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Qubit

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Material Information

Title:
Qubit
Physical Description:
Serial
Language:
English
Publisher:
Cubit
Place of Publication:
Havana, Cuba
Publication Date:
Frequency:
monthly
three times a year
regular

Subjects

Subjects / Keywords:
Science fiction, Latin American -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- History and criticism -- Periodicals   ( lcsh )
Science fiction -- Periodicals   ( lcsh )
Genre:
periodical   ( marcgt )
serial   ( sobekcm )

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Source Institution:
University of South Florida Library
Holding Location:
University of South Florida
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All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
usfldc doi - Q01-00038-n38-2008-09
usfldc handle - q1.38
System ID:
SFS0024302:00038


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049
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0 245
Qubit.
n No. 38 (September 2008)
260
[Havana, Cuba] :
b Cubit
September 2008
310
Monthly
650
Science fiction, Latin American
v Periodicals
Science fiction
x History and criticism
Periodicals
Science fiction
Periodicals
1 773
t Qubit.
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2 ndice: Coqueteos Boricuas con la Ciencia ficcin. Bibliografa mnim a. Manuel Clavell. Un alma en pena. Alejandro Tapia y Rivera Puerto Rican Syndrome o Cosas extraas Veredes. Ana Lydia Vega La torre de Babel. Angel M. Encarnacin Ucronas y un paralelo entre el fenme no Seva y el Cdigo da Vinci. Yolanda Arroyo. Memorias inconclusas de Encerrado. Bruno Soreno Historia de un dilogo intil. Pedro Cabiya. El “terminator” boricua. Jos E. Santos. Cabeza cableada. Ral Soto. Fierabrs. Aravind Enrique Adyanthaya. Cine de ciencia ficcin en manos boricuas. Historia del cine ciberpunk 1995. Ghost in the shell. Para descargar nmeros anteriores de Qubit, visitar http://www.eldiletante.co.nr Para subscribirte a la revista, escribir a qubit@centro-onelio.cult.cu

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3 COQUETEOS BORICUAS CON LA CIENCIA FICCI"N: BIBLIOGRAFA MNIMA MANUEL CLAVELL “Las figuras quedan en suspenso. La piel de los hombres perpetuamente mojada. Un Golem. Una docena de huevos cocidos. La empleada de la editorial Stroemfeld buscando borrar las huellas del texto. No se produce ninguna mutacin. Tan slo aparece la imagen de unas ovejas pastando en un roquedal”. –Mario Bellatin en la novela “Jacobo el mutante” (Mxico, D.F., Alfaguara, 2002) Incluyo la palabra boricua (Made In Puerto Ri co) en el ttulo con conocimiento de causa. La ciencia ficcin no tiene patria, pero se desprende de ellas y regresa a ellas. Inclusive Bernardo Fernndez, alias Bef, novelista mexicano de ciencia ficcin contemporneo, tan chamaco y rockero como nosotros, incluye a Teotihuacn en sus ficciones. Entre mis tanteos para acercarme a este gnero literario que detestaba, porque yo de la F de Fracasado no despegaba en las calificaciones de las asignaturas de ciencia, recuerdo mi encuentro con el mito de la gran Dora Ricar do (Jamaica, 1961), una escritora de ciencia ficcin radicada en Bariloche, Argentina, e introducid a en Puerto Rico por Juan Duchesne Winter. Habra que consultar dos de sus trabajos en el libro Ciudadano insano y otros ensayos bestiales sobre cultura y literatura contemporneas (San Juan, Ediciones Callejn, 2001) para entrar en la onda.

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4 El primero, titulado “La ciencia ficcin ertica de Dora Ricardo”, es un intento de hacer mltiples sentidos de la personalidad enigmtica de la escritora y arrojar algunas pistas de su obra. Cito: “ Los libros de Dora Ricardo manejan una frmula potencialmente sensacionalista que contrasta con la extrema parquedad de su venta: ciencia + sexo + paranoia = accin ”. El segundo, titulado “Entrevista con Dora Ricardo: Secreta porn queen de la ciencia ficcin” es un intercambio entre ambos intelectuales. Cito: JDW: La ciencia no puede servir para fundamenta r ningn concepto, digamos, de perversin antinatura, etc…. DR: No, no se puede pretender moralizar a partir de la ciencia sino todo lo contrario, sus desplazamientos nos sirven para ‘inmoralizar’. Me encanta ‘inmoralizar’ a los moralizadores. En este caso dnde quedan los moralizadores ‘nat uralistas’ de posiciones como el antiabortismo, el anti-feminismo, la homofobia? Para la naturaleza no hay nada anti-natural, todo, desde la homosexualidad, la sexualidad no-reproduc tiva, el abortismo y la clonacin y hasta la ingeniera gentica… ocurre ya desde hace millones de aos en el llamado mbito ‘natural’. La vida es una tecnologa. El concepto mismo de lo natural se reconstruye, y con l, lo cultural. El ltimo escrito de Fugas incomunistas: Ensayos (San Juan, Ediciones Vrtigo, 2005), tambin de Duchesne Winter, se titula “Ensayo de evasin”. Sin embargo, a pesar de que el autor le ha puesto dicho ttulo, a m me luce que se trata de un cuento de ciencia ficcin. El escrito aludido comienza as: “ Qarnaq se abri paso entre las calles abatidas de Humacao, dudando si entraba realmente en un zorec. Haba distinguido el plano de la pequea ciudadela en el oscuro juego de reflejos nocturnos abarcable desde la elevaci n que desembocaba en el paisaje gris costeo, inundado de canales y pantanos ruinosos ”. La narracin contina y, en un momento dado, al narrador se le ocurre que ya la isla no es como nosotros hemos querido que sea, sino que la isla es as: “ Por lo general los trechos planos y pe dregosos son restos de carreteras o de edificaciones de la era de los humanos puros. Unos dicen que esta isla la habitaban tribus llamadas boricuas. Otros dicen que eran tanos. Otros que puertorros. Es posible que fueran nombres distintos para la misma gente ”. Yo no s. La prxima parada del Discovery queda justo en Exquisito cadver novela de Rafael Acevedo publicada por Ediciones Callejn, tambin en el 2001 en San Juan y en colaboracin con nada ms y nada menos que Celeste Ediciones (Mad rid), Trilce Ediciones (Mxico) y Adriana Hidalgo Editora (Buenos Aires). Cito del captu lo tres de la segunda parte de este texto, premiado por Casa de las Amricas y el Pen Club de Puerto Rico: Cuando escuch el ruido ensordecedor del esta llido salt de la silla. Sycorex y Calibn, antiguos compaeros, ahora custodios del sospec hoso, yacan en el suelo. Windows, con una poderosa Wirklichkeit en brazos, haba derribado la puerta y un desconocido, con un ojo azul y otro amarillo, haba disparado su inica sobre el do. l levant sus manos estpidamente mientras preguntaba qu carajo pasa? Ella lo agar r de un brazo y salieron deprisa a la calle. Jose Liboy Erba, alias Pepe Liboy, en su libro Cada vez te despides mejor (San Juan, Isla Negra Editores, 2003), especficamente en el relato titulado “Prototipo Mayfair Galaxie”, cuenta que: Con la paga de las primeras semanas de tr abajo, Mayfair arrend un vehculo de hidrocarburos y condujo enseguida al centro de la ciudad. No result complicado, ni fcil precisamente, trabar contacto all con alguien del sexo opuesto, ya que el suyo era casi indiferenciado. Era un hombre todava? Hidrulic amente, s. La chica que se encontr lo era, universitariamente: hablaron de termodinmica, la especialidad de ella, de modo improbable. Y todo pareca indicar que el mundo estaba por camb iar de un modo que ella no supo explicarle al recin empleado.

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5 Texto fundamental de estos actos coqueto s es el esfuerzo de Pepe Liboy en Saqueos: Antologa de produccin cultural (San Juan, Editorial Noexiste, 2002) editada por Dorian Lugo Beltrn. El texto se llama “Onirismo y especulacin cientfica” y comienza as: “ Dentro de una tradicin analtica, la especulacin cientfica es un gnero poltico. El escritor que la practica ocupa un contexto ms o menos claro y se consume dentro de ciertos canales. Frente a la desesperacin del corazn urbano, Farmer puede hablar de Le Corbusier ”. A todo esto, el editor, el susodicho Lugo Beltrn, reacciona en el mismo libro as: “ Saqueos Pepe, contraman ifiesto, donde se hace referencia a la imposibilidad del relato fants tico hoy por hoy tal cual fue concebido en principio. Lo fantstico de hoy como aquello qu e no puede ser sino ‘soft’, como los fanzine, de autores que vienen a fungir de nuevos ‘eruditos a la violeta’, a medida que como gnero no puede ya profesar de la misma dosis de fe hacia el otro mundo, el mundo de la imaginacin. Queda implcito que lo fantstic o ‘hard’ de ahora es la imaginacin que no trasciende. La siempre vig ilia; la imposibilidad de soar ”. (nfasis mo). No hay duda, Pepe Liboy y Duchesne son los tericos boricuas del gnero cientificopostech. Bruno Soreno, alias Juan Carlos Quiones, tiene un cuento que se llama “Tres soles en Anexia” en la antologa de la Generacin X titulada Expresiones (San Juan, Editorial del Instituto de Cultura Puertorriquea, 2003). Habla el pe rsonaje de Soreno, ciudadano anexiano: Busco algo, o algo furtivo cazador sigue mi rast ro. Un brillo aurtico, Kiriliano, lo permea todo. La isla misma, exenta de luna (Anexi a es un planeta sin satlites), se sumerge atlntidamente en un fluido luminoso como soltada del abrazo de su amante el sol de Anexia, que la deja hundirse hasta el alba por su propio peso. Las extraas y terribles aventu ras de nima Sola: Hambre ven la luz en forma de cmic en noviembre de 2003. Se trata de un esperpento de cmic, publicado por Zem Comics Inc., bajo la firma de Pedro Cabiya (concepto, historia y letras), Israel Gonzlez (lpices y tinta) y Yovanni Ramrez (colores y efectos esp eciales). La cuestin va como sigue: “ Les damos la bienvenida a Turistas Siderales ”, lee una advertencia. “ Le promet al profesor Argapheruth que le mostrara la isla, pero necesita un cuerpo husp ed. Usaremos el tuyo. El profesor entrar por la uretra y se abrir paso hasta el cerebelo. La agona es indecible. Muchachos, bjenle los pantalones ”, dice uno de los personajes. Y conti na la accin con otro letrero: “ A un ovni se le descojona el cigeal sobre Canovanillas… ”. “ ¡Malditas sean las verijas de la mega fuking concha del caracol solar que fue utilizado para in cubar el huevo del que nac! Qu carajos pasa ahora? ”, dice otro personaje. Satlite, si llama a control, tendr que vrselas con Francisco Font Acevedo, autor de la coleccin de relatos Caleidoscopio (Isla Negra Editores, 2004). All, en el cuento “Zlcar, el paladn csmico”, se dice lo siguiente: Antes de registrar al nio, sin embargo, a P ap Bienvenido se le ocurri la extravagante idea de llamar al beb Bienvenido Marciano. Pap Bienvenido viva convencido de que antes del ao 2000 llegaran a la Tierra hermanos nuestros procedentes de otros planetas, de otras galaxias, incluso, y qu mejor manera de cambiar la mentalidad humana hacia los extraterrestres que dndoles la bienvenida a lo s marcianos, nuestros archirivales imaginarios. Aravind Enrique Adyanthaya, en su cuen to “Organo”, de la coleccin titulada Lajas (Isla Negra Editores, 2002) establece claramente que en el barrio Olivares de Lajas, los O.V.N.I. S. raptaron a una seora y le hicieron el amor. Qued preada del ente. Y cuando tuvo la criatura, los O.V.N.I.S. se la llevaron. Se la llevaron en la madre nodriza. Despus metieron al beb (que era medio humano y medio O.V.N.I.) en la base de submarinos subatmicos que existe debajo del monte del Organo. Esta base

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6 originalmente perteneca a la marina de los Es tados Unidos de Nort e Amrica, pero desde septiembre 11 pertenece a los O.V.N.I.S. En la poesa, el autor del poemario Metroika: Viaje al nuevo medievo (San Juan, Isla Negra Editores, 2003), Emanuel Bravo, expli ca en el poema en prosa titulado “ Vamos a estudiar la ciudad desde el punto donde las campanadas de turbinas pululen alegres ” que “ es ah donde termina. En un pueblo costero de trabajadores con sopletes de mano, descalzos en la playa de babote petrolero con gigantescas naves muertas” Desde las Ciencias Sociales, Heidi Figueroa Sarriera ha publicado muchsimos artculos sobre la teora cyborg y en ellos queda trazado un mapa intelectual de lo que se ha escrito en el pas sobre estos temas: su bibliografa-resum est disponible en lnea. Los cientficos ‘hard core’, los que de veras hacen ciencia boricua, han ripostado a todo esto — quizs sin leer a los autores precedentes— de sde otras esferas. El tro mosquetero est compuesto por Daniel R. Altschuler, Joaqun Me dn y Edwin Nez. Juntos, publicaron el libro Ciencia, pseudociencia y educacin (San Juan, Ediciones Callejn, 2005), que lleva el siguiente epgrafe de Eugenio Mara de Hostos: “ Octavo deber del hombre con la naturaleza: Propagar nuestro conocimiento de verdades naturales para de ese modo combatir la supersticin y el fanatismo ”. Dice la introduccin que “ lograr una sociedad ms crtica y ms formada contrarrestar, sin duda, el auge imparable y la popularidad de las pseudociencias ”. El resto no se lo pueden perder, habr que leerlo. Qu dejo afuera? blogger_author: Manuel Armando Clavell blogger_blog: colectivoderivas.blogspot.com En realidad la ciencia ficcin en Puerto Rico comenz cuando Tapia decidi que la transmigracin de las almas era el mejor modo de hacer un road novel. De ah a Collado Martel y Gustavo Agrait, hay un paso. O dos. Y el relato histrico del nacionalismo, segn el cual Cornelius Rhoads le inyectaba clulas cance rosas a los filthy Puerto Ricans en la tercera dcada del siglo pasado...no es un ejemplo de sci-fi criollo? Tambin est algn cuento de Jos Liboy o Pedro Cabiya. Las novelas de James Stevens Arce son boricuas a pesar de estar escritas en el lenguaje de Joe Dimaggio? Nada, preguntas.

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7 UN ALMA EN PENA CUENTO FANTSTICO ALEJANDRO TAPIA Y RIVERA I Alfredo haba cumplido los 33 aos; edad que el Dant e llam il mezzo del cammin di nostra vita y en que el rey de los mrtires apur en el Glgota, la copa envenenada, que ofrece el mundo a los que pretenden su bien. -Alfredo no era rico y esto es ya un desengao en ciertos mundos. Es verdad que tena lo que debiera ser una riqueza: un alma; pero este es valor que no se descuenta en muchos bancos. La tarde comienza a dejar su puesto a la noche. Es la hora las sombras. Mob, la ninfa del sepulcro, envuelta en blanco sudario, presenta a Alfre do la copa envenenada. Se oye el rumor de msica agradable, pero en lontananza, como un eco perdido, como un dulce pasado que no volver. SUSANA -Yo fui tu primer amor, la azucena de tu infancia, la rosa de tu adolescencia. Grata y festiva, te di sueos deliciosos que no has podi do olvidar-. La impresin de mi diestra juguetona conmueve aun los rizos de tu cabellera; alguna can a los matiza ya, es la ceniza del volcn que ardi y

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8 cuya lava era deliciosa. -Lo presente, lo porvenir pa ra nosotros es... la nada ¡adis, triste amigo, adis! JULIA -(Ataviada con la guirnalda de la fiesta, hermosa y brillante como en otro tiempo.) Yo fui el amor de tu vanidad. Te amaste en m; era un tr ibuto que debas rendirme. Yo sigo amando y amada como entonces. Cierto es que la decadencia comienza ya a alborear en mi hermosura, pero la verdadera hermosura tarda en marchitarse. ¡Ah! ¡Cun gratas resuenan aun en mis odos tus lisonjeras palabras! -En una fiesta al son de la bulliciosa msica, ceidos en dulce abrazo nos deslizbamos por espacioso saln. La luz brillaba en nuestros ojos; nuestro ardiente hlito se confunda, t, embriagado con mi belleza, aspirabas con ansia, con delicia, con el xtasis de un paraso, el jazmn de mi rubia cabellera... Desde en tonces un rizo de la blonda beldad te transfigura y te muestra visiones inefables. -Amado Alfredo, yo poseo tu primera juventud. -Tu ms hermosa y hechicera memoria te da un adis eterno. Tal vez nos encontremos de nuevo por la vida, pero ya no seremos el uno para el otro lo que en aquellos das. -Vendr la primavera, pero las flores del pasado ao no vendrn a saludarla. ELVIRA -Yo soy aquella que te inspir el amor heroico; yo fui la Judith de tu Biblia, la Corday de tu fantasa, la Eleonora de tu corazn, la Elosa que no sabe olvidar, la Julieta que sabe morir. Los huracanes de la vida doblegaron los robles de la selva... Sombras de mujeres que aparta el ocano del mundo y que uno ve pasar desde la ribera. -Dejan en prenda una sonrisa melanclica, un suspiro abrasador. LA VOZ DE ULRICO -Amigo mo, los bravos compaeros de la juventud te aguardan, ¡ay! De los que hayan envejecido y sean sordos a nuestro reclamo. La ambicin de ofrece a nuestra vista. Busquemos la gloria. LA VOZ DEL MUNDO -No, el oro es mejor. La gloria es humo. ULRICO -Es humo, pero es bella y embriaga nuestras almas, es ms hermosa que el oro. ¡Atrs! Mundo miserable. -Alfredo y Ulrico son jvenes a n, viven de su alma, aun no es llegado el tiempo en que el mundo sea su Dios. LA VOZ DEL MUNDO -Seguid y ya veris. ULRICO -Amamos el placer, las fiestas, las mujeres, es verdad, pero el manjar que hinche y apoltrono, preferimos el vino que bulle, embl ema de nuestra sangre y que presta imgenes encantadoras; preferimos el festn del sibarita, el que finge mundo desconocidos; preferimos a la mujer positiva, la que nos hace soar con parasos y con amores sin lmites. -Hoy llamamos humo las ilusiones de los primeros aos: pero nuestra me nte no se aviene sin ilusiones, busquemos pues las menos frvolas: patria, gloria, humanidad. -Nosotros haremos de la tierra una mansin de hermanos. Surcaremos los mares en pos de regiones ignoradas, alzaremos templos al saber, predicaremos la virtud, combatiremos por ella, por el bien de todos los hombres. Si el martirio nos ataja, sucumbiremos, pero con gloria. LA VOZ DE UN ANCIANO -Hermosos corazones engaados: ¡Viva nuestra fe! -Mi labio os bendice anegado en lgrimas... Si queris el Glgota ... bien est... andad... an dad... ya lo hallareis. UNO DE VUELTA -All no hay nada. -El sacrificio ser un escarnio de vuestra sangre. Las espinas de vuestras sienes os atormentarn demasiado, infructuosamente. ULRICO -Aun soy tu amigo, aun hay amigos; sgueme.

