasiado difcil. Marica libidinosa dijo el interrogador con lentitud. -De pieorden un hombre bajo, uniformado, con gran bigote negro y peluca de mala calidad con tonalidades rojizas. Era el Juez Militar. Leo Shapiro an no haba comprendido del todo la acusacin, y senta que tampoco le importaba mucho. Prefera pensar que, si lo condenaban, por lo menos estara protegido del polvo y de las nubes radiactivas. Esperaba eso, quera creer que le daba lo mismo. Ya no volvera a ver a los amigos del caf, las hermosas exposiciones de mujeres desnudas, an cuando fueran una ilusin que duraba tan poco. El mismo, como esas ilusiones, en un mes tal vez ya no respirara por ms libertad que tuviera. Podra estar putrefacto y carcomido bajo tierra y en total libertad. Se puso de pie lentamente, casi jugando con la idea de faltarle respeto al Juez y quedarse sentado. Eran tan ridculas todas las antiguas farsas de ponerse de pie para or sentencias. No no solamente esas farsas eran ridculas, sino absolutamente todo el universo en aquel y todos los momentos, pens. -No! -grit mirando hacia arriba con los ojos hmedos-. No creo en absoluto sobre el dichoso Ao del Optimismo ni en eso de que En Dios Confiamos, ni en la maldita mierda que ustedes producen. Y si fuera una lombriz no la comera. Lo juro por Dios. -Cllese, insolente!grit el Juez en rojecido de furia. Golp e brutalmente el martillo sobre el escritorio -. Canalla desclasado! Recuerde que est frente al Tribunal de Honor de la Nacin. Basura innombrable! Le agregar cargos por ese aten tado a la fuerza moral de las autoridades. Luego todo se calm, y al fin solamente esta nota violenta empa la correccin del juicio. Todos los dems miembros del Tribunal estaban tranquilos, uniformados impecablemente, con el pelo recin cortado. Haba un aspecto de sanidad e higiene irrepr ochables. Los muebles y el piso brillaban y por un gran ventanal pareca verse el sol en su esplendor. No haba all picados por la radiacin o secos por el cncer. Detrs del Juez, contra la pared, estaba la honorable bandera de la N acin. El Juez se toc el grueso bigote e hizo una sea a un joven oficial. El oficial se pareca al Juez y a otros altos oficiales, con bigote y una voz clara y firme. Shapiro pens que con aquellos cepillos tremendos perderan muchas sensaciones tctiles de indudable sensualidad; luego de un rato pens que, posiblemente, al revs de l mismo, las tendran si sus compa eras fueran de carne y hueso. El joven oficial empez a leer el papelito que le alcanz el Juez; mantena la mano derecha sobre el corazn, donde el emblema nacional estaba cosido sobre el hermoso uniforme azul y rojo. -Ciudadano Leo Shapiro Berstein, se le ha encontrado culpable de homicidio involuntario y este Honorable Tribunal, cumpliendo estrictas funciones de emergencia nacional, lo condena a cadena perpetua con trabajos forzados. "Por Dios pens Shapiro casi incrdulo, mientras dos guardias lo arrastraban fuera del saln -. 0jal me enven al sur, al hielo." Mientras lo arrastraban alcanz a ver que el Juez (el Honorable Bernardo Kissinfeld, en situacin de retiro) miraba distrado a su alrededor, mientras disimuladamente meta un dedo bajo la peluca y se rascaba e! crneo calvo. Shapiro ignoraba que el hombre haba usado el mejor pegamento, que slo le haba dado escozor justamente en el momento de sentir una profunda emocin de honra al cumplir con su delicado deber. ...........................

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36 Esa semana haba aclarado el mircole s al atardecer. Los recolectores de cadveres empezaron a trabajar el jueves de maana. Seguramente haban recogido la cantidad prevista. El viernes todo estaba mejor. La gente empezaba a perder el miedo, el aire estaba limpio y se poda ver a una cuadra de distancia. Los informativos decan que recin el domingo se prev ean nuevos vientos envenenados del Pacfico. De nubes no se hablaba nada, as que, sin duda, habra va rios das luminosos, que daran la esplndida y til sensacin de normalidad. El viernes Shapiro sali de su casa a las seis de la tarde, y no encontr a nadie cuando lleg al caf. Esper dos horas mirando la poca gente que sala a pasear lentamente. Algunos an mantenan con vida pequeos animales, y los paseaban bajo el brazo como si fueran tesoros antiguos e irrecuperables. Shapiro se par varias veces y camin hasta el serv idor automtico. Le gustaba hacer eso, y necesitaba estar solo frente a todas las cosas automticas. Se manejaba mejor que con algunos seres humanos que siempre queran venderle algo. S, estaba eso de la Hermandad Americana, tambin los Negocios en Libertad, pero l prefera estar solo muy seguido. Introdujo una moneda y la empujo con la lengeta hasta que sinti el clic. Luego retiro la lengeta con la moneda en la punta y esper que la mquina terminara de llenar el vaso de t y lo expulsara. No eran mas que tes de la peor calidad, pero as ahorraba algunos bonos. No sabia para qu ahorraba, es verdad. Tal vez por costumbre, o quizs porque esperaba vivir muchos meses ms; o tal vez porque se haba dejado persuadir por la propaganda que estaba en todas las cosas imaginables. Ese da tan inofensivo, excelente para hacer el amor a la antigua usanza, no llev mucha gente al caf. Habran aprovechado para salir al campo, o a los pa rques y ver cmo anocheca. En el presente las sensaciones de la naturaleza eran algo especial, aunq ue no fueran ni la silueta del pasado. De esto hablaban, en cierto momento, cuando Aaron Spitzer mencion el contrasentido de las cosas. Mira le dijo a Shapiro -. Estoy en un aprieto. He tenido unos hijos por simple esperanza en el Mundo Americano. Y ahora no puedo mantenerlos. El otro da se me muri uno. La vez pasada se me muri otro por el polvo. Se nos escap y no pudimos encontrarlo. Hicimos la denuncia y el Servicio lo trajo muerto, como si lo hubieran baado con cido. Mi mujer est enferma pensando que lo usaron para algn experimento, y los planificadores le dijeron que ha cometido un gravsimo delito social. Primero haban dicho que haba que tener la mayor cantidad, y ahora resulta que es un delito grave. La mirada de Spitzer se perdi en la lejana, al tiempo que callaba para recubrirse de otros pensamientos. Era un hombre seco, plido y con un crneo muy desarrollado y huesudo. Su nariz era plana y curva como la punta de un cuchillo. Usaba antiguos lentes re dondos de carey, con cristales tan gruesos que casi no dejaban ver sus ojos acuosos y movedizos, llenos de un temor que vea en todas las cosas. -Ahora eso no tiene arreglo dijo Shapiro mirando haci a afuera del local. No le interesaba aquello de los hijos y sus problemas. S que era tris te creer en el Futuro. Era mejor lo que hacia l; las artificiales eran el nico invento rescatable. Hacan olvidar y acortab an el camino hacia la muerte. Adems, toda miseria lo pona nervioso, y le pareca que su amigo Spitzer iba a perder los lentes en cualquier momento y aquello iba a ser un desastre para los dos -. Traer otro le dijo, tratando nuevamente de barrer las ideas tristes -. Pago yo. -No s qu hacer murmur Spitzer mirndose con tris teza en el vidrio que daba a la calle. Vio su propia cara demacrada y anacrnica hasta que alguien le pregunt si le interesaba comprar una revista sobre las nuevas formas del sexo artificial con drogas. Shapiro regres con los vasitos de t. Alguien estaba diciendo: -Preserva las cosas buenas de la vida. Una hermosa historia sexual entre mquinas inoxidables electrificadas. Era el doctor Milstein, un hombre de ochenta aos que se haba "preservado" por su hbito de vivir leyendo. Le gustaba especular con la procreacin y se especializaba en el conocimiento de las mujeres por las formas y dimensiones de sus bocas. Naturalmente, siempre era el centro de las reuniones. -De qu hablan? pregunt Shapiro.

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37 -De una historia posible dijo el doctor, y mencion un titulo. -Prefiero a los autores modernos, o libros escritos por mquinas directamente y sin mentiras -dijo provocadoramente Shapiro con una sonrisa-. Creo que todos eran optimistas en el pasado. Mir a travs del vidrio y no vio nada de lo que miraba Spitzer. Generalmente evitaba prestar odos a las teoras del doctor Milstein, deca algo contrario a la corriente y se reclua en su mundo sin or nada ms. Spitzer, frente a l, segua mirando hacia afuera, y pensaba en las mquinas. Quiz en algo que nunca haba estado antes en su mente. Tal vez fuera posible retroceder en la evolucin, siendo que era imposible avanzar. Ese pareca ser el mensaje esot rico del curso de la catstrofe que nadie haba entendido. -Preservar lo bueno, se si que es un sueo dijo Shapiro con una sonrisa. -Cuidado con los sarcasmos este ao -dijo alguien en ot ra mesa, y se hizo un corto silencio porque estas palabras haban recordado algo oscuro. -Si retrocediramos un siglo nos asustara la muerte asegur el doctor Mitstein al rato-. Y ahora estamos a su lado y nos vamos superando. Segn mi s estadsticas fornicamos mas que nunca, y con absoluta libertad, aunque slo queden dos mujeres para siete hombres. Bastan unos bonos y est. Nadie previo estos beneficios mecnicos. Shapiro mir a Spitzer. Afuera pasaba lentamente un blindado de Seguridad. En sus costados se vean carteles luminosos de propaganda. NO TRAI CIONE A SU PATRIA. COMERCIE LIBREMENTE Y DEFIENDA SU DERECHO A SER RICO, O COMO QUIERA. SMESE A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD. Las consignas brillaban intermitent emente, pero ya no significaban demasiado. Al rato, cuando el vehculo pareca haberse ido, aparecieron dos guardias co n un can identificador grande. Se colocaron en la puerta del caf y barrieron el lugar. Esperaron unos segundos mirando el visor del can. Hubo una seal snica y volvieron al vehculo blindado. En el caf, la conversacin. que haba decado, empez a elevarse lentamente, pero ya nadie se sentira feliz aquella noche. Cuando quedaban muy pocos hombres, casi todos vendedores de revistas y libros sexuales, Spitzer le dijo en voz baja a Shapiro: Tengo una idea interesante. Te acomp ao unas cuadras y te la cuento. ........................... Afuera casi podan verse las estrellas en la fosfores cencia del cielo. No haba viento y la noche era agradable. Leo Shapiro pens que haba que tomar cualquier momento, aquel por ejemplo, apresarlo y exprimirlo como si fuera una fruta madura. Hinch los pulmones y sonri al no poder olvidar que estaba inhalando un 80 por ciento de posibilidades de cncer pulmonar. Dijo: -Pienso visitar la plaza. Hay modelos nuevos. No quisiera cansarme mucho hoy. Aunque puedo agitarme y no habr problemas. Necesito sacarme un peso de encima. -Nunca envejeces coment Spitzer-. Cunto cobran ahora? -Lo mismo, ahora nada aumenta -dijo Shapiro, pensando en los cambios que todos haban aceptado. Ya no tena vergenza de hablar de dinero sobre aquello, lo hacia con orgullo. Agreg -: No es por dinero. Es difcil hacerlo as. pero qu otra cosa podemos hacer? No tengo ganas ni posibilidades de nada ms. entiendes? No quiero reprimir mis glndulas nunca ms, -No te ocupar demasiado -aclar Spitzer -. Te quera consultar sobre esa mquina, la que preservaba cosas. -No creo que valga la pena. Tu problema es el de siempre: los bonos, el dinero que no te alcanza. Te puedo prestar algo, naturalmente. -Sabes que no me interesa eso. Es que tengo una idea.

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38 Cruzaban una plaza. Shapiro tuvo ganas de preguntarle cmo se podan hacer tantos hijos en un mundo as. No haba una clase de lstima especial para los hijos?, pens. En un edificio haba un gran letrero que emita rayos de luz intermitentes y un zumbido profundo y potente. Los hombres se detuvieron un momento. CONSUMA UN PAQUETE. CASA AMUEBLADA. AMIGOS, SOL Y MAR, Y UN JUEGO DE DOCE MUJERES ETERNAS A ELEGIR, 15 DAS EN EL PARASO. VVALO HOY Y PAGELO DESPUS. DEMUESTRE QUE PUEDE CON TODO. Siguieron caminando lentamente en medio del enceguecedor brillo lunar que se expanda por la calle. -Imagnate que todos nuestros problem as surgen por esta condicin humana -dijo Spitzer-. Tenemos necesidades y sin satisfacerlas nos morimos. Nos acostumbran a algo y despus somos esclavos para siempre. Y cada da la presin ser peor. -Pero si sales de la condicin humana, qu sers? Hay un remedio? -Si, si nos transformramos -argument Spitzer. -Hace siglos que lo hacernos. -Vamos, Leo, no me refiero a eso. Te hablo en serio. Acaso no conoces mi trab ajo, lo que he hecho? Shapiro sonri, mir a su amigo y le golpe la espalda suavemente, -S tu capacidad y la ma y la de otros. Con un suspiro de cansancio, agreg-: Pero, para m, esto es demasiado. An caminaron juntos unas cuadras. En la inmensa explanada del Ministerio de Salud los ciudadanos podan observar en oculares todos los tipos de mujeres posibles. Shapiro tenia debilidad por los guantes estrechos de cabritilla, y extenda esa debilidad a otras cosas. Spitzer se sinti molesto a su lado; se qued atrs con aspecto distrado. De seaba irse a casa, retirarse de aquel diablico lugar cuanto antes. -Es por los bonos? -pregunt Shapiro sin dejar de mirar por el ocular-. Yo te invito. Vamos a casa, lo pruebas y te vas. Maana la devuelvo por ti. Spitzer no le contest, tenia las manos en los bols illos y encoga los hombros como si sintiera fri. -No podra. No funciono as. Es un problema mental -d ijo como si clausurara el problema-. Adems del dinero, claro est, y mi mujer. Gracias de todos modos, Spitzer se retir sin volverse y a unos diez pasos se volvi. Dijo: -Sabes lo que le dijo un famoso artista a un amigo? Pudiste hacer algo, pero dejaste tu talento en el fondo de unas vaginas. Espero que el tuyo no acabe en el fondo de unas bolsas de plstico. Haba mucho ruido en la plaza y nadie lo oy. Sptzer pas algunos meses sin ir al caf. A nadie extra su ausencia, pero algunos se alegraron cuando regres. Lo que tal vez haban dado por perdido volva a la vida, y era una esperanza que se extenda a todos. Posiblemente, los hechos te rribles del pasado se empezaban a diluir con el tiempo y las nubes empezaban a quedar atrs. Entonces poda sentirse la razn de los hombres del gobierno. Haba que ser optimistas, y eso era lo que muchos pe nsaban cuando alguien reapareca. Leo Shapiro fue el que ms se aleg r, aunque no crea demasiado en el Optimismo. Esa vez pens que, despus de todo, no haba que ser tonto para inclinar se a procrear con una humana en vez de satisfacerse con la nueva tecnologa"Si todos fueran como yo, pens, el mundo no existira, ni el sufrimiento, ni la vergenza de gozar con miserias. Y estoy totalmente equivocado." -La charla que tuvimos dijo Spitzer cuando estuvieron solos en una mesa. Haban tenido muchas conversaciones sobre todo, Shapiro quera evitar el recuerdo de la media docena de hijos de su amigo, ni qu coman, ni qu vestan, ni cmo vivan, ni en lo penoso que podra ser su