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9 UN JOVEN DESENCANTADO -La poca es rida y espinosa; gocemos y vivamos. OTRO DEM -La eternidad es todo o es nada. -Si es nada, es descanso; si es todo, muramos. ALFREDO -(Desfallecido.) ¡Dios mo! Qu hacer? MOB -(En traje de tumba, presentndole una copa ornada de flores.) ¡Beber y morir! II – En el horizonte se presenta la luz de la esperanza. No es sol, es plido lucero. El rayo de esperanza tom forma: Era Amelia. Era una mujer graciosa y modesta. -Derramaba su luz melanclica y vacilante como desconfiada, sobre un cielo de otoo. Pareca que el retraimiento a la que la haba condenado un mundo que slo aprecia lo que lo fascina, haba concentrado en su corazn la llama suave de una ternura celestial. Flor un tanto marchita, plido lirio privado de la rama que era su vida, emblema de un suspiro continuo y ahogado tal vez por el temor a un mundo bur ln y desdeoso, o acaso porque al ser para otro, rayo de esperanza, diese lo que no tena. El amor que inspir a Alfredo no era coreado por la vanidad, nadie exclamaba al verla pasar ¡ah va ella! Alfredo confi en que poda sentir, aunque por lti ma vez, una aficin que juzg sincera cuanto desinteresada y perpetua cuanto pura. En ello no haba otra vanidad para l que la de haber descubierto un tesoro hasta entonces ignorado. Am elia se presentaba a su corazn como la dulce y generosa, simpata, pronta a llenar el vaco de su al ma, como un ngel de redencin, como la virgen del ltimo suspiro. Ella tena ojos que saban llora r y que por tanto se hicieron para el amor. -Hela all esbelta y solitaria como la palma en el desierto, con su dulce mirar de gacela, su voz de calandria herida. Su cabellera blonda recuerda los dorados das que no pueden olvidarse; el azul de sus ojos el risueo celaje de la infancia; su mirada, el so l de la patria para el corazn proscripto. ALFREDO -Los hombres censuran lo que no compre nden. -Elevan hosannas a la virtud y la vilipendian cuando no lleva manto dorado. -El ngel en forma de mujer, se hizo mundano y no sabe apurar la copa de un hermoso martirio. LA VOZ DEL ALMA ELEVADA -Viva el sentimiento, blasonemos de l, por l muri el Dios hombre. LA VOZ DEL MUNDO -Locura, locura. ULRICO -Ya, lo ves, Alfredo, esa es la voz del mundo. Venci Iscariote. Elosa tiene razn: el amor empieza con sonrisas y termina con lgrimas.

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10 ULRICO -Y tendrs que rer Alfredo, pues nada hay mas ridculo que un enamorado quejoso en este siglo. Pas la poca de los Amadeos; slo As modeo reina, y es menester rer, cantar y darla de indiferente y endurecido. III – Amelia no se senta con fuerzas suficientes para sobreponerse al barro mundo. Estaba preparada para entrar en la alcoba nupc ial como una estatua vendida. El aprecio hacia el esposo que la razn de familia or dena, no cubre el pudor de una don cella. -El nico cendal de este es el amor. Lo dems es una venta que slo se difere ncia de la almoneda pblica, con una legalizacin que promete a la beldad en cambio de sus ms prec iosos favores, la duracin vitalicia en el contrato y la promesa de algunos bienes materiales. Contrato drac oniano en que ella entrega su fe, su ser y hasta sus pensamientos como una perdurable y eterna pr opiedad. Pero tal es el mundo y Judas tena razn: seguir la voz de aquel es lo ms cuerdo y conveniente. Llegbase Amelia al ara con su guirnalda de azucenas, quiz empapada en lgrimas; quiz se deca que puesto que as estaba establecido, ella haca bien; acaso se felicitaba por su cordura, cuyo aplauso lisonjeaba su amor propio. Qu mujer no quiere pasar por cuerda? ¡La aprobacin ajena tiene tanto influjo sobre los espritus dbiles! Adem s, el matrimonio ha si do siempre para la mujer un santuario desconocido que aviva su curiosidad, un martirio agradable, un triunfo de la vanidad que produce envidia en las que se quedan al pie de la montaa! Era pues necesario que ella se resignase a ser feliz y aun se hiciese de rogar por lo que tanto quizs deseaba. Est para verificarse la ceremonia del himeneo. La capilla iluminada y suntuosa ha abierto sus puertas A numerosa concurrencia. -El s decisi vo que las humanas conveniencias trataban de arrancar, iba a ser pronunciado. La doncella trm ula y radiante al mismo tiempo, sostenida y aun exaltada por el herosmo de la abyeccin, hijo de la ciega obediencia, alz sus ojos y vio en un rincn de la capilla, en medio de las sombras, un sembla nte conocido e inolvidable. -Aquel rostro estaba iluminado por unos ojos que en otro tiempo haban sido espejos de felicidad y que ahora eran dos lumbreras de ira, de desdn y de amargura; parecan decir: no se casa quien puede morir. La doncella no pudo soportar aquella mirada indescriptible y ahoga ndo un gemido en su garganta, cay muda y desfallecida en los brazos del futuro esposo. IV – Aquella, noche en lugar de tlamo nupcial haba un fretro; en l y aca la interesante, la simptica Amelia. La muerte vena a salvarla de la profanacin de su amor y su himeneo. Su semblante pareca conservar el rastro de la vi da, de aquella vida melanclica y de vctima. La muerte la rehabilitaba. El ngel haba bajado, como en otro tiempo, a remo ver y purificar las aguas de la piscina Bethsaida, la de los cinco prticos, y la leprosa sanaba entra ndo la primera en la, Bethsaida de su alma. -Ella preceda a Alfredo en un cielo en donde deb a encontrarla y reconocerla... purificada. Con la toca de virgen, pareca ms bella a la luz de los blandones que a la de las antorchas nupciales.

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11 La iglesia estaba sombra. -El tmulo enlutado, las negras colgaduras prestaban al rostro de los circunstantes un aspecto triste y fnebre. Resonaba en las bvedas del templo el doliente eco de las preces y salmodias funerales. -Aquel terrible Dies irae nada tena de espantoso para el ser que, abandonando el desdichado limo, tornaba a su mansin primitiva. -Bien podan en un da terrfico y funesto, en el da de la ira y de la justicia, quedar convertidos en pavesas el mundo y los siglos. La voz proftica de la sibila de que hablan los divinos salmos, no turbaba aquel espritu que, si haba pagado tributo al mundo, haba sin duda lavado con lgrimas una complicidad h ija puramente de la materia. El da de ira sera pues para ella un da de justicia y de esplendor. Es verdad que haba emponzoado una exis tencia; haba sido un veneno moral; haba impulsado ta l vez hacia las tinieblas del escepticismo una moribunda fe que hubiera podido salvar; pero el Seor la perdonara si n duda, porque ella no saba lo que haba hecho. Fue conducida la muerta al pa nten de su nueva familia. Alfredo sigui al fretro en compaa de su afect uoso Ulrico, confundidos ambos entre el concurso. Arroj un puado de tierra y un pedazo de su co razn sobre aquella tumba y retirose silencioso al mundo, medio muerto en vida. V – Era una noche tenebrosa y triste. Las estrellas no pr esentaban su faz a los pobr es habitantes del valle de lgrimas. Pasebase Alfredo solitario bajo los rboles que rodeab an la que en otro tiempo fue morada de su Amelia. ¡Aquellas paredes silenciosas eran testig os tan elocuentes de algunos das de felicidad! Cerraba sus ojos para recrear los de su alma en la regin de los espritus. Dieron las doce en la vecina parroquia; de all haba partido aquel da, envuelto en yerto sudario, el tesoro de su existencia. Parecale continuamente or aquellos cantos de mu erte que helaban todo su ser y apretaban su corazn con un dogal de amargura. -C rea ver salir de aquella puerta cirios funerales, un fretro, luctuosa comitiva; oa dolientes gemidos mezclados al canto de los clrigos. -La puerta permaneca cerrada y muda como el cadver que haba atravesado sus dinteles algunas horas antes. ¡Amelia! exclamaba el doliente joven. -¡Pobre de m! Por qu has desaparecido de la tierra? Por qu me has abandonado en este Calvario de mi sole dad, en esta cruz de mi martirio? Era demasiado dulce la felicidad que lo futuro poda brindarme; la muerte burlona, pero qu digo? no se haba convertido aquella gloria en cliz de amargura? De pronto rechin la puerta del temp lo. La calle continuaba silenciosa. El sereno lejano cant las doce que acababan de resona r con lento, grave y sonoro campaneo. -Era la voz quo recordaba a los que tuviesen odos, que el tiempo marcha mientras duermen descansando los peregrinos de la tierra y se acorta su camino hacia el descanso eterno. Abriose la puerta del templo. -Su interior yaca en tenebroso crepsculo... Un bulto sombro atraves los umbrales, deslizndose como un fantasma... Ven a caminando hacia Alfredo. -Su figura pareca la de un monje cubierto con negra capucha... acercbase lentamente sin ruido, sin rumor alguno, sin agitar el ambiente que le circunda ba, como un verdadero fantasma...

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12 Acercose a Alfredo... mudo como un espectro. Por de bajo de la capucha vislumbr aquel un semblante blanquecino como el ampo de la nieve. Su frente y sus ojos permanecan cubiertos bajo aquella aparente mortaja. -Alfredo sinti que le circulaba el fro que produce la proximidad de una masa de hielo. -El monje le tendi la mano amar illa como la cera, descarnada como la de un esqueleto, contena un papel a mane ra de carta. -Alfredo se senta s obrecogido a pesar de la entereza que deba darle su indiferencia, por todo lo que no fuese ya seguir al sepulcro a la que lo acababa de dejar solo en el mundo. -Tom maquinalmen te la carta. El fantasma desapareci. El joven sinti el fro de la tumba brotar de aque l billete enlutado. -Su contacto hizo correr por todo su cuerpo un temblor convulsivo; acudi a su casa, medio transtornado, abri aquel billete que pareca venir desde muy lejos... ley: Basta de lgrimas, Alfredo. -La muerte me ha hecho tuya para siempre. El monje portador de esta carta, es un espritu am igo; tiene una obra que llenar en el mundo y podra servirnos de mensajero en nuestros pstumo s amores. -Esta carta encierra un rizo de mis cabellos, de aquellos cabellos que hacan el encanto y que tanto apreciabas. Renueven o finjan ellos en tus manos la perspectiva de algunas horas felices, personifiquen en tu alma la imagen de la pobre mujer cuya presencia has perdido. -Tambin va una azucena de mi corona fnebre, ella es una flor de mi sepulcro; no temas se marchite: el Seor de las misericordias la ha bendito con su eterno soplo y ya es una flor de la vida. Su perfume, te dar dulces ensueos y generosos impulsos, grato a la eternidad 'No se casa quien puede morir', me dijeron tus ojos: El espritu piadoso me oy y me ha enviado el benfico trnsito de una muerte lib ertadora. -¡Ay! en el mundo me ensearon que era modestia y virtud el disimulo y yo cifr en este mi vanagloria; pero esta es la morada de la luz y la sinceridad. No creas, sin embargo que todo es biena ndanza. Este no es infierno no es el cielo y se padece porque se suspira por los que se ama, por lo qu e se ha dejado en el mundo. -El Seor ha dicho por boca del hijo Donde est tu tesoro all est tu corazn. Y como mi tesoro quedaba en la tierra, mi corazn no poda entrar en la morada de lo s bienhadados; sufro pues, estoy en un doliente purgatorio; sufro y peno por ti, mi bien amado, pe ro cun dulce es penar por ti. -Aqu puedo amarte con todo el cario de que siempre fue capaz mi alma, te amo en espritu, y en verdad; padezco por ti, temo por ti y solo t podrs sacarme de esta mister iosa mansin. Pero ¡ay de ti, si una resolucin criminal te cierra estas puertas y despus las de una perenne bienandanza! ¡Amor y esperanza pueden libertarme, amor y esperanza pueden salvarnos! A dorado Alfredo en el mundo qued mi tesoro, all qued tambin mi corazn. Alfredo cuida de l, no avives las llamas de este purgatorio... -Adis. VI – La luz de una buja estaba para apagarse. -La hab itacin de Alfredo iba entrando en la regin de las tinieblas... Alfredo contemplaba el rizo que su amada lo hab a enviado desde la eternidad. -Su alma evocaba otra alma. Sus ojos fueron dilatndose en la viva contemplacin; pareca alucinado. Sobre su pupitre estaban abiertos varios libros; er a cuanto se ha escrito sobre las manifestaciones del mundo invisible. Alfredo haba buscado la verdad, la luz en el caos; que ra convencerse de la exis tencia de lo invisible y su contacto con las pobres formas de la materia. Tena pruebas en su mano, carta y prendas de su espritu querido, buscaba sin embargo una frmula de evocacin ¡ah! hubiera da do toda su existencia por percibir la benfica visin de la que adorab a; recordaba la posibilidad de la transfiguracin

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13 descrita por los sabios como un fenmeno positivo. Sobrenatural murmuraba, he aqu una palabra, que no debe existir en absoluto; qu podr vislumbrar el hombre que no quepa dentro de su naturaleza? ¡La realidad infinita! Ese mismo infinito no es tambin concepcin humana? Esa realidad qu es sino un espacio que llama al esprit u a ser ocupado por l? La materia, lo denso, siendo infinito, cabe en la naturaleza, por qu no, lo espiritual, lo sutil? ¡Ah! cuando mi mente la ve en sueos qu es sino lo sobrenatural en lo natural, qu es sino la realidad de un ciclo que cabe y llevo dentro de mi corazn? Lo que est en lo a lto es como lo que est en lo bajo; lo que est encima es como lo que est debajo. -La sntesis egipcia, la serpiente que muerde su cola. La antigedad de este misterioso jeroglfico es su mejor testimonio. -El slido enlazado al lquido, el lquido al vapor, el vapor al ter, el ter a los m undos difanos e invisibles, he ah la cadena. ¡Dios mo! Que yo la vea, como te veo Seor infinito, ya que has permitido que mi mente te alcance, ya que has querido que te vea en ella, como en tu obr a. -Que venga a m atrada a estos ojos de mi cuerpo, por esa cadena impalpable que me une contigo y a ella por los de mi alma. -Que pase su ser desde los misterios en que encubres lo eterno, hasta es ta realidad tangible, unida a tu realidad por tu esencia interminable. Qu habr de milagroso en mi demanda si todas tus obras son un perpetuo milagro? -Que la vea, Dios mo, o mi locura es inevitable. -La he amado mucho y el Cristo tuvo piedad de los que amaron mucho. -Este amor fu e una ley tuya. -Aun cuando ella hubiese sumido su rostro en el fango de la tierra, aun cuando todos los elementos se hubiesen conjurado contra ella, yo la hubiera siempre levantado en mi corazn, porqu e la amaba y la amo mucho, por qu no; siendo ella una de vuestras elegidas, purificndose y purificndome en el fuego de su alma? De pronto los ojos de Alfredo aparecieron como si quisiesen salirse de sus rbitas; sus cabellos se erizaron, su rostro se puso plido como la azucen a que tena en sus manos. -La lmpara mortecina dio a su semblante el brillo fantstico que presta el fuego del azufre. -Un perfume de muerte, el ambiente que dejan los cirios al quemarse en la cerrada bveda de un templo inund la habitacin. Pareca que iba a suceder algo extrao all... Sin du da se acercaba la presencia de lo invisible!... ¡Alfredo! exclam una voz... Alfredo repiti acercndo se... El templo de esta voz era varonil y conocido... Era la de Ulrico que entraba en la habitacin. -Vas a volverte loco. Alfredo se puso sorprendido. -Todo torn a su ser aco stumbrado. -La lmpara volvi a luchar con la oscuridad que casi la absorba. Ulrico entr buscando a su amigo. -ste ocult con presteza su carta y las prendas que no quera mostrar a los vivientes. Su comercio con el espr itu, hubiera sido llamado locura, y los hombres, aun cuando su opinin tornase para expresarse los labios de un amigo tan sincero como Ulrico, hubiesen profanado un amor que sobreviva a la muerte. Alfredo sinti sin embargo junto a s el rastro de una entidad area y simptica, acaso tom por tal lo que slo sera efecto de sus nervios susceptibles y excitados por aquel estado visionario en que se hallaba. Ulrico sinti alguna cosa extraa en el vaho de la habitacin, pero atribuyolo a vicio del aire all encerrado. ULRICO -Vas a volverte loco, amigo mo; la juventud, el mundo te llaman. Fuerza es salir de ese estado miserable, umbral del infortunio perpetuo y ac aso del suicidio. -No la olvides, puesto que su recuerdo te es tan grato, pero el mal es irremedi able. -Quin sabe, adems ? El mundo tiene grandes recursos para la juventud, y el olvido no es extra o al hombre. -Quizs encuentres otra ms amable. ¡Oh! es preciso olvidar amigo mo ya que es forzoso vivir Es preciso consolarse. LA VOZ DEL MUNDO -Necio del que muere viviendo tras un fantasma.

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14 ULRICO -Ven pues, amigo mo; para sentir no es necesario volverse loco. -Cierra pues esos libros en donde han consignado sus sueos y sus embuste s mil cerebros delirantes y ven al valle de vida que nos espera. Se oye a lo lejos la msica y algazara de una fiesta. -Ulrico arrastra a Alfredo que lo sigue automticamente. Alfredo sinti a su odo y en su corazn el eco de un suspiro tan tenue que Ulrico, menos excitado, no pudo percibirlo. -¡Ya se ve, vena aquel de tan lejos! VII – Hierve el champaa en las copas. ULRICO -Jacobo, una cancin. JACOBO -Comience Carlos, cuyo vino es ms alegre. ULRICO -Vamos, aqu tenemos en Jacobo otro romntico. EDUARDO -Yo crea que el spleen era exclusivo de Alfredo. Este guarda silencio. -Su palidez no cede ni ante el calor que esparce en sus venas el bullente lquido. Sus ojos se fijan de vez en cuando con distraccin, sus labios quieren sonrer en vano; su alma no est all. ULRICO -Jacobo llora tambin ausencias, Elena, Elvira, Matilde... ¡qu s yo! Su corazn parece haberse convertido en colmena; cada una tiene all su celdilla. EDUARDO -Vamos, Carlos, olvidemos nuestro desencanto al rumor de las botellas. -Siempre fuiste un buen camarada para destapar algunas flacas. -Est oy por las flacas, suelen ser ms espirituales, las botellas, se entiende. (Cantando.) Bella es la vida; en la abundante mesa se ensancha el corazn, el alma goza. No quiero mas penar; ¡vino, Teresa! Esta es la vida... lo dems es broza. CARLOS. -(Recitando.) Top yo una mujer con ua y rabo, de estrepitoso y brusco desenfreno, de esas que tienen el hocico ameno y que todo lo toman por el cabo.

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15 ULRICO -Bravo, bien. JACOBO -Adelante. EDUARDO -Que glose. JACOBO -Silencio. CARLOS Y que todo lo toman por el cabo. JACOBO -Que glose, que glose. CARLOS Al salir de mi casa cierto da pas de Finisterre por el cabo, EDUARDO -¡Sopla! JACOBO -Silencio, adelante. CARLOS. Ninguno de vosotros lo creera top yo una mujer con ua y rabo, Y con cuernos tambin, que es muy forzoso la chaveta cubrir cuando hay sereno, y ms si la mujer es un coloso de estrepitoso y brusco desenfreno. Era la dama de gentil quilate de las que pastan la cebada y heno, que tienen por nariz un disparate, de esas que tienen el hocico ameno. Espantme al mirar sus cucamonas, y no pensis de esquivez me alabo, porque era de esas damas retozonas y que todo lo toman por el cabo.

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16 EDUARDO -Bravsimo. ULRICO -Y que todo lo toman por el cabo. Soberbio, soberbio. EDUARDO -A la salud de Carlos. (Beben.) D. CELIO ALMOD"VAR -(Viniendo de la mesa vecina en que se juega.) ¡Acabo de perder mi reserva! EDUARDO -¡Qu lstima! JACOBO -La clebre onza que nunca se perda. EDUARDO -La que siempre desquitaba. ALMOD"VAR -Para rescatarla, jugara hasta mi puesto en la otra vida. CARLOS -¡Picaron! como ests seguro de que acaso no sea muy bueno. ALMOD"VAR -Aunque lo fuese. CARLOS -(Con sorna.) ¡Blasfemo! ALMOD"VAR -Qu queris? Estoy loco. -¡Acabar por perder aquella onza! ULRICO -¡Que era la de Almodvar! ALMOD"VAR -¡Y que me prometa con ella labr ar algn da esa fortuna cuantiosa con que siempre he soado! EDUARDO -Vamos a ver D. Celio, sintese V. y tome un trago de lo hermoso... Ahora platiquemos. -Aqu viene V. otros que desean lo que V. -Supngase el Sr. Almodvar que el abate Faria resucitase para slo darle una fortuna rival de la que dio a Dants. Supngase que la sombra del bucanero Morgan le llevase a su caverna en la isla de la Mona, para mostrarle lo que todos dicen que guard allQu hara V. con tanto? Todos lo imaginamos, pero queremos probarle que todo es poco cuando se trata de distribuirlo por gentes como nosotros. ALMOD"VAR -En primer lugar mandara construir un lujoso palacio digno de un Encantador, fantstico, excntrico a mi modo. JACOBO -¡Para V. solo! ALMOD"VAR -Para vosotros tambin, amigos mos; c on vosotros quisiera compartir los tesoros de la fbula. EDUARDO. -Traeramos cocineros franceses por supuesto. ANELLO -El fondista (Metiendo su cuarto a espadas.) Scordasti i macarroni. EDUARDO -S, s, cocineros italianos tambin; Anello es hombre de gusto.

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17 ULRICO -Olvidbamos que la patria de la poesa y l as bellas artes, lo es tambin de i manggiatori. EDUARDO -Y bien visto, la buena cocina es tambin una de las bellas artes. ANELLO -(Sobndose la panza.) Por supuesto; un bel arte, sicurissimo, un bel arte miei signori. EDUARDO -Pero volvamos a lo del Palacio; tendramos cocheros ingleses, mayordomos alemanes, caballos de todas razas. JACOBO -Mujeres francesas. ULRICO -Ya pareci aquello. CARLOS -Circasianas, georgianas, estoy por las bellas esculturas. EDUARDO -No seor; a qu tener que entenderse c on mujeres que hablan ruso o turco...? ALMOD"VAR -No le hace; me agrada la mmica y ya nos entenderamos. EDUARDO -Disparate, estoy mejor por las francesas. ULRICO -Hay algo ms apasionado que una espaola, que una italiana? CARLOS -Y a dnde me dejis los poticos rostros del Norte, las novelescas britanas, las excntricas hijas de Washington? Y qu decs de las incomparables sucesoras de los Incas? ALMOD"VAR -Vamos, vamos; para que todos estuviesen contentos, traeramos una de cada nacin. JACOBO -Bravo, magnfico. ULRICO -Y qu pensis del pobre Alfredo? Necesita consuelos; nosotros debemos hacer por l todo lo posible, nuestro querido y triste amigo. CARLOS -Le buscaremos algn plido fantasma de ojos azu les que le haga olvidar la pena que le abruma; evocaremos la sombra de Elosa o iremos a Teruel a buscar los huesos de Isabel de Segura; solo as estar contento este nuevo Marsilla. ULRICO -Dejemos esta broma, amigos mos; Alfredo lo que ha menester es la cariosa, solicitud de sus amigos y sobre todo nada de burla sobre su estado. JACOBO -Nada de eso; a Alfredo se las daremos todas y a ms nuestros brazos y nuestro corazn. Todos le abrazan. EDUARDO -Un brindis por Alfredo. CARLOS -Por que torne a su estado la alegra que en l tena su ms vivo espejo. TODOS -(Beben.) Bien, bien.

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18 ALMOD"VAR -Por lo visto, a pesar de ser yo el dueo de la fortuna, me dejarais sin dama si quedase a vuestra eleccin. LETARGO -(Despertando.) Vamos, para V. amigo Alm odvar, se queda la mujer con ua y rabo de que habl Carlos hace poco. -V amos no os hagis el nio, el ca so Jos, pues estamos seguros de que si ella os echara los brazos, no la dejarais en ellos vuestra capa, como hizo aquel con la mujer de Putifar. ULRICO -Caballeros, habl De profundis. -D. Letargo, por lo visto, comprendi que si continuaba dormido, se quedara sin parte del botn. LETARGO -Claro est. -Con slo hablar de ellas se volvi esto el puerto de arreba-capas y no quiero que cual camarn dormido me arrastre la corriente. -Para Almodvar te ngo yo una triguea de los trpicos que ya... CARLOS -Bien, caballero; basta por lo que respecta al harem. JACOBO .Tendramos all jardines que envidiara Le ntre, lagos y chalupas, bosques poblados de canoras aves. EDUARDO -Ya tenemos los idilios -slo nos falta Leandra vestida de pastora. ULRICO -Invitaramos a Alejandro Dumas, padre, que es todo un buen tercio, a qu pasara un verano con nosotros. l dara celebridad y realce a nuestro fausto. EDUARDO -S, porque el aplauso es la corona de los goces. Verais que romances hara sobre loa Adanes y las Evas de este nuevo Edn. ULRICO -Y bien, amigos mos; cundo esa fortuna tocase a su trmino? CARLOS -Un festn de despedida nos apartara de este mundo llevando a cuenta bastante cantidad sobre los tesoros del otro. JACOBO -Y habis olvidado que aqu haba muchos para quienes la vida no es un Edn de riquezas, sino un valle de lgrimas y cuyas quejas y maldiciones podran atormentarnos en la tumba? ALMOD"VAR -Es verdad. -Pero todos estos son por desgracia sueos. EDUARDO -De locos. JACOBO -Es decir, de hombres. ULRICO -Por fortuna tenemos algunas perlas de pi edad en el alma y esto no deshonra nuestros sueos de riqueza. ALMOD"VAR -Esto es tan cierto como que trato de ir a rescatar la imponderable. -De lo contrario, me suicido con el guijarro que ya sabis. ALFREDO -¡No puedo sufrir ms! Ulrico djame, dejadm e amigos mos; quiero estar solo, si no, voy morir... dejadme! Algunos siguen a Alfredo, a poco vuelven todos... se sientan.

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19 ULRICO -¡Pobre amigo! CARLOS -Es verdad (Llamando.) ¡Jaime, champaa! Contina el ruido de las copas, las imprecaciones de los jugadores, los cantos de alegra... o de amargura y despecho disfrazados. Cae el teln, una de las muchas cortinas de este mundo. VIII – Vagaba Alfredo alrededor de la Iglesia que ya conoce el lector; la puerta no se abra; el monjesombra no se presentaba. ¡Me ha olvidado ya! exclamaba. ¡Ah! por qu no la he seguido? Es imposible que sea una vana aluc inacin. -Aqu, sobre mi corazn est su carta, siento en l la impresin extr aa que su contacto produce en mi ser. ¡Ah! indudablemente estoy loco... ¡No se mata quien debe vivir! Y sin embargo, morir sera para m un consuelo tan grande! Ah he dejado a esos amigos que creen vivir pretendiendo embotar en burlas y en stiras amargusimas o en sueos de una suspirada ventur a, la espina fiera que todo nacido lleva en sus entraas. -Quin no ha visto burlada una esperan za? quin ha podido matar en su alma y para siempre un deseo atormenta dor? ¡Ah! ¡tu copa, Mob! Al decir esto senta hervir su cabeza comprimindol a entre sus manos como si tratase de ahogar el bullente fuego que devoraba su cerebro. -Pasebase agitado por su habitacin, en que acababa de entrar presa de un violento frenes. -¡Me ha olvidado ya! -Hace tres, siete, nueve das, que acudo en vano al lugar de sus citas, a su sepulcro, al templo, a las cercanas de la que fue su morada; el sombro mensajero no se ofrece a mi anhelante afn. Desde el da en que aqu mismo estuve a punto de ver su imagen querida, evocada en nombre del cielo y de mis dolores, desde entonces est sorda a mi voz; aquel suspiro desgarra aun mi alma. Ulrico, celoso de lo que llama mi tranquilidad, vi no a buscarme entonces para llevarme a ese mundo que detesto y que es ya para m un desierto sin lmit es. -Ella se ha olvidado del que sin ella no puede vivir. -¡Amelia, querida Amelia!... Pues bien, yo tamb in la olvidar, quiero vivir, vivir, har lo que tantos otros. -Aqu, su carta, su rizo... Me dijo que sus cabellos seran en mi mano un talismn poderoso, un verdadero resorte mgico para evocar su sombra. -¡Ah! ¡cuntas veces la he invocado infructuosamente! Destruya el fuego de una vez tan atormentador hechizo. Aplica la guedeja a la buja, comienza a quemarse. El eco de un doliente suspiro hiere su corazn. Ilumnase la estancia con resplandor siniestro; crece el espacio de aquella ante sus ojos. Aparecen all en lontananza los objetos antes cercanos; a lo lejos se levanta un tmulo, luces funerales iluminan un fretro... brese ste... lzase de l con solemne y medrosa lentitud una sombra, el cadver de una virgen; su blanco sudario forma un contraste con lo enlutado de las paredes y del

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20 tmulo. Es la sombra de Amelia... plida como su t nica, demacrada como la muerte. -Sus ojos estn fijos como los de una esttica¡cun hermosos, si n embargo! El ligero vidriado que les presta la muerte, slo ha empaado un poco, aquel difano es pejo de un alma expresiva y bella; ¡ay! aquellos ojos cuya mirada era una sonrisa o una queja, que tenan todo el brillo vago de un hermoso pensamiento, toda la elocuencia de un tierno corazn; aquellos oj os que saban llorar y se hicieron para el amor. -Su semblante descarnado conservaba an la dulzura y suavidad de aquellas facciones como el diseo medio borrado, como el iris que va a desaparecer, como el disco de un astro al travs de una nube blanquecina. -Estaba triste, ¡ah! traa sobre su ser el padecimiento de la indefinida ausencia, el encanto de una piadosa resignacin. Era el rostro de una mrtir al subir a la mansin del premio. La corona de azucenas con que se acost en la tumba, aderezo de sus nupcias funerales estaba cuasi lozana todava, solo que la incuria del sepulcro haba deshojado alguna de sus flores. Llegose a Alfredo, inmvil, deslizndose como el ave que se cierne sobre los aires, impulsada por el blando cfiro de regiones ignotas, con la vaguedad de un espritu... acercose... Alfredo yaca mudo, doloroso, lleno de pasmo y dominado por terror indescriptible... Quiso hablarla... pero su voz muri antes de ser articulada; sus labios y su seno parecan oprimidos por una masa de hierro. Acercose ms el fantasma; levant una mano que Alfredo haba acariciado tantas veces en dulce arrobamiento, una mano que la muerte haba descarnado prestndole el color de amarillenta cera, pero graciosa todava... Psola sobre el corazn de l joven. -Sintiose ste morir a la impresin de aquel yerto y levsimo contacto; sinti en su frent e una impresin ms yerta todava, eran los labios de Amelia, su sensacin fue indefinible; sinti el eco en su corazn y cay desmayado. IX – Las antorchas brillan, la msica resuena; cien bellas danzan ador mecidas en brazos de sus alegres amadores. Reina la fiesta, reina la alegra. ALFREDO -¡Oh! ¡carga pesada! ¡Por piedad, por pi edad, espritus que me rodeis, ayudadme a llevar esta pesada cruz de la vida! Por qu, dulce visin ma, al tocar mi corazn con tu mano helada, no me comunicaste, la venturosa muerte? -A qu vedarme el morir, ese trnsito que miro como un bien suspirado? ¡Ah! ¡tantos otros que tie nen en este mundo lauros y sonrisas, que suspiran de gozo cuando el sol nace y lloran temerosos de que al ponerse no les deje all! -¡Tanta madre que gemir a la cabecera del hijo amado, pidiendo al cielo con dolientes quejas la vida que se extingue! ¡Cunto anciano temeroso, cunto joven moribundo no podran saborear esta vida que es para m un estorbo y que yo les dara en cambio del sepulcro que les amenaza! UN MSCARA -Alfredo, ests esperando una resurrecci n que no llegar... todava. A qu apurarte? La trompeta del Juicio tiene su da marcado y en Josafat hay sitio para todos: All nos encontraremos. -Entre tanto escucha resonar con gozo estas trompetas de la locura, y danza alegre en este torbellino. -En l bullen ocultas todas las pasiones que habr que condenar en Josafat, y hay caras ms ridculas que las que all se vern en aquel da sin sol y sin sombra. Esto por lo menos, como no es el valle del Juicio, en lo menos que se piensa es en tenerlo o en hacerse justicia. -A la danza pu es y hasta entonces, ¡viva la inju sticia! Su bondadosa antagonista ha hecho bien en reservarse para otro m undo cuando porque en este la apedrearan. OTRO MSCARA -Lstima es que no haya otro diluvio uni versal para ver co mo nadaban ciertos nades.

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21 OTRO -Alfredo ests triste? Este no es sitio de duelo. A llorar a los cementerios; este es un jardn en que hay bellas flores que dan alegra. -Dim e, si al bailar con una hermosa como aquella (Indicando a Julia que pasa danzando junto a l.) ech aras de menos el paraso? ¡Oh! que me lo den aqu en la tierra; de seguro que no ser tan necio que lo pierda por comer de una manzana... sobre todo cuando hay otras tantas frutas deliciosas. Alfredo llevaba a su labio la azucena de su amada aquel talismn de los gratos ensueos y de los generosos impulsos. De pronto oy pronunciar su nombre. La voz que lo articulaba era una meloda dulce y melanclica, era tenue y grato acento, un eco adorado que penetr en su corazn y sac de all dos lgrimas de ternura, de aquellas tanto tiempo detenidas y que en vano haba llamado a sus ojos para desahogar la amargura de sus penas. Volvi la vista; hall junto a s una misteriosa enmascarada. El corazn lo deca que aquel era su soado Espritu. ¡Tena tantas cosas que deci rle! ¡Era tan inesperada su aparicin! En esto reson un vals, uno de aquellos torrentes arm oniosos de Strauss que vierten en la fantasa encantos inefables, cuyas transi ciones de lo armonioso a lo meldico semejan ora un despeado raudal estrepitoso, ora un ro apacible y lleno de plcidos rumores; festivos y me lanclicos a la vez, invitan ya a la exclamacin del contento ya a la queja del dolor. Notas suspiros tan vagos para describirse, cuanto lo son las em ociones que ocasionan, encanto del xtasis, vaguedad del ter. Strauss es el bardo eufnico de la juventud de nuestros tiempos, entusiasta como las ideas que la inspiran, quejumbrosa al estrellarse contra la ro ca levantada por el duro y rido positivismo de nuestra poca; vagarosa como ese ocano de poes a incierta y desconsolada, peculiar de nuestro dudoso siglo; rechazada por do quiera, solo encuentr a un cauce en el desierto sin horizontes de su infinito. A la ruidosa invitacin de la orquesta, corr espondi un enjambre de parejas que comenzaron a deslizarse como otros tantos torbellinos arrobadores. La mscara silenciosa apoy su brazo en el de Alfre do, dejose ceir por ste la area cintura como en ademn de aceptar aquella invitacin a la danza, lo que l hizo dejndose llevar maquinalmente. Un extrao estremecimiento de felicidad desconocid a, incalificable, se comunic a todo su ser; aquel contacto levsimo, imperceptible como un placentero hlito, helaba y enardeca su alma a un mismo tiempo. -Su vista se desvaneca cual si le aco metiese un deliquio, un vrtigo extraordinario, asedibanle la pena y el contento; en vez de pe nsamientos, solo tena imgenes, pero vagas, imperfectas y deliciosas, esquivas a la forma como una emocin, como el sueo de una existencia desconocida, llorosas y risueas, placente ras y colmadas como la felicidad. Dejronse llevar mutuamente en aquel torbellino f ugaz, elctrico, ms poderoso que sus fuerzas, ms poderoso que su voluntad. Alfredo senta escaparse de sus brazos aquel espritu consolador, impulsbase a asirlo. -mas quin podra asegurar entre sus brazos la fantsti ca sombra de una imagen, de un sueo? Las esplndidas notas del gran msico alemn, hacan correr por sus venas una lava tibia y grata. Sus nervios vibraban como las cu erdas de una lira, su cerebro era un panorama en que iban pasando fugaces, al comps de aquella encantadora msica, cien y cien visiones celestiales. -Aquellas vagas cadencias retrataban el delicioso extravo de su ser, cada una de ellas era para el alma una ondulacin, una vibracin divina. Perdase su alma en lo s espacios, vela lo invisible, palpaba el ter;