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39 holgada mujer criando nios llorones para que despu s el polvo atmico y el cncer o tas redadas para experimentos los transformaran en gotas de agua en el desierto. Casi no se puede creer agreg Spitzer con una sonrisa -. Lo he logrado. -Qu has logrado. Aaron? Shapiro mir hacia afue ra con tristeza, como si no le interesara la respuesta. -La mquina. -Qu mquina? No te cansas nunca de las mquinas, eh? -Alguna vez analizamos el motivo de nuestros problemas. -Es posible -dijo Shapiro algo exasperado-. Es posible que te haya escuchado, sin discutir nada. No lo recuerdo ahora. -El motivo es que somos seres humanos -afirm Spit zer tocndose el pecho con los dedos separados. Shapiro se fij en la fina alianza de oro en el dedo anular y mene la cabeza -. Los animales no tienen estos problemas, ni pueden degradarse ni degenerar sus condicin. Shapiro se ri. -Qu te voy a decircoment. Pero, como sabemos, los insectos son los que van bien, y an ms. Son el verdadero futuro, sin palabras. No hay duda de esto. Shapiro se ri nuevamente y vio su cara reflejada en los vidrios que daban a la calle. Su cara era ms repulsiva cuando rea, y lo sabia. Nunca pudo cambiar esta repulsin que afectaba a mucha gente. Por la calle pasaban ahora varios vehculos de la Seguridad blindados. Los guardias iban detras de los gruesos vidrios oscuros y eslos reflejaban la s luces de los anuncios que bordeaba n los edificios de esa parte de la ciudad. "Es absurdo que haya tantos avisos para lan poca gente", pens. Por un segundo se asomaron unas lgrimas a sus ojos, "No hay descanso, pens, temeroso por sus estados emocionales. nunca se puede salir de uno mismo." -Querido Aaron dijo casi sin ganas -. Desde el siglo pasado se sabe eso y mucho ms. Pero no sirve para nada. Nunca sirvi saberlo. -Mierda -exclam Spitzer-. Lo he hecho, y no importa tu opinin. Durante unos minutos estuvieron quietos. Shapiro se levant y deposit fichas para dos ts. Hizo un esfuerzo para traer los vasos hasta la mesa sin vol car ni tropezar con nadie. No le desagradaba, sin embargo, aquel desorden y le traa buenos recuerdos. Ese da en tas mesas haba centenares de fotografas tridimensionales de hombres y mujeres desnudas, en posicin, y los hombres rean, tomaban t e intercambiaban experiencias y fa ntasas de lodo tipo sobre el sexo. Eh dijo Shapiro, llegando a su mesa vaca. No vieron a Spitzer? Nadie lo oy. En ese momento lleg un vendedor de visores mviles y todos queran ver ms de cerca las hermosas bocas de damas y su correspondencia ci entfica, segn la teora del Dr. Milstein. ........................... Era raro que todava fueran necesario s los carteros y el correo. Pero, se gn las estadsticas del gobierno, era la institucin que mejor funcionaba. El xito se deba al nuevo Sistema Libre de Ventas por Correo y a la idea fija: NO SE MUEVA DE SU CASA Y HGALO A SU GUSTO CON UNA COMPRA. Todo lo que Shapiro tena estaba en su pieza, y le sorprendi que alguie n le escribiera. Aunque poda ser algn comunicado del Ministerio de Impuestos al Sexo en uso; aunque l haba pagado cuotas adelantadas. Pero era de Spitzer, y Shapiro abri la carta pensando que ya estara en el sur o en otro lugar remoto. "Lo que no puedo creer es que piense que all estar libre de lo que ocurre ac", dijo a media voz. La carta, sin embargo, estaba sellada en la ciudad, y al dorso llevaba el lema obligatorio para

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40 el mes: SAQUE UN CRDITO, Y PGUELO CUANDO QUIERA. Era raro que Spitzer no hubiera venido a verlo, an con su enojo. Su casa todava estaba en pie, a la vista. Podra venir gratis en su mquina de! tiempo. Era tan cmico esto. Shapiro se tir en su rada butaca de estilo. Ley: "Estimado amigo: Del crc ulo de Amantes solamente te he estimado a ti. En realidad, nunca me import un rbano la delicia femenina expresada en los labios y toda esa chchara absurda, y no s cmo llegu hast a all tantas veces. Paso a lo mo. He tenido xito. Un gran xito, tal vez tardo y solitario para siempre. S que el futuro est en otra especie; no en la nuestra. Mi lema favorito ahora es: PASA A OTRA COSA Y SERS FELIZ PARA SIEMPRE. Y s que suena a broma. Si es que todava vives, quiero pedirte un favor, ya que pienso lograr el regreso para contarte algo que an no crees posible. Te ruego que vayas a mi casa cada mes, y en lo posible la mantengas limpia. S que nadie la ocupar jams, ni la demolern. (Y si as fuera, mejor para nuestro caso.) Esta peticin te parecer rara ahora. Confa en mi una vez ms. Espero volver pronto, y entonces t lo explicar. Mientras tanto, sigue con Optim ismo y cudate encarecida mente de los scubos que ahora viven en el plstico sabes a lo que me refiero. Un abrazo. Aaron." ........................... Durante un mes los embates climticos de continuo fu eron letales. Cuando el viento barra el polvo, venan las nubes brillantes, casi cegadoras; haba uno o dos das de sanidad y luego nuevamente soplaba el viento con el polvo venenoso. Shapiro no haba pensado ms en la carta, y hasta se haba sentido molesto por tener que ir a limpiar una casa vieja, casi derruida, lejos del centro. Adems, era irritante tener cara de sirviente, o de imbcil. l apenas lim piaba su propia casa, consid erando justamente que los minutos de vida haban subido de precio al grado de no tenerlo. Cuando tuvo ganas de caminar, conect la radio para conocer el pronstico. DEFIENDA SU STATUS DE VIDA. COMERCIE LIBREMENTE. EL GOBIERNO LO PROTEGE. SEA OPTIMISTA EN EL AO DE LA PAZ UNIVERSAL. CELEBRE EL 23 EL CUMPLEAOS DE NUESTRO LDER. AGRADEZCMOSLE LO MUCHO QUE LE DEBEMOS. En todos los canales pasaban el disco cada cinco minutos. Despus dieron los pronsticos para las prximas 6 horas. "Ellos nunca se equivocan, pens, pero durante 3 horas tal vez todo est bien." Trat de caminar rpidamente. En todo caso, al regreso, tomara el subterrneo. No le hara mal visitar viejos lugares que haca aos no vea. En las afueras de la ciudad, la casa de Spitzer se caa a pedazos. Alrededor y a lo lejos se vean gigantescos montculos de escombros negros, calcinados por la radiacin y el fuego. Sin duda, tena razn, all nadie querra vivir durante mucho tiempo, po r lo menos en aquel siglo. "Pero, para una cura de aislamiento y depresin forzada no estaba mal el lugar", pens Shapiro, mirando instintivamente la tierra como si pudiera captar la radiacin mortal que con seguridad an despeda. En la zona no haba electricidad, pero la luz se encendi. Spitzer haba usado bien sus recursos, pens Shapiro. Lo rode un pegajoso olor a perro mojado. Se estremeci y, sin saber por qu, sinti un miedo absurdo, tal vez por el aislamiento, el encierro, o aquel olor a bestia rancia. Entr y sali de muchas piezas. En todas haba extraos aparatos fabricados dentro de artefactos comunes, como carcasas de lavadoras o heladeras antiguas. To do pareca un viejo cementerio con es queleto-, amenazantes a la vista. "Mierda -pens-, no creer que me voy a poner a limpiar todas esta s piezas." Mir alrededor buscando una escoba. Poda barrer un poco. Haba excrementos distribuidos con generosidad y pis algo fresco que se le desliz sobre el borde del zapato. Haca un rato que barra cuando sinti como si algo se arrastrara. Se dio vuelta rpidamente. Mir alrededor y encontr un cao de acer o. Entr a otra pieza. Estuvo quieto un rato hasta que de nuevo oy el ruido. Vena de atrs de una pesada heladera antigua llena de tubos y engranajes con circuitos electrnicos. Se acerc sigilosamente. El ruido se gua y a veces era interrumpido por un silbido u quejido leve. Mir detrs del aparato y no vio nada. Por un segundo volvi a tener miedo. Podra ser algo que saltara, como una vbora. Se alej unos pasos y golpe con el cao el costado de un lavarropas. Hubo un ruido considerable y chillidos aterrorizados detrs de la heladera. Volvi a golpear y a or los chillidos desesperados, luego, el rasqueteo de patitas en la chapa de metal. Parecan insectos grandes. Se agach y trat de mirar contra el piso bajo la caparazn metlica. Se qued quieto durante un rato. Poda dejar la cosa as, y que la casa siguiera inmunda. Si Spitzer volva quiz tendra que mudarse, y le caera mal su actitud. Esto no le importaba demasiado, pero ya estaba all y no iba a huir de unos insectos. La pieza tena dos puertas. Cerr una y sali por la otra Haba mirado detenidamente el piso y las paredes y no haba visto ningn agujero grande. En la pieza c ontigua haba una radio y la encendi. Era casi la

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41 hora del nuevo pronstico. DEFIENDA NUESTRA MANERA DE VIVIR. COMPRE Y SEA FELIZ, TENGA LO SUYO. DEFINDALO. DENUNCIE AL BANDIDAJE DE LA REPARTIJA. Apag el aparato pensando que an tena tiempo. ........................... Aquel interrogador lo haba saludado con una sonrisa. Le pidi que, por favor, tomara asiento y agreg con otra sonrisa voluntariosa: -Me informan que usted es un viejo cornudo impotente y un hijo de puta que no quiere hablar. Y que esconde armas. . Shapiro se sorprendi, aunque estaba acostumbrado y prevenido, y no pudo evitar ruborizarse sintiendo que se le oprima e pecho. Prefiri no decir nada, y para no parecer insolente o provocativo hizo una pequea inclinacin con la cabeza mirando vagamente los ojos del hombre. Si se indignaba podan golpearlo; si se rea, tambin. Se arriesg a quedarse callado y serio, con la mirada baja. -Cmo lo hizo? pregunt el hombre, mirndolo a los ojos. buscando un argumento para castigarlo. -Sent que deba arriesgarme y limpiar aquello, ya que estaba all. Eran las cinco de la maana del da siguiente al arresto, Shapiro estaba agotado y apenas poda mantenerse erguido en la silla. Deba hacer un tremendo esfuerzo para abrir los ojos y levantar la cabeza. Estaba barbudo, sucio, con la ropa arrugada y orin ada. Le haban dado agua varias veces, y por eso supuso que no lo iban a golpear demasiado. Pero no lo haban dejado ir al bao ni una vez. Sinti un gran alivio ante el vaso de agua, y volvi a alegrars e de que, por el momento, no tuvieran intenciones de lastimarlo. Por lo menos, no brutalmente. Aquella gente era muy meticulosa y jams permita que un prisionero les vomitara encima una gota de agua. Sh apiro senta que haba hecho lo necesario. Ni un gesto de desagrado o agresividad, ni una negativa, ni una respuesta falsa, ni una mirada de desprecio hacia los interrogadores. Ellos podan haber usado la electricidad en los testculos o en sus encas, o agujas en la uretra y cido; pero su caso no era importante. Casi imaginaba qu queran haba mucha necesidad de mano de obra gratuita en los campos de concentraciny no era difcil para el Servicio conseguir lo que quera. A l lo nico que le faltaba era aceptar concientemente que todo era necesario. No lo iba a manifestar nunca a los dems, porque no se poda parar un tren con la cabeza, por mula que se fuera, pero interiormente deseaba o necesitaba mantener la cordura creyendo en que slo con un principio podra resistir ms tiempo, y quizs sobrevivir. -Cmo lo hizo. viejito? volvi a interrogar el hombre mirndolo con fuerza a los ojos. -Cerr la pieza. Consegu un gancho, una cadena y un cajn. Me coloqu sobre el cajn, a unos metros. Tena temor sin mucho fundamento. Enganch la helade ra y la tir al suelo. Ellos aparecieron. Haban hecho nido en la lana de vidrio. -Qu hizo luego? Shapiro tom un trago de agua y mir los ojos vidriosos del otro. Ya no le interesaba si aquello era una insolencia. Estaba agotado, harto de su mismo cuerpo y de la descolor ida necesidad de sostenerlo y de fingir una dignidad anacrnica y asquerosa como todo el universo. Tena ganas de vomitar. -Estaban all -dijo-. amontonados chillando. Uno se tir al suelo y se meti de cabeza en un agujero contra el piso. Se qued atorado en la parte del vi entre. Tenan los cuerpos hmedos. Parecan reinas termitas en gestacin -torci la boca, asqueado-. No s si las habr visto en revistas o pelculas. La mirada del interrogador segua fija. como si fuera un loco obsesivo pendiente de algn indicio que le revelara algo, o lodo, sin saber quiz lo que buscaba, Pero no era una mquina. Hacia bien su trabajo y para eso tena que despreciar a todos los hombres como Shapiro, que eran los enemigos. Le agradaba hablar con educacin -en la Escuela de guerra lo haban educado los ex pertos-, y le gustaba dar la mano con una sonrisa y de inmediato atacar con el in sulto ms denigrante que pudiera imaginar. Se