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22 en aquella transfiguracin hechicera senta la r ealidad infinita. -All estaba Amelia, la vea, la palpaba, iba con l por aquellos espacios del espr itu en pasmo del alma, en xtasis beatsimo. Parecale ir camino de los cielos, vislumbrando a ll su encanto, percibiendo sus coros anglicos, al suave impulso, mecido sobre las alas de un arcngel. Cuanto hayan imaginado los poetas en su embriagu ez de hermosa inspiracin, cuanto hayan soado los elegidos, all estaba en su alma, en aquel hur acn sin estruendo ni rumores. -El saln hua de su vista, los circunstantes eran otros tantos mandos luminosos que le salan al encuentro, que se deslizaban por su lado, que le amagaban sin tocar le, con sus luminosas cabelleras, ¡aquello era morir, pero morir en brazos de los ngeles en las puertas de un amado cielo!... X – Al volver Alfredo en s, se encontr en su habit acin; los cuidados de Ulrico y dems amigos le mostraban que su accidente haba sido harto grave. -N o le quedaba duda de que haba sido vctima de una terrible alucinacin; sin embargo crea recordar que el Espritu, al deslizarse de sus brazos, dej en su crispada mano un girn de su sudario; al vol ver, haba hallado aquella prueba de que su sueo haba sido una incomprensible realidad; al comprimi r aquel despojo de la tumba, trocose en polvo y luego... en nada; lo que ya er a su Amelia para este mundo. El espritu haba murmurado a su odo o mejor, ha ba escrito en su mente estas palabras: ¡Morir por el bien del hombre no cierra el cielo; todo hombre puede encontrar un glorioso Calvario y despus un paraso! Estuvo Alfredo gravemente enfermo, no le dejaron sin embargo morir. -El espritu no vino a verle sin duda por piedad: no era caridad traer al pobre viviente imgenes de un cielo que deba ver escapar. -Ella padece por m, murmuraba, me aguarda; ¡vivir a qu teniendo mi tesoro en la eternidad! ¡Estar ella en la eternidad teniendo su tesoro en este mundo! ¡La hora es ya llegada! XI – La voz de un hroe llama a un pueblo que se agrupa en torno de su bande ra. -Aquella bandera est bendita y es el lbaro de la humanidad. El campamento se agita con los preparativos de la batalla. -El resonar de los clarines y las blicas msicas enardece la sangre y los espritus; el entusi asmo de una noble causa se siente bajo aquellos pendones que flamean al matutino soplo; las arm as resplandecen y resuenan. -Al acento de los caudillos sucede el silencio momentneo y solemn e de expectacin que precede al combate. -En ese momento de incertidumbre y acaso de ansiedad, cada cual trata de justificar en su conciencia la causa por qu va a derramar su sangre y la de sus contrarios, sangre humana y de hermanos; ninguno espera que caiga sobre su cabeza. -Estos son los mo mentos del examen de conciencia, del testamento moral; recuerdo de cario por lo que se deja en el mundo, gemido del alma al ver segada en flor alguna ilusin que aun poda realizarse en la vida... Trbase la lucha; retumba el can, el humo y el tumulto cubren el aspecto y la voz de los combatientes. -La lucha es encarnizada, aquellos dejaron de ser hombres para ser tigres, es la sublimidad del len, de la fiera que satisface un brutal instinto, pero ¡ay! desgraciadamente los hombres tienen con frecuencia que reir para obtener la paz y el bien; toda idea nueva, aun la ms generosa, es casi siempre bautizada con sangre. As est escrito.

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23 All estaba Alfredo, all estaba Ulrico cuyo corazn era el de un soldado de la humanidad, esa hasta hoy madrastra descreda que sus hijos tienen que oblig ar a ser madre a fuerza de lutos y de lgrimas; all estaban otros jvenes gastando gustosos la sav ia de su alma en un combate desinteresado. LA VOZ DEL MUNDO -All estn algunos jvenes ilusos que pelean por una palabra, sin ms recompensa que la vanidad de un aplauso. -¡Pobres mozos! Olvidan que los redentores son siempre crucificados. -Qu sacarn de tanto estruendo? Nada para ellos o lo que es lo mismo un pobre laurel y la necia satisfaccin de haber defendido lo que e llos en su juvenil ilusin apellidan una buena y noble causa. Termin el combate. XII – Tornaron las fuerzas a su campo; es decir, que haban sido rechazados hasta mejor ocasin. En el combate haba recibido Alfredo un balazo en el pecho, sin embargo, aun viva. Ulrico estaba junto a su lecho de campaa. El dolor fsico no era bastante a desvanecer el goz oso encanto que expresaba el semblante del herido. Las sombras eran cada vez ms intensas. El quin vive de un centinela, no correspondido, fu e secundado por un disparo y otra serie de ellos que no lograron detener en su imp asible marcha, una aparicin de figura humana que se introduca en el campamento y que llegaba a la tienda de Alfredo... Era un enlutado monje que vena a escuchar su c onfesin... Alfredo reconoci en l a su fantasma amigo, a su sombro mensajero. Levantose Alfredo, Ulrico dormitaba rendido de fatiga... Sigui aquel al monje. Salieron ambos del campamento. El silencio mortal les serva de compaero. Alfredo y el monje entraron en una regin desconocida. Abriose una tumba; un cadver, mejor dicho, una amada sombra recibi a aquel en sus brazos. La mano descarnada del clrigo-fantasma bendijo su unin en nombre del cielo. Apareci en los aires la escala luminosa de Jacob que fue extendindose con ellos hasta perderse en las nubes. El manto o la mortaja de Am elia cubra la sombra de Alfredo. Ulrico vio en sueo los dinteles de un mundo celes tial; percibi all a su amigo y a su amada que entraban gozosos. -Al son del arpa gloriosa del re y-profeta, cantaban los querubes el salmo de la bienaventuranza.

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24 El Cristo escriba con sangre de su costado sobr e aquellas almas: Donde es t vuestro tesoro, all estar vuestro corazn. Aquella msica agradable despert a Ulrico. Las bandas del campamento hacan resonar la alegre diana. Tendi Ulrico la vista sobre el lecho de Alfredo; tan solo hall un cadver querido que abraz y aneg en amistosas lgrimas. Que Alfredo muri en aquella batalla es cierto. -Lo dems ser un sueo de Ulrico, l es quien todo me lo ha contado. Alejandro Tapia y Rivera. Naci en San Juan (1826) y falleci en la misma capital, el 19 de julio de 1882, mientras h aca uso de la palabra en una junta de la Sociedad Protectora de la Inteligencia, qu e se celebraba en el saln de actos del Ateneo Puertorriqueo. Estudi los grados primarios en San Juan y fue discpulo del Maestro Rafael. Ejerci un puesto en Hacienda y a raz de un duelo con un oficial de artillera fue deportado a Espaa En Madrid (1850-52), complet sus estudios literarios y se uni a la Sociedad Recolectora de Documentos Histricos, Relativos a Puerto Rico, que haba sido fundada por otros emin entes compatriotas. Por su obra literaria, se le considera el padre de la literatura puertorriquea ya que -a excepcin de la poesa y el cuentofue el iniciador de los dems gneros en la isla, si se tiene en cuenta la cantidad y calidad de su produccin. Las piezas ms destacadas de su obra son: las novelas y leyendas El heliotropo (1848), La palma del cacique (1852), La antigua sirena (1862), Pstumo el transmigrado (1872) y una segunda parte, Pstumo el envirginado (1882), La leyenda de los veinte aos (1874), y Cofres (1876); los dramas Roberto D'Evreux (1856), Bernardo de Palyssy o El herosmo del trabajo (1857), La cuarterona (1867) y Camoens (1868), Vasco Nez de Balboa (1872); las obras biogrficas sobre Jos Campeche (1854) y Ramn Power (1873); los poemas La Sataniada (1874) y los incluidos en Miscelneas (1880); el libreto de la pera Guarionex estrenada en 1854; adems de la publicacin de conferencias, antologas, cuadros de costumbres, ensayos y un trabajo autobiogrfico, Mis memorias que qued inconcluso y se public pstumamente en 1927.

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25 PUERTO RICAN SYNDROME O COSAS EXTRAAS VEREDES (Reportaje rescatado del maremoto que acab con las cuitas del status) Por Ana Lydia Vega Puerto Rico es el cadver de una sociedad que no ha nacido SALAS QUlROGA (CITADO POR A. TAPIA Y RIVERA) En verdad, en verdad os digo que 1os tiempos a ndan hechos revoltillo. Los apocalpticos vaticinios de la Biblia son meros cucos de campo ante la predestinacin boricua a lo nunca visto. Porque, seamos sinceros: quien que estuviera en sus rela tivamente sanos cabales hubiera podido imaginarse que a Nuestra Seora de la Provincia le dara algn da con aparecerse en la zona metropolitana? Todos conocemos su abierta predileccin por lo s paisajes buclicos abundantes en castas doncellas e inocentes prvulos. Cul no sera pues el estupor de los vecinos de Caparra Terrace cuando Junior, Daisy y Mickey Coln, de ocho, nueve y diez a itos respectivamente anunciaron con trmolos de monaguillo que: -Una seora vestida de blanco, azul y rojo se nos apareci. Tena un traje bien bonito y un velo llenito de estrellas de arriba a abajo. -Y de que color tenia el pelo, ah? pregunt la madre con suspicaz meneo de rolos, desatendiendo un instante la fritura de hamburgers. -Rubio.

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26 - Y los ojos? -interrog, a su vez, el padre a travs de las miamis de la cocina, soltando la cortadora de grama para limpiarse el sudor de las manos en los bermudas de cuadros. -Azules. Aliviados por la fidelidad que guardaban las seas ofrecidas con los retratos de la Madona exhibidos por iglesias y catecismos, los conturbados pr ogenitores reanudaron el interrogatorio. Y a dnde fue que la vieron? Los nios intercambiaron miradas de martirologio an tes de confesar, con la seguridad de un Popular antes de 1968: -Por televisin. Ah fue que a la madre se le cay la botella de Ketc hup, elevada cual cliz escarlata, yendo a tajear el dedo gordo del pie paterno que asomaba placidamente su cabeza por la pachanga plstica. Tras los ayes, abluciones, vendajes y carajos de rigor, el padre se sobrepuso al dolor para seguir indagando, fiel a la novelera nacional: -Pero cmo y qu por la televisin? Presto recitaron los nios con perfecta coordinacin de coro he1nico: -Estbamos mirando los muequitos del sbado... ENTONCES... nos estbamos comiendo una caja Family Size de Rice Crispies... ENTONCES... dijo Pach eco que para ir al cielo haba que ser doctor, arquitecto o abogado... ENTONCES... se oscureci la pantalla... ENTONCES... apareci una seora bien linda, rubia, de ojos azules, vestida de rojo azul y blanco y con el velo llenito de estrellas... ENTONCES... Entonces sobrevino un minuto preado de reflexin, luego del cual se estir lnguidamente la voraz solitaria de la duda. Y qu fue lo que les dijo la doa esa? Los nios intuyeron la tamaa falta de respeto imp lcita en la pregunta. ¡A ellos que se haban criado en lo imposible, a ellos que haban jugado con niev e en el trpico, a ellos que cada da vean crecer un condominio como una verruga nueva sobre el lomo sarnoso de la ciudad, a ellos que podan comprar lmbels con cupones venirles con dudas cartesianas! Indignados, se sumieron en una larga meditacin me tafsica de cuyas honduras no logr arrancarlos ni el aroma de los hamburgers ni la se duccin helada de una lata de Coca-Cola. Los padres aprovecharon el trance para verificar el relato llamando al Cana l 4. All no saban nada, no haban visto nada pero despacharon enseguida un re portero rumbo al lugar de los hechos. Por fin, el decreto patriarcal reson entre las cuatro pare des agrietadas de la casa Duplex, sacudiendo hasta las rejas que crecan como fidello sobre cada orificio de la morada y: -Hay que alertar al barrio, dijo el padre, como si se tratara de un temporal. La una de la tarde. Todo era paz en Caparra Te rrace. Las amas de casa, hechas estatuas de grasa frente a los televisores, reciban devotamente el Evangelio de labios de Rolando Barral y Johanna Rosaly. Los maridos roncaban al unsono con el puo crispado alrededor de una lata de cerveza. Haba que hacer acopio de energas para la partida de dominio que coronara este inolvidable da de Jorge Washington en que la isla er a toda una inmensa barbacoa humeante. El chillido del telfono taladr la armona vesp ertina. Doa Jova, un san dwich cubano apuntado estratgicamente en direccin a su esfago, maldijo, caminando hacia el aparato, el da y la hora en que su tero la haba traicionado. -Qu pasa ahora, nene?

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27 Chill automticamente, creyendo de primera in tencin que era su hijo Yunito, sediento de consolacin materna tras la pela cotidiana administra da a su esposa. Los ojos saltones de Doa Jova, clavados en el Cristo de Muebleras Mendoza que agitaba su mano izquierda, se iban poniendo como dos escupideras mohosas a medida que escuchaba las arrolladoras nuevas. Minutos ms tarde, la urbanizacin se estremeca a timbrazos. La gente abandonaba la Primera Tanda para desparramarse en el asfalto adyacente Los nios eran asaltados a preguntas, provocados y mimados, vitoreados y vituperados, malditos y canonizados simultneamente. Y comenz el desfile, ms concurrido que un 25 de julio en ao de plebiscito. Las sillas de rueda rompiendo records de velocidad. Los flebticos pujando a todo tren, apoya dos en zancos, montados en patines. Los parkinsnicos experimentando impe rceptibles remeneos de emocin. Las matronas de urbanizacin frotndose eufricas las varicosas azulosas de diez partos. Las veteranas de los veteranos de Vietnam entreviendo el fin de una castidad forzosa. Los marcapasos tocando a ritmo de rumba. Las hemorroides floreciendo al vaivn de nalgas sobrealimentadas. Los piojosos, chancrosos y golondrinosos siguiendo de lejos a la comparsa, con campanas invisibles de leproso colgadas al cuello. De la Amrico Miranda a la Avenida Central se hab an filtrado las albricias y ya corran versiones mltiples del milagro: que la Virgen se haba posado sobre la antena de televisin de los Coln, que saldra el sbado en el Show de la Chacn, que todos los canales de EEUU lo retransmitiran por satlite en dual language... De la Riviera, Puerto Nuevo y Caparra Height s llegaban delegaciones cada vez ms nutridas de corinos, tullidos, mudos sordos, ciegos, mellados, enfermos sexuales, retardados, acomplejados, colonizados, todos con su transistor o su cassette-player a cuestas, berrendole tradicionales letanas a la aparecida: ROSA PLASTICA ESPEJO DE DEMOCRACIA VITRINA DEL CARIBE PUENTE ENTRE LAS AMERICAS MADAMA BI"NICA ESTRELLA DE LA UNI"N VEDETTE DE AMRICA MUJER MARAVILLA Sobornados con un viaje a Disney world, los ni os revelaron por fin que Nuestra Seora haba prometido reaparecer en un Especial de televisin cuya fecha no condescendi en fijar. Con la nica condicin de que los residentes de Caparra Terrace in stalaran un televisor a colores de cincuenta pies en la esquina de la Gabriela Mistral para facilitar la difusin del milagro. -Qu hacer? -gritaron los vecinos a1 recordar que e1 da de Jorg e Washington, Plaza las Amricas dejaba hurfanos a sus consumidores adictos. Pero la muchedumbre irrefrenable, exacerbada por la sed de epopeya que desde la jubilacin del Vampiro de Moca no haca sino crecer, tom la grave resolucin de interrumpir los festejos del gobernador en Jjome con el fin de exigir accin inme diata, so pena de tomar la justicia en sus propias pezuas. El primer ejecutivo acababa de llegar a su reside ncia de veraneo con un escu adrn de investigadores de la W.A.S.P. University of Alabama, a qui enes haba previamente develado uno de los mximos logros de su administracin: la estatua del Droga dicto Ecuestre, estticamente incrustada en la

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28 autopista de San Juan al Complejo Penal de Isla de Mona. Profundamente conmovidos haban quedado los visitantes ante la jeringuilla gigante que blanda el ojeroso jinete contra el grisceo firmamento de la autopista sembrada de central es nucleares. Dichos seores parecan sin embargo empeados en procrear un libro titulado: THE RISE AND FALL OF FREE ASSOCIATION. Y cuando, entre bocados de Virginia Ham a la Che rry Tree, el gobernador haba casi logrado que substituyeran el vocablo fall por el menos trg ico decline. Uno de sus quince guardaespaldas le comunic el portento de Caparra Terrace. El gobernador prendi un veln mental a San Judas Tadeo para agradecerle el que no se tratara de alguno de los cincuenta sindicatos en huelga de hamb re u otra falsa alarma de bomba lanzada por su hijo menor e invit a los homenajeados a presenciar en carne viva otra de las glorias de la free association: la copulacin armnica de la influe ncia civilizadora anglosajona con la no menos autntica y folkl rica hispanidad. Ante la posibilidad de una publicacin extica y el consiguiente ascenso en la jerarqua de rangos universitaria de la W.A.S.P. los investigadores aceptaron jubilosos. Y como el jet privado del gobernador haba estallado hacia unos das gracias al alevoso sabotaje de un grupo de nostlgicos hitlerfilos ansiosos por castigar el liberalismo imprudente del primer mandatario, se trasladaron con la celeridad que los tapones de la carretera de Cagua s se lo permitieron, al lugar de la accin. All tuvieron el honor de compartir con su Excelencia el aspirante a papa, enfrascado, por cierto, en una muy trascendental discusin con los seores de la pren sa. Sostena el prelado que los hijos de las mujeres violadas merecan el limbo por su calidad de engendros de la violencia. Los periodistas objetaban que una medida tan drstica desahuciara del paraso a ms de la mitad de la poblacin boricua. Interrogado sobre el telemila gro, expuso el santo varn su intencin de telefonear Collect al Vaticano esa misma noche, sin lo cual no podra pro nunciarse al respecto. Muy bien podra tratarse de una siniestra maniobra del comunismo internaci onal para confundir pueblos incautos, llevndolos al menosprecio de la propiedad privada. El clamor de los urbanizados conmova los funda mentos prefabricados de la urbanizacin. Los alaridos iniciales de Ese es, Ese es que haban saludado la llegada del primer ejecutivo haban cedido el paso a consignas de mayor gravedad, tales como: LA VIRGEN ME ENCANTA LEY DE CIERRE CONTRA LIBERTAD DE CULTO ME SIENTO ORCULLOSO DE PLAZA LAS AMERICAS Uno de los investigadores de Alabama, quien, dicho sea de paso y sin malicia, tenia un leve aquel a Blanton Winship, distribua como quien no quiere la cosa y medio por debajo de la mesa, sobrecillos de pldoras nucleares anticoncep tivas entre la muchedumbre. El incumbente de Fortaleza se deshidrataba como una berenjena bajo la tortura pinochtica del sol. Tan solo el recuerdo prfugo de las prximas y muy prximas elecciones y el terror de ver personarse all al candidato de la oposicin, cuya plataforma de pa rtido era peligrosamente idntica a la suya, le impulsaron a tomar una decisin harto arriesgada: mandar a abrir las puertas de Plaza las Amricas en pleno da de Jorge Washington, para la compra con fondos pblicos del televisor requerido por la Madona. El arrojo del mximo lder del pas, su incorruptib le entrega al Bienestar Pblico, su catolicismo a prueba de fuego, fueron epopeyados por el rotativo oficial del gobierno. La gesta fue comparada a su hasta entonces ms gloriosa efemrides: la reclus in de todos los independentistas del pas en campos de concentracin construidos sobre mtreses flotantes a cien petroleguas de Vieques. Tan inmensa fue la popularidad del prcer, tan noble y desinteresada su accin que el Senado le perdon aquella simptica violacin de las ms elem entales normas democrticas que haba cometido al olvidar consultar al Pentgono antes de tomar la feliz resolucin. Centenares de peregrinos pernoctaron esa noche y l as siguientes en el santuario de la Gabriela Mistral. Los vecinos de Caparra Terrace no dejaba n pasar ni un comercial en espera del prometido especial de Nuestra Seora. Nadie soaba siquiera con ir a trabajar. Da y noche permaneca el

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29 pueblo en mstica hipnosis frente al aparato. Los canales de televisin ajustaron su programacin a las circunstancias, exhibiendo gastadsimas pelculas de Semana Santa que tenan almacenadas, todo lo cual mantena al pblico en constante sobresalto. Cada vez que apareca Poncio Pilatos envuelto en una toga romana o Maria Magdalena brillndole los pies a Jesucristo, chillaban !as masas: -¡La Virgen! y se alborotaba el gallinero. Las casas de efectos religiosos hicieron su agosto. No qued estampita, escapulario o medalla de la Providencia en todo el pas. Hubo que mandar a busca r los equivalentes de la Altagracia a Repblica Dominicana para retocarlos al gusto nacional. La importacin de efectos religiosos lleg inclusive a superar la de pltanos, yautas e inmigrantes ile gales provenientes de las quisqueyanas riveras. Una semana despus de la primera aparicin tele visada, justo cuando empezaban a proliferar los kioscos y comivetes cubanos en los alrededores del san tuario se sintieron los primeros temblores. El televisor sacro se remeneaba cual vedette epilptica y la imagen trotaba con ausencia de recato digno de un gringo bailando su primer merengue. La gente se arremolin frente al aparato a los gritos de: ¡MILAGRO! Entonces comenzaron a desplomarse d escaradamente los kioscos, las c asas, los edificios, los postes de la luz, las banderas. Los carros desaparecan tragados por tneles improvisados en medio de las calles. Los fieles agarraban sus rosarios antes de caer presas de un baile de San Vito general que jamaqueaba los cimientos mismos del volcn padre de estas malhadadas nsulas. Yo me apresuro a dar fin al inslito relato que me toc vivir, presionada por el nivel de las aguas. Porque, ante la sonrisa de Mona Lisa de Nuestra Madona, asomada plcidamente a la pantalla del televisor sagrado, el mar arropa la isla entera, mientras del Puerto Rican Trench surge, prieto machete vendettoide, un inmenso chorro de petrleo pstumamente redentor. Ana Lydia Vega. .Nace en Santurce en 1946. fue profesora de francs y literatura caribea. Posee un bachillerato en Francs del Recinto de Ro Piedras de la UPR y una licenciatura en Letras Modernas de la Universit Paul Valery en Montpellier, Francia. Asimismo, posee una maestra en literatura francesa y un doctorado en literatura comparada, ambos ttulos de la Universit de Provence en Francia. Entre sus libros de ficcin se destacan Vrgenes y mrtires (1982) escrito en conjunto con Carmen Lugo Filippi, su compaera de aventuras y amiga. Este libro de cuentos explora el espacio feminista en el texto colonial y m achista puertorriqueo. Luego, aparece Encancaranublado y otros cuentos de naufragio (1983), el cual recibi un premio en el Certamen de la Casa de Las Amricas En esta obra, la alegora, la escritura ensaystica, el discurso espiritualista, el monlogo, la leyenda y las batallas carnavalescas, invaden el espacio restricto de los cuentos que nos lleva a una reflexin sobre los conflictos del mundo caribeo y su soada unidad. Su tercer libro, Pasin de historia y otras historias de pasin (1987), recibi el premio Juan Rulfo Internacional de Pars. Entre sus otras producciones literarias se encuentran: Esperando a Lol y otros delirios generacionales (1994), Falsas crnicas del sur (1991); as como El tramo ancla: ensayos puertorriqueos de hoy (1988). Tambin, tiene varios ttulos especia lizados en el rea de la educacin, tales como El machete de Ogn: las luchas de los esclavos en el Puerto Rico del siglo XIX (1989) en colaboracin con Lydia Milagros Gonzlez, Guillermo Baralt y Carlos Collazo. Adems, escribi Espagnol/Francais: quelques difficults de traduction (1986) y el famoso manual para la enseanza de francs a los estudiantes hispanoparlantes, Le Francais Vcu (El francs vivido)(1981), en colaboracin con los profesores Robert Villana, Carmen Lugo Filippi y Ruth Hernndez Torres.

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30 LA TORRE DE BABEL NGEL M. ENCARNACI"N (1979) Hay que considerar al artista como un nuevo constructor de la torre de Babel. ( [Hans] J[urgen] B[aden] Literatura y conversin {1969]) La mujer conduce al grupo de escritores, expertos en ci berntica, e ingenieros nucleares que llegaron hoy a la editorial de la planta. —La guerra contra los gneros literarios, convencionales ha comenzado seores... Inmediatamente los, hombres y mujeres se estremecieron y la in vadieron con preguntas de literatura y arte en general. Pero definitivamente la mujer tena la precisin que se encuentra en el libro, el clculo de una mquina, el juicio de un sabio, y el tacto de un proceso destilado en las letras. Para el da de hoy se ha augurado despus de siglos, la debacl e definitiva, la destruccin omnipotente, el armagedn de la literatura. —De hoy en adelan te la literatura no ser ms que un arte primitivo. El hombre moderno ver la letra como expresin similar a la que nuestros antepasados hallaron en Altamira. —Para eso veni mos aqu', para tener el gusto de conocer una mujer pedante y neurtica. Dijo un crtico de teatro. Pero el comporta miento de la mujer era como el de un soneto que no exige nada del exterior ajeno a su s catorce versos. —Yo s bien que la letra es el reino de la pobreza, que es la miccin del arte, porque el conocimiento todo, se lo engulle la ciencia, la reina del saber; la ciencia, mi madre. Ser esplendoroso el chasco que todos se llevarn cuando vean mi suprema creacin, mi hija, ella y yo seremos el golpe grande al siglo y al saber. Mrenla. Que la vean y la di sfruten, es slo el crti co literario ms perfecto ele la universalidad: la Crt-II-lit. Su centro modular es una cajita de minsculos transistores. Ms de cinco millones de cmputos en cintas micromagnetofnicas. Por ejemplo, esta cinta de cuatro pulgadas de largo tiene 5,000 datos concentrados que se amplan a una imagen de 3.5 x 1015 en esta pantalla. Sus datos incluyen to das las lenguas modernas desde la cada del imperio romano; las lenguas ms importantes (para nosotros) de la antigedad. Todos los escritores, sus filsofos, sus gramticos, sus obras. Todas las t cnicas utilizadas, los procedimientos mtricos, las revoluciones sintcticas, los sistemas expresivos, las ecuaciones programticas de sus estilos, opiniones de lo bueno, lo malo, las bibliotecas del

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31 mundo moderno. Las entrevistas, la s cartas, las fotos, fotocopia de cientos de originales, las conferencias. La Crt-II no solamente tiene dichos datos, sino que domina un centro campo de memoria progresiva que va archivando y mi crofotocqpiando constant emente, y su radio de accin no tiene lmite, puesto que en un pie de cinta se pueden archivar millones de datos. Ahora, no solamente la Crt-II tiene este mara villoso sistema, sino que posee un reparador automtico que procesa los nuevos sistemas posibles de induccin binica para ahorrar energa, sus bateras se cargan por energa solar. S; pero no suponga usted que la Crt-II es simplemente datos. Juzga las obras literarias. Las obras publicadas en la act ualidad ya han pasado por su memoria porque incluso, posee un radar por satlite con una esta cin en rbita terrestre registrando teletipos, radiales, noticieros, filmes, imprentas y editoriales a miles por segundo con una programadora selectiva exclusivamente para confecciones literarias. As que todo antecedente de una obra conocida existe en su cerebro. Hasta la ms mnima resea la tiene registrada. Junto a ello nos br inda una bibliografa. Tiene la s condiciones sociales, polticas y econmicas del lugar de la obra. Puede deci r con exactitud las obras que el autor conoce, incluyendo cine y teatro; los defectos gram aticales, los conocimientos tcnicos, los procedimientos estilsticos, la semitica y la mecnica fnica para entablar un juicio. Su juicio ser integral, conforme a las ms divers as escuelas crticas. En caso de que tome un manuscrito puede decir de dnde proviene el autor, solo microfilma el original y computa el texto, adems dice la edad y de qu cojea la obra dentro de las propia s posibilidades que la obra se exige, al ms mnimo detalle. Su cap acidad esttica es tal que en una fraccin de 10"25 seg. revisa todas las corrie ntes y modas del mundo. Puede h acer juicios parc iales si se le piden, aunque la conciencia tica programada hace que expida conjuntamente su opinin completa. Puede decir los idiomas que el autor conoce, los viajes que ha hecho, su estatus social, su condicin mental, su ni vel sexual, su peso, su estatura su conducta, su moral, su nivel de vida. En este mismo momento en que hemos estado hablando lleva registrados los datos de las ltimas tres horas universales. Puede decir los das y las horas de los das en que fue escrita la obra, las horas o meses pasados entre cada oracin, cada prrafo, cada pgina, cada parte, cada tema, y la forma y el por qu se le ocurri al auto r. Cuando emite juicio indica qu cosas pueden atraer a los seres humanos que la lean. Adems de eso, hace traducciones a los idiomas que le pidan; ella por su parte puede hacerlas a aquellas lenguas en que la obra tenga posibilidad de ser acogida El por ciento de error es casi nulo, 1 por 5.2568 x 1075 datos emitidos. Analiza libros de te xto, ficcin, ensayo, filosofa, poesa, drama, epstola, diario, exegtica, tica, filosofa, semntica, fontica, gramtica, lexicografa, etc. Con las demostraciones no hubo ms que a adir; por unos minutos los hombres continuaban envueltos en s mismos. —Solamente falta que esa mquina escriba. —Seores, la Crt-II tiene un piloto Esc III. Esc III est programado de modo que conozca y domine en igual proporcin los factores intelectuales de los considerados genios de este siglo. —S; y qu?, necesita... Necesita alma; ya lo creo, mas el proces o del cerebro se ha programado haciendo, una inversin molecular y una composicin con varios cerebros humanos que fueron mantenidos vivos despus de que sus dueos pe rdieron los dems rganos vitales, estaban, por ello, declarados muertos... Y eso es la Esc III, una creacin tan perfecta que tiene la

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32 imperfeccin humana. Su piel plstico-sinttica es una vez ms muelle que la piel regular del epitelio humano puesto que se compone de un 70 % de la piel real. Su independencia con respecto a las mquinas es absoluta, solament e depende de sus cmputos. Sin darles ms datos, es emocionalmente capaz; ama, re, sufre. — ¡Pero eso es un monstruo! —Es una creacin satnica. —Seores, la Esc III es el eslabn cibern tico, el homo ciber. Recientemente se ha experimentado una mquina creada totalmente por el hombre. Se llama Xmax-I. Todos miraron la identificacin de la mujer sobre su atractivo pecho. Tomado de ngel M. Encarnacin, Cuaderno de juglara San Juan: Instituto de Cultura Puertorriquea, 1979. ngel M. Encarnacin Rivera es autor de artculos, cuentos y poemas en espaol y portugus. Ha publicado dos novelas, un libro de cuentos y un estudio sobre el Cancionero I de Francisco Matos Paoli.

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33 Seva Cdigo Da Vinci Yolanda Arroyo El ser humano es quien inventa la ficcin para escapar de su confinamiento de una realidad existente no deseada. La ficcin puebla de fantasmas y quimeras el vaco existencial, traslada al hombre y a la mujer en su tiempo y su espacio sin que stos dejen de ser quienes son. Nunca olvidar la primera vez que me encontr con la definicin de l trmino “Ucrona”. Supe ese da precisamente que la literatura, a la que tanto afecto le he tomado a lo largo de toda mi vida, ahora tomara an ms valor en mi existencia. Un artc ulo de Gilberto Quintero Ramrez que me devor menciona que as como utopa es lo que no existe en ningn lugar, ucrona es lo que no existe en ningn tiempo. ¡Vaya paradoja! Entonces me pregunt, “la ficcin que nutre a la literatura, es, por ende, toda ella una ucrona?” La realidad es que no. Descubr ms adelante inte ntando aclarar mis dudas sobre el particular entre algunos escritores, que en si una ucrona es la pa rte de la literatura que especula sobre mundos alternativos en los cuales los hechos histricos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos. Este trmino fue ac uado por Charles Rounivier en el siglo XIX en su obra L'utopie dans l'historie segn me enterara en el Internet, como ta mbin averig que se citaban las siguientes obras representativas de ucronas en la ciencia-ficcin: El hombre en el castillo de Philip K. Dick, en la cual se narra cmo el eje ha ganado la guerra. Pavana de Keith Roberts, una sociedad inglesa regida por la Iglesia Catlica y la Inquisicin. Lo que el tiempo se llev de Ward Moore, en la cual el Sur ha ganado la Guerra a la Unin y recientemente Antihielo de Stephen Baxter, en la que el descubrimiento del antihielo, una sustancia extraa, hace avanzar la tecnologa del siglo XIX. Yo entonces me dije: ¡Carajo! “Seva”, el famoso y cont roversial cuento de Luis Lpez Nieves, es por lo tanto, el mejor exponente de la lite ratura ucrnica de Puerto Rico. “La verdad de las mentiras” ha llamado Vargas Llosa a su ltima incursin en la crtica literaria y no puedo ms que pensar en el trmino ucrona mien tras me detengo en ese ttulo, porque sin duda de eso se trata, de hacer de una verdad una mentira, con la excelencia onrica de la buena narrativa. “Una narrativa que desafa las barreras entre la ve rdad y la ficcin” ha mencionado alguna vez la Dra. Estelle Irizarry sobre Seva ; una “leyenda polmica de la verdad con su mentira” ha dicho Armas

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34 Marcelo. Y as como lo indicara la Dra. Carmen A. Sierra, de la Universidad de Madrid, “Seva surge del vaco histrico de nuestro pueblo.” Fue creada a partir de un hecho histrico que llenaba de inconformidad a un sector dentro del cual se identificab a el autor, por lo que se dio una torcedura a la historia y se cre el rellenado en prosa epistolar. “Cuando se escribe sobre la biografa de un pueblo, la historia de ste es tambin la de sus deseos”, se expres mi maestra de espaol en la Universidad de Puerto Rico, la Dra. urea Maria Sotomayor, cuando escriba para El Mundo Entonces no puedo ms que concluir que “Seva” es la ucrona hecha cuento puertorriqueo. Adicionalmente, leyendo la novela El cdigo Da Vinci, de Dan Brown, convertido en controvertible best seller no he podido ms que pensar que sta sigue la misma lnea de utopas de tiempo tan fuerte que hasta existe un segmento social que la ha adoptado como verdad ineludible o hecho infalible. En ella, “un conservador del museo del Louvre es asesinado, pero antes de morir consigue dejar unas pistas a su nieta y un investigador amer icano, descubrindose que l formaba parte de una antigua sociedad secreta llamada El Priorato de Sin. Este secreto supone una amenaza para la concepcin presente de la humanidad. Lgicamente, la Iglesia catlica se habra esforzado durante estos ltimos dos mil aos en proteger tal secret o”. El argumento de esta novela se basa en afirmar que Jess estuvo casado con Mara Magdalena, con la que tuvo una hija. Este hecho habra sido supuestamente silenciado por la Iglesia a lo largo de los siglos, mediante asesinatos y guerras. La hiptesis ha sido seguida por muchos detractores de l cristianismo que parecen encontrar ms fiable esta “novelilla” que siglos de investigacin bblica. Sin embargo, si no nos alejamos demasiado, reco rdaremos cmo “Seva” tambin en su momento fue aceptada por muchos como historicidad develada y realidad forzosa aunque en muchsimas ocasiones el propio autor explicara su versin sobre que era ficcin. De ello se ha escrito: “Cuando el semanario Claridad se vio obligado a insistir en la aclaratoria hecha en la edicin original de que aquel dossier era una obra de ficcin, nadie quiso creerle ni al semanario ni al propio Lpez Nieves. En programas de televisin, en cartas a la prensa en entrevistas, Lpez Nieves explic hasta el cansancio cmo haba concebido escribir una epopeya fundacional del orgullo patrio, y mientras lo haca se apoder de l una invencible depresi n que slo pudo conjurar urdiendo una ficcin que narrase un hecho de armas que jams tuvo lugar. (…) Puerto Rico en pleno decidi que, a despecho de las protestas del autor, los sucesos de "Seva" s haban ocurrido realmente. Todava en 1985 las calles de San Juan y los muros de Roosevelt Road s amanecan cubiertos de airados graffiti: "¡Seva vive!".” Curioso darse cuenta que tambin Brown se ha pa sado el resto de su campaa publicitaria haciendo exactamente lo mismo; aclarando que El Cdigo es de su invencin y que nada de cierto hay en l, aunque muchos consideran que lo hace por miedo a lo s tentculos invisibles de la Iglesia y el Opus Dei, paralelamente el mismo pensar que se conj etur sobre Lpez Nieves y los supuestos brazos incorpreos del gobierno federal de la poca. De “Seva” se ha dicho tanto y casi todo controvers ial. Desde que haba causado una gran conmocin y una terrible alarma, segn lo expresado por algunos medios como Claridad y WPAB Radio, hasta que era la provocadora directa de enormes problem as y la causante de una de las mayores polmicas histricas, polticas y sociales de los ltimos tiempos en Puerto Rico. Lo mismo que se ha dicho de Brown de que sus “excntricas presunciones se mezclan con hechos e investigaciones chapuceras”, o que "los errores, la s invenciones, las tergiversaciones y los simples bulos abundan "tambin se dijo en su momento de “Seva”. En una airada manifestacin llevada a cabo por el profesor Adolfo Jimnez en el peridico El Reportero ste tilda la creacin literaria de Lpez Nieves como de “desafortunada”, “patraa fantstica y pseudoliteraria”, “engaifa con visos

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35 de investigacin histrica y que es a la postre una bur la y una falta de respeto al lector”. Otros han reprobado al cuento llamndole “engao imperdonabl e”. Mario Alegre Barrios mencion para las fechas en que se descubri lo de “Seva”, algo as como que para “Luis Lpez Nieves la Historia no existe o que, en el mejor de los casos, es un invento tan plural como personas hay dispuestas a escribirla”. Considero entonces que existe un p eculiar paralelo entre las creaciones de Dan Brown y Luis Lpez Nieves a la hora de habernos expuestos Seva y El Cdigo Da’Vinci respectivamente: la bien llamada “capacidad de sugestin de la literatura” se ha pr obado en ambas. La primera vez que le sobre esta frase tan definitoria fue cuando la obra "Seva" fu e propiamente aclamada ha ce unos aos mientras Carmen Dolores Trelles de El Nuevo Da se manifestaba de ese modo sobre la misma. Para aquellos tiempos en que “Seva” se declar fenmeno, Consuelo Martnez Justiniano haba mencionado tambin: “Durante mucho tiempo se ha di ferenciado y separado la ficcin de la historia. La ficcin se ha definido como la invencin que deja rezagada a la realidad para ponerse a la altura de los sueos; para crear un mundo ideal. (…) ex iste cierta imposibilidad para separar ambas realidades cuando se trata la ficcin y la historia como elemento literario”. Mi elocucin se basa en que es precisamente ese elemento literario en “Seva” lo que lo convierte en ucrona de la buena. El cdigo Da Vinci El cdigo Da Vinci" Yolanda Arroyo Ciudad Seva El Vocero La Expresin. Origami de letras, Los documentados,

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36 Memorias inconclusas de Encerrado Bruno Soreno Sin cesar, el terror se renueva con la vejez que avanza. Incesantemente nos devuelve al origen. El origen que atisbo al borde de la tumba es el cerdo que hay en m, ese cerdo que ni la muerte ni el oprobio son capaces de asesinar. El terror al borde de la tumba es divino, y me sumerjo en el terror, de quin soy hijo. Georges Bataille, Mi madre Decir mil noches es decir infinitas noches, las muchas noches,las innumerables noches. Decir "mil y una noches" es agregar una al infinito. Jorge Luis Borges, Siete noches Encerrado. Drug City, Dirt City, Dusk City, Drag Ci ty, Dog City, Dust City, Dawn City Dick City, Dark City. El carro detenido, las ruedas girando locas en retroceso sobre el pavimento rasgado en movimiento, la carretera sinuosa, el polvo, las faunas famlicas, los arboles grises y agotados, los postes del alumbrado intiles, las flechas de direccin mentirosas y los letreros indicadores de distancia ftiles (Drug City, 28; Dirt City, 31; Dusk City, 133, Drag City, 12), el universo entero y gris y entrpico viajando vertiginsamente haci a atrs. Dniwer City. Encerrado, alejndose, reflejndose en el espejo retrovisor, es la mentira. El espejo retrovisor es un reflejo de Encerrado.