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42 consideraba el ms imaginativo y creativo de su promocin, y tena en mente siempre un buen repertorio. -Que hizo luego? -pregunt sin mover un msculo de la cara-. Hable. O busca que lo convenza de otra manera? Me gustara hacerlo. Se lo puedo jurar. Y no te gustar, te lo juro. -Creo que no lo soport -dijo Shapiro usando la energa que le quedaba para no dejarse impresionar por el poder de las palabras. Habl con voz baja y controlada, como en los momentos de mayor presin-: Tuve que hacerlo con el hierro, de lejos. Mir los ojitos que queran hablarme, expresarme algo. Estaban los cuerpos ms grandes, dobles o triples, blandos, pegajosos, movindose espasmdicamente. Tir el hierro a uno, que revent salpicando todo el piso co n sus vsceras. Sal de la pieza para limpiarme un zapato. Chillaban todos a la vez. Tenan ojitos claros, verdes como los de Spitzer. Cuando volv con el veneno, estaban todos sobre el herido, que segua en el agujero, libre ya al perder la hinchazn. Un lquido blanco haba cubierto el piso, como si fuera sangre. Romp el vaporizador, lo tire adentro y cerr la puerta. -Viejo, usted es una bestia sin sangre en las venas -dijo el interrogador como si meditara y llegara a esa conclusin. Estuvo un rato quieto y mientras cerraba su portafolios, sin mirarlo, agreg-: Y ahora, sin hacerme perder la paciencia, dgame : dnde esconden las armas? Y quie ro saberlo ahora, hijo de puta. Unos minutos despus el interrogador se retir, pensando en que estaba cansado, y que la abnegacin personal por la integridad del pas, y su estilo de vida, no tena precio. Haba que sacrificarse para mantener en pie a una gran nacin. Ese da haba cumplido, se ira rpi damente a su casa y hara el amor con su mujer. Le gustaba creer que el amor sostena permanentemente al mundo. ........................... Finalmente Shapiro pudo dormir unas horas. Haba estado por derrumbarse, sin comer, sin dormir, con su insoportable olor a detritus encima. Ahora no de ba preocuparse ni pensar en exceso para evitar sus propios pozos depresivos o la locura. Estaba en una celda casi limpia. Haba un televisor sin comandos y pasaban continuamente propagandas comerciales y consejos de comportamiento da y noche sin cesar. Tambin haba arengas sobre PATRIA, FAMILI A Y PROPIEDAD. Y segua: SI USTED TIENE BONOS, TODO ESTA RESUELTO (y ac haba una agradable distensin en la amable voz del locutor). COMERCIE LIBREMENTE EN LA AMRICA DE LOS AMERICANOS. EL MUNDO AVANZA CON EL INTERCAMBIO. EL DINERO ES TA EN LA CALLE, Y NO REHUYAMOS LA FELICIDAD QUE NOS REGALA. Siguieron los consejos para el cabello: USTED NO PODR SER SEXUALMENTE FELIZ CON UN CABELLO RESECO, EMPIECE POR SUS HIJOS. AFIRME SU SEXUALIDAD Y DLES UN FUTURO HOY MISMO. USTED ESTA ASEGURADO (y de nuevo la suave voz del locutor se distenda como una caricia deliciosa). Luego, justamente cuando se anunciaba un consejo sobre estiramientos masculinos especiales dos guardias irrumpieron en la celda y lo sacaron arrastrndolo por las orejas. En una piecita fra e higinica, el Honorable Juez Kissinfeld le dijo: -Ser juzgado pblicamente, como corresponde. Sliapiro se mantuvo callado pensando que el Juez era casi idntico a un amigo homosexual que tuvo en su juventud. Pero su amigo -muerto en el frente donde se usaron las bombasera ms dulce, y lo miraba siempre con amor, aunque no porque l, Shapiro, fuera algo especial. -Por homicidio involuntario dijo el Juez, tirndose un lbulo de la oreja, mirndolo fijamente, esperando ver que reaccin tena. Leo Shapiro cerr los ojos. Crea ntimamente que si haba procedido y hecho mal sin querer, tendra que pagarlo. Pero no lo crea, y todo iba demasiado rpido, nada estaba claro ya. Sinti casi como un deber hacia el Juez de tan alto rango, y para no parecer indiferente o provocativo, dijo impulsivamente: -Ser severo mi castigo, seor Juez? -No demasiado -dijo el Juez, sintindose benevolente.

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43 Shapiro mir el gran bigote negro delicadamente recortado, y luego vio la peluca roja de mala calidad, "Eso es algo", pens, reprimiendo una sbita voluntad de dejarse caer al piso y descansar. -No se puede matar impunemente manifest el Juez golpeando los nudillos sobre la carpeta que guardaba el expediente de la causa-. El Lder no puede permitir desvos al margen de la Ley. De ninguna manera. Le hago saber que seremos magnnimos, porque nos consta que no tuvo mala intencin en el hecho. Pero debemos proseguir insobornables, segn nos dicta la conciencia y la Nacin. Shapiro mir al hombre a los ojos, recordando, casi como en un acto irracional y agnico, que el homosexual que lo haba amado se impresionaba mucho con su mirada. No quera decirle al Juez que no le importaba demasiado la condena, porque tal vez fuera mentira; ya no distingua el bien del mal como antes, y no le pareca tan atroz, ahora. Pero el hombrecito no se portaba brutalmente, al contrario, y no era necesario desilusionarlo, pens, ni ser brusco. El Juez se puso de pie y al lado de la mesa, muy erecto en su corta estatura, dijo, evitando mirar a nadie: -Slo mi deber moral me impulsa a decirle esto, de una forma, como comprender, poco ortodoxa; no se puede matar impunemente. Buenos das. Shapiro se senta triste de una manera instintiva y atroz. Nada le dola, pero se senta dentro del absurdo con la insoportable sensacin de asfixia en el vaco. No pudo contener las lgrimas y se derrumb con un quejido. Lo arrastraron por la ropa hasta la celda y lo lanzaron adentro a puntapis. Cuando se despert llor en silencio y recin oy la televisin que segua trasmitiendo. Era algo intil, deleznable, maligno, pero seguramente los presos lo usaban para demorar el suicidio. No era su caso, ni sabra cmo hacerlo sin un cinturn, ni cordones en los zapatos. A su manera, crea en s mismo todava, y por qu no, estaba dispuesto a permitir que la televisin le diera esperanzas y ganas de vivir para consumir cosas, porque para esto vivan hasta las clases reducidas y ricas. No haba otro fin para vivir. Y era necesario, por instinto ms que por conveniencia, que parte de su tiempo futuro se nutriera solamente de ilusiones, hasta que llegar la muerte con su alivio, o la visin clara de un hueco de escape en el horizonte clausurado, Apoy la nuca en la fra y spera pared y mir la pantalla tridimensional. Un joven moreno de ojos verdes y dentadura perfecta, alto, delgado, vestido y peinado a la moda, aconsejaba sonriendo: CMPRESE UNA VIRILIDAD ETERNA. SEA LIBRE EN EL PAS DE LA LIBERTAD. LLVESELA EN PAQUETES RECAMBIABLES HOY MISMO EN CMODAS CUOTAS SEMANALES. Y, CABALLERO, QUE VISTA COLOSAL PARA SU ESPOSA! Tarik Carson. Editorial Proyeccin 1991 Tarik Carson da Silva naci el 23 de agosto de 1946 en la ciudad de Rivera, en la frontera con el Brasil, y vivi all hasta 1962. En 1965 empez a escribir novelas y, en mayor medida, cuentos. En 1973 public el libro de cuentos El Hombre Olvidado (Gminis). En 1976 emigr a Buenos Aires. En 1989 gan el Premio Ms All por su novela corta "El estado superior de la materia", premio que volvi a obtener en aos posteriores por los cuentos largos "La garra perpetua" (una versin anterior y diferente a la que se lee aqu) y "La perfeccin del anzuelo". En 1995 obtuvo, con "Ocanos de nctar", el segundo premio en el Concurso Latinoamericano de Novela Onetti-Rulfo. Otras obras publicadas: El Corazn Reversible (Monte Sexto, 1986), y la novela Ganadores (Proyeccin, 1991) versin ampliada y corregida de "El estado superior de la materia".

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44 INFERENCIA PROBABILSTICA ENRIQUE CASTILLO La jornada se desarrollaba como haba previsto. Sali de la tienda y por centsima vez en el da se enfrent con la necesidad de resolver qu camino seguir; un par de rpidas miradas a su alrededor, un instante para observar el cielo mientras su cara se transformaba levemente por un rictus de concentracin, y pareci decidirse. Enfil su cuerpo algo obeso hacia el deslizador pblico ms cercano, lleg ante la rampa en movimiento y se detuvo otra vez; una veloz inspeccin ocular fue seguida de un movimiento casual hacia la barrera lateral por la que descenda la mayor parte de los transentes. Se inclin con disimulo y registr el desage que corra paralelo a la barra de metal con la actitud de quien recoge algo que se le acaba de caer. Levant un objeto, lo coloc en su bolsillo con discrecin y luego, como si hubiera recordado que estaba apurado, subi de un salto a la rampa en movimiento. Los tres pasos acelerados le quitaron casi el aliento. Cuando recuper el ritmo de su respiracin la cinta haba avanzado ms de doscientos metros. Pero a pesar de que estaba atento al entorno, no vio al hombre que lo segua desde haca rato. Seguramente eso no entraba en sus clculos. Media hora despus descendi de la va en movimiento. Como era usual, la inercia lo llev hacia la barrera izquierda donde golpe levemente contra el protector acolchado. Rpidamente palp sus bolsillos para asegurarse de no haber perdido nada, y se dirigi con calma hacia un bar a pocos metros de la salida. Juan, lo de siempre dijo desde la puerta y se dirigi hacia una mesa desocupada en el fondo del local. Ya sale. Quiere ver las noticias? le contest el dependiente y le acerc un noti-pad. Gracias. Tom el dispensador de noticias, lo coloc en cierto ngulo sobre la mesa y luego, usndolo como escudo visual, retir con disimulo el contenido de su bolsillo derecho. Entonces, de la cara interna de su abrigo sac un mdulo de transferencia crediticia y una tarjeta, en apariencia, igual a la que haba recogido en la alcantarilla y usando nuevamente como pantalla de cobertura al noti-pad, conect entre s los objetos. Observ la nueva cifra que marcaba su credi-chip y no pudo evitar una sonrisa aviesa, slo era cuestin de... Podra arrestarlo por eso, seor... Vea por primera vez al corpulento polica que se hallaba a pocos centmetros de su mesa. El traje que usaba lo haba hecho prcticamente invisible hasta unos segundos antes, cuando desactiv las cmaras y pantallas que lo cubran. Ahora, cubriendo casi todo su torso, el emblema del Cuerpo era lo nico que brillaba con pulsaciones iridiscentes.

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45 Mi nombre es William Bayes, y no veo por qu razn me arresta, agente. Dije que podra, no que lo har, pero si quiere saberlo, me ha dado un nuevo motivo al identificarse en falso, seor Lpez. Tambin estn los cargos por apropiacin indebida y uso de un dispositivo no regulado... Est bien, sabe quin soy y qu hago Por qu no me arresta entonces? Dije que no lo hara? No juegue conmigo; si no me ha arrestado es porque quiere algo. Qu? Puedo sentarme? Qu digo, claro que puedo. Lpez se movi incmodo en la silla, un poco excedido por la situacin. Sabe? sigui el polica, usted es una persona fascinante, el tipo de delincuente que da lstima arrestar. Yo no... Djeme seguir! dijo el otro mientras enarbolaba una sonrisa casi cmplice. Usted no es el tipo comn de delincuente. No seor! Se mueve por la vida con discrecin, sin llamar la atencin, tomando cantidades pequeas que no son adve rtidas, haciendo pocos gastos y nunca en cosas fastuosas que desentonen con su aspecto; un verdadero "hombre gris" que podra seguir as toda la vida sin que nadie lo descubriera. Usted lo hizo. Pura casualidad; investigaba un caso y usted se cr uz dos veces en mi camino. Luego de eso comenc a seguirlo. No existen las casualidades, existe el azar, pero debo haber fallado en mis clculos y no logr anticiparlo. Cundo me descubri? Sin tanto apuro, por favor, djeme llevar el hilo de la ancdota, al fin y al cabo tengo audiencia cautiva. El polica se ri con ganas. Siga. Iba detrs de un asunto, que no mencionar porque es secreto de sumario, y mi investigacin me llev al garito del vasco Errazquin. Lo conoce? S que cono ce el local, lo vi ah, le pregunto si lo conoce a Juan Gabriel... No, no le presta atencin a los clientes de poca monta como yo. Mal hecho de su parte; seguro que a la larga usted le ha reportado ms perdidas que los apostadores en grande. En fin, contino con mi historia. El va sco y yo somos amigos desde hace aos; ya cuando era adolescente lo tena que sacar de los los de faldas, aunque por otro lado, l tena vinculaciones y siempre saba dnde conseguir lo que uno precisara. Nosotros bromebamos diciendo que su padre era mafioso, y al final descubrimos que no estbamos e quivocados. Pero me fui de tema; el hecho es que an tengo un buen trato con Juancito y cuando le ped ayuda para vigilar a uno que frecuentaba el lugar, me permiti moverme a mis anchas aparentando ser de seguridad. Llevaba un par de das en eso cuando not a un jugador que apostaba de manera extraa: usted. Al principio pens que era uno de esos cabaleros que apuestan segn el vuelo de las moscas o vaya a saber qu otra rareza; luego not que siempre bajaba sus apuestas cuando estaba a punto de perder y las suba antes de ganar, un poco, como si tratara de tapar que saba los resultados de antemano. Le dir que aquella noche se luci; desde que lo empec a controlar no apost ms que el mnimo en ninguna jugada perdedora, subi sus apuestas tmidamente en todas las ganadoras. Dudo que el pagador haya notado su accionar. Supuse que pasara inadvertido pero ese da gan dema siado, lo s, por eso no fui ms al tugurio se. Tema que la casa me hubiese descubierto. Ah, fue por eso? Me preocupaba que hubiera notado mi inters, aunque igualmente no le hubiese dicho nada a Juan; no creo que est mal adivinar el futuro. Yo no... Djeme terminar! Lo hubiese dejado como algo curioso si, al da siguiente, no me lo hubiese cruzado a la salida de la Estacin Central. Era la hora pico y usted estaba apoyado en la barra de contencin; lo reconoc en cuanto lo vi. Luego usted hizo algo qu e pareca usual, aunque not cierta tensin en sus facciones. Se agach, asomndose sobre la barra y bu sc algo cado, lo encontr y lo puso rpidamente