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37 Drag City, asiento trasero del carro: La Pata le aplicaba un bloullob fenomenal al miembro flccido del Cuajo, que dorma roncando como una bestia. Abre los ojos, de sbito, El Cuajo, grandes. Mira hacia ambos lados del cuadrante, asombrado, el fa lo se erige en una ereccin instantnea, se viene, vuelve a su estado de flaccidez, cierra los ojos El Cuajo, ronca, todo en el mismo segundo. La Pata traga duro, se relame los belfos, se duerme la cabeza de La Pata en el regazo del Cuajo, sobre el falo blando, que practica espordicamente alguna palpit acin ocasional. El Pel, al volante, escupe el cigarrillo por la ventana abalanzndolo al aire en movimiento de Encerrado. Yo fumo an, en el asiento del pasajero, y leo, absorto en las pgin as de un libro flaco y azul, de derecha a izquierda, partiendo de la contraportada inte ntando llegar al lmite, al origen, a la promesa imaginaria de Encerrado. Buscbamos al Maestro de Ceremonias. El humo de mi cigarrillo quieto, yo bajando vertig inosamente, con mpetu gravitacional hacia el abismo de la superficie. Las pginas del libro cieg as, quietas, mis ojos viajando raudos en un viaje, en retroceso Las noches de Encerrado son cosas verticales y las estrellas parecen alejarse infinitamente de uno hacia arriba, pero no es verdad Es uno quin cae sin fondo hacia el fondo, hacia siempre Encerrado No fue saliendo de Do City, estoy seguro, que atropellamos al perro a 87 millas por hora o a la mujer. La hitchhiker fue luego. Vol por los aires head over heels igualito que el amor como 75 pies por segundo en un segundo, bien duro. Cuando toc suelo tembl la tierra. Detuvimos el mundo y fuimos a ver. Todo un asco. Como ya tena ganas, orin sobre el cuerpo espantado en cantos. Fue solamente por variar que yo lo hice, yo siempre me meo encima y no me importa, los otros me joden, pero yo no hago caso. El mundo ser Tlon, y como El Cuajo se haba quedado roncando como un cerdo en el asiento trasero del carro, pues se lo perdi. Nos montamos en el carro. No chillamos goma, y la carretera y el mundo recomenzar on el movimiento vertiginoso en retroceso. No es verdad que no haya salida de Encerrado. Si un o supiera la frontera, el fin del territorio mustio, del suelo duro, del viento recio raspndole l as sienes a uno y masticndole el alma a uno y las entraas, uno podra salir. Si uno quiere. Dark City. Iluminada por incendios lejanos, en llamas los arbustos podados en formas de bestias domsticas. Fuimos a la librera y all estaba yo o algo muy similar a m leyendo las Obras Completas de Poe. Me pegu el tiro en la sien saqueamos la librera y nos largamos. El mundo volvi a correr y El Cuajo, como siempre. Encerrado es un pas de hierro, ancho y profundo. Grande es el territorio que abarca Son grandes sus llanuras y sus lagos. Grandes son su cielo y la tierra debajo de los cielos, y sangra. Al bom le pegamos fuego en Dust City, en la plaza. Ya El Cuajo estaba dormido y se lo perdi. Estaba loco como un chivo, el bom, y gritaba a galillo pelado. Yo estaba leyendo y me estorbaban sus gritos en los odos, los mos, los del bom, los gr itos. Hice un gesto desganado de disgusto, como cuando le revuelven a uno el pelo en demasa o cae la noche. El Pel :se percat : se levant del banco en el que analizaba los libros :fue al carro :sac una soga del bal :se acerc al bom :lo jamaque un poco :lo llev al rbol grande :lo amarr :lo abofete un poco :silb.

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38 El bom, por su parte /se me /se sacudi /habl malo /alz la mano derecha a l neonatzi /refunfu /se cag /jeringoz incoherencias /palpit como un sapo asfixiado /se estremeci /se acord de la frmula de Einstein /farfull imprudencias /tarare un bolero de Sylvia Rexach /tir pedos /mencion al Maestro de Ceremonias Yo levant los ojos del libro. Hubo viento. Me sa l del carro, camin hasta donde estaban el amarrado y el desamarrado amarrador y le habl al primero. "Qu?", Le pregunt. "En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericor dioso. !Loado sea Dios, Seor de los Mundos! !La bendicin y la salud desciendan sobre el seor de los enviados, nuestro amo y dueo, Mahoma, y sobre sus familiares y compaeros; desciendan incesantes, continuament e, hasta el da del juicio!", me respondi. Lo baamos de gasolina. Met mi mano en el bolsill o derecho. En el izquierdo estaban los cigarrillos. He conocido las gentes, las geografas, los clim as de Encerrado. He visto litorales, tundras, acantilados vociferantes, centros comerciales, to rnados arrasando con casa s y con ganado vacuno, luces de nen algunas noches y otras auroras boreales, que son lo mismo. He detectado el golpe seco de los desiertos y el hielo de las antpodas en la piel, la ma, el hielo, el de Encerrado. He detectado el fuego. He provocado el fuego. He sido el fuego. He hablado con gentes. En taparrabos los he visto. Con uniformes blicos y tnicas religiosas los ha captado mi mirada. Han ido y los he visto en vistosos bikinis, luciendo turbantes y en camellos rubi os los he presenciado. En trajes de oficina, de noche, de bao, de novia, de Eva, en mortajas en yamulkas, en pavas. A algunos he matado, a otros he saludado con cortesa. He interrogado a otros, torturado an a algunos otros, violado o acariciado tiernamente a algunos o a otros y nunca he amado a ninguno. A la hitchiker no la atropellamos. La subimos al carro, le preguntamos las preguntas de rigor, la carretera se detuvo al borde del carro y la violamos. La Pata fue la primera, y a la hitchiker le gust. El Pel tir segundo, y la desesper. Yo lanc ltimo, y la hitchiker me odi. El Pel fue por el hacha y la despedaz. El Cuajo estaba dormido y otra vez se lo perdi. No es nada peculiar el olor constante de Encerrado. Simplemente hay un trasunt o de fragancia a final de pagna, a promesa casi a punto de cumplirse, a corazn anunciando su prximo y ltimo. Como una guerra, que se cierra pero que nunca te rmina, es Encerrado. Y huelen las balas. Por fin, y cuando ya habamos decidido larg arnos de Encerrado dimos con el Maestro de Ceremonias. Fue en Dawn City. No minti el bom all estaba muy sentadito en la barra Aqu me quedo, leyendo The Book of Thousand Nights and One Night, traduccin de Burton. El Cuajo dorma. Por nica vez enternecido, incrdulo de tenerl o al fin ante mis ojos despus de tantas noches, le pregunt: "En cual de todas las noches es que habitas, Maestro?". "En la milsima primera noche, hijo. Han hecho bien, este cuento tendr un final feliz. ", me respondi. Le entregu el tomo con la pgina marcada, atestado de alegra y de alivio, si ntiendo algo parecido a la redencin, loco por irme,

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39 al fin. Estoy casi seguro de que el al fn senta lo mismo. Lea sonredo, alegre, ansioso. Una lgrima le bajo del ojo a la mejilla al cuello al co razn justo cuando ley la ltima palabra. Era TheThousand-and-Second Tale of Scheherazade, de Poe. El Pel hal el gatillo, pero lo hiri. Yo dispar despus. Salimos de Dusk City al amanecer. No fue difcil escapar a las patrullas y a los albatros que nos perseguan intentando colgarse a nuestros cuello s, dada la rapidez del mundo. Letrero, en movimiento perpetuo hacia nosotros, hacia atrs, hacia el tiempo: Drag City, 12. El Cuajo se despert con los ojos grandes y pel udos, miro a ambos lados de l cuadrante y pregunt: "Are we there yet?" Cerr los ojos, ronc. La Pata le baj el ziper. Agach su cabeza, la de la Pata, sobre su regazo, el del Cuajo. Buscamos al Maestro de Ceremonias. Bruno Soreno: Escritor puertorriqueo (1970). Estudi filosofa y literatura comparada en la Universidad de Puerto Rico. Actualmente trabaj a como "freelance writer" en Nueva York. Ha publicado narrativa en diversas revistas puertorriqueas (Postdata, Nmada) y en Internet ( Letralia Un texto suyo aparece en la Antologa del cuento latinoamericano del siglo XXI (Mxico, 1997).

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40 HISTORIA DE UN DILOGO INTIL Pedro Cabiya (1999) Un caballero entr en el caf atestado. Con gran desasosiego se resign a compartir la mesa que un solitario caballero ocupaba al borde de la plazo leta. El solitario caballero no present ningn inconveniente y el caballero se sent. Y he aqu qu e ambos caballeros beban y lean el peridico sin mirarse ni dirigirse una palabra. Pero el caballero tuvo escrpulos de estar all sentado sin darle conversacin al solitario caballero. En realidad le ag radaba estar as, en paz, leyendo su diario y saboreando su caf, pero la presencia de otra pers ona en la misma mesa impona un silencio molesto, un silencio indeciso, un silencio ba lanceado, un silencio en vilo qu e manchaba la serenidad con que leera la prensa y gustara su caf si estuviera so lo; pensaba que el solitario caballero pensaba que sera corts proponer un tema. Entonces vio en el peridico la resea de un novedoso espectculo: un hombre, merced a sus poderes hipnticos, haca que las personas ladrasen como perros, mayasen como gatos, silbasen como peces o se estuvieran tan tiesos como var as de ausubo. El artculo aada que este hombre mostraba tener tambin un proba do dote teleptica, es decir, que lea los pensamientos. El caballero lo consider todo una farsa y decidi comunicar su escepticismo al solitario caballero, que ocultaba su rostro tras el peridico. —No s cmo piense usted, pero yo... —Yo tampoco creo en la telepata— lo inte rrumpi el solitario caballero, sin asomarse. Tomado de Pedro Cabiya. Historias tremendas San Juan / Santo Domingo: Isla Negra, 1999. Pedro Cabiya (1971, San Juan, Puerto Rico). Sus cuentos han aparecido en prestigiosas revistas y antologas nacionales e internacionales. Es autor de los libros Historias tremendas, Historias atroces y de la novela grfica nima sola ; publicaciones que han alcanzado la categora de objetos de culto. Su novela La cabeza promete reafirmar esa trayectoria. En 2005, Pedro Cabiya fue finalista para la posicin Sor Juana Ins de la Cruz Writer-in-Residence, en DePaul University. Vive en Santo Domingo y San Juan.

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41 Jos E. Santos Ernesto y Arturo Lugo nunca zanjaban sus diferencias. Los he rmanos se conocan demasiado bien, y por lo mismo, como si amaran toda paradoja, se queran incondicionalmente. Fuera por su proceder en un partido de baloncesto cuando nios, o por las consecuencias de tal o cual hecho en la hist oria insular, o por su reprobacin a la eleccin momentnea de novia de alguno de ellos discutan ferozmente. Ahora a sus ciento un aos de edad (cincuenta y uno Ernesto y cincuenta Artu ro, por supuesto) su vida se coronaba de la dicha de quienes han logrado sentir que su vida ha valido algo. Ernesto era ya el vicepresidente de un laboratorio afamado loca lizado en la antigua Ensenada y enseaba Fsica en el Recinto de Mayagez de la Univ ersidad. Arturo enseaba Humanidades, y haba publicado una decena de libros de tema hi strico y cultural. Ambo s eran el orgullo de su familia, bien que la misma se quejaba de que siempre tuvieran que reir tan encarecidamente. —Resgnate y celebra conmigo que ya no hay vuelta atrs—deca Ernesto mientras sonrea a cntaros. Los hermanos iban de camino al laboratorio de Ernesto, pedido poco usual de Arturo en una tarde hermosa y soleada. —Morir prefiero antes que re signarme —contestaba despacio Arturo. —No eres sensato y te vas a amargar. Piensa en todo el bi en que has hecho por los estudiantes y reconoce que esa es tu vocacin no im porta lo que pase. La vida es as y nada va a cambiarlo. Mientras ms pronto lo acepte s ms pronto te recuperars. Y para qu queras que te llevara al labo ratorio? Mira que da regio, deberamos ir a Joyuda o a Boquern, o al menos a la Parguera que nos queda en el camino.

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42 —Cllate ya y habla de otra cosa. —Bueno, es que me tiene intrig ado el paquete que pus iste en el bal. —Ya te enterars. Sigue guiando. Ms que malestar era ansiedad lo que senta Arturo. Deseaba llegar de una vez al laboratorio de Ernesto, donde podra echar a andar el plan urgent e que haba decidido adoptar como suyo. Algunos meses atrs aparec i en la biblioteca de su casa un objeto peculiar. Tena la forma de una ametralla dora prolongada o un rifl e oblongo o algo as. Vena acompaado de una nota que lea en i ngls "Use the gun, you will know what to do when the time comes, and it will come soon. Ch ange things way back then. Put the small cylinder in the machine and you will get there. The machine has been confiscated in our time." Envuelto en la nota vena un cilindro que aparentaba ser de diamante o de algn tipo de cristal. Al final de la nota firmaba un tal "The Last One" y segua una fecha, "2198", y el dibujo de la bandera de la Revolucin de Lares. Arturo despus de algunas semanas comprendi que se trataba de un mensaje, de un pedido de auxi lio, y por esto se le iba la calma, se le iba la vida. Alguien desde exactamen te un siglo en el futuro le adverta de lo que pasara en la Isla, ahora que la suerte estaba echada. Ernesto estacionaba ya su Cadillac seudo-levitante del 2095. —Llegamos. Ahora di a donde quieres que vayamos. —Vamos a la mquina, que vas a hacer un experimento de primera. —No me jodas Arturo. Sabes bien que la mquina no es para ju egos y que todava est en una etapa experimental. La famosa mquina era simplemente la primera mquina para viajar en el tiempo. Ernesto, genial cientfico, hab a contribuido a su creac in, por lo que cont aba con uno de los prototipos del proyecto. Ha de aclararse que de hecho, su modelo era el mejor de los que se haban construido. —Para qu coos quieres usar la mquina? —Prometes que me escuchars? —Acaba y dime. Se haban sentado en la antesala que daba al cuarto donde esta ba la mquina. Ernesto palideca ante lo que le pareca una locura de Arturo. Muchas veces se haban enfrascado en discusiones que rayaban en la viol encia. Su firme sentido de lealtad a la sangre, a la crianza, a sonrer y reconocer la integridad de cada cual era lo que siempre resolva el pleito a favor de ambos. Ernesto escuchara. Nunca su hermano haba sugerido una locura, aunque deseara Ernesto en el fondo que se equivocase. —Recuerdas hace un tiempo que me llamaste y no quise atender tu llamada por mucho tiempo? —Claro, todava me pr egunto qu habr sido todo aquello. —Pues esa tarde cuando llegaba a casa escuch un ruido que vena de la biblioteca, y cuando entr en ella esto fue lo que vi. Arturo abri el paquete, y sac de entre varios objetos el rifle oblongo y extrao. —Y eso?

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43 —T me podrs decir me jor que eres el experto, pero me imagino que es algn rifle lser o algo as. Apareci de la na da junto con una nota que daba a entender que vena del futuro, de un momento en que tu mquina ya se r algo comn o al menos desarrollado. Ernesto lo tom. Abri el cuarto de pruebas y puso unos cilindros de metal en una cabina experimental. Dispar el arma y vio como se desintegraban los objetos. —Es un lser que desintegra. Es un ar ma excelente, peligrosa en exceso. ¡Dios Santo, es algo de otro mundo Arturo! —Me lo imaginaba. —Pero por qu te mandan esto a ti? La discusin tom el giro que se espera ra. Para Ernesto se acl araba el sentido de todo aquello. Su hermano sera la nica persona ca paz de entender el propsito del mensaje, y en esencia, era el nico lleno de la volunta d para realizar el pedido extraordinario. —Hay un problema, Arturo. La mquina, en su estado presente slo viaja al pasado, y hasta el momento en que ha sido creada. —Yo sospecho que este ob jeto deber corregir esa limitacin. Arturo le dio el cilindro cristalino que acompa el mensaje y el arma. Ernesto asenta al reconocer a simple vista lo que era todav a una idea que se gestaba en su mente y sus notas. —¡Formidable! ¡Excel ente! No imaginas lo que esto adelanta el proyecto, lo que representa para la ciencia?—, exclamaba em ocionado Ernesto, ya casi dando muestras de entusiasmo y deseos de echar a andar el experimento. —S Ernesto, me imagino lo importante que debe ser esto y todo lo que adelantar. Pero representa otra cosa para m y lo sabes. —Lo olvidaba, es cierto, lo siento. Sabes que no puedo permitrtelo, que va en contra de lo que siento, y adems eres mi hermano. —Djame ir Ernesto. Piensa que este obj eto es mi regalo para ti y para tu mundo, para tu futuro, pero bien sabes que no es el futuro que yo quiero. —Resgnate Arturo. Seremos estado de la Unin dentro de cosa de meses. No puedes sentirte feliz por m y por los otros que hemos deseado esto por dos siglos ya? Eres valioso, qudate. —No ser mi mundo, Ernesto. No lo podr ser nunca. Te quiero, hermano, pero ese no podr ser mi mundo nunca. Reglame el mo. Ernesto ya vea como el peso de sus em ociones lo sumerga en la oscuridad del dilema. Acceder era trastocar tal vez el orden universal. Por otro la do era su hermano, el de las rias, el de las satisf acciones, el de toda una vida de in tegridad, amor y lealtad. Lo mir fijamente a los ojos. Suspir fu ertemente, se pas la manga de la camisa por los ojos para ocultar una lgrima y le sonri. —Tal vez no nos volvamos a ver, sabes? —Tal vez nunca seamos, lo s. Pero debo hacerlo Ernesto, por lo que ms quieras entindeme. No me niegues esto. —Nunca te he fallado Arturo. Ve n, entremos. Te voy a regalar un mundo, espero. —Yo tambin lo espero.