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46 en el bolsillo. Le suena conocido? Lo observ, atento, espera ndo una reaccin, pero continu hablando casi de inmediato. Haba picado mi curiosidad, as que averig adnde vive, y me dedique a seguirlo cada vez que tuve tiempo. Contine. Y ah estaba yo, detrs de una blanca paloma, a unque quiz sera ms exacto decir una gris paloma, creo. No tard en descubrir que usted puede ver el futuro. Cmo lo hace? No veo el futuro como usted supone; si lo hiciera no estara soportando su presin; slo soy uno que sabe matemticas y las usa. Menos cuentos; las matemticas no permiten saber el futuro. Yo no s el futuro, no insista. En ciertos casos, luego de tomar un espacio muestral adecuado para determinado evento, puedo hacer una inferencia prob abilstica que me permita tener la ventaja ante una serie de incgnitas dadas. Menos palabrejas. Adivina el futuro o no? Manejo probabilidades, se da cuenta?, y las utilizo con relativo xito. O sea que s adivina el futuro. No es lo mismo; cuando extrapolo informacin y la convierto en variables puestas en un esquema que me permita ver las combinaciones factoriales e inferir la proba... Sabe el futuro se empecin el polica. No, slo puedo descubrir qu es lo ms posible que ocurra, pero no siempre acierto. Por ejemplo, las posibilidades de que en el casino hubiera un polica de incgnito y se fijara en m, eran mnimas, menores al uno punto tres por milln, y sin embargo... Entonces su don no me sirve. Espere! Para qu quiere saber el futuro? Qui z pueda dijo jugndose el todo por el todo. El polica pareci reflexionar. Necesito resolver un caso, y para eso debo saber donde atacar el sujeto la prxima v ez. Qu propone? Tal vez pueda averiguarlo, al menos darle una aproximacin. Estoy dispuesto a probar cualquier cosa; mi jefe quiere al tipo tras las rejas. Deje de amenazarme; ms bien deme los datos del criminal y su metodologa. Amenazarlo? Yo lo amenac? Usted es un tipo extra o, sabe? Y el otro ta mbin. Dos tipos raros. Por? Roba mediante el viejo sistema de escalar las prop iedades y realizar un boquete para ingresar a las mismas, siempre casas cuyos habitantes han salido por unos das, ninguna relacin visible entre ellos, diferentes reas de la ciudad; no usan las mismas agencias de viaje ni de servicios hogareos... Lpez desenroll una pantalla de escritura de su manga sac un puntero de anotar y comenz a trazar un diagrama en forma de ramas de rbol que se bifurcaban en ms y ms alternativas. Qu es eso? Usted a lo suyo, siga dndome datos. Bien, sus ltimos dos golpes fueron... Durante media hora el polica en umer detalladamente los datos con los que contaba. Al cabo de ese tiempo, Lpez sentenci. La variante con ms posibilidades es que el prximo golpe sea en la zona Sur, manzana cuatro o catorce, entre hoy y maana. Ah, s dijo el polica con una mueca de incredulidad dibujada en el rostro, y en qu casa? Eso no lo s; no con los datos que usted me dio, pero yo buscara desde ahora a un vendedor callejero que ronde por esa zona todo el da; deduzco que esa es la manera que le permite descubrir dnde robar, algo anticuado, pero quiz por eso resulta ef ectivo, ya que nadie lo hace ms as. Lo chequear. No salga de la ciudad.

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47 El polica sali precipitadamente rumbo a la rampa de transporte. Al cabo de unos minutos lleg al punto donde deba bajarse y salt con gracia, pero la inercia lo llev casi contra la barrera. Dud un instante, luego dobl su cuerpo sobre el pasamano y rebusc en la canaleta. Nada. Gir su cabeza en un gesto repetido y se dirigi a su cita con el delincuente. En el bar, mientras por fin almorzaba, Lpez se pregunt si deba haberle aclarado que las probabilidades marcaban casi un 99,7 por ciento de que el reo portara una antigua arma de fuego, de esas que traspasan fcilmente las protecciones del traje de polica. Un "no, mejor no", casi susurrado, escap de sus labios. Y sigui comiendo. Enrique Castillo Enrique "Endriago" Castillo se desempea actualmente como diseador free lance en el rea de publicidad grfica. Lo que no es bice que, para llevar los garbanzos a casa, se haya embarcado a lo largo del tiempo en todo tipo de labores, desde tcnico foguista en el ejercito hasta patovica en boliches de moda. Nacido en el seno de una casa de artistas aprendi a pintar al leo con su madre, profesora de Bellas Artes, antes an de aprender a dibujar. (Hay quienes dicen que sigue sin aprender). En la adolescencia se encamin hacia la artesana y transit por la escultura con relativo xito, si consideramos exitoso el no haber sido golpeado con ellas. No obstante, desde muy joven sinti esa comezn que a muchos lleva a escribir. Por suerte algn espritu protector de la Humanidad influy para que guardara sus obras en algn perdido cajn. Pero ltimamente las cosas han cambiado. Las malas compaas no solo lo han llevado a manifestar pblicamente sus locas ideas a travs de las ondas etricas, sino que, peor an, ha empezado a escribir pensando en verse publicado en papel. El ltimo sello est roto, y slo falta el Apocalipsis.

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48 EL REGRESO DEL CAPITAN RAYO PABLO DOBRININ El caso del Capitn Rayo fue sin duda uno de los ms emotivos que me toc vivir en mi carrera como inspector de polica. Al igual que en muchas oportunidades, la aventura comenz con una seal del videfono, una aciaga madrugada de julio. Sin salir de las sbanas, encend el aparato. El rostro inexpresivo de Liechtenstein apareci en la pantalla. ...Hola. Me sent tonto frente al sonido cavernoso de mi propia voz. Mi aspecto a las 3 A.M. nunca fue agradable, pero a l no pareci importarle. Siento molestarte a esta hora se excus el jefe de polica de Montevideo, pero es importante. Asesinaron a Cosentino, el dueo de Imagen T.V. Cable. Aj... El homicida prepar todo para que pareciera un suicidio, pero hay detalles que lo delatan. Investiga. S. Dijiste que era importante, verdad? Cuidado me previno Liechtenstein adivinndome la intencin, es importante, pero no tan importante. No han matado al presidente o a un legislador. As que ya sabes, si la investigacin te conduce a la Ciudad Vieja, debes suspenderla de inmediato. Comprendido? ... Comprendido? S, claro. Luego de vestirme, y mientras beba mi caf compuesto, me qued mirando un buen rato por la ventana. Aquel decimonoveno piso me ofreca una buena perspectiva. La Ciudad Vieja, con su notable fusin de estilos arquitectnicos de los siglos XVIII, XIX, XX, y XXI, descansaba en la niebla.

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49 Despus que la inundacin producto del derretimiento de los polos la convirti en una nueva Venecia, las propiedades se vendieron a precios que en otra poca hubiesen resultado irrisorios. Pronto el lugar no tard en llenarse de marginados y delincuentes. Si la zona portuaria siempre haba sido un lugar peligroso, ahora lo era mucho ms. A esa hora de la madrugada costaba imaginarse que durante el da el lugar se transformaba en un punto de atraccin turstica. Tan pronto como una rendija de sol se dibujaba en la niebla, poda escucharse el montono chapaleo de unos remos. Los visitantes vagaban por la ruinosa ciudad en parsimoniosos botes, que dejaban blandos surcos en el agua, mientras las melanclicas notas de los msicos callejeros les hacan creer que acababan de entrar en un sueo... Pero la noche era otra realidad. Un acuerdo entre Los dueos del A gua y la polica prohiba a estos ltimos entrar en la Ciudad Vieja. Los dueos del Agua, como los haba bautizado la prensa, constituan una mafia dedicada al contrabando, la droga y la trata de blancas, que gozaba de una total impunidad, producto de la situacin poltica existente en ese momento. El Estado estaba muy ocupado en lidiar con los revolucionarios que pretendan el poder como para consumir energa en esos asuntos. A la polica le interesaba que los traficantes no se unieran con los sediciosos juntos podran resultar mortales y si encima reciba alguna compensacin econmica... Sin embargo, el eq uilibrio poltico era muy inestable: lo nico que obstaculizaba la tan temida asociacin era la rivalidad entre los jefes de ambas bandas. Para m, un simple inspector de polica, la Ciudad Vieja era el sitio que siempre me estara vedado. Se supone que la costumbre convierte a los hechos anormales en normales, pero yo me resista a aceptarlo. Mientras miraba la ciudad y pensaba en todas estas cosas, no alcanzaba a imaginar que la investigacin que tena por delante habra de p onerme cara a cara con mis convicciones. Tena trabajo que hacer, de modo que me ab roch la campera y baj por el ascensor. La niebla era densa y hmeda. Al introducirme en mi Borges III me sent feliz de escapar de ella. Los argentinos construan excelentes autos anfibios; ellos s que saban de inundaciones. Mi vehculo estaba equipado, adems de todos los accesorios de rigor, con un radar 3D que me facilitaba manejar en condiciones atmosfricas tan adversas. Cuando era nio, mis padres se haban afiliado a Im agen T.V. Cable, de manera que muchas de las horas felices de mi infancia se las debo a este servicio. La empresa, adems de ofrecer canales internacionale s, tena el suyo propio Era la primera vez que pisaba los estudios, y no pude menos que esbozar una sonrisa. El lugar me result mucho ms pequeo de lo que lo haba imaginado, pero ms atractivo. El corredor principal, baado por una luz blanca e intensa, era como un tnel del tiempo. En cada pa red se podan apreciar fotografas, imgenes hologrficas y estereogramas de los espectculos que haban hecho historia. No se trataba de un cable con muchos abonados, porque de otra forma los revolucionarios no hubiesen tardado en coparlo para enviar sus mensajes proselitistas. Sin embargo, la violencia no tard en alcanzarlo. El dueo de I.T.C. estaba tirado en el piso de su oficina, con la cabeza destrozada y una Hiroshimapocket en su mano derecha. Sobre el escritorio enc ontramos una nota manuscrita que rezaba: "Querida Luca, quiero que sepas que esto era algo que tena que hacer. Besos a Maggy y Laura". Un forense me explic que, tras un examen, se haba llegado a la presuncin de que era homicidio. Generalmente, cuando alguien se suicida de esa forma, por efecto de la implosin en el cao del arma quedan rastros de sangre y cabellos, adems de la sangre en la mano que hizo el disparo. Ese da, acompaado por un par de policas, entrevist al personal de los tres turnos. Nadie haba presenciado el crimen, pero la mayora afirm que la tarde anterior un hombre haba amenazado de muerte a Lucas Cosentino. Aunque varios funcionarios vieron al sospechoso, slo uno saba su nombre. El sub director de prog ramacin, que se identific como Antonio Luna, se acarici la barba canosa y seal: Se llama Rogelio Almada. Trabaj hace aos aqu. Rogelio Almada... le en el monitor del PC del Borges III. Por qu querra un pizzero asesinar al director de I.T.C.?

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50 El Bar Centenario era viejo, pequeo y oscuro. Y naturalmente, tena ese aire de desamparo que suelen tener los bares viejos, pequeos y oscuros. Cerca de la entrada dos ancianos intercambiaban CD-ROMs, en un rincn un joven daba giros conectado a una consola de realidad virtual, en otro una prostituta ajustaba costos con un cliente. El propietario era un gallego llamado John Prez que tosa continuamente y mostraba una lengua roja que pareca de trapo. Pens en sugerirle que comiera en un negocio que no fuer a el suyo, pero estaba para cosas ms importantes. Me condujo hacia la coci na y, haciendo un ademn de como quien seala un florero, me dijo: Coff, coff, ah lo tiene. Era un hombre mayor de cincuenta aos, vestido con un gorrito y un delantal blancos. Estaba junto al horno y transpiraba copiosamente. Rogelio Almada dej de amasar y me mir. A pesar de que tena el rostro semi cubierto de harina, experiment la sensacin de que ya lo conoca, aunque no poda precisar siquiera una fecha o un lugar. Se mostr intrigado por mi pres encia, pero no pareca tener miedo y me acompa sin resistirse. Bajo las luces potentes de mi despacho, sus faccion es me resultaron an ms familiares, como si lo conociese de toda la vida. Despus que le expliqu la situacin se limit a contestar: Yo no lo mat. Estaba seguro de que contestara algo as, pero igual me qued sorprendido. No fue por lo que dijo, sino cmo lo dijo. Haba un matiz especial en esa voz que la distingua del resto. De hecho, esas cuatro palabras que pronunci bastaron para erizarme la piel. Dnde estaba en el momento del crimen? pregunt para escucharlo hablar. Era mi da libre, estuve en mi departamento leyendo un libro de Roberto Bayeto y escuchando X F.M. Solo? S. La voz tena una impostacin y una diccin naturales que la hacan deliciosa. Yo haba guardado para siempre aquel registro en mi memoria. Por qu fue al canal y amenaz de muerte al director? l me insult respondi ofuscado. Qu ocurri exactamente? Fui a pedirle que me alquilara un espacio para hacer un programa, y se burl de m. Ya no tena dudas de dnde lo conoca, pero quera que l me lo dijera. Qu clase de programa? Intentaba revivir "Las Aventuras del Capitn Rayo" confes con cierto resquemor. A partir de ese instante, un montn de imgenes asalt mi mente. El "Capitn Rayo" con su traje rojo y azul salta de un edificio, lanza poderosas descargas con sus manos, enfrenta al demente "Cirujano" que esgrime una motosierra, lucha cuerpo a cuerpo con me dia docena de traficantes... De pronto sent que los frescos aromas de la infancia dilataban mis pulm ones. Yo llegaba de la escuela, tiraba la mochila a un rincn y me sentaba a ver Las Aventuras del Capitn Rayo, mientras mi madre me serva la merienda. Embelesado por estos recuerdos, repet una fr ase caracterstica de mi hroe favorito: "Es hora de que alguien ponga las cosas en su lugar". Rogelio Almada, que en ningn momento haba perdido su dignidad, sonri con orgullo: Usted miraba el programa? Que si miraba el programa? exclam olvidndome de mi rol de inspector de polica. No me perda ni un episodio! Una tarde, el eq uipo de ustedes fue a filmar al Cerro...

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51 Es cierto. Perdimos cerca de una hora intentando hacer callar a la multitud de nios que se haba amontonado para vernos grabar. ...Yo estaba entre ellos. Oh. Cuando llegu a casa y le cont a mi madre que en la esquina estaba el Capitn Rayo, pens que estaba inventndolo todo y no me crey. Me puse a llorar entonces y... Pero dgame, por qu desapareci el programa? El rostro del hombre perdi todo su brillo, y la voz se hizo pausada y grave. Yo alquilaba el espacio. Al principio al director de I.T.C. no le pareci una buena idea, pero finalmente lo acept. Imagnese, un super hroe uruguayo! En aquel mome nto fue algo indito. No tena mucho dinero, pero con ingenio compensaba la falta de recursos. En ocasiones lograba muy buenos efectos especiales. Tuve un considerable xito; llegu a estar primero en el rating de programas infantiles. Y qu pas despus? A los seis meses se venci el contrato con el ca nal. Yo haba pagado quinientos pesos, y esperaba pagar una suma similar, pero el director dijo que ahora el programa vala mil quinientos. Fue una jugada muy sucia. Despus de todo, si el espacio se cotizab a mejor, era debido al alto rating. Creo que otro canal soborn a Cosentino. Entiendo. A partir de entonces quedaron enemistados. S, pero yo no lo mat. Qu ocurri despus? No me quedaba mucho dinero. Y todos los canales ya tenan sus espacios cubiertos, as que emprend cualquier oficio. Rogelio Almada trag saliva y baj la vista. Trabaj en una casa de ropa deportiva, y cuando sta se fundi entr a la pizzera. Cerr los ojos durante un instante pero no pude aceptar semejante idea. El Capitn Rayo vendiendo medias y haciendo pizzas. Sencillamente era irritante. Ese hombre en verdad tena talento; perteneca a la televisin. Mereca mejor suerte. Pero en el fond o no me extraaba, este pas siempre fue ingrato con sus artistas. Por qu regres al canal despus de tantos aos, a pedirle a Lucas Cosentino que le renovara el contrato? No se fij que este ao se produjo un nuevo boom en la industria del cmic de super hroes? pregunt Rogelio como si se tratara de algo que fuera de dominio pblico. Haca aos que yo no compraba "Comic Scene", y no estaba al tanto sobre el tema, pero le cre. Reconoce que amenaz de muerte a la vctima? S, pero slo se lo dije porque estaba molesto! Not un ligero temblor en las mejillas de Almada l dijo que yo estaba viejo y gordo y que nunca ms volvera a ser el Capitn Rayo. Mir al hombre sin poder ocultar mi tristeza. Era cierto, estaba algo subido de peso aunque sin llegar a ser gordo y tena cincuenta y ocho aos. Su problema no era nuevo, le haba pasado a muchos actores antes que a l, y le va a pasar a muchos otro s todava. Pero es tan difcil reconocer cuando el tiempo de uno ha terminado... Cada vez que recuerdo a Rogelio, sucio de harina y transpirando por el calor del horno, siento que me hierve la sangre. La investigacin posterior revel hechos que complicaron an ms la situacin del sospechoso. En mi fuero ntimo pensaba que l era in ocente, pero todo pareca indicar lo contrario. Cuando examin la esquela que supuestamente Cosentino dej a su familia, me di cuenta de cosas muy importantes. En primer lugar, el autor de la misma haba olvidado despedirse de Celika, la hija ms joven; cuando se levant el programa del Capitn Rayo, ella an no haba nacido. En segundo lugar, la letra no corresponda a la de Cosentino, sino a la de Almada; comprobamos esto analizando viejos guiones del

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52 Capitn Rayo. En tercer lugar, el sospechoso no tena una coartada y haba amenazado de muerte a la vctima. Y pese a todo, yo crea en su inocencia. S que puede parecer una tontera, pero necesitaba creerle. Si el principal accionista mora, el siguiente pasaba a tener el control de la empresa. En este caso el siguiente no era otro que Antonio Luna. Decid hacerle una visita. Luna viva en una mansin situada en las afueras de la ciudad. En aquella zona ltimamente se haban producido enfrentamientos entre la polica y los revolucionarios. Mientras avanzaba por Camino Maldonado en aquel entonces debi llamarse "Ro Maldonado" tem verme envuelto en una nueva batalla, pero slo me top con las luces de varios autos y omnibuses "103" que parecan deslizarse en la niebla. El paisaje era de mi gust o. A los costados de la "calle" se levantaban interminables casas prefabricadas de plstico, ilustradas con imgenes de Boris Vallejo, Richard Corben y Gonzalo Palmer, entre otros. En la esquina de Camino Maldonado y Florencia, sobre una resistente estructura de plstico, se levantaba el formidable casern. Conect los dispositivos de seguridad del Borges III y sal al agua. La casa era blanca, enorme y asimtrica, del tip o de las que imitan la esttica de Dal. Despus de identificarme frente a las cmaras de video instaladas en el frente de la casa, se abri una puerta hexagonal permitindome el acceso. Bienvenido, inspector dijo una voz. Antonio Luna vino hasta m desde uno de los ngulos del recibidor. Vesta una tnica negra con elefantes blancos de patas muy largas que terminaban en punta. Me ofreci la mano y una sonrisa, pero sus ojos no podan mentirme. A instancias del dueo de casa, me sent en una rplica del silln de Dal. Luna me sirvi un scotch, se sent frente a m en un asiento ms convencional y seal intentando parecer natural: Tratar de serle til en su investigacin, qu es lo que desea saber? Antes de responderle, una imagen llam mi atencin. El hombre lo not, porque de inmediato repuso: Ah, me trae tantos recuerdos ... Usted me vio alguna vez? S contest sin apartar la vista de la holografa del "Cirujano" que haba en una de las paredes. El villano estaba parado en una pose que nada tena que envidiarle a los clsicos dibujos de John Byrne o Jim Lee. Era un buen personaje. Cierto. Haca muy bien su papel. Tena un primo ms chico que se asustaba cuando lo vea por televisin. Luna se ri con una extraa satisfaccin, y pregunt: Y usted? Tambin se asustaba? No contest con una seriedad que oblig a mi inte rlocutor a bajar la mirada. Nunca me asustaron los villanos de televisin. Dgame, quin cree que mat a Lucas Cosentino? Almada es el principal sospechoso, no es as? respondi elevando su rostro. Realmente cree que l lo hizo? Un hombre frustrado apunt Luna sostenindose el mentn con una mano que casi le cubra la boca puede ser capaz de cualquier cosa. Comprender que usted tambin es sospechoso. S... sonri incmodo. Yo podra de esa manera asumir la direccin de la empresa. Pero, a mi edad y en mi posicin, el dinero no es tan importante. Naturalmente, no le cre. Aunque quizs estaba siendo muy subjetivo. El "Cirujano" es el villano y el "Capitn Rayo" es el hroe, as es como siempre ha sido y no hay nada ni nadie que lo pueda cambiar...

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53 Estuve interrogndolo durante veinte minutos, pero no pude averiguar ms de lo que ya saba. Sin embargo, a poco de retirarme, aprovechando la estti ca en las cmaras de vigilacia que el motor de mi auto produca al ser encendido, saqu un diminuto transmisor "abeja" de un bolsillo y lo dej en el piso. Esper a que esta unidad inteligente se colocara en el chasis del vehculo de Luna y me march de all. En el cruce de Ocho de Octubre y Bob Kane, me encontr atrapado en un humo bordeaux que se enredaba en la niebla. Un par de explosiones me provocaron sendos sobresaltos y no atin a otra cosa que no fuera acelerar. Una moto ac utica cruz justo frente a m, levantando una buena cantidad de agua negra que por unos segundos me oscureci la visin. Cuando el parabrisas estuvo limpio vi a dos jvenes con los rostros tan hinchados que parecan a punto de estallar. Uno de ellos logr saltar al agua, el otro cay de rodillas, cubrindose los ojos con las manos. Estuve a punto de chocar contra dos motos acuticas que venan a contramano, pero hice un rpido viraje hacia la derecha y apret el freno. Las veloces mquinas se estrellaron contra tres autos anfibios de la polica que les cerraron el paso. El impacto fue tal que por un instante los rebeldes quedaron suspendidos en el aire como los habitantes de un sueo. Luego aparecieron cuatro patrullas y lanzaron un gas celeste, inocuo, que no tard en disolver el gas bordeaux. Ajust la frecuencia del radio e intercambi unas palabras con el jefe de la operacin. No se preocupe, inspector dijo con tranquilidad, est todo en orden. Nada anormal, supongo. Usted lo ha dicho. Guiado por un impulso, fui hasta la librera "Ruben". Mi amigo Carlos Rosas me atendi con su especial deferencia, y entre un montn de revistas antiguas de "Superman" y "Batman" encontr lo que estaba buscando: los cmics del "Capitn Rayo". Slo quedan dos ejemplares seal Rosas y eso gracias a que hace un mes una viuda nos vendi cerca de cuarenta nmeros. No saba que hubiera tanta demanda coment sorprendido mientras sostena entre mis manos aquella reliquia. Las pginas denunciaban el paso del tiempo y la tinta haba perdido parte de su brillo, pero, a pesar de eso, todava poda apreciarse el arte de Ernesto Cantonnet. Si hubiese sabido que estabas buscando este material, te lo habra reservado. La verdad es que ni yo mismo lo saba. Me sorprende que haya gente que lo recuerde. Para muchos el personaje sigue tan vivo como antes. Eso creo... Entre las pginas de una de las revistas encontr un recorte de peridico. El artculo daba cuenta del xito de la serie televisiva, y explicaba que "Antonio Luna que interpretaba al Cirujano haba decidido abandonar el programa por discrepancias artsticas con Rogelio Almada, productor y protagonista de Las Aventuras del Capitn Rayo". No era mucho, pero suficiente para dejarme pensando. Estaba escuchando unos viejos CDs de "Riff". En una mano sostena una hamburguesa de carne verdadera, ya fra, y en la otra, un cmic que devoraba con avidez. En ese momento sent la seal del videfono. Lo mir con disgusto y finalmente atend. Hola salud Liechtenstein. S? Ya sabes quin mat a Lucas Cosentino? No estoy seguro. Rogelio Almada es el ms comprometido, pero tengo que seguir investigando.