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44 —A m no me cabe duda Arturo, lo vas a lograr. Mientras Ernesto preparaba la mqui na, Arturo sacaba del paquete unas granadas, un revolver semiautomtico ltimo modelo, y varias cajas de municiones. —Y ese mini-arsenal? —Nunca se sabe cundo se van a daar las cosas, as que lo llevo por si acaso. Y se rieron a carcajadas juntos por ltim a vez. Al beso en la mejilla sigui un abrazo interminable. Arturo se ubic en el espacio que le corresponda en la mquina con el arsenal y el rifle oblongo. —A qu hora prefieres llegar Arturo? —Que sea al atardecer de la vspera. Quiero tener tiempo para pensar, y para recordar. Ambos se sonrieron. Ernesto marc la f echa precisa. Se miraron f ijamente otra vez. Se sonrieron. —Dale mis saludos al general Miles—le dijo Ernesto, al pulsar lo s controles. Y Arturo, agradecido, y con alguna lgrima, alcanz a contestarle mientras se desvaneca: —Con gusto, con mucho gusto… (Tomado de Jos E. Santos, Los viajes de Blanco White San Juan: callejn, 2007.) Jos E. Santos (San Juan, 1963) es un escritor de Puerto Rico y pertenece a la Generacin del 80. Estudi en el Recinto de Ro Piedras de la Universidad de Puerto Rico y en la Brown University (Providence, Rhode Island). Ha trabajado como profesor en Rhodes College en los EE. UU. y en la Universidad del Sagrado Corazn en Santurce. En la actualidad ensea Literatura Espaola en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagez. Adems de crtico litera rio (su mbito de estudio es prevalentemente la literatura espaola de los siglos XVIII al XX), es un original autor de poesa y prosa y su escritura es representativa de la trayectoria cultural-literaria de su isla. Debut con el poemario Pequeo cuaderno gris que sali en 1987, al que siguieron Crnica de la degustacin (2005), Despus de la espera (2006) y Libro de Venecia (2007); poemas suyos han sido incluidos en la Antologa de la poesa latinoamericana del siglo XXI (1997) de Julio Ortega. La obra narrativa cuenta con las colecciones de cuentos Archivo de oscuridades (2003), Deleites y miserias (2006), Los Viajes de Blanco White (2007), Los comentarios (2008) y Trinitarias y otros relatos (2008).

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45 CABEZA CABLEADA Ral Soto Es una noche perfecta; nublada y oscura. La sonri sa torcida de una Luna creciente se asoma furtiva entre los edificios de la ciudad. Media docena de faroles generan islas de luz en la acera oscura, mientras una leve llovizna ayuda a reducir an ms la visibilidad. Bendigo la lluvia y sonro... mi blanco estar menos alerta, y yo ser ms difcil de ver. Cruzo la calle, veloz y silencioso como una sombra y corro hacia una fila de edificios viejos que parecen estar fuera de lugar en este sitio. Mi mundo es verde y negro; los edificios, la calle desierta y el cielo lluvioso componen un concierto monocromti co a travs de mis gafas de visin nocturna. Subo rpidamente la escalera de incendios de uno de los edificios desiertos. Me detengo al alcanzar un punto predeterminado en la azotea; apago las gafas y desde arriba examino mis alrededores a travs de la mira telescpica de mi rifle. Las lu ces y sombras, las superficies y reflexiones, los sonidos y hasta los ecos de mis pisadas en la cal le desierta —an la lluvia y los charquitos en la acera— todo luce perfecto, suena perfecto, se siente perfecto. Es increble. Me arrastro con lentitud hasta que alcanzo otro punto predeterminado en la azotea del edificio. Cambio las gafas de visin nocturna a visin term al, y mi mundo verde repentinamente se torna negro como la tinta. Ya es hora de acechar a mi presa.

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46 Tomo un bocado de aire nocturno y comienzo mi ru tina de control de respiracin. El aire estaba fresco y limpio —de hecho, demasiado limpio, s obre todo para una noche supuestamente hmeda—. Me hago una nota mental de hablar con ellos cuando termine aqu... Examino el rea hasta que alcanzo a ver una figur a anaranjada-rojiza parada al lado de una puerta entreabierta, en un angosto callejn entre edificio s. Vuelvo a cambiar mis gafas a visin nocturna y aumento la magnificacin para confirmar la identificacin del blanco. —Idiota ignorante —susurro, mientras observo el pun to luminoso del cigarrillo que la figura verde acerca a su cabeza. La silueta oscura del humo que exhala segundos despu s confirma mi buena suerte. Fumar reducir an ms su visin nocturna... Mala suerte, tipo. Asumo mi posicin de disparo... y una vez ms, como tantas veces antes, si ento ese torrente animal de adrenalina corriendo por mi cuerpo; una excitaci n hormonal, visceral que hincha mi pecho; una sonrisa involuntaria en mi rostro —matar— que cada vez se pone mejor. Cierro mi ojo dominante y comienzo de nuevo mi rutina de control de respiraci n, a la vez que aumento gradualmente la presin en el gatillo durante las pausas de exhalacin. Cambio otra vez mis gafas a visin termal. Un di minuto punto de luz roja, enfocada y coherente, aparece en la frente de mi blanco. El fumador nunca nota el lser que lo condena a la muerte. Aprieto el gatillo directamente con la yema de mi dedo ndice. Como un rayo, la bala azota la figura humeante, buscando dentro de su cuerpo el alma —como si tuviera una—. En un abrir y cerrar de ojos, mi blanco cae al suelo en medio de un char co de su propia sangre... una sangre cuyo flujo y consistencia han sido m odelados perfectamente usando los ms recientes modelos matemticos de mecnica de fluidos viscosos, una sangre cuya superficie y textura son kerkytheadas de manera exquisita por los mejores motores de rendering tridimensional. MISI"N CUMPLIDA Las palabras flotan en el aire como las palabras del ngel en la historia del profeta Daniel. He sido evaluado, pesado, pero, a diferencia del rey de la historia bblica, no fui hallado en falta. Junto mis manos palma contra palma y en un instante siento que el mundo a mi alrededor se derrite como un cuadro de Dal. Luego de unos breves segundos de desorientacin me encuentro en el Centro de Adiestramiento, donde los jugadores de todo el planeta nos reunimos para seleccionar misiones, guardar nuestro progreso, o conversar con los Creadores. Despus de guardar esta misin, y darles una lata a los Creadores sobre la calidad virtual del aire virtual en la noche virtual, llamo al Interfaz y sel ecciono un cuarto de chat. Quiero relajarme y tal vez fanfarronear un rato sobre mi ms reciente victoria en Shadow Sniper, el juego de ciberespacio ms caliente de la nueva temporada. Pero entonces lo siento, y peor que nunca antes. El dolor de cabeza. Siempre el cabrn dolor de cabeza. Suelto varias palabrotas, porque quiero que darme aqu, pero aquel dolor inhumano, atroz y cegador, me recuerda que es hora de regresar al mundo real. A la realidad de carne... A meatspace corrijo. Tengo que desconectarme, ahora mismo, antes de que el dolor se haga insoportable. —¡SALIR SALIR! —grito, y de inmediato el m undo a mi alrededor se convierte en un denso mar absolutamente oscuro. Por un tiempo inconcebible siento como si cayera por un pozo oscuro, infinito, hasta que mi cerebro por fin alcanza el estado sobrenatural de paz de la transferencia mental, el proceso de upload/download. Nirvana, lo llamaban muchos.

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47 Y as, mientras mi conciencia regresa gradualmente a mi cuerpo —al de carne— el torrente de adrenalina por fin se aquieta, yo pienso en el ciberespacio. * —Ciberespacio —susurro en mi mente, casi sa boreando los sonidos que componen la palabra, mientras torrentes de terabytes de informacin fl uyen por mis neuronas como herona por las venas de un adicto. La libertad, sus fronteras abiertas, la fascinante demencia de este mundo surrealista, me sedujeron tiempo atrs. Lo he probado todo en el ci berespacio: juegos basados en operetas de ciencia ficcin; simulaciones militares en l as que soy soldado o general en mil diferentes pases y perodos histricos; sims de fantasa donde mato dragon es y rescato doncellas en peligro; y hasta algunos de los nuevos sims erticos. Una vez entr por curiosid ad en un sim japons para nios. Mi avatar era un nio pequeo, y luego de un rato estaba seguro de que al menos la mitad de los otros 'nios' eran realmente adultos, policas encubiertos y pedfilos. El slo pensar en eso me hace estremecer de asco. Esta noche he sido un asesino. El mejor. El ciberespacio es la culminacin de uno de los sueos ms viejos de la humanidad: un mundo virtual sin fronteras, donde la gente puede relaciona rse sin importar geografa, gnero, etnia, edades o riqueza. En el ciberespacio puedo ser lo que quiera. Puedo escoger el avatar que me d la gana — hombre, mujer o marciano; piel negra, blanca o verde—. Es un lugar asombroso donde el alma no carga ms con los aos del cuerpo, donde la mente puede alcanzar su mximo potencial. Slo en el ciberespacio puedo sentirme verdaderamen te libre, libre de las preocupaciones ordinarias y del cinismo corrosivo del mundo real. Aqu pue do relacionarme con personas de todo el mundo. Personas inteligentes, interesantes, no atorrant es incultos como mis condenados vecinos. Deseo quedarme aqu, quedarme para siempre, alguien debera inventarse algo... He tratado de quedarme, desde luego, muchas veces. Hasta que llega el dolor de cabeza... Un manto de oscuridad envuelve mi mente como una nube de tormenta en el cielo borrascoso. El download va por la mitad; mi conc iencia retorna lentamente a mi cu erpo de carne, luego de su viaje astral tecnolgico a una realidad virtual que slo existe como una cadena infinita de ceros y unos, dentro de un cluster de supercomputadoras al otro la do del planeta. O tal vez en rbita. Realmente no s, ni me importa. Qu es la realidad, despus de todo? Me he hecho esa pregunta un milln de veces. Lo que conocemos como realidad no es otra cosa que impulso s elctricos que entran al cerebro a travs de sus rganos sensoriales. En el ciberespacio el cerebro recibe estmulos e impulsos elctricos directamente. Por qu esta realidad es menos real que la otra? Slo porque nacimos en la otra? Por qu demonios no podemos escoger? Por el maldito dolor, me respondo a m mismo, ta mbin por millonsima vez. Siempre el dolor. Wirehead's Syndrome —Cabeza 'e Cable, traduccin boricua de la calle— era la protesta del cerebro humano contra estos viajes antinaturales hacia un mundo tecnolgico ms all de la evolucin natural. * El mundo a mi alrededor se torna gris, y siento la realidad, la de carne, arroparme como un manto fro. Abro mis ojos y veo un abanico sucio dando vueltas en el techo, vueltas y vueltas en el mismo sitio sin llegar jams a ninguna parte... Como yo? Durante unos segundos me siento maravillado por la ex traordinaria irrelevancia de ese pensamiento, pero rpidamente lo echo a un lado. Con mucha difi cultad logro sentarme en el filo de la cama.

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48 Apoyo mi cuerpo en una mano mientras con la otra palpo la carne alrededor del cable del puerto de ciberespacio que tengo implantado en mi nuca. Mi piel se siente hinchada, enferma. Luego un par de intentos, finalmen te logro desconectar el cable; y desencadeno otro dolor de cabeza, probablemente un diez en la escala de Richter. Aprieto los dientes y me tiro en la cama, gimiendo y retorcindome hasta que poco a poco el dolor se hace tolerable. Miro entonces a mi alrededor, a la porqueriza en que se haba transformado mi apartamento. Hay DVDs, revistas, memorias USB, libros, papeles y basura regados por todos lados. Media docena de botellas de cerveza vacas cubren una mesa pequea al lado de mi cama, junto a platos con sobras. La pintura de las paredes y el techo est agriet ada y escamosa. Puedo captar una docena de ojos diminutos y sin vida observndome: fotografas polvo rientas de familiares olvidados que conservaba por alguna razn, tambin olvidada. Las ventanas est n adornadas con rejas oxida das, lo que le da al pequeo apartamento la apariencia de una celda de prisin, irnicamente diseada para mantener a los criminales afuera. —Cristo, cunto tiempo estuve afuera esta vez? —m e pregunto, asustado. He cogido la costumbre de hablar solo. No es una buena seal. Pero no me atrevo a mirar el reloj... ni el calendario. El tele est encendido, y el baboseo idiota de un programa de entrevistas y peleas chacharea en el trasfondo. Una cancin nueva de reggaeton —alguna pendejada sin sentido sobre matar policas— alborota en la calle a medio milln de decibeles, ah ogando los gritos de la vecina que est peleando, como siempre, porque su marido lleg a casa tarde y borracho y apestando a perfume barato de mujer. Las sirenas de la polica le allan a la Luna en la distancia. —La misma mierda de siempre —me digo, otra v ez hablando solo. Es sorprendente cmo uno puede con el tiempo acostumbrarse a lo que sea. Mi estmago, poco cordial y muy inoportuno, trae a mi atencin un importante detalle: estoy terriblemente hambriento. Me pongo de pie, an mar eado; es probable que el nivel de glucosa en mi sangre est por el piso. Ignoro mis deprimentes alre dedores y me arrastro hasta la cocina, pensando que deben quedar algunos pedazos de pizza de sabe Dios cundo. En cuentro dos en una caja dentro de la nevera y los devoro. Toso, y mi nariz comienza a sangrar. Otra vez, maldita sea. Decido limpiarme la nariz con mi camiseta. —Bienvenido a meatspace tipo. El verdadero mundo real... Me quito la camiseta e intuitivamente me huelo las axilas, y me doy cuenta de que es hora de darme un bao. De camino a la ducha, paso por al lado de l espejo del bao. Sin pensar le echo una mirada y, para mi sorpresa, no reconozco el rostro al otro lado del espejo. —Ese no puedo ser yo... —balbuceo, an incrdulo—. Dios mo... El hombre en el espejo es flaco, demasiado flaco. Su s ojos estn rojos de fa tiga, rodeados por unos horribles crculos negros. Su nariz est embarrada de sangre seca, y su cara exhibe una barba de varios das. La figura en el espejo tiembla ligeramente, y me doy cuenta de inmediato de que no es slo por la hipoglucemia inducida por el extenso viaj e de ciberespacio, ni por estar casi deshidratado. Me froto los ojos con las manos y miro al espejo una vez ms; parte de m espera que aquella imagen fantasmal se largue, que desaparezca. Pero all est t odava el rostro espantoso, con su mirada vaca y su expresin de absoluta miseria. Nos miramos a los ojos, como si compartiramos un ch iste privado, de esos ta n viejos que ya nadie se re de ellos. Por un instante mis ojos se quedan como pegados al espejo y me sumerjo involuntariamente en una tormenta de emocion es humanas mientras mantengo con el tipo del espejo un juego de gallina, retndolo, s, vamos a ve r quin es el cobarde que cede primero...