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54 ...Bueno, pero no exageres. Agilita el trmite, comprendido? Eso intento. Fin del dilogo entre el cerdo y la papa. Despus de terminar los cmics y la hamburguesa, apagu la msica, fui hasta el dormitorio y me tir en la cama. Pero no descans; cuando uno ha adquirido ciertos hbitos es muy di fcil abandonarlos, sobre todo si son una necesidad. Encend el PC y le orden que me contara las noticias. El logotipo de servicios fnebres "Los Angelitos" invadi mi pantalla. Luego, el conductor del informativo emergi de una rplica digitalizada de una "calle" Montevideana donde por supuesto el agua era verde y no negra e hizo su presentacin de rigor. "Mi nombre es Jorge Latoso un hilo esmeralda le corri por la frente y estoy aqu para contarles los principales acontecimientos ocurridos en Uruguay y en el mundo". Acto seguido, Latoso se elev en un vuelo vertical hacia un lmpido cielo, vir hacia la izquierda, la derecha, describi unos giros imposibles, y finalmente, cuando su rostro cubri la pantalla, sus ojos dieron paso a la primera noticia. "Esta maana se encontraron dos punguistas y tres violadores muertos en la esquina de Ballard y Bayeto. Antes de ultimarlos, los ejecutores les am putaron las manos y los penes, respectivamente." La cmara se paseaba con parsimonia por el escenario del crimen. Los cuerpos flotaban en el agua como ropa sucia. "La polica cree que se trata de una de las bandas callejeras que se han dedicado a limpiar la ciudad de delincuentes. Las autoridades seguirn investigando." Sonre con desprecio; no esperen mi colaboracin Las "bandas callejeras" haban comenzado haca slo seis meses, pero ya eran un fenmeno generalizado. Algunas tenan nombres muy pintorescos como Los Vengadores, Las Sombras Sobre el Agua o Los Sueos de Giger. La polica estaba muy ocupada en lidiar contra los revolucionarios y haba descuidado sus funciones ordinarias. Ante esta situacin, la mayora de los barrios tena ya su "banda callejera", integrada por los propios vecinos. Por lo general eran hombres sanguneos que no tenan otro inters que no fuera vengar a un familiar. Puede parecer censurable la justicia por mano propia, pero les aseguro que era una necesidad. Si a m me tocaba investigar un crimen por el estilo, simplemente haca la "vista gorda", y si un polica novato intentaba averiguar algo, lo llamaba a solas y trataba de desasnarlo. Las siguientes noticias estaban referidas a los enfrent amientos de la polica y los militares contra los revolucionarios. Las batallas eran siempre sangrienta s y mora mucha gente inoc ente. No haba forma, mientras los "zares" de la droga siguieran financiando revoluciones que no tenan ms ideales ni ms plataforma poltica que llegar al poder para vender sus porqueras, bamos a tener guerra para rato. Como de costumbre, nadie hablaba de Los dueos del Agua, parecan no existir. Todo el mundo saba de ellos, pero un silencio a veces cobarde, a veces cmplice, los haca invisibles. Ellos siempre van a estar, me repeta, pasarn los gobiernos, las revoluciones, las proclamas de triunfo y los discursos de crisis, y al final, cuando pase la tormenta y se disipe la niebla, slo quedarn ellos, tan enteros y erguidos como al principio. El rostro digital de Jorge Latoso se apoder de mi monitor y seal con su tono inexpresivo: "Si desea informarse de las violaciones de esta jornada presione F1, si desea saber los resultados de los ltimos partidos de Waterball presione F2, si desea saber quines sern las estrellas invitadas a la mayor fiesta celebrada en Punta del Este presione F3, si desea ver nuestro especial de Los Bloopers Ms Sangrientos presione F4, si desea..." Esa noche tuve dificultades para dormir. Me despert de madrugada, nervioso, y trat de calmarme fumando un poco. Quizs me haca falta una mujer. Haca apenas una semana que un desgraciado haba degollado a Alejandra con una navaja para robarle un paquete de carne vegetal. Ella tena un hermoso cuerpo que me haca olvidar mi frustracin de polica honesto en una sociedad corrupta. Era adems una buena compaera; acostumbrbamos a rernos juntos de Liechtenstein. El jefe de polica de Montevideo sola llamarme durante la maana para consultarme por cualquier estupidez,

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55 as que Ale dorma desnuda ofrecindol e su sexo al ojo del videfono. El viejo empezaba a tartamudear, se pona colorado, se excitaba mucho... En el fondo creo que l la extraaba ms que yo. Era una noche tranquila, sin gases, ni bombas, ni gritos; apenas la caricia del viento sobre la superficie del agua. La luna oscilaba co mo un reloj derretido de Dal. Un vagabundo pas frente a m, hablndole a un interlocutor imaginario. La nica frase que le entend qued colgada en el aire durante unos segundos l dijo: "usted a m me va a respetar". En la puerta del bar "Centenario" haba dos prostitutas de catorce aos ofrecindose por poco dinero, unos crditos para entrar en la red o una dosis de coca. Estaban tan flacas que slo podran haber excitado a un enfermo mental. A una de ellas le haban reconstruido la nariz y parte de la cara. Resultaba obvio que la ciruga era obra de la sanidad pblica, porque el plstico era de baja calidad. Al llegar a la puerta ambas se apartaron. El interior del local estaba lleno de roa; uno debe ver Montevideo de noche si desea saber cmo es en realidad. El humo de los porros me hizo pensar en el olor de una mujer que suea con un bosque. Algunos escondieron la cabeza, otros se apartaron, unos pocos me miraron con desprecio. En una esquina haba un muchacho dando giros de 360 grados en su consola de realidad virtual. Me pareci que era el mismo que haba visto en la maana, y hasta llegu a suponer que haba permanecido ah desde entonces. Pero aquello resultaba imposible... aunque ahora no estoy tan seguro. Estaban escuchando "Master of Puppets" de "Metal lica", y se haca difcil mantener una conversacin. Pese a todo, el gallego lengua de trapo entendi que que ra hablar con l y me hizo pasar a la trastienda. En la cocina un hombre casi tan veterano como Almada estaba sacando una pizza con muzzarella del horno. Quin ser ahora me pregunt, acaso un talentoso dibujante de cmics? Le expliqu al gallego que necesitaba saber si su an terior pizzero haba tenido alguna conducta extraa que lo convirtiera en sospechoso. Pues s que tena algo coff... co ff... extrao. Una vez entr a la cocina a ver por qu coff... se demoraba tanto con una condenada pizza coff coff... y lo encontr hablando solo y haciendo movimientos raros... Qu haca? Me parece que estaba loco... coff... tiraba patadas y pi azos al aire y deca "no hay criminal que se me resista" y coff... cosas as. Sent que algo se aflojaba en m. No s si fue porque estaba descubriendo la humanidad del hroe de mi infancia, o porque todo pareca indicar que l era el asesino. Lo peor coff... es que la pizza se quem agre g el gallego como si aquello pudiera importarle a alguien. Cuando me dispuse a salir, lengua de trap o se adelant un poco y me advirti: ...Espere. Qu ocurre? ...Coff, no hay nadie en el bar... coff... coff... se guro que lo estn esperando afuera. No me extraa que lo reconocieran, yo mismo lo vi en el informativo. Le indicar una salida. Camin por unos retorcidos corredores y sub una escalera. El gallego agreg a modo de despedida: Ahora nadie lo ver, coff, coff, se est formando una densa niebla que no se disolver hasta dentro de dos horas y cuarenta y cinco minutos. Cmo lo sabe? pregunt mientras comenzaba a abrir una puertecita que daba a la azotea. Coff, coff, descuide respondi con disp licencia soy licenciado en meteorologa.

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56 Estaba furioso. Saba que era algo normal, pero no me haba pasado por la cabeza que pudiera ocurrir ahora. Cmo imaginan que me sent cuando vi a Jo rge Latoso diciendo a todo el mundo que Rogelio Almada era el asesino del dueo de I.T.C.? Arm te rrible revuelo en la comisara. Estaba seguro que algn polica intil le haba vendido informacin al noticioso. Presion a varios efectivos e insult a muchos, pero slo consegu irritarme an ms. Sub al Borges III y cort el vidrio negro del agua durante un par de kilmetros. En momentos as, yo llamaba a Alejandra y entre sbanas viejas y descolor idas me rellenaba la cabeza de silencio. Pero ella no estaba. Y quizs fuese mejor as, porque eso me obligaba a actuar. Son el telfono. Estaba casi seguro de que sera Li echtenstein para decirme que iban a meter preso a Rogelio Almada, que la investigacin estaba concluida y que me dejara de joder. Creo que hay algo que debe saber, inspector seal el mdico forense. De qu se trata? En las uas de Cosentino encontramos restos de pintura blanca, del tipo que usan Los dueos del Agua. Despus de hablar me qued unos minutos sin saber qu hacer. Se trataba de una buena o mala noticia? Por lo pronto Almada poda salir beneficiado, pero desde otro punto de vista la investigacin quedaba automticamente cerrada. Apoy la cabeza en el respaldo y trat de no pensar Y en ese preciso momento la historia comenz a cambiar: la computadora, que registraba la seal de l transmisor "abeja", me avis que Antonio Luna se diriga a la Ciudad Vieja. Todo se explicaba. Probablemente Luna haba contratado a un matn profesional perteneciente al grupo de Los Dueos del Agua. Otra vez el telfono. S? Inspector? El mismo. Habla el agente Bermdez... Qu ocurre? Rogelio Almada se escap de su celda. Qu?! S, seor. Pidi un vaso de agua y cuando el guardia se lo fue a dar lo derrib de un piazo, tom las llaves y se fue. Me qued paralizado. ... Inspector, est ah? ...S, pero debe estar confundido, el Capitn Ra..., digo, Rogelio Almada tiene cincuenta y ocho aos. Parece estar en buena forma, seor. No movilice ningn efectivo. Voy a encargarme personalmente del asunto. Como diga, seor. Bermdez... S, seor? El prisionero, antes de escapar, no dijo algo como "Mira, tengo el arcoiris dentro de mi vaso"? S, eso fue exactamente lo que dijo, pero cmo lo supo? Bermdez, qu edad tiene usted? Veinticuatro, seor. Olvdelo, no tiene importancia.

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57 Lo hizo! Se haba escapado de la misma forma que haca treinta aos, en uno de los episodios televisivos! Les confieso que me emocion. Qu se supone que de ba hacer; arrestarlo, abrazarlo, pedirle un autgrafo? El Capitn Rayo... ya no hacen viejos como aquellos. Aceler y me dirig al domicilio de Rogelio Almada. Estaba seguro de poder predecir sus movimientos. El hombre viva en una ruinosa pensin del barrio Su r. Las manchas de humedad evidenciaban que aos atrs el agua haba alcanzado niveles ms importantes. Las grietas de las paredes, los lquenes que avanzaban como largos dedos y el aspecto general del revoque parecan indicar que de un momento a otro la construccin se precipitara a las aguas. Sub por los escalones de mrmol hasta llegar a un sombro corredor. El sitio ola a orn de perros. No esper a que me abrieran, tir la puerta de una patada. Rogelio Almada estaba terminando de ponerse su traje de Capitn Rayo. Contuve el aliento. Ser mejor que me acompae dije al fin. No voy a ir con usted. Qu es lo que pensaba hacer? Atrapar a Antonio Luna. El mand matar al dueo de I.T.C. Cmo lo sabe? Estoy seguro respondi Almada ponindose la capucha. l trabaj conmigo como "El Cirujano". Pero yo lo ech por usar una motosierra verdadera; el desgraciado lastim con ella a dos utileros. Desde entonces me odia... Al tiempo regres co n dinero a I.T.C. y compr una parte. Por qu no me lo cont antes? De todas formas no me hubiese credo. Me acerqu. Ya nada importa. Poco antes de venir para aqu me enter que Luna est asociado con Los Dueos del Agua. La investigacin lleg a su fin. No, inspector! asever el hombre dndome un empujn que me arroj al piso. Es hora de que alguien ponga las cosas en su lugar! Escuch el ruido de pisadas sobre la escalera y lu ego una moto acutica que abandonaba el lugar. Me sacud la mugre de la ropa, espant un par de sapi tos que se haban adherido a mis pantalones y sal. Afuera haba una densa niebla. Cuando encend el monitor del Borges III el vehculo era un punto en el horizonte. Al menos tena la certeza de que se diriga a la casa de Luna. Me di cu enta de que algo extraordinario estaba a punto de suceder. El destino haba querido que el Capitn Rayo y el Cirujano se encontraran en una esquina, slo un par de calles ms adelante. Luna debi notar que lo segua, porque de inmediato hizo un espectacular viraje y corri a refugiarse en la Ciudad Vieja. Trat de alcanzarlos, pero me fue imposible. El Cirujano entr en el dominio de Los Dueos del Agua y, ante mi asombro, el Capitn Rayo lo sigui incluso all. Detuve el auto y vi como el veterano de cincuenta y ocho aos se perda en la blanca oscuridad. Entonces comprend cmo haba logrado escapar de la crcel y luego tir arme al piso. No se trataba de fuerza fsica, ni de una gran tcnica, sino de algo mucho ms importante que lo ennobleca, algo que la mayora de las personas mueren sin haber conocido jams. No poda dejarlo solo. Tom aire, encend el motor, aceler a fondo y traspuse la puerta de la ciudadela. Ya no tena miedo, estaba eufrico y de una forma extraa me senta bien, por primera vez en muchos aos. El Capitn Rayo persegua a su oponente sobre una de las plataformas de plstico que sirven de vereda. Para cuando detuve el vehculo y sal al fro de la noche, ambos ya haban entrado en un viejo edificio. Saqu el arma y corr hacia ellos. En el trayecto una figura me distrajo un par de segundos: un nio no mayor de nueve aos con una horribl e cicatriz que le cruzaba el rostro Tena los ojos grandes, bien