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49 Luego de unos segundos bajo la vista y me alejo. El tipo ese del espejo... es slo otra marioneta de carne. * Luego de tomar una ducha —por lo menos a n tengo agua aunque hace meses que no pago, el sindicato de Acueductos probablemente est otra v ez de huelga—, me visto y regreso a la cocina. Abro la nevera casi vaca y confirmo que, tal como testifica solemnemente la coleccin de soldaditos Heineken muertos en mi cuarto, ya no me queda cerveza. Un dolor agudo en mi espalda se une al dolor de cabeza palpitante en un dueto de miseria. Un trago de Coca Cola caliente persigue un par de aspirin as por mi garganta hasta llegar a mi estmago. Se me ocurre la idea de tomarme medio litro de caf puertorriqueo, pero desisto luego de darle una mirada a la cafetera asquerosa. Usualmente tengo su ficiente cafena en mi sangre para revivir un muerto; adems de treparme casi al filo de la locu ra, ayuda a mi cerebro a resistir el esfuerzo de navegar el ciberespacio por ms tiempo. Eso dicen. Algo me hace sospechar que algn da mi estmago va a reventar por eso. Adems, no me queda leche. Me gusta mi caf con leche. Tendr que salir... afuera. * El aire caliente y hmedo del Caribe me abofetea con un duro cantazo de realidad en el preciso momento en que abro la puerta para salir de mi apartamento, por primera vez desde sabr Dios cundo. Son ms de las siete de la noche, pero el dbil resplandor del sol poniente me lastima los ojos. Aseguro la puerta del frente con tres candados, y camino con prisa hacia la pequea cafetera de la esquina. Me han robado muchas veces en esta calle, y quiero regresar a casa antes del oscurecer. Todava mareado, me tambaleo por un momento. Mis rodillas me fallan; doy un par de traspis hasta que puedo sostenerme contra una pared sucia y apestosa, repleta de graffiti y de a nuncios polticos de la eleccin pasada. Pauso un momento para rec uperarme y enderezarme; doy una mirada a mi alrededor, al mundo real — meatspace la realidad de carne— y me encuentro sorprendido por un mundo que para m es cada vez ms ajeno. Las races de un rbol viejo han arrancado y levantad o grandes pedazos de cemento en la acera. La mayora de los faroles en la acera estn fundidos, y los pocos an con vida luchan por encender sus luces de mercurio y combatir la pesada oscuridad que avanza como una marea sobre la sucia calle. El aire apesta a pollo frito mezclado con orina de perro s, y con el hedor de los borrachos y tecatos que duermen sus sobredosis de hero na al lado de una alcantarilla. Y segn camino por las calles de mi barrio, entre la ba sura y los perros realengos, entre el mal olor y los matorrales, pienso en lo hambriento que estoy, en cmo demonios esta mierda de sitio puede ser la realidad... y en cunto tiempo ha pasado desde la ltima vez en que habl con otro ser humano, cara a cara. Mi doctor me ha advertido que tengo que esperar al menos cuarenta y ocho horas antes de regresar a ciberespacio. Segn l, mi cerebro ya est jodido por estar demasiado tiempo en lnea. Los dolores de cabeza son una advertencia, me ha dicho el tipo. Si sigues as te vas a frer el cerebro... Pero hace tiempo decid que me importa un carajo lo que el doctor diga, porque en el ciberespacio yo soy importante; no soy otra alma olvidada sin sueos ni futuro, que se ha resbalado y perdido como agua entre los dedos de la sociedad. No, en el cibe respacio yo soy el hroe, el machote, el mostro el caballero y el hechicero, el astronauta y el asesino. Yo soy alguien ; y si se es mi vicio, mi adiccin, pues que se joda, porque cualquier cosa, cualquier cosa es mejor que vivir la vida de una marioneta

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50 de carne. Cualquier cosa es mejor que el dolor de cabeza asesino e insoportable. Cualquier cosa es mejor que ser aquel hombre, aquella sombra de homb re triste y sombra con ojos aterrorizados que me mir desde el otro lado del espejo, reflejando el grito silente de una esencia esclavizada que slo anhela ser libre. Pal carajo el mundo real. Es hambre y dolor, y gente que te juzga por lo que ven, y no les importa quin eres en realidad. Est jodido, como un Si stema Operativo corrupto... y la nica solucin es apagar y volver a empezar... shutdown y reboot ... Todo lo que deseo, lo nico que quiero, es regresar a ese otro mundo, al mundo de infinitos polgonos tridimensionales y de superficies exquis itamente modeladas, donde las calles no apestan a alcohol y a mierda, donde yo soy el depredador y no la presa; donde no tengo que temer que en medio de las calles oscuras me rompan la cabeza, o el corazn. Ms que nada quiero sumergirme de nuevo, para siempre, en la tecnohechicera que c onecta mi cerebro con el mundo entero mientras me desconecta de la humanidad; en esa maravilla de l ingenio humano que une mi mente con millones de otras aunque me divorcie de mi propia alma. * Es una noche espantosa; nublada y oscura. La muec a retorcida de una luna menguante afea el cielo del anochecer. Una llovizna ligera y melanclica deposita charcos y fango en la calle. No lo veo venir... hasta que repentinamente siento el dolor de un fuerte golpe en la parte de atrs de mi cabeza, y caigo de bruces en la acera. * Luego de unos minutos de desorientacin, me en cuentro tirado en la acera. Mi cara est hmeda y caliente, y s que es gracias a mi propia sangre. Con un golpe certero en mi cabeza el tecato —slo un nio en realidad, probablemente de la mitad de mi tamao— me ha dejado inconsciente, me ha robado el poco dinero que tena en el bolsillo y ha desaparecido en el anonimato de una oscuridad que avanzaba inexorable. Hambriento y herido, me levanto con dificultad y me arrastro de regreso a mi apartamento con un solo pensamiento en mi mente: Shutdown y reboot... * Mi apartamento se siente ms solitario que nunca, pero no me importa. Confronto las miradas silenciosas de los rostros sin nombre, eternament e observando y frunciendo el ceo y juzgando, y en un desafo final les devuelvo la mirada, les regalo el dedo del medio y me les ro en la cara. Me conecto de nuevo el cable de ciberespacio, y dis fruto —¡por fin!— del placer orgsmico, de la explosin de luz blanca que inunda mi ce rebro durante el upload ... ¡Nirvana! Y en mi mente, por ltima vez, me siento importante, humano y completo. Ignoro adrede la nube oscura que comienza a envolver mi mente e invadir mi campo visual, hasta que el entumecimiento y el mareo regresan. Eventualmente el dolor de cabeza tambin regresa, peor que nunca, pero tambin lo ignoro. Otra irrelevancia ms en mi vida. No voy a regresar. Navego por el ciberespacio durante lo que me parece toda una vida, hasta que un nuevo tipo de oscuridad, fra y sin vida, comienza a enterrarse en mi conciencia. Y justo antes del fin, justo antes de que mi conciencia se desvanezca en medio de la in finita constelacin de data que es el ciberespacio, justo antes de que mi cerebro haga cortocircuito, e xperimento la final y ms grande irona de toda mi

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51 vida... muero viendo un mensaje que aparece en el ai re frente a mis ojos, un epitafio virtual que con fieras letras rojas me sentencia: GAME OVER Ttulo Original: Wirehead Games Ganador del 1er Premio para Cu ento (categora de cuento en ingls) del Certamen de Literatura de la Univer sidad del Sagrado Corazn, San Juan, Puerto Rico, marzo de 2003 Traducido en a gosto de 2007 por Ral Soto Ral Soto naci en en la ciudad de Arecibo, Puerto Rico, el 21 de septiembre de 1968. Actualmente reside en Los Angeles, California Se gradu de ingeniera mecnica en la Universidad Politcnica de Puerto Rico ( Bachelor of Science, Magna Cum Laude ). Ha trabajado durante quince aos en los campos de robtica industrial y sistemas de informaci n, en roles tanto tcnicos como gerenciales, en las empresas Johnson & Johnson (equipos mdicos), Hewlett-Packard (computacin), AstraZeneca (productos farmacuticos) y Amgen (biotecnologa). Ha escrito medi a docena de cuentos, tanto en espaol como en ingls. Espera tener tiempo suficiente para pulir otros y enviarlos.

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52 FIERABRS ARAVIND ENRIQUE ADYANTHAYA Fierabrs era el mundo, pero no lo saba. Fierabrs era un coso de mucha antigedad, que desde pocas toscas tena la propiedad de surgir del fuego cuando alguien le ca ntaba la cancioncita de Fierabrs. Y en los bosques le danzaban muc ho y le echaban lea y en su honor alzaban las plantas de los pies y lo azuzaban y revolcaban, apalabrndolo: Memo odiaba su nombre propio y al leer el nombre de “Fierabrs” le pareci un nombre muy sonoro y atractivo Cudate de las almas. Jemefonte tucu malo Momo junte acabs. Ponte el saco y saca el pote Que te sale Fierabrs. Que era (en parte muy mnima) la cancin de Fierabrs. Y la cancin segua: AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAh AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAh Y al escucharla Fierabrs se requeterelama y se requeterelama y pensaba en cometer la maldad ms grande de todas. Y al saber esto, nada menos y mucho ms, vini eron, a saber, Jacho y Macaco y Macaf con Botas y Macaf Descalzo y ota, que era una enana bien fea hecha de frutas del pas, y la

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53 amiga de ota que se llamaba Gracia. Y Jacho y Macaco y Macaf con Botas y Macaf Descalzo y ota y su amiga Gracia se contrar econtrarequeterelaman al danzar tambin juntos con el coso Fierabrs y saber que tal coso es taba pensndolo bien (a unque no mucho) antes de cometer la maldad. El baile era: Ascatisquis ascatisquis Ascatisquis ascatisquis Y la gente cogi miedo. Y le preguntaron al coso si no estaba cansado de tal cosa, si no quera no cometer la maldad, si no prefera tal vez al gn paseo o refrigerio, y Fierabrs dijo que no. Entonces la gente profiri: ¡Srbareif elas et euq! Que era el verso de Fierabrs, enrevesado. Y Fierabrs dijo, efectivamente: “He bailado”. Mientras se quedaba dormido lo dijo. Dorma y lo deca. Se durmi diciendo: “He bailado”. Entonces pasaron las edades del mundo. Entonces los espritus se quedar on guardados en los dobleces de la nada mientras la humanidad haca lo suyo, la historia, la vida. Entonces fue el tiempo de todo. Y Jacho, Macaco, Macaf con Botas, Macaf Des calzo y la enana ota y Gracia, su amiga tan cercana, tan querida, se cansar on de esperar y se fueron. Y lleg nuestro siglo, nuestro orden y la gente se olvid de mentar a Fierabrs. Fierabrs, cabeza de fiera, cuerpo de fuego Quin te ignora y quin te salva? Quin se atreve irte a buscar? Escondido y dormido “Aqu” le dijo el espritu a Memo. (Por nuestro bien no despertar). “Aqu” le dijo el espritu a Memo, un nio al que no le gustaba su nombre. Memo era un campen. Memo haba vencido a artilleras malignas, a seres mutantes y tecnorrobots japoneses. Haba roto rcord de puntuaciones y ahora buscaba el videojuego que lo hiciera perder. Enfocado en batallas y laberintos de alta adrenalina, Memo mova y presionaba controles con los reflejos de un rayo. Hasta que un da, al final de un juego, en vez de salirle una msica de celebracin y el anuncio de su nueva puntuacin, in esperado y de re pente le sali un mensaje que deca: Cudate de las almas. Jemefonte tucu malo Momo junte acabs. Y prosegua: Ponte el saco y saca el pote Que te sale Fierabrs. Memo odiaba su nombre propio y al leer el nombre de “Fierabrs” le pareci un nombre muy sonoro y atractivo. Pero tal nombre tambin presagiaba algo fatdico. En la arcadia de juegos se haban empeza do a notar cambios. Ms jugadores empezaron a visitarla. Las estaciones estaban llenas a todas horas. En los juegos comenzaron a aparecer personajes furtivos, fuera de s itio: un gato con botas y uno sin bot as entre las supermotoras; un

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54 fuego fatuo pensante entre los superhroes; una enana muy horrible acompaada de una mujer elegantsima entre superasesinos; un mono en tr aje formal. Los jugadores empezaron a perderse ms y ms en los juegos. Aun cuando a regaa dientes abandonaban las estaciones parecan continuar su vida en un limbo, embobados. La arcadia permaneca ahora siempre abierta y haba crecido. El nmero de mquinas se haba multip licado y no slo nios y jvenes, sino tambin masones, damas cvicas y otras personas adulta s llegaban con alarmante regularidad. Sus vidas se haban mecanizado, ya no ha blaban, vivan todo el tiempo su mergidos en el juego, sus mentes controladas por un poder en la mquina. Este poder era Fierabrs, quien al fin haba logrado la maldad ms grande de todas: apoderarse de la mente de la humanidad. Memo haba descubierto otros indicios de su pr esencia. Cada vez que ganaba un juego se le develaban distintas claves: supo que Fierabrs tena cabeza de fi era y el cuerpo de fuego, supo de su antigedad, supo que le gustaba bailar mucho y que su baile favorito era: “Ascatisquis ascatisquis / Ascatisquis ascatisquis”. Los dems jugadores se envolvan en combat es infinitos donde nunca ganaban y terminaban babendose y perdiendo la mirada frente a los mo nitores. Memo saba que mientras l pudiera ganar estara libre del conjuro de Fierabrs. Pero ganar se haca cada vez ms arduo: haban surgido nuevos niveles de dificultad, con enemig os ms mortales, con ataques que lo llevaban al lmite de la rapidez de su cuerpo. Hasta que un da, al Memo entonar: Jemefonte tucumano Momojunte acabs en la pantalla electrnica le sali Fierabrs. Fierabrs miraba a Memo desde el videojuego con una expresin muy fea y violenta en la cara. Y Memo, imitando la misma, lo mir de vuelta. Fue la videobatalla del siglo. Lenguas de fuego salan del cuerpo del coso Fier abrs, proyectiles que ac ababan con las armas de Memo y con sus soldados. Memo maniobrab a sus vehculos supersnicos a velocidades estelares en la pantalla, pero el coso Fierabrs estaba en todos sitios. Fierabrs, ms letal que todo diseo, ms rpido que el m s rpido circuito digital, se apoderaba de puntuaciones de tesoros y proezas sin que Memo pudiera evit arlo. Fierabrs le estaba ganando a Memo. Y Memo lo mir a los ojos y le hizo el gesto ms te rrible (que era el gesto de “ahora soy yo el que te voy a ganar”). Memo empez con: Ascatisquis Ascatisquis Ascatisquis Ascatisquis Pero ni caso le haca el gran coso Fierabrs. Y Memo se entreg a bailar: Ascatisquis Ascatisquis Ascatisquis Trucutm Eoloeoloeoloeoloeoloeoloeolo Ubububu-bu-bububub Memo bailaba con los pies en pasos sabrosos y las manos en los controles. Memo bailaba jugando, jugaba bailando. Y de repente el videojuego fue invadido por Jacho y Macaco y Macaf con Botas y Macaf Descalzo y ota y Gracia (la amiga de ota), quienes tambin vinieron a bailar. AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAh AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAh

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55 Y Fierabrs por poquito se distrae y baila, pero no. Entonces Memo hizo una pirueta asombrosa e invirti todo su cuerpo sobre la mquina, para do en sus manos sobre los controles, bailando boca abajo, viendo cara a cara al coso magno Fier abrs. Memo en esa danza prodigio agit las plantas de sus pies mientras azuzaba: Ascatisquis Tiquis Miquis Quisquisquisquis Quisquisquisquis ¡Quisquisquisquis! Y el coso sinti a Memo bailando con toda su al ma y todo su cuerpo alre dedor de la mquina y goz tanto que l tambin se puso a bailar. Ascatisquis Cosonisquis Ay, qu lindo, Fierabrs Fierabrs, Jemofonte Tucumalo, Momojunte Acab s, entregado a la danza, olvid sus planes nefastos de control mental del univers o. En el baile olvid la maldad. ¡Alegra, Memo haba liberado al mundo! Fierabrs se ri con Memo y le dijo “Qu bueno que me haces bailar” Y Memo, a quien nunca le gust su propio nombre, le respondi: “Desde ahora yo tamb in me voy a llamar Fierabrs”. Y Fierabrs espritu y Fierabrs nio se hicieron uno en el baile que era el juego. Se vieron con caras nuevas a los ojos. Entonces el espritu sali de la pantalla y junt o al nio, ambos felices, poderosos, mgicos, abandonaron en pasos rtmic os la arcada para ver qu otros bailes los tiempos les deparaban. Fierabrs nio, Fierabrs monstruo genio real-virtual imgenes ntidas Vida y mundo visionando por lo libre al gozar “Ascatisquis” yo me llamo “Fierabrs” “Tiquismiquis” “Fierabrs…” Aravind Enrique Adyanthaya

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56 HISTORIA DEL CINE CIBERPUNK 1995: Ghost in the Shell Basada en el manga de Masamune Shirow (autor tambin de Dominion Tank Police ), Ghost in the Shell resulta ser una curiosa mezcolanza de filosofa, referentes al cine occidental, y cienciaficcin. Menos engorrosa que el manga que la precedi, incluso con una esttica diferente, debido a que Masamune Shirow no lleg a participar en su versin cinematogrfica, pero tambin a que las tcnicas de animacin permitan efectos y escenas impensables en el manga y tambin a la inversa. La historia, cyberpunk pur o y duro, nos presenta a la Seccin IX, un gr upo parapolicial de operaciones encubiertas, encargada de luchar contra los delitos informticos que, en un mundo donde el ordenador es imprescindible, pueden llegar a resultar muy peligrosos. En una de esas operaciones, el equipo de la Seccin IX descubre una trama que les conduce hasta el "Marionetista", un hacker increiblemente inteligente imposible de atrapar y al que todos los departamntos del gobierno quieren detener, aunque por diferentes razones. La premisa es de por s interesante, mezcla del mejor cine negro y la mejor cienciaficcin, pero en manos de Mamoru Oshii (tambin director de la genial Patlabor ) la pelcula se desarrolla en un mundo futurista, pero con una atmsfera emocional muy fuerte: un paisaje melanclico y de cierta angustia donde los personajes estn cargados de humanidad y logran enriquecer ampliamente la historia. La historia habra triunfado a nivel intern acional aunque se hubiese limitado a ser un remedo de Akira llena de accin, espectacularidad, y una animacin sobresaliente. Pero Oshii quiere hacer algo diferente, dejar una huella propia, y nos presenta una pelcula donde lo policaco y detectivesco van a dejar de lado la accin. Es cierto que hay tiroteos, y de una calidad excelente (slo superados en el cine por Matrix ), pero la historia va a desarrollarse a un ritmo pausado, con una banda sonora que acompaa la sensacin de "rutina" incluso en las escenas que al espectador le parecen ms peligrosas. Y es que la protagonista, la cybor g Motoko Kusanagi, es una profesional que puede controlar cualquier situacin. Lo que realmente lla ma la atencin es la condicin de Kusanagi: slo su cerebro es humano, y el resto de su cuerpo no es ms que una coraza de titanio (de ah el ttulo de la pelcula, que libremente traducido sera El espritu en la coraza ). Hasta qu punto puede Kusanagi sentirse humana? Hasta qu punto no es una mquina diseada para hacerles el trabajo sucio a sus superiores? La clave son los recuerdos, los recuerdos nos hacen humanos. Las dudas surgen cuando se descubre que el "Ma rionetista" es capaz de piratear los cerebros humanos, insertando recuerdos nuevos y borrando los autnticos. Hasta qu punto los recuerdos nos hacen humanos? Cul es el requisito mnimo para sentirse humano? Si una mente puede ser pirateada como un ordenador, no podramos pensar que las diferencias entre ambos son mnimas?

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57 Este concepto filosfico no es nada nuevo, y es que Ghost in the Shell vuelve a plantearnos la duda de dnde reside la humanidad, igual qu e lo hiciera aos atrs la pelcula Blade Runner Sin embargo, ambas pelculas difieren. Blade Runner considera los sentimientos parte esencial de la humanidad. Ghost In the Shell obvia en su historia todo sentimient o de odio o amor, y define la humanidad como la capacidad de desarrollar y mant ener una conciencia propi a. Tambin la esttica difiere, siendo la del film de Oshii mucho ms te cnificada y cercana a nuestro tiempo. Se dice que Matrix bebe en muchos aspectos de este film, y quienes lo afirma n no andan faltos de razones. Adems de la esttica y del con cepto de que nuestras vidas estn manipuladas, personajes como el "Marionetista" y el agente Smith de Matrix Reloaded tienen bastante en comun. Por ltimo, y a modo de reflexin, s que a mucha gente la animacin japonesa les echar para atrs. Es un prejuicio injusto. Es curioso cmo hay gente que protesta porque la gente considera infantil y oa la ciencia-ficcin, y luego hace lo mismo que critica con esta forma de cine que, tanto por planteamientos como por medios y por calidad t cnica, resulta tan interesante y original como cualquier otra (novela de gnero, cmic...). Esta pelcula es una perfecta oportunidad para acercarse a la animacin nipona y salir con una sonrisa de satisfaccin. Jos Joaqun Rodrguez FICHA TCNICA Ttulo original: Kokaku Kidotai Nacionalidad: Japn Ao: 1995 Productora: Bandai Visual Direccin: Mamoru Oshii Guin: Kazunori It, basado en el comic de Masamune Shirow Edicin: Shuichi Kakesu