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58 abiertos, y me miraba con odio, como si yo hubiese matado a sus padres. La imagen dur un par de segundos, pero alcanz para incomodarme. Despus de subir muchos escalones, el Capitn cay sobre m. No cre que pudiera reincorporarse, pero simplemente se apret con una mano las costillas doloridas y continu su ascenso. Al llegar arriba una sombra me salt encima, tirndome c ontra una puerta y haci endo que mi pistola rodara escaleras abajo. Mi adversario que no era otro que un integrante de Los Dueos del Agua, con la clsica pintura blanca que le cubra el rostro y las manos me tom de la solapa y me dio un golpe dursimo en la cara y luego otro en la boca del estmago. Le contest con un puetazo que me permiti mantenerlo a cierta distancia y recuperar un poco de aire. Aunque estaba aturdido vi al Capitn peleando con el Cirujano. No haba descargas elctricas ni motosierras, pero all estaban nuevamente, en la batalla ms decisiva de sus vidas. El tipo que me haba atacado sac una nava ja y se encamin con decisin hacia la espalda de su adversario. Eso me oblig a reaccionar rpidamente, lo tom del cuello y le di tres veces la cabeza contra la pared hasta dejarlo tirado en el piso. El Capitn Rayo remat el gran combate que vena protagonizando con un certero derech azo que puso a dormir a su rival. Nos miramos como si hubisemos trabajado juntos desde siempre. Rogelio Almada no poda ocultar su satisfaccin; pareca como si una risa cont enida se le escapara entre los labios. Espos a los delincuentes y los con duje hacia afuera. Los cuatro nos dirigimos hacia mi vehculo anfibio. La luna no resaltaba ms que una huella digital en un vidrio, y slo estaba la blanca noche, el viento y el mar. Pero entonces Los Dueos del Agua aparecieron por aqu y por all, multiplicndose una y otra vez. Sent un sudor fro en la espalda. Una sensacin de pnico se apoder de m. Fue como si la realidad se hubiese fragmentado para luego que dar congelada en una imagen catica. Ah estaba yo en un lugar donde no deba estar, en una situacin que nunca haba imaginado, junto a un personaje que slo poda existir en un programa de televisin de haca treinta aos. Una figura blanca se desprendi de la niebla como una pieza de un rompecabezas y avanz hacia m. El viento de la noche arrastraba aromas oscuros y hmedos como pesadillas. El jefe de Los Dueos del Agua se me par enfrente con sus dos metros de altura y sus anchas espaldas. Su gabardina imitacin piel de elefante se agit al igual que la cola de un animal. Usted no debera estar aqu, inspector. La voz me ataba como un hilo invisible. Volv a ver al nio que tena la horrible cicatriz. No haba Capitn Rayo, ni Cirujano, ni justicia de ningn tipo. La realidad eran las palabras que salan de la boca de aquel hombre, los ojos del nio, los cabellos de la niebla enroscndose en la conciencia y la soledad de aquel que ha dado un paso equivocado. Cuando pareca que el ltimo episodio estaba por llegar a su penoso final, un enorme lanchn cruz la puerta de la ciudadela levantando un ala de agua negra. Se abri una puerta en la superficie oscura y blindada y descendieron ms de veinte hombres empuando armas de grueso calibre. Enseguida, ante el estupor de todos, el que pareca tener la mxima autoridad increp al jefe de Los Dueos del Agua: Djenlos ir. No haca falta ser muy inteligentes para darse cuen ta de que se trataba de una "banda callejera". Quines son ustedes? pregunt el hombre de la gabardina gris. Somos "La Banda del Capitn Rayo" contest la voz. Rogelio Almada respir hondo y sus ojos adquirieron un brillo hmedo. Apuesto cualquier cosa a que se fue el momento ms feliz de su vida. El grupo deba estar formado por gente que en su niez miraba las aventuras del Capitn Rayo. Cuando lo vieron en las noticias, comprendieron que era hora de devolverle parte de todo lo que l les haba dado. Esforc un poco la vista y cre distinguir a varios amigos del Cerro, entre ellos a Carlos Rosas. Luego de un pesado silencio, el jefe de Los Dueos del Agua repuso al fin: No voy a defender a su prisionero, inspector. l hizo un "trabajo" por su cuenta, sin consultarme, y eso no est permitido. Esta vez pueden irse, pero no los quiero volver a ver por aqu. Nos marchamos lentamente, saboreando el triunfo.

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59 Ni bien abandonamos la Ciudad Vieja tuvo lugar el reencuentro con los amigos de la infancia, y el Capitn Rayo, ante la insistencia de todos, se dedic a repartir autgrafos. Lo que ocurri ms tarde es bien conocido por la cobertura que le dio la prensa; el Cirujano y su socio fueron condenados a largos aos de prisin. En cuanto a Rogelio Almada, recibi una oferta de los nuevos dueos de I.T.C. que acept con el mayor de los placeres para hacer la voz del Capitn Rayo en una versin de dibujos animados que no tard en alcanzar los primeros sitiales de popularidad. Finalmente, creo que el cambio ms grande se produjo en m mismo y en la gente que despus me sigui. Comenz una maana como tantas, cuando ya fui capaz de valorar la experiencia que haba tenido. Mientras tomaba el desayuno, dirig mi vista hacia las brumas que flotaban sobre la Ciudad Vieja, y murmur: "Es hora de que alguien ponga las cosas en su lugar." Pablo Dobrinin naci en Montevideo, Uruguay, el 21 de mayo de 1970. Se gradu en el Instituto Profesional de Enseanza Periodstica en 1990. Curs tres aos de Literatura en el Instituto de Profesores Artigas. Ha conducido programas culturales en la radio y colaborado con cuentos, poesas, entrevistas, artculos y ensayos en las revistas Punto de Encuentro, Diaspar, Balazo, Pasaporte, Humornautas, Estado de Humor, Das Extraos, Cusar, Asimov Ciencia Ficcin, y la revista de estudios literarios Espculo (dependiente de la Universidad Complutense de Madrid), entre otras. Junto a Enrique Abelenda prepar una antologa (en dos tomos) de ciencia ficcin uruguaya que aun no ha sido editada. Recientemente Domingo Santos decidi incluir un cuento suyo en un volumen de relatos hispanos que editar Espiral. En Axxn N 160 se public un artculo de su autora llamado "El carcter poltico de la ciencia ficcin uruguaya". Axxn 161 abril de 2006

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60 MONSTRUOS Roberto Bayeto (tomado de www.bemonline.com) Los Monstruos que soamos y fabricamos los humanos son los peores. No hay peor Monstruo que el creado por un Monstruo. SIII Del diario del Profesor de Sociologa Alejandro Rodrguez, entregado a este medio por su compaera despus de su extraa desaparicin. Actualmente soy profesor de Sociologa en la Universidad de Barcelona. Aos atrs, me alist en las Fuerzas de Paz con el solo fin de hacer una buena plata para terminar mis estudios y guardar algo para casarme con Virginia, mi novia. Por desgracia, mientras me encontraba en el Campo de Instruccin de la ONU en Bonn, ella me abandon por un jugador de ftbol que apenas articulaba cien palabras. Gracias a que era Universitario y tena un post grado en Antropologa Cultural, me alist con el rango de Teniente Segundo. El ser un Oficial me reportaba cierta tranquilidad y prestigio entre la tropa. A pesar de todo, en los das del entrenamiento en el 4 de Infantera me com mis buenas tipas (sanciones que implican arresto N. del A.) por falta de consustancialidad con el Rgimen. Despus de estar privado de mi libertad en cuatro ocasiones aprend la leccin y como vern, a escribir como todo un militar. Descendimos en Omaha es increble como los norteamericanos van por el mundo extrapolando sus costumbres, ocupada por fuerzas de Paz de la ONU en la frontera entre Finlandia y la Neo URSS. El loco de Stalin III estaba an furioso por lo del artefacto nuclear detonado por los EEUU y peda sangre a gritos; lo que yo no saba era que sera nuestra sangre la que lo saciara en parte, pero eso vendr ms adelante. En esa zona exista una ciudad militarizada. Era un centro con cuatro bases area, infantera, blindada e Inteligencia que oficiaba de tapn entre Rusia y Finlandia, o lo que quedaba de la zona este de Finlandia. Haba alrededor de diez mil efectivos, doscientos tanques, cincuenta helicpteros, aviones cazas, tipo A Ataque y bombarderos ligeros, adems y lo ms importante, cuatro locales de Mac Donalds, un centenar de expendedoras de Coca-Cola y cinco locales 24 Horas con todas las variedades de alcohol y chocolates en sus variantes norteamericanas. Era un contingente de respeto. Fuerzas prioritariamente norteamericanas, britnicas, canadienses, sudamericanas y del resto de la Alianza de Naciones. Estbamos en una zona montaosa con dos salidas, una hacia el este y otra al oeste. En ellas mantenamos bateras antiareas, lanzamisiles y puestos de vigas electrnicos y humanos durante las veinticuatro horas del da, siete das a la semana. Por esos dos lugares era por donde podra entrarnos un ataque por tierra, ya que el can era demasiado estrecho para que los cazas o bombarderos maniobraran de forma segura y sin perder la mitad de su escuadrn. Por si las moscas, haba bateras y radares en toda la parte superior de las montaas por la

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61 alternativa area, los helicpteros y dos satlites nos apoyaban con perodos de cada de slo una hora al da. En un estudio sociolgico del Licenciado Stanley Weinbaum, se haca un perfil psicolgico de Petrov como el eterno megalmano mitificador. Los Mordedores... afirmaba ... no son ms que un intento de satisfacer los deseos ms espurios de su psique enferma. Los Mordedores no existen. Son fantasas o modelos de lo que a Petrov le gustara fueran sus Fuerzas Especiales. Los Mordedores no son ms que una forma de generar terror irracional en sus enemigos. El problema para l es que ese terror solamente prende de las mentes de los ignorantes y no del Hombre Moderno instruido por Internet y la televisin por cable como medios primordiales de la culturizacin de masas. Petrov, con su sugestivo apodo de Stalin III nos quiere asustar con Hombres Lobo, Vampiros y Aparecidos de alta tecnologa. Su error es que hoy, a mediados del siglo XXI no existen aquellos campesinos de Europa Central que protegan sus casas con ristras de ajo y estacas de madera. Ahora, por desgracia para Petrov, los campesinos de Europa Central poseen redes de Internet y acceden a idntica informacin que un Profesor de Sociologa y Antropologa Cultural como yo, con la misma versatilidad con que cultivan sus sembrados. Yo crea en cada palabra del Profesor Weinbaum. In cluso asist a una ctedra que diera en Buenos Aires haca dos aos y me haba retirado completamente satisfecho con sus teoras y estudios sobre la Semitica del Neo Comunismo Ruso El aseguraba que el Neo Comunismo estaba basado en formas feudalistas de coaccin, donde los Mordedores ficticios de Stalin III eran caballeros y el resto de la humanidad, simples campesinos que deban aceptar a ojos cerrados todos sus cap richos. Weinbaum instaba a capturar un Mordedor y analizarlo en todos los niveles. l consideraba que en ese instante se descubrira la falibilidad de los argumentos de Petrov sobre sus Super Hombres y como eplogo, l mismo se dara cuenta de que debera asistir a un siquiatra. En el momento que la mentira de Stalin III y sus vampiros sea revelada al mundo, ste, que no es una persona de poco alcance intelectual, deber entregarse a los sicoanalistas de su pas para corregir sus desrdenes squicos y de ndole afectivo; a partir de ese intervalo, el famoso Amanecer de los Mordedores se transformar en una fantasa infantil y el desarrollo normal de la humanidad toda seguir su curso lgico. Uno de mis mitos como socilogo era tener a entera disposicin un Mordedor, obviamente en un Centro bien provisto y en las condiciones de estudio adecu adas. Gracias a ello podra revelar al mundo la futilidad de toda la paranoia de Pe trov y terminar as con una guerra fra que estaba llevando a la raza humana a las puertas de la destruccin definitiva. Er a probable que no solame nte me alistara en la Infantera con fines econmicos, sino altruistas. En Uruguay tenemos una forma de vida tan anodina que soamos con lograr cosas reconocidas por la humanidad en su conjunto. La mayora de nosotros no pasamos de sueos, un pequeo porcentaje de nosotros, en realidad... Por algo yo estaba aqu, a cincuenta kilmetros de las bases militares rusas, es perando un ataque suicida o la orden de un avance combinado con casi todos los ejrcitos democrticos de la Tierra. As me pas soando y enviando o dirigiendo patrullas de nuestros efectivos durante cuatro meses sin novedad. Faltaban dos meses para que concluyera mi contrato y regresara a mi pas obviamente con las manos vacas, cuando una comunicacin encriptada fue inte rceptada por los radioperadores britnicos. Esta hablaba de lo que pareca ser una manada de lobos que iban cercando un supuesto rebao de ovejas o leones tras gacelas, lo que nos pareci curioso. Junto con otros oficiales de cinco pases nos sentamos en una mesa a analizar las implicancias de estas transm isiones. Yo especul con la posibilidad de que los corderos furamos nosotros y los lobos alguna fuerza de incursin de los rusos. El Capitn norteamericano desestim mi comentario porque los instrumentos no detectaban ningn movimiento de tropas masivo a menos de dos mil kilmetros de nuestra posicin.

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62 El Mayor Mnchausen, al que yo llamaba tontamente El Barn un observador austriaco de rostro ptreo, especul sobre la incursin de zapadores para estudiar nuestra posicin. Su grado de Mayor y su experiencia en campaas en frica y Bosnia le dieron la credibilidad suficiente como para que se enviaran diez grupos de Boinas verdes a cazar a los posibles espas rusos que recorran el campo y los bosques de los alrededores; tambin se enviaron tr es helicpteros ROH-Navajo con sistemas infrarrojos y se reforzaron los puestos de vigas de los bordes de la base. Cuando me retir a dormir, sent una sens acin terrible en la boca del estmago. Tuve una pesadilla. Me encontraba en una sabana de pasto amarillo al atardecer. Haba un silencio casi artificial y los pjaros volaban muy alto, como si qui sieran estar fuera del alcance de algo indecible que acechaba en la superficie. En ese momento me di cuen ta de que yo estaba en la superficie y no poda volar. Sent un terror fro, aunque siendo consciente que no vea nada que me provocara tal terror. Comenc a caminar para alejarme de all, cuan do sent una especie de ronroneo, aunque muy amplificado si tomamos en cuenta a los gatos domsticos. Gatos. No me gustaban mucho los gatos aunque respetaba su sentido de la independencia. En este caso, los gatos parecan estar a mi alrededor, por todas partes. Ronroneaban y coman. Se senta el chasquido de huesos al ser despedazados por poderosas mandbulas. Un rugido a mi derecha me hizo quedar paralizado. Leones Gir a mi izquierda y aceler el paso intentando no hacer ruido. Al menos pareca que las clases de supervivencia que nos diera el Sargento Senegals valieron el tiempo y los malestares estomacales. Un ronroneo an ms fuerte que los anteriores me hizo estremecer. Estaba a mi espalda. Me qued inmvil, no saba si para confundir a un posible depredador o porque simplemente no poda moverme. Un aliento a sangre y carne muerta me quem la nuca. El ronroneo se transform en un chasquido y me despert. Me dola la cabeza y el humo me hizo toser. La tie nda de madera sinttica donde dorma estaba en llamas y los gritos de los hombres, los disparos aislados y algunas detonaciones se escuchaban espordicamente. Me levant del suelo y me arrastr hacia el pantaln del uniforme y los borcegues. Me vest rpidamente sintiendo dolor en todo el cuerpo y tom la HK .45 y el cuchillo de combate. Verificando la municin contra el resplandor de las llamas, introduje el cargador, tir de la corredera y sal al aire libre. Cuando El Bosco pint el infierno creo que vislumbr este presente. Haba fuego por todos lados, fuego y muerte. Montaas de cadveres se quemaban en pira s mientras las siluetas de extraos helicpteros modelos que desconoca pero tenan sus orgenes en los KA rusos surcaban el cielo dejando escapar tableteos espordicos. Entre las explosiones y los restos de los blindados intent encontrarme con algn grupo aliado y oponer una resisten cia decorosa. Si tena que morir que fuera como un Oriental... o al menos eso era lo que nos haba inculcado el Coronel Fernndez en las clases de Contrarrevolucin y terrorismo marxista. Si tienen que salir de un enfrentamiento que sea con la cabeza del enemigo en la mano, o envueltos en la bandera de la Patria ; deca una y otra vez aunque jams haba estado frente a un enemigo a no ser para meterle la picana a una adolescente de un grem io estudiantil o mandarla enterrar en el fondo del cuartel con cal. Ahora me daba cuenta de que todo lo que me decan sobre la guerra era una mierda. Estaba completamente aterrorizado y no quera oponer ninguna resistencia sino salir corriendo de all. Apret la .45 como si fuera mi propia mano que se pudiera caer, e inclinado, mir hacia la nica salida de la base que estaba aparentemente libre. Ramp hacia all lo ms silenciosamente posible, viendo algunas sombras moverse a gran velocidad, como murcilagos recortndose contra la luz de la luna y los resplandores de los fuegos fatuos. Fue una epopeya de media hora de a rrastrarme, tirarme debajo de los camiones volcados, taparme con los cadveres decapita dos de los oficiales y subalternos, y rezar a un Dios de cuya existencia dudaba minutos antes, por una vida tranquila como profesor de una ctedra en Montevideo, aburrida, pobre, sin magia, pero tranquila y lejana de la sangre y el aroma a muerte.

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63 Continu avanzando y llegu a una zona que llambamos de trincheras. Eran pozos a medio excavar y montculos de dos o tres metros. El nico problema era que no se poda ver ms all de los montculos a menos que se trepara en ellos, y desde mi posici n no saba que poda haber detrs. Lo positivo, que pasando los montculos haba solamente cien metros de superficie plana, un bosque muy tupido, un ro y varias grutas en las rocas. Aspir el aire con olor a combustible quemado y carne asadano quera pensar de qu especiey corr con el cuerpo inclinado y el arma pronta para ser usada, aunque dada la magnitud de la matanza y la vergonzosa derrota de nuestras fuerzas no crea que una .45 me sirviera para nada. Llegu al montculo y trep arrastrando mi vientr e de una forma casi despreciable, como un gusano. Senta como que prefera que la tierra me tragara a que me hicieran lo que a todos los cuerpos que haba encontrado en el camino: sin cabeza, solamente lo s torsos abiertos como chauchas. Las vsceras esparcidas en formas casi surrealistas: un milln de psic patas que se unieran para festejar el aniversario de la muerte de Abel por su hermano hijo de puta; los Cainitas redivivos en esas formas que pasaban a gran velocidad ante los incendios y las ruinas como fantasmas de Walpurgis. Tragu saliva, aspir nuevamente y me prepar para escapar hacia la salvacin. Cerrando los ojos me levant y corr como un condenado, casi sin ver, los ojos velados por el deseo de salir de all de una vez por todas, y como era lgico, no vi por donde iba, tropec y ca. Abr los ojos con cuidado de pequeo, cuando crea que haba un monstruo en el cuarto, mantena los ojos cerrados con la esperanza de que al no verlo, el monstruo no me viera a m y me di cuenta de que haba cado en la cueva del len. Haba un centenar de hombres surreales, vestidos con camuflajes fluctuantes y los rostros pintados con mscaras rituales. Estaban haci endo algo horrible con los cadvere s, con los miles de cadveres que estaban acumulando alrededor como montaas de ba sura que debe ser reciclada. A mi frente pude ver los cientos de soldados norteamericanos, ingles es, alemanes, uruguayos Las banderitas de mis subalternos tenan un nuevo color, el rojo que cubr a el sol amarillo. Me levant con cuidado. Los hombres, los Mordedores ahora saba que ex istan, haban paralizado sus actividades necroscpicas. Todos me observaban con una mezcla de indiferencia y curiosidad. Todos. Los ms de cien. Ninguno hizo nada ms que inmovilizarse en la posicin que tenan cuando yo ca estpidamente ante ellos. Algunos sostenan brazos, piernas o cab ezas de los soldados muertos y pareca que estaban esculpiendo formas con los restos, como obras de arte necromnticas que invocaran un fin del mundo, o para ser ms fiel a mi intuicin, el fin del Homo Sapiens. El profesor Weinbaum me escuchara cuando regresara, si es que lo haca. Ese viejo pedante que viva una irrealidad protegid a detrs de un escritorio caro, creada por la falsa seguridad inventada por los grupos de poder deba bajar al piso y darse cuenta que toda nuestra actual civilizacin estaba sustentada con huesos humanos. Que la arquitectura de la torre que sostena nuestras ciudades no era ms que un gigantesco ttem de huesos de soldados derrotados en las batallas de la evolucin. Roc la culata de mi arma casi imperceptiblemente. Uno de los Mordedores que estaban ms cerca, un Capitn, alz la ceja derecha casi apenas. Un gesto prcticamente imperceptible para un No Mordedor o alguien que no estuviera vi viendo todo el resto de su vida en cinco minutos. Por una accin instintiva abr la mano y dej quieta el arma. El Mordedor que me observaba, gir la cabeza y continu cortando el cuerpo y armando una intrincada arquitectura con los huesos como tirantes y las vsceras como tientos. El resto de los Mordedores me ignor, mientras volvan a moverse como muecos de cuerda y seguan cortando, machacando, erigie ndo y sonriendo. Busqu en mi memoria para asociar a esos seres extraos con algn pueblo primitivo de frica u Oceana sin conseguirlo. Detrs de esa expresin indiferente que los haca manejar los restos de lo que fueran seres humanos como si de piezas de cartn de un puzzle se tratase, lata una inteligencia terrible y sofisticada. No haba nada de primitivo en esos cazadores de hombres. Di un paso con cuidado. El Capitn me mir de reoj o, apenas, y continu con su labor. Las llamas de los incendios le dieron un tinte arquetpico a su rostro pintado con un camuflaje negro y ocre. Era el arquetipo de un dios antiguo e inhumano que fuera librado de una maldicin por alguien con poco cario por la raza humana, o todava menos humano que l. Di otro paso. Esta vez nadie me prest atencin. Reco rd en ese instante el su eo de los gatos grandes, del ronroneo. Me pareci encontrarme en medio de una manada de leones que se encargaban de repartir una caza abundante y que no me prestaban atencin por no poder dar abasto con lo que tenan a sus pies. Era eso o mi insignificancia como individuo? Vala tan poco ante los ojos de esos seres que ni siquiera me tomaban en cuenta?

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64 Y yo que ansiaba tener uno para estudiarlo y descubrir que era una persona como yo, aunque ms loca! Camin dos pasos ms y me detuve. S que pareca de mencial pero el terror se haba impregnado tanto en mi cuerpo que ya no tena miedo a nada. Estaba tan asustado que no me importaba asustarme un poco ms, as que gir la cabeza hacia el Capitn y le pregunt con la voz ms firme que pude: Se los van a comer? Su rostro no mostr expresin, por lo que agregu inconscientemente: Eso no est bien; el canibalismo es uno de los pe ores pecados a lo que puede estar siendo llevado un ser humano. Todos los Mordedores se detuvieron nuevamente en sus actividades. Sent como que haba activado un mecanismo en sus mentes. En ese instante me sent un imbcil que aventuraba a la muerte a llevarme a su reino inmundo. El Mayor dej caer una cabeza y dio un paso hacia m Su rostro era casi inexpresivo, a no ser por una leve mueca de diversin. Nunca comera otro Mordedor... dijo, estudindome. Entonces se van a comer a toda esa gente? me atrev a preguntar. A pesar de que lo lgico sera que huyera de all gritando como un pe rro apaleado, deba saber. La b squeda del conocimiento era lo ms importante en ese momento y tena mis razones. Estas eran que nunca estara tan cerca de la verdad absoluta como ahora; jams, en mi vida mediocre estara tan prximo de vislumbrar las razones que permiten que los seres humanos nos erijamos como los depredadores finales; porque no se si estos Hombres eran Homo Sapiens o una especie po sterior evolutivamente, pero de lo que s estoy seguro es de que eran Humanos. No respondi el Mordedor. Solamente jugamos despus de trabajar tan duro, nio. T no entenderas... Juegas a otros juegos Gir sobre s mismo y continu tr abajando. Una cabeza de pelo rubio con un cdigo de barras tatuado en la frente Boina Verde estadounidense, fue colocada en la csp ide de la estructura con mucho cuidado. Comenc a caminar lentamente hacia el bosque. A me dida que me alejaba, los sonidos que hacan los Mordedores eran como el de una manada de carnvoros despedazando a un rebao de bfalos. Antes de entrar en la sombra de los rboles, pude sentir cientos de rugidos horribles que confirmaron que me haba salvado de los leones por muy poco. Meses despus me encontr con el Profesor Weinbaum en un bar de Barcelona. Yo enseaba Sociologa all y viva con una madrilea que conoc en una reunin sobre antropologa cultural en Valladolid. Weinbaum se sinti sorprendido al saber que fui el nico sobreviviente de una de las ms inquietantes masacres de la historia de la humanidad. Su curios idad iba sobre algo que yo no me haba atrevido a confesar jams: el sentido de los cientos de Ttems que los soldados rusos rusos es una forma de uniformizar un grupo que representa prcticamente todas las etnias de la humanidad dejaran con los restos de los cuerpos y las mquinas de las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas. Y le cont todo. Cada detalle, y completamente ebrios lloramos juntos mientras nos embriagbamos an ms y agradecamos no haber tenido hijos para entreg arlos a un Dios tan demente que permite que pasen cosas como esas. Despus nos despedimos y nunca ms volvimos a vernos; y lo que es curioso, Weinbaum, jams volvi a dar conferencias ni a escribir sobre los Mordedores Stalin III o cualquiera de sus manifestaciones.

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65 Ni yo tampoco. 2005 Roberto Bayeto por el texto. Roberto Bayeto Carballo naci en Montevideo, en 1964. Guionista de la cmic novel Gentica Grunge 1 y 2, editada ya en diez idiomas. Actualmente trabaja en un dibujo animado sobre la vida del Prcer uruguayo Artigas, y prepara un proyecto de una serie animada de ciencia ficcin que debera competir en el nicho estilstico de Futurama. Tambin prepara algunas obras que entran en un estilo que llamo Onirismo Pragmtico y que tiene cierta relacin con la ciencia ficcin y el surrealismo. Correcciones de novelas de CF y media docena de lbumes de cmics con tres dibujantes uruguayos. Tiene una docena de novelas y libros de relatos por publicar. Fue invitado al festival francs Utopiales 2004 a raz de la publicacin en Francia del relato que aqu les hemos ofrecido.

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66 HISTORIA DEL CINE CIBERPUNK. 1992. TETSUO II: BODY HAMMER Una experiencia aterradora. Shynia Tsukamoto es el cineasta japons ms prximo al universo delirante y bizarro de David Lynch o del cinema mutante de David Cronenberg. Y "Tetsuo" es su personaje fetiche. Este nuevo "Tetsuo" no es exactamente una continuacin en trminos narrativos del filme original. Permanece la idea de un cuerpo mutante, parte carne y parte metal, pero es desarrollado un fuerte componente de accin. Taniguchi, un hombre vulgar que vive con su familia una vida rutinaria, comienza a tener pesadillas que lo atormentan. En sus sueos lo persigue un borracho y, de su brazo, transformado en un arma mortfera, se dispara un tiro que abate al vagabundo. Es alrededor de esta fantasa y de sus recuerdos de infancia que Taniguchi comienza a percibir que ya no es el mismo. Su cuerpo est en mutacin y, cuando es posedo por una rabia inexplicable, su brazo se transforma en un arma letal. Filme inquietante y perturbador que coloca a Tsukamoto como uno de los ms impactantes realizadores del fantstico actual. Tetsuo 2 es una especie de remake/secuela de Tetsuo, the iron man, pero en color y con presupuesto. Un grupo de skinheads rapta al hijo del protagonista, quien ejerce su derecho a la venganza de formas muy grficas y metlicas. Aunque es su pelcula con ms accin, puede que las imgenes no sean tan impactantes como debieran. Sus temas favoritos son las mutaciones extremas, el ahogo que produce la ciudad moderna, el sexo tan depravado que casi ni parece sexo y, en definitiva, la supremaca de lo fsico sobre todo lo dems. Chu Ishikawa potencia con su ruido la atmsfera mecnica corrupta de sus pelculas. Casi todas estn rodadas en un blanco y negro radical, o en un color saturado, lo que aumenta an ms la fuerza extrema de sus imgenes, sus ideas a lo Nueva Carne, sus planos chirriantes de insectos, y sus montajes casi imposibles de comprender ni soportar. FICHA TCNICA Actan: Tomoroh Taguchi, Nobu Kanaoka, Shinya Tsukamoto, Sujin Kim. Efectos especiales: Takashi Oda, Kan Takahama. Maquillaje: Akira Fukaya. Productores ejecutivos: Hiroshi Koizumi, Shinya Tsukamoto. Produccin: Kaiju-Theater. Msica: Chu Ishikawa Argumento, fotografa, montaje y realizacin: Shinya Tsukamoto Obra de Shynia Tsukamoto: Tetsuo (1988). Hiruko the Goblin (1990). Tetsuo II (1992). Tokyo Fist (1995). Bullet Ballet (1998). Gemini (1999). A Snake Of June (2002).


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Science fiction, Latin American
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